Subjetividades y cuerpos gestionados Un estudio sobre la patologizaci?n y medicalizaci?n del transg?nero Jordi Mas Grau Aquesta tesi doctoral est? subjecta a la llic?ncia Reconeixement 3.0. Espanya de Creative Commons. Esta tesis doctoral est? sujeta a la licencia Reconocimiento 3.0. Espa?a de Creative Commons. This doctoral thesis is licensed under the Creative Commons Attribution 3.0. Spain License. Un estudio sobre la patologizaci?n y medicalizaci?n del transg?nero SUBJETIVIDADES Y CUERPOS GESTIONADOS Tesis doctoral realizada por: Jordi Mas Grau Dirigida por: Joan Bestard Camps Jos? Antonio Nieto Pi?eroba Barcelona, septiembre de 2014 Facultat de Geografia i Hist?ria Dpt. Antropologia Cultural i Hist?ria d?Am?rica i ?frica Estudis Avan?ats en Antropologia Social ?NDICE RESUMEN...................................................................................................................... 7 ABSTRACT...................................................................................................................... 9 AGRADECIMIENTOS..................................................................................................11 INTRODUCCI?N........................................................................................................13 CONSIDERACIONES METODOL?GICAS..............................................................21 1. Sobre la autoridad etnogr?fica y los relatos sexuales.........................................21 2. Experiencias de investigaci?n..........................................................................25 3. T?cnicas de investigaci?n................................................................................28 PRIMERA PARTE. HACIA UNA GENEALOG?A DE LA TRANSEXUALIDAD.......39 Introducci?n.................................................................................................................. 41 1. El Mundo Cl?sico: del dominio del deseo a la abstinencia sexual.................................45 1.1. El paradigma del sexo ?nico.........................................................................51 1.2. En las fronteras del g?nero: el afeminado y la virago.................................... 53 1.3. El hermafrodita en las esferas cultural y social..............................................57 2. La Edad Media: discursos sobre el cuerpo y el placer a la sombra de la teolog?a...........61 2.1. La medicina medieval: entre el saber cl?sico y el teol?gico...........................70 3. Conocimiento, creencia y confesi?n en los albores de la Modernidad..........................75 3.1. El monstruo antes de su naturalizaci?n........................................................79 3.2. La usurpaci?n de g?nero. Pr?cticas travestistas antes de la vor?gine patologizadora...................................................................................................84 3.3. La confesi?n: tecnolog?a constituyente del Sujeto........................................87 4. El establecimiento de la racionalidad sexol?gica...........................................................93 4.1. El ?dispositivo de sexualidad?......................................................................94 4.2. El paradigma del dimorfismo sexual............................................................98 4.3. ?A cada uno, su verdadero sexo?.................................................................100 5. La taxonomizaci?n de las perversiones sexuales.........................................................107 5.1. La prehistoria de las perversiones: el alienismo y la medicina legal.............109 5.2. ?Alma de mujer atrapada en un cuerpo de hombre?. La inversi?n sexual como tercer g?nero.................................................................................114 5.3. La teor?a de la degeneraci?n: el campo f?rtil para las perversiones sexuales.....119 5.4. Krafft-Ebing: el padre de la sexolog?a contempor?nea................................123 5.5. Freud y el psicoan?lisis...............................................................................128 5.6. Mara??n y los estados intersexuales...........................................................138 6. El surgimiento de la transexualidad............................................................................143 6.1. La descomposici?n de la categor?a ?inversi?n sexual?: el travestismo y el eonismo.....................................................................................................144 6.2. La aparici?n del g?nero: una base s?lida para la demanda de la persona transexual............................................................................................149 6.3. Harry Benjamin y The Transsexual Phenomenon...........................................153 6.4. La b?squeda del ?transexual verdadero?.....................................................158 7. Los estudios socioculturales y el activismo de g?nero. Cr?tica del paradigma biom?dico y problematizaci?n del sistema de sexo/g?nero ............................................ 163 7.1. Algunos trabajos significativos desde las ciencias sociales............................163 7.2. Las personas trans toman la palabra...........................................................168 7.3. Transexualidad, transgenerismo y feminismos............................................171 7.4. El transg?nero en contextos no occidentales..............................................177 SEGUNDA PARTE. LA (RE)CONSTRUCCI?N IDENTITARIA Y CORPORAL DE LAS PERSONAS TRANS......................................................................................185 1. La patologizaci?n del transg?nero. Un mecanismo legitimador de nuestro sistema de sexo/g?nero....................................................................................................................187 1.1. Introducci?n al DSM................................................................................188 1.2. El papel de la cultura en el DSM...............................................................191 1.3. Del ?transexualismo? a la ?disforia de g?nero?. Cambios terminol?gicos, misma esencia patologizadora............................................................................196 1.4. ?Es la transexualidad un trastorno mental?.................................................209 1.5. El activismo trans y las alternativas a la patologizaci?n...............................217 1.6. La Ley 3/2007, de 15 de marzo: la legitimaci?n del modelo biom?dico.........219 2. Los procesos de (re)construcci?n corporal e identitaria en tanto que procesos asistenciales....................................................................................................................225 2.1. La incesante b?squeda de los factores etiol?gicos de la transexualidad..........225 2.2. Los procesos asistenciales...........................................................................229 2.3. Inadecuaci?n a los roles de g?nero y b?squeda de una categor?a autorreferencial.................................................................................................231 2.4. Solicitud del estatuto de ?asistible?............................................................240 2.5. Los itinerarios terap?uticos de las personas trans.........................................249 2.6. Fin del proceso asistencial o la obtenci?n de un nuevo estatus de g?nero......290 3. Los dos paradigmas de lo trans: la transexualidad y el transgenerismo........................303 3.1. El paradigma de la transexualidad: lo trans como un rito de paso.................304 3.2. El paradigma del transgenerismo: lo trans como un fin en s? mismo............308 3.3. Transexualidad vs. transgenerismo. ?Paradigmas irreconciliables?................316 REFLEXIONES FINALES. POR UNA LECTURA SOCIAL DE LO TRANS...........323 REFERENCIAS BIBLIOGR?FICAS...........................................................................333 7RESUMEN El presente estudio versa sobre la transexualidad y sus fundamentos te?rico-pr?cticos, esto es, la patologizaci?n y la medicalizaci?n. En lugar de tratarla como un fen?meno universal y ahist?rico, se analizar? la transexualidad en su historicidad y contingencia, es decir, consider?ndola como una categor?a que ha surgido en un contexto sociocultural determinado por unos esquemas dicot?micos y excluyentes de sexo/g?nero y por un sistema biom?dico con legitimidad para gestionar las expresiones sexogen?ricas no normativas. Con esta investigaci?n se tratar? de determinar los factores que posibilitaron la aparici?n de la transexualidad como categor?a patol?gica y del transexual como un nuevo tipo de subjetividad; observar el proceso diagn?stico y terap?utico en una Unidad de Trastornos de la Identidad de G?nero; analizar el proceso de (re)construcci?n identitaria y corporal de las personas trans; y entender los dos paradigmas existentes: la transexualidad y el transgenerismo. Para la consecuci?n de estos objetivos se han empleado t?cnicas caracter?sticas del m?todo cualitativo: las entrevistas en profundidad, la observaci?n participante, la observaci?n en la red y los grupos de discusi?n. La biomedicina concibe la transexualidad como una disfunci?n biol?gica que tan solo ata?e a la salud y situaci?n social de la persona. Por el contrario, en esta investigaci?n se destacar? la dimensi?n intersubjetiva y sociocultural del fen?meno. Con este trabajo no se persigue el fin de la atenci?n biom?dica a las personas trans. No obstante, se considera que el actual modelo de atenci?n discrimina aquellas formas de significar y expresar lo trans que no se ajustan a los est?ndares normativos. Existe una multitud identitaria y corporal que no goza de reconocimiento institucional y a la que frecuentemente se le deniega el acceso a sus derechos fundamentales. 9ABSTRACT This study deals with transsexuality and its theoretical and practical foundations, that is, pathologization and medicalisation. Instead of treating it as an universal and unhistorical phenomena, transsexuality will be analysed in its historicity and contingency. In this way, I will consider it as a category which has arisen in a socio-cultural context determined by some dichotomous and exclusive schemes of sex and gender, as well as, by a biomedical system with the legitimacy to manage the non-normative sexual and gender expressions. The aims of this research are to determine the factors that made possible the appearance of the transsexuality as a pathological category and the transsexual as a new kind of subjectivity; to observe the processes of diagnosis and therapy in a Gender Identity Disorder Unit; to analyse the process of identity and corporal (re)construction among the trans persons; and, to comprehend the two existing paradigms: transsexuality and transgenderism. In order to accomplish these objectives characteristic qualitative method techniques have been employed: in-depth interviews, participant observation, on-line observation and focus groups. The biomedicine conceives of transsexuality as a biological dysfunction which only concerns the health and social situation of the person. Conversely, this research emphasises the intersubjective and socio-cultural dimensions of the phenomena. The purpose of this work is not to bring an end to the biomedical attention of the trans persons. However, the current model of attention is considered discriminatory towards the ways of signifying and expressing transgender that do not fit into the normative standards. There is an identity and corporal multitude which does not enjoy an institutional recognition and which is often denied access to its fundamental rights. 11 AGRADECIMIENTOS Son muchas las personas a las que debo la elaboraci?n de esta tesis. Ante todo, mi m?s sincero agradecimiento a todas las personas trans que han participado en la investigaci?n, pues sin ellas nada de lo que sigue habr?a sido posible. Tengo que subrayar tanto el valor mostrado por los y las trans que por vez primera verbalizaban ante un extra?o sentimientos y episodios vitales que tan solo conocen sus m?s ?ntimos allegados, como la predisposici?n de aquellas/os que se han situado, por en?sima vez, ante la mirada experta. Asimismo, valga mi gratitud para la asociaci?n parisina Pr?vention, Action, Sant? et Travail pour les Transgenres (PASTT), que all? por el a?o 2005 me abri? sus puertas para que pudiera enmendar mi enciclop?dica ignorancia sobre el universo trans y aplacar mi insaciable curiosidad. No puedo olvidarme de los y las profesionales que trabajan en la Unidad de Trastornos de la Identidad de G?nero del Hospital Cl?nic de Barcelona, pues permitieron de buena gana que su labor fuera analizada desde una ?ptima ajena, ni tampoco del inter?s mostrado por Eva y Rosa, fundadoras del servicio p?blico Tr?nsit, y por S?lvia, psic?loga del Casal Lambda. M?s all? de los meros formalismos, agradezco sinceramente la inestimable ayuda, absoluta disponibilidad, sabios consejos y acertadas cr?ticas de mis dos directores. Al doctor Joan Bestard le reconozco adem?s sus esfuerzos por antropologizar mi perfil sociol?gico e historicista. Al doctor Jos? Antonio Nieto, que ha sido mi gran referente intelectual en la materia, su perseverante cercan?a a pesar de la distancia. Ha sido un honor ponerme en manos de acad?micos de larga y reconocida trayectoria. Por otra parte, debo destacar el trabajo de Oscar Guasch como investigador principal de una investigaci?n sobre mujeres trans que financi? el Instituto de la Mujer entre 2012 y 2013. Mi participaci?n en este proyecto me ha aportado datos y herramientas anal?ticas que han sido importantes a la hora de elaborar la tesis. Y ser?a injusto que no reconociera la labor de Josan, Cati, Alba, Noe, Ana, Merc? y Livia, compa?eras/os de la L?nia de Recerca i Acci? en Cossos, G?neres i Sexualitats (LIRACGS). Nuestro trabajo conjunto no solo result? fundamental para que nos concedieran esta investigaci?n del IMujer, sino tambi?n para organizar un par de seminarios que resultaron exitosos a pesar de la inexperiencia y escasez de recursos. 12 Finalmente, aunque no menos importante, quiero agradecer la constante presencia de mi familia y mis amigas/os, muchas/os de las/os cuales no han participado directamente de mi vida acad?mica e intelectual, pero me han brindado una cobertura afectiva que ha sido indispensable para mantenerme en esta empresa frecuentemente solitaria. A todas/os vosotras/os, much?simas gracias. 13 INTRODUCCI?N (...) Tant cecs els teus ulls s?han tornat que et fan creure que s?c un albat? Mira?m b? d?una vegada l?interior, no la posada, que cada dia ?s m?s pesat defensar la meva sexualitat. S? que mai no m?entendr?s doncs quan t?explico no em fas cas. S?c home per? penso com a dona. Ho sents b?? Tal i com sona! Visc immers en un frac?s, tant!, que em sento un escarr?s. Per?, quan m?endinso en el meu rol sento dol?or i consol, la ment s?explana i s?obre i mai res femen? em sobra, tant, que sento m?s passi? per la meva transici? (...) (Marta Salvans, 2008) A?o 1966. El endocrin?logo Harry Benjamin publica The Transsexual Phenomenon, libro relevante para nuestra scientia sexualis, pues supondr? el alumbramiento de un nuevo sujeto patol?gico digno de intervenci?n m?dica: el transexual. Con esta obra, Benjamin difundir? con ?xito el t?rmino ?transexualidad? para referirse al sufrimiento causado por tener un cuerpo que no se ajusta a la propia identidad de g?nero. Sentar? adem?s las bases de una terap?utica hormonoquir?rgica con la que se pretende dar a los transexuales el cuerpo que la naturaleza les neg?, y conferir? a la psiquiatr?a el poder para validar el acceso a la terapia de modificaci?n corporal y supervisar su desarrollo. En adelante, las personas que rechacen el g?nero que se les asign? en el momento de nacer ser?n gestionadas por una biomedicina que les promete los medios t?cnicos para su reinserci?n normalizada en el sistema de sexo/ g?nero1. 1 A lo largo de este trabajo utilizaremos el concepto ?sistema de sexo/g?nero? en un sentido similar al que le dio Gayle Rubin. Para esta pionera del construccionismo social, dicho sistema es el ?conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biol?gica en productos de actividad humana, y en el cual se satisfacen estas necesidades humanas transformadas? (Rubin, 1986 [1975]: 97). 14 El estudio que se presenta a continuaci?n versa sobre la transexualidad y sus fundamentos te?rico-pr?cticos, esto es, la patologizaci?n y la medicalizaci?n. En lugar de tratarla como un fen?meno universal y ahist?rico, analizaremos la transexualidad en su historicidad y contingencia, es decir, consider?ndola como una categor?a que ha surgido en un contexto sociocultural determinado. De acuerdo con Nieto (2008), trabajaremos con el supuesto de que lo que entendemos por ?transexualidad? es tan solo una de las m?ltiples formas de gesti?n del transg?nero ?o variancia de g?nero2? que han existido ?y existen? en diferentes culturas, fen?menos que muestran que a un mismo cuerpo no siempre le tiene que corresponder un mismo g?nero; que la patologizaci?n y la medicalizaci?n forman parte de una estrategia hist?ricamente determinada para controlar la disidencia sexogen?rica; y que la terapia transexualizadora, basada en la hormonaci?n y las cirug?as de reasignaci?n sexual, no es sino otra m?s de las muchas t?cnicas de manipulaci?n corporal que podemos hallar en todas las sociedades pret?ritas y presentes. As? pues, abordaremos el fen?meno a partir de los procesos que le dieron la forma actual. Se ha de tener en cuenta que la transexualidad cobra significado en una sociedad con unos esquemas dicot?micos y excluyentes de sexo/g?nero. El g?nero es concebido como la prolongaci?n natural del dimorfismo sexual, por lo que la no concordancia entre estas dos variables es considerada una anormalidad que debe ser controlada y reparada. Tomando prestada la terminolog?a de Mary Douglas (2007 [1966]), podr?amos decir que las personas que desean representar un g?nero que socialmente no les corresponde encarnan ?la suciedad? porque atentan contra el orden establecido. Un orden que, dicho sea de paso, tan solo puede persistir si es capaz de fortalecer sus fronteras y gestionar lo transfronterizo: Las ideas acerca de la separaci?n, la purificaci?n, la demarcaci?n y el castigo de las transgresiones tienen por principal funci?n la de imponer un sistema a la experiencia, desordenada por naturaleza. S?lo exagerando la diferencia entre adentro y afuera, encima y debajo, macho y hembra, a favor y en contra se crea la apariencia de un orden (Douglas, 2007 [1966]: 22). Elaborar una categor?a diagn?stica3 para circunscribir y medicalizar las expresiones transgen?ricas es un eficaz mecanismo de mantenimiento de las fronteras sexogen?ricas. Dicho de otro modo, nuestra concepci?n dual y genitalizada del g?nero queda salvaguardada si se asigna el estatuto de patolog?a a todas aquellas personas cuya existencia es potencialmente 2 Siguiendo a Bolin (2003: 233), entendemos por ?variancia (o transversalidad) de g?nero? a aquellos fen?menos que constituyen ?una combinaci?n en forma de collage y/o un desmontaje y recolocaci?n de insignias fisiol?gicas o corp?reas y rasgos conductuales que se asignan culturalmente como de g?nero?. 3 Como veremos, desde 1980 la transexualidad est? inclu?da en el principal manual clasificatorio de los trastornos mentales, el DSM de la American Psychological Association. A lo largo de este tiempo ha recibido varias denominaciones: ?transexualismo?, ?trastorno de la identidad de g?nero? y, actualmente, ?disforia de g?nero?. 15 problem?tica, y luego se las introduce en una red terap?utica. Por tanto, y al contrario de lo que se desprende de la mayor?a de textos m?dicos, la transexualidad no puede ser entendida de forma acr?tica, como si fuera el paradigma definitivo que mejor se ajusta a la verdadera esencia del transg?nero, puesto que se trata de un producto sociocultural con m?ltiples y complejas conexiones con lo normativo, lo simb?lico, lo tecnol?gico, lo pol?tico y lo econ?mico. Los aparatos conceptuales y las estructuras epistemol?gicas de la biomedicina han de ser uno m?s de los objetos de an?lisis de la antropolog?a, y no una referencia incuestionable. Debemos, pues, buscar lo ?creencial y lo cultural en un territorio tradicionalmente entendido como depositario de lo racional: la biomedicina? (Mart?nez Hern?ez, 2011: 13). La biomedicina considera que la transexualidad es debida a una disfunci?n producida durante el periodo de gestaci?n con la que el cerebro se ?sexualizar?a? en sentido inverso al cuerpo. De ello se deriva una concepci?n biologizada e innata de la identidad de g?nero, que ser?a un componente que nos viene dado de una vez por todas y que no admite posibles reformulaciones. Este supuesto ha favorecido la creaci?n de un ideal transexual que ejerce un enorme poder normalizador y desacredita aquellas expresiones transgen?ricas que no se ajustan a ?l: ser?a transexual aquella persona que, desde que tiene uso de raz?n, siente que ha nacido en un cuerpo equivocado y por ello desea adoptar los caracteres sexuales asociados al otro g?nero y desarrollar el rol social correspondiente. Con ello se obvia la existencia de m?ltiples formas de significar y expresar lo trans, una multitud corporal e identitaria que no goza de reconocimiento institucional y a la que frecuentemente se le deniega el acceso a sus derechos fundamentales. Es por ello que esta investigaci?n pretende contribuir a la visibilizaci?n de esta diversidad trans por encima del ideal homogeneizador de la biomedicina. Por otra parte, y al igual que otros autores (Garfinkel, 2006 [1968]; Kessler y McKenna, 1985; Butler, 2007 [1999]), consideramos que el abordaje del fen?meno trans resulta revelador no solo porque nos muestra el modo en que nuestra sociedad gestiona lo transfronterizo, sino tambi?n, y sobre todo, porque es en lo socialmente considerado an?malo en donde m?s claramente podemos observar los mecanismos constitutivos de lo normal. En este sentido, la transexualidad es un caso paradigm?tico que nos muestra con claridad que muchos de nosotros reconstruimos nuestros cuerpos y vigilamos nuestros comportamientos con el fin de ajustarnos a los ideales normativos de la masculinidad y la feminidad; tratamos de controlar nuestra apariencia cotidianamente para as? poder representar, de forma adecuada y sin ambig?edades, a uno de los dos g?neros socialmente leg?timos. 16 Principales objetivos Si consideramos que la transexualidad no es un fen?meno universal, parece claro que el primer objetivo de la investigaci?n ha de consistir en el an?lisis hist?rico de sus condiciones de posibilidad. Para profundizar en el entendimiento de la particularidad y contingencia del paradigma biom?dico de la transexualidad, abordaremos tambi?n algunos fen?menos de variancia de g?nero caracter?sticos de otros universos socioculturales. No aplicaremos nuestros criterios valorativos con el fin de ver cu?nto se alejan ?err?neamente? estos fen?menos del paradigma biom?dico, sino que trataremos de entender su significaci?n y encaje en sus respectivas sociedades. En segundo lugar, nos centraremos en el estudio de la actual patologizaci?n y medicalizaci?n del transg?nero. Para ello, se analizar? el modo en que se concept?a la transexualidad en el principal manual clasificatorio de los trastornos mentales (el DSM), y se estudiar? el proceso diagn?stico y terap?utico que se lleva a cabo en la Unidad de Trastornos de la Identidad de G?nero (UTIG) del Hospital Cl?nic de Barcelona. Estas unidades hospitalarias han sido creadas en aquellas Comunidades Aut?nomas que han decidido financiar las cirug?as de reasignaci?n sexual, m?s conocidas como ?operaciones de cambio de sexo?. Para la consecuci?n de este objetivo, focalizaremos la atenci?n en los presupuestos que gu?an la terap?utica, las t?cnicas utilizadas durante la terapia de modificaci?n corporal y los discursos, representaciones y pr?cticas de profesionales y personas trans vinculados al circuito asistencial. En tercer lugar, analizaremos el proceso de (re)construcci?n identitaria y corporal de las personas trans en el actual contexto sociocultural, caracterizado por un sistema de sexo/g?nero bipolar y por el predominio de los discursos y tecnolog?as biom?dicos. Estamos de acuerdo con Hausman (1992) cuando afirma que, si bien es cierto que las personas trans aparecen a menudo como v?ctimas del sistema de sexo/g?nero, y por ello tratan de alterar su aspecto f?sico en funci?n a los c?digos establecidos, no lo es menos el hecho de que su bienestar depende frecuentemente de su paso por un proceso quir?rgico y hormonal. Por tanto, la construcci?n identitaria y corporal de las personas trans, sus necesidades y expectativas, estar?n determinadas por tecnolog?as sexogen?ricas y biom?dicas espec?ficas. Finalmente, trataremos de entender los dos grandes paradigmas desde los que actualmente se concibe lo trans: la transexualidad (concepto etic creado por la biomedicina) y el transgenerismo (concepto emic creado por las propias personas trans para desvincularse de la gesti?n biom?dica y explorar espacios gen?ricos alternativos al binomio hombre/mujer). Con este fin, analizaremos los principios constitutivos de ambos paradigmas, sus limitaciones y potencialidades, su capacidad de normalizaci?n o transgresi?n, as? como los debates y conflictos existentes entre personas y grupos cercanos a uno y otro paradigma. 17 ?mbito y poblaci?n de estudio Esta investigaci?n se ha desarrollado en Catalu?a, muy especialmente en Barcelona. En esta ciudad podemos encontrar la mayor?a de cl?nicas privadas dedicadas a las cirug?as de reasignaci?n sexual y los dos principales servicios p?blicos de asistencia a personas trans: la UTIG del Hospital Cl?nic y Tr?nsit, un servicio de reciente creaci?n que se caracteriza por ofrecer una atenci?n alternativa a la UTIG. Tambi?n en la capital se encuentra la sede de muchas asociaciones LGTB catalanas. Han participado en este estudio las ?personas trans?. Hemos decidido emplear el prefijo ?trans? como una categor?a paraguas con la que poder referirnos de forma gen?rica a la multitud de expresiones corporales e identitarias. Todas estas personas tienen en com?n el haber rechazado ?en alg?n momento de sus vidas y con mayor o menor rotundidad? el g?nero que se les asign? en funci?n de su morfolog?a corporal. Pero una vez experimentada esta disconformidad de g?nero, se multiplican las trayectorias vitales: hay personas que desean someterse al tratamiento can?nico (con hormonas y cirug?as) para lograr una apariencia normalizada; algunas personas pueden recurrir a la toma de hormonas y a algunas cirug?as pl?sticas, pero conservan deliberadamente sus genitales; y otras que, adem?s de sus genitales, mantienen algunos de sus caracteres secundarios, pudiendo presentar una apariencia ambigua. Como tendremos ocasi?n de observar, el debate terminol?gico es una cuesti?n especialmente candente y refleja las tensiones entre las perspectivas etic y emic. Sin ir m?s lejos, la categor?a ?trans?, a la que le hemos insuflado un sentido omniabarcador, es rechazada por la mayor?a de personas que persiguen la normalizaci?n y la invisibilidad social. Y son estas mismas personas quienes tambi?n se desmarcan de la categor?a etic ?transexualidad? cuando finalizan el proceso terap?utico de modificaci?n corporal, puesto que entienden que solo son ?transexuales? mientras se encuentran inmersas en este proceso. Una vez ?ste ha concluido, consideran que son hombres o mujeres ?normales y naturales?. Tambi?n existen personas que presentan una combinaci?n de caracteres sexogen?ricos y que no se sienten identificadas con el t?rmino ?transgenerista?. En estos casos, se suelen emplear como categor?as autorreferenciales el t?rmino ?transexual? (tras el sustantivo ?hombre? o ?mujer?) o incluso, entre algunas latinoamericanas, el t?rmino ?travesti?. En fin, hay personas para las que el ?transgenerismo? puede ser ?til como punta de lanza pol?tica, como sujeto colectivo, pero que se muestran inc?modas ante cualquier categor?a identitaria individual. 18 Estructura de la tesis Esta tesis ha sido dividida en dos grandes partes. En la primera de ellas, que lleva por t?tulo Hacia una genealog?a de la transexualidad, se aborda el primer objetivo de la investigaci?n, a saber, el an?lisis de los factores que posibilitaron la aparici?n de la transexualidad y el abordaje de otros universos sexogen?ricos en los que cobran significado expresiones de varianza de g?nero que dif?cilmente pueden ser entendidas aplicando los mecanismos interpretativos de la biomedicina. Si bien el vocablo ?transexualidad? no aparece hasta mediados del siglo XX, la b?squeda de sus condiciones de posibilidad debe empezarse mucho antes. Dirigiremos nuestra atenci?n hacia los siglos XVIII y XIX, ?poca en la que se consolida nuestra actual noci?n del dimorfismo sexual y aparece la sexualidad como modo de subjetivaci?n y objeto de conocimiento cient?fico. En cuanto al estudio de otros universos sexogen?ricos y sus manifestaciones de variancia de g?nero, hemos decidido viajar temporal y espacialmente. As?, esta primera parte se inicia con un recorrido por el Occidente grecolatino y medieval (con sus hermafroditas, pr?cticas travestistas, afeminados y viragos), para finalizar con la presentaci?n de dos de las figuras transgen?ricas m?s conocidas: el ?dos-esp?ritus? que habitaba en muchos de los pueblos norteamericanos y el ?hijra? de la India. La segunda parte est? dividida en tres cap?tulos y se titula La (re)construcci?n identitaria y corporal de las personas trans. En el primer cap?tulo nos ocuparemos de la patologizaci?n de la transexualidad. Es por ello que observaremos el recorrido que ha seguido la transexualidad, desde su inclusi?n en 1980, en el principal manual clasificatorio de los trastornos mentales (el DSM), y analizaremos la categor?a diagn?stica ?disforia de g?nero?, denominaci?n que se da al fen?meno en la quinta y ?ltima edici?n del manual. Tambi?n examinaremos las opiniones de profesionales y personas trans sobre la inclusi?n de la transexualidad en dicho manual, y veremos algunas de las alternativas propuestas por los cr?ticos de la patologizaci?n para desclasificar la transexualidad sin poner en peligro la cobertura p?blica y privada del tratamiento de modificaci?n corporal. En ?ltimo lugar, presentaremos la Ley 3/2007, de 15 de marzo, que regula el cambio de sexo en el Registro Civil, ya que supone una buena oportunidad para observar que el paradigma biom?dico, con su visi?n patologizante, ha colonizado muchas de nuestras instituciones. El segundo cap?tulo trata sobre el proceso de (re)construcci?n corporal e identitaria de las personas trans. Para entender este proceso utilizaremos la herramienta anal?tica de los ?procesos asistenciales?, pues creemos que de este modo podremos enfatizar la dimensi?n sociocultural del fen?meno. Siguiendo a Nieto (2003), creemos que debemos adoptar un enfoque ?intersubjetivo? a fin de superar la visi?n del individuo como un ente atomizado y poder convertirlo en una persona social que adquiere significaci?n en una determinada 19 cultura. L?gicamente, en el centro del proceso que analizaremos se sit?an las personas trans. Pero si consideramos que estas personas se (re)construyen en sociedad, tambi?n tendremos que prestar atenci?n a las normas e ideales de g?nero existentes, a las din?micas econ?mico-pol?ticas y a los recursos terap?uticos disponibles, sin olvidar las relaciones que los y las trans establecen con el entorno cercano, los grupos de pares, los servicios p?blicos y privados de atenci?n y las instituciones. En el tercer y ?ltimo cap?tulo presentaremos los dos grandes paradigmas, enfrentados, de lo trans: la transexualidad y el transgenerismo. ?stos han de entenderse como tipos ideales, meras abstracciones, por lo que no resulta f?cil encontrar a una persona que se ajuste estrictamente a los par?metros de un paradigma. Generalmente, las personas trans se sit?an en alg?n lugar comprendido entre los dos polos o tipos ideales, pudiendo moverse entre ellos a lo largo de sus vidas. Veremos que las personas cercanas al paradigma de la transexualidad no entienden lo trans como un fin en s? mismo, sino como un proceso con el que lograr una posici?n normalizada en el sistema binario de sexo/g?nero. Por el contrario, desde el transgenerismo se concibe lo trans como un espacio vagamente delimitado desde el que cuestionar nuestras categor?as sexogen?ricas. Por otra parte, y apoy?ndonos en el caso catal?n, mostraremos que si bien muchas personas trans observan con respeto o indiferencia a aquellas que se sit?an en la ?rbita del paradigma contrario, tambi?n podemos encontrar muestras de recelo y animadversi?n. Como veremos, algunos de los que pretenden la normalizaci?n critican a aquellos que visibilizan el hecho trans porque consideran que atentan contra su proyecto de integraci?n social, mientras que algunos de los que combaten pol?ticamente nuestro sistema de sexo/g?nero lamentan que desde ciertos sectores se reniegue de lo trans y se busque la invisibilidad social. 21 CONSIDERACIONES METODOL?GICAS Tell about your sexual behaviour, your sexual identity, your dreams, your desires, your pains and your fantasies. Tell about your desire for a silk hanky, your desire for a person of the same sex, your desire for young children, your desire to masturbate, your desire to cross dress, your desire to be beaten, your desire to have too much sex, your desire to have no sex at all, and even your desire to stop the desires of others. Tell about your sexual dysfunction, your sexual diseases, your orgasm problems, your abortions, your sexual addictions. Let us know what you get up to in bed?or what you don?t get up to! Tell about your partner who loves too little or too much, who is gay or transexual, who is older or younger. (Ken Plummer, 1995) 1. Sobre la autoridad etnogr?fica y los relatos sexuales Somos incansables narradores y ?vidos oyentes de relatos sexuales en una sociedad confesional. Como podremos observar con m?s detalle en la primera parte de la presente investigaci?n, es a trav?s de la sexualidad que el hombre moderno deviene a la vez sujeto y objeto de conocimiento. En lugar de recurrir a la consabida hip?tesis represiva, Foucault (2003 [1976]) nos habla de una ?puesta en discurso del sexo?: a partir del siglo XVIII, el entrelazamiento de unos saberes emergentes con formas m?s eficaces de ejercer el poder provoca una explosi?n discursiva en torno a la sexualidad. Dicha multiplicaci?n de discursos es posible en gran medida a la extensi?n ?y secularizaci?n? de la t?cnica de la confesi?n. Ya sea en el confesionario o en el div?n, tenemos que hablar de sexo. Y no solo admitir las transgresiones, sino tambi?n verbalizar los deseos m?s rec?nditos. El Occidente confesional tiene, al menos, dos grandes relatos fundacionales: por un lado, las Confesiones de san Agust?n, que para Tambling (1990) suponen el inicio de la confesi?n en la medida en que un sujeto unitario elabora una trayectoria inteligible de s? mismo; por el otro, esas Confesiones en las que Rousseau revela sus deseos sadomasoquistas, que representan para Plummer (1995) la primera historia sexual moderna. A pesar de la proliferaci?n de relatos sexuales, la antropolog?a no se ocupa de ellos hasta una etapa m?s bien tard?a. Desde la muerte del considerado ?padre? de la antropolog?a de la sexualidad (Malinowski) hasta el ?ltimo cuarto del siglo XX, ?la sexualidad para la Antropolog?a se sit?a en el silencio o en la periferia m?s apartada de la 22 disciplina? (Nieto, 2003: 17). Durante este periodo, son los sex?logos, los m?dicos, los psiquiatras o los psicoanalistas, los expertos interesados en la recogida de datos sexuales y en la elaboraci?n de discursos de autoridad (y, por tanto, verdaderos) sobre la sexualidad. Para la antropolog?a, la sexualidad debe ser ignorada o marginada, puesto que acarrea deseos y conductas impuras, vergonzosas, contaminantes. Siguiendo con Nieto (2003), se pueden identificar tres fases en relaci?n al posicionamiento de la disciplina antropol?gica ante la sexualidad: la ?erotof?bica? (en la que la sexualidad est? soterrada), la ?erotoliminal? (surge cierto inter?s hacia la sexualidad pero ?ste se encuentra bajo el influjo de la biolog?a) y la ?erotof?lica? (en la que se produce el registro etnogr?fico de la diversidad sexual). Sin duda alguna, la renovaci?n de la mirada antropol?gica tiene consecuencias importantes sobre la forma en que nuestras sociedades conciben la sexualidad, ya que el monopolio biologista, esencialista y universalista empieza a ceder terreno ante los estudios que la abordan como una construcci?n sociocultural y adalid de la diversidad humana. En opini?n de Weston (1993), este resurgir de la antropolog?a de la sexualidad debemos agradec?rselo a un pu?ado de acad?micos que arriesgaron sus carreras hablando de lo que no pod?a ?o no deb?a? hablarse. Actualmente, las historias sobre la sexualidad constituyen un tipo de relato muy diversificado. Pueden recogerse durante una confesi?n religiosa, una consulta psiqui?trica, un interrogatorio judicial o una investigaci?n cient?fica. Pueden tambi?n formar parte de una autobiograf?a, una novela o un poema. Las formas de producci?n son tambi?n muy diversas: pueden obtenerse por la coacci?n de una figura autoritaria (m?dico, polic?a o juez), por una coerci?n interiorizada (como el sentimiento de culpabilidad), por la decisi?n de un autor de entregar una obra m?s o menos ficticia, o en respuesta a la propuesta de un investigador (Giami, 2000). Para un mayor entendimiento, veamos la definici?n de ?historias sexuales? (sexual stories) que realiza uno de los principales referentes en el estudio de las estructuras narrativas de este tipo de relatos: (Las historias sexuales) son los relatos de la vida ?ntima, centrados principalmente en lo er?tico, el g?nero y las relaciones. Forman parte de un conjunto m?s vasto de discursos e ideolog?as sociales, y presentan rasgos comunes con otras historias que se centran en los sujetos, tales como las novelas policiales, las historias de viajes, las historias de vida o las historias sobre experiencias cercanas a la muerte. Pueden presentarse bajo m?ltiples formas: historias sexuales cient?ficas que narran el sexo con una ret?rica cient?fica, historias ?hist?ricas? que sit?an al sexo en contextos hist?ricos e historias de ficciones sexuales que nos brindan mundos imaginarios (Plummer, 1995: 6-7)1. 1 La traducci?n del ingl?s es m?a. En adelante, se traducir?n todas las citas en lengua no castellana. 23 Esta investigaci?n es una historia sobre la sexualidad elaborada a partir de m?ltiples y variadas historias sexuales. Los relatos de las personas trans ser?n nuestro principal foco de atenci?n, pero tambi?n recogeremos relatos de profesionales biom?dicos y de cient?ficos sociales. Asimismo, haremos nuestros los relatos elaborados por los padres de la sexolog?a moderna, por pensadores medievales y grecolatinos y por personas de otros tiempos que narraban en primera persona su disidencia sexogen?rica sin disponer de las actuales categor?as vertebradoras del discurso (como ?transexual?, ?transgenerista? o ?travestido?). Plummer (1995) tiene raz?n cuando afirma que estas historias (incluida la que presentamos a continuaci?n) no han de ser vistas como signos de verdad, como relatos que nos desvelan nuestra naturaleza sexual esencial. Estas historias constituyen m?s bien una forma particular de decir ciertas cosas, desde una determinada posici?n y en un momento preciso, por lo que est?n hist?rica y contextualmente determinadas (o, como dir?a Haraway ?1991?, est?n ?situadas?)2. M?s a?n, utilizando la terminolog?a de Austin (1982 [1962]), podemos sostener que, en lugar de ser ?constatativas? (en el sentido de revelarnos una verdad), estas historias son ?performativas?, pues m?s all? de su veracidad o falsedad, contribuyen a la formaci?n del sujeto hablante, interpelan la subjetividad del oyente y conforman nuestro universo sexogen?rico: ?las historias que contamos sobre nuestras vidas est?n profundamente implicadas en los cambios morales y pol?ticos? (Plummer, 1995: 144). Los actos de habla no son totalmente libres, ?nicos ni originales. No son el simple producto de la voluntad de una persona que quiere-decir siendo se?ora de s? misma (Derrida, 1971)3. Los relatos sexogen?ricos han de entenderse como acciones colectivas que, con sus l?gicas variaciones, presentan una estructura narrativa muy similar porque est?n determinados por las convenciones sociales, por mecanismos de poder que regulan nuestras experiencias y emociones (y aqu? el poder ha de ser entendido en su doble vertiente foucaultiana: represiva ?lo que no puede ser dicho o sentido? y productiva ?lo que puede decirse o sentirse?). Solo si consideramos estos relatos como productos sociales, estaremos en condiciones de efectuar un ?an?lisis cr?tico del discurso?: 2 Un concepto similar al de Haraway y aplicado a la antropolog?a lo encontramos en la ?etnograf?a multisituada? de Marcus (1998). Para este autor, la tradici?n etnogr?fica que establece un determinado lugar para el trabajo de campo se ve cuestionada actualmente por la necesidad de pensar la cultura, no ya como un entramado aut?nomo y homog?neo, sino como un conjunto fluctuante de conexiones, resistencias y adaptaciones entre diversos lugares y a diferentes niveles. 3 Nos estamos refiriendo a la famosa conferencia de Derrida, Firma, acontecimiento, contexto, en la que criticaba el pensamiento de Austin por no haber sido capaz de librarse totalmente de la noci?n tradicional de la ?comunicaci?n?. Dicha noci?n se articula alrededor de la ?metaf?sica de la presencia?, esto es, presuponer la presencia consciente de la intenci?n del sujeto hablante con respecto a la totalidad de su acto locutorio. 24 El an?lisis cr?tico del discurso es un tipo de investigaci?n anal?tica sobre el discurso que estudia primariamente el modo en que el abuso del poder social, el dominio y la desigualdad son practicados, reproducidos, y ocasionalmente combatidos, por los textos y el habla en el contexto social y pol?tico (Van Dijk, 1999: 23). En tanto que procesos colectivos, los relatos sexogen?ricos pueden ser tambi?n vistos, siguiendo la ?teor?a polif?nica? de Bajtin, como narrativas heterogl?sicas, como enunciaciones pobladas de voces m?ltiples, heterog?neas y a menudo enfrentadas: La noci?n de heteroglosia emerge de la idea de que el yo ?en el sentido de enunciante de un discurso? no es un ente individual sino esencialmente colectivo constituido a trav?s de la incorporaci?n de una heterogeneidad de voces que ha ido integrando en el contexto sociocultural en que se desenvuelve (Mart?nez-Guzm?n y Montenegro, 2010: 234). Si bien es importante que entendamos estas historias sexuales como productos colectivos (polif?nicos y convencionales), contextuales (situados) y realizativos (performativos), no lo es menos el que debamos interrogarnos acerca de la autoridad del etn?grafo que condiciona la producci?n de estos relatos y posteriormente los ensambla, textualiza e interpreta. En antropolog?a, ni la experiencia ni la actividad interpretativa del investigador son hoy incuestionables. Tendemos a aceptar sin demasiados matices que ?todos los ojos, incluidos los nuestros, son sistemas perceptivos activos que construyen traducciones y maneras espec?ficas de ver, es decir, formas de vida? (Haraway, 1991: 327). Geertz (2005 [1973]) afirma que la antropolog?a no es una ciencia experimental en busca de leyes, sino una disciplina interpretativa en busca de significados. Y para poder interpretar es necesario recurrir a la ?textualizaci?n?, a saber, el proceso mediante el cual el habla, el lenguaje corporal, las creencias o los rituales observados se organizan en un conjunto significativo y se transforman en texto. Indudablemente, debemos admitir que la textualizaci?n es siempre interpretativa, cr?tica y parcial. Debemos tambi?n evitar la disoluci?n de la ambig?edad y la diversidad con la creaci?n de sujetos absolutos (como, por ejemplo, el arquetipo de la transexualidad creado por la biomedicina), y tampoco podemos ensombrecer los aspectos dial?gicos y situacionales que han determinado el trabajo de campo. En fin, podemos dar la bienvenida a esa etnograf?a posmoderna que ?pone en primer t?rmino al di?logo y no al mon?logo, y enfatiza la naturaleza cooperativa y colaborativa de la situaci?n etnogr?fica en contraste con la ideolog?a del observador trascendental? (Tyler, 1986: 301). Con todo, estamos de acuerdo con Clifford (1988) cuando afirma que toda etnograf?a implica una traducci?n de la experiencia a una forma textual, y este proceso siempre pone en juego un tipo espec?fico de autoridad. En consecuencia, podemos incorporar la dimensi?n intersubjetiva en la elaboraci?n de nuestro relato cient?fico, pero 25 no estaremos con ello eliminando la autoridad etnogr?fica, sino m?s bien desplaz?ndola: Si la autoridad interpretativa se basa en la exclusi?n del di?logo, lo inverso tambi?n es verdad: una autoridad puramente dial?gica reprimir?a el hecho inescapable de la textualizaci?n. Mientras que las etnograf?as modeladas como encuentros entre dos individuos pueden dramatizar con ?xito el toma y daca intersubjetivo del trabajo de campo e introducir un contrapunto de voces autorales, ellas siguen siendo representaciones4 del di?logo (Clifford, 1988: 161). Por tanto, en lugar de invocar utop?as anti-autoritarias, tenemos que reconocer sin complejos el tipo de gobierno que ejercemos sobre nuestro texto. A lo largo de esta investigaci?n impugnaremos la concepci?n homogeneizadora que determinados sectores del estamento m?dico y no pocas instituciones tienen sobre el fen?meno trans. El respeto a la enorme diversidad de cuerpos y subjetividades trans ser? uno de nuestros ejes vertebradores, y trataremos de reflejar dicha diversidad presentando numerosos testimonios en primera persona. Sin embargo, en determinados momentos controlaremos la pluralidad de experiencias trans y les impondremos cierta coherencia recurriendo a determinadas herramientas anal?ticas, como cuando ordenaremos la construcci?n identitaria/corporal de estas personas recurriendo a la secuencia temporal de los procesos asistenciales, o como cuando elaboraremos los tipos ideales de la transexualidad y el transgenerismo para proceder a su an?lisis y comparaci?n. Estas estrategias son, sin duda, autoritarias y reduccionistas, pero nos ayudar?n a mantener una trayectoria m?nimamente estable a lo largo de un proceso textual dif?cilmente gobernable. 2. Experiencias de investigaci?n Los datos obtenidos para la elaboraci?n de la presente investigaci?n han surgido de tres experiencias personales interrelacionadas. L?gicamente, el n?cleo duro de la informaci?n ha sido extra?do a lo largo de los cuatro a?os que ha durado mi investigaci?n doctoral en el marco del Programa de Estudios Avanzados en Antropolog?a Social. Antes de empezar este camino ya se hab?a contactado y trabajado con algunos de los informantes clave (como, por ejemplo, la psic?loga cl?nica y la psiquiatra de la UTIG, algunos usuarios de la Unidad o figuras relevantes del mundo asociativo catal?n) y se hab?a realizado un primer an?lisis tanto de los condicionantes hist?ricos que posibilitaron la aparici?n de la transexualidad como del proceso de (re)construcci?n corporal e identitaria de estas personas en un contexto 4 El ?nfasis es del autor. 26 caracterizado por la patologizaci?n y la medicalizaci?n. Ello es debido a que el trabajo final del M?ster en Antropolog?a y Etnograf?a, presentado en septiembre de 2010, constitu?a una primera tentativa de abordar los objetivos que hemos estado persiguiendo durante la tesis. No obstante, las exigencias y el tiempo del que se dispon?a para la elaboraci?n de la tesina eran mucho menores, por lo que el grueso del trabajo ha tenido que realizarse durante la investigaci?n doctoral. Ha sido durante este periodo que hemos analizado gran parte de la bibliograf?a necesaria para trazar la g?nesis de la transexualidad y explorar otros universos sexogen?ricos. Tambi?n durante la tesis hemos realizado la mayor?a de entrevistas en profundidad y buena parte de la observaci?n participante y la observaci?n en los foros de internet. Asimismo, entre 2012 y 2013 tuve la oportunidad de formar parte del equipo de una investigaci?n, dirigida por Oscar Guasch, que llevaba por t?tulo Representaciones y pr?cticas en el proceso de feminizaci?n de mujeres transexuales (Instituto de la Mujer ? Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Ref. 2011-0004-INV-00124). El hecho de participar activamente en el dise?o de la investigaci?n propici? que ?sta tuviera bastantes nexos en com?n con mi tesis doctoral y, por tanto, bastante informaci?n aprovechable. En concreto, el cap?tulo 3 de la segunda parte de la presente tesis, titulado Los procesos de (re) construcci?n corporal e identitaria en tanto que procesos asistenciales, es en buena medida el fruto de mi colaboraci?n en esta investigaci?n para el Instituto de la Mujer. Como revela claramente el t?tulo, el proyecto ten?a por objeto analizar los discursos, representaciones y pr?cticas de las mujeres transexuales a lo largo de su proceso de modificaci?n corporal. Se prestaba una atenci?n especial a las pr?cticas de autoatenci?n, como la toma de hormonas sin supervisi?n m?dica o las inyecciones clandestinas de silicona para feminizar el cuerpo, y se trataba de esclarecer si estas pr?cticas estaban determinadas por las variables ?edad? y ?origen sociocultural?. Tambi?n se atendi? al modo en que interactuaban los discursos y las pr?cticas de las mujeres trans con los de los profesionales m?dicos, y se identificaron los modelos de feminidad que guiaban la (re)construcci?n corporal de estas personas. Las t?cnicas utilizadas para la consecuci?n de estos objetivos eran caracter?sticas del m?todo cualitativo: las entrevistas en profundidad, la observaci?n participante y la realizaci?n de un grupo de discusi?n con mujeres trans. Finalmente, debo reconocer que esta investigaci?n doctoral nunca habr?a visto la luz sin la estad?a de pr?cticas que realic? en la asociaci?n parisina Pr?vention, Action, Sant? et Travail pour les Transgenres (m?s conocida como PASTT). Mi participaci?n en la PASTT se inscrib?a dentro del programa europeo de intercambios Eurodisea y tuvo lugar durante los siete primeros meses de 2005. Esta asociaci?n sin ?nimo de lucro fue creada en 1992 por Camille Cabral, una doctora trans de esp?ritu combativo y provocador. Las trabajadoras y colaboradoras de la PASST son mayoritariamente mujeres trans que supervisan y 27 ejecutan varios programas de asistencia a esta poblaci?n (en su mayor?a mujeres trans de origen latinoamericano y trabajadoras sexuales): un programa de prevenci?n m?vil de enfermedades de transmisi?n sexual; un programa de acompa?amiento hospitalario; un programa de asistencia legal para la obtenci?n de los permisos de trabajo y residencia y para el acceso a los recursos sociosanitarios; un programa de apartamentos tutelados para aquellas personas en una situaci?n de gran precariedad; y un programa de seguimiento y asistencia a las trans que se encuentran en prisi?n. Asimismo, la asociaci?n se encarga de situar en la escena p?blica y pol?tica reivindicaciones relativas a los derechos trans, la lucha contra la transfobia y la igualdad de oportunidades. Sin duda alguna, mi conocimiento y sensibilidad ante el fen?meno trans no se habr?an desarrollado si no hubiera colaborado con la PASTT. Bien es cierto que las tareas que llev? a cabo durante el tiempo que duraron mis pr?cticas eran m?s propias de un educador social que de un antrop?logo inmerso en su trabajo de campo. En esa ?poca acababa de licenciarme en sociolog?a y no ten?a previsto iniciar los estudios de tercer ciclo. Adem?s, el programa Eurodisea estaba destinado a la realizaci?n de pr?cticas profesionales y no a la investigaci?n. Por tanto, mi misi?n en la PASTT consisti? en colaborar en la organizaci?n de los actos p?blicos de la asociaci?n, efectuar algunos acompa?amientos administrativos y hospitalarios y participar asiduamente en el programa de prevenci?n m?vil de ETS. Con este programa recorr?amos con un minib?s los centros neur?lgicos de la prostituci?n callejera de Paris (principalmente el Bois de Boulogne) para atender las necesidades de las mujeres que lo solicitaban mientras ofrec?amos preservativos y bebidas calientes. Como es l?gico, una vez decid? emprender los estudios de doctorado y dedicar mi tesis al an?lisis del fen?meno trans, lament? sobremanera el no haber adoptado una postura expl?citamente etnogr?fica que me hubiera permitido sistematizar lo observado en un diario de campo y organizar entrevistas en profundidad para ser registradas. Con siete meses de trabajo de campo minucioso hubiera obtenido casi toda la informaci?n necesaria para redactar una buena tesis. No obstante, no puede decirse de ning?n modo que mi estancia hab?a ca?do en saco roto desde el punto de vista ?cient?fico?. Y es que, a parte de brindarme una experiencia personal preciosa y de haber tenido la oportunidad de colaborar con una ONG, el tiempo que pas? en la PASTT me hab?a permitido llevar a cabo, sin ser plenamente consciente de ello, lo que Wacquant (en Langarita, 2014) denomina ?participaci?n observante?. Mediante esta inversi?n terminol?gica, Wacquant pretende alejarse de la concepci?n cl?sica de la participaci?n como un instrumento o medio ?inevitable a la vez que subalterno? para poder realizar lo que realmente es importante, esto es, la observaci?n. Para el franc?s, la participaci?n tiene una importancia en s? misma porque posibilita la aproximaci?n experiencial a una determinada realidad. En mi caso, 28 parece claro que la participaci?n era el elemento prevalente: era un colaborador m?s de la asociaci?n y no un investigador que ocupaba una posici?n diferenciada del resto de trabajadores. Ello me permiti? interactuar con las personas sin que ?stas tuvieran tantos recelos y que se me abrieran m?s f?cilmente algunas puertas (aunque tambi?n es cierto que segu?a siendo un extra?o que tan solo estaba de paso, por lo que tambi?n tuve que ganarme la confianza de estas personas). Sea como fuere, mi participaci?n en los programas de asistencia, las innumerables charlas informales que mantuve con el personal de la asociaci?n y las usuarias y la experiencia del d?a a d?a constituyeron un aprendizaje tremendamente enriquecedor, tanto a nivel personal como intelectual, que me ha servido para orientar y ejecutar la presente investigaci?n. 3. T?cnicas de investigaci?n La metodolog?a que hemos empleado es de car?cter cualitativo. El an?lisis geneal?gico ha sido la principal herramienta utilizada durante la primera parte de la investigaci?n. Para la segunda, he recurrido a las entrevistas en profundidad, la observaci?n participante (o, m?s bien, participaci?n observante), la observaci?n en la red (concretamente, de un foro de discusi?n de tem?tica trans) y los grupos de discusi?n. A continuaci?n, explicar? c?mo se ha aplicado cada t?cnica, lo que me llevar? a reflexionar sobre la forma en que el investigador interacciona con sus interlocutores (sean ?stos personas o textos) y condiciona la producci?n de datos. El an?lisis geneal?gico Si partimos del supuesto de que la transexualidad no es un fen?meno universal, sino hist?rico y contingente, debemos rastrear las condiciones de posibilidad de esta forma de gestionar la variancia de g?nero que se articula alrededor de la patologizaci?n y la medicalizaci?n. Para la realizaci?n de esta empresa consistente en la historizaci?n de aquello que hoy nos parece natural, verdadero y razonable, consider? que el m?todo geneal?gico era el m?s adecuado. No solo me he servido de la bo?te ? outils que nos leg? Foucault, sino que tambi?n he aprovechado, a causa de las coincidencias tem?ticas, muchos de sus an?lisis sobre la sexualidad, la subjetivaci?n y las denominadas ?tecnolog?as del yo?. Si bien el franc?s ha sido mi gu?a principal, debo reconocer ?aunque sea someramente? el influjo esclarecedor de Nietzsche en todo aquel que trata de problematizar las evidencias. Con este fin, recordemos una vez m?s el primer aforismo de su genial Aurora: 29 Todas las cosas que viven mucho tiempo se van empapando poco a poco de raz?n, de tal suerte que parece inveros?mil que tengan su origen en la sinraz?n. ?No cree el sentimiento ver una paradoja o una blasfemia cada vez que se le muestra la historia exacta de un origen? (Nietzsche, 1881: 935). El m?todo geneal?gico nos ofrece una serie de herramientas ?o precauciones? epistemol?gicas para abordar la historia. ?sta no ha de ser concebida como un proceso lineal, progresivo y teleol?gico durante el cual se ir?an acumulando los conocimientos, tecnolog?as y experiencias que nos conducir?an a un estadio definitivo de plenitud ontol?gica, racionalidad absoluta o perfecci?n moral. La historia no es la encarnaci?n de ninguna idea trascendental y est? plagada de discontinuidades y rupturas. En consecuencia, entre las ?pocas hist?ricas existen fisuras epist?micas (como las existentes entre la ??poca Cl?sica? foucaultiana y la Modernidad) que posibilitan nuevas disposiciones en el campo del saber y en las relaciones de poder. Como se?ala Reynoso (2003), cada episteme define lo que es pensable, tiene su coherencia interna y es relativamente aut?noma. Por tanto, nuestra ?poca ?o episteme? tiene su propio umbral, y es en ese punto donde tenemos que empezar a rastrear nuestras condiciones de posibilidad. Pero en esta b?squeda no esperemos encontrar una esencia inalterable y anterior a todo desarrollo hist?rico, porque tal esencia no existe: ?Detr?s de las cosas existe algo muy distinto: en absoluto su secreto esencial y sin fechas, sino el secreto de que ellas est?n sin esencia, o que su esencia fue construida pieza por pieza a partir de figuras que le eran extra?as? (Nietzsche; en Foucault, 1971: 10). Por otra parte, la negaci?n aprior?stica de la continuidad hist?rica est? estrechamente vinculada con la idea de que tenemos que evitar la ?racionalidad retrospectiva?, esto es, la proyecci?n de nuestra mirada hacia cualquier episteme que no sea la nuestra. Con estas herramientas en mano emprend? el an?lisis geneal?gico de la transexualidad. Si bien este concepto no llega a acu?arse, delimitarse y adquirir pleno sentido hasta los a?os 60 del siglo XX, todo parec?a indicar que deb?a realizar el ?corte geneal?gico? en los alrededores del siglo XVIII. Es a partir de ese periodo que el hombre y la mujer dejan de ser concebidos como un cont?nuo jerarquizado, para pasar a constituir una dicotom?a irreductible y fundamentada en las diferencias biol?gicas. Es en ese periodo que empieza a desarrollarse una racionalidad sexo-l?gica con la que se establece la sexualidad como forma privilegiada de individuaci?n, verdad profunda a desvelar y objeto de estudio de unos saberes cient?ficos que tratan de entender sus reglas inmanentes y controlar sus variaciones m?rbidas. 30 Pero, una vez sumergido en el estudio de la ?episteme moderna?, empec? a sospechar que quiz? exist?an ciertas continuidades hist?ricas que ser?an ignoradas si efectuaba un corte geneal?gico radical y que, en todo caso, la investigaci?n se enriquecer?a si abordaba epistemes pret?ritas. De este modo, a parte de escrutar los factores generadores de la transexualidad, decid? asimismo analizar otros universos sexogen?ricos centrando la atenci?n en pr?cticas y fen?menos fronterizos como los del hermafroditismo (y, por extensi?n, la monstruosidad), el afeminamiento, la sodom?a, las pr?cticas travestistas o la transmutaci?n sexual (el cambio s?bito de sexo). Y complement? todo ello con el estudio de algunas de las principales cuestiones morales sobre las que se hab?an interrogado nuestros antepasados, tales como las relaciones no procreadoras, el deseo sexual, el gobierno de uno mismo, la abstinencia o la intemperancia, las relaciones entre los g?neros o las consecuencias del acto sexual. Era consciente de que no estaba realizando una tesis de historia, por lo que ocuparme de otras epistemes implicaba destinar unos recursos que quiz? luego echar?a en falta. Con todo, decid? que el riesgo val?a la pena. Solo advierto al lector que no encontrar? un an?lisis exhaustivo de las corrientes de pensamiento ni una radiograf?a pormenorizada de las conductas y pr?cticas sexuales caracter?sticas del Occidente grecolatino y medieval. Y mucho menos una valoraci?n de dichas corrientes y pr?cticas tomando como referente nuestros mecanismos de inteligibilidad. Para el estudio de estos periodos, me he apoyado en el trabajo de autores con los que comparto la misma sensibilidad (como Foucault, Laqueur, Boswell o V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar) y he completado sus an?lisis con fuentes primarias que he considerado relevantes5. Entenderemos mejor lo que somos si recordamos aquello que fuimos. Ese ha sido el esp?ritu que me ha guiado durante la primera parte de esta investigaci?n. Las entrevistas en profundidad Las entrevistas en profundidad semi-dirigidas han sido la principal t?cnica utilizada durante la segunda parte de la investigaci?n. La mayor?a de entrevistas se han realizado a personas trans. En concreto, se han hecho 13 entrevistas a hombres trans y 41 entrevistas a mujeres (15 de ellas en el marco de la investigaci?n para el Instituto de la Mujer). Para preservar el anonimato de las personas entrevistadas, se ha omitido cualquier informaci?n con la que pudieran ser identificadas y se han utilizado nombres ficticios, pero siempre respetando el g?nero de nuestros interlocutores. Asimismo, se han efectuado 10 entrevistas 5 Debo reconocer que esta forma de proceder vulnera en parte el esp?ritu foucaultiano. Para Foucault, resulta crucial realizar un trabajo de erudici?n sobre todo tipo de fuentes primarias. No solo debemos ocuparnos de los grandes textos que han sido utilizados para escribir la historia, sino tambi?n, y sobre todo, de aquellos que han ca?do en el olvido por considerarse marginales. 31 a profesionales que trabajan con esta poblaci?n. De la UTIG del Cl?nic, se ha entrevistado a una enfermera, una psic?loga cl?nica, una psiquiatra, una endocrin?loga, una psic?loga infantil y una psiquiatra que hab?a hecho sus pr?cticas en la Unidad. Tambi?n se ha entrevistado a un cirujano pl?stico de una cl?nica privada de Barcelona, a una psic?loga que trabaja en el Casal Lambda y a la ginec?loga y la partera fundadoras de Tr?nsit, un servicio de reciente creaci?n en Barcelona, dependiente del Institut Catal? de la Salut, que se caracteriza por ofrecer un tipo de atenci?n alternativa a la UTIG. Aunque la gran mayor?a de profesionales no ten?a problema alguno en que sus nombres aparecieran en el texto, se ha decidido mencionar tan solo el lugar en el que trabajan. Todas las entrevistas fueron registradas con una grabadora de voz para ser posteriormente transcritas y analizadas con el programa Atlas.ti. Para llevar a cabo las entrevistas se part?a de una gu?a espec?fica para cada colectivo, previamente elaborada. No se trataba de un cuestionario con preguntas cerradas, sino de un gui?n que se iba modificando en funci?n del desarrollo de la entrevista. Todas las entrevistas a profesionales fueron realizadas en su lugar de trabajo. En cuanto a las personas trans, se les ofrec?a la posibilidad de escoger el lugar, aunque se les advert?a de la necesidad de encontrar un espacio que garantizara cierta intimidad. En algunos casos los entrevistados escogieron su propio domicilio, pero en otros la entrevista tuvo lugar en alg?n lugar p?blico (bares, terrazas, parques), hecho que dificult? la creaci?n de una atm?sfera confortable y libre de miradas y o?dos ajenos. En estos casos, el tratamiento de las cuestiones m?s confidenciales conllevaba una disminuci?n del tono de voz del entrevistado, lo que ha entorpecido la trascripci?n posterior. Aunque la mayor?a de las veces se ha completado la entrevista de una sola vez, en no pocas ocasiones han sido necesarios dos o m?s encuentros. La duraci?n de las entrevistas ha variado enormemente de un caso a otro en funci?n de varios factores, tales como la locuacidad y disponibilidad del entrevistado, el lugar de realizaci?n de la entrevista, el clima generado, etc. As?, se han realizado entrevistas de escasamente una hora y otras que superan con creces las tres horas de duraci?n. Con las entrevistas a las personas trans se trat? de ser exhaustivo, es decir, que la muestra reflejara en la medida de lo posible la enorme diversidad de subjetividades y cuerpos trans. Como uno de nuestros objetivos consist?a en analizar el proceso diagn?stico y terap?utico en una UTIG, se ten?a especial inter?s en entrevistar a las personas usuarias de la Unidad. A este respecto, nuestra informante principal en la UTIG nos ha facilitado el trabajo: aprovechaba las visitas m?dicas que realizaba a las personas usuarias para comentarles la existencia de esta investigaci?n y preguntarles por su disponibilidad de participaci?n. Debemos se?alar que esta forma de obtener participantes deb?a tratarse con cautela porque era esta profesional de la UTIG quien seleccionaba a las personas que ella consideraba adecuadas. Este hecho pude contrarrestarlo con la asistencia a algunas de las 32 terapias de grupo que organiza la UTIG una vez al mes, lo que me brind? la oportunidad de contactar directamente con los usuarios. Si la UTIG hubiera sido la ?nica fuente de acceso a los entrevistados a buen seguro que hubiera obtenido una visi?n parcial del universo trans. Cierto es que las personas usuarias de la UTIG no son todas iguales ni persiguen exactamente los mismos objetivos, pero el hecho de tener que someterse a un proceso diagn?stico y de seguir una terapia institucionalizada hace que muchas de ellas compartan determinados rasgos. Por tanto, si quer?a abrazar la pluralidad ten?a que multiplicar las formas de obtener entrevistados. En este sentido, y a modo de ejemplo, los contactos realizados durante el tiempo que estuve en la PASTT me permitieron acceder a un perfil de mujer trans que raramente acude a una UTIG: una mujer mayor de 30 a?os, espa?ola o latinoamericana, que ha sido autodidacta la mayor parte de su vida porque ha tenido que realizar su construcci?n identitaria/corporal en un contexto en el que las administraciones no atend?an las demandas de las personas trans. Asimismo, el contacto con determinadas organizaciones (como el Col?lectiu de Transsexuals de Catalunya, Octubre Trans, Cultura Trans o la Associaci? de Mares i Pares de Gays, Lesbianes, Bisexuals i Transsexuals) me ha permitido entrevistar a personas provenientes del mundo asociativo, muchas de ellas con una visi?n cr?tica del modelo biom?dico hegem?nico. A pesar de la voluntad de ser totalmente exhaustivo, la muestra obtenida tiene sus limitaciones. En primer lugar, por la desproporci?n existente entre hombres (13) y mujeres (41). La mayor proporci?n de mujeres trans es un hecho bastante com?n en la mayor?a de estudios (tanto biom?dicos como sociales)6 y existen varias hip?tesis al respecto: que en nuestra sociedad se atienden principalmente las necesidades de los hombres (esto es, de las mujeres trans); que las t?cnicas de reasignaci?n sexual han sido creadas por ?y para? los hombres; que la transexualidad femenina goza de una mayor publicidad que la masculina (por lo que existen m?s referentes de ?xito para los j?venes); que las t?cnicas de masculinizaci?n (a excepci?n de la faloplastia) son m?s efectivas que las de feminizaci?n, por lo que los hombres trans pasan m?s desapercibidos que las mujeres trans; que en nuestra sociedad los roles femeninos son m?s laxos que los masculinos, por lo que los hombres que no se ajustan al ideal de virilidad se ven impelidos a representar el g?nero contrario, etc. La otra gran limitaci?n tiene que ver con la infrarrepresentaci?n de personas trans con un alto poder adquisitivo y que se someten a un proceso transexualizador con el fin de ?pasar por? hombres o mujeres ?normales y naturales?. Como tendremos ocasi?n de observar, el proceso de (re)construcci?n identitaria y corporal de las personas trans no solo 6 Sin ir m?s lejos, en la UTIG de Catalu?a, durante la d?cada 2000-2009, obtuvieron el diagn?stico 2.1 mujeres trans por cada hombre. 33 est? determinado por sus ideales de g?nero y expectativas corporales, sino tambi?n por factores socioecon?micos generadores de desigualdad (pa?s de residencia, estatuto legal, capital econ?mico y cultural, etc.). Dicho de otra forma, estas personas quieren tomar todas las decisiones que les afectan, pero a menudo ven limitada su capacidad de decisi?n cuando no tienen los recursos necesarios. La mejor forma de mantener la autonom?a (de poder decidir qu?, cu?ndo y c?mo) es disponer del dinero suficiente para acudir a la sanidad privada: se obtendr? el diagn?stico m?s f?cilmente que en la UTIG, se acceder? m?s r?pidamente a las cirug?as de reasignaci?n genital (la lista de espera en la UTIG del Cl?nic es de 3 a 5 a?os) y se tendr? acceso a un amplio abanico de cirug?as est?ticas (que no son costeadas por la sanidad p?blica). Si a ello le a?adimos que estas personas de elevado poder adquisitivo, una vez ?reasignadas?, quieren invisibilizar su paso por un proceso de modificaci?n corporal, nos encontramos con un perfil dif?cilmente localizable: estas personas ni van a la UTIG, ni forman parte de asociaciones, ni asisten a actos informativos o reivindicativos. La ?nica forma de acceder a ellas es a trav?s de otros contactos, pero no es tarea f?cil. Valga un ejemplo. Un pariente m?o explic? a una compa?era de trabajo que estaba buscando a personas para participar en mi investigaci?n, y ?sta le coment? que su sobrina hab?a pasado por un proceso de modificaci?n corporal y que quiz? aceptaba ser entrevistada. Me hicieron llegar su tel?fono y llam?. Tras explicarle brevemente el objetivo de mi investigaci?n y el protocolo a seguir durante la entrevista, recib? una respuesta lac?nica que me dej? un tanto desconcertado: ?Uy, no. Es que yo ya no soy transexual?. Y lo cierto es que no le faltaba raz?n. Las personas trans, al igual que las cis, son personas poli?dricas: son madres o padres, hijos o hijas, tienen un buen trabajo, un trabajo precario o est?n en el paro, son nacionalistas o internacionalistas, fervientes religiosas o ateas, conservadoras o progresistas, etc. La tarea de adoptar un g?nero distinto al asignado constituye ?o ha constituido? una parte importante de sus vidas de la que se ocupan y se preocupan, pero sus vidas son mucho m?s que eso. Para algunas de estas personas, las cuestiones asociadas al proceso de modificaci?n corporal e identitaria tienen un lugar preferente en su d?a a d?a (sobre todo las que se encuentran en las etapas iniciales), pero para otras estas cuestiones ya han pasado a un segundo plano. A este respecto, debo reconocer que los objetivos que hab?a establecido para esta investigaci?n no me han permitido reflejar adecuadamente estas m?ltiples facetas vitales. De forma impl?cita, ped?a a estas personas que dejaran de lado otros sue?os, ambiciones, frustraciones e inquietudes y que se centraran en su ?condici?n trans? durante el tiempo que durara la entrevista. As? pues, no he logrado zafarme completamente de la visi?n hegem?nica que tenemos de los denominados ?grupos minoritarios?: 34 Situaciones estructurales que vive buena parte de la poblaci?n y que van a sustantivizar sus vivencias, de manera que las personas somos identificadas socialmente por nuestros ?s?ntomas?, llegando a ?convertirnos? gracias a un proceso de sin?cdoque en una sola parte que representa un todo, y ser etiquetadas o se?aladas en t?rminos identitarios de forma reductiva (Platero, 2012: 22). Por otra parte, debemos tener en cuenta que todo conocimiento est? ?situado? (Haraway, 1991), lo que significa que est? condicionado por el lugar que ocupa quien se encarga de producirlo. Mi posici?n ha sido la de un ?experto? autorizado y capacitado para escuchar el relato sexogen?rico de una persona, para luego, en ausencia de esa persona, elaborar un relato de relatos con pretensiones cient?ficas. Para las personas usuarias de la UTIG, mi posici?n no era muy diferente de la que ocupaban los profesionales de la Unidad, por lo que a lo largo de mis entrevistas he observado din?micas similares a las producidas durante la entrevista cl?nica. Algunas de estas personas tend?an a mostrarse, al menos en un principio, desconfiantes y cautelosas porque no acababan de creer que yo fuera alguien externo a la UTIG y tem?an que sus palabras pusieran en peligro el acceso al tratamiento7. Otros usuarios de la Unidad me ped?an, tras la entrevista, que emitiera un diagn?stico cl?nico de su caso. En fin, he podido constatar que algunas entrevistas han producido efectos similares a los detectados por Herdt y Stoller (1990) cuando aplicaban la ?etnograf?a cl?nica? al estudio de los Sambia: si bien mi trabajo no ten?a en modo alguno un fin terap?utico, algunas personas me comentaron haberse sentido mejor tras la entrevista por haber revelado intimidades que no ten?an a quien contar. En otros casos, las din?micas generadas con mis interlocutores dejaban patente la ?quiebra de la autoridad monol?gica? (Clifford, 1988). El etn?grafo ha perdido el monopolio del conocimiento sobre el fen?meno estudiado en beneficio de unos informantes cada vez m?s informados que reivindican la legitimidad de su propia voz y su derecho a participar en la generaci?n del conocimiento que versa sobre ellos. En nuestro caso, hace ya tiempo que las personas trans dejaron de ser simplemente el objeto de saberes expertos para devenir sujetos activos que producen un conocimiento socialmente relevante (cf. Stryker y Whittle, 2006). Este cambio ha hecho posible que algunos de mis informantes se hayan sentido lo suficientemente capacitados como para ?violar? mi autoridad al tratar de influir y orientar mi trabajo. En algunas ocasiones, esta ?deriva antiautoritaria? ha transformado las entrevistas en acalorados debates, durante los cuales he sido reprendido por haber pecado por exceso y por defecto: se me ha acusado de ser ?demasiado constructivista? y tambi?n ?poco ?ca?ero??. 7 Como veremos, en la UTIG impera un ?r?gimen de autorizaci?n? (P?rez, 2010), en el que una figura experta (psiquiatra o psic?logo cl?nico) determina la idoneidad del paciente (mediante diagn?stico) para acceder al proceso hormono-quir?rgico. 35 La observaci?n participante (o participaci?n observante) A lo largo de esta investigaci?n se han tenido que modificar los escenarios para la observaci?n previstos inicialmente. Se hab?a establecido que el escenario principal para realizar la observaci?n fueran las consultas m?dicas (de psiquiatr?a, endocrinolog?a, cirug?a pl?stica, etc.) llevadas a cabo en la UTIG del Hospital Cl?nic. No obstante, esto no fue posible. Mi informante en la UTIG me advirti? que el hospital tan solo aceptaba como observantes a estudiantes y profesionales de medicina, psiquiatr?a o psicolog?a, por lo que tuve que modificar mi plan inicial. Decid? entonces solicitar mi asistencia a las terapias de grupo que organiza la UTIG una vez al mes. En dichas reuniones, que siempre est?n supervisadas por un profesional de la salud mental, asisten las personas usuarias, pudiendo estar acompa?adas por sus parejas, familiares y amigos. El funcionamiento de las sesiones es muy similar al de cualquier grupo de ayuda mutua: se realiza una ronda de presentaciones en la que cada asistente puede explicar su situaci?n, exponer dudas y/o proponer un tema a debatir. Tras algunas respuestas evasivas, logr? asistir finalmente a cuatro sesiones. Sin embargo, todas las personas asistentes han de firmar un documento de confidencialidad al inicio de cada sesi?n, con el que nos compromet?amos a no revelar nada de lo ocurrido o hablado. Por tanto, no he podido utilizar de forma expl?cita la informaci?n extra?da de estas sesiones, aunque mi esfuerzo no ha sido del todo est?ril: he podido mejorar mi conocimiento acerca del funcionamiento de una UTIG, corroborar algunas de las hip?tesis con las que trabajaba y contactar de forma directa con las personas usuarias. Tambi?n ten?a previsto realizar la observaci?n participante en el Col?lectiu de Transsexuals de Catalunya (CTC), una de las organizaciones m?s veteranas de nuestro pa?s dedicadas a la defensa de los derechos de las personas trans, con sede en Barcelona. Ya hab?a mantenido contactos con esta asociaci?n durante mi estancia en Paris, y en una de mis visitas a Barcelona pude presenciar una de sus reuniones, por lo que parec?a que no tendr?a dificultades para lograr mi prop?sito. Pero, en este caso, el problema fue que la actividad de la asociaci?n ha ca?do en picado durante estos ?ltimos a?os y casi nadie asiste a las reuniones semanales que se organizan en una sala cedida por un centro c?vico. De las cinco veces que fui, en tres de ellas estuve solo con su presidenta, en una apareci? una de los miembros m?s veteranos de la asociaci?n y en la restante se present? una mujer trans de avanzada edad preguntando por la posibilidad de recibir una indemnizaci?n por ser v?ctima del franquismo. A?n as?, la falta de p?blico me permiti? hablar detenidamente con la presidenta, lo que siempre es de agradecer a causa de su discurso claro e incisivo. Tras estas experiencias fallidas, explor? la posibilidad de realizar la observaci?n en otras asociaciones, pero diversos factores me hicieron finalmente desistir. Algunas de estas organizaciones, como el CTC, han perdido parte de su militancia y se re?nen con poca 36 regularidad, lo que dificulta una estancia de campo continuada. Ello puede ser debido a que parte de las prestaciones que antes brindaban las asociaciones (acogida, asistencia, asesoramiento) han sido actualmente monopolizadas por la UTIG, o incluso por internet (en todo lo relativo a la informaci?n). Asimismo, tambi?n se pudo detectar la existencia de cierta ?fatiga investigadora? en los colectivos, es decir, en palabras de una mujer trans: la sensaci?n de ?ser carne de estudio sociol?gico?. Y es que si bien el inter?s por el estudio del universo trans es bastante reciente en nuestro pa?s, en los ?ltimos a?os ha experimentado un auge considerable. No hay tantos colectivos ni caras visibles en el activismo, por lo que las peticiones para realizar la observaci?n y las entrevistas siempre van dirigidas a las mismas asociaciones y personas. A modo de ejemplo, decir que realic? algunas tentativas para asistir al Espai Obert Trans/Intersex, un espacio de encuentro que pretende erigirse en una alternativa a las sesiones de grupo organizadas por la UTIG. La respuesta que obtuve fue que ya hab?an permitido la asistencia continuada de algunos investigadores sociales y que la experiencia no hab?a sido del todo positiva. Algunas personas trans hab?an quedado decepcionadas porque llegaban a tener confianza y afecto hacia el investigador y, una vez finalizado el trabajo de campo, ?ste desaparec?a y no volv?a a saberse nada m?s de ?l. Pese a todos estos inconvenientes, lo cierto es que a medida que iba avanzando en la comprensi?n del mapa organizativo catal?n y contactando con personas relevantes tuve la oportunidad de participar activamente en algunos programas de asistencia y eventos destacados (congresos, jornadas, seminarios, etc.). Fueron estas participaciones (que ya ten?an una importancia en s? mismas) las que me brindaron la oportunidad de efectuar observaciones relevantes de un determinado contexto. Por ejemplo, particip? en el curso de formaci?n de agentes de salud dirigido a mujeres trans y organizado por Metges del M?n. El objetivo general de este curso es mejorar las condiciones sociales y sanitarias de las mujeres trans que ejercen la prostituci?n. Para ello, se trabajan aspectos como los recursos sanitarios y sociales, la situaci?n socio-jur?dica de la transexualidad en Espa?a y otros aspectos relacionados con la prevenci?n y la promoci?n de la salud, tales como las enfermedades de transmisi?n sexual, las drogas o la salud mental. En el marco de la investigaci?n para el Instituto de la Mujer pude participar en las reuniones de preparaci?n (y posteriormente, en las mesas redondas) del congreso catal?n de la Associaci? de Mares i Pares de Gays, Lesbianes, Bisexuals i Transsexuals (AMPGIL), celebrado en 2012 en Barcelona. Tambi?n form? parte de una mesa durante la Jornada de debate sobre pol?ticas trans organizada, en 2011, por el grupo Cultura Trans. Y, como miembro de la L?nia de Recerca i Acci? en Cossos, G?neres i Sexualitats (LIRACGS), organic? y particip? en las jornadas Cr?tica a la ra? sexol?gica (2011) y en el seminario Cos, g?nere i feminitzaci? trans (2013). La participaci?n en estos eventos no solo me permiti? profundizar en mi aprendizaje, sino tambi?n observar m?ltiples debates con los que pude ir analizando 37 las distintas perspectivas y puntos de vista existentes en relaci?n a los temas investigados. Algunos de estos debates tuvieron un marcado car?cter emocional, lo que implica un cierto valor a?adido de cara a aprehender la subjetividad de quien participa en los mismos. La observaci?n en la red Internet constituye un inmenso campo de observaciones con las que obtener una visi?n pormenorizada de las necesidades y expectativas de las personas trans. En el mismo momento en que estas personas empiezan a experimentar un rechazo del g?nero asignado, pueden conectarse a la red y obtener toda clase de materiales e informaciones al respecto. Para un observador el exceso de datos constituye un problema, por lo que est? obligado a cerrar el foco y seleccionar qu? espacios virtuales van a ser objeto de an?lisis. En esta investigaci?n se ha decidido observar uno de los principales foros de discusi?n en lengua espa?ola, el Diario Digital Transexual, donde podemos encontrar muchas aportaciones realizadas por las propias personas trans ?y tambi?n profesionales? sobre sus vivencias y conocimientos. Son especialmente importantes los debates generados en torno a la cuesti?n identitaria, los tratamientos hormonales y las cirug?as, y los derechos sociales. El anonimato que permite internet es algo a valorar por el investigador porque facilita el que se expresen experiencias y opiniones que a menudo no se revelan (o se manifiestan de otro modo) ante allegados y expertos. Se podr? objetar que este mismo anonimato hace que las afirmaciones sean dif?cilmente contrastables, por lo que han de ser tratadas con cierta distancia epistemol?gica. No obstante, ya dijimos al principio que cuando abordamos los relatos sexogen?ricos no debemos ce?irnos a la veracidad o falsedad de los mismos. Ya se trate de una historia fidedigna o de una simple ficci?n, estos relatos ?tienen un efecto de verdad tanto sobre quienes los elaboran como sobre quienes los leen o los escuchan? (Giami, 2000: 7). En su vertiente performativa, todos estos relatos contribuyen a la configuraci?n de nuestro universo sexogen?rico, por lo que han de ser tenidos en cuenta. Los grupos de discusi?n La principal caracter?stica de esta t?cnica de investigaci?n cualitativa es que facilita la producci?n de discursos colectivos, hecho que contrasta con la singularidad discursiva de la entrevista en profundidad. Realizado en un entorno propicio para la discusi?n grupal, esta t?cnica permite que los discursos individuales se entrecrucen, se contrasten y se retroalimenten, generando un espacio dial?gico del que poder extraer unos datos que no pueden ser obtenidos mediante la entrevista individual. Al igual que las entrevistas en profundidad, los grupos de discusi?n implican un contexto artificial de debate, puesto que se realizan mediante cita previa, son 38 grabados en audio o en v?deo y a menudo est?n guiados por listados tem?ticos. Como ya se ha comentado, fue gracias a mi participaci?n en la investigaci?n sobre las Representaciones y pr?cticas en el proceso de feminizaci?n de mujeres transexuales que tuve la oportunidad de realizar un grupo de discusi?n en el que participaron 7 mujeres trans. La elecci?n de las participantes no fue casual, sino que obedeci? a la voluntad de contrastar la diversidad de relatos y experiencias trans. Se pretend?a que interactuasen personas con opiniones distintas (y a veces encontradas) sobre el proceso de feminizaci?n corporal y la construcci?n identitaria. Eran opiniones y experiencias que ya hab?an salido a la luz durante las entrevistas en profundidad (pues todas las mujeres hab?an sido entrevistadas con anterioridad), y que se consider? interesante que pudieran entrecruzarse. Por todo ello, participaron en el grupo de discusi?n: dos mujeres que se est?n hormonando y se han sometido a las cirug?as de reasignaci?n genital; una mujer que, si bien se ha hormonado y sometido a varias cirug?as de feminizaci?n, no quiere operarse los genitales porque los usa activamente durante las relaciones sexuales; una mujer que se hormona desde hace tiempo y est? en lista de espera para la cirug?a de reasignaci?n genital en la UTIG; otra que reci?n acaba de iniciar la toma de hormonas y mantiene por ello una apariencia masculina; y finalmente, otra mujer trans que rechaza cualquier intervenci?n hormono-quir?rgica y tan solo recurre a la vestimenta femenina y a los cosm?ticos. La elecci?n del lugar para la realizaci?n del grupo de discusi?n es importante, ya que resulta fundamental crear un clima que favorezca el di?logo. Por este motivo, debo agradecer al Grup d?Amics Gais, Lesbianes, Transsexuals i Bisexuals de Barcelona la cesi?n desinteresada de una sala de su local para esta actividad, que pudo as? desarrollarse con total respeto a la intimidad de las participantes. Para la realizaci?n del grupo de discusi?n, fueron necesarios dos investigadores: yo mismo fui el encargado de conducir los debates, mientras que una compa?era se ocup? de realizar anotaciones relevantes respecto al comportamiento de los actores y las din?micas establecidas. Se hab?a elaborado previamente una gu?a con los aspectos a tratar y el tiempo dedicado a cada tema, aunque posteriormente se flexibiliz? la estructura prevista. Las discusiones fueron registradas con una grabadora de voz para su posterior trascripci?n y an?lisis. Hacia una genealog?a de la transexualidad PRIMERA PARTE 41 INTRODUCCI?N La ciencia moderna hace m?s eficaces tales dualismos (de sexo, de g?nero, etc.), dado que el falso (y hegem?nico) universalismo de su racionalidad cognitivo-instrumental se presta particularmente bien a transformar las experiencias dominantes (experiencias de una clase, sexo, raza, o etnia dominante) en experiencias universales (verdades objetivas). (Boaventura de Sousa Santos, 2003) ?La transexualidad no es un fen?meno actual, existe desde muy antiguo y en diferentes culturas. El fen?meno de la disforia de g?nero ha existido a lo largo de toda la historia registrada? (D?az Morfa, 2007: 83). Palabras similares a ?stas las podemos encontrar en numerosas gu?as cl?nicas para el diagn?stico y tratamiento de la transexualidad. Y es que, para el estamento m?dico, la transexualidad es un fen?meno transhist?rico que ha permanecido oculto o ha sido conceptuado indebidamente a lo largo de la historia porque las sociedades premodernas no dispon?an del armaz?n cient?fico-t?cnico adecuado. Desde este punto de vista, se admite que la transexualidad ha adoptado formas diferentes ?en cuanto a su denominaci?n, significado y tratamiento? en funci?n de las caracter?sticas de cada sociedad. Pero tras esta diversidad de formas de expresi?n, se oculta una esencia inmutable. Sostener la universalidad de la transexualidad ?y de otros fen?menos actualmente estigmatizados? puede servir como un mecanismo estrat?gico para combatir la exclusi?n y el rechazo social, as? como para reivindicar derechos apoy?ndose en una identidad esencial. Resulta m?s dif?cil culpabilizar a las personas transexuales si su condici?n es inherente a la especie humana. Y la constataci?n hist?rica de que han existido otros pueblos que han respetado y hasta ensalzado la transexualidad, supone un toque de atenci?n para unas sociedades occidentales orgullosas de ser la cuna de los derechos humanos. Por todo ello, no es de extra?ar que muchas personas transexuales compartan esta visi?n universalista y esencializada, que est? adem?s avalada por numerosos estudios cient?ficos que pretenden probar el origen cong?nito del fen?meno. En vez de dar por sentado que ha sido el progresivo perfeccionamiento del saber biom?dico lo que ha permitido descubrir la transexualidad, a lo largo de estas p?ginas mostraremos que es un concepto genuinamente contempor?neo que tiene que ser contextualizado. El transexual no es una constante antropol?gica descubierta por la ciencia. 42 Es m?s bien un fen?meno hist?ricamente determinado que ha cobrado significado a trav?s de los discursos y las pr?cticas de unos saberes dentro del paradigma de la modernidad occidental. Por consiguiente, en vez de rastrear a lo largo del tiempo y de las culturas esa supuesta esencia transexual, de buscar la transexualidad en sociedades que no han conocido la nosolog?a biom?dica ni las cirug?as de reasignaci?n sexual, trataremos de determinar los principales factores que posibilitaron la formaci?n de la transexualidad como categor?a cient?fica y del transexual como un nuevo tipo de subjetividad. En relaci?n a esto ?ltimo, el ?nominalismo din?mico? de Ian Hacking (1986) constituye una poderosa herramienta epistemol?gica para entender que existen determinados tipos de personas que surgen al mismo tiempo que las categor?as que las etiquetan. Siguiendo el camino marcado por Foucault, para Hacking los ?tipos humanos? no son hechos universales, sino el producto de categorizaciones determinadas culturalmente1. Hacking pretende hacer frente a las cr?ticas ?a veces injustas y poco fundadas? vertidas sobre el construccionismo social, acusado de concebir las categor?as humanas como simples ficciones surgidas de la nada y de ignorar los efectos ?reales? que dichas categor?as tienen sobre personas concretas. Por el contrario, Hacking opina que la creaci?n de una nueva clasificaci?n tiene efectos sobre los individuos clasificados, que han de posicionarse ante los atributos vinculados a la categor?a que los define. Dicho de otro modo, la creaci?n de una nueva clase o categor?a abre nuevas posibilidades de ser y de existir, abre un nuevo espacio para que ciertas personas se autocomprendan y act?en en consecuencia. As? pues, se puede decir que el homosexual o el transexual, en tanto que tipos humanos, son el resultado de esa empresa cient?fica, emprendida en el siglo XIX, que tiene por objeto controlar las anomal?as sexuales mediante su conocimiento, clasificaci?n y reparaci?n: El nominalismo din?mico no defiende que hab?a un tipo de persona que empez? a ser reconocida progresivamente por los bur?cratas o los estudiosos de la naturaleza humana, sino m?s bien que un tipo de persona surgi? al mismo tiempo que el tipo mismo era inventado. En algunos casos, nuestras clasificaciones y nuestras clases conspiran para emerger de forma conjunta, incit?ndose mutuamente (Hacking, 1986:165). Esa ?incitaci?n mutua? significa que las clasificaciones interact?an con los individuos clasificados (lo que Hacking denomina ?efecto bucle?)2. La gente etiquetada como ?homosexual? o ?transexual? no acepta pasivamente el etiquetaje, sino que se apropia 1 Hacking tambi?n reconoce su deuda con Mary McIntosh, quien en un art?culo de 1968 sugiere que la realidad social est? condicionada ?o incluso es creada? por las etiquetas que aplicamos sobre las personas y sus acciones. 2 Hacking (1986, 1995 y 2002) distingue entre ?tipos humanos? y ?tipos naturales?. Mientras que los primeros interact?an con las clasificaciones, los ?tipos naturales? son indiferentes a las formas de clasificaci?n. En su opini?n, los fen?menos naturales no dependen de nuestras categorizaciones. 43 de la categor?a y la resignifica. Como tendremos ocasi?n de observar reiteradamente, la transexualidad constituye un buen ejemplo de ello: las personas categorizadas como ?transexuales? han logrado que la voluntad de someterse a la cirug?a de reasignaci?n genital deje de ser considerada como el principal rasgo definitorio del fen?meno, reivindican su derecho a (re)construir sus cuerpos lejos de la mirada m?dica (han creado para ello un t?rmino autorreferencial: ?transg?nero?) y luchan por la despatologizaci?n de su condici?n. Por tanto, el proceso de conformaci?n de los tipos humanos es din?mico y dial?ctico: la comunidad de expertos crea una realidad que otros hacen suya pero, a su vez, la gente etiquetada (re)crea, con sus comportamientos y conocimientos, una realidad que los expertos deben considerar. Y la cosa se complica a?n m?s si tenemos en cuenta que esta din?mica tiene lugar en un contexto determinado por unos saberes ?especializados y populares? y unas relaciones de poder espec?ficas. Si el sujeto transexual ?u homosexual? debe sus condiciones de posibilidad a la taxonomizaci?n de las desviaciones sexogen?ricas, esta estrategia cient?fica de control y clasificaci?n se ha podido desarrollar gracias a la racionalidad sexol?gica (o quiz? ?sexo- l?gica?) que ha colonizado el imaginario de nuestras sociedades, dominando tanto el saber cient?fico como el sentido com?n. Seg?n V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), dicha racionalidad ha producido una serie de supuestos dif?cilmente cuestionables a causa de su pretendida universalidad. En primer lugar, se supone que la sexualidad funciona como criterio de individuaci?n, esto es, permite determinar la identidad de los sujetos. Uno se define y es definido por otros en funci?n del g?nero asignado y de sus preferencias sexuales, los cuales, funcionando como mecanismos privilegiados de inteligibilidad, parecen explicar todas las facetas vitales del individuo (aficiones, sentimientos, comportamientos, vestimenta, etc.). En segundo lugar, la sexualidad se concibe como verdad profunda de cada uno, como verdad esencial y constitutiva que rige nuestra forma de pensar y de actuar m?s all? de nuestras representaciones conscientes. En este sentido, Freud nos mostr? que por debajo de las conductas y de los enunciados m?s triviales podemos desentra?ar la verdad latente de la sexualidad. En tercer lugar, se considera que el modo de escrutar esa verdad ha de adoptar la forma de un conocimiento al que se le concede el estatuto de ciencia. Finalmente, dicho conocimiento cient?fico est? legitimado para definir el comportamiento sexual normal, por oposici?n a todo un conjunto de sexualidades patol?gicas que han de ser debidamente clasificadas para facilitar un proceso diagn?stico y terap?utico. Esta racionalidad sexol?gica es una contingencia hist?rica que fue gest?ndose en Occidente a partir del siglo XVIII, llegando a su eclosi?n durante la segunda mitad del siglo XIX con la aparici?n de las perversiones sexuales y de muchos de los vocablos que hoy conforman nuestra terminolog?a sexual. 44 Si bien es cierto, tal y como nos muestra Foucault, que nuestros antepasados ya se hab?an planteado muchos de los temas sobre los que se interroga actualmente nuestra moral sexogen?rica (como el deseo hacia personas del mismo sexo, las relaciones sexuales no procreadoras o la transgresi?n de los roles de g?nero), debemos ser precavidos al aplicar nuestras categor?as interpretativas sobre esas sociedades pret?ritas, porque nuestra idea de ?sexualidad? como noci?n que agrupa fen?menos diversos (comportamientos, sensaciones, deseos, im?genes, instintos, pasiones) contempla una realidad de otro tipo. Al abordar nuestro pasado debemos dotarnos de una ?mirada etnol?gica?, pues ?hacer historia del pensamiento no puede ser nunca una forma satisfecha de complicidad con los modos presentes de pensamiento, y convertirse as? en mera legitimaci?n de la raz?n (moderna)? (Morey, 1989: 10-11). Teniendo en cuenta este posicionamiento epistemol?gico de evitaci?n de toda forma de etnocentrismo hist?rico y cultural, analizaremos a continuaci?n los factores que han posibilitado la actual patologizaci?n y medicalizaci?n del transg?nero en las sociedades occidentales. Asimismo, trataremos de desuniversalizar nuestra racionalidad sexol?gica abordando otros universos de significaci?n en los que adquieren sentido manifestaciones de variancia de g?nero que trascienden nuestra visi?n genitalizada, bipolar y heteronormativa del g?nero. El hecho de acercarnos al imaginario sexogen?rico de otras sociedades resultar? un ejercicio enriquecedor en la medida en que nos permitir? alumbrar otros sistemas morales y otras formas de entenderse y ocuparse de uno mismo y de los dem?s, los cuales, por cierto, est?n tan hist?ricamente determinados como los nuestros. 45 CAP?TULO 1 El Mundo Cl?sico: del dominio del deseo a la abstinencia sexual Foucault se vio obligado a modificar su proyecto inicial de una historia de la sexualidad al cerciorarse de que su habitual corte geneal?gico, efectuado en los albores de la Modernidad (y que le hab?a permitido estudiar el entrelazamiento entre las pr?cticas discursivas y los tipos de normatividad), le imped?a analizar las ?formas de subjetividad sexual?, a saber, las formas a trav?s de las cuales nos reconocemos como sujetos de una sexualidad3. Si bien consideraba que la experiencia de la sexualidad era un fen?meno genuinamente moderno, admiti? que la noci?n de ?deseo? o de ?sujeto deseante? ya estaba presente tanto en la tradici?n grecorromana como en la cristiana4, por lo que decidi? reconfigurar su estrategia metodol?gica y, por vez primera, iniciar su an?lisis por la Antig?edad: Para comprender c?mo el individuo moderno puede hacer la experiencia de s? mismo, como sujeto de una ?sexualidad?, era indispensable despejar antes la forma en que, a trav?s de los siglos, el hombre occidental se vio llevado a reconocerse como sujeto de deseo (Foucault, 2003a [1984]: 9). En su segundo volumen de la Historia de la Sexualidad, subtitulada El uso de los placeres (2003a [1984]), Foucault nos muestra que en las culturas griega y grecorromana las reflexiones morales est?n orientadas hacia lo que denomina ?las artes de la existencia?, un conjunto de t?cnicas con las que los hombres ?que no mujeres ni esclavos? se fijan unas reglas de conducta y establecen unos principios est?ticos para lograr una transformaci?n de s? mismos en pos de un mayor virtuosismo. Si bien existen discursos que defienden la regulaci?n o la austeridad (en lo relativo a la pr?ctica sexual pero tambi?n a la alimentaci?n o 3 Seg?n nos cuenta Didier Eribon en su biograf?a titulada Michel Foucault (2004) [1989], transcurrieron ocho a?os y se vertieron un sinf?n de especulaciones desde que Foucault publicara La voluntad de saber (que ten?a que ser el preludio de cinco estudios) y los dos vol?menes titulados El uso de los placeres y La inquietud de s?. 4 V?zquez Garc?a y Cleminson (2010:7) advierten de los peligros de utilizar una concepci?n naturalizada del deseo: ?El deseo, podr?amos decir, cambia en su expresi?n, en su ser mismo, seg?n las circunstancias hist?ricas en las que tiene lugar. No significa siempre lo mismo, y por tanto dif?cilmente se lo puede considerar ?transhist?rico??. 46 al ejercicio), ?stos proponen m?s que imponen, por lo que las conductas sexuales raramente se encuentran codificadas en leyes que prescriben, para todo un pueblo, lo permitido y lo prohibido. Como apunta Rousselle (1989), la actividad sexual est? principalmente limitada por la libertad de la pareja (la violaci?n es reprimida por ley) y por los derechos del hombre sobre la mujer (no se pueden mantener relaciones con una mujer casada). Por su parte, m?dicos y fil?sofos no acostumbran a condenar los contactos sexuales, sino solo el exceso. Y es que en la cultura griega del siglo IV a.C. no se toman precauciones para evitar que el deseo se introduzca en el alma o para desalojar de ella sus rasgos secretos, tal y como suceder? a partir de la espiritualidad cristiana. Desconociendo nuestro concepto de ?sexualidad?, los griegos utilizan un adjetivo sustantivado, ta aphrodisia, que podr?amos traducir como ?cosas o placeres del amor?, ?relaciones sexuales?, ?actos de la carne? o ?voluptuosidades?. Ante estos deseos y actos que buscan ciertas formas de placer, la cuesti?n ?tica a plantear no es: ?qu? deseos o actos est?n permitidos?; sino: ?con qu? fuerza nos dejamos llevar por los placeres y los deseos? La actividad sexual es vista como algo natural y necesario, aunque por su potencia desestabilizadora, que puede llevar a un hombre de elevado estatus a ser siervo de sus pasiones, requiere el establecimiento de unos l?mites: ?Ser libre en relaci?n con los placeres no es estar a su servicio, no es ser su esclavo. Mucho m?s que la mancha, el peligro que traen consigo los placeres es la servidumbre? (Foucault 2003a [1984]: 77). Prudencia, reflexi?n y c?lculo. Se trata de determinar el momento oportuno para las aphrodisia, considerar su justa medida y actuar en consecuencia. Para ello, es necesario un entrenamiento, una ask?sis, cuyas distintas t?cnicas (meditaci?n, examen de consciencia, control de las representaciones) permiten al versado gobernarse a s? mismo. Estas proposiciones de austeridad no van dirigidas a aquellos con un estatus subalterno. Ser?a m?s exacto decir que constituyen una moral, una est?tica de la existencia, para aquellos a quienes el deber de dirigir a los dem?s les exige ante todo un control absoluto de s? mismos. A lo largo de los dos primeros siglos de la era cristiana se van perfilando algunos cambios respecto a las doctrinas de austeridad caracter?sticas de las filosof?as del siglo IV a.C. Foucault explica en La inquietud de s? (2003b [1984]) que no se trata de una ruptura con el pasado, sino m?s bien de ciertas inflexiones (como una mayor preocupaci?n ante las consecuencias del acto sexual, un incremento de la austeridad respecto a los placeres, un aumento de la importancia concedida al matrimonio y cierta desidealizaci?n del amor hacia los muchachos). No surgen nuevas prohibiciones sobre los comportamientos sexuales, pero se intensifica la vigilancia sobre uno mismo. Es lo que el pensador franc?s denomina ?cultivo (o inquietud) de s??. Este precepto de la ?inquietud de s?? que circula entre diferentes doctrinas de los siglos I y II d.C. no es un concepto abstracto, sino una exhortaci?n a la acci?n que multiplica 47 los ejercicios y t?cnicas para el cuidado de uno mismo. Se tiene que buscar tiempo para el recogimiento, para el examen de las tareas realizadas ?y a realizar? y para la memorizaci?n de ciertos principios ?ticos, a la vez que aumentar la vigilancia sobre los cuidados del cuerpo, los reg?menes y los ejercicios f?sicos. La introspecci?n y la autovigilancia pueden desarrollarse con ejercicios orales y escritos, como mantener conversaciones con un amigo o un gu?a espiritual o redactar cartas en las que describir el estado del alma5. El conocimiento de uno mismo es un precepto cada vez m?s importante (llegar? a ocupar un lugar central para el hombre moderno), pues se considera que para poder ocuparse de uno mismo resulta fundamental conocer detalladamente todos los movimientos del cuerpo y del alma: La tarea de ponerse a prueba, de examinarse, de controlarse en una serie de ejercicios bien definidos coloca la cuesti?n de la verdad ?de la verdad de lo que uno es, de lo que uno hace y de lo que uno es capaz de hacer? en el centro de la constituci?n del sujeto moral (Foucault 2003b [1984]: 67). Observaci?n m?s intensa de uno mismo que est? relacionada con una mayor atenci?n a la pr?ctica sexual y a sus efectos sobre el organismo. Se pone cada vez m?s el acento en la fragilidad del individuo y en la necesidad de ser precavido ante un acto que es violento y agotador, ya que pone en juego al cuerpo entero. Ambig?edad en relaci?n al placer sexual: por un lado, resulta positivo porque garantiza la perduraci?n de la especie; por el otro, es nocivo y peligroso por las fuerzas excesivas que activa, pudiendo provocar enfermedades si se ignoran los factores a ?l asociados, a saber, el temperamento de la persona, la alimentaci?n, el clima o la cantidad e intensidad de las relaciones. El acto sexual no es un mal en s? mismo pero la inobservancia puede generar numerosos males corporales y espirituales. Esta mayor preocupaci?n por el organismo refuerza el papel de una medicina que no solo act?a en casos de enfermedad: debe tambi?n, ?bajo la forma de un corpus de saber y de reglas, definir una manera de vivir, un modo de relaci?n meditada con uno mismo, con el propio cuerpo, con los alimentos, con la vigilia y el sue?o, con las diferentes actividades y con el medio ambiente? (Ib?dem.: 94-95). A partir del siglo II d.C. proliferan los tratados de medicina normativa dirigidos a hombres de elevado rango social, en donde se establecen reglas de vida ?como los regimenes sexuales y alimenticios? que, de no cumplirse, pueden conllevar el deterioro f?sico de la persona6. Algunos m?dicos, como Galeno, si bien recelan 5 En Las Tecnolog?as del yo (1988) y en La inquietud de s? (2003b [1984]) Foucault describe algunas de estas t?cnicas del ?cuidado de s?? tan presentes entre los estoicos. 6 Foucault nos advierte que hay que ser precavidos a la hora de valorar la importancia relativa de la vigilancia sexual en la medicina griega y romana, puesto que ambas dedican mucha m?s atenci?n a la diet?tica de la alimentaci?n que a la del sexo. Si bien en el monaquismo tard?o todav?a predomina la preocupaci?n por el r?gimen alimenticio y el ayuno, es en esta ?poca cuando las fuerzas entre ambas preocupaciones comienzan 48 de la abstinencia total, abogan por un uso moderado de las relaciones sexuales, pues consideran que con el coito se pierde el aliento vital (la caracter?stica m?s evidente de la vida). Otros, como Sorano, van m?s all? al defender que los hombres castos son m?s grandes y fuertes que los no continentes, y ven con buenos ojos la virginidad para hombres y mujeres. Todos ellos prescriben un r?gimen alimenticio para atenuar la nocividad de la relaci?n sexual o para mejorar la calidad del esperma si lo que se pretende es procrear (Rousselle, 1989). Estamos en un periodo en el que algunos m?dicos se inquietan ante los efectos negativos del acto sexual y hasta recomiendan la abstenci?n, algunos fil?sofos condenan las relaciones extramatrimoniales y prescriben la fidelidad conyugal y se alzan voces que descalifican el amor hacia los muchachos. Tendencias todas ellas que evidencian ciertos cambios con la moral del siglo IV a.C. y que parecen prefigurar la posterior ascesis cristiana, aunque entre ?sta y la moral de los primeros tiempos del Imperio siguen existiendo diferencias significativas: La actividad sexual en ?l (periodo de los siglos I y II d.C.) se emparienta con el mal por su forma y sus efectos, pero no es en s? misma y sustancialmente un mal. Encuentra su cumplimiento natural y racional en el matrimonio pero ?ste no es, salvo excepci?n, la condici?n formal e indispensable para que deje de ser un mal. Encuentra dif?cilmente su lugar en el amor por los muchachos, pero ?ste no queda condenado por ello al concepto de lo contra natura (Foucault, 2003b [1984]: 220). Si nos atenemos al an?lisis realizado por Boswell (1998 [1980]), parece que las voces a favor de una mayor austeridad sexual se ven reforzadas por la creciente ruralizaci?n que afecta a los n?cleos de cultura urbana del Imperio a partir del siglo II. Con la progresiva desaparici?n de una ?lite urbana marcadamente tolerante en relaci?n a las pr?cticas sexuales (causada por los des?rdenes sociales, la inestabilidad pol?tica y el descenso de la tasa de natalidad) y a medida que los niveles superiores del gobierno son ocupados por hombres provenientes de las provincias romanas, va disminuyendo la tolerancia hacia el placer sexual, a la vez que se produce una categorizaci?n m?s r?gida de las conductas sexuales ileg?timas. Esta tendencia se acent?a a partir del siglo IV con el aumento del control gubernamental sobre aspectos antes considerados privados o de incumbencia personal. Durante los ?ltimos tiempos del Imperio todas las tradiciones filos?ficas occidentales aumentan su desconfianza ante el placer sexual. No obstante, no debemos pensar que fue la tradici?n cristiana la que inaugur? el recelo ante el placer, la intolerancia ante las relaciones a equilibrarse. Para el franc?s, ?ser? un momento importante para la historia de la ?tica en las sociedades europeas el d?a en que la inquietud del sexo y de su r?gimen prevalezca de manera significativa sobre el rigor de las prescripciones alimenticias? (Foucault, 2003b [1984]: 134). 49 sexuales no procreadoras o el enaltecimiento de la abstinencia, pues dichos principios ya estaban bien anclados en la moral pagana asc?tica y antier?tica. Es m?s, Boswell nos muestra que incluso existi? una tradici?n cristiana con una actitud positiva y tolerante respecto al amor y al erotismo, en la que destacaron pensadores como Ausonio, Sidonio Apolinar o Juan de Damasceno. Por su parte, Rousselle (1989) sugiere que el nacimiento del ascetismo mon?stico cristiano en el Egipto del siglo IV da un gran impulso a la defensa de la abstinencia sexual en Occidente. Decididos a conservar la virginidad, los primeros monjes recurren al ayuno, al r?gimen y a la mortificaci?n corporal para combatir el deseo sexual. Para la aristocracia romana esta vida asc?tica resulta sugerente porque les ense?a a liberarse de las pasiones, por lo que a parte de consultar a los m?dicos sobre los medios para disminuir la actividad sexual, algunos de ellos deciden viajar a Oriente para conocer el modo de vida de los monjes cristianos. Son los testimonios de estos viajeros, junto con la proliferaci?n de las traducciones al lat?n de escritos que narran la vida y obra de los monjes egipcios, lo que contribuye a la popularizaci?n de la abstinencia entre las clases m?s altas del Bajo Imperio. Paralelamente al ensalzamiento de la castidad como ideal, la moral cristiana desarrollar? una estricta codificaci?n de las conductas sexuales y perfeccionar? las t?cnicas del examen de s?7. Foucault (1988) sostiene que es con el cristianismo cuando aparece una ?hermen?utica de s?? en sentido estricto, una hermen?utica del deseo basada en la exigencia de descubrir y decir la verdad acerca de uno mismo. Hay que descifrar los pensamientos ocultos (las denominadas ?insinuaciones de la carne?) con el objetivo de renunciar a uno mismo y no alejarse del camino marcado por Dios. En tanto que relaci?n confesional, en el cristianismo: Cada persona tiene el deber de saber qui?n es, esto es, de intentar saber qu? es lo que est? pasando dentro de s?, de admitir las faltas, reconocer las tentaciones, localizar los deseos, y cada cual est? obligado a revelar estas cosas o bien ante Dios, o bien a la comunidad, y, por lo tanto, de admitir el testimonio p?blico o privado sobre s? (Foucault, 1988: 81). El cristianismo primitivo desarrolla sus propios mecanismos para el examen de uno mismo (se ha de tener en cuenta que el sacramento de la confesi?n ser? un procedimiento m?s bien tard?o cuya extensi?n a la comunidad laica no se producir? hasta la Contrarreforma). La primera forma de expiaci?n cristiana ser? la hexomolougesis, que ya se 7 Para Foucault (1988) existen tres tipos principales de examen de s?: el cartesiano, que es un examen de s? referido a los pensamientos en correspondencia con la realidad; el senequista, referido a la manera en que nuestros pensamientos se relacionan con reglas; y el cristiano, referido a la relaci?n entre el pensamiento oculto y una impureza interior. 50 encuentra formulada en algunos textos del siglo II. Con ella, el sujeto pecador se convierte en penitente, no mediante la confesi?n de los pecados, sino exhibiendo p?blicamente un modo de vida basado en la austeridad: utiliza ropas andrajosas, practica el ayuno y la mortificaci?n corporal y renuncia a las relaciones sexuales. A parte de esta pr?ctica, es de destacar el desarrollo durante el siglo IV de una t?cnica exclusivamente mon?stica, la exagouresis, pues siglos m?s tarde encontraremos sus huellas en la configuraci?n de la confesi?n sacramental8. La exagouresis supone una evoluci?n del examen de conciencia estoico: si este ?ltimo consiste en un repaso exhaustivo de lo hecho a lo largo del d?a, estimando los errores cometidos en base a un conjunto de reglas de conducta, la exagouresis no pone tanto el acento en la evaluaci?n de lo hecho como en el desciframiento de lo pensado. Lo que el monje tiene que revelar son los actos llevados a cabo, pero tambi?n, y sobre todo, sus pensamientos aparentemente inescrutables, cuyo sentido es interpretado por el director espiritual con el fin de discernir entre las ideas falsas que confunden al alma y los pensamientos puros que acercan a Dios. Con la consolidaci?n del ascetismo cristiano se produce un cambio en las t?cnicas dirigidas hacia uno mismo: de una est?tica de la existencia, basada en la libertad del esp?ritu adquirida por el dominio del cuerpo, se pasa a una hermen?utica del deseo, en la que la purificaci?n del alma depende de la verbalizaci?n y el desciframiento de todos los movimientos del pensamiento: En la moral cristiana del comportamiento sexual, la sustancia ?tica ser? definida no por las aphrodisia, sino por un dominio de los deseos que se ocultan en los arcanos del coraz?n, y por un conjunto de actos cuidadosamente definidos en su forma y sus condiciones; la sujeci?n tomar? la forma no de una habilidad sino de un reconocimiento de la ley y de una obediencia a la autoridad pastoral; no se trata pues del dominio perfecto de uno sobre uno mismo en el ejercicio de una actividad de tipo viril que caracterizar? al sujeto moral, sino m?s bien de la renuncia de uno mismo, y una pureza cuyo modelo es preciso buscarlo del lado de la virginidad (Foucault, 2003a [1984]: 90). 8 Seg?n V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), el ascenso de la exagouresis como t?cnica de confesi?n dominante se producir? siglos m?s tarde. Durante bastante tiempo, en la esfera de la vida mon?stica predomina la ?penitencia disciplinaria?, con la que el monje expone, no sus pensamientos, sino los actos cometidos que transgreden las normas mon?sticas. 51 1.1. El paradigma del sexo ?nico La noci?n del ?dimorfismo sexual?, a saber, la creencia de que existen dos sexos esencialmente distintos cuyas diferencias vienen fundamentadas por evidencias biol?gicas, representa una de las verdades m?s fuertemente asentadas tanto en el ?mbito cient?fico como en la imaginer?a popular de nuestras sociedades. Diferencias genitales, gonadales y cromos?micas parecen indicar que la dicotom?a sexual est? s?lidamente anclada en la naturaleza, y de paso constituyen el fundamento que biologiza la actual divisi?n entre los g?neros. Si en el siglo XIX se cita a la naturaleza para mostrar la incapacidad de las mujeres a la hora de desarrollar ciertas tareas complejas y as? legitimar su subordinaci?n, en el siglo XXI disciplinas como la endocrinolog?a o la neurobiolog?a, si bien rechazan la jerarquizaci?n sexual de anta?o, se valen de hormonas y de regiones cerebrales para mostrar las bases biol?gicas de las diferencias conductuales entre mujeres y hombres. Con todo, Laqueur (1994) se pregunta si nuestra concepci?n del sexo es una consecuencia natural y necesaria de las diferencias corporales. Es por ello que inicia un an?lisis hist?rico del cuerpo y sus significaciones que le llevar? a cuestionarse la perennidad y evidencia de la noci?n del ?dimorfismo sexual?: La noci?n, tan poderosa desde el siglo XVIII, de que deb?a haber algo exterior, interior o que comprendiera todo el cuerpo, que definiera al macho como opuesto a la hembra y que diera fundamento a la atracci?n de los opuestos, est? por completo ausente de la medicina cl?sica o renacentista. En t?rminos de la tradici?n milenaria de la medicina occidental, que los genitales se convirtieran en signos de la oposici?n sexual es cosa de la semana pasada. En efecto, casi todas las pruebas sugieren que la relaci?n de un ?rgano como signo y el cuerpo que, como si dij?ramos, le da cr?dito, es arbitraria, como tambi?n la relaci?n entre signos (Laqueur, 1994: 52). En la Antig?edad grecolatina predomina lo que Laqueur llama el ?modelo de sexo ?nico?, en el que lo masculino y lo femenino no son el reflejo de una dicotom?a anat?mica y fisiol?gica, sino que representan los dos polos de un cont?nuo jerarquizado que se rige por el mayor o menor calor de los cuerpos9. Los pensadores cl?sicos consideran al hombre como el ser m?s perfecto debido principalmente a su elevado calor corporal. En el otro extremo de la escala, si bien admiten que la mujer es necesaria para la reproducci?n de la especie, tienden a destacar su imperfecci?n e incluso algunos llegan a concebirla como una anomal?a: ?Las hembras son m?s d?biles y fr?as por naturaleza y hay que considerar el sexo 9 Seg?n Sennett (2002), Di?genes de Apolonia es el primer griego en explorar, en el siglo V a.C., las diferencias de calor corporal entre mujeres y hombres. A?n as?, los griegos no fueron los primeros en usar el concepto de calor corporal ni en relacionarlo con el sexo. Antes que ellos, los egipcios, y quiz? incluso los sumerios, compartieron esa misma concepci?n. 52 femenino como una malformaci?n natural? (Arist?teles, 1994: 273). Este paradigma unisexo, con un ethos masculino, se fundamenta en el supuesto gal?nico de que hombres y mujeres comparten los mismos ?rganos genitales, y la diferente ubicaci?n corporal de los mismos se explica porque la escasez de calor impide a la mujer situarlos en el exterior de su cuerpo. De este modo, la vagina es considerada un pene invertido, los labios vaginales son el equivalente del prepucio, el ?tero del escroto y los ovarios de los test?culos10: Imagina primero las (partes) del hombre vueltas hacia dentro y situadas en la parte anterior del recto y la vejiga. Si esto sucediera, el escroto ocupar?a necesariamente la zona del ?tero y por fuera a uno y otro lado estar?an situados los test?culos, y el cuello oculto hasta ahora dentro del perineo, una vez fuera, resultar?a ser el miembro viril y la piel que est? en su extremo, que ahora llamamos ?prepucio?, se convertir? en la vagina (Galeno, 2010: 626-627). En esta fisiolog?a del calor, los fluidos del cuerpo no est?n sexuados. El semen y la sangre menstrual, lejos de evidenciar el dimorfismo biol?gico, son entendidos como el producto de diferentes formas de regulaci?n del calor corporal. En este sentido, Galeno ?siguiendo la tradici?n hipocr?tica? considera que la mujer, al igual que el var?n, tiene esperma, aunque ?ste ?es menos perfecto porque sus test?culos11 son m?s peque?os y m?s fr?os y reciben el esperma no tan rigurosamente elaborado? (Ib?dem.: 638). Arist?teles (1994), por su parte, defiende que tanto el semen como la sangre son residuos alimenticios, pero discrepa de Galeno al considerar que la mujer no tiene esperma porque su falta de calor le impide generar una sustancia que es fruto de una fuerte cocci?n. En su lugar, el cuerpo femenino forma un residuo m?s abundante y menos elaborado: la sangre menstrual. Lo que unos cuantos siglos m?s tarde constituir? la sin?cdoque de la feminidad es aqu? equiparado a una hemorragia nasal, pues se entiende que toda sustancia expulsada ?la sangre y el esperma, pero tambi?n el sudor o la leche materna? contribuye a conservar el equilibrio del cuerpo12. Estamos ante una econom?a de los fluidos en donde lo esencial es mantener una temperatura adecuada ya que, como indica Sennett (2002), el calor del cuerpo parece regir la capacidad para ver, escuchar, actuar, reaccionar e incluso para hablar. 10 La visi?n cl?sica del cuerpo femenino como una versi?n menos perfecta del cuerpo masculino queda reflejada en la ausencia de una nomenclatura anat?mica precisa de los genitales femeninos. Un ejemplo: durante casi dos mil a?os los ovarios fueron designados de la misma forma que los test?culos. El propio Galeno se refiere a las g?nadas femeninas con el mismo t?rmino usado para designar a los test?culos (orcheis). 11 Esto es, sus ovarios. 12 En este sentido, se considera que la falta de menstruaciones en una mujer embarazada es debido a que la madre ha de transformar su excedente alimenticio ya no en sangre, sino en alimento para el feto. 53 Adem?s, hay que tener en cuenta que en el mundo del sexo ?nico las diferencias org?nicas importan mucho menos que las jerarqu?as sociales que ilustran. Y es que, contrariamente a lo que sucede actualmente, para el pensamiento cl?sico existe una predominancia del g?nero sobre el sexo, pues ?ste es visto como una met?fora del orden social, como una evidencia m?s de una verdad establecida en otra parte: Ser un hombre o una mujer significaba tener un rango social, un lugar en la sociedad, asumir un rol cultural, no ser13 org?nicamente de uno u otro de dos sexos inconmensurables. En otras palabras, con anterioridad al s.XVII, el sexo era todav?a una categor?a sociol?gica y no ontol?gica (Laqueur, 1994: 27-28). Tomando prestada la terminolog?a de Descola (2005), podr?amos decir que en el Mundo Cl?sico predomina un ?modo de identificaci?n? (entendiendo por tal el modo en que una sociedad define las fronteras entre el propio ser y la otredad, entre humanos y no humanos) de tipo ?analogista?, caracterizado por un sistema de correspondencias estables que vinculan jer?rquicamente a todos los elementos del mundo. Si en el eje vertical del sexo ?nico la mujer ocupa la parte inferior al ser una versi?n incompleta del hombre, el ser humano, a su vez, se sit?a en la posici?n jer?rquica m?s elevada de la escala que lo une al resto de los seres vivos. Fij?monos, por ejemplo, en la ?Gran Cadena del Ser? de Arist?teles, seg?n el cual todas las especies vivientes encuentran su lugar a lo largo de una scala naturae en funci?n de su grado de perfecci?n14. 1.2. En las fronteras del g?nero: el afeminado y la virago En las sociedades grecolatinas no existe la tendencia de clasificar a las personas en funci?n del sexo al que se sienten er?ticamente atra?dos. De este modo, la oposici?n heterosexual-homosexual, que en nuestras sociedades constituye uno de los principales mecanismos de individuaci?n, carece totalmente de sentido como dualismo identificativo de las personas de la Antig?edad. El hombre cl?sico puede recurrir a los placeres masculinos sin que se ponga en tela de juicio su virilidad, e incluso podemos leer en el discurso de Arist?fanes (di?logo 192a) de El Banquete que el amor entre dos hombres potencia los atributos masculinos m?s celebrados, como el honor, la gallard?a o el coraje, porque cada uno intentar? parecerse a su amado y actuar ante ?l de forma ?ntegra: 13 El ?nfasis es del autor. 14 Para un estudio detallado de las bases filos?ficas y la evoluci?n a lo largo del pensamiento occidental de la idea de una continuidad, o gran cadena, entre todo lo existente, cf. La gran cadena del ser (1983) de Arthur Lovejoy. 54 ?stos son los mejores (los que aman a otro hombre) de entre los j?venes y adolescentes, ya que son los m?s viriles por naturaleza. Algunos dicen que son unos desvergonzados, pero se equivocan. No hacen esto por desverg?enza; es su audacia, su virilidad y su hombr?a lo que les hace buscar incesantemente a aquel que es similar a ellos. Y una gran prueba de esto es que, llegados al t?rmino de su formaci?n, los de tal naturaleza son los ?nicos que resultan valientes en los asuntos pol?ticos (Plat?n, 2004: 118). La dicotom?a que s? tiene relevancia es una que est? ?ntimamente asociada a los convencionalismos de g?nero: aquella que vincula la masculinidad con el elemento activo y la feminidad con el pasivo. Es por ello que existe un prejuicio bastante generalizado contra la conducta sexual pasiva del ciudadano adulto pues, en palabras de Boswell (1998 [1980]), en las sociedades grecorromanas se asocia la pasividad sexual con la impotencia pol?tica. A los j?venes, los extranjeros, las mujeres y los esclavos no se les exige ser activos porque est?n excluidos de las estructuras de poder, pero para un ciudadano adulto ser acusado de pasividad supone un cuestionamiento de su estatus porque su actitud es le?da como una abdicaci?n metaf?rica de sus responsabilidades15. En opini?n de Foucault (2003a [1984]), esta pasividad no solo se refiere a la forma de amar a otro hombre y de mantener con ?l relaciones sexuales, sino tambi?n a una actitud intemperante respecto a los placeres. As?, se considera que la templanza y la mesura son cualidades esencialmente viriles, caracter?sticas de alguien que ejerce un gobierno activo sobre s? mismo y sobre los dem?s, mientras que el exceso es interpretado como una forma de pasividad para alguien al que se le supone el ejercicio de ciertas responsabilidades. Recordemos una vez m?s d?nde pone su ?nfasis la moral cl?sica: El movimiento del an?lisis y los procedimientos de valorizaci?n no van del acto a un campo como podr?a ser el de la sexualidad, o el de la carne, cuyas leyes divinas, civiles o naturales dibujar?an las formas permitidas; van del sujeto como actor sexual a los otros campos de la vida donde ejerce su actividad, y es en relaci?n entre esas diferentes formas de actividad donde se sit?an no exclusivamente, pero en lo esencial, los principios de apreciaci?n de una conducta sexual (Foucault, 2003b [1984]: 36). Si no es la atracci?n hacia otro hombre sino la pasividad en relaci?n a los placeres lo que es considerado como una de las principales formas de inmoralidad y lo que pone en cuesti?n la virilidad y la reputaci?n del hombre adulto, las relaciones entre mujeres s? que parecen, per se, suscitar reacciones de condena. En sociedades marcadamente androc?ntricas 15 Boswell (1998 [1980]) sostiene que esta animadversi?n hacia la pasividad decae durante los primeros tiempos del Imperio. Y ello quiz? es debido a que se sab?a que algunos emperadores eran pasivos, o a que se admit?a que lo fueran. 55 como las que constituyeron el Mundo Cl?sico, en las que la mujer es apartada de todo n?cleo de poder, el hecho de que una mujer pueda usurpar el papel activo reservado al hombre en la relaci?n sexual es interpretado por algunos como una transgresi?n del orden social. Es el caso del oniromante Artemidoro de ?feso (v?ase Foucault 2003b [1984]), que en el siglo II d.C. condena el acto sexual entre mujeres por constituir una vulneraci?n de su naturaleza pasiva. A pesar de este y otros signos de repulsi?n, lo cierto es que en las sociedades grecolatinas no son muchos los que se interesan por el amor entre mujeres, puesto que la inmensa mayor?a de obras son escritas por hombres, se ocupan de aspectos que ata?en a los hombres y van dirigidas a hombres de elevado estatus16 17. Por otra parte, los postulados de g?nero parecen regir las concepciones cl?sicas sobre la fisiolog?a del calor corporal. Arist?teles (2004) afirma que, en la reproducci?n humana, el macho es el poseedor del principio ?activo? del movimiento y de la generaci?n, mientras que la hembra posee el principio ?pasivo? de la materia. Sostiene que cuando el hombre es capaz de realizar la cocci?n adecuada del esperma y ?ste puede dominar al principio femenino de la materia, se engendrar? a un var?n; de lo contrario, en el caso de que el principio masculino sea dominado, se formar? una hembra. Para ?l, los hechos corroboran su teor?a: los hombres en plenitud de su edad engendran a m?s varones que los j?venes y los viejos, pues en los primeros la temperatura corporal todav?a no ha alcanzado el grado m?ximo de calor y en los segundos ya ha empezado a decaer. En un sentido similar, Sennett (2002) nos cuenta que en la Grecia Cl?sica se considera que los fetos masculinos mal caldeados se convierten en hombres afeminados, mientras que los fetos femeninos que han experimentado un exceso de calor producen mujeres viragos. De este modo, se cree que aquellos hombres que tienen unos cuerpos blandos o enfriados (malzakoi, en griego) se comportan como mujeres, lo que significa que desean que otros hombres les sometan a un papel pasivo en la relaci?n sexual. En la escala del sexo ?nico, los malzakoi pertenecen a las zonas cal?ricas intermedias entre lo completamente masculino y lo completamente femenino. Si, como hemos podido observar, las relaciones entre hombres no suscitan repulsi?n ni condena por s? mismas, e incluso en la cultura griega se llega a sostener que pueden intensificar los atributos viriles del amante, la pasividad y el afeminamiento en el hombre s? que son objeto de burla y rechazo social. La figura del hombre amanerado, de 16 Entre las escasas excepciones que han sobrevivido al paso de los siglos, encontramos la obra de la poetisa Safo de Lesbos o los escritos sobre un ars amatoria atribuidos a Filaenis de Samos. 17 Rousselle (1989) destaca que el androcentrismo grecorromano genera una escasa presencia de la mujer en los tratados m?dicos y filos?ficos. Adem?s, hay que tener en cuenta que los m?dicos de la Antig?edad no examinan directamente el cuerpo femenino, por lo que todos sus conocimientos se derivan del testimonio de las comadronas y de las propias mujeres o de la informaci?n derivada de la observaci?n y la disecci?n de hembras de animales. 56 ademanes poco vigorosos y con tendencia a la coqueter?a y a los aderezos es frecuentemente ridiculizada en la literatura cl?sica. Una figura que, como veremos, se asemeja a esa noci?n del invertido (en la que se hace coincidir la atracci?n sexual hacia otros hombres con una psique y un comportamiento femeninos) que ocupar? un lugar destacado en los estudios decimon?nicos de las perversiones sexuales. Veamos algunos ejemplos. En Las Tesmoforiantes de Arist?fanes, un pariente de Eur?pides se dirige con sorna al poeta tr?gico Agat?n por su aspecto afeminado: ?Y t? mismo, rico, ?como hombre te has criado? ?D?nde est?n, pues, tu polla, tu mant?n, tus sandalias laconias? ?Ah!, como mujer, entonces. ?Y tus tetas??. Ante esta invectiva, Agat?n se justifica: ?Yo porto un atuendo conforme a mi car?cter. Resulta preciso a un hombre, cuando es poeta, adecuar sus maneras a las obras que escribe. Supongamos que uno compone un drama de mujeres; pues bien, su cuerpo tiene que tener parte de los h?bitos de aqu?llas (?) Adem?s, resulta una ordinariez un poeta rudo y velludo?. Tras lo cual, el pariente pregunta maliciosamente: ??Entonces te abres de piernas cuando compones una Fedra?? (Arist?fanes, 1987: 89). Por otra parte, en el Fedro de Plat?n, S?crates critica a aquellos que aman a los muchachos d?biles y poco viriles: ?Se ver? efectivamente que un hombre as? persigue a cualquier muchacho delicado, y no a uno robusto; criado no a pleno sol, sino en un sol y sombra; desacostumbrado a las fatigas viriles y a los secos sudores, acostumbrado, en cambio, a un r?gimen de vida muelle e impropio del var?n; adornado con cosm?ticos y colores que no son suyos a falta de los propios (?) En efecto, ante un cuerpo semejante, en el combate y dem?s ocasiones de gravedad, los enemigos cobran ?nimos, en tanto que los amigos y los propios enamorados se aterran?. (Plat?n, 1970: 20-21). Finalmente, en el libro III de sus Pl?ticas, Ep?cteto se burla de los hombres que se depilan el vello, pregunt?ndose si ante tales sujetos uno se encuentra ante un hombre o una mujer: ??sta (la mujer) por naturaleza es suave y delicada, y si tuviera mucho vello, monstruo fuera, y entre los monstruos en Roma se exhibir?a. Pues esto mismo es en un hombre no tenerlo; y si al no tenerlo por natura resulta monstruo, ?cu?ndo ?l mismo se los rasura y arranca, qu? hacemos de ?l? ?D?nde lo exhibimos y qu? cartel le ponemos?? (Ep?cteto, 1963: 32). Seguidamente, ante esos hombres que se muestran reacios a un vello que Ep?cteto asocia con la virilidad, ?ste les sugiere en tono ir?nico que se transformen completamente en mujer: ??ntrale a fondo: arr?ncate ??c?mo dir??? la causa del vello: hazte del todo mujer, y sepamos a qu? atenernos; no a medias hombre, a medias mujer. ?A qui?n quieres agradar? ?A las mujercillas? Como hombre agr?dalas? (Ib?dem.: 33). 57 1.3. El hermafrodita en las esferas cultural y social La bisexualidad (entendiendo por tal no la atracci?n de una persona por los dos g?neros socialmente disponibles, sino la presencia simult?nea o sucesiva de los caracteres sexuales masculinos y femeninos en un mismo individuo) no es un fen?meno ignorado por las sociedades de la Antig?edad. Se podr?a decir que en esa ?poca lo bisexual suscita reacciones encontradas, pues si en el mito simboliza la unidad primigenia o la m?xima potencia, cuando se manifiesta en un ser humano genera terror y rechazo. Seg?n Delcourt (1966 y 1970), tanto griegos como romanos, al igual que muchos otros pueblos, han imaginado dioses andr?ginos, pero su sue?o del ser doble se ha desarrollado t?midamente en figuras concretas a causa de la angustia que les provoca una anatom?a con caracteres sexuales ambiguos: ?La androginia ocupa los dos polos de lo sagrado. Como puro concepto y pura visi?n de la mente, se nos muestra impregnada de los m?s altos valores. Actualizada en un ser de carne y hueso, es una monstruosidad sin m?s? (Delcourt, 1970: 66). En la Grecia Cl?sica y en Roma hasta la Rep?blica, el nacimiento de un ni?o con caracteres sexuales ambiguos es considerado un signo de la c?lera divina que pone en peligro a toda la comunidad. Ante este acontecimiento prodigioso, se suele determinar la eliminaci?n del ser monstruoso, eliminaci?n que generalmente se efect?a mediante su abandono en las aguas del mar o del r?o, pues se evita matarlo por miedo a que su esp?ritu busque posteriormente venganza, mientras que tampoco se le entierra por temor a un posible renacimiento. Estas terribles pasiones desencadenadas ante un ser hermafrodita parecen atenuarse con el advenimiento del Imperio, en donde el predominio de un clima reacio a la superstici?n facilita el que estos seres sean vistos simplemente como un error de la naturaleza, suscitando no ya terror sino curiosidad, del mismo modo que los enanos (Brisson, 2008). En su Historia Natural, Plinio el Viejo refleja con claridad este cambio de mentalidad: ?Nacen incluso algunos de uno y otro sexo al mismo tiempo, los que llamamos hermafroditas, antiguamente llamados andr?ginos y considerados como seres prodigiosos, ahora en cambio, como objetos de placer? (Plinio, 2003: 21). Esta discusi?n acerca de la naturaleza del andr?gino recorre todo el pensamiento cl?sico, del que podemos extraer tanto explicaciones que se decantan por lo sobrenatural del fen?meno como otras basadas en una racionalidad secular. Her?doto de Halicarnaso cuenta en el primero de sus Nueve libros de la historia (2006) que entre el pueblo de los escitas se encuentran los llamados enarees, hombres afeminados cuya condici?n es debida a que la diosa Afrodita castig? con ?cierta enfermedad mujeril? a aquellos escitas ?y a todos sus descendientes? que saquearon su templo en Escal?n. Frente a este relato m?tico, en el tratado hipocr?tico titulado Sobre los aires, aguas y lugares (2000) se habla de los enarees como hombres est?riles que, al ser conscientes de su afecci?n, ?se ponen atuendo femenino, 58 se acusan a s? mismos de falta de virilidad, act?an como mujeres y trabajan al lado de ?stas en lo mismo que ellas hacen? (Hip?crates, 2000: 148). El autor de dicho tratado ? com?nmente atribuido a Hip?crates? a?ade que estos sujetos est?n rodeados por un aura sobrenatural: ?Los ind?genas le echan la culpa a la divinidad, veneran a estos hombres y se arrodillan ante ellos, temiendo cada uno por su propia persona? (Ib?dem.: 146). Pero, al contrario que Her?doto, Hip?crates rechaza la creencia en el origen divino de los enarees y explica su esterilidad recurriendo a un razonamiento de tipo m?dico: las incisiones que se practican detr?s de cada oreja para tratar de combatir los dolores articulares provocados por montar a caballo afectan a unas venas de las que depende la producci?n de esperma. Mientras que en la vida social se elimina al hermafrodita por considerarlo un ser monstruoso portador de malos augurios o se le convierte en objeto de una curiosidad burlesca por constituir un error de la naturaleza, los seres bisexuales juegan un papel relevante en el mito, aunque bien es cierto que en menor medida que en las culturas orientales, cuyas creencias podr?an haber servido de fuente de inspiraci?n al mundo griego. Uno de los ejemplos m?s sobresalientes de la mitolog?a griega es el de Hermafrodita, cuyo nombre ser? utilizado durante siglos para denominar a las personas de morfolog?a ambigua. Hijo de los dioses Hermes y Afrodita, cuenta Ovidio en Las metamorfosis (1995) que, durante un viaje, Hermafrodita decide parar a refrescarse en una fuente. Crey?ndose solo, se desnuda y se ba?a en las aguas. Sin embargo, su desnudez es apercibida por la n?yade Salmacis, quien, atra?da por la excepcional belleza del viajero, decide adentrarse en la fuente para conquistarlo. Al ser rechazada repetidas veces, se abraza a Hermafrodita e implora a los dioses que nada ni nadie les pueda nunca separar. Los dioses, atendiendo a su s?plica, funden los dos cuerpos en un ?nico ser dotado de los dos sexos. Como se?ala Brisson (2008), la bisexualidad simult?nea, es decir, el ser que aglutina al mismo tiempo los caracteres de la masculinidad y de la feminidad, representa una figura arquet?pica que expresa la coincidencia de los opuestos en una totalidad que se encuentra en el origen de todas las cosas, y cuyo desdoblamiento se?ala el inicio de la generaci?n y de la multiplicidad. Encontramos un ejemplo de ello en la antropogon?a narrada por Arist?fanes en El Banquete de Plat?n (189d y s.s.), en donde se habla de un origen en el que un ser doble de figura esf?rica y dotado de ?rganos masculinos y femeninos es cortado en dos por Zeus como castigo a su excesivo orgullo, dando lugar a una mitad masculina y otra femenina que se buscar?n eternamente y cuyo encuentro azaroso les reportar? el amor mutuo18. 18 Cuenta Arist?fanes que junto a ese ser andr?gino primigenio se encuentran otros dos tipos de seres dobles: uno con dos ?rganos sexuales masculinos y otro con dos ?rganos femeninos, cuya bipartici?n dar? lugar, respectivamente, a los hombres que desean a otros hombres y a las mujeres que se sienten atra?das por otra mujer. Este relato m?tico podr?a interpretarse como una legitimaci?n de todas las formas de deseo 59 Por su parte, el ser m?tico que experimenta una bisexualidad sucesiva tiende a desarrollar una funci?n de mediaci?n. El caso m?s conocido es el de Tiresias, el adivino ciego y excepcionalmente longevo de Tebas que conoce a lo largo de su vida, de forma sucesiva, lo que es vivir como hombre y como mujer19. El significado de la figura de Tiresias, que para Delcourt (1970) podr?a ser una mitificaci?n griega de los seres andr?ginos a los que algunos pueblos orientales atribu?an poderes sobrenaturales (como el caso de los enarees entre los escitas), radica en su triple papel de mediador: por su condici?n andr?gina, media entre los hombres y las mujeres; por sus dotes prof?ticas, lo hace entre los hombres y los dioses; y por su excepcional longevidad, entre los vivos y los muertos. Si el ser andr?gino tiene su lugar en el mito, tambi?n encontramos rastros de la existencia de ritos que simbolizan la bisexualidad y que son practicados desde la Grecia Arcaica, de entre los cuales el intercambio de vestimenta es el m?s extendido20. En efecto, el travestismo ritual est? presente en Grecia y Roma en los ritos nupciales, las fiestas de la fertilidad vegetal o las de car?cter hedonista, una pr?ctica que parece simbolizar la aspiraci?n al poder doble de la masculinidad y de la feminidad o la uni?n entre los dos planos cosmol?gicos (tierra-femenino; cielo-masculino). En los ritos de iniciaci?n, se trata de que el iniciado participe de la naturaleza del otro sexo y reciba as? algo de sus virtudes antes de obtener el nuevo estatus. Ser?a el caso de las iniciaciones de los j?venes guerreros en las que se recurre a las vestimentas femeninas, y de los ritos nupciales basados en el travestismo: en Esparta, a la joven esposa se le afeita la cabeza y se le pone ropa y calzado masculinos; en Argos, la mujer tiene que llevar, durante su noche de bodas, una barba postiza para dormir con su marido; en Cos, es el marido el que se viste con ropas femeninas. Si bien se ignora el significado exacto de estos rituales y los matices que los diferenciar?an, parece claro que lo andr?gino significa para el Mundo Antiguo un estado elevado de la naturaleza y de lo divino (Delcourt, 1960 y 1970; Bullough, 1976; Brisson, 2008). sexual. 19 En las Metamorfosis de Ovidio (1995), Tiresias se convierte en mujer al separar con su bast?n a dos serpientes que estaban copulando, reencontrando su condici?n de var?n siete a?os m?s tarde al volver a separar a las mismas serpientes. Al conocer su periplo por los dos g?neros, J?piter (Zeus) y Juno (Hera), enfrascados en una discusi?n acerca de cu?l de los dos sexos experimenta m?s placer durante el acto sexual, solicitan a Tiresias su opini?n. Al responder ?ste que es la mujer quien obtiene mucho m?s placer, Juno se enoja y lo deja ciego. Pero para compensarle, J?piter le otorga el poder de la adivinaci?n y le da una larga vida. Existen varias versiones sobre el mito de Tiresias. Cf. Delcourt (1970) y Brisson (2008). 20 Es conocida la afici?n por travestirse de los emperadores Cal?gula, Ner?n y Heliog?balo. 61 CAP?TULO 2 La Edad Media: discursos sobre el cuerpo y el placer a la sombra de la teolog?a Es com?n concebir el medioevo cristiano como un periodo caracterizado por una viva condena de los placeres mundanos y por un rechazo del cuerpo, el cual es visto como el ef?mero envoltorio de un alma deseosa de la eterna salvaci?n. En el terreno social, el declive del Imperio Romano de Occidente trae consigo la declinaci?n del modo de vida urbano y la progresiva instauraci?n de unas sociedades eminentemente agr?colas, mientras que en el terreno filos?fico van consolid?ndose unas escuelas de pensamiento mucho m?s recelosas ante el erotismo y el hedonismo de lo que lo hab?an sido los sistemas morales de la Antig?edad. Condenadas por el yugo teol?gico todas las relaciones que no tienen por fin la reproducci?n de la especie, parece que al placer sexual le aguardan siglos de silencio y oscuridad. No obstante, esta concepci?n represiva de la Edad Media supone una simplificaci?n de una realidad mucho m?s compleja y variopinta. Bien es cierto que en el pensamiento eclesi?stico abundan las condenas y acusaciones a la concupiscencia; que los tratados m?dicos suelen advertir de los peligros derivados del coito desenfrenado; que el deseo puede repugnar hasta tal punto que, como nos recuerda Jean-Louis Flandrin (1984:12), algunos te?logos suelen repetir un aforismo, transmitido por san Jer?nimo, con el fin de advertir a los casados de que la pasi?n no tiene cabida ni en el lecho conyugal: ?Ad?ltero es tambi?n el que ama con excesivo ardor a su mujer?. Con todo, la Edad Media no es una etapa de mutismo sexual: a la sombra de los discursos condenatorios de los penitenciales y de los moralistas, se esboza una multiplicidad de pr?cticas sexuales; tras advertir de los peligros asociados al coito, algunos tratados m?dicos, siguiendo la tradici?n cl?sica y bajo el influjo del mundo ?rabe, ofrecen consejos para mantener relaciones sexuales saludables y hasta ofrecen remedios afrodis?acos y contraceptivos; desde la literatura del amor cort?s, se ensalza el amor extramatrimonial. Ya sea para condenarlos, regularlos o loarlos, el placer y el deseo son nombrados con asiduidad. Las reflexiones medievales sobre el acto sexual est?n por todas partes: en la literatura secular, los escritos teol?gicos y can?nicos o los tratados m?dicos. Sin embargo, como apuntan Jacquart y Thomasset (1985), la mirada condenatoria de la Iglesia provoca que, 62 a menudo, estos conocimientos sobre el erotismo y el placer no puedan transmitirse de forma di?fana, por lo que tienen que circular acompa?ados de cierto cripticismo. Cuando comentan un texto cl?sico, los cl?rigos emiten opiniones que pueden comprometer sus reflexiones teol?gicas y escandalizar a la jerarqu?a eclesi?stica. Es por ello que, al hablar sobre temas sexuales, se suele recurrir a las met?foras y a los juegos de palabras, a la ambig?edad y a la polisemia, cuyo sentido ignora el profano pero no el iniciado. Si a esta opacidad sem?ntica le a?adimos las m?ltiples traducciones a las que son sometidas las obras cl?sicas (del griego al ?rabe, del ?rabe al lat?n y del lat?n a las lenguas rom?nicas) y la autocensura que se imponen los comentadores de dichas obras (que pueden ignorar o tergiversar algunos fragmentos que atentan contra la moral religiosa), no es de extra?ar que un mismo texto haya dado lugar a m?ltiples interpretaciones y confusiones. Por otra parte, debemos tener en cuenta que las prescripciones teol?gicas en materia sexual no son aceptadas sin m?s por las poblaciones, sino que son reinterpretadas en funci?n de las tradiciones locales y los h?bitos personales. Las sociedades medievales no son entidades homog?neas y albergan diferentes posicionamientos en relaci?n a las pr?cticas sexuales, por lo que se puede decir que la moral sexual durante la Edad Media no es ni uniforme ni est?tica. Pero a pesar de esta diversidad ?tica y actitudinal, el pensamiento teol?gico cristiano, desde el periodo patr?stico, parece haber mantenido dos axiomas como fundamento de su doctrina sexual: que el acto sexual tiene como ?nico fin la reproducci?n y que el sexo es inherentemente impuro y vergonzoso (Brundage, 1987). Los primeros pensadores cristianos poco pueden aprender de las ense?anzas de Jes?s en materia sexual, puesto que no son muchas las referencias en los evangelios sobre la bondad o maldad de las distintas pr?cticas sexuales. Si bien el Cristianismo es la ?nica fuerza organizada que subsiste a la ca?da del Imperio de Occidente, siendo el conducto por el que llega a la Europa medieval la moral m?s estrecha del Imperio tard?o, buena parte de los dogmas constituyentes de dicha moral sexual no son formulados por vez primera por autores cristianos. Las escrituras hebreas y, en mayor medida, las corrientes paganas de corte asc?tico ejercen una influencia capital sobre el Cristianismo primitivo. Por ejemplo, el legado del orfismo queda patente en la visi?n ?dual? de un alma aprisionada en el cuerpo y en la necesidad de asumir la virtud como modo de vida para lograr la inmortalidad del alma. Mientras que el control del deseo y el pavor ante la exhuberancia reflejan el influjo del estoicismo (Bullough, 1976 y Boswell, 1998 [1984]). Esta huella de las filosof?as paganas se observa con claridad en la obra de uno de los primeros pensadores en constituir una teolog?a filos?fica cristiana: Clemente de Alejandr?a. En El Pedagogo, Clemente retoma la vieja noci?n del ?gobierno de uno mismo?, exhortando a los fieles a controlar los excesos en el comer, el beber y la pasi?n er?tica: 63 Hay que dominar los placeres y ser due?o del vientre y del bajo vientre; es lo m?s importante. Porque si, como postulan los estoicos, la raz?n recomienda al hombre docto no menear el dedo al azar, ?c?mo no van a estar obligados a dominar su ?rgano sexual los que persiguen la sabidur?a? (Clemente de Alejandr?a, 1998: 225-226). Para los padres de la Iglesia, el deseo sexual es uno de los componentes humanos m?s peligrosos, pues ni la m?s f?rrea voluntad lo puede aplacar completamente. En cuanto a las relaciones sexuales, se considera que llevan consigo la marca de la contaminaci?n, debido, en buena medida, a la impureza intr?nseca del semen, por lo que se condena toda emisi?n que no vaya dirigida a la procreaci?n de un hijo leg?timo21: ?Debemos rehusar las relaciones contra la naturaleza: las c?pulas est?riles, la pederastia y las uniones incompatibles entre afeminados, y seguir a la naturaleza misma en lo que proh?be, debido a la disposici?n que ha dado a los ?rganos, pues ha otorgado al hombre su virilidad, no para la recepci?n del semen, sino para su expulsi?n? (Ib?dem.: 224). Esta censura de las relaciones carnales infecundas recurriendo a los designios de la naturaleza, concebida ?sta como el corolario de la ley divina, ser? una constante en las sociedades cristianas posteriores. Defensores de una vida regida por la continencia carnal, muchos pensadores patr?sticos observan el matrimonio con cierta suspicacia, ya que incluso en las relaciones entre esposos pueden surgir deseos pecaminosos: ?El matrimonio es el deseo de procreaci?n, no de evacuar el semen desordenadamente, acto contrario a la ley y a la raz?n? (Ib?dem.: 231). As? pues, la moralidad del sexo matrimonial depende de las intenciones de la pareja: es leg?timo si se persigue la procreaci?n; resulta condenable si lo que se pretende es la obtenci?n de placer; y la pareja incurre en un pecado grave si adem?s utiliza m?todos contraceptivos. Otros autores, como san Agust?n (1954), no parecen ser tan estrictos en relaci?n al placer conyugal ya que, ante todo, piensan que el matrimonio conlleva una serie de bienes que ayudan a preservar la moral de la sociedad: garantiza la procreaci?n, promueve la caridad y el afecto entre esposos, vehicula la concupiscencia de la carne hacia un fin leg?timo y atempera los ardores de la voluptuosidad. Y a?n en el caso de que los esposos se entreguen al placer con desmesura, semejantes excesos son ?tolerables y excusables por el matrimonio?, constituyendo tan solo un pecado venial (mientras que el adulterio y la fornicaci?n son para ?l un pecado mortal). Con todo, para el de Hipona la continencia y la virginidad son preferibles al matrimonio, aunque ?ste tenga por fin la procreaci?n. Tal instituci?n 21 Durante largo tiempo se usar? el t?rmino ?sodom?a? no solo para denominar las relaciones entre hombres, sino tambi?n para referirse a toda emisi?n seminal no dirigida a la procreaci?n. 64 debe reservarse a aquellos que no pueden mantener una vida de abstinencia: ?Si no pueden contenerse, c?sense, pues es mejor casarse que abrasarse? (san Agust?n, 1954: 69). En lo que parecen coincidir los pensadores patr?sticos es en su repulsi?n hacia aquellos hombres que no cumplen con los imperativos conductuales asociados a la masculinidad. Para san Juan Cris?stomo, los hombres que buscan el placer con otro hombre quedan se?alados con la marca de la pasividad, por lo que se convierten socialmente en mujeres. Por su parte, san Agust?n desaprueba a los hombres que permiten que se utilice su cuerpo ?como el de una mujer? (en Boswell, 1998 [1984]). Finalmente, Clemente de Alejandr?a condena a aquellos de apariencia y comportamiento poco viriles. Para todos ellos, las pr?cticas homosexuales se asocian al afeminamiento: Hasta tal extremo ha llegado el afeminamiento que no s?lo el sexo femenino enferma ante esta afanosa b?squeda de futilezas, sino que tambi?n el hombre emula esta enfermedad. En efecto, los que no se han purificado del af?n de embellecerse carecen de salud; es m?s, por su inclinaci?n a la molicie, se comportan cual mujeres; se cortan el cabello cual golfos y prostitutas, visten sutiles mantos brillantes, y mascan goma, oliendo a perfume. ?Qu? dir?a uno al verlos? Sencillamente, como buen fisonomista, uno adivina por su aspecto que son ad?lteros, afeminados, que van a la caza de uno y otro sexo (Clemente de Alejandr?a, 1998: 274). Sin embargo, la hostilidad patr?stica ante las relaciones sexuales entre hombres y el incumplimiento de los roles de g?nero masculinos puede haber chocado con las pr?cticas tradicionales de determinadas poblaciones. No son pocas las zonas de Europa que todav?a se rigen por costumbres ?b?rbaras?, por lo que la estricta moral del cristianismo primitivo podr?a haber tenido dificultades para establecerse. Los celtas aceptaban y hasta honraban las relaciones homosexuales, mientras que en algunos pueblos germ?nicos hab?a hombres a los que se les permit?a ocupar un espacio de g?nero diferente del de la masculinidad, pues adoptaban la vestimenta y los roles femeninos y manten?an relaciones sexuales pasivas con otros hombres (Boswell, 1998 [1984]). En otro orden de cosas, una de las t?cnicas de examen de s? m?s generalizadas entre los siglos VI y XI, la denominada ?penitencia tarifada?, constituye un valioso testimonio de las pr?cticas sexuales m?s extendidas durante este periodo. En este sistema de expiaci?n, el penitente expone minuciosamente sus faltas al confesor, se?alando las circunstancias que le llevaron a pecar, la frecuencia con que cometi? el acto pecaminoso y el perfil de la posible v?ctima (sexo, edad, estatus, etc.). En funci?n de lo confesado y teniendo en cuenta los posibles atenuantes, el confesor emite un juicio conforme a un r?gimen prescrito de penas cuya modulaci?n depende de la gravedad de la falta. La descripci?n detallada de los posibles pecados que el cl?rigo puede encontrarse en el confesionario, y la penitencia necesaria para expiar cada falta, se recogen en unos manuales conocidos como Penitenciales. 65 Pretendiendo reprimir y castigar los excesos de la carne, la teolog?a moral de la Alta Edad Media erige con los Penitenciales uno de los primeros monumentos a la clasificaci?n de las distintas formas con las que puede manifestarse el deseo sexual (Jacquart y Tomasset, 1984; Brundage, 1987; Boswell, 1998 [1984]). La doctrina seguida en los Penitenciales es clara: la procreaci?n leg?tima, esto es, entre esposos, es el ?nico fin de las relaciones sexuales, por lo que toda emisi?n de semen no dirigida hacia ese objetivo es severamente condenada, en especial las pr?cticas anales y orales. La contracepci?n tambi?n se considera pecado grave, pues se cree que las pociones contraceptivas son pr?cticas m?gicas pertenecientes al mundo diab?lico22. El sexo matrimonial tampoco escapa a las prescripciones, quedando establecidos periodos de abstinencia en funci?n de los ciclos fisiol?gicos de la mujer (menstruaci?n, embarazo, lactancia o posparto) y de las festividades religiosas (los domingos, el Adviento o los d?as anteriores y posteriores al Pentecost?s23). En cuanto a las relaciones extramatrimoniales, se es relativamente benevolente con la fornicaci?n (de uno a dos a?os de ayuno24), pero mucho m?s severo si se trata de adulterio (de cinco a doce a?os de ayuno25). En lo relativo a las relaciones entre hombres, las pr?cticas inter femora merecen un a?o de ayuno, mientras que el sexo anal depende de la edad y el estatus del sujeto y de la frecuencia de la relaci?n: dos a?os de castigo para los j?venes, tres para el hombre adulto y de siete a diez para el reincidente. Los escasos penitenciales que se ocupan de las relaciones entre mujeres las juzgan con menor severidad que las masculinas. Por su parte, el sexo oral, tanto si es entre un hombre y una mujer como entre hombres, merece mayor castigo (de 7 a 32 a?os) que la relaci?n anal, mientras que la masturbaci?n es tratada con bastante indulgencia (de 30 a 40 d?as de ayuno). Finalmente, es de destacar la frecuencia con la que se trata el bestialismo, hecho que tiene que ver con el car?cter rural de las sociedades de dicho periodo: algunos Penitenciales, sobre todo los m?s antiguos, lo equiparan a la masturbaci?n; los Penitenciales posteriores lo castigan con mucha m?s contundencia al equipararlo con las relaciones anales (Flandrin, 1984; Jacquart y Tomasset, 1985; Brundage, 1987). A pesar de que los siglos posteriores a la ca?da del Imperio Romano son uno de los periodos en los que el pensamiento eclesi?stico muestra una mayor hostilidad hacia las 22 Seg?n sostienen Jacquart y Tomasset (1985), esta animadversi?n hacia las pociones contraceptivas se deb?a a la desconfianza del cristiano ortodoxo hacia la magia pagana. Pero mientras que los Penitenciales castigaban severamente la contracepci?n, los manuales m?dicos del mismo periodo ofrec?an innumerables brebajes para evitar la fecundaci?n. 23 Flandrin (1984) destaca que una pareja que siguiera a rajatabla las prescripciones de los Penitenciales dif?cilmente pod?a mantener relaciones cinco d?as al mes. 24 Las penas pod?an variar considerablemente de un Penitencial a otro. 25 La gravedad de la pena aumenta si se trata de un eclesi?stico y en funci?n del rango de ?ste: siete a?os para un monje, diez a?os para un sacerdote y doce si se trata de un obispo. 66 cuestiones sexuales, autores como Boswell (1998 [1984]) afirman que la carencia general de control gubernamental en toda Europa permite la conservaci?n de una gran variedad de creencias y modos de vida, adem?s de dejar margen para que cada persona se rija seg?n sus costumbres sexuales. Hemos visto que los primeros te?logos hacen suyas muchas de las premisas del ascetismo pagano, que los Penitenciales regulan estrictamente las relaciones matrimoniales y castigan severamente toda pr?ctica no destinada a la procreaci?n. A pesar de ello, durante la Alta Edad Media se producen importantes transgresiones incluso a nivel eclesi?stico. A este respecto, una de las tendencias m?s significativas dentro del cristianismo primitivo, la denominada ?amistad pasional o er?tica?, cristaliza en apasionados relatos que suponen un desaf?o a los estrictos m?rgenes establecidos por la teolog?a. Aunque no necesariamente desemboca en contactos carnales, lo cierto es que la pasi?n de estos autores hacia otros hombres contiene una fuerte carga er?tica, y a menudo sus escritos son deudores de la literatura homoer?tica de la Antig?edad. Es el caso de Ausonio, que estuvo fuertemente enamorado de san Paulino, y en cuya biblioteca resid?an diversos vol?menes de tem?tica homoer?tica capaces de escandalizar a la m?s laxa moral cristiana (Boswell, 1998 [1984]). El mismo san Agust?n, en sus Confesiones (1998), si bien lamenta el aspecto sexual de tales pasiones (aunque admite que en su adolescencia no fue capaz de distinguir ?la serena amistad de lo que era exclusivamente apetito de la carne?), llora desconsoladamente la muerte de un gran amigo: Qu? terrible dolor para mi coraz?n. Cuanto ve?a a mi alrededor me entristec?a: la ciudad se me hac?a inaguantable, mi casa insufrible y todo lo que hab?a tenido que ver con ?l me lo recordaba y era para m? un cont?nuo tormento (?) Bien dijo el poeta Horacio de su amigo que era la mitad de su alma, porque yo sent? tambi?n, como Ovidio, que mi alma y la suya no eran m?s que una en dos cuerpos, y por eso me produc?a tedio vivir, porque no quer?a vivir a medias, y a la vez tem?a quiz? mi propia muerte para que no muriese del todo aquel a quien tanto yo amaba (san Agust?n, 1998: 57-59). A partir del siglo X se produce en Europa el florecimiento de la vida urbana, en gran parte debido al pujante comercio. En las ciudades emergentes, muchas de las cuales tienen capacidad de autogobierno, se respira una atm?sfera de libertad y tolerancia, lo que facilita el resurgimiento del amor y de la pasi?n er?tica en sus m?ltiples vertientes. Aunque los te?logos siguen condenando las pr?cticas extramatrimoniales, la revalorizaci?n del humanismo de la Antig?edad y el influjo del mundo isl?mico ayudan a situar al deseo y al placer en una reflexi?n al margen del fin procreador. Al mismo tiempo, surgen voces que se?alan que la antigua moral patr?stica, que impon?a fuertes restricciones a la sexualidad matrimonial, es demasiado severa para ser cumplida, por lo que se empieza a reconocer el 67 derecho sexual y amatorio de los c?nyuges. El surgimiento del amor cort?s en el siglo XII constituye uno de los m?ximos exponentes de este renacimiento del amor y del erotismo. Como se?alan Jacquart y Tomasset (1985), el amor cort?s se caracteriza por darse generalmente entre gentes de noble linaje, por ser extraconyugal, por impulsar el arte de dominar las pasiones y por un culto narcisista del deseo que deja en un segundo plano la satisfacci?n sexual del amor sentido. Adem?s, esta forma de arte er?tico es de una gran originalidad, pues es la mujer quien gestiona el acceso a los placeres, mientras que el hombre/alumno tiene que aprender las t?cnicas necesarias para cortejar adecuadamente a su amada. Una de las obras m?s representativas de este g?nero es el Libro del amor cort?s de Andr?s el Capell?n (2006), escrito en la segunda mitad del siglo XII. A parte de ser un buen ejemplo de la filosof?a amorosa trovadoresca, este libro tiene un especial inter?s porque condensa las tensiones existentes entre el pensamiento laico y la moral eclesi?stica de la ?poca: en la primera y la segunda parte de la obra se ensalza la pasi?n y el amor humanos; en la tercera parte, escrita unos a?os m?s tarde a modo de ant?tesis de las dos primeras, se condenan los placeres de la carne y se presenta el amor a Dios como ?nico amor verdadero. Posiblemente fue Mar?a, hija de Leonor de Aquitania, quien dict? al cl?rigo las dos primeras partes del manual. A lo largo de estas p?ginas se presenta con detalle la concepci?n del amor cort?s. ?ste se ha de producir siempre entre un hombre y una mujer, pues ?dos personas del mismo sexo en modo alguno son aptas para dar y recibir las formas del amor ni para consumar sus actos naturales? (Andr?s el Capell?n, 2006: 32). El amante/ pretendiente ha de ser fiel: ?el que resplandece con el rayo de un solo amor dif?cilmente podr?a pensar en los abrazos de otra mujer hermosa? (Ib?dem.: 35), ha de rechazar los actos y pensamientos lujuriosos y ha de preferir la integridad del alma y las buenas costumbres de su amada a la superficialidad de su belleza. Tras esta teorizaci?n del amor, se presentan varios di?logos entre hombres y mujeres de distintos estratos sociales con el objetivo de instruir al hombre para que pueda conquistar el coraz?n de la mujer deseada. El caso es que Andr?s el Capell?n parece haberse arrepentido de participar en la redacci?n de este escrito hereje, pues a?os m?s tarde publica un ep?logo de t?tulo revelador, Reprobaci?n del amor, en el que condena la pasi?n amorosa y ataca con dureza al sexo femenino. En este escrito expiatorio, el Capell?n presenta el amor carnal como un pecado de extrema gravedad porque ensucia al mismo tiempo el alma y el cuerpo: es ?una injuria para Dios todopoderoso ceder a la seducci?n de la carne y a los placeres del cuerpo para volver a caer en las redes del T?rtaro, de las que ya nos libr? el mismo Padre celestial con el derramamiento de la sangre de su hijo? (Ib?dem.: 236-237). Por su parte, la mujer, exaltada hasta la saciedad a lo largo de la primera parte del libro, es ahora definida por su naturaleza avariciosa, envidiosa, maldiciente, soberbia, mentirosa y lujuriosa. 68 Este retrato injurioso de la mujer no constituye un hecho aislado, puesto que estas son las caracter?sticas atribuidas a las mujeres en numerosos textos medievales. Pero esta visi?n negativa del g?nero femenino coexiste con ?y quiz? pueda deberse a? la creencia seg?n la cual son las mujeres las que guardan y gestionan los secretos relacionados con el amor y los placeres. A este respecto, veamos un pasaje del ?rbol de la Ciencia de Ram?n Llull (1663), en el que un ermita?o pregunta a una ?vieja lujuriosa? por qu? lamenta la conducta licenciosa de su hijo, mientras que acepta de buen grado la vida de su hija prostituta. La vieja, seg?n Llull, se justifica as?: Respondi? la vieja y dijo que su hijo consum?a su cuerpo y gastaba por la lujuria sus dineros; mientras que su hija los ganaba. Y que su hija comet?a la lujuria delante de ella, pero su hijo no. Y que ella ten?a placer cuando su hija hablaba de la lujuria sin verg?enza, lo que no hac?a su hijo. Y que era a su hija a quien explicaba los placeres que hab?a obtenido con los hombres; placeres que ella ten?a verg?enza de contar a su hijo26 (Llull, 1663: 448). Tras este fragmento, Jacquart y Tomasset (1985) se preguntan si Llull no nos est? revelando la forma en que circula la informaci?n de tipo sexual en el seno de la estructura familiar: es la mujer madura la que transmite a la joven sus experiencias, mientras que el hijo queda fuera de este flujo de conocimientos. Sea como fuere, esta concentraci?n de saberes en manos femeninas expertas queda reflejada en la literatura medieval a trav?s de la figura de la alcahueta, esa vieja hechicera que domina el arte er?tico y que act?a de intermediaria entre los amantes. A este respecto, Sabec (2003) nos muestra la posici?n ambivalente de este personaje caracter?stico de la literatura hispano-?rabe: por un lado, la alcahueta es peligrosa por su dominio de los remedios afrodis?acos y abortivos, su astucia y sus vicios; pero, por el otro lado, es indispensable como liberadora de la represi?n sexual y aliviadora de los pesares de los amantes frustrados. Esta figura literaria, llena de ambig?edades y contradicciones, coincide con la posici?n tambi?n ambivalente a la que est? sujeta la mujer medieval: por un lado, la buena mujer, la madre, dedicada por entero al noble fin de la reproducci?n; por el otro, la mala mujer, la cortesana, h?bil detentadora de las t?cnicas y secretos del amor. Si bien los siglos XI y XII son tiempos de relativa apertura y libertad en las sociedades europeas, los siglos XIII y XIV experimentan un retroceso de la tolerancia debido a la mayor uniformidad pol?tica y eclesi?stica. Seg?n Boswell (1998 [1984]), el surgimiento del gobierno absoluto, la proliferaci?n de legislaciones seculares de todo tipo 26 Se han adaptado los textos antiguos al castellano actual para facilitar la lectura. 69 y el esfuerzo de la Iglesia en sistematizar los preceptos de la fe a los que todos los cristianos deben plegarse ?bajo amenaza del yugo de la Inquisici?n?, acarrean un estrechamiento de los m?rgenes conductuales de la poblaci?n. Con esta consolidaci?n del poder civil y eclesi?stico, cada vez m?s inclinados hacia la restricci?n, la contracci?n y la exclusi?n, muchas minor?as ven peligrar su lugar en la sociedad. Adem?s, el hecho de que asocie a los dos principales enemigos de la sociedad cristiana ?los musulmanes y los herejes? con la sodom?a y el libertinaje, har? que aumente la intransigencia hacia las relaciones que no tienen por fin la reproducci?n. Las siguientes palabras nos muestran esa voluntad de asociar mundo musulm?n y perversidad sexual con el objetivo de marcar diferencias con la recta moral cristiana, y de paso nos ofrecen un valioso testimonio de la existencia de figuras transgen?ricas (prueba quiz? de una concepci?n m?s l?bil del g?nero) en algunas sociedades orientales de la ?poca: Seg?n la religi?n de los sarracenos, no solo se permite todo acto sexual, cualquiera que sea, sino que se lo aprueba y se lo estimula, de modo que adem?s de las incontables prostitutas, tienen gran cantidad de hombres afeminados que se afeitan la barba, se pintan la cara, visten ropas de mujer, usan pulseras en brazos y piernas y collares de oro en el cuello como las mujeres, y se adornan el pecho con joyas (?) Los sarracenos, indiferentes a la dignidad humana, recurren libremente a estos afeminados o bien viven con ellos como entre nosotros viven abiertamente hombres y mujeres (Guillermo de Ada; en Boswell, 1998 [1984]: 301-302). En el plano teol?gico, la condena de las pr?cticas no reproductivas encuentra un s?lido soporte en santo Tom?s de Aquino, cuya obra representa en gran medida la s?ntesis final de la teolog?a moral de la Edad Media (Boswell, 1998 [1984]). Santo Tom?s erige a la naturaleza como juez de la ?tica sexual cat?lica, y dicha naturaleza tiene en la reproducci?n de las especies a una de sus leyes constitutivas. As? pues, toda relaci?n sexual que no busque la obtenci?n de una prole resulta condenable porque atenta contra los principios de una naturaleza que es vista como algo intr?nsecamente bueno y deseable. Estamos ante el pecado contra natura: Y no se ha de tener por pecado leve procurar la emisi?n seminal sin debido fin de generaci?n y de crianza, por aquello de que es leve o ning?n pecado si uno usa de alguna parte de su cuerpo para otro uso que el dictaminado por la naturaleza (?) Pero es que el desarreglo derrame seminal conspira contra el bien de la naturaleza, como es la conservaci?n de la especie. De aqu? que, despu?s del pecado de homicidio, que destruye la naturaleza humana ya formada, tal g?nero de pecado parece seguirle, por impedir la generaci?n de ella (santo Tom?s de Aquino, 1968: 468). 70 2.1. La medicina medieval: entre el saber cl?sico y el teol?gico La medicina medieval se caracteriza por recuperar y reinterpretar a los cl?sicos, recogiendo el legado de los autores ?rabes, antes que por su capacidad de innovaci?n. Si bien existe un saber sobre el sexo de car?cter m?dico, ?ste se encuentra influenciado por las reflexiones filos?ficas y por las instituciones y los pensadores teol?gicos. La medicina trata de delimitar los dominios que le son propios, pero la teolog?a invade frecuentemente la esfera m?dica y le recuerda el eje principal de la existencia humana. En palabras de un te?logo medieval: ?En la medida en que el alma es m?s valiosa que el cuerpo, el sacerdote ha de ser m?s apreciado que el m?dico del cuerpo? (en Jacquart y Thomasset, 1985: 268). A pesar de este tutelaje religioso, el saber m?dico trata de ofrecer una explicaci?n del placer sexual y de las consecuencias derivadas del coito, el cual es concebido, al igual que lo hac?an los pensadores de la Antig?edad, como uno de los principales factores que rigen la salud de los seres humanos. Estos razonamientos acerca del acto sexual a menudo entran en conflicto con los preceptos religiosos. As?, mientras que los te?logos proclaman que la abstinencia sexual es posible y hasta deseable, la mayor?a de m?dicos defiende que las relaciones sexuales son necesarias para conservar un buen estado de salud f?sica y mental, siempre y cuando se lleven a cabo de forma adecuada y con mesura. Este posicionamiento es deudor de los tratados ?rabes que empiezan a difundirse en Occidente a partir del siglo XI, como el Canon de Avicena, cuyas prescripciones para mejorar o facilitar las relaciones sexuales son seguidas por los m?dicos cristianos. Aunque ?stos se muestran cautelosos a la hora de adoptar algunos de los elementos constituyentes de ese ars er?tica caracter?stico del pensamiento oriental como, por ejemplo, el arte de las posturas sexuales. Quiz? la ?nica obra medieval occidental en la que se trata el tema de las posturas sexuales sea un breve tratado an?nimo encontrado en Catalu?a y que lleva por t?tulo Speculum al joder (2000). Escrita en catal?n a finales del siglo XIV o principios del XV, se desconoce si esta obra es una mera traducci?n de alg?n tratado en lengua ?rabe o hebrea, o bien una obra original escrita bajo influencia ?rabe. Sea como fuere, lo cierto es que el autor del Speculum trata con inusual desenfado m?ltiples aspectos relacionados con el acto sexual, dejando patente la herencia recibida de los pensamientos grecolatino y ?rabe. As?, se describen las consecuencias del coito (concebido como una potencia que consume y desestabiliza), se prescriben diversos reg?menes alimenticios para atenuar sus efectos nocivos y se se?ala c?mo y cu?ndo se deben mantener relaciones sexuales. Asimismo, y de aqu? viene la excepcionalidad de este tratado de aparente ?ndole m?dica, se presta una especial atenci?n a la maximizaci?n del placer: se recomiendan ung?entos para el pene, juegos pre-coitales, artima?as para retardar el orgasmo masculino y hasta utensilios para la masturbaci?n femenina. En la parte final de la obra, y sin que el autor lo haya anunciado 71 previamente en la introducci?n al texto, se describen breve y llanamente m?s de una veintena de posturas sexuales distintas a la considerada como la posici?n m?s natural y fecunda: aquella en que la mujer yace de espaldas y el hombre se le coloca encima. Siguiendo la tradici?n androc?ntrica, cuando los m?dicos del medioevo abordan los mecanismos fisiol?gicos del acto sexual y sus efectos para la salud piensan en clave masculina. La excepci?n la encontramos en la obra del siglo XI atribuida a la comadrona salernitana Tr?tula, titulada Liber de sinthomatibus mulierum, considerado el ?nico texto medieval escrito por y para mujeres. En ?l se abordan algunos problemas ginecol?gicos y se prescriben remedios y ung?entos cosm?ticos27 (Jacquart y Thomasset, 1985 y Moreno Jim?nez, 1990). Si los te?logos desconf?an del placer sexual incluso si ?ste se produce entre esposos, los m?dicos hacen suyas las teor?as de autores cl?sicos como Arist?teles y Galeno, para los cuales el placer tiene una finalidad biol?gica, ya que garantiza la conservaci?n de la especie al convertir el acto reproductor en algo placentero: ?A todos los animales los dot? la naturaleza de los ?rganos de reproducci?n y uni? a esos mismos ?rganos una facultad especial para la producci?n de placer y dot? al alma que los iba a utilizar de un indecible y maravilloso deseo de servirse de ellos? (Galeno, 2010: 620). Otra de las cuestiones sobre las que medicina y teolog?a muestran sus discrepancias es la contracepci?n. Por un lado, la Iglesia equipara los m?todos contraceptivos con la magia y los poderes diab?licos, por lo que los considera un pecado grave; por el otro, los conocimientos populares sobre f?rmulas anticonceptivas se recogen en tratados de todo tipo. Sobre todo a partir del siglo XIII, cuando, gracias al legado de Arist?teles y Avicena, la contracepci?n queda vinculada al r?gimen alimenticio. Incluso al m?dico y fil?sofo Pedro Hispano, posterior papa Juan XXI, se le atribuye un manual repleto de recetas afrodis?acas y anticonceptivas que, para la raz?n contempor?nea, se situar?an a medio camino entre la magia y la medicina (Jacquart y Thomasset, 1985). Y es que el saber cient?fico medieval no es un saber estanco. Las interrogaciones sobre el cuerpo y el comportamiento humanos no solo est?n influenciadas por la filosof?a y la teolog?a, sino que a menudo se confunden con los saberes populares y esot?ricos. Buen ejemplo de ello lo encontramos en Les Secrets (1895) de Alberto Magno, un tratado heterog?neo en el que convergen conocimientos relacionados con la astrolog?a y la fisiognom?a, se descubren las ?virtudes m?gicas? de vegetales, minerales y animales, y se presentan algunos experimentos que tendr?n ?efectos sorprendentes?, tales como ver 27 Cabe destacar que durante la Baja Edad Media prolifera un subg?nero literario, a medio camino entre la filosof?a y la medicina, denominado secreta mulierum o ?secretos de las mujeres?. Bajo esta denominaci?n gen?rica se incluyen textos dedicados al cuidado de la salud femenina y al desvelo de los misterios del proceso de la generaci?n humana. 72 al diablo, dar caza a demonios o evitar la mala fortuna. Destacan las p?cimas para el enamoramiento hechas a base de plantas (vincapervinca) o animales (alondra), el uso del im?n para corroborar la autenticidad del amor de la mujer amada y el del polvo de flor de lirio para verificar la virginidad de una dama. Si bien la medicina pretende abordar el coito desde el punto de vista de la fisiolog?a y de la salud, podemos ver hasta qu? punto resulta efectiva la mirada omn?moda de la Iglesia al observar las grandes reticencias mostradas por los m?dicos a la hora de abordar las relaciones sexuales que escapan a la norma religiosa, como las relaciones entre hombres. El hecho de que estas relaciones sean analizadas sin pudor ni condena en gran parte de los tratados que el Occidente medieval hereda de la tradici?n ?rabe, sit?a en una situaci?n inc?moda a los comentadores y traductores cristianos de dichas obras. De este modo, si en el Canon de Avicena el sexo entre hombres aparece varias veces, siendo tratado con el mismo rigor desapasionado con que el se trata a las relaciones heterosexuales, algunos comentadores cristianos del Canon eluden o tergiversan estos pasajes para escapar de la herej?a, mientras que otros deciden no ignorarlos y aprovechan para condenar expl?citamente esta pr?ctica en consonancia con los preceptos religiosos. Es de destacar que las relaciones entre mujeres, al igual que sucede con la masturbaci?n femenina, no despiertan la misma animadversi?n que cuando estas pr?cticas son realizadas por hombres. El esperma masculino hay que preservarlo, a menos que sea estrictamente indispensable, por su gran valor generativo; los humores de la mujer, mucho menos preciosos, pueden evacuarse sin mayor preocupaci?n (Jacquart y Thomasset, 1985 y Moreno Jim?nez, 1990). El medioevo tambi?n recibe del mundo grecolatino la controversia entre las dos grandes teor?as sobre la generaci?n del esperma: la hipocr?tica/gal?nica, que defiende la existencia de un esperma femenino indispensable para la fecundaci?n, y la aristot?lica, seg?n la cual el esperma es una sustancia genuinamente masculina. En opini?n de Moreno Jim?nez (1990), este es un debate en el que se mezclan aspectos muy diversos que afectan a las relaciones entre los g?neros, como la idea que se tiene de la mujer, la importancia concedida al placer femenino o la valoraci?n de la contribuci?n de la mujer en la concepci?n del nuevo ser. Y es que si la mujer no genera esperma, su papel en la fecundaci?n es poco m?s que residual, por lo que la reflexi?n en torno al orgasmo femenino deviene una cuesti?n balad?. Con las tesis aristot?licas, la mujer perder? poder generador y derecho al placer28. 28 Este debate sobre qui?n, mujer u hombre, es el protagonista principal de la fecundaci?n cobrar? una nueva dimensi?n en el siglo XVII con las fricciones entre los defensores del ovismo (encabezados por Harvey) y del espermismo (cuyo m?ximo exponente es Leeuwenhoek). 73 Tanto si defienden la oposici?n forma-materia aristot?lica como si son partidarios de la teor?a del doble esperma, los pensadores medievales coinciden al afirmar que el sexo del embri?n depender? tanto del resultado de una especie de combate, acaecido durante la gestaci?n, entre las fuerzas paternas y maternas, como de la ubicaci?n, en la parte izquierda o derecha de la matriz, del esperma evacuado. Adem?s, cuando los m?dicos abordan estos condicionantes que determinan el sexo del futuro ser, suelen hacer referencia a los tipos sexuales intermedios, como el afeminado, la virago o el hermafrodita, con el fin de mostrar las consecuencias de una fecundaci?n an?mala. El siguiente fragmento de un De spermate pseudo-gal?nico sirve para ilustrar esta teor?a de la determinaci?n sexual que la Edad Media recupera de la Antig?edad: Si el esperma cae en la parte derecha de la matriz, el neonato ser? ni?o?No obstante, si un esperma masculino d?bil se mezcla con un esperma femenino m?s fuerte, nacer? un ni?o fr?gil de cuerpo y de esp?ritu. Tambi?n puede suceder que de la asociaci?n de un esperma viril d?bil y de un esperma femenino fuerte nazca un ni?o dotado con los dos sexos. Si el esperma cae en la parte izquierda de la matriz, se formar? una ni?a?y si el esperma masculino prevalece, se tratar? de una mujer viril y fuerte, a veces velluda. Tambi?n puede suceder que a causa de la debilidad del esperma femenino nazca un ni?o dotado con los dos sexos (en Jacquart y Thomasset, 1985: 195). 75 CAP?TULO 3 Conocimiento, creencia y confesi?n en los albores de la Modernidad Si bien es cierto que autores como Fernel, Par?, Falopio o Vesalio realizaron contribuciones destacables en el terreno de la anatom?a y de la fisiolog?a de la reproducci?n, hasta finales del siglo XVII no se sab?a sobre la generaci?n y la fecundaci?n mucho m?s de lo que los griegos y los ?rabes hab?an ense?ado (Moreno Jim?nez, 1990). La Edad Media y el Renacimiento heredan de la Antig?edad tanto la fisiolog?a de los humores como la econom?a del calor corporal, y la idea de que el hombre es el principal garante de la fecundaci?n y el principio activo de la misma sigue ocupando un lugar preferente. Antes de que la raz?n moderna niegue a Dios el poder de dar un sentido superior a la existencia humana y de que la creencia y la superstici?n no tengan m?s cabida en la b?squeda de la verdad, la medicina se imbrica en un conjunto de saberes hoy considerados peligrosos compa?eros de viaje. Paracelso, convencido de que el cuerpo humano condensa a peque?a escala el orden macroc?smico, defiende la necesidad de aplicar el conocimiento de los astros para resolver los problemas m?dicos. Con la pretensi?n de aunar en sus tratados la descripci?n anat?mica con la expresi?n art?stica, Vesalio contrata a los ayudantes de Tiziano para que realicen sus dibujos anat?micos. En una de sus obras, Ambroise Par? (1971 [1573]) combina descripciones de malformaciones cong?nitas (p.ej. manos con seis dedos) con fen?menos antropo-zool?gicos de dudosa veracidad (p.ej. mujer que alumbra a un perro). A partir del siglo XV se produce un aumento del inter?s por la representaci?n pict?rica de la anatom?a humana. Ello es debido en gran parte a la extensi?n de la pr?ctica de la disecci?n de cad?veres humanos ?iniciada a finales del siglo XIII? y a que varios pintores de renombre dirigen su atenci?n hacia el interior del cuerpo humano. La anatom?a y la disecci?n se encuentran entre los m?ltiples intereses de Leonardo da Vinci, el cual destaca, entre otras muchas cosas, por sus precisas ilustraciones del coraz?n, el cr?neo o el aparato urinario de la mujer. A pesar de poder recurrir a las disecciones, la mirada renacentista sigue utilizando el prisma gal?nico a la hora de representar el aparato reproductor del hombre y de la mujer. La obra de Galeno sigue teniendo una gran influencia, y su teor?a de la simetr?a inversa de 76 ?rganos, seg?n la cual la mujer comparte los mismos genitales que el hombre, con la ?nica diferencia de que ?stos est?n situados en el interior del cuerpo femenino por la menor capacidad de la mujer de generar calor, determina los dibujos de los genitales femeninos en obras tan influyentes como la Fabrica de Vesalio. La ausencia de una nomenclatura anat?mica precisa de los ?rganos genitales femeninos es otro de los signos que denotan la tendencia a ver el cuerpo de la mujer como una versi?n ?imperfecta? del cuerpo del hombre. Sin embargo, el siglo XVI vive uno de los descubrimientos que hubieran podido desarmar por completo la tesis gal?nica: el cl?toris. El padre del descubrimiento de este ?rgano femenino no est? nada claro, pues tanto Renaldo Col?n como Gabriel Falopio reivindicaron su autor?a29. Sea como fuere, el alumbramiento del cl?toris podr?a haber puesto en entredicho la teor?a de la simetr?a inversa de ?rganos ya que, hasta entonces, era la cavidad vaginal la considerada como el reverso del pene. Pero esto no parece suceder. Algunos autores, como el mismo Col?n, readaptan la teor?a al concebir el cl?toris como el hom?logo femenino del pene, destacando para ello su condici?n de ?rgano er?ctil; otros, ignorando su capacidad er?gena, sortean la dificultad atribuyendo al cl?toris la misma funci?n que la ?vula: ambos sirven para atemperar el aire que entra en el cuerpo. Como vemos, el af?n empirista renacentista no logra socavar el ?modelo de sexo ?nico?. Laqueur (1994) recuerda que este modelo se inscribe en una concepci?n del cuerpo que rebasa la biolog?a, una concepci?n tan general y compleja que ninguna observaci?n puede directamente falsarla. El cuerpo unisexo es visto como una representaci?n a peque?a escala del orden macroc?smico, pudiendo representar tanto la fecundidad de la naturaleza como la fuerza de los astros porque las fronteras entre el mundo natural y el espiritual, entre la tierra y el cosmos, el cuerpo y el resto de la creaci?n, son constantemente elididas. Tal y como afirma Paracelso: ?El hombre es el microcosmos, de tal modo que contiene y abarca todo lo que tiene el macrocosmos, lo que es sano y lo que es malsano. Pues el mundo exterior es el espejo del hombre, su teor?a y su anatom?a, por lo tanto aquello por lo que el hombre se conoce totalmente? (en Salamanca, 2007: 254-255). Es esta cosmovisi?n, esa ?Gran Cadena del Ser? (Lovejoy, 1983), y no la exactitud de la observaci?n, lo que determina la concepci?n que se tiene del hombre y de la mujer y lo que establece las diferencias a tener en cuenta. En el terreno de la moral sexual, el auge del Humanismo trae consigo un renovado inter?s por la tradici?n griega, sobre todo por la filosof?a de Plat?n. Si la Escol?stica fue la corriente del clero y la nobleza, el Humanismo se orienta hacia una clase media urbana 29 Cuenta Laqueur (1994) que Kaspar Bartholin, anatomista del siglo XVII, considera que Falopio y Col?n mienten al atribuirse este descubrimiento pues, en su opini?n, el cl?toris era conocido desde el siglo II. 77 con vocaci?n art?stica, la cual va tomando conciencia de las actitudes positivas de los griegos hacia el erotismo y el amor entre hombres. En el campo del arte, la atracci?n por la desnudez y el erotismo provocan que la iconograf?a religiosa pierda fuelle en beneficio de las obras fundamentadas en la mitolog?a cl?sica. Se renueva tambi?n el concepto del amor plat?nico, aunque vaciado de todo contenido sexual. Se proclama que el amor hacia otro hombre es m?s puro que el que tiene por objeto a la mujer, pues si el primero se basa en la pureza del intelecto, el segundo est? contaminado por el deseo carnal. No obstante, en opini?n de Bullough (1976), la influencia del Humanismo sobre la moral sexual ser? ef?mera. Las autoridades de Florencia y Venecia, alarmadas ante la relajaci?n moral de sus gentes, tratan de erradicar la sodom?a instalando unos buzones (tamburi) en diferentes puntos de la ciudad con el objetivo de que se depositen denuncias an?nimas (el mismo Leonardo da Vinci ser? acusado de sodom?a). A la anterior tendencia inquisitorial de asociar a los herejes con la depravaci?n sexual, se le suma la vinculaci?n de la perversi?n con la brujer?a y los poderes diab?licos30. Aumentan tambi?n los cinturones de castidad para controlar la supuesta sexualidad desaforada de las mujeres, mientras que la preocupaci?n por las enfermedades ven?reas ?en especial, la s?filis? acrecienta la hostilidad hacia la prostituci?n. Ante la ofensiva reformista, el Concilio de Trento reafirma la moral sexual tradicional e intensifica la persecuci?n de los desmanes obscenos en la literatura y el arte. Por su parte, los l?deres protestantes como Lutero y Calvino no se muestran m?s condescendientes que sus hom?logos cat?licos ante las relaciones no reproductivas. En el siglo XVI, tanto en los pa?ses cat?licos como en los protestantes se inicia una mutaci?n fundamental: la progresiva secularizaci?n de la gesti?n de las pr?cticas sexuales, tendencia consistente en una mayor intervenci?n del Estado en cuestiones morales antes reguladas exclusivamente por la Iglesia. Seg?n Bullough (1976), esto supone pasar del ?pecado contra natura? al ?crimen contra natura?. El propio Mart?n Lutero defiende que, si bien la Iglesia tiene que combatir la prostituci?n, el adulterio o el rapto, estas pr?cticas han de ser castigadas principalmente por las leyes civiles. Por otra parte, el viejo debate acerca de cual de los dos g?neros contribuye decisivamente a la formaci?n del nuevo ser toma un nuevo impulso en el siglo XVII con la controversia entre los defensores del ovismo y los partidarios del espermismo. Uno de los m?ximos exponentes del denominado ?ovismo? es William Harvey, el descubridor de la circulaci?n de la sangre. Harvey se aleja de Galeno al negar la existencia del esperma femenino, y para ello recurre a la concepci?n genital del paradigma unisexo: unos 30 Hacia el siglo XV, el principal enemigo de la Inquisici?n ya no es la herej?a, sino la brujer?a y la magia. De la vecindad entre la perversi?n sexual y las fuerzas diab?licas surgen las figuras del ?ncubo y del s?cubo, demonios que toman una apariencia de var?n y de mujer, respectivamente, para tener comercio carnal con un humano del sexo opuesto. 78 genitales tan imperfectos como los de la mujer no pueden ser capaces de generar este fluido que requiere de un adecuado calor corporal. No obstante, el m?dico ingl?s tampoco subscribe la tesis aristot?lica seg?n la cual el principio activo masculino actuar?a sobre una materia femenina concebida como el elemento pasivo. Bien al contrario, Harvey sostiene, apoy?ndose no tanto en la observaci?n en humanos como en la especulaci?n31, que todo desarrollo embrionario parte de un estado inicial que puede ser asimilado a un huevo32. Para el m?dico ingl?s, la contribuci?n del macho a la generaci?n es indirecta e incorp?rea, pues su esperma no entra en el huevo para fecundarlo, sino que lo alumbra por contagio, de forma similar a como se transmite una enfermedad. Una vez alumbrado, dicho huevo ?que Harvey sit?a en el ?tero? ya contendr?a el esp?ritu de la nueva vida. Con el ovismo, la mujer adquiere una importancia capital, ya que el huevo es visto como la causa primera ?o primordium? de la generaci?n. Los m?s reacios a aceptar la fuerza vital del huevo cobran fuerza en 1677, a?o en que el ?ptico Anton von Leeuwenhoek afirma haber visto unos anim?lculos en el esperma de un hombre con la ayuda de su microscopio. Dichos seres infinitesimales son denominados ?espermatozoides?, esto es, animales del esperma. Con el surgimiento de los espermatozoides, el hombre recupera el protagonismo que el huevo le negaba y vuelve a ser el principio activo y determinante de la fecundaci?n. Y es que para los defensores del espermismo, el nuevo ser ya est? preformado en el espermatozoide, por lo que la funci?n de la mujer se limita al mantenimiento del feto. Este conflicto llega a su fin en el siglo XIX. Con el descubrimiento del ?vulo de los mam?feros (Kart Ernst von Baer, en 1827) y el establecimiento de que la fecundaci?n consiste en la fusi?n de la cabeza del espermatozoide con el n?cleo del ?vulo (Oskar Hertwig, en 1875), parece cerrarse el debate: el hombre y la mujer contribuyen conjuntamente a la fecundaci?n. Con todo, ser?a interesante concebir las discusiones entre ovistas y espermistas no tanto como un vestigio de nuestra arqueolog?a del saber, como si fuera un exponente m?s de la insuficiencia experimental y te?rica de nuestros antepasados. M?s bien deber?amos entender esta controversia en torno a cu?l de los dos g?neros es decisivo para la reproducci?n de la especie como otra muestra m?s de hasta qu? punto el conocimiento cient?fico ha estado y est? embebido de g?nero, siendo incapaz de desvincularse totalmente de las sucesivas luchas e intereses partidistas y de los debates ideol?gicos y morales. Hecho que nos tendr?a que hacer reflexionar sobre la imposibilidad de acceder al cuerpo desprendi?ndonos de nuestras coordenadas culturales. 31 Harvey desarrolla su teor?a a partir de la observaci?n del desarrollo del embri?n de pollo y del ?tero de la cierva en diferentes estadios del embarazo. 32 No se debe confundir el ?huevo? de Harvey con los ovarios de la mujer o los huevos de los ov?paros. Con Harvey ?se debe entender el ?huevo? como un concepto te?rico que explica el desarrollo embriol?gico y no como el resultado de una observaci?n? (Moreno Jim?nez, 1990: 72). 79 3.1. El monstruo antes de su naturalizaci?n En uno de los cursos que imparte en el Coll?ge de France, publicado con el t?tulo Los anormales (2001), Foucault sostiene que cada per?odo hist?rico ha tenido sus formas privilegiadas de monstruos. Para el pensador franc?s, lo monstruoso se asocia, hasta el siglo XVIII, con la mezcla y la transgresi?n de las clasificaciones tenidas por naturales: la mezcla del reino animal con el humano (el hombre con cabeza de buey), la mixtura de dos especies (el cerdo con cabeza de cordero) o la confusi?n de los dos sexos (el hermafrodita)33. El monstruo es visto como una manifestaci?n extraordinaria que atenta contra el orden regular de la naturaleza y las leyes de la sociedad. Seg?n Salamanca (2007), en la ?poca cl?sica el nacimiento de seres anormales es entendido como un presagio que hay que descifrar a trav?s de la adivinatoria. La existencia del monstruo supone una transgresi?n del orden c?smico (otra vez aqu? nos topamos con el estrecho v?nculo entre micro y macrocosmos) que exige un ritual de reparaci?n para poder recuperar el curso normal de la vida. A menudo, dicho ritual de expiaci?n exige la eliminaci?n del ser monstruoso (tal y como vimos anteriormente con el tratamiento del hermafrodita en la Antig?edad). Con la Edad Media crece la fascinaci?n por los seres extraordinarios, los cuales son concebidos como algo real, algo pr?ximo a la realidad cotidiana, historias cercanas contadas por gente que asegura haberlos visto con sus propios ojos. Para el Cristianismo, el monstruo es fruto de la voluntad y la grandeza de Dios, pudiendo significar, tal y como afirma Ambroise Par? (1971 [1573]), tanto la gloria como la ira del Todopoderoso. Aunque si consideramos que en el Medioevo se asocia el orden con la bondad y el desorden con la maldad, lo m?s com?n es que se interprete lo monstruoso como algo negativo. Con todo, el buen cristiano condena los rituales paganos que dan muerte al monstruo, ya que para ?l todas las criaturas son hijas del Se?or. Durante el Renacimiento, si bien algunos empiezan a sostener una etiolog?a naturalista para dar cuenta de lo que hoy denominamos ?malformaciones cong?nitas?, se sigue manteniendo la seducci?n por lo sobrenatural. Prueba de ello es la proliferaci?n de las denominadas ?Relaciones de Sucesos?, obras impresas en pliegos de cordel que colman la curiosidad de un p?blico numeroso. Estos impresos, r?pidamente convertidos 33 Para V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), antes de la Modernidad el hermafrodita no pertenec?a exactamente a la familia de los monstruos, pues mientras que a ?ste ?ltimo se le atribu?an v?nculos sat?nicos, el primero era visto como una posibilidad de la naturaleza. Con todo, durante la Edad Media y el Renacimiento la inclusi?n, o no, del hermafrodita dentro de la familia de los monstruos gener? m?ltiples discusiones. 80 en objetos de ocio, recogen historias de seres fant?sticos, animales feroces de naturaleza h?brida, nacimientos de ni?os con deformidades y otros acontecimientos extraordinarios que pronostican desgracias venideras. Antes de que la modernidad ?desencante? al monstruo y lo relegue al terreno de la fantas?a y la supercher?a, lo monstruoso fascina y genera respeto porque pertenece al dominio de lo oculto. El pensador medieval o renacentista admite sin rubor que en la naturaleza existen leyes cuyo funcionamiento escapa a su intelecto, fuerzas ocultas cuyos efectos son indescifrables para el ser humano, aunque no por ello se cuestiona su existencia. Y lo oculto se vuelve a?n m?s inaccesible cuando intervienen los poderes divinos o demon?acos: ?Las acciones de Sat?n son sobrenaturales e incomprensibles, van m?s all? del esp?ritu humano, y no se pueden explicar al igual que sucede con el im?n que hace girar el hierro y atrae a la aguja? (Par?, 1971 [1573]: 83). Tal y como apunta Park (2000), la admiraci?n suscitada ante un hecho milagroso o extraordinario es fruto del desconocimiento de los mecanismos que producen estos fen?menos. Esta aceptaci?n de lo inconmensurable y lo esot?rico como parte integrante de la realidad explica que pensadores a?n hoy respetados como Ambroise Par?, considerado uno de los padres de la cirug?a moderna, muestren una fe inquebrantable en la existencia de fen?menos y seres que la raz?n moderna considera fruto de una imaginaci?n supersticiosa. En Des monstres et prodiges (1971 [1573]), Par? presenta fen?menos antropol?gicos plenamente aceptados por la ciencia m?dica (como el nacimiento de gemelos siameses o de seres con genitales ambiguos) y realiza esbozos de animales ampliamente estudiados por la zoolog?a (como el elefante, el camale?n o el avestruz), dejando patente que, para ?l, lo monstruoso est? vinculado a lo extraordinario. Pero a parte de estos ?monstruos posibles?, este tratado tambi?n da cabida a lo que hoy denominamos ?animales legendarios? como el Camphurch (una especie de unicornio), ?h?bridos mitol?gicos? como la sirena o el trit?n, o ?fen?menos inveros?miles? como la mujer que pare a un perro. Al otorgar a todos estos fen?menos el mismo estatuto de veracidad, Par? choca frontalmente con sus colegas de profesi?n, que le recriminan ese deje supersticioso y tratan de expulsarlo de la carrera profesional (Solano, 2002). Y es que Par? es hijo de un periodo bisagra (su tratado sobre monstruos se publica en 1573) en el que el conocimiento experto todav?a no ha logrado desvincularse completamente de lo religioso, lo esot?rico y lo legendario, aunque cada vez son m?s los que advierten de los peligros de este v?nculo anacr?nico. Ya en pleno auge positivista, Fran?ois Malgagne (m?dico e historiador de la medicina del siglo XIX) decide eliminar estas figuras sobrenaturales al encargarse de la edici?n de las obras completas de Par?, argumentando que as? aumentar? el inter?s del lector por su obra. 81 Esta aura sobrenatural que rodea al monstruo implica que, al tratar de esclarecer las causas que lo generan, se crea que su existencia obedece a algo m?s que a una negligencia humana. A menudo se ofrece una explicaci?n naturalista que contiene una fuerte carga moralizante, con el fin de sancionar las sexualidades que escapan de la norma: la b?squeda incesante de los deleites carnales y el coito desenfrenado hacen que el esperma pierda cualidades, por lo que aumentan las posibilidades de engendrar a una criatura d?bil e imperfecta; la adopci?n de posturas an?malas durante el coito provoca que el semen se aloje en la cavidad equivocada de la matriz; del bestialismo surgen horrendas criaturas de naturaleza h?brida. Es esta laxitud moral la que puede desencadenar la ira divina o dar p?bulo a las fuerzas diab?licas, sin descartar tampoco el influjo del macrocosmos. En El ente dilucidado (1978 [1676]), un fraile capuchino del siglo XVII llamado Antonio de Fuentelape?a nos aclara las m?ltiples causas de la generaci?n de seres monstruosos: el defecto, sobra, confusi?n, corrupci?n o cualidades del semen; descomposici?n del ?tero o angustia de la matriz; deformidad del principio; c?pula ileg?tima de diversas especies; la c?pula en tiempo de Monstruo o fuera del modo ordinario; demasiada lujuria; la imaginaci?n de los padres; y tal vez la fuerza de los Astros (Fuentelape?a, 1978 [1676]: 167). 3.1.1. Fen?menos de la labilidad sexual: el hermafrodita y la transmutaci?n de sexo Para V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), hasta los siglos XVII y XVIII el ser que aglutina los dos sexos es visto como una posibilidad inscrita en el orden de la naturaleza. Tanto la medicina medieval como la renacentista admiten la existencia de los dos sexos en un solo cuerpo, mientras que el saber popular dota a estos seres de ciertos poderes sobrenaturales. Y es que no es extra?o que el hermafrodita se presente a trav?s de una experiencia m?gica y divinizada, representando la unificaci?n del dualismo masculino/ femenino. Si el hermafrodita ocupa un lugar destacado en la mitolog?a cl?sica (recordemos la f?bula de Salmacis y Hermafrodita), dentro del Cristianismo tambi?n encontramos rastros de una androginia m?tica. En el siglo XII se difunde una herej?a, perseguida por Inocencio III, que sostiene que Ad?n, antes de que Dios le extraiga una costilla para crear a Eva, era un var?n con potencial bisexual. Antes de la Modernidad, el hermafrodita no es tanto un problema m?dico como jur?dico. Los derechos civil y can?nico exigen optar por un sexo determinado antes de asumir obligaciones y derechos sociales como el bautismo, el matrimonio, las sucesiones 82 hereditarias o la testificaci?n en un tribunal34. Como recuerda Foucault (1980), en el momento del bautismo la elecci?n del sexo recae sobre el padre o tutor. Al llegar a la edad adulta, es el propio afectado quien decide su sexo ?jur?dico?, que tendr? que mantener hasta el final de sus d?as: el hermafrodita ?no puede casarse sin que primero elija sexo, y haga juramento ante el Obispo, o Juez Eclesi?stico, de que no usar? el otro? (Fuentelape?a, 1978 [1676]: 183). Otra vez m?s, estamos ante la supremac?a del g?nero sobre el sexo caracter?stica del ?modelo de sexo ?nico? del que nos habla Laqueur (1994). Ante un hermafrodita, la cuesti?n no es determinar su verdadero sexo biol?gico apoy?ndose en un saber positivo, sino impedir que el sujeto vaya modificando el g?nero en funci?n a sus intereses. De lo que se trata es de mantener las fronteras de g?nero y evitar transgresiones legales y morales: A (los hermafroditas) las leyes antiguas y modernas les han hecho y les hacen a?n escoger cual de los dos (sexos) quieren usar, de servirse tan solo de aquel que han elegido so pena de perder la vida, por los inconvenientes que pudieran causar. Y es que algunos han abusado de tal suerte, usando lujuriosamente uno y otro sexo, tanto el de hombre como el de mujer, pues tienen una naturaleza de hombre y de mujer, incluso, como describe Arist?teles, su pez?n derecho como el de un hombre y el izquierdo como el de una mujer (Par?, 1971 [1573]: 24-25). En cuanto a las causas que explican el nacimiento de hermafroditas, una de las tesis m?s recurrentes pivota en torno a la teor?a de la generaci?n de ascendencia gal?nica. Presuponiendo que tanto el hombre como la mujer segregan esperma, la generaci?n es entonces concebida como una especie de batalla campal en la que la prevalencia de uno de los dos espermas determinar? el sexo del futuro ser. En caso de que las fuerzas masculinas y femeninas muestren el mismo vigor y ninguna de ellas logre imponerse, se producir? una sobreabundancia de esperma que dar? lugar a la fecundaci?n del hermafrodita. Por supuesto, este tipo de explicaciones fisiol?gicas coexisten y se complementan, al igual que sucede con el monstruo, con otras de ?ndole ultramundana. As?, el hermafrodita es a veces entendido como la diab?lica criatura forjada por las fuerzas sat?nicas que se desencadenan al cometerse un acto contra natura. Seg?n una hip?tesis astrol?gica que perdura hasta el siglo XVIII, los hermafroditas ser?an concebidos bajo la conjunci?n de dos planetas: Venus y Mercurio. 34 Algunas de las implicaciones legales de esta elecci?n quedan perfectamente reflejadas en las Partidas alfonsinas: ?Hermaphroditus en latin, tanto quiere decir en romance, como aqu?l que ha natura de var?n, e de mujer. E este atal, dezimos, que si tira m?s a natura de mujer, que de var?n, non puede ser testigo en testamento, nin en todas las otras mandas que ome fiziesse. Mas si se acostare m?s a natura de var?n, estonce bien puede ser testigo en testamento, e en todas las otras mandas que home fiziesse? (en V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997: 187-188). 83 A parte del hermafroditismo, otro de los fen?menos aceptados por expertos y profanos es el de la transmutaci?n o metamorfosis sexual, esto es, cuando un ser humano, en alg?n momento de su vida, experimenta una s?bita mutaci?n de sexo. El mismo Ambroise Par? narra la historia de Marie, tenida por mujer hasta los 15 a?os. A esa edad, hall?ndose en el campo persiguiendo a su reba?o, Marie salta un foso y, al caer, se le aparecen ?los genitales y la verga viril, habi?ndose roto los ligamentos por los cuales hab?an estado antes cerrados y aprisionados? (Ib?dem.: 30). Tras el examen de m?dicos y cirujanos, el obispo le concede el nombre de Germain y se le viste acorde a su nueva identidad masculina. La explicaci?n dada a este sorprendente fen?meno encaja a la perfecci?n con la teor?a de la simetr?a inversa de ?rganos: si la mujer tiene sus genitales en el interior de su cuerpo por no producir el suficiente calor, parece l?gico que un aumento de la temperatura corporal impulse los genitales hacia el exterior del cuerpo: La raz?n por la cual las mujeres pueden convertirse en hombres es que las mujeres tienen lo mismo escondido en su cuerpo que los hombres muestran fuera, y sucede solamente que ellas no tienen tanto calor ni fuerza para expulsar hacia el exterior lo que por la frialdad de su temperatura se queda en el interior. Pero si, con el tiempo, la humedad de la infancia que impide al calor realizar su deber se debilita, y el calor se vuelve m?s robusto, agrio y activo, no resulta incre?ble que ?ste, ayudado por un movimiento violento, pueda empujar hacia el exterior lo que estaba escondido dentro (Ib?dem.: 30). Si bien la mutaci?n de mujer a hombre es mayoritariamente aceptada, no sucede lo mismo con el caso contrario. Se considera que la Naturaleza tiende siempre hacia la perfecci?n, por lo que no se puede concebir que un hombre experimente un retroceso en la escala jerarquizada de los seres convirti?ndose en mujer. Sin embargo, esta opini?n no es un?nime. Algunos, como Antonio de Fuentelape?a, si bien admiten que el movimiento hacia lo m?s perfecto es la din?mica m?s com?n en la naturaleza, aplican tambi?n una l?gica inversa: si por el incremento de calor el sexo femenino se torna viril, una falta de calor en el hombre debe provocar la transmutaci?n contraria. Con todo, el mismo fraile admite que los casos documentados de mutaciones de hombre a mujer son muy escasos. Seg?n la ciencia biom?dica actual, para la cual el hombre y la mujer ya no forman parte de un cont?nuo jerarquizado, entender este fen?meno como una mutaci?n repentina de sexo es el resultado de dejarse llevar por las apariencias y las falsas creencias. De este modo, la Marie de la que nos habla Par? nunca fue mujer, sino un var?n desde el principio. En opini?n de Salamanca (2007), un descenso repentino de los test?culos criptorqu?dicos (situados en el abdomen o en el canal inguinal) debido a una fuerte contracci?n de los m?sculos abdominales podr?a explicar su aparente transformaci?n en hombre. En otros casos, el supuesto pene salido al exterior por un aumento de calor corporal ser?a un mero 84 prolapso uterino, a saber, un descenso del ?tero a trav?s de la vulva. Por su parte, la mujer barbuda y el hombre con pechos ya no son seres intermedios que denotan la existencia de ese continuum jerarquizado que vincula al hombre con la mujer, sino sujetos afectados por alteraciones hormonales tratables: el hirsutismo y la ginecomastia. Con la Modernidad, el monstruo ser? plenamente naturalizado. 3.2. La usurpaci?n de g?nero. Pr?cticas travestistas antes de la vor?gine patologizadora En el ?ltimo tercio del siglo XIX, el uso de una vestimenta socialmente asociada con el otro g?nero es un fen?meno que forma una de las ramas del naciente y cada vez m?s espeso ?rbol taxon?mico de las perversiones sexuales. No es hasta 1918 que el sex?logo alem?n Magnus Hirschfeld acu?a el t?rmino ?travestismo? para referirse a aquellas personas que utilizan ropas caracter?sticas del g?nero contrario35. Al igual que suceder? con otras pr?cticas no normativas, la categor?a ?travestismo? no se referir? tanto a una pr?ctica puntual como a un tipo de sujeto patol?gico ?el ?travestido??, cuya personalidad e historia ser?n fiscalizadas por los expertos con el fin de corroborar su patolog?a. Antes de la psiquiatrizaci?n de esta pr?ctica no fueron pocas las personas que, desde la Edad Media, adoptaron de forma temporal o permanente la apariencia del g?nero opuesto. Como veremos, los motivos e intereses que les llevaron a infringir los c?digos est?ticos fueron m?ltiples. Y mientras que la reacci?n mayoritaria del entorno social al descubrirse el enga?o fue de condena formal e informal, tampoco escasearon las reacciones de tolerancia y hasta de admiraci?n. Si bien en el rastreo de estas historias singulares nos podemos sentir tentados a utilizar nuestros t?rminos clasificatorios, tratando as? de discernir si un hombre del siglo XVIII con tendencia a vestir ropas y abalorios femeninos era un verdadero ?fetichista travestista? o bien una ?mujer transexual? nacida prematuramente para poder beneficiarse de las cirug?as de reasignaci?n de sexo, no debemos olvidar que estas vidas transcurrieron en otro mundo, fueron hijas de otra episteme en la que la sexualidad no se hab?a establecido como mecanismo fundamental e identificativo de la persona. Por consiguiente, el uso de las categor?as que conforman nuestro universo sexo-l?gico para entender otras realidades denota algo m?s que un error epistemol?gico: es una muestra de que nuestra racionalidad puede imponerse soberbia y violentamente hacia un Otro pret?rito o cultural. 35 Antes de la aportaci?n te?rica de Hirschfeld, el deseo er?tico-sexual hacia personas del mismo g?nero y el uso de una vestimenta t?pica del g?nero contrario se confund?an en una ?nica categor?a. Uno de los mayores esfuerzos de Hirschfeld consistir? en delimitar el travestismo de la homosexualidad. 85 Uno de los principales estudios sobre casos de mujeres que vistieron como hombres es el de Dekker y Van de Pol (2006). Tras un t?tulo sugerente, La doncella quiso ser marinero, los autores analizan este fen?meno en los Pa?ses Bajos entre los siglos XVI y XIX, aunque afirman que ?sta fue una tradici?n muy arraigada en todo el noroeste de Europa ?especialmente en los siglos XVII y XVIII?, del que existen varias referencias en el cancionero popular, los grabados, la ?pera y las novelas. En las sociedades de la ?poca exist?an espacios y situaciones en los que estaba socialmente aceptado que las mujeres se travistieran, como los carnavales, las representaciones teatrales o los viajes (por razones de seguridad, se recomendaba a las mujeres que iban a viajar solas que adoptaran una apariencia masculina). Sin embargo, tambi?n hubo mujeres que, desafiando las normas religiosas y civiles, adoptaron el g?nero masculino de forma temporal o permanente. La mayor?a de ellas se travisti? para ejercer de marineros o soldados, las ?nicas formas de sortear la pobreza y el hambre que ten?an los hombres de origen humilde (la principal v?a de escape para las mujeres era el trabajo sexual). Otras, con el fin de legitimar socialmente su atracci?n hacia las mujeres en unas sociedades en las que no exist?an espacios de visibilidad para el homoerotismo femenino, adoptaban el g?nero masculino, pudiendo as? mantener relaciones con otras mujeres36. Finalmente, encontramos pr?cticas travestistas vinculadas a la religiosidad y a la voluntad de conservar la virginidad: en la hagiograf?a medieval figuran santas que escapaban de un matrimonio forzoso disfraz?ndose de hombres, mientras que la voluntad de Juana de Arco de vestir atuendos masculinos se deb?a a su empe?o por mantener a toda costa su virginidad. En nuestras tierras, el caso m?s c?lebre es el de Catalina de Erauso, m?s conocida como la Monja Alf?rez, cuya vida transcurre mayoritariamente durante el siglo XVII. Siendo una joven novicia, Catalina escapa del convento donde estaba internada y se viste de hombre para buscar aventuras en el Nuevo Mundo, donde se alista como soldado y participa en varias batallas coloniales, llegando a alcanzar el grado de alf?rez. Una vez descubierta su feminidad originaria, recibe del rey Felipe IV una pensi?n militar por su hero?smo y del papa Urbano VIII un permiso para vestir como hombre el resto de su vida. En un relato autobiogr?fico (aparecido alrededor de 1630 y del que se duda si fue escrito por ella misma o bien se trata de un ap?crifo) son constantes las referencias que legitiman la obtenci?n de la masculinidad social por parte de Catalina, enfatiz?ndose para ello su 36 Seg?n Dekker y Van de Pol (2006), antes del siglo XIX existen pocos casos documentados sobre relaciones l?sbicas, y en la mayor?a de ellos una de las dos mujeres de la pareja se travest?a de hombre, respetando de este modo el esquema heterosexual. La hip?tesis de los autores es que, ante la ausencia de un papel social para las lesbianas, aquellas mujeres que se sent?an atra?das por otra mujer dudaban de su g?nero y decid?an adoptar el g?nero masculino. Por ello concluyen que el travestismo femenino podr?a ser visto como una etapa en la historia de la homosexualidad femenina. 86 car?cter gallardo y arrojado. Baste un ejemplo. En N?poles, paseando por el muelle, el alf?rez se cerciora de las risotadas de dos damiselas que charlan con dos mozos. Al mirarlas, una de las mujeres le pregunta maliciosamente: ?Se?ora Catalina, ?ad?nde se camina??; a lo que nuestro protagonista asegura haber respondido: ?Se?oras putas, a darles ustedes cien pescozones y cien cuchilladas a quien las quiera defender? (de Erauso, 1988: 85). A pesar de ejemplos como el que acabamos de narrar, en los que el fervor patri?tico hac?a que se juzgase con indulgencia y hasta elogiosamente la transgresi?n de g?nero de estas mujeres, lo cierto es que existieron muchas otras que no corrieron la misma suerte y fueron sancionadas por invadir el espacio social reservado a los hombres. En opini?n de Santamar?a (2000), estamos ante la evocaci?n de la monstruosidad femenina: mujeres que traspasan las fronteras de g?nero y son por ello presentadas como peligrosas para el orden androc?ntrico. Ante el rechazo de la pasividad sexual y de la subordinaci?n al deseo masculino, aparece la ?mujer sobremujerizada?, aquella que emplea sus armas seductoras y dem?s artificios femeninos para aprovecharse de los hombres. Ante la reivindicaci?n de una existencia aut?noma y desvinculada de las esferas subalternas de la feminidad, emerge la ?mujer desmujerizada?, cuya sanci?n es debida al abandono de sus obligaciones femeninas y a la resistencia al control masculino. En cuanto a hombres que se hicieron pasar por mujer, Dekker y Van de Pol (2006) apuntan que antes de 1800 apenas se encuentran casos documentados. En opini?n de los autores, ello es debido posiblemente a que el travestismo masculino todav?a suscitaba m?s reprobaci?n que el femenino, pues si bien la mujer trataba de progresar socialmente con esta artima?a, el hombre que decid?a representar el g?nero femenino se estaba degradando. Sin embargo, existen algunas excepciones ?casi siempre entre los estratos superiores de la sociedad? que conviene mencionar. La primera de ellas es la de Charles de Beaumont, m?s conocido como el Caballero de ?on, un esp?a, diplom?tico y militar al servicio de Luis XV. A parte de recibir la Cruz de San Lu?s por sus logros en el frente de batalla, Beaumont tambi?n se gan? el favor real por varias misiones de espionaje realizadas bajo una apariencia femenina. Tras prestar sus servicios al reino pas? el resto de sus d?as entre la aristocracia londinense viviendo como mujer37. Otro de los casos sorprendentes lo constituye la vida de Fran?ois-Timol?on de Choisy, un abad y hombre de letras que vivi? buena parte de su vida como mujer. Siendo el menor de cuatro hijos varones, ya desde peque?o su madre le viste de ni?a para frecuentar los c?rculos de la reina Ana de Austria, e incluso le aplican lociones para impedir 37 Como veremos m?s adelante, el sex?logo Havelock Ellis se inspirar? en este personaje para crear la categor?a ?eonismo?, utilizada para definir el sentimiento de pertenencia al g?nero contrario y la adopci?n de los roles correspondientes. 87 el crecimiento del vello facial. Tras cursar estudios de filosof?a y teolog?a y obtener el t?tulo de abad, vive como mujer durante alg?n tiempo entre las capas m?s nobles de la sociedad, siendo admirada por su refinamiento y elegancia y llegando a mantener relaciones con varias damas. De sus memorias (1884) se desprende una personalidad marcadamente narcisista, coqueta y juguetona, que gusta de desafiar las normas de g?nero. En este sentido, resulta revelador que, viviendo ?l como mujer, vista de var?n a una de sus amantes para experimentar el entrecruzamiento de roles en la esfera p?blica, provocando con ello el esc?ndalo y la desaprobaci?n de algunos. Si bien otras personas, una vez descubiertas, justifican el recurso al travestismo por una firme convicci?n de pertenecer al g?nero que estaban representando38, de Choisy explica que su conducta es debida a una cuesti?n de gusto est?tico, a la pretensi?n y al placer de acercarse a un ideal de belleza que ?l asocia exclusivamente a la feminidad: Cuando los hombres tienen o creen tener algunos rasgos de belleza por los que pueden ser amados, tratan de resaltarlos con adornos t?picos de mujeres, que son m?s favorecedores. Ellos sienten entonces el placer de ser amados. He sentido esto que digo en m?s de una ocasi?n como una dulce experiencia, y cuando en los bailes o en el teatro, llevando bonitos vestidos, diamantes y lunares postizos, he escuchado susurrar cerca de m?: ??He aqu? una bella persona!?, he experimentado un placer tan grande que no tiene comparaci?n alguna (de Choisy, 1884: 7). 3.3. La confesi?n: tecnolog?a constituyente del Sujeto Convencido de que el Sujeto moderno es una realidad hist?rica y cultural, Foucault destina buena parte de sus esfuerzos intelectuales en establecer su g?nesis. Para ello, cree necesario analizar las tecnolog?as de dominaci?n establecidas en la ?poca moderna, ese entramado de relaciones complejas y multiformes entre unos determinados saberes y unos mecanismos de poder mediante el cual los seres humanos se gobiernan los unos a los otros. A?os m?s tarde, y en plena tarea de interrogaci?n sobre el modo en que el ser humano se reconoce en tanto que poseedor de una sexualidad, Foucault se convence de que las tecnolog?as disciplinarias, por s? solas, no explican la totalidad de las formas de gobierno existentes en nuestras sociedades. Es por ello que decide emprender el an?lisis de los mecanismos por los que el sujeto es inducido a observarse y a analizarse, convirti?ndose as? en objeto de conocimiento para s? mismo. El pensador franc?s denomina a estos mecanismos para el 38 Es el caso de Maria van Antwerpen (siglo XVIII), que tras haber cortejado como var?n a varias mujeres y ser descubierta, afirma ante el tribunal: ?La madre naturaleza me ha tratado con gran dureza contra mis inclinaciones y pasiones? (en Dekker y Van de Pol, 2006: 88). 88 conocimiento y gobierno de uno mismo ?tecnolog?as del yo? o ?t?cnicas de uno mismo? (techniques de soi) 39. Dichas tecnolog?as: permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto n?mero de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo as? una transformaci?n de s? mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabidur?a o inmortalidad? (Foucault, 1988: 48). Una de las tecnolog?as del yo determinantes en la producci?n del Sujeto es la confesi?n. Mediante este procedimiento discursivo, las personas son incitadas a descubrir la verdad acerca de s? mismas, a conocer lo que est? pasando dentro de ellas, localizar sus faltas, descifrar deseos, para luego verbalizarlo todo ante una figura de autoridad. Seg?n Jeremy Tambling (1990), las pr?cticas de confesi?n ayudan a crear una individualidad marcada por una interioridad profunda y plagada de sentimientos, forman sujetos que sienten la necesidad de narrar y poner al descubierto los secretos m?s rec?nditos de sus vidas. Y en esta b?squeda de la verdad acerca de uno mismo, la sexualidad desarrolla un papel fundamental. Con el Cristianismo, el sexo se sit?a en la base de la producci?n de la verdad: en especial a partir del Concilio de Trento, tendr?n que confesarse las pr?cticas sexuales llevadas a cabo, pero tambi?n, y sobre todo, los vaivenes del deseo. Ser? esta misma pr?ctica confesional ?una vez apropiada y readaptada por las ciencias m?dicas y humanas? la que se erigir? en uno de los grandes mecanismos de la moderna ?sciencia sexualis?. Para Foucault (1978), la principal aportaci?n del Cristianismo a la historia de la moral no son las prohibiciones sexuales (que, como hemos visto, ya est?n presentes en el ascetismo pagano), sino el establecimiento de un mecanismo para el conocimiento de uno mismo ?la confesi?n? que ha generado una subjetividad atenta a las debilidades y tentaciones de la carne. En La voluntad de saber (2003) y en la sesi?n impartida el 12 de febrero de 1975 en el Coll?ge de France40, Foucault sostiene que la evoluci?n de la pastoral cat?lica y del sacramento de la penitencia producida tras el Concilio de Trento es un hito fundamental no solo para la t?cnica de la confesi?n, sino tambi?n para la constituci?n de una subjetividad moderna que tiene en la sexualidad a uno de sus principales puntos de anclaje. La penitencia confesional post-tridentina abandona la minuciosidad de las preguntas formuladas en los manuales de confesi?n de la Edad Media, que obligaban al penitente a trazar un recorrido detallado del acto sexual (posturas, gestos, caricias, 39 El concepto de ?gobernabilidad? foucaultiano resulta de la interacci?n entre las tecnolog?as de dominaci?n de los dem?s y las tecnolog?as aplicadas a uno mismo (Foucault, 1981b y 1988). 40 Dicha sesi?n ha sido publicada junto con las otras clases del curso 1974-1975 bajo el t?tulo de Los anormales (2001). 89 momento exacto del placer). En adelante, lo que se tendr? que confesar ya no ser? tanto los actos cometidos, sino m?s bien los ?pensamientos, deseos, imaginaciones voluptuosas, delectaciones, movimientos conjuntos del alma y del cuerpo? (Foucault, 2003 [1976]: 27). Estamos en el c?nit del sujeto deseante, del que tiempo m?s tarde se ocupar? el psicoan?lisis. En opini?n de Didier Eribon (2004 [1989]), la voluntad de identificar los antecedentes hist?ricos de esta pr?ctica confesional con la que el sujeto elabora un discurso verdadero sobre su sexualidad, obliga a Foucault a modificar su plan inicial para una historia de la sexualidad y a retroceder en el tiempo m?s all? de lo que ten?a previsto inicialmente. De este modo, emprende el an?lisis de las tecnolog?as del yo predominantes en la Grecia Cl?sica y en la cultura grecorromana de los siglos I y II, en las que el principio ?tico del ?con?cete a ti mismo? est? subordinado a la necesidad del ?oc?pate de ti mismo?. Lamentablemente, este recorrido hist?rico se ve truncado por su muerte, por lo que el cuarto volumen de la Historia de la sexualidad ?que ten?a por t?tulo Les aveux de la chair?, en el cual iba a abordar las tecnolog?as del yo caracter?sticas del Cristianismo primitivo, nunca saldr? a la luz. Con todo, en Las tecnolog?as del yo (1988) y en la mencionada clase de 1975, Foucault examina brevemente dos de las formas con las que los primeros cristianos propician la b?squeda de la verdad acerca de uno mismo, y cuyo tratamiento resulta fundamental para entender el largo recorrido que culmina con la confesi?n postridentina. Por un lado, la hexomolougesis, aparecida alrededor del siglo II de nuestra era. En esta t?cnica, el pecador revela las faltas cometidas ante el obispo para que le sea otorgado el estatuto de penitente. Tras obtener dicho estatuto, el penitente exhibe p?blicamente su condici?n recurriendo a una vestimenta andrajosa, usando el cicilio y someti?ndose a cierto n?mero de prohibiciones (abstinencia sexual, ayuno, celibato). Para Foucault, esta t?cnica no es exactamente una confesi?n, sino m?s bien una dramatizaci?n p?blica del estatuto de penitente. Por otra parte, en el siglo IV aparece una t?cnica mon?stica inspirada en las t?cnicas estoicas para el examen de uno mismo, la exagouresis, que tendr? una influencia mucho mayor que la hexomolougesis sobre las tecnolog?as confesionales modernas porque pone el acento, no en la exhibici?n del cuerpo corrupto, sino en los movimientos del alma del penitente. Y es que con esta t?cnica, el monje realiza un an?lisis profundo y una continua verbalizaci?n de sus pensamientos ante el maestro espiritual. En ambos casos ya se puede detectar la estrecha relaci?n que el Cristianismo establecer? entre la revelaci?n del yo y la renuncia a uno mismo: si en la hexomolougesis el penitente renuncia al yo mediante una revelaci?n teatralizada de su condici?n de pecador, en la exagouresis dicha renuncia se efect?a mediante la obediencia al maestro y la revelaci?n verbal de los pensamientos. 90 Si para Foucault el momento crucial en la historia de la pr?ctica confesional se produce en tiempos de la pastoral tridentina y la Contrarreforma, con el paso de una confesi?n centrada en los actos cometidos a otra en la que los deseos del penitente ocupan un lugar preferente, para Jeremy Tambling (1990) la mutaci?n fundamental tiene lugar en el siglo XIII, con la celebraci?n del IV Concilio de Letr?n (1215 - 1216). Seg?n este autor, los cambios introducidos durante el Concilio vendr?an a ser la culminaci?n de un proceso iniciado en el siglo IX, consistente en una progresiva privatizaci?n de la penitencia. As?, se pasar?a de las t?cnicas vinculadas con la hexomolougesis, en las que la exposici?n p?blica del cuerpo mortificado del penitente delata su condici?n de pecador, a la pr?ctica regular de la confesi?n auricular, con la que se enfatiza la interioridad del pecado y la contrici?n. Seg?n Tambling, con el establecimiento de la confesi?n anual obligatoria y el abandono de las ordal?as ?ambos hechos acaecidos en 1215?, el cuerpo deja de ser el lugar donde se prueba la culpabilidad o inocencia del creyente. En adelante, la verdad se localizar? en el interior de cada uno y deber? ser revelada verbalmente. En un sentido similar a Tambling se expresa Jacques Le Goff (1964), aunque para el medievalista franc?s la evoluci?n decisiva se produce en el siglo XII. Le Goff caracteriza la Alta Edad Media como un ?mundo extravertido? dominado por los trabajos con fines materiales. En este periodo, las gentes son juzgadas por sus actos, no por sus sentimientos. De ah? que la Iglesia trate de encauzar las almas sancionando los actos corporales: los Penitenciales tratan antes al pecado que al sujeto pecador. Esto es as? hasta el siglo XII, momento en que se produce una interiorizaci?n, o subjetivaci?n, de la vida espiritual, una mutaci?n ?ntimamente relacionada con la evoluci?n de la confesi?n: En adelante, se considera menos al pecado que al pecador, la falta que la intenci?n, se busca menos la penitencia que la contrici?n. Subjetivaci?n, interiorizaci?n de la vida espiritual que est? en el origen de la introspecci?n y, por ello, de toda la filosof?a moderna en Occidente (Le Goff, 1964: 170-171). Bas?ndose en buena parte en el trabajo de Foucault, V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997) establecen una tipolog?a de las pr?cticas confesionales con el fin de rastrear la genealog?a de este Sujeto saturado de sexualidad. Para estos autores, la pr?ctica de la confesi?n surgida del Concilio de Trento debe en buena medida su estructura, significaci?n y funcionamiento a la t?cnica de la exagouresis del siglo IV y a la penitencia sacramental salida del IV Concilio de Letr?n. De la exagouresis, la confesi?n postridentina hereda la noci?n del cuerpo, el cual es visto como fuente de representaciones viciadas y no tanto como motor de actos prohibidos: ?El mal no reside exactamente en los movimientos culpables del cuerpo, sino en la articulaci?n de ?stos con determinados estados del alma: 91 percepciones, sensaciones, im?genes, consentimientos, recuerdos, sue?os (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997: 80-81). Dado que el pecado a menudo permanece oculto en lo m?s profundo de cada uno y dada su tendencia a manifestarse de forma enga?osa, la tarea del director espiritual consiste en sacarlo a la luz y contribuir a la elaboraci?n de un relato verdadero. Por otra parte, con el IV Concilio Lateranense la penitencia confesional adquiere la personalidad can?nica y teol?gica que persiste hasta hoy. Se dar? a la confesi?n el estatuto de sacramento, siendo en adelante la representaci?n simb?lica de una relaci?n establecida entre el pecador que confiesa y se arrepiente y un Dios misericordioso que perdona. En medio de la relaci?n, la figura del sacerdote, cuya funci?n consiste en aplicar el perd?n divino con la absoluci?n. Con esta evoluci?n, la verbalizaci?n de las faltas ser? la parte m?s importante de la tecnolog?a penitencial, pasando a un segundo plano la satisfacci?n de los pecados. El sacramento de la confesi?n que se va configurando a partir del siglo XVI es un acto de fe cada vez m?s individualizado, interior, que se va aproximando a la forma de la confidencia. El Concilio de Trento inviste al confesor de una imagen bondadosa, confortante, dispuesta a ayudar y a transmitir tranquilidad a un alma perturbada. El sacerdote ha de escuchar con atenci?n la confesi?n, sin interrumpir ni reprender hasta que el fiel haya finalizado. Pero el confesor tiene asimismo la obligaci?n de someter al penitente a una interrogaci?n profunda, tiene que incitarlo a escrutar en lo m?s profundo de su conciencia para que pueda elaborar un relato minucioso de sus pecados, sin olvidar en ning?n momento los embates de la carne (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997 y Gonz?lez Marmolejo, 2002). El sacerdote postridentino se convierte en una figura esencial para el gobierno de las almas. Si durante la Edad Media se esperaba de ?l que escuchara los pecados y decidiera una penitencia, en adelante sus responsabilidades ser?n mayores: A esos simples requisitos se suma toda una serie de condiciones complementarias que van a calificar al sacerdote como persona que interviene en cuanto tal, no tanto en el sacramento como en la operaci?n general de examen, an?lisis, correcci?n y gu?a del penitente (?) No se tratar? simplemente de dar la absoluci?n; ante todo, tendr? que favorecer y suscitar las buenas disposiciones del penitente (Foucault, 2001: 167) 41. 41 Foucault (2001) admite que esta evoluci?n del dispositivo de la confesi?n no es representativo de lo que fue realmente esta pr?ctica en las sociedades cat?licas de la ?poca. Para la gran mayor?a de la poblaci?n, la confesi?n era un ritual que sol?a realizarse una vez al a?o en iglesias masificadas, por lo que poco ten?a que ver con la minuciosidad y la complejidad de la t?cnica analizada por Foucault. La confesi?n, en tanto que tecnolog?a sutil y exhaustiva de control del cuerpo deseante, se aplica sobre todo entre las capas m?s altas de la sociedad, en especial en los seminarios. A?n siendo una pr?ctica minoritaria, su importancia no es desde?able, puesto que su estructura inspirar? a las instituciones disciplinarias posteriores. 93 CAP?TULO 4 El establecimiento de la racionalidad sexol?gica Se nos dice que, con el establecimiento del orden moderno, los dioses se vieron obligados a bajar de sus altares. Emisarios del m?s all?, brujos, profetas y curanderos fueron colocados en la picota ante la emergencia de la Raz?n moderna, principal arma para desentra?ar, de una vez por todas, los misterios del mundo (raz?n cient?fico-t?cnica), a la vez que condici?n de posibilidad de la libertad, la justicia y el bienestar com?n (raz?n jur?dico- pol?tica). Cerrando las puertas a lo precario y lo incierto, los hijos del Iluminismo, los primeros en reconocerse como integrantes de una ?poca ?que no es una ?poca hist?rica entre otras, sino que es propiamente la ?poca de la historia42, la primera en afirmar el car?cter esencialmente epocal o hist?rico de la existencia humana? (Campillo, 2001a: 45), creyeron poder descifrar las leyes de la naturaleza ?tal cual son?. Con una fe inquebrantable en el conocimiento cient?fico, el hombre ilustrado emprendi? la tarea de comprender las estructuras subyacentes y las constantes antropol?gicas, cuya l?gica hab?a permanecido oculta a lo largo de los siglos. Con todo, autores como Antonio Campillo (2001b), que conciben la religi?n en un sentido amplio durkheimiano, a saber, como el universo simb?lico necesario para que toda sociedad pueda pensarse, legitimarse y trascenderse a s? misma, se resisten a aceptar esa visi?n hegem?nica de la Modernidad como la ?poca en que se produce un ?desencantamiento? del mundo mediante la racionalizaci?n de la existencia y del conocimiento. Frente a la tesis de la secularizaci?n, Campillo sostiene que con el transcurrir del Iluminismo la ?religi?n teol?gica? va perdiendo peso en la esfera p?blica, siendo reorganizada por un nuevo sistema de creencias fundamentado en la idea de progreso: la ?religi?n tecnol?gica?43. La Modernidad se interpreta a s? misma mediante una visi?n teleol?gica de la historia basada en los postulados del positivismo y del evolucionismo, aunando la fe en el valor absoluto 42 Los subrayados son del autor. 43 Campillo no olvida la importancia del cristianismo en la configuraci?n de la sociedad capitalista: ?No hay que olvidar que la expansi?n mundial de los Estados europeos, de la econom?a capitalista y de la correspondiente tecnolog?a militar, m?dica, agraria e industrial estuvo acompa?ada y legitimada en todo momento (?) por la difusi?n de la religi?n judeocristiana? (Campillo, 2001b: 295). Por tanto, y siguiendo los razonamientos del autor, no es que el cristianismo desaparezca completamente de las esferas de poder, sino que va perdiendo peso ante la pujanza de esa nueva ?religi?n tecnol?gica?. 94 del conocimiento cient?fico con la certeza de que ese conocimiento es el motor del progreso ascendente de la humanidad: ?Lo sagrado ya no est? situado en lo alto de los cielos sino en el ?final de la historia?, y el movimiento de perfeccionamiento ya no se dirige hacia el mundo divino del esp?ritu sino hacia el futuro terrenal de la humanidad? (Campillo, 2001b: 302). As? pues, el dualismo entre lo sagrado y lo profano deja de pensarse seg?n la escala espacial ?superior/inferior? para hacerlo en funci?n de la secuencia temporal ?anterior/posterior?. Si en el pasado era el sacerdote el que actuaba de mediador entre lo mundano y lo sagrado, en adelante ser?n los detentadores del conocimiento racional los que impulsar?n a la humanidad, ya no hacia el reino de los cielos, sino hacia su futuro perfeccionamiento y completitud. Sumergidos en este ?metarrelato? (Lyotard, 2000), un sinf?n de especialistas pasar?n a gestionar las relaciones que el individuo mantiene con su propio cuerpo, con el producto de su trabajo y con el resto de la sociedad. 4.1. El ?dispositivo de sexualidad? La episteme moderna posibilita la apertura de un nuevo dominio de experiencia que aglutina comportamientos, palabras, gestos, deseos, frustraciones; un nuevo dominio recubierto por un conjunto de saberes fundamentados en el conocimiento racional: la sexualidad. Establecer su g?nesis hist?rica no es tarea f?cil, ya que tendemos a concebir la sexualidad como una estructura antropol?gica m?s, como si fuera una cualidad inherente del ser humano con unos mecanismos ocultos que hay que comprender: ?Bajo la diversidad de experiencias individuales y consecuencias sociales, subyace un complejo proceso natural que deb?a ser entendido bajo todas sus formas? (Weeks, 1993: 118). Recurriendo a la terminolog?a foucaultiana, dir?amos que es a trav?s de su sexualidad que el ser humano se constituye a la vez como sujeto y objeto de conocimiento. Por un lado, la sexualidad funciona como criterio de inteligibilidad y mecanismo de identificaci?n de las personas, pues es a trav?s de ella que el sujeto se piensa y es pensado por otros. Por el otro lado, y dada su naturaleza esencial y cr?ptica, se la considera como una zona de especial fragilidad, pudiendo ser la causa de m?ltiples patolog?as y disfunciones del individuo. Ello motivar? la instituci?n de la sexualidad como objeto privilegiado de estudio por parte de disciplinas como la medicina, la sexolog?a o la psicolog?a, que tratar?n de desentra?ar las relaciones oscuras y complejas que median entre la verdad y la sexualidad partiendo a menudo del estudio de sus variaciones m?rbidas. Siguiendo con el trabajo de Foucault (2003 [1976]), con la Modernidad se va gestando una nueva forma de ejercer el poder menos brutal pero mucho m?s efectiva y constante que la existente hasta entonces. El poder arbitrario y violento del soberano, 95 concedido por voluntad divina y cuya m?xima expresi?n consist?a en el derecho a decidir la muerte de sus s?bditos, es desplazado paulatinamente por un poder que administra la vida y que tiene como uno de sus principales mecanismos el ?dispositivo de sexualidad?44. Dicha forma de poder, basado no tanto en la ley y el castigo como en la normalizaci?n y el control, se ejerce en gran parte trav?s de dos ejes corp?reos interrelacionados: el cuerpo- individuo y el cuerpo-poblaci?n. De un lado, a partir del siglo XVII va tomando forma una ?anatomopol?tica del cuerpo humano?, un conjunto de tecnolog?as disciplinarias que abordan el ?cuerpo como m?quina?, es decir, tienen como objetivo la educaci?n del cuerpo, el aumento de sus aptitudes, la maximizaci?n de su utilidad y el mantenimiento de su docilidad. Se trata de una ?microf?sica del poder? para ?asegurar presas al nivel mismo de la mec?nica: movimientos, gestos, actitudes, rapidez; todo un poder infinitesimal sobre el cuerpo activo? (Foucault, 1999 [1975]: 140). Esta nueva forma de poder consiste en algo m?s que la mera represi?n y negaci?n, ya que se caracteriza mayormente por su capacidad de producci?n: producci?n de discursos con pretensiones de verdad, construcci?n de nuevas arquitecturas de control, conformaci?n de nuevas subjetividades, aumento de la productividad corporal, etc. Paralelamente, a mediados del siglo XVIII se activa una ?biopol?tica de la poblaci?n? centrada en el ?cuerpo-especie?. No se trata aqu? de actuar sobre el cuerpo individualizado, sino de dispositivos destinados al conocimiento y control de todo el cuerpo social o de grupos sociales espec?ficos. Los nacimientos, las muertes, la vida sexual, las enfermedades o la higiene son considerados fen?menos sociales ?y, por tanto, de inter?s p?blico? por unos saberes emergentes que sirven de fundamento para la puesta en marcha de todo tipo de intervenciones y controles reguladores sobre las poblaciones. Pretextando razones filantr?picas, como el control de los nacimientos para garantizar los medios de subsistencia (maltusianismo), el combate contra el hacinamiento y la pobreza para evitar enfermedades (higienismo) o la selecci?n artificial para la mejora de la raza (eugenismo), las nuevas tecnolog?as de gesti?n se infiltrar?n en todos los rincones de la vida social. Este ?biopoder? centrado en el cuerpo individual y el poblacional tendr? en la confesi?n a su ?tecnolog?a del yo? por excelencia45. A partir del siglo XVIII esta t?cnica 44 Foucault (1977: 299) concibe el concepto ?dispositivo? como un ?conjunto heterog?neo que incluye discursos, instituciones, planificaciones arquitecturales, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados cient?ficos, proposiciones filos?ficas, morales, filantr?picas?. 45 Seg?n Foucault este ?biopoder? fue determinante para asegurar el buen desarrollo del capitalismo, el cual no hubiera podido consolidarse sin la inserci?n controlada de los cuerpos en el aparato de producci?n y sin un control de las poblaciones de acuerdo a las necesidades del sistema econ?mico: ?Si el desarrollo de los grandes aparatos de Estado, como instituciones de poder, aseguraron el mantenimiento de las relaciones de producci?n, los rudimentos an?tomo y biopol?tica, inventados en el s.XVIII como t?cnicas de poder presentes en todos los niveles del cuerpo social y utilizadas por instituciones muy diversas (?) actuaron en el terreno de los procesos econ?micos, de su desarrollo, de las fuerzas involucradas en ellos y que los 96 cristiana de producci?n de la verdad ser? reformulada por el conocimiento cient?fico para aplicarse a todo tipo de relaciones sociales: entre padres e hijos, alumnos y maestros, enfermos y psiquiatras o delincuentes y jueces. Si en el confesionario de lo que se trataba era de construir un relato verdadero sobre las tentaciones de la carne, fuera de ?l la confesi?n ser? un mecanismo al servicio del conocimiento racional de la sexualidad. Los nuevos poderes y las instituciones secularizadas requieren, tanto para su correcto funcionamiento como para la consecuci?n de sus objetivos, la multiplicaci?n discursiva sobre todo tipo de cuestiones sexuales, y dicha multiplicaci?n se producir? en buena medida a trav?s de las modalidades de confesi?n existentes: interrogatorios, declaraciones, relatos autobiogr?ficos, confidencias verbales y epistolares, historiales m?dicos, etc. Quiz? no haya mejor ejemplo para observar c?mo la sexualidad act?a como nexo de uni?n entre las disciplinas individuales y las regulaciones colectivas que el de la gesti?n experta de la masturbaci?n que se realiza durante los siglos XVIII y XIX. Tras constituir, seg?n Flandrin (1984), una de las principales insinuaciones de la carne que los confesores del siglo XV deb?an sacar a la luz, en el siglo XVIII la vigilancia de la masturbaci?n pierde su contenido teol?gico-moral para pasar a ser uno de los principales arietes de las formas modernas de gobernabilidad. Aunque no fue la primera de este g?nero, la obra de Auguste Tissot sobre el onanismo, aparecida a mediados del siglo XVIII, contribuye decisivamente a la censura de la masturbaci?n en base a supuestos m?dicos. Tissot (1905 [1758]) define la masturbaci?n como un ?acto de suicidio? y una ?enfermedad mortal?, puesto que conlleva la emisi?n espuria del l?quido seminal, un humor esencial del que dependen todas las fuerzas del cuerpo y de la mente. A hombres y mujeres que se entregan a esta pr?ctica m?rbida46, el m?dico franc?s les vaticina el padecimiento de todo tipo de enfermedades presentes y futuras. Si durante la Edad Media se consideraba el deseo del adolescente como algo irreprimible, a partir del siglo XVII se defiende la necesidad de controlar dicho deseo con el fin de prevenir posibles patolog?as en la adultez: Los j?venes que se han librado a esta deshonra (onanismo) durante su infancia y durante su desarrollo puberal, un periodo cr?tico de la naturaleza durante el cual todas las fuerzas son necesarias (?) estos j?venes no pueden esperar nunca ser vigorosos ni robustos, y deben sentirse satisfechos si pueden disfrutar de una salud mediocre, exenta de grandes males y dolores (Tissot, 1905 [1758]: 163). sostienen; operaron tambi?n como factores de segregaci?n y jerarquizaci?n sociales, incidiendo en las fuerzas respectivas de unos y otros, garantizando relaciones de dominaci?n y efectos de hegemon?a? (Foucault, 2003 [1976]: 170-171). 46 Aunque Tissot considera que el ?humor? de las mujeres es menos precioso y est? menos trabajado que el de los hombres, su emisi?n descontrolada les puede acarrear mayores consecuencias al tener un sistema nervioso m?s d?bil. 97 El asentamiento de esta visi?n catastrofista de la masturbaci?n en el imaginario colectivo motivar? la aplicaci?n de mecanismos disciplinarios para controlar a ni?os y adolescentes: se les someter? a una vigilancia continua en internados y centros educativos, se realizar?n visitas sorpresa y exhaustivos registros en sus dormitorios y se les expondr? al ejercicio violento y a la incomodidad f?sica, sin descartar tampoco m?todos quir?rgicos como la ablaci?n del cl?toris o la infibulaci?n del prepucio. Con la exigencia impuesta a los padres para que ejerzan tambi?n esta mirada omn?moda sobre los impulsos libidinosos de sus hijos, la vigilancia de la ?locura masturbatoria? se convierte en el medio a trav?s del cual la sexualidad y sus t?cnicas disciplinarias se infiltran en la esfera familiar47 (Flandrin, 1984; Moreno Jim?nez, 1990; V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997). A parte de constituir un problema de disciplina e higiene privada, la masturbaci?n ser? tambi?n entendida como un problema de salud p?blica. Se cree que la extensi?n de esta pr?ctica tiene efectos funestos para el conjunto de la poblaci?n, provocando el crecimiento de la mortalidad infantil, el descenso de la natalidad y el aumento de la morbilidad. En la Espa?a de finales del siglo XIX, deprimida por la p?rdida del poder colonial y por verse en los vagones de cola del progreso industrializador, se concibe la decadencia nacional tambi?n en clave biol?gica. Se defiende la necesidad de regenerar el pa?s, concebido ?ste como una entidad org?nica, como un ser vivo del que hay que depurar cualquier din?mica morbosa. Con esta voluntad de regeneraci?n, ?las consecuencias individuales del onanismo se convierten en calamidades colectivas: decadencia de la naci?n, estrago de la raza, degeneraci?n de la especie? (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997: 125). Entre las corrientes de pensamiento m?s preocupadas por el control de la masturbaci?n destaca el Higienismo. Para no pocos pensadores higienistas, que conciben la salud como un fen?meno social que abarca todos los aspectos de la vida personal y colectiva, la erradicaci?n de la masturbaci?n es una prioridad porque provoca un sinf?n de disfunciones org?nicas, a la vez que constituye una de las principales causas de la deriva lujuriosa que corrompe los cimientos de las sociedades. En Elementos de Higiene P?blica, el espa?ol Pedro Felipe Monlau define la masturbaci?n como ?la forma m?s importante y temible de la lujuria? (Monlau, 1847:742), cuyas consecuencias afectan negativamente tanto a los individuos como a las naciones. Monlau reclama una profunda reforma del sistema educativo al ser la masturbaci?n ?un vicio casi end?mico en los colegios, en toda 47 Seg?n V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), a finales siglo XIX las t?cnicas disciplinarias de car?cter correccional ceden su primac?a a un conjunto de estrategias reguladoras de vocaci?n pedag?gica. La familia y la escuela se convierten en agencias de una educaci?n sexual asentada sobre bases cient?ficas. Con la pedagogizaci?n del sexo infantil, se asienta una nueva forma de poder basada en la palabra y no tanto en la mirada. 98 reuni?n de j?venes? (Ib?dem.:742). Para combatir este ?vicio hip?crita? entre los j?venes, recomienda el ejercicio f?sico intenso y regular, porque ?cuando en ellos despunta el sentido gen?sico (?) solo la actividad muscular puede amortecer la susceptibilidad org?nica? (Ib?dem.:743). La aplicaci?n de polvos de alcanfor en las ingles o en la regi?n genital del joven puede ser tambi?n un remedio eficaz. De las razonas esgrimidas por Monlau en Elementos de Higiene Privada (1857) para desaconsejar vivamente el recurso a la masturbaci?n, se desprende una concepci?n del acto sexual heredera del mundo grecolatino. Al igual que sus antepasados, el higienista espa?ol destaca las poderosas fuerzas desencadenadas durante el coito, recurriendo a una analog?a de Dem?crito que comparaba el orgasmo con ?una peque?a epilepsia?: ?Durante la satisfacci?n de esta necesidad el sistema nervioso entra en una actividad asombrosa: el placer que la acompa?a es imponderable, viv?simo, infinitamente m?s intenso que el que se experimenta cuando se satisfacen las otras necesidades? (Monlau, 1857: 351). Dada su potencia desestabilizadora, Monlau sostiene que la ?necesidad de reproducci?n no debe satisfacerse sino cuando el individuo se siente llamado a ello naturalmente? (Ib?dem.: 351), por lo que desde?a cualquier forma de excitaci?n ?artificial?, como las caricias, las lecturas lascivas o la asistencia a espect?culos voluptuosos. Y si bien advierte que la abstinencia prolongada es nociva para la salud, se centra principalmente en destacar los fatales resultados de una ?incontinencia inmoderada? porque piensa que en la sociedad de su ?poca es mucho m?s frecuente la lascivia que la continencia. A pesar de esto, el pensamiento del higienista estar?a m?s cerca de la obra de pensadores como Galeno que de los preceptos de los autores cristianos, puesto que no pretende expulsar el deseo y el placer de la existencia humana, sino m?s bien regularlos para preservar la salud individual y colectiva. Aunque tampoco podemos olvidar una diferencia significativa: en la obra de Monlau, la necesidad de controlar las pulsiones est? vinculada a los imperativos de la salud p?blica, y no ya a la idea cl?sica del virtuosismo o gobierno de uno mismo. 4.2. El paradigma del dimorfismo sexual El sexo se suele concebir como la realidad anat?mica y fisiol?gica que act?a de soporte para las diversas manifestaciones de la sexualidad. Sin embargo, Foucault invierte los t?rminos al afirmar que el sexo (con sus leyes naturales que establecen la oposici?n entre el hombre y la mujer) es una idea que se ha formado en el interior del ?dispositivo de sexualidad?: ?(El dispositivo de sexualidad) ha producido, en un momento dado, a modo de piedra angular de su propio discurso y posiblemente de su propio funcionamiento, la idea del sexo? (Foucault, 1977: 313). 99 En un sentido similar se expresa Laqueur (1994) cuando muestra la contingencia hist?rica de nuestra concepci?n del dimorfismo sexual. Si, como vimos anteriormente, desde la cultura grecorromana hab?a predominado el modelo de sexo ?nico, a finales del siglo XVII empieza a imponerse un modelo que defiende la existencia de un dimorfismo radical. Aunque Laqueur se muestra reticente a adoptar una concepci?n lineal y progresiva del devenir hist?rico, afirmando que las dos concepciones sobre el sexo han coexistido a lo largo de la historia occidental48, admite no obstante que el antiguo eje vertical de perfecci?n corporal va perdiendo fuerza en beneficio de la idea de los dos polos sexuales netamente diferenciados: ?Una anatom?a y una fisiolog?a de lo inconmensurable sustituy? a una metaf?sica de la jerarqu?a en la representaci?n de la mujer en relaci?n al hombre? (Laqueur, 1994: 24). Con el nuevo paradigma, el cuerpo deja de ser una met?fora del orden social para tornarse su fundamento mismo. A diferencia de lo que se podr?a pensar, la consolidaci?n del modelo de los dos sexos no fue debida simplemente a la evoluci?n de la biolog?a o de la medicina, a la verdad arrojada por los datos emp?ricos, sino que fue posible, principalmente, por una serie mutaciones ajenas a la objetividad cient?fica: ?La biolog?a de la reproducci?n, la medicina y las disciplinas vecinas dieron su lenguaje y su infraestructura al modelo de los dos sexos, pero no lo crearon? (Laqueur, 1992: IV). Y es que el nuevo modelo de la inconmensurabilidad sexual est? tan ?ntimamente vinculado a las determinaciones culturales como lo estuvo el modelo del sexo ?nico. Para Laqueur, dos parecen ser los factores que posibilitan la hegemon?a de nuestra actual concepci?n del sexo. El primero de ellos es de ?ndole epistemol?gica. A finales del siglo XVII, la Revoluci?n Cient?fica separa definitivamente la raz?n de la creencia, depura del lenguaje cient?fico todo tipo de met?foras y corta el cord?n umbilical que manten?a el cuerpo unido a un orden m?s vasto. El cuerpo deja de ser visto como el espejo del cosmos y se convierte en una entidad aislada sujeta a las leyes de la biolog?a, la fisiolog?a y la medicina. Recurriendo de nuevo a la tipolog?a de Descola (2005), se produce en Occidente el paso de un modo de identificaci?n de tipo ?analogista?, caracterizado por un sistema de correspondencias que vinculan jer?rquicamente a todos los elementos del mundo, a un modo de identificaci?n ?naturalista?, esto es, una episteme dualista que rompe la ?Gran Cadena del Ser? al separar definitivamente la sociedad de la naturaleza, el hombre de todas las fuerzas que lo rodean. 48 Con su rechazo a admitir la existencia del esperma femenino, Arist?teles podr?a ser visto como un disidente en tiempos del paradigma unisexo. Por su parte, los estudios sobre el hermafroditismo de Saint- Hilaire, la bisexualidad primigenia freudiana o el concepto de ?estados sexuales intermedios? en Mara??n o Hirschfeld nos remiten a la idea del sexo ?nico en una ?poca dominada por el dimorfismo sexual. 100 El segundo factor que facilita el asentamiento del dimorfismo sexual lo encontramos en el contexto pol?tico de la ?poca. Superados los absolutismos, las sociedades de los siglos XVIII y XIX tienen una amplia esfera p?blica en la que defender intereses, siendo tambi?n un terreno fecundo para luchas de todo tipo. Debilitadas las tesis cosmol?gicas que justificaban la relaci?n asim?trica entre hombre y mujer, la nueva verdad a invocar a la hora de negociar la repartici?n de poder entre los g?neros ser? la biolog?a de los seres humanos: En una ?poca obsesionada con la posibilidad de justificar y distinguir los roles sociales de mujeres y hombres, la ciencia parece haber descubierto en la diferencia radical de pene y vagina no s?lo un signo de la diferencia sexual, sino su verdadero fundamento (Laqueur, 1994: 400). 4.3. ?A cada uno, su verdadero sexo? Si durante siglos Occidente hab?a aceptado la posibilidad de que un mismo individuo encarnara la duplicidad sexual, a partir del siglo XVIII esta idea es desterrada del reino de la Raz?n: ?La naturaleza, con sus juegos, da a algunas mujeres un cierto parecido con los hombres, lo que, mal examinado, ha hecho creer durante siglos en la quimera de los hermafroditas? (Tissot, 1905 [1758]: 51). El hermafroditismo deja de ser concebido como una posibilidad ?m?s o menos monstruosa? ofrecida por la naturaleza, para convertirse en una figura enga?osa cuya verdad, esto es, su verdadero sexo, hay que desvelar: ?A cada uno su identidad sexual primera, profunda, determinada y determinante? (Foucault, 1980: 936). Este rechazo a admitir la existencia de los hermafroditas en tanto que seres bisexuados se inscribe en la tendencia ilustrada consistente en combatir el conocimiento m?gico y supersticioso. Ya no habr? m?s supercher?as ni explicaciones fant?sticas sobre hermafroditas y dem?s seres monstruosos. El conocimiento m?dico despojar? a estos seres de toda aura de sobrenaturalidad. Estamos ante la progresiva racionalizaci?n y naturalizaci?n del monstruo, un proceso que culmina en el siglo XIX con la aparici?n de la Teratolog?a: la ciencia de las anomal?as o deformidades. Situado en el campo de lo teratol?gico, el hermafroditismo dejar? de ser entendido como una mezcla de sexos para pasar a ser una especie de imperfecci?n: una malformaci?n genital producida por una detenci?n o un error del desarrollo evolutivo. El estudio y la clasificaci?n de las anomal?as es una constante decimon?nica. Se considera que el conocimiento del ser deforme es la mejor manera de entender al ser de conformaci?n regular. Dado que a menudo las leyes que rigen lo normal se resisten al intelecto, una buena forma de acceder a ellas consiste en prestar atenci?n a sus manifestaciones patol?gicas 101 (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997; Foucault, 2001; Canguilhem, 2005 [1966]; Salamanca, 2007). Uno de los primeros esfuerzos de sistematizaci?n epistemol?gica y an?lisis y clasificaci?n de las deformidades lo realiza Isidore Geoffroy Saint-Hilare, uno de los principales referentes de la Teratolog?a. En los tres tomos de su Histoire g?n?rale et particuli?re des anomalies de l?organisation chez l?homme et les animaux?49, m?s conocida como Trait? de T?ratologie (1832-1837), Saint-Hilare sienta las bases para una ciencia de las anomal?as. Si bien recuerda que desde la Antig?edad muchos pensadores se han ocupado de las monstruosidades, el franc?s sostiene que estos conocimientos no pueden ser ?honrados con el nombre de ciencia? (Saint-Hilare, 1832: 2) al no sustentarse en datos emp?ricos y estar contaminados por la superstici?n. Para ?l, los siglos XVI, XVII y parte del XVIII constituyen la ?larga infancia de la ciencia?. Poniendo como ejemplo el pensamiento de Ambroise Par?, lamenta que los seres monstruosos hayan sido vistos como prodigios, fruto de los poderes divinos o diab?licos. Saint-Hilare defiende la Teratolog?a como una disciplina cient?fica aut?noma. En su opini?n, esta nueva ciencia de la monstruosidad ha de formar el campo de las ciencias de la organizaci?n junto con la fisiolog?a, la anatom?a, la filosof?a natural y la zoolog?a. En cuanto al hermafroditismo, Saint-Hilare (1836) lo sit?a dentro de las anomal?as complejas50, al lado de las monstruosidades y las heterotaxias (disposiciones anormales de los ?rganos corporales). Siguiendo su teor?a, existen dos grandes tipos de hermafroditismo: el ?hermafroditismo con exceso? y el ?hermafroditismo sin exceso?. Mientras que en el primero se re?nen, de forma m?s o menos completa, los ?rganos de uno y otro sexo en un mismo individuo, en el segundo tipo el aparato sexual es esencialmente ?nico ?por lo que no se puede hablar de presencia simult?nea de los dos ?rganos sexuales?, aunque la persona presenta rasgos femeninos y masculinos51. Esta clasificaci?n del hermafroditismo en funci?n de si se produce, o no, un exceso de ?rganos deja entrever una ?concepci?n cuantitativa? de la enfermedad, que fue analizada y criticada por Georges Canguilhem en su famosa obra Le normal et le pathologique (2005 [1966]). Canguilhem apunta que en el siglo XIX se asienta la tesis de que los fen?menos 49 El nombre completo de la obra es Histoire g?n?rale et particuli?re des anomalies de l?organisation chez l?homme et les animaux: recherches sur les caract?res, la classification, l?influence physiologique et pathologique, les rapports g?n?raux, les lois et les causes des monstruosit?s, des vari?t?s ou vices de conformation ou Trait? de t?ratologie. 50 Saint-Hilare define la anomal?a como ?toda particularidad org?nica que presenta un individuo si se lo compara con la mayor?a de individuos de su especie, edad, sexo? (Saint-Hilare, 1832: 30). Divide las anomal?as en simples y complejas, siendo estas ?ltimas las m?s graves y aparentes. 51 El hermafroditismo por exceso presenta tres subtipos: hermafroditismo masculino complejo, hermafroditismo femenino complejo y hermafroditismo bisexual. Por su parte, el hermafroditismo sin exceso est? formado por cuatro subtipos: el masculino, el femenino, el neutro y el mixto (Saint-Hilare, 1836). 102 patol?gicos son id?nticos a sus fen?menos normales correspondientes, salvo por diversas variaciones cuantitativas. Entender lo patol?gico como variaci?n cuantitativa de lo normal es para Canguilhem una de las m?ltiples concepciones de la enfermedad que han existido a lo largo de la historia, pues toda sociedad ha de reaccionar para neutralizar la angustia provocada por el padecimiento: ?Ver a todo enfermo como un hombre aumentado o disminuido es una forma de tranquilizarse. Lo que el hombre ha perdido se puede restituir, lo que ha entrado en ?l puede salir? (Canguilhem, 1995 [1966]: 11). El hombre moderno destina sus esfuerzos en comprender las relaciones entre las enfermedades y los estados de normalidad, as? como la l?gica inherente al campo de lo patol?gico. De este modo, se desarrolla una patolog?a cient?fica basada en un tratamiento localizacionista ?no holista? de la enfermedad, movida por el mismo ?mpetu taxonomizador que impulsa a la bot?nica o la zoolog?a: ?Existen especies m?rbidas como existen especies vegetales o animales. Existe un orden en las enfermedades, seg?n Sydenham, como existe una regularidad en las anomal?as seg?n I. Geoffroy Saint-Hilare? (Ib?dem.: 13). Lo que parece alejar a Saint-Hilare de sus contempor?neos es su convencimiento de que los dos sexos pueden reunirse en un solo ser. Es el caso de uno de los subtipos de ?hermafroditismo con exceso?, denominado ?bisexual?, que se caracteriza por la coexistencia de dos aparatos sexuales, uno de cada sexo. Afirma adem?s que ante casos de hermafroditismos ?neutro? (un aparato sexual que presenta unas condiciones intermedias) y ?mixto? (un aparato sexual mitad masculino y mitad femenino) los caracteres sexuales suelen estar tan combinados que resulta muy dif?cil y hasta imposible determinar el sexo del sujeto. Esta aceptaci?n de la duplicidad sexual por parte de Saint-Hilare parece una consecuencia l?gica de su pensamiento si nos atenemos a su idea de la diferencia entre los sexos, deudora de la analog?a anat?mica establecida por Galeno y de los desarrollos de la embriog?nesis: (?) si cada parte del aparato masculino es esencialmente an?loga por su composici?n elemental a una parte del aparato femenino, si su diversidad aparente es solo el resultado de algunas diferencias en el modo o en el grado de su desarrollo, nada es m?s f?cil que concebir la existencia de estados intermedios entre los dos estados extremos (?) (Saint-Hilare, 1836: 44). Sin lugar a dudas, Saint-Hilare se sit?a m?s cerca del antiguo modelo de sexo ?nico que del concepto moderno de dimorfismo radical. Aunque si para Galeno la teor?a de la simetr?a inversa de ?rganos pivota en torno a las coordenadas interior/exterior, el franc?s se apoya en el mayor/menor grado de desarrollo de los ?rganos sexuales. As?, considera que algunos ?rganos masculinos est?n m?s desarrollados que los ?rganos femeninos equivalentes (el pene es una evoluci?n del cl?toris), mientras que la mujer presenta avances evolutivos 103 en otras partes del cuerpo (la matriz es un ?rgano m?s desarrollado que la pr?stata y las ves?culas seminales). A pesar de existir casos como el de Saint-Hilare, que defienden la posibilidad de seres bisexuados, lo cierto es que a partir del siglo XVIII se destinan no pocos esfuerzos para conocer el verdadero sexo que se oculta tras la morfolog?a enga?osa de los hermafroditas. Los m?dicos son llamados como peritos ante los tribunales en aquellos casos en los que la determinaci?n del sexo de una persona resulta crucial para anular/validar un matrimonio o para condenar/exculpar a la persona por mantener relaciones contra natura. El cambio es notorio: si antes los m?dicos eran solicitados por el juez como simples testigos, con el objetivo de determinar si el acusado era o no un verdadero hermafrodita, en adelante se les otorgar? la potestad de definir la identidad monosexual de las personas (Foucault, 1980 y 2001). El desarrollo de la Medicina legal ser? posible gracias a la creciente colaboraci?n entre jueces y m?dicos. Los facultativos ya no solo ayudan al poder judicial a resolver determinados casos, tambi?n son determinantes en la elaboraci?n de leyes: ?La ley y la medicina se convertir?n (?) en dos tecnolog?as cruciales y complementarias de la emergente ?gubernamentalidad? liberal? (V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010: 32). El hermafrodita se convierte en uno de los objetos principales de la pujante Medicina legal. En este campo destaca Ambroise Tardieu, quien en Question m?dico-l?gale de l?identit? dans ses rapports avec les vices de conformation des organes sexuels (1874) defiende a capa y espada la intervenci?n experta del m?dico para resolver el enigma planteado por la figura del hermafrodita. Tardieu rechaza el uso del t?rmino ?hermafrodita? porque sostiene que estas personas, lejos de poseer los ?rganos y las funciones de los dos sexos, solo presentan ?rganos incompletos e incapaces de toda funci?n sexual: ?No existe un solo caso aut?ntico en el que se haya constatado, con un examen anat?mico e histol?gico completo, la coexistencia de todos los ?rganos esenciales y necesarios de los sexos masculino y femenino? (Tardieu, 1874: 38). Recurriendo a la terminolog?a teratol?gica, define estos casos como ?vicios de conformaci?n? de los ?rganos sexuales, al tratarse de una detenci?n del desarrollo corporal. Con el fin de prevenir futuros problemas judiciales y morales, Tardieu celebra que su pa?s haya confiado a los m?dicos la constataci?n del sexo del reci?n nacido, por lo que tilda de ?negligencia inexplicable? el que algunos facultativos todav?a conf?en en la declaraci?n de padres o comadronas sin verificar, por ellos mismos, el sexo del neonato. Para ayudar al m?dico legalista a reconstituir el ?estado civil verdadero? de una persona a la que le han atribuido un sexo err?neo, Tardieu elabora un protocolo basado en un examen completo de los ?rganos sexuales, la fisonom?a y la constituci?n f?sica. Este an?lisis pormenorizado puede completarse con otra herramienta cuya implantaci?n progresiva constituir? un hecho fundamental: el examen moral del sujeto. Y es que Tardieu sostiene que estos ?vicios de conformaci?n? no solo afectan a la morfolog?a de la persona, 104 sino tambi?n a su car?cter y comportamiento. As?, ?no se puede esperar encontrar un car?cter y una inteligencia viril en hombres tan imperfectos? (Ib?dem.: 43), es decir, con ?rganos sexuales poco desarrollados. Tardieu confirma esta tesis en su an?lisis de las memorias de Herculine Barbin ?publicadas por ?l mismo?, el famoso caso que atraer? el inter?s de Foucault. Recordemos telegr?ficamente su historia. Herculine vive como mujer hasta los 22 a?os, periodo durante el cual muestra inclinaciones er?ticas hacia otras mujeres. Tras el fallo de un tribunal, que decide modificar su estado civil despu?s de evaluar el peritaje m?dico, decide acabar con su vida por la incapacidad de adaptarse al papel social de hombre que le hab?an impuesto. En opini?n de Tardieu, de esta tr?gica historia se pueden extraer dos importantes ense?anzas: De un lado, la influencia que ejerce sobre las facultades afectivas y sobre las disposiciones morales la malformaci?n de ?rganos sexuales; de otro lado, la gravedad de las consecuencias individuales y sociales que puede entra?ar la constataci?n err?nea del sexo del neonato (Tardieu, 1874: 62). El hermafrodita se est? convirtiendo en algo m?s que una anatom?a ambigua que transgrede las leyes de la naturaleza. Estamos tambi?n ante un car?cter laxo, potencialmente peligroso para las leyes de la moral. Y es que la imperfecci?n corporal de estos seres puede ser la causa ?o el pretexto? de conductas sexuales anormales, perversas. Ya no se trata tanto de una monstruosidad f?sica, sino m?s bien de comportamiento. Como apuntan V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997), con el paso de la ambig?edad anat?mica a la moral, el hermafrodita quedar? emparentado con los perversos sexuales, convirti?ndose en antepasado geneal?gico del invertido. Con las palabras que siguen a continuaci?n, formuladas por el higienista Pedro Felipe Monlau, podemos constatar que se percibe al andr?gino como un ?var?n feminizado? o como una ?hembra virilizada? cuyas inclinaciones atentan contra la naturaleza esencial de los g?neros: ?Existen en la especie humana verdaderos hermafroditas o individuos que re?nan los dos sexos? No. Lo que hay es uno que otro var?n imperfecto que presenta muchos de los caracteres exteriores de las hembras, as? como una que otra hembra con varios de los atributos masculinos. Lo que hay son algunos maricas, u hombres de textura floja, de facciones mujeriles, voz afeminada, car?cter t?mido y aparato genital poco desarrollado; y tambi?n algunas marimachos o mujeres hombrunas (viragines), de costumbres masculinas, voz ronca, barba poblada, cl?toris muy abultado (en V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010: 42-43). Esta psicologizaci?n o moralizaci?n del hermafrodita iniciada a mediados del siglo XIX se produce en buena medida por las dificultades surgidas a la hora de esclarecer el verdadero sexo de algunas personas de compleja ambig?edad. La extrema confianza de 105 los m?dicos se convierte en frustraci?n ante la imposibilidad de resolver los casos m?s complejos a trav?s del estudio de la morfolog?a genital. Salamanca (2007) recuerda que la determinaci?n del sexo en algunos neonatos se revela a menudo como un problema insoluble, mientras que cada vez es m?s frecuente que un mismo cuerpo genere opiniones discrepantes entre los peritos que lo observan. Son estas dificultades las que propiciar?n la extensi?n del an?lisis psicol?gico de los hermafroditas. Al no establecer diferencia alguna entre sexo, g?nero y sexualidad, puesto que se considera que las g?nadas sexuales predeterminan las caracter?sticas conductuales y emocionales de la persona, se utilizar?n sus inclinaciones sexuales como un marcador m?s para establecer su verdadero sexo52. Las duplicidades asociadas al hermafrodita constituyen uno de los marcos de referencia utilizados para pensar las nacientes perversiones sexuales. De su psicologizaci?n nacer? el ?hermafrodita del alma?; de su generizaci?n, el ?hombre afeminado?. Como veremos, ambas im?genes quedar?n ?ntimamente asociadas a la figura del invertido. Y hay m?s. Ser? este mismo invertido el que, en su grado m?ximo de perversidad, actuar? como antepasado del transexual. Por todo ello, se puede decir que el estudio cient?fico del hermafroditismo ?cuya progresi?n provocar? la autonomizaci?n de la ambig?edad moral respecto a la som?tica? representa un hito en la historia de la moderna scientia sexualis: Las controversias decimon?nicas acerca del hermafrodita fueron uno de los diversos medios por los que se introdujo la pol?mica acerca de todos aquellos cuerpos y pr?cticas que no se ajustaban a las morfolog?as y, por tanto, a las conductas masculinas y femeninas. Esos ?vicios de conformaci?n? (?) les permit?an a los m?dicos someter a discusi?n cuestiones m?s directamente relacionadas con las pr?cticas sexuales (V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010: 87). 52 Dreger (1998) analiza las fases por las que atraviesa el an?lisis experto del hermafrodita. En un primer momento, los m?dicos se basan en el aspecto externo de los genitales. En el ?ltimo tercio del siglo XIX, con la introducci?n del examen microsc?pico, se toma como referencia el tejido gonadal. No ser? hasta el primer cuarto del siglo XX que se asentar? el an?lisis neuroendocrino y cromos?mico. En este ?ltimo periodo surge el vocablo con que actualmente se conoce al hermafroditismo: intersexualidad. 107 CAP?TULO 5 La taxonomizaci?n de las perversiones sexuales Hasta el siglo XVIII, los dispositivos normativos existentes ?tanto civiles como religiosos? trazaban la l?nea divisoria entre lo l?cito y lo il?cito con el fin de controlar, principalmente, las relaciones matrimoniales. Buena parte de los esfuerzos coercitivos reca?an sobre la sexualidad conyugal (deberes de los esposos, r?gimen er?tico-sexual, periodos de fecundidad y abstinencia) y sobre aquellos actos que trastocaban el r?gimen de alianzas y el sistema de transmisi?n de bienes, como el rapto, el estupro o el adulterio. El resto de conductas eran tratadas de forma confusa. Pensemos por ejemplo que, durante la Edad Media, la sodom?a era un concepto difuso que serv?a para denominar a toda emisi?n de semen en un vaso equivocado ?no destinada a la procreaci?n?, lo que englobaba a las relaciones carnales con individuos del mismo sexo, mujeres o animales. Por lo dem?s, los c?digos normativos no establec?an una clara distinci?n entre los atentados a las leyes de las alianzas y las conductas contra natura: Lo que se tomaba en cuenta, tanto en el orden civil como religioso, era una ilegalidad de conjunto. Sin duda el ?contra natura? estaba marcado por una abominaci?n particular. Pero no era percibida sino como una forma extrema de lo que iba ?contra la ley?; infring?a, tambi?n ella, decretos tan sagrados como los del matrimonio y que hab?an sido establecidos para regir el orden de las cosas y el plano de los seres (Foucault, 2003 [1976]: 50). Ahora bien, a lo largo del siglo XVIII la sexualidad conyugal dejar? de estar en el centro de atenci?n institucional. Su lugar ser? ocupado por toda una serie de conductas que se ir?n autonomizando de las leyes matrimoniales hasta adquirir su propia especificidad: ?No sin lentitud y equ?voco, leyes naturales de la matrimonialidad y reglas inmanentes de la sexualidad comienzan a inscribirse en dos registros diferentes? (Ib?dem.: 52). Con esta disociaci?n, se apartar? la mirada del lecho conyugal para focalizarla en los deseos y placeres que se alejan del desarrollo normal de la sexualidad. M?s a?n, las transgresiones del sexo trascender?n el dominio jur?dico-religioso de lo permitido/condenado para situarse en el dominio cient?fico-normativo de la normalidad/ patolog?a. Saberes emergentes como la psiquiatr?a o la sexolog?a situar?n en la ?rbita de lo patol?gico conductas que hasta entonces hab?an pertenecido a distintos registros de 108 experiencia o que ni siquiera hab?an sido consideradas como comportamientos desviados: amar desenfrenadamente, tener una libido ingobernable, copular con animales, penetrar cad?veres, exhibir los genitales, gozar al infligir o al experimentar dolor, excitarse con un determinado objeto o parte corporal. Nuevas categorizaciones y terminolog?as ser?n creadas ?recuper?ndose viejos vocablos? para dar cuenta del potencial pat?geno atribuido a la sexualidad: erotoman?a, satiriasis, ninfoman?a, zoofilia, necrofilia, exhibicionismo, sadismo, masoquismo, fetichismo. Sin lugar a dudas, ser?n las desviaciones de g?nero y de la orientaci?n sexual las que acaparar?n la atenci?n te?rica y taxon?mica, dando lugar a una multitud de neologismos: androginia, sentimiento sexual contrario, uranismo, unisexualidad, inversi?n sexual, homoerastia, pseudopornia, singenesia, eviratio, philop?die, metamorphosis sexualis paranoica, travestismo, eonismo. Como veremos a continuaci?n, antes de que la ciencia m?dica trace una clara distinci?n entre la inversi?n sexual y la de g?nero, creando para ello las categor?as diagn?sticas de ?homosexualidad? y ?transexualidad?, estos dos fen?menos ser?n tratados confusa e indistintamente. De lo que se trata ahora es de hacer emerger a las sexualidades singulares, de nombrar y clasificar a todas las desviaciones, no tanto para prohibirlas o reprimirlas, sino m?s bien para convertirlas en objetos de conocimiento y de gesti?n. Recordemos que lo normal necesita de su contrario para otorgarse la fuerza y la legitimidad necesarias; que lo normal y lo patol?gico se nutren y refuerzan mutuamente. Este ?mpetu clasificatorio y anal?tico llegar? a su cenit a finales del siglo XIX, cuando las m?ltiples sexualidades perif?ricas quedar?n unificadas bajo el concepto de ?perversi?n sexual?. De la mirada detallada del saber cient?fico surgir? algo m?s que una amalgama de conductas desviadas. Y es que las rarezas del sexo se ir?n internando en los cuerpos, hasta convertirse en car?cter profundo de los individuos. Los actos desviados, como mantener relaciones con personas del mismo sexo, ser?n entendidos como rasgos inherentes a una personalidad pervertida. De este proceso de subjetivaci?n de las anomal?as sexuales nacer?n nuevos sujetos patol?gicos, como el homosexual, para cuyo conocimiento ser? necesario conocer tanto sus actos como su historia personal: La sodom?a ?la de los antiguos derechos civil y can?nico? era un tipo de actos prohibidos; el autor no era m?s que un sujeto jur?dico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia, una infancia, un car?cter, una forma de vida; asimismo una morfolog?a, con una anatom?a indiscreta y quiz?s misteriosa fisiolog?a. Nada de lo que es in toto escapa a su sexualidad (Foucault, 2003 [1976]: 56). Las antiguas teor?as sobre la sodom?a se refer?an a los actos sexuales y sus efectos. Las nuevas teor?as de la homosexualidad versar?n sobre las identidades y sus causas (Hekma, 1993). El art?culo de Westphal, publicado en 1870, sobre las ?sensaciones (o sentimientos) 109 sexuales contrarias? supondr? el alumbramiento del sujeto homosexual53. Las relaciones sexuales con personas del mismo sexo ya no ser?n aprehendidas como meros actos puntuales, sino como la expresi?n de un determinado psiquismo, como si fueran signos externos de un desorden interior. Las identidades sexuales nacer?n con la nueva racionalidad sexol?gica, que concibe la sexualidad como una verdad profunda y problem?tica del sujeto que hay que desvelar a toda costa. 5.1. La prehistoria de las perversiones: el alienismo y la medicina legal Antes de 1860, las conductas sexuales desviadas no estaban unificadas ni eran conceptualizadas por una teor?a psiqui?trica con capacidad de s?ntesis, existiendo focos de discusi?n de or?genes diversos. Buena parte de las conductas que a finales del siglo XIX quedar?n integradas bajo el concepto de ?perversi?n? todav?a no hab?an sido identificadas ni abordadas de forma conjunta: ?Esta experiencia fragmentada (?) s?lo empezar? a unificarse en torno al concepto de perversi?n sexual cuando la herencia y sus avatares se conviertan en recurso explicativo de todas las anomal?as sexuales? (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997: 234). La primera forma de medicina mental que tratar? algunos tipos de desviaci?n sexual ser? el alienismo. Esta corriente de pensamiento creada en Francia sac? al loco de ese Gran Encierro descrito por Foucault en la Historia de la Locura (2000 [1964]), en donde se amalgamaban todos aquellos que supon?an una amenaza para el nuevo orden burgu?s y su valor supremo del trabajo: ociosos, vagabundos, criminales, alcoh?licos. Como se?ala Robert Castel (1976), el acto fundador de la primera medicina mental consistir? en hacer emerger de la masa polimorfa de reclusos a un nuevo personaje social y tipo humano, el alienado, que ser? medicalizado con tecnolog?as espec?ficas en un lugar exclusivo de encierro: el asilo. El pensamiento de Philippe Pinel (1798 y 1809) conectar? esas tres dimensiones cuya articulaci?n se conoce como la ?s?ntesis alienista?: ordenaci?n del espacio hospitalario (las figuras del infortunio ?vejez, locura y enfermedad? son internadas en edificios distintos); refinamiento nosogr?fico de las enfermedades mentales (clasificar las enfermedades por sus s?ntomas, definiendo el rango que ocupa cada una de ellas en una tabla nosogr?fica); imposici?n de una relaci?n espec?fica de poder entre el m?dico y el alienado (mediante 53 A pesar de que se considera el art?culo de Westphal como la obra fundacional de la homosexualidad, la invenci?n de los vocablos ?homosexual? y ?heterosexual? se atribuyen al escritor Kart-Maria Kertbeny, quien los acu?a por vez primera a finales de los a?os 60 del siglo XIX (Katz, 2007 [1995]). 110 el tratamiento moral). Y es que el alienismo muestra un esp?ritu filantr?pico y optimista, convencido en poder tratar el exceso y la desmedida que caracterizan a la alienaci?n mental mediante el sometimiento del enfermo al poder soberano del m?dico: el tratamiento moral consiste en ?el arte de subyugar y dome?ar (?) al alineado, coloc?ndolo en estrecha dependencia de un hombre que, por sus cualidades f?sicas y morales, ejerza sobre ?l un influjo irresistible y rompa la cadena viciosa de sus ideas? (Pinel, 1798: 9). Seg?n Pinel, para quien importa menos la calidad del delirio que lo que traiciona ?esto es, la humanidad y la sociabilidad?, el m?dico ha de mantener una actitud paternalista y compasiva hacia el alienado, pero al mismo tiempo ha de erigirse en una figura de autoridad e imponer sus m?todos disciplinarios: horarios fijos, trabajos programados, diversiones regladas, etc. El inter?s de la medicina mental por las alteraciones relacionadas con la sexualidad es m?s bien escaso, en buena medida porque los psiquiatras no quieren minar su reputaci?n abordando pasiones vergonzosas e impuras (Hekma, 1993 y Foucault, 2001). A?n as?, el alienismo realiza una de las primeras tentativas para explicar algunos comportamientos sexuales desviados recurriendo a un concepto psiqui?trico particular ??monoman?a er?tica? o ?erotoman?a??, aunque su abordaje se caracteriza por su escasa exhaustividad y sistematizaci?n. Es Esquirol quien concept?a algunas formas de desviaci?n sexual como un subtipo de ?monoman?as?, a saber, delirios o lesiones parciales de la inteligencia, las afecciones o la voluntad. As?, mientras que el man?aco est? afectado por un delirio generalizado, el monoman?aco ?conserva la integridad del entendimiento sobre todo lo que se sit?a fuera de la esfera de su delirio? (Esquirol, 1838: 31). La ?monoman?a er?tica? o ?erotoman?a? es una ?afecci?n cerebral, cr?nica, caracterizada por un amor excesivo, ya sea hacia un objeto conocido o un objeto imaginario? (Ib?dem.: 32). Este ?desorden de la imaginaci?n?, en el que las ideas amorosas son fijas y dominantes, afecta especialmente a los j?venes con temperamento nervioso y una imaginaci?n viva y ardiente, que llevan una vida ociosa y han recibido una educaci?n ?poco estricta y afeminada?. Esquirol tambi?n se refiere a la ninfoman?a y a la satiriasis, aunque no las conceptualiza como tipos de alienaci?n mental porque cree que son el producto de un desorden f?sico (en concreto, una alteraci?n o irritaci?n de los ?rganos genitales). Mientras que la erotoman?a se mantiene en los l?mites de la decencia, la ninfoman?a y la satiriasis son para ?l formas de libertinaje que conllevan acciones ?vergonzosas y humillantes?. El alienismo acabar? desarrollando un papel indispensable en el funcionamiento del aparato judicial por el influjo que ejercer? sobre los m?dicos legalistas de la ?poca. La aplicaci?n de las tesis alienistas permitir? resolver algunas cuestiones legales en las que resulta fundamental determinar el estado mental de la persona, como las relativas al ejercicio de los derechos civiles o a las conductas delictivas. Como recuerda Castel (1976), en la segunda mitad del siglo XVIII se asienta la idea de que una racionalidad calculadora 111 est? en el origen de todo acto criminal, por lo que la falta de cordura ?o sinraz?n? exime al sujeto de toda responsabilidad penal: El legislador ha previsto muchos casos en que hall?ndose mas o menos privado el hombre, de instrucci?n, de raz?n o de libertad moral, se modifica el car?cter legal de sus acciones, priv?ndosele en todo o en parte del ejercicio de sus derechos civiles, al mismo tiempo que no es tampoco responsable de los actos que cometa como lo hab?a sido antes (Mateo Orfila, 1847: 329). Si ya es horrible la idea de que todav?a se sostenga en nuestra sociedad el repugnante espect?culo de los cadalsos, ?cu?nto m?s no lo ha de ser si se le a?ade la de que su cuchilla se ensangriente en el cuello de un infeliz enajenado? (Pedro Mata, 1866: 357). En el campo de la sexualidad, el perito ha de establecer si la conducta transgresora constituye simplemente un delito, o bien es fruto de un delirio parcial ?o monoman?a?, en cuyo caso ya no se estar? ante un criminal sino ante un loco, y se tendr? que sustituir la prisi?n o el cadalso por el asilo. Hay que destacar que para esta medicina legal fundamentada en el alienismo, la sodom?a o pederastia54 (que a finales del siglo XIX se erigir? en la forma paradigm?tica de la perversi?n bajo la denominaci?n de ?inversi?n sexual?) no se inscribe en el espacio de la enfermedad mental sino en el terreno exclusivo de las conductas delictivas (V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010). De este modo, autores como Mateo Orfila, Pedro Mata o Teodoro Y??ez sit?an a la pederastia en el grupo de ?delitos contra la honestidad?, junto a la violaci?n, el estupro o el rapto. La compasi?n y el paternalismo alienistas no pueden aparecer ante una transgresi?n que es definida como un ?ultraje a la moral? (Y??ez) o una ?abominable aberraci?n de la voluptuosidad? (Mata), un simple ?producto del libertinaje m?s escandaloso? (Orfila). Por consiguiente, la tarea del m?dico legalista ante la pederastia no consiste en determinar la capacidad de raciocinio del acusado, sino en rastrear las huellas f?sicas del delito: ?Todo lo que no sea f?sico u objetivo, no es de nuestra incumbencia y es ocioso consultarnos? (Mata, 1857: 290). Durante el peritaje forense se examinar?n al detalle los vestigios del acto sodom?tico en el cuerpo de la v?ctima, en especial su ano: tumefacciones, desgarraduras, callosidades. Estamos ante el delito contra la honestidad que m?s f?cilmente puede probarse, al no estar destinada ?la abertura inferior del canal intestinal a semejantes usos? (Ib?dem.: 287). 54 Siguiendo a los grandes referentes europeos de la medicina legal, como Ambroise Tardieu o Johannes Casper, los m?dicos legalistas espa?oles de mediados del XIX usar?n el t?rmino ?pederastia? como sin?nimo de sodom?a (V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010). Si bien en este periodo la sodom?a es un concepto amplio que incluye todo acto realizado por ?v?as no naturales? (Mata, 1857: 287), cuando estos autores la abordan en sus tratados suelen centrarse en las relaciones entre hombres. 112 Ahora bien, la medicina legal ir? considerando progresivamente como enfermedades mentales a un n?mero cada vez mayor de conductas sexuales desviadas. En la cuarta edici?n de su Tratado de Medicina y Cirug?a Legal (1866)55, Pedro Mata reformula la teor?a de Esquirol y defiende la inclusi?n de la satiriasis y la ninfoman?a dentro de la categor?a ?erotoman?as? o ?enajenaciones mentales er?ticas?, argumentando que se trata de las afecciones sexuales que dan lugar ?con m?s frecuencia a ciertos actos calificados de delitos por los c?digos? (Mata, 1866: 295). Recogiendo las primeras aportaciones del degeneracionismo franc?s, Mata aboga por elaborar una teor?a m?dica con la que explicar todas las formas de aberraci?n sexual, e intuye la necesidad de abordar la sodom?a como una enfermedad mental m?s: ?Tal vez deber?an figurar aqu? (dentro de las monoman?as) como tipos de esas horribles aberraciones ciertos hechos de amor socr?tico y l?sbico, y de sodom?a tan fuera del orden com?n, que no parecen posibles en un estado de raz?n? (Ib?dem.: 304). En el tratamiento de la sodom?a, uno de los m?dicos legalistas que trastocar? m?s fuertemente los cimientos de la medicina forense de mediados del siglo XIX ser? el franc?s Ambroise Tardieu. Con ?l, se aborda por primera vez al sodomita o pederasta en t?rminos anat?micos y sociol?gicos, proporcionando ?el campo abonado donde surgir? una protosexolog?a de las perversiones? (V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, 1997: 238). Anteriormente otros autores hab?an dado algunas pistas sobre las huellas corporales del acto sodom?tico (desgarraduras anales), sus v?ctimas habituales (ni?os obligados a prostituirse) y los lugares predilectos para la realizaci?n de ?tan inmunda cr?pula? (como los cuarteles, las c?rceles o los buques), pero no hab?an descrito al detalle la morfolog?a, el car?cter, la apariencia o las costumbres del pederasta56. En su ?tude m?dico-l?gale sur les attentats aux m?urs (1859), Tardieu se muestra firmemente dispuesto a romper el silencio y a ensuciar su pluma con ?la infame ignominia de los pederastas?: ?Ninguna miseria f?sica o moral (?) por muy corrompida que sea, puede asustar a alguien dedicado a la ciencia del hombre y al ministerio sagrado de la medicina, estando obligado a verlo y conocerlo todo, pudiendo hablar de cualquier cosa? (Tardieu, 1859: 2-3). Es por ello que dedica un extenso cap?tulo de la obra al tratamiento de la pederastia en sus m?ltiples dimensiones. De acuerdo con Kaan57, Tardieu cree que la pederastia es una ?perversi?n moral?. Aunque no 55 El texto, que aparece por primera vez en 1846, ser? objeto de importantes modificaciones por parte del autor en ediciones posteriores. 56 Para Tardieu (1859), el t?rmino ?pederastia? ha de utilizarse para hacer referencia espec?ficamente a las relaciones entre hombres, mientras que ?sodom?a? es un t?rmino m?s general que engloba a todas las relaciones ?contra natura?, esto es, todas las relaciones anales con independencia del sexo de los practicantes. Con todo, muchos autores utilizar?n ambos t?rminos como sin?nimos. 57 Nos estamos refiriendo a Heinrich Kaan y a su Psychopathia Sexualis (1844), texto escrito en lat?n que supone uno de los primeros intentos de explicar las desviaciones sexuales como trastornos mentales, y 113 pretende comprender ?aquello que es incomprensible ni penetrar las causas de la pederastia? (Ib?dem.: 133), se pregunta ?al igual que Mata? si este vicio es algo m?s que un atentado a la moral: Si observamos la degradaci?n profunda y la indignante suciedad de aquellos individuos que buscan (?) hombres en apariencia distinguidos por su educaci?n y su fortuna, podr?amos estar tentados a creer que su sensatez y su raz?n est?n alteradas (Ib?dem.:134). Uno de los aspectos de su estudio que dejar? una mayor impronta es la asociaci?n que establece entre la pederastia y la criminalidad. Para Tardieu, la pederastia no es tan solo un mal en s? mismo, tambi?n es el motor de m?ltiples cr?menes. Y es que la bajeza moral que caracteriza a aquellos que se entregan a esta pr?ctica les habilita para cometer todo tipo de fechor?as. Parafraseando a un magistrado de su ?poca, afirma: ?Se puede decir que (?) la pederastia es la escuela donde se forman los m?s h?biles y audaces criminales? (Ib?dem.:120). Esta idea sobre la potencia criminal del pederasta ser? desarrollada por las teor?as organicistas finiseculares, como el degeneracionismo o el lombrosianismo. En cuanto al estudio anat?mico de la pederastia, Tardieu tambi?n ofrece algunas ideas innovadoras e influyentes. En su opini?n, resulta esencial distinguir entre el rol pasivo y el activo, pues las huellas f?sicas del acto diferir?n en funci?n del papel adoptado. En el caso de los individuos pasivos, los signos m?s evidentes se concentran en la regi?n anal. Tambi?n identifica los estigmas corporales caracter?sticos del pederasta activo, habitualmente ignorados por los profesionales. En este caso, el ?rgano delator es el pene. Tardieu est? convencido de que la mayor?a de activos tienen un falo de formas y dimensiones caracter?sticas, tendente a la delgadez y la gracilidad58. Pero la principal novedad de su pensamiento es que va m?s all? de la descripci?n de las huellas corporales que delatan a pederastas activos y pasivos. Hay algo m?s que pr?cticas distintas y complementarias: cada rol denota un perfil social determinado, es producto de un car?cter espec?fico que puede deducirse de los gustos, la vestimenta, los ademanes y el aspecto del sujeto. Importante ser? el v?nculo establecido entre la pederastia ?en especial, la pasiva? y el afeminamiento, f?cilmente observable si nos atenemos a su descripci?n del denominado ?maric?n? (tante, en franc?s): pelo bien cuidado, prendas ce?idas para resaltar la figura, joyas de todo tipo, perfumes penetrantes, pa?uelo y flores a modo de complementos. A este respecto, el espa?ol Teodoro Y??ez se deja influir por el no en clave teol?gica. Influenciado por Tissot, Kaan considera que la masturbaci?n est? en el origen de la mayor?a de comportamientos sexuales aberrantes. 58 Tardieu realiza su estudio a partir de una muestra de 212 individuos. Seg?n sus c?lculos, 103 de ellos son solo pasivos, 18 son exclusivamente activos, 74 intercambian roles, mientras que 17 no est?n caracterizados. 114 pensamiento de los grandes referentes europeos en la materia ?como Johannes Casper o el mismo Tardieu? para efectuar una aportaci?n conceptual a esta cuesti?n de la actividad/ pasividad: Los pederastas son de dos especies, activos y pasivos, seg?n que dan o que reciben; esto es, seg?n que buscan los placeres en los muchachos y hombres o en las mujeres por el ano, o seg?n que, de uno u otro sexo, se prestan a ser v?ctimas de semejantes ataques. Algunos autores quieren reservar el nombre de pederasta o an?filo, solo al activo, y el de andr?gino, kinodo ? p?tico59 al pasivo, pero entendiendo que s?lo cuando este vicio es habitual en ellos; pues cuando un individuo es v?ctima de un atentado de esta especie por un pederasta, a la manera que una joven es forzada por un hombre, no merece ciertamente ese dictado denigrante (Y??ez, 1878: 333). Si nos apoyamos en V?zquez Garc?a y Cleminson (2010), de estas palabras podemos extraer dos lecciones relevantes. En primer lugar, la necesidad de distinguir entre culpables ?sean ?stos activos o pasivos? e inocentes ?esas v?ctimas cuyas marcas corporales requieren del peritaje experto para que se haga justicia. En segundo lugar, y sin duda lo m?s importante, que la distinci?n entre activos y pasivos empieza a ser algo m?s que una referencia a distintas posiciones durante el acto sexual: sirve para crear diferentes clases de personas. A?n as?, ser? necesario pasar de la mirada anat?mica de la medicina forense a la mirada psiqui?trica de la medicina mental para que surja el ?invertido? como figura predilecta de la perversi?n sexual: El pederasta pasivo es un simulacro de mujer; aparece ya en el registro de la desviaci?n de g?nero, pero ?sta permanece a?n en el plano de la fisonom?a, en la superficie visible del individuo. Ser? necesaria una nueva vuelta de tuerca conceptual, el paso de un estilo anat?mico a un estilo psiqui?trico de razonamiento para que esta androginia se interiorice y convierta en un psiquismo peculiar, en un ?hermafroditismo del alma? descrito por Foucault (V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010: 39). 5.2. ?Alma de mujer atrapada en un cuerpo de hombre?. La inversi?n sexual como tercer g?nero La ambig?edad del hermafrodita constituy? el marco de referencia que hizo posible el proceso de subjetivaci?n del homosexual: ?La homosexualidad apareci? como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la pr?ctica de la sodom?a a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma? (Foucault, 2003 [1976]: 57). A 59 Los subrayados son del autor. 115 mediados del siglo XIX, la homosexualidad empez? a ser vista no tanto como una inversi?n de la orientaci?n sexual, sino m?s bien como una inversi?n de g?nero. Se presupon?a que solo exist?a un tipo de deseo er?tico, el heterosexual, por lo que aquellas personas que mostraban un deseo hacia los de su mismo sexo deb?an tener, l?gicamente, rasgos ps?quicos y conductuales del sexo opuesto60. As? pues, el var?n atra?do por otros hombres aparec?a como un hombre afeminado ?o con alma de mujer?, mientras que la mujer que deseaba a otras mujeres era vista como una mujer virilizada. Esta visi?n de la homosexualidad como una especie de hermafroditismo an?mico ?o ps?quico? fue defendida por algunos de los grandes nombres del pensamiento sexol?gico: Westphal, Magnan, Krafft-Ebing, M?ll, etc. No ser? hasta mediados del siglo XX que se bifurcar? definitivamente el concepto de ?inversi?n?, dando lugar a dos fen?menos netamente diferenciados: la inversi?n de la orientaci?n sexual quedar? vinculada a la homosexualidad; la inversi?n de g?nero, a la transexualidad y al travestismo. Como vimos anteriormente, la medicina forense fue de las primeras disciplinas en identificar algunos rasgos femeninos en la figura del pederasta. En este campo destacamos la obra de Tardieu, quien observ? un marcado afeminamiento en la apariencia de los pederastas pasivos. No obstante, Tardieu pertenec?a a una tradici?n de la medicina forense m?s interesada en las consecuencias de los cr?menes que en las causas de la desviaci?n. De ah? que sus estudios sobre la pederastia se centraran en la detecci?n de los signos som?ticos de la transgresi?n, y no tanto en el an?lisis de los factores que la generaban. La psiquiatr?a forense, propiamente dicha, surgir? con la obra de autores como Johannes Casper y Claude-Fran?ois Mich?a, que dedicaron parte de sus esfuerzos en averiguar las causas del comportamiento desviado. Si bien Casper fue m?s all? que Tardieu al sostener que la pederastia pod?a deberse, en algunos casos, a una anomal?a cong?nita, su teor?a no rompi? del todo con el pasado, dado que cre?a que la mayor?a de las veces era consecuencia de la lascivia y el libertinaje. Quien ayud? a asentar las bases para una teor?a de las perversiones fue Mich?a. A mediados del siglo XIX acu?? el t?rmino ?philop?die? ?amor hacia los muchachos? y defini? a esos sujetos como hombres afeminados que manten?an relaciones homoer?ticas. Dejando de lado el neologismo, su principal contribuci?n consisti? en considerar este fen?meno como algo innato y producto de un error fisiol?gico, lo que supon?a un primer paso para el desarrollo de las explicaciones biologistas de la homosexualidad (Hekma, 1993). 60 A prop?sito del concepto de ?heterosexualidad?, el an?lisis hist?rico de Jonathan Ned Katz (2007 [1995]) nos ense?a que no siempre ha sido un t?rmino asociado a la conducta sexual normal y deseable. En un primer momento, el t?rmino fue utilizado por algunos para referirse a un tipo de perversi?n sexual vinculado al hermafroditismo ps?quico: ?Los heterosexuales experimentaban, al mismo tiempo, una atracci?n er?tica masculina hacia las mujeres y una atracci?n er?tica femenina hacia los hombres. Es decir, los heterosexuales se sent?an atra?dos por ambos sexos? (Katz, 2007 [1995]: 20). 116 Ser? el abogado y periodista Karl Heinrich Ulrichs quien contribuir? decisivamente a difundir la visi?n del homosexual como un ser afeminado. Su obra, elaborada a partir de la propia experiencia y al margen de la mirada patologizante de la psiquiatr?a, causa un gran impacto en su ?poca, tanto por sus aportaciones innovadoras como por sus esfuerzos por lograr la igualdad de derechos para los homosexuales. En los a?os 60 del siglo XIX, Ulrichs env?a una serie de cartas a sus familiares en las que confiesa su atracci?n por los hombres, dando a esa inclinaci?n el nombre de ?uranismo?61. En su opini?n, los uranistas forman un ?tercer sexo?: son hombres con un alma femenina. Esta afirmaci?n deriva de la creencia de que la orientaci?n sexual es inexorablemente heterosexual; es decir, para Ulrichs, el hecho de sentirse atra?do hacia un hombre solo es posible si se posee una psique femenina62. Dicha feminidad an?mica es cong?nita y se manifiesta tempranamente a trav?s del comportamiento: los ni?os uranistas muestran sus preferencias por las actividades y pasatiempos femeninos, tales como jugar con mu?ecas. La teor?a de Ulrichs est? influenciada por los estudios sobre el hermafroditismo f?sico de su tiempo, que defienden que la ambig?edad genital se produce durante el primer trimestre de gestaci?n. En el caso de los uranistas, es el alma, y no los genitales, lo que se feminizar?a. De acuerdo con Kennedy (1997), las tesis de Ulrichs fueron desacreditadas por m?dicos y psiquiatras, que nunca vieron con buenos ojos que no perteneciera al gremio. Adem?s, si tenemos en cuenta que Ulrichs era un uranista confeso, los psiquiatras no pod?an dar credibilidad a un discurso que proven?a de una mente enferma, de un paciente potencial. A su vez, Ulrichs critic? a figuras eminentes de la psiquiatr?a como Westphal o Krafft-Ebing por ofrecer una visi?n sesgada del uranismo, argumentando que sus estudios se elaboraban exclusivamente a partir de las observaciones de pacientes recluidos en centros psiqui?tricos, y no a partir del estudio de personas mentalmente sanas. A pesar de que Ulrichs, Westphal y Krafft-Ebing compart?an la visi?n de la homosexualidad como un fen?meno innato caracterizado por el hermafroditismo ps?quico, exist?an diferencias notables entre ellos en lo referente al lugar desde donde emit?an sus discursos y a la carga pol?tica de sus teor?as: Ulrichs, que era abogado, cre? una categor?a autorreferencial y la dot? de contenido para luchar por la tolerancia social hacia los suyos; Westphal y Krafft-Ebing pertenec?an a una pujante psiquiatr?a que estaba convencida del car?cter neuro-psicopatol?gico de las transgresiones sexuales, hecho que legitim? su posterior medicalizaci?n y asent? la imagen amenazante del perverso sexual. 61 Ulrichs publicar? sus primeros escritos bajo el pseud?nimo de ?Numa Numantius?. 62 Aunque Ulrichs se dedica principalmente al an?lisis del uranismo masculino, admite que entre las mujeres tambi?n se produce este fen?meno (Kennedy, 1997). 117 Ulrichs es hoy visto como uno de los grandes precursores del movimiento de liberaci?n gay. Dedic? su vida a reclamar la igualdad de derechos y oportunidades entre uranistas y dionistas63 (heterosexuales), y luch? por lograr una reforma legal que despenalizara las pr?cticas homosexuales. Su teor?a del uranismo ten?a por objeto borrar la marca del pecado y la lujuria que reca?a sobre la homosexualidad subrayando su car?cter innato, lo que allan? el camino para todos aquellos que, todav?a hoy, recurren a una etiolog?a cong?nita para defender la respetabilidad y la desculpabilizaci?n de las personas homosexuales64. Asimismo, sus intentos por generizar la cl?sica dicotom?a cuerpo/alma (cuerpo de var?n y alma de mujer, y viceversa) han dejado una impronta en la imaginer?a que acompa?a a la actual gesti?n biom?dica de la transexualidad. El legado uranista se hace patente en la visi?n hegem?nica de la transexualidad, que es presentada como una suerte de dualismo psico-corp?reo: como el producto de la ?discrepancia? entre la mente y el cuerpo de la persona. Como tendremos ocasi?n de observar, la met?fora utilizada por Ulrichs para describir su existencia (?alma de mujer atrapada en un cuerpo de hombre?) es hoy la frase m?s utilizada por m?dicos y algunas personas transexuales. En fin, sus especulaciones acerca de las causas del uranismo (esa feminizaci?n de la psique durante las primeras fases del proceso de gestaci?n) han sido retomadas por las actuales investigaciones etiol?gicas de la transexualidad. Por otra parte, Trumbach (1989 y 1993) y van der Meer (1993) afirman que la idea de Ulrichs sobre la existencia de un tercer g?nero ten?a su origen en las pr?cticas y concepciones populares de la ?poca. De acuerdo con estos autores, hasta finales del siglo XVII la mayor?a de relaciones entre personas del mismo sexo eran protagonizadas por un hombre adulto y un adolescente. La distribuci?n de los roles activo y pasivo, siguiendo la l?gica cl?sica, se efectuaba en funci?n de la edad: el adulto penetraba al joven. Consecuentemente, el adulto manten?a su hombr?a y las fronteras de g?nero quedaban intactas. Pero a partir de dicha ?poca se produjo en los pa?ses del norte de Europa un cambio notable al extenderse las relaciones entre hombres adultos, que tend?an a intercambiarse las posiciones durante el acto sexual. Al adoptar el rol pasivo, el hombre perd?a socialmente su virilidad y se feminizaba. Esta vinculaci?n entre homosexualidad y afeminamiento se 63 Ulrichs elabora estos t?rminos a partir de un di?logo sobre el amor que aparece en El Banquete de Plat?n (2004). En dicho di?logo, Pausanias distingue entre dos tipos de amor, simbolizados por dos versiones diferentes de la diosa Afrodita. La primera Afrodita nace de Urano, sin participaci?n alguna de una figura femenina. En la segunda versi?n, la diosa del amor aparece como hija de Zeus y Dione. La Afrodita Urania simboliza el ?amor celeste?, que pertenece al alma y, por tanto, es duradero. La segunda Afrodita, denominada Pandemos, es la del ?amor ordinario?, que es corporal y ef?mero. Mientras que este amor ordinario corresponde al v?nculo heterosexual, el amor celeste representa el amor entre hombres. 64 Uno de los ejemplos actuales del legado de Ulrichs lo tenemos en el neurobi?logo, y declarado homosexual, Simon LeVay (1991 y 1998), quien sostiene la existencia de diferencias en el hipot?lamo de homosexuales y heterosexuales. 118 vio reforzada por la adopci?n, por parte de algunos homosexuales, de una apariencia y una gestualidad caracter?sticamente femeninas, y por el hecho de compartir, a causa de la opresi?n y la persecuci?n, determinados espacios p?blicos con otro colectivo marginalizado, las prostitutas, utilizando ambos el mismo lenguaje secreto de seducci?n e invitaci?n al acto sexual. Nos situamos, pues, ante un cambio de paradigma: si antes hab?a tres sexos (recordemos la aceptaci?n de la duplicidad hermafrod?tica) y dos g?neros, a principios del siglo XVIII surge un nuevo modelo con dos sexos (por la consolidaci?n del dimorfismo sexual) y tres g?neros. El g?nero intersticial ser? el representado por el homosexual pasivo, travestido y afeminado (molly, en ingl?s). Las mujeres tambi?n contar?n con una figura virilizada: las denominadas tommies o sapphists. Ante el asentamiento de las teor?as que conceb?an la homosexualidad como un hermafroditismo ps?quico y al homosexual como un ser afeminado, surgi? un movimiento d?scolo que defend?a la virilidad de los homosexuales. Una de sus figuras m?s representativas fue el pintor y poeta Elisar von Kupffer, conocido por la publicaci?n de una antolog?a po?tica de tem?tica homoer?tica (la obra abarca ?pocas y lugares tan dispares como la Grecia Cl?sica, el mundo ?rabe, Jap?n, la Italia renacentista o la Inglaterra victoriana). Von Kupffer critic? la influencia de la psiquiatr?a en la difusi?n de la teor?a del tercer g?nero y tambi?n la consideraci?n de la homosexualidad como un hecho patol?gico. Ferviente defensor de la cultura masculina, se inspir? en el ideal griego del amor pederasta para ensalzar la pureza y la virilidad de las relaciones entre hombres, a la vez que lament? el excesivo culto que, en su opini?n, su sociedad rend?a a la mujer (Aldrich y Wotherspoon, 2002). En este debate sobre la inherente masculinidad o feminidad del sujeto homosexual, el poeta y ensayista franc?s Marc Andr? Raffalovich ofrece un punto de vista intermedio y, ciertamente, original. Conocido por su tensa relaci?n con Oscar Wilde y por su amor hacia John Gray (quien, supuestamente, sirvi? de inspiraci?n para la archiconocida obra de Wilde), Raffalovich realiza una importante contribuci?n a la teorizaci?n de la homosexualidad en Uranisme et unisexualit?: ?tude sur diff?rentes manifestations de l?instinct sexuel (1896). En esta obra defiende que tanto la heterosexualidad como la homosexualidad ?llamada por ?l ?uranismo? o ?unisexualidad?? son expresiones normales de la naturaleza humana. En su opini?n, el vicio y la virtud no son propiedades exclusivas de homosexuales o heterosexuales. Es el sentido del deber y de la responsabilidad de cada hombre, sea cual sea su orientaci?n sexual, lo que dar? lugar a una vida virtuosa o bien a una existencia licenciosa y poco decorosa. Por todo ello, ?el invertido sexual no es necesariamente ni un enfermo ni un criminal? (Raffalovich, 1896: 25). Rompiendo estereotipos a?ejos, sostiene que el coito anal y el deseo hacia el imp?ber no constituyen el fin natural del instinto sexual del uranista, sino su desviaci?n y corrupci?n. Cat?lico convencido, Raffalovich recomienda al unisexual huir de la perversi?n mediante la castidad y el desd?n de los impulsos sexuales, 119 cultivando un amor hacia los hombres de corte sentimental e intelectual. La sentencia ?alma de mujer en un cuerpo de hombre? no refleja para Raffalovich los diversos tipos de uranistas existentes: los hay ?ultra viriles, viriles, afeminados y pasivos? (Ib?dem.: 5). Creer en la feminidad de todos los unisexuales es un error reduccionista que olvida que algunos de ellos ?son m?s masculinos que los hombres normales (?) desprecian demasiado a las mujeres como para ser afeminados? (Ib?dem.:15). A pesar de admitir la diversidad de expresiones uranistas, Raffalovich no les concede la misma consideraci?n: mientras que el unisexual masculino acostumbra a destacar por sus ?elevados valores morales?, el afeminado lleva consigo la marca de la degeneraci?n. Es, por tanto, la adecuaci?n a las normas de g?nero, y no la orientaci?n sexual, lo que separa aqu? al hombre normal del perverso sexual. Como se?ala Hekma (1993), la disputa entre defensores y detractores de la homosexualidad en tanto que tercer g?nero se resolver? a favor de los primeros. La insistencia de muchos homosexuales en presentarse como sujetos situados entre el binomio hombre-mujer contar? adem?s con el respaldo del estamento psiqui?trico, que ver? en esta concepci?n una buena forma de cortocircuitar la amenaza que la homosexualidad supon?a para el mantenimiento del sistema de g?nero. Y es que si se transformaba al sodomita en un hombre afeminado, en un hombre con alma mujer; en fin, en un no-hombre, la decencia y la virilidad del hombre ?normal? quedaban intactas65. 5.3. La teor?a de la degeneraci?n: el campo f?rtil para las perversiones sexuales La disciplina psiqui?trica experimenta una mutaci?n sustancial a partir de los a?os 60 del siglo XIX. Tanto los fundamentos te?ricos como la metodolog?a terap?utica del alienismo son cuestionados por una pujante psiquiatr?a de corte organicista e inspirada en los avances de la medicina cl?nica. Esta nueva psiquiatr?a ya no es tanto un saber sobre la enfermedad, pues tiene como foco principal de atenci?n a la anomal?a: ?La psiquiatr?a abandona a la vez el delirio, la alienaci?n mental, la referencia a la verdad, y luego la enfermedad. Lo que toma en cuenta en ese momento es el comportamiento, sus desviaciones, sus anomal?as; 65 Esta estrategia simb?lica de preservaci?n de la masculinidad podr?amos tambi?n encontrarla en aquellos pa?ses que, en la actualidad, persiguen severamente la homosexualidad pero ofrecen una cobertura para aquellas personas que desean someterse a las t?cnicas transexualizadoras. Es el caso de Ir?n, donde la homosexualidad est? penada con la pena capital al mismo tiempo que se reconoce el derecho de los transexuales a operarse y obtener una nueva identidad jur?dico-administrativa. La l?gica que subyace a esta situaci?n ser?a similar a la aplicada el siglo XIX: si a todo hombre que no se adapta al rol social masculino se le aplican t?cnicas de feminizaci?n corporal y se le otorga una identidad femenina, se logra salvaguardar la esencia masculina. 120 hace de un desarrollo normativo su referencia? (Foucault, 2001: 281). Toda una serie de conductas desviadas ser?n unificadas bajo un ?nico paradigma nosogr?fico y etiol?gico: el degeneracionismo. La noci?n alienista de ?monoman?a? se refer?a a un delirio parcial, a un desorden puntual que pod?a ser tratado mediante el tratamiento moral. Con el paradigma organicista de la degeneraci?n aparece la noci?n de ?estado anormal?, esto es, un n?cleo patol?gico permanente ?y, por tanto, irreducible a la pedagog?a racional? a partir del cual puede desarrollarse una infinidad de procesos m?rbidos. El individuo afectado por este estado de anormalidad o degeneraci?n puede sufrir cualquier tipo de desviaci?n o patolog?a, pues ?su fecundidad etiol?gica es total? (Ib?dem.: 285). Dicho estado se concibe como una detenci?n, retraso o regresi?n del desarrollo evolutivo que se transmite hereditariamente. As? pues, la degeneraci?n activa un c?rculo vicioso que hace peligrar la evoluci?n del individuo y de la especie: una patolog?a puede producir cualquier otra patolog?a en un mismo individuo, a la vez que puede reproducirse y agravarse en los descendientes (Castel, 1976; Foucault, 2001; V?zquez Garc?a y Cleminson, 2010). El primer gran te?rico del degeneracionismo es B?n?dicte-Auguste Morel. Para este m?dico franc?s, las degeneraciones son ?desviaciones m?rbidas del tipo normal humano? (Morel, 1860: II) que se transmiten hereditariamente. En Trait? des degenerescences (1857), Morel explora las m?ltiples causas de la degeneraci?n: si bien pueden ser el producto de una patolog?a cong?nita, en la mayor?a de los casos las degeneraciones constituyen la prueba palpable de la deriva y el mal obrar de la humanidad, pudiendo ser provocadas por un entorno f?sico y social inadecuado (como las hambrunas, las epidemias o el hacinamiento), los malos h?bitos (el alcoholismo o una mala alimentaci?n) o la inmoralidad (las bajas pasiones o una educaci?n inapropiada)66. El sujeto degenerado puede sufrir deformidades corporales, disfunciones org?nicas y hasta ?las aberraciones m?s extra?as en el ejercicio de las facultades intelectuales y de los sentimientos morales? (Morel, 1857: 62); una amplia variedad de anomal?as que le impedir?n ?cumplir con su funci?n en la humanidad? (Ib?dem.: 5). Pero el gran peligro de la degeneraci?n es que no solo afecta al sujeto individual: tambi?n conlleva graves consecuencias para las generaciones futuras. Aunque en un primer momento las patolog?as pueden deberse a factores adquiridos, ?stas acaban fij?ndose en el individuo y constituyendo ese n?cleo o estado patol?gico que se transmite a las generaciones venideras, las cuales podr?n sufrir la misma u otras patolog?as distintas. De este modo, los 66 Ferviente cat?lico, Morel ofrece una interpretaci?n b?blica de la degeneraci?n. Recurre al G?nesis para entender los or?genes del mal, principal causante de la degeneraci?n del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. 121 descendientes de una persona alcoh?lica pueden padecer, a causa de la herencia, imbecilidad, idiocia, ?perversiones de los sentimientos? o ?aberraciones de la inteligencia?. Esta secuencia incesante entre patolog?a?herencia?degeneraci?n crea, seg?n Morel, variedades m?rbidas de la especie humana, aut?nticas ?razas enfermizas?. Si el alienismo concibi? una terap?utica individual dentro de los muros del asilo, el degeneracionismo priorizar? las acciones preventivas sobre la sociedad en su conjunto, en especial en aquellas zonas donde reina el desorden y la inmoralidad. Es necesario ?combatir las causas de las enfermedades y prevenir sus efectos? (Ib?dem.: 690), lo que implica actuar sobre los procesos pat?genos con regulaciones sociales y medidas higi?nicas. Ante un n?cleo patol?gico permanente y hereditario, la prioridad ya no es tanto la curaci?n del individuo, sino la protecci?n y gesti?n de todo el cuerpo social. El paradigma de la degeneraci?n permitir? unificar el abordaje de todas las desviaciones sexuales, superando las disparidades te?ricas y taxon?micas existentes hasta entonces. Bas?ndose en una concepci?n evolutiva de lo patol?gico, el degeneracionismo servir? para pensar el amplio espectro de las anomal?as de la sexualidad, que ser?n vistas como perversiones del instinto sexual normal (que es heterosexual y reproductivo). El degeneracionismo confiere a la sexualidad una responsabilidad biol?gica y gen?tica fundamental: las desviaciones sexuales producen todo tipo de enfermedades en el individuo, pero tambi?n pueden entrar en una espiral de degradaci?n evolutiva que determine la decadencia de la especie. Con el fin de controlar y gestionar esta doble vertiente de la degeneraci?n ?individual y colectiva? surgir?n dos de las grandes tecnolog?as del siglo XIX: la psiquiatr?a de las perversiones y la eugenesia. El concepto de ?perversi?n sexual? es difundido por el otro gran nombre del degeneracionismo franc?s: Valentin Magnan. Con un enfoque m?s secular y biologista que el de Morel, en Des anomalies, des aberrations et des perversions sexuelles (1885) Magnan se muestra dispuesto a superar la confusi?n provocada al contemplar la enorme diversidad de anomal?as sexuales determinando sus v?nculos rec?procos. Para abarcar toda esta diversidad, elabora una tipolog?a formada por tres categor?as: ?espinales?, ?espinales cerebrales posteriores? y ?espinales cerebrales anteriores?. Los individuos encuadrados en esta ?ltima categor?a tienen afectado el ?centro genito-espinal?, a saber, la regi?n que determina las funciones sexuales. Esta disfunci?n provoca que las ideas, las inclinaciones y los sentimientos est?n pervertidos, lo que aleja a estas personas del ?acto fisiol?gico indispensable para la conservaci?n de la especie? y les lleva a cometer las ?aberraciones m?s extra?as? (Mangan, 1885: 11). En su grado m?ximo de desviaci?n, esta perversi?n puede dirigir el instinto sexual hacia las personas del mismo sexo: es lo que Magnan ?siguiendo a Charcot? denomina ?inversi?n del sentido genital?. El hecho de que esta perversi?n tienda a manifestarse antes de que una ?educaci?n viciosa? o una ?actitud depravada? 122 puedan corromper al ni?o, demuestra su car?cter cong?nito. Magnan se alinea con la corriente encabezada por Ulrichs al concebir a la persona invertida como un ser cuya alma y morfolog?a corporal est?n inversamente sexuadas, aunque en su definici?n sustituye el t?rmino filos?fico-religioso ?alma? por el t?rmino biologista ?cerebro?: ?cerebro de mujer en un cuerpo de hombre y cerebro de un hombre en el cuerpo de una mujer? (Ib?dem.: 18). La visi?n del invertido como un ser afeminado, fruto de la conceptualizaci?n conjunta de las inversiones de sexo y de g?nero, queda patente en el relato de un profesor universitario recogido por Magnan: Mi sensualidad se manifest? cuando ten?a siete a?os por un violento deseo de ver desnudos a los ni?os de mi edad o a los adultos (?) Me encanta el acicalamiento femenino; me gusta ver a una mujer bien arreglada, porque pienso que me gustar?a ser mujer para vestirme as?. A los 17 a?os me disfrazaba de mujer en carnaval y sent?a un intenso placer al arrastrar las faldas por los salones, al ponerme pelucas y al lucir un vestido escotado (Ib?dem.: 16). Tal y como se?alan Plumed y Rey (2002) y V?zquez Garc?a y Cleminson (2010), las ideas degeneracionistas se asentaron en Espa?a tard?amente. Hasta el primer cuarto del siglo XX, el degeneracionismo no se establece como paradigma de referencia, ?poca en la que todav?a tiene que coexistir con las categor?as del alienismo (como la erotoman?a), la medicina legal (pederastia) e incluso con las antiguas nociones teol?gico-morales (sodom?a). Este eclecticismo te?rico-conceptual queda reflejado en los estudios criminol?gicos de principios del XX, como es el caso de los c?lebres tratados sobre la ?mala vida?: La mala vida en Madrid (1998 [1901]) de Bernaldo de Quir?s y Llanas Aguinaliedo, y La Mala vida en Barcelona (1912) de Max-Bembo. En estos textos, que analizan las m?ltiples dimensiones de la criminalidad y la inmoralidad en las dos grandes ciudades espa?olas (prostituci?n, delincuencia, homosexualidad o miseria), se puede ver el influjo del degeneracionismo franc?s y de su escuela hom?loga italiana (el lombrosianismo), pero tambi?n es visible la impronta de la medicina legal y de los primeros te?ricos de la inversi?n. Max-Bembo muestra sus m?ltiples y variados conocimientos te?ricos (de Westphal y Raffalovich hasta Krafft-Ebing y Moll) cuando aborda la inversi?n sexual en su Mala Vida en Barcelona. Para este pedagogo catal?n, que dedica parte de la obra a identificar los espacios p?blicos en donde se producen encuentros sexuales entre hombres y a analizar la liturgia que gobierna dichos contactos, la inversi?n es fruto de una degeneraci?n del instinto sexual normal: 123 Sabemos que la normalidad es la herencia del instinto de reproducci?n, lo masculino uni?ndose a lo femenino para continuar la perfecci?n del tipo de la especie. Este instinto puede desviarse, es decir, es an?malo desde el momento que no cumple la herencia; se pervierte en tanto que disminuye la atracci?n de seres contrarios; hay aberraci?n en tanto que se anula el fin primero de la vida (Max-Bembo, 1912: 21-22). Asimismo, las teor?as de la degeneraci?n constituyen una de las corrientes te?ricas que alimentan al movimiento regeneracionista espa?ol. Algunos de sus autores atribuyen la mayor?a de los problemas que asolan el pa?s a finales del siglo XIX (la p?rdida del poder colonial, la inestabilidad y la corrupci?n pol?ticas, el aumento de la pobreza urbana y la pr?ctica desaparici?n de la peque?a agricultura) a la degradaci?n de la raza ib?rica. Dicha degradaci?n se habr?a producido, en buena medida, por una supuesta p?rdida de virilidad entre los hombres espa?oles. Un ejemplo de ello lo encontramos en Lucas Mallada, quien en Los males de la Patria y la futura revoluci?n espa?ola, a parte de identificar la pereza, la fantas?a, la falta de patriotismo y la ignorancia como los ?grandes defectos del car?cter nacional?, sospecha que ?el pueblo espa?ol posee menor virilidad en el presente que en otros tiempos pasados? (Mallada, 1969 [1890]: 37). 5.4. Krafft-Ebing: el padre de la sexolog?a contempor?nea Como bien apuntan V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997: 247), ?el paso de una noci?n de enfermedad concebida como desorden puntual y excepcional (monoman?a) a un concepto evolucionista de lo patol?gico que sit?a en la sexualidad y en sus sinuosidades m?s cotidianas la clave interpretativa de la subjetividad, marca la ruptura que hace posible a una teor?a de las perversiones?. El paradigma organicista posibilita la aparici?n de teor?as que unifican, bajo un ?nico modelo explicativo, a un n?mero cada vez mayor de conductas sexuales an?malas. Se desencadena entonces, a finales del siglo XIX, una vor?gine sexol?gica caracterizada por un aumento exponencial de publicaciones, taxonom?as y conceptos con los que se tratan de esclarecer los mecanismos y (dis)funciones de la sexualidad. Es cierto que existen importantes diferencias entre los autores: algunos, como Krafft- Ebing, defienden el car?cter esencialmente pat?geno de la sexualidad, mientras que otros, como Havelock Ellis o Magnus Hirschfeld, se apartan de esta patologizaci?n de lo sexual y hasta consideran ciertas desviaciones sexuales como leg?timas expresiones de la naturaleza humana; Freud y sus disc?pulos se aproximan a la sexualidad desde una vertiente simb?lica, mientras que Kinsey y los suyos inauguran el estudio sociol?gico del comportamiento sexual. Pero a pesar de estas diferencias palpables, lo cierto es que todos ellos utilizan la misma racionalidad sexo-l?gica, gravitan en un universo en el que la sexualidad aparece 124 como una verdad esencial, como el principal determinante de la identidad del sujeto, como un sustrato que casi todo lo explica. Los pioneros de la sexolog?a cient?fica sol?an presentarse como adalides de la verdad sexual en una sociedad que la ensombrec?a con tab?es, eufemismos y sanciones. Sus trabajos estaban motivados por una voluntad filantr?pica y la mayor?a de ellos apoy? la despenalizaci?n de la homosexualidad en pa?ses con leyes restrictivas y mentalidades cerradas. Sin embargo, tal y como defiende Weeks (1993: 126), esta emergente sexolog?a, ?lejos de estar en una situaci?n conflictiva con las tendencias del siglo XIX, fue muy complaciente con ellas?. Y es que como ya adelant? Foucault (2003 [1976]), a pesar de las restricciones y los silencios estrat?gicos, el siglo XIX coloc? al sexo en el coraz?n del discurso y entre los engranajes del poder. La sexualidad aparec?a en los principales debates de la ?poca y estaba en el n?cleo mismo de las grandes tecnolog?as de gesti?n y control social, como el higienismo, el maltusianismo o el eugenismo. Al respecto, Weeks (1993) sugiere que la sexualidad actu? como un ?campo de batalla simb?lico? en el que se dirimieron la mayor?a de conflictos sociales: la preocupaci?n ante el potencial desestabilizador de la pobreza y del hacinamiento entre la clase obrera, se traduc?a en campa?as que advert?an de los peligros del incesto y la promiscuidad; la inquietud ante las reivindicaciones del feminismo y las proclamas de igualdad, se neutralizaba con teor?as sobre la irreductibilidad del dimorfismo sexual; con la alarma provocada por la p?rdida del poder colonial, se acusaba a la prostituci?n y a la homosexualidad de ser las causantes de la decadencia de la naci?n. La sexolog?a surgi? entre estos problemas y luchas sociales, y sirvi? para conferirles una base te?rica. En el a?o 1886 el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing publica Psychopathia Sexualis67, el gran tratado m?dico que aborda de forma sistem?tica y exhaustiva las desviaciones sexuales. En esta obra se analiza y clasifica una amplia gama de fen?menos, que son agrupados bajo el concepto comprehensivo de ?perversiones sexuales?. Tras la primera edici?n de la obra, relativamente breve, Krafft-Ebing recibe numerosas cartas de personas que le explican detalladamente sus problemas sexuales. En ediciones posteriores, estos testimonios son convertidos en estudios de casos cl?nicos, hecho que permite al autor afinar y profundizar sus an?lisis sobre las perversiones, en los que cada vez cobran mayor importancia las experiencias subjetivas del paciente (Moreno Jim?nez, 1990; Weeks, 1993; Hauser, 1994). Con Psychopathia Sexualis, Krafft-Ebing pretende ?conocer los s?ntomas psicopatol?gicos de la vida sexual, determinar sus or?genes y deducir las leyes de su desarrollo? (Krafft-Ebing, 1895 [1866]: VI-VII). Si bien la literatura o la religi?n se han 67 El t?tulo es una clara referencia a la obra de Kaan, aparecida 42 a?os antes. 125 ocupado de la vida sexual y de los sentimientos amorosos a lo largo de los siglos, cree que ha de ser la medicina la encargada de desvelar los misterios de la sexualidad, estudiando para ello sus dimensiones psicol?gica, anat?mica y fisiol?gica. Aunque las disposiciones patol?gicas pueden ofender al ?sentido moral y est?tico?, el m?dico est? predestinado a ocuparse de la debilidad y la miseria humanas para ?salvar a la humanidad ante el juicio de la moral?; est? obligado a ?buscar la verdad, objetivo supremo de todas las ciencias humanas? (Ib?dem.: VIII). Las palabras de Krafft-Ebing reflejan el sentir de una disciplina que persigue la respetabilidad dot?ndose de un halo de cientificidad y objetividad; reflejan el sentir de una ?poca para la cual la sexualidad est? incrustada en el coraz?n de la existencia, pues todo lo recubre, impulsa y explica: La vida sexual es el factor m?s poderoso de la existencia individual y social, la pulsi?n m?s fuerte para el desarrollo de fuerzas, la adquisici?n de la propiedad, la fundaci?n de un hogar, la inspiraci?n de sentimientos altruistas (?) Toda ?tica y gran parte de la est?tica y de la religi?n son el resultante de la vida sexual (Ib?dem.: 2). En opini?n de este sex?logo austro-alem?n, la monogamia y el matrimonio instaurados por el cristianismo son la prueba de la superioridad moral e intelectual de la civilizaci?n occidental. El principal objetivo del instinto sexual ha de ser la procreaci?n. Cualquier desviaci?n lujuriosa del mismo resulta especialmente peligrosa porque destruye las bases de la sociedad. Ahora bien, para Krafft-Ebing es esencial distinguir entre ?perversidad? y ?perversi?n?: mientras que la primera es fruto del vicio y ha de ser castigada, la segunda es el resultado de una ?predisposici?n m?rbida? que afecta al sistema nervioso central, por lo que constituye una psicopatolog?a que ha de ser estudiada y tratada por el especialista: ?El perverso sexual es un desgraciado y no un criminal (?) no merece mayor desprecio que un individuo venido al mundo con una malformaci?n f?sica? (Krafft-Ebing, 1891: IV). Con esta convicci?n despenalizadora, Krafft-Ebing clasifica y analiza m?ltiples perversiones sexuales (sadismo, masoquismo, fetichismo, exhibicionismo, homosexualidad, pedofilia, zoofilia, gerontofilia, autoerotismo, etc.) y recurre a la hipnosis para reducir el sufrimiento del enfermo (pues cree que, en la mayor?a de casos, la curaci?n completa es todav?a imposible). El trabajo de Krafft-Ebing representa uno de los primeros intentos por dotar de una base cient?fica al supuesto seg?n el cual existe una estrecha correlaci?n entre la morfolog?a corporal, la identidad y la orientaci?n sexual de la persona (p.ej. cuerpo de var?n-identidad masculina-deseo hacia las mujeres). Considera que con el desarrollo f?sico y ps?quico de la pubertad, y con el influjo recibido a lo largo de las primeras etapas de la vida por factores externos como la educaci?n, el adolescente toma conciencia de sus caracteres 126 sexuales primarios y secundarios ?pues el reci?n nacido es de generis neutrius? y adquiere una ?individualidad sexual?, es decir, forma su car?cter ?conforme a la naturaleza de su sexo? (Krafft-Ebing, 1895 [1866]: 244). Si no hay factores que entorpezcan el desarrollo f?sico y psicosexual, esta individualidad sexual ?que es una de las partes m?s s?lidas de la conciencia de uno mismo? dirige su deseo hacia las personas del otro sexo. Pero si alguna fuerza entorpece el proceso, el individuo puede desarrollar un deseo sexual equivocado, que podr? dirigirse hacia un objeto (fetichismo) o hacia una persona del mismo sexo (inversi?n sexual u homosexualidad). La zona donde se origina esta desviaci?n es el cerebro, un ?rgano que es: la base de las manifestaciones y de las sensaciones sexuales, de las im?genes y de los deseos, el lugar donde se originan todos los fen?menos psicosom?ticos que denominamos de ordinario con los nombres de sentido sexual, sentido gen?sico e instinto sexual (Ib?dem.: 34). Otra creencia muy arraigada en el imaginario occidental que las teor?as de Krafft- Ebing elevan al rango de axioma cient?fico es la que vincula la masculinidad con el elemento activo y la feminidad con el pasivo. Como se ha comentado con anterioridad, esta doble vinculaci?n representa ahora algo m?s que un mero reparto de papeles en el acto sexual o en la vida cotidiana: crea distintos tipos de sujetos patol?gicos. Esto se hace evidente en dos de las famosas categor?as creadas por Krafft-Ebing, el masoquismo y el sadismo, que son concebidas como intensificaciones patol?gicas del car?cter sexual femenino (pasivo) y masculino (activo), respectivamente. De este modo, mientras que le resulta ?indudablemente patol?gico? el que un hombre desarrolle un papel subordinado durante el acto sexual y experimente placer al ser maltratado por la mujer (masoquismo), considera menos an?malo el goce de la mujer ante el dolor infligido por el hombre, puesto que la subordinaci?n e, incluso, el padecimiento de violencia f?sica, se adecuan a la naturaleza femenina. En cuanto al sadismo, afirma que es un fen?meno mucho m?s raro en la mujer que en el hombre, al estar ?ste mucho mejor dotado para la dominaci?n y la agresividad. Krafft-Ebing se servir? de estos dos postulados (la correlaci?n sexo-g?nero-orientaci?n sexual y la doble vinculaci?n hombre-activo y mujer-pasivo) para elaborar su teor?a de la inversi?n sexual. Bas?ndose en el paradigma degeneracionista, define la inversi?n como una ?disposici?n psicosexual an?mala? que debe ser entendida como ?un estigma de una degeneraci?n funcional? (Ib?dem.: 246). Esta patolog?a puede ser de dos tipos: cong?nita o adquirida. Krafft-Ebing es otro de los que recurre a la imaginer?a hermafrod?tica para entender la inversi?n cong?nita: ?sta podr?a deberse a un desarrollo anormal del feto, el cual adquirir?a los caracteres f?sicos de un sexo y los caracteres ps?quicos del sexo contrario (aunque tambi?n desarrolla la idea de una configuraci?n cerebral bisexual). En lo referente 127 a la homosexualidad adquirida, el sex?logo reconoce que las causas son todav?a un misterio, pero se decanta por la pr?ctica onan?stica y la abstinencia sexual como posibles factores. Uno de los aspectos m?s importantes e influyentes de su teor?a de la inversi?n es el establecimiento de tipolog?as gradacionales en funci?n de la intensidad que adquiere el fen?meno. Si muchos de sus predecesores tend?an a concebir la inversi?n como una doble desviaci?n de la orientaci?n sexual y la identidad de g?nero (de ah? la visi?n del homosexual como sodomita a la vez que afeminado), Krafft-Ebing dar? un paso adelante para la definitiva separaci?n de estas dos vertientes, pues en vez de conceptualizarlas conjuntamente establece entre ellas una relaci?n de grado. As?, mientras que en los casos menos graves la inversi?n se limita a la orientaci?n del deseo sexual, en los que revisten mayor severidad ?toda la personalidad moral, e incluso las sensaciones ps?quicas se transforman en el sentido de la perversi?n sexual? (Ib?dem.: 247). Veamos esto con m?s detalle aproxim?ndonos a la homosexualidad adquirida. El grado menos pronunciado es la denominada ?inversi?n sexual simple?. Con ella, una persona siente un deseo sexual hacia alguien de su mismo sexo, ?pero el car?cter y el tipo de sentimientos permanecen conformes al sexo del individuo? (Ib?dem.: 251). Esto significa que siente y act?a como un hombre, ejerciendo en todo momento un papel activo. Si el invertido tiene ?sentimientos e inclinaciones femeninas?, es decir, desarrolla un papel pasivo en el acto sexual, estaremos ante el segundo grado de homosexualidad, la ?eviratio? o ?afeminamiento?. Finalmente, el grado m?s acentuado es la ?metamorphosis sexualis paranoica?, con la que el hombre no solo desea y mantiene relaciones sexuales pasivas con otros hombres sino que, adem?s todo, su yo experimenta una ?transmutatio sexus?: siente, vive y act?a como una persona del sexo opuesto68. La autobiograf?a de un hombre utilizada por Krafft-Ebing para ejemplificar este ?s?ndrome paranoico?, ser?a hoy considerada por un psiquiatra versado en la materia como un claro testimonio de alguien que padece un ?trastorno de la identidad de g?nero? o ?transexualidad?: De peque?o me gustaba estar con las hermanas de mis amigos porque me trataban como si fuera una chica (?) sent?a una predilecci?n por los vestidos de mujer, que me pon?a en secreto en cuanto se presentaba la ocasi?n (?) a la edad de doce o trece a?os tuve el sentimiento bien pronunciado de que prefer?a ser mujer (?) cuando, en la Universidad, pude tener una relaci?n sexual con una chica, ella tuvo que tratarme como si yo fuera una chica y como si yo tuviera que 68 En el caso de la inversi?n cong?nita, Krafft-Ebing (1895 [1866]) tambi?n establece una gradaci?n. De menor a mayor intensidad: hermafroditismo psicosexual (junto a una orientaci?n homosexual predominante hay signos de deseos heterosexuales); homosexualidad (solo existe deseo homosexual); afeminamiento (deseo homosexual junto con car?cter y conducta femeninas); androginia y ginandria (tambi?n la morfolog?a corporal se asemeja a la del sexo contrario). 128 desarrollar su rol (?) comprend?a a las mujeres mejor que cualquier otro hombre (?) desde la noche de bodas sent? que funcionaba como una mujer dotada de un cuerpo masculino (?) soy paciente y nada agresivo, soy tenaz y testarudo como un gato y, al mismo tiempo, dulce y conciliador; en una palabra: me he convertido en una mujer (?) el pene me parece un cl?toris y la uretra una vagina (?) el coito con mi mujer solo es posible si ella se comporta de forma viril (Ib?dem.: 266-281). La idea de que existen diversos grados de homosexualidad en funci?n de si la inversi?n se limita a la orientaci?n sexual, o tambi?n se extiende a la identidad de g?nero (aumentando as? el afeminamiento del invertido a medida que se avanza en la escala tipol?gica) est? bien presente en el ?mbito cient?fico, pero tambi?n en el imaginario popular. En sus estudios sobre la homosexualidad masculina, Oscar Guasch (1991, 2011 y 2013) muestra que la concepci?n social de la homosexualidad durante la Espa?a franquista y los primeros tiempos de la Transici?n se basaba en el grado de afeminamiento del sujeto. De este modo, el transexual (m?s conocido como ?travest??) era concebido como un tipo extremo de homosexual tan marcadamente afeminado que intentaba aproximarse a las formas estereotipadas de ser mujer: En cuanto a su consideraci?n social, en aquella ?poca, la transexualidad era algo completamente desconocido y las mujeres transexuales eran vistas como hombres a los que les gustaba vestirse de mujeres, como travestis, e imitar el prototipo m?s exagerado de la feminidad (Garaiz?bal, 1998: 51). 5.5. Freud y el psicoan?lisis Comprender de forma hol?stica el pensamiento freudiano es poco menos que una quimera, pues sus teor?as no son monol?ticas ni uniformes. Autor altamente especulativo, Freud rehace constantemente su pensamiento a lo largo de su vida, enmienda lagunas, perfila conceptos, admite errores e incurre en no pocas contradicciones, hecho que para algunos es signo de honestidad intelectual ante un saber emergente tan dependiente de la praxis, pero para otros es la prueba de su incapacidad. Sea a modo de advertencia o de justificaci?n, lo cierto es que ?l insiste en ello: La investigaci?n psicoanal?tica no pod?a emerger como un sistema filos?fico con un edificio doctrinal completo y acabado, sino que deb?a abrirse el camino hacia la intelecci?n de las complicaciones del alma paso a paso, mediante la descomposici?n anal?tica de los fen?menos tanto normales como anormales (Freud, 1923a: 14). 129 Quiz? no haya mejor forma de definir el psicoan?lisis freudiano que decir que se trata de un pensamiento marcadamente ambivalente. En este sentido, Weeks (1993: 210) afirma que ?la obra de Freud representa el punto culminante de una supuesta sexolog?a cient?fica y, al mismo tiempo, la fuente de su desintegraci?n potencial?. Por un lado, Freud pertenece de lleno a esta tradici?n decimon?nica que sit?a a la sexualidad en la base para el conocimiento de uno mismo. Es precisamente la creencia de que el sujeto desconoce en gran medida su deseo y su sexualidad lo que constituye el punto de partida de esta ?tecnolog?a del yo? fundada sobre la confesi?n (Foucault, 1978, 1984 y 2003 [1976]). La interacci?n mantenida en ese confesionario secular que es el div?n parece la ?nica forma de acceder a la dimensi?n m?s oscura e inaccesible de nuestro ser, de dar cierta coherencia a ese volc?n en permanente erupci?n que es nuestro inconsciente. Nadie antes que Freud hab?a dado tanta importancia al an?lisis de la sexualidad como mecanismo para lograr la inteligibilidad del sujeto. Como destaca Flax (1995), aunque Freud toma distancia respecto a las teor?as racionalistas y empiristas, rechaza que el psicoan?lisis sea tratado como una ficci?n narrativa u otro m?s de los sistemas filos?ficos sobre la vida humana, y se esfuerza, en cambio, para que su disciplina sea aceptada como una ciencia: ?Hablando estrictamente, s?lo hay dos ciencias: la psicolog?a, pura y aplicada, y la ciencia natural (?) el psicoan?lisis es una ciencia especializada, una rama de la psicolog?a? (Freud; en Flax,1995:135). Al igual que el mundo natural, la mente humana puede ser objeto de conocimiento cient?fico, por lo que el psicoanalista, del mismo modo que el bi?logo, est? obligado a aplicar m?todos t?cnicos para aproximarse a los mecanismos que la gobiernan. Con todo, su posicionamiento intelectual le sit?a en la ?rbita del realismo cr?tico: si bien ?la realidad siempre permanecer? incognoscible, el cient?fico puede obtener ?percepciones? de las conexiones y relaciones dependientes que se hallan (realmente) presentes en el mundo? (Ib?dem.:135). En cuanto a la realidad ps?quica, otorga distintos estatutos ontol?gicos a los recuerdos ?basados en hechos objetivamente acaecidos? y a las fantas?as ?productos del inconsciente subjetivo. Por otro lado, no se puede olvidar que el psicoan?lisis resquebraja, en buena medida, la confianza inquebrantable en el proyecto ilustrado. Freud muestra las limitaciones del sujeto cartesiano, ese ser pensante plenamente consciente de s?: ?El psicoan?lisis no puede situar en la consciencia la esencia de lo ps?quico? (Freud, 1923a: 2). Y es que el sujeto del cogito es tan solo la superficie del sujeto freudiano, la punta de un iceberg. Al sujeto hay cosas que se le escapan, todo un universo de impulsos y deseos inconscientes que condicionan su forma de obrar y de sentir, los cuales no son cognoscibles directamente, sino que se filtran a trav?s de errores discursivos como los lapsos, los olvidos o las equivocaciones, elementos todos ellos obviados por el conocimiento positivo. Para Freud han existido tres grandes afrentas al ?ingenuo amor propio? de la especie humana: la primera afrenta, la copernicana, 130 mostr? al hombre que su Tierra no era el centro del universo; la segunda, darviniana, que el hombre era otra especie m?s del reino animal; la ?ltima, y quiz? ?el m?s grande atentado a la megaloman?a humana?, es la que provoca el psicoan?lisis: ?demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconscientemente en su alma? (Freud, 1916: 13). M?s a?n, la teor?a freudiana trastoca los cimientos de la sexolog?a cient?fica de su tiempo. Aunque Freud nunca abandona del todo la idea de que existe una base biol?gica que determina la mente humana69, tratar? de desvincular la enfermedad ps?quica de la biolog?a (recordemos que el psicoan?lisis inicia su actividad negando que la histeria tenga algo que ver con el ?tero). Sostiene que las personas no son el simple producto de condicionantes biol?gicos o ambientales: existe un ?mbito ps?quico, regido por sus propias leyes, en el que la biolog?a y la cultura se encuentran y adquieren significado. Debilita adem?s el supuesto de que el individuo est? irremediablemente vinculado a un fin sexual ?la reproducci?n? y a un objeto ?la heterosexualidad?, poniendo de manifiesto que en todo individuo habitan pulsiones capaces de escandalizar al moralista y desconcertar al cient?fico (el ni?o, ese ?perverso polimorfo?). La forma en que Freud concept?a las perversiones y, muy especialmente, la inversi?n sexual, le sit?a en un lugar caracter?stico dentro del Olimpo de la sexolog?a. Inicia sus Tres ensayos sobre teor?a sexual (2009 [1905]) tomando distancias respecto a los grandes te?ricos de las perversiones de su tiempo. Niega que la inversi?n sea el producto de una herencia degenerada ?como cre?a Magnan? ya que considera que se manifiesta en personas que no presentan otras anormalidades, cuya ?capacidad funcional? no est? alterada e, incluso, algunas de ellas destacan ?por un gran desarrollo intelectual y elevada cultura ?tica? (Freud, 2009 [1905]:13). Tampoco cree ?refiri?ndose a Ulrichs? que debamos entenderla como una especie de hermafroditismo ps?quico porque, de ser as?, la inversi?n tendr?a que ir acompa?ada de una modificaci?n de los dem?s caracteres de la persona. Si bien reconoce que algunas mujeres presentan caracteres masculinos, cree en cambio que, en los hombres, la inversi?n coexiste generalmente ?con la m?s completa virilidad?. Y es que, como apunta en otro lugar (1920), la mayor?a de estudios sobre la homosexualidad no distinguen con nitidez la cuesti?n de la ?elecci?n de objeto sexual? del ?car?cter y la actitud sexuales?. 69 Su teor?a innatista de los estadios del desarrollo de la libido (oral, anal, f?lica y genital) es una de las partes ?aunque no la ?nica? m?s biologistas de su obra. V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997: 267) se?alan que la psiquiatr?a espa?ola de los a?os 20 y 30 del siglo pasado pudo conjugar la etiolog?a organicista de las perversiones con la etiolog?a psicosexual del psicoan?lisis, gracias a que ?los t?rminos utilizados para referirse al desarrollo de las estructuras org?nicas (gl?ndulas sexuales, sistema nervioso) pod?an ser traducidos a conceptos usados para describir el desarrollo de las estructuras ps?quicas (las etapas de la libido definidas por Freud)?. 131 A aquellos que defienden que el invertido combina centros cerebrales masculinos y femeninos (como Krafft-Ebing), les replica que nada ha demostrado la existencia de zonas cerebrales espec?ficas para la funci?n sexual. Considera asimismo que las explicaciones monocausales de la inversi?n son demasiado simplistas. Es para ?l una ?burda explicaci?n? sostener que ?una persona trae ya establecida al nacer la conexi?n de su instinto sexual con un objeto sexual predeterminado? (Freud, 2009 [1905]:15), a la vez que duda de que los condicionantes ambientales puedan, por s? solos, determinar la orientaci?n sexual. Freud difumina, hasta l?mites insospechados, las fronteras entre la normalidad y la perversi?n. No hay motivo para considerar las perversiones ?entendidas como actos y deseos que escapan al fin reproductivo? como una patolog?a, puesto que ?stas son un elemento constitutivo de la sexualidad normal: ?En ning?n hombre normal falta una agregaci?n de car?cter perverso al fin sexual normal? (Ib?dem.: 32). En su opini?n, las perversiones han habitado y habitan en cada uno de nosotros: son perversos los impulsos sexuales infantiles porque parten de zonas er?genas no sometidas a la primac?a de los genitales (como la boca o el ano), y lo son igualmente varias pr?cticas que los adultos incluimos en el juego er?tico- sexual (como los besos o las caricias). Como apuntan muy acertadamente V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar (1997: 266), con Freud ?el perverso no es un ser tan singular, pero, en contrapartida, todos somos un poco perversos, y, por tanto, un poco m?s psiquiatrizables?. En cuanto a la inversi?n, es de sobra conocido que, para Freud, el ser humano no nace con un objeto de deseo preestablecido, pudiendo decantarse hacia el hombre o la mujer. Esta bisexualidad primigenia no solo explica el hecho de que alguien realice una elecci?n homosexual de objeto, sino tambi?n el que todos nosotros la hayamos llevado a cabo, siendo ni?os, en nuestro inconsciente. Parece que estamos ante un argumentario incontestable para la normalizaci?n de la homosexualidad: ?El inter?s sexual exclusivo del hombre por la mujer constituye tambi?n un problema, y no algo natural? (Freud, 2009 [1905]: 154). Sin embargo, los caracter?sticos titubeos freudianos permiten a los esc?pticos cargarse de razones para dudar de este perfil despatologizador. Como tantos otros autores de su ?poca, para Freud no existe una sola homosexualidad sino m?ltiples tipos, los cuales se distinguen unos de otros en funci?n de su origen, intensidad y frecuencia. No resulta problem?tico que el ni?o tenga al padre como objeto de deseo, ni tampoco que al inicio de la sexualidad puberal los adolescentes sientan una atracci?n mutua. Ahora bien, tras criticar toda visi?n de la perversidad como algo despectivo, Freud afirma: ?Cuando la perversi?n (?), alentada por circunstancias que la favorecen y que se oponen en cambio a las tendencias normales, logra reprimir y sustituir por completo a estas ?ltimas; esto es, cuando presenta los caracteres de exclusividad y fijaci?n, es cuando podremos considerarla justificadamente como un s?ntoma patol?gico? (Ib?dem.: 32). Adem?s, para el padre del psicoan?lisis los 132 impulsos homosexuales forman parte del normal desarrollo psicosexual del sujeto, pero sostiene que dicho desarrollo ha de finalizar con la adopci?n de un deseo heterosexual: ?La formaci?n de esta primac?a (la uni?n, en el coito, de los genitales masculinos y femeninos) en aras de la reproducci?n es, por tanto, la ?ltima fase de la organizaci?n sexual? (Ib?dem.: 69). As? pues, si para los degeneracionistas la homosexualidad constituye una regresi?n filogen?tica, para Freud parece representar una paralizaci?n del desarrollo de la psique: No hay duda de que la homosexualidad no supone ninguna ventaja; pero no hay que avergonzarse de ello, no es un vicio, ni es una degradaci?n; no puede clasificarse como enfermedad; nosotros lo consideramos como una variaci?n de la funci?n sexual producida por cierta detenci?n en el desarrollo sexual70 (Freud; en Weeks, 1993: 251-252). El psicoan?lisis no puede solucionar el problema de la homosexualidad, sino que ?tiene que conformarse con revelar los mecanismos ps?quicos que han llevado a decidir sobre la elecci?n de objeto? (Freud, 1920: 48). Para ello, resulta indispensable escudri?ar lo sucedido durante los a?os de la infancia, pues ah? se produce la g?nesis de nuestra constituci?n psicosexual. Es durante los primeros a?os de nuestras vidas que aparecen el deseo, el amor, los celos y otras pasiones, de las que hoy tan solo conservamos algunos recuerdos fragmentarios, pero que han dejado una profunda huella en nuestro ser. Es en este periodo vital que se desarrollan dos fen?menos interrelacionados, el complejo de Edipo y la amenaza ?o constataci?n? de la castraci?n, que ser?n determinantes para la configuraci?n de la vida sexual adulta. Si bien estos fen?menos aparecen tanto en la vida sexual del ni?o como de la ni?a, Freud sostiene que act?an de forma distinta en cada caso, por lo que teoriza el desarrollo sexual infantil de forma diferenciada en funci?n del sexo. Vayamos, pues, por partes. Desde sus inicios, la persona se va configurando en la relaci?n din?mica de las elecciones de objeto sexual con las identificaciones. Freud define la ?identificaci?n? como la manifestaci?n m?s temprana de enlace afectivo a otra persona, un movimiento que ?aspira a conformar el propio yo an?logamente al otro tomado como modelo? (Freud, 1984 [1921]: 43). En el caso del var?n, la identificaci?n m?s temprana es con el padre, que se convierte en un modelo a imitar. Paralelamente a esta identificaci?n paterna, o algo m?s tarde, el ni?o toma a la madre como objeto de deseo sexual. Tenemos por tanto dos ?rdenes de enlace: una identificaci?n (con el padre) y un objeto de deseo (la madre). El conflicto ed?pico surge cuando el ni?o empieza a ver al padre como un obst?culo para la realizaci?n del deseo que siente por su madre. La identificaci?n con el progenitor adquiere 70 El subrayado es m?o. 133 entonces un matiz hostil, hasta el punto de que el ni?o desear? sustituirlo. Para que el complejo de Edipo quede sepultado, es necesario el desarrollo de un proceso asociado a la fuerza simb?lica atribuida al pene. Durante los primeros a?os de su vida, el ni?o se encuentra bajo la primac?a del Falo, esto es, ignora la diferencia genital al suponer que todos los seres tienen pene. Pero a medida que aumenta su curiosidad sexual, lo que Freud denomina ?pulsi?n de investigaci?n?, se va dando cuenta de que no todos los seres tienen pene, y esta falta es entendida como el resultado de una castraci?n. La constataci?n de que su madre o su hermana no lo tienen, y s? en cambio el padre, crear? en ?l la ?amenaza de castraci?n?, es decir, el miedo a perder su pene si persiste en sus deseos incestuosos. La disyuntiva entre el inter?s narcisista por mantener el pene y el deseo de satisfacer el amor que siente por la figura materna se resolver? a favor de la primera opci?n. Esto supone la resoluci?n del conflicto ed?pico y la instituci?n del ?supery??: la instancia moral que constri?e al yo y le permite acceder a la comunidad cultural71 72. Con la fuerza coercitiva del ?supery?? se refuerza la masculinidad del var?n: ?as? (como el padre) debes ser?; a la vez que se establece una prohibici?n fundamental, el tab? del incesto: ?as? (como el padre) no te es l?cito ser, esto es, no puedes hacer todo lo que ?l hace, pues muchas cosas le est?n reservadas? (Freud, 1923a: 13). Sin embargo, no todo resulta tan sencillo. En El yo y el ello (1923a), Freud sostiene que el yo puede incorporar en su estructura misma al objeto perdido ?en este caso, la madre?. Dicho de otro modo, el yo transformar?a una investidura de objeto ?el deseo hacia la madre? en una identificaci?n ?con la madre?; como si el yo tratara de superar la p?rdida del otro interiorizando sus atributos, tratando de asemejarse a ?l. As? pues, la p?rdida del objeto-madre que conlleva la resoluci?n del complejo de Edipo puede desembocar en dos tipos de identificaci?n: un reforzamiento de la identificaci?n primera con el padre que consolidar? la masculinidad del ni?o, o bien una identificaci?n con la madre como consecuencia de haber introyectado el objeto perdido. Freud nos indica ?aunque de forma imprecisa? que la salida y desenlace del complejo de Edipo en una identificaci?n-padre o una 71 Para Butler (2007 [1999]) el miedo a la castraci?n debe ser entendido como un miedo al afeminamiento, que en las culturas occidentales se relaciona con la homosexualidad masculina. Por tanto, ?la soluci?n del complejo de Edipo ata?e a la identificaci?n de g?nero no s?lo mediante el tab? del incesto sino, previamente, mediante el tab? contra la homosexualidad? (Ib?dem.: 147). 72 En El sepultamiento del complejo de Edipo (1924), Freud pone sobre la mesa otras dos explicaciones alternativas a la resoluci?n del conflicto ed?pico. En la primera de ellas, el conflicto se resolver?a ?como resultado de su imposibilidad interna? (Ib?dem.: 44), es decir, el ni?o desistir?a ante la constante falta de satisfacci?n del amor que siente por la madre. La segunda explicaci?n parte de la consideraci?n del complejo de Edipo como un fen?meno determinado por la herencia, por lo que tendr?a que ?desvanecerse de acuerdo con el programa cuando se inicia la fase evolutiva siguiente? (Ib?dem.: 44). Desde este punto de vista, el complejo caer?a del mismo modo que lo hacen los dientes de leche. Estas distintas explicaciones del Complejo de Edipo son, para Freud, perfectamente complementarias. 134 identificaci?n-madre depender? de la ?intensidad relativa de las dos disposiciones sexuales? (Ib?dem.: 7) que se manifiestan en el sujeto, si bien cree que el primer tipo de identificaci?n (la heteronormativa) se produce con mayor frecuencia. Risman (1982) recuerda que es esta segunda alternativa (el afeminamiento del ni?o a causa de su identificaci?n con la madre) la que es utilizada por los psicoanalistas freudianos para entender la transexualidad femenina. Y la cosa se complica a?n m?s si tenemos en cuenta que, dada la naturaleza bisexual del ser humano, el ni?o puede tambi?n mostrar una actitud femenina y tener al padre como objeto de deseo sexual, adoptando, por consiguiente, una actitud celosa y hostil hacia la madre. Este complejo de Edipo ?inverso o negativo? puede coexistir en un mismo individuo con el complejo ?positivo o normal? (actitud hostil hacia el padre y deseo hacia la madre). En este caso, estamos ante un ?complejo de Edipo completo?. Como afirma Butler (2007 [1999]) con agudeza, lo que Freud entiende como una disposici?n bisexual primigenia es en realidad la coincidencia de dos deseos heterosexuales en una misma psique. Es decir, es necesaria una disposici?n masculina para tener como objeto de deseo a las mujeres; mientras que para tener como objeto sexual al hombre, se requiere una disposici?n femenina. Como vemos, Freud es otro m?s de los que consideran que solo los opuestos se atraen. En relaci?n a la homosexualidad masculina, Freud no es capaz de decantarse por ninguna de las dos hip?tesis que formula. La primera hip?tesis sugiere que la homosexualidad se produce por una identificaci?n del hombre con la figura materna acompa?ada de una investidura narcisista de objeto: estos sujetos buscar?an a hombres que se les asemejaran, y a los que amar?an como su madre les am? a ellos. La segunda explicaci?n se contrapone a la primera. En este caso, la homosexualidad se producir?a no por una identificaci?n femenina, sino por un marcado rechazo de la mujer derivado de la amenaza de castraci?n: ?Es notorio, asimismo, cu?nto menosprecio por la mujer, horror a ella, disposici?n a la homosexualidad, derivan del convencimiento final acerca de la falta de pene en la mujer? (Freud, 1923b: 37). Freud cree que la orientaci?n sexual definitiva se establece despu?s de la pubertad y es el producto de m?ltiples factores, tanto cong?nitos como adquiridos, que todav?a no han sido completamente determinados. Supone que la orientaci?n heterosexual se da en mayor medida a causa ?de la atracci?n que manifiestan los caracteres sexuales opuestos? (2009 [1905]: 99). Aunque afirma que este determinismo genital no basta por s? solo, llegando a admitir el influjo de las normas sociales (recuerda que en sociedades que no penalizan la inversi?n, ?sta aparece con mayor frecuencia) y de los recuerdos infantiles (el recuerdo de la ternura maternal y de la rivalidad con el padre llevar?an al hombre a una 135 elecci?n heterosexual de objeto73). Advierte adem?s que en bastantes casos de inversi?n se revela el predominio de ?mecanismos ps?quicos arcaicos?, como la elecci?n narcisista de objeto y la persistencia de la significaci?n sexual en la zona anal. En el caso de las mujeres, el desarrollo psicosexual es a?n m?s complejo. Al igual que el ni?o, la ni?a tambi?n tiene a su madre como primer objeto de deseo, pues debemos tener en cuenta que es la madre quien m?s intensamente cuida a los ni?os ?d?ndoles adem?s de mamar? durante las primeras etapas de sus vidas. Mientras desea a su madre, la ni?a est? dominada por impulsos activos, teniendo al cl?toris como ?rgano privilegiado de placer sexual (Freud lo considera un ?rgano masculino, equiparable al pene). Pero entonces la ni?a toma conciencia de un hecho capital: ella no tiene pene como su padre o sus hermanos y desear?a tenerlo, lo que le genera el sentimiento denominado ?envidia de pene?. Dado que su madre tampoco tiene pene, ?sta es vista por su hija como la principal culpable de haberla tra?do al mundo con tal execrable falta, por lo que se desvanecer? el deseo que siente por ella. Entre tanto, la ni?a acaba resignando el deseo de tener un pene por el deseo de tener un hijo, y por ello toma al padre como objeto de amor. El conocimiento de la diferencia anat?mica de los sexos fuerza a la ni?a a apartarse de la masculinidad ?activa y clitoridiana? y encaminarse hacia la feminidad ?pasiva y vaginal74. Como se puede observar, si la ?amenaza de castraci?n? permite la resoluci?n del complejo de Edipo en el caso del var?n, en la mujer es la ?castraci?n consumada? lo que precede y desencadena el conflicto ed?pico. Pero es que, adem?s, hay que tener en cuenta que cuando la ni?a adquiere conciencia de su falta de pene puede tomar otro camino diferente al del complejo de Edipo normal, un camino que para algunos psicoanalistas puede desembocar en lo que actualmente llamamos ?transexualidad masculina?. Y es que la ni?a tambi?n puede negarse a aceptar el hecho de la castraci?n. Se trata del ?complejo de masculinidad?, con el que la ni?a ?acaricia la convicci?n de que (?) posee un pene, y se ve compelida a comportarse en lo sucesivo como si fuera un var?n? (Freud, 1925: 62). En Sobre la psicog?nesis de un caso de homosexualidad femenina (1920), Freud presenta el caso de una mujer que, a parte de haber elegido un objeto de deseo femenino, tambi?n ha adoptado una ?actitud masculina? en el amor, hecho que se evidencia porque presenta ?la humildad y la enorme sobrestimaci?n sexual que es propia del var?n amante? y porque prefiere ?amar antes que ser amada? (Freud, 73 Por eso considera que la ausencia de un padre en?rgico durante la infancia favorece en muchos casos la inversi?n. Sin embargo, tampoco en este punto las cosas parecen estar muy claras, puesto que el mismo Freud afirma en otro lugar: ?la educaci?n del ni?o por personas masculinas (en la antig?edad los esclavos) parece favorecer la homosexualidad? (Freud, 2009 [1905]: 99). 74 Para Freud, la disposici?n bisexual es m?s acentuada en la mujer, ya que su aparato genital es en s? mismo bisexual: el cl?toris (masculino) y la vagina (femenino). 136 1920: 43). En este caso ?muy acentuado? de complejo de masculinidad, la inversi?n sexual viene acompa?ada de una inversi?n (aunque tambi?n podr?amos llamarlo ?usurpaci?n?) de g?nero. Las palabras que siguen, referidas a la personalidad de esta mujer, han sido citadas repetidas veces para criticar lo que se considera un pensamiento androc?ntrico que se muestra receloso ante las reivindicaciones del movimiento feminista: De genio vivo y pendenciero, nada gustosa de que la relegase ese hermano algo mayor, desde aquella inspecci?n de los genitales hab?a desarrollado una potente envidia del pene cuyos reto?os impregnaron m?s y m?s su pensamiento. Era en verdad una feminista, hallaba injusto que las ni?as no gozaran de las mismas libertades que los varones, y se rebelaba absolutamente contra la suerte de la mujer (Ib?dem.: 47). Sea como fuere, la importancia concedida al pene como referente simb?lico que vehicula el desarrollo psicosexual de hombres y mujeres es, sin duda alguna, uno de los aspectos del pensamiento freudiano que m?s cr?ticas ha suscitado ?siendo por ello tildado de faloc?ntrico. Pese a ello, los defensores del m?todo psicoanal?tico no se cansan de repetir que a la mujer no le falta nada, que de la teor?a de la castraci?n no se puede inferir una concepci?n jerarquizada de los sexos, que no hay privilegio instituido por la diferencia anat?mica: Tener el pene, para el hombre, no significa ventaja alguna: si lo tiene, puede perderlo. Su situaci?n no es mejor a la de la mujer, quien sumida en la referencia f?lica, envidia el pene. No hay privilegio que venga a sellar entonces la diferencia anat?mica (Masotta, 2006: 38). Llegados a este punto, la cuesti?n lanzada por Weeks (1993) resulta de lo m?s pertinente: ?Freud hace pivotar toda su teor?a de la sexualidad alrededor del pene porque ?ste es un ?rgano superior por naturaleza, o bien debido a su importancia simb?lica en una sociedad dominada por hombres? La respuesta dada por Freud no apacigua a sus detractores: ?El pene (?) debe su investidura narcisista extraordinariamente alta a su significaci?n org?nica para la supervivencia de la especie? (Freud, 1925: 64). Como si fuera el ?rgano de m?s elevada sustancia de todos los que intervienen en la reproducci?n de la especie. El pensamiento de Freud ya no es aqu? tan genuino. Las diferencias en el desarrollo psicosexual de mujeres y hombres ?bien delimitadas por la amenaza, o la constataci?n, de la castraci?n? son consustanciales a las diferencias anat?micas: La exigencia feminista de igualdad entre los sexos no tiene aqu? mucha vigencia; la diferencia morfol?gica tiene que exteriorizarse en diversidades del desarrollo ps?quico. Parafraseando una sentencia de Napole?n, ?la anatom?a es destino? (Freud, 1924: 45). 137 Freud parece haber encontrado en la morfolog?a genital la base de todo el sistema de g?nero (Laqueur, 1994). Si para algunos, las diferencias psicoconductuales entre los g?neros se fundamentan en unos genitales ?en especial, las g?nadas? que segregan hormonas sexuales, para Freud dichos genitales ?en especial, el pene? son igualmente determinantes porque ?segregan? s?mbolos. En el psicoan?lisis freudiano, las proclamas feministas de igualdad tampoco tienen raz?n de ser, puesto que la naturaleza femenina parece poco indicada para ocupar las esferas de poder y controlar los procesos de toma de decisiones: Uno titubea en decirlo, pero no es posible defenderse de la idea de que el nivel de lo ?ticamente normal es otro en el caso de la mujer. El supery? nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus or?genes afectivos como lo exigimos en el caso del var?n. Rasgos de car?cter que la cr?tica ha enrostrado desde siempre a la mujer ?que muestra un sentimiento de justicia menos acendrado que el var?n, y menor inclinaci?n a someterse a las grandes necesidades de la vida; que con mayor frecuencia se deja piar en sus decisiones por sentimientos tiernos u hostiles? estar?an ampliamente fundamentados en la modificaci?n de la formaci?n-supery? (Freud, 1925: 64). Pese a ello, no har?amos justicia al pensamiento freudiano si ?nicamente advirti?ramos estos esencialismos de ?ndole genital o ps?quica, e ignor?semos el hecho de que es posible apoyarse en el mismo Freud para cuestionar la dicotom?a excluyente ?masculino/femenino?. Y es que la masculinidad y la feminidad no son para ?l puntos de partida del desarrollo del sujeto, sino puntos de llegada. Recordemos que el instinto sexual no tiene un objeto predeterminado y es de naturaleza bisexual. El hecho de que la sexualidad infantil sea inexorablemente perversa, m?s libre de ataduras que una sexualidad adulta enfrentada a sus diques, permite que tanto el ni?o como la ni?a puedan desear al padre o a la madre e identificarse con cualquiera de ellos. Estos primeros objetos de deseo e identificaciones acaecidas durante la infancia condicionar?n para siempre el porvenir del adulto, por lo que no es posible hallar la pura masculinidad ni la pura feminidad en un sujeto, y s? en cambio distintas proporciones de caracteres masculinos y femeninos: Concederemos de buen grado que tambi?n la mayor?a de los varones se quedan muy a la zaga del ideal masculino, y que todos los individuos humanos, a consecuencia de su disposici?n bisexual, y de la herencia cruzada, re?nen en s? caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad y feminidad puras siguen siendo construcciones te?ricas de contenido incierto (Freud, 1925: 64). En resumen, estamos ante un autor fuertemente ambivalente. Por un lado, est? el Freud que universaliza los procesos ps?quicos y genitaliza el g?nero; el de la primac?a simb?lica del pene y el que desautoriza las exigencias de igualdad. Pero tambi?n tenemos al 138 Freud que normaliza la perversi?n y concibe un deseo primigenio carente de objeto (aunque rigi?ndose por una l?gica heterosexual, ya que el ni?o desea a su padre feminiz?ndose y la ni?a desea a su madre desde su masculinidad clitoridiana); al Freud que desdibuja la dicotom?a de g?nero (esas ?construcciones te?ricas de contenido incierto?) y concibe en su lugar un continuo de masculinidad-feminidad. Por todo ello, no resulta extra?o que Weeks (1993) afirme que en Freud podemos encontrar tanto elementos para construir una teor?a radical de la sexualidad como poderosos argumentos normalizantes, y que Laqueur (1994) estime que el fundador del psicoan?lisis encarna como nadie la sempiterna dial?ctica occidental entre el paradigma del sexo ?nico y el de la diferencia sexual. 5.6. Mara??n y los estados intersexuales ?Pocos libros de este autor habr?n sido tan adelantados para su tiempo como lo fue ?ste. En ?l se afirmaban cosas que entonces parecieron fant?sticas y que hoy en d?a se dan como absolutamente ciertas? (Botella Llusi? y Fern?ndez de Molina, 1998: IX). Con estas palabras se inaugura la presentaci?n de un volumen que compila las conferencias realizadas durante la Semana Mara??n de 1995, dedicada enteramente a una de las obras m?s c?lebres del autor: La evoluci?n de la sexualidad y los estados intersexuales (1930)75. Los autores que participan en el evento pertenecen a la alta alcurnia del saber biol?gico-sexual: encontramos a Simon Le Vay, quien defiende la existencia de diferencias hipotal?micas entre homosexuales y heterosexuales; tambi?n est? G?nter D?rner, convencido de que la impregnaci?n del cerebro por hormonas heter?logas durante la vida fetal puede ocasionar la homosexualidad; Louis Gooren, que de forma similar a Le Vay, sostiene que el hipot?lamo de una mujer transexual se asemeja m?s al de una mujer que al de un hombre; y tampoco falta Doreen Kimura, una eminencia entre los que creen que es un supuesto dimorfismo sexual del cerebro lo que determina las diferencias psicoconductuales entre mujeres y hombres. Para todos aquellos que buscan incansablemente el sustrato biol?gico del comportamiento sexogen?rico humano, Mara??n es un referente, todo un pionero que les se?al? el camino a seguir. Es cierto que Mara??n no se cans? de insistir en el poderoso influjo de los factores biol?gicos ?en especial, de las secreciones hormonales? sobre la sexualidad. Pero no es menos cierto el que su obra contiene elementos que tendr?an dif?cil encaje en teor?as de 75 Cuando se cita a esta obra, generalmente se est? haciendo referencia a la segunda edici?n, aparecida en 1930. Durante el tiempo que transcurre entre la publicaci?n de la edici?n original y esta segunda edici?n ?menos de un a?o? Mara??n realiza un cambio fundamental: pasa de una visi?n est?tica de la sexualidad a considerarla como un fen?meno evolutivo a lo largo de la vida del sujeto (Botella Llusi?, 1998). 139 marcado cu?o biologista. Para Mara??n los determinantes psicosociales juegan tambi?n un papel determinante, por lo que no pierde de vista en ning?n momento los desarrollos de sus coet?neos psic?logos y psiquiatras. Pero es que, adem?s, su rechazo a conceptuar la masculinidad y la feminidad como entidades discretas y mutuamente excluyentes, para, en cambio, concebirlas como distintas etapas de un mismo desarrollo evolutivo ?regulado por las secreciones internas?, lo sit?a de lleno en la tradici?n del paradigma del sexo ?nico en una ?poca m?s preocupada por encontrar la base explicativa de las diferencias entre los sexos: Lo masculino y lo femenino no son dos valores terminantemente opuestos, sino grados sucesivos del desarrollo de una funci?n ?nica, la sexualidad, que entre la ni?ez y la ancianidad ?en las que est? apagada? se enciende durante el periodo central de la vida, con diferencias puramente cuantitativas y cronol?gicas, de un sexo a otro (Mara??n, 1930: 1). Tambi?n para Mara??n el ser humano, en sus or?genes, pasa por una fase de sexualidad indiferenciada, de ?primitiva ambig?edad?76. Esta fase de indiferenciaci?n (de ah? la apariencia andr?gina de los infantes) se mantiene hasta la pubertad, ?poca en la que sobreviene la primera de las dos ?crisis de la evoluci?n sexual?. Durante este periodo, hombres y mujeres presentan una apariencia feminoide. Sin embargo, la fase femenina del desarrollo sexual en el caso del var?n es epis?dica, pues a lo largo de la pubertad va desarrollando su virilidad. En el caso de la mujer, la feminidad ocupa casi todo el ciclo vital, aunque durante el climaterio se ve afectada por la segunda crisis de la evoluci?n: hombres y mujeres se vuelven a asemejar, pero esta vez son ellas las que tienen una morfolog?a viril. De esta teor?a del desarrollo sexual se deriva que la masculinidad y la feminidad no pueden ser vistas como valores antag?nicos ni absolutos: Todo organismo, aun el m?s normal, posee caracteres del sexo contrario, si bien atenuados; es decir, que todo organismo es, en cierto sentido, intersexual, ya que posee esos rasgos anat?micos, y sus correspondencias funcionales, del otro sexo, particularmente ostensibles en la infancia; y, m?s adelante, en la pubertad del var?n y en el climaterio de la mujer (Mara??n, 1984 [1943]: 589). Tenemos, de nuevo, a hombres y mujeres situados en una relaci?n de continuidad. Si anta?o los que se val?an del marco conceptual aristot?lico situaban al var?n en el lugar m?s elevado de la ?Gran Cadena del Ser?, ahora Mara??n se apoya en Darwin para emplazarlo 76 A este respecto, Mara??n acepta la tesis de Freud sobre la libido de potencia bisexual, aunque cree que esta bisexualidad ps?quica tiene menos fuerza en el individuo normal de la que cre?a Freud. Mara??n insiste, sobre todo, en la bisexualidad embrionaria, esto es, en la primigenia indiferenciaci?n gonadal. 140 en el estadio m?s desarrollado de la ?cadena evolutiva?77. En la teor?a mara?oniana, el hombre representa ?la etapa sexual terminal?; la mujer, por su parte, es vista como un organismo intermedio entre el organismo infantil o adolescente y el organismo viril. Esta ?superevoluci?n masculina? se refleja en la mayor?a de caracteres sexuales primarios y secundarios (los test?culos est?n, por ejemplo, m?s evolucionados que los ovarios). Mara??n defiende la idea de que esta detenci?n evolutiva del organismo femenino es debida a que, en la adolescencia, ?la energ?a morfogen?tica se canaliza en el sentido de fomentar el auge de los ?rganos maternales, con detrimento de la evoluci?n total? (Mara??n, 1930: 42). Incluso en el hombre y la mujer normales, los estados de confusi?n sexual son tan numerosos que ?a penas hay ser humano cuyo sexo no est? empa?ado por una duda concreta o por una sombra de duda? (Ib?dem.: 3). El problema reside, entonces, en detectar dentro de esta ?escala de infinitas gradaciones? los casos de intersexualidad patol?gica, una tarea nada f?cil porque el paso de la normalidad a la anomal?a es puramente cuantitativo. A pesar de esta dificultad, Mara??n a?na las concepciones sobre los hermafroditismos f?sico y psicol?gico para elaborar una tipolog?a diagn?stica de los estados sexuales dudosos: los denominados ?estados intersexuales?. Dentro de esta amplia clasificaci?n encontramos desde casos de marcada intersexualidad f?sica (como el hermafroditismo o el pseudohermafroditismo), otros en los que la confusi?n morfol?gica es de menor intensidad (como la virilizaci?n en la mujer o la feminizaci?n en el hombre), y tambi?n el caso de la ?intersexualidad del instinto? o ?desviaci?n del erotismo?, esto es, la homosexualidad. La inclusi?n de la homosexualidad dentro de los estados intersexuales ?supone un enorme progreso en la comprensi?n de la anomal?a del instinto? (Ib?dem.: 128). Para entender el por qu? de esta inclusi?n, debemos tener en cuenta que para Mara??n los caracteres sexuales que distinguen al hombre de la mujer se dividen en ?anat?micos? y ?funcionales? (ambas categor?as se subdividen, a su vez, en ?primarios? y ?secundarios?). Entre los caracteres anat?micos primarios, encontramos el aparato genital y las mamas; en los secundarios, la estructura ?sea, la distribuci?n de la grasa, el aparato locomotor o el sistema piloso. La gran aportaci?n de Mara??n y la clave para entender su amplio y particular concepto de ?intersexualidad? reside en esos caracteres ?funcionales?, compuestos por una amalgama de instintos, aptitudes y conductas que diferir?an en funci?n del sexo. As?, la mujer se caracterizar?a por dirigir la libido hacia el hombre, tener una aptitud para la concepci?n, un instinto de maternidad y cuidado de la prole, mayor sensibilidad a los est?mulos afectivos y menor disposici?n para la labor abstracta y creadora. Por el contrario, el hombre dirige la libido hacia la mujer, presenta una aptitud fecundante, tiene un instinto 77 Para un l?cido an?lisis sobre el surgimiento e interrelaciones de los tres conceptos (raza, cultura y evoluci?n) que, a partir de 1830, vertebrar?n el pensamiento antropol?gico, cf. Stoking Jr. (1968). 141 ?de la actuaci?n social?, menor sensibilidad a los est?mulos afectivos y mayor capacidad para la abstracci?n mental y la creaci?n. La observaci?n de estas diferencias constitutivas lleva a Mara??n a afirmar que la tradicional divisi?n sexual del trabajo es una divisi?n ?de profundo sentido sexual?. En este sentido, la mujer ?es pura maternidad?, hecho que la incapacita para el trabajo y el progreso intelectual. Sucede lo contrario con el hombre, que est? hecho ?para luchar con el medio c?smico?. Dentro del esquema mara?oniano, la homosexualidad ser?a entonces un estado intersexual en el que el trastorno funcional ser?a m?s intenso que el anat?mico. A?n as?, considera que en no pocos homosexuales pueden detectarse signos de intersexualidad som?tica, aunque ?stos no son de la misma envergadura que en los casos de hermafroditismo: el hombre homosexual puede presentar un esqueleto feminoide, voz aguda, escasez de vello o piel fina, pero sus genitales son indudablemente masculinos. Estos rasgos ir?an acompa?ados de ademanes, actitudes y gestos afeminados. En cuanto a las causas que la originan, Mara??n no admite la distinci?n entre homosexualidad cong?nita y adquirida, y se decanta por una explicaci?n que mezcla factores ?constitucionales? (sobre todo, endocrinol?gicos) y ?ocasionales? (o sea, adquiridos). Lamenta que psic?logos y psiquiatras no hayan tenido en cuenta hasta fechas recientes el influjo de las hormonas en la g?nesis del fen?meno. Pero admite que la bisexualidad hormonal que caracteriza los primeros estadios de la vida humana es una condici?n necesaria, pero no suficiente, para que se desarrolle el instinto homosexual78. Critica, por otra parte, la criminalizaci?n de la homosexualidad, puesto que los homosexuales ?son seres tan fieles a su instinto como aquellos que buscan a los del sexo contrario (?) cada cual en este mundo no ama lo que quiere, sino lo que puede? (Ib?dem.: 130). En vez de castigarla, la sociedad ha de destinar esfuerzos para entender sus ?or?genes profundos? y tratar de rectificarlos. Cuando habla de los factores adquiridos o ambientales que la favorecen, subraya la importancia de una buena pedagog?a, en especial durante la pubertad, ?poca en la que se consolida la libido. Como medidas concretas, apuesta por intensificar la vigilancia en colegios e internados para controlar ?la seducci?n hacia las relaciones homosexuales? y, en el caso del var?n, aconseja evitar una exposici?n excesiva al ambiente maternal durante su adolescencia. 78 La importancia dada a los factores culturales queda patente en el pr?logo que escribe para la edici?n en castellano de La vida sexual de los salvajes de Malinowski. En dicho texto, Mara??n destaca que entre los salvajes apenas se desarrollan las perversiones sexuales: ?El sadismo, la homosexualidad, la bestialidad, no son, como entre nosotros, plagas, sino enfermedades espor?dicas y rar?simas que afectan solo a algunos individuos degenerados? (Mara??n, 1932: 16). Est? de acuerdo con Malinowski cuando se?ala que el progreso es un factor estimulador de las conductas homosexuales: ?Las sociedades civilizadas (convierten) en homosexuales a muchos seres humanos que, en un medio propicio ?no civilizado?, se conducir?an con rectitud? (Ib?dem.: 22). 142 Mara??n estima que la homosexualidad masculina79 constituye una detenci?n del normal desarrollo evolutivo del hombre: ?en la misma psicolog?a y car?cter generales del invertido hay, con frecuencia, mucho de puerilismo? (Ib?dem.: 146). En el caso de la mujer ?que ocupa un lugar intermedio en la evoluci?n? la inversi?n puede situarla en dos estadios distintos del desarrollo: hay una ?inversi?n regresiva? que la acercar?a a la infancia y una ?inversi?n superativa? tendente a la virilidad. En el primer tipo de inversi?n, la libido ser?a incluso m?s pasiva que la de la mujer heterosexual (de ah? la similitud con la infancia) y se expresar?a por el sentimiento de amor tierno hacia otras mujeres. En cambio, en el segundo tipo de inversi?n las mujeres se acercar?an a la masculinidad: tendr?an una libido activa y una morfolog?a varonil, caracter?sticas de la virago. A pesar de estas diferencias, uno y otro tipo comparten una caracter?stica fundamental: la ?extremada debilidad o la ausencia del instinto materno? (Ib?dem.: 161). 79 En Manual de Diagn?stico Etiol?gico (1984 [1943]), Mara??n subdivide la homosexualidad masculina en: 1) Homosexualidad verdadera o permanente, que est? compuesta por dos grandes grupos: los que exhiben su condici?n y la practican con naturalidad, y los vergonzantes, que, o bien la ocultan, o no la practican. 2) Homosexualidad latente o con brotes accidentales: individuos con una conducta habitual heterosexual pero que recurren a la homosexualidad en determinados momentos. 3) Homosexualidad de los prostituidos: su conducta anormal es debida principalmente a un envilecimiento moral. 4) Falsa homosexualidad: neur?ticos que llegan a convencerse de que son homosexuales. 143 CAP?TULO 6 El surgimiento de la transexualidad Al iniciarse el siglo XX se han asentado buena parte de los cimientos que har?n posible la construcci?n de la transexualidad como categor?a m?dica y del transexual como nuevo tipo ?patol?gico? humano. La sexualidad funciona como mecanismo predilecto de subjetivaci?n y como objeto de conocimiento cient?fico. Un conocimiento que trata de establecer los fundamentos biol?gicos de las diferencias entre hombres y mujeres, adem?s de identificar y clasificar las desviaciones sexuales. Con todo, todav?a ser?n necesarios algunos desarrollos tecnol?gicos fundamentales. De acuerdo con Hausman (1992), utilizamos el t?rmino ?tecnolog?a? en un doble sentido: como pr?ctica t?cnica espec?fica dentro de un campo de conocimiento y como pr?ctica social de representaci?n que est? determinada por discursos institucionales, ideol?gicos y epistemol?gicos80. Podemos decir entonces que la transexualidad surge definitivamente tras el desarrollo de tres procesos tecnol?gicos interrelacionados. Primeramente, el concepto amplio y multiforme de ?inversi?n? es resignificado y acotado, pasando a referirse exclusivamente a la desviaci?n de la orientaci?n sexual. Esto posibilita la aparici?n de categor?as espec?ficas para abordar las anomal?as de g?nero (como ?travestismo? y ?eonismo?). En segundo lugar, aparecen los conceptos de ?identidad de g?nero? y ?rol de g?nero?, con los que se define el sentimiento individual de pertenencia a un determinado sexo y los comportamientos adoptados para exteriorizar dicha pertenencia. Finalmente, se desarrollan los conocimientos en endocrinolog?a y cirug?a pl?stica, con sus t?cnicas correspondientes. 80 Hausman se apoya en Teresa de Lauretis (quien, a su vez, se basa en las teor?as de Foucault) para desarrollar su concepto de ?tecnolog?a?. De Lauretis (1989) plantea el concepto de ?tecnolog?a del g?nero? al entender que el g?nero no es la manifestaci?n natural de la diferencia sexual, sino el producto de un conjunto de tecnolog?as sociales. Entre estas tecnolog?as del g?nero encontramos los discursos institucionales, las epistemolog?as, el sistema educativo, el cine y las pr?cticas cr?ticas o cotidianas. Son estas tecnolog?as las que nombran, definen y representan la masculinidad y la feminidad. Asimismo, considera que el g?nero debe ser entendido como un sistema de representaci?n que asigna posiciones sociales (identidad, poder, prestigio) a los individuos: ?El g?nero construye una relaci?n entre una entidad y otras entidades que est?n constituidas previamente como una clase, y esa relaci?n es de pertenencia; de este modo, el g?nero asigna a una entidad, digamos a un individuo, una posici?n dentro de una clase y, por lo tanto, tambi?n una posici?n vis-a-vis con otras clases preconstituidas? (De Lauretis, 1989: 10). 144 La transexualidad surge en la intersecci?n de las tecnolog?as que conforman nuestro sistema de sexo/g?nero con las tecnolog?as biom?dicas. En un contexto sociocultural en el que la dualidad de g?nero es entendida como la prolongaci?n natural del dimorfismo sexual, las personas transexuales sienten que su identidad de g?nero no se corresponde con su morfolog?a corporal, por lo que quieren adaptar su cuerpo y apariencia a los est?ndares asociados al g?nero que sienten como propio. Pero, adem?s, no podemos olvidar que la insatisfacci?n transexual cobra significado a trav?s de las conceptualizaciones biom?dicas, y que el deseo de modificaci?n corporal se va configurando en funci?n a la disponibilidad de los medios t?cnicos para llevarlo a cabo. De este modo, el hecho de que se conciba la demanda de cirug?as pl?sticas y de tratamientos hormonales como hecho constitutivo (y, como veremos, criterio diagn?stico) de la transexualidad, es el producto ?de una relaci?n doctor-paciente en la que el paciente desea aliviar lo que se presenta como una aberraci?n sexual y el doctor tiene a su disposici?n tecnolog?as m?dicas nuevas? (Hausman, 1992: 194). 6.1. La descomposici?n de la categor?a ?inversi?n sexual?: el travestismo y el eonismo Desde que el conocimiento cient?fico seculariza el abordaje de la inversi?n, la mayor?a de pensadores conciben este fen?meno como una doble desviaci?n: sexual y de g?nero. De este modo, el invertido (l?ase tambi?n ?pederasta?, ?hermafrodita ps?quico? o ?uranista?) se presenta como un hombre que desea a los de su mismo sexo, de car?cter afeminado y que puede adoptar una apariencia y ademanes de tintes femeninos. Esto empieza a cambiar a finales del siglo XIX, cuando surgen las primeras voces que defienden la necesidad de desdoblar el concepto de ?inversi?n? porque consideran que ha sido utilizado para aglutinar fen?menos de distinta ?ndole que requieren un tratamiento particularizado. Entre estos autores destacan Magnus Hirschfeld y Havelock Ellis, quienes insisten en que el hecho de vestir y comportarse como una persona del sexo opuesto no va necesariamente acompa?ado de una inversi?n de la orientaci?n sexual. Para estos casos en los que la ?aproximaci?n al otro sexo (?) es mucho m?s acentuada que en las manifestaciones m?s comunes de la inversi?n sexual? (Ellis, 1933: 251-252), crean dos nuevas categor?as: ?travestismo? (Hirschfeld) y ?eonismo? (Ellis). Hirschfeld y Ellis no solo tienen en com?n el haber cuestionado la noci?n bic?fala de ?inversi?n?. Ambos pensadores destacan por su posici?n tolerante ante las desviaciones de la sexualidad. Coinciden en se?alar que la mayor?a de las perversiones sexuales no son psicopatolog?as ni tampoco el germen de conductas delictivas, sino variaciones normales de la conducta sexual humana. Este posicionamiento lo fundamentan con estudios hist?ricos 145 y antropol?gicos, con los que quieren mostrar que la diversidad sexual es consustancial a la especie humana, siendo consentida por una amplia variedad de pueblos. Destacan asimismo los beneficios de la relaci?n sexual aunque ?sta no tenga un fin reproductivo, y reclaman medidas educativas e higienistas con el objetivo de alejar a la sociedad tanto de la ignorancia represiva como del libertinaje desbocado. Su postura contestataria ante la r?gida moral victoriana y la mirada patologizadora de la psiquiatr?a se hace especialmente visible cuando tratan la inversi?n sexual. Para Ellis (1900), la homosexualidad es un fen?meno innato profundamente enraizado en el instinto, por lo que resulta imposible, y hasta indeseable, tratar de corregirlo una vez se ha consolidado durante la pubertad (?poca en que se establece la orientaci?n sexual)81. Es por ello que rechaza la aplicaci?n de m?todos curativos como la hipnosis o la castraci?n, y si bien no se muestra tan beligerante ante aquellos ?como Raffalovich? que tratan de llevar al homosexual por la senda de la castidad, les recuerda que el ser humano no est? hecho para una vida de absoluta abstinencia. Cree que la labor del experto no ha de consistir en tratar de normalizar los impulsos del invertido, sino en informar y asistir adecuadamente para que ?ste viva saludablemente y pueda tomar decisiones de forma responsable: ?Si somos capaces de lograr que un invertido tenga buena salud, sea comedido y se respete a s? mismo, habremos conseguido mucho m?s que si tratamos de convertirlo en un d?bil simulacro de hombre normal? (Ellis, 1900: 146). Recuerda que el invertido no es solo v?ctima de su ?obsesi?n anormal?, sino tambi?n de la hostilidad social. La homosexualidad es un fen?meno natural e incorregible. Por consiguiente, las leyes represivas son injustas y nada pueden hacer para disminuir su prevalencia. Ellis y Hirschfeld trasladan su postura intelectual al activismo pol?tico, siendo conocidos por su lucha por la despenalizaci?n de la homosexualidad. Hirschfeld funda en 1897 el Comit? Cient?fico Humanitario, considerado uno de los primeros movimientos organizados a favor de los derechos de los homosexuales. Funda asimismo, en 1919, el Instituto de las Ciencias Sexuales, donde recibe y recopila informaci?n de muchos homosexuales y travestidos. Con el fin de evitar arrestos, da a estos ?ltimos un certificado m?dico donde se explican las razones por las que pueden vestir con ropas del sexo opuesto. Dicho instituto ser? quemado por los nazis en 1933 (Mercader, 1997). 81 Ellis (1900) comparte la tesis de la naturaleza bisexual del ser humano (defiende que cada sexo contiene caracteres del sexo contrario en estado de latencia). Cree que cuando aparece el instinto sexual ?durante las primeras etapas de la juventud? ?ste est? d?bilmente dirigido hacia un objeto sexual, por lo que son frecuentes los escarceos homosexuales entre adolescentes. Son estas manifestaciones que Hirschfeld denomina de ?homosexualidad espuria? (que se producen en entornos en los que solamente conviven personas del mismo sexo, tales como escuelas, c?rceles, cuarteles o barcos) las ?nicas que pueden ser corregidas con medidas preventivas. 146 Es el mismo Hirschfeld quien difunde en 1910 los t?rminos ?travestismo? y ?travestido? para referirse a aquellas personas que sienten un impulso por utilizar ropas asociadas al otro sexo. Seg?n King (1981), Hirschfeld crea la categor?a ?travestismo? para diferenciarla de la homosexualidad, y as? poder desmarcarse de las teor?as de corte psicoanal?tico, para las cuales la tendencia a utilizar ropas no acordes con el propio sexo denota una homosexualidad latente y reprimida. Hirschfeld insiste en separar ambos fen?menos, destacando que la mayor?a de travestidos analizados por ?l son heterosexuales. Algunos de ellos hasta se muestran airadamente contrariados cuando se les compara con el homosexual. El travestismo ?no es la expresi?n de un capricho arbitrario, sino m?s bien una forma de expresi?n de la personalidad interior? (Hirschfeld, 1991 [1910]:124). Esa forma de expresarse del travestido implica a menudo algo m?s que la utilizaci?n de ropa femenina: prefiere trabajar en ocupaciones femeninas, rodearse de la compa??a de mujeres y divertirse con sus pasatiempos (no son pocos los que afirman que, de peque?os, prefer?an las mu?ecas a los violentos juegos de ni?os). Con todo, es el acto de travestirse el principal rasgo definitorio de este fen?meno, y lo que verdaderamente colma el impulso de estos sujetos: Con la ropa de su propio sexo se sienten confinados, atados, oprimidos; sienten que esas ropas son extra?as, que no les pertenecen; por otra parte, no tienen palabras para describir la sensaci?n de paz, seguridad y exaltaci?n, felicidad y bienestar que experimentan cuando utilizan la vestimenta del sexo contrario (Ib?dem.:125). Hirschfeld prefiere hablar de ?variedades sexuales? en vez de ?anomal?as?. ?l es otro de los que defiende que la pura masculinidad y la pura feminidad son ?abstracciones?, ?extremos inventados? que no reflejan la enorme diversidad humana: ?El n?mero de las variedades sexuales imaginables es casi interminable; en cada persona hay una mezcla diferente de sustancia masculina y femenina, y as? como no podemos encontrar dos hojas iguales en un mismo ?rbol, es altamente improbable que encontremos a dos humanos con caracter?sticas masculinas y femeninas iguales en n?mero y especie? (Ib?dem.: 228). Esta diversidad sexual trata de aprehenderla con la elaboraci?n de una tipolog?a que agrupa a los cuatro principales ?estados sexuales intermedios?: el genital (hermafroditismo), el relativo a los caracteres sexuales secundarios (fen?menos como la ginecomastia o la andromastia), el de la orientaci?n sexual (homosexualidad) y el del car?cter y comportamiento (travestismo)82. 82 Hirschfeld identifica 5 tipos de travestismo: 1) tipo heterosexual; 2) tipo bisexual (con una atracci?n hacia los hombres afeminados y las mujeres viriles); 3) tipo homosexual; 4) tipo narcisista (los componentes femeninos de la naturaleza del sujeto satisfacen a sus componentes masculinos); 5) tipo asexual (acompa?ado 147 Aunque Hirschfeld desvincula al travestismo de la ?metamorphosis sexualis paranoica? analizada por Krafft-Ebing, en alguno de los relatos en primera persona recopilados en su obra, a parte del gusto por la vestimenta y las actividades asociadas a la mujer, tambi?n se reivindica una forma de ser y de sentir genuinamente femenina. A este respecto, destacan los testimonios de los sujetos que protagonizan los casos 3 y 9. El primero afirma: ?Mi deseo no se limita a la vestimenta femenina, tambi?n se extiende a una vida absoluta como mujer? (Ib?dem.: 28). El segundo no es menos contundente: ?Desde mi infancia siempre me he sentido profundamente femenino? (Ib?dem.: 61). El mismo Hirschfeld acabar? por evocar la conocida met?fora dualista: ?Todos ellos saben muy bien que existe una profunda contradicci?n entre sus cuerpos y sus almas. Por tanto, uno puede entender que la mayor?a de ellos desee haber nacido mujer? (Ib?dem.: 129). Similar sensibilidad anal?tica parece guiar a Havelock Ellis. Mientras explora las diversas manifestaciones de la inversi?n sexual, se percata de la existencia de individuos que se comportan y visten como personas del sexo opuesto, sin por ello ser homosexuales. Con la voluntad de tratar adecuadamente este fen?meno y resaltar las diferencias respecto a la inversi?n sexual, decide dedicarle un volumen completo de su monumental Studies in the Psychology of Sex (escrita entre los a?os 1896 y 1928). A pesar de conocer las novedades te?ricas de Hirschfeld y de coincidir con muchas de ellas, a Ellis no le acaba de convencer el t?rmino ?travestismo?, pues cree que en algunos casos la vestimenta juega un papel secundario o, incluso, ning?n papel. Tampoco le gusta la categor?a creada por N?cke de ?impulso por disfrazarse? ya que est? convencido de que estos individuos, ?lejos de utilizar la ropa del otro sexo para disfrazarse, sienten al contrario que, adoptando este nuevo aspecto, se quitan el disfraz y son ellos mismos? (Ellis, 1933: 29). En un primer momento utiliza t?rmino ?inversi?n est?tico-sexual?, pero posteriormente lo abandona porque cree que el uso de la palabra ?inversi?n? puede inducir a confusi?n con la homosexualidad. Finalmente, decide crear un neologismo bas?ndose en la vida del Caballero de Eon83: ?eonismo?. El eonismo es una condici?n anormal que se da en personas mentalmente sanas, que a menudo destacan por su educaci?n, inteligencia y calidad moral. Por ello, disiente de Krafft-Ebing cuando ?ste considera la ?metamorphosis sexualis paranoica? (Ellis est? convencido de que se trata del mismo fen?meno que ?l denomina ?eonismo?) como una a menudo de impotencia, la cual se contrarresta desarrollando una actividad femenina) (Ellis, 1933). 83 Seg?n nos cuenta el mismo Ellis (1933), Charles-Genevi?ve, caballero de Eon de Beaumont, fue un noble de la Francia del siglo XVIII que vest?a y se comportaba como una mujer. Desarrollando un rol femenino, adquiri? fama y reconocimiento internacional por su labor diplom?tica. 148 psicopatolog?a grave. Tambi?n se aleja de los psicoanalistas, para los cuales es un trastorno importante del desarrollo psicosexual, al tiempo que critica sus pretensiones de universalizar la perversi?n: ?Tenemos que empezar a entender el escepticismo de aquellos que ven a los psicoanalistas como tejedores de una tela de ara?a patol?gica tan grande y fina que existen muchas posibilidades de que, un d?a u otro, una mosca quede atrapada? (Ib?dem.: 52). Al igual que las dem?s ?aberraciones del impulso sexual?, el eonismo se debe, seg?n Ellis, a una causa org?nica profunda que podr?a tener un componente hereditario. Le parece probable que el origen de esta anomal?a provenga ?de un ordenamiento excepcional de las c?lulas del sistema endocrino? (Ib?dem.: 271). De ah? que lo compare con el eunucoidismo, una feminizaci?n del var?n asociada a un trastorno de la hip?fisis. Resulta parad?jico que, aunque no considere el eonismo como una enfermedad sino como una variedad humana, se muestre confiado de que, en un futuro, se tengan los medios necesarios para implantar al eonista ?las gl?ndulas (endocrinas) adecuadas?. De un modo similar a Hirschfeld, Ellis clasifica al eonismo entre las ?anomal?as sexuales intermedias?, al lado del ?hermafroditismo f?sico? y del ?ginandromorfismo? o ?eunucoidismo? (hombres que poseen caracteres femeninos y mujeres virilizadas). Sit?a a estos fen?menos en un mismo grupo porque cree que en todos estos casos los sujetos tienen impulsos sexuales d?biles (que ?l asocia a cierto grado de afeminamiento). Insiste tambi?n en subrayar las diferencias entre el eonismo y la homosexualidad: muchos homosexuales no adoptan una est?tica invertida, mientras que la mayor?a de eonistas no son invertidos sexuales. En los casos de eonismo en los que aparece la inversi?n sexual, ?sta ?parece ser el resultado secundario del estado ps?quico est?ticamente invertido? (Ib?dem.: 252). En opini?n de Ellis existen, al menos, dos tipos de eonismo: ?En el primero, y m?s com?n, la inversi?n se limita a la vestimenta; en el otro, menos com?n pero m?s completo, el cambio de vestimenta parece tener escasa importancia, pero el sujeto se identifica de tal forma con los rasgos f?sicos y ps?quicos del otro sexo que llega a creer que pertenece al otro sexo, aunque no se hace ninguna ilusi?n respecto a su conformaci?n anat?mica? (Ib?dem.: 79)84. Vemos que Ellis establece una diferencia similar a la que existe actualmente entre el travestismo ?inversi?n est?tica? y la transexualidad ?inversi?n ps?quica o de la identidad de g?nero. Sin embargo, a esta inversi?n ps?quica no se le reserva todav?a un t?rmino espec?fico, siendo una simple acepci?n de t?rminos con significados m?s amplios: si antes era una manifestaci?n extrema de la inversi?n sexual, ahora se incluye entre los tipos de eonismo y travestismo. El relato de un eonista que presentamos a continuaci?n es en este sentido revelador, pues nos muestra que el significado de las nuevas categor?as creadas por Ellis y Hirschfeld 84 Cree asimismo que existen muchas gradaciones de eonismo, siendo m?s d?bil entre las mujeres y durante la infancia que entre los hombres adultos. 149 desborda la mera inversi?n est?tica. Revela adem?s otro hecho fundamental: que la disponibilidad tecnol?gica configura el deseo de las personas. En la ?poca en que fueron formuladas las siguientes palabras, ni la vaginoplastia ni las hormonas feminizantes eran una posibilidad real. Por ello, tanto el deseo de ser mujer, como la presunci?n de felicidad que va asociada a la realizaci?n de este deseo, ten?an que estructurarse alrededor de la castraci?n: Me gustar?a convertirme en mujer y no ser m?s un hombre. Y este deseo no ha hecho m?s que aumentar en los ?ltimos tiempos (?) Mi tendencia a la feminidad me ha hecho pensar a menudo en la castraci?n. Solo el peligro que podr?a correr al castrarme me ha hecho desistir. S? que ser?a mucho m?s feliz si me extrajeran mis ?rganos sexuales (Ib?dem.: 157). 6.2. La aparici?n del g?nero: una base s?lida para la demanda de la persona transexual En los a?os 50 del siglo XX, especialistas en el tratamiento de la intersexualidad85 introducen una serie de cambios tecno-conceptuales que trastocar?n el estudio de la sexualidad y de las anomal?as sexuales. El sexo psicol?gico empieza a ser tratado como una categor?a independiente del sexo biol?gico, que muestra su maleabilidad ante el avance de las cirug?as de reasignaci?n genital aplicadas a ni?os intersexuales. Surgen nuevas categor?as, tales como ?g?nero?, ?identidad de g?nero? o ?rol de g?nero?, con las que se pretende enfatizar la cuesti?n de la reflexividad o de la conciencia del sujeto (Preciado, 2003). Las importantes consecuencias que de ello se derivan para el ?mbito cient?fico y el activismo son de sobra conocidas. Lo que ahora nos interesa se?alar es que el advenimiento del g?nero permitir?, adem?s, que las personas transexuales puedan organizar su discurso y presentar sus demandas de forma leg?tima: destacando la falta de correspondencia entre su identidad de g?nero ?vista como algo verdadero e inmutable? y su morfolog?a corporal ?un error de la naturaleza susceptible de ser modificado quir?rgicamente. John Money y sus colegas Joan y John Hampson, que trabajan en la universidad Johns Hopkins, publican durante los a?os 50 una serie de art?culos sobre la intersexualidad cuya influencia trascender? su campo de estudio. Estos autores defienden que el sexo de asignaci?n es m?s importante que las hormonas o los cromosomas a la hora de determinar lo que ellos denominan ?rol de g?nero?, a saber, todo lo que uno dice o hace para mostrar a los dem?s que se es un hombre o una mujer. Alej?ndose de las tesis puramente biologistas, 85 Ya no nos referimos aqu? a la amplia categor?a mara?oniana de ?estados intersexuales?, sino al t?rmino biom?dico con que se designa a las discrepancias cromos?micas, gonadales y genitales en un individuo, tradicionalmente conocidas como ?hermafroditismo? o ?pseudohermafroditismo?. 150 sostienen que un individuo se comporta como un hombre o como una mujer en funci?n de la diferenciaci?n psicosocial que se hace de su anatom?a corporal desde el mismo momento de su nacimiento. Dicho de otro modo, los genitales y los caracteres sexuales secundarios de una persona son determinantes, sobre todo, porque se?alizan cu?l de los dos roles de g?nero tiene que interiorizar (Hausman, 1992; Fausto-Sterling, 2006; Nieto, 2008). A?os m?s tarde ?y una vez que Stoller habr? introducido el t?rmino ?identidad de g?nero?? Money matiza y desarrolla su posicionamiento86. Se propone superar la dicotom?a herencia-medio social adoptando un enfoque ?interaccionista?. En su opini?n, la identidad de g?nero se consolida en un periodo crucial del desarrollo de la persona en el que interact?an tanto factores cong?nitos como adquiridos: ?En el cerebro, el aprendizaje y la memoria representan tanta biolog?a como los genes, las hormonas y los neurotransmisores? (Money y Ehrhardt, 1982: 17). Y es que la identidad de g?nero es el resultado de la interacci?n entre un ?programa filogen?tico? (desarrollado durante el periodo embrionario) y un ?programa de biograf?a social? (que se desarrolla durante la fase neonatal). Ambos programas dejan en el individuo una profunda huella o ?imprinting? (traducido como ?impronta? o ?troquelado?), es decir, se fijan en el individuo profunda y permanentemente87. Los genes y las hormonas prenatales hacen que el sistema nervioso central sea sexualmente dimorfo, hecho que influye en la conducta sexual de hombres y mujeres. Sin embargo, este influjo no define completamente la identidad de g?nero. La biolog?a completa su labor dotando al neonato de una morfolog?a genital, que ser? percibida por aquellas personas responsables de su crianza como el principal indicio para la asignaci?n de un sexo: en funci?n de los genitales del neonato, se le inculcar?n los roles masculinos o femeninos. Es importante que tanto el padre como la madre presenten al ni?o los roles propios de su g?nero, porque as? se facilita la identificaci?n con las personas del mismo sexo y la complementaci?n ?o contraste? con las del sexo contrario. Una vez que la identidad de g?nero ha dejado definitivamente su imprinting (Money estima que esto sucede sobre los 18 meses de edad) no puede ser modificada, siendo adem?s consolidada con los cambios f?sicos de la pubertad (que acent?an el dimorfismo corporal). Money elabora su teor?a partiendo del estudio de ni?os intersexuales. Cree firmemente que la anatom?a ambigua del hermafrodita debe ser corregida quir?rgicamente 86 Con la difusi?n y plena aceptaci?n del t?rmino au?ado por Stoller, Money afinar? conceptos: ?La identidad de g?nero es la experiencia personal del papel de g?nero, y ?ste es la expresi?n p?blica de la identidad de g?nero? (Money y Ehrhardt, 1982: 24). 87 Money se basa en los estudios sobre las aves de Konrad Lorenz, quien defiende que durante un periodo cr?tico del desarrollo de las cr?as de ganso o de pato se les puede introducir ?improntar? nuevas pautas de comportamiento que adquirir?n la fuerza de un instinto. 151 antes de que finalice el periodo cr?tico durante el cual se establece la identidad de g?nero88. De no ser as?, su morfolog?a incierta desconcertar? a sus padres, que no podr?n transmitirle un rol de g?nero preciso y, por consiguiente, condenar?n al ni?o a vivir para siempre sin una identidad de g?nero clara. La confianza de Money en su m?todo es total: sostiene que todos los casos de ni?os que han sido reasignados antes de los 18 meses han interiorizado correctamente el g?nero que les corresponde en funci?n a su nueva configuraci?n genital. El pensamiento de Money es claramente ?genitocentrista?, pues ?la nueva edificaci?n genital del intersexual, a manera de arbotante, sirve de soporte y sujeci?n al g?nero del ni?o o de la ni?a en su desarrollo biogr?fico? (Nieto, 2008: 238). La firme creencia de que su bistur? act?a como una suerte de Hacedor del g?nero, llevar? a Money a conferirse la fuerza creativa de un personaje mitol?gico: ?Como en la f?bula de Pigmali?n, el escultor puede crear aqu? la estatua de un dios, o bien de una diosa? (Money y Ehrhardt, 1982:150). No obstante, con el paso del tiempo empezar? a desvanecerse ese halo de infalibilidad, ya que tanto los m?todos de Money como los resultados de sus intervenciones ser?n fuertemente cuestionados. Por un lado, algunos colegas le censuran cuando surgen testimonios de antiguos pacientes que aseguran rechazar el g?nero que les asign? una vez operados. Por el otro, amplios sectores del cada vez m?s activo ?colectivo intersex? critican duramente las cirug?as infantiles, porque con ellas se ignora la voluntad de los interesados (y, a menudo, se realizan sin el benepl?cito de unos progenitores a los que se les oculta el por qu? de la operaci?n) y por considerar que son un instrumento normalizador al servicio del binarismo de g?nero89. Apoy?ndose en las investigaciones de Money, el m?dico y psicoanalista Robert Stoller formular? el concepto todav?a hoy predominante de ?identidad de g?nero?, que define como ?el conocimiento y la percepci?n, conscientes o inconscientes, de que se pertenece a un sexo determinado y no al otro? (Stoller, 1968: 10). Mientras que reserva el t?rmino ?rol de g?nero? para referirse al comportamiento, masculino o femenino, que se muestra en sociedad. En opini?n de Stoller, el desarrollo de la identidad de g?nero puede complicarse, pues un individuo puede sentirse no solo un hombre, sino tambi?n ?un hombre masculino o un hombre afeminado, o incluso un hombre que fantasea con ser mujer? (Ib?dem.: 10). Para Stoller, analizar los fen?menos patol?gicos (como el travestismo, la intersexualidad o la transexualidad) es la mejor forma de entender los mecanismos que 88 El tratamiento se completa con la administraci?n de hormonas sexuales cruzadas durante la pubertad. 89 Para profundizar en el acalorado debate cient?fico entre Money y sus coet?neos (en especial, Milton Diamond), cf. Fausto-Sterling (2006). Para adentrarse en los discursos y sensibilidades del colectivo intersex, cf. Cabral (2009). 152 configuran la normalidad. As?, el estudio del travestismo (cross-dressing) le permite ahondar en la conceptualizaci?n de la identidad de g?nero. Estar ante alguien que afirma sentirse un hombre a la vez que recurre a una vestimenta femenina, le lleva a pensar que la identidad de g?nero est? compuesta por dos fases o tiempos. Existe un ?n?cleo de la identidad de g?nero? (core of gender identity) que permite al sujeto pensar: ?soy un hombre?; pero tambi?n se observa una fase posterior o secundaria de la identidad, que es la que posibilita el sentimiento: ?soy femenino?. Si bien estas dos fases quedan al descubierto al aproximarse a esta ?perversi?n?, son dif?cilmente identificables en un sujeto normal, pues presuponemos que el hecho de ser masculino (identidad secundaria) es consustancial al hecho de sentirse un hombre (n?cleo de la identidad). Esta forma primitiva de pertenencia a un g?nero que es la identidad nuclear se configura durante los primeros tres a?os de vida a partir de varios factores: ?la anatom?a y la fisiolog?a de los genitales; las actitudes de los padres, hermanos y del grupo de pares que asignan el rol de g?nero; y una fuerza biol?gica que puede modificar en mayor o menor medida las fuerzas ambientales? (Ib?dem.: 40). Tambi?n influyen las sensaciones (orales, anales o genitales) experimentadas durante la alimentaci?n, el juego o la interacci?n con la madre. La interiorizaci?n de este n?cleo identitario siempre es aproblem?tica, ya que el neonato es un organismo b?sicamente fisiol?gico que todav?a carece de una estructura ps?quica. Es por ello que act?an de forma tan eficaz mecanismos como el imprinting. Al igual que Money, Stoller sostiene que la identidad nuclear es inalterable una vez se ha configurado plenamente. Las aportaciones de Money ?y colaboradores? y Stoller resultan determinantes para la configuraci?n del paradigma biom?dico de la transexualidad. La consideraci?n del g?nero como categor?a diferenciada del sexo permite que tanto el estamento m?dico como las propias personas transexuales estructuren sus razonamientos y estrategias alrededor de una idea central: el problema consiste en una incongruencia entre la identidad de g?nero y el sexo biol?gico de la persona. La frase de Ulrichs es reformulada de nuevo y situada en el pr?logo de todo discurso sobre la transexualidad: identidad femenina atrapada en un cuerpo de hombre, y viceversa. Asimismo, el convencimiento en la inalterabilidad de la identidad de g?nero abrir? las puertas a un cambio de terap?utica: si la mente del transexual no puede ser corregida con psicoterapia, queda la opci?n de intervenir sobre el cuerpo. Y la experiencia con personas intersexuales ya ha mostrado el ?xito de las tecnolog?as hormono- quir?rgicas de reasignaci?n sexual. Paulatinamente, la gesti?n del fen?meno ir? cambiando de manos, siendo relegado el psicoan?lisis por la biomedicina. 153 6.3. Harry Benjamin y The Transsexual Phenomenon El sex?logo David Cauldwell (1949) emplea el t?rmino ?psychopathia transsexualis? para referirse al caso de una mujer que mostraba un deseo obsesivo de convertirse en hombre. Cauldwell considera que esta psicopat?a es el resultado de una predisposici?n hereditaria combinada con una infancia disfuncional. Sin embargo, tal y como recuerda King (1981), este neologismo no causa un gran impacto en el ?mbito cient?fico, como lo demuestra el hecho de que a principios de la d?cada de los 60 todav?a se usa el t?rmino ?travestismo? para hablar del deseo de pertenecer al sexo opuesto. Es el endocrin?logo Harry Benjamin quien acu?a por vez primera, en un art?culo de 1953, el t?rmino ?transexualidad?, y quien contribuye a difundirlo mundialmente con la publicaci?n, en 1966, del considerado libro fundacional: The Transsexual Phenomenon. Con esta obra, Benjamin sienta las bases de la actual gesti?n biom?dica de la transexualidad. Analiza con detalle el fen?meno y delimita sus contornos. Lanza hip?tesis acerca de las causas ?cong?nitas? de la transexualidad, que todav?a hoy gu?an las investigaciones etiol?gicas. Defiende las cirug?as de reasignaci?n sexual y la terapia hormonal como el tratamiento m?s adecuado, y esboza los primeros protocolos para la diagnosis, la terap?utica y el seguimiento. Y es tambi?n uno de los primeros en defender la necesidad de un cambio de sexo legal una vez que la persona transexual se ha sometido a la cirug?a de reasignaci?n genital. Es cierto que durante la primera mitad del siglo XX se hab?an realizado algunas operaciones de cambio de sexo con procedimientos m?s o menos rudimentarios. Destaca especialmente el caso de Christine Jorgensen, cuya operaci?n en 1952 atrajo el inter?s del gran p?blico y del estamento m?dico tras ser portada del Daily News90. Sin embargo, con anterioridad a Benjamin ni las cirug?as de reasignaci?n sexual ni la terapia hormonal eran un?nimemente aceptadas por los profesionales, los cuales se decantaban mayoritariamente por una atenci?n psicoterap?utica destinada a corregir los deseos del paciente. Cabe destacar las severas cr?ticas vertidas desde el ?mbito psicoanal?tico hacia aquellos m?dicos que practicaban la cirug?a de cambio de sexo, los cuales eran acusados de contribuir al deseo de castraci?n de psic?ticos extremos (Billings y Urban, 1982)91. 90 El ?efecto llamada? del caso Jorgensen parece evidente. Bullough (1975) recuerda que, una vez que la historia ha sido publicada por la prensa, el doctor que lleva el caso, Christian Hamburger, recibe 465 cartas de hombres y mujeres pidiendo un cambio de sexo. Un caso anterior al de Jorgensen, aunque menos conocido, es el de Lili Elbe, quien se somete a varias operaciones de reconstrucci?n genital a finales de los a?os 20. Los detalles que rodean el caso son confusos y contradictorios, lleg?ndose a especular con que Elbe es intersexual. Parece ser que muere en 1931 como consecuencia de una vaginoplastia. 91 En un estudio de 1965, tan solo un 3% de los cirujanos americanos se mostraba dispuesto a realizar una cirug?a de cambio de sexo (Billings y Urban, 1982). Por otra parte, un buen ejemplo de la hostilidad del psicoan?lisis hacia las terapias de modificaci?n corporal lo tenemos en el pensamiento del psicoanalista lacaniano Henry Frignet (2000). Para este psicoanalista franc?s, la transexualidad es una forma ?bastante 154 La vocaci?n filantr?pica que impregna The Transsexual Phenomenon se adivina desde el principio de la obra. Benjamin lamenta que ni las leyes ni las convenciones sociales traten de forma tolerante y racional a aquellas personas ?cuya naturaleza o vida (de forma innata o adquirida) ha creado una disonancia en su sexualidad? (Benjamin, 1966: 9). Denuncia que transexuales, travestidos, homosexuales y bisexuales tengan una existencia desafortunada a causa de la incomprensi?n y la ignorancia social, legal y m?dica. Estos fen?menos plantean problemas de ?salud, comportamiento y car?cter?, que requieren medidas terap?uticas y educativas antes que punitivas. Benjamin visita varias veces el Instituto de las Ciencias Sexuales de Hirschfeld, y hace suya la idea de elaborar certificados m?dicos para que transexuales y travestis eviten ser detenidos por travestirse en la v?a p?blica. Si Hirschfeld y Ellis hab?an dado vida propia a las transgresiones ?o inversiones? de g?nero, que durante largo tiempo hab?an permanecido confundidas dentro de esa nebulosa categor?a de ?inversi?n sexual?, Benjamin, a su vez, crear? la transexualidad con el fin de otorgar una especificidad a esas manifestaciones del travestismo ?o eonismo? en las que predomina una marcada identificaci?n con el sexo contrario. Siguiendo la corriente te?rica de su ?poca, Benjamin cree necesario distinguir entre ?sexo? y ?g?nero?: en el sexo est? implicada ?la sexualidad, la libido y la actividad sexual?; el g?nero es ?la parte no sexual del sexo?. Como expresa de forma gr?fica, ?el g?nero est? localizado arriba del cintur?n, mientras que el sexo est? por debajo? (Benjamin, 1966: 6). Con esta distinci?n, la diferencia entre homosexualidad y transexualidad se le hace evidente: mientras que el homosexual tiene un problema de orientaci?n sexual, el problema del transexual radica en su identidad de g?nero. En cuanto al travestismo, piensa que no es una desviaci?n de sexo ni de g?nero (ya que la mayor?a de ellos se sienten hombres heterosexuales), sino un problema eminentemente social y legal (por la prohibici?n de travestirse en lugares p?blicos) que no requiere asistencia profesional (pues la persona satisface sus impulsos por sus propios medios, esto es, travisti?ndose) a menos que el impulso se torne insoportable para el sujeto92. No sucede lo mismo con la persona transexual, que ?pone su fe y su futuro en manos del m?dico? (Ib?dem.:11) a causa de su ?deseo irreversible de pertenecer al sexo contrario al gen?ticamente establecido (?) y de recurrir a un tratamiento hormonal y quir?rgico encaminado a corregir la discordancia entre la mente y el cuerpo? (Ib?dem.: 30). singular? de psicosis tratada de forma muy inadecuada por unos cirujanos que permiten la amputaci?n de ?rganos sin resolver con ello un problema cuya g?nesis radica en la subjetividad del sujeto: ?Los males del transexualismo no desaparecen por un golpe de varita m?gica hormono-quir?rgica, ya que su problema fundamental proviene de la identidad sexual, y esta identidad es tributaria del lenguaje? (Frignet, 2000: 9). 92 Benjamin cree que el travestismo no es necesariamente una desviaci?n o perversi?n sexual porque puede manifestarse sin impulsos fetichistas. El travestismo no fetichista ha de ser visto como el producto de un ?malestar de g?nero? que el sujeto trata de aliviar recurriendo a la vestimenta cruzada, sin que ello le provoque excitaci?n sexual. 155 Con todo, Benjamin advierte que no hay ?m?todos diagn?sticos objetivos? para diferenciar el travestismo de la transexualidad, por lo que acaba por admitir que ?la separaci?n n?tida y cient?fica de los dos s?ndromes es imposible? (Ib?dem.:15). Si, de forma somera, podemos definir al travestido como alguien que se siente hombre, acepta su morfolog?a genital y tan solo se aproxima al g?nero femenino adoptando de forma temporal su forma de vestir, un estudio pormenorizado revela, en cambio, la heterogeneidad del fen?meno, es decir, la existencia de casos complejos y confusos que cuestionan la rigidez de las categor?as. Es posible que ese mismo travestido, una vez establecida una relaci?n de confianza con el terapeuta, revele cierta aversi?n hacia su anatom?a masculina y una identificaci?n con el otro g?nero que trasciende el uso de ropajes, llegando incluso a tantear la posibilidad de recurrir a alg?n tratamiento de modificaci?n corporal. Una forma pr?ctica de abordar estas dificultades consiste, seg?n Benjamin, en situar al travestismo y la transexualidad en una misma escala tipol?gica. Con este fin elabora una clasificaci?n de los distintos tipos de ?indecisi?n y desorientaci?n en el rol de g?nero y el sexo? (Ib?dem.: 19) en el hombre, tomando como referencia la famosa escala de Kinsey (1998 [1948])93. La escala benjaminiana est? formada por 6 tipos (3 de travestismo y 3 de transexualidad) que est?n ordenados siguiendo una l?gica gradacional. El tipo I o ?pseudo-travestido? es alguien con una clara identidad masculina, que acepta su morfolog?a corporal y se trasviste de forma muy espor?dica. En el otro extremo, tenemos el tipo VI o ?transexual verdadero de alta intensidad?, que se caracteriza por tener una identidad femenina consolidada, sentir un rechazo profundo hacia su anatom?a masculina ?siendo candidato para la automutilaci?n o el suicidio? y un intenso deseo de someterse a una terapia de reasignaci?n sexual. La imposibilidad de separar la transexualidad del travestismo queda reflejada en los tipos intermedios: el tipo III o ?verdadero travestido? y el IV o ?transexual no quir?rgico?. El verdadero travestido es alguien con una d?bil identidad masculina, que se trasviste siempre que sea posible y, aunque rechaza la cirug?a genital, puede obtener cierto confort tomando hormonas. Por su parte, el transexual no quir?rgico presenta una identidad de g?nero poco definida, no logra contrarrestar totalmente su malestar con el travestismo espor?dico y por ello trata de vivir como mujer durante periodos continuados de tiempo, reclama una terapia estrog?nica para lograr cierta feminizaci?n corporal y le resulta atractiva, aunque no lo solicite o admita, la idea de recurrir a la cirug?a de reasignaci?n genital94. Como buen portador del estandarte biom?dico, Benjamin 93 Kinsey et. al. (1998 [1948]) no conciben la orientaci?n sexual con categor?as estancas y excluyentes, sino como un continuum con el que se visibiliza la diversidad sexual humana. Establecen siete rangos de la orientaci?n sexual, que van del 0 (que representa la heterosexualidad exclusiva) al 6 (homosexualidad exclusiva). 94 Los dos tipos restantes son: el tipo II o ?travestido fetichista?, que se trasviste y obtiene por ello 156 decide abordar la diversidad sexogen?rica humana multiplicando y refinando las categor?as diagn?sticas. Aunque cree que el transexual tiene un problema de g?nero, tambi?n considera que la identidad de g?nero es algo fundamental e inmodificable, por lo que defiende una intervenci?n sobre el sexo del paciente: ?Si la mente del transexual no puede ajustarse al cuerpo, es l?gico y justificable intentar lo opuesto, esto es, ajustar el cuerpo a la mente? (Ib?dem.: 53). Ante los defensores de la psicoterapia, Benjamin argumenta que los transexuales no son psic?ticos con impulsos castradores, sino personas totalmente conscientes de su anatom?a que quieren desprenderse de sus genitales por considerarlos in?tiles y desagradables, y substituirlos por otros con los que se identifican plenamente. La psicoterapia puede servir para ?aliviar las tensiones del paciente?, nunca para modificar algo tan sustancial como la identidad de g?nero. En opini?n de Benjamin, cuatro motivos incuestionables hacen de la cirug?a genital el tratamiento id?neo para la mujer transexual95: podr? corregir la discordancia entre su cuerpo y su identidad de g?nero, mantener relaciones sexuales satisfactorias, evitar arrestos por travestismo cambiando su sexo registral y lograr la plena aceptaci?n social como miembro del g?nero femenino. La operaci?n es presentada como la ?nica forma de acabar con los m?ltiples problemas psicol?gicos y sociales de estas personas, cuya vida de infelicidad y sufrimiento se hace m?s llevadera cuando vislumbran la posibilidad de pasar por el quir?fano. Las cifras aportadas son a todas luces concluyentes: solo una de sus 54 pacientes afirma sentirse insatisfecha tras la cirug?a96. A muy pocas transexuales parece importarles el hecho de no poder llegar al orgasmo tras la operaci?n, ya que anteriormente apenas hab?an tenido vida sexual a causa de unos genitales que detestaban. Ahora, con una neovagina, tienen garantizada la sensibilidad y, sobre todo, sienten el placer y el confort de relacionarse sexualmente con el cuerpo que la naturaleza les neg?. Benjamin tambi?n aborda otras t?cnicas de feminizaci?n corporal, como la hormonaci?n (muy deseada porque impide la erecci?n a la persona no operada), la depilaci?n por electrolisis, la cirug?a de la placer sexual; y el tipo V o ?transexual verdadero de intensidad moderada?, en el cual el malestar corporal y la urgencia por iniciar el tratamiento feminizador son algo menores que en el caso del ?transexual verdadero de alta intensidad?. 95 En tiempos de Benjamin, el sexo de nacimiento era lo que primaba a la hora de distinguir entre hombres y mujeres transexuales. As?, la ?transexualidad masculina? o el ?hombre transexual? serv?an para referirse al ?hombre que se siente mujer?. Hoy en d?a, en cambio, se prioriza el g?nero de destino, de tal forma que, para este mismo caso, hablamos de ?transexualidad femenina? o ?mujer transexual?. Para no crear confusi?n y, sobre todo, para respetar el g?nero de adscripci?n de la persona, a lo largo de este estudio se utilizar? la l?gica actual de clasificaci?n. 96 Sus pacientes se someten a una cirug?a de reasignaci?n genital que consta de 3 pasos: castraci?n, amputaci?n del pene y construcci?n de la neovagina y la bolsa escrotal. Dicha operaci?n cuesta entre 2.000 y 4.000 d?lares, y precisa de 5 a 6 a?os de seguimiento postoperatorio. 157 nuez de Ad?n, los injertos capilares para combatir la calvicie o la mamoplastia de aumento, que no recomienda por sus complicaciones postoperatorias y sus malos resultados a nivel est?tico. En cuanto a la transexualidad masculina, destaca en primer lugar su menor prevalencia (un hombre transexual cada seis mujeres), hecho que podr?a deberse, seg?n ?l, a lo dif?cil que resulta para una mujer repudiar la feminidad tras estar nueve meses en el vientre de su madre recibiendo estr?genos y mantener con ella una relaci?n muy estrecha durante los primeros meses de vida. No obstante, admite que si los medios de comunicaci?n publicitaran la historia de un transexual masculino, tal y como hicieron con Jorgensen, aparecer?an muchos m?s casos. Al igual que las mujeres transexuales, los hombres tambi?n desean la cirug?a con todas sus fuerzas, pero muchos renuncian a ella porque son conscientes de sus malos resultados y elevado precio97. Es por ello que priorizan la hormonaci?n, la mastectom?a y la histerectom?a. Por otra parte, Benjamin ser? uno de los primeros que tratar? de esclarecer la etiolog?a del fen?meno bas?ndose en factores biol?gicos. Reconoce que esta es ?una de las partes m?s controvertidas y oscuras del libro? (Ib?dem.: 43) porque la ciencia todav?a se encuentra en la fase inicial de sus investigaciones. Sostiene, no obstante, que es ?una predisposici?n innata, biol?gica, aunque no necesariamente hereditaria? (Ib?dem.: 92) la que ocasiona la transexualidad. Al explorar la naturaleza de esta predisposici?n innata, se decanta por dos tipos de causas: gen?ticas y endocrinas. Benjamin no descarta un origen gen?tico aunque no existan hallazgos que lo confirmen, pues cree que la gen?tica es una ciencia joven con un enorme potencial que todav?a ha de desarrollar sus herramientas. En cuanto a la tesis endocrina, apunta a una mala hormonaci?n del feto que afectar?a a la morfolog?a y fisiolog?a del hipot?lamo, ese sospechoso habitual de ser el ?centro sexual? del cerebro. Eval?a asimismo las dos principales hip?tesis psicol?gicas de la transexualidad: el troquelado (imprinting)98 y el condicionamiento infantil (conditioning)99. Seg?n Benjamin, si bien un mal troquelado o un err?neo condicionamiento debido a un ambiente familiar desfavorable pueden influir en el desarrollo y la intensidad del fen?meno, ?stas no son 97 Como veremos m?s adelante, todav?a hoy la cirug?a de reasignaci?n genital para hombres transexuales tiene un precio mucho m?s elevado y ofrece resultados bastante menos satisfactorios que la cirug?a de feminizaci?n. 98 Money se ver? obligado a adaptar su teor?a del imprinting para poder explicar la transexualidad. Para ello, relativiza la importancia del sexo de asignaci?n introduciendo un factor cong?nito: una influencia hormonal durante la fase prenatal condicionar?a la posterior adquisici?n identitaria de la persona transexual. 99 Para la teor?a del condicionamiento infantil, la transexualidad femenina es debida a un ambiente familiar que refuerza la feminidad del ni?o a la vez que desalienta su conducta masculina. Ello puede deberse a un contacto desmesurado con la madre y a la poca personalidad o ausencia f?sica del padre. 158 sino causas secundarias cuyo influjo ser?a nulo de no existir el sustrato biol?gico. Adem?s, advierte que la tesis del imprinting es muy dif?cil de demostrar porque los padres son incapaces de recordar todos los detalles que rodearon los primeros meses de la vida de su hijo transexual. Y si bien reconoce que las experiencias negativas durante la infancia pueden dejar secuelas psicol?gicas (traumas infantiles), destaca que la mayor?a de travestidos y transexuales no se educaron en ambientes especialmente adversos. 6.4. La b?squeda del ?transexual verdadero? Con la influyente obra de Harry Benjamin, la transexualidad cae en el dominio exclusivo de la biomedicina. La psicoterapia cede su lugar al que en adelante ser? el tratamiento privilegiado: la terapia hormonal y las cirug?as de reasignaci?n sexual100. En 1966, John Money inicia en el mismo hospital en el que llevaba tiempo operando a intersexuales, el Johns Hopkins de Baltimore, un programa destinado a la realizaci?n de cirug?as genitales a personas transexuales. Dicho hospital se convierte durante los a?os 70 en el centro de referencia a nivel mundial en el tratamiento de la transexualidad. Paralelamente a la proliferaci?n de cl?nicas de atenci?n a la transexualidad y al perfeccionamiento de las t?cnicas quir?rgicas, se van elaborando las herramientas diagn?sticas y los criterios de elegibilidad para la cirug?a (King, 1981; Billings y Urban, 1982; Garaiz?bal, 1998; Nieto, 2008; Green, 2010). El mismo Benjamin opina que, dado que la cirug?a tiene un car?cter irreversible, hay que tomar ?grandes precauciones? a la hora de determinar la idoneidad de cada paciente. El estamento m?dico de la ?poca coincide en la necesidad de realizar una evaluaci?n psiqui?trica de la persona solicitante, con el fin de descartar trastornos psic?ticos, valorar su estabilidad emocional e inteligencia y asegurarse de que no se est? ante ?una moda er?tica pasajera o una personalidad inmadura, sino ante una profunda y sincera convicci?n que se ha formado tras una reflexi?n meditada? (Benjamin, 1966: 60). Las discrepancias entre especialistas surgen una vez que se tiene el convencimiento de no estar ante un psic?tico con deseos autodestructivos. Y es que al no existir evidencias fisiol?gicas o morfol?gicas para diagnosticar la transexualidad, se depende principalmente del relato ofrecido por el mismo paciente. 100 Se entiende por ?cirug?as de reasignaci?n sexual? a todas aquellas intervenciones quir?rgicas destinadas a modificar los caracteres sexuales primarios y secundarios de la persona. Dentro de este grupo encontramos las ?cirug?as de reasignaci?n genital?, popularmente conocidas como ?operaciones de cambio de sexo?, de entre las que destacan las t?cnicas de la vaginoplastia (construcci?n de una neovagina) y la faloplastia (construcci?n de un neopene). 159 Cuando est? exponiendo los problemas para diferenciar de un modo cient?fico la transexualidad del travestismo, Benjamin sugiere una posible salida que a la postre se convertir? en el requisito m?dico indispensable para acceder a la operaci?n: ?La solicitud de una cirug?a de conversi?n es exclusiva del transexual, por lo que puede servir actualmente como definici?n? (Ib?dem.:15). Benjamin reservar? su quir?fano para lo que ?l denomina el ?transexual verdadero?, esa persona cuyo ?deseo de la operaci?n de cambio de sexo es un impulso que todo lo consume? (Ib?dem.:15) porque desde que tiene uso de raz?n detesta sus genitales y quiere adoptar los roles asociados al otro g?nero: Los transexuales verdaderos sienten que pertenecen al otro sexo, quieren ser y funcionar como miembros del otro sexo, y no solo parecerlo. Para ellos, sus ?rganos sexuales primarios (test?culos) y secundarios (el pene y otros) son repugnantes deformidades que deben ser extirpadas con el bistur? (Ib?dem., 1966: 11). Tomando como referencia este concepto de ?transexual verdadero?, Robert Stoller elabora en Sex and Gender (1968) unos r?gidos criterios de acceso a la cirug?a para mujeres transexuales que tendr?n gran repercusi?n e influencia. Para Stoller, la selecci?n de pacientes es un proceso de m?xima importancia para garantizar el ?xito de la operaci?n y preservar la honorabilidad y reputaci?n del m?dico, por lo que tan solo deben ser aceptadas aquellas personas que cumplan estrictamente con el siguiente perfil: hombres que desde siempre han sido muy afeminados, nunca han vivido de forma satisfactoria en el rol de g?nero masculino ?por lo que no pueden estar casados ni tener hijos? y cuyo pene no ha sido fuente de placer sexual. Resulta interesante que nos detengamos por un instante en la teor?a etiol?gica de la transexualidad ofrecida por Stoller, ya que es uno de los principales exponentes de las tesis psicologistas. En el segundo tomo de Sex and Gender, titulado The Transsexual Experiment (1975), Stoller sostiene que es el influjo de un entorno familiar inadecuado durante la frase cr?tica de formaci?n del ?n?cleo de la identidad de g?nero?, el principal causante de una identidad transexual que, en su opini?n, constituye una ?identidad per se?. En el caso de la transexualidad femenina, las causas hay que buscarlas en el contacto desmedido (habla de ?simbiosis prolongada?) con una madre con problemas de identidad de g?nero (ya que presenta una ?muy acentuada envidia de pene?) que adquiere demasiado protagonismo debido a la ausencia o pasividad de la figura paterna. Vali?ndose del andamiaje psicoanal?tico, Stoller afirma que la mujer transexual adquiere su identidad de forma aproblem?tica, puesto que no experimenta conflicto ed?pico alguno debido a la imposibilidad de establecer una rivalidad con el padre. El terapeuta puede crear artificiosamente dicho conflicto si act?a antes de los 3 o 4 a?os de edad pero, pasado ese tiempo, ya no puede generar ning?n 160 cambio identitario (de ah? que defienda la terapia de modificaci?n corporal). En el caso de la transexualidad masculina, Stoller (1972) dibuja un panorama en el que la madre est? psicol?gicamente ausente y se muestra incapaz de educar a la ni?a, mientras que el padre, en vez de apoyar a su esposa, tiende a sustituirla. Volviendo al concepto de ?transexual verdadero?, durante largo tiempo se distingue esta figura paradigm?tica de homosexuales, travestidos y de aquellas personas que solicitan el cambio de sexo tras una larga trayectoria masculina101. A aquellas personas que se identifican con el g?nero femenino pero no se quieren operar por no sentir aversi?n hacia sus genitales, se las considera menos aut?nticas y m?s patol?gicas que aquellas que se ajustan a los est?ndares establecidos (Mej?a, 2006 y Nieto, 2008). De esta forma, la transexualidad es concebida como una identidad esencial, como algo ya dado en el momento de nacer, que se expresa desde la m?s tierna infancia y que conlleva un rechazo frontal de los caracteres sexuales y de los roles de g?nero asociados al sexo originario. Sin embargo, la aceptaci?n del ?transexual verdadero? entre la clase m?dica va disminuyendo a medida que se hace evidente que los pacientes adecuan sus historias personales para poder cumplir con los estrictos requisitos de acceso a la cirug?a. El transexual imaginado por Stoller es m?s bien un tipo ideal que dif?cilmente puede encontrarse en la realidad, por lo que aquellas personas que desean operarse, que dominan la literatura m?dica y conocen los entresijos del proceso diagn?stico, reconstruyen sus psicobiograf?as con el fin de presentarse ante el m?dico como un caso ejemplar. Una vez desvelado este enga?o generalizado, los m?dicos optar?n por priorizar los criterios de ?ndole pr?ctica (con los que evaluar la capacidad de la persona para adaptarse al nuevo rol de g?nero), en detrimento de los criterios diagn?sticos. El doctor Norman Fisk (1974) es uno de los que aboga por este cambio de modelo, pues cuestiona la necesidad de realizar un diagn?stico diferencial para distinguir la ?transexualidad verdadera? de otras formas de desviaci?n de g?nero. Bas?ndose en un estudio de la Universidad de Stanford realizado en 1968, destaca que las psicobiograf?as de los pacientes son mucho m?s diversas de lo que Benjamin y Stoller hab?an pensado, por lo que no resulta adecuado excluir del proceso quir?rgico a todas aquellas personas incapaces de aproximarse al ideal transexual. Con el objetivo de visibilizar esta diversidad de vidas y experiencias, y en aras de lograr una relajaci?n de los requisitos quir?rgicos, elabora el concepto de ?disforia de g?nero?. Dicho concepto incluye una amplia variedad 101 Person y Oversey (1974 a, b) elaboran otra clasificaci?n jerarquizada de la transexualidad, distinguiendo al ?transexualismo primario? del ?transexualismo secundario?. En el primer grupo incluyen a todas aquellas personas asexuales que desde siempre han mostrado su condici?n transexual; el segundo tipo se refiere a aquellos que desarrollan la transexualidad tras un periodo de tiempo viviendo como homosexuales afeminados o travestidos. 161 de fen?menos que tienen en com?n cierto grado de insatisfacci?n, ansiedad o inquietud (disforia) de g?nero, siendo la ?transexualidad verdadera? su manifestaci?n m?s extrema. Los datos aportados por Fisk son otra prueba m?s de que los pacientes ensayan y preparan sus psicobiograf?as: casi 30 de las 40 personas estudiadas presentan ante el m?dico ?casos de manual?. Fisk asegura que algunos de estos supuestos transexuales ejemplares son, en realidad, homosexuales afeminados y travestidos, que demandan la cirug?a de reasignaci?n genital porque ?socialmente es mucho m?s aceptable y menos estigmatizante padecer una enfermedad reconocida m?dicamente que sufrir una supuesta perversi?n moral, desviaci?n sexual o fetichismo? (Fisk, 1974: 389). Por todo ello, Fisk recomienda dejar el diagn?stico en un segundo plano y centrarse en lo que John Money denomina el ?test de la vida real?, que consiste en establecer un periodo de prueba de entre 12 y 18 meses durante el cual se eval?a la capacidad de la persona solicitante de vivir a tiempo completo en el rol de g?nero deseado. Para Fisk o Money, no es tan importante lo que el paciente ha sido, sino hacia d?nde quiere ir. Los conceptos de ?transexual verdadero? y de ?disforia de g?nero? todav?a perduran en la actualidad. Recientemente hemos asistido a una revalorizaci?n de la ?disforia de g?nero?, ya que la Asociaci?n Norteamericana de Psiquiatr?a ha decidido denominar de esta forma, en su quinta versi?n del Manual Clasificatorio y Estad?stico de los Trastornos Mentales (aparecida en 2013), a la transexualidad. Adem?s, la ley espa?ola de 2007 que regula la modificaci?n de la menci?n ?sexo? de todos los documentos y registros oficiales exige, como condici?n indispensable para solicitar el cambio de sexo, la presentaci?n de un informe m?dico que acredite el diagn?stico de ?disforia de g?nero?102. Por su parte, y como tendremos ocasi?n de observar posteriormente, si bien el empleo del t?rmino ?transexual verdadero? ha ca?do en desuso, en el imaginario m?dico actual todav?a perduran algunos de los principios constitutivos del concepto. Ya no se les niega la operaci?n a aquellas personas que han gozado con su pene y/o que han adoptado el rol masculino de forma m?s o menos satisfactoria durante buena parte de sus vidas. Pero quienes obtienen el diagn?stico m?s f?cilmente y acceden antes al tratamiento son aquellas personas cuyo perfil mejor se ajusta al antiguo ideal. 102 Estamos hablando de la ?Ley 3/2007, reguladora de la rectificaci?n registral de la menci?n relativa al sexo de las personas?. 163 CAP?TULO 7 Los estudios socioculturales y el activismo de g?nero. Cr?tica del paradigma biom?dico y problematizaci?n del sistema de sexo/g?nero Desde que la transexualidad se convierte en categor?a cient?fica, las aproximaciones de corte biologista y psicologista dominan completamente el panorama intelectual. Esta tendencia empieza a cambiar a partir de los a?os 70 del siglo XX, con la aparici?n de las primeras interpretaciones socioculturales de la transexualidad. Se abren nuevas perspectivas desde las que se destaca la necesidad de contextualizar el fen?meno, se revisa cr?ticamente el paradigma biom?dico y se reivindica la legitimidad de aquellos cuerpos y subjetividades que no desean someterse a la l?gica bipolar. Esta lectura en clave social de lo trans se ver? enriquecida por las iniciativas pol?ticas e intelectuales que cuestionan nuestro sistema de sexo/g?nero. Los trabajos, entre otros, de Foucault, Laqueur o V?zquez Garc?a y Moreno Meng?bar, que nos han permitido articular el an?lisis de los condicionantes hist?ricos del fen?meno transexual y mostrar la contingencia hist?rica del cuerpo, el deseo y la sexualidad, fueron motivados por este esp?ritu revisionista y cr?tico. 7.1. Algunos trabajos significativos desde las ciencias sociales Uno de los primeros an?lisis sociales de la transexualidad lo realiza Harold Garfinkel desde la etnometodolog?a. Para Garfinkel (2006 [1968]), el estudio de este fen?meno permite observar los mecanismos mediante los cuales las personas tratan de adquirir una identidad socialmente reconocida, present?ndose como hombres o mujeres ?naturales y normales? en la interacci?n social cotidiana. Para desarrollar su teor?a, Garfinkel analiza el caso de Agnes, una paciente de Robert Stoller que solicita una cirug?a de reasignaci?n genital (una vaginoplastia) por considerarse intersexual. Garfinkel comenta que Agnes tiene un pene y unos test?culos ?normalmente desarrollados? y unos caracteres secundarios femeninos (como pechos prominentes y menor vello corporal) que supuestamente aparecieron de 164 forma natural durante la pubertad103. Seg?n Garfinkel, si Agnes desea ?pasar? socialmente por una mujer normal debe llevar a cabo lo que Goffman denomina un ?manejo de las impresiones?, esto es, una tarea constante de vigilancia, planificaci?n y gesti?n de las distintas situaciones sociales que pueden poner en entredicho su normalidad de g?nero. Estas estrategias de gesti?n de las apariencias, que en el caso de las personas normales son dif?cilmente perceptibles porque tienen un car?cter rutinizado, muestran ?la importancia de los estatus sexuales (?) como trasfondo relevante pero no percibido de la textura que constituye las escenas concretas de la vida diaria? (Garfinkel 2006 [1968]: 137). Parece evidente que nuestra sociedad est? formada por ?hombres naturales, mujeres naturales y personas que est?n en posici?n moralmente contrastante con ellos, es decir, incompetentes, criminales, enfermos y pecadores? (Ib?dem.: 141). Incluso las personas como Agnes, que ven c?mo se cuestiona su normalidad, comparten esta definici?n del mundo porque todos creemos que es un ?hecho natural?. Aunque para Garfinkel, tal naturalidad conlleva, ?como parte constitutiva de su significado, el sentido de ser correcta o incorrecta, es decir, moralmente apropiada? (Ib?dem.: 142). De este modo, la persona normal ?que se inscribe sin ambig?edad en uno de los dos g?neros naturalizados? juzga a una mujer con pene o a un hombre con vagina como a un ser extra?o, un ?freak?, que merece alg?n castigo o, en su defecto, asistencia m?dica. La dicotom?a de g?nero emerge entonces como un hecho moral, cuya ?existencia es decidida por parte de la poblaci?n como un asunto de obediencia a un orden leg?timo? (Ib?dem.: 141). Las personas perciben los genitales como insignias esenciales para realizar la asignaci?n de g?nero. No obstante, para Garfinkel es importante distinguir entre ?penes y vaginas biol?gicos? (que son casi siempre imperceptibles cuando nos relacionamos con los dem?s) y ?penes y vaginas culturales? (que son los que atribuimos a la persona en funci?n de su apariencia cuando interactuamos con ella). Son estos ?genitales atribuidos? los que proporcionan estabilidad a la interacci?n social porque permiten a las personas reconocerse unas a otras como pertenecientes al orden sexual normal. En consecuencia, para lograr el derecho a ser tratada como una persona del g?nero femenino, Agnes tiene que mostrar constantemente su capacidad para sentir y vivir como una mujer natural, evitando en todo momento, mediante el uso de estrategias evasivas y persuasivas, la posibilidad de que alguien detecte su error y pueda as? arruinar su puesta en escena. Ante la imposibilidad de presentar sus genitales como signos de su feminidad, Agnes insiste en su identificaci?n ?consistentemente femenina?. Con este fin, presenta 103 A?os m?s tarde se descubre que Agnes no es intersexual, ya que admite haber tomado estr?genos por su cuenta para feminizar su cuerpo. 165 su pene como un ap?ndice in?til y molesto, destaca el desarrollo de sus pechos, describe sus gustos y preferencias como si fueran hechos innatos y no el fruto de su elecci?n, y reformula su biograf?a: ?Una biograf?a notablemente idealizada en la cual las evidencias de feminidad original eran exageradas mientras que las evidencias de una posible mezcla de caracter?sticas (?) eran rigurosamente suprimidas? (Ib?dem.: 148). Agnes considera que el cirujano ha de reparar un error de la naturaleza, construyendo artificialmente una vagina que ?debi? de haber estado all? siempre?. La experiencia de Agnes sirve a Garfinkel para mostrar que las personas sexuadas son ?eventos culturales? que se configuran a trav?s de unas pr?cticas cotidianas de reconocimiento, las cuales obedecen a reglas socialmente compartidas: Esas pr?cticas producen por s? mismas a la persona normalmente sexuada, observable y capaz de ser narrada, y lo hacen ?nica, exclusiva y completamente en ocasiones concretas, singulares y particulares a trav?s de demostraciones testimoniales de habla y conducta comunes (Ib?dem.: 200-201). Las tesis de Garfinkel son corroboradas por el estudio tambi?n etnometodol?gico de Suzanne Kessler y Wendy McKenna (1985)104. Al igual que Garfinkel, estas autoras se aproximan a la transexualidad al creer que es un caso id?neo para ilustrar el proceso de construcci?n social del g?nero. Las personas transexuales planifican conscientemente su puesta en escena porque comparten con los dem?s miembros de la sociedad lo que Garfinkel llama una ?actitud natural? hacia el g?nero, que est? formada por varios axiomas incuestionables: tan solo existen dos g?neros, a cada g?nero le corresponden unos genitales, el g?nero es invariable y la ambig?edad no puede tomarse seriamente. De ah? que la apariencia dudosa de aquellas personas que se encuentran al inicio del proceso de modificaci?n corporal suscite tanta confusi?n y reprobaci?n social. La transexualidad sirve entonces para ?aliviar la ambig?edad?, permitiendo a las personas transexuales ajustarse a la l?gica dicot?mica. Para decidir si la persona con la que estamos interactuando es hombre o mujer, realizamos una ?atribuci?n de g?nero? a partir de unos estereotipos socialmente aceptados. Dicha ?atribuci?n de g?nero? es un proceso complejo e interactivo que se realiza sin contar con informaci?n respecto a los genitales: ?Los genitales f?sicos tan solo pertenecen a los cuerpos, por lo que no forman parte del mundo social? (Kessler y McKenna: 154). Son esos ?genitales culturales? de los que hablaba Garfinkel, que Kessler y McKenna denominan ?genitales atribuidos?, los que importan en la interacci?n social: lo que uno dice y c?mo lo 104 Las autoras realizan 15 entrevistas en profundidad a personas transexuales. 166 dice, la apariencia, los gestos, etc. Una vez que se ha realizado la atribuci?n de g?nero en funci?n de estos elementos resulta muy dif?cil cambiarla, a?n descubriendo posteriormente que la persona no tiene los genitales biol?gicos que se presupon?an por su apariencia. La relaci?n entre los genitales culturales y la atribuci?n de g?nero es reflexiva: ?La realidad de un g?nero queda probada por el genital que se le atribuye y, al mismo tiempo, el genital atribuido solo adquiere significado a trav?s de la construcci?n social compartida del proceso de atribuci?n de g?nero? (Ib?dem.: 155). La ?actitud natural? hacia el g?nero y el proceso de atribuci?n de g?nero son construcciones sociales que ?los cient?ficos llevan consigo cuando entran al laboratorio a ?descubrir? las caracter?sticas de g?nero? (Ib?dem.:162). La ciencia establece la dicotom?a all? donde existen continuidades. Las hormonas, los cromosomas, las caracter?sticas f?sicas y psicol?gicas son los elementos que parecen justificar dicha dicotom?a. Aunque, en realidad, es nuestra visi?n preexistente del g?nero lo que nos ayuda a ?descubrir? las diferencias entre mujeres y hombres. Si la etnometodolog?a se interesa por la transexualidad con el objetivo de analizar la forma en que el g?nero es construido socialmente, otros autores, como Dwight Billings y Thomas Urban (1982), se acercan al fen?meno para realizar una lectura cr?tica de la gesti?n biom?dica de los procesos de salud-enfermedad. Para estos autores, la transexualidad es una pr?ctica socialmente construida que solo existe en ?y a trav?s de? la pr?ctica m?dica. La legitimaci?n y el perfeccionamiento de las operaciones de reasignaci?n sexual ?han originado una nueva categor?a de identidad ?transexual? para un grupo diverso de desviados sexuales y v?ctimas de un desequilibrio grave en el rol de g?nero? (Billings y Urban, 1982: 92). Siguiendo la estela trazada por Ivan Illich (1978), Billings y Urban creen que los profesionales m?dicos no curan ni el cuerpo ni la mente sino que realizan una funci?n moral que les ha sido otorgada por la sociedad, al promover la transici?n de un estatus sexual a otro. La cirug?a es vista como un ritual de tr?nsito entre identidades sexuales que ?reafirma de manera impl?cita los roles tradicionales masculino y femenino? (Ib?dem.: 114), manteni?ndose as? la organizaci?n social del g?nero. Billings y Urban destacan que si los m?dicos quer?an que la cirug?a de reasignaci?n genital fuera aceptada como el tratamiento m?s apropiado para la transexualidad, ten?an antes que combatir las objeciones realizadas por los defensores de la psicoterapia. Con este fin, elaboraron una teor?a etiol?gica centrada en el car?cter no psicop?tico de la transexualidad, racionalizaron las estrategias de diagn?stico y defendieron la capacidad de la medicina para resolver ?quir?rgicamente? el sufrimiento del paciente. Este triunfo de las tesis m?dicas, debido en gran medida al ?xito de la obra de Benjamin, facilit? la mercantilizaci?n de la transexualidad. M?s a?n, muchos m?dicos ensombrec?an los efectos nocivos de la cirug?a y realizaban una lectura cada vez m?s laxa de los requisitos necesarios para la operaci?n, con 167 el objetivo de ganar pacientes a toda costa y obtener beneficios econ?micos y reputaci?n profesional. La plenitud sexual y la armon?a sexogen?rica, convertidas en art?culos de consumo, parec?an quedar plenamente garantizadas con la cirug?a: ?Los m?dicos ofrec?an a los hombres algo m?s que la oportunidad de deshacerse de su odiada insignia masculina, se les promet?a la experiencia de la sexualidad femenina? (Ib?dem.: 103). Richard Ekins (1993) realiza otra importante contribuci?n con su estudio sobre cross-dressers y personas que desean cambiar de sexo en base a los principios metodol?gicos de la ?teor?a razonada? (o ?fundamentada?). En opini?n de este autor, la gran mayor?a de trabajos existentes sobre la transexualidad siguen el modelo m?dico, que se caracteriza por la recogida de datos biogr?ficos y psicol?gicos con el fin de clasificar, diagnosticar y realizar una teorizaci?n etiol?gica. Estos trabajos se apoyan en teor?as biol?gicas o psicol?gicas preexistentes sobre el proceso de adquisici?n de la identidad y los roles de g?nero, y tienden a no reconsiderar sus presupuestos. Por el contrario, trabajar con los criterios de la teor?a razonada conlleva ?establecer un corpus te?rico a partir de los datos obtenidos de forma sistem?tica y analizados desde la investigaci?n social? (Ekins, 1993: 160). Hay que estudiar a travestidos y transexuales m?s all? de la consulta m?dica, mientras interact?an y generan significados en el trabajo, la familia o los entornos asociativos, y todo ello sin estar demasiado condicionado por las teor?as existentes. Una vez recogidos y analizados los datos de la observaci?n participante, las entrevistas en profundidad y las historias de vida, Ekins acu?a un concepto significativo con el que pretende reflejar la naturaleza din?mica del travestismo y la transexualidad, el ?var?n feminizante?. Al desarrollar este concepto, identifica tres dimensiones interrelacionadas de la feminizaci?n: el ?cuerpo feminizante? (pr?cticas efectivas o simuladas para feminizar caracteres sexuales primarios y/o secundarios), la ?er?tica feminizante? (pr?cticas feminizantes que tienen por objeto despertar la excitaci?n propia o ajena) y el ?g?nero feminizante? (adopci?n de conductas y emociones culturalmente asociadas a las mujeres). Ekins tambi?n elabora una secuencia temporal para dar cuenta de la evoluci?n de este ?var?n feminizante?, que empieza por las primeras pr?cticas de feminizaci?n, a las que no se les da un significado especial porque se las considera un hecho puntual y no recurrente, y finaliza con la consolidaci?n de la feminizaci?n, fase en la que se elabora un marco m?s o menos exhaustivo y coherente para desarrollar el yo feminizado. Existen muchos otros estudios sociol?gicos y antropol?gicos destacables sobre la transexualidad, algunos de los cuales ya han guiado la presente investigaci?n o lo har?n m?s adelante. Es el caso de Dave King (1981), quien sostiene que la transexualidad o el travestismo son conceptos contempor?neos y no fen?menos universales y ahist?ricos, por lo que no debemos rastrear la historia para encontrar sus manifestaciones pret?ritas, sino m?s bien relacionarlos con su contexto hist?rico y cultural. Por su parte, Hausman (1992 168 y 1995) historiza las relaciones entre la endocrinolog?a, las cirug?as de reasignaci?n sexual y las teor?as de la identidad de g?nero, cuyo desarrollo proporciona las bases tecnol?gicas e ideol?gicas para el surgimiento de la transexualidad. Desde la antropolog?a, sobresale el an?lisis sociocultural de Anne Bolin (1988), que aborda el proceso de transexualizaci?n de hombre a mujer apoy?ndose en la teor?a de los ritos de paso, o el trabajo de Dan Kulick (1998) sobre la subjetividad y corporalidad intersticiales de las ?travest?s? brasile?as, las cuales feminizan su cuerpo con hormonas y cirug?as pero preservan su pene como rasgo identitario caracter?stico. 7.2. Las personas trans toman la palabra Tras haber sido largo tiempo objeto predilecto de estudio de un amplio elenco de expertos (m?dicos, sex?logos, psic?logos, psicoanalistas y, m?s recientemente, investigadores sociales), las personas categorizadas como ?transexuales? o ?travestidos? deciden tomar la palabra para que su voz sea escuchada m?s all? de la consulta o el div?n. Estas personas har?n uso de su experiencia vital, pol?tica e intelectual para generar conocimiento y reivindicar otras formas de pensar su existencia que a menudo chocar?n con los saberes existentes. Desde el derecho a la autorreferencialidad, empezar?n a proliferar estudios acad?micos y encendidos panfletos pol?ticos, de los que surgir?n nuevos conceptos, significados y luchas. Al igual que sucede con las otras minor?as sexogen?ricas, las personas trans son hoy grandes generadoras de un conocimiento imprescindible que se ha convertido en todo un referente para numerosas disciplinas. Sin embargo, han existido grandes dificultades para que se reconozca a estas personas como agentes capaces, no solo de narrar sus propias experiencias, sino tambi?n de realizar aportaciones te?ricas relevantes. A este respecto, Stephen Whittle (2006) sugiere algunos factores que han hecho que el conocimiento aportado por las/ los trans haya sido largo tiempo deslegitimado: su condici?n de seres patol?gicos, las dificultades sociales y legales para visibilizarse o la mirada desacreditadora y recelosa de algunos colectivos feministas. Una de las primeras personas trans que destacan por su quehacer pol?tico e importante legado intelectual es Virgina (nacida Charles) Prince. Doctora en farmacolog?a, Prince domina perfectamente la literatura m?dica de su tiempo respecto al travestismo y la transexualidad y conoce personalmente a algunas de las grandes figuras de la disciplina, como Harry Benjamin, a quien agradece en alguno de sus textos el haberle ayudado con sus problemas personales. Prince ser? recordada especialmente por su capacidad para crear nuevos t?rminos. En un primer momento, rechaza la palabra ?travestido? y se define a ella misma como ?femin?filo? (femmiphile) para resaltar su ?amor por lo femenino?. Utiliza 169 este t?rmino para referirse a todo hombre heterosexual al que le gusta vestirse de mujer de vez en cuando (Ekins y King, 2005). Sus primeros ensayos cient?ficos representan otro esfuerzo m?s para delimitar las fronteras que separan el travestismo, la homosexualidad y la transexualidad. En un art?culo de 1957 presenta estas ?desviaciones? como el resultado de una identificaci?n con diversos aspectos de la feminidad: Aquellos hombres que se identifican con el lado sexual de la mujer y tienden a expresar su feminidad a trav?s del comportamiento sexual, son los homosexuales. Aquellos que se identifican con el aspecto psicol?gico, creen que son mujeres en un cuerpo de hombre y sienten como ellas (?) Son transexuales. Finalmente, aquellos que se identifican con los aspectos sociales de la mujer y tratan de emularla adoptando su vestimenta, peinados, gestos, etc., son los travestidos (en Benjamin, 1966: 17). La parte de la obra de Prince m?s recordada e influyente la escribe cuando decide vivir como mujer a tiempo completo. Para ello, empieza a tomar hormonas y a realizar la depilaci?n por electrolisis pero, contrariamente a lo establecido por el saber m?dico de la ?poca, decide conservar sus genitales masculinos. El hecho de no sentirse identificada con los conceptos ?travestido? y ?transexual? le lleva a crear, a mediados de los a?os 70, dos nuevos t?rminos que trastocar?n profundamente el conocimiento y las experiencias trans: ?He acu?ado las palabras ?transgenerismo? y ?transgenerista? para describir a la gente, como yo misma, que tiene pechos y vive a tiempo completo como mujer sin tener intenci?n alguna de someterse a la cirug?a genital? (Prince, 1997: 469). Y es que, en su opini?n, la soluci?n para muchas de estas personas hay que buscarla en el g?nero psicosocial y no en los genitales. Prince est? convencida de que la cirug?a de reasignaci?n genital no es apropiada para el 90% de mujeres transexuales. La operaci?n puede ser de alguna ayuda tan solo para aquellas personas asexuales, incapaces de sentir placer sexual alguno. Se puede ser perfectamente mujer con un pene entre las piernas, tan solo hay que buscar formas alternativas de satisfacer los deseos de feminidad, como cambiarse el nombre o el sexo civil: ?La cirug?a no es necesaria para ser mujer. Es tan solo un doloroso, caro, peligroso y equivocado intento de tener entre las piernas aquello que debe tenerse, final e inevitablemente, entre las orejas? (Prince, 2005 [1978]: 34-35). La feminidad se aprende viviendo y sintiendo; no es una cuesti?n de sexo sino de g?nero. Pero este hecho es a menudo ignorado por expertos y profanos, a los que la sociedad patriarcal les induce a pensar la mujer como el ?producto de su anatom?a?. A ello hay que a?adirle la agresiva y sugerente publicidad que se hace de la cirug?a, que resulta seductora hasta para los travestidos. Prince admite que estuvo tentada de pasar por el quir?fano tras conocerse la historia exitosa de Jorgensen, y que tard? 15 a?os en darse cuenta de que la cirug?a no era necesaria. La experiencia de Virginia Prince supondr? un espaldarazo para 170 muchas personas trans que ve?an c?mo se dudaba de su autenticidad por no ajustarse a los est?ndares establecidos, adem?s de un claro cuestionamiento de la visi?n genitalizada del g?nero mantenida por los especialistas. Con todo, y tal y como apunta King (1981), se acusar? a Prince de ser poco cr?tica con el estereotipo femenino dominante, pues a menudo, en su revista Transvestia, insta a los travestidos a que sigan los adecuados modelos femeninos en cuanto al comportamiento y al vestir se refiere. Si Virginia Prince crea la palabra ?transg?nero?, es Leslie Feinberg quien le confiere su actual significado en un importante y revolucionario panfleto para los estudios y el activismo trans, publicado en 1992. Para Feinberg, es necesario iniciar una alianza pol?tica que incluya a todas aquellas personas oprimidas y marginadas por no ajustarse a las normas de g?nero, tales como travestidos, transexuales, drag queens, drag kings, andr?ginos, hombres afeminados, butch, etc.: ?Muchas de estas palabras no las hemos escogido. No todos nos sentimos incluidos en ellas. Es dif?cil combatir una opresi?n sin un nombre que connote orgullo, sin un lenguaje que nos honre? (Feinberg, 1992: 206). Y es justamente el vocablo ?transg?nero? el paraguas y s?mbolo de orgullo de este movimiento pangen?rico. En opini?n de este marxista, las sociedades precapitalistas se caracterizan por aceptar y honrar al transg?nero, mientras que las capitalistas sancionan y oprimen cualquier transgresi?n normativa. Es por ello que, para Feinberg, es importante que la emergente alianza transg?nero recupere su legado hist?rico y aproveche este conocimiento para luchar por una sociedad m?s justa. Presentar las ideas de todas las personas trans con una obra descollante exceder?a en demas?a las posibilidades e intenciones de la presente investigaci?n. Nombres como los de Jason Cromwell, Henry Rubin, Jamison Green, Pat Califia, Jack Halberstam, Stephen Whittle, Sandy Stone, Vivian K. Namaste, Susan Stryker o Kate Bornstein, por citar solo a algunos, se han convertido en grandes referentes dentro de ese ?campo acad?mico interdisciplinar y socialmente comprometido? (Stryker, 2006: 3) de los estudios trans. Aunando el saber de la academia con el vigor del activismo y situ?ndose en primera l?nea de las luchas queer y transfeminista, las personas trans han aportado herramientas decisivas para impugnar los postulados de nuestro sistema de sexo/g?nero. Una buena muestra de esta potencia intelectual y pol?tica la tenemos en los conceptos revolucionarios y desencializadores, como los de ?gender fucking? (joder al g?nero), ?gender blur? (enturbiar el g?nero), ?gender bending? (torcer el g?nero) o ?gender blending? (mezclar el g?nero) (Soley-Beltran, 2009). Deteng?monos brevemente en este ?ltimo concepto. Es el soci?logo Aaron (antes Holly) Devor quien acu?a el t?rmino ?gender blending? en un estudio publicado en 1989. Devor analiza las experiencias de 15 mujeres que mezclan de forma consciente los roles femeninos con los masculinos, por lo que a menudo se les atribuye el g?nero masculino en 171 las interacciones cotidianas: ?Cuando existe una duda respecto al g?nero de una persona, la gente tiende a ver a un hombre? (Devor, 1989: 49). Esta mezcla de g?neros hace que las mujeres estudiadas puedan experimentar el poder del estatus masculino en una sociedad patriarcal: cuando son tomadas por hombres en el espacio p?blico, ello les reporta mayor seguridad y respeto, a la vez que observan la cohibici?n de la mujer ante la mirada masculina. Devor se aproxima al fen?meno de la mezcla de g?neros para cuestionar el supuesto com?n de que la dicotom?a sexual es la base innata del g?nero. Bien al contrario, son las se?ales de g?nero asociadas con la masculinidad y la feminidad las que nos ayudan a inferir el sexo biol?gico. Devor tambi?n desaf?a la categor?a cl?nica ?transexualidad?, presentando la identidad de g?nero como algo din?mico que se embebe de una compleja red de significados e interacciones. 7.3. Transexualidad, transgenerismo y feminismos La transexualidad surge como categor?a m?dica en el momento en que la llamada ?Segunda Ola? feminista se encuentra en plena ebullici?n. El feminismo se interesa r?pida y profundamente por lo trans, pues tiene m?ltiples implicaciones para sus estudios y combates. El posicionamiento del feminismo ante la transexualidad o el transgenerismo no ha sido un?nime, dependiendo en buena medida de las corrientes dominantes en cada periodo. De este modo, el esencialismo y universalismo con que algunas conciben la categor?a ?mujer? durante la Segunda Ola posibilita la aparici?n de voces que cuestionan la autenticidad de las mujeres transexuales y las acusan de reproducir los estereotipos conservadores y opresivos de la feminidad. En cambio, para el feminismo postestructuralista cercano a las teor?as queer, el transg?nero constituye una figura transgresora necesaria para cuestionar las categor?as dominantes. El feminismo que considera la transexualidad como algo pol?ticamente reaccionario tiende a pensarla como una suerte de caballo de Troya ideado por el hombre para dinamitar las reivindicaciones y el potencial de las mujeres. Uno de los m?ximos exponentes de este posicionamiento es el controvertido libro The Transsexual Empire de Janice Raymond (1994 [1979]). Esta feminista norteamericana afirma que la transexualidad ?es b?sicamente un problema social cuya causa radica en los roles sexuales y las identidades que genera una sociedad patriarcal? (Raymond, 1994 [1979]:16). En su opini?n, las explicaciones biol?gicas, psicoanal?ticas y psicol?gicas de la transexualidad son otro intento m?s de individualizar el tratamiento de la alienaci?n social. En The Transsexual Empire, la transexualidad es presentada como un programa sociopol?tico creado por los hombres que atenta contra los esfuerzos del movimiento 172 feminista para acabar con la opresi?n de los roles sexuales. La soluci?n m?dica refuerza dicha opresi?n porque alienta a la persona transexual a conformarse con los estereotipos de g?nero: no le permite ?vivir m?s all? de estos dos contenedores de la personalidad? (Ib?dem.: 123) que son la masculinidad y la feminidad. Raymond aduce cinco razones para explicar el hecho de que haya muchas m?s mujeres que hombres transexuales: primero, la cirug?a genital femenina es m?s f?cil, menos costosa y se publicita mejor que la masculina; segundo, las t?cnicas de reasignaci?n sexual han sido creadas por ?y para? los hombres; tercero, en nuestra sociedad patriarcal, el hombre es m?s libre de experimentar que la mujer; cuarto, mientras que las mujeres son capaces de afrontar la opresi?n a nivel personal y sociopol?tico, la transexualidad es la ?nica v?a que ha encontrado el hombre para escapar de la rigidez de los roles de g?nero; quinto, y quiz? el punto m?s importante, el hombre est? socializado para la objetivaci?n, por lo que objetiva el cuerpo de la mujer mediante la violaci?n o la pornograf?a y objetiva su propio cuerpo a trav?s de la transexualidad. Seg?n Raymond, la existencia de mujeres que desean iniciar una terapia masculinizadora es una mera coartada que permite presentar ?un problema exclusivo de hombres? como si fuera un fen?meno inherente a la especie humana. Pero Raymond no acaba aqu? su an?lisis implacable. Afirma que la transexualidad es otro m?s de los mecanismos androc?ntricos (como la fecundaci?n in Vitro) que tienen por objeto ?arrancarles a las mujeres los poderes inherentes a la biolog?a femenina? (Ib?dem.: 29). La mujer transexual no puede considerarse una mujer ya que, entre otras cosas, resulta m?dicamente imposible cambiar el sexo cromos?mico. Se trata m?s bien de un ?hombre- convertido-en-mujer-fabricada? (male-to-constructed-female) que ha transformado su cuerpo en un artefacto (implantes de silicona, vagina artificial, terapia estrog?nica, etc.). El ?hombre-convertido-en-mujer-fabricada? que se presenta adem?s como una lesbiana feminista, trata de capturar ?la poderosa energ?a de la mujer?, su consciencia feminista y su sexualidad. En definitiva, las mujeres han de estar siempre alerta y desconfiar de las transexuales, pues aunque ?stas ?hayan perdido su miembro f?sico, ello no quiere decir que hayan perdido su habilidad para penetrar a las mujeres ?su mente, su espacio, su sexualidad?? (Ib?dem.: 104). Esta actitud hostil hacia las mujeres trans la podemos encontrar m?s all? de la Segunda Ola y, adem?s, no es exclusiva del feminismo. En cuanto a lo primero, quien escribe fue testimonio directo de las protestas y presiones de algunas asociaciones feministas cuando el ayuntamiento de Paris adjudic? por vez primera, en el a?o 2005, un puesto informativo a la asociaci?n trans PASTT105 en el recinto en donde se exhib?an las asociaciones durante 105 Recordemos que el PASTT (acr?nimo de Pr?vention, action, sant? et travail pour les transgenres) es la asociaci?n creada por mujeres trans con la que pude colaborar durante siete meses. 173 el D?a de la Mujer. Protestas que se convirtieron en escaramuzas en el momento en que la PASTT, de forma conscientemente provocativa, organiz? un pase de modelos con mujeres trans que fue boicoteado106. En cuanto a lo segundo, hay que recordar que existen tambi?n algunos sectores del movimiento gay que han mirado con desprecio a la mujer transexual por considerarla como ?un tipo especial de ?reina del armario?, que intercambia los roles de g?nero para eludir la etiqueta de homosexual? (King, 1981: 152). Si nos remitimos al caso espa?ol, en otro lugar (Guasch y Mas, 2014) recuerdo que, durante los a?os noventa del siglo XX, la visibilidad social de travest?s y transexuales era vista con desconfianza por parte de algunos colectivos gays que buscaban la aceptaci?n social tratando de presentar una imagen respetable de la homosexualidad107. Por otra parte, las reacciones al libro de Janice Raymond no se hicieron esperar, siendo las mujeres trans quienes reaccionaron m?s r?pida y contundentemente. Una de las primeras y m?s furibundas cr?ticas la realiza Carol Riddell en 1980 (tan solo un a?o despu?s de publicarse The Transsexual Empire) en un texto que representa una de las primeras expresiones del feminismo transgenerista. Riddell se defiende de las principales acusaciones vertidas por Raymond y afirma sentir c?lera y amargura al constatar que hay feministas que niegan su existencia como mujer: ?Como mujer transexual y feminista, ni he buscado publicidad ni soy un agente del patriarcado. Mi derecho a existir y el de otras mujeres transexuales se ve amenazado por este libro? (Riddell, 1980:145). Advierte que la obra de Raymond tiene consecuencias muy negativas para las personas trans, pero tambi?n para el propio movimiento feminista. Riddell utiliza su propia experiencia para impugnar todos los aspectos del libro. A nivel emp?rico, critica a Raymond por su desconocimiento de la realidad transexual, pues con sus afirmaciones alarmistas y ?paranoicas? acerca del peligro que supone la mujer transexual para el feminismo est? sobreestimando un fen?meno que no es ?un gran problema social? en t?rminos cuantitativos. Cuestiona asimismo la metodolog?a, basada en 15 entrevistas a personas transexuales (de las cuales solo dos son hombres) cuyas experiencias y narrativas vitales son obliteradas excepto cuando las utiliza tendenciosamente para fortalecer sus argumentos. Tambi?n lamenta el tono dogm?tico utilizado por Raymond, 106 Escenas como la narrada, que reflejan la oposici?n frontal de algunas feministas a la participaci?n de las mujeres trans en espacios y eventos reservados a las mujeres cis, se han repetido a lo largo de las ?ltimas d?cadas, aunque cada vez son m?s escasas. Susan Stryker (2006) recuerda que en el a?o 1991 la transexual post-operatoria Nancy Burkholder fue expulsada del Festival de M?sica de las Mujeres de Michigan por considerarse que no era ?realmente? una mujer. 107 En opini?n de Guasch (1991), esta hostilidad o desconfianza por parte de algunas organizaciones gays hacia travest?s y transexuales, manifestada a partir de los a?os 90, contrasta con la situaci?n de la Espa?a de la Transici?n. En ese periodo, las cabezas visibles del movimiento homosexual acostumbraban a ser travest?s y ?locas? (afeminados). 174 hecho que le impide explorar otras posibles causas de la transexualidad m?s all? del sistema de g?nero patriarcal. En fin, apunta varias contradicciones: mientras que Raymond ataca a los cient?ficos por asumir que la biolog?a o la socializaci?n son destino, niega que la transexual se convierta en mujer tras la operaci?n porque resulta biol?gicamente imposible cambiar su sexo cromos?mico. Raymond tambi?n acusa a las transexuales de dividir al movimiento feminista con ?disputas improductivas? sobre qui?n es, o no, una mujer, pero ella misma establece una divisi?n al cuestionar la inclusi?n de la mujer trans entre los grupos de mujeres, feministas y lesbianas. Seg?n Riddell, la obra de Raymond es una clara muestra de la t?ctica patriarcal consistente en desviar la atenci?n de la fuente del problema identificando un chivo expiatorio inocente e indefenso con el que poder canalizar todo el resentimiento, tal y como hicieron antes los nazis o el macartismo con jud?os y supuestos comunistas para gestionar el descontento social. En vez de sentir hostilidad, el feminismo tiene que aprovechar muchas de las ideas progresistas aportadas por el movimiento transgenerista. Recuerda que la cultura feminista de resistencia se ha de caracterizar por ?la empat?a, el respeto por la identidad de las dem?s, la habilidad para compartir y crecer desde la experiencia de una opresi?n com?n, la aceptaci?n del otro como un igual (?)? (Ib?dem.:156). Las pol?micas sobre el modo en que el feminismo debe situarse ante la transexualidad y el transgenerismo acabar?n por inscribirse en reflexiones de mayor calado en las que se problematizan los par?metros que conforman la categor?a ?mujer? as? como el estatuto ontol?gico del g?nero. Ello sucede cuando el pensamiento postestructuralista y la cr?tica queer sit?an en un primer plano la necesidad de dudar del Sujeto prediscursivo, de desnaturalizar categor?as (ahora ya no solo el g?nero, sino tambi?n el sexo), de cuestionar los binarismos, de mostrar la violencia inherente a toda formaci?n identitaria y de poner la atenci?n en la performatividad antes que en una supuesta esencia subyacente del g?nero. Se cree conveniente descentrar al sujeto feminista monol?tico ?encarnado por esa mujer cromos?mica, blanca, de clase media y occidental? porque genera nuevas jerarqu?as y formas de exclusi?n: ?Toda teor?a feminista que limite el significado del g?nero en las presuposiciones de su propia pr?ctica dicta normas de g?nero excluyentes en el seno del feminismo, que con frecuencia tienen consecuencias hom?fobas? (Butler (2007 [1999]: 8)108. 108 Hausman (2001) apunta que desde mediados de los a?os 90 el pensamiento queer ha dominado casi por completo el abordaje de la transexualidad y el transgenerismo, relegando a un segundo t?rmino a los estudios m?s expl?citamente feministas. Lamenta adem?s que en algunos de los textos queer se critique al feminismo por haberse apropiado de la categor?a ?mujer? e ignorado los problemas de aquellas mujeres ?no biol?gicas?. 175 El Imperio contraataca. Un manifiesto postransexual de Sandy Stone (2004 [1991]), representa un buen exponente de la aplicaci?n de las cr?ticas planteadas por esta corriente anti-esencialista al estudio de la transexualidad. Este texto es deudor del pensamiento de Donna Haraway y Judith Butler, as? como de los estudios literarios de Barthes y Derrida. Stone considera que las transexuales han de hacer frente tanto a los te?ricos de la identidad sexual, que las infantilizan y las conciben como personas irresponsables, como a las feministas radicales, que las presentan como el enemigo masculino que se ha infiltrado entre las mujeres para pervertirlas y destruirlas. Sin embargo, las personas transexuales no han sido capaces de elaborar un contradiscurso efectivo a causa de su voluntad de ?desaparecer?, es decir, de tratar de esconder su pasado y confundirse con la poblaci?n normal para lograr ser aceptadas. Lamenta la complicidad de las transexuales en la reproducci?n de los estereotipos femeninos y el binarismo de g?nero: ?Pasan de ser hombres sin ambig?edad, aunque infelices, a ser mujeres tambi?n carentes de ambig?edad. No hay terreno intermedio? (2004 [1991]: 20). En lugar de tratar de pasar a toda costa por mujeres normales, las personas trans han de recuperar ese pasado muchas veces negado, evitar la reivindicaci?n de una identidad ?totalizada y monista? y aprovechar su potencial para generar ?nuevas e impredecibles disonancias?: Intentar ocupar un espacio como sujeto hablante en el marco tradicional del g?nero es volverse c?mplice del discurso que uno/a desea deconstruir. M?s bien, podemos apropiarnos de la violencia textual inscrita en el cuerpo transexual y transformarla en fuerza reconstructiva (Ib?dem.: 29). Las teor?as y pol?ticas queer defienden que las identidades son productos hist?ricos y sociales en lugar de fen?menos naturales o intraps?quicos, y se esfuerzan en combatir las dicotom?as existentes (hombre/mujer, masculino/femenino, heterosexual/homosexual) al considerarlas fuente de opresiones. La ambig?edad transgresora del/la transgenerista encaja perfectamente en esta corriente cr?tica, pero no sucede lo mismo con la voluntad de normalizaci?n de la persona transexual. Desde algunos sectores del movimiento transexual se ha criticado la concepci?n butleriana del g?nero que ha impregnado el pensamiento queer: ese g?nero que no ha de ser entendido como una esencia o una posesi?n, sino m?s bien como el resultado de un conjunto de acciones que, al repetirse de acuerdo a unas normas, acaban produciendo el fen?meno mismo que anticipan, esto es, crean el efecto de un n?cleo interno o una identidad esencial. Ciertos colectivos transexuales tachan de fr?volas, a veces injustamente, a figuras relevantes del movimiento queer al considerar que entienden el g?nero como una mera performance, como algo que puede cambiarse y redefinirse a voluntad. Para algunas/os transexuales cuestionar el fundamento ontol?gico del g?nero pone en peligro sus estrategias para lograr reconocimiento y derechos sociales, 176 los cuales tratan de obtenerse mediante la reivindicaci?n de una identidad esencial. Creen adem?s que las proclamas a favor de la ambivalencia corporal y el ensalzamiento de las manifestaciones de g?nero l?dico-festivas (como la performance drag) son propias de un movimiento elitista ilustrado que a menudo olvida o subestima la violencia transf?bica cotidiana. Antes de finalizar este apartado tenemos que referirnos a ese cruce de caminos llamado ?transfeminismo?. Surgido de la complejidad de los actuales retos y luchas sexogen?ricas y de la necesidad de establecer alianzas para la resistencia, el transfeminismo refleja la actual interacci?n del pensamiento feminista con las teor?as queer, transgeneristas y postcoloniales. Puede ser visto como la aplicaci?n del discurso transg?nero al feminismo, pero tambi?n como la constataci?n de que las mujeres trans se han comprometido con las luchas feministas. Ya no se debe articular el combate a partir de un sujeto pol?tico unitario, sino a trav?s de ?micropol?ticas de g?nero? que visibilicen la inmensa variedad de experiencias y opresiones: No hay ni puede haber un programa feminista ?nico y exportable, derivado de una identidad esencial o de opresi?n com?n. Podr?amos decir que, en este sentido, el paisaje del feminismo contempor?neo es deleuziano: est? hecho de minor?as, de multiplicidades y de singularidades, y todo ello a trav?s de una variedad de estrategias de lectura, reapropiaci?n e intervenci?n irreductibles a los eslogans de defensa de la ?mujer?, la ?identidad?, la ?libertad?, o la ?igualdad? (Preciado, 2009: 25). Una contundente declaraci?n de principios del transfeminismo la encontramos en Transfeminist Manifesto de Emi Koyama (2001), una de las principales impulsoras de este movimiento junto con Diana Courvant o Pat Califia. Koyama celebra que a finales del siglo XX se haya asistido a una ampliaci?n sin precedentes del feminismo, gracias en buena medida a la participaci?n de diversos grupos de mujeres antes excluidas: ?Somos cada vez m?s conscientes de que la diversidad es nuestra fuerza, no nuestra debilidad? (Koyama, 2001:1). Si bien reconoce que es un movimiento impulsado por mujeres trans, subraya que su fuerza radica en las nuevas pol?ticas de coaliciones con mujeres cisg?nero109, queer, intersex, hombres trans y cis; en fin, con toda aquella persona que simpatice con su causa. Para el transfeminismo ?hay tantas formas de ser mujer como mujeres hay? (Ib?dem.: 3). Las ?pruebas de pureza? femenina realizadas por algunas feministas han sido un factor de exclusi?n que ha desacreditado a las mujeres alejadas de la ortodoxia y les ha 109 El t?rmino ?cisg?nero?, por oposici?n a ?transg?nero?, designa a aquellas personas cuya identidad gen?rica se corresponde con el g?nero atribuido en funci?n a su morfolog?a corporal. Se distingue as? a mujeres y hombres ?trans? de mujeres y hombres ?cis?. 177 arrebatado su agencia. Ante las acusaciones de que las mujeres trans se han beneficiado de los privilegios de la masculinidad, Koyama responde que, si bien es cierto que algunas veces han podido gozar del beneficio de ser hombres en una sociedad patriarcal, han sufrido tambi?n la opresi?n por ser trans y por no poder ajustarse a los est?ndares de la virilidad. Este manifiesto es tambi?n una reivindicaci?n de la soberan?a de las personas trans sobre sus cuerpos e identidades y una cr?tica al modelo m?dico de atenci?n a la transexualidad. En este sentido, defiende el derecho exclusivo a tomar decisiones sobre el propio cuerpo, sin coacciones de ning?n tipo por parte de las autoridades pol?ticas, m?dicas o religiosas. De ah? que critique a la comunidad m?dica por presionar a las mujeres trans para que se ajusten a los estereotipos de la feminidad si desean ser aceptadas para iniciar el tratamiento hormonoquir?rgico, hecho que constituye un mecanismo de opresi?n con el que se niega la singularidad de cada mujer as? como la heterogeneidad del mundo trans. 7.4. El transg?nero en contextos no occidentales La transversalidad ?o variancia? de g?nero es un fen?meno multiforme presente en no pocas sociedades pasadas y actuales. Anne Bolin (2003) identifica sus principales expresiones transculturales, cuya existencia trastoca nuestra concepci?n biologizada y bipolar del g?nero. En algunas de estas sociedades se confiere un g?nero especial a los individuos intersexuales o hermafroditas, tal y como le ocurre al sererr entre los pokot de Kenya. En otras, se institucionaliza el matrimonio entre mujeres (los nandi) o entre muchachos (los azande), con el a?adido de que uno de los esposos invierte su g?nero (por lo que hay mujeres-marido u hombres-esposa). Tambi?n podemos encontrar personas que desarrollan roles de g?nero cruzado, como es el caso de la mujer tibur?n mako de las Marquesas, que se caracteriza por su sexualidad activa y vigorosa, una cualidad generalmente atribuida al hombre. Finalmente, en algunas sociedades existen hombres biol?gicos que, por una serie de factores que var?an de un pueblo a otro, adquieren una posici?n ambivalente reconocida culturalmente, es decir, se adscriben a un tercer g?nero ?o g?nero intermedio? al no ser considerados ni hombres ni mujeres. Con este estatus especial, se visten parcial o completamente como una mujer y adoptan conductas asociadas al g?nero femenino, o bien combinan los roles femeninos con los masculinos. Estas personas suelen mantener relaciones sexoafectivas con hombres110. 110 Bolin elabora una tipolog?a con cinco formas de transversalidad de g?nero: 1) g?neros hermafroditas; 2) tradiciones dos-esp?ritus; 3) roles de g?nero cruzados; 4) matrimonio entre mujeres; 5) rituales de g?nero cruzado. 178 En este apartado nos centraremos en este ?ltimo tipo de variancia de g?nero, ya que su visibilizaci?n nos ayuda a desuniversalizar el concepto biom?dico ?transexualidad? y a poner en entredicho nuestra visi?n genitalizada del g?nero. La antropolog?a nos muestra que hay sociedades en las que existen espacios gen?ricos alternativos que trascienden el binomio hombre/mujer; pueblos que atribuyen una funci?n social significativa a seres intersticiales. Existen m?ltiples figuras no occidentales del transg?nero, cuyo estatus, roles, denominaci?n y connotaciones simb?licas var?an de una sociedad a otra: el xanith oman?, el kathoey tailand?s, el mahu tahitiano y dem?s manifestaciones polinesias, como el fa?afafine samoano, el fakaleiti de Tonga, el fakafafine de Tuvalu o el wakawawine de Pukapuka (Nieto, 2011). Con todo, focalizaremos nuestra atenci?n en dos de las figuras m?s conocidas y analizadas: el dos-esp?ritus norteamericano y el hijra indio. En pr?cticamente todos los pueblos de la parte central y occidental de Norteam?rica pod?amos encontrar a los ?dos-esp?ritus?, tambi?n conocidos como ?berdaches?111, un t?rmino empleado por los colonizadores, y posteriormente adoptado por los antrop?logos, para referirse a todos aquellos hombres biol?gicos ?y algunos intersexuales? que no encajaban dentro del est?ndar social masculino y que adquir?an un estatus intermedio entre la masculinidad y la feminidad. Esta figura pod?a diferir de un pueblo a otro (en lo referente a sus funciones, su prestigio o su inscripci?n en el universo simb?lico), por lo que utilizar la palabra ?berdache? para designarlos a todos por igual supone una simplificaci?n de una realidad m?s compleja y heterog?nea. Sea como fuere, estos pueblos contaban con individuos que sobrepasaban la divisi?n binaria de los g?neros, sin por ello transgredir ninguna convenci?n social. Varios eran los t?rminos que los nativos utilizaban para designar a estas personas: nadle (entre los navajos), kanyotsa-yotse (tewa), winkte (sioux), wi-kovat (pima) o mixuga (winnebago y omaha). Williams (1992) adopta la noci?n ?go-betweens? cuando se refiere al g?nero de estos seres lim?trofes, pues pod?an moverse libremente entre los grupos de mujeres y de hombres. El berdache ocupaba una posici?n perfectamente codificada en el universo simb?lico y social de estos pueblos: las cosmogon?as destacaban su importante papel en el mantenimiento de la armon?a c?smica y social, desarrollaban funciones importantes en los ritos ceremoniales y en las tareas cotidianas, gozaban de un estatus social elevado y se les reconoc?an poderes y habilidades sobrenaturales por su condici?n de ?dos-esp?ritus?, es decir, seres que aglutinaban lo mejor de la masculinidad y de la feminidad. En opini?n de Card?n (1985), era el car?cter ambiguo del berdache, la imposibilidad de considerarlo 111 En opini?n de D?ssy (1980), la palabra ?berdache? proviene del vocablo franc?s ?bardache?, del espa?ol ?berdaje? y del ?rabe ?bardaj?. Con esta denominaci?n los colonizadores franceses y canadienses nombraban despectivamente a aquellos abor?genes que, a su entender, practicaban la sodom?a. 179 simplemente como un hombre o como una mujer, lo que motivaba que sus sociedades le situaran en el ?mbito de lo sagrado. Con frecuencia dirig?an las danzas rituales y, aunque en general, no desarrollaban el papel de chamanes, ?stos frecuentemente solicitaban su ayuda. Asimismo, daban buena suerte a los guerreros, a los cazadores y a los c?nyuges, se les consideraba proclives a las visiones y a los sue?os premonitorios y, en algunos pueblos (como entre los tewa o los winnebago), eran valorados por sus poderes terap?uticos. Tambi?n destacaban en las ocupaciones de car?cter mundano. En unas sociedades en las que la divisi?n sexual del trabajo y la simbolog?a de los objetos eran las principales se?as de una oposici?n sexual que, seg?n parece, no estaba jerarquizada, los dos-esp?ritus realizaban muchas ?pero no todas? de las tareas socialmente atribuidas a las mujeres, a la vez que desarrollaban algunos roles masculinos ?pero de forma distinta a como lo hac?an los hombres. Realizaban algunos trabajos en el hogar, pero no se encargaban del cuidado de los reci?n nacidos porque no pod?an amamantarlos; pod?an participar en las contiendas b?licas, siendo conocidos por su bravura, aunque en general utilizaban el garrote y no el arco y las flechas al ser ?sta un arma reservada a los hombres; sol?an acompa?ar a las expediciones de caza, pero nunca como cazadores. Tanto los informantes como los mismos nativos subrayaban su excepcional destreza y eficiencia a la hora de cumplir con sus obligaciones (D?sy, 1980; Card?n, 1985; Williams, 1992). Por otra parte, Nanda (1996 y 2003) se?ala que la variancia de g?nero en la India hinduista, al igual que sucede con los nativos norteamericanos, se inscribe en buena medida en un contexto religioso. Aunque a diferencia de las comunidades amerindias, la transversalidad de g?nero en la India tiene lugar en un sistema binario de sexo/g?nero que no es igualitario sino jer?rquico y patriarcal. El hombre y la mujer son categor?as en oposici?n complementaria, cuya naturaleza biol?gica y esencial queda reflejada en los textos m?dicos y los rituales del hinduismo cl?sico. Si bien las sociedades occidentales tratan de corregir, reprimir o ignorar las contradicciones y ambig?edades sexogen?ricas, el hinduismo posee una gran capacidad para abrazar la diversidad y lo andr?gino, lo que motiva que se confiera ?un sentido positivo a la vida de muchos individuos con una variedad de identificaciones de g?nero, condiciones f?sicas y preferencias er?ticas alternativas? (Nanda, 2003: 262). De entre las m?ltiples variantes de g?nero existentes en la India, el caso m?s visible y culturalmente institucionalizado es el de los hijras, una comunidad formada por aproximadamente medio mill?n de personas112 que habita principalmente en las ciudades del norte de la India y en el estado de Gujarat (si bien es cierto que los podemos encontrar 112 Ante la ausencia de censos oficiales no existe unanimidad en relaci?n a su n?mero, por lo que las cifras var?an enormemente en funci?n de la fuente consultada. Nanda (2003) habla de unas 50.000 personas, Nieto (2008) de medio mill?n y, en un art?culo aparecido en el Pa?s el 14 de febrero de 2001, se habla de, al menos, un mill?n de personas. 180 por todo el territorio indio y tambi?n en Pakist?n). Veneradores de la diosa Bahuchara Mata, asociada al transgenerismo, los hijras son definidos culturalmente como ?ni hombres ni mujeres?: han nacido con los genitales masculinos o con atributos de ambos sexos (es decir, pueden ser tambi?n intersexuales) y, tras una emasculaci?n ritual, adquieren un g?nero alternativo. Los (o las) hijras son considerados como varones incompletos al ser impotentes sexualmente o incapaces de procrear, siendo el t?rmino ?hijra? traducido habitualmente por ?eunuco?. Su incapacidad para adoptar el rol de penetrador es la raz?n principal por la que no se les considera hombres. Al igual que los dos-esp?ritus, los hijras mantienen relaciones sexuales con hombres, adoptando un papel pasivo. Sin embargo, a los hijras no se los define por sus pr?cticas sexuales sino principalmente por su impotencia sexual y su estatus de sexo/g?nero intermedio (Nanda, 1996 y 2003; Nieto, 2008). Mientras que un hijra es un hombre incompleto, podr?amos decir que es, asimismo, una casi-mujer, pues se le permite adoptar la vestimenta, el comportamiento y las ocupaciones de las mujeres sin ser completamente equiparados a ellas. Llevan ropas, peinados y accesorios de mujer, imitan su modo de andar, los gestos y la voz, y adoptan nombres femeninos. Pero no son completamente mujeres porque no tienen los ?rganos reproductores femeninos y, l?gicamente, no pueden tener hijos. Esta casi-feminidad o incapacidad para ser mujeres ?completas? es representada mediante una exageraci?n de las formas de ser y de comportarse de las mujeres: ?Las actuaciones de los hijras no pretenden ser imitaciones realistas de las mujeres sino m?s bien una parodia? (Nanda, 2003: 264). De este modo, exageran la vestimenta y la gestualidad femeninas, muestran una agresividad sexual impropia de una mujer india y utilizan un lenguaje grosero, provocador e injurioso. Siguiendo con Nanda, los hijras provocan reacciones encontradas entre los indios: burlas, temor, respeto, desprecio e incluso compasi?n. El respeto que generan emana de su espiritualidad y el temor que suscitan se debe principalmente a su poder reconocido para potenciar o debilitar la potencia sexual masculina, pudiendo bendecir pero tambi?n maldecir a un matrimonio con la p?rdida de fertilidad en caso de que no se les pague lo debido. Al hallarse fuera de los roles y de las relaciones sociales de las castas y del parentesco, principales fuentes de control social, su comportamiento descarado y libre de r?gidas ataduras supone una amenaza impl?cita al orden de la recatada sociedad india. Los hijras utilizan ese ?estar al margen? de las normas sociales que gobiernan a mujeres y hombres, ese vivir ?sin verg?enza?, para extorsionar econ?micamente a unas gentes que saben que si no ceden a sus pretensiones ser?n p?blicamente denigradas, humilladas y maldecidas. Existe un amplio consenso en afirmar que la llegada de los europeos a los nuevos mundos, y el posterior establecimiento de reg?menes coloniales, supuso el fin, o el deterioro, de la elevada consideraci?n social del transg?nero. Portando como estandarte los dogmas del cristianismo e ignorando la significaci?n social de estas expresiones transgen?ricas, las 181 potencias colonizadoras se escandalizaron al ver a unos hombres que vest?an como las mujeres, se comportaban como ellas y, peor a?n, comet?an reiteradamente uno de los m?s terribles pecados: la sodom?a. Como apunta Nieto (2011: 305): ?La mirada misionera no busca significados en pr?cticas sexuales de otras culturas. En su lugar, en las explicaciones de la sexualidad, trasmite leyes113 universales de adoctrinamiento?. Y el hecho de que esos seres infames fueran aceptados por sus conciudadanos era interpretado como una prueba m?s de que la barbarie, la ignorancia y la depravaci?n estaban instaladas entre esos pueblos. El transg?nero fue perseguido y obligado a comportarse ?como un hombre?, portando desde entonces la marca de la deshonra por su condici?n pecaminosa y extravagante. Los berdaches tuvieron que cortarse el pelo y acatar la norma heterosexual tras la independencia de los Estados Unidos (D?sy, 1980). Los hijras, que gozaban del reconocimiento de los estados principescos (ten?an derechos hereditarios sobre las tierras), perdieron hasta el derecho a mendigar con la dominaci?n brit?nica al ser un grupo que violaba las leyes de la decencia p?blica (Nanda, 2003). El hecho de sumergirse brevemente en la realidad dos-esp?ritus e hijra nos permite extraer algunas valiosas lecciones. En primer lugar, que existe la posibilidad de replantear la l?gica de nuestro sistema de sexo/g?nero. Hijras y dos-esp?ritus son manifestaciones gen?ricas que escapan del determinismo genital y se inscriben, no obstante, en el sistema cultural de sus respectivas sociedades114. Son sujetos de g?nero ambivalente cuyo aspecto externo y funciones sociales prevalecen sobre la morfolog?a de sus cuerpos. En opini?n de Williams (1992) y Nieto (2008), fue esta preponderancia de lo social sobre lo biol?gico lo que inspir? al movimiento transgenerista occidental. En este sentido, el dos-esp?ritus norteamericano, pero tambi?n el mahu polinesio o el fa?afafine samoano, signos inequ?vocos de que exist?an o hab?an existido culturas en las que los genitales no marcaban necesariamente el destino identitario, sirvieron de modelo para aquellas personas occidentales que no se sent?an c?modas con nuestras categor?as identitarias y no quer?an utilizar las tecnolog?as m?dicas para normalizar sus cuerpos. La segunda lecci?n que podemos obtener es de ?ndole epistemol?gica. Se trata de la imposibilidad de exportar ?e imponer? nuestro marco conceptual para entender pr?cticas y fen?menos sexogen?ricos caracter?sticos de otros contextos culturales. Hijras y dos-esp?ritus no pueden ser tipificados como ?travestidos?, ?transexuales? u ?homosexuales?, categor?as 113 El subrayado es del autor. 114 Se podr?a objetar que actualmente la situaci?n social de los hijras no se caracteriza precisamente por el respeto o la admiraci?n que suscitan. No obstante, ya hemos visto que su p?rdida de estatus se produjo con el establecimiento de la administraci?n brit?nica, y que actualmente su marginalidad proviene principalmente de su actitud abiertamente provocadora y no tanto por su condici?n transgen?rica, que est? avalada por la mitolog?a hind?. 182 todas ellas que han cobrado significado dentro del paradigma de la modernidad occidental. Por su vocaci?n universalista, la ciencia aplica sus propias categor?as de inteligibilidad y anula con ello la particularidad de estos fen?menos transgen?ricos. Ya vimos que muchos art?culos m?dicos tienen como denominador com?n un cap?tulo introductor en el que se destaca que la transexualidad existe desde tiempos inmemoriales. A esta opini?n se suman las profesionales de la UTIG entrevistadas. Ante la pregunta de si creen que la transexualidad ha existido desde siempre, tanto la psic?loga como la psiquiatra de la UTIG, que durante las entrevistas hacen gala de un buen conocimiento de otras realidades transgen?ricas (comentan algunos episodios de la mitolog?a griega relacionados con la androginia y citan a los hijras, los berdaches y al kathoey tailand?s), responden con un escueto y rotundo ?s??, si bien una de ellas matiza al decir que ?existen diferencias en cuanto a la forma de expresi?n y la aceptaci?n social? del fen?meno. Sin duda alguna, defender la universalidad de la transexualidad puede entenderse como un acto de buena voluntad en aras de lograr la aceptaci?n social de un grupo de personas estigmatizadas: no se puede culpar a las personas transexuales de sufrir un ?trastorno? que es consustancial a la especie humana. No obstante, tras esta sana intenci?n se esconde la violencia inherente a todo esencialismo. Para la ciencia biom?dica, el transexual constituye la verdadera esencia del transg?nero. Y ?ste, a su vez, no es otra cosa que un transexual no diagnosticado por unas sociedades que carecen de las herramientas y los conocimientos necesarios para tratarlo en su justa medida. De este modo, hijras y berdaches son presentados como meras an?cdotas ex?ticas de un pasado o un Otro cultural m?s o menos romantizados, lo que ensombrece la significaci?n social de unos sujetos cuya expresi?n de g?nero trasciende la l?gica bipolar sostenida y reproducida por la biomedicina. Y en el mismo error etnoc?ntrico se incurre cuando se definen como ?homosexuales? las relaciones que hijras y berdaches mantienen con hombres. Otra vez aqu? nuestros conceptos rechinan al tratar de describir realidades ajenas a la nuestra. Y es que tenemos que leer la conducta sexual en clave gen?rica. En otras palabras, las relaciones sexuales de los transg?neros estudiados no deber?an interpretarse en funci?n de los cuerpos que las ejecutan, sino en funci?n del g?nero que expresan. Ya hemos visto que los berdaches y los hijras no son ni exactamente hombres ni completamente mujeres, sino que constituyen un g?nero intermedio ante el cual los apelativos ?homo? o ?heterosexual? pierden todo su poder definidor. Del mismo modo, tampoco se puede equiparar el ritual de emasculaci?n hijra con la cirug?a de reasignaci?n transexual. La persona que se somete a una vaginoplastia quiere obtener unos genitales con los que adecuar su cuerpo a una identidad de g?nero inequ?vocamente femenina. Por su parte, al hijra que se somete a la emasculaci?n no se le implanta una neovagina ni se le equipara a las mujeres, sino que pasa a ocupar un espacio 183 intersticial de ?tercer g?nero?. Adem?s, siguiendo a Nieto (2008), no podemos olvidar que la castraci?n hijra es la expresi?n m?xima de su ?enculturaci?n?, mientras que la cirug?a de reasignaci?n sexual es la expresi?n m?xima de la ?medicalizaci?n?. La primera est? asociada a la emasculaci?n mitol?gica de Arjuna115 y constituye el gran ritual de iniciaci?n a trav?s del cual un hijra pasa a ser veh?culo del poder de la diosa Bahuchara Mata. Por el contrario, la cirug?a transexualizadora es concebida como una tecnolog?a surgida de un conocimiento cient?fico que es impermeable a todo sesgo cultural. Se nos dice que la biomedicina no trabaja con creencias, sino con conocimientos. No obstante, tanto este apartado geneal?gico como los an?lisis que vienen a continuaci?n tratan de mostrar que nuestros m?todos y conceptos est?n tan hist?rica y culturalmente determinados como aquellos que juzgamos con indulgencia paternalista: La tecnolog?a occidental aplicada a la cirug?a, adem?s de representar una instrumentalizaci?n puesta al servicio de la ciencia m?dica, constituye una creencia116 en la que se basa el modelo m?dico para la resoluci?n del ?conflicto genital? de la transexualidad. Y como tal creencia, la pr?ctica tecnologizada y quir?rgica de la medicina especializada en transexualidad debe interpretarse en t?rminos culturales; en otras palabras, la tecnolog?a se reviste de cultura y, as?, se transforma en creencia cultural, raz?n por la cual la cirug?a de reasignaci?n genital de Occidente no debe interpretarse como si su acci?n se diera en sociedades carentes de cultura (Nieto, 2008: 156). 115 Arjuna es uno de los h?roes del poema ?pico hind? Mahabharata. En uno de los episodios, Arjuna rechaza tener relaciones sexuales con la ninfa Urvashi, por lo que ?sta se enoja y lo condena a ser un eunuco y a vivir como tal durante un a?o. De este modo, Arjuna se exilia y vive durante doce meses como un travestido-eunuco: adopta una apariencia femenina y ense?a a las mujeres de la corte del rey a cantar y a danzar (Nanda, 2003). 116 Los ?nfasis son del autor. La (re)construcci?n identitaria y corporal de las personas trans SEGUNDA PARTE 187 CAP?TULO 1 La patologizaci?n del transg?nero. Un mecanismo legitimador de nuestro sistema de sexo/g?nero1 Una categor?a diagn?stica no es percibida como una construcci?n social m?s o menos arbitraria, que se caracteriza por su inscripci?n en un contexto hist?rico y cultural determinado, que es el resultado de formas hist?ricas de tratamiento. Desde la psiquiatr?a biom?dica, las categor?as son entendidas como unidades reales y universalmente v?lidas. Ellas son la simple consecuencia de la evoluci?n del conocimiento m?dico, de las investigaciones experimentales y del an?lisis epidemiol?gico. (?ngel Mart?nez Hern?ez, 2000) Al advertir de la necesidad de una ?evaluaci?n psiqui?trica antes de realizar cualquier tipo de operaci?n para descartar no solo la existencia de un trastorno psic?tico (?), sino tambi?n para comprobar el nivel de inteligencia y la estabilidad emocional del paciente? (Benjamin, 1966: 60), Harry Benjamin est? confiriendo a la psiquiatr?a la facultad, no ya para reconducir la mente del paciente, sino para validar el acceso a la terapia de modificaci?n corporal y supervisar su desarrollo. En su opini?n, el proceso diagn?stico ha de acompa?arse de una evaluaci?n exhaustiva del paciente que determine el nivel de apoyo familiar y su capacidad para adaptarse al nuevo rol de g?nero. Pero la labor de los profesionales de la salud mental no acaba aqu?. Y es que si bien la mayor?a de los pacientes ?se sienten mejor que nunca tras la operaci?n?, Benjamin admite que algunos muestran s?ntomas de inseguridad y precariedad emocional, por lo que es preciso un seguimiento posquir?rgico con el fin de evitar ?depresiones, la promiscuidad, la prostituci?n o adicciones? (Ib?dem.: 72). Esta legitimaci?n de la mirada psiqui?trica se consolida en 1980 con la inclusi?n de la transexualidad en la tercera edici?n del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (en adelante DSM), el manual clasificatorio de los trastornos mentales m?s influyente a nivel mundial que elabora la American Psychiatric Association (en adelante APA)2. 1 Parte de este cap?tulo ha sido publicado previamente en un art?culo. Cf. Mas (2013). 2 El otro manual de referencia es la Clasificaci?n Estad?stica Internacional de las Enfermedades y 188 El an?lisis de la patologizaci?n de la transexualidad constituir? el objetivo principal de este cap?tulo. Para ello, analizaremos la categor?a diagn?stica de ?disforia de g?nero?, denominaci?n que se da al fen?meno en la quinta y ?ltima edici?n del DSM (2013). Asimismo, examinaremos el posicionamiento de los profesionales de la UTIG as? como de las personas trans ante la inclusi?n de la transexualidad en los manuales clasificatorios de los trastornos mentales. En ?ltimo lugar, presentaremos algunas de las alternativas propuestas por los cr?ticos de la patologizaci?n para desclasificar la transexualidad sin poner en peligro la cobertura p?blica o privada del tratamiento (ya que dicha cobertura queda garantizada actualmente al considerarse un trastorno mental), y abordaremos la Ley 3/2007, de 15 de marzo, que regula el cambio de sexo en el Registro Civil, puesto que constituye un buena oportunidad para observar que la visi?n patologizante del transg?nero tiene consecuencias m?s all? del ?mbito m?dico. 1.1. Introducci?n al DSM La raz?n inicial para llevar a cabo una clasificaci?n de los trastornos mentales en Estados Unidos fue la necesidad de recoger informaci?n de tipo estad?stico. En 1917 el Comit? de Estad?stica de la APA, junto con la Comisi?n Nacional de Higiene Mental, dise?? un plan para reunir datos estad?sticos uniformes de distintos hospitales de salud mental. M?s adelante, el ej?rcito norteamericano y la Administraci?n de Veteranos confeccionaron una nomenclatura psiqui?trica con el fin de tipificar los trastornos mentales de los combatientes en la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, la OMS inclu?a por vez primera un apartado dedicado a los trastornos mentales en su sexta edici?n de su Clasificaci?n Internacional de Enfermedades (CIE). Siguiendo la tendencia marcada por la OMS, la APA public? en 1952 la primera edici?n del Manual Diagn?stico y Estad?stico de los Trastornos Mentales (DSM-I), consistente en un glosario de descripciones de las diferentes categor?as diagn?sticas (APA, 2002a). De acuerdo con Mart?nez Hern?ez (2000), la publicaci?n en 1980 de la tercera edici?n del DSM supuso una ruptura epistemol?gica respecto a sus dos predecesores, aparecidos en 1952 y 1968 respectivamente. Tanto el DSM-I como el DSM-II eran manuales diagn?sticos con una orientaci?n psicosocial y psicodin?mica que dejaban Problemas de Salud (CIE), elaborado por la OMS. En su d?cima edici?n, aparecida en 1992, se incluye al ?transexualismo? dentro del apartado de los trastornos mentales. En el presente cap?tulo focalizaremos nuestra atenci?n en el DSM porque es el manual m?s citado a lo largo de las entrevistas que hemos realizado. Adem?s, como se?ala Mart?nez Hern?ez (2000), la OMS tiende a elaborar su Clasificaci?n teniendo en cuenta las modificaciones introducidas previamente por la Asociaci?n Norteamericana de Psiquiatr?a. 189 entrever la influencia de las escuelas psicoanal?ticas. Con la elaboraci?n del DSM-III, la APA se aline? con la orientaci?n biom?dica en psiquiatr?a, tambi?n conocida como ?neokraepelianismo?, que se caracteriza ?por el ?nfasis en la clasificaci?n, la descripci?n precisa de los cuadros cl?nicos, la oposici?n a la perspectiva psicoanal?tica, el inter?s por la investigaci?n cl?nica y epidemiol?gica, y el reduccionismo biol?gico o psicobiol?gico de los trastornos mentales? (Mart?nez Hern?ez, 2000: 251). Este cambio de paradigma no fue debido a los avances en el estudio y la comprensi?n de las enfermedades mentales. Y es que el modelo psicosocial de inspiraci?n psicodin?mica perdi? credibilidad porque sus m?todos de evaluaci?n y tratamiento eran, en palabras de un psiquiatra norteamericano, ?demasiado fluidos y poco sistematizados?, por lo que tanto la administraci?n como las compa??as privadas ten?an que destinar ingentes recursos para financiar la asistencia a la salud mental (Uribe, 2000). Se nos dice que el DSM mantiene un ?enfoque descriptivo que pretende ser neutral respecto a las teor?as etiol?gicas? (APA, 2002a: XXIV). Ante la imposibilidad de establecer una etiolog?a clara para la mayor?a de los trastornos mentales, la APA se limita a ?ofrecer la mejor descripci?n disponible sobre la forma en que los trastornos mentales se expresan y son reconocidos por los cl?nicos? (APA, 2013a: XLI). La neutralidad del manual parece garantizada porque en su elaboraci?n han participado centenares de profesionales provenientes de m?ltiples disciplinas y orientaciones cient?ficas. Adem?s, han podido realizar aportaciones y cr?ticas los propios pacientes, sus familiares, las organizaciones de usuarios y las asociaciones de defensa de derechos civiles y sanitarios. Dicho esto, si realizamos un repaso a sus taxonom?as podemos observar un marcado sesgo biologista. Los trastornos mentales son aprehendidos como si fueran entidades biol?gicas, mientras que los factores psicosociales y socioculturales son ?convertidos en criterios diagn?sticos y utilizados como realidades f?sicas que responden a un orden de realidad universal y reconocible? (Mart?nez Hern?ez, 2000: 270). El enfoque eminentemente descriptivo y clasificatorio del DSM parece obedecer a una voluntad cient?fica desapasionada, neutral, alejada de prejuicios. Se destaca que la mayor?a de los esfuerzos realizados durante los 12 a?os que ha durado el proceso de revisi?n y redacci?n del nuevo DSM se han destinado a mejorar la utilidad cl?nica, la fiabilidad y la capacidad descriptiva de las categor?as diagn?sticas. No obstante, esta asepsia epistemol?gica no parece tal cuando nos adentramos en los criterios diagn?sticos que definen algunos trastornos mentales. Constataremos esto en el caso de la transexualidad, pero antes merece la pena realizar un alto en el camino para detenernos en el denominado ?trastorno antisocial de la personalidad?, un caso paradigm?tico que nos muestra que lo moral y lo normativo tambi?n tienen cabida en el DSM. 190 El ?trastorno antisocial de la personalidad? es un tipo de ?trastorno de la personalidad? que se caracteriza por un ?patr?n de comportamiento repetitivo y persistente en el que se violan los derechos fundamentales de los dem?s o importantes normas sociales propias de la edad? (APA, 2013a: 659). Dicho trastorno debe diagnosticarse si la persona cumple con, al menos, tres de los siguientes criterios: (1) fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detenci?n. (2) deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer. (3) impulsividad o incapacidad para planificar el futuro. (4) irritabilidad y agresividad, indicados por peleas f?sicas repetidas o agresiones. (5) despreocupaci?n imprudente por su seguridad o la de los dem?s. (6) irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones econ?micas. (7) falta de remordimientos, como lo indica la indiferencia o la justificaci?n del haber da?ado, maltratado o robado a otros (Ib?dem.: 659). Un simple vistazo a estos criterios permite constatar las serias dificultades ?o la intensa confusi?n? con que se encuentran los profesionales que han elaborado el DSM a la hora de delimitar la patolog?a mental de la desviaci?n social. Sorprende la forma en que elementos socioculturales son tratados como si fueran s?ntomas biol?gicos de un trastorno que tiene, adem?s, un componente hereditario: ?El trastorno antisocial de la personalidad es m?s frecuente en los familiares de primer grado de quienes tienen el trastorno que en la poblaci?n en general? (Ib?dem.: 661). Sorprende igualmente la facilidad con que se confirma el diagn?stico: con tan solo el cumplimiento de tres criterios. Pero esta sorpresa se convierte en estupor cuando en el mismo manual se afirma que ?ni el comportamiento desviado (p.ej. pol?tico, religioso o sexual) ni los conflictos entre el individuo y la sociedad son trastornos mentales, a no ser que la desviaci?n o conflicto sean s?ntomas de una disfunci?n? (Ib?dem.: 20). Con esta categor?a diagn?stica se psiquiatriza el comportamiento social desviado (recordemos, por ejemplo, el ?fracaso para adaptarse a las normas sociales?) y los principios amorales (fij?monos en los t?rminos ?deshonestidad?, ?despreocupaci?n? o ?falta de remordimientos?) y, de paso, se ensalza su reverso al deducirse que solo el comportamiento que se ajusta a nuestros imperativos sociales es s?ntoma de buena salud mental. De esta forma, este trastorno opera como una poderosa herramienta de legitimaci?n del orden social, pues exime a la sociedad de toda responsabilidad presentando las transgresiones normativas y morales como disfunciones individuales que requieren un tratamiento farmacol?gico y/o psicoterap?utico. En el mismo DSM se insiste en ello: todo trastorno, ?cualquiera 191 que sea su causa, debe considerarse como la manifestaci?n individual de una disfunci?n comportamental, psicol?gica o biol?gica? (APA, 2002a: XXIX). Es el individuo, en tanto que entidad org?nica, y no la sociedad, el foco principal de disfunciones. En la explicaci?n del diagn?stico queda bien claro. El trastorno puede manifestarse a trav?s de un ?comportamiento laboral irresponsable? caracterizado por ?largos periodos de desempleo a pesar de existir oportunidades laborales o por abandonar varios trabajos sin tener un plan realista para conseguir otro trabajo? (APA, 2013a: 660). Ni los ide?logos del neoliberalismo lo hubieran hecho mejor. Y es que no estamos ante un rechazo consciente o ante la incapacidad de soportar trabajos precarios y mal remunerados, sino ante un s?ntoma que denota un trastorno sociop?tico. Y parecida tranquilidad debe embargar a los guardianes de la moral sexual conservadora: las personas que padecen el trastorno ?pueden haber tenido muchas parejas sexuales sin haber nunca mantenido una relaci?n mon?gama? (Ib?dem.: 661). Se aporta asimismo informaci?n de utilidad epidemiol?gica al detectarse las zonas de la estructura social con una mayor prevalencia: el trastorno ?parece estar asociado con un bajo estatus socioecon?mico y un entorno urbano? (Ib?dem.: 662). Aunque si tenemos en cuenta que estas personas ?son mentirosas y manipuladoras con el fin de obtener beneficios o placeres personales (p.ej. ganar dinero, sexo o poder)?, y que se caracterizan por la ?ausencia de empat?a, la tendencia a ser cruel(es) y c?nico(s), y por desde?ar los sentimientos, derechos y sufrimientos de los dem?s? (Ib?dem.: 660), bien podr?amos apuntar que esta patolog?a tambi?n se ha extendido de forma preocupante, en los ?ltimos tiempos, entre las personas provenientes de las capas m?s pudientes de nuestra sociedad, como banqueros, ingenieros financieros o pol?ticos. 1.2. El papel de la cultura en el DSM A partir de la segunda edici?n del DSM, la APA empieza a ganar influencia m?s all? de sus fronteras. Prueba de ello es que los psiquiatras norteamericanos colaboran estrechamente con la OMS en la redacci?n de la octava edici?n de la CIE. Este hecho supone un primer paso en el reconocimiento de la psiquiatr?a estadounidense como gran referente global. La confianza del comit? cient?fico de la APA en la validez y, sobre todo, la fiabilidad3 de sus 3 Siguiendo a Mart?nez Hern?ez (2000: 253-254), ?en epidemiolog?a la validez de una categor?a es su capacidad de adecuaci?n a la realidad; es decir, su potencialidad para definir aquello que tiene que definir; por otro lado, la fiabilidad se entiende como la concordancia de los dict?menes de diferentes profesionales sobre una serie de casos?. Ante las dificultades para establecer la validez de las categor?as diagn?sticas psiqui?tricas, la APA se decant? por reforzar la fiabilidad. De esta forma, ?y aunque la validez requiere siempre de una cierta fiabilidad, las categor?as defendidas por la mayor?a emergieron como las categor?as m?s fiables? (Ib?dem.: 254). 192 categor?as va en aumento, como lo demuestran estas palabras realizadas en 1968: el DSM refleja ?la idea de que la gente de todas las naciones vive en un solo mundo? (en Matte et al. 2009). A?n as?, tras la publicaci?n del DSM-III arrecian las cr?ticas por la escasa atenci?n prestada a los factores culturales. En consecuencia, la APA organiza en 1991 un comit? formado por psiquiatras y cient?ficos sociales con el fin de revisar el papel de la cultura en el diagn?stico de la enfermedad mental y evaluar toda la informaci?n transcultural disponible (Uribe, 2000). Fruto de este trabajo, en el DSM-IV se a?ade, en algunas categor?as diagn?sticas, un apartado con consideraciones relativas a las particularidades culturales y algunas variables sociales (como la edad y el g?nero). Asimismo, se introduce un ap?ndice sobre los denominados ?s?ndromes relacionados con la cultura?, en el que se presentan fen?menos que ?denotan patrones de comportamiento aberrante y experiencias perturbadoras, recurrentes y espec?ficas de un lugar determinado? (APA, 2002a: 1004). Con la introducci?n de estas novedades, los redactores del DSM-IV pretenden dotarse de nuevas herramientas para entender ?el modo en que (los) trastornos mentales se manifiestan en las diferentes culturas?, reduciendo ?el posible sesgo ocasionado por la formaci?n cultural del cl?nico? (APA, 2002a: XXXIII). A pesar de esta nueva sensibilidad proclamada en el DSM-IV, el tratamiento dado a la cultura a lo largo del manual result? para muchos decepcionante. Los principales reproches provinieron de una corriente cr?tica para la cual resultaba imprescindible analizar las bases culturales de la psiquiatr?a biom?dica, en lugar de universalizar su marco te?rico y conceptual. Uribe (2000) recuerda que la APA alter? o ignor? muchas de las recomendaciones efectuadas por el grupo de trabajo encargado de los aspectos culturales en el DSM. En un sentido similar, Mezzich et al. (1999) lamentan que el comit? cient?fico de la APA prestara tan poca atenci?n a las propuestas que cuestionaban la universalidad de las nosolog?as y defend?an la necesidad de contextualizar la enfermedad, el diagn?stico y la atenci?n a la salud. Por su parte, Aggarwal (2013) destaca que la inmensa mayor?a de los datos epidemiol?gicos y fenomenol?gicos que sirvieron de base para las clasificaciones del DSM proven?an de estudios cuantitativos realizados a la poblaci?n blanca y de clase media norteamericana, mientras que los datos etnogr?ficos y cualitativos recib?an un tratamiento marginal. En fin, Mart?nez Hern?ez (2011: 69) nos ofrece la clave para entender el escaso protagonismo concedido a la cultura en el DSM: ?La construcci?n social de la enfermedad (?) se vincula a las creencias, la ignorancia o a posiciones anticient?ficas, m?s que a un proceso que afecte a aspectos de la enfermedad tan importantes como el curso, el pron?stico y el tratamiento?. En cuanto a la Gu?a para la formulaci?n cultural y glosario de los s?ndromes dependientes de la cultura, lo primero que salta a la vista es el poco peso que tiene este nuevo apartado: 193 ocupa tan solo 7 p?ginas (de la 1003 a la 1009) de las 1049 que conforman la edici?n espa?ola del DSM-IV-TR (la revisi?n del DSM-IV). En este ap?ndice se incluyen 25 ?s?ndromes dependientes de la cultura?, y el s?ndrome que cuenta con un redactado m?s extenso tiene 19 l?neas. Si nos fijamos en algo m?s que en su extensi?n, constatamos que este apartado desprende un aire etnoc?ntrico. Las categor?as del DSM son ?el resultado de la participaci?n de muchos expertos internacionales?, lo que garantiza que puedan ?aplicarse y usarse en todo el mundo? (APA, 2002a: XXII). No sucede lo mismo con los ?s?ndromes dependientes de la cultura?, pues ?se limitan a sociedades espec?ficas o a ?reas culturales y son categor?as diagn?sticas populares4 localizadas? (APA, 2002a: 1004). As? pues, mientras que el conocimiento occidental produce categor?as universalmente v?lidas, parece que es solo el Otro cultural el que alberga creencias que pueden recogerse en un ap?ndice de patolog?a folkl?rica. Y recordemos la diferencia de valor que existe en nuestra sociedad entre el conocimiento y la creencia: ?El conocimiento requiere certeza y rectitud de juicio; creencia implica incertidumbre, error o ambas cosas? (Good, 2003 [1994]: 47). Por todo ello, los denominados ?consultores transculturales? que hab?an asesorado a la APA durante la elaboraci?n del DSM-IV (entre los que se encontraban Byron Good o Arthur Kleinman), y no pocos expertos externos, cuestionaron la fiabilidad de muchas categor?as diagn?sticas y exigieron un reconocimiento expl?cito del influjo de la cultura en la elaboraci?n misma del DSM (Mezzich et al., 1999). Si a ello le a?adimos que el comit? redactor del DSM se vanagloria de su visi?n imparcial y no dogm?tica, y de estar constantemente abierto a las cr?ticas, parec?a l?gico esperar un papel m?s determinante de la cultura en la quinta versi?n del manual5. Veamos hasta qu? punto esto es cierto. En la introducci?n se afirma que ?aspectos fundamentales de la cultura relacionados con la clasificaci?n diagn?stica y la evaluaci?n han sido tenidos en cuenta en el desarrollo del DSM-5? (APA, 2013a: 14). Este inter?s renovado por la cultura se expresa de tres formas distintas: un apartado con ?consideraciones diagn?sticas relacionadas con la cultura? para la gran mayor?a de categor?as del manual, un glosario de ?conceptos culturales del malestar? (denominaci?n que sustituye a los ?s?ndromes relacionados con la cultura?) y un cap?tulo destinado a la ?formulaci?n cultural?, en el que se teoriza sobre la relaci?n entre la cultura y el diagn?stico y se incluyen herramientas para una ?evaluaci?n cultural exhaustiva?. Es en este ?ltimo apartado donde podemos encontrar una afirmaci?n impactante ?por inesperada? con la que la APA reconoce al fin la determinaci?n cultural de su propio conocimiento: ?Todas las formas de aflicci?n (distress) est?n determinadas localmente, 4 El ?nfasis es m?o. 5 Por vez primera, la APA abri? un espacio en su p?gina web en el que los profesionales y el p?blico en general pod?an realizar comentarios y sugerencias para el DSM-5. Se recibieron m?s de 13.000 aportaciones que fueron trasladadas a los 13 grupos de trabajo (APA, 2013a). 194 incluidos los trastornos del DSM? (Ib?dem.: 758). Parece que las cr?ticas recibidas han hecho que los redactores del manual adopten una postura epistemol?gica m?s modesta al admitir el car?cter contextual de sus clasificaciones. Sin embargo, justo en la frase siguiente defienden que este reconocimiento no invalida la aplicabilidad universal de sus categor?as: ?Desde esta perspectiva, muchos diagn?sticos del DSM pueden entenderse como prototipos operativos que surgen como s?ndromes culturales, y llegan a ser ampliamente aceptados debido a su utilidad para la cl?nica y la investigaci?n? (Ib?dem.: 758). Es decir, el DSM defiende su universalidad no desde una visi?n ?representacionalista? (en el sentido de ofrecer la representaci?n m?s ajustada a la realidad), sino ?pragmatista? o ?instrumentalista? (al destacar su utilidad pr?ctica como motor del consenso interpersonal). Aunque esta ?amplia aceptaci?n? de las categor?as del DSM parece haber sido el producto de la colonizaci?n del saber biom?dico ?y, en concreto, de la psiquiatr?a norteamericana?, antes que del consenso neopragmatista imaginado por Richard Rorty, para el cual la obtenci?n de creencias compartidas ha de ser fruto ?de un acuerdo no forzoso en el curso de un encuentro libre y abierto con personas que sustenten otras creencias? (Rorty, 1996: 65). Es esta utilidad universal de las categor?as del DSM lo que justifica que no se las conceptualice en tanto que ?conceptos culturales del malestar?6. Por consiguiente, en la nueva versi?n del glosario vuelven a estar ausentes los s?ndromes propios del Occidente post-industrial, como la bulimia, la anorexia nerviosa o la fatiga cr?nica7. Tal y como sugiere Hugues (1998), con la colocaci?n de estos s?ndromes culturales en un reducido apartado del manual (en el que no est?n los s?ndromes caracter?sticos de la cultura occidental) se est? destacando su genuina especificidad, lo que los convierte en simples manifestaciones del exotismo patol?gico de un Otro cultural. Adem?s, para cada uno de estos s?ndromes se han se?alado las categor?as diagn?sticas equivalentes en el DSM-5, hecho que refuerza la creencia de que estas ?ltimas tienen, efectivamente, una aplicabilidad global. Ciertamente, si lo comparamos con las ediciones anteriores, existen argumentos para defender que el DSM-5 presenta una mayor sensibilidad cultural. Han desaparecido, por ejemplo, los subtipos de la esquizofrenia (paranoide, desorganizada, catat?nica, indiferenciada y residual), que para Aggarwal (2013) estaban basados en los arquetipos occidentales. Se ha ampliado ?o a?adido por vez primera? el apartado de ?consideraciones diagn?sticas relacionadas con la cultura? en muchas de las categor?as del manual. Podemos encontrar tambi?n varias sentencias sobre la necesidad de contextualizar toda forma de 6 Este nuevo concepto, que sustituye a los ?s?ndromes relacionados con la cultura?, es m?s amplio que el anterior, ya que incluye a los ?s?ndromes culturales?, los ?lenguajes culturales del malestar? y las ?explicaciones culturales o causas percibidas?. 7 La lista de s?ndromes culturales ha sido reducida significativamente con respecto al DSM-IV (de 25 a 9) pero se mantiene la misma extensi?n (7 p?ginas). 195 aflicci?n: se afirma que ?los trastornos mentales son definidos en relaci?n a las normas y valores culturales, sociales y familiares? (APA, 2013a: 14); y se admite que ?entender el contexto cultural de la experiencia de la enfermedad es esencial para una evaluaci?n diagn?stica exhaustiva y para el tratamiento cl?nico? (Ib?dem, 2013a: 749). Pero a pesar de cambios puntuales y declaraciones de principios, se mantienen las presuposiciones nosol?gicas b?sicas que estructuran el DSM. Si nos fijamos en el cap?tulo sobre ?formulaci?n cultural?, en el que se incluye un modelo de entrevista semiestructurada para una ?evaluaci?n exhaustiva de los factores culturales? que intervienen en el encuentro cl?nico, vemos que la cultura sigue siendo concebida en buena medida como un sesgo que dificulta una correcta diagnosis. Sesgo que, adem?s, parece ser provocado principalmente por ?inmigrantes y minor?as ?tnicas o raciales?, con los que es necesario evaluar su ?grado y tipo de implicaci?n con la cultura de origen y con la cultura de acogida o mayoritaria? (APA, 2013a: 750). Si centramos nuestra atenci?n en el apartado de ?consideraciones diagn?sticas relativas a la cultura? que acompa?a a la mayor?a de categor?as del DSM, observamos que los factores sociales y culturales siguen siendo entendidos como ?factores de riesgo para la psicopatolog?a? (Shear et al., 2009: 63); como elementos secundarios que modelan o predisponen al trastorno. ?sta puede ser la raz?n que explique el tan escaso peso de estos apartados ?culturales?, tanto en t?rminos cuantitativos como cualitativos. En el caso del ?trastorno antisocial de la personalidad?, dicho apartado ocupa tan solo 5 l?neas, y ya vimos que serv?a principalmente para convertir en meros factores de riesgo ?un bajo estatus socioecon?mico y un entorno urbano?. En una de las categor?as diagn?sticas m?s claramente determinadas por la cultura occidental, la ?anorexia nerviosa?, se limitan a afirmar que es un trastorno cuya expresi?n e interpretaci?n de los s?ntomas dependen del contexto sociocultural y a destacar, muy someramente, su ?mayor prevalencia? en entornos en los que se valoriza la delgadez (como las sociedades post-industriales). A lo largo de las 15 l?neas del apartado nada se nos dice sobre la construcci?n social del cuerpo, el g?nero, el deseo o los imperativos est?ticos. Si realmente se quiere introducir la cultura como un elemento transversal del DSM es necesario concebirla como algo m?s que un factor de riesgo psicopatol?gico o un factor que condiciona la interpretaci?n de s?ntomas, ya que es un elemento esencial para la constituci?n de la enfermedad como realidad humana: ?La biolog?a, las pr?cticas sociales y el significado se interrelacionan en la organizaci?n de la enfermedad como objeto social y experiencia vivida? (Good, 2003 [1994]: 109-110). Desde esta nueva perspectiva, se tendr?a que emprender una revisi?n completa de la estructura y composici?n del DSM con el fin de exponer detalladamente todos los factores culturales que constituyen cada categor?a diagn?stica. Aunque bien es cierto que esta empresa conllevar?a, inexorablemente, una problematizaci?n de los principios nosol?gicos de la psiquiatr?a biom?dica, por lo que 196 la misma l?gica clasificatoria y muchas de las categor?as diagn?sticas del manual quedar?an en entredicho. Y la APA no parece dispuesta a perder su statu quo8. Frente a la tranquilizadora seguridad que nos ofrecen las categor?as del DSM, no estar?a de m?s rememorar la ya famosa clasificaci?n que un personaje borgiano toma prestada de una enciclopedia china, y que sirvi? de inspiraci?n a Foucault para escribir Las palabras y las cosas: ?Los animales se dividen en: a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f ) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificaci?n, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel fin?simo de pelo de camello, l) etc?tera, m) que acaban de romper el jarr?n, n) que de lejos parecen moscas? (Borges, 2007 [1952]: 164). Si abandonamos nuestra sonrisa de incredulidad, esbozada por la ?imposibilidad de pensar esto? (Foucault, 2002 [1966]: 1), podremos extraer una lecci?n fundamental: que no existe una ?nica y verdadera forma de ordenar el mundo, por lo que toda clasificaci?n (incluso aquellas que nos parecen m?s adecuadas que otras en un determinado contexto) contiene importantes dosis de arbitrariedad y precariedad: ?La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que ?stos son provisorios? (Borges, 2007 [1952]: 165-166). Teniendo en cuenta esto, resulta necesario realizar un ejercicio de responsabilidad epistemol?gica y reconocer sin ambages que toda nosolog?a es hija de un universo sociocultural determinado. 1.3. Del ?transexualismo? a la ?disforia de g?nero?. Cambios terminol?gicos, misma esencia patologizadora Como se ha comentado anteriormente, la transexualidad entra en el DSM en la tercera edici?n de 1980. Casi al mismo tiempo se excluye a la homosexualidad gracias a la presi?n ejercida por los movimientos de gays y lesbianas, que llevaban tiempo reivindicando la despatologizaci?n de las orientaciones sexuales no normativas. Tanto la desclasificaci?n de la homosexualidad como los sucesivos cambios de denominaci?n y de criterios diagn?sticos que ha experimentado la transexualidad desde que fue incluida por vez primera en el DSM, constituyen una excelente oportunidad para recuperar y desarrollar el concepto de 8 Sin embargo, el prestigio inviolable del DSM empieza a tambalearse. El Instituto Nacional de Salud Mental norteamericano se ha desvinculado por primera vez del DSM y ha anunciado su intenci?n de elaborar su propia clasificaci?n. En palabras de su director: ?Los pacientes con enfermedades mentales se merecen algo mejor?. Tras las muchas cr?ticas recibidas, David J. Kupfer, coordinador de los grupos de trabajo del DSM y responsable ?ltimo de su edici?n, responde con soberbia en un comunicado: ?No se puede suplantar al DSM-5? (El Confidencial, 14/05/2013). Cf.http://www.elconfidencial.com/alma- corazon-vida/2013/05/14/el-dsm5-la-nueva-biblia-de-los psiquiatras-atacada-por-los-psicologos-120829/ 197 ?nominalismo din?mico? creado por Ian Hacking (1986). Recordemos que, para Hacking, la creaci?n de una nueva categor?a humana ?como la homosexualidad o la transexualidad? tiene efectos sobre las personas etiquetadas, puesto que cada categor?a configura un nuevo espacio para la autointeligibilidad, para que los sujetos se ajusten a ella. Pero hemos de tener en cuenta que las personas no aceptan de forma acr?tica las nuevas categor?as, ya que pueden resignificarlas o rechazarlas. Se produce as? una constante interacci?n dial?ctica ?aunque, a menudo, asim?trica? entre las personas y las formas en que son categorizadas. Y esto es justamente lo que sucede con el DSM y las personas tipificadas como ?homosexuales? y ?transexuales?. La APA crea categor?as que, indudablemente, influyen sobre las personas diagnosticadas, pues la fuerza y legitimidad que rodean al manual facilita la interiorizaci?n de los criterios diagn?sticos, en una clara muestra de la eficacia de esa ?violencia simb?lica? de la que hablaba Bourdieu (2003). Con todo, existen personas que rechazan este tutelaje experto y pretenden librarse de la visi?n patologizante que se tiene de ellas, por lo que la instancia creadora de la categor?a ?en este caso, la APA? recibe presiones para eliminarla ?del DSM. Lo que aqu? resulta especialmente interesante es observar la reacci?n que ha tenido hist?ricamente la APA ante estas presiones. Y es que siempre ha mostrado grandes reticencias a la hora de eliminar un diagn?stico de sus clasificaciones, por lo que antes tiende a realizar concienzudos esfuerzos de reconceptualizaci?n y a meterse en importantes embrollos terminol?gicos, lo que Nieto (2008) denomina ?camouflage o travestissement sem?ntico?, con el objetivo de ofrecer una versi?n m?s edulcorada de la patolog?a sin modificar con ello su esencia. En el caso de la homosexualidad, en 1974 los miembros de la APA deciden sustituir este diagn?stico por la categor?a eufem?stica de ?perturbaci?n de la orientaci?n sexual?. En el DSM-III, se crea el t?rmino de ?homosexualidad egodist?nica? para referirse a aquellas personas que sufren a causa de su orientaci?n homosexual. Pocos a?os m?s tarde, en la edici?n revisada del DSM-III, se elimina este concepto por considerarse que dicho sufrimiento, de estar presente, es producto de la homofobia social y no de la condici?n homosexual per se. Pero la APA se resiste a retirar sus tent?culos y crea entonces los ?trastornos sexuales no especificados?, una categor?a paraguas con la que seguir psiquiatrizando las desviaciones sexuales y de g?nero que no tienen un diagn?stico espec?fico. Con ella, puede ser diagnosticada toda aquella persona que siente una ?sensaci?n profunda de inadecuaci?n con respecto a la actitud sexual u otros rasgos relacionados con los est?ndares autoimpuestos de masculinidad o feminidad? o un ?malestar profundo y persistente en torno a la orientaci?n sexual? (APA, 2002b: 247). Como veremos acto seguido, la evoluci?n de la transexualidad en el DSM presenta grandes paralelismos con el recorrido que ha tenido la homosexualidad. 198 La Harry Benjamin International Gender Dysphoria Association (HBIGDA), hoy denominada The World Professional Association for Transgender Health (WPATH), jug? un importante papel en la inclusi?n de la transexualidad en el DSM. Esta asociaci?n, con sede en Estados Unidos, fue creada en 1979 por un grupo de profesionales que trabajaban con transexuales, y desde entonces ha venido elaborando los Standards of Care, el principal protocolo de atenci?n a la transexualidad a nivel mundial. Con esta inclusi?n, la WPATH quer?a abrir nuevas posibilidades legales y sociales para las personas transexuales en Estados Unidos (Matte et. al., 2009). Los criterios diagn?sticos del ?transexualismo? en el DSM-III reflejan el influjo del pensamiento de los primeros te?ricos, como Benjamin o Stoller. A parte de haber alcanzado la pubertad9, para confirmar el diagn?stico era necesario el cumplimiento de dos requisitos m?s: un malestar persistente respecto al propio sexo anat?mico y ?una preocupaci?n de por lo menos dos a?os de duraci?n sobre c?mo deshacerse de las caracter?sticas sexuales primarias y secundarias y de c?mo adquirir las caracter?sticas sexuales del otro sexo? (APA, 1989: 94). Con estos criterios se estaba validando el concepto benjaminiano de ?transexual verdadero?, cuyo principal rasgo definidor era la firme voluntad de someterse a la cirug?a de reasignaci?n genital. A aquellas personas que no cumpl?an con este requisito de autenticidad (pues no mostraban esta preocupaci?n persistente por adquirir los caracteres sexuales ?del otro sexo?) se les reservaba otro diagn?stico: el ?trastorno de la identidad sexual en la adolescencia o en la vida adulta?, lo que contribu?a a que fueran vistas como pseudotransexuales. Por otra parte, si nos fijamos en los ?factores predisponientes? al trastorno, observamos que el DSM-III hac?a suyas las teor?as etiol?gicas basadas en el entorno social: ??ste (el transexualismo) parece desarrollarse siempre en el contexto de una relaci?n familiar alterada? (Ib?dem.: 93). Tras la publicaci?n del DSM-III se multiplican las personas trans que muestran su incomodidad porque se est? patologizando expl?citamente su condici?n. Es por ello que la APA decide cambiar de denominaci?n en la siguiente edici?n del manual, dando un giro conceptual que recuerda inevitablemente al que experimenta la homosexualidad en 1974: se evita mencionar el fen?meno por su nombre y se emplea un t?rmino eufem?stico con poder psiquiatrizante. Ya no se nombra a la homosexualidad ni a la transexualidad, pero se patologiza espec?ficamente la orientaci?n sexual no normativa y la identificaci?n de g?nero cruzada con el empleo de t?rminos que denotan enfermedad: ?perturbaci?n de la orientaci?n sexual? y ?trastorno de la identidad de g?nero?10 (en adelante TIG). 9 A los ni?os se les diagnosticaba el ?trastorno de la identidad sexual en la infancia?. 10 Como destaca Nieto (2008), resulta sorprendente que en la edici?n espa?ola se haya traducido ?Gender Identity Disorder? (tal y como aparece en la edici?n original) por ?trastorno de la identidad sexual?. Sorprende que los traductores hayan preferido emplear ?identidad sexual? en vez de respetar el sentido 199 En el DSM-IV, el nuevo trastorno est? incluido en el apartado de los ?trastornos sexuales y de la identidad sexual?, que se dividen en cuatro tipos: las ?disfunciones sexuales? (p.ej. la eyaculaci?n precoz o el deseo sexual hipoactivo), las ?parafilias? (p.ej. el fetichismo o el exhibicionismo), los ?trastornos de la identidad de g?nero? (donde se incluye al TIG) y el ?trastorno sexual no especificado? (esa categor?a paraguas de la que habl?bamos anteriormente). Para poder diagnosticar el TIG, se requiere el cumplimiento de los siguientes criterios: ?A. Identificaci?n acusada y persistente con el otro sexo?; ?B. Malestar persistente con el propio sexo o sentimiento de inadecuaci?n con su rol?; ?C. La alteraci?n no coexiste con una enfermedad intersexual?; ?D. La alteraci?n provoca malestar cl?nicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras ?reas importantes de la actividad del individuo? (APA, 2002b.: 245-246). Una de las principales novedades respecto a la edici?n anterior es la eliminaci?n del trastorno espec?fico para ni?os y para aquellas personas que no muestran un deseo persistente de modificar sus caracteres sexuales. A?n as?, los criterios establecidos para el TIG dificultan la obtenci?n del diagn?stico y, por ende, el acceso al tratamiento, a las personas que no desean operarse: ?En los adolescentes y en los adultos la alteraci?n se manifiesta por s?ntomas como preocupaci?n por eliminar las caracter?sticas sexuales primarias y secundarias (p. ej., pedir tratamiento hormonal, quir?rgico u otros procedimientos para modificar f?sicamente los rasgos sexuales y de esta manera parecerse al otro sexo) o creer que se ha nacido con el sexo equivocado? (Ib?dem.: 246). Como vemos, el DSM sigue trazando un ?nico camino para todas las personas trans. En cuanto a los criterios A y B, ?stos tan solo tienen sentido si presuponemos que ?nicamente es normal la total correspondencia entre el sexo biol?gico y la identidad de g?nero. As?, cualquier persona que rechaza el g?nero que se le asigna al nacer, y desea adoptar una apariencia socialmente vinculada con el otro g?nero, es susceptible de padecer un trastorno. Esto supone un claro reforzamiento de uno de los postulados centrales de nuestro sistema de sexo/g?nero, seg?n el cual ha de existir una estrecha correlaci?n entre los caracteres sexuales y la identificaci?n de g?nero de la persona. Adem?s, esta l?gica dualista y excluyente, que contribuye al control social, ignora la existencia de personas que no se identifican simplemente ?con el otro sexo?, sino que pretenden desmarcarse de la dicotom?a fluctuando en un cont?nuo de masculinidad/feminidad. De las personas entrevistadas, las palabras de Luis11 dejan constancia de este posicionamiento cr?tico: original, y m?s si tenemos en cuenta que a partir de las obras de Money y Stoller existe un amplio consenso en utilizar el t?rmino ?g?nero? cuando se habla de cuestiones identitarias. La expresi?n ?identidad sexual?, bien ha ca?do en desuso, o bien se utiliza como sin?nimo de ?orientaci?n sexual?, por lo que su uso puede inducir a confusi?n. 11 Recordemos que los nombres empleados son falsos. 200 ?No se valora el tr?nsito. ?Por qu? se ignora a la gente que transita, es decir, a aquellos que no se sienten ni hombre ni mujer? No hay que construir constantemente hombres y mujeres transexuales?. En opini?n de Nieto (2011), los miembros de la APA simplifican la pluralidad de experiencias trans con la objetivaci?n de su propia subjetividad: En los DSM se hace pasar por objetiva la interpretaci?n diagn?stica que, mediante la aplicaci?n de criterios de reducci?n y pragm?ticos, simplifican la diversidad social del transg?nero (?) Decisi?n de los DSM que se sit?a m?s pr?xima a la fe, la arbitrariedad y el dogmatismo que a los criterios cient?ficos de confianza procedimental, validez emp?rica y verificaci?n acumulativa (Nieto, 2011: 274-75). Cuando se acaba de publicar la edici?n revisada del DSM-IV, en el a?o 2002, ya son varios los ?mbitos desde los que se pone en duda la inclusi?n de la transexualidad en las nosolog?as de los trastornos mentales. Las personas trans siguen recordando que pocas cosas proveen mayor justificaci?n social para la discriminaci?n y el estigma que un diagn?stico de anormalidad psiqui?trica. Mientras que cada vez son m?s los expertos que consideran que no existen evidencias cient?ficas que justifiquen su clasificaci?n. Estas voces cr?ticas provienen incluso del mismo grupo de trabajo encargado de la revisi?n de los ?trastornos de la identidad de g?nero? para el DSM-5, como es el caso de Cohen-Kettenis y Pf?fflin (2010), quienes cuestionan que la divergencia entre el g?nero asignado y la identidad de g?nero provoque, per se, un ?malestar cl?nicamente significativo?. A ello debemos a?adirle que, a finales de los a?os 2000, autoridades pol?ticas y organismos internacionales empiezan a posicionarse a favor de la despatologizaci?n. Es el caso del Comisario Europeo de Derechos Humanos, Thomas Hammarberg, que en un informe de 2009 solicita la desclasificaci?n de la transexualidad al considerar que la atenci?n sanitaria puede realizarse sin efectuar antes un diagn?stico de trastorno mental. Por su parte, en una resoluci?n de septiembre de 2011, el Parlamento europeo exige la ?desiquiatrizaci?n de la vivencia transexual y transg?nero? (punto 13) y pide a la OMS que, en la und?cima versi?n de la CIE (prevista para 2015), suprima ?los trastornos de identidad de g?nero de la lista de trastornos mentales y del comportamiento, y que garantice una reclasificaci?n de dichos trastornos como trastornos no patol?gicos? (punto 16). En fin, en junio de 2012 el pleno del Parlament de Catalunya incluye en una declaraci?n institucional la necesidad de perseverar en el proceso de revisi?n de la pr?xima edici?n de la CIE para que se excluya al transexualismo del cat?logo de enfermedades mentales y se reconozca la igualdad y la dignidad de las personas trans. Ante esta coyuntura, la APA ten?a que reaccionar de alg?n modo. El convencimiento ideol?gico de que la transexualidad constituye una anormalidad a gestionar por la psiquiatr?a, junto con la necesidad de mostrar sensibilidad ante las cr?ticas recibidas, obligaron a la APA 201 a reconceptualizar la categor?a diagn?stica. En un primer borrador, publicado en 201012, cambiaron el nombre de ?trastorno de la identidad de g?nero? por ?incongruencia de g?nero? (Gender Incongruence), afirmando que comprend?an las objeciones de las asociaciones trans en torno al uso de la palabra ?trastorno? como elemento estigmatizante. La APA sosten?a que la nueva categor?a reflejaba mejor la ?esencia del problema? porque permit?a centrar la atenci?n en ?la incongruencia existente entre la identidad que uno experimenta o expresa y el g?nero asignado?. A pesar de este cambio, las cr?ticas no remitieron, ya que desde los colectivos afectados se consideraba que el uso del t?rmino ?incongruencia? conllevaba tambi?n una fuerte carga estigmatizante. Baste recordar que la RAE define esta palabra, en su segunda acepci?n, como ?un dicho o hecho faltos de sentido o de l?gica?. Adem?s, la APA se hab?a planteado situar esta categor?a diagn?stica en un apartado especial del manual al ser ?un tipo inusual de trastorno mental que es tratado con hormonas y cirug?as de reasignaci?n sexual?. Aunque al final optaron por no destacar su excepcionalidad por la misma raz?n con la que justifican en ?ltima instancia su no desclasificaci?n: aunque reconocen que el diagn?stico ?puede tener un efecto estigmatizante?, destacan que, al mismo tiempo, ?facilita la asistencia cl?nica y la cobertura del seguro m?dico? (APA, 2013b). As? pues, la transexualidad sigue en el DSM para no poner en peligro el acceso al tratamiento de estas personas. Pero en la versi?n definitiva del DSM-5 han realizado otro cambio terminol?gico y se han decantado por ?disforia de g?nero?, argumentando que ?incongruencia de g?nero? es una categor?a ?que podr?a aplicarse err?neamente a personas con conductas de g?nero at?picas pero que, en cambio, no tienen ning?n problema de identidad de g?nero?. La APA se inclina finalmente por esta denominaci?n por tener ?una larga historia en la sexolog?a cl?nica y resultar familiar a cl?nicos y especialistas en el tema?. Recordemos que el concepto ?disforia de g?nero? fue acu?ado por el m?dico ingl?s Norman Fisk, en los a?os 70 del siglo XX, para referirse no solo a la transexualidad sino tambi?n a otros trastornos relacionados con la identidad de g?nero. Con el t?rmino ?disforia? (ant?nimo de ?euforia?) Fisk pretend?a destacar el malestar resultante del conflicto entre la identidad de g?nero y el sexo biol?gico, insatisfacci?n que adquir?a su grado m?ximo en el caso de la transexualidad. Esta en?sima mutaci?n terminol?gica no satisface a la mayor?a de personas trans, ya que para ellas es innegociable la eliminaci?n de cualquier categor?a que sirva para patologizar su condici?n: 12 Una vez publicada la versi?n final del DSM-5, la APA ha decidido eliminar todos los borradores de su p?gina web. 202 Este cambio de nombre es un enga?o. Sirve para que los que escriben estos manuales se presenten como m?s progresistas, pero en realidad siguen vi?ndonos como a unos bichos raros y entonces la sociedad hace lo mismo. Si realmente creen que la transexualidad no es un trastorno, pues que la eliminen del manual (M?nica). 1.3.1. La disforia de g?nero Los cambios efectuados en esta ?ltima edici?n no se limitan al nombre del diagn?stico, sino que tambi?n afectan a la ubicaci?n de la patolog?a dentro del manual, a los criterios diagn?sticos y a los subtipos o codificadores (specifiers). En cuanto a la ubicaci?n, es de destacar que la ?disforia de g?nero? forma una nueva clase diagn?stica dentro del DSM- 5, por lo que ha sido separada de las ?disfunciones sexuales? y las ?parafilias?. Esta reclasificaci?n puede ser entendida como otro malabarismo m?s de la APA para lograr una categor?a de apariencia menos estigmatizante (ahora ya no est? junto a la ?eyaculaci?n precoz? o la ?pedofilia?) pero con el mismo poder psiquiatrizante. En relaci?n a los criterios diagn?sticos, se ha decidido tratar separadamente la disforia infantil de la disforia durante la adolescencia y la adultez. Empecemos por el an?lisis de los criterios diagn?sticos de esta ?ltima: A. Una acusada incongruencia entre el g?nero experimentado/expresado y el g?nero de asignaci?n, durante un m?nimo de seis meses, que se manifiesta por, al menos, dos de los siguientes criterios: 1. Una acusada incongruencia entre el g?nero experimentado/expresado y las caracter?sticas sexuales primarias y/o secundarias (o en j?venes adolescentes, las caracter?sticas sexuales secundarias previstas). 2. Un fuerte deseo de deshacerse de las caracter?sticas sexuales primarias y/o secundarias debido a su acusada incongruencia con el g?nero experimentado/expresado (o en j?venes adolescentes, un deseo de impedir el desarrollo de las caracter?sticas sexuales secundarias previstas). 3. Un fuerte deseo de tener las caracter?sticas sexuales primarias y/o secundarias del otro g?nero. 4. Un fuerte deseo de ser del otro g?nero (o alg?n otro g?nero alternativo diferente al g?nero asignado). 5. Un fuerte deseo de ser tratado como miembro del otro g?nero (o alg?n otro g?nero alternativo diferente al g?nero asignado). 6. Una fuerte convicci?n de que se tienen los t?picos sentimientos y reacciones de las personas del otro g?nero (o alg?n otro g?nero alternativo diferente al g?nero asignado). B. La condici?n provoca malestar cl?nicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras ?reas importantes de actividad (APA, 2013a: 452-453). 203 Lo primero que debemos destacar es que, con el cambio de denominaci?n, la APA aleja su foco de la identificaci?n de g?nero cruzada (admite que la no conformidad de g?nero no es per se un trastorno mental) para concentrarlo en lo que considera como el principal problema cl?nico: ?el malestar que acompa?a a la incongruencia entre el g?nero experimentado o expresado y el g?nero de asignaci?n? (APA, 2013a: 451). Siguiendo con su l?nea editorial, afirman a continuaci?n que este nuevo t?rmino es ?m?s descriptivo? que el anterior ?trastorno de la identidad de g?nero?. No obstante, convertir el malestar (o su versi?n dulcificada, ?disforia?) en sin?cdoque de la categor?a diagn?stica permite arrojar dudas sobre esta supuesta asepsia valorativa. De acuerdo con Nieto (2008), la elecci?n del t?rmino ?disforia? (o ?malestar?) no es casual. Podr?an haberse utilizado otras palabras con menos connotaciones m?dicas y que resaltaran en cambio la agencia del sujeto, como ?disconformidad? o ?rechazo? (de g?nero). Pero una vez eliminada la palabra ?trastorno? para aplacar las cr?ticas, ten?an que emplear un t?rmino m?s suave pero igualmente ?enfermizante? que justificara su inclusi?n en el manual. Adem?s, el hecho de presuponer que toda persona siente malestar por rechazar el g?nero asignado supone una simplificaci?n de la realidad plural del mundo trans, ya que existen personas que no sienten angustia alguna por su condici?n. Y si en realidad experimentan alg?n malestar, ?ste es generado por una sociedad que sanciona toda vulneraci?n normativa. Tal y como destaca Regina: ?Muchas vivimos nuestro cuerpo con total normalidad y disfrutamos de nuestros genitales como cualquier persona?. Uno de los principales cambios respecto al DSM-IV es la fusi?n de los anteriores criterios A (?identificaci?n acusada y persistente con el otro sexo?) y B (?malestar persistente con el propio sexo o sentimiento de inadecuaci?n con su rol?), ya que la APA considera que su separaci?n no estaba avalada por estudios emp?ricos. En cuanto al nuevo criterio A (y el subcriterio A.1), salta a la vista el empleo del t?rmino ?incongruencia? a pesar de haberlo excluido finalmente de la denominaci?n del diagn?stico. De forma similar a lo que sucede con la palabra ?disforia?, es de lamentar que la APA haya preferido utilizar un vocablo que connota anormalidad (recordemos que la RAE lo define como un ?hecho falto de sentido o de l?gica?) en lugar de otros m?s neutros o empoderantes como, por ejemplo, ?discrepancia?, hecho que no ayuda en modo alguno a creer en el esp?ritu meramente descriptivo del diagn?stico. Otra novedad interesante es el establecimiento de un periodo m?nimo de seis meses para la ?marcada incongruencia?. En uno de los borradores previos, los miembros del grupo de trabajo explican que la literatura cient?fica no establece ning?n umbral id?neo, por lo que al final han consensuado estos seis meses para poder realizar una ?m?nima distinci?n? entre la disforia transitoria y la persistente. A este respecto, todo parece indicar que la fijaci?n de un periodo espec?fico obedece al deseo de contrarrestar, mediante cuantificaci?n, la vaguedad sem?ntica que caracteriza a este diagn?stico, 204 claramente perceptible si nos fijamos en el uso frecuente de adjetivos tales como ?marcada? (incongruencia) o ?fuerte? (deseo y convicci?n); de objetivar una categor?a cuya principal evidencia diagn?stica es la biograf?a elaborada por el mismo paciente. Lo que no se le puede negar a la APA son los esfuerzos para ponerse al d?a de los debates en torno al g?nero. En la introducci?n al diagn?stico explican brevemente la distinci?n entre transg?nero y transexual. Asimismo, ya no hablan del deseo de ser del otro ?sexo?, sino del otro ?g?nero?. Y, lo que resulta m?s sorprendente, es que con los subcriterios A.4, A.5 y A.6 reconocen la existencia de g?neros alternativos al binomio hombre/mujer. Otro aspecto a resaltar es que, al haber establecido el cumplimiento de un m?nimo de dos subcriterios, ya no es necesario mostrar el deseo de operarse los genitales para conseguir el diagn?stico. Con estas ?ltimas modificaciones se han relajado las exigencias para aquellas personas que no se ajustan al ideal transexual. Ello constituye un hecho positivo si seguimos a la APA y entendemos el diagn?stico como el principal garante para acceder a un tratamiento financiado por la sanidad p?blica o privada. Aunque tambi?n podemos preguntarnos si esta laxitud no conlleva un aumento del radio de acci?n psiquiatrizante. Por otra parte, en el criterio B se dice que el trastorno provoca no solo malestar, sino tambi?n ?deterioro social, laboral o de otras ?reas importantes de la actividad del individuo?. En el borrador de 2010, los miembros del grupo de trabajo recomendaban que el diagn?stico se realizara sobre la base del criterio A, y que se evaluara el criterio B de forma separada e independiente porque numerosos estudios demostraban que el malestar y el deterioro no eran rasgos inherentes a la transexualidad, sino m?s bien efectos de la transfobia. Indicaban adem?s que este criterio estaba siendo evaluado por el ?rgano coordinador de todos los grupos de trabajo, puesto que aparece literalmente en otras categor?as del DSM. Pero en la edici?n definitiva nada ha cambiado: este criterio tiene la misma fuerza que el A y nada evita suponer que es el trastorno en s? el que genera el deterioro social del individuo. La raz?n para el uso de este criterio la podemos encontrar al inicio del manual, cuando se admite que ?ante la ausencia de marcadores biol?gicos claros o de mediciones de severidad cl?nicamente ?tiles para muchos de los trastornos mentales, no ha sido posible separar completamente las expresiones sintom?ticas normales de las patol?gicas? (APA, 2013a: 21). La ?nica soluci?n que han encontrado para separar el trastorno mental de la simple discapacidad ha sido este ?criterio gen?rico? que destaca por su ?utilidad? a la hora de determinar las ?necesidades de tratamiento del paciente?. No importa, pues, que el malestar de la disforia de g?nero ?o del exhibicionismo, el fetichismo, el masoquismo y antes la homosexualidad? sea el producto de las sanciones sociales a una conducta desviada si lo que est? en juego es la legitimidad y utilidad del DSM. Priorizar las ?necesidades de tratamiento? del paciente es una finalidad loable a menos que 205 estas mismas necesidades justifiquen la patologizaci?n de su condici?n. Se entra entonces en un c?rculo vicioso: la patologizaci?n conlleva el estigma y ?ste genera el malestar, prueba irrefutable de la necesidad de patologizar. Y aqu? la heterogeneidad trans no tiene cabida: toda persona que desee obtener el diagn?stico se ve obligada a construir ante el psiquiatra un relato vital marcado por el malestar. Sea como fuere, con la permanencia de este criterio se convierte una problem?tica de orden social, una situaci?n de exclusi?n o rechazo, en un criterio diagn?stico individualizado. Hecho que impide realizar una lectura en clave social de la transexualidad ?o de las parafilias?, para presentarla en cambio como un fen?meno que ata?e ?nicamente a la estabilidad mental y social de la persona. En lo referente a los subtipos diagn?sticos o codificadores, se han eliminado los dos que constaban en el DSM-IV: la edad del sujeto (ya que ahora se diagnostica separadamente a los ni?os de los adolescentes y adultos) y la orientaci?n sexual. En su lugar, se establece la necesidad de especificar si el diagn?stico coexiste con un ?trastorno del desarrollo sexual? y se a?ade el subtipo ?postransici?n?, esto es, determinar si la persona ya vive a tiempo completo en el g?nero deseado y ha iniciado alguna terapia de modificaci?n corporal. La explicaci?n de la APA respecto a la inclusi?n de este ?ltimo subtipo concuerda con la raz?n esgrimida para justificar la clasificaci?n de la transexualidad: ?asegurar el acceso al tratamiento a aquellas personas que contin?an someti?ndose a la terapia hormonal, las cirug?as o la psicoterapia? (2013b: 1). Por otro lado, la inclusi?n del primer subtipo resulta mucho m?s problem?tica. Hay que recordar que en el DSM-IV exist?a un criterio diagn?stico (el C) que estipulaba que el TIG solo pod?a diagnosticarse ?si la alteraci?n no coexiste con una enfermedad intersexual (APA, 2002b: 246). Con el DSM-5, en cambio, las personas intersexuales pueden ser diagnosticadas con ?disforia de g?nero? si el g?nero que sienten como propio no coincide con el g?nero que el estamento m?dico les adjudic? de peque?as (y que a menudo fue consolidado con agresivas cirug?as); por lo que, a parte de estar fuertemente medicalizadas, estas personas caen ahora en las redes de la patolog?a mental. Como denuncian desde la campa?a Stop Trans Pathologization (2010): ?Si a un infante intersexual se le asigna un g?nero sin su consentimiento, cuando quiera ejercer su propia opci?n de asignaci?n es inaceptable que ?sta sea considerada como un trastorno psicol?gico?. Adem?s, hay que tener en cuenta que tanto el criterio C del DSM-IV como este subtipo del DSM-5 obligan a realizar una exploraci?n f?sica a toda persona que solicita el tratamiento hormonal, un procedimiento que algunas de las personas entrevistadas viven especialmente con disgusto: 206 ?Te sentiste c?moda con el endocrino? Un poco?porque el primer d?a me dijo que me desnudara y me toc? el pene, etc. Me sent? un poco violentada porque no s? realmente qu? ganan toc?ndome el pene, supongo para ver que no haya ninguna historia, pero me pareci? un poco violento (Ana). La ?ltima novedad remarcable del cap?tulo sobre la ?disforia de g?nero? en el DSM-5 es la inclusi?n, por vez primera, de un apartado con consideraciones culturales. A este respecto, valgan todas las objeciones realizadas cuando analiz?bamos el papel de la cultura en el DSM, tanto a nivel de extensi?n, de forma y de contenido. En su versi?n en ingl?s13, el apartado ocupa literalmente 4 l?neas de las 8 p?ginas que conforman el cap?tulo. Una extensi?n que parece a todas luces suficiente si, como hemos visto en esta y otras categor?as del manual, la mayor?a de elementos socioculturales intervinientes son transformados en criterios diagn?sticos. No hay, pues, necesidad alguna de abordar los mecanismos constitutivos de la normalidad gen?rica. Con el fin de analizar el contenido, merece la pena reproducir lo dicho en este apartado: Se ha informado de la existencia de personas con disforia de g?nero en muchos pa?ses y culturas. El equivalente a la disforia de g?nero ha sido tambi?n detectado en individuos que viven en culturas con categor?as de g?nero institucionalizadas que son alternativas al hombre y a la mujer. No est? claro si para estos individuos los criterios diagn?sticos de disforia de g?nero pueden ser aplicados (APA, 2013a: 457). Si nos fijamos en las tres frases del p?rrafo podemos constatar que su tono oscila entre la confianza y la cautela. Y es que a la habitual confianza en la aplicabilidad transcultural del diagn?stico (el fragmento ?en muchos pa?ses y culturas? lo encontramos en otras categor?as del manual) se le une la duda de aplicarlo a personas ?que forman ese Otro cultural? con expresiones de g?nero ?alternativas?. En este sentido, la segunda y la tercera frase son algo imprecisas. Han detectado algo ?equivalente a la disforia de g?nero? en sociedades con una estructura gen?rica no bipolar, pero no especifican en qu? cosiste esa equivalencia que no se atreven a diagnosticar. Sin embargo, pocos podr?n dudar que aquello que no se nombra son figuras transgen?ricas conocidas como el mahu polinesio o el hijra indio. De ser as?, la aplicaci?n de esta categor?a diagn?stica es de lo m?s cuestionable porque estas figuras no tienen como principal elemento definidor el malestar ?o disforia? con el que la psiquiatr?a caracteriza al transexual medicalizado. Aunque bien es cierto que, actualmente, muchos hijras y mahus sufren el deterioro de su posici?n social con la progresiva p?rdida de su significaci?n simb?lica, causada, en gran medida, por la mundializaci?n de los c?digos 13 Cuando se escribieron estas p?ginas todav?a no hab?a visto la luz la edici?n castellana del DSM-5. 207 sexogen?ricos occidentales y del paradigma biom?dico de la transexualidad (hoy en d?a no resulta extra?o que un hijra tome hormonas feminizantes o que un mahu se someta a una vaginoplastia). Respecto a la primera frase de la cita, Margaret Mead nos ofrece una explicaci?n de lo m?s certera para entender que, efectivamente, el malestar (o, si queremos, la disconformidad o rechazo) de g?nero se da ?en muchos pa?ses y culturas?. Aunque si para el DSM ese malestar es una cualidad inmanente de la persona, para la antrop?loga norteamericana hemos de buscar las causas que lo generan en el universo social: Cualquier sociedad que especializa sus tipos de personalidad seg?n el sexo, que insiste en que cualquier rasgo ?amor a los ni?os, inter?s en el arte, valor frente al peligro, locuacidad, falta de inter?s en las relaciones personales, pasividad en las relaciones sexuales; hay cientos de rasgos que han sido especializados as?? est? inalienablemente unido al sexo, prepara el camino que conduce a inadecuaciones del peor orden (Mead, 2006 [1935]: 271). 1.3.2. La disforia de g?nero durante la infancia Al igual que en el caso de adolescentes y adultos, la ?disforia de g?nero? infantil consta de dos criterios. El criterio B es exactamente el mismo, mientras que el A var?a en el n?mero de subcriterios que lo forman (ocho en lugar de seis) y en el m?nimo de subcriterios requeridos para confirmar el diagn?stico (seis en lugar de dos). Uno de ellos ha de ser, forzosamente, el subcriterio A.1: ?Un fuerte deseo de ser del otro g?nero o una insistencia en que uno es del otro g?nero (o alg?n otro g?nero alternativo diferente al g?nero asignado)? (APA, 2013a: 452). El resto de subcriterios hacen referencia a las preferencias en el vestir, los juegos y pasatiempos, y las caracter?sticas sexuales. Observamos que las exigencias diagn?sticas son mucho mayores en el caso de los ni?os que en el de los adolescentes y adultos. Esto puede deberse a que, tal y como se admite en el DSM, la persistencia hasta la adultez de una ?disforia de g?nero? que se manifiesta en la infancia es relativamente baja (del 2.2 al 30% en el caso de los ni?os y del 12 al 50% en las ni?as). Extremo que ha sido confirmado por los profesionales de la UTIG: ?La mayor parte de los ni?os con dificultades en la identidad de g?nero, de mayores no ser?n transexuales?. Hemos subrayado esta ?ltima palabra para que no perdamos de vista que aqu? se est? tratando de realizar un diagn?stico precoz de la transexualidad con el fin de anticipar la terap?utica14. Y es que no son pocas las personas trans que lamentan no haber podido iniciar antes la terapia de modificaci?n corporal para obtener la apariencia 14 Todos los aspectos pr?cticos del proceso diagn?stico y la terapia de modificaci?n corporal en ni?os y adultos ser?n analizados en el cap?tulo siguiente. 208 deseada. Este sentimiento se ve reforzado por las tesis endocrinol?gicas, que sostienen que resulta mucho m?s sencillo obtener transformaciones corporales satisfactorias si los tratamientos se inician durante la pubertad. La confluencia de estos dos puntos de vista ayuda a legitimar la necesidad de los diagn?sticos infantiles. Sin embargo, con una tasa de persistencia baja, este diagn?stico se convierte en una herramienta para psiquiatrizar toda expresi?n de g?nero infantil no normativa. Y si tenemos en cuenta que la mayor?a de infantes que no persistir?n en la ?disforia de g?nero? tendr?n de mayores una orientaci?n homosexual, este diagn?stico puede interpretarse como una forma de seguir patologizando la homosexualidad, aunque ahora a una edad temprana. Asimismo, tal y como nos comenta la presidenta de una asociaci?n LGTB catalana, el diagn?stico tiene la capacidad de tranquilizar a los padres del menor porque les ofrece una respuesta experta de tipo t?cnico al desconcierto y preocupaci?n que les genera la conducta ?anormal? de su hijo: Algunos padres est?n angustiados porque sus hijos presentan g?neros no-normativos (...) y entonces van a las unidades de g?nero de los hospitales donde les dan una soluci?n r?pida y muy simplista: ?su hijo es transexual? (...) y entonces ya est?, problema solucionado, ya tienen una soluci?n y se ponen a trabajar en ello (...) pero claro, puede ser que su hijo no sea transexual, pero la etiqueta ya se la han puesto (...) y lo de que hay que ampliar las fronteras de g?nero y no reproducir estereotipos pues no se lo cree ya nadie. Por otro lado, se identifican como criterios para diagnosticar la ?disforia de g?nero? infantil una serie de comportamientos derivados de una concepci?n del g?nero de lo m?s conservadora. Las ni?as (es decir, hombres trans potenciales) ?tienden a preferir los deportes de contacto, los juegos violentos (?) muestran poco inter?s por los juegos (p.ej. las mu?ecas) o las actividades (p.ej. forma de vestir y desarrollo del rol) t?picamente femeninas?. Los ni?os, por su parte, ?prefieren las actividades tradicionalmente femeninas y los juegos y pasatiempos t?picos (p.ej. ?jugar a casitas?) (?) Las mu?ecas t?picamente femeninas (p.ej. Barbie) son sus juguetes preferidos (?) Evitan los juegos violentos y los deportes competitivos y muestran escaso inter?s por los juguetes t?picamente masculinos (p.ej. coches, camiones)? (APA, 2013a: 453). Resulta parad?jico que se ofrezcan estas pistas diagn?sticas tras afirmar unas l?neas m?s arriba que existen ?identidades de g?nero alternativas que trascienden los estereotipos binarios? (Ib?dem.: 453). El influjo de las convenciones culturales no solo queda patente con curiosas referencias a personajes caracter?sticos de la cultura de masas occidental (p.ej. Barbie), sino tambi?n con la presentaci?n de los cl?sicos estereotipos de g?nero de nuestra sociedad androc?ntrica: los ni?os han de preferir el deporte competitivo y los juegos violentos (pues han de prepararse para desarrollar un papel dominante en la vida adulta), mientras que las 209 ni?as han de decantarse por las mu?ecas o ?jugar a casitas? (adecuado entrenamiento para futuras amas de casa). Al convertir estos juegos y actividades en criterios diagn?sticos, y al ofrecer una lectura suspicaz de situaciones tales como un ni?o jugando con mu?ecas, se est? contribuyendo al reforzamiento y naturalizaci?n de los roles de g?nero, hecho que impide considerar su contingencia. Algunos datos emp?ricos que han servido de referencia para la elaboraci?n de la categor?a diagn?stica avalan el determinismo biol?gico de los roles infantiles. Uno de los art?culos que componen un monogr?fico de la APA sobre la edad y el g?nero, que se enmarcaba en la denominada ?Agenda de Investigaci?n para el DSM-5?, se hace eco de un estudio que concluye que ?las preferencias de juego t?picas de cada g?nero a lo largo de la ni?ez son congruentes con las tendencias comportamentales determinadas hormonalmente? (Shear et. al., 2009: 71). 1.4. ?Es la transexualidad un trastorno mental?15 Preguntados por la presencia de la transexualidad en los manuales clasificatorios de los trastornos mentales, los profesionales de la UTIG mantienen una opini?n ambigua. Por un lado, rechazan categ?ricamente que la transexualidad tenga que ser considerada como una enfermedad o un trastorno mental, e insisten en presentar a las personas transexuales como ?personas normales? y a la transexualidad como ?una variante m?s del ser humano?. A este respecto, es interesante destacar que evitan en todo momento el uso del adjetivo ?mental? tras el sustantivo ?trastorno?. Pero, a pesar de este posicionamiento, defienden la inclusi?n de la transexualidad en dichos manuales, y lo hacen recurriendo a tres tipos de razonamientos ?uno de tipo conceptual, otro de tipo cl?nico y el ?ltimo de tipo estrat?gico? que requieren un an?lisis cr?tico. a) Razonamiento conceptual. Consiste en justificar la inclusi?n de la transexualidad en las clasificaciones nosol?gicas aduciendo que las personas transexuales experimentan un malestar agudo, de tal modo que el t?rmino ?trastorno? queda ?ntimamente asociado a dicho malestar: En el caso de la transexualidad, como esa persona no haga el cambio no podr? vivir en funci?n a su identidad, nunca estar? bien. Entonces, en el 100% de transexuales, si no hacen el cambio vivir?n mal toda su vida. Entonces no puedes hablar de ?transexualidad egodist?nica? porque 15 Hay que se?alar que los datos para la elaboraci?n de este apartado fueron obtenidos cuando todav?a no hab?a salido a la luz la versi?n definitiva del DSM-5. Por tanto, tanto los testimonios de profesionales y personas trans como los an?lisis realizados giran en torno a la categor?a de ?trastorno de la identidad de g?nero?. 210 todos los transexuales son egodist?nicos, todos est?n a disgusto (Profesional UTIG). ?Por qu? le llamamos trastorno? No porque sea una enfermedad mental, ni mucho menos, sino porque la transexualidad produce mucho dolor a las personas que nacen con esta? disfuncionalidad entre su cerebro y su cuerpo (?) Produce mucho malestar hacia el propio cuerpo y en su interacci?n con el entorno social, laboral y familiar. Pero eso no significa que sea una enfermedad ni un trastorno mental (Profesional UTIG). Defender la presencia de la transexualidad en los manuales recurriendo a la tesis del malestar suscita algunos problemas que conviene aclarar. Como podemos observar en este ?ltimo testimonio, el malestar de la persona transexual se presenta en una doble vertiente: un malestar corporal, producido por una anatom?a no deseada, y un malestar derivado del deterioro de las relaciones sociales. En relaci?n a este ?ltimo tipo de malestar ya hemos visto que, de existir, es el efecto l?gico de sufrir la transfobia presente en nuestra sociedad. En cuanto a ese supuesto malestar hacia el propio cuerpo, ?ste parece presentarse como un malestar ontol?gico, independiente de todo contexto sociocultural: S?, hay un malestar causado por la sociedad, pero tambi?n hay un malestar generado por uno mismo: uno tiene aversi?n a su cuerpo o a su imagen porque su cuerpo no corresponde con su forma de ser. Y eso no es nada social, es personal, es individual; es un sufrimiento que no tiene nada que ver con el entorno (Profesional UTIG). De estas palabras podemos extraer una concepci?n acultural del binomio cuerpo/ malestar, seg?n la cual la persona transexual sufrir?a de forma innata por un cuerpo prediscursivo. Se olvida as? que el cuerpo humano no es simplemente el reducto de lo biol?gico, sino un sistema complejo en el que se van depositando ?y desde donde se reformulan? unos ?principios de visi?n y de divisi?n sexuantes? (Bourdieu, 2003: 22); un significante embebido de significados sociales que no puede ser aprehendido, aceptado o rechazado, sin aplicar nuestros mecanismos de inteligibilidad. Y se olvida asimismo que el malestar o el sufrimiento necesitan unas coordenadas culturales que los doten de sentido: Unidades de significaci?n como las de sufrimiento y/o padecimiento16 (?) no adquieren su pleno sentido m?s que en su incardinaci?n a una experiencia individual que se desarrolla en un proceso de constituci?n, hist?ricamente determinado y contextualmente edificado, de relaciones sociales que proporcionan a las personas que sufren el marco cognitivo para encarnar, afrontar y solucionar los problemas derivados del padecimiento (Otegui, 2000: 228). 16 El ?nfasis es de la autora. 211 Y es precisamente el g?nero la coordenada que dota de sentido al malestar de la persona trans. Prueba de ello es que la mayor?a de las personas entrevistadas no recuerdan la infancia como una etapa especialmente traum?tica, y ello es en gran parte debido a que el g?nero todav?a no ha ejercido en este periodo vital todo su poder dicotomizante. El binarismo empieza a consolidarse con la significaci?n social de los cambios f?sicos de la pubertad: Las ni?as no ven ninguna diferencia hasta que hay una cosa que las marca como, por ejemplo, cuando les viene la primera regla y empiezan a salir los pechos, y ven que eso no cambiar?. Entonces toman conciencia porque, hasta ese momento, como los signos sexuales no estaban acentuados, era como si fuesen pasando (Profesional UTIG). Mira, cuando eres ni?o el g?nero no importa. No es determinante hasta que no empiezas a pensar (?) A un ni?o de 6 a?os no le interesa el g?nero, no sabe lo que es. Puedes tener la sensaci?n de que hay cosas de las chicas que te gustan, y que notas que hay algo como que no. Un ni?o no puede tener esa sensaci?n de estar atrapado?imposible. Hasta que el g?nero, el sexo y la sexualidad entran en su vida, entonces s? que eres consciente de que hay algo (?) La adolescencia es una ?poca clave, es una ?poca turbulenta para todo el mundo, pues imag?nate para una trans. Es cuando se bipolarizan los g?neros (M?nica). Yo de peque?o era el marimacho de todo, pero no ten?a que enfrentarme a la sociedad por tener que encasillarme en cuanto a hombre o mujer, y por eso iba pasando bastante bien (?) Jugu? al f?tbol hasta los 11 a?os con el equipo de chicos, y luego lo dej? porque me dijeron que ten?a que buscarme un equipo de chicas (Dani). En el ?mbito psiqui?trico se supone que toda persona ?normal? siente su g?nero como algo apropiado, algo que permanece en perfecta armon?a con uno mismo. No obstante, si consideramos el g?nero como un ideal normativo, como un principio normalizador que vehicula las actitudes, acciones y representaciones de los individuos, esa perfecta armon?a parece m?s aparente que real. Dado que nadie llega a cumplir completamente con el ideal masculino o femenino (nadie puede encarnar la perfecci?n del g?nero en una sociedad plagada de imperativos est?ticos y conductuales), podemos sostener que ese malestar del que hablamos no es un rasgo genuino de la transexualidad, sino una constante que habita en mayor o menor medida en todos nosotros. Se podr? objetar que el malestar corporal de las personas transexuales destaca por su especial intensidad. Sin querer banalizar su malestar, que llega a cotas elevadas precisamente en aquellas personas que ven c?mo se les niega cualquier reconocimiento identitario y corporal, lo cierto es que el miedo de algunos hombres a la desnudez por el tama?o de su pene o la voluntad de algunas mujeres de someterse a una cirug?a de aumento de pecho podr?an tambi?n considerarse s?ntomas inequ?vocos de un malestar corporal inexorablemente generizado. 212 Debemos resaltar que entre la clase m?dica existen profesionales que cuestionan la tesis del malestar como principal fundamento para la inclusi?n de la transexualidad en las nosolog?as de los trastornos mentales. Unos aducen que la progresiva visibilizaci?n social del fen?meno y el aumento del apoyo institucional han atenuado ese ?malestar cl?nicamente significativo?, mientras que otros lo conciben como el producto de la exclusi?n social o de un hecho traum?tico que puede experimentar cualquiera, y no como una propiedad exclusiva de la persona transexual. Entre los que vaticinan la futura despatologizaci?n de la transexualidad est? muy presente el proceso de retirada de las clasificaciones que sigui? la homosexualidad: Pienso que el hecho de que antes muchos pacientes presentaran una alta comorbilidad psiqui?trica y sufrieran todo lo que han sufrido? porque era todo tab? y acababan con problemas graves de car?cter y de estado de ?nimo. Pienso que ahora, cuanto m?s depuramos a los pacientes y normalizamos un poco esta situaci?n, est?n siendo como m?s sanos psicol?gicamente. Y por eso creo que acabar? saltando de los manuales (Profesional UTIG). Para poder entrar en las clasificaciones las enfermedades han de crear malestar, eso es lo que est? establecido. Pero pienso que un homosexual, al principio, tiene el malestar de aceptar esta situaci?n porque en la sociedad est? establecido el tema de la heterosexualidad. Hay muchas situaciones en la vida que crean malestar. La homosexualidad crea malestar pero se ha retirado de las clasificaciones. Creo que el malestar que crea la transexualidad es como cualquier otro: como tener un padre que realiza abusos sexuales. Es un malestar que puede tener cualquiera en diferentes circunstancias (Psiquiatra que ha trabajado en una UTIG). Preguntadas por la inclusi?n de la transexualidad en el DSM, las personas usuarias de la UTIG no piensan lo mismo que el personal m?dico, puesto que a ellas s? que les resulta dif?cil no asociar el TIG con un trastorno mental. La mayor?a tiende a realizar la misma operaci?n l?gica de adjetivaci?n que realizar?amos muchos de nosotros, seg?n la cual todo individuo que padece un trastorno debe de ser un trastornado: ?He tenido una vida organizada, soy madura, me he pagado mis estudios y mi piso con mi trabajo. No soy una persona con problemas mentales, no estoy trastornada. Bueno, si me dan un subsidio por ello?? (Andrea). Asimismo, tal y como apunta Nieto (2008), conviene recordar que un trastornado es, en lenguaje coloquial, un loco: ?No estoy de acuerdo en que est? (la transexualidad) en un manual psiqui?trico porque no estamos locos. Y claro, el hecho de que est? dentro del ?mbito de la psiquiatr?a socialmente queda como si fu?ramos unos enfermos? (Dani). b) Razonamiento cl?nico. En este caso, se justifica la presencia del TIG en los manuales diagn?sticos por la necesidad de realizar un diagn?stico diferencial como condici?n previa al tratamiento hormonal y quir?rgico: 213 La transexualidad est? en el DSM sobre todo para poder realizar el diagn?stico y para que la persona pueda ser hormonada y pueda pasar por la intervenci?n quir?rgica, porque si no hay un diagn?stico ning?n cirujano o endocrino har? el tratamiento. Adem?s, tenemos que hacer el diagn?stico porque hay algunas patolog?as mentales que presentan unos s?ntomas que se pueden confundir con el trastorno de la identidad de g?nero y tambi?n hemos de hacer un seguimiento a lo largo de todo el proceso (Profesional UTIG). Pero claro, a nivel m?dico tenemos que hablar de alguna forma para entendernos. Esa persona es diferente de otras por algo, y tenemos que ponerle un nombre. Si, adem?s, hay que hacer un procedimiento m?dico, no solamente hay que poner un nombre, sino que hay que diagnosticar (Profesional UTIG). Antes de abordar estos razonamientos, recordemos que la inclusi?n de la transexualidad en las clasificaciones de los trastornos mentales genera algunas paradojas que no pueden pasarse por alto. La transexualidad es considerada como un trastorno mental, pero el tratamiento privilegiado implica la modificaci?n corporal y no la psicoterapia reconstructiva. Se considera que la persona transexual padece un trastorno, pero se accede a los deseos del sujeto ?patol?gico? de transformar su cuerpo con tecnolog?as m?dicas. En fin, la transexualidad es uno de los pocos casos en los que es el paciente quien tiene inter?s en demostrar su patolog?a a los profesionales de la salud mental con el fin de acceder a un tratamiento. Unos profesionales que, a su vez, dependen del relato de la persona transexual para emitir el diagn?stico puesto que no existen evidencias biol?gicas. Tal y como afirma un m?dico que ha trabajado en la UTIG, ?los pacientes saben mucho m?s de la transexualidad que los propios profesionales porque tienen una vivencia mucho m?s amplia (?) los s?ntomas los identifican mucho mejor que cualquier psiquiatra?. Resulta chocante que en un sistema en el que la persona trans no tiene autonom?a para decidir cu?ndo iniciar el tratamiento (porque depende exclusivamente del dictamen de una figura experta), se tenga como principal herramienta diagn?stica la biograf?a elaborada por esta misma persona a la que se le est? negando toda participaci?n en el proceso de decisi?n. Dejando de lado estas paradojas, el hecho es que de todas las personas que acuden a la UTIG catalana, alrededor de un 10% no cumplen con los criterios diagn?sticos requeridos. Como se?alan G?mez et al. (2006a), entre las entidades psiqui?tricas que pueden confundirse con la transexualidad podemos encontrar los travestismos ?fetichista? y ?no fetichista?17, un ?trastorno de la identidad sexual no especificado?18 o alg?n ?trastorno 17 La principal diferencia entre uno y otro es que en el caso del fetichista el acto de travestirse conlleva una excitaci?n sexual. 18 Dentro de esta categor?a (que no debemos confundir con el ?trastorno sexual no especificado? del que habl?bamos antes) se incluyen: ?1. Enfermedades intersexuales y disforia sexual acompa?ante. 2. Comportamiento transvestista transitorio relacionado con el estr?s. 3. Preocupaci?n persistente por la 214 asociado al desarrollo y la orientaci?n sexual?, como el ?trastorno de la maduraci?n sexual? o la ?orientaci?n sexual egodist?nica?. Tambi?n se presentan casos de trastornos obsesivo- compulsivos, de la personalidad y de tipo psic?tico. Si nos ce?imos a los denominados ?trastornos asociados al desarrollo y la orientaci?n sexual? que pueden inducir a un diagn?stico err?neo, nos encontramos de nuevo ante un ejercicio tendente a la patologizaci?n de las sexualidades y expresiones de g?nero divergentes y a la individualizaci?n de problem?ticas de orden social. El ?trastorno de la maduraci?n sexual? afecta a las ?personas que tienen dudas y se sienten inseguras bien sobre su identidad bien sobre su orientaci?n sexual, y ello les produce ansiedad y depresi?n? (Ib?dem.: 140). Otra vez aqu? nos topamos con el supuesto de que la identidad de g?nero ha de ser algo estable, algo dado de una vez por todas, siendo asimismo un componente no conflictivo de la persona ?madura?. Esto supone ignorar el car?cter procesual de la identidad y el hecho de que esas ?dudas? pueden aparecer en personas que, sencillamente, no se sienten identificadas con ninguna de las dos categor?as de g?nero disponibles. En lo relativo a la orientaci?n sexual, no resulta muy dif?cil deducir que tanto el sentimiento de inseguridad como la ansiedad y la depresi?n se deben dar muy especialmente en aquellas personas con una sexualidad homoer?tica. Y estas problem?ticas no son debidas a la atracci?n sexual en s?, sino a la intuici?n, por parte del sujeto, de las dificultades a afrontar tras manifestar p?blicamente una sexualidad no normativa. Y esto ?ltimo vale perfectamente para la ?orientaci?n sexual egodist?nica?19. Respecto a los travestismos ?fetichista? y ?no fetichista?, estamos de acuerdo con Garaiz?bal (2006 y 2010) y Coll-Planas (2010a) al cuestionarnos el argumento seg?n el cual el travestismo y la transexualidad son categor?as diagn?sticas que definen dos realidades completamente delimitables. Y es que si bien es cierto que hay personas que utilizan con mayor o menor frecuencia la vestimenta socialmente asignada al otro g?nero sin querer por ello modificar sus cuerpos con hormonas y/o cirug?as, tambi?n lo es que para la gran mayor?a de personas trans sus primeras tentativas de transformaci?n consistieron en pr?cticas travestistas. M?s a?n, el recurso al travestismo tambi?n se da en personas que, por diversos impedimentos, no inician, a?n dese?ndolo, un proceso de transformaci?n hormono-quir?rgico. En este caso, la pr?ctica del travestismo en determinados espacios ?seguros? constituye para estas personas una oportunidad para expresarse libremente. castraci?n o la penectom?a, sin deseo de adquirir las caracter?sticas sexuales del otro sexo? (APA, 2002b: 247). 19 Esta es una categor?a incluida en la CIE-10. Aqu? la persona no tiene dudas sobre su identidad o su orientaci?n sexual, ?pero desear?a que su orientaci?n sexual fuera diferente, y se muestra insatisfecha por sus patrones de excitaci?n sexual? (G?mez et al.: 140). 215 Ante el ?mpetu taxonomizador de la psiquiatr?a biom?dica, heredero del esp?ritu decimon?nico, resulta necesario problematizar la l?gica reduccionista de las categor?as diagn?sticas. Tenemos que ?despojarnos de esquemas mentales cerrados y pretendidamente seguros y atreverse a ahondar en las vicisitudes del deseo, haci?ndose cargo de las incertidumbres que conlleva? (Garaiz?bal, 2006: 169). Solo as? estaremos en las mejores condiciones para entender que el deseo y la experiencia humanos desbordan el ideal homogeneizador y reduccionista de las nosolog?as sexuales. Por otra parte, tambi?n podr?amos preguntarnos por qu? las personas trans que desean modificar su cuerpo han de someterse a una evaluaci?n psiqui?trica, mientras que no se hace lo mismo con hombres y mujeres que recurren a la cirug?a pl?stica para obtener una apariencia de g?nero estereot?pica. Desde la UTIG se argumenta que esto es as? porque la faloplastia y la vaginoplastia son cirug?as de especial gravedad, ya que implican la amputaci?n de ?rganos. A?n aceptando este razonamiento, bien podr?a efectuarse una evaluaci?n de la salud mental de la persona (tal y como se realiza antes del acceso a determinados puestos de trabajo que conllevan una responsabilidad especial) sin necesidad de tener como referente una categor?a diagn?stica psiqui?trica: Estoy de acuerdo en que se haga una evaluaci?n antes de operarte. Pero tambi?n se tendr?an que evaluar mentalmente a todas las personas no trans que se hacen operaciones de cirug?a est?tica, como las mujeres que se ponen una talla XXL. Est?s haciendo unos cambios que no son reversibles f?cilmente y que, por tanto, se ha de mirar que est?s en tu sano juicio. Pero no tienen que mirar que seas transexual, sino solo que est?s bien de la cabeza: que no est?s deprimido, que no tengas un trastorno bipolar, que no seas psic?tico. Aunque tampoco creo que haya muchos casos de ?stos (Marc). Y tampoco podemos justificar la inclusi?n de la transexualidad en los manuales por la necesidad de un seguimiento psicol?gico de la persona a lo largo del proceso de modificaci?n corporal. Sin negar que el soporte psicol?gico puede resultar muy beneficioso para algunas personas trans, sobre todo para aquellas que carecen del apoyo de su entorno y que m?s fuertemente experimentan las consecuencias del estigma, lo cierto es que actualmente se presta asistencia psicol?gica a personas que est?n atravesando por una situaci?n dif?cil, como es el caso de los enfermos oncol?gicos, sin que por ello el factor productor del malestar ?en este caso, el c?ncer? sea patologizado por la psiquiatr?a. c) Razonamiento estrat?gico. Es el mismo argumento que sostiene la APA para justificar la inclusi?n de la ?disforia de g?nero? en el DSM-5: su clasificaci?n es necesaria para que el tratamiento pueda ser financiado por una entidad p?blica o privada. Veamos la opini?n de los profesionales: Yo siempre les digo a los transexuales que, al margen de las consideraciones filos?ficas, peleen por 216 que sigan estando all? (en los manuales de los trastornos mentales). El hecho de que figuren en alguna clasificaci?n diagn?stica es lo que burocr?ticamente permite a la sanidad p?blica hacerse cargo de la asistencia. Es el fundamento burocr?tico para que est? reconocida la asistencia a la transexualidad (?) Es por una cuesti?n estrat?gica, y muchos de ellos lo entienden y lo tienen muy claro. Muchos de los muy bregados en conseguir asistencia en el sistema nacional de salud saben perfectamente que, si se salen de las clasificaciones, se salen del sistema (Profesional UTIG). Ahora mismo todos estamos luchando para que entre todo por la Seguridad Social, mientras que el grupo visible del iceberg dice que esto no es una enfermedad y quieren despatologizarla. Bien, vale, no digo que no. Pero no es el mejor lenguaje para hablar a los pol?ticos porque lo vais a perder todo; no es el mejor lenguaje para hablar a la sociedad (Cirujano cl?nica privada). Estamos ante uno de los argumentos m?s utilizados por el estamento m?dico e, incluso, por algunas personas transexuales que temen los posibles efectos de la desclasificaci?n. Hay que destacar que la decisi?n de algunas Comunidades Aut?nomas de financiar las cirug?as de reasignaci?n genital ha sido posible gracias a los que han defendido el car?cter no electivo de este tipo de cirug?as (frente a otras cirug?as pl?sticas, como la mamoplastia de aumento, que han quedado fuera de la cobertura p?blica al considerarse electivas). Y dicha defensa se ha fundamentado en buena medida recurriendo a la presencia de la transexualidad en el DSM o la CIE y destacando el malestar sufrido por estas personas. Si adem?s tenemos en cuenta que la sanidad p?blica espa?ola es uno de los sectores m?s debilitados por la nueva ola neoliberal, y que desde los sectores pol?ticos m?s conservadores se ha puesto precisamente la atenci?n p?blica a la transexualidad como ejemplo de gasto superfluo a eliminar, no es dif?cil entender que algunas personas se resistan a un cambio de paradigma: ?Aunque no me guste que nos vean como enfermos mentales, creo que ahora no es el momento para tener estos debates. Hemos de tener mucho cuidado con lo que decimos porque est?n cerrando quir?fanos por todas partes? (Jon). Algunas personas trans que rechazan categ?ricamente la consideraci?n de la transexualidad como un trastorno mental conciben el proceso diagn?stico como un simple tr?mite procedimental para acceder al tratamiento de modificaci?n corporal, una visi?n que tambi?n comparten en la UTIG ?Los transexuales lo ven como un tr?mite m?s. ?Me he de cortar el pelo para hacer la mili? Pues me lo corto aunque no me guste. ?He de pasar por unas visitas psiqui?tricas y obtener un informe para operarme? Pues lo har?? (Profesional UTIG). Sin embargo, como se?ala Butler (2006), recurrir al aspecto estrat?gico de la diagnosis supone utilizar un arma de doble filo. Por un lado, la persona se somete al diagn?stico de forma poco entusiasta y con ciertas dosis de cinismo, esto es, burla al sistema para conseguir sus objetivos. Pero, por otro lado, es muy posible que, a lo largo de la relaci?n ?de tipo jer?rquico? con la instituci?n psiqui?trica, tanto la persona como su entorno acaben internalizando alg?n aspecto del diagn?stico. Y el hecho de insistir 217 en su importancia pr?ctica, esto es, presentarlo como el principal medio para asegurar la cobertura de la administraci?n o de las compa??as aseguradoras, hace que el diagn?stico ?pierda su principal raz?n de ser como evaluaci?n cl?nica para convertirse en un mecanismo indispensable en la mercantilizaci?n de la salud? (Useche, 2005: 88). Como veremos a continuaci?n, no se puede desclasificar la transexualidad de los manuales de los trastornos mentales sin elaborar antes un marco argumentativo alternativo que justifique la atenci?n institucional al proceso de modificaci?n corporal. Y esto es, precisamente, lo que est?n haciendo desde hace tiempo las organizaciones trans que luchan por la despatologizaci?n. Dos parecen ser los marcos jur?dicos con los que defender la despatologizaci?n garantizando a la vez la cobertura p?blica o privada del tratamiento: el de la salud integral y el de los derechos humanos. En cuanto al primero, se recuerda el Pre?mbulo de la Constituci?n de la OMS, aprobada en 1946, en donde se define la salud como ?un estado de completo bienestar f?sico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades?. Por lo que respecta a las argumentaciones basadas en los derechos humanos, se recurre a alguna de las declaraciones internacionales existentes como, por ejemplo, la de la Asamblea General de la ONU sobre identidad de g?nero y derechos humanos de 2008, que defiende la libre expresi?n de las identidades como un derecho humano b?sico y reafirma el principio de no discriminaci?n por cuesti?n de orientaci?n sexual o identidad de g?nero (Suess, 2010). 1.5. El activismo trans y las alternativas a la patologizaci?n La obtenci?n de un diagn?stico psiqui?trico como condici?n sine qua non para acceder al tratamiento es, sin duda alguna, uno de los aspectos m?s controvertidos de la gesti?n biom?dica de la transexualidad. Numerosas organizaciones trans de todo el mundo trabajan para que la transexualidad sea eliminada de los manuales clasificatorios de los trastornos mentales, y buscan alternativas para que la desclasificaci?n no afecte a sus derechos sanitarios. Muchas de estas organizaciones se integran en la Campa?a Internacional Stop Trans Pathologization (STP), una plataforma surgida en 2009 gracias a la iniciativa de grupos activistas procedentes mayoritariamente del Estado espa?ol. En mayo de 2014, la Campa?a cuenta con la adhesi?n de m?s de 380 grupos y redes activistas de los cinco continentes. STP persigue los siguientes objetivos: retirar el ?trastorno de la identidad de g?nero? y el ?transexualismo? de las pr?ximas ediciones del DSM (DSM-5) y de la CIE (CIE-11); la abolici?n de los tratamientos de normalizaci?n binaria a las personas intersex; el libre acceso a los tratamientos hormonales y a las cirug?as, sin necesidad de tutela psiqui?trica; la cobertura p?blica de la atenci?n sanitaria a personas trans respetando 218 la diversidad de este colectivo; y la lucha contra la transfobia institucional y social20. Una vez publicada la ?ltima versi?n del DSM, la campa?a STP centra sus esfuerzos en pedir la retirada de las categor?as diagn?sticas ?Trastornos de la Identidad de G?nero? y ?Transvestismo Fetichista? del cap?tulo V (?Trastornos mentales y del comportamiento?) de la pr?xima edici?n de la CIE, cuya presentaci?n est? prevista para la Asamblea Mundial de la Salud de mayo de 2015. Partiendo del reconocimiento de que el derecho a la despatologizaci?n y el derecho a una atenci?n sanitaria son derechos humanos b?sicos y no excluyentes, STP propone la introducci?n de una menci?n no patologizante (como proceso de salud no basado en la enfermedad o trastorno) de la atenci?n sanitaria trans- espec?fica21 en la CIE-11 (STP, 2011, 2012 y 2013). Esta campa?a internacional sugiere que el nuevo bloque de ?atenci?n sanitaria trans-espec?fica? se incluya en el cap?tulo XXI: ?Factores que influyen en el estado de salud y contacto con los servicios de salud?. En la elaboraci?n del nuevo bloque consideran fundamental utilizar un lenguaje no patologizante, realizar una descripci?n basada en los procedimientos relevantes para la atenci?n sanitaria (y no en hip?tesis etiol?gicas o criterios diagn?sticos), reconocer la diversidad de trayectorias trans, garantizar el derecho a la cobertura p?blica de la atenci?n y considerar ?la diversidad cultural respecto a procesos de tr?nsito en el g?nero, sus significados culturales, as? como modelos culturalmente espec?ficos de atenci?n comunitaria y sanitaria? (STP, 2012: 7). Con todo, STP reconoce la existencia de voces que muestran su preocupaci?n porque la eliminaci?n del transexualismo y la creaci?n del nuevo bloque de atenci?n trans podr?an poner en peligro la cobertura p?blica o privada en aquellos pa?ses en los que la justificaci?n del pago depende de un diagn?stico de enfermedad o trastorno mental. Ante la amenaza de p?rdida de derechos, la Campa?a apuesta por defender la cobertura desde la perspectiva de los derechos humanos. Para ello, se apoyan en el concepto de salud integral de la OMS. Recuerdan adem?s que el papel de los sistemas de Salud P?blica no se limita al tratamiento de enfermedades, sino que tambi?n incluye la prevenci?n, la promoci?n de la salud y la mejora del bienestar y la calidad de vida de la poblaci?n. En fin, existen varias declaraciones internacionales que garantizan la asistencia y reconocen los derechos de las personas trans: el informe de Thomas Hammarberg (2009), la resoluci?n del Parlamento 20 http://www.stp2012.info/old/es/objetivos 21 Se entiende por ?atenci?n sanitaria trans-espec?fica? a ?los tratamientos y procedimientos relacionados con la salud de las personas trans y el desarrollo en su g?nero de elecci?n, tanto respecto a procesos de modificaci?n corporal trans-espec?fica (tratamiento hormonal, cirug?a de pecho, histerectom?a, cirug?a genital, electrolisis, seguimiento post-operatorio, etc.), as? como aspectos espec?ficos a tener en cuenta en una atenci?n sanitaria general dirigida a personas trans (atenci?n ginecol?gica/urol?gica, salud sexual y reproductiva, prevenci?n oncol?gica, asesoramiento y psicoterapia, etc.)? (STP, 2012: 1). 219 europeo (2011) o los Principios de Yogyakarta (2007), un documento elaborado por expertos internacionales que tiene por objeto establecer una serie de principios sobre ?c?mo se aplica la legislaci?n internacional de derechos humanos a las cuestiones de orientaci?n sexual e identidad de g?nero?. El principio 17 estipula que ?todas las personas tienen el derecho al disfrute del m?s alto nivel posible de salud f?sica y mental, sin discriminaci?n por motivos de orientaci?n sexual o identidad de g?nero?. Mientras que el punto G de este principio establece que todos los Estados ?facilitar?n el acceso a tratamiento, cuidados y apoyo competentes y no discriminatorios a aquellas personas que busquen modificaciones corporales relacionadas con la reasignaci?n de g?nero?. 1.6. La Ley 3/2007, de 15 de marzo: la legitimaci?n del modelo biom?dico En marzo de 2007 se aprueba en nuestro pa?s la ?Ley reguladora de la rectificaci?n registral de la menci?n relativa al sexo de las personas?, que supone el reconocimiento de una de las principales reivindicaciones de los colectivos trans: excluir expresamente el requisito de la cirug?a de reasignaci?n genital (art.4.2) para poder solicitar el cambio de sexo y de nombre en el Registro Civil. En adelante, las personas trans que deseen conservar sus genitales podr?n acceder a la modificaci?n de su sexo administrativo, evitando as? posibles discriminaciones por tratar de obtener, por ejemplo, un trabajo o un piso de alquiler con una apariencia que no se corresponde con lo que refleja su documento de identidad. Con la no obligatoriedad de la cirug?a genital, la legislaci?n espa?ola pretende convergir con el actual modelo biom?dico de gesti?n de la transexualidad, en el sentido de que la cirug?a ya no es considerada como el fin inexorable del proceso de modificaci?n corporal. Hasta la aprobaci?n de la ley, las rectificaciones registrales en casos de transexualidad deb?an seguir la v?a judicial. El Tribunal Supremo hab?a mantenido una posici?n firme de exigir tratamientos hormonales y quir?rgicos precisos para la reasignaci?n de los caracteres sexuales primarios y secundarios en consonancia al g?nero deseado. No obstante, como se?ala Bustos (2008), el criterio seguido por las Audiencias y los Juzgados de Primera Instancia distaba de ser un?nime con relaci?n al grado de transformaci?n f?sica. As?, mientras que a las mujeres transexuales se les exig?a generalmente la vaginoplastia, en el caso de los hombres no exist?a una posici?n com?n, por lo que podemos encontrar resoluciones judiciales que acced?an al cambio registral porque el solicitante se hab?a sometido a la mastectom?a y a la histerectom?a, y otras en las que el juez exig?a, adem?s, la implantaci?n de un neopene. Con la obligatoriedad de las cirug?as de reasignaci?n sexual se quer?a asegurar la 220 irreversibilidad del proceso de modificaci?n corporal y evitar que la elecci?n del sexo estuviera a total disposici?n del sujeto: ?La mutaci?n sexual no puede aceptarse como hecho voluntario, de una persona que haya decidido cambiar su pauta de comportamiento? (Sentencia del Tribunal Supremo, RJ 2007\4968). De un modo indirecto se estaba sosteniendo el concepto de ?transexual verdadero?, que como hemos visto en varias ocasiones est? ?ntimamente vinculado a la idea de que sin deseo de cirug?a genital no se puede hablar realmente de transexualidad. Esta l?nea defendida por el aparato judicial supon?a un claro factor de discriminaci?n y de agresi?n institucional hacia el colectivo trans, pues los jueces parec?an ignorar las m?ltiples dificultades que entra?an para el sujeto las cirug?as de reasignaci?n genital en t?rminos econ?micos y en lo relativo a su salud f?sica y psicol?gica22. Si bien la aprobaci?n de la Ley 3/2007 conlleva indudablemente una mejora de la situaci?n de las personas trans, numerosas asociaciones y algunas de las personas entrevistadas han mostrado su disconformidad con varios aspectos de la nueva normativa. Y es que esta ley fue redactada siguiendo las tesis del paradigma biom?dico, que tiene como principales ejes vertebradores la patologizaci?n (mediante diagn?stico) y la medicalizaci?n (mediante tratamiento) del transg?nero. De este modo, para poder obtener la rectificaci?n registral es necesario presentar un informe que acredite que ?al solicitante le ha sido diagnosticada disforia de g?nero? (art.4.1.a), trastorno que ha de haber sido, adem?s, ?tratado m?dicamente durante al menos dos a?os para acomodar sus caracter?sticas f?sicas a las correspondientes al sexo reclamado? (art.4.1.b). Si realizamos una lectura detenida del art?culo cuarto podemos detectar algunas imprecisiones relevantes. Primeramente, causa extra?eza que el legislador haya decidido requerir un diagn?stico de ?disforia de g?nero?, puesto que en la ?poca en que fue redactada la ley ninguno de los dos principales manuales diagn?sticos de los trastornos mentales utilizaba esta categor?a (el DSM-IV hablaba de ?trastorno de la identidad de g?nero? y la CIE-10 de ?transexualismo?). Aunque se sobrentiende que emplean ?disforia de g?nero? como sin?nimo, sorprende que hayan optado por una categor?a que en ese momento no era un diagn?stico formal. Tampoco se especifica qu? especialidad m?dica ha de poseer el profesional que emite el diagn?stico: se habla de ?informe de m?dico o de psic?logo cl?nico? (art.4.1.a), pero en ning?n momento sabemos si ha de redactarlo un m?dico especializado en psiquiatr?a, endocrinolog?a, cirug?a pl?stica u otra especialidad. Por otra parte, para poder acceder a la modificaci?n registral es necesario que el trastorno haya 22 La gran mayor?a de CCAA espa?olas no financian este tipo de cirug?as, cuyo coste en el sector privado es muy elevado. Asimismo, las complicaciones postoperatorias son m?ltiples y aparecen con frecuencia, especialmente tras realizar la t?cnica de la faloplastia, con la que adem?s se obtienen unos resultados nada satisfactorios. 221 sido ?tratado m?dicamente durante al menos dos a?os para acomodar las caracter?sticas f?sicas a las correspondientes al sexo reclamado? (art.4.1.b). No obstante, no se concreta en qu? debe consistir dicho tratamiento. Si posteriormente se afirma que ?no ser? necesario para la concesi?n de la rectificaci?n registral de la menci?n del sexo de una persona que el tratamiento m?dico haya incluido cirug?a de reasignaci?n sexual? (art.4.2), todo parece indicar que se est? exigiendo, de forma impl?cita, un tratamiento hormonal. Suposici?n que ha sido corroborada tras entrevistar a los profesionales de la UTIG. Es este per?odo m?nimo de dos a?os de terapia transexualizadora, el requisito m?s cuestionado por las personas trans y algunos m?dicos. Todas ellas consideran excesivo dicho periodo, argumentando que los cambios corporales inducidos por las hormonas se producen mucho antes de los 24 meses. Las personas trans subrayan que el hecho de tener que esperar tanto tiempo para acceder al cambio registral no hace m?s que aumentar sus posibilidades de experimentar la transfobia y el rechazo social. En este sentido, Dani y Jennifer se quejan de no poder pagar con tarjeta de cr?dito por miedo a tener que mostrar su DNI, mientras que Jessica afirma no haber sido aceptada para un puesto de trabajo en el sector servicios al haber tenido que aportar sus datos personales. Por su parte, un profesional de la UTIG cuestiona que con 24 meses de terapia hormonal quede totalmente garantizada la irreversibilidad: Los dos a?os de terapia hormonal me parecen rid?culos. Piensan que con dos a?os de hormonaci?n un transexual masculino, por ejemplo, no podr? nunca m?s tener hijos. Porque no se quieren encontrar socialmente ni administrativamente con un hombre que pueda parir (?) Pero esto no es as?, depende del paciente: hay veces que se produce una atrofia de los genitales, pero luego, si se deja la hormonaci?n, se puede reactivar la capacidad de procrear. Con los requisitos establecidos en la ley, el legislador pretende preservar, al igual que hac?a antes el Alto Tribunal, el principio de irreversibilidad. Una irreversibilidad que hay que asegurar en una doble vertiente: psicol?gica (con el informe diagn?stico que constate la verdadera e inamovible identidad de g?nero del sujeto) y morfol?gica (con los dos a?os de tratamiento hormonal). A este respecto, Carlos nos cuenta que, tras obtener el diagn?stico psiqui?trico y el informe endocrinol?gico que atestiguaba los dos a?os de hormonaci?n, un forense del Registro Civil le realiz? una exploraci?n f?sica para verificar los cambios corporales declarados. Por su parte, la mayor?a de trabajadores de la UTIG est?n de acuerdo en que la persona no tenga la facultad para elegir libremente su sexo administrativo, ya que consideran necesario el control institucional para garantizar el bien colectivo. Esto es lo que se desprende de las siguientes palabras, que evocan inevitablemente esa visi?n decimon?nica del perverso como elemento peligroso, como reto?o del crimen: T? imag?nate que no hiciera falta ning?n requisito?entonces voy yo y digo: ?es que yo soy 222 hombre, dadme esto porque soy hombre??me pongo de hombre, me corto el pelo, me pongo corbata?y entonces me lo dan. Entonces, yo salgo de aqu? y cometo un asesinato. Y digo: ?no, no, soy mujer, ponedme de mujer?. Es decir, a nivel judicial lo que se busca es el bien social, no el bien de la persona. T? tienes que proteger a la sociedad (...) Todo esto dar?a lugar a una serie de problemas tremendos (Profesional UTIG). Como vemos, se da cobertura jur?dica a la transexualidad siempre y cuando quede garantizado que constituye un camino de no retorno. Por consiguiente, al tratar de asegurar por todos los medios que, una vez modificada la menci?n ?sexo?, la persona no podr? moverse libremente por las fronteras del g?nero, se refuerza legalmente esa concepci?n est?tica y bipolar del g?nero que act?a como principio normalizador en nuestra sociedad. Foucault nos advirti? que uno de los principales rasgos de esta forma de ejercer el poder caracter?stica de la episteme moderna es, precisamente, su capacidad normalizadora: Otra consecuencia del desarrollo del biopoder es la creciente importancia adquirida por el juego de la norma a expensas del sistema jur?dico de la ley (?) No quiero decir que la ley se borre ni que las instituciones de justicia tiendan a desaparecer; sino que la ley funciona siempre m?s como una norma, y que la instituci?n judicial se integra cada vez m?s en un continuum de aparatos (m?dicos, administrativos, etc.) cuyas funciones son sobre todo reguladoras (Foucault, 2003 [1976]: 174). Este nuevo poder ya no funciona tanto por la fuerza de la ley, sino por la norma; no tanto por el castigo, sino por el control. Y se ejerce desde ?mbitos que rebasan el Estado y sus aparatos. Actualmente, es la biomedicina una de las principales instancias con capacidad para trazar los l?mites de lo normal y lo anormal/patol?gico. Y ha sido la fuerza normalizadora de la psiquiatr?a biom?dica la que ha sido legitimada por esta ley. Con la actual normativa, toda persona trans que desee recurrir a la rectificaci?n registral ha de ser previamente diagnosticada y tratada, por lo que no puede tomar otro camino que no sea el de la patologizaci?n y posterior medicalizaci?n. De este modo, los legisladores avalan el modelo biom?dico, dejan a la transexualidad en manos exclusivas de la biomedicina y excluyen la libre construcci?n corporal e identitaria de los transgeneristas. Se ignora jur?dicamente a quienes reh?san el proceso medicalizador y no tratan de obtener una apariencia estereot?pica, las m?ltiples identidades trans que no pretenden ajustarse a la dicotom?a de g?nero. Como apunta Nieto (2008), actualmente a los transgeneristas que deseen cambiar su sexo administrativo no les queda legalmente otra opci?n que someterse a la mirada m?dica y acatar lo que impone el sistema de g?nero, asign?ndose una identidad reducida y est?tica porque sus opciones se limitan a constar administrativamente como hombre o como mujer. Y los que no aceptan esta imposici?n sufren las lagunas legales de un sistema que los deja en el limbo social. Las palabras de 223 M?nica son representativas del descontento existente entre algunas personas trans al constatar que la legislaci?n prioriza la intervenci?n biom?dica a la vez que preserva el sistema de g?nero: No deber?an haber integrado el discurso cl?nico. Y lo de los dos a?os de proceso transexualizador es una chorrada porque si t? ya has decidido hacer un cambio, por lo que sea, esto deber?a ser una prueba suficiente. Ellos ten?an miedo de la reversibilidad de los g?neros, pero esto es una tonter?a. El g?nero es reversible, adm?telo. Si algo demuestra la transexualidad es que el g?nero es reversible (?) Para m? la ley ideal hubiera sido un tr?mite puramente burocr?tico, como el cambio de domicilio o el cambio de nombre. T?, cuando te casas, ?te hacen un test psicol?gico? ?Por qu? tanta paranoia con el g?nero? Si a quien menos le interesa cagarla es a ti. ?Por qu? vas a mentir diciendo que te sientes mujer? Hay una necesidad tuya que es real. 225 CAP?TULO 2 Los procesos de (re)construcci?n corporal e identitaria en tanto que procesos asistenciales1 Cada sociedad posee sus propias t?cnicas corporales. (Marcel Mauss, 1971 [1950]) La belleza es un estado de ?nimo. (Cita de ?mile Zola que encabeza la p?gina web de una cl?nica privada que realiza las cirug?as de reasignaci?n sexual) 2.1. La incesante b?squeda de los factores etiol?gicos de la transexualidad Desde el mismo momento en que la ciencia dirige su atenci?n hacia aquellas personas con una identidad de g?nero que no se corresponde con su sexo biol?gico, aparecen conjeturas de todo tipo acerca de los factores generadores de este fen?meno. Las teor?as etiol?gicas conciben la transexualidad como una falla en el proceso de adquisici?n de la identidad de g?nero, pues presuponen un modelo de normalidad seg?n el cual toda persona interioriza de forma natural y aproblem?tica el g?nero asignado en funci?n a su morfolog?a corporal. Si las hip?tesis de corte psicoanal?tico y psicosocial predominaron en un primer momento, actualmente han sido relegadas por los estudios biologicistas. Otra vez aqu? nos topamos con el trabajo pionero de Benjamin, uno de los primeros en defender la tesis de una ?predisposici?n innata? determinada por factores gen?ticos o endocrinos. A?n reconociendo que las personas transexuales eran normales a nivel cromos?mico, Benjamin no cerr? las puertas a una explicaci?n gen?tica porque cre?a que esta era una disciplina todav?a joven pero con un enorme potencial. En lo referente a los factores endocrinos, lanz? la hip?tesis de que la transexualidad femenina pod?a deberse a una interferencia del estr?geno materno en la masculinizaci?n normal del feto, dando lugar a ?un ni?o 1 Parte de este cap?tulo es el fruto de mi participaci?n en la investigaci?n, dirigida por Oscar Guasch, sobre las Representaciones y pr?cticas en el proceso de feminizaci?n de mujeres transexuales (Instituto de la Mujer- Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Ref. 2011-0004-INV-00124). 226 afeminado o subdesarrollado?. Para la transexualidad masculina, sugiri? la existencia de un mecanismo qu?mico que actuar?a durante el periodo fetal para convertir el estr?geno materno en testosterona. Recomend? asimismo dirigir los esfuerzos investigadores hacia el hipot?lamo, una regi?n cerebral que ?parece aportar cada vez m?s informaci?n sobre el comportamiento sexual? (Benjamin, 1966: 92). M?s de medio siglo despu?s de las hip?tesis benjaminianas, la biomedicina sigue buscando una teor?a etiol?gica concluyente: ?Sabemos qu? pasa, pero no sabemos por qu?? (Profesional UTIG). Las investigaciones actuales se basan en la idea de que, durante el periodo fetal, el cerebro humano ?al igual que sucede con los genitales? experimenta un proceso de diferenciaci?n sexual por efecto de las hormonas gonadales. La demostraci?n de que existe una correlaci?n entre los niveles hormonales durante la diferenciaci?n cerebral intrauterina o perinatal y el comportamiento sexual de cobayas y ratas adultas2, ha alimentado las teor?as que pretenden probar que es este supuesto dimorfismo sexual del cerebro humano lo que determina las diferencias cognitivas, temperamentales y conductuales entre mujeres y hombres (Coleman et al., 1989). En este sentido, Altemus (2009) afirma que las mujeres poseen regiones del lenguaje corticales izquierdas m?s grandes. Kimura (1998 y 2002) sostiene que los hombres destacan en razonamiento matem?tico, orientaci?n espacial y direcci?n de proyectiles; mientras que las mujeres lo hacen en velocidad perceptiva, fluidez verbal y tareas manuales de precisi?n. Los estudios transculturales de Miettunen et al. (2007) y Costa et al. (2001) sugieren que las mujeres tienen mayor tendencia a la ansiedad, la inestabilidad afectiva, el pesimismo y la preocupaci?n. La biomedicina entiende que la transexualidad es fruto de una alteraci?n durante el desarrollo intrauterino o el periodo perinatal, cuyas causas se desconocen, que provoca que el cerebro se desarrolle en sentido inverso al sexo cromos?mico, gonadal y genital (Campillo, 2003; Castillo et al., 2003; G?mez-Gil et al., 2006b). Una de las regiones cerebrales que parece encarnar el dimorfismo sexual es el hipot?lamo, vinculado con el comportamiento reproductivo, la orientaci?n sexual y la identidad de g?nero (LeVay, 1991 y Swaab y Hofman, 1995). Desde el Instituto Holand?s de Investigaci?n Cerebral, Zhou et al. (1995) sugieren que el tama?o del n?cleo basal de la estr?a terminal (BST en sus siglas inglesas) del hipot?lamo de las mujeres transexuales es m?s parecido al de una mujer cis que al de un hombre (cuyo tama?o es un 44% m?s grande). En un estudio posterior (Kruijver et al., 2000), investigadores del mismo instituto holand?s se centran en unas neuronas espec?ficas situadas en el BST y cuyo n?mero presenta diferencias seg?n el sexo: 2 Existen estudios que concluyen que la exposici?n de cobayas hembra a testosterona in uterus o durante el periodo neonatal masculiniza su comportamiento sexual posterior (Coleman et al., 1989 y Bec?, 2007). 227 el hombre tiene el doble que la mujer. El estudio sostiene que las mujeres transexuales tienen un n?mero de neuronas similar al de las mujeres cis, mientras que los hombres transexuales tienen una cantidad pareja a la de los hombres cis, hecho que demuestra, en su opini?n, la base neurobiol?gica de la transexualidad. En nuestro pa?s, destacan investigaciones como las de Carrillo et al. (2010) y Rametti et al. (2011a y 2011b), para quienes la estructura y funci?n del cerebro de las personas transexuales son m?s parecidas a las de aquellas personas con las que comparten la misma identidad de g?nero que a las de aquellas que tienen su mismo sexo biol?gico. Los profesionales de la UTIG estudiada han participado activamente en estas investigaciones, por lo que no resulta extra?o que sus palabras sintonicen plenamente con los resultados de estos trabajos: Parece ser que es una anomal?a que se produce durante el tercer mes de gestaci?n, cuando el embri?n empieza a desarrollar sus propias hormonas. Parece que se produce una anomal?a: hay hormonas suficientes como para masculinizar el cuerpo, pero no para masculinizar el cerebro. Entonces, los ?rganos que forman el cerebro, su forma y distribuci?n, se parecer?n m?s a un cerebro femenino que a uno masculino. Y esto puede pasar a la inversa, con mujeres biol?gicas (Profesional UTIG). Creo que su cerebro est? perfectamente desarrollado, pero es un cerebro de mujer en un cuerpo de hombre (Profesional UTIG). Las teor?as basadas en la existencia de un supuesto ?cerebro sexuado? que explicar?a las diferencias psico-conductuales entre mujeres y hombres han suscitado numerosas objeciones por parte de investigadores con formaci?n biom?dica. A este respecto, Fausto- Sterling (2006) se?ala que el cerebro humano es un ?rgano extremadamente dif?cil tanto de observar como de medir, y advierte de que el proceso de preservaci?n de un cerebro post mortem puede alterar su estructura, por lo que siempre se puede sospechar de la existencia de diferencias entre el ?rgano vivo y funcional y el material muerto y conservado artificialmente. Por su parte, Grosk destaca que las diferencias anat?micas detectadas en el cerebro de hombres y mujeres muestran un elevado grado de solapamiento: ?Si nosotros, los anatomistas, descubri?semos un grado tal de solapamiento en la anatom?a de los genitales, hablar?amos de hermafroditismo, en lugar de diferencias sexuales? (en Gooren, 1998: 254). Para Coleman et al. (1989), inferir los resultados obtenidos con roedores de laboratorio a los seres humanos puede generar problemas de interpretaci?n: la observaci?n de un cobaya macho adoptando una pauta copulatoria t?pica de las hembras tras administrarle estr?genos no puede ser antropomorfizada, puesto que el comportamiento sexual animal es altamente estereotipado. 228 Resulta incuestionable el papel desarrollado por las hormonas en la diferenciaci?n anat?mica de los sexos. Tampoco se puede rechazar categ?ricamente la existencia de diferencias morfol?gicas y/o fisiol?gicas cerebrales entre el hombre y la mujer. Con todo, especular con un dimorfismo sexual del cerebro, a imagen y semejanza del dimorfismo genital, y suponer que dicho dimorfismo es el principal determinante de las diferencias entre los g?neros, supone una valorizaci?n desmedida de los factores biol?gicos. Este tipo de investigaciones nos presentan un cerebro falto de vida y aislado en un laboratorio, que se conserva, se disecciona y se observa con el fin de realizar todo tipo de aseveraciones sobre el g?nero, la orientaci?n sexual o la identidad. Con ello, se ningunean palabras, deseos, significados, actos, placeres, frustraciones, prohibiciones, aprendizajes, etc. Ese denso magma que constituye la condici?n sexogen?rica humana se sacrifica en aras de un determinismo biol?gico que nos presenta el g?nero y la sexualidad como el simple producto de los designios de la naturaleza. Tampoco podemos olvidar que el cerebro humano es un ?rgano extraordinariamente pl?stico que se va reconfigurando en funci?n de las caracter?sticas y necesidades del entorno3. A este respecto, Salinas (1994) sugiere cambiar la direcci?n de la relaci?n causal que habitualmente establecemos entre la biolog?a y la sociedad. De este modo, debemos entender la biolog?a (y, l?gicamente, el cerebro) no como variable determinante, sino como dependiente de la evoluci?n humana y la influencia permanente del entorno social: Del mismo modo, las caracter?sticas de las manifestaciones del cerebro humano no dependen, fundamentalmente, de la evoluci?n biol?gica, sino de la interacci?n social. En contra de lo que habitualmente se viene se?alando desde el ?mbito de la ciencia biol?gica-neuronal (?) las funciones neuroqu?micas del cerebro humano no est?n diferenciadas de acuerdo al sexo del individuo debido a causas biol?gicas. Estas funciones y sus correspondientes estructuras deben ser observadas como el resultado de miles de a?os de una elaborada y compleja construcci?n de mecanismos, como respuesta a la especificidad de las interacciones humanas en el ?mbito social, el cual ha determinado progresivamente unas ciertas necesidades (?) Lo que sugiere el hecho de una progresiva ?aparici?n? de diversas funciones cognitivas a medida que el individuo ha requerido de ellas para su integraci?n en la organizaci?n social-simb?lica (Salinas, 1994: 92). Los estudios etiol?gicos de la transexualidad conciben una identidad de g?nero naturalizada, est?tica, configurada definitivamente desde el mismo momento de nacer o durante los primeros a?os de vida por la acci?n de mecanismos neuroendocrinol?gicos. 3 En una obra atrevida y sugerente de t?tulo revelador Antropolog?a del cerebro, Roger Bartra (2014) utiliza la cuesti?n de la conciencia humana para establecer nuevas conexiones entre el sistema nervioso central y el mundo social. En su opini?n, la autoconciencia no es una funci?n restringida al cerebro, sino que tambi?n se extiende a un circuito neuronal externo a la persona, una suerte de ?exocerebro cultural? que ha sido determinante, al igual que la tecnolog?a, para la supervivencia y adaptaci?n del ser humano a su entorno. 229 Desde este punto de vista, ser?a la tenencia de un ?cerebro femenino? lo que llevar?a al var?n morfol?gico a rechazar su cuerpo desde su m?s tierna infancia y a querer adoptar la apariencia y los roles caracter?sticos del sexo femenino. Se fomenta as? aquello que Nieto (2008: 76) denomina ?transnatalidad?, ?lo que comporta desvincularse de una identidad biogr?fica, eminentemente social, para identificarse estrictamente con una identidad biol?gica?. Esta visi?n esencial de la transexualidad ignora que existen m?ltiples y variadas formas de construir cuerpos e identidades trans; que lo trans engloba a personas con identidades varias, l?biles, cambiantes, siempre en construcci?n, una multitud corporal y experiencial que desborda el ideal homogeneizador del paradigma biom?dico. A lo largo de las p?ginas siguientes trascenderemos esta concepci?n de la identidad como algo monol?tico y est?tico, como algo dado de una vez por todas, para presentarla como ?un logro precario? (Garaiz?bal, 1998), como algo que se va configurando a lo largo de la vida a trav?s de actos repetitivos y regulados que dejan, no obstante, espacios para el cambio y la desobediencia (Butler, 2007 [1999]). Abordar la construcci?n identitaria de las personas trans implica inevitablemente hablar del cuerpo: ?La identidad de g?nero es siempre una identidad corporal4, (?) nos identificamos en relaci?n al g?nero dentro y a partir de una determinada corporeidad, desde una vivencia y una percepci?n determinada de nosotros/as mismos/as como seres carnales; una corporeidad que es adem?s absolutamente din?mica? (Esteban, 2004: 11). Y aqu? el cuerpo no puede ser reducido a un conjunto de estructuras anat?micas, ?rganos y mecanismos fisiol?gicos. El proceso de modificaci?n corporal de las personas trans constituye una excelente oportunidad para observar que el cuerpo es uno de los principales puntos de aplicaci?n de los dispositivos de control social y est? completamente atravesado por los discursos hegem?nicos sobre el g?nero y la sexualidad. Pero veremos que el cuerpo es tambi?n un lugar de cr?tica y resistencia, un lugar de transgresi?n de estereotipos y motor del cambio social. 2.2. Los procesos asistenciales En el cap?tulo anterior vimos que la subordinaci?n de los factores socioculturales al biologicismo primordial es una constante en las aproximaciones biom?dicas a las enfermedades. Este desd?n de lo sociocultural ha sido puesto en entredicho desde las ciencias sociales, en donde son comunes los abordajes de la enfermedad como fen?meno social y experiencia colectiva. Conceptos como los de ?carrera moral del paciente? 4 El ?nfasis es de la autora 230 (Goffman, 2001 [1961]), ?proceso de b?squeda de salud? (Chrisman, 1977), ?modelos explicativos? (Kleinman, 1980), ?proceso de salud/enfermedad/atenci?n? (Men?ndez, 1981), ?itinerarios terap?uticos? (Sindzingre, 1985; Aug?, 1996; Kleinman y Csordas, 1996), ?redes sem?nticas de enfermedad? (Good, 2003 [1994]) o ?procesos, complejos y dispositivos asistenciales? (Comelles, 1985, 1997 y 2000) cuestionan el biologicismo excluyente destacando el car?cter subjetivo, relacional y procesual de toda forma de aflicci?n. Son estas mismas aproximaciones las que analizan otros tipos de gesti?n y atenci?n de la enfermedad que acostumbran a ser infravalorados por el sistema biom?dico. Se han elaborado tipolog?as que ponen de relieve la existencia de un ?pluralismo m?dico, terap?utico o asistencial? (Perdiguero, 2004): modelo m?dico hegem?nico, modelo alternativo subordinado y modelo basado en la autoatenci?n (Men?ndez, 1984); popular, folk y profesional (Kleinman, 1980); tradicional, neotradicional y biom?dico (Sindzingre, 1985); cuidados profesionales (atenci?n profesional y alternativa) y cuidados profanos (autocuidado, autoatenci?n y autoayuda) (Haro, 2000). En el presente cap?tulo analizaremos los procesos de (re)construcci?n corporal e identitaria de las personas trans apoy?ndonos en algunos de los conceptos que conforman el andamiaje de la antropolog?a m?dica, sin perder de vista las aportaciones te?ricas sobre el cuerpo y el g?nero. Frente al reduccionismo de las teor?as biol?gicas, lo trans emerger? como un fen?meno complejo que ata?e principalmente a la persona ?a su cuerpo y subjetividad?, pero en el que tambi?n intervienen sus allegados, expertos formales e informales, e instituciones, y todo ello ?dentro de un tejido de representaciones culturales sobre el cuerpo, la subjetividad, el g?nero, la enfermedad, la experiencia y, en general, la realidad? (Uribe, 2000: 355). Por ?proceso asistencial? (Comelles, 1985, 1997 y 2000) entendemos el proceso de movilizaci?n social que se produce en toda sociedad ante una situaci?n de enfermedad, aflicci?n o infortunio. Para enfrentarse a estas crisis, los grupos sociales (desde microgrupos a la sociedad en su conjunto) aplican criterios de clasificaci?n diagn?stica, activan procesos colectivos de toma de decisiones y utilizan los recursos terap?uticos disponibles. Todo proceso asistencial se inscribe en un ?complejo asistencial?, a saber, el marco de referencia en el cual los actores sociales piensan, representan simb?licamente, elaboran sus conocimientos y act?an. Los procesos asistenciales son algo m?s que el conjunto de especialistas e instituciones formales, pues en ellos encontramos formas de atenci?n (como la ayuda mutua o la autoatenci?n) que pueden escapar al control institucional: Siempre que haya un proceso asistencial encontraremos representaciones, pr?cticas y experiencias subjetivas, pero no siempre encontraremos los profesionales diferenciados o las instituciones espec?ficas que podr?amos esperar encontrar, sino un conjunto mucho m?s amplio de recursos e 231 instancias que dependen de las caracter?sticas de la red social que se moviliza en el entorno de la situaci?n particular de crisis (Comelles, 1997: 33). El concepto de ?proceso asistencial? puede aplicarse al an?lisis de realidades de diversa ?ndole, pero se ha usado sobre todo para investigar el modo en que las redes sociales responden ante las enfermedades. No hace falta insistir en que este trabajo se posiciona, intelectual y pol?ticamente, al lado de quienes defienden la despatologizaci?n de la transexualidad. Con todo, se ha cre?do oportuno entender anal?ticamente los procesos de (re)construcci?n corporal e identitaria de las personas trans como una forma genuina de proceso asistencial porque con ello podremos poner el acento en los discursos, significados y pr?cticas que se generan socialmente cuando una persona rechaza el g?nero de asignaci?n. Esta perspectiva sit?a en primer plano ?la subjetividad y los significados que se otorgan al padecimiento (?) supone dar la palabra a los sujetos sociales y requiere no tan solo escucharlos, sino aceptar la legitimidad de su discurso? (Isla, 2006: 42). Se han organizado los procesos de (re)construcci?n corporal e identitaria en cuatro fases sucesivas: 1) Inadecuaci?n a los roles de g?nero y b?squeda de una categor?a autorreferencial; 2) Solicitud del estatuto de ?asistible?; 3) Itinerario terap?utico (pr?cticas de autoatenci?n y ayuda mutua, y atenci?n profesional); 4) Fin del proceso asistencial o la obtenci?n de un nuevo estatus de g?nero. Es importante destacar que estas etapas constituyen un modelo ideal que no se reproduce de manera estricta ?ni tampoco lineal? en la realidad. Y es que cada persona inicia un proceso de (re)construcci?n que ser? ?nico e irrepetible. A?n as?, y dado que existen relatos, experiencias y estrategias compartidas, creemos que esta secuencia es una herramienta anal?tica ?til para abordar la enorme diversidad trans y dotarla de cierta coherencia. 2.3. Inadecuaci?n a los roles de g?nero y b?squeda de una categor?a autorreferencial En nuestras sociedades se activa un proceso de movilizaci?n social cuando una persona no cumple con uno de los postulados centrales de nuestro sistema de sexo/g?nero: la correlaci?n entre la morfolog?a corporal y el g?nero asignado al nacer. Con mucha frecuencia, esta vulneraci?n normativa es experimentada por las personas trans desde la infancia. Muchas afirman que ya desde peque?as sent?an que les ?pasaba algo?, que no exist?a una adecuaci?n entre lo que quer?an ser y lo que los dem?s esperaban que fuesen, aunque todav?a no ten?an palabras para nombrar lo que les suced?a: 232 No s?, sobre los seis a?os o algo as?, pues que est?s en el colegio y dices: ??Qu? me est? pasando? Pues no s?, me gustan los chicos y me siento chica?. Y te quedas as? pensando y dices: ?Soy una cosa rara, qu? raro eso, estar? enferma o ?qu? pasa?? (Marta). Bueno, cuando ten?a seis o siete a?os sab?a que alguna cosa pasaba pero no sab?a exactamente c?mo definirlo (Irene). Yo, hasta los doce a?os, sab?a que era diferente pero no sab?a qu? era (?scar). Durante la infancia, este sentimiento de extra?eza se expresa a menudo por el rechazo a cumplir con los roles vinculados al g?nero de asignaci?n y por la voluntad de desarrollarse como una persona del otro g?nero. Desde el punto de vista de la teor?a social, debemos considerar que todos los relatos sobre la propia biograf?a se construyen tomando como referente el presente (De Miguel, 1996). Pero m?s all? de esta consideraci?n, es un lugar com?n la insistencia de muchas personas trans en afirmar que han pertenecido desde siempre al g?nero que sienten como propio: Desde que era peque?a, siempre (...) a m? siempre (...) Desde que era peque?a me gustaba jugar con mu?ecas. Recuerdo que mi madre me dec?a que, cuando ten?a dos o tres a?itos, lloraba porque quer?a ponerme la ropa de mi hermana (...) Siempre me sent?a afeminada, no me gustaba lo que hac?an los chicos normalmente: el deporte, el juego de la pelota, nunca me han gustado. Siempre me ha interesado m?s lo de la mujer (Jessica). Desde que nac?. Mi madre a lo mejor me quer?a poner falda y yo le dec?a que no, que me pusiera pantalones. Y me compraban mu?ecas y no jugaba con ellas, jugaba con la pelota (Marcos). Desde siempre. Mi manera de sentarme, de comer, de andar? Con nueve a?os, ya se ve?a todo (Pedro). Como podemos observar en estos testimonios, bastantes personas trans comparten con el estamento m?dico esa visi?n esencial e innata de la identidad de g?nero. Sin embargo, a menudo se olvida que lo trans se caracteriza por la pluralidad de relatos y experiencias. Existen personas que, o bien no reniegan totalmente de su g?nero de nacimiento, o bien experimentan el rechazo a una edad avanzada, por lo que su infancia no se caracteriza por ese deseo de desarrollar los roles que no les corresponden. Y hay tambi?n quienes consideran, al igual que lo hac?a Garfinkel (2006 [1968]), que los y las trans tienden a idealizar sus biograf?as, resaltando los atributos caracter?sticos del g?nero al que dicen pertenecer y borrando cualquier rastro que los pueda vincular con el g?nero de asignaci?n: 233 La gente cuando reconstruye su historia le mete cosas del presente. Est?n hablando, no sobre lo que eran, sino sobre c?mo les hubiera gustado verse a s? mismas (M?nica). Mi proceso fue bastante tarde (?) Hay un patr?n est?ndar de la transexualidad respecto a la infancia y yo no sigo para nada este patr?n. Esto de que jugaba con mu?ecas y todo esto, yo no. Yo segu?a la l?nea masculina. No me gustaba el f?tbol, por ejemplo, lo que era algo que ya me dejaba de lado (?) Tampoco me gustaban los coches, pero en cambio me gustaban las pistolas (?) No me atra?an los juegos femeninos (Raquel). A pesar de que biograf?as como las de Raquel existen y no pueden ser ignoradas, lo cierto es que la gran mayor?a de los y las trans entrevistados relatan una infancia caracterizada por esa preferencia por los roles del g?nero contrario. Asimismo, algunas/os afirman haber deseado tener los genitales del otro sexo: ?Recuerdo que, una vez, deber?a tener cinco o seis a?os, le pregunt? a mi madre por qu? yo ten?a un pito como mi hermano y en cambio no ten?a los genitales de mi hermana? (Montse). A?n as?, la ni?ez no parece ser una ?poca especialmente problem?tica porque las fronteras de g?nero son todav?a porosas y se toleran algunos quebrantamientos en el ejercicio de roles. El malestar que afirman sentir algunas personas trans adquiere forma y relevancia cuando se produce la ?consagraci?n simb?lica? (Bourdieu, 2003) de los cambios f?sicos y fisiol?gicos de la pubertad, lo que sirve para apuntalar la dicotom?a de g?nero. La aparici?n de la barba y el vello corporal en el caso de las mujeres trans, y el desarrollo de los senos y el advenimiento de la primera regla en el caso de los hombres, son los signos corporales que consolidan la discrepancia entre la identidad de g?nero y la morfolog?a corporal del sujeto: ?Recuerdas tu infancia como un periodo especialmente duro? No, hasta que no me empez? a salir pelo por todos los sitios estaba bastante bien (Sara). ?La primera regla? Uy, lo pas? muy mal. Bueno, me baj? y dije: ??Vaya putada!?. Y mi madre: ?Uy, ya eres mujer, ?qu? bien, qu? alegr?a!?. Y yo pensando: ??Qu? alegr?a de qu??? (Pedro). Fatal porque yo cuando jugaba a f?tbol de peque?o me quitaba la camiseta cuando marcaba un gol, como los otros ni?os. Hasta que ya empez? a salir el pecho y mi madre me dijo que eso ya no lo pod?a hacer m?s. Y dije: ??Por qu?? ?Si Juan se la quita y Antonio tambi?n!?. Y me explicaron todo el rollo y pens?: ??Vaya mierda!? (Jon). Yo lo que sent? es que cuando nac??Bueno, no me acuerdo de cuando nac?, pero mi primer recuerdo con seis a?os, yo pensaba que era un ni?o, pas? unos a?os pensando que era un ni?o porque era lo que sent?a: jugaba con mis primos, con ni?os. El susto viene cuando empiezas a verte diferente a los dem?s y lo pasas peor cuando te salen cosas que no deber?an salirte: pechos, tener la regla? van siendo hostias que no sabes por qu? pero empiezas a preguntarte qu? pasa, qui?n eres (Ra?l). 234 Sea como fuere, lo cierto es que muchas de las personas entrevistadas subrayan que han sido as? desde que tienen uso de raz?n. Nunca hubo un suceso que las convirtiera en lo que son. Si acaso, hay alg?n momento en que descubren que lo que les sucede tiene un nombre, que su caso no es ?nico y que existen los medios t?cnicos para lograr aquello que tanto anhelan. Actualmente, con la mayor visibilidad del fen?meno trans y el uso de las nuevas tecnolog?as, las personas suelen encontrar por ellas mismas una categor?a autorreferencial: ?Hoy en d?a todo el mundo est? muy informado de lo que es la transexualidad, es algo que est? en la televisi?n, en internet, en todas partes. Entonces, desde peque?ita ya sab?a que exist?a? (Bego). Pero en la Espa?a del Tardofranquismo y de la Transici?n, tanto el poder de difusi?n de los medios de comunicaci?n como la visibilidad de la transexualidad eran mucho menores que en la actualidad, por lo que las personas de mayor edad tuvieron m?s dificultades para autodefinirse. En estos casos, una pel?cula de tem?tica transexual (como Vestida de Azul de Antonio Jim?nez-Rico, estrenada en 1983) o alg?n referente trans del mundo del espect?culo (como Coccinelle o Bibi Andersen) se convierten en el instrumento que dota de sentido lo que hasta ese momento no era sino una nebulosa de deseos y sensaciones, y que sirve adem?s de est?mulo para iniciar el proceso de modificaci?n corporal: Yo por la tele vi la pel?cula Vestida de azul sin que mis padres me vieran, y fue cuando ya hice ??pink!?, como que se me encendi? la bombilla (...) La pel?cula cuenta casos de personas como yo y explicaban su trayectoria de chico a chica (...) Y cog? y me vine a Barcelona (Marta). Es que me pas? una cosa: nosotros ten?amos un comercio en el pueblo y una vez mi padre me llev? a Zaragoza a comprar g?nero en unos almacenes de venta al por mayor. Y entonces vi unos letreros que anunciaban a una transexual y que pon?an: ?Es un hombre o es una mujer? Y yo me qued? un poco?y dije: ??Tate, esto es lo que me pasa!? Fue como mi despertar, mi revelaci?n: ?Ya hay alguien como yo, ya no estoy sola, ya no soy un bicho raro?. Y ya nada volvi? a ser como antes (Carla). No obstante, no todos los referentes p?blicos son vistos con buenos ojos. Algunos hombres y mujeres trans lamentan que la imagen que difunden los medios de comunicaci?n sea la de una transexualidad vinculada a la prostituci?n o a la far?ndula. En este sentido, se quejan de que los programas de televisi?n sensacionalistas publiciten a personajes extravagantes y excesivos como Carmen de Mairena o La Veneno, acusadas, al igual que las prostitutas que trabajan en las cercan?as del Camp Nou, de ofrecer a la sociedad una imagen fr?vola y degradante de la transexualidad. La transexual cabaretera o puta, conocida popularmente como ?travest?? y que fue s?mbolo de la transgresi?n de g?nero durante la 235 Transici?n5, es hoy rechazada por aquellas personas trans que pretenden llevar una vida discreta y transmitir una sensaci?n de normalidad: Ve?a a La Veneno en la tele y pensaba: ?Yo quiero ser mujer pero no quiero ser eso?. O ves a la Carmen de Mairena y: ?Yo no quiero ser un personaje de ?stos?. Porque la imagen que tenemos de las transexuales es de circos andantes, gente que hace esc?ndalos, chicas que van con unos taconazos a las 12 del mediod?a. No. Yo intento ser una mujer normal, una m?s, pasar desapercibida. No intento ni llamar la atenci?n, ni ser m?s que nadie, ni la m?s guapa. Yo lo ?nico que quiero es una vida normal y corriente. No me gusta la imagen que tiene la sociedad de la transexualidad, no me siento identificada (Bego). Ahora ya quiz? menos, pero antes es cierto que transexual no eras, eras un travesti. Incluso a m? me preguntaban si me vest?a por la noche de mujer. Es que la ignorancia, a todos en general, te hace tener una idea que no es la correcta. Entonces (?) ponen al transexual y al travesti en el mismo sitio. Y la primera imagen es esa: lo que han visto en la tele. Y t? eres as? y ya est?. Antes de conocerte ya te han clasificado, saben c?mo eres y ya no quieren nada contigo porque eres algo que est? fuera de la sociedad (Oscar). Por otra parte, no siempre es f?cil para las personas trans conceptuar la discrepancia de g?nero que experimentan durante la infancia o la adolescencia. En algunas ocasiones, el hecho de no adecuarse al g?nero de asignaci?n les lleva a identificarse y/o ser identificadas por su entorno como gays o lesbianas, porque en nuestra sociedad estas son las categor?as que primero se aplican ante una infracci?n sexogen?rica. Hay que tener en cuenta que, al igual que las personas cis, la heteronormatividad predomina entre los y las trans, es decir, que la mayor?a se sienten atra?das/os por personas de su mismo g?nero de asignaci?n. Por todo lo dicho, y si a?adimos que la homosexualidad goza de mayor aceptaci?n social que la transexualidad, no resulta extra?o que algunos hombres y mujeres trans hayan pasado por una fase homosexual antes de dar el paso hacia la transexualidad: S?, hubo una ?poca en la que todo el mundo pensaba que yo era gay, porque Ana era el chico modoso, mimoso, que te abrazaba? Claro, era una actitud muy poco masculina en este sentido (Ana). Y llego a ac? (a Espa?a) y es cuando experimento la vida de un gay. Nunca hab?a experimentado la vida de un gay. Claro, tuve que buscar trabajo de chico, porque aqu? en Espa?a he vivido de chico durante dos a?os, pero de muy chico. He empezado a tener novios como gay, a follar a todos, a disfrutar de la vida sexual, la vida loca (?) me perd?a hasta el lunes, a las saunas. ?Uf, qu? vida de 5 Existen numerosos trabajos que analizan la figura del travest? en el contexto del Tardofranquismo y la Transici?n. Cf. G?mez (1978), Paredes (2007), M?rida-Jim?nez (2008), Robins (2009), Picornell (2010), Guasch y Mas (2014). 236 locos he llevado! (Yolanda). Creo que fue con 16 a?os que vine a Espa?a con mis padres. Y aqu? sal? una noche con una chica. Y claro, lo primero que piensas cuando sales con una chica es: ?Vale, eres lesbiana porque te molan las chicas?. Pues ning?n problema: ?Mam?, pap?, soy lesbiana? (Hans). Mira, yo he estado desde los 15-16 a?os yendo al ambiente, comport?ndome como una lesbiana (?) Yo creo que desde siempre he sabido lo que era, pero una cosa es decir que eres lesbiana, que est? ahora socialmente m?s aceptado, y la otra es decir: ?Mira, soy un hombre y quiero seguir todo este proceso tan largo y tan jodido? (Pedro). Aunque, tarde o temprano, se produce un distanciamiento respecto a la identidad y las maneras de gays y lesbianas. El deseo que era le?do en un primer momento como homoer?tico, se concibe m?s tarde como heterosexual: se desea al hombre en tanto que mujer trans, y viceversa. Llevado al extremo, este alejamiento de la homosexualidad puede incluso adquirir tintes hom?fobos: Yo siempre dec?a: ?Yo no soy maric?n, maricones son ?stos?. Ellos quieren seguir viviendo como un hombre, yo no. Yo siempre he tratado de ser una persona afeminada en todos los aspectos (?) Yo llevo una pol?tica: las cosas tienen que ser o blanco o negro, no tienen que ser una cosa intermedia (?) Yo siempre he notado que he nacido en un cuerpo que no deb?a haber nacido porque yo siempre he pensado como una mujer, jam?s he pensado como un chico (?) Un chico me atrae mucho, pero que sea hetero. No me va el rollo de los gays (Jessica). Yo creo que mi mayor rechazo ha sido porque en gran parte de mi vida me han comparado con personas homosexuales, y he creado una barrera tan grande que hoy por hoy a?n me cuesta ver a dos chicos bes?ndose. Me causa repulsi?n (Jennifer). Si algunas personas trans heterosexuales pasan por esta fase de identificaci?n homosexual, aquellas que se sienten atra?das por las personas de su mismo g?nero han de afrontar los problemas derivados de una doble transgresi?n normativa: de la identidad de g?nero y de la orientaci?n sexual. Y es que, al hecho de ser trans, estas personas tienen la dificultad a?adida de aceptarse y reconocerse en tanto que homosexuales. La heterosexualidad como norma social y principio constitutivo del sujeto tambi?n vertebra la concepci?n hegem?nica de la transexualidad: Cuando yo era joven, si dec?as a un m?dico que te gustaban las mujeres nunca iba a creer que fueras una mujer transexual (Rosa). Lo que pasa es que no pod?a explicar que me sent?a una mujer porque hab?a otro problema: el de la orientaci?n sexual. Ha sido un problema para m? hasta hace poco: no saber separar la 237 orientaci?n sexual de la identidad de g?nero. Entonces pensaba: ??C?mo puede ser que t? seas una mujer y que te gusten las mujeres? ?Esto no puede ser! ?Si eres una mujer te han de gustar los hombres!?. Entonces, iba por todas partes mirando a los chicos a ver si encontraba alguno que me gustara, pero no encontraba a ninguno (Montse). Como hemos visto con anterioridad, durante a?os la clase m?dica tan solo trataba a aquellas personas que cumpl?an con la definici?n del ?transexual verdadero?, t?rmino con que se conoc?a al hombre biol?gico que desde siempre se hab?a sentido mujer, adoptaba los roles femeninos estereot?picos, era heterosexual y deseaba con todas sus fuerzas la operaci?n de cambio de sexo al sentir una marcada aversi?n hacia sus genitales. Actualmente, si bien se ofrece asistencia a aquellas personas que se alejan de este ideal, todav?a se proyecta una imagen paradigm?tica de la transexualidad que ejerce un enorme poder normalizador e invisibiliza y desacredita otras expresiones transgen?ricas. Aquellas personas que no se ajustan a la ortodoxia, como Ana, que se declara lesbiana y afirma no sentir rechazo hacia sus genitales, pueden tener dificultades para encontrar un concepto con el que identificarse. En estos casos, resulta de gran utilidad la tarea de organizaciones que defienden la diversidad trans por encima de la visi?n homogeneizadora todav?a presente en algunos sectores del estamento m?dico y en el imaginario de algunas mujeres transexuales: Yo ten?a cuestiones que no eran muy evidentes, no eran muy normativas. Por ejemplo, y hablando en plata, yo con mi pene no tengo, entre comillas, ning?n problema (?) me he masturbado y he obtenido placer normalmente (?) Partiendo de los est?ndares fijados sobre lo que es ser transexual, era como un choque, y dec?as: ?No cuadra: hay unas cosas que s?, pero hay otras que no? (?) Investigu? un poco, sobre todo por internet, y fue cuando encontr? esas ideas tan radicales: ?Una mujer (trans) ha de ser, y hacer, esto y esto?. Y claro, me hice como un bloqueo, porque era: ?Cumplo con la mitad de este patr?n, pero con la otra mitad, no?. Entonces fue cuando llegu? al Casal Lambda y tuve unas sesiones con (la psic?loga de la asociaci?n), que me explic? que realmente hay un espectro muy grande de personas trans (Ana). Con este testimonio observamos que no todas las concepciones de lo trans tienen la misma fuerza y visibilidad. El arquetipo del transexual biom?dico sigue predominando en la televisi?n, prensa, internet y, l?gicamente, en el ?mbito m?dico. En consecuencia, la mayor?a de las personas entrevistadas entran en contacto, en primer lugar, con esta concepci?n hegem?nica cuando est?n tratando de entender lo que les pasa. Si en el caso de Ana es la psic?loga de una asociaci?n LGTB quien le muestra que no existe una sola forma de ser trans, en otras ocasiones ser? la trayectoria profesional e intelectual de la persona lo que determine su acercamiento a los proyectos subjetivos, corporales y pol?ticos del transgenerismo. El contacto con determinadas corrientes filos?ficas y culturales, como el postestructuralismo o las teor?as queer, y el activismo de g?nero, llevar?n a Pere a rechazar 238 la transexualidad biom?dica y el proyecto de modificaci?n corporal a ella asociada: Entonces, a mis 17 o 18 a?os leo un art?culo en el cual se habla de la transexualidad en Espa?a, en un momento en el que algunos trans se estaban operando y empezaban a reivindicar derechos (?) Es la primera vez que veo la foto de un trans masculino y veo un poco? leo ah? unas cosas con las que digo: ??Hostia, esto es lo que me pasa a m?!? (?) Adem?s, encontraba como si esas palabras diesen palabras a mi pensamiento, como si mi pensamiento estuviera en algunas de esas frases. Y entonces, claro, empiezo a darle un poco a la bola. Claro, con este concepto del cuerpo equivocado, en un principio piensas: ?S?, s?, es que es esto? (?) Entonces llego a Barcelona justo en ese momento de transici?n. Llego cuando tengo 17 a?os y me pongo a estudiar Bellas Artes. Claro, la carrera ya habla de muchas cosas: empiezo a estudiar bastante filosof?a, empiezo a leer sobre el control, me pongo en contacto con Foucault, que pone en tela de juicio un mont?n de cosas (?) Hay un momento en el que el feminismo llega y lo trastoca todo: la performatividad, la Butler, los talleres Drag King, es decir, ?como disfrutaba yo all? dentro, qu? guay era! (?) Es decir, en un momento dado pienso en una opci?n transexual completa, a esos 18-19 a?os y con todas esas cosas que me van pasando voy rebajando las ganas de intervenirme, no aposta, pero se me van bajando, me entran ganas de tener tiempo para pensar: ?Pues igual no tengo que tener tanta prisa, igual no quiero que el cambio sea tan heavy? (?) Con la teor?a queer me empiezo a re?r un poco de todas estas cosas: qu? es ser un hombre, qu? es ser una mujer, la identidad sexual (?) Entonces ?transg?nero? es una manera de pensar, y entre los transg?neros, aunque estemos o no estemos operados u hormonados, pues es una manera de entender el mundo. En mi caso adem?s es par?dica porque yo trabajo en arte y me apetece hacer parodia. Es una etiqueta c?moda, es una etiqueta ambigua, es una etiqueta que cuestiona, es una etiqueta que suscita preguntas (Pere). Las personas trans descubren las categor?as preexistentes de ?transexual?, ?transgenerista? o ?travesti? y deben posicionarse ante ellas. Hacking (1986) nos ense?a c?mo las categor?as que se refieren a los tipos humanos condicionan y limitan las formas de ser, pensar y actuar de las personas referidas. As?, por ejemplo, cuando se entra en contacto con el concepto ?transexualidad? uno se sumerge en una determinada concepci?n de la identidad ?esencial?, del g?nero ?dicot?mica? y del proceso de modificaci?n corporal ?hormonoquir?rgico. Y ser etiquetado con la palabra ?transexual? consolida el estatus de desviado de g?nero: ?Cuando me dijeron que era transexual me cre? un estigma. Porque antes de esto la gente te miraba y ya est?. Pero ya cuando t? pones la palabra ?transexual?, a todo el mundo le viene una pel?cula a la mente y todo lo dem?s se va al carajo? (Jessica). Con todo, las personas no aceptan pasivamente las categor?as, ya que pueden resignificarlas a base de ser, pensar y actuar. De esta forma, se produce una interacci?n entre las personas y las formas en que son clasificadas, lo que genera una constante revisi?n y transformaci?n de las clasificaciones. Han sido las personas trans las que han propiciado que la clase m?dica acabe aceptando que la cirug?a de reasignaci?n genital no ha de ser, necesariamente, el fin ?ltimo de la transexualidad. Y han sido tambi?n las personas trans las que han creado una 239 categor?a paralela, ?transg?nero?, con el fin de desembarazarse de la gesti?n biom?dica de sus cuerpos y subjetividades. Pero lo que aqu? nos interesa destacar es que la adscripci?n a la categor?a ?transexualidad? supone para muchas personas la aceptaci?n del relato biom?dico en torno a las causas generadoras del fen?meno y de la visi?n de la propia condici?n como una anomal?a, una patolog?a. Tal y como sostiene Coll-Planas (2010b: 57): ?Las personas trans acuden a ellos (los profesionales m?dicos) tras interiorizar que su falta de correspondencia sexo/g?nero es anormal, patol?gica, algo que los profesionales generalmente refuerzan?. La reproducci?n del discurso m?dico ?enfermizante? se puede ver claramente en las respuestas de algunas de las personas entrevistadas a la pregunta sobre cu?les eran, en su opini?n, las causas de la transexualidad: Simplemente, igual que hay personas que nacen con problemas f?sicos, que les falta un brazo o una pierna, nosotras nacemos con un sexo mal puesto; se desarrolla mal el sexo con lo que somos realmente (Bego). Y me le? el diagn?stico cl?nico y realmente es una enfermedad f?sica que requiere, para el bienestar de la persona, la transformaci?n hormonal y quir?rgica. Requiere, o sea, no hay opci?n (N?ria). Seg?n he escuchado, es una alteraci?n en el feto durante el primer trimestre del embarazo. Es lo que dicen los estudios y yo de momento me lo creo. No s? qu? tipo de alteraci?n puede ser, pero a ver si la pueden arreglar y que no suceda m?s (Jon). ?Enfermedad f?sica?, ?alteraci?n del feto?, ?malformaci?n biol?gica?: expresiones todas ellas que legitiman la actuaci?n m?dica posterior. Patologizaci?n y medicalizaci?n son dos procesos fuertemente interrelacionados: ?La transexualidad es una enfermedad porque, si no, no habr?a m?dicos, no habr?a protocolos (?) y yo no tendr?a que tomar medicamentos? (Julia). Pero la reproducci?n, m?s o menos fiel, del discurso m?dico por parte de la persona transexual puede entenderse como algo m?s que la mera interiorizaci?n de un discurso claramente predominante. Y es que la aceptaci?n de las tesis biologistas podr?a ser interpretada como un intento de combatir la visi?n, todav?a existente, de la transexualidad como una aberraci?n y del transexual como un pervertido. Defender una explicaci?n cong?nita tiene un efecto desculpabilizador porque supone enfatizar los designios de la naturaleza en detrimento de la voluntad del sujeto, y permite recubrir la transexualidad con un halo de cientificidad que dificulta la condena moral y, de paso, legitima el acceso al tratamiento. 240 Por el contrario, situarse en la ?rbita del transgenerismo implica un cuestionamiento de las tesis biom?dicas. Estas personas advierten de las consecuencias del predominio de una visi?n patologizante de lo trans y, ante el determinismo biol?gico, subrayan el influjo de los factores culturales y reivindican una subjetividad din?mica y contextual vinculada un trabajo corporal y autorreflexivo constante: Hay un momento en el que hablo con mi madre (...) y me dice: ?Es que tener un hijo como t?, en realidad, tienes que entender que tiene una serie de consecuencias sociales porque es como tener un hijo con tres piernas o tener un hijo con s?ndrome de Down? (?) Entonces me hace mucha gracia, es muy revelador de c?mo lo m?dico se acaba instalando en nuestras madres (?) Entonces, bueno, para m? la identidad se construye (...) Dentro de que hay ideas que son como fijas, creo que es much?simo m?s maleable de lo que creemos. Pero claro, tener la llave para eso es un trabajo arduo, constante y diario. Y de cre?rselo, de decir: ?Eso se cambia. Voy a cambiar esa actitud?. Y despu?s se puede convertir en un h?bito (Pere). ?Buf! He pensado en ello y no he llegado a ninguna conclusi?n (sobre las causas de la transexualidad). Lo que te puedo decir es lo que no es: no es una causa biol?gica. A m? la explicaci?n que te dan en el Cl?nic?eso de que durante el embarazo las hormonas afectaron?me da miedo. Es un tipo de pensamiento que me genera rechazo porque a la larga puede dar lugar a terapias reparativas. Y desde este punto de vista son teor?as que me dan miedo. Pienso que el g?nero es una cuesti?n absolutamente social. M?s all? de la biolog?a que tenemos, est?n los roles que establecemos en sociedad (Marc). 2.4. Solicitud del estatuto de ?asistible? Cuando se dan las condiciones adecuadas, las personas trans solicitan el estatuto de ?asistible?, es decir, comunican a su entorno inmediato y/o a una figura experta que existe un problema y que quieren solucionarlo. Al realizar esta solicitud, la persona busca la protecci?n, la comprensi?n y el cuidado de sus allegados, pero tambi?n el acceso a las t?cnicas de modificaci?n corporal. Cuando estas personas explican su situaci?n al entorno, raramente est?n dispuestas a perder la autonom?a en la toma de decisiones relacionadas con sus procesos de transformaci?n corporal. Generalmente, hacen p?blica su condici?n tras estar bastante seguras de qu? es lo que quieren y de c?mo conseguirlo. As? pues, al comunicar que se es una persona trans no se est? buscando tanto el asesoramiento por parte de familiares, compa?eros sentimentales y amigos, sino m?s bien su aceptaci?n y cobertura afectiva. En este sentido, este proceso es estructuralmente muy semejante al proceso de ?salida del armario? que realizan las lesbianas y los gays. 241 Y esta ?salida del armario? es justamente el primer proceso de desvelo por el que pasan algunos/as de los/as entrevistados/as. Acabamos de ver en el apartado anterior que la autoidentificaci?n en tanto que homosexual constituye un punto de partida en el proceso de construcci?n identitaria de algunas personas trans. Por lo que, evidentemente, estas personas comunican inicialmente a su entorno que son gays o lesbianas, para m?s tarde transmitir su voluntad de transgenerizarse. En otras ocasiones, ser?n los propios progenitores quienes pensar?n, err?neamente, que su hijo es gay, o su hija lesbiana, a causa del comportamiento de un hijo/a que no se ajusta a las normas sexogen?ricas. Como afirma Dar?o, para algunos padres y madres, la homosexualidad es preferible al ?tortuoso y espinoso camino de la transexualidad?: Con 16 a?os, cuando empec? el tratamiento hormonal pautado por m? misma despu?s de haber o?do las recomendaciones de otras chicas, hubo un momento en que mis padres vieron un cambio, que empezaba a hacer el cambio hacia mujer. Y, al llegar al verano, ya vieron que ten?a pechos y ya se dieron cuenta. Y me dijeron que yo era homosexual y que ellos lo aceptaban, pero yo no lo era (Irene). Mi madre me pill? con 16 besando a una chica en casa y, claro, la cosa se complic? y tuve que decirle? Me horrorizaba que pensara que era lesbiana porque yo no me sent?a as?. Entonces le dije lo que hab?a y me contest? que por qu? no pod?a vivir como una mujer aunque estuviera con una mujer. Ella prefer?a que fuera lesbiana a que me operara y todo esto. Y le dije que no, porque no me pod?a sentir de ninguna manera como una mujer estando con una mujer (Ra?l). El hecho de no cumplir con los imperativos de la masculinidad o la feminidad provoca que no pocas personas trans sufran el acoso y hostigamiento por parte de otros chicos y chicas durante su infancia o adolescencia. La exclusi?n que viven los y las trans antes de la adultez es muy similar a la que experimentan lesbianas y gays. Unos y otros son sancionados por transgredir las normas de nuestro sistema de sexo/g?nero y por ello comparten estigmas: el gay y la joven trans son tildados de ?nenazas?, ?maricones?; mientras que la lesbiana y el chico trans son ?marimachos?: En la adolescencia empezaron a llamarme maric?n. A partir de los 10-11 a?os con los ni?os, y con la gente mayor tambi?n. Era un entorno duro porque era muy masculino, en un pueblo (del centro de Espa?a) (M?nica). Claro, yo viv?a en un pueblo y all? todo el mundo era, d?a s? y d?a no?Yo en el instituto lloraba porque era: ??Maric?n! ?Petaculos!? (Pilar). He ido a todo tipo de escuelas e institutos y nunca me han aceptado (?) En el colegio, los profesores y la clase en la que estaba, s?, pero claro, hab?an comentarios de terceros y pu?aladas 242 por la espalda (?) Odiaba hasta salir al patio por la gente, porque me hac?an bullying (?) me dec?an: ??C?rtate el pelo, anda! ?Por qu? lo llevas as? de largo?? (Julia). Cuando el entorno advierte que la persona no cumple con los roles de g?nero exigidos, puede tratar de ?encauzarla? mediante discursos y pr?cticas de normalizaci?n y disciplinamiento. El entorno m?s cercano se convierte, de este modo, en una de las principales fuerzas de vigilancia y control del sistema de sexo/g?nero; en uno de los vectores privilegiados de un biopoder que se inserta en los cuerpos: Y realmente esta pareja me cohibi? bastante. Me dec?a que ten?a que ser m?s masculino y tal. Me machacaba bastante. Y entonces hace un a?o que lo dejamos, lo dejamos por esto. Le dije que yo no pod?a m?s (Andrea). Mi abuela siempre fue muy permisiva y mi madre se lo achacaba: ??Es que t? le dejas que haga de todo y va a terminar siendo una mujer, va a terminar maric?n!? (?) Entonces mi abuela me pegaba cada vez que me pintaba las u?as o me vest?a de chica, pero no hab?a manera (Vanessa). Mi madre, que ya ve?a por donde iban las cosas, me hac?a un poco la vida imposible: que si el pelo largo no, que si tintes no, que si mechas no (?) incluso me controlaba la ropa. Fue bastante duro (Marta). Incluso mis t?os y sus hijos, me dec?an: ??Camina como un hombre, habla como un hombre!?. Yo dec?a: ??Estoy hablando como un hombre!? Hasta el punto que un d?a mi madre lleg? a preguntarme si ten?a los test?culos. Fue la ?nica conversaci?n que yo tuve con mi madre (Adriana). Mi madre me obligaba a depilarme con 12 a?os porque ten?a mucho pelo. Para m? era una tortura psicol?gica el tener que ir a un centro donde solo hab?a mujeres. Me jod?a eso de depilarme (Ra?l). Comunicar al entorno familiar que se es una persona trans y que se quiere iniciar un proceso de transformaci?n corporal ha sido uno de los momentos m?s amargos y angustiosos por el que han pasado algunos/as de los/as entrevistado/as. Se intuye que la familia puede convertirse en un espacio de conflicto, y m?s si es notorio y sabido el rechazo familiar hacia cualquiera que no acate los c?digos establecidos: Mi padre era un hombre machista que odiaba a los gays. Dec?a: ?En la familia los cogemos y los matamos para no pasar verg?enza, o les metemos un fierro por el culo para que se les pase la mariconada?. Mi madre no lo aceptaba tampoco pero ella intu?a lo que yo era porque yo me cri? con ella. Cuando ten?a m?s o menos 16-17 a?os comenc? a tener amiguitos gays (?) Entonces, cuando esas amistades iban a verme a mi casa, para mi madre era un tab?. Y mi hermano mayor dec?a: ?Si te vienen a buscar esos maricones, que te esperen a tres cuadras de la casa? (?) A mis 243 18 a?os tuve que decirle a una chica que se hiciera pasar por mi novia para frenar la presi?n de mi padre, y tuve que besarme con ella, una putada, porque yo ten?a mi novio y sent?a mucho placer cuando ?l me besaba. Besarme con una mujer me asquea (Paola). Entones, para probar, se me ocurri? preguntarle a mi padre: ?Papa, ?puede ser que haya mujeres que vivan atrapadas en un cuerpo de hombre??. Y su respuesta fue muy clara: ?A veces hay personas que tienen este sentimiento, pero a estas personas las sientan en una silla de hierro, les conectan unos cables y les hacen descargas el?ctricas? (Montse). En ocasiones, los peores temores se cumplen y la persona trans experimenta un fuerte rechazo por parte de sus allegados cuando confiesa su condici?n. En el caso de las personas que han nacido en entornos hostiles a la realidad trans, la intransigencia parental puede derivar en una huida del n?cleo familiar en el momento en que se decide iniciar la transformaci?n corporal con el fin de encontrar un espacio de mayor libertad y tolerancia. Es el caso de Adriana, nacida en un peque?o pueblo brasile?o, quien se escapa del hogar materno a los 14 a?os para irse a Sao Paulo. O de Carla, que huye con 18 a?os de un pueblo aragon?s para llegar a la Barcelona de finales de los 60. En los a?os 80, ?scar deja a su familia con 17 a?os para ponerse a trabajar en la costa catalana y as? ganar dinero con el que costearse el tratamiento hormonal y las cirug?as. L?gicamente, la expulsi?n de la estructura del parentesco es vivida como uno de los hechos m?s traum?ticos: Nunca se sentaron conmigo a hablar del tema, nunca me llevaron a un especialista (?) Lo hablaron entre ellos pero a m? ni me preguntaron, ni me consultaron (?) Yo hoy no tengo contacto con mi familia (?) Te salga drogadicto, te salga maric?n, te salga como te salga, t? tienes que estar por tu hijo. Si no, eres un hijo de mala madre. Lo he pasado fatal. He sufrido mucho desprecio (entre sollozos) (Bel?n). En otros casos, no se produce una ruptura familiar, pero las relaciones quedan muy deterioradas. La negativa a reconocer, por parte de alg?n miembro de la familia, la identidad de g?nero de la persona genera constantes fricciones y el debilitamiento de v?nculos. Muchas veces, la falta de reconocimiento identitario se expresa por la negativa familiar a utilizar el nombre que la persona trans ha escogido en consonancia al g?nero que siente como propio: Suele ser m?s mi padre (quien se dirige a ?l por su nombre femenino). A mi madre alguna vez se le escapa, pero es que mi padre muchas veces lo hace conscientemente. Mi padre, si puede evitarlo, no me llama ni de una manera ni de otra. Pero cuando me llama, muchas veces me llama con ese nombre (el de mujer). Y hace poco tuve una conversaci?n con ?l y le dije: ?Mira, si me llamas as?, que sepas que yo no voy a contestar. Y el problema ser? tuyo, no m?o, porque cuando vayas por la calle conmigo y digas ese nombre, y yo vaya con la barba y la gente te mire mal, el que pasar? 244 verg?enza ser?s t? porque yo no me girar?. Y la gente va a pensar que est?s loco porque estar?s hablando a una t?a y la gente no ver? a ninguna t?a alrededor?. Y mi padre: ?Entonces va a ser como el Antonio (un amigo suyo fallecido), que es una persona que siempre tendr? en la mente pero que ya no est??. Y yo me qued? un poco del palo de?me acaba de decir que va a ser como si estuviera muerto (Jon). Creo que lo paso peor con mi familia porque actualmente no aceptan nada. Incluso mi hermana, que es tres a?os mayor que yo, tampoco. Es un poco dif?cil aunque ya me he acostumbrado y ahora ya me da igual. Lo aceptas. Ahora estoy con ellos porque antes no nos habl?bamos. Ellos no saben nada de las operaciones, no se lo voy a decir (?) Tengo algunas cosas clavadas de muy atr?s. Siempre ser?n mis padres: si necesitan algo siempre estar? ah?, y ahora mismo estoy ah?. Pero hay cosas muy duras. A m?, mi hermana, que est? casada, en su momento me dijo que?Habl? con mi cu?ado y me dijo que ?l me iba a tratar en masculino, pero mi hermana no. Mi hermana me lleg? a decir que tuviera trato con ellos hasta el momento en que ellos tuvieran un hijo, porque dec?a que una persona como yo no pod?a tratar con su hijo. Y que nuestra relaci?n se acabar?a (?scar). Con todo, algunas de estas personas acaban siendo aceptadas y reconocidas por sus familias pasado cierto tiempo. En el caso de Adriana, brasile?a, la aceptaci?n se produjo, no tanto por un cambio de sensibilidad ante su condici?n, sino por lograr un proyecto migratorio exitoso gracias al trabajo sexual de ?alto standing? (hecho que su entorno desconoce): ?en Europa gano dinero como Ronaldo pero nadie sabe c?mo lo gano?. Cuenta que la gente de su pueblo ahora la respeta porque ha logrado migrar y triunfar, por lo que ha podido comprarle una nueva casa a su madre. En otras ocasiones, la aprobaci?n del entorno se produce una vez los cambios corporales han sido efectivos y se constata la determinaci?n de la persona: Yo me fui de casa antes de los cambios (?) al principio les choc? raro, pero luego lo fueron aceptando tanto mis padres como mis hermanos (?) despu?s volv? a casa y ahora va perfecto (Luc?a). Y fue con 18 a?os que me tuve que ir de mi casa para poder hacer el cambio que ten?a que hacer, porque estando en casa de mis padres no lo podr?a haber hecho. ?Han mejorado las cosas con la familia? S?, poco a poco. Van viendo que la vida no es f?cil para m? y que la cosa no es un vicio, y que las cosas son pues porque me siento mujer, y que es injusto pues que tenga que estar pasando por ciertas cosas y por ciertos traumas, ?no? (Marta). A veces, el hecho de que a la familia le cueste aceptar la situaci?n puede deberse al desconocimiento del fen?meno trans y al miedo de que un ser querido sufra las consecuencias del rechazo social por no ajustarse a los par?metros de la normalidad: 245 Fue un golpe muy duro (para sus padres). Mi madre se esperaba como mucho que yo fuera gay, en el sentido que nunca hab?a tenido pareja y tal. Pero esto no se lo esperaban. Y tambi?n por lo que te digo, porque tampoco hay conocimiento. Este desconocimiento lleva a un problema. Claro, t? te montas tu pel?cula, y mis padres se montaron unas pel?culas enormes y catastr?ficas muy bestias por este desconocimiento (Ana). Se lo cont? a mis padres. Mi madre, mal, pero no por lo que le dec?a sino por lo que ve?a que me iba a pasar. Mi madre tiene mucho miedo de que no encuentre a una chica que me quiera tal y como soy, y que la vida la voy a tener mucho m?s dif?cil. Ve?a como que iba a ser un mundo, que iba a sufrir m?s de lo que ya estaba sufriendo (Pedro). Sin embargo, no son pocos los casos en los que la revelaci?n no genera problema alguno, obteni?ndose de inmediato el apoyo de los parientes y amigos m?s cercanos. Incluso puede darse el caso de que sean los progenitores (y no el grupo de pares) quienes ayuden a la persona trans en su proceso de modificaci?n corporal. Por ejemplo, financi?ndole el tratamiento hormonal no supervisado m?dicamente: Mis padres siempre me ayudaron, siempre me estuvieron apoyando. A los 14 a?os d?ndome el dinero para las hormonas, y me acompa?aban a los reinados (concursos de belleza) y a todas esas cosas. Mi madre me ayudaba a coser, a colocarme los tacones (Liliana). Cuando se lo dije (a su hija adolescente) me dijo: ??Hombre, ya era hora que me lo dijeras! Hombre, que eras una mujer transexual no lo sab?a, pero que hab?a alguna cosa rara s?, porque de padres como t? no hay en la escuela? (Montse). Todo el mundo me llamaba Dar?o desde los 14 a?os (?) La verdad es que nunca he tenido ning?n problema con los amigos ni con la familia (Dar?o). Al menos en Espa?a, la edad parece ser una variable explicativa importante: mientras que entre las personas de mayor edad, las cuales tuvieron que revelar su condici?n en una Espa?a fuertemente tr?nsfoba y ajena a sus necesidades, los relatos sobre la falta de apoyo familiar son recurrentes, entre los y las trans m?s j?venes las familias parecen estar implic?ndose cada vez m?s en el apoyo y cuidado de sus parientes: Parecer?a que los muy j?venes est?n empezando a entrar en los canales m?s formales porque los padres lo aceptan, hay m?s cabida para que un problema as? aflore en una familia, se acepte, se consulte. Eso es un cambio muy bueno (Profesional UTIG). 246 En el proceso de reconocimiento de la persona trans por parte de su entorno, uno de los principales problemas consiste en acostumbrarse a tratarla como miembro del g?nero que ella desea. Esto sucede sobre todo al inicio del proceso de modificaci?n corporal, cuando la apariencia todav?a no acompa?a a la identidad de g?nero de la persona. Ello demuestra la importancia de la apariencia, lo que Garfinkel (2006 [1968]) denomina ?genitales culturales?, en la interacci?n social cotidiana para poder realizar una correcta ?atribuci?n de g?nero? (Kessler y McKenna, 1985), esto es, para tratar a nuestro interlocutor como un hombre o una mujer normales. El caso de Toni, que se ha cortado el pelo y utiliza una vestimenta masculina pero todav?a no ha iniciado el tratamiento hormonal, ilustra las dificultades de lograr el reconocimiento identitario sin un cuerpo que sustente a dicha identidad: ?Y c?mo te tratan en tu casa? De chica. Yo lo entiendo, tambi?n. Y a mis amigos que me conocen desde hace m?s tiempo les va a costar mucho, y yo lo entiendo. Me va a costar hasta a m?, a ellos ya ni te digo. A mis padres les va a costar mucho. Me siguen llamando Olga y seguir?n as? durante mucho tiempo (?) Mis amigos me preguntan: ??C?mo te tratamos ahora, de chica o de chico?? Y les digo: ?Seguidme tratando de chica porque yo me veo al espejo y pienso que yo no lo har?a?. Es algo que me cuesta mucho. Y la falta de reconocimiento social de la identidad personal, causada por una apariencia todav?a andr?gina porque a?n son imperceptibles los efectos del tratamiento hormonal, puede generar problemas laborales. El trabajo es, junto a la familia, uno de los ?mbitos m?s temidos por las personas trans cuando deciden hacer p?blico su deseo de iniciar un proceso de modificaci?n corporal: En el trabajo (una peluquer?a) me dicen?A m? hay cosas que me parecen absurdas, por ejemplo, tener que llevar un sujetador si no tienes pecho o llevar una peluca, me parece completamente absurdo. Yo como me siento c?moda es as?, y a ellos no les parece lo suficientemente femenina mi forma de vestir como para llamarme Andrea, ?sabes? Ellos quieren que sea chica o chico, no quieren nada intermedio (Andrea, que se encuentra al inicio del tratamiento hormonal). S? que he tenido problemas. Me he entrevistado en (unos grandes almacenes), y ya sabes que son muy materialistas, muy superficiales. Todas las chicas que hab?a trabajan con su melenita, bien arregladitas. Claro, t? me ves a m? llegar con una camisa y me dicen: ?T? te tienes que poner unos pantalones estrechos?. ?Pues no. Si me cog?is, me gustar?a ir como los chicos?. Y ellos: ?No, si t? eres una chica?. ?Vale, soy una chica, pero no voy a llevar lo que llevan las chicas. Quiero llevar lo que llevan los chicos?. Y me dicen: ??Qu? te ponemos en la placa??. ?Pues me pon?is Garc?a. Mi nombre no me gusta?. 247 ?Y qu? te dijeron? No me cogieron. Evidentemente van a coger a una chica que sea chica, que es normal, ?eh? Cada uno mira por su beneficio. Aunque en estas cosas s? que hay un poco de discriminaci?n (Pedro, hablando de cuando todav?a no hab?a iniciado el tratamiento hormonal). El hecho de tomar consciencia de que el rechazo del g?nero asignado supone una vulneraci?n normativa, y el miedo a sufrir la transfobia si se comunica al entorno el deseo de transexualizarse, pueden provocar que la persona trans reniegue de sus propios sentimientos, lo que complica el proceso de (re)construcci?n identitaria y retrasa el inicio de la transformaci?n corporal. En estas ocasiones, y al igual que sucede con las sexualidades no normativas, se produce una ?neutralizaci?n de la experiencia? (Plummer, 1991). Es decir, aunque la experiencia subjetiva indique una desviaci?n respecto al modelo establecido, la persona decide que tal experiencia no implique una reorganizaci?n de su identidad social ni personal: Te haces como una barrera y dices: ?No puede ser, lo que me est? pasando no puede ser? (?) Y hubo un momento en que dec?a: ?No, no, no, yo tengo que ser como una mujer, me tienen que gustar los hombres. Pero lo que me est? pasando es que no soy una mujer? (?) Yo creo que te lo niegas tanto que al final acabas creyendo que eres lo que tu cuerpo es (Dani). Nos ha sorprendido que vienen aqu? algunas personas de 50 a?os o m?s que est?n casadas y con hijos y que no tienen relaci?n con el mundo de la transexualidad, y que vienen aqu? para expresar que toda la vida han escondido ese deseo, incluso a sus parejas, y que ahora se han decidido a dar el paso (Profesional de Tr?nsit). Y es que, en algunas ocasiones, la resoluci?n del conflicto identitario de las personas trans ?no est? dada de antemano, ni responde a una historia personal (como la que se define como propia de las personas transexuales), ni mucho menos a caracter?sticas intr?nsecas de la persona (?) otros muchos factores de orden psicosocial suelen jugar un papel m?s importante en la definici?n personal que la propia din?mica interna? (Garaiz?bal, 2010: 133). Veamos algunos ejemplos al respecto: Tere inicia el proceso de feminizaci?n a los 45 a?os, una vez se han muerto sus padres (a los que ?no quer?a decepcionar?) y despu?s de dos matrimonios heterosexuales frustrados. Tras toda una vida utilizando su pene activamente en las relaciones sexuales, Adriana quiere someterse a una vaginoplastia a los 37 a?os porque se ha enamorado de un hombre al que no le gusta que ella tenga pene. El caso de Montse (55 a?os) es el que muestra con mayor claridad el car?cter contextual y relacional de todo proceso de construcci?n identitaria y corporal. Montse afirma que a la edad de 12 o 13 a?os empez? a sentir que algo no marchaba bien y que deseaba desarrollar los roles femeninos. Con todo, admite que sus sentimientos eran confusos porque, como 248 hemos visto en un fragmento anterior, incumpl?a la norma heterosexual, que para ella era algo incuestionable: no cre?a que pudiera ser una mujer y a la vez sentirse atra?da por las mujeres. Tiempo despu?s, todav?a llena de dudas, conoce a Ana, con la que empieza una relaci?n afectiva que la llena de temor, pues si bien la ?quer?a mucho?, Montse tiene miedo de convertirla en una ?desgraciada? a causa de su incertidumbre identitaria: ?Aunque ella quer?a, no pod?amos casarnos porque yo no me entend?a?. Sin embargo, acceder? a casarse a la edad de 25 a?os por amor, presiones familiares y, sobre todo, porque Ana muestra sensibilidad hac?a su situaci?n: ?Me trataba en femenino, me hac?a sentir mujer y no le molestaba que utilizara ropa femenina? en la intimidad del hogar. Un par de a?os despu?s de la boda, Montse empieza a ?saber bastante del tema transexual?, gracias, entre otras cosas, a las pel?culas de Almod?var y a la charla que mantiene con una transexual en un bar. Siendo consciente de la posibilidad de una transformaci?n corporal, comunica a su mujer su deseo de ?iniciar el cambio?, pero ha de desistir en su empe?o porque su pareja quiere tener un hijo y adem?s su hermano le ofrece un buen puesto de trabajo en su empresa, en el sector de la construcci?n. Tras varios intentos frustrados para dejar embarazada a Ana, Montse se somete a un tratamiento de fertilidad que aumenta su fuerza y vigor (m?s tarde descubrir? que era a base de testosterona), lo que le hace sentirse bien ?en un entorno tan masculino como el de la construcci?n?. Este es un periodo caracterizado por ?una doble vida?: ?Fuera segu?a viviendo como el hombre que todos reclamaban, y en casa viv?a como la mujer que yo me sent?a?. Una vez abandonado el negocio de la construcci?n, obtenida una plaza en la administraci?n p?blica, con una hija y contando con el benepl?cito de su esposa, se dirige a la UTIG del Hospital Cl?nic para realizar el tratamiento hormonal y someterse, en 2008, a la cirug?a de reasignaci?n genital, 37 a?os despu?s del primer momento en que se le pas? por la cabeza que quer?a ser mujer. El otro modo mediante el cual las personas trans solicitan el estatuto de ?asistible? es a trav?s de los profesionales m?dicos. En este caso ya no se busca el apoyo afectivo mientras dura el proceso, sino el acceso a las pr?cticas terap?uticas institucionalizadas. Cuando una persona es reconocida por el estamento m?dico en tanto que necesitada de curas y cuidados (hecho que sucede al obtener el diagn?stico), su construcci?n social en tanto que persona ?asistible? se produce de manera inmediata. Adem?s, en el momento en que las personas trans entran en contacto con el circuito formal de atenci?n han de ajustarse a una serie de requisitos para poder acceder a los tratamientos hormonal y quir?rgico, lo que hace que ?sta sea la fase m?s heter?noma del proceso de transformaci?n corporal, y donde m?s claramente pueden observarse las tensiones existentes entre la regulaci?n m?dica de la transexualidad y la voluntad de agencia de las personas trans. En este proceso de medicalizaci?n, las diversas sensibilidades trans son convertidas en ?pacientes transexuales?, perdiendo as? parte de la autonom?a en la construcci?n de sus cuerpos e identidades. 249 2.5. Los itinerarios terap?uticos de las personas trans Por ?itinerario terap?utico? entendemos el conjunto de estrategias y acciones personales llevadas a cabo para solventar una situaci?n de aflicci?n o padecimiento. En el caso de las personas trans, el itinerario terap?utico es a la vez un itinerario identitario y un itinerario corporal6. Es un itinerario identitario porque la persona pasa por un itinerario terap?utico con el fin de lograr una nueva posici?n en la estructura de sexo/g?nero. A este respecto, Goffman (2001[1961]) denomina ?carrera moral? a la secuencia regular de cambios que afectan a la identidad personal y social de una persona que se encuentra inmersa en un proceso asistencial sostenido en el tiempo. Por otra parte, las estrategias y acciones puestas en marcha durante el itinerario terap?utico son de car?cter corporal, pues todo cambio identitario ha de ser corporeizado adecuadamente. En este sentido, resulta de especial utilidad la adaptaci?n del concepto de ?itinerario terap?utico? a lo corporal que realiza Mari Luz Esteban. Por ?itinerarios corporales? debemos entender: ?los procesos vitales individuales pero que nos remiten siempre a un colectivo, que ocurren dentro de estructuras sociales concretas y en los que damos toda la centralidad a las acciones sociales de los sujetos, entendidas ?stas como pr?cticas corporales. El cuerpo es as? entendido como el lugar de la vivencia, el deseo, la reflexi?n, la resistencia, la contestaci?n y el cambio social, en diferentes encrucijadas econ?micas, pol?ticas, sexuales, est?ticas e intelectuales? (Esteban, 2004: 54). Cada persona trans trazar? su propio itinerario terap?utico en funci?n de sus ideales y expectativas corporales e identitarias, sus recursos, sus relaciones con el entorno, el contexto sociocultural, y la oferta y disponibilidad de t?cnicas de modificaci?n corporal. En una sociedad como la espa?ola, la persona trans puede recurrir tanto a los ?cuidados formales? (o profesionales) como a los ?cuidados informales? (o profanos). En el caso que nos ocupa (el estudio de las personas trans residentes en Catalu?a), los cuidados formales se prestan en entidades dependientes del Institut Catal? de la Salut (como la UTIG del Hospital Cl?nic o Tr?nsit) y en centros privados de asistencia m?dica. Por otra parte, dentro de los cuidados informales encontraremos las pr?cticas de ?autoatenci?n? y ?ayuda mutua?. Siguiendo a Men?ndez (1984 y 2005), entendemos por ?autoatenci?n? a las pr?cticas terap?uticas llevadas a cabo por la propia persona, contando a menudo con la ayuda de su entorno inmediato y/o de su grupo de pares, y en las que no interviene una figura profesional. Por su parte, la ?ayuda mutua? se configura a trav?s de ?grupos organizados 6 Como vimos anteriormente, un estudio destacado de los itinerarios de cross-dressers y transexuales es el de Richard Ekins (1993), quien aborda la cuesti?n desde los principios metodol?gicos de la ?teor?a razonada?. 250 que a partir de la autogesti?n construyen sus propios dispositivos de atenci?n sanitaria y de protecci?n social independientemente de los sectores m?dicos profesionales? (Haro, 2000: 101). Los itinerarios terap?uticos (identitarios/corporales) de las personas trans tienen lugar en un determinado contexto sociocultural en el que coexisten diferentes discursos, concepciones y significados sobre el g?nero y la sexualidad. Cada persona trans tiene una idea determinada y una forma concreta de posicionarse ante la masculinidad, la feminidad y la orientaci?n sexual. Estas ideas y posicionamientos condicionan las expectativas corporales e identitarias de estas personas, as? como el conjunto de estrategias y acciones que pondr?n en marcha para colmar dichas expectativas. Es por ello que, antes de abordar los cuidados formales e informales, resulta necesario analizar el modo en que las personas trans (re)producen el imaginario social sobre el g?nero y la sexualidad. 2.5.1. Representaciones, narrativas y pr?cticas trans en torno al g?nero y la sexualidad En las ?ltimas d?cadas, y gracias en gran medida al liderazgo de los movimientos feminista y homosexual, se han producido y desarrollado experiencias y discursos cr?ticos en relaci?n a los convencionalismos sexuales y de g?nero desde el activismo, la academia y la vida cotidiana de personas concretas. Las personas trans no se han mantenido al margen de estas cr?ticas, antes bien, han contribuido a la problematizaci?n de las directrices y las categor?as que constituyen el sistema de sexo/g?nero. Sin embargo, entre algunas personas trans podemos observar ideas sobre el g?nero y la sexualidad que reproducen los estereotipos hegem?nicos de la heteronormatividad. Al respecto, estamos de cuerdo con Del Valle et al. (2002:33) cuando afirman que toda hegemon?a ?no se da de modo pasivo como una forma de dominaci?n. Debe ser continuamente renovada, recreada, defendida y a la vez modificada. Asimismo es continuamente resistida, limitada, alterada, desafiada por presiones?. Los itinerarios identitarios/corporales de las personas trans reflejan a la perfecci?n esta din?mica constante de reproducci?n y contestaci?n de los c?digos sexogen?ricos hegem?nicos. Si bien las personas trans rompen con la correlaci?n que nuestra sociedad establece entre el g?nero asignado y el sexo anat?mico, esta infracci?n normativa no impide que algunas de ellas tengan una concepci?n del g?nero estereotipada e, incluso, muy conservadora. Y es que, tal y como sugiere Goffman (2006 [1963]: 46), las personas que poseen un estigma ?aprenden e incorporan los est?ndares ante los cuales fracasan?. La interiorizaci?n de los postulados del ?r?gimen heterosexual? (Wittig, 2010 [1992]) por parte de algunas personas trans podr?a entenderse como parte de una estrategia de adaptaci?n cultural a un entorno profundamente hostil que se niega a reconocerlas: 251 Ella (su madre) desde los 22 a?os, que se cas?, no ha dado golpe. Siempre se ha quejado de que tiene un marido que bebe, que fuma, que?Es un hombre que no le ha dado nunca mala vida: no la ha pegado, no la ha maltratado (?) ?De qu? te quejas? ?De que te pone los cuernos? ?Es un hombre! El macho es infiel por naturaleza, es camionero. Si t? no le das, ?l busca por ah? (Bel?n). Mira, una mujer para mi debe ser sensual, respetarse a s? misma, saber comportarse y saber estar, nunca perder las formas. Y creo que lo m?s bonito que puede ser, es que sea pulcra consigo misma para poder atraer a los dem?s (?) Mi hombre ideal ser?a un hombre que fuera duro. Duro no en el sentido de que me maltrate, sino que me sepa respetar y sepa quien es el hombre, quien manda (?) que sepa quien es el hombre de la casa (Liliana). Las transexuales femeninas est?n mejor organizadas porque son mujeres, y a las mujeres les gusta siempre estar juntas. ?Si hasta van juntas al ba?o! (Pedro). Nos conocimos en terapia de grupo (se refiere a su actual pareja, una mujer cis). Ella fue a acompa?ar a su pareja y la conoc? all?. Y por una cosa o por otra pues lo dejaron. Yo no hice nada para que lo dejaran, se acab? porque el chico no la trataba como esta chica se merec?a, no la trataba como a una princesa, que es lo que tienes que hacer con tu pareja: decir que es tu princesa y que no la va a tocar ni Dios (Jon). Estas visiones sobre la masculinidad, la feminidad y las relaciones entre los g?neros son sostenidas, generalmente, por personas que quieren seguir fielmente el tratamiento de modificaci?n corporal establecido por el estamento m?dico para lograr una posici?n de normalidad dentro de nuestra estructura de g?nero. En estos casos, los referentes que gu?an la reconstrucci?n corporal e identitaria pueden ser personajes ic?nicos de la cultura de masas occidental: Creo que siempre he cogido algo de alguna: yo ve?a cuando Marilyn Monroe estaba viva, ve?a la sensualidad que ten?a ella, esa forma de atraer a un hombre, esa forma de seducir a un hombre. Me gusta mucho seducir y eso me ha hecho abrir muchas puertas con los hombres, saber seducirlos (?) Siempre he cogido algo de algunas, ?sabes? Alguna reina de la belleza de Colombia, cualquier tipo de gesto?No te miento, puedo ser vulgar (?) pero? Sophie Evans o Silvia Suns, que son actrices porno que he visto en algunas pel?culas debido a mi trabajo: forma de abrir la boca, forma de mirar, forma de sexualidad, este tipo de cosas, manera de vestirte? (Liliana). Yo desde peque?a quer?a parecerme a Britney Spears e intentaba ser como ella (Daniela). Desde la UTIG analizada se destaca que, mientras que los hombres trans tienen unas expectativas corporales m?s modestas, las mujeres tienen un ideal de feminidad muy convencional, lo que les genera unas expectativas exageradas y poco realistas sobre los cambios a obtener con el proceso de modificaci?n corporal: 252 Creo que el principal problema es el m?s humano de todos: es lo dif?cil que es hacer concordar la realidad que uno va viviendo con las expectativas que tiene. Y esto es un tema que es especialmente candente en la transexualidad femenina. Los transexuales masculinos suelen ser m?s modestos en sus expectativas, much?simo m?s, m?s realistas. Quiz?s ya saben que, para hombres, van a ser bajitos. Y, adem?s, porque socialmente pasan m?s desapercibidos. En cuanto est?n un pel?n transformados enseguida pasan por ser hombres, no muy altos, pero que no hay nada m?s que llame la atenci?n. En las mujeres es m?s dif?cil que los cambios lleguen a ser todo lo que ellas esperan. A parte, yo me he encontrado muchas veces con que trabajan con un arquetipo muy antiguo, muy convencional: ?Yo quiero ser una mujer pero, a parte, quiero ser una mujer guapa, que vaya perfectamente peinada de peluquer?a, con las u?as pintadas, los tacones altos? (Profesional UTIG). Sin negar que, efectivamente, algunas mujeres trans tienen unas expectativas desmesuradas, sorprende que estas palabras provengan de alguien que trabaja en una UTIG. Algunas mujeres usuarias de la Unidad se?alan que los profesionales reproducen los c?nones de g?nero a lo largo del proceso diagn?stico y terap?utico, en especial durante el denominado ?test de la vida real?. Como veremos m?s adelante, se trata de un procedimiento de confirmaci?n diagn?stica mediante el cual la persona ha de ir adoptando una apariencia estereotipada en consonancia a su identidad de g?nero. Por tanto, si bien el conservadurismo de g?nero se manifiesta por la construcci?n m?tica que algunas mujeres trans ?y tambi?n algunos hombres? hacen del g?nero de destino como una tierra prometida, dicho conservadurismo es apuntalado por las exigencias m?dicas: Cuando me hicieron preguntas sobre mi inclinaci?n sexual, les dije que yo me sent?a lesbiana. Y, entonces, (el profesional de la UTIG) me dijo una de sus grandes perlas: ?Y t?, lo del maquillaje, ?c?mo lo llevas??. ?Hombre, no lo suelo hacer mucho?. Y me dice: ?Ah, claro, como eres lesbiana, supongo que no te maquillas?. Frases de estas me ha dicho un par o tres. Pienso que son frases que no tienen cabida en una unidad de transexualidad porque me est?s haciendo un encasillamiento como persona (?) En plan de: ?Las lesbianas son todas camioneras? (Ana). Creo que en la UTIG tienen un ideal extrafemenino y extramasculino de lo que ha de ser un hombre y una mujer, porque todos los chicos han de ser m?quinas de gimnasio, s?per musculados; y las chicas han de ser lo que yo llamo ?princesas Disney? (?) Es un ideal femenino muy antiguo (Mar?a). En cualquier caso, es sobre todo antes de iniciar cualquier transformaci?n cuando las mujeres trans tienen esas expectativas est?ticas excesivas y mitifican los cambios que esperan obtener con las t?cnicas de modificaci?n corporal. Una vez iniciado el proceso se va tomando consciencia de que no todo es tan fant?stico como se imagin? en un principio. En estos casos, la decepci?n es directamente proporcional a las expectativas previas. Aunque 253 durante mucho tiempo la biomedicina haya vendido la terapia transexualizadora como el billete de entrada al reino de la feminidad normativa, es incapaz de borrar el estigma social de la transexualidad: Piensas: ?Cuando tenga 19 a?os, pues quiero ser una chica, ser una chica guapa, rubia o pelirroja? (?) Yo me miraba mucho en el espejo y dec?a: ?As? ser?, guapa, ser? femenina y tal?. Y yo ya iba haci?ndome mi cambio, pero mentalmente, ?no? (?) Pues mi paranoia de las revistas, ?no? que ve?a a las modelos tan guapas, con esos cuerpos, con esos pechos, y dec?a: ??Yo quiero ser as?, yo tengo que ser as?, yo soy una mujer, yo quiero ser como ellas!? (?) Siempre est?s con la fantas?a en la cabeza pues de la princesita, y de que conocer? su pr?ncipe azul, y de que se casar? y tendr? hijitos, y tendr? un trabajo normal y corriente, y de que tendr? una vida normal y corriente. Y luego te das cuenta de que todo ese sue?o es mentira, de que vas a pasar una vida pues espantosa, de que lo vas a pasar mal, de que vas a tener que estar en la calle (prostituci?n), de que vas a tener que sufrir mucho psicol?gicamente (Marta). Estamos de acuerdo con Soley-Beltran (2009) cuando afirma que las personas trans no solo son v?ctimas del sistema de sexo/g?nero. Algunas de ellas tambi?n vigilan los l?mites de la normalidad y reprenden a todo aquel que no se ajusta a ellos. Algunas de las personas entrevistadas parecen sostener la visi?n del ?transexual verdadero?, pues afirman que para poder sentirse y presentarse como una mujer ?o un hombre? normal, es necesario, a modo de prueba de autenticidad, someterse a la terapia hormonal y a las cirug?as de reasignaci?n sexual7. Las palabras que vienen a continuaci?n suponen una firme defensa de nuestro sistema de g?nero dicot?mico y genitalizado, y una cr?tica, m?s o menos velada, de la labilidad identitaria y corporal que propone el transgenerismo: A ver, t? para ser femenina tienes que seguir una terapia hormonal. Yo lo que no puedo hacer es hormonarme durante un tiempo, ponerme un par de tetas y dejar la terapia hormonal. ?Qu? pasa? Que con la terapia hormonal tus genitales masculinos no son funcionales. La terapia hormonal te feminiza mucho, te ayuda a que el ?valo del rostro sea m?s femenino, la distribuci?n de la grasa, muchas cosas que son muy importantes (?) Pero realmente no entiendo a una mujer que se sienta mujer y quiera conservar su pene. No ser?a el caso m?s ejemplar de transexual. Y luego tambi?n es que est? ligado a las hormonas: si t? no te operas el pene sigues segregando testosterona y tus rasgos siguen siendo masculinos (?) y acabas siendo un hombre con tetas (?) Yo lo siento por los que dicen que puede haber un tercer g?nero o m?s. No. Hay hombres y hay mujeres (Marta). 7 Como veremos posteriormente, el hecho de que la vaginoplastia sea m?s econ?mica y presente menos complicaciones post-operatorias que la faloplastia genera diferencias en la forma en que mujeres y hombres trans conciben al ?transexual verdadero?. Mientras que para algunas mujeres trans una no es mujer hasta que no se somete a la vaginoplastia, para los hombres (que ven en la faloplastia una operaci?n de alt?simo riesgo) la prueba de autenticidad se limita a la mastectom?a y la histerectom?a. 254 Aqu? se dice que cualquier persona que se siente femenina, pues es una mujer transexual. Incluso si eres un se?or que va a su trabajo con corbata y todo? Es lo pol?ticamente correcto decir que cualquier persona es una mujer transexual. Yo no estoy de acuerdo con esto (?) Es lo mismo con los chicos transexuales que quieren mantener los ovarios y asumir de machote, y al mismo tiempo pueden embarazar, amamantar? pues no se puede decir que sean hombres (Rosa). Siguiendo con Goffman (2006 [1963]: 127), la persona estigmatizada tiende a estratificar a sus pares en funci?n del grado en que se manifiesta su estigma, adoptando ?con aquellos cuyo estigma es m?s visible que el suyo las mismas actitudes que los normales asumen con ?l?. Para algunas personas trans, el itinerario terap?utico exitoso es aquel que no deja ning?n rastro f?sico que pueda delatar el pasado de la persona; es aquel que permite tener una apariencia capaz de sustentar la identidad de g?nero que uno quiere representar socialmente: No es que no me gusten pero a veces es triste porque ves personas que f?sicamente? el tratamiento hormonal no ha hecho efecto todav?a y ya cruzan directamente al otro g?nero, tanto de ropa como de? ?Hostia, son espect?culos andantes! A m? eso me disgusta much?simo. No por m?, sino porque las ves y dices: ??Hostia, qu? triste!?. Y luego dicen: ?Es que me rechazan en el trabajo, es que no encuentro pareja? (?) Es que me r?o (?) me tengo que tapar la boca. ?Con esa pinta, d?nde la van a coger! (Nuria). Hay una persona en terapia de grupo que se cree transexual y no lo es. Lo hemos analizado con las amigas y es como dir?amos: una represi?n sexual. Formalmente con un ataque de libido, con una libido muy alta, un deseo sexual muy alto hacia las chicas. Su forma de desear no es como lo har?a una mujer (?) Una cosa peculiar que hemos visto el ?ltimo d?a es que vino con bigote. Y es un poco extravagante (?) Las dudas no las veo muy bien porque se ha de ser esto o lo otro. No puedes estar en medio (Julia). Las relaciones sexuales tambi?n son un espacio en el que las personas trans expresan su visi?n del g?nero. Para aquellas que reproducen esa visi?n dual y genitalizada, las relaciones sexuales constituyen un problema hasta que pueden modificar sus caracteres sexuales primarios y secundarios con las cirug?as de reasignaci?n sexual. Antes de pasar por el quir?fano, su sexualidad est? fuertemente condicionada por ciertas partes corporales que se consideran tab? porque est?n asociadas a un g?nero con el que no se identifican: Y cuando tengo relaciones siempre me cubro delante porque no me gusta que me lo toquen (el pene), me da asco (Jessica). 255 Pues que no soportas que un hombre te toque ah? abajo. Ni que un hombre te hable de tu pene, ni se refiera a tu pene. O sea, que no soportas que un hombre te diga: ??Y tu pene??. ?No quiero ni que me hables de mi pene porque mi pene no existe para m?, porque soy una mujer, ?o es que no te das cuenta?? (?) ?Olvida mi pene, no existe? (Marta). Pero no hac?a nada, me liaba con las chicas y ya est?. Nunca me dej? tocar porque a la que ve?a que tocaban algo m?s que no era el culo dec?a: ??Eh, me voy!?. Y me iba porque no quer?a (Jon). A ver, siempre me he acostado con camiseta y a oscuras. Con mi ?ltima pareja, con la que llevaba tres a?os y medio, siempre con camiseta, nunca me ha tocado la parte de arriba (los pechos) porque no he querido (?) De hecho, nunca he dejado que me penetraran. Yo siempre dec?a: ?Aqu? no entra nadie?. No me ha gustado nunca, no forma parte de mis relaciones sexuales. Siempre lo he dejado claro (Pedro). Y en el caso de las mujeres trans, el conservadurismo de g?nero tambi?n se extiende a las expectativas que tienen sobre los varones. En los relatos de g?nero sobre los hombres que elaboran algunas mujeres desde visiones conservadoras, la cuesti?n de qu? es y qu? no es un ?hombre de verdad? incluso condiciona la construcci?n del deseo er?tico que puede sentirse por cierta clase de hombres: Cuando he estado con un hombre y a veces el hombre me ha metido la mano delante, despu?s nunca m?s he estado con ese hombre porque para m? pierde toda la hombr?a. Para m? el hombre es hombre, a m? los medio hombre tampoco me van (Jessica). La verdad es que si un chico me pide que utilice mi pene (?) pues considero que no es heterosexual, sino bisexual (?) S?, me molesta que un chico me pida que utilice mi pene, lo mando a la mierda (Luc?a). No obstante, resulta interesante destacar que, a pesar de que existen personas que sienten un rechazo m?s o menos acentuado hacia sus genitales de nacimiento, esta aversi?n no impide que muchas de ellas mantengan relaciones sexuales. Ahora bien, estas personas insisten vehementemente (quiz? a modo de justificaci?n normativa) en que han podido erotizar su cuerpo gracias a un trabajo de autoaceptaci?n y, sobre todo, a que han podido adoptar el rol sexual socialmente vinculado con su identidad de g?nero. Ello demuestra que es posible desgenitalizar los roles de g?nero; que, en estos casos, lo importante durante el acto sexual no es tanto el cuerpo que lo ejecuta como el g?nero que se est? representando: Yo he podido mantener una relaci?n sexual con mi mujer porque ella siempre me ha tratado en femenino y ha hecho que me sienta mujer. Los juegos sexuales no consist?an ?nicamente en la penetraci?n, eran m?s que eso: un momento rom?ntico, con m?sica, poca luz, toc?ndonos, acarici?ndonos. No era: ?Aqu? te pillo y aqu? te la meto?. Esto hubiera sido incapaz de hacerlo (Montse). 256 Con mi pareja?s?, s? que tengo placer sexual, pero siempre lo hacemos?pero yo no como una mujer, yo como un hombre (?) Me he tenido que acostumbrar, pero gracias a ella me he ido acostumbrando (...) Siempre digo que yo tengo placer sexual, pero me gusta dejar claro que lo tengo como un hombre. Me gusta dejarlo claro porque no quiero que la persona que lo escuche piense: ?Uy, si lo tiene es porque??. No quiero que se me tache de esto. Siempre lo repito: ?No, lo tengo porque he hecho un trabajo, una aceptaci?n? (?) O disfruto as? o no voy a disfrutar y me voy a estar subiendo por las paredes (?) Bastante jodidos estamos para que encima haya un placer de la vida que no podamos disfrutar (Dani). Como podemos observar, muchas personas trans optan por significar ?indebidamente? el cuerpo ante la imposibilidad o la negativa de operarse: se goza ?como una mujer? (Patricia) teniendo pene y test?culos, mientras que una vagina no impide ejercer el papel masculino. El siguiente extracto de una conversaci?n mantenida por las mujeres trans que participaron en el grupo de discusi?n muestra que incluso el pene, s?mbolo por antonomasia de la virilidad, puede estar sujeto a discursos, representaciones y pr?cticas feminizantes: Aurora: Yo siempre lo he tenido ah? (el pene) y lo he disfrutado. La verdad es que no he tenido ning?n problema. S? que es verdad que siempre ha sido como un choque: quer?a ser mujer y eso estaba ah?. Pero por otro lado siempre lo he utilizado (el pene) de manera l?sbica con mi pareja y no ha habido ning?n problema. Patri: Yo he sido operada, pero para m? el colmo ha sido que, cuando ten?a pene, la excitaci?n se produc?a en el momento en que ten?a el sentimiento ?ntimo de que mi pene era una vagina. Era cuando pod?a correrme. Laura: Puedes pensar que es un cl?toris s?per desarrollado, o gigante. Aurora: Yo me lo tiraba para atr?s y el roce con ella? Berta: Yo, cuando ten?a relaciones sexuales con mi pareja (una mujer), ten?a que imaginarme que ?ramos las dos mujeres. Ten?amos sexo como dos lesbianas. Por otra parte, y como ya hemos apuntado, entre las personas trans existen discursos muy cr?ticos en relaci?n a los estereotipos y categor?as sexogen?ricas, que reclaman adem?s un sistema de sexo/g?nero m?s laxo y menos excluyente. Estas personas opinan que los y las trans no han de plegarse a la l?gica dual ni adoptar una apariencia estandarizada para poder desarrollarse como personas: 257 Esa necesidad de irte al otro extremo de g?nero, eso no encaja ni en las mujeres-mujeres ni en los hombres-hombres. Las mujeres han deconstruido el g?nero, muchas son ambiguas, se han descartado de los roles de g?nero, han hecho cosas que estaban reservadas para los hombres y eso influye tambi?n en la percepci?n del g?nero, a c?mo se presentan en sociedad. Entonces trasladar ese discurso bipolar a la transexualidad es un error (Gema). Yo te dir?a directamente que la feminidad no existe. De hecho, te dir?a que la feminidad consiste en sentirte mujer con el cuerpo que tengas: sentirte mujer con un cuerpo totalmente reasignado, sentirte mujer teniendo el pene y sin quererte operar, sentirte mujer vistiendo s?per femenina, sentirte mujer vistiendo una camisa a cuadros y tejanos, con ropa de hombre, lo que quieras (Ana). Creo que se puede ser mujer sin hormonaci?n y sin nada (?) ?Ser mujer? Al final es una cuesti?n metaf?sica (?) Si lo dices a partir de la percepci?n de la persona, ser mujer no puede depender de la tecnolog?a. Hace 150 a?os no hab?a hormonas ni cirug?as, entonces? (Raquel). Estoy muy orgullosa de haberme quedado con el chico que hay en m? y de haber fomentado la mujer que hay en m?. Llevo en comuni?n las dos personas que soy y creo que ah? est? lo bonito: el no tener que estereotipar ni forzar nada (Cati). Son estas voces cr?ticas con los convencionalismos de g?nero las que tambi?n defienden una sexualidad liberada de complejos. Las siguientes reflexiones no solo vuelven a poner en tela de juicio el primado de los genitales en la configuraci?n identitaria, sino que adem?s trastocan la tranquilizadora seguridad que nos ofrecen las categor?as sexogen?ricas (heterosexual, homosexual, hombre y mujer) con las que organizamos nuestro mundo: Creo que es normal que un hombre busque a una mujer travesti guapa, femenina, pero con la polla (?) Un hombre que va con una transexual, una travesti guapa y femenina, por la belleza y sabe que tiene polla, es normal, no es homosexual. Hoy en d?a hay parejas que buscan transexuales para hacer sus fantas?as. Las travestis somos travestis porque tenemos mentalidad de mujer, ponemos los pechos, ponemos la ropa y les gustamos a los hombres. No porque a un hombre le gusten las pollas es gay. Son cosas de la vida, es el morbo, el vicio, es el deseo del que todo lo tiene. Y hay hombres que al igual que le piden a su mujer que le meta el dedo en el culito, cogen a una transexual porque es como un ?dolo, una mujer guapa con un miembro de verdad (Regina). Soy bastante flexible con el sexo (?) No creo que asuma roles ni cosas de ?stas pero s? que he notado que la gente te toca de forma diferente seg?n te identifican en masculino o en femenino: haciendo las mismas cosas, teniendo el mismo cuerpo, te tocan o hay una energ?a o algo que es diferente (?) Eso no quiere decir que no me puedan tocar los pechos en alg?n momento o que me puedan penetrar (vaginalmente) en alg?n momento. Porque alguien me est? penetrando no dejar? de ser un chico. Creo que hay energ?as que ayudan m?s all? de lo que puedas hacer con tu cuerpo f?sico (Marc). 258 Sin duda alguna, las relaciones sexuales de las personas trans no reasignadas quir?rgicamente (porque todav?a no han tenido ocasi?n, o porque no lo desean) cuestionan seriamente nuestros mecanismos de inteligibilidad sexogen?rica. Penes que son vistos como cl?toris gigantes, chicos a los que les gusta que les penetren vaginalmente u hombres de los que no se duda de su heterosexualidad a pesar de que practiquen una felaci?n, son im?genes todas ellas cuya evocaci?n cortocircuita nuestras percepciones y categor?as culturales habituales. Y es este momento en que nuestras evidencias son puestas en entredicho, cuando m?s claramente podemos intuir la artificialidad y contingencia de un sistema que establece una relaci?n de continuidad entre el sexo, el g?nero y la orientaci?n sexual: Cuando tales categor?as se ponen en tela de juicio, tambi?n se pone en duda la realidad del g?nero: la frontera que separa lo real de lo irreal se desdibuja. Y es en ese momento cuando nos damos cuenta de que lo que consideramos ?real?, lo que invocamos como el conocimiento naturalizado del g?nero, es, de hecho, una realidad que puede cambiarse y que es posible replantear, ll?mese subversiva o ll?mese de otra forma (Butler, 2007 [1999]: 28). 2.5.2. Los cuidados formales o profesionales La mayor?a de las personas trans quieren tener total libertad para tomar las decisiones que consideren oportunas a lo largo de su itinerario terap?utico: son ellas las que pretenden decidir qu? hacer, cu?ndo y c?mo. No obstante, su capacidad de decisi?n puede verse limitada por m?ltiples factores (clase social, estatuto legal, pa?s de residencia, recursos econ?micos y culturales, etc.), lo que demuestra que la vida de las personas est? condicionada por ejes superpuestos de desigualdad (Platero, 2012). De este modo, una trans brasile?a adinerada se har? una mamoplastia de aumento con uno de los mejores cirujanos pl?sticos del pa?s, mientras que otra sin recursos tan solo podr? costearse las inyecciones clandestinas de silicona. Una mujer catalana con un alto poder adquisitivo se har? sin demora la cirug?a genital en una cl?nica privada, mientras que aquella que no tiene recursos suficientes deber? entrar en una lista de espera de tres a cinco a?os para operarse en la UTIG. Una persona trans con la nacionalidad espa?ola podr? acceder al cambio de sexo en los documentos y registros oficiales, derecho al que no tienen acceso los no nacionales. A parte de esta complejidad multifactorial, el nivel de autonom?a tambi?n depende del tipo de cuidados a los que se someten estas personas. Cuando recurren a las pr?cticas de autoatenci?n, la autonom?a queda pr?cticamente garantizada. No sucede lo mismo cuando solicitan los cuidados profesionales, en los que el asistido ha de cumplir con los requisitos exigidos por los especialistas, perdiendo as? buena parte de su capacidad de elecci?n. Ello 259 no supone mayores inconvenientes cuando se demandan servicios no hormonoquir?rgicos (como, por ejemplo, la depilaci?n l?ser o la feminizaci?n de la voz con logopedas), pero puede convertirse en fuente de conflictos cuando se acude a una UTIG, en donde prevalece un r?gimen jer?rquico en el que un especialista ha de acreditar en todo momento la idoneidad del paciente. En Catalu?a, el circuito formal de asistencia a personas trans puede ser p?blico o privado. Existen varias cl?nicas privadas de cirug?a pl?stica que realizan las cirug?as de reasignaci?n sexual. La oferta p?blica queda concentrada en su pr?ctica totalidad en la UTIG del Hospital Cl?nic de Barcelona, aunque recientemente ha aparecido un nuevo servicio dependiente del Institut Catal? de la Salut: Tr?nsit8. Parece ser que los Centros de Atenci?n Primaria, que deber?an constituir la puerta de entrada a los servicios especializados, todav?a no est?n demasiado preparados ni sensibilizados para dar respuesta a las demandas de estas personas: Mira, yo voy a mi m?dico de cabecera y le digo: ?Doctor, yo quiero comenzar un proceso hormonal?. ?Mira, yo no te puedo hacer eso porque eres la primera transexual con la que yo trato. Yo te tengo que mandar donde el ginec?logo?. Voy al ginec?logo, cosa que para m? es una putada porque yo quer?a hablar con una sola persona. Cuando voy al ginec?logo, habl? delante de dos chicas m?s. Y le digo: ?Quiero comenzar un proceso hormonal?. ??Para ponerte pechos??. ?No, los pechos ya los tengo. Quiero el tratamiento para tener hormonas femeninas?. Y me dicen: ?Te han mandado aqu? mal porque aqu? no se hace esto. Tienen que mandarte al Hospital Cl?nico, que son los encargados de este proceso de hormonaci?n de las transexuales? (Jessica). Fui al m?dico de cabecera y dije: ?Hay esto?. El m?dico de cabecera casi se tira por la ventana porque no ten?a ni puta idea de c?mo hacer las cosas. Y digo yo: ?Pues me tendr?s que derivar al psic?logo?. Y me env?a al psiquiatra, pero tampoco ten?a ni idea. Y voy al psiquiatra y: ?Te he llamado pero no tengo ni idea de c?mo hacer las cosas? (...) Me cogi? un poco el historial de vida, por hacer algo supongo, y me dijo que me llamar?a. Y a la semana me llama. Se enter? de que lo llevaban en el Cl?nic, y me deriv? al Cl?nic (Nuria). Pero si, actualmente, la atenci?n m?dica fuera de la UTIG se caracteriza principalmente por el desconocimiento de la realidad trans, en el pasado predominaba una hostilidad fuertemente patologizante hacia aquellos que manifestaban la convicci?n de ser del otro g?nero. Algunas de las personas entrevistadas (espa?olas de mediana edad o provenientes de otros pa?ses) relatan que, en su infancia o juventud, tuvieron experiencias muy traum?ticas al entrar en contacto con los especialistas: 8 Tr?nsit se encuentra situado en el Centro de Atenci?n Primaria de Manso, en el barrio del Eixample de la ciudad de Barcelona. 260 A los 12 a?os, los psiquiatras deciden que tienen que darme hormonas, pero no hormonas cualquiera, sino hormonas masculinas, testosterona (...) Y, ?qu? hicieron conmigo?, pues me inyectaron hormonas masculinas y me hicieron una terapia para reparar mi feminidad ?Qu? consiguieron con eso? Que yo intentara suicidarme con 13 a?os de edad, porque la primera vez que yo vi que me sali? un pelo, y ya ah? dije: ?Eso ya no puede ser? (Jennifer, refiri?ndose a la Cuba de los a?os 90)9. Yo, de hecho, empec? a tener problemas con mis padres y me empezaron a llevar al psiquiatra y al psic?logo porque algo pasaba, no era normal, algo ten?a en la cabeza. Incluso top? con algunos psiquiatras?Bastante fuerte porque me dec?an que estaba enfermo, que eso no era normal (...) Yo recuerdo a los primeros psic?logos y psiquiatras que fui, que me ve?an como si fuera un problema psicol?gico, un problema mental. (?scar, refiri?ndose a la Espa?a de los 80). La UTIG del Hospital Cl?nic de Barcelona La UTIG estudiada se constituye formalmente en el a?o 2008, cuando el Gobierno de la Generalitat de Catalunya decide financiar algunas cirug?as de reasignaci?n sexual. En Espa?a, la decisi?n de incluir este tipo de cirug?as en el sistema p?blico de salud depende de cada Gobierno Auton?mico. Actualmente, solo 9 de las 17 Comunidades Aut?nomas prestan asistencia sanitaria a las personas trans. El n?cleo de la UTIG catalana lo forman una psiquiatra y una psic?loga cl?nica (la Unidad depende del Centro de Salud Mental para Adultos del mismo hospital), las cuales trabajan coordinadamente con los servicios de psicolog?a infanto-juvenil, endocrinolog?a, cirug?a pl?stica, ginecolog?a y urolog?a. La creaci?n de la UTIG obedeci? a la voluntad de dar respuesta a una clase de demandas que, en sus inicios, se percibieron como marginales y conflictivas, y de las que nadie parec?a querer ocuparse. En los ?ltimos tiempos las demandas de la poblaci?n trans han adquirido visibilidad, hecho que ha llamado la atenci?n de las cl?nicas privadas de cirug?a est?tica, que han visto la posibilidad de reclutar a nuevos clientes: Ahora se han dado cuenta de que es un negocio (...) pero antes los m?dicos no quer?an atenderte (...) se negaban en redondo. ?ramos una minor?a muy marginal. De hecho, lo seguimos siendo, pero ahora somos las clientas estrella de cualquier cirujano carnicero. Es un negocio (Clara). 9 La dureza y crueldad de la terapia reparativa a la que fue sometida Jennifer en Cuba, durante los a?os 90, contrasta con la situaci?n actual del pa?s. Y es que, actualmente, Cuba cuenta con una de las mejores redes de asistencia p?blica a las personas trans. Este cambio de sensibilidad se debe especialmente al trabajo del Centro Nacional de Educaci?n Sexual (CENESEX) y al impulso de su presidenta, Mariela Castro. 261 Aqu? en el hospital (Cl?nic), desde los 80, la asistencia que se ofrec?a era asistencia endocrinol?gica y psiqui?trica. Pero era una cuesti?n de voluntarismo y de motivaci?n personal de los profesionales implicados, nada m?s que por eso, y sin ning?n apoyo institucional. Hac?amos una consulta de endocrino como cualquier consulta de endocrino, y una consulta de psiquiatr?a como cualquier consulta de psiquiatr?a. Eran unos momentos en que la transexualidad ten?a muy mala prensa: era la far?ndula, prostituci?n, drogas, muy marginal. Pero se empezaron a hacer cosas (...) El a?o 2001 nos constituimos como grupo y nos dedicamos a tareas de diagn?stico, supervisi?n y tratamiento hormonal intentando evitar las complicaciones, y en 2008 nace la UTIG cuando la Conselleria de Sanitat decidi? que nos iba a reconocer (Profesional UTIG). La UTIG de Catalu?a atiende al a?o una media de 80 personas10. Si bien en el a?o 2010 se realizaron 32 operaciones de reasignaci?n de sexo, esta cifra se ha ido reduciendo considerablemente por las pol?ticas de reducci?n del gasto sanitario, tal y como denuncian numerosas organizaciones trans. Los datos aportados por los organismos oficiales (Ministerio de Sanidad y Catsalut) confirman este descenso: en el a?o 2012 se hicieron 15 cirug?as, una menos que en 2011 (Moreno, 2013). L?gicamente, la reducci?n del n?mero de cirug?as conlleva un aumento considerable del tiempo en lista de espera, que actualmente es de 3 a 5 a?os, dependiendo de la cirug?a que se desee realizar. La asistencia a personas trans en la UTIG se organiza en funci?n de los Standards of Care elaborados por la World Professional Association for Transgender Health (WPATH). Dichos est?ndares de atenci?n se han convertido en el protocolo asistencial de referencia a nivel mundial para todo equipo m?dico dedicado al tratamiento de la transexualidad. Su contenido ha sido revisado en varias ocasiones; la ?ltima versi?n, la s?ptima, aparece en 2011. Tras la evaluaci?n diagn?stica del paciente, los est?ndares contemplan varios tipos de tratamiento, de entre los que destacan la psicoterapia (ya no destinada a la modificaci?n de los deseos de la persona, sino al tratamiento de las problem?ticas que impiden una expresi?n de g?nero confortable), la terapia hormonal y las cirug?as de reasignaci?n sexual. Toda persona que desee iniciar un proceso de transformaci?n corporal en la UTIG deber? antes someterse a una evaluaci?n diagn?stica. Seg?n los profesionales de la salud mental del centro, la evaluaci?n tiene una finalidad m?ltiple, pues sirve para realizar el diagn?stico diferencial, detectar posibles trastornos psiqui?tricos com?rbidos y acceder al tratamiento hormonal y quir?rgico. En el caso de la UTIG del Cl?nic, la evaluaci?n es realizada por dos especialistas de forma independiente: la psiquiatra y la psic?loga cl?nica. Adem?s de la diagnosis, la tarea de estas profesionales consiste en aconsejar al paciente respecto a la gama de tratamientos disponibles y sus efectos, sensibilizar a su entorno m?s cercano sobre la realidad de la transexualidad, realizar un tratamiento en caso de 10 Entre 2000 y 2009 la UTIG del Cl?nic atendi? a 549 personas. 262 comorbilidad psiqui?trica y efectuar un seguimiento del usuario a lo largo de todo el itinerario terap?utico. Para realizar la evaluaci?n diagn?stica, las profesionales de la UTIG se basan en los criterios diagn?sticos del DSM, la literatura cient?fica y, sobre todo, en la experiencia cl?nica adquirida en el tratamiento con personas trans. B?sicamente, de lo que se trata es que la persona trans elabore su psicobiograf?a: En el proceso diagn?stico, lo que hacemos es una valoraci?n como hacemos con cualquier otro tipo de paciente. Sobre todo, el diagn?stico de los psiqui?tricos y los psic?logos est? basado en la cl?nica, es decir, en lo que cuentan las personas, pues no tenemos ninguna prueba para decir: ?Esta persona tiene una depresi?n, una fobia o es transexual?. Entonces, se basa en entrevistas, y lo que habitualmente se hace es abordar la mayor parte de ?mbitos de su vida, sobre todo haciendo hincapi? en sus sentimientos y sensaciones con respecto a aquellos rasgos de su cuerpo que son sexualmente m?s dimorfos, como, por ejemplo, sus genitales, el pecho, la barba, la estructura ?sea. Despu?s, investigamos su comportamiento, la forma de relacionarse, c?mo ha sido su infancia, sus gustos, sus intereses, con qui?n jugaba, c?mo se sent?a, si los dem?s lo notaban o no lo notaban. Esto ?ltimo es muy importante porque curiosamente, en muchos casos, en ni?os femeninos, los otros ni?os lo notaban y les insultaban porque notaban una diferencia (Profesional UTIG). A parte de las entrevistas con la psiquiatra y la psic?loga cl?nica, el usuario ha de realizar unos test psicom?tricos, como el Inventario Multif?sico de la Personalidad de Minnesota (MMPI en sus siglas inglesas). La realizaci?n de estos test, que tienen una duraci?n aproximada de unas dos horas, es una tarea que algunos trans consideran fastidiosa: ?Son largu?simos, eternos, insoportables? (Jon). Dentro de la evaluaci?n psicom?trica, destacan los test que tienen por fin evaluar la prevalencia de rasgos masculinos y femeninos en la personalidad del sujeto, como la quinta escala del MMPI o el Inventario de los Roles Sexuales de Bem (BSRI). Como apunta Garaiz?bal (1998), estas escalas de masculinidad/feminidad reflejan las ideas m?s cl?sicas de la divisi?n de los g?neros. Los mismos profesionales de la UTIG admiten el anacronismo y limitan su importancia a la hora de realizar el diagn?stico11: Si yo te leyera las caracter?sticas masculinas y las femeninas te reir?as un poco, porque las masculinas son: valiente, tenaz, obstinado, fuerte?Y las femeninas: cari?oso, amable, tierno, comprensivo, 11 Profesionales que trabajan con personas trans en nuestro pa?s han publicado varios art?culos cient?ficos sobre la utilidad y resultados de los test psicom?tricos. G?mez-Gil et al. (2008) afirman que, tras aplicar el MMPI a personas trans de la UTIG, la mayor?a de ellas no presenta psicopatolog?as, si bien su bienestar mejora una vez se ha iniciado el tratamiento. Por otra parte, G?mez-Gil et al. (2012) concluyen que solo la escala de feminidad del BSRI permite extraer conclusiones significativas: las mujeres trans y las mujeres cis que conformaron el grupo de control obtuvieron puntuaciones m?s elevadas en dicha escala que los hombres trans y cis. 263 cuidador. Claro, eso en otra ?poca era m?s caracter?stico. Pero en la ?poca actual quiz? los roles de g?nero no est?n tan definidos por esas caracter?sticas. Entonces esta escala no sirve para mucho (Profesional UTIG). Cuando realiz?bamos el an?lisis hist?rico, vimos que a lo largo de los a?os 70 el concepto de ?transexual verdadero? fue perdiendo adeptos porque los m?dicos se percataron de que las personas trans dominaban perfectamente el proceso diagn?stico y readaptaban sus biograf?as con el objetivo de cumplir con los estrictos requisitos que daban acceso al tratamiento. Si bien actualmente este concepto ha perdido fuerza en el imaginario m?dico y se han relajado los requisitos para determinar qui?n es transexual, el hecho de que el acceso a las t?cnicas de modificaci?n corporal siga dependiendo del dictamen de un profesional motiva que no pocos usuarios de la UTIG contin?en idealizando sus historias de vida. Incluso los profesionales de la UTIG son conscientes de que, a veces, los usuarios dicen y hacen lo que debe decirse y hacerse para conseguir el diagn?stico lo m?s r?pidamente posible: Muchas chicas est?n enga?ando a los m?dicos y los m?dicos se lo creen y son imb?ciles y se demuestra que son malos profesionales. Si fueran profesionales se dar?an cuenta que las personas tienen muchos mitos en la cabeza (...) O sea: t?, cuando est?s hablando de ti, generalmente te idealizas, te pones en un pedestal. Y en las cosas de g?nero la tendencia es: ?Soy tan femenina que?? (...) y a presentar una imagen que no es la tuya, a presentarte a ti misma como inequ?vocamente femenina (...) pero si inequ?vocamente femeninas no lo son ni las mujeres. ?Dej?monos de chorradas! (M?nica). Lo principal fue cuando ya la segunda o tercera visita la psic?loga me dijo si hab?a pensado tener relaciones con un hombre (ya que Elena se declara lesbiana). Y yo dije: ?Yo no descarto eso, porque en la vida se da todo. Es posible, el tiempo lo dir??. Y, entonces, eso a ella le dio m?s para mandarme para el endocrino. Yo dije eso para que me aceptara y me ayudara (?) Si yo no digo eso, de pronto me rechazan y todo eso (Elena). Cuando hab?a una t?pica pregunta trampa siempre respond?a lo que los m?dicos quer?an escuchar. Es que, si no, no consigues tus objetivos (Hans). Eso lo hacemos todos cuando quien nos est? preguntando es la autoridad que dice si el proceso va bien o si el proceso va mal, y que al final nos va a hacer un informe que nos va a decir si el registro civil nos puede cambiar el g?nero. Entonces, digo lo que tengo que decir respecto al gui?n. A veces tengo la sensaci?n de que respetan el gui?n (Profesional UTIG). Entre las personas usuarias de la UTIG existen opiniones encontradas sobre la obligatoriedad de pasar por una evaluaci?n diagn?stica para poder acceder a la terapia de modificaci?n corporal. Algunas de ellas no ven este requisito como algo negativo, 264 ya que destacan la importancia del diagn?stico como una herramienta para descartar alguna patolog?a que pudiera confundirse con la transexualidad. Asimismo, valoran muy positivamente el trato recibido, y subrayan el papel de los profesionales de salud mental a la hora de ofrecer informaci?n de inter?s (?son ellos los que cortan el bacalao? ?Dani?) y de realizar un acompa?amiento a lo largo de todo el proceso transexualizador: Por supuesto. Todos nos gestionan todo. Cuando t? vas a hacer un documento, t? has de pasar por alguien. Entonces, es lo mismo. Entonces, hay gente que dice: ?Es que un m?dico no ha de determinar mi vida?. Perdona, lo determinan los fiscales, lo determina un juez si has de ir preso, lo determina mucha gente. Entonces, ?qu? mas da si un m?dico, uno m?s, determina algo que va a ser definitivo? Y que a lo mejor en el momento de la terapia va a decir: ?Mira, pi?nsatelo?. Hay que pasar, aunque sea m?nimamente. Es como una terapia del c?ncer, yo qu? s?: hay que hacer un diagn?stico, hay que hacer unos an?lisis. Porque si te ponen una inyecci?n que no va bien, te mueres. Es lo mismo: si te cortan algo que no deber?an quitarte y luego te matas, el m?dico se va a la c?rcel (Jennifer). Estoy totalmente de acuerdo en que exista la figura de un psic?logo que te haga un acompa?amiento porque nadie nace ense?ado, y que te ayude a pasar los primeros tiempos en el supuesto de que no tengas a nadie a tu lado que conozca el tema (?) Tambi?n estoy de acuerdo en que haya la figura de un psic?logo cl?nico o un psiquiatra que descarte cualquier tipo de trastorno que pueda llevar a confusiones (Montse). Para m? una revisi?n psiqui?trica es como una visita amistosa: ?Hola, ?qu? tal??. ?Mira, hoy he hecho esto y he ido a tal sitio? (Julia). Muy bien. (La profesional de la UTIG) es una persona que siempre me ha apoyado. No porque sea psic?loga sino porque ha hecho algo m?s que psic?loga porque sabe todo el tema de mi novia (ha tenido graves problemas personales) y ha sido la primera que me ha dicho: ?Tr?ela un d?a que hablo yo con ella?. Para m?, (la profesional de la UTIG) es m?s que una psic?loga, es una persona que est? haciendo todo para ayudar a los transexuales (Marcos). Aunque tambi?n existen opiniones muy cr?ticas sobre la obligaci?n de obtener el diagn?stico. Estas personas afirman ser plenamente conscientes de lo que les pasa y lo que buscan, por lo que viven con desagrado el tener que examinarse ante un profesional de la salud mental para demostrar la veracidad de sus sentimientos y deseos: Me parece absurdo, muy absurdo, porque yo ya lo he tenido claro desde siempre. Creo que no se me tiene que, digamos, analizar. Muchas veces me sent?a analizada. Me hac?an preguntas que a m? me parec?an completamente absurdas (...) Yo pensaba: ?Yo he venido aqu?, me he sentado ante vosotras porque es la ?nica soluci?n, pero si hubiera m?s opciones no lo har?a, me parece absurdo porque yo s? c?mo me siento? (?) En realidad no me gusta ir a un sitio a demostrar lo que soy porque en realidad t? (dirigi?ndose al entrevistador) no vas a ning?n sitio a demostrar que eres un 265 hombre, ?verdad? (?) Me parece un poco absurdo que un transexual tenga que ir a un sitio?Y lo que m?s absurdo me parece es que tenga que ir a un centro de problemas mentales. Que en la recepci?n haya gente con esquizofrenia, con todo tipo de problemas. Realmente, yo lo paso mal en las consultas porque la gente incluso te insulta, a m? me pas? la ?ltima vez que fui (Andrea). Las voces m?s contundentes en contra del diagn?stico proceden de los y las trans que se alejan del paradigma de la transexualidad. Los profesionales de la UTIG reconocen que aquellas personas que desde su m?s tierna infancia sienten un rechazo hacia sus caracteres sexuales y una preferencia por roles asociados al g?nero contrario, que tienen un deseo heterosexual y que, en el momento de la entrevista, ya visten acorde con su identidad y solicitan la cirug?a genital, constituyen ?un caso claro?, ?un diagn?stico f?cil?, por lo que obtienen el diagn?stico tras las dos visitas protocolarias (aunque bien es cierto que, posteriormente, se realiza un seguimiento a lo largo del proceso de modificaci?n corporal). Por su parte, aquellas personas que no se ajustan a este ideal, esto es, que muestran una identidad ambigua, han vivido largo tiempo en su g?nero de asignaci?n, no han adoptado una apariencia estereot?pica, son homosexuales y/o no quieren operarse los genitales, pueden ver c?mo se alarga el proceso diagn?stico varios meses. Es el caso de Tere, que acude a la UTIG con 45 a?os y tras dos matrimonios, y a la que en un principio dijeron que era un caso de ?travestismo no fetichista?. O el de Clara, quien nos cuenta que desisti? en su intento de obtener el diagn?stico tras meses de disputas con la UTIG por no cumplir con el ideal transexual: Creo que el primer d?a fui vestido de chico, porque cuando me plante? dar el paso estuve hablando con Montse. Y hablamos: ?Creo para que no me confundan con una travesti voy a ir de chico el primer d?a? (?) Me llev? una sorpresa cuando fui al Cl?nic porque pens? que iban a ser un poco m?s simp?ticas, la verdad. Yo ten?a claro que iba a ser completamente sincera (?) Pero, tambi?n, lo que ten?a clar?simo es que quer?a dar este paso (?) Claro, yo llego all?, hago una apuesta de sinceridad y no te encuentras una muestra de empat?a (?) (La profesional de la UTIG), el primer diagn?stico que me dijo, me dijo que no me ve?a como transexual, que me ve?a como travesti (?) Que s?, que quiz? tienen que descartar casos err?neos. Pero, claro, t? se supone que has hecho una carrera y est?s preparado para detectar cosas. Pues una psic?loga o una psiquiatra tienen que tener los datos necesarios. No para decir nada m?s verme: ?Eres transexual y no hace falta que digas nada?. Pero, joder, yo te explico y t?mate el tiempo que quieras, pero en la primera visita no me digas que no parezco una persona transexual (Tere). Para (los profesionales de la UTIG) yo soy un monstruo. No me lo dijeron, pero me lo dejaron clar?simo. Extraje varias lecturas de esos encuentros: soy un monstruo y reivindico mi derecho a ser un monstruo. Reivindico mi derecho a jugar con coches y a f?tbol desde que soy peque?a y a ser la m?s femenina del mundo (?) Quieren clich?s; quieren personas que est?n integradas en la sociedad y que no molesten; quieren mujeres con la patita quebrada y que sean amas de casa 266 perfectas; quieren este tipo de mujer transexual. Todo lo que sale de esto, son monstruos (Clara). Estas dificultades en la obtenci?n del diagn?stico que experimentan las personas con experiencias y deseos heterodoxos son interpretadas, por algunos, como el resultado de la visi?n reduccionista que tiene la UTIG del fen?meno trans. Personas procedentes del activismo y profesionales que ofrecen una atenci?n alternativa destacan que desde la UTIG se sostiene y reproduce un concepto cl?sico y homog?neo de la transexualidad, lo que conlleva ignorar o rechazar la diversidad de subjetividades y cuerpos trans en aras de un itinerario terap?utico ?nico y estandarizado: Nuestro grupo nunca ha pedido la operaci?n, sino que se trataran transexuales en el Cl?nic. Que asistieran a transexuales, pero no que los fabricaran. Que trataran las cosas propias de la transexualidad: hacerte revisiones por si hay algo, que asistan a los trans si lo necesitan. Pero quer?amos evitar que se tratara a la transexualidad?que es lo que han acabado haciendo: una f?brica de transexuales con el protocolo y eso. Quer?amos evitar lo que se hace en la medicina privada: fabricar transexuales seg?n sus criterios (...) Falta de personalidad. Pero, por otro lado, ya se espera eso de las instituciones: no esperes que rompan esquemas. En el Cl?nic no s? si sabr?n lo que es la filosof?a queer o los multig?nero. Y tendr?an que conocer todo esto porque, si no, pueden joder la vida a muchos trans. Deber?an de tener esa inquietud (M?nica). Hay mil opciones, no solo la opci?n que te dan en la consulta es la v?lida: te hormonas, te operas, te cambias el nombre y rechazas toda tu vida anterior (Luis). A lo mejor no se lo dicen abiertamente (que no son transexuales) pero se alarga todo el proceso. La persona de la que te hablo (alguien a quien no dan el diagn?stico en la UTIG) hace a?os que va all? y a?n no le dejan hormonarse. Primero porque tiene una depresi?n, luego por no s? qu?, despu?s porque?bueno, lo que pasa es que es un transg?nero. Es as?, se alarga el proceso. Tambi?n hemos de ver que hacen lo que hacen, que est?n en un Hospital Cl?nico, que hacen la hormonaci?n y luego la reasignaci?n. Se ocupan de personas transexuales totales, es decir, es su trabajo. Que esto muchas veces angustia a mucha gente porque se consideran bichos raros y encima est?n excluidos de una unidad de g?nero, con lo cual a?n se ven m?s bichos raros (Psic?loga Casal Lambda). Uno de los aspectos m?s pol?micos del proceso diagn?stico es el llamado ?test de la vida real?. En la sexta edici?n de los est?ndares de cuidado elaborados por la WPATH, se define el test como ?el acto de adoptar completamente un nuevo rol de g?nero? (WPATH, 2001:17), con lo que se prueba ?la determinaci?n de la persona, la capacidad de funcionar en el g?nero preferido y la suficiencia del apoyo social, econ?mico y psicol?gico? (Ib?dem.: 267 18)12. Muchos trans que acuden a la UTIG ?ya vienen con el test de la vida real hecho? (Profesional UTIG), lo que significa que ya han adoptado la apariencia vinculada al g?nero con el que se identifican. En caso de no haber efectuado ninguna transformaci?n est?tica, la voluntad del paciente de iniciar el test y la posterior adopci?n de los roles del g?nero deseado supondr?n la plena confirmaci?n del diagn?stico y el acceso a las t?cnicas de modificaci?n corporal. Aunque actualmente la clase m?dica concede el diagn?stico a aquellos que no quieren operarse los genitales, sigue demandando a la persona que se transgenerice con t?cnicas no hormonoquir?rgicas, como la vestimenta, el peinado o los cosm?ticos. A la androginia le est? vetada la entrada al tratamiento: Simplemente consiste (el test de la vida real) en que la persona viva de acuerdo al rol de g?nero deseado: ??T? te sientes mujer? Pues venga, da alg?n pasito para que los dem?s empiecen a verte como una mujer?. Habr? gente que marque m?s su feminidad en la ropa o en la cara, y habr? gente que menos porque es m?s discreta. Pero alg?n paso se tiene que dar porque? (...) Alguien puede querer ser transexual y no querer operarse los genitales. Pero no podemos decir que alguien quiera ser transexual?imaginemos un hombre que se sienta mujer y sigue viviendo de hombre, con barbas?eso no se concibe. Tiene que hacer que la gente de alguna forma le vea como una mujer. Eso es el test de la vida real. En los casos en los que la persona est? muy masculinizada, igual le da verg?enza. Entonces, tienes que empujarle y decirle: ?Mira, esto es una fobia, vete soltando poco a poco?. Marcamos unas pautas, como con las fobias: ??A ti te da verg?enza salir porque todav?a ves que tu cara es muy masculina? Pues un d?a cambias un poquito; otro d?a, otro poquito m?s; el tercer d?a, pues te vistes de mujer solo por la noche con tu familia; otro d?a, vas a un sitio p?blico vestida de mujer? (Profesional UTIG). Pero, tal y como subrayan algunas de las personas entrevistadas, tener que adoptar una apariencia acorde con el g?nero de destino sin contar a?n con el cuerpo adecuado (puesto que no se ha iniciado el tratamiento hormonal), y esperar a que el entorno te incluya en el g?nero que tratas de expresar, suele ser una empresa quim?rica cuyo fracaso puede minar seriamente la autoestima de la persona. Este problema es especialmente significativo en el caso de las mujeres trans, ya que nuestra sociedad sanciona con mayor dureza al hombre afeminado que a la mujer virilizada. Montse, que ha pasado por el test de la vida real en el Hospital Cl?nic, nos cuenta las dificultades a las que uno tiene que enfrentarse si se usa la vestimenta femenina sin haber tomado hormonas: 12 Antes de la publicaci?n de la s?ptima y ?ltima edici?n de los est?ndares de cuidado de la WPATH, el test de la vida real era uno de los requisitos indispensables para acceder al tratamiento hormonal y las cirug?as de reasignaci?n sexual. Si bien en la ?ltima edici?n de los est?ndares se ha eliminado el test como requisito para iniciar el tratamiento hormonal, sigue siendo necesario ?desarrollar el rol de g?nero que es congruente con la identidad de g?nero? (WPATH, 2011: 106), durante un periodo continuado de 12 meses, para poder someterse a las cirug?as genitales, como la metaidioplastia, la faloplastia y la vaginoplastia. Por su parte, la UTIG del Hospital Cl?nic sigue utilizando el test como una herramienta de confirmaci?n diagn?stica. 268 Cuando empiezas la transici?n y sales a la calle vestido de mujer no eres m?s que un hombre vestido de mujer y todo el mundo te mira. El fenotipo no te acompa?a, tienes barba, y vas con mucha inseguridad. Hasta que no aprendes a estar segura de ti misma se pasa muy mal. Por eso creo que el test de la vida real no se ha de imponer nunca. Como mucho, se ha de hacer cuando la persona ya ha adquirido algunas caracter?sticas del sexo opuesto gracias a las hormonas. A un chico transexual, si se pone pantalones, nadie le dir? nada. Pero si una chica se pone una falda y un vestido, sin tener pechos y con la barba marcada, todo el mundo la mirar? (?) Yo ten?a car?cter y era fuerte, pero hay personas que no lo tienen y lo pasan muy mal, se sienten como un payaso. Algunas personas a?aden que el test de la vida real es uno de los principales mecanismos con los que el estamento m?dico trata de imponer a los pacientes los cl?sicos estereotipos de la masculinidad y la feminidad, los cuales, valga decirlo, est?n cada vez m?s cuestionados en nuestra sociedad. Adem?s, estas personas exigen plena autonom?a para decidir el tipo de feminidad, o masculinidad, que van a representar en sociedad: ?Qu? es lo que tengo que hacer? ?Ponerme tacones hasta en la ducha? (?) ?Y qu? pasa si mi comportamiento es masculino? ?Cu?ntas mujeres son masculinas? ?Qu? pasa, que tengo que estar el d?a entero pint?ndome las u?as? (?) Lo que un m?dico no puede determinar es c?mo soy yo. Puede determinar un trastorno, pero no mis caracter?sticas. Un m?dico no puede determinar mi grado de feminidad (Jennifer). Quieren que seas un tipo de mujer que ya ni las mismas mujeres lo son (M?nica). Por ejemplo, (un profesional de la UTIG) me dijo: ??A ver las u?as??. Y yo las llevaba como las llevas t? (el entrevistador). Y dice: ?Ay, ?por qu? no te las pintas??. Y me qued? as?: ?Pues porque si salgo a la calle me tiran piedras a la cabeza?. Una pregunta a mi entender est?pida. Y dice: ?Pero si eres una chica te tendr?s que poner mona y todo eso?. Y yo me qued?: ??Eso qu? tiene que ver?? (?) As? acaban despu?s las otras, que parecen payasos (Nuria). Al escuchar a los profesionales de la UTIG, observamos que su labor no se limita a ofrecer y aplicar las tecnolog?as necesarias para modificar la morfolog?a corporal del sujeto. La UTIG tambi?n act?a como una agencia de socializaci?n normativa, en donde se ense?a a las personas a representar correctamente, y sin ambig?edades, el g?nero al que dicen pertenecer. Estamos, pues, ante otro de los vectores del biopoder: Si es un transexual femenino, como su apariencia es masculina, se los ense?a a feminizarse. Piensa que es un aprendizaje que se hace. Con las transexuales femeninas todo este proceso de feminizaci?n lo hacemos de forma natural: aprendes a hablar, a mirar, a vestirte, a pintarte, hasta a interrelacionarte de forma diferente a como lo hacen los hombres. Cuando la transexual femenina empieza a hacer esto, no sabe hacerlo. Entonces, tienes que ayudarla: c?mo hacerlo, 269 c?mo adaptarte a tu entorno (Profesional UTIG). Si, de acuerdo con Soley-Beltran (2009), consideramos el cuerpo como la superficie en la que supuestamente se refleja la identidad del sujeto, concebida como interior, podemos entender el test de la vida real como una exigencia impuesta al sujeto para que demuestre con hechos, y no ya con palabras, su identificaci?n con un g?nero que no se corresponde con su morfolog?a corporal. Con todo, el hecho de que la confirmaci?n diagn?stica dependa en buena medida del ?xito de esta prueba, esto es, de la aceptaci?n social del individuo que ha efectuado la transformaci?n, supone otra forma m?s de individualizar responsabilidades. El temor o la negativa a someterse al test de la vida real, o el hecho de abandonarlo una vez vistas las reacciones negativas del entorno, no pueden entenderse como una fobia individual (tal y como suger?a un profesional de la UTIG anteriormente), sino como el producto de una fobia social. El estamento m?dico olvida muy a menudo una cuesti?n fundamental: que el verdadero problema no es la transexualidad, sino la transfobia. Una vez obtenido el diagn?stico, la persona es derivada al servicio de endocrinolog?a del mismo hospital, en donde se le practicar? una exploraci?n f?sica (para descartar un posible caso de intersexualidad) y una anal?tica (para medir el nivel de hormonas e identificar posibles problemas de salud). Si los resultados de las pruebas son satisfactorios, se iniciar? la terapia hormonal. En el caso de las mujeres trans, se realiza un tratamiento doble a base de estr?genos (para provocar la feminizaci?n morfol?gica) y antiandr?genos (para bloquear la producci?n y efectos de la testosterona)13. Por su parte, los hombres trans realizan una terapia androg?nica a base de testosterona. Como apuntan varios autores (Becerra-Fern?ndez, 2003; Li??n y Esteva, 2006; WPATH, 2011), no existe un consenso sobre los f?rmacos ni las dosis a prescribir, por lo que los tratamientos masculinizante y feminizante var?an en funci?n de cada servicio endocrinol?gico y de la valoraci?n global de cada paciente. Hay que destacar que en la UTIG catalana se prescribe un tratamiento bastante estandarizado14. El usuario es controlado cada seis o doce meses para examinar su evoluci?n f?sica y detectar los posibles efectos adversos del tratamiento15. 13 En el tratamiento tambi?n puede incluirse la progesterona, aunque no existe unanimidad sobre su utilizaci?n. Algunos cl?nicos asocian esta hormona con el desarrollo mamario, pero otros afirman no haber detectado diferencias significativas en el desarrollo mamario de pacientes tratados con y sin progesterona. Adem?s, se destaca la importancia de sus efectos secundarios: depresi?n, aumento de peso, c?ncer de mama y problemas cardiovasculares (WPATH, 2011). Es por ello que en la UTIG se desaconseja su uso. 14 Por ejemplo, el tratamiento m?s utilizado con mujeres trans consiste en estr?genos v?a oral (estr?genos conjugados de 1.8 a 2.4 mg./d?a, o valerato de estradiol de 2 a 4 mg./d?a) o parches transdermales de estradiol (3mg./dos veces por semana, o 100 mcg./d?a), en asociaci?n con acetato de ciproterona (antiandr?geno) v?a oral (25 a 50 mg. d?a). 15 La WPATH (2011) y Li??n y Esteva (2006) se?alan que, entre las mujeres trans, los efectos 270 La edad necesaria para poder acceder al tratamiento hormonal corresponde a la mayor?a de edad legal estipulada en cada pa?s. No obstante, en la ?ltima edici?n de sus est?ndares, la WPATH (2011) abre la puerta a la posibilidad de iniciar el tratamiento durante la fase puberal en el caso de personas que, desde una edad muy temprana y de forma persistente, expresen un fuerte deseo de representar el g?nero contrario al asignado, y siempre en caso de que haya un acuerdo absoluto entre el equipo m?dico y los tutores del menor. Dado que no existe un consenso internacional sobre la idoneidad de aplicar el tratamiento a menores de edad, se prescriben algunas limitaciones en funci?n de los Estadios de Tanner, la escala que define el desarrollo de los caracteres sexuales primarios y secundarios16. Los Est?ndares establecen que, a los ni?os que se encuentren, como m?nimo, en un Estadio 2 (10-13 a?os de edad) se les puede aplicar un tratamiento hormonal reversible que detiene el desarrollo puberal. Una vez llegados a los 16 a?os, se iniciar?a la terapia con hormonas cruzadas (contando tambi?n con el consentimiento paterno en aquellos pa?ses con una edad legal superior). En el caso de la UTIG catalana, los profesionales aplican la terapia con hormonas supresoras de la pubertad a los menores que se encuentran en un Estadio 3 (11-14 a?os). Si el adolescente acepta bien los cambios y persiste en su deseo de transformaci?n corporal, a los 16 a?os podr? iniciar la toma de esteroides sexuales. Hay que resaltar que hace pocos a?os que la UTIG del Cl?nic cuenta con un servicio espec?fico de atenci?n a menores trans (con especialistas en psicolog?a y psiquiatr?a infantil), por lo que todav?a no disponen de los datos suficientes para hacer una valoraci?n consistente de los resultados del tratamiento. En la UTIG nos comentan que en los ?ltimos tiempos ha habido un aumento considerable de madres y padres de ni?os y adolescentes que han acudido al Hospital Cl?nic al enterarse de que estaban atendiendo a menores con conductas de g?nero at?picas. Desde el servicio de atenci?n psicol?gica infanto-juvenil del hospital explican que, en la evaluaci?n diagn?stica de menores, ha de primar la prudencia porque, tal y como vimos en el cap?tulo anterior, la mayor?a de diagn?sticos de ?disforia de g?nero? en la infancia no persistir?n con el paso del tiempo. En la atenci?n a los m?s peque?os (que no pueden recibir ning?n tipo de terapia farmacol?gica), procuran concienciar a los padres para que no repriman los deseos y comportamientos de sus hijos, y les ofrezcan espacios de desarrollo secundarios m?s comunes son: la trombosis venosa, los c?lculos biliares, la elevaci?n de las encimas hep?ticas y la hipertensi?n. Entre los efectos menos frecuentes: la hiperprolactinemia, el c?ncer de mama o la metaplasia prost?tica. Por su parte, la WPATH (2011) y Halperin y Esteva (2006) apuntan que los hombres trans est?n expuestos a la policitemia, el acn?, la alopecia, los edemas o retenci?n de l?quidos, la hipertensi?n, la elevaci?n de las encimas hep?ticas y el incremento de l?pidos y grasas. 16 La escala consta de cuatro estadios. Si bien no existe una edad precisa para el inicio y fin de cada etapa, se consideran estad?sticamente normales: Estadio 1 = menor de 10 a?os; Estadio 2 = entre 10 y 13 a?os; Estadio 3 = entre 11 y 14 a?os; Estadio 4 = entre 12 y 15 a?os; Estadio 5 = entre 14 y 17 a?os. 271 personal protegi?ndoles en todo momento de las sanciones del entorno: Hay que ser muy prudentes (con los ni?os), porque hay estudios que dicen que pueden cambiar con el tiempo. Porque en algunos casos se trata de una homosexualidad latente, en otros desaparece y hay otros que son transexuales. Entonces, si no est?s seguro, no vas a actuar con un ni?o. En estos casos lo mejor es asesorar a los padres, dar pautas para que, de alguna forma, los padres se sientan m?s tranquilos; que, de alguna forma, cuando act?an no sientan que lo est?n haciendo mal. Y un poco es esperar a ver qu? pasa (Profesional UTIG). ?Qu? pasa, podemos ir de ni?a al cole? Algunos lo piden. Y lo que hay que hacer es proteger a estos ni?os porque no est?n solos en el mundo: hay ni?os muy malos. Son ni?os con mucho riesgo de exclusi?n. Nosotros, aqu?, no decimos lo que hay que hacer y lo que no. Pero los ni?os habitualmente no lo piden mucho, ya ven que en el cole les toca ir de ni?os. Pero, en casa, si permitimos que tenga su espacio para ir de ni?a? (?) T? puedes controlar lo que ?l hace, pero no lo que hace el entorno, y hay que vigilar un poco (Profesional UTIG). La atenci?n a menores suscita enormes controversias no solo entre profesionales, sino tambi?n entre personas trans. Cati afirma que el diagn?stico infantil es una forma de patologizar las conductas de g?nero anormales a edades cada vez m?s tempranas. Y, respecto a la terapia hormonal con adolescentes, sostiene que ?no es bueno que una persona empiece a tomar hormonas tan pronto?. A las ant?podas se sit?a Carlos, para el que la atenci?n m?dica ha de realizarse cuando antes mejor para evitar en la medida de lo posible el sufrimiento de la persona: Lo que s? que es verdad es que cuando un ni?o de 4 a?os o 5 ya te llame la atenci?n por cosas que pueda hacer, como si es un ni?o que se maquilla y se pone la ropa de su madre, si no es en plan pasajero (?) si el ni?o lo hace durante un tiempo pues eso a los padres les tiene que llamar la atenci?n suficientemente como para llevarlo a un psic?logo y que ?ste determine si lo hace por jugar o, en nuestro caso, si lo hace porque realmente se siente as?. Intentar hacer el proceso desde que eres peque?o siempre es mucho mejor porque las hormonas cuando m?s te atacan es durante la pubertad, y es cuando hay que atacar para que tenga el ni?o menos ataque psicol?gico. Si mis padres me hubieran llevado al psic?logo de la unidad con 5-6 a?os, como hoy ya hacen muchos padres, a lo mejor no me hubieran dejado pasar la pubertad. Si ya me hubieran empezado a hormonar con 6-7-8 a?os, no hubiera tenido que pasar el mal trago de la pubertad. Por otra parte, debemos se?alar que para muchas personas trans el tratamiento hormonal es la fase del proceso terap?utico m?s esperada, porque permite empezar a corregir lo que ellas sienten como una discordancia entre su mente/identidad de g?nero (considerada como verdadera e innata) y su cuerpo (que es visto como algo err?neo, extra?o, ajeno). En relaci?n a esto, Dani afirma: ?Poco a poco me estoy quitando el disfraz y estoy empezando 272 a ver lo que realmente soy?. Y es que las hormonas facilitan la aparici?n de los caracteres sexuales secundarios vinculados con el g?nero deseado. El tratamiento feminizante permite el desarrollo mamario, la redistribuci?n de la grasa corporal alrededor de las caderas, la p?rdida de masa muscular, la reducci?n del vello corporal, la obtenci?n de un cutis m?s fino, y el descenso del volumen testicular, de la producci?n de esperma, de la libido y de las erecciones espont?neas. Por su parte, los principales efectos de la testosterona son: alargamiento del cl?toris, agravamiento de la voz, crecimiento del vello corporal, aumento de la masa muscular y redistribuci?n de la grasa alrededor de la zona abdominal. Otra vez aqu? podemos observar que en la interacci?n social cotidiana los genitales que importan no son los biol?gicos, sino los culturales. A modo de ejemplo, tenemos el testimonio de Dani, que lleva tiempo tomando testosterona (por lo que ha masculinizado su apariencia) pero que, de momento, no quiere operarse los genitales: ?Antes ten?a m?s cara de mujer y por la calle me confund?an, hab?a m?s ambig?edad. Con las hormonas, todo el mundo me trata como a un hombre? (Dani). Por tanto, se puede ser ?normal? sin tener los genitales biol?gicos adecuados. Pero, a parte de estos cambios f?sicos que acercan al cuerpo deseado, parece ser que las hormonas desencadenan una serie de cambios emocionales que son interpretados por algunas personas trans como un indicio de que se est? obteniendo una forma de ser y de sentir que sintoniza plenamente con su verdadera identidad de g?nero. Sin negar la posibilidad de cambios emocionales producidos por el tratamiento hormonal, lo cierto es que si prestamos atenci?n a algunos de los testimonios de las personas entrevistadas podemos intuir que la percepci?n de esos cambios est? condicionada por una visi?n estereotipada de la masculinidad y la feminidad que es preexistente al tratamiento. Jennifer afirma que ?antes era muy agresiva y ahora soy muy mimosa, m?s femenina?. Andrea sostiene que ?antes era una persona muy positiva; ahora, desde que tomo hormonas, tengo otro tipo de sentimientos, soy mucho m?s sensible?. Dani, en cambio, comenta que el tratamiento hormonal no ha cambiado su forma de ser ?porque antes ya era bastante masculino?. En fin, los relatos de Montse y Marcos quiz? sean los que m?s claramente reflejan el influjo de los convencionalismos de g?nero en la interpretaci?n que se realiza de los cambios ps?quicos provocados por el tratamiento hormonal: La terapia hormonal modifica tu forma de pensar. La percepci?n de las cosas cambia y tambi?n la conducta de la persona a la hora de resolver determinados conflictos. Por ejemplo, si ves a dos hombres que se pelean en la calle, antes hubiera intercedido en la pelea y les hubiera dicho que, si no paraban, las hostias se las met?a yo. Ahora, desde una perspectiva femenina, lo ver?a como un acto lamentable pero no intervendr?a, sino que buscar?a otros mecanismos para parar la pelea, como, por ejemplo, avisar a la polic?a (?) Buscar?a la v?a del di?logo y no la v?a de la agresividad (Montse). 273 ?Las hormonas han cambiado tu forma de ser? S?, en el comportamiento. Por ejemplo, en mis posturas, cuando fumo, fumo as? (adopta una postura ruda y desafiante). Y con los cubatas, igual (...) Entonces, en mi comportamiento, en la forma de hablarles a mis amigos, en el cachondeo, en la forma de hablar a mis padres. Son muchas cosas (...) Yo, cuando no tomaba las hormonas, no era as?. Pero cuando empec? a hormonarme, los cambios... O sea, las hormonas lo que hacen es que tengas m?s narices. Te sube todo: la hiperactividad, la mala hostia, todo, todo (Marcos). El determinismo hormonal de la personalidad que emana de las palabras que acabamos de leer no solamente forma parte del parecer de algunas personas trans. Tal y como afirman Hausman (1992 y 1995) y Fausto-Sterling (2006), desde que Ernest Henry Starling acu?a en 1905 el t?rmino ?hormona? (que en griego significa ?excitante?), la investigaci?n endocrinol?gica ha estado estrechamente vinculada a las pol?ticas de g?nero. Tomando como un hecho incuestionable la existencia de diferencias innatas en la cognici?n, temperamento y comportamiento entre mujeres y hombres, desde sus inicios los estudios endocrinol?gicos reflejaron y contribuyeron a las definiciones culturales de la masculinidad y la feminidad: Los cient?ficos no se limitan a interpretar la naturaleza para descubrir verdades aplicables al mundo social, sino que se valen de verdades extra?das de nuestras relaciones sociales para estructurar, leer e interpretar la naturaleza (Fausto-Sterling, 2006:144). Actualmente, los f?rmacos hormonales representan una fuente ingente de beneficios econ?micos para la industria farmac?utica, y esto es debido en buena medida a que pueden ser utilizados para corregir las deficiencias de todo cuerpo que sea incapaz de encarnar adecuadamente la normalidad de g?nero. Acabamos de ver que las personas trans utilizan las hormonas para obtener un cuerpo acorde con su identidad. Pero no son los ?nicos. Y es que no son pocos los hombres y mujeres cis que recurren tambi?n a la ?qu?mica de g?nero? para situarse dentro de la normalidad. Algunas mujeres toman antiandr?genos para paliar los efectos masculinizantes (como el exceso de vello corporal o la ca?da marcada del cabello) ocasionados por una segregaci?n excesiva de hormonas masculinas. Los hombres aquejados de hipogonadismo (que provoca bajos niveles de testosterona) utilizan la terapia androg?nica para sortear los mayores estigmas de la virilidad: la p?rdida de deseo sexual y de energ?a, y la infertilidad. Si a este consumo extendido de hormonas con fines normalizantes le a?adimos la proliferaci?n de vacunas y antibi?ticos, el reinado de los antidepresivos o el auge de la cirug?a est?tica, y observamos todo ello bajo un prisma foucaultiano, podr?amos afirmar que, si en la sociedad disciplinaria, la arquitectura y la ortopedia eran los modelos a seguir para entender la relaci?n cuerpo-poder, en la sociedad actual: 274 el modelo de acci?n sobre el cuerpo es la microprost?tica: el poder act?a a trav?s de una mol?cula que viene a formar parte de nuestro sistema inmunitario, de la silicona que toma la forma de senos, de un neurotransmisor que modifica nuestra forma de percibir y actuar, de una hormona y su acci?n sist?mica sobre el hambre, el sue?o, la excitaci?n sexual, la agresividad o la descodificaci?n social de nuestra feminidad y masculinidad (Preciado, 2008: 67). Tr?nsit Tr?nsit es un nuevo servicio dependiente del Institut Catal? de la Salut que est? dirigido a personas trans. Nace en 2012 por la iniciativa personal de una ginec?loga y una comadrona con el objetivo b?sico de ofrecer a las personas trans atenci?n ginecol?gica (p.ej. citolog?as o mamograf?as) y de promoci?n de la salud (p.ej. prevenci?n y detecci?n de enfermedades de transmisi?n sexual). Este tipo de atenci?n no suele ofrecerse en la UTIG (que se centra casi exclusivamente en el proceso hormono-quir?rgico) ni en los centros de atenci?n primaria (por el desconocimiento de la mayor?a de los profesionales de las necesidades de estas personas). Como las profesionales de Tr?nsit han mostrado una sensibilidad especial ante la diversidad identitaria y corporal del mundo trans y conocen el trabajo de algunas organizaciones que se muestran cr?ticas con la asistencia ofrecida en la UTIG (Tr?nsit se pone en marcha en el mes de octubre, coincidiendo con la campa?a por la despatologizaci?n de la transexualidad), este centro se ha convertido en un lugar de referencia para todas aquellas personas que desean obtener asesoramiento y supervisi?n m?dica alternativos. Parece ser que Tr?nsit incorpora una perspectiva m?s flexible que la UTIG en torno a los procesos de modificaci?n corporal y una lectura m?s laxa de los est?ndares asistenciales: La perspectiva sobre la transexualidad que desarrollan en el ?mbito hospitalario es muy conservadora y patologizadora (?) se ci?en a lo que dicen los manuales: como, por ejemplo, que los transexuales no soportan sus genitales (?) pero nosotras vemos casos mucho m?s diversos (?) y francamente, entre cuestionar a las personas y cuestionar a los manuales, nosotras preferimos creer a las personas (Profesional Tr?nsit). En los procesos de transexualizaci?n hay mucha diversidad. Hay cosas que son comunes, pero cada persona vive esa experiencia a su manera (?) Seguramente, la UTIG es una maravilla para muchas personas. Claro, nosotros tenemos una visi?n m?s alternativa, m?s cr?tica con muchas de las cosas y somos menos normativos (?) Nosotros damos la informaci?n lo m?s objetiva posible pero no decimos lo que hay que hacer (Profesional Tr?nsit). Es por ello que la mayor?a de los usuarios de Tr?nsit son personas que no quieren dirigirse a la UTIG porque no desean someterse al tratamiento can?nico, o que no han podido 275 iniciar all? el proceso transexualizador al no haber obtenido el diagn?stico. Se trata de mujeres trans que quieren ajustar el tratamiento hormonal en funci?n a sus posibilidades y deseos, o bien de hombres trans que no quieren que se les practique la mastectom?a ni la histerectom?a (en la UTIG se defiende la necesidad de estas cirug?as). En fin, personas que, en su mayor?a, no se ajustan al prototipo de la transexualidad que se tiene como referente en la UTIG. En Tr?nsit parecen m?s dispuestos a reconocer la pluralidad de proyectos y trayectorias trans, lo que les lleva a negociar y adaptar los tratamientos hormonales a las demandas y necesidades expresadas por estas personas: Creemos que ser?a necesario individualizar los tratamientos y las dosis de hormonaci?n. Una cosa es que existan est?ndares endocrinos de las dosis que hay que tomar (?) pero los ?ltimos est?ndares dicen que hay que individualizar las dosis (?) pero el problema no es exclusivo de la UTIG, sino de la medicina en general: hay un tratamiento tipo y ya est? (Profesional Tr?nsit). Los sectores m?s cr?ticos con el tipo de atenci?n ofrecida en la UTIG celebran iniciativas como las de Tr?nsit, pues llevan tiempo reclamando un cambio de modelo: ?se trata de pasar de un r?gimen de autorizaci?n, el actual, que usurpa la capacidad de decisi?n personal sobre s? mismo, a un r?gimen de autonom?a informada? (P?rez, 2010: 109). Desde colectivos trans se quiere acabar con un modelo de atenci?n jer?rquico y patologizante, caracterizado por el benepl?cito experto y por el sometimiento a un proceso estandarizado. Creen, por el contrario, que el nuevo modelo ha de basarse en la despatologizaci?n y el reconocimiento de la diversidad trans, y tener como ejes vertebradores el consentimiento informado y la toma de decisiones compartidas. 2.5.3. Los cuidados informales: la autoatenci?n y la ayuda mutua Las pr?cticas de autoatenci?n Se entiende por ?autoatenci?n? (Men?ndez, 1984 y 2005) a aquellas pr?cticas terap?uticas realizadas por la propia persona (con la posible ayuda del entorno inmediato y/o grupo de pares) y que no cuentan con la intervenci?n de una figura experta reconocida institucionalmente. La autoatenci?n es una pr?ctica estructural (presente en toda sociedad), y a menudo constituye el primer nivel de atenci?n. En el caso de las personas trans, la autoatenci?n incluye una amplia gama de estrategias y pr?cticas corporales llevadas a cabo a lo largo de todo el itinerario terap?utico. Con el abordaje de las pr?cticas de autoatenci?n podremos observar que el cuerpo es el lugar de intersecci?n del mundo individual y social 276 (Esteban, 2004): la persona trans modifica su cuerpo de acuerdo a los est?ndares socialmente vinculados al g?nero que siente como propio con el fin de mejorar su bienestar personal; y este bienestar depende, en gran medida, de que el entorno reconozca de forma inequ?voca a la persona como un miembro del g?nero que ?sta desea representar. La identidad individual y la identidad social est?n ?ntimamente interrelacionadas y el cuerpo es su nexo de uni?n. Incluso antes de haber encontrado una categor?a autorreferencial y de haber solicitado al entorno el estatuto de asistible, las personas trans ejecutan toda clase de estrategias (a menudo, siendo ni?as y sin ser muy conscientes de por qu? lo hacen) para combatir el descontento por tener que representar el g?nero asignado y para expresar aquello que se desea ser. Con frecuencia se buscan espacios de confort en los que poder expresarse libremente, lo que implica situarse lejos de la mirada reprobatoria del entorno: (De peque?a) te pones los tacones de tu madre, a veces cuando ella no est?, te pones la ropa de ella, te maquillas un poco, te miras tu cara y ves que es mucho m?s favorable para ti sentirte mujer (Liliana). (De peque?a) montaba el caballo y me iba lejos de mi ciudad e iba a hacer lo que yo quer?a (...) y mis padres, como no hab?a con qu? jugar, pues me dejaban ir al arroyo. Y ah?, yo me ba?aba como una mujer, caminaba como una mujer y hac?a esa vida en esa selva. Luego, volv?a a mi contexto y hac?a lo que ten?a que hacer (Yolanda). Tambi?n entre los infantes y los adolescentes, la transgresi?n de los roles de g?nero, al menos en lo que a los c?digos est?ticos se refiere, es mucho m?s visible en el caso de ni?os afeminados que en el de ni?as con conductas masculinas, por lo que acostumbran a ser ellos quienes m?s han de vigilar d?nde y cu?ndo reproducen un g?nero que no les corresponde. Prueba de ello es que en la unidad de psicolog?a infantil del Cl?nic tienen a muchos m?s ni?os que ni?as con conductas de g?nero at?picas. Es el afeminado quien antes dispara la alarma en su entorno: Socialmente llama m?s la atenci?n un ni?o que quiera llevar una falda que una ni?a que quiera llevar pantalones. A los padres les llama m?s la atenci?n, alarma un poco m?s (Profesional UTIG). El transvestismo ocasional en espacios seguros es una pr?ctica habitual cuando todav?a no se ha ?salido del armario? ni se ha decidido empezar el proceso de transformaci?n corporal. Otra estrategia para eludir algunos de los roles impuestos consiste en adoptar alg?n estilo juvenil que se caracterice por no diferenciar est?ticamente a los g?neros: Durante un tiempo me vest? con ropa rapera. Los raperos y las raperas visten igual, entonces piensas que no es tu estilo pero te sientes m?s o menos bien (Sara). 277 Claro, como me encanta el manga y los vampiros, yo intentaba ser como ellos (?) Me gusta vestir g?tico porque es andr?gino. Siempre he intentado conseguir esa belleza que no sabes si es hombre o mujer (Hans). Y si muchas personas trans tratan de evadirse de los convencionalismos y jugar otro papel que no es el socialmente esperado, no resulta nada extra?o que encuentren en el teatro una v?a privilegiada de escape. Por todos es sabido que la met?fora teatral es la herramienta anal?tica utilizada por Goffman (2009 [1959]) para entender la interacci?n social. El enfoque dramat?rgico se basa en la idea de que toda interacci?n es una actuaci?n (performance), esto es, un papel representado ante una audiencia. Las personas trans saben mejor que nadie que la vida es un conjunto de escenarios en los que debemos representar diferentes papeles. Estas personas han tenido que representar durante parte de sus vidas un papel de g?nero que no deseaban; y son tambi?n plenamente conscientes de que tienen que planificar concienzudamente su puesta en escena si quieren que se reconozca socialmente su g?nero de destino: Llevo una doble vida, es un asco. Pero soy una actriz, en este sentido tengo la capacidad de adoptar varios papeles (Sara). Empec? a hacer teatro, a escribir y dirigir obras de teatro, y eso de alguna manera me hac?a desconectar totalmente (?) Cuando acababas de trabajar esperabas que hubiera teatro para poder sentirte?no es que te sintieras mujer, es que desconectabas totalmente del mundo de los hombres porque el mundo de los actores y de las actrices es mucho m?s abierto. El hecho de subir a un escenario y representar un personaje que no eras t?, pero tenerlo que representar e identificarte como si lo fueras, te hace entender que las personas pueden ser de una forma o de otra (?) A veces ten?a que subir al escenario para que una actriz captara el personaje. Y alguna vez me hab?an dicho: ?Ostras, si tu vistieras como una mujer, pasar?as totalmente desapercibida?. Claro, al decirme esto?esto me permit?a luchar contra la angustia de no sentirme reconocida durante este periodo de tiempo (Montse). Una vez se ha encontrado una etiqueta con la que autodefinirse y se ha decidido iniciar un itinerario terap?utico, se presenta la cuesti?n de c?mo gestionar el cambio de apariencia, y m?s si tenemos en cuenta que, a veces, el entorno cercano todav?a desconoce la situaci?n (o tiene dificultades para asumirla) y no se dispone del cuerpo adecuado al no haber empezado el tratamiento hormonal. Ante esta tesitura, algunas personas deciden modificar su aspecto paulatinamente para ir ganando autoconfianza e ir acostumbrando a sus allegados: 278 No, fue gradual. Yo iba haciendo el cambio y eso pero?Al principio ellos (sus padres) se sorprend?an al verme con un bolso, con una camiseta quiz? del Bershka, se sorprend?an, pero creo que se pensaban que era como una etapa, como un juego que ten?a (?) Bueno, el cambio yo lo he hecho muy paulatinamente. Veo gente que lo hace muy bruscamente y eso creo que es lo que m?s le choca a la familia y a los amigos (...) Entonces, pues empiezas un poco?te dejas el pelo largo, luego la camiseta, luego los zapatos de tac?n, hasta que ya completamente haces el cambio, porque si lo haces de un d?a para otro es muy chocante y traumatizante, tanto para ti como para la familia y los amigos (Pilar). No, poco a poco. Un d?a que sales, pues te pones tejanos de mujer, y otro d?a me pongo una camiseta, y ahora?Poco a poco. Por ejemplo, yo ahora me pongo tacones para salir de fiesta y en aquel momento no me los pon?a. Porque tienes que entender que a la sociedad tambi?n le cuesta. Yo ahora me pongo vestidos por la noche, pero antes no. Te vest?as un poco pero?poco a poco todo. Primero, un tejano, luego una camiseta, luego unas botas. No empiezas directamente con un mini-vestido y unos taconazos (Bego). En otras ocasiones, sucede justamente lo contrario. La ilusi?n por empezar a utilizar ropa de mujer junto con el temor de que el entorno no las reconozca como personas del g?nero femenino, provoca que algunas mujeres trans exageren su puesta en escena cuando se encuentran al inicio del proceso de transformaci?n corporal: Mira, cuando la mujer hace la transici?n se encuentra, generalmente, no todas pero s? la inmensa mayor?a, en una ?poca similar a la pubertad de una chica no transexual. Da lo mismo que tenga 40 a?os, 60 o 18 (...) le gustar?a desarrollarse como si en esos momentos tuviera 15-16 a?os (...) Lo que pasa es que tiras para adelante muy r?pido (...) En mi caso, con 46 a?os fui a comprar ropa que no he podido ponerme nunca porque tanto mi mujer como mi hija me dijeron: ?No tienes 14 ni 16 a?os. No puedes llevar eso? (...) Claro, hoy veo lo que me compraba y no me lo pondr?a ni por carnaval (Montse). Yo tuve una etapa en que me maquill? como una puerta porque los inicios son dif?ciles. Yo tuve esa etapa pero la fui superando, y en eso me ayudaron las hormonas. Porque t?, al principio, necesitas m?s reafirmaciones, necesitas el apoyo de mucha gente, que todos los dem?s vean lo que t? quieres que vean (Jennifer). Esta tendencia a la reproducci?n ?incluso exagerada? de los c?nones est?ticos de la feminidad tiene que ver en muchos casos con el deseo de ser aceptada socialmente como una mujer normal. Y es que, incluso desde los sectores m?s contestatarios, se reconoce que es necesario tener recursos como la autoestima y la seguridad en uno mismo para afrontar de la mejor manera las posibles sanciones sociales por presentar una imagen ambigua y no normativizada. Salir de casa sin maquillar y con una barba naciente siempre conlleva peligros, y la experiencia vital y la fortaleza de ?nimo son cualidades preciosas para enfrentarse a ellos: 279 Antes nos ten?amos que maquillar por narices porque ten?as que regular un poco el tono y disimular. Ahora te puedes permitir el lujo de salir sin maquillar, y eso va mucho con tu transici?n, con tu evoluci?n f?sica y ps?quica (?) Yo me hab?a pasado tres semanas encerrada en casa porque se me ten?a que hacer el l?ser (depilaci?n facial) a la cuarta semana y no ten?a los huevos de salir y enfrentarme porque, claro, no estaba preparada psicol?gicamente (?) Has de estar empoderada. Con 15, 17 o 20 a?os no est?s empoderada (?) Solo ves que: ?Me he de sacar la barba; me he de convertir en una mujer; ?ay, que los pechos no llegan nunca!; ?ay, que no se note!; ?ay, que no digan!?. Y ahora ha llegado un punto en que todo esto me da igual (?) Y de eso me doy cuenta cuando la gente se acerca a m?: antes yo era una aut?ntica diana, pero ahora, ser? por lo que desprendo, pero no hay huevos para poner en tela de juicio si soy un hombre o una mujer (Cati). Las m?ltiples t?cnicas y estrategias corporales ayudan a consolidar la identidad personal y social de la persona. El hecho de reconocerse frente al espejo y ser reconocido por los dem?s genera satisfacci?n y confianza, aunque para ello uno tenga que someterse a los imperativos est?ticos: Te digo una cosa: cuando salgo a la calle vestida de mujer es cuando m?s segura me siento de m? misma. Cuando salgo con mi falda, mis tacones, es cuando me siento una persona m?s segura (Paola). Pues al principio molesta el hacerte el l?ser. Pero te ves tan cambiada hoy en d?a? Yo lo disfruto. Me gusta tener el pelo largo y ponerme extensiones, me maquillo con tranquilidad y salir a la calle y sentirme segura. Yo lo disfruto (Luc?a). En cualquier caso, las pr?cticas corporales de autoatenci?n que realizan las personas trans forman parte de lo que Garfinkel (2006 [1968]), siguiendo a Goffman, denomina ?manejo de las impresiones?: esa tarea constante de gesti?n de las apariencias con el objetivo de lograr una posici?n de normalidad en el sistema de sexo/g?nero. Y, para lograrlo, existe una amplia variedad de pr?cticas corporales, tales como cambiar de peinado, modular la voz, vestirse, depilarse, maquillarse, moldear el cuerpo en un gimnasio: Pero bueno, es que tampoco he tenido mucho pecho. A los 13 a?os iba al gimnasio y empec? a hacer pectoral, pectoral, pectoral? (...) Sab?a que haciendo pectorales no me crecer?a el pecho (...) Tengo m?s pectoral que pecho (?lex). El lenguaje corporal y la expresividad son otros aspectos a gestionar si se quiere proyectar una imagen de g?nero est?ndar. La mayor?a de las veces son las propias personas trans las que se autoimponen una vigilancia constante. Pero, en otras, es el entorno inmediato quien controla a la persona para que realice una representaci?n de g?nero adecuada. Andrea, por ejemplo, se queja de que su hermana le est? dando constantemente 280 consejos sobre las posturas que son ?adecuadas para una mujer? y le repruebe algunos gestos que, en su opini?n, ?son t?picos de hombres?, como ?espachurrarse en el sof??. Al igual que suced?a con la apariencia f?sica, el cuidado del lenguaje corporal y de la expresividad suele ser mayor en los inicios del proceso de cambio: Al principio trataba de esconder los aspectos m?s femeninos de mi personalidad: no quer?a llorar en p?blico, no cruzaba las piernas como una mujer al sentarme, cuando me hac?an una foto pon?a gestos masculinos (?) Creo que algunos hombres o mujeres (trans) tendemos a exagerar y a evitar seg?n qu? cosas porque queremos parecernos al m?ximo al tipo de hombre o mujer que la sociedad quiere (Dani). Otro aspecto importante en el manejo de las impresiones consiste en planificar por anticipado las situaciones sociales que pueden arruinar la puesta en escena. Si no se ha modificado el cuerpo con t?cnicas hormonoquir?rgicas, los escenarios en los que prima la desnudez o la escasez de ropa han de ser cuidadosamente preparados o evitados: algunos hombres y mujeres trans no utilizan las duchas del gimnasio; en la playa, los hombres se ba?an con camiseta y las mujeres se ponen dos braguitas de ba?o. Para las dem?s situaciones cotidianas, existen varias t?cnicas y artilugios m?s o menos sofisticados para disimular cualquier signo corporal que pueda poner en duda el g?nero de la persona. Los hombres trans disimulan los senos con ropa holgada o usando el breast binding, una especie de faja pectoral que comprime el pecho. Para mostrar el ?paquete?, se opta por el cl?sico relleno o por distintas pr?tesis, que pueden llegar hasta los 1.700 euros. En el caso de las mujeres trans, se rellena el sujetador y se utilizan dos bragas: Lo que es una putada es cuando te quieres poner pantalones ajustados que te vayan a la cadera, porque la mayor?a de las transexuales nos tenemos que poner doble braga para ocultar nuestra cosa, y estar con tu cuerpo fajado es una putada (Adriana). Entonces, pues te ocultas (el pecho) con m?s camisetas, con cosas m?s oscuras, los pantalones anchos porque?yo antes era m?s delgado, hac?a m?s deporte, luego empec? a engordar y se nota un mont?n donde se va la grasa en una mujer: las cartucheras, el pecho (Dani). Yo no s? si te han explicado que los transexuales masculinos siempre hacemos algo para hacer que tenemos un paquete, yo no s? si te han explicado el truco del calcet?n: te pones un calcet?n doblado y se te nota el paquete (?) Por ejemplo, cuando fui a Arena (una discoteca) un chico me tir? la ca?a y me dijo: ?Hostia, pedazo paquete que tienes! (risas) (Marcos). 281 Por otra parte, Roman? y Comelles (1990) afirman que la automedicaci?n es la forma hegem?nica que la autoatenci?n adopta en nuestra sociedad actual. En el caso de las personas trans, la automedicaci?n consiste en la toma de hormonas sin control m?dico. L?gicamente, la autohormonaci?n prevalece sobre el tratamiento hormonal supervisado m?dicamente en aquellos lugares en los que el Estado no atiende las necesidades de la poblaci?n trans. Esto resulta especialmente evidente entre las mujeres trans espa?olas de mayor edad o entre las que proceden de determinados pa?ses, las cuales han vivido la mayor parte de sus vidas en contextos fuertemente estigmatizantes y totalmente ajenos a sus demandas de modificaci?n corporal. Sin embargo, la autoadministraci?n de hormonas es una pr?ctica com?n incluso all? donde la sanidad p?blica asiste a las personas trans. Son las mujeres trans las que generalmente optan por utilizar dosis elevadas con el convencimiento de que as? acelerar?n y aumentar?n los cambios corporales. Y es que, para ellas, las hormonas constituyen una suerte de santo grial con el que conseguir el cuerpo deseado: Muy bien, s?per bien, porque notaba cambios en los pechos, en las caderas, el culo m?s fuerte. Y al ser joven tu piel est? tersa, en la cara con un poco de maquillaje y ya lo tienes, el pelo te crece mucho mejor, se te va el vello corporal. Es una pasada, me sent?a muy a gusto hormon?ndome y me inyectaba cada semana (Liliana). Todas nos pon?amos parches por todos los sitios, nos pinch?bamos no s? cu?ntas veces a la semana, tom?bamos pastillas. Est?bamos muy locas por conseguir el cuerpo perfecto, lo m?s femeninas, lo m?s mujeres. Era como una lucha a contra reloj (Marta). El recurso a la sobredosificaci?n hormonal, la mayor?a de las veces a trav?s de una soluci?n inyectable, lo encontramos sobre todo en contextos en los que las mujeres trans no reciben ning?n tipo de ayuda institucional y la informaci?n relativa a los efectos del tratamiento es m?s bien escasa. Y es que, tal y como apuntan desde la UTIG: ?El tratamiento tiene un techo: puedes conseguirlo m?s r?pido o m?s lento, pero no te van a cambiar los huesos, ni el ment?n?? (Profesional UTIG). Hay que decir que, en Barcelona, la compra de estr?genos en las farmacias sin receta m?dica ha sido siempre algo sencillo, especialmente en el centro hist?rico de la ciudad, que es donde tradicionalmente se han concentrado las mujeres trans. En general, las mujeres siguen las indicaciones y consejos de expertos informales, como las trans m?s veteranas. Adem?s, tanto en algunos pa?ses latinoamericanos (a lo largo de este estudio hemos podido identificar Brasil, Bolivia, Colombia y Ecuador) como en la Espa?a de los 80 no era raro que fuera el mismo farmac?utico quien asesorase sobre el tratamiento e inyectase las hormonas: 282 Una iba totalmente mariquita a la farmacia: ?Hola, mira, quiero Progynon y una de Depro- Provera?. Pagas. ??Quieres que te la inyecte??. ?S??. ?Mil pesos m?s?. Te ponen la inyecci?n y ya est?. Nadie te pregunta qui?n te ha mandado la inyecci?n, solamente te la compras y ya est? (Liliana, colombiana). Me pregunt? (el farmac?utico) si me hormonaba, y le dije: ??Qu? tengo que hacer??. Y dijo: ?Pues nada, unas inyecciones?. Y le dije: ??Y sabes c?mo es posible??. Y me dice: ?S?, yo te puedo poner una si quieres??. (Gema, refiri?ndose a la Espa?a de los 80). Y llegu? aqu? y enseguida pues a las Ramblas. Y me acerqu? a una transexual y empec? a hablar con ella. Y me explic?: ?Tienes que ponerte esta hormona, y ?sa, ?sa, ?sa y ?sa??. Y en cuanto me di cuenta pues ya empec? con el tratamiento con las hormonas, sin prescripci?n m?dica, por supuesto (Marta). Fruto de esta toma excesiva de estr?genos, algunas de las entrevistadas afirman haber tenido problemas de salud: Tuve una sobredosis de hormonas en los a?os ?catap?n? (?) Vomiteras, un fuerte malestar. Del Progynon y del Topasel, porque no los tomaba pautados cada 15 d?as. T? ibas a la farmacia y: ??Venga, pa, pa, pa!? (Maribel). Pero el maleficio fue que, con 21 a?os, tuve un tumor en la pr?stata de tanta calcificaci?n de tanta hormona. Y entonces me oper?, me lo saqu?. Y desde entonces, como tres veces al a?o, me saco una temporadita (deja de tomar hormonas v?a oral) y me tomo un parche y eso (Luciana). Pero parece ser que con la edad aumenta la conciencia de que es necesario mejorar la gesti?n de los riesgos de salud. Tras a?os de practicar la autohormonaci?n y una vez interiorizado el discurso institucional (que advierte de los peligros de la automedicaci?n), algunas mujeres trans deciden recurrir a los cuidados profesionales. Sin embargo, el contacto con el circuito formal de atenci?n no conlleva necesariamente el abandono definitivo de la autohormonaci?n, pues si bien algunas de ellas cumplir?n en adelante las prescripciones m?dicas, otras tan solo recurrir?n al especialista para evaluar su estado de salud: Nosotras, la mayor?a de las veces, tomamos hormonas por nuestra cuenta. Hay hormonas que vienen sin receta y otras con receta. Pero yo, como estoy llegando ya a los 30, no puedo hacerlo a lo loco porque eso es malo. Necesito el m?dico para que me ponga el tratamiento, me mire el h?gado, la sangre. Tomar con seguridad (Regina). 283 Las que me aconsejaron empezar a tomar hormonas fueron otras chicas (?) yo ya tomaba hormonas, pero decid? ir al m?dico de cabecera porque, al fin y al cabo, tomando cosas por mi cuenta me pod?a perjudicar (?) y el m?dico de cabecera me mand? con un impreso al Cl?nico, al psic?logo, y a partir del psic?logo me mandan al endocrino (Luc?a). Con todo, hay que se?alar que no todas las mujeres trans recurren o han recurrido a la sobredosificaci?n hormonal, ya que algunas de ellas rebajan las dosis e incluso dejan de tomar hormonas temporalmente. Se trata de mujeres trans que quieren limitar los efectos feminizantes por varios motivos: algunas huyen de los estereotipos y persiguen tan solo una m?nima transformaci?n corporal; otras quieren obtener unos cambios que sean imperceptibles para un entorno que desconoce su realidad; y las hay que desean seguir utilizando su pene activamente durante las relaciones sexuales, ya sea con sus parejas o porque ejercen de trabajadoras sexuales17. En este ?ltimo caso, el compuesto a evitar es el acetato de ciproterona (comercializado bajo el nombre de Androcur), un antiandr?geno que rebaja la libido y dificulta la erecci?n y el orgasmo. Si para las mujeres trans que rechazan sus genitales, los efectos del Androcur son bienvenidos porque neutralizan una virilidad concebida socialmente como algo activo (Marta comenta que, al tomarlo, ?te pones m?s pasiva en el sexo?), para aquellas que tienen su pene como fuente de placer o herramienta de trabajo, el Androcur es algo a evitar porque es, en palabras de Carla, ?como una especie de castraci?n?: A veces es necesario dejar las hormonas (?) porque si tomas hormonas y ma?ana tienes que hacer un trabajo, tienes que follar? (?) Porque eso influye mucho en el trabajo, en la erecci?n y en el estado de nervios (?) Y aqu? los hombres pasan de esto: lo primero que te preguntan es cu?nto te mide y c?mo la tienes (?) ahora que regreso a Brasil me volver? a hormonar (Regina). Los hombres trans tambi?n recurren a la autohormonaci?n, pero en una proporci?n ostensiblemente menor que en el caso de las mujeres18. El hecho de que entre los hombres esta pr?ctica de autoatenci?n no est? tan extendida podr?a explicarse por varias razones: menor cultura autodid?ctica, expectativas corporales m?s modestas, un tratamiento androg?nico que provoca resultados m?s r?pidos y visibles que el estrog?nico o mayores dificultades para conseguir testosterona sin receta m?dica. Pere nos ofrece una explicaci?n de lo m?s clarividente para entender por qu? es m?s f?cil conseguir estr?genos que 17 Algunas de las trabajadoras sexuales entrevistadas explican que, en Espa?a, los clientes valoran obsesivamente el tama?o de su pene y su potencia para la erecci?n. 18 G?mez-Gil (2006) apunta que durante el per?odo 1996-2004, un 64.1% de las mujeres usuarias de la UTIG del Cl?nic se hab?a autohormonado antes de acudir al centro. En el caso de los hombres, la proporci?n bajaba hasta el 4.3%. 284 testosterona: ?Es dif?cil subir socialmente, y es m?s f?cil bajar?. En todo caso, hay que decir que existen circuitos informales de compra-venta e intercambio de hormonas masculinas. Ante las escasas garant?as que ofrece el mercado negro, algunos de los trans entrevistados se autohormonan con los medicamentos sobrantes de alg?n amigo que sigue el proceso en la UTIG: Has de tener amigos trans que est?n en un proceso y que puedan pasarte dos/tres sobres (de Testogel). A veces tiramos unos cuantos de una misma prescripci?n y compartimos (Pere). Tanto las personas trans como los profesionales m?dicos son conscientes de que la autohormonaci?n es una pr?ctica frecuente. Se trata de un modelo de autogesti?n farmacol?gica con el que las personas trans adaptan las dosis en funci?n de sus necesidades. En este sentido, la autohormonaci?n es muy similar a otras formas de automedicaci?n: las personas ajustan las dosis a la percepci?n subjetiva de su estado de salud. Puesto que la automedicaci?n sigue siendo una pr?ctica com?n aunque se ofrezca asistencia p?blica, desde los sectores menos ortodoxos del estamento m?dico se entiende que una soluci?n posible ser?a ense?ar a las personas trans a automedicarse. Si la automedicaci?n sigue produci?ndose, al menos que se haga con cierta precauci?n: Adem?s, las personas transexuales, como tantas otras, a veces se toman media pastilla o no se la toman y dicen: ?Pues hoy le doy fiesta a esta pastilla? (?) no deber?amos sorprendernos porque todo el mundo lo hace (Profesional Tr?nsit). Se trata de minimizar riesgos. Son personas que se autohormonan o que no llevan ning?n control. Se trata de intentar orientar un poco: que no hagan barbaridades, que no se metan cosas que compren por internet. Se trata de darles informaci?n y que sean ellas quienes decidan (Profesional Tr?nsit). La mayor?a de las personas entrevistadas valoran positivamente que exista en Catalu?a un centro hospitalario que prescriba y supervise el tratamiento hormonal. Sin embargo, esta opini?n no es un?nime. Algunas personas trans (sobre todo mujeres que se consideran autodidactas porque iniciaron la toma de hormonas antes de la existencia de ayuda institucional) ven este tutelaje experto como una p?rdida de autonom?a en la (re)construcci?n de sus cuerpos, a la vez que critican la voluntad normalizadora y homogeneizante de la acci?n biom?dica: Los m?dicos tienen tendencia a medicar m?s. Ellos quieren que el cambio de sexo sea total. No quieren estados intermedios e intentan que la persona transexual haga todo el proceso. Para la transexual autodidacta, el g?nero no est? tan encorsetado; la tendencia no es tan a ser mujer. 285 Nuestra tendencia es ser m?s autodidactas. Incluso hay transexuales que no se hormonan: se hormonaron durante un tiempo, eso les quit? el deseo sexual o lo que sea, ellas quer?an funcionar o lo que sea, y ya no se hormonan (M?nica). Existe una desconfianza muy grande (por parte de las m?s veteranas) hacia cualquier cosa que se institucionalice: ?Aqu? me van a querer curar. Y, a parte, en mi cuerpo no me manda nadie? (Profesional UTIG). Son estas personas cr?ticas con la UTIG las que aseguran que la autohormonaci?n no tiene por qu? ser m?s peligrosa ni ofrecer peores resultados que el tratamiento realizado bajo control m?dico. Eduardo Men?ndez (1984), gran referente en el estudio de las pr?cticas de autoatenci?n, asegura que dicho modelo de atenci?n tiene entre sus caracteres b?sicos la eficacia pragm?tica y una concepci?n basada en la experiencia. Por ello, no es de extra?ar que existan voces que defienden la validez de los conocimientos obtenidos por las propias mujeres trans: Una hormonaci?n guiada (m?dicamente) o una autohormonaci?n van a ser la misma cosa si t? tienes una asesor?a correcta. Es que el m?dico no te va a dar una cosa que no?Teniendo la asesor?a, vas a hacer lo mismo. No tiene mucho misterio la cosa (Gema). Entre las mujeres trans existe otra pr?ctica de autoatenci?n que destaca por su peligrosidad: las inyecciones de silicona l?quida. Esta pr?ctica, realizada clandestinamente a causa de su ilegalidad, estuvo muy extendida en nuestro pa?s, especialmente durante los a?os 80 y 90. En opini?n de algunas de nuestras informantes, todav?a se practica en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, aunque se ha convertido en una pr?ctica muy minoritaria. En algunos pa?ses latinoamericanos, sobre todo en Brasil, se realiza de forma frecuente. En general, dicha pr?ctica la realizan mujeres trans experimentadas, quienes, en un domicilio privado, aplican con una jeringuilla una sustancia l?quida (puede ser silicona, pero tambi?n parafina, aceite de avi?n o polimetilmetacrilato) en caderas, nalgas, pechos o p?mulos, con el objetivo redondear el cuerpo y acercarlo as? al ideal est?tico de la feminidad19. Esta pr?ctica tiene que ver con una multiplicidad de factores, como la ausencia de apoyo sanitario p?blico, la pobreza, la desinformaci?n o la transfobia y la 19 Debemos destacar los riesgos para la salud derivados de las inyecciones de silicona en el cuerpo. Y es que, a la nocividad inherente a los productos empleados, se le ha de sumar el problema de la migraci?n de la sustancia inyectada, que puede llegar hasta los ?rganos vitales. Todo ello puede generar, entre otros problemas, insuficiencias respiratorias, trombosis venosas, tromboembolismos pulmonares, necrosis y paros card?acos, llegando a causar la muerte de la persona afectada. Adem?s, para un m?dico resulta extremadamente dif?cil retirar la silicona del organismo una vez ha sido inyectada. 286 exclusi?n social que experimentan las mujeres trans. Con todo, el ideal femenino presente en cada sociedad tambi?n es otro factor a tener en cuenta: Porque les gustan esos cuerpos jarr?n, esos cuerpos de rotundamente mujer y de expresi?n? Adem?s, parece ser que en Brasil se valora mucho m?s los culos, las caderas, m?s que los pechos. Es una cosa cultural (Gema). Todas las mujeres entrevistadas que se han inyectado alg?n producto clandestinamente se arrepienten de haberlo hecho, pues han sufrido, en mayor o menor medida, alg?n problema de salud y/o est?tico por haber recurrido a esta pr?ctica. La voluntad de feminizar el cuerpo r?pidamente, la presi?n de los pares, la ausencia de recursos econ?micos para acudir a un cirujano y el hecho de desconocer la peligrosidad de inyectarse estas sustancias, son las razones esgrimidas para explicar lo que hoy consideran un grave error: Y me arrepiento much?simo de hab?rmelo hecho. Pero, claro, no ten?a forma, y yo necesitaba formita, y claro, pues todas ten?an su cuerpo hechos de silicona y dec?an: ??Ay, mira qu? cuerpo que me he hecho, mira qu? bonito, y que no pasa nada!? (...) Quien lo hacia era (una mujer trans famosa entre los c?rculos barceloneses), que dec?a: ?Mira qu? cuerpo, y que no tengo ning?n problema?. Y yo digo: ?Pues mira, yo voy a hacerlo?. Y ya te digo que al principio yo estaba s?per contenta con mi cuerpo, un cuerpazo, pero luego ya empec? que si se me hinchaba una cadera y luego la otra? (Marta). Una solo se enteraba de todos los problemas al respecto, desde las piernas de elefante hasta las caderas desiguales, cuando ya te hab?as metido la silicona y hab?as apoquinado las 50.000 pesetas de la ?poca. Hasta ese momento, todo era fant?stico (Cati). Pero incluso siendo conscientes de los muchos, y muy graves, riesgos para la salud que entra?an las inyecciones clandestinas, algunas mujeres decidieron someterse a ellas por el deseo y las prisas para obtener, a toda costa, el cuerpo perfecto: Me lo hice en las caderas. Me lo hice con compa?eras, clandestino. Y sab?a que era peligroso. S?, pero para nosotras es una manera m?s r?pida, y porque la hormona es un tratamiento caro para la persona que no tiene dinero. Cada semana hay que comprar e inyectar. Y tienes que estar un a?o o dos a?os para que salga el pecho. Y la silicona te lo pones y ya est?, es m?s r?pido. Pero hay muchos efectos. Nosotras somos conscientes del peligro, pero da igual. Nadie me enga?? (Regina). 287 La ayuda mutua La importancia del grupo de pares es central en los itinerarios terap?uticos de las personas trans, porque es en el marco de estas redes sociales, formadas por iguales, donde se intercambian informaciones sobre los recursos disponibles (m?dicos, cirug?as, hormonas, derechos, etc.) y se produce en buena medida la construcci?n de las subjetividades trans. Hay que se?alar que, en el nuevo contexto de la sociedad del conocimiento, el grupo de pares tiene un alcance emocional local (amigos y asociaciones) como tambi?n un alcance informacional global (el conjunto de personas conectadas mundialmente a trav?s de la red). En internet abunda la informaci?n sobre m?ltiples aspectos relacionados con el universo trans, y en los foros se puede buscar respuestas a cualquier tipo de dudas y encontrar el apoyo del grupo de iguales. El siguiente extracto de un di?logo mantenido en el principal foro de internet para personas trans en lengua espa?ola, constituye un buen ejemplo de ello: Asunto: Ayuda urgente!! Adriana 236: Hola a todas y a todos. Al igual que algunas y algunos del foro, puedo decir que soy una persona que est? indecisa acerca de qu? es lo que quiero ser, digamos que estoy indefinido, atrapado entre las dos personalidades, no s? si quiero ser un hombre o una mujer, actualmente solo podr?a definirme la palabra travesti. Desafortunadamente, no he encontrado a un psic?logo cerca de donde vivo, y necesito urgentemente a alguien que me ayude a definir qu? camino elegir. Jaiz: Hola. No soy psic?logo pero decirte que no te rompas mucho la cabeza buscando la ?etiqueta?, vive tal como puedas y sientas. No hay obligaci?n de ser una cosa u otra, la identidad de g?nero es tan diversa como personas hay en el mundo y todas son v?lidas. Sophia: Pero ser mujer o ser hombre no es un camino a elegir, si no te sientes mujer, entonces la transexualidad no es para ti, es cosa de mirar en tu interior. En nuestras sociedades complejas, las personas con alg?n atributo en com?n y necesidades y objetivos similares suelen agruparse de manera m?s o menos formal. En Catalu?a existen varias asociaciones formadas exclusivamente por personas trans, y otras que operan bajo el acr?nimo LGTB, que desarrollan un papel fundamental en el apoyo mutuo de sus miembros y en la reivindicaci?n de derechos sociales. El Col?lectiu de Transsexuals de Catalunya y la Associaci? de Transsexuals de Catalunya son dos de las organizaciones m?s veteranas, cuya actividad ha sido determinante para obtener derechos tales como la financiaci?n p?blica de las cirug?as de reasignaci?n sexual. A parte de las asociaciones tradicionales, la lucha contra la patologizaci?n ha motivado la aparici?n de dos nuevos 288 colectivos en territorio catal?n: Octubre Trans y Cultura Trans. Si bien la necesidad de adherirse a dicha lucha fue lo que gener? su creaci?n, actualmente sus reivindicaciones y actividades van mucho m?s all? del 20 de octubre, que es el d?a internacional por la despatologizaci?n de la transexualidad. En este sentido, Cultura Trans ?promueve actividades que giran en torno a la visibilidad del colectivo y los derechos tales como el acceso a la salud, al mercado laboral o a construir espacios de ocio inclusivos?20. Por su parte, Octubre Trans destaca por ser un colectivo m?s politizado, pues prefiere seguir una l?nea de trabajo ?que no s?lo cuestione la patologizaci?n de los cuerpos no normativos, sino tambi?n las estructuras de poder tales como el estado, la iglesia, el heteropatriarcado y el capitalismo en general?21. Estos grupos de ayuda mutua son redes sociales autogestionadas ?que ofrecen opciones de atenci?n que complementan y compiten, pero que, sobre todo, tienden a cuestionar la oferta de la atenci?n m?dica profesional? (Haro, 2000: 113). En este sentido, Montse nos cuenta que, cuando formaba parte de la Associaci? de Transsexuals de Catalunya, los miembros de la asociaci?n realizaban un acompa?amiento a las personas que iniciaban el test de la vida real en la UTIG para que ?no se sintieran tan solas como cuando tienes que hacerlo por tu cuenta?: sal?an con ellas cuando se travest?an e iban comprar ropa, al cine, a tomar algo, etc. Por su parte, Tere nos recibe en la sede de la asociaci?n En Femme, un amplio local (de unos 120 m?) lleno de armarios y tocadores que ella define como ?un espacio de libertad? para personas transg?nero: En este sitio descubro que hay m?s gente como yo: gente que se viste de mujer en su casa, o personas que est?n casados con mujeres y que van a ese sitio y se visten de mujer. Es un sitio en el que hay todo el espectro: est? desde el hombre heterosexual que le gusta ponerse unos tacones, hasta la persona que lleva toda su vida plante?ndose hacer la transici?n de g?nero y llega a este sitio, hace una prueba de vida, y dice: ?Joder, esto es lo que quiero? (?) Pagas 50 euros al mes y tienes tu armario, tienes derecho a llave y haces lo que har?as en casa, pero con m?s gente (?) Y de vez en cuanto hacemos fiestas y eventos: para Carnaval, Halloween, Navidades, primavera. A parte de las que son socias, viene gente que est? satelizando por ah? pero que no tiene derecho a llave porque no puede pagar los 50 euros, o porque ya no tiene armario porque no cabemos. Entonces, se entera de que hay la fiesta, paga 10 euros de entrada y vive esa tarde-noche como una mujer. A m? me salv? la vida (Tere). Adem?s, en Catalu?a, el Casal Lambda ofrece una alternativa a la UTIG en la atenci?n psicol?gica a las personas trans. Frente a la visi?n homogeneizante y patologizante mantenida por los protocolos de atenci?n biom?dica, los terapeutas del Casal Lambda 20 http://culturatrans.org/nosotros/ 21 http://octubretransbcn.wordpress.com/about/ 289 parten del respeto a la pluralidad de cuerpos y trayectorias trans, lo que les lleva a trabajar con personas con expresiones de g?nero heterodoxas22. Este reconocimiento de la diversidad lleva a los profesionales de la asociaci?n a rechazar el cl?sico proceso diagn?stico jerarquizado y repleto de categor?as estancas, hecho que agradecen las personas usuarias: En el centro hospitalario (UTIG) he tenido la sensaci?n de estar pasando un examen para ver si me adecuaba, o no, a lo que ten?a que ser un transexual (...) mientras que con la psic?loga de la asociaci?n gay era distinto: me explicaba que el mundo transexual es muy grande y que su espectro es muy amplio (Ana). ?Y para qu? quieres una categor?a? Claro, hay gente que tiene una personalidad muy r?gida, muy obsesiva, y necesita saber qu? es y viene para que yo se lo diga. Y yo no pienso decir nada (?) Hombre, depende. A lo mejor esta persona est? transitando, est? construyendo y no se puede decir nada. A lo mejor hoy eres una cosa y ma?ana eres otra (?) Claro, ?qu? pasa? Que a mucha gente se le pone una etiqueta de ?travesti? en un momento dado y al cabo de un tiempo va cambiando y pasa a ser transexual. Va cambiando en todas estas categor?as y definiciones (?) Trato de trabajar desde el punto de vista de entender lo que pasa, no de trabajar tanto con categor?as, sino de normalizar los procesos, trabajar si hay ansiedad, ofrecer recursos (Psic?loga Casal Lambda). Asimismo, en el local del Casal Lambda se organiza una vez al mes el Espai Obert Trans/Intersex, un espacio de encuentro de personas trans e intersex que pretende constituirse en una alternativa a las sesiones de grupo que ofrece la UTIG. Si los grupos de ayuda mutua organizados por la UTIG (tambi?n una vez al mes) son reuniones de tipo vertical, puesto que est?n dirigidas por la psic?loga o la psiquiatra encargadas de otorgar el diagn?stico (lo que puede condicionar las opiniones de las personas asistentes), en las reuniones del Espai est? ausente la figura del experto dirigente: Hay diferencias entre las reuniones de grupo del hospital y las que hacemos en la asociaci?n gay (?) para empezar, en la asociaci?n no hay expertos regulando las charlas y m?s bien se trata de reuniones de amigos que hablan de lo que les apetece (Ana). El espacio trans es simplemente un espacio de encuentro para personas trans, amigos y familias. Desde el a?o pasado un grupo de unas cinco o seis personas nos ocupamos de programar m?s actividades: pases de pelis, salidas, talleres. Naci? como respuesta a un momento en que el ?nico espacio de encuentro era el Cl?nic (?) Primero, que a la terapia de grupo del Cl?nic solo puedes ir si est?s haciendo el proceso. La terapia del Cl?nic es una terapia de grupo, donde t? tienes a 22 Aunque si la persona que acude al Casal Lambda desea seguir un tratamiento hormonal y/o realizar la cirug?a de reasignaci?n genital en la sanidad p?blica, deber? acudir a la UTIG y pasar por el proceso diagn?stico. 290 una psiquiatra o una psic?loga que lo controlan y te explican la moto. El espacio trans es un lugar abierto de socializaci?n (Marc). Por su parte, algunos de los profesionales m?dicos que trabajan en la UTIG o en cl?nicas privadas observan las asociaciones trans con cierto recelo e, incluso, abierta hostilidad. Hay que tener en cuenta que las actividades y reivindicaciones de estos grupos de ayuda mutua chocan a menudo con el trabajo y los intereses de los profesionales reconocidos institucionalmente. Es por ello que no resulta extra?o que desde algunos sectores de la clase m?dica se considere que estas organizaciones representan a una minor?a que vela por sus propios intereses, los cuales no tienen por qu? concordar con los de una ?mayor?a silenciosa? cuyo ?nico objetivo es la normalizaci?n social: Porque hay reivindicaciones que me parecen absurdas. Creo que lo hacen por quejarse. Porque hoy en d?a, en Espa?a, se ha avanzado mucho en pocos a?os. Pero, ?qu? ocurre?, que se siguen quejando igual. Los colectivos, no los pacientes. Los colectivos representan a una minor?a de los pacientes, una minor?a muy minor?a. Con lo cual, muchas veces esas minor?as son minor?as muy especiales, con lo que no representan a la mayor?a de los pacientes, y eso es una pena. Porque son los que tienen la voz (los colectivos) y es donde acuden habitualmente los periodistas, y muchas veces no corresponden con el sentir de la mayor?a de gente (Profesional UTIG). La transexualidad es como un iceberg donde la gran masa de transexuales est?n bajo el mar, no se ven ni quieren ser vistos, porque la gente no va diciendo por ah?: ?Soy un infartado, soy un Alzheimer?. Tienen sus problemas, los solucionan y punto. Luego hay una punta del iceberg que son los visuales. Curiosamente, los visuales son los menos transexuales de todos, puesto que est?n m?s preocupados por los movimientos sociales, por quienes son, por lo que van a conseguir de los pol?ticos o por el dinero, que por su propia condici?n de transexual, que es lo que menos les importa (...) El gran grupo no se re?ne, no se asocia, y si se re?nen son como amigos y amigas, que t? los ves y son como t? y como yo. El otro grupo, visualmente, tiene una est?tica mucho m?s esperp?ntica porque: peluca, mucho travestido, gente que no tiene una identidad clara, que no se quiere operar (...) Una persona marginada, que no le ha dicho ?hola? ni su padre, de repente tiene el tel?fono m?vil del pol?tico de turno, imag?nate lo que eso significa (Cirujano cl?nica privada). 2.6. Fin del proceso asistencial o la obtenci?n de un nuevo estatus de g?nero El ?ltimo estadio de la terapia biom?dica de modificaci?n corporal lo constituyen las denominadas ?cirug?as de reasignaci?n sexual?, a saber, todas aquellas cirug?as destinadas a modificar los caracteres sexuales primarios y secundarios de la persona. En cuanto a los caracteres secundarios, los hombres trans pueden someterse a la mastectom?a y a implantes pectorales, mientras que la oferta para las mujeres es mucho mayor: desde la mamoplastia 291 de aumento, pasando por las m?ltiples cirug?as destinadas a feminizar el rostro (tales como la rinoplastia o la modificaci?n de los huesos de la frente y la mand?bula), hasta otras operaciones cuyo fin no es otro que lograr una apariencia femenina exenta de ambig?edad, como la reducci?n del cart?lago tiroideo (Nuez de Ad?n) o la operaci?n de las cuerdas vocales (Monstrey y Hoebeke, 2003; Sarmentero, 2003; Ma?ero, 2006). La explicaci?n a esta mayor variedad de cirug?as feminizadoras es doble, y ayuda tambi?n a entender el recurso a la sobredosificaci?n hormonal por parte de algunas mujeres trans. Por un lado, los mayores imperativos est?ticos a los que est? sometida la mujer occidental condicionan fuertemente la reconstrucci?n corporal de aquellas mujeres trans que temen que se descubra su condici?n. Por otro lado, y si los comparamos con la acci?n virilizante de la testosterona, la acci?n feminizante de los estr?genos es m?s limitada, ya que no modifican rasgos tan determinantes en la interacci?n social como son la voz o la estructura ?sea. Dentro de las ?cirug?as de reasignaci?n sexual? se encuentran tambi?n las ?cirug?as de reasignaci?n genital?, conocidas coloquialmente como las ?operaciones de cambio de sexo?. En el caso de las mujeres trans, los procedimientos quir?rgicos genitales suelen incluir la orquidectom?a (extirpaci?n de los test?culos), la penectom?a (extirpaci?n del pene), la vaginoplastia (construcci?n de una neovagina)23, la clitoroplastia (construcci?n de un cl?toris) y la labioplastia vaginal (construcci?n de los labios vaginales). Los hombres trans pueden someterse a la histerectom?a (extirpaci?n de la matriz y los ovarios) y, para la formaci?n de un pene, tienen a su disposici?n dos t?cnicas: la metaidioplastia (se da la forma de un micropene de unos 3-6 cm. al cl?toris que ha crecido gracias a la terapia hormonal) y la faloplastia (construcci?n de un neopene)24. Ambas t?cnicas se combinan con la implantaci?n de pr?tesis testiculares. Como se ha comentado anteriormente, desde finales de 2008 la Generalitat de Catalu?a financia las cirug?as de reasignaci?n genital as? como las mastectom?as realizadas en el Hospital Cl?nic de Barcelona. Sin embargo, el hecho de que la demanda supere con creces a la oferta y que la sanidad p?blica espa?ola sea uno de los sectores m?s afectados por los graves recortes del gasto p?blico, motiva que actualmente la lista de espera para entrar en el quir?fano sea de 3 a 5 a?os. Por eso, la sanidad privada constituye la principal salida 23 Para la vaginoplastia, la t?cnica m?s utilizada, aunque no la ?nica, es la de la inversi?n peneana, que consiste en construir una neovagina mediante la piel invertida del pene y del escroto (Ma?ero, 2006). Resulta curioso observar c?mo esta t?cnica, desarrollada en tiempos del dimorfismo sexual, evoca la concepci?n gal?nica de la vagina como un pene invertido. 24 La faloplastia implica la construcci?n de un pene usando piel proveniente de otras ?reas del cuerpo. Dependiendo del tipo de faloplastia, la piel es tomada del abdomen, la ingle/pierna y/o el antebrazo. La faloplastia requiere usualmente una extensi?n uretral para que el paciente pueda orinar a trav?s del neopene. Asimismo, puede ser insertado un injerto flexible o un dispositivo de bombeo para garantizar la erecci?n. 292 para aquellas personas que consideran urgente la cirug?a, aunque no son pocas las que no tienen acceso a ella por motivos econ?micos: una vaginoplastia puede costar entre 12.000 y 18.000 euros, mientras que la faloplastia puede ascender hasta los 35.000 euros. Para las cirug?as genitales, la UTIG sigue los Est?ndares de Cuidado de la WPATH (2011), que establecen como requisitos indispensables: la mayor?a de edad legal, que se acredite una ?disforia de g?nero? persistente, estar debidamente informado y tener plena consciencia de los efectos del tratamiento, 12 meses continuados de terapia hormonal y llevar 12 meses consecutivos viviendo en el g?nero deseado. Con todo, existe en nuestro pa?s un caso excepcional que podr?a sentar jurisprudencia. En el a?o 2010 un juez autoriz? a una menor de 16 a?os a someterse a la vaginoplastia tras contar con el benepl?cito de los m?dicos forenses. Al no existir ning?n hospital p?blico espa?ol que contemple en sus protocolos la realizaci?n de las cirug?as de reasignaci?n genital a menores, la operaci?n se efectu? en una cl?nica privada de Catalu?a. Preguntado por este suceso, el m?dico que llev? a cabo la operaci?n defiende la idoneidad de la cirug?a por tratarse de una chica que desde peque?a mostraba una identidad claramente femenina, llevaba a?o y medio siguiendo una terapia hormonal bajo control psiqui?trico, y contaba con el apoyo de familiares y expertos. Adem?s, nos cuenta que actualmente la chica ?est? muy feliz?, por lo que si bien matiza que cada caso deber?a tratarse separadamente y con cautela, se posiciona a favor de las operaciones con adolescentes si constituyen ?casos muy claros?. Al igual que suced?a con el tratamiento hormonal, las intervenciones quir?rgicas a menores de edad tambi?n suscitan una encendida controversia. En su d?a, la Federaci?n Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) mostr? su satisfacci?n por el fallo judicial, y aprovech? para solicitar que no fuera necesaria la autorizaci?n de un juez para que los menores pudieran acceder a las cirug?as porque se estaba vulnerando ?el derecho al libre desarrollo del o la menor?. En opini?n de Mar Cambroll?, coordinadora del ?rea trans de la FELGTB, ?negar la transexualidad hasta la mayor?a de edad s?lo alarga el sufrimiento de la juventud trans, que deber?a tener los mismos derechos que el resto y poder decidir, por supuesto contando con la opini?n de los profesionales sanitarios? (EFE, 2012). Por el contrario, los colectivos m?s cr?ticos con la gesti?n biom?dica de la transexualidad lamentan que se presente la soluci?n quir?rgica como la ?nica v?a posible para garantizar el bienestar de las personas trans, y que dicha soluci?n se aplique progresivamente a edades m?s tempranas: Son los m?dicos los que nos han vendido unas castraciones est?ticas con las que yo no estoy ni en contra ni en desacuerdo. Que la gente haga lo que quiera con su cuerpo. Pero un menor de edad? (Gema). 293 El sistema de sexo/g?nero est? s?per bien armado. Hombre, si fuera m?s f?cil escapar, la gente ni siquiera entrar?a en un quir?fano. ?Por qu? alguien entrar?a en un quir?fano, en una operaci?n que se juega la vida, si pudiera escapar? Si lo hace es porque realmente no encuentra salida. Y no estamos juzgando a la gente que se opera, sino en qu? sociedad de mierda vivimos para que alguien, para ser feliz, necesite operarse. O sea, prefieres adaptarte t? a la sociedad, en vez de que la sociedad se adapte a ti. Lo entiendo, pero me da much?simo que pensar (Luis). Al igual que las otras fases del itinerario terap?utico, la decisi?n de la persona trans de someterse a una ?o varias? cirug?as de reasignaci?n sexual est? condicionada por una serie de factores: sus ideales de g?nero y expectativas corporales, su estado de salud, sus recursos econ?micos y culturales, su situaci?n socio-laboral, su relaci?n con las instituciones m?dicas, la oferta y calidad de las tecnolog?as quir?rgicas, etc. Hay que decir, no obstante, que la importancia relativa de cada factor var?a no solo en funci?n de cada caso personal, sino tambi?n en funci?n de si se trata de un hombre o una mujer trans. Es por ello que analizaremos las t?cnicas quir?rgicas de feminizaci?n y masculinizaci?n de forma separada. 2.6.1. Las cirug?as feminizantes El modo en que las mujeres trans piensan y construyen subjetivamente su cuerpo y, especialmente, los significados que atribuyen a sus genitales, es lo que marca sus posiciones personales en torno a la posibilidad de operarse o no. En especial el pene, como principal indicador del g?nero masculino, se ve sometido a una mir?ada de relatos y significados que refleja la enorme pluralidad y diversidad de las mujeres trans: no todas son iguales, ni todas viven del mismo modo su genitalidad. Lo que s? tienen en com?n es que deben posicionarse ante un relato que es anterior a ellas. Se trata de un relato cultural que piensa el g?nero en t?rminos de genitalidad. Tal y como hemos visto con anterioridad, para algunas mujeres trans sus genitales son fuente de disgusto y el principal causante de su rechazo corporal. A este respecto, algunas de ellas establecen con su pene analog?as que denotan morbilidad: Pilar lo considera ?un quiste que estoy esperando a que me lo quiten?; mientras que Nuria lo imagina como ?un tumor a extirpar?. Las palabras que siguen sintonizan plenamente con la idea benjaminiana de la mujer transexual que detesta profundamente sus genitales de nacimiento: Yo no he penetrado nunca a nadie, ni he dejado que me la toquen. Entiendo que, si estoy en pareja, no he de estar todo el d?a escondi?ndome, pero me da mucho asco. Siento asco de m? misma porque me veo como un tipo de personaje con el que no me siento nada identificada (Irene). Yo, cuando voy al lavabo, yo cojo, me bajo las bragas, me siento y ni me la toco. Cojo un poco 294 de papel, hago as? para ni toc?rmela, me subo las bragas y ni la quiero ni mirar. No quiero saber nada de esa cosa que hay ah? (...) Me sigue molestando, pero claro, es algo que vives con ello y te tienes que acostumbrar. Pero tambi?n hay momentos en los que coges, miras para abajo y dices: ?Te odio, ?por qu? est?s ah??? (Marta). Evidentemente, las mujeres que significan tan negativamente sus genitales desean firmemente la cirug?a genital. Se cree que la cirug?a constituir? el paso definitivo para corregir la disonancia producida por tener un cuerpo que no se ajusta a la propia identidad: ?la operaci?n va hacer que todo mi cuerpo est? en armon?a conmigo misma? (Jennifer); ?la operaci?n har? que mi cuerpo encaje con mi forma de ser? (Jessica). Esta convicci?n de que la cirug?a acabar? con el desajuste mente/cuerpo genera un fuerte deseo de pasar por el quir?fano que, a menudo, prevalece sobre el temor a las posibles ?y probables? complicaciones post-operatorias: Cuando entr? en el quir?fano ya hab?a aceptado que pod?a morir si la cosa sal?a mal, o que quiz? no obtendr?a nunca m?s placer sexual, pero todo eso me daba igual. Mientras me quitaran el pene? (Montse). Siempre le digo lo mismo a mi familia y mis amigos: ?Si me pasa algo en quir?fano, por favor, ni llor?is ni os sint?is mal ni nada, porque habr? muerto siendo la chica m?s feliz del mundo, la m?s feliz del mundo, porque habr? muerto cumpliendo mi sue?o? (Pilar). La voluntad de operarse a toda costa, dejando de lado los posibles efectos adversos de una operaci?n que reviste gran complejidad, puede entenderse por el profundo disgusto causado por unos genitales no deseados. Pero esta asunci?n de riesgos se entiende mejor si pensamos que algunas de estas mujeres consideran que la cirug?a no solo les permitir? obtener unos genitales femeninos, sino tambi?n experimentar eso que denominamos ?feminidad?, consiguiendo con ello una posici?n de normalidad dentro de nuestro sistema de sexo/g?nero: Queremos un co?o porque queremos sentirnos mujer al 100%, ser una mujer m?s, tener lo que tienen ellas y hacer una vida normal (Jessica). Es ese orgasmo que siempre hab?a deseado. Antes de la operaci?n, cuando hab?a penetraci?n, ten?as que utilizar mucho la imaginaci?n, retardar al m?ximo ?el momento? para disfrutarlo. Y, ahora, no. Es un orgasmo m?s natural y prolongado (Montse). Las complicaciones posquir?rgicas existen: Montse tuvo una necrosis que la tuvo cinco meses de baja laboral, Bel?n necesit? una segunda cirug?a correctora y Carla tuvo una 295 infecci?n con la que, seg?n sus palabras, estuvo a punto de morirse25. Sin embargo, la clase m?dica ha tendido a dejar en un segundo plano los riesgos para la salud y a ensombrecer los arrepentimientos de personas operadas, y todo ello para fomentar la visi?n de la cirug?a como la puerta de entrada al reino de la feminidad. Esta estrategia de ocultaci?n de fracasos y enaltecimiento de resultados se lleva a cabo, sobre todo, en las cl?nicas privadas, donde, a parte de la reputaci?n del profesional, priman los intereses econ?micos: ?Qu? experiencia me dan los 700 pacientes operados durante los ?ltimos 11 a?os? No uno ni dos, 700. Pues bien, que todos, y toco madera, han obtenido un nivel de felicidad superior, est?n integrados en su cuerpo, ha aumentado su condici?n social (?) y tienen una vida normal y corriente (Cirujano cl?nica privada). Por su parte, una de las personas entrevistadas m?s cr?ticas con el modelo de atenci?n biom?dico, M?nica, denuncia encarecidamente esa visi?n idealizada de la operaci?n que comparten algunos cirujanos y personas trans. En su opini?n, las trans han de desconfiar de cualquier promesa de normalizaci?n, e insta a estas mujeres a ?romper tab?es? para as? descubrir ?lo bueno de su cuerpo?: Sobre todo porque la ciencia nos ha vendido la operaci?n como algo id?lico, cuando no lo es (?) Siguen diciendo que seremos mujeres, que estaremos bien aceptadas. Pero esto de que la sociedad te va a aceptar con una castraci?n es una milonga, una tonter?a (...) Yo no estoy en contra de la operaci?n, pero lo que recomiendo es un rodaje antes, un rodaje sexual: hay que practicar sexo antes para darse cuenta de que la operaci?n no es necesaria (M?nica). Hay que decir que no todas las personas que desean pasar ?o pasan? por la cirug?a genital han sentido aversi?n hacia sus genitales. Tenemos aqu? otro ejemplo m?s de la amplia gama de biograf?as y experiencias trans, dif?cilmente entendibles si nos ce?imos a la concepci?n innatista y un?voca de la biomedicina. Y es que si las tres mujeres que citamos a continuaci?n se hubieran dirigido a una UTIG y hubieran explicado los verdaderos motivos que las empujan ?o empujaron? a la operaci?n, a buen seguro que les hubieran negado el diagn?stico. Carla se oper? en B?lgica en los a?os 70 porque, si bien disfrutaba con su pene, un d?a se mir? al espejo y se vio ?un poco monstruito?. Clara, que ya hemos visto que fue rechazada por el Cl?nic por mostrar una identidad andr?gina, cuenta que hoy en d?a le gustar?a hacerse una vaginoplastia porque est? ?harta de experimentar el sexo con un pene? y quisiera probar ?nuevas experiencias?. En fin, Regina quiere operarse porque se 25 A pesar de las complicaciones, las tres est?n actualmente muy satisfechas con los resultados de la cirug?a. 296 ha enamorado de un hombre al que no le gusta que ella tenga un pene m?s grande que el suyo. Pero lo que verdaderamente puede escandalizar a la ortodoxia m?dica no son tanto los motivos esgrimidos por Regina, sino sus fantas?as ?tecno-hermafrod?ticas?: Despertarme con una vagina, ?qu? lujo! Lo que pasa es que a veces he tenido fantas?as sobre este tema de sexualidad. Me gustar?a a lo mejor hacerme una vagina en el sitio de mis test?culos, y tener tres: el ano, la vagina y el pene. ?Hermafrodita reconstruida! Es una fantas?a m?a que he tenido hablando con amigas (risas). Dejando de lado estos pensamientos provocadores, es importante destacar que bastantes mujeres trans no quieren operarse porque sus genitales masculinos no constituyen problema alguno para la libre construcci?n de su identidad y el buen desarrollo de su sexualidad. Incluso, para algunas de ellas, el pene es un rasgo identitario fundamental. Es el caso de las denominadas ?travestis? brasile?as. Como nos explican Kulick (1998) y Vartabedian (2012), las travestis son personas que no encajan en la estructura binaria de g?nero: son hombres biol?gicos que feminizan sus cuerpos con hormonas, cirug?as e, incluso, inyecciones de silicona l?quida (por lo que a menudo exhiben una feminidad exagerada), pero al mismo tiempo hacen gala de una sexualidad f?lica: A m? no me molesta usar el pene. Y tengo un pensamiento de que jam?s me operar?a porque: travesti es travesti, mujer es mujer, hombre es hombre. Una travesti sin polla no es una travesti (?) Me encanta salir por la calle, arreglarme, ponerme guapa y ser una travesti con polla (Regina). Entre las que no se operan, tambi?n est? la cuesti?n del placer en las relaciones sexuales, ya que no queda claro que las mujeres reasignadas quir?rgicamente mantengan la viabilidad corporal del orgasmo: Si yo me operase ser?a por una cuesti?n de ir a la playa y que no te miren (?) pero me gusta much?simo eyacular y tengo much?simo placer en eso (?) me gusta ser activa (?) yo he descubierto el uso del pene que otras chicas no han descubierto (?) mientras yo no vea a una transexual operada llegar al orgasmo y eyacular, yo no me lo creo que tengan placer (?) y si yo me hiciera la operaci?n solo para tener una vagina, luego me gustar?a poder correrme (?) y hay algunas en los grupos del Cl?nic que no entienden que yo diga estas cosas (Daniela). Y tampoco debemos olvidar que el pene es un instrumento de trabajo muy valioso para aquellas mujeres que ejercen el trabajo sexual. La pr?ctica totalidad de usuarias de la asociaci?n parisina PASTT que se dedicaban a esta actividad en el Bois de Boulogne no quer?an operarse, pues aseguraban que los clientes prefer?an ?y pagaban m?s por ello? a las 297 trans con un pene er?ctil y de grandes dimensiones. En nuestro pa?s, el perfil del cliente es muy similar. Para constatarlo, tan solo hace falta echar un fugaz vistazo a alguna de las muchas p?ginas web de contactos de chicas trans (en los perfiles personales siempre se especifica la talla del miembro), o escuchar la experiencia de una trans que trabaj? en los alrededores del Camp Nou: No, casi todos, no. Todos los clientes que van al campo del Bar?a lo ?nico que quieren es polla, polla, polla, polla, polla y polla. No hay m?s. S?lo quieren penes, yo creo que es el morbo que tienen ellos, pues el cuerpo de una mujer con un pene descomunal. Pero no con uno normal y corriente, no. Lo que quieren ellos es el pene de un caballo (Marta). En cuanto a las dem?s cirug?as pl?sticas feminizantes, la pretensi?n y el anhelo de someterse a este tipo de cirug?as no guarda necesariamente relaci?n con el querer hacerse (o no) la vaginoplastia. Cierto es que algunas mujeres que piensan operarse los genitales (o ya lo han hecho) desean asimismo recurrir a la cirug?a pl?stica para feminizar inequ?vocamente su apariencia, y as? ?pasar por? una mujer normal. Tal y como admite Sonia: ?es la ?nica forma de que te acepten socialmente?. Pero, por otra parte, tambi?n est?n las trans que no quieren operarse los genitales ni pretenden confundirse con las dem?s mujeres. En estos casos, el recurso, a menudo intensivo, a las cirug?as est?ticas no obedece al deseo de adquirir una apariencia femenina normalizada, sino a los par?metros est?ticos de una subcultura trans (muy extendida en algunos pa?ses latinoamericanos pero tambi?n presente en nuestro pa?s) que persigue una feminidad exagerada, hiperb?lica, que desaf?a los convencionalismos: ?Quieres hacerte m?s cirug?as est?ticas? S?, detallitos: hacer la forma de la boquita, un poco los p?mulos y los ojos. Ahora mismo, como dej? las hormonas, lo que estoy haciendo es el tratamiento de fotodepilaci?n en la cara, y tengo que dejar salir un poco el bello porque si no te quema m?s. Y me estoy planteando ponerme una talla m?s de pecho, hacerme otra est?tica de la nariz para hacerla m?s peque?ita (...) Son planes (Regina, brasile?a). ?A cu?ntas operaciones te has sometido? Una, dos, tres, cuatro? (Se se?ala el pecho, las nalgas, la nuez de Ad?n y la nariz). ?Piensas hacerte alguna m?s? ?Muchas! Necesito urgentemente 15.000 euros para un lifting, 5.000 euros para hacerme un retoque de mi nariz, quiero hacerme unos botox y quitar algunas cicatrices. Para sentirme bien conmigo misma. Pero para esto necesito pasta, a menos que no me case con un cirujano (risas) (Adriana, brasile?a). 298 Este exhibicionismo est?tico es algo que las mujeres trans cuyo fin es pasar desapercibidas no ven con buenos ojos, por lo que tratan de marcar distancias con estas personas: Porque son transexuales, no son mujeres. Es como un concepto de personaje, una transexual es un personaje con unos labios de dos metros, una nariz operada ochenta veces, las tetas de mil quilos y el asunto (el pene) ah? dejado. Es que es lo que te digo, es una cosa a parte, tampoco tiene que ver conmigo. No es un capricho, pero debe de ser un personaje de llamar la atenci?n y de un fetichismo sexual de verte con unas tetas enormes y lo de ah? abajo bien puesto. No lo s?, sinceramente no lo s? (N?ria). 2.6.2. Las cirug?as masculinizantes Si la pr?ctica totalidad de mujeres trans que rechazan sus genitales piensan pasar por la cirug?a de reasignaci?n genital, en el caso de los hombres no sucede lo mismo. Por mucha incomodidad que les genere la vagina, son muy pocos los que piensan hacerse ?o ya se han hecho? la faloplastia o la metaidioplastia, pues son conscientes de que estas t?cnicas est?n bastante menos desarrolladas que la vaginoplastia: Hasta que no est? del todo bien, no. La mastectom?a, s?. Pero la faloplastia, hasta que no est? bien, no, porque el hecho de tener un pito que, tal y como est?n las cosas, mida 8 cm., sin tener ninguna sensibilidad, sin tener relaciones sexuales? Porque no sentir?a placer y solamente para mear, no (Pedro). De momento, no, porque, ?para qu? me voy a poner ah? un?? ?Para qu? autodestruir mi cuerpo? Quitarme piel del antebrazo para que eso no vaya a funcionar y parecer haber salido de un picadero, de una m?quina de picar carne? No. Si ahora me dicen que tienen una nueva t?cnica que funciona, me apunto. Pero de momento, no, porque con mi cuerpo no juego (Hans). Los problemas y riesgos post-operatorios son mucho mayores en el caso de la cirug?a genital masculinizante, y los resultados a nivel funcional y est?tico dejan much?simo que desear. Incluso en la UTIG advierten de los peligros de estas cirug?as y las desaconsejan: ?Qu? ocurre con la faloplastia? Todos te dicen: ?Si por arte de magia tuviera un pene, pues lo tendr?a?. Pero con la de complicaciones que conlleva la operaci?n, la de problemas que da, pues no se la hacen. Y eso es un porcentaje elevado, porque son muy sensatos. Hoy por hoy, desde el departamento de psiquiatr?a y psicolog?a no la recomendamos porque sabemos que hay pacientes que se han operado y tienen muchos problemas: de f?stulas, etc. Y yo no se si compensa (Profesional UTIG). 299 L?gicamente, en las cl?nicas privadas no tratan de disuadir. El cirujano entrevistado insiste en que ?el paciente tiene que elegir en base a una informaci?n completa?. Respecto a las dos t?cnicas existentes (la metaidioplastia y la faloplastia) admite que cada una tiene sus ventajas y desventajas, pero ?en ning?n caso se podr?a decir que son un fracaso como cirug?as?. Afirma a continuaci?n que estas t?cnicas suponen para ?l un gran reto profesional. Y el hecho de dominarlas le lleva, incluso, a otorgarse poderes demi?rgicos: Adem?s, desde el punto de vista quir?rgico, es una cirug?a tremendamente enriquecedora, desde el punto de vista quir?rgico y anat?mico. F?jate t?, lo que la naturaleza ha hecho en 800.000 a?os, un genital masculino, yo lo tengo que hacer en tres horas. Es un reto. A pesar de estas palabras, si escuchamos la experiencia del ?nico hombre que hemos entrevistado a quien le han practicado una faloplastia, podremos ver claramente que esta cirug?a conlleva riesgos nada desde?ables. Veamos el caso de Ra?l, que se oper? en el a?o 2000 en una cl?nica privada espa?ola: Me hicieron la faloplastia y la histerectom?a juntas. En teor?a, me ten?an que haber hecho los test?culos, que tampoco los tengo. Pero como perd? la uretra, se me abri? el pene y perd? tambi?n el glande....Al cerrarlo perd? la uretra y dicen que, si no me pongo la uretra primero, los test?culos no puedo pon?rmelos porque puede dificultar a la hora de orinar. ?Es normal lo que te pas?? Por lo visto es bastante normal. De la gente que conozco y se ha operado, solo uno tiene la uretra bien. Bueno, m?s o menos bien porque bien, bien, tampoco. Tiene alg?n problema pero al menos puede orinar de pie. Estoy a medias, chico. Bien jodido. ?Te arrepientes? Arrepentirse no vale de nada. Siempre pienso que ya est? hecho. A ver, la ventaja es que me puedo mirar un poco m?s tranquilo al espejo, y la desventaja es que tengo el mismo problema a la hora de orinar: no puedo orinar de pie e ir a un gimnasio tampoco porque no se ve muy normal, muy est?tico. He ganado en confianza hacia m? mismo en el sentido de poder desnudarme y decir: ?Ya no tengo nada que no era m?o?. Pero bueno, esta operaci?n me la hicieron sac?ndome el m?sculo recto del abdominal y suele dar muchos problemas (?) Tengo molestias, temporadas que me molesta (la zona abdominal). Claro, est? cortado desde aqu? (se se?ala la parte inferior del pectoral), desde abajo del pecho. Entonces se me hizo una cicatriz hacia adentro, como una callosidad hacia adentro, y esto me molesta bastante. Luego, est?ticamente, si haces barriga tienes plana la parte de medio ombligo para un lado, y te sale la barriga para el otro lado porque te ponen una malla hasta media barriga. Creo que la tendr?an que haber puesto entera, que si te sale lo que te tenga que salir, que salga al menos por todos los lados igual. Y no de esta manera, que est?s como tarado (Ra?l)26. 26 Han pasado casi 15 a?os desde que Ra?l se oper?, por lo que las t?cnicas quir?rgicas han evolucionado. Pero si bien los resultados son algo mejores que anta?o y los riesgos algo menores, las cirug?as 300 El hecho de que los hombres trans construyan su masculinidad sin recurrir a la cirug?a genital por temor a los efectos post-operatorios, mientras que cada vez son m?s las mujeres que quieren hacerse la vaginoplastia seducidas por una t?cnica que, en su opini?n, produce resultados aceptables, demuestra que la construcci?n identitaria y corporal de las personas trans est? estrechamente vinculada con el avance y disponibilidad de las tecnolog?as m?dicas. Preguntadas acerca de qu? har?an si no pudieran hacerse la vaginoplastia, Marta, Nuria y Andrea coinciden en afirmar, m?s o menos seriamente, que ?se suicidar?an?. En cambio, Dani, Marcos, Carlos y Dar?o (que muestran la voluntad de operarse el d?a que mejoren las cirug?as genitales) cuentan que han aprendido a vivir con su vagina sin poner en cuesti?n su masculinidad. Pero aunque estos chicos no contemplen, por el momento, la faloplastia o la metaidioplastia, existen otras cirug?as que s? desean realizarse: la mastectom?a (que elimina uno de los signos m?s visibles de la feminidad, los senos) y la histerectom?a (que detiene definitivamente el principal flujo femenino, la sangre menstrual). Tras la terapia hormonal, el procedimiento m?s esperado por muchos hombres trans es la mastectom?a. La visi?n directa de los senos en una playa, o la simple intuici?n de los mismos al observar un volumen desmedido de la zona pectoral cubierta por una camiseta, arruina de inmediato la puesta en escena de aquellos que tratan de pasar desapercibidos: Pero el pecho es lo que antes me quiero quitar porque es lo que m?s se ve (...) Entonces, cuando me hagan efecto las hormonas, voy a tener el problema de tener barba, y la voz y el cuerpo de hombre, y voy a ir a la playa, me voy a quitar la camiseta y: ??Sorpresa!? (Pedro). M?s hacia los pechos, hacia los pechos s? que era?Los genitales no es una cosa que me obsesione como me obsesionaba lo del pecho (...) Los genitales solo los tiene que ver la persona con la que me acuesto, los dem?s no saben lo que tengo o lo que dejo de tener, o sea, no me preocupa (Marcos). La otra cirug?a demandada por bastantes hombres trans es la histerectom?a, t?cnica que sirve para extirpar la matriz y los ovarios. Los profesionales del Cl?nic y de Tr?nsit discrepan profundamente cuando son preguntados sobre la necesidad de esta cirug?a. En el Cl?nic consideran que esta operaci?n es indispensable porque, en su opini?n, la exposici?n de los ovarios a dosis elevadas de testosterona puede generar problemas de salud tales como tumoraciones. Desde Tr?nsit, en cambio, creen que no es necesario extirpar ?rganos sanos, y que unos controles ginecol?gicos peri?dicos son una buena forma de controlar el estado del aparato reproductivo. Si al hombre le molesta tener la regla, en Tr?nsit aconsejan la genitales masculinas siguen siendo t?cnicas insatisfactorias en muchos aspectos. 301 ablaci?n endometrial (se extrae el revestimiento del ?tero), una t?cnica menos invasiva (pues no requiere incisiones) que la histerectom?a: Por un tema de seguridad. La mucosa uterina y los ovarios son unos tejidos muy dependientes de hormonas y el hecho de estar expuestos a niveles altos de testosterona no es lo ideal para ellos. A parte de que en cualquier interrupci?n del tratamiento volver?an a tener la regla y eso es bastante desalentador. Adem?s, para prevenir problemas (Profesional UTIG). Estas operaciones pueden tener alg?n beneficio, pero los has de explicar: si te saco la g?nada es probable que necesites menos hormonas transg?nero y, por tanto, tengas menos efectos secundarios a la larga. Pero, por contra, nunca podr?s tener hijos biol?gicos (...) Has de plantear todas las posibilidades y a partir de aqu? la persona ha de decidir. Pero eso que dicen de los tumores o el c?ncer, es abuso de poder (Profesional Tr?nsit). Y si los profesionales discrepan, tambi?n lo har?n los hombres trans. Aquellos que son usuarios de la UTIG defienden la histerectom?a en tanto que cirug?a preventiva; por su parte, los que son m?s cr?ticos con el proceder de la UTIG creen que es una t?cnica agresiva e innecesaria. Unos y otros acaban reproduciendo el discurso de los profesionales con los que se relacionan: Estoy en lista de espera (para la histerectom?a) porque es m?s sano para el cuerpo. Tienes que pensar que las hormonas afectan a los ?vulos y dejas de ovular y de tener la regla. Eso puede provocar problemas y por eso es mejor quitarlo. Eso lo veo bien porque te puede crear complicaciones en tu cuerpo, porque yo hace medio a?o que no tengo la regla, por ejemplo. Quiero ahorrarme el c?ncer de ?tero y todo eso (Hans, usuario de la UTIG). Creo que la histerectom?a es s?per agresiva con 25 a?os, me parece muy fuerte (?) Hay opiniones muy diversas, pero la versi?n del Cl?nic es que es absolutamente necesaria. El endocrino del Cl?nic me dijo que me la he de hacer. Me dijo: ?No te insistir? pero vete haciendo a la idea?. Cosa que me parece muy fuerte que haya un m?dico que te obligue a hacerte una operaci?n por la que t? no quieres pasar (?) Dicen que puedes llegar a desarrollar un c?ncer, pero claro, me puedes ir haciendo un seguimiento cada seis meses y, si llego a desarrollar un c?ncer, ya lo sacaremos (Marc, actual usuario de la UTIG pero muy cercano a Tr?nsit). Sin ?nimo ni competencias para entrar en debates de ?ndole m?dica, nos limitaremos a reflexionar en clave de g?nero. La histerectom?a elimina definitivamente la menstruaci?n y la capacidad de procrear, s?mbolos inequ?vocos de la feminidad. Si adem?s tenemos en cuenta que, si se detiene el tratamiento con testosterona, el hombre trans con la matriz y los ovarios intactos puede recuperar la funci?n reproductora y quedarse embarazado (y ya existen antecedentes al respecto), la histerectom?a aparece ante nosotros como un 302 mecanismo para evitar la aparici?n de uno de los fen?menos de variancia de g?nero m?s transgresores: el hombre gestante. Antes de dar por concluido el presente cap?tulo, reflexionemos acerca de la insistencia de la biomedicina en presentar las cirug?as de reasignaci?n sexual como la etapa final del itinerario terap?utico de las personas trans. Tal y como observaremos con m?s detalle en el siguiente cap?tulo, la clase m?dica concibe la cirug?a genital como el ?ltimo estadio de una suerte de rito de paso medicalizado con el que la persona adquirir?a un nuevo ?y normalizado? estatus de g?nero. Veremos que la integraci?n en el orden sexogen?rico mediante tecnolog?as de modificaci?n corporal constituye muy a menudo una falsa promesa. Pero lo que aqu? nos interesa destacar es que el itinerario terap?utico de estas personas no acaba cuando salen del quir?fano. Es cierto que muchas de ellas, una vez han modificado su cuerpo con hormonas y cirug?as, pueden ?pasar por? un hombre o una mujer normales. Pero no lo es menos que siempre tendr?n que vigilar su puesta en escena, (re)adecuar su apariencia y prevenir determinadas situaciones si no desean ser ?descubiertas?. Si a ello le a?adimos que el tratamiento hormonal es de por vida27, podemos afirmar que el itinerario terap?utico de estas personas no tiene fin. Coincidimos plenamente con Garfinkel (2006 [1968]) y Kessler y McKenna (1985) cuando afirman que el estudio de las personas trans es una muy buena manera de observar las estrategias que utilizamos todos para adquirir una identidad de g?nero socialmente reconocida en la interacci?n social cotidiana. Sin duda alguna, estas estrategias han de ser mucho m?s elaboradas en aquellos casos en los que se puede dudar de la normalidad de la persona. Por lo que, si bien hombres y mujeres cis acostumbramos a realizar rutinaria e irreflexivamente nuestra puesta en escena, las personas trans han de planificarlo todo concienzudamente. Asimismo, el abordaje de los itinerarios terap?uticos de las personas trans nos permite advertir que el g?nero es m?s un hacer que un poseer. Y aqu? sintonizamos con Butler (2007 [1999]) y su idea de la ?performatividad?: esos actos, palabras y gestos repetitivos y regulados que acaban creando el efecto de una identidad esencial y fundadora. Muchas personas trans defienden la idea de una identidad innata, pero de sus palabras se desprende que dicha identidad ha de performarse continuamente por medios corp?reos y discursivos: Para experimentar la masculinidad creo que es necesario cambiar el cuerpo, porque yo lo he empezado a sentir desde que he masculinizado mi cuerpo. Antes te sientes hombre pero no? porque claro, un cuerpo femenino no es lo mismo que un cuerpo masculino, entonces creo que hay que cambiarlo para poder sentirlo (Dar?o). 27 Aunque si la persona se ha sometido a la cirug?a genital, y a medida que se va haciendo mayor, las dosis disminuyen considerablemente. 303 CAP?TULO 3 Los dos paradigmas de lo trans: la transexualidad y el transgenerismo L?enfer, c?est les autres. (Jean-Paul Sartre, 1944) En las sociedades occidentales existen dos paradigmas encontrados desde los que se ha conceptuado el fen?meno trans: el de la transexualidad y el del transgenerismo. Como hemos visto en reiteradas ocasiones, la transexualidad es un concepto etic, creado por la biomedicina, con el que se legitima el empleo de herramientas diagn?sticas y tecnolog?as hormono-quir?rgicas sobre aquellas personas que rechazan el g?nero asignado. El proceso medicalizador tiene como objetivo la correcci?n de lo que se concibe como una discordancia entre la identidad de g?nero y el cuerpo de la persona, para que ?sta pueda encarnar a uno de los dos g?neros socialmente disponibles. Por el contrario, el transgenerismo es un concepto emic, desarrollado por las propias personas trans, para desvincularse de la gesti?n biom?dica de sus cuerpos y subjetividades. Desde el transgenerismo se cuestionan los postulados de nuestro sistema de sexo/g?nero y se exploran formas de experiencia y visibilidad que trascienden los dualismos. En el presente cap?tulo revisaremos el andamiaje que sustenta a cada paradigma. Veremos modos distintos de pensar lo trans y la identidad individual y colectiva, formas distintas de posicionarse ante los c?digos sexogen?ricos. Es importante destacar que la transexualidad y el transgenerismo son aqu? concebidos como tipos ideales weberianos, esto es, como la abstracci?n ideal de aquello que en la realidad acontece como mera tendencia. Estos tipos ideales constituyen otro instrumento de an?lisis para ordenar experiencias y pr?cticas sociales que son diversas y complejas. En consecuencia, ser? dif?cil encontrar a una persona trans que se ajuste estrictamente a los par?metros que conforman un paradigma. Lo m?s com?n es que sus vidas se sit?en en alg?n lugar comprendido entre los dos polos, pudiendo moverse entre ellos en funci?n de m?ltiples factores. 304 3.1. El paradigma de la transexualidad: lo trans como un rito de paso La antropolog?a nos ofrece una herramienta conceptual id?nea para entender el modo en que la clase m?dica y algunas personas trans conciben la transexualidad: los ritos de paso. Para Arnold van Gennep (1986 [1909]), el rito de paso cumple la funci?n social de escenificar simb?licamente la transici?n entre dos estados fijos, estables y culturalmente reconocidos. De este modo, la transexualidad o, mejor dicho, el proceso transexualizador aparece como un rito de paso mediante el cual la persona pasa de un lugar a otro en el sistema binario de g?nero. El objetivo de las personas que defienden esta visi?n es lograr la aceptaci?n social representando la normalidad gen?rica: Mi meta es llegar a ser una mujer normal y que la sociedad me acepte (...) Transexual lo eres porque est?s pasando por una transici?n de hombre a mujer. Entonces eres transexual durante el cambio. Cuando has reasignado tu sexo, ya eres mujer (Andrea). Porque la transexualidad la entiendo como un proceso que yo tengo que pasar. O sea, es un proceso de cambio de sexo, es como un camino (?) La transexualidad es el proceso que yo estoy haciendo, porque luego acabar? siendo un hombre (Dani). Van Gennep divide los ritos de paso en tres fases: los ritos de separaci?n (preliminares), de margen (liminares) y de agregaci?n (postliminares). Con los ritos de separaci?n el individuo se aleja del viejo mundo, de su anterior posici?n o estatus; los de transici?n son los ritos efectuados cuando el individuo se encuentra en el margen, entre dos mundos, y ayudan a prepararse para la posterior reincorporaci?n a la estructura social; finalmente, los ritos de agregaci?n sancionan la integraci?n al nuevo mundo, la obtenci?n de un nuevo estatus. En el caso de las personas trans, no existe un rito de separaci?n generalizado y claramente delimitado. El recurso al travestismo espor?dico y a escondidas podr?a entenderse como una primera tentativa de separarse del g?nero de asignaci?n. En otras ocasiones, la hu?da del hogar familiar para iniciar la transformaci?n constituye la escenificaci?n ritual del abandono del viejo mundo. Y en el caso de aquellas personas que acuden a una UTIG, el proceso diagn?stico que han de seguir para demostrar que pertenecen a un g?nero que no les corresponde es el rito preliminar que da acceso al tratamiento. El proceso terap?utico de modificaci?n corporal coincide plenamente con el concepto de ?rito de margen o liminar?. Una vez han decidido abandonar su g?nero de asignaci?n, las personas efect?an una serie de cambios corporales a modo de preparaci?n para la obtenci?n de un nuevo estatus. Es ?sta la etapa m?s esperada y a la vez temida por las personas trans. Siguiendo el trabajo de van Gennep, Victor Turner (2008 [1980]) 305 recuerda que los individuos liminares se encuentran en una posici?n interestructural, son seres ambiguos y parad?jicos que confunden las categor?as habituales (en nuestro caso, las categor?as de g?nero). Mary Douglas (2007 [1966]) a?ade que, en tanto que inclasificables, pues no son ni una cosa ni la otra o, tal vez, ambas cosas al mismo tiempo, los seres transicionales son considerados como particularmente peligrosos, contaminantes, por lo que son objeto de una atenci?n especial (de ah? la supervisi?n m?dica del proceso de transformaci?n corporal). No hay mejores conceptos que los de ?liminaridad? y ?contaminaci?n? para entender la zozobra causada al observar el aspecto andr?gino de aquellas personas que se encuentran en las primeras fases de su itinerario terap?utico: ?C?mo crees que la sociedad te percibe actualmente? Con dolor de ojos. A m? tampoco me gusta porque no me siento una travesti (?) Estoy intentando aparentar un g?nero para que mi entorno me trate como yo me siento. Pero es innegable que tengo un cuerpo de hombre y eso lo ve todo el mundo. Soy consciente que mi aspecto provoca dolor de ojos (Sara). M?s adelante voy a parecer un bicho raro porque voy a tener pechos y voy a estar hormonado (Toni). Anne Bolin (1988) analiza la transexualidad apoy?ndose en la teor?a de los ritos de paso y el interaccionismo simb?lico. En su estudio, la autora recuerda que la identidad personal est? estrechamente relacionada con la identidad social, puesto que la autopercepci?n est? en parte determinada por la mirada de los otros: ?en cierta medida, nos vemos a nosotros mismos tal y como los otros nos ven? (Bolin, 1988: 70). Es por ello que, por mucho que las personas trans afirmen haber sentido desde siempre que pertenecen al g?nero que desean representar, saben perfectamente que su identidad no podr? consolidarse hasta que no obtengan el reconocimiento de los dem?s. Y esto se consigue con una corporeizaci?n adecuada del g?nero: Hoy en d?a me defino como una mujer, porque yo me siento mujer. Pero realmente yo s? que mi aspecto no es de mujer, es intermedio, es de un chico femenino vestido de mujer. Yo no me siento as?, pero la gente realmente me ve as?, y eso lo notas cuando te miran de forma rara (Andrea). Cuando era joven ten?a la esperanza de convertirme en una mujer normal. Pero ha pasado el tiempo y, cuando me miro al espejo, veo que no lo he conseguido y me doy cuenta de que nadie se va a creer eso (?) No puedo esconderlo y lo acepto: soy una mujer transexual (Rosa). Desde sus inicios, la clase m?dica ha presentado la cirug?a de reasignaci?n genital como la ?ltima fase del proceso transexualizador. La operaci?n ha sido concebida como 306 el ritual de agregaci?n necesario para adquirir leg?timamente un nuevo estatus de g?nero. Si recurrimos a la terminolog?a de van Gennep, la puerta del quir?fano es el ?umbral simb?lico?, la frontera sagrada cuyo traspaso conlleva la incorporaci?n a un nuevo mundo: ?Creo que el transexual lo es durante las dos horas y media de mi operaci?n. Ya est?. A partir de ah?, deja de serlo. Ni lo fue, y ya no lo es? (Cirujano cl?nica privada). Con todo, para convertirse en un hombre o una mujer de pleno derecho todav?a falta un ?ltimo rito postliminar, a saber, el cambio de sexo en todos los documentos y registros oficiales. A este respecto, Carlos tiene bien claro cu?ndo empieza y acaba el rito de paso transexual: La transexualidad es el proceso que haces de cambio. Desde que empiezas, con el hormonarte o la primera operaci?n, hasta que ya te dan tu DNI con tu nombre y tu sexo cambiado. Es el proceso, simplemente es el proceso. No es serlo para toda la vida porque solo hay hombres y mujeres, no hay hombres intermedios. En el DNI es hombre o mujer. Como la ley establece un proceso de adaptaci?n de dos a?os para cambiarte toda la documentaci?n, este tiempo de proceso de dos a?os es lo que se llamar?a ?transexualidad?. Como vemos, tanto para la clase m?dica como para muchas de estas personas, la transexualidad no es un fin en s? mismo, sino un proceso para pasar de un g?nero a otro. Esta visi?n procesual se refleja en los t?rminos empleados para referirse a aquellos que est?n siguiendo la terapia de modificaci?n corporal: para un profesional de la UTIG, ?son personas en transici?n?; mientras que Nuria afirma que ?actualmente estoy transicionando?. En ning?n caso se contempla la posibilidad de quedarse a medio camino: A m? eso de ?en tierra de nadie? no me gusta. A ver, hay dos g?neros, y yo en medio no voy a estar. Voy a estar en el lado de la mujer, o en el otro. Aunque haya un periodo de tiempo que, por ?x? razones, tengas que estar en medio. No voy a estar en medio siempre, a m? no me gusta eso. S? que hay gente que se queda as?, y me alegro de que puedan porque las operaciones no son nada bonitas (Toni). El paso por un proceso liminar modifica la m?s ?ntima naturaleza del sujeto, ya que ?no se trata de una mera adquisici?n de conocimientos, sino de un cambio ontol?gico? (Turner, 2008 [1980]: 113). Es por ello que la met?fora del renacimiento acostumbra a ser recurrente cuando uno aborda la finalizaci?n del rito de paso. En una jornada organizada por la Associaci? de Mares i Pares de Gays, Lesbianes, Bisexuals i Transsexuals (AMPGIL), la madre de un chico trans explicaba c?mo afrontaba la transformaci?n de su hijo: ?Has de hacer un duelo para superar la angustia de cerrar un episodio. Un duelo para despedirte de Clara y poder dar la bienvenida a Andr?s. Es como si me hubiera nacido un nuevo hijo?. Para las personas trans, este cambio ontol?gico ha de implicar un cambio en el modo de referirse a ellas. Y es que tan solo aceptan que se las denomine ?transexuales? mientras se 307 encuentran inmersas en el proceso de transformaci?n corporal. Tras la finalizaci?n del mismo habr?n adquirido un nuevo estatus: No me molesta que me llamen transexual porque actualmente soy una transexual, estoy cambiando mi cuerpo. Pero despu?s de operarme s? que me molestar? porque ser? una mujer y tendr? un co?o y unos pechos como cualquier mujer (?) Yo no dir? m?s: ?Soy una transexual? (Jessica). En su estudio sobre el estigma, Goffman (2006 [1963]) distingue entre sujetos ?desacreditados? y ?desacreditables?. Los primeros han de enfrentarse al oprobio y al rechazo social por presentar un atributo negativo que es conocido por los dem?s, mientras que los segundos han de manejar cuidadosamente la informaci?n que transmiten en la interacci?n social si quieren seguir ocultando un estigma que, de hacerse visible, los convertir?a de inmediato en sujetos desacreditados. Mientras que el desacreditado debe manejar tensiones, el desacreditable debe manejar informaciones. Siguiendo esta tipolog?a, podemos afirmar que las personas transexuales que aspiran a ?pasar por? un hombre o una mujer normales tratan por todos los medios de evitar ser desacreditadas. Estas personas son conscientes de que, si bien el tratamiento de modificaci?n corporal permite la obtenci?n de una morfolog?a cercana a los est?ndares normativos, siempre ser?n sujetos desacreditables porque nunca podr?n borrar totalmente las huellas que delatan que est?n representando un g?nero distinto de aquel que se les atribuy? en el momento de nacer. Siempre existir?n pruebas delatoras de car?cter biogr?fico (como una fotograf?a de la infancia), morfol?gico (la nuez de Ad?n, las manos o la corpulencia en el caso de las mujeres trans) o biol?gico (las g?nadas, los cromosomas o la incapacidad de procrear de acuerdo al g?nero con el que se identifican). En el cap?tulo anterior vimos las m?ltiples estrategias puestas en marcha por estas personas para ubicarse en la normalidad gen?rica y evitar que se descubra que han pasado por un proceso transexualizador: modifican su apariencia, adaptan su forma de hablar y su tono de voz, vigilan su lenguaje corporal y su expresividad, se cambian el nombre y el sexo en todos sus documentos, etc. A ello debemos a?adirle otras pr?cticas de encubrimiento, como no pagar nunca con tarjeta de cr?dito (para no tener que mostrar el DNI si todav?a no se ha accedido a la rectificaci?n registral), destruir las fotos antiguas o trasladarse a vivir a otro lugar para garantizarse el anonimato: Claro, aqu? tambi?n est?s en un barrio que te conocen desde que has nacido y mis amigos siempre me han dicho: ?Una vez te operes, vete lejos, empieza tu vida donde nadie te conozca, que nadie pueda decir que ella antes era ?l?. Creo que tienen raz?n. Imag?nate que yo, cuando me opere, me voy a vivir a Matar? o a Martorell, o en cualquier otro lado, que empiezo mi vida y no tengo que dar explicaciones a nadie? ?Qu? gustazo! (Pilar). 308 Y yo recuerdo que le dije que yo no lo soportaba, que si por m? fuera todas las fotos que hay en casa de mi padre de cuando yo era peque?a, fuera. Y lo tengo clar?simo: si un d?a mi padre fallece o algo, en ese piso las fotos se van fuera. No quiero recordarlo. Me duele llegar a casa y ver en el comedor o en la pared a?n fotos, eso creo que es lo ?nico que me molesta o me duele, o que vengan amigos a casa y que digan: ??Hala!? (Irene). Bastantes de las personas entrevistadas comparten ese deseo de romper completamente con el pasado. Buena prueba de ello es que durante las entrevistas algunas de ellas evitan en todo momento hacer referencia a su nombre de nacimiento. En su lugar, emplean circunloquios tales como ?mi nombre de chica? (Dani), ?mi nombre de cuando era chico? (Bego) o ?mi nombre de antes? (Marcos). Con todo, que el bienestar de estas personas dependa en gran medida de la ruptura con el pasado y de su inserci?n normalizada en el sistema de g?nero conlleva importantes riesgos. Como bien explica Esther N??ez (2001), la medicina ofrece a estas personas una falsa promesa: promete convertirlas en mujeres y hombres normales, pero con frecuencia solo las transforma en transexuales. El siguiente testimonio extra?do de un foro de internet, contundente y desgarrador, muestra a la perfecci?n el profundo des?nimo que puede embargar a aquel que desea con todas sus fuerzas pasar desapercibido y acaba siendo descubierto: Asunto: Me rindo Estoy en una etapa de mi vida en la que no puedo aguantar m?s. Me siento un monstruo (?) Siento que todo lo que me he esforzado en conseguir mi sue?o ha sido en vano. Siempre se me notar? que soy un travelo, un monstruo, un engendro que la gente mirar? mal. He luchado con l?grimas, sudor y sangre, simplemente para verme como yo misma, pero veo que ese sue?o nunca llegar? a cumplirse, y que solo ser? una cruel pesadilla de l?grimas envueltas en tristeza y odio hacia m? misma, hacia este mundo y hacia todo. S?lo quiero ser una chica NORMAL, nada m?s, ni destacar, ni estar por debajo. Pero no s? qu? m?s hacer para conseguirlo, he agotado todas mis fuerzas. Y ahora solo un pensamiento pasa sobre mi cabeza: la idea de caer en un profundo sue?o y no despertar nunca m?s. Hoy me han dicho unas palabras que me han dolido mucho, tales como mi altura inusual, mi nuez de Ad?n, mis facciones angulosas y mi poco pecho. No es tan complicado llegar a la conclusi?n de que soy lo que soy: un monstruo incapaz de cortar todo de ra?z. 3.2. El paradigma del transgenerismo: lo trans como un fin en s? mismo Si en el paradigma de la transexualidad lo trans es visto como un proceso para llegar a un fin (representar la normalidad gen?rica), para el transgenerismo es un fin en s? mismo, un espacio desde el que cuestionar la naturalizaci?n y genitalizaci?n del g?nero. El transgenerismo abraza a una multiplicidad de subjetividades y cuerpos que se desmarcan del 309 tratamiento biom?dico can?nico y se decantan por la mezcla de caracteres sexogen?ricos: conservan sus genitales y algunos de sus caracteres secundarios, aunque eventualmente pueden recurrir a algunas cirug?as y a la hormonaci?n, que tiende a realizarse sin seguir las directrices m?dicas. Lo trans es aqu? entendido como un rechazo de la l?gica binaria y una apuesta por la confusi?n de las categor?as habituales: Es que no tengo ning?n problema en afirmar que soy un t?o, ni tampoco ning?n problema en afirmar que soy una mujer. Juego con esta ambig?edad. Pero si tenemos que ponernos serios, pues s?, soy una mujer. Pero me siento una mujer-hombre, un hombre-mujer (?) Tengo unos problemas tan graves con eso?porque la gente no lo entiende, porque es muy cuadriculada, no hay elasticidad (Cati). No me gusta para nada definirme, pero si me lo preguntas te dir? que me defino como una mujer entre comillas (?) E ?ntimamente, sexualmente, me considero un h?brido. Tengo una identidad femenina y un cuerpo que mezcla las dos cosas: h?brido, mujer con pene, ll?malo como quieras (M?nica). Yo nunca voy a ser un hombre por muchas operaciones que me haga. Probablemente tampoco ser? exactamente una mujer. Bueno, soy otra cosa, sin m?s (Luis). Desde el paradigma de la transexualidad se concibe la identidad como algo innato, est?tico, algo dado de una vez por todas. La persona cercana a este paradigma no cuestiona su identidad, sino su cuerpo, que es visto como el elemento err?neo que hay que reajustar ?o reasignar? con tecnolog?as m?dicas. Por el contrario, desde el transgenerismo se considera que tanto el cuerpo como la identidad son constructos sociales, por lo que ambos son susceptibles de (re)construirse constantemente. Desde este paradigma no se persigue una identidad estable ni un cuerpo estandarizado, sino la labilidad identitaria y corporal. El reconocimiento del car?cter biogr?fico y contextual de la identidad lleva al transgenerismo a problematizar las categor?as identitarias hegem?nicas, desvelando su poder normalizador y constringente. Ahora bien, este paradigma ha de hacer frente a la eterna ambivalencia de las identidades: limitan nuestro campo experiencial pero nos ofrecen estabilidad; y cuando se refieren a un sujeto colectivo, hacen posible la lucha pol?tica y la reivindicaci?n de derechos. El transgenerismo puede deconstruir las identidades existentes e incluso declararse postidentitario, pero no puede olvidar que, a veces, es necesaria cierta configuraci?n identitaria para la solidaridad endogrupal y la visibilidad social: Entonces, lo trans es como un movimiento identitario muy necesario por la reivindicaci?n de derechos en un contexto en el que, desde otros ?mbitos, como el te?rico o el art?stico, estamos empezando a barajar teor?as postidentitarias. Entonces, claro, filos?ficamente estamos en la postidentidad. Pero, de alguna manera, por el sistema econ?mico y pol?tico, todav?a estamos en 310 una fase en la que hace falta un movimiento identitario para conseguir derechos. Pues aqu? se ha juntado un buen pitote. Adem?s, supongo que este pitote, que es una opresi?n sobre nosotros, hace que entre las personas trans haya conflictos porque algunas pues tenemos una manera de pensar m?s hiperidentitaria, otra gente tiene una manera de pensar m?s postidentitaria, y entonces pues hemos entrado un poco en conflicto. Es un conflicto te?rico pero que se da (Pere). De entre las personas que gravitan en la ?rbita del transgenerismo pueden distinguirse dos perfiles (siempre a efectos anal?ticos y siguiendo el modelo de los tipos ideales). Por un lado, est?n las personas fuertemente politizadas, organizadas y con un elevado capital cultural, lo que les permite estar en contacto permanente con las corrientes filos?ficas y art?sticas del momento. Es dentro de este grupo donde se produce el trabajo intelectual y pol?tico de contestaci?n del orden sexogen?rico y se configuran los principios organizativos del paradigma transgenerista. Por otro lado, est?n aquellas personas que ponen en cuesti?n las dicotom?as no tanto desde la constante reflexi?n cr?tica, sino desde su corporalidad y sus pr?cticas sociales. Pensemos, por ejemplo, en aquellas trans, trabajadoras de las calles, que combinan una feminidad exagerada con una sexualidad f?lica y activa, y que son ajenas a las teor?as y movimientos contestatarios. Como recuerda Mej?a (2006), el concepto ?transg?nero? procede de las ?lites culturales del mundo anglosaj?n, por lo que estas personas, o bien lo desconocen, o bien recelan de su procedencia y no lo utilizan. En su lugar, incorporan con orgullo la cl?sica etiqueta ?transexual? (o ?travesti? en el caso de algunas latinoamericanas), aunque la resignifican de acuerdo a unos par?metros que podemos asociar al transgenerismo: ?Te molesta que te llamen ?transexual?? No, al contrario. A m? me encanta porque yo me acepto. Soy una transexual (...) Es que yo soy m?s que una mujer, yo soy m?s que un hombre: soy una transexual (...) Me reconozco toda la delicadeza de una mujer y tambi?n toda la brutalidad y agresividad de un hombre (Adriana)1. Una cuesti?n relevante consiste en determinar si los proyectos subjetivos y corporales del transgenerismo son potencialmente transgresores, o son simplemente otro producto m?s de las relaciones de poder y las jerarqu?as sociales. Para reflexionar sobre 1 Como bien sugiere Vartabedian (2012) a prop?sito de las travestis brasile?as, en estos casos no podr?amos hablar de una identidad transicional o liminal (como ser?a caracter?stico del transgenerismo), puesto que estas personas tienen una identidad de g?nero definida y consolidada (transexual o travesti). Se es consciente de que la inclusi?n de estas mujeres dentro del paradigma del transgenerismo puede resultar problem?tica por varios motivos: presentan una identidad definida, no tienen voluntad ni consciencia de subversi?n, tienden a desconocer la cr?tica te?rica, etc. Con todo, se ha decidido situarlas en este paradigma (aunque destacando su especificidad) porque, indudablemente, tanto sus cuerpos como sus identidades no se ajustan a la dicotom?a hombre/mujer, y tampoco existe el deseo de ?pasar por? una mujer normal, como ser?a el caso de las personas cercanas al paradigma de la transexualidad. 311 ello, seguiremos manteniendo los dos perfiles esbozados hace un momento, puesto que las opiniones sobre el tema var?an de un caso a otro: el de los y las trans con subjetividades y cuerpos elaborados desde la reflexi?n pol?tica e intelectual, y el de aquellas trans (porque en general son mujeres) alejadas de las vanguardias y sin voluntad ni consciencia alguna de estar transgrediendo el ordenamiento sexogen?rico, por lo que son otros (investigadores sociales, activistas, artistas, etc.) quienes les atribuyen esa supuesta fuerza subversiva. Empecemos por estas ?ltimas. Ya hemos visto que son personas que reproducen hasta la desmedida el ideal est?tico femenino: grandes pechos, labios carnosos, nalgas y caderas prominentes por efecto de las inyecciones de silicona. Pero, adem?s, todas ellas conservan su pene y lo utilizan activamente durante sus relaciones sexuales, tanto con hombres, mujeres u otras trans. Y para mantener esta sexualidad activa resulta necesario suspender temporal o permanentemente el tratamiento hormonal feminizante, por lo que a menudo se acent?an algunos caracteres secundarios masculinos, como el vello facial. A ello debemos a?adirle que la puesta en escena de estas ?mujeres? no se rige en absoluto por el ?miedo al descontrol? y el ?miedo al placer?, que en opini?n de Esteban (2004) son caracter?sticas b?sicas de la mujer occidental. Mi experiencia en Paris me revel? a unas personas que se vanaglorian de una sexualidad predadora y voraz, adoptan una actitud provocadora2 y se reapropian de vocablos homo/transf?bicos para referirse a sus pares de un modo jocoso, tales como ?maric?n? y ?Manolo?3 (en el caso de las hispanohablantes) o ?p?d??4 (entre las franc?fonas). Estamos, pues, ante personas con cuerpos, maneras y pr?cticas dif?cilmente entendibles si aplicamos nuestros mecanismos de inteligibilidad: no son hombres, pero tampoco exactamente mujeres. Ante estas personas, ?nuestras percepciones habituales y serias fallan? (Butler, 2007 [1999]: 27) porque la atribuci?n de g?nero basada en los genitales culturales se torna poco fiable. Adem?s, desde un prisma butleriano, podemos entender la feminidad hiperb?lica de estas mujeres, sus formas de vestir provocativas y sus cuerpos exuberantes, como una repetici?n par?dica e infiel (pues la realiza alguien con un pene entre las piernas) del modelo ideal de feminidad, lo que nos ayuda entender el car?cter no natural e imitativo del g?nero5. 2 Esta actitud desenvuelta y provocadora pude experimentarla en primera persona cuando particip? en el programa de prevenci?n m?vil de ETS. Algunas de las trans que sub?an al minib?s de la asociaci?n se divert?an toc?ndome el culo cuando les daba la espalda y viendo c?mo me ruborizaba cuando me hac?an proposiciones sexuales o preguntas malintencionadas acerca de mi sexualidad. 3 T?rmino peyorativo que, en nuestro pa?s, sirve para referirse a mujeres trans y travestis. 4 En lengua francesa, ?p?d?? es un t?rmino peyorativo para referirse al hombre homosexual. Etimol?gicamente, la palabra es una ap?cope de ?p?d?raste?. 5 Butler realiza esta lectura a prop?sito de las performances drag del documental Paris is Burning. 312 A?n as?, tampoco faltan los argumentos que dudan de la capacidad transgresora de estas personas. Tras las cr?ticas recibidas, Butler (2002) matiza su punto de vista y reconoce que la imitaci?n par?dica de los estereotipos de g?nero no conlleva, per se, el cuestionamiento de dichos estereotipos. Las objeciones de algunas feministas van incluso m?s all? y acusan a las mujeres trans de reproducir un ideal de feminidad que las mujeres cis tratan de socavar. Recordemos la tesis de Raymond (1994 [1979]), para quien la transexualidad femenina es un artefacto creado por los hombres con el fin de entorpecer los esfuerzos del movimiento feminista para acabar con la opresi?n de g?nero. Ante la disyuntiva de si estas mujeres trans subvierten o refuerzan el arquetipo femenino, creemos que dif?cilmente pueden hacer alguna de las dos cosas. Hemos de tener en cuenta que estas mujeres, antes que revolucionarias o conservadoras, son ?seres abyectos?, personas que no se ajustan a las categor?as de g?nero reconocidas socialmente y que, por tanto, no tienen una existencia leg?tima: ?Lo abyecto designa (?) aquellas zonas ?invisibles?, ?inhabitables? de la vida social que, sin embargo, est?n densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarqu?a de los sujetos, pero cuya condici?n de vivir bajo el signo de lo ?invivible? es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos? (Butler, 2002: 19-20). Por tanto, se hace bastante dif?cil que estas trans puedan subvertir el sistema de sexo/g?nero (que, por lo dem?s, est? s?lidamente anclado) o entorpecer las luchas feministas desde un espacio de exclusi?n. Dicho de otro modo: ?la percepci?n social de los transexuales como ?bichos raros? neutraliza su potencial desestabilizaci?n de las categor?as de la matriz? (Soley-Beltran, 2009: 409), as? como su potencial reforzamiento. Por otra parte, la agresividad sexual y la puesta en escena desafiante y desvergonzada de estas mujeres, caracteres impropios de la ?buena mujer?, pueden interpretarse de diferentes modos. Podemos utilizar el an?lisis efectuado por Nanda (2003) del comportamiento descarado y el lenguaje injurioso utilizado por los hijras indios: esta forma de obrar libre de ataduras es propia de alguien que es plenamente consciente de estar al margen de las normas sociales de g?nero. Tambi?n es v?lida la lectura que realiza Guasch (2013) del afeminamiento extrovertido, el humor y la iron?a que caracterizaron a la figura de ?la loca? durante el Franquismo. En este caso, los ademanes histri?nicos y la lengua viperina de las trans deben entenderse como una forma de adaptarse a un entorno hostil, ?de gestionar en su vida cotidiana la probabilidad del desprecio y la injuria? (Guasch, 2013:14). En fin, podemos recurrir a la reflexi?n que efect?a Didier Eribon a prop?sito de la capacidad transgresora de Genet y Bataille: mientras que este ?ltimo, que se sit?a en el espacio de la normalidad socio-sexual, tiene la capacidad de decidir cu?ndo y c?mo transgrede el sistema normativo, Genet no puede elegir, ya que est? fuera de las normas y, por tanto, no puede transgredirlas. La ?nica soluci?n que le queda al autor del Journal du voleur es ?transformar en orgullo, en principio de vida, lo que deber?a haber sentido como verg?enza? (Eribon; en 313 Coll-Planas, 2010a: 117). Del mismo modo que Genet reivindica como suyos prejuicios hom?fobos como el afeminamiento, la peligrosidad y la promiscuidad, las trans har?an suyos los prejuicios tr?nsfobos de la depravaci?n y la perversidad. Exploremos ahora las principales objeciones al poder subversivo de los y las trans con conciencia pol?tica y bagaje intelectual. Ya hemos visto que la construcci?n subjetiva y corporal de estas personas se inscribe en un proyecto ideol?gico de cuestionamiento frontal de los postulados que conforman nuestro universo sexogen?rico: los pares de opuestos (hetero/homo, hombre/mujer, masculino/femenino), la norma heterosexual, la noci?n esencial y genitalizada de la identidad, etc. Tanto el transgenerismo como el movimiento queer, estrechamente relacionados, intentan ?crear una dimensi?n vital e intelectual tan subversiva y transgresora como rebelde, orgullosa y reivindicativa? (M?rida-Jim?nez, 2002: 20). Preguntados por este esp?ritu irreductible, algunos de nuestros informantes nos han advertido que en algunos sectores del movimiento transgenerista/queer se ha instalado lo que el artista intersex Del LaGrace Volcano denomina ?queernormatividad?, a saber, un ?imperativo transgresor que crea nuevas jerarqu?as dependiendo de si eres m?s o menos queer o m?s o menos fluido? (en Soley-Beltr?n, 2012: 92). As? pues, la vigilancia de autenticidad se produce, en mayor o menor medida, en los dos polos del espectro trans: algunos de los que persiguen la normalizaci?n reprenden a aquellos que ni siguen el tratamiento hegem?nico ni quieren ajustarse a los est?ndares de g?nero; algunos de los que est?n enfrascados en la lucha contestataria ven como una capitulaci?n ante el orden establecido cualquier desviaci?n de los preceptos revolucionarios y cualquier acercamiento a los c?digos normativos. Otra de las cr?ticas destaca la frivolidad de ?ciertas ?lites universitarias y art?sticas? (Carlos) vinculadas con esta corriente trans/queer. Se argumenta que est?n presentado el g?nero como una mera performance, como algo que es completamente maleable y que se puede reconfigurar o elegir a voluntad. Tras escribir El g?nero en disputa, Butler fue situada en el ojo del hurac?n por creerse que su teor?a de la performatividad reflejaba esta concepci?n voluntarista del g?nero6. En nuestro pa?s, las miradas se centran en una de las caras m?s visibles del universo queer: Beatriz Preciado. Especialmente controvertida fue su obra Testo Yonki (2008), escrita tras seguir ?un protocolo de intoxicaci?n voluntaria a base 6 En una de sus m?ltiples justificaciones ante lo que considera un error de interpretaci?n (debido a la confusi?n entre performatividad y performance), Butler (1993: 63-64) afirma que ?el malentendido sobre la performatividad del g?nero es el siguiente: que el g?nero es una elecci?n, un rol, o una construcci?n que uno se enfunda al igual que se viste cada ma?ana. Se asume, por lo tanto, que hay ?alguien? que precede a este g?nero, alguien que va al guardarropa del g?nero y deliberadamente decide qu? g?nero va a ser ese d?a. ?sta es una explicaci?n voluntarista del g?nero sexual que presupone un sujeto intacto previo a la asunci?n del g?nero. El significado de la performatividad del g?nero que yo quer?a transmitir es bastante diferente?. 314 de testosterona sint?tica? (Preciado, 2008: 15), y que puede entenderse como ?un manual de bioterrorismo de g?nero a escala molecular? (Ib?dem.:16). Para algunos/as trans este experimento constituye una banalizaci?n del tratamiento hormonal, puesto que obvia los efectos secundarios para la salud de unas sustancias que para muchas personas no son una herramienta transgresora con la que usurpar la qu?mica masculina, sino una necesidad vital. Y es que si bien la maleabilidad gen?rica puede entenderse como met?fora y ser objeto de performances realizadas en espacios generodisidentes y centros de arte contempor?neo, poco tiene que ver con la vida cotidiana de personas que tratan de ser y de existir en entornos transf?bicos: Me parecen teor?as interesantes (las teor?as queer), pero de aqu? a la pr?ctica, vivir el d?a a d?a, no s? hasta qu? punto se puede aplicar (?) No s?, me gusta leerlas, pero la teor?a, a veces, cuando pasas a la pr?ctica, no acaba de cuajar. La Beatriz Preciado habla desde una cierta posici?n, desde una cierta burbuja, desde un cierto bienestar que no es la realidad (?) Yo s? que he vivido el proceso que he vivido por la situaci?n en la que me he desarrollado, por la burbuja desde donde pude construir mi identidad, por el hecho de ser universitario?Hay una cuesti?n de clase que me ha hecho desarrollarme y crecer de una determinada forma. El transgenerismo occidental tiene un componente de clase (Marc). No podemos olvidar que el g?nero conforma un sistema normativo con sanciones previstas para todo aquel que no se ajusta a lo establecido. Las personas trans saben mejor que nadie que vulnerar los c?digos sexogen?ricos tiene un coste y que se necesitan herramientas para poder afrontarlo. En el apartado anterior, Cati nos contaba que la experiencia vital y la confianza en uno mismo son muy importantes para decidir enfrentarse a determinadas situaciones, como salir de casa sin maquillar y con una barba incipiente. Otras personas opinan que, a parte de estos recursos personales, es fundamental contar con una red social de seguridad (como la que ofrecen las asociaciones), cosa que no todas las personas tienen: Y claro, igual me permiten (las asociaciones trans) enfrentarme de otra manera, es decir, igual esa fuerza colectiva hace que sienta una seguridad de poder enfrentarme y poder tomar una actitud desafiante, pero a la vez positiva. No se trata todo el rato de ser desafiante sino considerarse, dignificarse (Pere). Yo voy a la playa con un ba?ador de t?o y que la gente mire (no se ha sometido a la mastectom?a). Es un paso que haces con gente concreta (?) Tengo una red de seguridad: gente que, por mucho que me vean los pechos, no dejar?n nunca de tratarme como me trataban (?) Hay gente que te mira, que te insulta, que te dice ??bicho raro!?. Intento ir a playas nudistas, playas gays (?) Lo importante es ir con gente con la que te sientas c?modo, que sepas que si pasa cualquier cosa estar?n detr?s de ti y te ayudar?n. Esto da mucha seguridad (Marc). 315 Y a pesar de contar con recursos personales y sociales, estas personas reconocen las dificultades para conciliar una ideolog?a de g?nero subversiva con la vida cotidiana. Si los m?s cercanos al paradigma de la transexualidad tienen como reto principal lograr la invisibilidad social, esto es, borrar su paso por un proceso transexualizador y ?pasar por? alguien normal, aquellas personas que entrar?an en la ?rbita transgenerista se enfrentan justamente al problema contrario: ser visibles socialmente. El g?nero es un entramado de c?digos que ?establecen el campo ontol?gico en el que se puede atribuir a los cuerpos expresi?n leg?tima? (Butler, 2007 [1999]: 29), es decir, los individuos devienen inteligibles si se ajustan a una de las dos categor?as de g?nero disponibles. Aquellos que encarnan la ambig?edad e introducen la discontinuidad en la tr?ada ?morfolog?a corporal/ identidad de g?nero/orientaci?n sexual?, caen en el terreno de lo abyecto y se deshumanizan. Las personas transgeneristas defienden la importancia de seguir luchando para lograr otras formas de pensar el g?nero, y para ello est?n dispuestas a exponer sus cuerpos en el campo de batalla. Sin embargo, la lucha desgasta y tiene sus l?mites. Todos sentimos la necesidad de ser inteligibles en la interacci?n social, de lograr cierto reconocimiento por parte de nuestros interlocutores, y estas personas no son una excepci?n. En este sentido, admiten que resulta extremadamente complicado y costoso subvertir el g?nero constantemente, por lo que, a veces, han de tomar decisiones en contra de sus convicciones ideol?gicas: Esto es una movida. A ver, yo me puedo permitir vivir como artista hasta un l?mite y luego en la vida diaria me puedo permitir tambi?n vivir hasta un l?mite. Si voy por la vida de ?transgender?7, en un momento dado la gente va a pensar que estoy chalado, y est? guay pero? (?) Es decir, ?transgender? es un ente que es muy interesante para trabajar art?sticamente, pero no paga las facturas (Pere). Yo tomo hormonas pero me gustar?a no tener que tomarlas, me gustar?a no tener que estar pendiente de las hormonas, y a veces las he dejado pero, pero he vuelto porque me cuesta vivir sin las hormonas. Me ralla que la gente pueda dudar de si soy una chica. Y todo mi esquema te?rico: ?Qu? m?s da, en el fondo no somos ni hombres ni mujeres, teor?a queer?, ?de qu? me ha servido? Para nada, no te sirve para nada la teor?a queer. O sea, t? cuando vas por la calle y te tratan en femenino pillas una rallada del mil. No dices: total, es una construcci?n social, no. Y es una putada, porque quieres escapar de esto pero no puedes (en Coll-Planas, 2010a: 217). 7 En lugar de ?transgender?, Pere menciona el alias que utiliza en sus actividades art?sticas y pol?ticas. Para preservar su anonimato, se ha utilizado ?transgender? a modo de sin?nimo. 316 3.3. Transexualidad vs. transgenerismo. ?Paradigmas irreconciliables? Acabamos de analizar los dos grandes paradigmas desde los que se concibe lo trans. Estos han sido presentados como tipos ideales, como meras abstracciones de dif?cil personificaci?n. Sin embargo, la mayor?a de las personas entrevistadas saben, aunque no dominen la terminolog?a, que existen otras personas que toman un camino diferente al suyo, y a menudo significan esta diferencia en t?rminos de un Otro ontol?gico. La sensaci?n de otredad se fortifica cuando las asociaciones reivindican derechos distintos y hasta contradictorios, se producen enfrentamientos verbales en espacios de debate o cuando una figura trans adquiere notoriedad y no se la reconoce como a un igual. La visi?n de ese Otro puede basarse en el respeto, la desconfianza o la abierta hostilidad. A lo largo de esta investigaci?n se ha constatado la existencia de un amplio abanico de posicionamientos, pero ha suscitado nuestra atenci?n el recelo y la animadversi?n que sienten algunos hacia aquellos con un proyecto vital bastante alejado del suyo. Como veremos acto seguido, la censura del Otro podemos encontrarla en gentes cercanas a uno y otro paradigma, pero se manifiesta en mayor medida entre aquellos que aspiran a la normalidad sexogen?rica. La naturaleza de este recelo y animadversi?n que siente el transexual hacia el transgenerista es muy similar a la que ha sentido el gay hacia el marica. Guasch (1987, 2005 y 2013) y Mira (2004) explican que durante la Transici?n espa?ola los homosexuales buscaron la integraci?n social tratando de ofrecer una imagen respetable. En este proyecto de normalizaci?n no ten?an cabida aquellas figuras cuya imagen se consideraba indeseable, como la ?loca? (el extrovertido afeminado) o el ?maldito? (el Genet degenerado y promiscuo), por lo que fueron apartadas por los propios miembros del colectivo. Se produce entonces la distinci?n entre dos tipos de homosexuales, ?uno de los cuales merece siempre la comprensi?n, tolerancia o incluso admiraci?n y el otro o no interesa o es simplemente un vicioso que produce repugnancia? (Mira, 2004: 213). Si el marica pasa por un proceso ascendente de movilidad social y se convierte en gay (Guasch, 2005), podr?a decirse que el travest? del Tardofranquismo y la Transici?n ha empezado a ser reconocido cuando se ha convertido en transexual medicalizado. En su lucha por lograr la integraci?n social y los derechos civiles, los transexuales condenan a todo aquel que no contribuye a la elaboraci?n de una imagen colectiva caracterizada por la moderaci?n y la discreci?n: Salen cuatro petardas en televisi?n diciendo: ?Tengo polla y estoy genial?, y eso crea que las dem?s personas tengan un rechazo porque nadie quiere para sus hijos algo as? (Vanessa). Vale que seamos transexuales, pero eso no significa que tengamos que ir por todos lados diciendo: ??Eh, que soy transexual, miradme!?. No quiero que la gente nos vea y diga: ??Mira ?stos, tienen tetas y tienen barba!? (Jon). 317 No me gusta mezclarme con estos temas e ir a sitios o manifestaciones porque considero que eso nos perjudica, porque hay que llevarlo de una manera normal. Cuando t? lo sacas de contexto y lo haces espect?culo como lo hace mucha gente, nos perjudica (Pedro). Las ciencias sociales han mostrado en repetidas ocasiones que la configuraci?n de un Otro es un componente determinante para la formaci?n de una identidad grupal. Si, como afirma Norbert Elias (1990), no puede existir una identidad del Yo sin una identidad del Nosotros, no es menos cierto que ?sin ?los otros? no hay necesidad de definirnos a nosotros mismos? (Hobsbawm, 1994: 9). La creaci?n de una figura antit?tica ayuda a clarificar los l?mites de un Nosotros, puesto que es tan importante definir qu? es lo que somos (semejanza) como determinar aquello que no podemos ser (diferencia). Hay que trazar barreras f?sicas y/o simb?licas para poder enaltecer lo propio frente a lo extra?o. El salvaje, la puta, el marica, el negro o el inmigrante han sido las grandes figuras de la otredad que han ayudado a trazar las fronteras simb?licas en Occidente. En el caso que nos ocupa, el transg?nero es el reverso negativo de un transexual que se preocupa en todo momento de diferenciar ambos fen?menos en su lucha por la aceptaci?n. Cualquier atisbo de confusi?n provoca malestar y activa de inmediato la bater?a argumental que justifica la diferencia. Valga un ejemplo. Quien escribe provoc? cierto revuelo entre los y las trans que se encontraban a la entrada de la UTIG a la espera de iniciar una terapia grupal. Preguntado por cu?l era mi objeto de estudio, respond? que quer?a conocer las vidas y problem?ticas de las ?personas trans?. Utilic? el prefijo ?trans? del mismo modo en que lo hago a lo largo de estas p?ginas: como una categor?a paraguas capaz de abarcar la diversidad de cuerpos e identidades. Era mi primer d?a en las sesiones de grupo y apost? por lo que cre?a que era una expresi?n de consenso para no herir la susceptibilidad de nadie, a sabiendas de que el debate terminol?gico genera controversias. Sin embargo, no logr? mi objetivo. En otra muestra m?s de la inevitable tensi?n entre las perspectivas etic y emic, una de las m?s veteranas me corrigi? diciendo que ?aqu? no vas a encontrar a ning?n trans porque solo hay transexuales?. Acto seguido, me explic? los rasgos diferenciales de ?transexuales? y ?trans? (esto es, transgeneristas), y me pidi? que tuviera especial cuidado en delimitar ambos fen?menos cuando escribiera mi tesis porque ya hab?an tenido ?experiencias desagradables? con periodistas e investigadores ?que lo mezclan todo?. Esta necesidad de desvincularse p?blicamente del transgenerismo tambi?n qued? bien clara en algunas entrevistas: Es muy respetable (el transgenerismo), que hagan lo que quieran, que fluct?en. Ellos son libres para hacer lo que quieran porque todo el mundo puede hacer lo que quiera. En lo ?nico que nos repercute a nosotros es que entonces la sociedad no nos entiende, porque lo que no se puede hacer es hormonarte, tener barba, tener voz de hombre y tener tetas. Cada uno puede hacer 318 lo que quiera (?) pero de cara a la sociedad nos engloban dentro de ese grupo y nosotros no formamos parte de ese grupo. Lo nuestro es hombre o mujer (?) Yo entiendo que la sociedad no les entienda. Pero cada uno puede ser como quiera siempre y cuando no nos perjudiquen, porque bastante nos est? costando presentarlo a la sociedad como una cosa normal y corriente como para que encima nos incluyan dentro del mismo grupo (?) Son dos cosas totalmente distintas, no tiene nada que ver una cosa con la otra (?) Lo que digo es que no tendr?an que entrar en la misma palabra, tendr?an que ser dos cosas diferentes, se tendr?a que diferenciar desde el principio para que la sociedad sepa que nuestra definici?n es finalizar en hombre o mujer, y su definici?n es ser andr?gino, ambivalente (Carlos). Algunas de las personas que se desmarcan rotundamente del transgenerismo y que critican su puesta en escena justifican su posicionamiento por la precaria situaci?n que est? atravesando la asistencia p?blica a la transexualidad en nuestro pa?s. Ya vimos que la decisi?n de financiar la terapia de transformaci?n corporal, por parte de algunas Comunidades Aut?nomas, se fundament? en gran medida en la consideraci?n de la terapia como un tratamiento no electivo. En opini?n de estas personas, si a unas pol?ticas de recortes salvajes del gasto p?blico le sumamos el hecho de que algunos/as trans critican el sistema de asistencia existente y manifiestan que es posible desarrollarse como personas sin necesidad de recurrir a tratamientos hormonoquir?rgicos, todo ello pone en peligro la cobertura del proceso terap?utico. La relaci?n entre la transexualidad y el transgenerismo es as? entendida como si fuera un ?juego de suma cero?: Los pol?ticos ven estas cosas y prefieren cuanto menos gastar, mejor. Y dicen: ?Pues si ?l puede vivir con pecho, ?por qu? no pod?is vivir vosotros con pecho??. ?Pues porque no es lo mismo, se?or m?o? (Marcos). Que a m? me digan que una persona no se tiene por qu? operar, que puede vivir perfectamente con pelo en el pecho, yendo a la playa quit?ndose la camiseta y con dos pechos colgando, pues no, porque luego pasa lo que pasa, que la gente se agarra a lo que sea: ?Pues entonces quitamos las operaciones por la Seguridad Social porque no lo necesit?is, no es importante?. Entonces, eso nos est? perjudicando. O lo del tema de la hormonaci?n, que no hace falta hormonarse. ??No hace falta hormonarse? Pues como no hace falta, quitamos la hormonaci?n? (Dar?o). Sin querer menospreciar estos testimonios ni las inquietudes que los generan, debemos apuntar que estos argumentos son el producto de la perversidad de un sistema cuyos mecanismos de dominaci?n simb?lica provocan que los grupos subalternos identifiquen a los culpables de su subalternidad entre sus iguales (tal y como sucede entre los sectores m?s desfavorecidos cuando acusan al inmigrante de apropiarse de los recursos p?blicos en tiempos de crisis). Quien pone en peligro la asistencia p?blica a las personas trans no son aquellos que cuestionan algunos aspectos de dicha asistencia, sino ide?logos 319 y gestores de la nueva ola neoliberal que recorta y privatiza los servicios sanitarios. Y todo ello en una sociedad que tan solo es capaz de ofrecer la cobertura p?blica del tratamiento hormonoquir?rgico si se presenta lo trans como una anomal?a patol?gica que resulte inocua para el sistema de sexo/g?nero (en lugar de reconocer dicha cobertura como un derecho al bienestar de unas personas que constituyen un ejemplo de la diversidad sexogen?rica humana). Por su parte, las personas cercanas al transgenerismo desconf?an de la voluntad de normalizaci?n de algunos/as transexuales. Consideran poco menos que una utop?a el que una persona pueda ubicarse adecuadamente en la estructura de g?nero tras someterse al proceso de modificaci?n corporal. Advierten adem?s de que el deseo de invisibilizarse entre los hombres y mujeres ?naturales? conlleva unas expectativas que dif?cilmente podr?n colmarse, por lo que estas personas ser?n para siempre unas ?atormentadas? que se ?derrumbar?n? cada vez que alguien descubra que est?n representado un g?nero distinto al que se les asign? en un principio. En lugar de vivir eternamente con el miedo a no ser aceptadas, las personas trans han de asumir su condici?n: Un transexual no deber?a aspirar a normalizarse. Un transexual deber?a aspirar a normalizar su condici?n de transexual, no renegar de su condici?n. Muchas de esas trans operadas quieren ser normales en el sentido que la sociedad propone. Eso no es integrar la transexualidad, sino renegar de ella. O ser hombre o ser mujer. Un transexual no puede ser u hombre o mujer, su naturaleza no est? en eso (?) Has de ser consciente de tu situaci?n y saber que no eres totalmente mujer, y ni mucho menos un hombre porque nunca lo has sido. Estamos en otra onda. Y eso, si lo asumes, pues es fant?stico, pero si no lo asumes, pues provoca lo que provoca (...) Es mejor ser folkl?rica, tanto que recriminan a las transexuales folkl?ricas, mil veces mejor folkl?rica que una atormentada, pero mil veces mejor (Gema). Los que est?n m?s integrados son los que tienen m?s complejos. Reivindican una normalidad pero tienen tal complejo de asumir su condici?n que no me parecen normales. En cambio las que no est?n integradas parecen m?s normales, lo viven con m?s naturalidad, menos carga autoflageladora. Y las que quieren esconder su condici?n trans lo tienen jodido porque hoy en d?a los t?os no son tontos y tarde o temprano se dar?n cuenta porque la operaci?n no cuela (M?nica). Lo digo porque hay gente que se hormona, se opera, todo, y un d?a les dicen: ?Tienes manos de chica?. Y se derrumban y caen en una depresi?n porque lo han querido borrar todo, pero todo es imposible (Luis). Las muestras de recelo y hostilidad hacia el otro paradigma son m?s frecuentes entre los transexuales que entre los transgeneristas. Hemos visto que los primeros creen que la visibilidad cr?tica del transgenerismo pone en peligro su proyecto de normalizaci?n social y la cobertura p?blica del tratamiento. Los segundos se justifican diciendo que no pretenden 320 socavar los derechos de los transexuales, sino obtener mejoras sociales que beneficien a ambos grupos. A?n as?, Coll-Planas (2010a: 163) tiene raz?n cuando afirma que ?el discurso de transformaci?n puede tender hacia un cierto elitismo con tintes autoritarios ya que considera que los activistas est?n en posesi?n de ?la verdad?, mientras que el resto de sujetos est? imbuido por la l?gica del sistema?. Ciertamente, algunos/as transgeneristas observan con cierto desd?n, altaner?a o iron?a los esfuerzos de aquellos/as que tratan de normalizarse: Algunas dicen eso de ?si me tocan ah? delante ya dejan de ser hombres? y la verdad es que pienso que es una aberraci?n (?) En realidad son personas jur?sicas con mentalidad heteronormativa y llenas de prejuicios y estigmas (?) Hay algunas que compran salvaslips en el supermercado para que no sospechen que son hombres (...) y viven una vida de mujer que en el fondo es un postizo (?) Estas transexuales tienen tantos complejos... ?se oyen sus cadenas cuando andan! (Clara). Si antes dec?amos que es injusto culpar al transgenerismo de la precariedad del sistema p?blico de atenci?n, tampoco es aceptable que alguien se auto-imponga el blas?n de la transgresi?n para tildar de mero pe?n del sistema a aquel que tan solo quiere ?como muchos de nosotros? vivir una vida normal. Tal y como advirti? Foucault (2003 [1976]), donde hay poder hay resistencia, pero no olvidemos que tal resistencia nunca puede situarse en una posici?n de exterioridad respecto del poder. Por tanto, siempre debemos desconfiar de aquel que juzga a los dem?s desde una supuesta atalaya donde no llegar?an las fuerzas que producen y constri?en al resto de los mortales. El poder puede ser reapropiado, resignificado y reutilizado, pero nadie puede trascenderlo. Es bien cierto que hay muchas personas cercanas a uno y otro paradigma que no tienen una actitud cr?tica u hostil hacia aquellas que recorren un itinerario sustancialmente diferente al suyo. Unas tratan de tender puentes y establecer un frente com?n desde el que reivindicar derechos, mientras que otras simplemente muestran una total ignorancia o indiferencia ante estas fricciones. Pero, al menos en el caso catal?n, existen heridas abiertas, rencores y, sobre todo, malentendidos. Las palabras de Pedro y Marc, cercanos a la transexualidad y al transgenerismo respectivamente, ilustran a la perfecci?n las dificultades existentes para conciliar ambos puntos de vista: Dicen (los transgeneristas) que nos quieren ayudar a llevarnos a la luz porque nosotros tenemos un problema y tenemos que acostumbrarnos a nuestro cuerpo, que podemos convivir con ?l. Yo lo que digo es que me parece muy bien lo que piensan, cada uno es libre de pensar lo que quiera, pero que no hablen por nosotros porque no somos iguales (?) Que no hablen por m? porque me est?n jodiendo, porque entonces la gente me ver? y dir?: ?Oye, ?t? que eres, una boyera hormonada?? (...) Pero es que si fu?ramos por caminos paralelos y cada uno por su lado, de puta madre. Pero es que vamos por caminos paralelos y ellos se meten en el nuestro. Y nos van 321 metiendo mierda, y la mierda nos la comemos nosotros. Y nosotros no vamos a meter mierda en su camino porque aunque ellos digan que saben de lo nuestro, nosotros no sabemos de lo suyo, en el sentido de que no vamos a hablar de algo que no sabemos. Ellos, sin embargo, s? se piensan que saben y hablan de lo que en realidad no saben (Pedro). Hay una diferencia de base: en mi discurso yo los acepto. Respeto y luchar? por aquellas personas que quieran hacer todo el camino, todo el proceso. Yo me siento s?per cercano a los trans que quieren hacer todo el camino, para m? son compa?eros de lucha (?) Y yo lo que he notado es un ataque frontal ante cualquier visi?n que no sea la suya (?) Nosotros siempre hemos estado luchando para tener una atenci?n a la salud digna. Claro, cuestionamos la atenci?n a la salud del Cl?nic pero la cuestionamos porque no creemos que nos haga ning?n favor (?) Creo que se sienten atacados. Ellos pensaban que solo hab?a una forma de hacerlo y ahora ven a gente que vive de otras formas y eso ataca a su propia identidad. A m? me han llegado a decir: ?Para m? no eres un hombre y nunca vas a ser un hombre? (Marc). 323 REFLEXIONES FINALES. POR UNA LECTURA SOCIAL DE LO TRANS Si alguien ha de ser visto como un enfermo, o tiene que someterse a una prueba para saber si es normal, es la sociedad, no yo. (Clara, informante) A lo largo de las p?ginas precedentes hemos podido constatar que, en nuestras sociedades, el transg?nero ha ca?do en el dominio casi exclusivo de la biomedicina. Si nos ce?imos a su aparato tecno-discursivo, todo parece indicar que nunca antes a lo largo de la historia y de las culturas hab?a existido ninguna sociedad que se hubiera acercado tanto a la verdadera esencia del fen?meno como el Occidente contempor?neo. El transg?nero hab?a sido tratado con crueldad inhumana o veneraci?n supersticiosa, pero no fue posible tratarlo en su justa medida hasta que fue conceptualizado en tanto que transexual. Parec?an haberse descifrado sus problemas y deseos, entendido sus pr?cticas e identificado las causas de su existencia. Una existencia desdichada que pod?a dejar de serlo porque se dispon?an de las tecnolog?as m?dicas adecuadas. Ante este panorama, no parec?a que hubiera lugar para impugnar la gesti?n biom?dica. Lo m?s sensato era esperar a que se avanzase en la comprensi?n del fen?meno y se perfeccionara la terap?utica. Sin embargo, algunas de las personas categorizadas como transexuales empezaron a mostrar su disconformidad por la forma en que estaban siendo concebidas. Y es que las necesidades y deseos de estas personas no eran tan homog?neos como hab?a imaginado la clase m?dica. Un sector d?scolo y diverso se desmarc? del camino que le hab?an trazado y exigi? que se reconocieran otros cuerpos y subjetividades, los cuales pon?an en cuesti?n el binarismo hegem?nico que estaba siendo reforzado por los saberes y pr?cticas biom?dicos. A ello debemos a?adirle que desde las ciencias sociales emerg?an estudios que abordaban con un esp?ritu renovado distintas figuras transgen?ricas no occidentales. ?stas ya no eran consideradas como una manifestaci?n del exotismo depravado, o como un apunte anecd?tico y marginal perfectamente ignorable en la tarea de comprender esas sociedades. Antes al contrario, de lo que se trataba era de entender sus pr?cticas, su significaci?n simb?lica, as? como su encaje en la estructura social. Los an?lisis de otros sistemas sexogen?ricos, partiendo de la comprensi?n de sus expresiones de variancia de g?nero, constitu?an una herramienta valiosa para conocer mejor nuestro propio sistema y mostrar su contingencia. 324 Reconocimiento de la pluralidad trans y problematizaci?n de nuestras evidencias sexogen?ricas. ?stos han sido los cimientos sobre los que se ha construido esta investigaci?n que llega a su fin. Hemos iniciado nuestro camino efectuando un an?lisis hist?rico en funci?n de dos preceptos epistemol?gicos interrelacionados: el primero de ellos consiste en rechazar lo que Judith Halberstam (2008) denomina ?presentismo perverso?, a saber, una suerte de etnocentrismo hist?rico con el que se utilizan anacr?nicamente los conceptos contempor?neos para analizar ?pocas pasadas; el segundo parte del reconocimiento de que ning?n sistema de pensamiento es universal, por lo que pueden rastrearse sus condiciones de posibilidad. Con estos dos principios hemos visto que la transexualidad no es una constante antropol?gica, sino un fen?meno hist?ricamente determinado que ha podido surgir con el establecimiento de la racionalidad sexo-l?gica occidental y el desarrollo de las tecnolog?as biom?dicas. Dicha racionalidad presupone la existencia de dos g?neros cuyas diferencias se fundamentan en el dimorfismo sexual, y establece la sexualidad como criterio de individuaci?n, verdad profunda de cada uno y objeto privilegiado de estudio de unos saberes con capacidad para delimitar las manifestaciones normales de las patol?gicas. La utilizaci?n de una mirada etnol?gica a la hora de abordar nuestro pasado nos ha permitido advertir que, del mismo modo que la transexualidad solo adquiere significaci?n dentro de esta episteme sexo-l?gica, el fen?meno de la transmutaci?n sexual (la conversi?n s?bita de una mujer en hombre) solo puede concebirse dentro de un paradigma en el que el hombre y la mujer forman parte de un cont?nuo jerarquizado en el que el primero encarna un mayor grado de perfecci?n. Ante la ausencia de marcadores biol?gicos que justificaran la medicalizaci?n, la atenci?n biom?dica se ha sustentado en buena medida con la inclusi?n de la transexualidad en los manuales clasificatorios de trastornos mentales, como el DSM. El itinerario que sigui? la homosexualidad desde su entrada en el manual hasta su desclasificaci?n guarda muchas similitudes con el camino que est? siguiendo la transexualidad. En ambos casos se refleja aquello que Hacking (1986) conoce como ?nominalismo din?mico?, esto es, una constante interacci?n entre las categor?as y las personas que son etiquetadas con dichas categor?as. Dicho de otro modo, si bien las instituciones con poder y legitimidad para crear categor?as referentes a tipos humanos condicionan la existencia de las personas referidas, ?stas pueden reaccionar y modificar tanto las categor?as como sus significados. De esta forma, la APA realiz? varios artificios sem?nticos antes de ceder definitivamente ante las presiones de aquellos que rechazaban la patologizaci?n de las sexualidades no normativas. En cuanto a la transexualidad, se han cuestionado sus sucesivas denominaciones eufem?sticas y se han refutado la mayor?a de argumentos que acreditaron su inclusi?n. Ello es debido a que en el caso de la transexualidad ?y en tantos otros trastornos del manual?, el DSM se limita a realizar explicaciones descriptivas, pretendidamente universales, sin contar con ning?n 325 sustento causal. El principal ?y quiz? el ?ltimo? razonamiento que justifica actualmente su presencia en el DSM es de tipo estrat?gico: garantizar la cobertura del tratamiento por parte de administraciones p?blicas y compa??as de seguros m?dicos. Por muy loable que pueda parecer este argumento, creemos que la clasificaci?n de la transexualidad en estos manuales, a parte de parad?jica (pues ni la etiolog?a ni la terap?utica se basan en ese supuesto trastorno mental), es contraproducente. A nivel individual, la persona diagnosticada puede interiorizar que su condici?n es patol?gica. A nivel social, un diagn?stico de anormalidad psiqui?trica proporciona el terreno fecundo para el estigma y el rechazo. La psiquiatrizaci?n de la transexualidad act?a como una poderosa herramienta de control social con la que se destierra del mundo de los normales a aquellas personas que rechazan el g?nero asignado. Por todo ello, es absolutamente necesario que se atiendan las propuestas que est?n presentando los movimientos trans para eliminar la transexualidad de los manuales sin que peligre la cobertura financiera. El recurso a los tratados internacionales que reconocen el derecho a la salud ?y bienestar? de todas las personas, sin discriminaci?n por motivos de orientaci?n sexual o identidad de g?nero, o la propuesta m?s pragm?tica de introducir una menci?n no patologizante en la pr?xima edici?n de la CIE, parecen alternativas lo suficientemente s?lidas como para despsiquiatrizar la transexualidad de una vez por todas. Con este trabajo no se persigue el fin de la atenci?n biom?dica a las personas trans. Reconocer que los saberes y las tecnolog?as m?dicas han configurado los deseos y necesidades de estas personas no significa que podamos ignorar estos deseos y necesidades. Resulta innegable que la atenci?n hormono-quir?rgica ha ayudado a mejorar el bienestar de personas cuyo rechazo del propio cuerpo puede llegar a niveles dif?cilmente soportables. Tambi?n es destacable que algunas Comunidades Aut?nomas hayan decidido supervisar y financiar el elevado coste del proceso transexualizador. Debemos admitir que la asistencia psicol?gica puede ser ?til cuando se destina al asesoramiento sobre posibles dudas identitarias o al apoyo de aquellos que experimentan los efectos de la transfobia. Y tampoco queremos dudar de la integridad profesional de los trabajadores de la UTIG, cuya afabilidad, eficiencia y disponibilidad han sido ensalzadas por bastantes personas usuarias. Realizadas estas aclaraciones, debemos mostrarnos cr?ticos ante el tipo de atenci?n que se ofrece en la UTIG. Hay que cambiar el actual ?r?gimen de autorizaci?n? (P?rez, 2010), un tipo de atenci?n jerarquizado y patologizante, por un modelo dial?gico basado en el consentimiento informado y la toma de decisiones compartidas que reconozca e incluya las m?ltiples sensibilidades trans. Hay que acabar con la herramienta del ?test de la vida real?, con la que la persona es obligada a adoptar una apariencia fuertemente estereotipada sin contar todav?a con un cuerpo modificado hormonalmente. Hay que flexibilizar un tratamiento excesivamente estandarizado para que se adapte a la variedad 326 de ritmos y necesidades. Hay que procurar que los servicios p?blicos de atenci?n ofrezcan toda la informaci?n necesaria a aquellas personas que est?n iniciando su camino, para que puedan tomar decisiones siendo plenamente conscientes de que hay varias maneras, todas igualmente leg?timas, de construir cuerpos y subjetividades trans. De no ser as?, se seguir? reproduciendo una violencia institucional que homogeneiza y excluye a la diversidad. Las personas que desean seguir el proceso can?nico de modificaci?n corporal suelen encontrar adecuada ?con m?s o menos matices? el tipo de atenci?n ofrecida en la UTIG y est?n amparadas por la ley que regula la rectificaci?n registral de la menci?n relativa al sexo de las personas. Aquellas personas que no se ajustan al paradigma transexual ideado por la biomedicina, tienen dos opciones: o bien se resignan y acatan la estandarizaci?n para acceder a los derechos sanitarios y legales disponibles, o bien no renuncian y son expulsadas del sistema de protecci?n social y no reconocidas legalmente, lo que supone una clara vulneraci?n de sus derechos fundamentales. Es por ello que debemos agradecer la existencia, en Catalu?a, de asociaciones como el Casal Lambda o del servicio p?blico Tr?nsit, que han establecido un modelo de atenci?n m?s inclusivo. En estos centros pueden acudir personas con una identidad y un proyecto corporal m?s normativos, pero tambi?n otras con expresiones de g?nero heterodoxas. Se trata, por ejemplo, de hombres trans que se hormonan pero quieren mantener pechos, ovarios y ?tero. O de mujeres que rechazan las cirug?as, limitan la toma de hormonas y huyen de los cl?sicos roles asociados a la feminidad. De ah? que algunas de estas personas hayan tenido dificultades para obtener el diagn?stico en la UTIG, mientras que otras ni siquiera acuden a la Unidad intuyendo que sus peticiones no ser?n aceptadas. Para todas ellas, el Casal Lambda ofrece una atenci?n psicol?gica que reh?sa la diagnosis ?con sus categor?as y supuestos r?gidos y prefijados? para realizar un acompa?amiento en la b?squeda de una expresi?n de g?nero confortable. Por su parte, en Tr?nsit se pueden encontrar servicios ya existentes en la sanidad p?blica pero que no acostumbran a ser utilizados por las personas trans por miedo a ser atendidas de forma inadecuada o, incluso, ofensiva (como el caso de un hombre trans que se dirige a un servicio de ginecolog?a para una citolog?a). Y en cuanto al tratamiento hormonal, las profesionales de Tr?nsit consens?an las dosis con la persona usuaria en funci?n de sus necesidades. El ideal homogeneizador que todav?a sostiene parte del estamento m?dico se ve desbordado por una realidad trans que es m?ltiple y variopinta. Para tratar de aprehender esta realidad y elaborar un relato coherente del proceso de (re)construcci?n identitaria y corporal, hemos decidido emplear como herramienta anal?tica el concepto de los ?procesos asistenciales?. Con ello pretend?amos desmarcarnos del reduccionismo biologista y subrayar que lo trans es, parafraseando a Mauss, un ?hecho social total?, un fen?meno complejo que involucra lo biol?gico, lo psicol?gico y lo social. El modelo biom?dico simplifica el abordaje 327 de lo trans dando una importancia central a los factores biol?gicos innatos. Destina sus esfuerzos a investigaciones etiol?gicas para identificar esa ?supuesta? falla en el proceso de formaci?n del ?supuesto? cerebro sexuado, cuya existencia puede inferirse al observar el hipot?lamo, esa regi?n cerebral que ?supuestamente? gobierna nuestra vida sexual. Ello supone ignorar que la condici?n sexogen?rica humana no adquiere pleno sentido hasta que el nuevo ser empieza a embeberse de cultura, a relacionarse y a construir su propia biograf?a. Ante los que defienden la preeminencia de lo biol?gico en la vida social, quiz? no est? de m?s recordar algo que, en ciencias sociales, empieza a ser una perogrullada: Desde el momento que nos referimos a fen?menos que tienen lugar en la sociedad, la esencialidad de lo biol?gico pasa a un segundo lugar en su facultad determinante, frente a la acci?n de la cultura social, ya que otros aspectos sociales en los que la interacci?n del individuo tiene lugar (v.gr. la creaci?n simb?lica, el desarrollo de la medicina, etc.) modifican y re-crean esas realidades biol?gicas (Salinas, 1994: 89). Dec?a John Boswell (1998 [1980]) que solo las sociedades que han considerado la homosexualidad como algo anormal se han interrogado sobre las causas que la generan. Y lo mismo podr?a decirse del transgenerismo. Aquellas sociedades que aceptan la variancia de g?nero, reservando a las figuras intersticiales una posici?n perfectamente codificada en su universo simb?lico y social, explican su existencia no en t?rminos de anormalidad sino, en todo caso, de sobrenaturalidad. En cambio, ya hemos visto que en nuestras sociedades el transg?nero es un fen?meno anormal, patol?gico. Y es justamente el supuesto de que la transexualidad es fruto de una adquisici?n err?nea de la identidad de g?nero, lo que constituye el fundamento sobre el que se elaboran las distintas teor?as etiol?gicas. A lo largo de este estudio no hemos entendido lo trans como un fen?meno meramente individual, como algo que tan solo ata?e a la salud y situaci?n social de la persona. Hemos trabajado con conceptos como los de ?proceso asistencial? e ?itinerario terap?utico? porque permiten enfatizar la dimensi?n sociocultural e intersubjetiva del fen?meno. Ciertamente, la centralidad corresponde a las propias personas trans, a su cuerpo, subjetividad y bienestar. Pero no es menos cierto que estas personas se (re)construyen en una determinada sociedad con unos discursos y tecnolog?as m?dicas, un amplio elenco de profesionales, unas instituciones gestoras, un ordenamiento normativo, unas din?micas econ?mico-pol?ticas que generan desigualdad (con sus privilegios y exclusiones), una red de organizaciones de ayuda mutua y estructuras familiares y amicales, y todo ello dentro de un universo de significaciones sobre la sexualidad, el g?nero y, por extensi?n, la realidad. Si adoptamos este enfoque complejo y multifactorial es posible que lo trans se nos escape de las manos pero podremos advertir, en cambio, que su homogeneidad es una aut?ntica quimera. Contrariamente al arquetipo transexual imaginado por Benjamin, 328 cuyos adeptos todav?a se hacen sentir actualmente, existen muchas formas de experimentar y expresar el hecho trans. Todas estas personas tienen en com?n el hecho de rechazar, con mayor o menor rotundidad, el g?nero que se les asign? en el momento de nacer (aunque los significados y discursos que articulan este rechazo ya son de lo m?s diversos). Una vez interiorizada esta disconformidad de g?nero, cada persona establece su propio proyecto de (re)construcci?n identitaria y corporal en funci?n de sus necesidades, objetivos y posibilidades. En consecuencia, no existe un ?nico itinerario terap?utico, sino muchos. Y todos ellos deber?an tener el mismo reconocimiento. En el caso de las personas trans, todo itinerario terap?utico es al mismo tiempo un itinerario identitario/corporal. Algunas de estas personas sostienen una noci?n esencial de la identidad (siempre han sido conscientes que eran hombres o mujeres con un cuerpo equivocado), pero saben bien que dicha identidad ha de ser corporeizada (pues la identidad es inexorablemente corporal), que necesitan transformar su cuerpo de acuerdo a unos est?ndares para lograr reconocerse y ser reconocidas por los dem?s. Como bien dice Mari Luz Esteban (2004), el cuerpo es el nexo de uni?n del mundo individual y social, y es tanto un eje de reproducci?n normativa como un foco de resistencia. Es un cuerpo sujeto a los dispositivos de control social, pero al mismo tiempo es un cuerpo capaz de desobeceder y propiciar mutaciones sociales. En el an?lisis de las t?cnicas y pr?cticas corporales nos ha sido de gran ayuda los trabajos etnometodol?gicos de Garfinkel (2006 [1968]) y Kessler y McKenna (1985). Una de sus mayores contribuciones consisti? en pensar que la cotidianidad de las personas transexuales no constitu?a un caso excepcional, un caso aparte, sino un caso paradigm?tico que permit?a apreciar con mayor claridad las estrategias que todas las personas ponemos en marcha para lograr una identidad socialmente reconocida. En el caso de las personas trans, el recurso a las hormonas y a las cirug?as pl?sticas es m?s intensivo, y la planificaci?n, gesti?n y actuaci?n en las distintas situaciones sociales ha de ser mucho m?s acurada porque est?n representando un g?nero que no les corresponde. Y es precisamente este mayor esmero en presentarse adecuadamente ante los dem?s, lo que hace que estas personas conozcan a la perfecci?n los entresijos de una gesti?n de las apariencias que la mayor?a efectuamos rutinaria e irreflexivamente. El modelo de gesti?n biom?dico de la transexualidad basa su fuerza en la universalizaci?n, la naturalizaci?n y la esencializaci?n. De este modo, la transexualidad es ahist?rica, su categor?a diagn?stica tiene una aplicabilidad universal y el cuerpo y la identidad son presentados como pre-ling??sticos. Sin embargo, Nieto (2008: 157) destaca una paradoja que no es balad?: ?En la actuaci?n m?dica sobre lo trans se percibe el reflejo de un modelo que racionaliza ideas, naturaliz?ndolas y esencializ?ndolas, pero que, en su aplicaci?n pr?ctica, sorprendentemente, desnaturalizan y desencializan los cuerpos de 329 las personas trans con mastectom?as o implantes mamarios, con neopenes o neovaginas, seg?n proceda?. La persona transexual reasignada m?dicamente resquebraja la supuesta coherencia del sexo. Pensemos, por un momento, en el cuerpo de una mujer trans despu?s del tratamiento: neovagina, mamas desarrolladas, predominancia de estr?genos; pero, a la vez, ausencia de g?nadas femeninas y presencia del cromosoma Y. Si usamos un prisma biom?dico, ?estamos ante un hombre o una mujer? Por otra parte, y en otro esfuerzo m?s para textualizar la ya consabida diversidad, hemos imaginado dos tipos ideales con el fin de dibujar dos formas diametralmente distintas de concebir lo trans. Por un lado, habl?bamos del paradigma de la transexualidad. Hay que se?alar que, si bien fue la clase m?dica la que cre? los principios reguladores del paradigma, ?ste no hubiera podido configurarse sin las aportaciones ?mediante testimonios? de las propias personas transexuales, ni hubiera podido perdurar sin que ?stas lo interiorizaran y reprodujeran. En torno a la transexualidad encontramos a personas que quieren seguir todas las fases del proceso de modificaci?n corporal porque rechazan sus atributos sexuales y desean obtener una apariencia estereot?pica, esperando conseguir con ello una posici?n codificada dentro de nuestro sistema de sexo/g?nero. A esta visi?n ha contribuido hist?ricamente el discurso idealizador de la medicina, que ha presentado las tecnolog?as de reasignaci?n como una suerte de llave maestra para entrar en el reino de la normalidad sexogen?rica. Para estas personas, lo trans no es un lugar en el que encontrar cobijo identitario, sino un proceso transitorio con el que corregir la discordancia entre el cuerpo (que es visto como algo err?neo) y la identidad de g?nero (concebida como innata y verdadera). En cambio, alrededor del transgenerismo situamos a personas que rechazan el camino marcado por la clase m?dica. Pueden tomar hormonas y/o recurrir a las cirug?as pl?sticas, pero conservan deliberadamente sus genitales y, en algunos casos, preservan otros caracteres sexuales vinculados con su g?nero de asignaci?n, llegando a mostrar una apariencia andr?gina. Se trata de personas que no se sienten representadas por las categor?as identitarias disponibles, personas para las que lo trans es un espacio vagamente delimitado en el que poder reconocerse y expresarse. Hemos cre?do oportuno distinguir dos grupos dentro de este paradigma, pues si bien todas estas personas presentan cuerpos y subjetividades que no cumplen con los requisitos del ideal transexual, difieren en lo relativo a su voluntad transgresora, capital cultural y grado de politizaci?n. 330 Tanto el paradigma de la normalizaci?n como el de la transgresi?n1 tienen sus l?mites, lo cual viene a demostrar la fortaleza, buen anclaje y capacidad punitiva del sistema de sexo/ g?nero. Las personas cercanas al paradigma de la transexualidad aspiran a invisibilizarse, lo que supone ?pasar por? un hombre o una mujer normales y naturales. Para ello reprenden a todas aquellas personas que visibilizan el hecho trans, que no se ajustan a la discreci?n y moderaci?n que requiere su proyecto de integraci?n normativa. Sin embargo, la invisibilidad total y permanente es una imposibilidad puesto que estas personas nunca podr?n borrar completamente las huellas delatoras. Y, de ser ?descubiertas?, su voluntad de normalizaci?n les servir? de poco porque prevalecer?n las miradas condenatorias por el hecho de haber rechazado el g?nero asignado. Por su parte, el proyecto pol?tico del transgenerismo se basa en el cuestionamiento de las dicotom?as excluyentes y la reivindicaci?n de espacios gen?ricos alternativos. Este esp?ritu transgresor ha motivado que en algunos sectores del colectivo se haya instalado una din?mica jerarquizante en funci?n del compromiso y fidelidad al proyecto contestatario. Con todo, algunas de las personas que comparten plenamente este proyecto pol?tico sienten las dificultades de encarnar cotidianamente la disidencia gen?rica. Los cuerpos y subjetividades transgeneristas son liminares, transicionales, se encuentran en una situaci?n de ?invisibilidad estructural? (Turner, 2008 [1980]), por lo que no son reconocidos socialmente. Y es precisamente esta necesidad de visibilizarse, de lograr cierto reconocimiento en la interacci?n social, lo que hace que algunas de estas personas recurran a pr?cticas normalizantes (como la hormonaci?n), a pesar de sus ideales. Imposibilidad de invisibilizarse y necesidad de visibilizaci?n: estos son los l?mites ?contradictorios? que el sistema impone a estas personas. Asimismo, resulta necesario recordar que muchas personas trans realizan y narran sus proyectos de modificaci?n corporal e identitaria sin plantearse en ning?n momento si est?n siendo normativas o subversivas, por lo que esta valoraci?n la efect?a una persona externa como, en este caso, un investigador social que no se limita a observar y describir, sino tambi?n a interpretar. Conferir un sentido pol?tico a discursos y pr?cticas de supervivencia es siempre un acto de poder que, cuando menos, debe ser admitido. En cuanto a la capacidad subversiva de algunas personas trans, estamos plenamente de acuerdo con Vartabedian (2012: 346) cuando afirma que resulta ?problem?tico introducir reivindicaciones en colectivos que ni siquiera reconocen el significado de aquello que deber?an estar reclamando?. 1 Aunque, como hemos visto, el hecho que desde el paradigma de la transexualidad se persiga la normalidad gen?rica no significa que se acepten acr?ticamente los estereotipos. Mientras que el hecho de situarse en el paradigma del transgenerismo no implica necesariamente la capacidad de subversi?n. 331 En lo que se refiere a las severas cr?ticas vertidas por alg?n sector del feminismo contra las mujeres transexuales, por considerar que conforman una suerte de caballo de Troya de la heteronormatividad que se infiltra en las luchas feministas para neutralizarlas (cf. Raymond, 1994 [1979]), sintonizamos con el parecer de Riddell (1980), quien apunta que no debemos buscar en modo alguno un chivo expiatorio (que siempre es el eslab?n m?s d?bil de la cadena) para canalizar todo el resentimiento que produce la desigualdad y violencia del sistema, cuando los culpables los hemos de buscar en otra parte. En todo caso, somos nosotros, los ?normales?, quienes, a trav?s de nuestra presencia, nuestros discursos y nuestras acciones reforzamos decisivamente, d?a tras d?a, dicho sistema. Por tanto, es de una injusticia cruel se?alar con el dedo acusador a aquellas personas que m?s han experimentado la severidad sist?mica. Esta investigaci?n se ha elaborado a partir de una multiplicidad de relatos sexogen?ricos de diversa ?ndole. Hemos recurrido especialmente a los relatos elaborados por las personas trans y los profesionales de la salud durante las entrevistas en profundidad. Hemos utilizado tambi?n los relatos clarividentes de autores como Foucault, Laqueur o Boswell, los relatos con pretensiones cient?ficas de los padres de la sexolog?a moderna, los relatos m?dicos, religiosos o literarios de pensadores grecolatinos y medievales, as? como los relatos autobiogr?ficos (o ap?crifos) de figuras transgen?ricas como el Abad de Choisy o la Monja Alf?rez. Esta investigaci?n es, pues, un relato de relatos sexogen?ricos. Y tanto este relato que llega a su fin, como los relatos que han hecho posible dicho relato y tantos otros relatos que no han podido abarcarse, ?no son meros reflejos de nuestra vida sexual, sino que desempe?an un papel activo en su construcci?n? (Plummer, 1995: 12). Siguiendo con Plummer (1995), los relatos de las personas trans presentan m?ltiples variaciones y particularidades, pero a pesar de ello pueden identificarse estructuras narrativas comunes porque todo relato est? determinado por su contexto sociohist?rico. Algunos de estos relatos est?n emparentados con otros relatos sexogen?ricos (como los que narran el proceso de ?salida del armario?) y presentan una estructura caracter?stica del relato sexual moderno basado en la confesi?n de una sexualidad esencial. Entre sus elementos formales encontramos la toma de conciencia del hecho de ser diferente, la referencia a m?ltiples sufrimientos e impedimentos, el progresivo descubrimiento de la verdadera naturaleza y la posterior revelaci?n p?blica de dicha naturaleza. En otros casos, en cambio, detectamos relatos basados en la diferencia y la multiplicidad que ponen en entredicho las grandes metanarrativas del sexo: la sexualidad est? compuesta por muchos fragmentos no necesariamente integrables en un todo unitario y coherente. Ya no se trata aqu? de descifrar nuestra esencia sexual, sino m?s bien de cuestionar las categor?as vertebradoras del discurso (hombre, mujer, gay, lesbiana, transexual, travestido, etc.). 332 En fin, el que una persona rechace el g?nero asignado al nacer podr?a ser visto como una muestra m?s de la diversidad inherente a la especie humana, o como un cuestionamiento saludable de las normas que rigen nuestro sistema de sexo/g?nero. Sin embargo, la patologizaci?n y posterior medicalizaci?n de las personas trans act?a como un ?tranquilizante social? (Raymond; en Nieto, 2008: 144), pues con este mecanismo se individualiza la insatisfacci?n de g?nero en lugar de politizarse. En nuestras sociedades, estas personas llevan la marca de la abyecci?n (Butler) y el estigma (Goffman), por lo que no tienen una existencia leg?tima, no son totalmente humanas. Es entonces cuando el estamento m?dico las acoge en su seno para analizarlas y controlarlas, para explicarnos qu? les sucede y tratar de darles la humanidad y legitimidad que toda persona merece. Mientras tanto, el orden social permanece intacto porque su existencia no puede interpelarnos: El presupuesto aqu? impl?cito de que se trata de personalidades originariamente anormales, permite su absorci?n en el terreno m?dico o penal, sin que su desviaci?n (como rechazo concreto de valores relativos, propuestos y definidos como absolutos) ponga en tela de juicio la validez de la norma y de sus l?mites (Basaglia y Basaglia, 1973:16). Ante esta captura institucional que esencializa y universaliza, individualiza y patologiza, homogeneiza y excluye, resulta indispensable que se aborde lo trans en clave social. Solo as? estaremos en las mejores condiciones para entender que no se trata de una desviaci?n o de un mero error, sino simplemente de diversidad. Solo as? comprenderemos que el verdadero problema no es la transexualidad en s? misma, sino la transfobia social2. Solo as? tendremos la oportunidad de cuestionarnos las normas que nos constituyen en tanto sujetos generizados, la oportunidad para que afloren sin escandalizarnos todos esos cuerpos, deseos, actos y experiencias que escapan a la l?gica hegem?nica. 2 En este sentido, este estudio podr?a prolongarse analizando los discursos, representaciones y pr?cticas de la poblaci?n cis en torno a la disidencia sexogen?rica. Se tratar?a de focalizar la atenci?n no ya en las personas trans y sus vivencias en el terreno de la anormalidad social, sino en los profesionales sanitarios, trabajadores del sector social, legisladores, cient?ficos de diversa ?ndole, gente de a pie, etc. En fin, todos aquellos que, en mayor o menor medida, pueden contribuir al mantenimiento de la transfobia social. 333 REFERENCIAS BIBLIOGR?FICAS Aggarwal, Neil K. (2013): ?From DSM-IV to DSM-5: an interim report from a cultural psychiatry perspective?. The Psychiatrist, 37, pp. 171-174. Agust?n, san (1998): Las Confesiones. 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