? Ceremonial mon?rquico y rituales c?vicos Las visitas reales a Barcelona desde el siglo XV hasta el XVII Alfredo Chamorro Esteban ADVERTIMENT. La consulta d?aquesta tesi queda condicionada a l?acceptaci? de les seg?ents condicions d'?s: La difusi? d?aquesta tesi per mitj? del servei TDX (www.tdx.cat) i a trav?s del Dip?sit Digital de la UB (diposit.ub.edu) ha estat autoritzada pels titulars dels drets de propietat intel?lectual ?nicament per a usos privats emmarcats en activitats d?investigaci? i doc?ncia. No s?autoritza la seva reproducci? amb finalitats de lucre ni la seva difusi? i posada a disposici? des d?un lloc ali? al servei TDX ni al Dip?sit Digital de la UB. No s?autoritza la presentaci? del seu contingut en una finestra o marc ali? a TDX o al Dip?sit Digital de la UB (framing). Aquesta reserva de drets afecta tant al resum de presentaci? de la tesi com als seus continguts. En la utilitzaci? o cita de parts de la tesi ?s obligat indicar el nom de la persona autora. ADVERTENCIA. La consulta de esta tesis queda condicionada a la aceptaci?n de las siguientes condiciones de uso: La difusi?n de esta tesis por medio del servicio TDR (www.tdx.cat) y a trav?s del Repositorio Digital de la UB (diposit.ub.edu) ha sido autorizada por los titulares de los derechos de propiedad intelectual ?nicamente para usos privados enmarcados en actividades de investigaci?n y docencia. No se autoriza su reproducci?n con finalidades de lucro ni su difusi?n y puesta a disposici?n desde un sitio ajeno al servicio TDR o al Repositorio Digital de la UB. No se autoriza la presentaci?n de su contenido en una ventana o marco ajeno a TDR o al Repositorio Digital de la UB (framing). Esta reserva de derechos afecta tanto al resumen de presentaci?n de la tesis como a sus contenidos. En la utilizaci?n o cita de partes de la tesis es obligado indicar el nombre de la persona autora. WARNING. 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Departament d?Hist?ria Moderna Societat i Cultura Curs 2012-2013 Director: Doctorando: Joan-Llu?s Palos Pe?arroya Alfredo Chamorro Esteban Barcelona, 2013. 1 ?NDICE INTRODUCCI?N. ?????????????????? 7 1. LA PRESENCIA REAL EN BARCELONA ????????? 18 1.1. La corte itinerante. ??????????????? 20 1.1.1. El reinado de Fernando el Cat?lico. ?????? 20 1.1.2. La corte imperial de Carlos V. ?????? 29 1.2. El reinado de Felipe II. ???????????? 48 1.3. Felipe III y Barcelona. ???????????? 55 1.4. La fragua de la ruptura: Felipe IV. ????????? 69 1.5. Conclusi?n. ?????????????????? 78 2. ABASTECER Y APOSENTAR A LA CORTE ??????. 80 2.1. El aposentamiento de la corte. ?????????. 80 2.1.1. El derecho de aposento. ?????????. 82 2.1.2. ?C?mo y donde se alojaba al rey y su s?quito? ??? 85 2.2. El abastecimiento de la ciudad para la llegada del rey. ???.. 96 2.2.1. El aprovisionamiento del trigo. ??????.. 97 2.2.2. Las carnes y el pescado. ?????????.. 109 2.2.3. Los precios. ???????????????.. 111 2.3. Conclusi?n. ??????????????????.. 113 3. EL RECIBIMIENTO ???????????????.. 116 3.1. El recibimiento por tierra. ????????????.. 116 3.1.1. El recibimiento del rey. ?????????.. 119 3.1.2. Recibimientos de personas de sangre real. ???.. 133 3.1.3. La llegada de la jerarqu?a eclesi?stica. ???.. 139 2 3.1.4. La entrada de los virreyes en la ciudad. ???. 145 3.1.5. Recibir a un ?Grande? en Barcelona. ???. 149 3.2. La llegada por mar. ???????????????. 152 3.2.1 El saludo de las galeras. ?????????. 152 3.2.2 El puente ceremonial. ?????????. 155 3.3. Cuesti?n de precedencias. ????????????. 161 3.4. Conclusi?n. ?????????????????? 168 4. LA ENTRADA REAL ???????????????. 172 4.1. Origen y estructura de la ceremonia. ?????????. 172 4.1.1. De Valldoncella al portal de Sant Antoni. ???. 178 4.1.2. El palio. ???????????????. 182 4.1.3. El juramento de los privilegios de Barcelona. ??.. 191 4.1.4. El desfile de las cofrad?as. ?????????. 194 4.1.4.1. Estructura y organizaci?n. ??????. 194 4.1.4.2. Los entremeses. ?????????. 202 4.1.5. De la tribuna de Sant Francesc a la catedral de Barcelona.. 207 4.2. Las decoraciones ef?meras: evoluci?n y tem?tica. ???? 211 4.2.1. Las decoraciones ef?meras de la entrada real de Isabel de Castilla (1481). ????????? 213 4.2.2. El Renacimiento en la entrada real de la emperatriz Isabel de Portugal (1533). ?????????? 215 4.2.3. El ef?mero de la entrada real de Felipe II (1564). ..?... 218 4.2.4. Las construcciones ef?meras en las entradas de Felipe III y Felipe IV (1599-1626). ??????? 225 4.3. Conclusi?n y balance de las entradas reales en Barcelona. ?.? 227 3 5. LUMINARIAS, TORNEOS, SARAOS Y OTROS FESTEJOS. ????.. 232 5.1. Las luminarias. ????????????????.. 233 5.2 . Los torneos y otros espect?culos caballerescos. ????.. 245 5.2.1. Los espect?culos de armas en el siglo XV. ????. 247 5.2.2 .Los torneos en el siglo XVI. ???????. 252 5.2.3. Los torneos en el reinado de Felipe III. ????. 264 5.2.4. Los espect?culos de armas durante el reinado de Felipe IV. ???????????????. 268 5.2.5. Los festejos taurinos en Catalu?a durante las visitas reales. ?????????????. 280 5.2.6. La plaza como espacio festivo. ??????... 283 5.3. Los saraos. ??????????????????? 288 5.4. Los festejos en el mar. ????????????? 294 5.5. Conclusi?n. ???????????????? 299 6. LA MONARQU?A LIT?RGICA. ????????????.. 302 6.1. El rey, can?nigo de la catedral de Barcelona. ??????.. 303 6.2. Las visitas a la catedral y a las casas de Religi?n. ???.. 306 6.3. Los oficios y la incompatibilidad de ceremoniales. ???... 315 6.3.1. El lugar del soberano en el altar mayor y la defensa de las preeminencias reales. ??????? 316 6.3.2. El clero catal?n y los capellanes reales. ???? 324 6.4. Una sociedad de procesiones. ?????????? 327 6.4.1. El rey en la procesi?n de Corpus Christi y en otras de exaltaci?n de la fe. ????????????... 329 6.4.2. Las procesiones de rogativas o de impetraci?n. ?..? 340 6.4.3. Las procesiones de acci?n de gracias. ???? 344 6.5. La participaci?n real en Semana Santa. ??????? 347 6.6. El culto y las traslaciones de los santos y sus reliquias. ??.. 350 4 6.7. Los aniversarios como medio de difusi?n del proyecto pol?tico. ? 359 6.8. La introducci?n del auto de fe en el elenco festivo de la monarqu?a. ???????????????? 360 6.9. Conclusi?n. ???????????????? 362 7. LA DIMENSI?N ECON?MICA DE LAS VISITAS REALES ???.. 366 7.1. El coste de la jornada real. ????????????... 367 7.2. Evoluci?n del gasto p?blico de la Generalitat y del Consell de Cent para las visitas reales. ??????.. 369 7.3. La proliferaci?n de las luminarias y el incremento del consumo del fuego. ????????????.. 378 7.3.1. El aumento del consumo del fuego. ???.. 379 7.3.2. El coste de la m?sica. ?????????.. 392 7.4 La visita real: un factor dinamizador de la econom?a ciudadana? 395 7.4.1. Un negocio para los oficios de la ciudad. ???.. 396 7.4.2. La movilizaci?n de los recursos humanos, las arquitecturas ef?meras y los artistas-artesanos. ?. 405 7.5. Los negocios de algunos cortesanos. ??????? 410 7.6. Derroche y medidas para recuperar dinero. ???? 412 7.7. Conclusi?n. ???????????????? 414 CONCLUSIONES. ??????????????????... 418 ANEXOS. ??????????????????... 426 BIBLIOGRAF?A. ??????????????????? 485 5 ABREVIATURAS ACCB, Arxiu Capitular de la Catedral de Barcelona. ACA, Arxiu de la Corona d?Arag?. AHCB, Arxiu Hist?ric de la Ciutat de Barcelona. AHCI, Arxiu Hist?ric Comarcal d?Igualada. AHN, Archivo Hist?rico Nacional. AHPB, Arxiu Hist?ric de Protocols de Barcelona. APSMP, Arxiu Parroquial de Santa Mar?a del Pi. BC, Biblioteca de Catalunya. BN, Biblioteca Nacional. BUB, Biblioteca de la Universitat de Barcelona. DACB, Dietari de l?Antich Consell Barcelon?. DG, Dietaris de la Generalitat de Catalunya. RAH, Real Academia de la Historia. RBPR, Real Biblioteca del Palacio Real. 6 NOTA PREVIA Para facilitar la lectura del cap?tulo VII, dada la cantidad de datos econ?micos que aparecen en ?l, se han abreviado las unidades de cuentas. As?, se ha utilizado ?ll? para referirnos a las libras o lliures, ?s?, para los sueldos o sous y ?d? para los dineros o diners. Tambi?n se han modificado algunas citas textuales para evitar la repetici?n de corchetes ya que muchas palabras o prefijos se abreviaban con una letra. As?, la palabra ?pnt? que aparece a menudo en la documentaci?n se ha escrito de manera completa, es decir present. Lo mismo se ha hecho con el prefijo ?p-? que aparece en muchas palabras y que hemos escrito ?pre-? o ?per-? para facilitar su comprensi?n. Ejemplo: ?pcedent?, aparece en el trabajo en su forma completa ?precedent?. Del mismo modo, la abreviatura ?q?, aparece en la forma completa del pronombre o conjunci?n ?que?. En los anexos, se ha incluido una galer?a de retratos de los principales protagonistas de estas visitas reales. Se han escogido aquellos retratos realizados en fechas m?s cercanas a su paso por la ciudad condal. 7 INTRODUCCI?N A lo largo de los siglos modernos, la llegada del rey a Barcelona fue uno de los momentos clave en las relaciones entre la monarqu?a y la ciudad. Durante su estancia en ella, una mezcla de alegr?a y nostalgia invad?a el ambiente ya que, por un lado, la ciudad recuperaba la presencia de su se?or, ausente desde el reinado de Alfonso el Magn?nimo, como apunt? la profesora Mar?a ?ngeles P?rez Samper, y, por el otro, a?oraba aquellos tiempos medievales en que en ella resid?a el rey con su corte, jugando Barcelona un destacado papel de capitalidad en el conglomerado de territorios que conformaban la Corona de Arag?n. El regreso del conde de Barcelona, pues, siempre fue un momento especial, un retorno a aquellos tiempos pasados de gloria, en los que la ciudad fue un importante centro comercial en el Mediterr?neo. Sin embargo, los reyes de la dinast?a Habsburgo no fueron muy pr?digos en sus visitas a la ciudad y su presencia en ella siempre fue reclamada por las autoridades barcelonesas; a?n as?, la obligatoriedad de los condes de Barcelona de jurar su cargo en dicha ciudad oblig? a los soberanos de la casa de Austria a venir a jurar su respeto a los privilegios y usatges de Barcelona. As? pues, sobre estas visitas de los monarcas ausentes a la capital catalana versa el presente trabajo. ?ste ya fue el tema elegido para la obtenci?n del Diploma de Estudios Avanzados (DEA) y, por lo tanto, lo que presentamos a continuaci?n es una profundizaci?n y ampliaci?n de la primera aproximaci?n que fue dicho estudio. En esta tesis, analizaremos la estancia de los reyes de la Casa de Austria en Barcelona, as? como la de otras personas de sangre real, principalmente tambi?n pertenecientes a dicha dinast?a. Dicho estudio lo enfocaremos, sobre todo, en los aspectos ceremoniales ya que eran b?sicos para la comprensi?n de las relaciones entre la monarqu?a, residente generalmente fuera del Catalu?a, y el gobierno de la ciudad, el Consell de Cent y, concretamente, los cinco consellers. En este sentido, James Amelang ha destacado la importancia adquirida por estos cinco magistrados sobre el resto de organismos menores de la ciudad, tales como la asamblea plenaria del propio Consell de Cent1. El hecho de estudiar la visita real, nos permite dar una visi?n amplia de su evoluci?n a lo largo de los siglos modernos. As?, podremos ver tanto el an?lisis de la importante y trascendental ceremonia de la entrada real, como los diversos festejos ? torneos o luminarias? y rituales lit?rgicos que se realizaron en honor de los reyes durante su estancia en ella. Pero, antes de seguir, debemos fijar el marco cronol?gico de este trabajo. Pese a que ?ste versa principalmente en los siglos XVI y XVII ?los del gobierno de la dinast?a Habsburgo? creemos conveniente ampliar dicho marco hasta finales del siglo XV, concretamente, al reinado de los Reyes Cat?licos. La raz?n de esta ampliaci?n radica en 1 AMELANG, J., La formaci?n de una clase dirigente: Barcelona 1490-1714, Barcelona, Ariel, 1986, p?g. 37. 8 la necesidad de estudiar los ceremoniales propios de esta etapa de transici?n entre el per?odo medieval y el moderno, para poder detectar el origen y evoluci?n de algunos de los elementos importantes del ritual regio, as? como el de la propia ciudad de Barcelona. En cambio, pese a que el estudio abarca todo el gobierno de los Austrias, el marco cronol?gico de este trabajo se acota entre 1666 y 1668; el primero, a?o de la ?ltima visita de un miembro de la dinast?a a Barcelona que fue la infanta Margarita Teresa de Austria, que hab?a contra?do matrimonio con el emperador Leopoldo; el segundo, la estancia de don Juan Jos? de Austria en la ciudad. Sin embargo, el ?ltimo rey de la Corona de Arag?n que visit? el Principado en el siglo XVII fue Felipe IV, en 1632, para concluir las Cortes iniciadas en 1626. ?sta ?ltima visita abri? un per?odo de ausencia prolongada del conde de Barcelona que marc? de manera muy importante las relaciones entre la monarqu?a y la ciudad. Dada la amplitud cronol?gica del estudio ?casi dos siglos? y de que se ha seguido un estricto criterio de orden temporal a la hora de tratar sus diferentes aspectos, consideramos importante la inclusi?n de un primer cap?tulo donde contextualizar todas las entradas y visitas de reyes, reinas y otras personas de sangre real. De este modo, para cada caso se exponen los motivos de su visita a la ciudad, la duraci?n del mismo, y algunos de sus aspectos y acontecimientos destacados. En caso de que fuera el rey el que llegase, se especifica si convoc? Cortes o no y se hace una breve referencia a su resultado. As? pues, hemos tratado de hilvanar un texto donde se suceden estas estancias reales en Barcelona. Sin embargo, este cap?tulo no carece de riesgos ya que redactar, en tan poco espacio, dos siglos de historia de la ciudad puede obviar muchos datos de importancia, aunque las facilidades que ofrece esta visi?n conjunta de las visitas reales favorecer?n la lectura y la comprensi?n del trabajo. Son diversos los aspectos que nos interesa tratar en el presente trabajo. Principalmente pretendemos estudiar el encuentro de ceremoniales que se produjo en la ciudad con la llegada del soberano y su s?quito. Durante las visitas reales, a menudo, se puso en evidencia la incompatibilidad existente entre el ceremonial de la monarqu?a, fijado a partir de la adopci?n de la etiqueta borgo?ona por Carlos V, en 1548, y el ceremonial propio del gobierno de la ciudad, de car?cter medieval y basado en los privilegios regios conseguidos de los diversos monarcas de la Corona de Arag?n. Este gobierno municipal, es decir, el Consell de Cent, liderado por los consellers de Barcelona, ten?a un gran poder en la ciudad y el Principado, similar al de algunas ciudades-estado italianas, como ha evidenciado James Amelang. Los consellers fueron celosos guardianes del ceremonial barcelon?s y de sus privilegios y, adem?s siempre defendieron enconadamente las preeminencias reales como propias, ante los oficiales de la monarqu?a, s?ase el virrey o los cortesanos que acompa?aron al rey en sus jornadas. Para el estudio de este encuentro de ceremoniales se han destinado los cap?tulos centrales de la tesis. En el cap?tulo III trataremos la ceremonia del recibimiento ?tanto por tierra como por mar? del rey y de otros ilustres hu?sped, es decir, la salida de las autoridades municipales y de otros tribunales de la ciudad para recibirle. En esta ceremonia, se produc?a el primer contacto entre el rey y la ciudad. El cap?tulo IV se ha 9 destinado ?ntegramente a la ceremonia de la entrada real. En ?l, estudiaremos el origen y estructura de esta fiesta en la que el monarca hac?a su entrada en la ciudad tomando posesi?n de ella, previo juramento de sus privilegios. As?, retomando la ceremonia de ?poca bajo-medieval, veremos su evoluci?n en tiempos modernos, as? como la aparici?n y desarrollo de las arquitecturas ef?meras que proliferaron en todas las entradas reales europeas. El cap?tulo V trata de los festejos celebrados en honor del rey durante su estancia en la ciudad. En primer lugar, analizamos la celebraci?n de las luminarias cuyo elemento esencial era el fuego, en un intento de convertir la noche barcelonesa en d?a. Los segundos festejos que estudiaremos son los torneos y justas caballerescas celebradas ante el soberano. Con ello, pretendemos tener una visi?n de conjunto de la evoluci?n de las fiestas caballerescas en Barcelona, y el papel que jug? en ellas la cofrad?a de Sant Jordi. Muy ligado a ?stos estaban los saraos y bailes que, celebrados en los palacios de la ciudad, pertenec?an al ?mbito privado de las fiestas en honor del rey. A menudo, estos saraos conclu?an los torneos y, en ellos, se acostumbraba a entregar los premios a los mejores justadores. Pero los torneos fueron un medio perfecto para la emisi?n de mensajes por parte de la monarqu?a y fueron, a su vez, un buen instrumento de integraci?n de las ?lites de los diversos territorios de la monarqu?a. Y, por ?ltimo, en el cap?tulo VI, estudiamos la liturgia religiosa de la monarqu?a. As?, veremos diversas ceremonias propias de la realeza que se celebraban en Barcelona desde los siglos medievales, como puede ser la toma del canonicato de la catedral por el rey de la Corona de Arag?n o la participaci?n de los reyes en las procesiones de Corpus Christi. Pero tambi?n veremos otros rituales caracter?sticos de los monarcas de la dinast?a Austria y que se celebraron en Barcelona durante la presencia de los reyes, como fueron el devoto rito del lavatorio de los pies a doce pobres, el Jueves Santo, o los aniversarios en honor de los reyes difuntos, en este caso el celebrado ante Felipe IV, en 1626, en honor a su padre. En todas estas ceremonias se puso en evidencia el choque ceremonial entre las dignidades eclesi?sticas de la ciudad y los cl?rigos que acompa?aban al rey en sus jornadas. Otros aspectos importantes tienen que ver con el proceso organizativo de la visita real. En este punto, es importante el an?lisis del abastecimiento y del aposentamiento del rey y su s?quito en Barcelona como veremos en el cap?tulo II. Tanto uno como otro formaban parte de lo que en Francia se llam? droit de g?te, por el que el rey ten?a derecho a ser alimentado y alojado en las ciudades por las que pasaba. Generalmente, estos dos aspectos no han sido objeto de estudio por los historiadores que han trabajado las entradas reales y sin embargo su an?lisis es interesante porque evidencia como detr?s de ellos surgieron problemas, tanto de car?cter institucional ya que, a menudo, se pidi? que se alimentase y aposentase a personas de sangre real cuando no ten?an derecho a ello, como de infraestructuras, en el sentido de asegurar el abastecimiento de la ciudad ante la llegada del rey. En el cap?tulo VII, se han estudiado los aspectos econ?micos de las visitas reales. El coste de los preparativos, las cantidades que destinaron las instituciones para cada una de ellas o algunos de los productos consumidos para la celebraci?n de los festejos son parte de los aspectos que se han 10 tratado. Con este cap?tulo, hemos tratado de realizar una evoluci?n global del gasto p?blico extraordinario destinado para los festejos reales, principalmente entradas reales y nacimientos de infantes e infantas. Marco te?rico: Vitalidad de los estudios ceremoniales. El estudio de las ceremonias y las fiestas reales es multidisciplinar. Los pioneros estudiosos en estas materias fueron los historiadores del arte y los de la literatura, pero, pronto, los historiadores se interesaron por ellas. El presente trabajo se enmarca en una tradici?n historiogr?fica surgida a ra?z de la publicaci?n de diversas obras importantes que mostraron su inter?s por el estudio de la cultura y, concretamente, de la cortesana. As?, debemos citar una primera obra en la que se trabajaron los festivales en ?poca moderna: La cultura del Renacimiento en Italia, del insigne historiador Jacob Burckhardt2. Los estudios de los rituales de la realeza tuvieron un primer exponente, ya cl?sico, que supuso el empuje definitivo a esta rama de la historiograf?a. Nos referimos a la obra clave, Los Reyes Taumaturgos (1924)3, en la que el gran Marc Bloch analiz? el origen y evoluci?n del don de curar escr?fulos que los reyes de Francia e Inglaterra adquir?an tras su unci?n con los ?leos sagrados. La sociolog?a nos proporcion? otro de estudios clave para la comprensi?n del mundo cortesano; as?, Norbert El?as y su obra, La sociedad cortesana4, aunque no goz? de ?xito inicialmente, si alcanz? con posterioridad un reconocimiento internacional con su estudio de la corte de Luis XIV. Ernst Kantorowicz elabor? un concienzudo trabajo sobre la visi?n de la realeza en ?poca medieval, necesaria para comprender su evoluci?n en los siglos modernos. As?, en su obra Los dos cuerpos del rey5, el historiador, utilizando los escritos de los juristas medievales, analiz? los diversos caracteres que adquiri? la monarqu?a y la realeza caracteres ?sagrado, jur?dico, etc?tera? a lo largo de este per?odo. Otra obra que marc? los estudios sobre el ceremonial es Il corpo del Re. Sacralit? del potere nell?Europa medievale e moderna6, de Sergio Bertelli (1990). Eduard Muir ha aportado dos importantes libros a la historiograf?a: en el primero, Civic Ritual in Renaissance Venice7 (1981), estudi? un ceremonial tan particular como era el de la Rep?blica de Venecia; en el segundo, Fiesta y rito en la Europa moderna8 (1997), trabaj? la evoluci?n de los rituales y su influencia en la vida de los europeos del momento ?especialmente nos interesa el ?ltimo cap?tulo que trata sobre los rituales y ceremoniales de los gobiernos municipales?. Roy Strong, en su obra Arte y poder: 2 BURCKHARDT, J., La cultura del Renacimiento en Italia, Madrid, Akal, (1? ed. en castellano 1941) 2004. 3 BLOCH, M., Los Reyes Taumaturgos. Estudio sobre el car?cter sobrenatural atribuido al poder real, particularmente en Francia e Inglaterra, M?xico, Fondo de Cultura Ec?nomica, (1924) 2010. 4 EL?AS, N., La sociedad cortesana, M?xico, Fondo de Cultura Econ?mica, 1982. 5 KANTOROWICZ, E., Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teolog?a pol?tica medieval, Madrid, Akal, 1985. 6 BERTELLI, S., Il corpo del Re. Sacralit? del potere nell?Europa medievale e moderna, Florencia, Ponte alle Grazie, 1990. 7 MUIR, E., Civic Ritual in Renaissance Venice, Princeton, Princeton University Press, 1981. 8 MUIR, E., Fiesta y rito en la Europa Moderna, Madrid, Complutense, 2001. 11 Festivales del Renacimiento (1450-16009), estudi? la elaboraci?n de algunos ciclos festivos y ceremoniales por las dinast?as europeas ?Habsburgo, Saboyas, M?dicis, Valois, etc?tera? como medio de su exaltaci?n y de legitimaci?n de su proyecto pol?tico. Menci?n especial hay que hacer a la obra de Eric Hobsbawm y Terence Ranger La Invenci?n de la tradici?n10; una colecci?n de ensayos sobre la invenci?n interesada de ciertas tradiciones ceremoniales. Este libro ha servido para entender como indagar en el pasado nos puede facilitar la fijaci?n del origen de algunos festejos o rituales en un momento concreto y en unas circunstancias especiales contrariamente al pensamiento de que ?stos ten?an una antig?edad mucho mayor. As? pues, gracias a esta obra, en nuestro trabajo, intentaremos encontrar el momento de la fijaci?n de algunos ceremoniales, a pesar de que a algunos de ellos se les supon?an or?genes medievales y fueron establecidos en ?poca moderna. Sin embargo, si nos ce?imos al estudio de la entrada real debemos hacer referencia obligada a una obra que marc? un hito en la historiograf?a de las fiestas y ceremonias reales: Les entr?es royales fran?aises de 1328 ? 151511, de los historiadores Bernard Guen?e y Fran?ois Lehoux y publicada en 1968. Como se puede ver, el marco cronol?gico de este estudio abarca los dos ?ltimos siglos de la Edad Media y los inicios del siglo XVI. Jacques Heers trabaj? el mismo per?odo, en 1971, en su F?tes, jeux et joutes dans les soci?t?s d?Occident ? la fin du Moyen ?ge12. En esta obra, su autor analiz? diversas tipolog?as de la fiesta en diversos territorios de la Europa Occidental, incluido los de la pen?nsula ib?rica. No podemos dejar de mencionar los tres vol?menes que Jean Jacquot public? entre 1956 y 1975 que recibieron el t?tulo de Les F?tes de la Renaissance13. En estos vol?menes, diversos historiadores analizaron las fiestas celebradas en la Europa del emperador Carlos V. En ellos, destacan algunos art?culos referidos a las entradas reales y especialmente nos interesa el de C.A. Mardsen sobre las entradas reales y las fiestas espa?olas en el siglo XVI, en el que el autor advierte de la falta de humanistas y grandes artistas en el dise?o de sus preparativos. Lawrence M. Bryant escribi? otra obra importante sobre las entradas reales francesas: The King and the City in the Parisian Royal Entry Ceremony: Politics, Ritual and Art in the Renaissance14. En ella, este historiador analiz? magistralmente las entradas parisinas, se?alando por partes la estructura de la ceremonia y destacando aquellos elementos propios del triunfo romano. En Espa?a, la falta de im?genes ha hecho que pocos historiadores del arte se interesasen por las entradas reales en Barcelona. As?, los estudios de las fiestas reales tuvieron en la profesora Mar?a ?ngeles P?rez Samper su pionera. Su estudio sobre la 9 STRONG, R., Arte y poder. Fiestas del Renacimiento 1450-1650, Madrid, Alianza, 1988. 10 HOBSBAWM, E., La Invenci?n de la tradici?n, Barcelona, Cr?tica, 2002. 11 GUEN?E, B. Y LEHOUX, F., Les entr?es royales fran?aises de 1328 ? 1515, Par?s, Centre National de la Recherche Scientifique, 1968. 12 HEERS, J., F?tes, jeux et joutes dans les societies d?Occident ? la fin du Moyen ?ge, Montr?al, Inst. d??tudes M?di?vales, Conf?rence Albert-Le-Grand (1971), 1982. 13 JAQUOT, J., Les F?tes de la Renaissance, vols. I, II y III, Par?s, CNRS, 1956, 1960 y 1975, 14 BRYANT, L. M., The King and the City in the Parisian Royal Entry Ceremony: Politics, Ritual and Art in the Renaissance, Ginebra, Librairie Droz, 1986. 12 visita de Carlos IV a Barcelona15 y los diversos art?culos sobre el retorno del ?rey ausente? a la misma ciudad a lo largo de los siglos modernos16 vitalizaron los trabajos sobre las ceremonias en la pen?nsula ib?rica. En el libro del historiador del teatro Francesc Massip, La monarqu?a en escena17, se analiza con claridad la utilizaci?n que la monarqu?a hizo de las ceremonias y las festividades como medio de propaganda pol?tica de la dinast?a. Su ?mbito cronol?gico abarca los ceremoniales desde la instauraci?n de la dinast?a Trast?mara en la Corona de Arag?n hasta la llegada de Carlos I a Barcelona, en 1519. Miquel Raufast ha estudiado, en diversos art?culos, las diversas entradas reales que se produjeron en Barcelona a lo largo de los siglos bajomedievales, desde los primeros rastros documentales de dicha ceremonia18. Tambi?n debemos citar la tesis doctoral de Jordi Ravent?s, Manifestacions musicals a Barcelona a trav?s de la festa: les entrades reials (segles XV-XVIII), donde analiza, como bien apunta el t?tulo, los aspectos musicales de estas ceremonias, tan importantes para su ?xito y las que los historiadores, a menudo, no prestamos la debida atenci?n. Por ?ltimo, recientemente, Albert Garc?a Espuche ha trabajado las festividades reales, aunque destacando, sobre todo, su dimensi?n m?s popular. Jos? Manuel Nieto Soria, en su libro Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimaci?n en la Castilla Trast?mara19, evidenci? el impulso que esta dinast?a dio a determinadas ceremonias como proceso de legitimaci?n de su ascenso al poder. Por su parte, Mar?a Jos? del R?o trabaj?, en su Madrid. Urbs Regia20, la formaci?n del ceremonial de la monarqu?a de los Austrias a medida que se implant? y desarroll? la corte en la villa de Madrid. Por otro lado, Pilar Monteagudo21 y Rafael Narbona22 han 15 P?REZ SAMPER, M. A., Barcelona, Corte: la visita de Carlos IV en 1802, Barcelona, Publicaciones de la C?tedra de Historia General de Espa?a, 1973. 16 P?REZ SAMPER, M. A., ?El Rey y la Ciudad. La entrada real de Carlos I en Barcelona?, en Studia Hitorica. Historia Moderna, vol. VI, Slamanca, 1988, p?gs. 439-448; ?El Rey ausente?, en FEERN?NDEZ ALBALADEJO, P. (Ed.), Monarqu?a, imperio y pueblos en la Espa?a moderna, Alicante, Universidad- Asociaci?n Espa?ola de Historia Moderna, 1997, p?gs. 379-393; ?La presencia del ?rey ausente?: las visitas relaes a Catalu?a en la ?poca moderna?, en GONZ?LEZ ENCISO, A. y USUN?RIZ GARAYOA, J. M. (Dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos. Las Ceremonias p?blicas en la Espa?a Moderna (1500- 1814), Pamplona, EUNSA, 1999, p?gs. 63-116 y ?Felipe II en Barcelona?, en USUN?RIZ GARAYOA, J. M. (Ed.), Historia y Humanismo. Estudios en honor del profesor Dr. D. Valent?n V?zquez de Prada, Pamplona, EUNSA, 2000, P?GS. 203-220. 17 MASSIP BONET, F., La monarqu?a en escena: teatro, fiesta y espect?culo del poder en los reinos ib?ricos: de Jaume El Conquistador a al Pr?ncipe Carlos, Madrid, Comunidad de Madrid, 2003. 18 RAUFAST CHICO, M., ??Negociar la entrada del rey? La entrada real de Juan II en Barcelona (1958)?, en Anuario de Estudios Medievales (AEM), Barcelona, n? 36/1, p?gs. 295-333 y ?Ceremonia y conflicto: entradas reales en Barcelona en el contexto de la Guerra Civil Catalana (-14601473)?, en Anuario de Estudios Medievales (AEM), Barcelona, n? 38/2, julio-diciembre de 2008, p?gs. 1.037-1.083. 19 NIETO SORIA, J. M., Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimaci?n en la Castilla Trast?mara, Madrid, Nerea, 1993. 20 R?O BARREDO, M. J. del, Madrid, Urbs Regia. La capital de la Monarqu?a Cat?lica, Madrid, Marcial Pons Historia, 2000. 21 MONTEAGUDO ROBLEDO, P. M., El espect?culo del poder. Fiestas reales en la Valencia Moderna, Valencia, Ajuntament de Val?ncia, 1995. 22 NARBONA VIZCA?NO, R., ?La fiesta c?vica: Rito del poder real. Valencia. Siglos XIV-XVI?, en AA. VV., El poder real en la Corona de Arag?n (siglos XIV-XVI). Actas del XV? Congreso de Historia de la Corona de 13 analizado los ceremoniales del reino y ciudad de Valencia, mientras que Eliseo Serrano23 ha hecho lo propio con Zaragoza. Por ?ltimo, hay que destacar la reciente publicaci?n del libro del profesor Te?filo F. Ruiz The King Travels. Festive Traditions in Late Medieval and Early Modern Spain24. En ?l, el autor se replantea algunos de los postulados historiogr?ficos que presentan los ceremoniales ib?ricos como derivados de los flamencos e italianos y advierte la existencia de tradiciones aut?ctonas de la pen?nsula ib?rica en ellos. Documentaci?n utilizada para el estudio. La documentaci?n utilizada para la tesis es amplia y diversa. En primer lugar, debemos mencionar la importante documentaci?n publicada que dividimos en varias categor?as: a. Los dietarios institucionales donde se recog?an todas las novedades sucedidas en la ciudad. As?, tenemos el de la ciudad, titulado Manual de novells ardits vulgarment appellat Dieatri del Antich Consell Barcelon? y els Dietaris de la Generalitat de Catalunya. b. Los compendios de ceremoniales publicados como son el Llibre de les Solemnitats de Barcelona o las R?briques de Bruniquer25. El primero surgi? por motivos fiscales, es decir, para dejar registro de aquellas ceremonias y fiestas (entradas reales, exequias, procesiones de Corpus Christi) que hab?an supuesto un gasto extraordinario para el Consell de Cent. El segundo es una recopilaci?n del ceremonial del gobierno de la ciudad de Barcelona, donde se regulan las preeminencias y privilegios de los consellers. Su autor fue Esteve Gilabert Bruniquer c. Los diarios personales. Entre los catalanes, destacan los de Jeroni Pujades, Miquel Parets26, Pere Joan Comes, Frederic Despalau o Perot de Vilanova. Otros diarios utilizados son los del embajador del emperador, Hans Kevenh?ller, conde de Frankenburg. d. Los diarios de viaje. Son importantes para nuestro trabajo el diario de la jornada de Felipe II a la Corona de Arag?n, en 1585, relatada por el arquero y cronista Henry Cock; el del viaje del legado apost?lico y nepote Francesco Barberini, Arag?n (Jaca 20-25 de septiembre de 1993), Zaragoza, Gobierno de raag?n, Diputaci?n General de Arag?n, 1996, tomo I, vol. III, p?gs. 403-419. 23 Entre la extensa producci?n sobre las fiestas y ceremonias aragonesas, v?ase como ejemplo, SERRANO MART?N, E., ?Fiestas y ceremonias en la Edad Moderna?, en UBIETO ARTETA, A. (Coord.), Metodolog?a de la investigaci?n cient?fica sobre fuentes aragonesas, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1993, p?gs. 71-160. 24 RUIZ, T. R., The King Travels. Festive Traditions in Late Medieval and Early Modern Spain, Princeton- Oxford, Princeton University Press, 2012. 25 ESTEVE GILABERT BRUNIQUER, Les R?briques de Bruniquer: ceremonial dels magn?fichs consellers y regiment de la Ciutat de Barcelona, edici? de CARRERAS CANDI, F. y GUNYALONS i BOU, B., Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 1912-1916, 26 MIQUEL PARETS, Cr?nica, Llibre I/1, vol. I, Edici?n de MARGALEF, M.R., Barcelona, Ed. Barcino, 2011. 14 escrito por Cassiano dal Pozzo, en 1626, o el de la jornada de Mar?a de Hungr?a, iniciado en 1628, cuando se dirig?a a Viena y redactado por su capell?n don Juan de Palafox y Mendoza. e. Otras obras utilizadas son las de los cronistas de la corte y sus ?historias? de los reinados, como la de Baltasar Porre?o, Dichos y hechos del Rey D. Felipe II. El grueso documental de la tesis se ha extra?do de los archivos ubicados en la ciudad. En el Arxiu Hist?ric de la Ciutat de Barcelona, se han consultado principalmente el Registre de Deliberacions, el registro Ceremonial de los consellers de Barcelona, los registros referidos a la correspondencia enviada y recibida por el Consell de Cent y a los bandos y cridas p?blicas. Para el an?lisis del desfile de las cofrad?as se han trabajado la abundante documentaci?n gremial existente en el archivo; aunque en muchas ocasiones, faltaban los libros de deliberaciones y determinaciones de algunas cofrad?as. Adem?s, se han consultado algunos manuscritos donde se insertan dietarios. En el Arxiu de la Corona d?Arag? (ACA) se han trabajado algunas secciones: en Generalitat, los registros de deliberaciones y la abundante y detallada documentaci?n econ?mica de las visitas y otros festejos reales y, en Consell de Arag?, algunos legajos que han aportado importante documentaci?n sobre consultas acerca de sus preparativos. Del Arxiu Capitular de la Catedral de Barcelona se ha trabajado la secci?n Exemplaria, que es un compendio de ceremonias celebradas en la catedral, as? como las visitas de personajes ilustres que recibieron. Esta secci?n ha sido muy poco trabajada por los historiadores y ha resultado ser una interesante fuente de informaci?n para este trabajo. Otras secciones destacadas de este archivo han sido las deliberaciones capitulares o el Llibre de la Sivella, donde tambi?n se registr? informaci?n relativa a los ceremoniales. La Biblioteca de la Universitat de Barcelona, secci?n Reserva, nos ha aportado importantes documentos, destacando los impresos de relaciones de fiestas que proliferaron a lo largo del siglo XVII. De entre ellos, el m?s importante es la relaci?n de la entrada en Barcelona de Felipe II en 1564, escrita por el poeta castellano Baltasar del Hierro y que veremos a lo largo del presente trabajo. Tambi?n es muy importante la informaci?n extra?da de los manuscritos donde se incluyeron los anales del convento de Santa Catalina de los padres dominicos que recibieron frecuentemente la visitas de los reyes, por albergar en ?l el cuerpo de sant Ram?n de Penyafort. En la Biblioteca de Catalunya se han consultado algunos impresos de fiestas recopilados en la colecci?n Fulls Bonshoms y alg?n que otro manuscrito. Finalmente, tambi?n se ha trabajado el Arxiu Hist?ric de Protocols de Barcelona, en el que hemos estudiado algunos libros de deliberaciones de las cofrad?as y oficios que se guardan en ?l. Tambi?n se han trabajado los archivos y fondos de algunas instituciones de Madrid. En primer lugar, hay que indicar que la informaci?n encontrada en ellos es muy dispersa y b?sicamente son relaciones de fiestas reales impresas en Barcelona. Sin embargo, se han analizado el contenido de algunos manuscritos como los de la Biblioteca Nacional de Madrid, como el diario de viaje de la reina Mar?a de Hungr?a, escrito por su capell?n don Juan de Palafox y Mendoza, el manuscrito 2.338 donde se 15 tratan algunos sucesos de Catalu?a entre 1577 y 1628 o el ms. 7.379, donde se habla de las jornadas de Carlos V en 1542, 1543 y 1545 y, finalmente, algunos impresos sobre relaciones de fiestas o de entradas. En la Real Academia de la Historia se han consultado algunos manuscritos de la colecci?n Salazar y Castro y algunos impresos de fiestas. Como se puede ver, el grueso de informaci?n de la tesis se ha extra?do de los archivos locales, aunque se ha completado con la consulta de las bibliotecas y archivos de la capital. Metodolog?a Con la documentaci?n recogida se ha hecho un estudio comparativo de las estancias reales en la ciudad, ordenadas cronol?gicamente, para poder ver su evoluci?n durante los siglos modernos. Esta visi?n global nos permitir? aportar nuestro grano de arena a la comprensi?n de la integraci?n del Principado de Catalu?a en la monarqu?a hisp?nica. Pero, adem?s, un estudio comparado con el estado de la cuesti?n en otras capitales de la Corona de Arag?n ?Zaragoza y Valencia, principalmente?, de la pen?nsula ib?rica y de Europa, en general, nos ayudar?n a entender la pertenencia de Barcelona a un ?mbito cultural dominante en el occidente europeo, donde se desarroll? un complejo sistema ceremonial a lo largo de los siglos bajo medievales, con sus variantes aut?ctonas. As?, hemos analizado algunas ceremonias como es la entrada real, generalizada por las capitales europeas a partir de los siglos XIII y XIV y hemos tratado individualmente algunos elementos propios de los rituales para comprender su importancia, como pueden ser el palio o la cortina tras la que se ubicaban los monarcas en el altar mayor de la catedral. Para ello se han recopilado todas las relaciones de fiestas ?impresas o no? celebradas con motivo de la llegada del rey para hacer un an?lisis exhaustivo de ellas y detectar la presencia de estos elementos. Tambi?n ha sido de gran valor estudiar la documentaci?n relativa a los preparativos de la visita ya que en muchas ocasiones nos han facilitado m?s informaci?n, y m?s fiable, que las propias relaciones de fiestas. Otro aspecto importante del trabajo ha sido ver la incidencia econ?mica de las visitas en la ciudad. La abundante documentaci?n obtenida en este punto nos ha permitido elaborar un peque?o estudio sobre la evoluci?n del gasto p?blico destinado por las instituciones ?principalmente la Generalitat? para las visitas reales y otros festejos vinculados a la monarqu?a. Tambi?n, se ha analizado la evoluci?n del consumo de algunos productos b?sicos para la celebraci?n de los festejos, para poder contrastarlos con la evoluci?n de este gasto publico derivado del incremento de la pompa y fasto que se dio, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI. En este cap?tulo econ?mico hemos querido ver qu? supon?a una visita real para los habitantes de Barcelona, m?s all? de actuar como espectadores de las ceremonias y festejos. Es decir, poner nombres propios a los actores que se encargaron de preparar la visita, ya sea construyendo los arcos de triunfos, vendiendo tea a la Generalitat o vendiendo ricas 16 telas para la confecci?n de los trajes que Felipe IV y su hermano lucieron en el torneo de 1632. Con lo escrito hasta ahora, podemos hacernos una idea inicial sobre el desarrollo de este trabajo que, como se ha indicado anteriormente, es la continuaci?n del estudio realizado para la consecuci?n del Diploma de Estudios Avanzados (DEA) y que llev? por t?tulo Les relacions entre Barcelona i la monarquia mitjan?ant les entrades reials. Mi llegada a los estudios sobre el ceremonial fue, en cierta forma, accidental. Tal como propuse al profesor Joan-Llu?s Palos, mi primera intenci?n era analizar si, en ?poca moderna, exist?an v?nculos entre las ramas catalana y siciliana de aquellas familias nobles catalanas que se instalaron en la isla en ?poca medieval. Sin embargo, tras una b?squeda de informaci?n en el Arxiu de la Corona d?Arag?, s?lo pude encontrar informaci?n sobre la familia Vallgornera (Vallguarnera, en Siclia) y, b?sicamente se refer?a a t?tulos de propiedad en ambos territorios. As?, ante la falta de documentaci?n, la premura del tiempo y mi imposibilidad para viajar a Sicilia para buscar informaci?n por mi trabajo, el profesor Joan-Llu?s Palos me propuso analizar las relaciones de las entradas reales y visitas que los reyes hicieron a Barcelona, en el siglo XVI, tema que ya hab?a sido tratado por la profesora Mar?a ?ngeles P?rez Samper. He de reconocer mi desconocimiento inicial, en aquel momento, de todo el mundo ceremonial que rodeaba a los reyes y a las ciudades como Barcelona. Sin embargo, tras su realizaci?n, tuve la intenci?n de profundizar en el estudio de dichas visitas dado el inter?s que me suscit?. As? pues, me embarqu? en la realizaci?n de esta tesis que he compaginado con una vida profesional paralela a lo largo de estos cuatro a?os. Agradecimientos En primer lugar, me gustar?a dar las gracias a mi director de tesis, Joan-Llu?s Palos por su inter?s, confianza y dedicaci?n a la tesis, por su disponibilidad para continuas reuniones y su tiempo para la lectura y correcci?n de los cap?tulos del trabajo. Sus consejos, no s?lo sobre el trabajo, sino en otros ?mbitos de la vida han sido de gran importancia. Tambi?n dar las gracias al departamento de Historia Moderna de la Universitat de Barcelona por permitirme realizar mi tesis, asumir una capacidad investigadora suficiente, as? como por participar en los diversos seminarios celebrados en ?l. Quisiera agradecer los comentarios y sugerencias de todos los profesores del departamento, especialmente los de la profesora Mar?a ?ngeles P?rez Samper, Xavier Gil, Fernando S?nchez Marcos, Jaume Dant?, Jordi Buyreu e Ida Mauro. A los profesores Richard Kagan, Te?filo F. Ruiz, Francesco Benigno, Mar?a Jos? del R?o, James Amelang, Magdalena S?nchez, Ignasi Fern?ndez Terricabras, Diana Carri?- Invernizzi, Bernardo Garc?a Garc?a y Rodrigo Bentes. 17 A los archiveros y secretarios del Arxiu de la Corona d?Arag?, del Arxiu Hist?ric de la Ciutat de Barcelona y, especialmente, al archivero del Arxiu Capitular de la Catedral de Barcelona, mossen Josep Baucells y su secretaria Immaculada Ferrer. A mis amigos y compa?eros del grupo de investigaci?n Poder y Representacions, Joana Fraga, Ver?nica Salazar, Milena Viceconte, Carlos Gonz?lez, Daniel Aznar, Diego Sola y ?ngel Rivas. Finalmente, agradecer el apoyo incondicional de mis amigos y familiares, mis padres, mi hermana y mi cu?ado. 18 19 CAP?TULO 1: LA PRESENCIA REAL EN BARCELONA. El primero de septiembre de 1479, Fernando II hac?a se entrada real en Barcelona como nuevo monarca de la Corona de Arag?n tras suceder a su padre ?Juan II? muerto en enero del mismo a?o en dicha ciudad27. Se dej? atr?s un turbulento y convulso reinado que hab?a acabado con las fuerzas vitales del Principado, inmerso ?ste en una larga guerra civil que enfrent? al difunto rey con la Generalitat de Catalu?a durante una d?cada (1462-1472)28. Pero no era ?sta la primera vez que Fernando entraba en la ciudad ya que lo hab?a hecho en otras ocasiones. La primera de ellas, acompa?ado de su padre y su madre en julio de 1454, enviado all?, el primero, por el rey Alfonso el Magn?nimo para celebrar Cortes. La segunda fue en noviembre de 1461, siendo ya primog?nito de la Corona tras la muerte, en septiembre de ese mismo a?o, de su hermano el pr?ncipe de Viana que, a su vez, hab?a realizado su entrada triunfal en la capital catalana en marzo. Es interesante retroceder a este a?o de 1461, justo antes del estallido de la guerra civil, para ver el diferente trato que recibieron ambos hermanos en sus respectivas ceremonias de entrada a la ciudad. Por su parte, Carlos de Viana parti? el 12 de marzo desde la villa de Sant Boi, con un gran acompa?amiento de condes, barones, caballeros, mercaderes y dem?s gente. Los consellers de la ciudad salieron a recibirle hasta la cercana localidad de L?Hospitalet. Previamente lo hab?an hecho los diputados de la Generalitat o Diputaci?n del General, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Barcelona y algunos t?tulos de la tierra como el conde de Prades o el vizconde de Illa. Durante todo el camino, gran cantidad de gente armada con ballestas acompa?aron al hijo mayor de Juan II hasta el portal de Sant Antoni, uno de los que daba acceso a la ciudad, entre los v?tores de ?visca don Carlos e, muyra Rebolledo e, los mals consellans?29. Adem?s, un gran n?mero de ni?os salieron alegremente a recibir al pr?ncipe con ca?as y palos en las manos simulando ser soldados, mientras gritaban: ?Carles, primogenit de Arag? e de Cicilia Deus te mantenga?30. Ya dentro de la ciudad, el pr?ncipe recorri? las calles siguiendo el itinerario habitual hasta llegar a las ramblas, donde lo aguardaban cuatro mil menestrales de las cofrad?as, todos ellos armados. Un gran recibimiento para un pr?ncipe querido y apoyado por su pueblo, todo lo contrario de lo que sent?an por su padre. 27 ?Aquest dia a VII hores ans del mig dia pessa de la present vida en laltre lo illustrissimo senyor, lo senyor Rey den Johan de gloriosa memoria e mori en lo palau Episcopal de la present ciutat. Sien mirades les serimonies en lo llibre de aquelles?, DACB, vol. III, p?g. 6, martes, 19 de enero de 1479. 28 El mejor estudio sobre esta guerra en SOBREQU?S VIDAL, S. y SOBREQU?S CALLIC?, J., La guerra civil catalana del segle XV, Barcelona, Edicions 62, 1973, 2 vols. 29 AHCB, Ms. B-37, COMES, Pere Joan, Llibre d?algunes coses assenyalades, cap. 99, fol. 65. 30 AHCB, Ms. A-20, Dietari de les turbacions de Catalun?a portat a terme per Jaume ?afont qui te carrech portar lo Dietari de la Diputaci? del Gnal. de Catalun?a comen?ant lo an? 1414, fol. 54. 20 Muerto Carlos de Viana ?en circunstancias extra?as y con la sospecha de que detr?s del deceso se encontraba la mano de la reina Juana Enr?quez, segunda esposa de Juan II y madre del infante Fernando?, ?ste se convert?a en primog?nito y heredero del trono. Conforme lo establecido en la Capitulaci?n de Vilafranca, Fernando, todav?a un ni?o, deb?a ser educado en Barcelona. De este modo, se dirigi? con su madre a Barcelona, despu?s de que ?sta fuese nombrada tudriu del peque?o. Apunta Ernest Belenguer que, a pesar de los consejos del rey a su mujer de que visitase buena parte de Catalu?a antes de tomar camino hac?a Barcelona, ?sta, deslumbrada por el recibimiento y los festejos que le obsequiaron en Lleida, se dirigi? directamente a la capital catalana31. A su llegada, los consellers no salieron a recibirles, poniendo como pretexto la brevedad con que la reina les hab?a avisado de su arribo. Por este motivo, Fernando y su madre llegaron, solos, al monasterio de monjas de Valldoncella, donde residir?an antes de realizar su entrada en la ciudad. A la ma?ana siguiente, recibieron la visita de las autoridades barcelonesas y los diputados de la Generalitat que, tras cerciorarse de los poderes que present? la reina como tutora de Fernando, establecieron el d?a de la entrada en Barcelona para el s?bado pr?ximo, d?a 21 de noviembre. Cuenta Jaume Safont ?escribano de la Diputaci?n del General y de opiniones contrarias tanto de Fernando el Cat?lico como de su padre Juan II? como, durante la entrada, pasaron las cofrad?as por la plaza de Frares Menors o de san Francesc sin hacer los habituales entremeses, excepto el gremio de los boteros ?que tragui un castell de rama mal fet?. No s?lo eso, Safont justifica en su obra los malos presagios que la pareja real tra?a consigo cuando explica c?mo, queriendo los campaneros de la Seo de Barcelona repicar las campanas, las cuerdas se rompieron y que, tras arreglarlas, se volvieron a romper hasta en tres ocasiones consecutivas. Mal presagio. Tambi?n describe como uno de los dos pilares que en el altar mayor de la catedral sujetaban un ?ngel en lo alto cay? al suelo y se rompi? en infinidad de pedazos. Nada bueno se pod?a esperar de este accidente. A continuaci?n, bajaron a la capilla de la virgen m?rtir santa Eulalia, donde la reina hizo la se?al de la cruz sobre la sepultura del pr?ncipe don Carlos de Viana. Aqu?, Safont recrimin? a Fernando que no hiciera ceremonia alguna en honor de su hermanastro. Tras ello, la comitiva sigui? hasta el Palacio Real, donde los consellers se despidieron de la reina y el pr?ncipe, a lo que ?ste respondi?: ?Vos regra?io e vos reagrado lo bon revelliment que me haveys fecho?32. En definitiva, un recibimiento muy diferente al ofrecido a su hermano don Carlos solo unos meses antes. Los sucesos que siguieron en la d?cada siguiente ya son conocidos: la guerra civil catalana. 31 BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico. Un monarca decisivo en las encrucijadas de su ?poca, Barcelona, Pen?nsula, 1999, p?g. 59. 32 AHCB, Ms. B-37, COMES, P. J., op. cit., fol. 82. 21 1.1. La corte itinerante. 1.1.1. El reinado de Fernando el Cat?lico. Volviendo a septiembre de 1479, Fernando era, ya, el nuevo rey de la Corona de Arag?n. Se encontraba, ahora, ante una situaci?n dif?cil: el Principado estaba completamente devastado y arruinado por los a?os de guerra y le tocaba a ?l la larga y costosa tarea de reconstruir el pa?s. Adem?s, casado desde 1469 con la reina Isabel de Castilla, tuvo que hacer frente junto a ella a la reconstrucci?n del reino vecino ?Castilla? que ven?a de sufrir su propia guerra civil entre 1474 y 1478, en la que se enfrentaron por el trono de dicho reino la propia Isabel con su sobrina Juana la Beltraneja. Es decir, los partidarios de que la Corona de Castilla basculase hacia Portugal, ya que do?a Juana estaba casada con el rey de Portugal, o lo hiciese, en cambio, hacia la vertiente oriental de la pen?nsula: la Corona de Arag?n. As? se produjo la famosa uni?n din?stica en la que cada uno de los territorios conserv? sus propios privilegios, instituciones y moneda. El matrimonio formado por Fernando e Isabel ten?a, ante s?, la gran labor de poner en orden sus reinos y reactivar su econom?a y, para conseguirlo, viajaron con su corte por toda la pen?nsula seg?n sus necesidades pol?ticas. Fernando era ahora, y en contra de lo sucedido durante su estancia de 1561, un rey esperado ya que en ?l se ten?an puestas muchas esperanzas. De esta forma, los consellers lo calificaron como ?lo adveniment del Fill de D?u? y le hicieron saber, en marzo de ese mismo a?o, su estado de ?nimo: ?molt aconsolats de la grandissima confian?a sempre havem tenguda Vostra Reial Persona ?sser componedora, conservadora e reformadora de Barcelona i Catalunya?33. Ciertamente, parec?a que las profec?as de Arnau de Vilanova, estudiadas por Eulalia Dur?n34, pod?an cumplirse. El reinado del Anticristo se hab?a instaurado seg?n los ?ltimos y dram?ticos acontecimientos acaecidos, como fueron: la ca?da de Constantinopla en 1453, la guerra civil catalana (1462-1472), la guerra civil de Castilla (1474-1478) o la toma de Otranto por los turcos que aconteci? en 1481. As?, Fernando era reconocido como el esperado Encobert, el vespertili? o el murci?lago que se comer?a los mosquitos ?que representaban el Islam?, derrotar?a al Anticristo y unificar?a la antigua provincia de Hispania. Y, as? mismo, a?os m?s tarde se ver?an reforzadas estas profec?as cuando, tras la conquista del reino nazar? de Granada en 1492, se redimir?a la traici?n del conde Juli?n. Hab?an quedado, ya, caducos los malos presagios anunciados por el escribano Safont. 33 Citado en BELENGUER CEBRI?, E., op. cit., p?g. 111. 34 DUR?N i GRAU, E., Simbologia pol?tica catalana a l?inici dels temps moderns, Barcelona, Reial Acad?mia de Bones Lletres de Barcelona, 1987 y, de la misma autora, ?El mil?lenarisme al servei del poder i del contrapoder?, en BELENGUER CEBRI?, E. (Coord.), De la uni?n de coronas al Imperio de Carlos V, Barcelona, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, vol. II, p?gs. 193-308. 22 La estancia del monarca en Barcelona fue de casi dos meses, durante los que se celebraron grandes festejos en su honor. A lo largo de ese tiempo, Fernando emprendi? algunas medidas de gobierno e intent? recuperar los bienes del patrimonio real35. El rey march? hacia Castilla el 23 de octubre, donde se hab?an convocado Cortes para noviembre. Lleg? a Toledo, jurado ya como nuevo rey de Arag?n, entrando con todo su s?quito entre el que iba un elefante; quiz? el que recibi? en Barcelona como regalo del rey de N?poles36. Tras haber ordenado el reino castellano en las Cortes de Toledo de 1480, le toc? el turno al Principado, donde regres? el 6 de noviembre de ese mismo a?o. Entr? el rey en la ciudad y, de nuevo, el cronista Safont critic? su actuaci?n porque alter? la costumbre tradicional de orar en la Seu, ante santa Eulalia, cuando los reyes llegaban a ella porque ?aquest Sr, oblidantse apearse a la seu, vench dreta via apearse al seu palau major hon pos??37. En las nuevas Cortes convocadas, el soberano pidi? un servicio de 300.000 libras para poder llevar a cabo su programa pol?tico en el que destacaban la pacificaci?n del pa?s o la recuperaci?n de los condados de Rosell?n y Cerdanya ?cedidos e hipotecados provisionalmente a Luis XI de Francia por Juan II, como pago por su apoyo durante la guerra civil?. Se alargaban las Cortes sin obtener un resultado satisfactorio y, entonces, decidi? Fernando aplazarlas y salir para Arag?n; sin embargo, en este reino tampoco obtuvo ?xito en las Cortes convocadas en Zaragoza y Calatayud. No se alarg? mucho la ausencia real en Barcelona porque, tres meses m?s tarde, el rey lleg? de nuevo pero ahora con una sorpresa para los catalanes: la reina Isabel de Castilla llegar?a a la ciudad a finales de julio de 1481. Era la primera vez que una soberana del reino mesete?o llegaba a la ciudad. Fernando pidi? a los consellers que le preparasen un recibimiento digno como si fuera su propia persona y que la reina entrase en Barcelona bajo palio38. Isabel lleg? a Molins de Rey el 24 de julio, donde se traslad? Fernando que hac?a ya unos d?as que estaba en Barcelona. All?, recibi? la visita de cortes?a de los emisarios de la ciudad para darle la bienvenida. Dos d?as m?s tarde, se dirigi? al monasterio de Valldoncella, acompa?ada de importantes prelados como el cardenal de Espa?a (de la poderosa familia de los Mendoza) y de grandes nobles castellanos como los duques de Medinaceli y Alburquerque, los condes de Trevi?o, Benavente y Belalc?zar o el comendador Gutierre de C?rdenas. Isabel entr? en Barcelona por el portal de Sant Antoni con una gran ceremonia que maravill? a la misma reina que qued? muy contenta del recibimiento dispensado por los barceloneses. La estancia de la reina en la ciudad condal fue regocijada con todo tipo de fiestas, procesiones y bailes. Los consellers tuvieron una grata impresi?n de la esposa de su 35 BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico?, p?g. 112. 36 ?Divendres a XVII. Aquest dia fou presentat al dit senyor rey hun molt gran e bell orifany, que li tram?s lo serenissim rey de Napols, cus? germa seu e marit de sa germana, il?lustr?ssima e virtuos?ssima, apellada dona Johana, lo qual orifany ere stat tret per venecians de les terres del sold? de Babil?nia?DG, vol. I, p?g. 236, 17 de septiembre de 1479. 37 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 143. 38 Son varios historiadores los que han tratado esta entrada. En primer lugar, VICENS VIVES, J., Ferran II y la ciutat de Barcelona, 1479-1516, Barcelona, 1936, vol. I, p?gs. 220-230. FERN?NDEZ TERRICABRAS, I., ?Tres im?genes de Isabel la Cat?lica?, en AA. VV., Isabel la Cat?lica. La magnificencia de un reinado, Valladolid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Junta de Castilla y Le?n, 2004, p?gs. 87-98. 23 se?or e intentaron ganarse su confianza ya que, para ellos, era ?no solament reyna e virtuosa senyora, mes mare?39. Las Cortes celebradas durante estos meses resultaron ser un ?xito pol?tico para Fernando porque pusieron en marcha el conocido redre? fernandino que ten?a como misi?n pacificar y reactivar, definitivamente, el Principado. Por consiguiente, se tomaron medidas proteccionistas para favorecer el comercio catal?n, sobre todo con los territorios italianos (Sicilia, N?poles y Cerde?a). Se restablecieron las competencias de la Generalitat mediante la constituci?n de la Observan?a, de gran importancia para el pa?s ya que permit?a denunciar como contrafuero los agravios cometidos por los oficiales reales. Adem?s, el 4 de octubre de ese a?o, los tres brazos en Cortes juraron al pr?ncipe Juan como primog?nito de la corona de Arag?n. Asimismo, Fernando obtuvo el servicio de 300.000 libras que hab?a solicitado; aunque 100.000 de ellas deb?an emplearse en la reconstrucci?n del Principado. A pesar de que la historiograf?a actual otorga un balance positivo a dichas Cortes, quedaron, en cambio, algunos aspectos de suma importancia sin solucionar, principalmente, el conflicto del campo catal?n. Las tierras de cultivo quedaron arrasadas por los efectos de la guerra civil. Los campesinos de condici?n remensa40, que hab?an luchado junto al rey en contra de los se?ores de la tierra y la Generalitat, no vieron mejorada su situaci?n tras la finalizaci?n de la contienda ni tras la conclusi?n de las Cortes. Esto supuso el mantenimiento de los malos usos se?oriales que vejaban la dignidad de los remensas. Por este motivo, en agosto de 1484, estall? de nuevo la guerra en tierras gerundenses, acaudillados, en esta ocasi?n, por Pere Joan Sala. Finalmente, la revuelta fue aplastada por el rey un a?o m?s tarde. Entonces, Fernando decidi? poner fin al problema con la promulgaci?n de la Sentencia Arbitral de Guadalupe, en abril de 1486, que prohibi? los malos usos a cambio de una compensaci?n econ?mica41. Tras la marcha de los reyes de Barcelona, la ciudad no volvi? a ver a su conde hasta pasada una d?cada, concretamente hasta finales de octubre de 1492. El motivo de tan larga ausencia del soberano de sus territorios patrimoniales fue la nueva empresa llevada a cabo por los soberanos: la guerra de Granada (1482-1492). Los monarcas aprovecharon las graves divisiones internas del reino nazar? para acabar con la ?ltima entidad pol?tica isl?mica existente en la pen?nsula y concluir, de este modo, la reconquista de los territorios bajo dominio musulm?n. Durante este per?odo de tiempo, en Catalu?a se llevaron a cabo las medidas emprendidas por el rey que, aun estando lejos del pa?s, segu?a con atenci?n los sucesos que se produc?an, actuando sobre ellos desde donde estuviese la corte. Los reyes regresaron a Barcelona una vez finalizada la conquista del reino granadino. La intenci?n de Fernando era celebrar unas nuevas Cortes, reformar algunos aspectos de la justicia y, sobre todo, tratar la recuperaci?n de los condados del Rosell?n y Cerdanya de manos francesas. As?, a finales de octubre, los 39 BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico?, p?g. 131. 40 V?ase VICENS VIVES, J., Historia de los remensas en el siglo XV, Barcelona, Ed. Vicens Vives, 1? edici?n de bolsillo de 1978. Del mismo autor, El gran sindicato remensa. (1488-1505), Madrid, CSIC, 1954. 41 SERRA i PUIG, E., ?El r?gim feudal catal? abans i despr?s de la Sent?ncia Arbitral de Guadalupe? en Recerques, n? 10, 1980, p?gs. 17-32. 24 soberanos llegaron a Catalu?a, entrando en su capital el 24 del mismo mes. Pese a que ven?a con ellos el pr?ncipe Juan, ?ste no entr? hasta el d?a siguiente, cuando lo hizo mediante la ceremonia de entrada triunfal. Esta era la presentaci?n p?blica e institucional del heredero de la Corona de Arag?n, as? como de Castilla. El primog?nito de los Reyes Cat?licos entr? bajo palio por el portal de Sant Antoni y desfil? ante los sus padres que le observaban desde una ventana de la casa del obispo de Urgell, situada en la calle Ample, donde se alojaron durante su estancia42. Durante su residencia en la ciudad, Fernando fue v?ctima de un intento de asesinato que a punto estuvo de causarle la muerte. Y es que, el 7 de diciembre de 1492, tras haber dado audiencia a los pobres en el sal?n del Tinell del Palacio Real, justo cuando descend?a las escaleras de la entrada del palacio, un campesino remensa ?Joan de Canyam?s? le dio una cuchillada en el cuello. Al parecer, la Sentencia Arbitral de Guadalupe no hab?a contentado a todos los payeses y muchos de ellos, pobres, no pudieron hacer efectivo el pago en met?lico que les redim?a del duro r?gimen se?orial al que estaban sometidos43. A continuaci?n, segui tanta conmotio e dolor en tots los grans y poble de Barcelona que alguns homens de stat ne moriren e donas pranyades sen ofollaren y altres molts danys en los poblats44. En los primeros momentos, se temi? la existencia de una conspiraci?n contra los reyes; sin embargo, a pesar de la tortura a la que fue sometido, ?nicamente se obtuvo la confesi?n de que hab?a actuado solo y por mediaci?n del diablo: ?temptat del esperit Maligne?45. Parece ser que ?l mismo quer?a ser rey. Una vez confesada la autor?a, Joan de Canyam?s fue descuartizado p?blicamente como castigo ejemplarizante para aquellos que se atrevieran a atentar contra el rey46. Desesperanzada y con una falta de ?nimo evidente, Isabel mostr? su temor a la posible muerte de su esposo. Por su parte, la catedral de Barcelona decidi? realizar durante quince d?as plegarias hasta que Fernando estuviese fuera de peligro. Los oficios diurnos y nocturnos se hicieron sine intermissione. As?, 18 beneficiados y 4 can?nigos de dicha Seo estuvieron rezando continuamente por turnos de cuatro horas47. Se hicieron en la ciudad 14 procesiones por la recuperaci?n del rey y, el d?a 22 del mismo mes, se celebr? una procesi?n para dar gracias al Se?or y a la Virgen por la buena salud que le hab?a otorgado. Por haber recobrado la salud el rey, Isabel reparti? gran cantidad de limosnas entre los pobres, las iglesias y los monasterios de la ciudad. Tambi?n obsequi? a la Seo 40 marcos de plata para hacer una imagen de santa Eulalia y 60 libras de renta anuales para que cada a?o se hiciese una solemnidad en la Iglesia a favor de 42 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 161. 43 SERRA i PUIG, E., op. cit. 44 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 162. 45 AHCB, Ms. A-22, fol. 28. 46 Se puede ver una revisi?n actualizada sobre este suceso en GUAL VIL?, V., ?L??nic intent de regicidi. Joan de Canyamars contra Ferran II?, en BELENGUER CEBRI?, E. y GAR?N LLOMBART, F.V. (Eds.), La Corona d?Arag?. Segles XII-XVIII, Valencia, Societat estatal per a l?Acci? Cultural Exterior (SEACEX), 2006, p?gs. 143-154. 47 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 163. 25 Nuestra Se?ora de la Esperanza48. Finalmente, el 9 de febrero de 1493, el rey Fernando recorri? las calles barcelonesas en una cabalgada mostrando su buena disposici?n. Se dirigi? a la capilla de Nuestra Se?ora de la Piedad a la que dio gracias por permitirle seguir viviendo49. El soberano volvi? a la actividad pol?tica. Celebr? Cortes en la ciudad y se emple?, de lleno, en conseguir el motivo principal de su viaje: la recuperaci?n de los condados de Rosell?n y Cerdanya. Mientras, en Francia, se adelant? la mayor?a de edad del heredero al trono para convertirlo en nuevo monarca con el nombre de Carlos VIII. ?ste ten?a una obsesi?n clara que tratar?a de realizar durante su reinado: la conquista del reino de N?poles, donde su rey, Ferrante, daba s?ntomas de poder morirse en un momento u otro. Carlos, para disimular su intenci?n de expansi?n por Italia, decidi? presentarse ante las monarqu?as europeas como un soberano que quer?a la paz y, por eso, firm? tratados con Enrique VII de Inglaterra y con el emperador Maximiliano de Austria. Y, tras ?stos, entabl? conversaciones de paz con Fernando para la devoluci?n de los condados hipotecados. A cambio, Fernando deb?a comprometerse a no posicionarse a favor de sus parientes ?los Trast?maras napolitanos? ni a ayudarles en caso de confrontaci?n entre ?stos y Francia. El resultado final de todo esto fue la devoluci?n de los condados, plasmada en el Tratado de Barcelona de septiembre de 1493. Sin embargo, se inici? una nueva etapa de guerras en Italia porque Fernando no renunci? a sus propios derechos al trono napolitano. En enero de 1494, Ferrante I de N?poles muri? y, como se tem?a, el rey franc?s volvi? a presentar los antiguos derechos de la Casa de Anjou al trono. As?, imbuido de un ideal caballeresco, el rey galo se lanz? a la conquista del reino napolitano con el pretexto de poseer una base para luchar contra los turcos, recibiendo el apoyo del partido angevino en este reino. El pont?fice Alejandro VI ratific? al leg?timo rey de N?poles Alfonso II Trast?mara y pidi? a Fernando ayuda para frenar el avance franc?s. Pero el rey de Arag?n esper? a tener todos los cabos bien atados antes de inmiscuirse en la guerra, temiendo romper el Tratado de Barcelona. En febrero de 1495, Carlos VIII entr? en N?poles y oblig? a Alfonso II a abdicar y refugiarse en el sur de Italia, donde cedi? algunas plazas fuertes a Fernando el Cat?lico para que le ayudase militarmente. Gracias a su pol?tica diplom?tica, Fernando consigui? conformar la Liga Santa (el Papa, Mil?n, Venecia y Maximiliano de Austria) para poder luchar contra los turcos, pero, en realidad, el objetivo era aislar a Francia.se alargaba la guerra en Italia y el rey trat? de encontrar nuevos apoyos para seguir tejiendo su telara?a en torno a Francia. As?, mediante una h?bil pol?tica matrimonial, consigui? importantes alianzas como la de Inglaterra. El 30 de julio de 1496, Fernando se desplaz? a Barcelona, acompa?ado del duque de Cardona y de algunos nobles castellanos como el conde de Benavente. Lleg? con la intenci?n de dirigirse r?pidamente hacia el Rosell?n, donde estaba situado el 48 ACCB, Ibidem. 49 AHCB, Ms. B-37, COMES, P.J., fol. 137. 26 frente b?lico con Francia. Antes de llegar a la capital catalana, convoc? Cortes en Tortosa (1495-1496) con la intenci?n de solicitar fondos, supuestamente, para luchar contra la pirater?a y los turcos; aunque, en realidad, pretend?a destinar el servicio a la guerra de Italia50. 1497 fue un a?o clave en los destinos de la monarqu?a conformada por la uni?n din?stica. Fernando hab?a pactado una tregua con Francia. Sin embargo, nadie esperaba que se sucedieran dos sucesos tan importantes como fueron las muertes del rey franc?s Carlos VIII y del primog?nito de los reyes, el pr?ncipe Juan, en octubre de ese a?o. Para la reina Isabel, ?ste fue un dur?simo golpe del que ya no logr? recuperarse y, desde ese momento, su salud inici? un declive que le llev? a la muerte en 1504. Fue una muerte decisiva ya que con ella ?como dijo Pedro M?rtir de Angler?a? ?queda enterrada la esperanza de Espa?a entera?51. En esta coyuntura, surgi? a la escena pol?tica la figura de Felipe de Borgo?a, hijo del emperador Maximiliano de Austria y casado con Juana de Castilla, hija de Isabel y Fernando. El joven borgo??n, de clara tendencia franc?fila, aspiraba a ser proclamado heredero de la monarqu?a. Felipe no era del agrado de su suegro, el rey Fernando. No obstante, dos desgracias familiares m?s ?la muerte de la infanta Isabel, princesa de Portugal, en 1498, y de su hijo Miguel, en julio de 1500? permitieron a los j?venes archiduques Juana y Felipe, y al heredero de ?stos, convertirse en herederos al trono. Los reyes vieron necesario atraerse a los archiduques para intentar controlar a Felipe, un yerno que les estaba dando numerosos quebraderos de cabeza; tanto es as?, que les pidieron que se trasladasen a la pen?nsula para residir en ella. La pareja real lleg? en 1502, pero en la mente del Austria no estaba otra cosa que el proyecto de matrimonio de su hijo, Carlos de Gante (de dos a?os de edad) con la hija del nuevo rey de Francia Luis XII. Con este enlace, Felipe pretend?a acabar con el problema napolitano porque los ni?os ser?an proclamados reyes de N?poles cuando consumaran el matrimonio. As?, el archiduque decidi? viajar a Francia, donde tratar?a las condiciones del enlace que se plasmaron en el Tratado de Lyon, de abril de 1503. Barcelona, como importante cruce de caminos que era, estaba en la ruta a seguir por Felipe para alcanzar su meta. Conocemos los detalles de este viaje gracias al relato de Antoine de Lalaing, se?or de Montigny, que pertenec?a al s?quito del archiduque, al que acompa?? a lo largo de todo el trayecto52. El 7 de enero de 1503, una vez jurado pr?ncipe en Zaragoza, Felipe tom? el camino de Lleida, a la que lleg? tres d?as m?s tarde. All?, le salieron a recibir gran cantidad de gente y los tribunales de la ciudad, entre ellos los miembros de la universidad entre los que se encontraba el hijo del duque de Cardona que estudiaba en ella. Entr? en la ciudad bajo un palio de pa?o de oro hasta la Seo, donde ador? algunas de sus reliquias. Tras la cena, cuenta Lalaing, vinieron unos hombres y mujeres moros representando unas danzas; cosa que ya le hab?a pasado en Arag?n, donde vio pueblos 50 BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico?, p?g. 259. 51 Citado por BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico?, p?g. 269. 52 ANTOINE DE LALAING, publicado en GARC?A MERCADAL, J., Viajes de extrangeros por Espa?a y Portugal: desde los tiempos m?s remotos hasta comienzos del siglo XX, Valladolid, Junta de Castilla y Le?n, 1999, vol. II. 27 habitados, completamente, por gente de esa raza y religi?n. Al d?a siguiente, se dirigi? a Alberca, un castillo del duque de Cardona que le recibi? con doscientos caballeros y su familia, ricamente ataviada. El duque le ofreci? un gran banquete en un gran sal?n decorado con tapices y donde sus propios hijos le sirvieron los platos al archiduque. Tras la comida, vinieron las danzas y gran cantidad de dulces para agasajar al distinguido hu?sped. La noche la pas? en el castillo de Bellpuig, propiedad de don Raimundo de Cardona, caballerizo mayor del rey Fernando. Aqu?, tambi?n fue festejado con gran cantidad de ?carnes, perdices, capones, conejos, pavos, pan y vino, de tal modo que hasta el m?s ?nfimo tuvo lo que pidiera?. Felipe lleg? al monasterio de Valldoncella el 17 de enero. Tras realizar unas oraciones, decidi? entrar de inc?gnito en la ciudad para poder contemplar las luminarias y fiestas que se celebraban en su honor. Era la primera vez que Felipe visitaba Barcelona y ?sta lo recibi? ?com si fos la persona del senyor rey?. ?C?mo era la ciudad que se presentaba ante ?l, reci?n iniciado el siglo XVI? Lalaing la compar? en su relato con la ciudad de Malinas, bien amurallada y rodeada durante tres o cuatro leguas por gran cantidad de jardines con todo tipo de ?rboles frutales, vi?as y cereales. Una ciudad manufacturera, bien pavimentada, con hermosas casas altas y donde se realizaban los mejores trabajos de cera y vidrio del mundo entero. Por este motivo, Felipe quiso visitar un horno situado fuera de la ciudad, donde se produc?an vidrios de gran calidad. Adem?s, el virrey don Jaime de Luna mand? que los tenderos dispusieran todas sus mercanc?as para que el pr?ncipe las pudiera contemplar. Lalaing s?lo encontr? dos problemas en la ciudad: una deficiencia en el sistema de murallas en la parte de Levante y la falta de un puerto. La estancia del archiduque en la ciudad fue corta, pero intensa. En los d?as que estuvo, visit? monasterios, conventos, las atarazanas ?donde se constru?an las 80 galeras encargadas por el rey Fernando?, la Lonja y la Taula de la ciudad. Pero el viaje deb?a continuar porque las obligaciones apremiaban al archiduque. Abandon? la ciudad condal el 23 de enero con direcci?n a Girona, a la que lleg? dos d?as m?s tarde. En esta ciudad fue recibida por su obispo y entr? por sus muros bajo palio. En Figueras se detuvo algunos d?as preparando su traslado a Perpi??n, ciudad a la que lleg? atravesando los Pirineos por sinuosos caminos y tierras a?n devastadas por la guerra. La capital del Rosell?n dispuso un gran recibimiento para Felipe, que hizo su entrada el 7 de febrero. Durante su estancia, visit? las fortalezas de la ciudad y contempl? todos los preparativos que en ellas se hab?an dispuesto para la guerra con Francia53. Lalaing 53 ?Y le ense?aron todos los fuertes, artiller?as, provisiones y secretos de la plaza, la cual es de las mayores guarnecidas y arregladas para la guerra que pueda haber; porque est? rodeada toda ella de buenos ca?ones, y la torre principal contiene armaduras para mil o mil doscientos hombres, de dos a tres mil buenas picas de dieciocho pies de largas, doscientas o trescientas cotas de mallas, doscientas a trescientas ballestas, cebos para seiscientos mil virtons, hierros de lanzas, de jabalinas y de picas; adem?s molinos, cuerdas, carros y yelmos, picos, tiendas de campa?a, espadas, hachas y todas aquellas cosas que se necesitan para la guerra (?). En el patio inferior hay una fortaleza, llamada la ciudadela, en la que hay de cuatrocientas a quinientas piezas de artiller?a, como culebrinas, serpentinas y falconetes, totalmente provistos de piedras, p?lvoras y todo lo suyo deseable para su empleo??, en GARC?A MERCADAL, J., op. cit., vol. II, p?g. 474. 28 opinaba en su cr?nica del relato que Perpi??n era la plaza mejor ordenada y preparada para la guerra que hab?a visto. En el mismo castillo de la poblaci?n, arm? caballeros a los hijos de Sancho de Castilla, que ocupaba el cargo de capit?n general de Rosell? y Cerdanya. Residi? m?s de veinte d?as en Perpi??n, donde pudo descansar, ir de cacer?a, visitar la fortaleza de Salses y disfrutar de las fiestas y justas celebradas en su honor. Poco tiempo despu?s, el rey Fernando celebr? Cortes en Barcelona; aunque no fueron de gran servicio, ni para el soberano ni para el Principado. Adem?s del servicio, en ellas se discuti?, entre otras cosas, sobre la Inquisici?n impuesta por el rey y contra la que nada pudieron hacer los diputados. En Italia, la situaci?n hab?a dado un vuelco importante ya que las tropas de Fernando, al mando del Gran Capit?n, hab?an derrotado en las batallas de Cerignola, Seminara y Garellano al ej?rcito, todav?a feudal, franc?s. N?poles hab?a sido conquistada por el rey cat?lico. Pero no todo fueron glorias para Fernando porque, como se iba viendo desde hac?a tiempo, concretamente desde la muerte del pr?ncipe Juan en 1497, la salud de la reina Isabel se iba marchitando hasta fallecer el 26 de noviembre de 1504. Su muerte supuso un duro golpe para la monarqu?a. Aunque en su testamento, Isabel dej? como gobernador de Castilla a su esposo Fernando, ante la falta evidente de cordura de su hija Juana, pronto ?ste vio como parte de la nobleza castellana le mostraba su hostilidad y se aproximaba a la figura ascendente del duque de Borgo?a (Felipe). Tras la muerte de Isabel, esta nobleza anti-fernandina vio una ocasi?n propicia para deshacerse del control regio al que hab?an sido sometidos por los reyes. Para evitar una guerra civil en el reino castellano entre sus partidarios y los de Felipe, Fernando decidi? retirarse a sus estados patrimoniales tras la concordia de Salamanca con su yerno en noviembre de 1505. Fernando abandon? Castilla y se retir? a la Corona de Arag?n, concretamente, a N?poles, donde deb?a poner en orden su nuevo y flamante reino conquistado. Pero antes de hacerlo, Fernando contrajo matrimonio con Germana de Foix ?sobrina carnal de Luis XII?, seg?n ?l, obligado por las circunstancias del momento54. Tras pasar por Zaragoza, en julio de 1506, el matrimonio real lleg? a Barcelona el 8 de agosto. Los reyes entraron de noche en la ciudad, donde se orden? que no se tirasen cohetes porque la mula de la reina se espantaba y adem?s se cre?a que do?a Germana estaba embarazada. Al d?a siguiente, se les hizo la ceremonia de entrada en el portal de Sant Antoni. En la ciudad condal estuvieron hasta el 4 de septiembre, fecha en la que embarcaron en la galera real que, acompa?ada de nueve galeras m?s, zarp? hacia N?poles. Los reyes iban acompa?ados de un gran n?mero de servidores que llevaban a N?poles: ?lo castell? de Amposta, don Ferrando de Arago compte de Ribagor?a, lo bisbe de Girona, bisbe deVich, m. Gralli, tots los sancliments que eran deu, o, dotze 54 ?ngel CASALS MART?NEZ enumera los objetivos de la boda con Germana de Foix: asegurarse la neutralizaci?n de cualquier alianza entre Castilla y Francia, impedir la sucesi?n de Felipe el Hermoso en la Corona de Arag?n y acercarse a Francia para asegurarse los dominios italianos ya que permit?a a Fernando asumir los derechos de los Anjou sobre N?poles. En CASALS MART?NEZ, A., L?Emperador i els catalans. Catalunya a l?Imperi de Carles V (1516-1543), Granollers, Ed. Granollers, 2000, P?G. 30. 29 (?) e molts altres gentils homens que lo rey ampr? e alguns valentians, aragonesos, los mallorquins noy foren atemps?55. Mientras el soberano estaba en N?poles, sucedi? algo inesperado: Felipe el Hermoso mor?a en Burgos a finales de septiembre. A partir de ese momento, recibi? numerosas cartas de sus partidarios en el reino castellano en las que le apresuraban a que regresase a aquel reino para ponerlo en orden y gobernarlo. Entre ellos se encontraba su fidel?simo duque de Alba, el condestable de Castilla y el marqu?s de Comares. Sin embargo, Fernando prefiri? esperar a que Castilla entera, que poco a poco se sum?a en el caos, reclamase su presencia. El rey, todav?a en N?poles a finales de a?o, recibi? la noticia de la orden dada por su hija Juana de desenterrar el cuerpo de su marido; la reina de Castilla hab?a perdido completamente el juicio. As? que, tras acabar de reorganizar y dise?ar las l?neas b?sicas de su pol?tica en el reino napolitano, al fin decidi? regresar a la pen?nsula para encargarse de los asuntos castellanos. Dijo el cronista de los reyes Pedro Martir de Angler?a que a excepci?n hecha de unos cuantos partidarios de las revueltas, la venida del rey Fernando era deseada por los espa?oles56. El 4 de julio de 1507, las 14 galeras en que regresaban los reyes anclaron ante la playa de Barcelona. Su intenci?n era no desembarcar y continuar el viaje r?pidamente hasta Valencia, desde donde llegar?an a Castilla. En su dietario, Pere Joan Comes justific? la negativa regia a desembarcar por el brote de peste que, por aquel entonces, atacaba a la ciudad; pese a que ?ste ya hab?a perdido su virulencia ?jatsia que per gracia de nre. Sr. Deu ara de present no se morian sino dos tres hu, o, ningu lo dia?57. A?n sin visitar la ciudad, Fernando accedi? a recibir a los consellers y diputados en su galera para conversar con ellos. Mientras estuvieron en la galera real, desde la muralla de la marina y la de levante se dispararon diversas salvas de artiller?a, se quemaron fallas y se hicieron todo tipo de demostraciones de alegr?a para regocijar a los reyes. Tras el breve encuentro entre el monarca y las autoridades catalanas, en el que no estuvo la reina Germana, indispuesta por causa del mar, prosiguieron su viaje hacia Valencia. Fue la ?ltima vez que Fernando estuvo en Barcelona; aunque, en realidad, no lleg? a entrar en la ciudad. Ya en Castilla, fue a visitar a la su hija la reina Juana y pudo comprobar el demente estado mental en que se encontraba. Por ello, el rey decidi? recluirla en Tordesillas. Fernando pas? los siguientes a?os en Castilla poniendo en orden el reino. Reemprendi? la labor conquistadora en el norte de ?frica, tal como la reina Isabel hab?a dejado escrito en su testamento. En mayo de 1509, el cardenal Cisneros ?primado de Espa?a? conquist? la plaza de Or?n. Mientras tanto, en la Corona de Arag?n, el rey celebr? Cortes en Monz?n en 1510, a las que asistieron los catalanes. Dos a?os m?s tarde, la reina Germana presidi? otras Cortes en las que se limitaron los privilegios de la Inquisici?n y se redujo el n?mero de familiares que ?sta pod?a tener en Catalu?a. Ese 55 AHCB, Ms. A-1, Copia de Varios Diarios que guarda el Ayuntamiento de Barcelona de Sucesos memorables acaecidos en dicha Ciudad en diferentes tiempos desde el a?o 1249 hasta 1611, fol. 104. 56 Citado por BELENGUER CEBRI?, E., Fernando el Cat?lico?, p?g. 326. 57 AHCB, Ms. B-37, COMES, P.J., op. cit. fol. 149. 30 mismo a?o, el monarca se embarcaba en la conquista del reino de Navarra para evitar que ?ste cayera bajo influencia francesa y pudiera ser un corredor natural para una posible invasi?n francesa que podr?a llevar sus tropas hasta el coraz?n de Castilla. A Fernando, ya viejo y que comenzaba a dar muestras de agotamiento vital, le persegu?a la idea de la sucesi?n a sus reinos. El leg?timo heredero ?Carlos de Gante, hijo de su molesto difunto yerno Felipe y de su inestable hija Juana?no era de su agrado. Prefer?a al otro hijo var?n de la pareja, Fernando, nacido y criado en Castilla, a diferencia de Carlos que lo hab?a sido en Flandes. Adem?s, los problemas en Castilla se multiplicaban y la levantisca nobleza de aquel reino trazaba sus l?neas de actuaci?n a seguir, tras la pr?xima y esperada muerte del soberano. En 1515, Fernando todav?a tuvo fuerzas de emprender unas nuevas Cortes en Catalu?a que deleg? en su mujer Germana y que quedaron inconclusas. Tambi?n estuvo trabajando, hasta el fin de sus d?as, en la creaci?n de alianzas que pudieran asegurar todo el trabajo realizado durante su largo reinado. Y, ya agotado por tan larga y dif?cil vida, Fernando II muri? en Madrigalejo el 23 de enero de 1516, no sin antes dejar como gobernador de Castilla a su nieto Carlos que, dada la incapacidad mental de su madre, gobernar?a los territorios de sus abuelos. 1.1.2. La corte imperial de Carlos V. Carlos de Gante se encontraba en su Flandes natal cuando recibi? la noticia de la muerte de su abuelo. All?, estaba rodeado de un grupo de servidores flamencos y de castellanos exiliados en tiempos del rey cat?lico. En marzo de 1516, encontr?ndose en Bruselas, Carlos fue proclamado rey de todos los territorios que pertenecieron a sus abuelos, los Reyes Cat?licos. Con este acto, vulneraba el testamento pol?tico de su abuelo ya que adem?s de gobernador de Castilla se proclam? soberano; aunque respet? los derechos de su madre a la que sigui? tratando como la reina. Sin embargo, todav?a no se hab?a decidido a viajar a sus nuevas posesiones ya que esperaba la finalizaci?n de los Estados Generales reunidos en Gante que deb?an concederle un servicio para su traslado a la pen?nsula58. Al fin, ante los reclamos del Consejo Real de Castilla, decidi? viajar a sus nuevos estados. En julio de 1517, Carlos envi? cartas a los distintos territorios avisando de su pronta partida hacia Espa?a. En Barcelona, recibieron el aviso del rey con gran entusiasmo. El Consell de Cent decidi? celebrar siete solemnes procesiones para que Carlos tuviese una traves?a tranquila. El 5 de octubre, ya habiendo desembarcado en Asturias, se organiz? otra procesi?n como la que se celebraba el d?a de Corpus Christi para dar gracias por la visita que en breve el rey har?a a la ciudad. Adem?s, se estableci? que para el d?a 8 del mismo mes se har?an procesiones, bailes, luminarias y otras alegr?as para festejar el acontecimiento. El veguer de la ciudad hizo una crida exhortando a todos los ?galants y 58 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio de Carlos V. Las coronas y sus territorios, Barcelona, Ed. Pen?nsula, 2002, p?g. 59. 31 dames de la ciutat qui volhuessen prendre plaer (?) fossen en la pla?a de la Cucurella, davant la posada de la Comtessa de Albayda que alli los seria dada raho a quiscu segons la conditio y voluntat sua?. Sin embargo, no pod?an prever las autoridades barcelonesas lo que les esperaba porque Joanot Joltru, Franci de Junyent y Galceran de Albanell hicieron juntos otra crida en la que retaban a los j?venes de la dicha plaza de la Cucurella a enfrentarse con ellos en una justa. La familia Gralla, que ten?a casa en la plaza, respondi? afirmativamente al desaf?o. As?, Ferran Gralla y Llu?s Ycard ?hijo y sobrino de Miquel Joan Gralla, maestro racional de la corte del Rey? contestaron que acudir?an el martes siguiente ?armats ab armes de guerra y ab lances ab ferro de punta de diamant o ab virolles? y prestos para correr en seis carreras. Tras la aceptaci?n del reto por ambas partes, el duelo estaba decidido. Las autoridades de la ciudad, temiendo que esa justa ilegal se les pudiera escapar de las manos y desembocara en un conflicto m?s grave, prohibieron a los trompetas de la ciudad anunciarla. Pero ya era demasiado tarde y los bandos se conformaron r?pidamente. Los parientes de cada una de las partes, tanto de la ciudad como de fuera de ella, se agregaron al duelo ?mas encara alguna part del dit pryncipat se aventora y se posa en armes?. El Consell de Cent orden? cerrar las puertas de Barcelona y se dispuso gente armada y artiller?a por toda la marina para evitar la entrada de posibles facciosos. Tambi?n se orden? a las cofrad?as que se armaran y patrullaran por la ciudad para evitar el estallido de la violencia. Adem?s, escribieron r?pidamente al rey para informarle de los sucesos y de todas las prevenciones dispuestas para evitar el presumible brote violento; as? como, le reclamaron su pronta presencia para poner orden en la ciudad y el Principado59. Finalmente, se pudo evitar el conflicto, pero no solucionar el grave problema latente en la Catalu?a de esos a?os: las bandosidades y el bandolerismo. Todav?a no hab?a pisado suelo catal?n y ya se hab?a encontrado, de lleno, con el problema que supon?an los bandos que, con sus amplias clientelas, se enfrentaban por todo el territorio. Tras desembarcar en Espa?a, Carlos fue a visitar a su madre, todav?a recluida en Tordesillas. All? conoci? a su hermana Catalina y m?s tarde fue a conocer a su hermano Fernando. Aconsejado por su c?rculo inmediato, r?pidamente, envi? a Fernando fuera de la pen?nsula para evitar que se pudiera convertir en un posible candidato al trono, dadas las simpat?as que causaba entre la nobleza castellana. Despu?s de la celebraci?n de las Cortes de Valladolid de 1518, el rey tom? rumbo hacia la Corona de Arag?n, concretamente, a Zaragoza. Fue en esta ciudad donde Carlos se top? con su primer gran escollo ya que los zaragozanos no ten?an claro el modo y forma con la que Carlos deb?a realizar el juramento como rey de Arag?n. El problema resid?a en que, en dicho reino, la ley s?lica imped?a reinar a las mujeres; pero si traspasar los derechos hereditarios. De este modo, no pod?a ser aceptada la f?rmula de que Juana y Carlos ?madre e hijo? aparecieran como correinantes. Finalmente y tras duras negociaciones, las Cortes aragonesas aceptaron esta f?rmula, produci?ndose, eso s?, una desnaturalizaci?n de la 59 AHCB, Consell de Cent, Cartes Comunes Originals, 1b.X-42, fol. 34, 17 de octubre de 1517. 32 ?ltima voluntad de Fernando II60. ?ste, antes de morir y sabedor de los problemas que pod?a encontrar Carlos en la Corona de Arag?n, indic? en su testamento que su hijo bastardo Alfonso de Arag?n ?arzobispo de Zaragoza? actuase como gobernador hasta la mayor?a de edad de Carlos. Los enviados catalanes en Zaragoza, como Pere Saragossa, estuvieron muy atentos a estos problemas porque sab?an que, en su tierra, el rey encontrar?a problemas similares. Por eso, reclamaron a su s?ndico que les enviase el juramento hecho por Carlos en la ciudad aragonesa. Por su parte, en Barcelona ya se estaban haciendo, desde hac?a alg?n tiempo, todo tipo de preparativos para la visita real. As?, en septiembre de 1518 la Ciudad encarg? que ?las ma?as dels verguers fossen deurades de nou per raho de la nova vinguda del Sr. Rey don Carlos?, tambi?n se comenz? a confeccionar la vajilla de plata dorada que la Ciudad acostumbraba a regalar al soberano en su primera visita. Carlos puso rumbo a Barcelona el 24 de enero del a?o siguiente, habiendo perdido antes a su ?ntimo consejero Jean Le Savage, muerto de peste en Zaragoza. Ese mismo d?a entr? en Lleida, donde realiz? su primer juramento en tierras catalanas y tres d?as m?s tarde ya estaba en Molins de Rey. La ciudad condal ya estaba dispuesta para la entrada real, la primera que se iba a realizar despu?s de mucho tiempo; pero, entonces, surgi? el problema que todos tem?an y del que Carlos ya estaba avisado y resabiado: el dichoso juramento. Los consellers no aceptar?an la f?rmula adoptada en Zaragoza, es decir, el rey no pod?a correinar con su madre. Incluso se negaban a acudir a la importante ceremonia de la entrada real que no ten?a raz?n de ser sin su presencia. Finalmente, como expone ?ngel Casals, que ha estudiado el gobierno de Carlos en Catalu?a, fue Adriano de Utrech qui?n pudo solventar la dif?cil papeleta, encontrando una soluci?n que agrad? a ambas partes: se entend?a el silencio de los consellers no como aceptaci?n sino como respeto del vasallo a su se?or sin que esto supusiese aceptaci?n61. De este modo, Carlos pudo hacer su entrada real en la ciudad el 15 de febrero de 1519, estudiada por Mar?a ?ngeles P?rez Samper62. Sin embargo, tras la ceremonia y la apertura de las Cortes, resurgieron los problemas con el juramento. Se evidenciaron las grandes divisiones que hab?a entre los tres brazos del Principado. El rey pudo conseguir un punto de consenso y que los consellers lo aceptaran como correinante; pero con la salvedad de convocar de nuevo las Cortes y que la soluci?n adoptada no sirviera de precedente. Al fin, Carlos fue jurado como conde de Barcelona el 16 de abril. Hab?an transcurrido m?s de dos meses hasta conseguirlo. En mayo comenzaron las nuevas Cortes, lentas, en parte, por las disensiones internas de cada brazo, especialmente el militar que estaba dividido en varios bandos. Se consiguieron avances en temas importantes como el comercio con el norte de ?frica o la limitaci?n de algunas prerrogativas de la Inquisici?n. Ahora bien, las Cortes hicieron ver a Carlos que 60 DEY? BAUZ?, M.J., ?El C?sar Carles i la Corona d?Arag??, en BELENGUER CEBRI?, E. y GAR?N LLOMPART, F.V. (Eds.), La Corona d?Arag??, p?gs. 199-200. 61 CASALS MART?NEZ, A., op. cit., p?g. 63. 62 P?REZ SAMPER, M.A., ?El rey y la ciudad. La entrada real de Carlos I en Barcelona?, en Studia Historica, vol. VI, 1988, p?gs. 439-448. 33 Catalu?a no era Castilla en materia de servicios ya que el donativo que obtuvo ?250.000 libras? no cumpl?a de ninguna manera sus expectativas. Adem?s, parte de ese donativo deb?a quedarse en Catalu?a para pagar agravios y otros tipos de compensaciones. Pero, estas Cortes, como argumenta de nuevo ?ngel Casals, sirvieron para legitimar al rey y para poner en orden el Principado tras el interregno de tres a?os, desde la muerte de Fernando II63. Durante la estancia en Barcelona se produjo un acontecimiento de vital importancia para los intereses de Carlos: la muerte de su abuelo el emperador Maximiliano de Austria que le colocaba en la primera l?nea de sucesi?n. Tras conocer la noticia, pidi? a las autoridades barcelonesas que celebraran las exequias por su abuelo, pero, como a?ade ?ngel Casals, los consellers no pusieron mucho entusiasmo en contentarlo. Su gran rival en la elecci?n como emperador era Francisco I de Francia. Por tanto, Carlos necesitaba decantar la balanza a su favor ya que la sucesi?n al Sacro Imperio Romano Germ?nico era electiva. As?, adem?s de las suculentas sumas de dinero, prestadas por los banqueros alemanes ?Fugger o Welzer? y los genoveses ?Grimaldi o Fornari?, con las que soborn? a los cinco electores que deb?an decidir la sucesi?n, cas? a Germana de Foix ?viuda de su abuelo Fernando? con Juan de Brandemburgo, de su s?quito y hermano del elector de Brandemburgo. Queda claro que el matrimonio ten?a una intenci?n pol?tica. Finalmente, los electores se decantaron por la candidatura Habsburgo y escogieron a Carlos de Gante nuevo titular del Sacro Imperio Romano Germ?nico. La noticia lleg? a Barcelona el 7 de julio, a medianoche, y, r?pidamente, el monarca cabalg? hasta el monasterio de Jes?s para dar gracias al Se?or por la elecci?n. Adem?s, fue a la Seo para dar gracias a Dios por la decisi?n tomada por los electores y se ofici? un Te Deum Laudamus. Por su parte, la Ciudad mostr? gran alegr?a, al menos formalmente, por la nueva noticia. As?, los consellers ?anaren acompanyats de prohomens honrats a besar la ma a Sa magt. en lo mati al palau?64 y ordenaron que se celebrasen luminarias y bailes. Entre el 5 y el 8 de marzo se celebr? en Barcelona la 19? reuni?n del cap?tulo de la Orden del Tois?n de Oro. Fundada por el antepasado de Carlos ?el duque de Borgo?a Felipe el Bueno? y de la que era gran maestre, reun?a a la m?s selecta nobleza de Europa, incluido varios monarcas. As?, se ofici? la ceremonia en el coro de la catedral de la capital catalana, para cuya ocasi?n se reform? y ornament? la siller?a del coro. Juan de Borgo?a fue el encargado de pintar los escudos her?ldicos de cada uno de los miembros de la orden en sus sillas correspondientes65. Adem?s, en ese cap?tulo se nombraron diez nuevos miembros de la orden: siete nobles castellanos, dos de la Corona de Arag?n y uno napolitano. Realmente, de 51 miembros que integraban la orden, solo acudieron en persona 12, el resto lo hizo mediante procuradores. No obstante, lo cierto es que una ceremonia de tan gran solemnidad dio a Barcelona un 63 El resumen de estas cortes se ha extra?do de CASALS MART?NEZ, A., ?Las Cortes de Carlos I?, en BELENGUER CEBRI?, E. (Coord.), De la uni?n de coronas?, vol. I, p?gs. 353-385. 64 DACB, vol. III, p?g. 290, 6 de julio de 1519. 65 Sobre estas pinturas v?ase GARRIGA RIERA, J., ?Joan de Borgonya, pintor del XIX? cap?tulo de la orden del Tois?n de Oro?, en BELENGUER CEBRI?, E., De la uni?n de coronas?, vol. III, p?gs. 121-180. 34 salto de calidad vincul?ndola con una orden de alcance europeo y que por primera vez celebraba un cap?tulo fuera de los territorios borgo?ones. El reci?n elegido emperador dej? Barcelona el 23 de enero de 1520. Su estancia en la ciudad fue de un a?o aproximadamente y, en ese tiempo, su vida adquiri? nuevas miras. De rey de Castilla y de Arag?n pas? a ser el hombre m?s poderoso de Europa. As?, Carlos recogi?, en su propia persona, el testigo ?cedido por su abuelo Fernando? como la gran esperanza para acabar con el reinado del Anticristo. Y es que en ?l se reun?an diversas corrientes prof?ticas vinculadas a distintos territorios europeos: la tradici?n catalana-aragonesa ?vinculada a la imperial por la posesi?n de Sicilia?, la tradici?n castellana, la borgo?ona, la imperial ?con su elecci?n como emperador? y, finalmente, la francesa ?relacionada con su propio nombre como un segundo Carlomagno66?. Parec?a que la estrella ascendente que era Carlos no tendr?a l?mite; sin embargo, no cont? que algunas de sus actuaciones en la pen?nsula estaban exacerbando la paciencia de la poblaci?n. Esto pas? en Castilla, Valencia y Mallorca. En la primera, la pol?tica del emperador de otorgar cargos y dignidades a miembros de su s?quito flamenco y su marcha, inminente, a Europa agrav? la situaci?n que culmin? en el estallido de las comunidades67. En la Corona de Arag?n, la falta de tacto del monarca que decidi? no ir a jurar su cargo a Valencia precipit? el desarrollo de las german?as que reflejaban el malestar social existente en el reino68. Las german?as tambi?n afectaron a la isla de Mallorca; debido a la conflictividad surgida entre el campo mallorqu?n y la ciudad. Tras el apaciguamiento de las revueltas comuneras y las german?as, la pol?tica de Carlos cambi?. Los conflictos peninsulares cesaron pero se incrementaron los internacionales, sobre todo en Italia. All?, su antiguo preceptor y obispo de Tortosa, Adriano de Utrech, hab?a sido elegido papa con el nombre de Adriano VI, tras la muerte de Le?n X. Con esta elecci?n, el emperador Carlos tendr?a un gran apoyo en Roma. El nuevo pont?fice se prepar? para su marcha a la ciudad eterna y poder ocupar su nuevo cargo. Y Barcelona, aunque ya no pose?a su antiguo esplendor medieval, continuaba siendo un punto clave en las traves?as mar?timas por su situaci?n geogr?fica. Por ella pasaban todo tipo de viajeros que iban o ven?an del interior peninsular. Con la elecci?n de Carlos como nuevo emperador, se increment? la actividad mar?tima de la ciudad, a la que llegaban sus armadas, sobre todo, a partir del estallido de las guerras en Italia que le enfrentaron con Francisco I de Francia. As?, durante la primera ?poca del reinado de Carlos, Barcelona vio pasar por sus calles al emperador, al papa, al mismo Francisco I y 66 DURAN i GRAU, E., ?El mil?lenarisme al servei??, p?g. 302. 67 Para el estudio de las Comunidades de Castilla v?ase P?REZ, J., La revoluci?n de las ?Comunidades? de Castilla, 1520-1521, traducci?n castellana de FACI LACASTA, J.J., Madrid, Siglo XXI, 1977. Del mismo autor una revisi?n actualizada: ?Las Comunidades de Castilla?, en BELENGUER CEBRI?, E. (Coord.), De la uni?n de coronas?, vol. II, p?gs. 241-257. 68 Para el estudio de las German?as v?ase el trabajo cl?sico de DURAN i GRAU, E., Les Germanes als Pa?sos Catalans, Barcelona, Ed. Curial, 1982. Tambi?n GARC?A C?RCEL, R., Las German?as de Valencia, Barcelona, Ed. Pen?nsula, 1981. Por ?ltimo, se puede ver una revisi?n en NARBONA VIZCAINO, R., ?La ciudad de Valencia y las German?as?, en BELENGUER CEBRI?, E. (Coord.), De la uni?n de coronas?, vol. II, p?gs. 309-333. 35 a otros miembros de la realeza francesa, es decir, las personas m?s importantes de la cristiandad cat?lica. El primero en llegar fue Adriano VI el 6 de agosto de 1522. Ancl? en la playa barcelonesa con once galeras y tres fustas. Ya por carta hab?a pedido a los consellers que le prestasen la galera de la ciudad para su viaje, a lo que ?stos accedieron gustosamente69. Aunque su primera intenci?n era no desembarcar en la ciudad, finalmente, accedi? por la petici?n del arzobispo de Tarragona ?lugarteniente general de Catalu?a?, el arzobispo de Montreal y otros ?per anar a visitar la capella de Sancta Eularia cors sanct de la present ciutat?. Desembarc? en el puente mandado fabricar por la ciudad para la ocasi?n y, tras ello, se coloc? bajo un palio viejo porque el nuevo que hab?an ordenado confeccionar no hab?a dado tiempo acabarlo. Se dirigi? luego a la Seo, donde or? en el altar mayor y en la capilla de santa Eulalia. Adriano VI quer?a embarcarse r?pidamente, pero la lluvia se lo impidi? oblig?ndole a pasar la noche en el hort que el arzobispo de Tarragona ten?a en las Ramblas hasta que amain?. Finalmente, a las tres de la madrugada zarparon las galeras del pont?fice hacia Roma. Es de suponer la alegr?a que supuso para Barcelona la estancia, aunque brev?sima, de la cabeza de la cristiandad entre sus muros. Volviendo a la pen?nsula italiana, all?, la guerra entre el emperador y Francisco I lleg? a su punto ?lgido con la batalla de Pav?a, el 24 de febrero de 1525. Fue un ?xito para los ej?rcitos imperiales que incluso lograron hacer prisionero al soberano galo. Adem?s, la batalla coincidi? con el aniversario de Carlos, increment?ndose, de esta manera, el providencialismo que tan unido iba a su real persona y que Alfonso de Vald?s, secretario de la Canciller?a, se encargaba de fomentar70. Carlos decidi? que el reh?n fuera trasladado a Castilla, donde se llevar?an a cabo las negociaciones para su liberaci?n. Tras el breve paso por la ciudad, en febrero de 1525, del nuncio apost?lico Baltasar de Castiglione ?embaxador destinat per nostre Sant Pare a la cort de la Ces?rea Magestat del emperador y rey nostre se?or?, en junio, llegaron a la playa las galeras en las que viajaba el ilustre prisionero Francisco I. De las 31 galeras capitaneadas por Charles de Lannoy (virrey de N?poles) y el capit?n Alarc?n, seis eran francesas que llegaron ?ab los palaments, banderes e tendals negres en se?al de dol y trist?cia, per quan los dits senyors capitans portaven presa la persona del rey de Fran?a en la galera capitana?. Los consellers ordenaron construir un puente por el que pudiera desembarcar el rey que deb?a ser tratado como persona real que era, a pesar de su condici?n de reh?n. As?, acompa?ado de sus captores y del gobernador de Catalu?a, don Pedro de Cardona, 69 ?A 6 de Maig 1522 havent los Consellers rebut letra del Papa feta en ?aragossa ab que demanava per son passatge ? Roma, li emprestan la galera de la Ciutat que tenian ? la Dra?ana, deliberaren li fos emprestada, y ? 18 de Juliol deliberaci? fos liurada ? Mo. Berenguer Doms Capit? de la Armada del papa, prestada i done a cauci??, en Les R?briques de Bruniquer: ceremonial dels magn?fichs consellers y regiment de la Ciutat de Barcelona, edici? de CARRERAS CANDI, F. y GUNYALONS i BOU, B., Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 1912-1916, tom. I, cap. XIII. P?g. 246. 70 ?Como de muchos est? profetizado, debajo deste cristian?simo pr?ncipe todo el mundo reciba nuestra sancta fe cat?lica, y se cumplan las palabras de nuestro Redemptor: Fiet unum ovile et unus pastor?, escrito por Vald?s al relatara la batalla de Pav?a; extra?do de BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio hisp?nico, 1479-1665, Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1995, p?g. 197. 36 recorri? las calles de Barcelona hasta las Ramblas donde se aposent? en la misma propiedad del arzobispo de Tarragona. En el claustro de la catedral realiz? ?la oratio per las por?ellanas?, es decir, estuvo curando escr?fulos71; don que pose?an los reyes de Francia. Parece que el trato que recibi? Francisco I en Barcelona fue bastante bueno, en contra del que recibi? por parte del emperador tras su traslado a Madrid72. Se puede decir que el a?o signific? para Barcelona un paso adelante en su propia identificaci?n y significaci?n dentro de la monarqu?a hisp?nica y de los vastos territorios europeos que Carlos gobernaba. La ciudad jug? un papel importante en la geo-estrategia del emperador porque era la primera ciudad de la pen?nsula a la que llegaban las grandes personalidades que se dirig?an a su corte. Por eso, se deb?a recibir de la mejor manera posible al visitante. As? lo ped?a Carlos a los consellers en agosto de ese a?o, ante la pr?xima llegada a la ciudad de Margarita de Borb?n, hermana de Francisco I y tambi?n conocida como madame de Lan?on. La princesa francesa se dirig?a a Madrid para negociar los t?rminos de la liberaci?n de su hermano, todav?a prisionero del emperador. ?ste pidi? a los consellers ?que sea tractada como nuestra propia persona? ya que iba a la corte ?por cosas que summamente importan a nuestro stado?, es decir, para las negociaciones de la puesta en libertad del rey franc?s. Madame de Lan?on lleg? a la ciudad por mar el 31 de agosto, donde el virrey Fadrique de Portugal y los propios consellers la recibieron cort?smente. Su estancia en la ciudad fue breve ya que los asuntos de su hermano la apremiaban. Sigui? a la hermana de Francisco I otro destacado franc?s, el duque Carlos de Borb?n. Sin embargo, ?ste lo hizo en calidad de aliado del emperador, por quien luch? en Pav?a. Carlos de Borb?n ten?a sus estados confiscados en Francia, as? que, el motivo por el que iba a la corte era para conseguir su devoluci?n y obtener compensaciones territoriales, como la Provenza73. En enero de 1526, se firm? el Tratado de Madrid que pon?a fin al cautiverio de Francisco; a cambio, renunciaba a sus derechos sobre Flandes e Italia y entregaba Borgo?a al emperador. En abril, el duque regres? a Barcelona y residi? en la ciudad hasta mayo, mes en que parti? hacia sus posesiones. Tras su liberaci?n, Francisco I no tard? mucho tiempo en romper el Tratado de Madrid y organizar la Liga de Cognac, en mayo de 1526, en la que Francia, Venecia, Mil?n y el pont?fice Clemente VII se aliaron contra el emperador. Tal estado de confrontaci?n continua tuvo su canto de cisne en el saqueo de Roma, en mayo de 1527, cuando las tropas imperiales asaltaron la ciudad y asediaron al papa Clemente VII que se vio obligado a refugiarse en su fortaleza de Sant?Angello74. La acci?n, tan criticada 71 Sobre este don de los reyes franceses v?ase BLOCH, M., Los reyes taumaturgos. Estudio sobre el car?cter sobrenatural atribuido al poder real, particularmente en Francia e Inglaterra, M?xico, Fondo de Cultura Econ?mica, (1924) 2006. 72 Sobre las realciones entre Carlos V y Francisco I de Francia v?ase AMALRIC, J.P., ?La querelle sans fin: Charles Quint et Fran?ois Ier de la captivit? ? l?hospitalit? (1525-1540)?, en BELENGUER CEBRI?, E. (Coord.), De la uni?n de coronas?, vol. III, p?gs. 453-471. 73 PIERSON, P., ?Carlos V, gobernante?, en NAVASCU?S PALACIO, P. (Ed.), Carolus V Imperator, Barcelona, Ed. Lunwerg, 1999, p?g. 126. 74 Un bello relato en defensa del emperador en ALFONSO DE VALD?S, Di?logo de Mercurio y Car?n, edici?n de NAVARRO DUR?N, R., Madrid, Ed. C?tedra, Letras Hisp?nicas, n? 458, 1999. 37 por poner en jaque al jefe de la cristiandad, supuso el apaciguamiento b?lico del pont?fice, que vio realmente peligrar su propia vida. Pero la reorganizaci?n de la Liga de Cognac, tras el saqueo de Roma, y la entrada del ej?rcito franc?s en Italia para liberar al papa, desencaden? el estallido, inevitable, de la guerra entre Francia y el emperador. ?ste necesitaba recursos para afrontar los gastos que conllevaba el conflicto; as? que, decidi? volver a la Corona de Arag?n para convocar unas nuevas Cortes y conseguir su deseado servicio. Ernest Belenguer opina que, posiblemente, 1528 fue el momento m?s c?lido entre Carlos V y la Corona de Arag?n. Se convocaron Cortes para los tres reinos en Monz?n, donde el mismo emperador recibi? al emisario del rey de Francia con el desaf?o caballeresco que ?ste le enviaba. Prosigue el profesor Belenguer que esto emocion?, a?n m?s, a los s?bditos de Carlos tanto que, por primera vez, se lleg? a votar antes el donativo al rey que la sanci?n de las constituciones75. Pero esta situaci?n de perfecto entendimiento entre el Principado y su se?or pronto se trunc? cuando ?ste firm? su alianza con Andrea Doria, el almirante genov?s que ahora se pasaba al bando del emperador a cambio de una importante suma anual. Y es que, la rep?blica de G?nova era la enemiga tradicional de Catalu?a desde tiempos medievales ?enfrentadas por el control del comercio mar?timo en el Mediterr?neo occidental?. Carlos escribi? a los consellers anunci?ndoles su intenci?n de ir a la ciudad pero sin informar de los motivos del viaje. Lleg? a Barcelona en abril de 1529, donde reanud? las Cortes que le volvieron a plantear problemas, sobre todo con la construcci?n de las galeras en las atarazanas76. Carlos no mostr? mucha implicaci?n en estas Cortes porque lo que quer?a era conseguir su donativo, que ya lo obtuvo en Monz?n, y partir r?pidamente a Italia. A finales de junio, Carlos se entrevist? con Andrea Doria en la ciudad condal y, seguidamente, formalizaron su alianza en la catedral. Asimismo, Clemente VII mostr? su disposici?n a firmar la paz con ?l y coronarlo como emperador77. Finalmente, Carlos abandon? la ciudad en las galeras del propio Doria con destino Italia, donde ser?a coronado. Tras la marcha del emperador a Italia, su esposa Isabel de Portugal qued? como gobernadora de los reinos peninsulares. 1529 hab?a marcado un punto de inflexi?n en las relaciones entre el Principado y su soberano ya que la conclusi?n de las Cortes en Barcelona puso de manifiesto un naciente distanciamiento entre ?ste y los estamentos catalanes. A Isabel le toc? lidiar con una serie de problemas que surgieron con ?stos: la asunci?n de los costes de la construcci?n de las galeras para proteger las costas de los piratas berberiscos, la defensa de la frontera rosellonesa ante la guerra con Francia y la saca de dinero destinado a pagar la fidelidad de Andrea Doria ?con la connivencia del lugarteniente Fadrique de Portugal?. Adem?s, la actuaci?n de Carlos en materia de nombramientos de cargos encresp? m?s los ?nimos de los catalanes, cuando, tras la muerte del arzobispo de Tarragona Llu?s de Cardona en noviembre de 1532, otorg? el 75 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n en la monarqu?a hisp?nica. Del apogeo del siglo XV a la crisis del XVII, Barcelona, Ed. Pen?nsula, 2001, p?g. 124. 76 CASALS MART?NEZ, A., ?Las Cortes de??, p?g. 379. 77 CASALS MART?NEZ, A., L?Emperador i els catalans?, p?g. 198. 38 cargo a Girolamo Doria. Esta pol?tica de otorgar cargos a extranjeros, que ya en Castilla le hab?a causado tantos problemas con el estallido de las comunidades, pon?a en evidencia, como apunta ?ngel Casals, la superposici?n de los intereses imperiales, como el afianzamiento del pacto con G?nova, a los particulares de sus reinos78. Y, finalmente y para acabar de redondear la situaci?n, a los problemas entre la regente y emperatriz Isabel y el Principado se sumaba otro m?s: el conflicto desatado con el inquisidor Fernando de Loaces, protegido suyo, y que la enfrent? con las autoridades catalanas. Carlos crey? conveniente volver ya a la pen?nsula y decidi? reunirse con su esposa en Barcelona. Pretend?a celebrar Cortes en Monz?n para conseguir otro donativo que le permitiese sufragar los gastos de su pol?tica. Asimismo, ten?a la intenci?n de que se habilitase a Isabel para celebrar Cortes en el futuro, asegur?ndose, de esta forma, que sin su presencia en Espa?a se pudieran seguir obteniendo servicios de las Cortes de los reinos de la Corona de Arag?n. Tambi?n, como expone ?ngel Casals, el viaje de la emperatriz con la familia real ?el pr?ncipe Felipe y la infanta Mar?a? supondr?a una buena promoci?n pol?tica en estos territorios79. Pero, parece que a Isabel no le agradaba la idea del viaje a Barcelona porque era consciente de los problemas legales que podr?a encontrar en la Corona de Arag?n al no haber sido jurada. Finalmente, resignada a emprenderlo, Isabel lleg? a Lleida el 17 de marzo, donde jur? por primera vez en tierras catalanas. El d?a 25 de ese mismo mes, fue recibida en el monasterio de Valldoncella y entr? en Barcelona tres d?as m?s tarde, ante el j?bilo de los barceloneses porque coincidi? la entrada con una lluvia que cay? ese d?a y que acab? con varios meses de sequ?a. El emperador desembarc? en Rosas un mes despu?s y se dirigi?, velozmente, con un peque?o s?quito de diez caballeros hacia Barcelona. All? lleg? a las diez de la ma?ana ?molt de secret?, tras cabalgar toda la noche para reunirse con su familia. La estancia del C?sar en la capital catalana no fue todo lo pl?cida que esperaba porque al d?a siguiente de haber llegado se encontr? un primer problema: se le reclam? el pago de los derechos de la Diputaci? del General. ?ngel Casals ya advirti? que el reconocimiento de las ropas fue planteado por los oficiales del rey, concretamente por el cardenal Tavera, que comunic? a los diputados que el rey no quer?a efectuar este pago, pero que si ellos ten?an escrituras que lo establec?an, se cumplir?a con este privilegio, como se hizo finalmente80. Otro desacuerdo surgi? entre el monarca y los diputados cuando ?stos invitaron a Carlos V a acudir a las v?speras y fiestas en honor del patr?n san Jordi. Sin embargo, el C?sar rechaz? la invitaci?n alegando la fatiga que le hab?a causado el viaje. A pesar de esta justificaci?n, los diputados no se dieron por vencidos y le recordaron que sa magestat era cap de la cavalleria de la qual, en aquest Principat e regne de Arag?, lo dit glori?s sanct ?s especial advocat y, per ?o, lo suplicaven que man?s honrar la festa ab sa presencia de sa reyal e imperial persona. 78 CASALS MART?NEZ, A., op. cit, p?g. 219. 79 CASALS MART?NEZ, A., op. cit., p?g. 243. 80 CASALS MART?NEZ, A., op. cit., p?g. 245. 39 Por este motivo, Carlos tuvo que acceder y aceptar la invitaci?n; aunque lo hizo con la condici?n de que se aplazase la fiesta hasta el domingo siguiente. Y es que, rechazar la invitaci?n hubiera sido una vulneraci?n clara de las relaciones feudo- vasall?ticas entre el conde de Barcelona (Carlos V) y sus caballeros (el estamento militar) y podr?a suponer un cuestionamiento de los v?nculos de fidelidad de los segundos hacia el primero porque la negativa a asistir significaba no reconocerlos como s?bditos. Pero no acabaron aqu? los problemas. El 18 de mayo se desat? en Barcelona un alboroto del pueblo contra los soldados del emperador. ?stos hab?an matado a un pescador tras una pelea que origin? la violencia entre ambos bandos. El propio monarca estuvo a punto de coger las armas para acabar con la revuelta. Hab?a latente, como argumenta ?ngels Casals, un estado de enfado popular contra los castellanos. Carlos parti? el 10 de junio para Monz?n para celebrar las Cortes; pero tuvo que volver diez d?as despu?s porque la emperatriz hab?a enfermado y se tem?a por su vida. Pese a las fricciones con el emperador, los barceloneses mostraron su lealtad a la monarqu?a ante la enfermedad de Isabel. As?, los consellers establecieron con el cap?tulo o cabildo de la catedral que en las parroquias y monasterios de la ciudad se hicieran plegarias en los oficios. Recordaba la situaci?n a la de aquel a?o de 1492 cuando Fernando el cat?lico recibi? la cuchillada en el cuello y la ciudad se volc? completamente con su se?or realizando procesiones y oraciones continuas. Adem?s, decidieron visitar a Isabel cada d?a, una vez, los consellers y otra, dos prohombres ? Luis Gisbert y Miquel Setant??. Finalmente, se realiz? una peregrinaci?n a Montserrat. El 22 de junio la salud de Isabel empeor?, temi?ndose ya lo peor y llegando a recibir la extremaunci?n. Pero la emperatriz se aferr? a la vida y su salud mejor? poco a poco. Se celebraron procesiones de acci?n de gracias por la ciudad. Carlos abandon? la ciudad el 12 de julio con direcci?n a Monz?n. Cinco d?as m?s tarde lo hizo Isabel que permaneci? unos d?as en Molins de Rey. Ya desde Martorell, el 3 de agosto, la emperatriz escribi? a los barceloneses para dar gracias por las atenciones recibidas durante su enfermedad, ?lo qual agradezco y tengo en servicio que en todo mostrais bien el amor y voluntad que nos teneis?81. En las Cortes de Monz?n, Carlos pudo comprobar c?mo las relaciones con Catalu?a continuaban deterior?ndose. Los catalanes no le iban a poner tan f?cil la concesi?n del donativo como lo hicieron en las de 1528-1529 porque, seg?n ?ngel Casals, desde las Cortes de 1519, no se hab?a realizado una verdadera revisi?n de la legislaci?n del pa?s para adaptarla al tiempo transcurrido, ni se hab?a realizado todav?a un balance de lo que el reinado hab?a ofrecido hasta el momento82. As? que, los catalanes plantearon al rey gran cantidad de cuestiones que se deb?an resolver antes de negociar el servicio. Una de las m?s importantes era la petici?n de crear un tribunal exclusivo para juzgar todos los agravios cometidos por el rey o por sus oficiales, vulnerando la constituci?n de la Observan?a ?sancionada por Fernando II en 1481?. 81 VOLTES BOU, P., Cartas del Emperador Carlos I a la ciudad de Barcelona, Barcelona, Universitat de Barcelona, 1958, carta n? 120, p?g. 115. 82 CASALS MART?NEZ, A., ?Las Cortes de??, p?g. 381. 40 La respuesta de Carlos fue negativa porque pod?a representar una p?rdida importante de poder de la monarqu?a en el pa?s. Adem?s, surgieron graves desencuentros entre Barcelona y el rey en torno al tema de la Inquisici?n. La actuaci?n de Fernando de Loaces hab?a enfrentado fuertemente a la capital catalana con este tribunal. Barcelona se neg? a aceptar la concesi?n del donativo ?todas las ciudades catalanas ya lo hab?an aceptado, excepto Salses? mientras no se solucionase el tema inquisitorial. Esto llev? a un encolerizado Carlos a marcharse de Monz?n sin despedirse siquiera de los catalanes. Finalmente, en enero de 1534, Barcelona retir? el dissentiment acerca de la Inquisici?n y acept? el donativo lo que provoc? el perd?n de Carlos; aunque supon?a un aviso para ocasiones venideras. Carlos consigui? su prop?sito: 250.000 libras y la habilitaci?n de la emperatriz. En el Mediterr?neo, los ataques continuos de los piratas berberiscos causaban un gran miedo y desmoralizaci?n entre la poblaci?n costera de la pen?nsula. Adem?s, los hermanos Barbarroja se hab?an apoderado de algunas ciudades del norte de ?frica, desde donde lanzaban con frecuencia y seguridad sus ataques o razias. Ante esta situaci?n, la pol?tica del C?sar Carlos deb?a ser en?rgica. Ya se ha visto antes como la construcci?n de galeras en Barcelona acarre? algunos problemas entre el rey y las autoridades catalanas, en cuanto al pago de los costes de su construcci?n y, sobre todo, acerca de la utilidad que tendr?an dichas galeras. Porque los catalanes estaban dispuestos a asumir parte de los costes si las galeras eran empleadas en patrullar las costas para protegerlas de estos ataques piratas. Sin embargo, frecuentemente, las galeras eran destinadas a las flotas imperiales, cuyos prop?sitos eran otros o, incluso, eran integradas en la flota del mismo Andrea Doria, el enemigo natural de Catalu?a83. As?, sucedi? que el rey de T?nez, acosado por los Barbarroja, decidi? pedir auxilio al emperador que acept? el reto disponi?ndose a invadir la ciudad africana. Por su parte, Barcelona fue designada por Carlos V como el punto de partida de la expedici?n imperial. El 20 de febrero de 1535, Carlos escribi? a los consellers anunci?ndoles su pr?xima llegada; aunque no especificaba el motivo del viaje ?porque por algunos respectos havemos determinado partirnos brevemente para essa ciudad?84. Pero, a pesar de ello, toda la ciudad ya sab?a el porqu? de la visita. Y es que, la ciudad viv?a en estos d?as un frenes? que pocas veces hab?a visto antes. Las atarazanas de la ciudad trabajaban sin descanso, siendo necesaria, incluso, la contrataci?n de trabajadores, no solo de fuera de la ciudad, sino tambi?n de fuera del Principado ?especialmente vascos?. Gran cantidad de mercanc?as, sobre todo madera para la construcci?n naval, llegaban a la ciudad, adem?s de gran n?mero de personas. Carlos entr? en Barcelona el s?bado 3 de abril y durante su estancia en la ciudad se encarg? de controlar personalmente los preparativos de la flota que deb?a conquistar T?nez. El trasiego en la ciudad era continuo. Llegaron 22 cargas de oro y plata para acu?ar moneda, para lo que se trajo a maestros de las cecas de Toledo, Pamplona, Burgos, Zaragoza, Perpi??n, Cuenca y 83 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio de Carlos V?, p?g. 334. 84 VOLTES BOU, P., op. cit., carta n? 135, p?g. 125, el rey a los consellers, 20 de febrero de 1535 . 41 Fuentes. Se emplearon m?s de 120 personas en esta labor. Toda la moneda llevaba forjada en el verso la cruz de Jerusal?n y en el anverso las columnas de H?rcules con la leyenda del plus ultra, pero esta moneda no corri? casi por Barcelona porque se emple? para pagar las tropas del emperador85. En el puerto se iban acumulando las embarcaciones. El 28 de abril lleg? la armada de Portugal con 22 carabelas y dos galeones; el primero de mayo lo hizo Andrea Doria con quince galeras m?s. A la flota portuguesa se le hizo salva de artiller?a por orden del emperador ya que era armada real; a la genovesa la ciudad no le respondi? al saludo porque dec?an que no hab?an sido avisados de su llegada86. En realidad, aqu? se puede ver solapada una forma de protesta contra el almirante genov?s Doria. Llegaron tambi?n las naves de don ?lvaro de Baz?n y, al mismo tiempo, arribaron a la ciudad los ej?rcitos imperiales que deb?an embarcar y los nobles acompa?ados de sus propios escuadrones, un residuo de las mesnadas feudales. El domingo, entr? en la ciudad la bula de Santa Cruzada otorgada por el papa y que representaba su bendici?n de la expedici?n. Y es que, como apunta Ernest Belenguer, la jornada de T?nez adem?s de ir cargada de ideolog?a (defensa del cristianismo), iba tambi?n cargada de propaganda. Para ello, el emperador llev? en su campa?a a pintores, poetas, m?sicos y cronistas para plasmar en todos los medios de comunicaci?n de la ?poca la imagen de un h?roe militar, de un caballero cristiano dedicado a la defensa de la cristiandad87. Uno de los resultados de esta propaganda fue la elaboraci?n de la famosa serie de tapices sobre la jornada que realiz? Willem de Pannemaker sobre pinturas de Jan Cornelisz Vermeyen que form? parte de la expedici?n (Anexo 11, Figura 5). Se celebr? una procesi?n por toda la ciudad para pedir una buena traves?a y el ?xito de la expedici?n. El emperador reclut?, en grandes mesas instaladas en las atarazanas, a todos los que se quisieran alistar para la campa?a. Luego, convoc? a todos los nobles y caballeros que, con su s?quito y armados, se concentraran el viernes d?a 14, a las cinco de la ma?ana, en el portal de san Daniel. Ese d?a, el monarca pas? revista y puso en orden a todos los nobles y caballeros alistados. Para enfatizar su labor de cruzada, despleg? con sus propias manos una gran bandera donde estaba pintada la imagen de Jesucristo crucificado, por un lado, y las columnas y el plus ultra, por el otro. Pero, la llegada de m?s nobles que se quer?an adherir a la campa?a oblig? a Carlos a posponer la partida. Adem?s, el 18 de mayo, lleg? a la playa la armada de poniente, reunida en M?laga, y que contaba con 80 nav?os. En total, se reunieron ante las murallas barcelonesas m?s de 150 nav?os de guerra. El 29 de mayo, el emperador, el infante don Luis de Portugal, Andrea Doria y otros destacados nobles se dirigieron a Santa Mar?a del Mar para rezar antes de embarcarse. All?, tras acabar el oficio en el altar mayor, el clero de ese templo lo coloc? en medio y tomaron el camino del portal mayor con la cruz y cantando ora pro eo. Queda claro el protagonismo del monarca que encarnaba la defensa del cristianismo. Finalmente, Carlos V embarc? y su flota zarpo con destino 85 AHCB, Ms. A-22, op. cit., fol. 154. Tambi?n citado en CASALS MART?NEZ, A., L?Emperador?, p?g. 306. 86 DACB, vol. IV, p?g. 26, 1 de mayo de 1535. 87 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio de Carlos V?, p?g. 336. 42 T?nez. Nunca antes hab?a visto Barcelona tanta grandiosidad de ej?rcitos y flotas. Sin duda fueron d?as especiales para la ciudad que se convert?a, de nuevo, en la capital del Imperio y en la ciudad mar?tima por excelencia del Mediterr?neo, mostrando, de nuevo ?como ya apunt? Manuel Fern?ndez ?lvarez? la predilecci?n que el emperador ten?a por Barcelona como punto de embarque, a pesar de carecer de estructuras portuarias. Tras la conquista de la ciudad norte-africana, Carlos desembarc? en Sicilia y recorri? la pen?nsula italiana, siendo recibido con grandes honores por todas las ciudades y pueblos por donde pasaba88. El emperador era concebido como el conquistador de ?frica y su imagen romana de C?sar alcanzaba, ahora, su m?ximo esplendor. Era inevitable no vincular la toma de T?nez con la conquista y destrucci?n de Cartago. Adem?s, tras la muerte sin descendencia de Francesco II Sforza, duque de Mil?n, Carlos decidi? ocupar definitivamente el ducado con tropas imperiales y nombrar un gobernador castellano. En su opini?n, la posesi?n de Mil?n era vital para asegurar la tranquilidad del reino de N?poles. Todav?a en Italia, Carlos decidi? convocar unas nuevas Cortes para los reinos de la Corona de Arag?n en Monz?n. El motivo era recaudar fondos para su pol?tica exterior, en especial, para preparar el asalto a Argel, la base naval de Barbarroja. A primeros de diciembre, el triunfante Carlos desembarc? en Palam?s y se dirigi?, r?pidamente, a Barcelona, donde entr? el d?a 6 d ese mes, de noche y sin recepci?n alguna, por su expresa voluntad. A la ma?ana siguiente, tras recibir a los consellers y haber comido, dej? la ciudad con direcci?n a Castilla. En junio de 1537, Carlos firm? en Valladolid la convocatoria de Cortes en Monz?n y, como ya empezaba ase costumbre, ped?a que fueran breves. Las Cortes no fueron muy generosas para los catalanes. En ellas, se legisl? en materia de justicia, se aseguraron que los cargos recaer?an en manos de naturales del pa?s y se renovaron pragm?ticas de protecci?n de los mercados italianos para las mercanc?as catalanas. En cambio, el emperador recibi? su donativo y la tranquilidad que hasta las pr?ximas Cortes cualquier tipo de dinero que pasase por el Principado, incluido los pagos a Andrea Doria, quedar?an francos de derechos. Tras la finalizaci?n de las Cortes, Carlos V parti? para Barcelona, su objetivo: ?estar m?s cerca de las cosas de Italia?89. Lleg? a la ciudad el 31 de diciembre y su estancia se alarg? hasta el 12 de febrero del a?o siguiente, cuando parti? para Perpi??n para revisar el estado de la frontera con Francia. De esta ciudad regres? a Barcelona a finales de mes, desde donde volvi? a partir, el 25 de abril, para Niza, donde firm? un importante armisticio con Francisco I de Francia que, gracias a la mediaci?n del papa Paulo III, signific? la finalizaci?n de la guerra entre los dos soberanos. Carlos regres? a Barcelona con la paz bajo el brazo el 20 de julio y seis d?as m?s tarde se march?. Sin embargo, la d?cada de los 30 acab? con dos importantes muertes para el Principado: la del virrey Fadrique de Portugal, a primeros de 1539 y que pon?a fin al per?odo de 14 a?os que ocup? la lugartenencia de Catalu?a y 88 Para un estudio del ceremonial de este tr?nsito del emperador por Italia v?ase MADONNA, M.L., ?El viaje de Carlos V por Italia despu?s de T?nez: el triunfo cl?sico y el plan de recosntrucci?n de las ciudades?, en La Fiesta en la Europa de Carlos V, Madrid, Sociedad Estatal para las Conmemoraciones de Felipe II y Carlos V, 2000, p?gs. 235-255. 89 CASALS MART?NEZ, A., L?Emperador?, p?g. 352. 43 la de la emperatriz Isabel en mayo de ese a?o. Esta ?ltima muerte sumi? al emperador en una profunda melancol?a que le hizo abandonar moment?neamente sus funciones. Finalmente, ante las demandas de que nombrase a un nuevo virrey para Catalu?a, Carlos nombr? para este cargo a Francisco de Borja, IV duque de Gand?a y marqu?s de Lombay. El nuevo lugarteniente general ten?a como principal tarea la erradicaci?n del incipiente bandolerismo que asolaba el Principado. Y es que, en los ?ltimos a?os, las bandosidades hab?an aflorado con gran fuerza y, pr?cticamente, toda la nobleza del pa?s formaba parte de un bando donde las relaciones clientelares eran de suma importancia. El emperador dio al marqu?s unas instrucciones claras sobre cu?l ser?a su principal cometido: la lucha contra el bandolerismo. Joan Regl? enumer?, de este modo, las tres principales preocupaciones del gobierno que se alarg? hasta principios de 1543: el ya mencionado bandolerismo, el armamento de las galeras y la defensa contra la pirater?a y, por ?ltimo, la nueva guerra con Francia, que se desat? en 154290. En cuanto a la segunda preocupaci?n, Carlos V zarp? hacia Mallorca para preparar la armada con la que pretend?a conquistar Argel, el basti?n m?s importante de la pirater?a berberisca. La ciudad balear le dispens? una gran entrada triunfal que deb?a ser la antesala de su ?xito militar91. Pero este ?xito se diluy? porque el emperador fue incapaz de tomar la plaza norte-africana y rememorar su triunfo de T?nez, acaecido en 1535. Respecto a la guerra con Francia, los movimientos de tropas en la frontera rosellonesa hac?an presagiar una ruptura del armisticio firmado en Niza. As?, Carlos V envi? al duque de Alba a la frontera catalana para encargarse de su defensa ante un, m?s que posible, ataque franc?s. La situaci?n se le iba complicando al emperador que ve?a como su suerte comenzaba a cambiar de signo. En octubre de ese mismo a?o, el rey regres? a la ciudad. Ven?a de Monz?n, donde el soberano hab?a celebrado Cortes para los territorios de la Corona de Arag?n. En ellas, fue jurado heredero el pr?ncipe Felipe. En estas Cortes se puso en evidencia, definitivamente, la tendencia fraguada durante las dos ?ltimas Cortes celebradas en 1533 y 1537: la importancia creciente que adquiri? el donativo. As?, Ernest Belenguer afirma que, en estas Cortes y en las siguientes de 1547, los discursos son ya claramente imperiales y las peticiones de servicios son el objetivo aut?nticamente definitivo por encima del corpus legislativo, con la celebraci?n de parlamentos con la obtenci?n del dinero como ?nico punto en el orden del d?a92. Por supuesto, esto no deb?a ser del agrado de los brazos en Cortes y surgieron resistencias. A pesar de ?stas, de 250.000 libras de donativo, ?nicamente 25.000 quedaron para reparar los agravios. De nuevo, Carlos hab?a impuesto su voluntad y su programa imperial. 90 REGL? CAMPISTOL, J., Els virreis de Catalunya, Barcelona, Ed. Teide, Biografies Catalanes, S?rie Hist?rica, n? IX, 1956, p?g. 95. 91 En 1542, se public? una relaci?n de la entrada real del emperador en la ciudad de Mallorca: Llibre de la benaventurada vinguda del Emperador y Rey don Carlos en la sua ciutat de Mallorques y del recebiment que li fonch fet. Junctament ab lo que sucehi fins al dia que part? de aquella per la conquesta de Alger. 92 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio de Carlos V?, p?g. 228. 44 El pr?ncipe Felipe entr? en Barcelona el d?a 8 de noviembre de 1542 con una solemne ceremonia. Ven?a de ser jurado en Monz?n pr?ncipe heredero y, ahora, se hac?a su presentaci?n p?blica y oficial en la ciudad condal, donde deb?a realizar su juramento de defensa de los privilegios y constituciones del Principado. Carlos, cuya estancia en la ciudad hab?a sido muy breve, regres? a Barcelona en abril del a?o siguiente, con el prop?sito de embarcarse en las galeras del genov?s Andrea Doria y abandonar la pen?nsula para ocuparse de sus asuntos europeos: la sucesi?n del ducado de Mil?n, la revuelta del conde de Gleves en los Pa?ses Bajos y la cuesti?n protestante. El emperador parti? el primero de mayo de 1543, siendo ?sta la ?ltima vez que pis? suelo barcelon?s. Pero, antes de marchar del Principado, acab? de redactar en Palam?s un compendio de consejos que dej? a su hijo el pr?ncipe Felipe para gobernar de manera correcta sus estados: las famosas instrucciones de Palam?s. Y es que, Carlos hab?a dejado al pr?ncipe Felipe como regente de los territorios peninsulares durante su ausencia. Adem?s, nombr? a don Juan Fern?ndez Manrique de Lara, marqu?s de Aguilar, nuevo lugarteniente general de Catalu?a, en sustituci?n de don Francisco de Borja. De esta manera, el emperador Carlos V parti? de Barcelona para no volver nunca m?s a ella. Carlos visit? once veces la ciudad a lo largo de su vida y en sus memorias es la ciudad m?s citada, como apunta Manuel Fern?ndez ?lvarez, que adem?s habla de las mil jornadas de Carlos V en Barcelona93. En 1547, se convocaron Cortes en Monz?n que fueron presididas por el pr?ncipe Felipe, en ausencia de su padre. Destaca Jordi Buyreu que, en ?stas, Felipe soport? una doble presi?n: por un lado, la de los regn?colas y, por otro, la de su padre94. ?ste presion? a su hijo porque estaba muy necesitado de dinero para poder afrontar sus campa?as contra los protestantes alemanes que culminaron, ese a?o, en la exitosa batalla de Mhulberg. Las sesiones de las Cortes se alargaron durante seis meses y la legislaci?n aprobada fue muy extensa95. Entre otras disposiciones, se mejor? el funcionamiento de la Real Audiencia y se estableci? la obligatoriedad de que los soldados pagasen los impuestos propios del lugar donde estaban alojados. En cuanto al donativo obtenido de los brazos catalanes, la suma alcanz? las 235.000 libras. Una vez finalizadas las Cortes, Felipe regres? a Castilla, donde recibi? la noticia de que su padre le requer?a en Europa. En 1531, el C?sar Carlos hab?a nombrado Rey de Romanos a su hermano Fernando, aqu?l que hab?a sido enviado fuera de la pen?nsula ?Viena? nada m?s llegar Carlos a ella, en 1517. La idea del emperador era que a Fernando le sucediese el pr?ncipe Felipe que tras ser nombrado nuevo Rey de Romanos suceder?a a Fernando como emperador. Para ello, se decidi? casar a Maximiliano de Austria ?hijo de Fernando y posible candidato al Imperio? con la infanta Mar?a, hija del Carlos V. el soberano quer?a que Felipe fuese presentado en las diversas cortes europeas como su 93 FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., ?Carlos V y Catalu?a?, en Pedralbes. Revista d?Hist?ria Moderna, V, Barcelona, 1985, p?gs. 21-29. 94 BUYREU JUAN, J., Institucions i conflictes a la Catalunya moderna. Entre el greuge i la pragm?tica (1542-1564), Barcelona, Rafael Dalmau Editor, 2005, p?g. 78. 95 BUYREU JUAN, J., op. cit., p?g. 137. 45 sucesor para que los territorios conociesen a su futuro se?or. Por este motivo, mand? a su hijo que se trasladase hasta Barcelona para que, desde all?, zarpase con destino Italia, donde comenzar?a un gran viaje que le llevar?a por todas sus futuras posesiones en Europa. A su vez, envi? a la pen?nsula a Maximiliano de Austria que deb?a ir a buscar a la corte a su esposa Mar?a y, as?, alejarlo de los centros de poder del Sacro Imperio. La infanta Mar?a ser?a la nueva gobernadora de los territorios peninsulares en ausencia de su padre y de su hermano Felipe. De este modo, en julio de 1548, Felipe avis? por carta a los consellers de Barcelona de la pr?xima llegada a la ciudad de su primo Maximiliano y les ped?a que ?ste fuese recibido y tratado como si fuese ?l mismo96. El 3 de agosto llegaron las galeras de Maximiliano a Palam?s y, dos d?as m?s tarde, el Consell de Cent envi? a las galeras dos prohombres ? el ciudadano honrado Miquel Vallseca y el caballero Miquel Bosch de Vilasar? para concertar con el archiduque Maximiliano la hora de entrada en la ciudad. Entr? ese mismo d?a en Barcelona y residi? en ella hasta el 14 de ese mismo mes, fecha en que parti? para Castilla. En ese reino, ?despues de aver el Principe Felipe celebrado con muchas fiestas y alegr?as las bodas de Maximiliano y Maria dejandole el gobierno de Espa?a, como el Emperador mandava, comen?o a disponer su jornada, ordenando que fuese delante su Casa a Barcelona? y ?porque el verano estava muy adelante y no perder tiempo a proposito para navegar determino ir por la posta a Barcelona, mandando mandando que le tuviessen prevenido por el camino gran de cavallos para lo que fue delante Raimundo de Tassis su correo mayor?97. A 2 de octubre, Felipe parti? de Valladolid, acompa?ado de varios nobles como los duques de Alba (mayordomo mayor) y de Sessa, don Antonio de Toledo (caballerizo mayor), don Ruy G?mez de Silva o don Juan de Benavides, adem?s del cardenal de Trento y el obispo de Tropea (legado apost?lico). Poseemos sobre este viaje el magn?fico relato del cronista Juan Calvete de la Estrella; sin embargo, en esta obra, el autor pasa de manera muy superficial el tramo del viaje que le llev? de Valladolid hasta Barcelona, centr?ndose m?s en la parte europea del mismo. Pero s? tenemos abundantes noticias que nos permiten reconstruirlo. As?, 96 ?El pr?ncipe. Amados y fieles nuestros. Por el marques de Aguilar lugartiniente y capitan general de su Magestat en este principado haureis entendido la venida del serenissimo principe Maximiliano a estos reynos y la causa della y como se ha de desembarcar en essa ciudad. E porque holgaremos que fuesse recebido y servido y tratado en ella como nuestra mesma persona ahun que tenemos por cierto que segund el amor y fidelidad y aficiones que nos teneys y siendo el dicho principe nuestro hermano no era menester encomendaroslo todavia hos havemos querido significar nuestra voluntad y rogaros y encargaros que pues veys la mucha razon y obligaciones que hay por ello procureys de hazer al dicho serenissimo principe el recibimiento y acompanyamiento que se debe a su real persona. E lo mimso en lo del aposiento suyo y de los que vienen con su companya lo que el dicho marques os haura dicho, o, dira de nuestra parte que en ello sera su Magestad muy servido y a mi me hareys muy gran contentyamiento. Data en Medina del Campo a XXVIIII de Junio de 1548. YO EL PRINCIPE. A los amados y fieles nuestros los jurados de Barcelona?, en DACB, vol. IV, p?g. 191, 8 de julio de 1548. 97 BNM, Ms. 1751, Papeles tocantes al Emperador Carlos V, fol. 88. Luis Cabrera de C?rdoba coincide en este hecho en su Historia de Felipe II Rey de Espa?a, vol. I, cap. III, p?g. 15: ?Habiendo forzosamente don Filipe de navegar, porque entraba el invierno, envi? disponiendo su viaje delante su capilla, casa, caballeriza, y parti? por la posta en su seguimiento?. 46 sabemos de la llegada del pr?ncipe Felipe al monasterio de Montserrat ?alto obligatorio para los miembros de la Casa de Austria?, donde fue recibido con solemne procesi?n. Tras conceder una sustanciosa limosna al monasterio, continu? su viaje hacia la capital catalana, donde entr? el 13 de octubre de 1548. Por propia voluntad, lo hizo por la tarde y sin ceremonia. Felipe s?lo estuvo en Barcelona tres d?as, en los que se dedic? de lleno a los preparativos de su marcha. ?nicamente destaca su presencia en el banquete con que el cardenal de Trento le obsequi? y algunas fiestas y m?scaras que se hicieron por la ciudad en su honor. Abandon? Barcelona con direcci?n a Girona, ciudad en la que fue recibido con grandes honores. All?, tom? los t?tulos de pr?ncipe de Girona, duque de Montblanc y se?or de Balaguer. El 19 de octubre lleg? a Castell? d?Ampurias, ?con gran tempestad y aspereza de tiempo?, donde estuvo varios d?as esperando a que amainara el temporal que azotaba el golfo de Le?n. Pero ?ste fue duradero y virulento y como apuntaron varios testimonios, se dio ?el m?s recio tiempo que jam?s en esta tierra se ha visto, y estar la mar alterada?98. A finales de noviembre, el pr?ncipe Felipe desembarc? en la G?nova de Andrea Doria. Comenz?, as?, la etapa europea de su viaje que dur? casi tres a?os. Felipe tom? posesi?n del ducado de Mil?n a su paso por esta ciudad. En ella, fue recibido con grandes honores por el gobernador de la plaza, Fernando de Gonzaga, y toda la nobleza de aquel territorio. Sin duda, la presencia del nuevo astro ascendente que era Felipe moviliz? a todas las familias nobles italianas que quer?an acercarse al futuro monarca y ofrecerle sus servicios. Tras su paso por Mantua, march? para Trento y, buscando los pasos de los Alpes, lleg? a Innsbruck y Munich. Tras realizar su entrada triunfal en Augsburgo, donde fue recibido por Mauricio de Sajonia y por el cardenal de Trento, finalmente, parti? para los Pa?ses Bajos. All?, se reuni? con su padre en la ciudad de Bruselas y juntos recorrieron las principales urbes de aquellos territorios. Aqu?, continuaron las fiestas cortesanas en honor a Felipe; famosas fueron las organizadas por su t?a Mar?a de Hungr?a en Binche. En 1551, de regreso, padre e hijo se detuvieron en Augsburgo, ciudad en la que intentar?an conseguir que Fernando nombrase a Felipe su sucesor como Rey de Romanos. Pero, el enfrentamiento entre las dos ramas de la casa de Austria era evidente y tuvo que mediar en ello la misma hermana del C?sar y Fernando, Mar?a de Hungr?a. Finalmente, el 9 de marzo de 1551 se lleg? a un acuerdo entre ambas posiciones. Fernando que pudo retener el t?tulo imperial nombr? Rey de Romanos a Felipe y ?ste, a su vez, nombrar?a en su momento con el mismo t?tulo a su primo Maximiliano. ?ste, que ya hab?a regresado de la pen?nsula, pas? por Barcelona el 5 de noviembre de 1550 y zarp? hacia G?nova al d?a siguiente para poder asistir en Augsburgo a estas importantes reuniones ya que estaba en juego el futuro de la dinast?a. Felipe regreso a la pen?nsula por el mismo lugar por el que la abandon?: Barcelona. El 12 de julio de 1551, lleg? con 38 galeras y acompa?ado de Maximiliano de Austria ?rey de Bohemia? que ven?a a recoger a su esposa Mar?a ?todav?a gobernadora de la pen?nsula? y del pr?ncipe del Piamonte. Tras jurar como 98 Marqu?s de Aguilar a Granvela, Castell? d?Empuries, 29 de octubre de 1548. Citado en FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., Felipe II y su tiempo, Barcelona, RBA Coleccionables, 2005, p?g. 702. 47 lugarteniente general por ausencia del rey, Felipe transmiti? a los consellers la petici?n de su padre de que ordenasen derrocar las casas de la calle de las Polleras para poder concluir la construcci?n de la parte de muralla que faltaba para cerrar completamente la ciudad. La Ciudad aleg? que hab?a soportado muchos gastos porque dita ciutat esta alcan?ada per molts treballs a sostinguts y de cada dia soste axi per las cosas cosas de guerra per hacer fet ab poch temps casi tota la muralla de la marina y baluarts de aquella y poch, o, molt reparats y rescuts bona part dels valls y terraplens de la dita ciutat y per les esterils y continuas malas anyadas han ocorregunt en lo present Principat y Infestacio de enemichs de nostra. Incluso pidieron la ayuda econ?mica de su soberano para poder llevar a cabo la obra. Felipe entendi? las argumentaciones de la Ciudad y contest? que har?a lo m?s beneficioso para ella. Una cr?nica municipal explica como los prohombres de la ciudad vieron la actuaci?n del conseller en cap en este asunto ?como persona que havia sabut rahonar dit negoci?. El pr?ncipe Felipe tambi?n solicit? al Consell de Cent que se volviese a celebrar una feria que se hab?a dejado de celebrar por causa, seg?n los propios consellers, de ?los grans abusos que de nit se feyan de hont seran seguits alguns escandols y per?o havian suspesa dita fira en lo lloc de la marina?99. Felipe permaneci? en la ciudad condal hasta finales de ese mes, partiendo posteriormente hacia Castilla. Tras la marcha del pr?ncipe, nos cuenta la cr?nica de Pere Joan Comes c?mo sucedi? en la ciudad un suceso que caus? una gran confusi?n, justo antes de la llegada a la ciudad de la infanta Mar?a, esposa de Maximiliano y, por tanto, reina de Bohemia. Tras el desembarco del pr?ncipe Felipe, la flota de Andrea Doria, en la que realiz? su traves?a, zarp?, por la nueva que ten?an que las naves turcas hab?an pasado el estrecho de Mesina y se dirig?an a Francia para unirse contra Espa?a. Con todo, la reina Mar?a se encontraba el 23 de agosto en Montserrat, desde donde llegar?a a Barcelona, en cuya playa embarcar?a en las galeras del propio Doria que deb?an trasladarla a G?nova. Por este motivo, en Barcelona se esperaba, d?a a d?a, la aparici?n en la playa barcelonesa de la escuadra genovesa. Ante la seguridad del arribo de esta escuadra, tanto el virrey marqu?s de Aguilar como el almirante de las naves de N?poles que estaba en la ciudad ?hijo del virrey de N?poles don Garc?a de Toledo? descuidaron la guardia. Por ello, no prestaron la debida atenci?n a la escuadra que apareci? por Levante y cuyo n?mero de galeras coincid?a con la flota de Doria. Ya entonces, algunos en la ciudad avisaron de las malas sensaciones que tra?an esas naves: ?per fet tal marinatge ja hi havia alguns que vulgarment se diuen de dolenta capa que deyan que aquellas galeras no portaven bon marinatge y entenent fou cregut y dubtat per los majors que mes sabian y deyan que dita armada era de sa Magt.?. Algunas fragatas de Andrea Doria que hab?an llegado para avisar a la reina que embarcara lo antes posible y una galera de Antoni Doms fueron al encuentro de la escuadra para saludarlas. Pero, pudieron comprobar por ellas mismas que aquella no era las galeras de Doria sino que era una escuadra francesa que r?pidamente se lanz? sobre 99 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 198. 48 las fragatas a las que captur?. Por la noche, la armada francesa se acerc? a la playa y atacaron a cinco galeras que estaban all? ancladas, cargadas con todas las municiones y vituallas de la reina. Degollaron mucha gente y muchos saltaron al agua. Algunos llegaron a la playa a nado, donde avisaron de la situaci?n. Los momentos que se vivieron en la ciudad a continuaci?n fueron cr?ticos y ?fou hu dels notables avalots y tabals que may la fita ciutat haja sentit dias ha?. Las mujeres y los ni?os se sintieron indefensos y cundi? el p?nico ya que cre?an que se avecinaba un ataque turco. R?pidamente, se dispuso en la Marina gran n?mero de soldados y barceloneses prestos para defender la ciudad y la fe cristiana ?com a bons ciutadans y catalans qui han acostumat be mirar en la cara a sos enemichs?. El virrey se encarg? de disponer la defensa de la ciudad, al que ayudaron el pr?ncipe del Piamonte y el almirante de N?poles. Sin embargo, los franceses no desembarcaron y una vez capturado el bot?n de las galeras ancladas se retiraron mar adentro. A la ma?ana siguiente, ya no hab?a rastro de la flota francesa; aunque el terror que se hab?a apoderado de la ciudad todav?a estaba presente. Finalmente, el 27 de ese mismo mes, Maximiliano de Austria entr? en la ciudad y dos d?as m?s tarde lo hizo su esposa, la reina de Bohemia, Mar?a. Como se puede comprobar, el estado de inseguridad que se viv?a en las costas del levante espa?ol era continuo, y es que, la flota francesa se hab?a atrevido a presentarse ante las propias murallas de la ciudad. Por este motivo, las traves?as mar?timas de las personas reales obligaban a que les acompa?aran grandes armadas para evitar ser atacados. Los reyes de Bohemia zarparon de la ciudad cuando ?sta todav?a intentaba sobreponerse del suceso. Durante los ?ltimos a?os de su reinado, Carlos no residi? en la pen?nsula hasta su vuelta, ya en 1556, para retirarse al monasterio extreme?o de Yuste, donde finalizaron sus d?as. Felipe continu? como lugarteniente general de los territorios peninsulares hasta que, en 1553, fue de nuevo reclamado por el emperador para viajar a Flandes. Antes, presidi? una nuevas Cortes en Monz?n, en 1552, siguiendo las instrucciones de su padre. Como las anteriores de 1547, su duraci?n fue de seis meses y, en ellas, el pr?ncipe enumer? las prioridades de la monarqu?a: el Concilio de Trento, los ataques del pirata Dragut y la nueva guerra con Francia100. Seg?n Jordi Buyreu, estas Cortes fueron muy agitadas en cuanto a la gran cantidad de agravios presentados por los brazos debidos a la actuaci?n de los oficiales reales, sobre todo, en lo relativo a los impuestos anticonstitucionales que el virrey estableci? para sufragar las campa?as militares imperiales. As?, contin?a Buyreu, estas Cortes fueron el punto culminante de las fricciones entre la monarqu?a y los tres brazos101. Concluyeron en diciembre de ese mismo a?o con la concesi?n de un donativo de 235.000 libras. De ese modo, el pr?ncipe ya pod?a marchar hacia Flandes donde su padre le esperaba para encargarle los destinos de la monarqu?a. En Inglaterra, la muerte del rey Eduardo VI puso en la mesa la candidatura del pr?ncipe Felipe para contraer matrimonio con la sucesora al trono ingl?s: Mar?a Tudor, hija de Enrique VIII. A finales de ese a?o, como escribe Manuel Fern?ndez ?lvarez, la 100 BUYREU JUAN, J., op. cit., p?g. 96 101 BUYREU JUAN, J., op. cit., p?g. 126. 49 reina inglesa daba muestras de su preferencia por el pr?ncipe espa?ol. As? que, hab?a que preparar el viaje de Felipe para su ?aventura inglesa?, parafraseando al insigne historiador102. En la pen?nsula, qued? como gobernadora la infanta do?a Juana ?hija de Carlos V?, reci?n enviudada despu?s de la muerte del pr?ncipe Juan Manuel de Portugal. Finalmente, en julio de 1554, Felipe embarc? en La Coru?a y zarp? con destino Inglaterra, donde contrajo matrimonio con la reina Mar?a Tudor el 25 de julio de 1554, tras ser investido rey de Sicilia y duque de Mil?n. Un a?o m?s tarde, viaj? a Flandes, concretamente Bruselas, donde su padre abdic? a favor suyo en una solemne ceremonia. Carlos V parti? hacia Espa?a para retirarse en un apartado monasterio extreme?o donde muri? en 1558. Las abdicaciones de Carlos fueron una f?rmula necesaria para asegurar la herencia de Felipe, ya que si Carlos mor?a antes que su madre ?todav?a encerrada en Tordesillas? Fernando era el leg?timo heredero del trono103; sin embargo, la oportuna muerte de la reina titular de Castilla, do?a Juana, en abril de 1555, disip? todo este peligro. 1.2. El reinado de Felipe II. El 15 de enero de 1556, Carlos V escribi? a su hija Juana?gobernadora de los territorios peninsulares? y al Consejo de Arag?n anunci?ndoles su renuncia a la Corona de Arag?n a favor del pr?ncipe Felipe y su elecci?n de don Diego de Acebedo ?reci?n nombrado tesorero de los reinos de la Corona de Arag?n? para que tomase posesi?n de esos territorios en su nombre104. Padre e hijo eran perfectamente sabedores de las dificultades legales que en dichos territorios pod?a generar esta renuncia. Y es que, en la Corona de Arag?n, como ocurr?a tambi?n en Flandes, aunque Felipe hubiera sido jurado como sucesor y esta sucesi?n hubiera sido totalmente aceptada, s?lo su presencia en estos reinos y su juramento en persona de sus privilegios y constituciones representaban su aceptaci?n plena como leg?timo se?or. Jordi Buyreu ha definido, acertadamente, con el t?rmino ?secretismo? la actitud de Felipe en torno a su herencia en la Corona de Arag?n. As?, prosigue Buyreu, el Consejo de Arag?n escribi? a Felipe denunciando la falta de informaci?n que ten?a de la renuncia y la dificultad que hallaba para informar a los virreyes de la Corona de Arag?n sobre este hecho. Do?a Juana ?voz de Felipe en la pen?nsula? orden? al Consejo de Arag?n que no diera conocimiento p?blico del asunto hasta nuevo aviso105. Por otro lado, en Castilla continuaban las demostraciones de j?bilo por la nueva sucesi?n que contrastaban con la incertidumbre que se ten?a en la Corona de Arag?n. Ante esta situaci?n, Juana aconsej? a su hermano que volviese a la pen?nsula y visitase sus reinos orientales. Sin embargo, 102 FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., Felipe II y?, p?g. 744. 103 RODR?GUEZ-SALGADO, M.J., Un imperio en transici?n. Carlos V, Felipe II y su mundo, 1551-1559, Barcelona, Cr?tica, 1992, p?gs. 69-70. 104 BUYREU JUAN, J., op. cit., p?g. 43. 105 Para un estudio de Catalu?a durante los a?os de transici?n entre los dos reinados v?ase BUYREU JUAN, J., Las instrucciones a los virreyes bajo la regencia de la princesa Juana (1554-1559), Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000. 50 Felipe fue aplazando su jornada a la Corona de Arag?n hasta 1563, a?o en que pis?, por primera vez como rey, suelo aragon?s. En Barcelona, el ambiente se iba enrareciendo por la desinformaci?n existente. El virrey marqu?s de Tarifa comunic? a Juana que en la capital catalana se reclamaba la presencia de Felipe para que realizase su juramento. Tampoco en Arag?n las cosas iban mejor. All? se produjeron altercados por la actuaci?n del virrey Hurtado de Mendoza que incluso se vio obligado a huir del reino106. Estas resistencias al gobierno de Felipe hasta que realizase el juramento supusieron, seg?n Canet-Aparisi, un primer desaf?o a su autoridad, inaugur?ndose en este momento y hasta el juramento en 1564 un per?odo de ?anys de rebel?li??107. Expone esta historiadora que en Arag?n la situaci?n era de abierta secesi?n, precedente de la rebeli?n de 1591; en Valencia, de cr?tica resistencia y contestaci?n y, por ?ltimo, en Catalu?a, de expectaci?n, siendo la ignorancia de la autoridad de Felipe II la t?nica general. A esta cr?tica situaci?n, se sumaron los problemas surgidos por la muerte del emperador, cuando todos los oficiales nombrados por el monarca fallecido cesaban de sus cargos, cosa que produjo un estado de desgobierno. Pero no termin? aqu? la espiral de problemas que sacud?an a la Corona de Arag?n porque, en 1558, Felipe II cre? el Consejo de Italia. Seg?n Manuel Rivero, resultado de un proceso progresivo, signific? un duro varapalo para la Corona de Arag?n ya que los territorios italianos, excepto Cerde?a, fueron extirpados del Consejo de Arag?n para ser administrados por la nueva instituci?n. Este hecho gener?, como era l?gico, no pocas protestas en los territorios catalano-aragoneses. Finalmente, Felipe II decidi? regresar a la pen?nsula en 1559, hecho que apaciguo, un tanto, la crispaci?n existente en la Corona de Arag?n, pero que no ces? hasta el viaje del rey a la misma en 1563. El rey lleg? a la pen?nsula tras obtener una gran victoria sobre Francia en San Quint?n (1557) y firmar la paz de Cateau-Cambresis (1559) que consolidaba la hegemon?a de la monarqu?a hisp?nica en Europa. No obstante, esta hegemon?a requer?a una gran cantidad de dinero y Catalu?a no estaba dispuesta a darlo sin nada a cambio. As? lo explicaba el cronista del rey Juan Gin?s de Sep?lveda cuando el rey, todav?a en Flandes, envi? emisarios para solicitar ayuda econ?mica: Si de los castellanos que son incondicionales de la majestad real, y en parte tambi?n de los valencianos, a pesar de que se trataba de una partida extraordinaria, no los fue dif?cil obtenerlo, en cambio no les valieron ning?n tipo de s?plicas para conseguir nada de Arag?n y de Catalu?a; la raz?n de ello estaba en los fueros y tradiciones de estos reinos, habituados a mantener con sus reyes unas relaciones estrictamente reglamentadas, a llamarlos al cumplimiento de las cuentas tanto en lo que les daban como en lo que recib?an, y a anteponer las disposiciones forales a cualquier acto de servicio al rey que supusiese un m?nimo de liberalidad. Por otra parte, es norma 106 BUYREU JUAN, J., Institucions i conflictes?, p?g. 51. 107 CANET APARISI, T., ?Felip II i la Corona d?Arag?: sota el signe del viratge?, en BELENGUER CEBRI?, E. y GAR?N LLOMPART, F.V. (Eds.), La Corona d?Arag??, p?g. 206. 51 en los estatutos de estas naciones no conceder ning?n subsidio a su rey salvo en presencia suya y en sesi?n de Cortes108. As?, tras su regreso a Castilla, donde celebr? Cortes en Toledo para este reino y, tras fijar su corte en Madrid (junio de 1561), le tocaba ahora el turno a la Corona de Arag?n. Sin embargo, el rey tuvo que retrasar su marcha a dichos reinos a causa de la mala salud de su primog?nito, el pr?ncipe Carlos. Y, por fin, en 1563, convoc? en Monz?n a aragoneses, catalanes y valencianos para celebrar unas Cortes, que desde 1552 no hab?an sido convocadas. M?s de diez a?os en los que los problemas y agravios se hab?an acumulado y era necesaria una nueva legislaci?n para solucionar para solucionar los primeros y reparar los segundos. El monarca ya estuvo desde 1560 preparando las Cortes con el objetivo de que no se alargaran excesivamente109 y, de este modo, no ausentarse demasiado tiempo de Castilla, pues Felipe ya ten?a experiencia de sus anteriores Cortes en esta Corona. Pero, pese a todos los preparativos, no pudo conseguir su objetivo y las Cortes se clausuraron para los aragoneses en enero de 1564, prorrogando las sesiones para catalanes y valencianos en sus respectivas capitales. Adem?s, su actitud autoritaria y col?rica no era para nada bien vista por los representantes de los reinos que no juraron por procuraci?n a su hijo Carlos110. R?pidamente, Felipe viaj? a Barcelona para ser jurado como se?or de Catalu?a y continuar all? las Cortes. El 10 de enero, los consellers recibieron la notificaci?n del rey de que se dirig?a a la ciudad condal. El 3 de febrero, ya estaba en el monasterio de Montserrat, donde recibi? la visita de los emisarios de la ciudad ?Joanot Salb? y Joan Llu?s Llull? para concertar su llegada a Valldoncella. Tres d?as m?s tarde, hizo su entrada triunfal entre grandes muestras de j?bilo. Ya instalado en su palacio, Felipe II jur? como leg?timo conde y disfrut? de los festejos y espect?culos que se celebraron en su honor. Posteriormente, se reanudaron las Cortes iniciadas en Monz?n. En ellas deb?a conseguir que su hijo fuera jurado como su primog?nito; pero, debido a la ausencia del pr?ncipe por una ca?da, Felipe no consigui? su objetivo, como ya le pas? en Arag?n. Un dissentiment planteado por los s?ndicos de Perpi??n obstruy? las Cortes durante un mes y solo se pudieron proseguir gracias a la actuaci?n de Ruy G?mez de Silva. Finalmente, los catalanes le concedieron un servicio de 300.000 libras. A cambio, se a?adieron nuevas constituciones entre las que destacaba la creaci?n de una sala en la Real Audiencia, especializada para asuntos criminales111. El rey alarg? su estancia en Barcelona para recibir a sus sobrinos, los infantes Rodolfo y Ernesto ?hijos de Maximiliano II de Austria?, que llegaban a la pen?nsula para educarse en la corte. El 23 de marzo, el rey march? hacia Valencia; no sin dejar a los catalanes la mala imagen 108 JUAN GIN?S DE SEP?LVEDA, Historia de Felipe II, Rey de Espa?a, libro III, en sus Obras Completas, IV, Edici?n de POZUELO CALERO, B., Ayuntamiento de Pozoblanco, 1998, p?g. 105. 109 BUYREU JUAN, J., Institucions i conflictes?, p?g. 76. 110 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio hisp?nico?, p?g. 253. 111 BELENGUER CEBRI?, E., op. cit., p?g. 254. 52 de presentarse a la clausura de las Cortes con atuendo de viaje y con botas de montar, preparado para abandonar la ciudad sin boato alguno112. Durante esos a?os, la situaci?n en el Mediterr?neo se hab?a complicado bastante por los ataques de los piratas berberiscos y turcos a las costas de la monarqu?a; por tanto, una sensaci?n de inseguridad y de peligro constante se extendi? entre los habitantes del levante peninsular. Adem?s, la situaci?n se agrav? por el sitio establecido por los turcos a la isla de Malta, donde un n?mero reducido de caballeros de la Orden de San Juan, capitaneados por su maestre La Valette, trataban de resistir. Las noticias sobre este cerco despertaron los sentimientos de cruzada en los territorios cristianos. Felipe II, tambi?n imbuido de este sentimiento, decidi? enviar una flota en ayuda de los sitiados. El hermanastro del rey, don Juan de Austria, lleg? a Barcelona el 9 de julio de 1565, con la intenci?n de embarcarse en dicha flota. Apenas acababa de cumplir 18 a?os y, desobedeciendo las ?rdenes del soberano, hab?a decidido fugarse de la corte para enrolarse en la escuadra, acompa?ado de los caballeros don Juan de Guzm?n y don Jos? de Acu?a113. Antes de llegar a la ciudad condal, el arzobispo de Zaragoza, por orden del rey, trat? de retenerlo en la capital aragonesa, donde don Juan recibi? la noticia de que la escuadra ya hab?a zarpado. Aun as?, quiso continuar su viaje a Barcelona donde tratar?a de embarcarse. La capital catalana le recibi? con grandes honores y fiestas que lo retuvieron unos d?as hasta que lleg? a la ciudad la carta de un indignado Felipe II en la que le ordenaba regresar a la corte. Don Juan acato la orden real pronunciando unas c?lebres palabras: ?Cedo ?Oh Luis! A los mandatos e indignaci?n del Rey, que me aparta de este primer paso hacia la gloria?114. 1568 supuso un a?o clave para la monarqu?a hisp?nica; el del famoso viraje de Felipe II ?ya anunciado por Joan Regl? y matizado por la historiograf?a actual? o tambi?n designado por Manuel Fern?ndez ?lvarez como annus horribilis. Tras la estancia del rey en la ciudad, los ataques piratas continuaron. El 19 de agosto de ese mismo a?o, volvi? a la ciudad don Juan de Austria, recientemente nombrado capit?n general del mar. Procedente de las islas Baleares, sus galeras llegaron a la ciudad sin ceremonia ya que estaban de luto por la muerte del pr?ncipe don Carlos: ?y a les dotze horas de mis dia entraren en la platge endolades de drap negre las popas y los galiots y soldats de la galera capitana ahont anave [don Juan de Austria] vestits de drap negre per la mort del serenissim princep de hespanya don Carlos?115. Adem?s, mientras se encontraba en la ciudad, llegaron noticias del mal estado de salud de la reina Isabel de Valois. As? que decidi? regresar a Madrid, donde, finalmente, presenci? la muerte de la joven reina. Con todo, no acabaron aqu? los males para Felipe II. Al recrudecimiento de la rebeli?n en Flandes y el estallido de la revuelta de las Alpujarras, a la que envi? a su hermanastro don Juan para sofocarla, hay que a?adir la degradaci?n de las relaciones 112 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 186. 113 Los datos sobre la vida de don Juan de Austria se han extra?do de las obras: VACA DE OSMA, J.A., Don Juan de Austria, Madrid, Espasa Biograf?as, 1999 y BENNASSAR, B., Don Juan de Austria. Un h?roe para un imperio, Madrid, Temas de Hoy, 2000. 114 Citado en BENNASSAR, B., op. cit., p?g. 69. 115 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 81. 53 entre Catalu?a y la monarqu?a. Sobre el Principado se cerni? la sospecha de que grupos de hugonotes estaban instal?ndose en ?l, lo que llev? al rey a desconfiar de sus s?bditos. La Inquisici?n alent? esta desconfianza hasta tal punto que en julio de 1569 realiz? un informe en el que se acusaba a los catalanes de tener tratos con la infecta ciudad de Ginebra116. Ante tal acusaci?n, el rey decidi? detener algunos nobles catalanes y a los diputados de la Generalitat. Finalmente, gracias a la actuaci?n del virrey, Diego Hurtado de Mendoza, el rey tuvo conocimiento de la defensa del territorio que hicieron los catalanes a una invasi?n de hugonotes franceses. En el transcurso de una d?cada, desde su primera estancia en la ciudad en 1565, don Juan de Austria visit? diversas veces la ciudad. En 1571, esper? en Barcelona la llegada de la flota de don ?lvaro de Baz?n y los tercios de Miguel de Moncada y Lope de Figueroa que deb?an integrar la gran armada con la que posteriormente derrot? a los turcos en Lepanto. Antes de su marcha, recibi? a los infantes de Bohemia ?Rodolfo y Ernesto? que regresaban de la corte y zarparon con don Juan el 16 de julio. En diciembre de 1574, a su vuelta de la campa?a y, tras pasar dos a?os en N?poles, desembarc? en Palam?s, fingiendo no haber recibido las letras del rey que le encargaban otros menesteres. Y, finalmente, en agosto de 1575, entr? de nuevo en Barcelona, procedente de Italia. Durante esos a?os, tambi?n visit? la ciudad el archiduque Carlos de Austria, que de viaje a la corte por orden del emperador, lleg? a la ciudad en noviembre de 1568 con 70 caballos de posta, donde fue recibido por el virrey, pr?ncipe de M?lito. El archiduque regres? a Barcelona en abril del a?o siguiente, cuando regresaba de la corte, coincidiendo su estancia con la Semana Santa. Los siguientes a?os estuvieron marcados por la falta de recursos econ?micos de la monarqu?a y por la sucesi?n del reino de Portugal. En cuanto a lo primero, la grave crisis econ?mica fue salvada, aunque moment?neamente, con el Medio General de 1577 que puso fin al forcejeo entre la Corona y los prestamistas, tras un acuerdo entre ambas partes117. En cuanto a la sucesi?n portuguesa, tras la muerte del sucesor del rey don Sebasti?n, don Enrique, Felipe II decidi? presentar su firme candidatura al trono portugu?s. Con ello, se pretend?a culminar el viejo anhelo de la unidad peninsular. Felipe escribi? a los consellers exponiendo los motivos de su jornada a Portugal: ?para dar calor al negocio y procurar la breve conclusion y assiento del, he acordado acudir y assistir a ello en persona y partir de aqu? dentro de muy pocos dias?. Prosegu?a su exposici?n exculpando su demora en su obligado viaje a los territorios de la Corona de Arag?n para que ?tengays entendido el fin y justa causa que hay en differir para agora la yda a essos mis reynos que es lo que summamente desseo y el con que me mueve a emprender sta jornada?118. As?, tras la conquista del reino lusitano y vencer al prior de Crato, don Antonio, se celebraron las cortes de Tomar de 1581 que oficializaron la toma de posesi?n de Portugal por Felipe II. Su estancia en aquel reino se alarg? debido a la 116 Citado en BELENGUER CABRI?, E., El Imperio hisp?nico?, p?g. 264. 117 BELENGUER CEBRI?, E., El Imperio hisp?nico?, p?g. 282. 118 DACB, vol. V, p?gs. 234-235, 27 de febrero de 1580. 54 muerte, en noviembre de 1582, de su primog?nito, el pr?ncipe Diego, y la necesidad de conseguir el juramento de los portugueses de su hijo Felipe. El soberano reclam? la presencia de su hermana, la emperatriz Mar?a, ya viuda de Maximiliano II, para que se encargara del gobierno de Portugal. Tras anunciar a los consellers el nombramiento del duque de Sessa, don Carlos de Arag?n, como nuevo lugarteniente general de Catalu?a, les avis? de la pr?xima llegada a Barcelona de la emperatriz Mar?a de Austria, aquella que hab?a zarpado de la misma ciudad en 1551 con destino Viena. El rey pidi? que se recibiese a su hermana con todos los honores y pompa posible. Seg?n la carta del soberano, se esperaba su llegada para septiembre de 1581, pero ?sta se demor? y no lo hizo hasta el 6 de enero de 1582. La emperatriz, siguiendo la voluntad real, fue recibida con gran solemnidad debido a la calidad de su cargo: era la primera dama de la cristiandad. Mar?a permaneci? en la ciudad algo menos de un mes, durante el que se vio obligada a solicitar una ayuda de costa a los catalanes para proseguir su viaje hasta la corte. Tras conseguir un pr?stamo de 12.000 libras, abandon? la ciudad el 22 de enero con el objetivo de reunirse con su hermano despu?s de 30 a?os sin verse, cosa que finalmente se produjo en Almeirim (Portugal). Una vez regresado a Castilla, Felipe II ya no pod?a retrasar m?s su viaje a la Corona de Arag?n; aunque esto le supusiese nuevos quebraderos de cabeza. Si bien era necesaria la convocatoria de nuevas Cortes donde fuese jurado como heredero su hijo Felipe. Tras 22 a?os sin la presencia real, los agravios de los oficiales reales se hab?an acumulado considerablemente y el pa?s necesitaba una actualizaci?n de la legislaci?n. As? que las Cortes no se presentaban nada f?ciles para Felipe II. Adem?s, hay que a?adir otro motivo a la jornada de Arag?n: el matrimonio de su hija Catalina Micaela con el duque Carlos Manuel de Saboya. ?ste lleg? a Barcelona el 18 de febrero de 1585, donde fue recibido y festejado con gran pompa, tal como lo hab?a solicitado el monarca. A primeros de marzo, el duque parti? hacia Zaragoza donde le esperaba su esposa, el rey y el resto de la familia real. Tras las celebraciones y fiestas del enlace, la familia real al completo se traslad? a Barcelona. En el camino, hicieron un alto en el monasterio de Poblet para pasar la Semana Santa. Tambi?n visitaron el de Montserrat, donde adoraron a la virgen y visitaron las diversas ermitas que hab?a repartidas por la monta?a. Sin embargo, en esta ocasi?n, el ascenso y visita del monasterio tuvo un trasfondo pol?tico, adem?s del devocional ya que durante ese a?o se desat? un duro conflicto entre los monjes castellanos y catalanes del santuario. Finalmente, el 7 de mayo, el rey entr? en Barcelona, sin comitiva ni ceremonia alguna. Su estancia en la ciudad se alarg? hasta el 14 de junio. El d?a anterior, el rey tuvo que ver partir a su hija Catalina en las galeras de Saboya, a la que no volver?a a ver m?s. Una vez fuera de la ciudad, Felipe se encamin? hacia Monz?n para afrontar las Cortes, que se presentaban harto complicadas. Las Cortes Generales, inauguradas a finales de junio, se concluyeron a principios de diciembre de ese mismo a?o. Como apunta Ernest Belenguer, Felipe II, cansado y falto de salud, templ? la mano en dichas Cortes119. De este modo, los catalanes pudieron 119 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 209. 55 arrancarle algunos privilegios que limitaban, todav?a m?s, la acci?n de la Inquisici?n, que en Catalu?a hab?a causado tantos problemas y cuyos familiares, a partir de ahora, no podr?an ocupar cargos p?blicos en su territorio. Otra de las novedades fue la creaci?n de las divuitenas; comisiones formadas por 18 parlamentarios que deb?an controlar la acci?n de los diputados. Los brazos, a su vez, le concedieron un amplio donativo: 500.000 libras. El 30 de octubre, el rey manifest? su deseo de abandonar Monz?n el primero de diciembre que, como advierte Joan-Llu?s Palos, la amenaza de marchar era una medida que acostumbraba a dar buenos resultados120, agilizando la toma de decisiones y la posterior clausura de las Cortes. Finalmente, fueron clausuradas y la historiograf?a coincide en que la legislaci?n aprobada en ellas fue bastante favorable al Principado. De vuelta a Castilla, Felipe II comenz? a preparar la invasi?n de Inglaterra porque la reina Isabel apoyaba a la pirater?a que tanto da?o estaba haciendo a los convoyes de Indias. Sin embargo, parec?a que la suerte de la monarqu?a y del propio Felipe hab?an cambiado de sino y la expedici?n fracas? debido a la derrota inflingida por los ingleses a la armada espa?ola en aguas del Canal de la Mancha en agosto de 1588. Los problemas se le acumulaban a Felipe; a?n m?s, cuando en 1591 la conflictividad social existente en la Corona de Arag?n revert?a en el estallido, en el reino de Arag?n, de una revuelta contra el soberano por la defensa de sus privilegios. El detonante fue la fuga de prisi?n del secretario del rey Antonio P?rez y su posterior refugio en el reino aragon?s en abril de 1590 que desataron la ira regia. La utilizaci?n de la Inquisici?n, por parte del rey, para poder detener al huido precipit? los acontecimientos. Antonio P?rez se convirti? en el enemigo declarado de la monarqu?a y en un m?rtir del foralismo del reino de Arag?n, una bandera oportuna que el pueblo de Zaragoza utiliz? para sublevarse contra su se?or121. La revuelta fue aplastada por el ej?rcito de Felipe II qui?n, tras ejecutar al Justicia de Arag?n, don Juan de Lanuza, convoc? Cortes en Tarazona. En ellas, el rey impuso su autoritarismo a unas tierras, las de la Corona de Arag?n, que ya no volvi? a pisar. En Catalu?a, los ?ltimos a?os del reinado de Felipe II coincidieron con una bonanza econ?mica que, en cambio, no fue paralela con una tranquilidad pol?tica. Barcelona se hab?a convertido en un punto clave en la ruta de la plata que, v?a G?nova y Mil?n, deb?a llegar a Flandes, donde era empleada para sufragar los enormes gastos de la revuelta. Esto supuso un est?mulo para el comercio y la industria catalana, especialmente el de tejidos, que vivi? un momento de importante auge. Pero, el buen ritmo econ?mico contrastaba con la conflictividad entre el Principado y la Corona, surgida en 1587 por la impresi?n de las resoluciones tomadas en las Cortes. En ellas se hab?a establecido la obligatoriedad de compilar las Constituciones de Catalu?a122. El problema surgi? a ra?z de la omisi?n en la impresi?n de algunos cap?tulos importantes que, como consecuencia, no ten?an valor de ley. Los diputados de la Generalitat 120 PALOS PE?ARROYA, J.L., Catalunya a l?Imperi dels ?ustria. La pr?ctica de govern (segles XVI i XVII), Lleida, Pag?s Editor, 1994, p?g. 245. 121 BELENGUER CEBRI?, E., El imperio hisp?nico?, p?g. 313. 122 REGL? CAMPISTOL, J., op. cit., p?g. 108. 56 protestaron y se inaugur? una etapa de tensi?n entre el pa?s y el rey, que incluso condujo a una divisi?n interna de la propia instituci?n catalana. El 17 de abril de 1591, en medio de este tira y afloja entre rey y territorio, desembarc? en Barcelona el duque de Saboya que se dirig?a a la corte. Dos d?as m?s tarde abandon? la ciudad para dirigirse a Portugal. No pod?an imaginarse los catalanes que un mes despu?s de la llegada del duque, el diputado militar Joan de Granollachs ser?a detenido por los oficiales reales, que coincid?a con las alteraciones del reino vecino de Arag?n. 1593 supuso la culminaci?n de esta conflictividad cuando, tras la huida del grupo de Granollachs, se suspendieron, por pragm?tica sanci?n, los cap?tulos mencionados del redre? parlamentario de 1585123. Esto agrand?, como era l?gico, el distanciamiento entre el soberano y el Principado. El 23 de septiembre de 1595, lleg? a Barcelona el cardenal archiduque Alberto de Austria. Ven?a de Castilla y en la capital catalana deb?a embarcar para dirigirse a Flandes. Por eso, el rey escribi? a las autoridades municipales que ?se ha recebido y honrrado con toda la demostration que ser pudiere?124. El archiduque embarc? cuatro d?as m?s tarde y parti? para hacia su nuevo cometido. Y es que Felipe II, previendo ya el fin de sus d?as, trat? de poner remedio a los conflictos en los que se hallaba inmerso para poder dejar a su sucesor unos reinos en paz. Para ello, cedi? el gobierno de los Pa?ses Bajos al archiduque Alberto que previamente deb?a contraer matrimonio con su hija Isabel Clara Eugenia. La pareja real ten?a la misi?n de acabar con la revuelta y pacificar el territorio. Adem?s, firm? con Francia la paz de Vervins, en mayo de 1598, que pon?a fin a la guerra desatada tras la subida al trono de San Lu?s de Enrique IV. Sin embargo, el destino quiso minar, a?n m?s, la salud del monarca cuando ?ste tuvo conocimiento de la muerte de su hija Catalina Micaela en 1597. Exhausto y enfermo, Felipe II muri? en El Escorial el 13 de septiembre de 1598. 1.3. Felipe III y Barcelona. El nuevo monarca, Felipe III, hered? de su padre unos reinos que se encontraban en una situaci?n dif?cil. Econ?micamente, los territorios, sobre todo Castilla, estaban devastados por la larga pol?tica intervencionista del rey difunto. Adem?s, pese a la paz de Morgliani firmada con los turcos en 1581, los ataques de la pirater?a berberisca continuaban acechando las costas levantinas. Y, finalmente, se tuvo que hacer frente a la guerra con Inglaterra y a la revuelta de Flandes, clave, esta ?ltima, para poder cumplir los objetivos din?sticos: la salvaguarda de los territorios patrimoniales de la Casa de Austria. As?, el panorama que se cern?a sobre el nuevo monarca no era nada prometedor, contando, adem?s, que su car?cter no ten?a nada que ver con el de su padre. ?ste ya lo confes? a uno de sus colaboradores, don Crist?bal de Moura, antes de morir: 123 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 338. 124 DACB, vol. VI, p?g. 532, Felipe II a los consellers, 30 de agosto de 1595. 57 ?Ay, don Crist?bal, que me temo que le han de gobernar?125. Y raz?n ten?a el viejo Felipe II cuando escrib?a estas palabras porque, tras su muerte, apareci? en escena la persona que manej? las riendas, si no de la monarqu?a hisp?nica, como apunta Paul C. Allen126, si, al menos, de Felipe III durante varios a?os: don Francisco G?mez de Sandoval y Rojas, marqu?s de Denia y nombrado duque de Lerma en 1599. En Catalu?a se ten?an puestas grandes esperanzas en el nuevo soberano. Hay que recordar que sus relaciones con Felipe II vivieron algunos episodios de gran tensi?n y conflictividad, que achacaban, en el Principado, a su excesivo autoritarismo. As?, cabe recordar algunos de estos episodios: el desarrollo y conclusi?n de las Cortes de 1564, donde el rey apareci? en atuendo de viaje con botas de montar, las acusaciones de la Inquisici?n de connivencia de los catalanes con los hugonotes franceses, la detenci?n de los diputados de Catalu?a en 1569, el conflicto entre monjes castellanos y catalanes en el santuario de Montserrat o la llegada del rey a Barcelona en 1585, en que insisti? que lo hac?a para despedir a su hija y yerno. Por todo esto, los catalanes esperaban una actitud mucho m?s benigna del nuevo monarca con sus leales s?bditos que se deb?a reflejar en la concesi?n de nuevos privilegios en una pr?xima convocatoria de Cortes. Tambi?n deseaban una mayor asiduidad de Felipe III en sus visitas al Principado127. Esto significaba una mayor regularidad en la celebraci?n de Cortes que, como apunta Mar?a ?ngeles P?rez Samper, eran un elemento clave en el buen gobierno y estabilidad del Principado ante la ausencia permanente de su se?or natural128. El 11 de octubre de 1598, el rey escribi? a diputados y consellers para advertirles ?que me dar? toda prissa possible para visitar essa ciudad y provincia y daros este contentamiento y recibirle yo?129. En Barcelona, contentos por estas prometedoras palabras, no pod?a imaginar la noticia que recibieron d?as m?s tarde, cuando el 26 de ese mismo mes, Felipe III les anunciaba su intenci?n de no solo visitar la ciudad sino de celebrar tambi?n en ella su matrimonio con la reina Margarita de Austria130. Los consellers respondieron que ?no podia venir nova de maior contento a esta ciutat que la 125 BELENGUER CEBRI?, E., El imperio hisp?nico?, p?g. 327. 126 ALLEN, P., Felipe III y la Pax Hispanica, 1598-1621: el fracaso de la gran estrategia, Madrid, Ed. Alianza, 2001. El historiador, estudiando las reuniones de las juntas, advierte que a ellas no sol?a acudir Lerma, por lo que su intervenci?n en pol?tica exterior no era tan importante como la que se le presupon?a, jugando en ella, en cambio, un papel m?s activo el mismo monarca Felipe III. 127 Sobre la estancia de Felipe II en Barcelona v?ase P?REZ SAMPER, M.A., ?Felipe II en Barcelona?, en USUN?RIZ GARAYOA, J.M. (Ed.), Historia y Humanismo. Estudios en honor del profesor Dr. Valent?n V?zquez de Prada, Pamplona, Ediciones de la Universidad de Navarra, 2000, p?gs. 203-220. 128 Sobre esta ausencia permanente v?ase P?REZ SAMPER, M.A., ?El rey ausente?, en FERN?NDEZ ALBALADEJO, P. (Ed.), Monarqu?a, imperio y pueblos en la Espa?a moderna, Alicante, Universidad- Asociaci?n Espa?ola de Historia Moderna, 1997, p?gs. 379-393. De la misma autora, ?La presencia del rey ausente: las visitas reales a Catalu?a en la ?poca moderna?, en GONZ?LEZ ENCISO, A. y USUN?RIZ GARAYOA, J.M. (Dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos. Las ceremonias p?blicas en la Espa?a Moderna (1500-1814), Pamplona, Ediciones de la Universidad de Navarra, 1999, p?gs. 63-116. 129 DACB, vol. VI, p?g, 149, Felipe III a los consellers, 11 de octubre de 1598. 130 Sobre esta intenci?n de Felipe III de celebrar su matrimonio en la ciudad condal v?ase DURAN i SAMPERE, A., ?Felipe III quer?a casarse en Barcelona?, en Barcelona. Divulgaci?n Hist?rica, Barcelona, 1947, p?gs. 212-216. 58 benaventurada vinguda de V. Magt. y son felicissim casament?131. El virrey, duque de Feria, les comunic? la intenci?n del rey de partir de Madrid en torno al 20 de noviembre, que esperaba que se le hiciera el recibimiento acostumbrado y que dejaran el luto que guardaban por Felipe II132. Como se puede deducir, Barcelona se preparaba para celebrar un gran acontecimiento que, sin duda, deb?a tener una resonancia de alcance europeo. La ciudad ser?a por un tiempo la capital de la monarqu?a ya que toda la familia real se trasladaba a ella. Recuperar?a, pues, su antiguo papel de cabeza de la Corona de Arag?n133, pero ahora aumentado al global de los territorios habsb?rgicos. Se sentir?a de nuevo corte, en palabras de la profesora Mar?a ?ngeles P?rez Samper134, como ya pas? con la larga estancia ?un a?o aproximadamente? de Carlos I entre 1519 y 1520135 o las estancias m?s breves de su hijo Felipe II. 1598 tocaba a su fin y Barcelona entera trabajaba en los preparativos de las fiestas que se har?an para el recibimiento y enlace real. El 22 de diciembre, los diputados leyeron un correo con la descripci?n de la entrada de la reina Margarita en Mil?n el 30 de noviembre que, seguramente, les sirvi? como ejemplo del fasto con el que la ciudad pretend?a agasajar a su nuevo conde136. Pero todo se vino abajo. El rey cambi? de parecer, o le cambiaron de parecer, y decidi? celebrar su matrimonio en Valencia, frustrando, de este modo, las ilusiones de toda una ciudad que ya se preparaba esforzadamente para tan magno evento. El 6 de enero de 1599, el virrey duque de Feria inform? a consellers y diputados que Felipe hab?a decidido no celebrar su enlace en Barcelona y hacerlo, en cambio, en Valencia. ?Por qu? hab?a cambiado de idea? El virrey les expuso los siguientes motivos: la amenaza que sufr?a la monarqu?a con la presencia de la armada inglesa merodeando las costas portuguesas, la convocatoria de Cortes en Castilla y la falta de dinero para preparar la jornada a Barcelona. Por todo esto y la mayor cercan?a de la capital del Turia de Castilla, cosa que abarataba costes, el rey cambi? de opini?n. Adem?s, estableci? que 131 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, Barcelona, 27 de octubre de 1598. 132 Felipe III a los consellers: ?Quanto al habito y vestido con que han de salir los concelleres y diputados a recebir-me, guardaran ellos y los que los acompa?aren lo que se ha acostumbrado, no embargante que sea tiempo de luto, y los que salieren con ellos hagan cuerpo de ciudad, o, diputation podran tambien seguir la costumbre, y los demas guardaran la orden dada, pero podran vestirse de los colores que quisieren, y esto mismo podreys advertir a la ciudad de Lerida y a la diputation, que la justa la hagan con la gala que les pareciere de manera que sea luzida?, en DACB, vol. VI, p?gs. 155-156, 5 de noviembre de 1598. 133 Sobre este papel de Barcelona como cabeza de la Corona de Arag?n v?ase VILLANUEVA L?PEZ, J., ?Els historiadors de la d?cada de 1620 i el record de Barcelona com a capital imperial? en DURAN i GRAU, E. (Dir.), La Barcelona ideal i la Barcelona real en la cultura liter?ria de l?edat Moderna, Barcelona. Quaderns d?Hist?ria, 9, 2003, p?gs. 161-175. 134 V?ase P?REZ SAMPER, M.A., ?Barcelona, Corte: las fiestas reales en la ?poca de los Austrias?, en LOBATO L?PEZ, M.L. y GARC?A GARC?A, B.J. (Coords.), La fiesta cortesana en la ?poca de los Austrias, Valladolid, Junta de castilla y Le?n, 2003, p?gs. 139-192. 135 V?ase FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., ?Carlos V y Catalu?a??op. cit. y P?REZ SAMPER, M.A., ?El rey y la ciudad??, op. cit. 136 DG, vol. III, p?g. 334. Sobre la entrada de la reina en Mil?n v?ase VENTURELLI , P., ?La solemne entrada en Mil?n de Margarita de Austria, esposa de Felipe III (1598)?, en LOBATO L?PEZ, M.L. y GARC?A GARC?A, B.J. (Coords.), op. cit., p?gs. 233-247. 59 la reina Margarita no desembarcar?a en Barcelona, como estaba previsto, sino que lo har?a en Vinaroz. Ernest Belenguer a?ade que otro motivo era que Catalu?a no se prestaba a los cuantiosos pagos de coronaje y maridaje, como exig?a y necesitaba la monarqu?a137. Fueran los que fueran, lo cierto es que Barcelona ve?a, con gran frustraci?n, como todos sus esfuerzos e ilusiones se desvanec?an de un plumazo, sumi?ndola en una gran decepci?n. As? lo describ?a en su dietario el noble Frederic Despalau: ?Fou tant gran lo sentiment [que] f?u tot lo regne de veure una mudansa tant fora del que habans Sa Magestat havie escrit y havent-se fet tants gastos en la ciutat y General?138. Ya Antoni Duran y Sampere indic? que los consellers sab?an que en la corte madrile?a se hab?an suscitado muchas intrigas alrededor de la familia real para desviar el prop?sito de Felipe III y que fue el marqu?s de Denia qui?n logr? torcer su voluntad139. El embajador del emperador en la corte ?Hans Kevenh?ller, conde de Frankenburg? acus? directamente al futuro duque de Lerma en su diario de este cambio de decisi?n: Para que el archiduque Alberto y la madre de la reyna no se abocassen en Madrid con la emperatriz (cosa que al cabo no se pudo estorvar) transfiri? el duque las bodas de la reina primero de Madrid a Barcelona y despu?s a Valencia por mexor assegurar las mercedes que el rey le hizo en aquel reyno140. Seg?n parece, el propio marqu?s de Denia y futuro duque de Lerma fue el art?fice del traslado a Valencia. Ahora, veamos el parecer sobre este asunto que incluy? en su dietario Jaume Ram?n Vila, un catal?n que vivi? dichos acontecimientos y que acus? directamente a los castellanos de ser los inductores del cambio de decisi?n real: Determin? [Felipe III] de venir a casar en la present ciutat lo que sentiren molt los castellans per esser enemichs nostres y axi procuraren ab sa Magestat que revoc?s dita determinaci? posantli moltas cosas y rahons aparents al devant. Como queda claro, para Jaume Ram?n Vila los castellanos, a los que consideraba enemigos declarados de los catalanes, eran los verdaderos culpables del cambio de decisi?n. Pero no solo ellos intentaron influir en la voluntad real ya que ?stos com veran que de esta manera no podian axir ab son intent feren per medi de la Emperatr?s Maria sa avia y tia y ab la Infanta sa germana que lay destorbasen. y tant feran que visqueren ab son intent com veurem perque nos celebraren en castella dits casaments sino en Valencia de la Corona de Arag?. 137 BELENGUER CEBRI?, E., El imperio hisp?nico?, p?g. 330. 138 FREDERIC DESPALAU, Mem?ries importants succeydes a la ciutat de Barcelona, publicado en SIMON I TARR?S, A., Cavallers i ciutadans a la Catalunya del Cinc-cents, Barcelona, Curial, 1991, p?g. 167. 139 DURAN i SAMPERE, A., op. cit., p?g. 214. 140 HANS KEVENH?LLER, conde de Frankemburg, Diario de Hans kevenh?ller, embajador imperial en la corte de Felipe II, edici?n de LABRADOR ARROYO, F., Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001, p?g. 615. Citado en ?LVAR EZQUERRA, A., El Duque de Lerma. Corrupci?n y desmoralizaci?n en la Espa?a del Siglo XVII, Madrid, La Esfera de los Libros, 2010, p?g. 176. 60 Es decir que, como advirti? Antoni Duran y Sampere, las intrigas palaciegas en las que participaron la emperatriz Mar?a ?recordemos hermana de Felipe II y t?a del rey? y el propio archiduque Alberto jugaron un papel importante. Sin embargo, Jaume Ram?n Vila concluye culpando de la decisi?n final del rey al futuro duque de Lerma, coincidiendo en esto con la opini?n del embajador alem?n Kevenh?ller: esentne la causa de a?o don Franco. de Rojas y Sandoval Marqu?s de Denia (gran Privat del Rey tant que nos vig en ningun temps de altres reys haver altri privat tant) per esser estat virrey de Valencia y tenir estats en dit regne lo que los castellans toleraren millor per esser Valencia mes cerca de Castilla que no Barcelona pero no alcansaren lo que ells desitjaren que se celebrasen en Castilla141. Por tanto, por los testimonios vistos, parece evidente que fue el marqu?s de Denia, que ya por aquel entonces ten?a un dominio absoluto de la voluntad real, el art?fice de la celebraci?n del enlace real en Valencia, reino en el que ten?a sus estados patrimoniales. Tras la decisi?n felipina, hab?a que actuar con rapidez ya que los catalanes no estaban dispuestos a quedarse de brazos cruzados y ver como sus esfuerzos se esfumaban. El Consell de Cent decidi? enviar una embajada al rey para intentar convencerle de que cumpliese con su promesa inicial. Iba encabezada nada menos que por el conseller en cap, que en aquel a?o era Pere Benet Soler, y tres embajadores m?s: Jeronim Fivaller, Antoni Joan Ferran y Bernat Caxanes. Solicitaron al virrey que escribiese al monarca e intercediera por la ciudad, cosa que acept?. Las instrucciones de la embajada eran claras: salir al encuentro del soberano all? donde se encontrase e intentar cambiar su parecer para que celebrase las bodas en Barcelona argumentando que anar a celebrar las suas bodas en la ciutat de Valentia com te pensat o en altra ciutat fora de aquesta apres de haver se publicat per tot lo mon que havian de celebrarse en aquesta, seria en nota molt gran desta ciutat perque de aqu? se poria arg?r haver rebut Sa Magt. algun notable deservey della y per sentiment de axo voler Sa Magt. castigar la en negarli la sua presentia la qual estos sos faels vassalls desitjan summament veura142. Es evidente la voluntad de la ciudad de remover la conciencia real ya que su prestigio y honra pod?an verse da?ados al ser atribuido a un deservicio el cambio de sede para la celebraci?n del matrimonio. Por ?ltimo, en caso de que el rey no aceptase, los embajadores deb?an convencerle de la seguridad que ofrec?a Barcelona como puerto para que, al menos, la reina desembarcase all?. Adem?s, la embajada llevaba una serie de cartas para diversas personas de la corte ?familiares y consejeros del rey? con las que se pretend?a ganarse el favor de los destinatarios para que influyeran en la persona del rey. Dichos destinatarios eran: la emperatriz de Alemania; Gaspar de C?rdoba, confesor del rey; el conde de Miranda, presidente del Consejo de Italia; el conde de Chinch?n, tesorero general de la Corona de Arag?n; el marqu?s de Denia, cuyo cargo oficial, entre otros, era el de caballerizo mayor del rey; el doctor Diego de Covarrubias, vicecanciller del Consejo de Arag?n; 141 AHCB, Ms. B-100, Dietari de Jaume Ramon Vila, fol. 211. 142 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 161, 10 de enero de 1599. 61 don Mart?n de Alag?n, gentilhombre de la C?mara del Rey; Pere Franqueza, secretario general y conservador general del real patrimonio en los reinos de Arag?n e Italia y, finalmente, don Juan de Tassis, correo mayor del rey143. Como podemos ver, estas cartas iban dirigidas, en su mayor?a, a miembros destacados del Consejo de Arag?n y que gozaban de cierta proximidad al monarca. Por su parte, los diputados tambi?n organizaron una embajada para expresar al monarca el sentimiento de los catalanes que estaba formada por el sacrist?n de Elna ? Joan Francesc Descamps?, el bar?n de Erill ?Felipe de Erill y Orcau? y Jer?nim de Ollers. No obstante, dicha embajada cont? con un problema de inicio que evidenciaba la divisi?n interna existente en el Principado y, especialmente, del brazo militar. Por un lado, el brazo militar se negaba a aceptar al sacrist?n Descamps y al bar?n de Erill por embajadores y ped?a que fueran sustituidos por otros144. Las razones eran que el primero estaba excomulgado y el segundo era lugarteniente del gobernador y criado del rey, y por lo tanto oficial real, cosa que, seg?n ellos, imposibilitaba su cometido como embajador. El brazo militar pidi? el apoyo de los consellers que enviaron representantes a los diputados de la Generalitat solicitando que, ante la importancia del negocio, estudiaran con detenimiento los nombramientos hechos. Los diputados respondieron que los asesores del General y el abogado fiscal ya estaban trabajando en ello. Era evidente, pues, la divisi?n interna de la Generalitat. Pero, en realidad, el brazo militar no confiaba en el bar?n, al que acusaban de haber dicho al virrey, en una ocasi?n mientras cenaba en casa de ?ste, que no era necesario que el rey viniese a celebrar Cortes en Catalu?a porque eso lo pod?a hacer el propio virrey. Tambi?n le reprochaban haber considerado mal a los catalanes ante el duque de Cardona145. Tem?an, pues, que no defendiese los intereses de los catalanes ante el rey146. Entonces, el brazo militar decidi? enviar su propio embajador al rey, cargo que recay? en don Alexandre de Alentorn, qui?n, adem?s, deb?a recordar al soberano que bastante hab?an hecho en aceptar y jurar al virrey duque de Feria antes de haber realizado ?l su propio juramento. Algo que, l?gicamente, disgust? considerablemente a Feria147. Una vez estudiado el caso, los asesores del General emitieron su juicio: ?s trobat que dits dubtes y suspites s?n de poca subsist?ncia per quant dit sacrist? Descamps, encara que pretenguessen fos excomunicat per certas francas havia fetas, ?s cert no u era perqu? havia appel?lat y aportavan causas en la Real Audi?ncia y havia fets dip?sits, y may se ere absentat ni amagat sino que sempre ha estat p?blicament y ha assisitit en les [esgl?sias] y officis. As? pues, los asesores emitieron un voto favorable a la elecci?n del sacrist?n Descamps, que pese a estar excomulgado, su proceso se encontraba todav?a abierto y en ning?n 143 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69. Las cartas enviadas a estas personas est?n insertas entre los folios 163-166. 144 DG, vol. III, p?g. 334, 7 de enero de 1599. 145 DURAN i SAMPERE, A., op. cit., p?g. 214 146 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 217. 147 DURAN i SAMPERE, A., op. cit., p?g. 214. 62 momento hab?a dejado de efectuar sus funciones como eclesi?stico. Veamos, ahora, cu?l fue la valoraci?n que hicieron del caso del bar?n de Erill: En quant al pret?s de dit senyor bar? de Erill, ?s vist ?sser clarament raons y suspites molt fr?voles, per quant si b? era loctinent de governador, com pretenen, dit c?rrec servia per don Henric de Cardona, governador, qui era absent abans, y vuy se ent?n ?s en Cathalunya ya, y aquell servia sens salari no utilitat alguna, quant m?s, que a sis del corrent, havia ya renunciat aquell, que fou lo dia abans que fonc nominat per embaxador. En principio una opini?n favorable al bar?n, que hab?a dejado de ser lugarteniente del gobernador de Catalu?a porque ?ste ya se encontraba en el territorio y el bar?n ya hab?a renunciado a su cargo. Prosigue la exposici?n de los asesores en torno al bar?n: E en lo que?s diu diu ?sser criat de sa Magestat no ha constat ni consta de tal, y dat cas ho fos, no obstaria, com no ha obstat a altres ni a extraccions de deputats ni altres officis, ax? per no tenir jurosdicci? alguna, com per no ?sser dits officis reals, y ax? altres ho son estats, com en lo senyor don Alonso de Erill, son pare, y altres concorregueren sempre a deputats sens renunciar, y foren en tots los ajusts y concells de la casa de la Deputaci?, y may foren tinguts per officials reals148. Por tanto, tambi?n quedaba desmontada la argumentaci?n del brazo real de que no pod?a ser embajador por ser criado del rey porque, en anteriores ocasiones, si se hab?a aceptado esta situaci?n, como ocurri? con el propio padre del bar?n de Erill, que fue embajador en la corte del rey, siendo su criado, y nadie puso objeci?n alguna. Tras esta resoluci?n, los embajadores juraron su cargo y el d?a 11 de enero partieron al encuentro de Felipe III. Ese d?a partieron, pues, tanto la embajada de la Generalitat, como la de la Ciudad, tomando el camino de Zaragoza, con gran prisa, gasto y con las mazas ceremoniales en alto. El conseller en cap vest?a todav?a la gramalla negra en se?al de duelo por la muerte de Felipe II. En la capital de Arag?n, fueron recibidos con grandes honores por el segundo jurado de la ciudad y un gran n?mero de caballeros. Escucharon misa en Nuestra Se?ora del Pilar y visitaron al virrey de Arag?n que era el duque de Alburquerque149. Luego, prosiguieron su viaje hacia Madrid, donde pudieron comprobar que el monarca ya se hab?a marchado hacia Valencia. Tomaron, pues, camino hacia esa ciudad y alcanzaron a la corte en Almansa. All?, el soberano los recibi? con gran gusto y mostr? su alegr?a por la voluntad de los catalanes de gozar de su presencia en el Principado y en Barcelona; aunque les reiter? la imposibilidad de celebrar su matrimonio en otra ciudad que no fuera Valencia. Pese a ello, les prometi? desplazarse lo antes posible a Barcelona para celebrar Cortes. El rey les entreg? cartas para el virrey, los diputados y el Consell de Cent y los agasaj? con grandes honores, enviado a su aposento gran cantidad de platos y regalos150. As?, la embajada decidi? regresar a Barcelona, pasando antes por Valencia. Aqu?, aunque no fueron recibidos por los jurados, que desconoc?an su llegada, si fueron 148 DG, vol. III, p?g. 336, 9 de enero de 1599. 149 FREDERIC DESPALAU, op. cit., p?g. 167. 150 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 215. 63 festejados y obsequiados con grandes presentes de confituras. El virrey, conde de Benavente, pidi? al conseller en cap que fuera a visitar a su esposa, do?a Menc?a de Requesens y Z??iga, hija del c?lebre don Lu?s de Requesens y do?a Ger?nima Gralla (catalana), cosa que alegr? mucho a la dama151. Con todo, la embajada fracas? en su intento de cambiar el parecer del monarca y ni siquiera los ?ltimos intentos de los consellers, que enviaron cartas al archiduque Alberto y a la infanta Isabel Clara Eugenia, tuvieron efecto. As? resum?a el embajador del emperador, conde de Frankenburg, la situaci?n que cre? el traslado de las bodas a Valencia, con unas esclarecedores palabras insertas en un memorial que envi? a su se?or: ?Los de Madrid quedaron sentidos y desgustados de verse privados desta honrra y provecho. Los de Barcelona quejosos del gasto hecho en valde y los de Valencia de no aver sido avisados y prevenidos con tiempo?152. A primeros de marzo, el Consell de Cent envi? un s?ndico al cap?tulo de la catedral para solicitarles que celebrasen procesiones y plegarias para que la reina Margarita tuviera una feliz traves?a ya que ten?an noticia de que hac?a pocos d?as hab?a zarpado de G?nova con direcci?n a la pen?nsula. El 10 de marzo se celebr? una procesi?n por la ciudad a la que asistieron todas las autoridades de la ciudad, tanto civiles como eclesi?sticas. Estuvieron presentes el virrey y los consellers, acompa?ados por un gran n?mero de caballeros y devotos, todos ellos con cirios encendidos en sus manos y todos los presb?teros de las parroquias y frailes de los monasterios de la ciudad153. Ciertamente, la reina se hab?a embarcado en G?nova, ciudad a la que hab?a llegado tras un largo viaje desde Viena. En Ferrara contrajo matrimonio por poderes con Felipe III, representado por el archiduque Alberto, qui?n a su vez hizo lo mismo con la infanta Isabel Clara Eugenia, tambi?n por poderes en la persona del duque de Sessa. La ceremonia la ofici? nada menos que el papa Clemente VIII154. Una vez march? de Ferrara, lleg? a Mantua, donde el duque Vicente IV Gonzaga agasaj? a la reina con grandes festejos y regalos. El 30 de noviembre de 1598, entr? en Mil?n, donde fue recibida con el disparo de tres mil morteros de hierro, trescientos de bronce y mucha otra artiller?a. La ciudad llevaba desde julio prepar?ndose para la llegada, construy?ndose incluso un nuevo teatro para la ocasi?n. Sin embargo, los festejos fueron suspendidos por la muerte de Felipe II y una hermana de la reina Margarita que era reina de Polonia. Finalmente, tras pasar dos meses en la capital lombarda, esperando 151 Ibidem. Citado en DURAN i SAMPERE, A., op. cit., p?g. 214. El historiador confunde la paternidad de do?a Menc?a, que atribuye a don Jer?nimo Gralla y do?a In?s de Requesens. En cambio, Pere Molas, en su obra L?alta noblesa catalana a l?Edat Moderna, Barcelona, Eumo, 2004, p?g. 209, concede la paternidad de la esposa del virrey a don Luis de Requesens y do?a Jer?nima Gralla. 152 KEVENH?LLER, H., op. cit., p?g. 615. 153 DACB, vol. VII, p?gs. 178-179, 10 de marzo de 1599. 154 Tenemos una descripci?n sobre la ceremonia de este enlace matrimonial en BUB, Ms. 1008, Memorias del succehit des del a? 1608 fins el 1626 exclusive, tom. 3, fol. 90. 64 que mejorasen las condiciones metereol?gicas, la reina parti? a G?nova, ciudad desde la que zarp? hacia Espa?a155. No hab?a llegado todav?a la reina a Barcelona y ya pudo comprobar en primera persona la lacra del bandolerismo que asolaba Catalu?a por aquellos a?os y contra la que tanto luchaba su virrey, el duque de Feria. Pues, a finales de febrero, en tierras de la baron?a de Montcada (se?or?o de la ciudad de Barcelona), en un lugar conocido como el Pi de la Ballestota, fue asaltado ?ab tir de pedrenyal? su correo real que llevaba despachos para el rey y algunos enseres personales de la reina. Que mala imagen daba el Principado que hab?a luchado tanto por celebrar en Barcelona las bodas reales o, en su defecto, hacer que la reina desembarcase en ella, y, ahora, era incapaz de garantizar la seguridad de los objetos personales de la soberana. R?pidamente, comenzaron las pesquisas y los interrogatorios por las casas cercanas al lugar de los hechos (en el camino real que va de Montcada a Barcelona) para tratar de encontrar a los culpables de aquel atropello a la reina. Los consellers ofrecieron de recompensa, adem?s de la del virrey, doscientos ducados en moneda barcelonesa a quien denunciara a los culpables y cien ducados a quien entregase los despachos y enseres de la reina, aunque no denunciara a nadie156. Todos los indicios apuntaban a Bertomeu Manent, hermano del batlle de Ripollet y dos compa?eros suyos de fechor?as ?lo Spinoy y Malet de Terrassa? que ?ltimamente hab?an realizado algunos asaltos por la comarca, incluso con una muerte de por medio157. El 18 de marzo llegaron dos cartas a la ciudad. En la primera, el archiduque Alberto se lamentaba por no poder hacer nada por cambiar la voluntad real. En la segunda, Guillem de Santcliment, expon?a su pesar, como ?cathala y poblat en Barcelona?, por no poder desembarcar la reina en Barcelona ya que deb?a hacerlo en Vinaroz y agradec?a, de parte de la reina, la voluntad de los barceloneses por verla y servirla158. Tres d?as m?s tarde, el virrey recibi? un correo en el que se informaba de la llegada de la reina al golfo de Rosas. R?pidamente, el duque de Feria envi? un emisario a Felipe III para darle la buena noticia. Mientras tanto, en Barcelona se celebr? una procesi?n de acci?n de gracias por la llegada de la reina a tierra. Desde Palam?s, se enviaron doce galeras de la flota en viajaba la reina para que reconociese y vigilase la costa y asegurar el viaje de la reina ya que se ten?a noticias de que un famoso corsario berberisco, Morat Arrays, esperaba su paso con intenci?n de hacer alguna presa159. A media tarde del 23 de marzo llegaron al puerto de Barcelona 15 galeras de Sicilia en las que ven?a la reina. El virrey mand? avisar a los consellers de su llegada y de su intenci?n de ir a visitarla en una galera. ?stos ordenaron a las cofrad?as que 155 ?La estancia en Mil?n, baluarte del gobierno espa?ol en Italia, fue la m?s prolongada (hasta cerca de dos meses), debido en parte a las adversas condiciones meter?logicas que no permit?an el embarque hacia Espa?a?, en VENTURELLI, P., op. cit., p?g. 235. 156 AHCB, Consell de Cent, Registre d?Ordinacions, 1B. IV-23, fol. 150, 1 de marzo de 1599. 157 AHCB, Consellers, Processos, 1C. XX-39. Originale processus Inquisitionis contra los qui han tirat y robat un Correu real. 158 DACB, vol. VII, p?g. 180, Guillem de Sancliment a los consellers, Sahona, 27 de febrero de 1599. 159 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 229. 65 acudiesen a la muralla y el baluarte de mar con 15 o 16 compa??as160 con sus banderas y arcabuces ?? tall de guerra? para saludarla161. La barca de la ciudad, ricamente decorada con pa?os de terciopelo carmes?, oro y seda, fue la primera en llegar a la galera real, junto con otras tres embarcaciones162. Sin embargo, esperaron a que llegara la galera del virrey quien deb?a subir en primer lugar a la galera real. El duque de Feria entr? acompa?ado del gobernador de Catalu?a, don Enric de Cardona, y, aunque en su galera hab?an muchos m?s caballeros de la tierra prestos para subir, ?stos no pudieron hacerlo porque Juan Andrea Doria ?de naci? genovesa no volgu?s que pujas altre per ser ell enemich de la nacio cathalana?. Tras besar la mano a la reina, el virrey insisti? en que el conseller en cap subiese a saludar a la reina, a pesar de la resistencia del almirante genov?s163. Finalmente, pudo subir junto con sus acompa?antes e hizo tres reverencias a la reina que le orden? que se levantase y se cubriese. Le ofreci? la ciudad y le comunic? el contento que hubiera sentido la ciudad con su presencia. La reina le contest? en alem?n ?traducido por un int?rprete al italiano? que hubiera sido muy de su agrado poder desembarcar en ella pero deb?a seguir las ?rdenes de su esposo y proseguir su viaje a Vinaroz, como hizo al d?a siguiente. Felipe III estuvo tres meses en Valencia. La ciudad lo recibi? con grandes demostraciones de j?bilo y numerosos festejos. Tras la llegada de la reina, se celebraron los tan disputados matrimonios del rey con Margarita y el del archiduque Alberto con Isabel Clara Eugenia. El 25 de abril, los consellers recibieron el aviso real de su pronta llegada a la ciudad. Fij? la fecha para el primero de mayo, aunque el viaje se retras?, llegando el rey a las playas de Barcelona el 14 de mayo. Una vez en tierra, se dirigi? al monasterio de Valldoncella, e hizo su entrada triunfal en la ciudad el mismo 18 de ese mes. El rey permaneci? un mes en Barcelona. Durante este tiempo, la gran corte disfrut? de los festejos preparados por la ciudad. El 16 de julio, Felipe III abandon? la ciudad para dirigirse a Tarragona, donde los reyes fueron recibidos tambi?n con grandes alegr?as164. John H. Elliott afirma que Felipe III vino al Principado para ver a sus s?bditos catalanes y para hacerse ver por ellos, as? como para celebrarles Cortes165. Y, as?, las celebr? en la capital catalana, rompiendo, de este modo, la t?nica habitual de sus antecesores que las convocaban en Monz?n166. Las Cortes se celebraron en junio de 1599 y fueron todo un ?xito tanto para el rey como para Catalu?a. El primero se mostr? muy generoso con los catalanes en cuanto a la concesi?n de privilegios y mercedes. El soberano otorg? 60 concesiones de 160 DACB, vol. VII, p?g. 183, 23 de marzo de 1599. 161 AHCB, B-100, op. cit., fol. 230. 162 DACB, vol. VII, p?g. 182, 23 de marzo de 1599. 163 AHCB, B-100, op.cit., fol. 231. 164 SABAT? i BOSCH, J.M., ?Entrada y recibimiento del rey en Tarragona?, en MART?NEZ MILL?N, J. y VISCEGLIA, M.A. (Dirs.), La Monarqu?a de felipe III: Los reinos, Madrid, Fundaci?n Mapfre, Instituto de Cultura, 2008, vol. IV, p?gs. 214-220. 165 ELLIOTT, J.H., La Revolta catalana 1598-1640. Un estudi sobre la decad?ncia d?Espanya, Valencia, PUV, 2006, traducci?n catalana de VALLVERD?, J., p?g. 71. 166 BEN?TEZ S?NCHEZ-BLANCO, R., ?Felip III i la Corona d?Arag??, en BELENGUER CEBRI?, E. y GAR?N LLOMPART, F.V. (Eds.), op. cit.p?g. 245. 66 caballero, 81 de nobleza y cre? 8 nuevos t?tulos de conde. Hasta tal punto Felipe III premi? a los catalanes que el noble Frederic Despalau anot? en su diario que ?el rei concedia de tal manera que no hi havia m?s que desitjar?167. En cuanto a la legislaci?n, acept? que el Principado adquiriese cuatro galeras para poder controlar la pirater?a que asolaba las costas catalanas. Estas galeras estar?an costeadas por la Diputaci?n, con un coste de 87.000 libras para su adquisici?n y otras 15.000 por galera para su mantenimiento168. El rey tambi?n accedi? a reconocer que las constituciones o cap?tulos establecidos en las Cortes jam?s se podr?an revocar mediante pragm?ticas reales para evitar lo hecho por su padre seis a?os antes169. Igualmente, fue muy benigno a la hora de conceder privilegios a los gremios de las diversas ciudades de Catalu?a. A cambio de todo esto, los catalanes ofrecieron a Felipe III un servicio sin precedentes: 1.100.000 libras. Esta cantidad reafirma la comuni?n existente, a inicios del reinado, entre se?or y vasallos, olvid?ndose, de este modo, el ultraje que signific? su cambio de decisi?n de celebrar su matrimonio en Valencia170. El doctor Sevill?, opinaba en su obra Historia General del Principado de Catalu?a, condados de Rossellon y Cerda?a por el a?o 1598-1640: Dignas verdaderamente por la brevedad, plausibilidad, materias y autoridad de los legisladores que las venideras edades? las aclamen por ?nicas y siempre dignas de veneraci?n eterna171. Tras abandonar Catalu?a, el rey se dirigi? a Denia, donde visit? las posesiones de su privado ?el duque de Lerma? y march? luego hacia Zaragoza para jurar all? los fueros aragoneses y celebrarles Cortes. Fue entonces cuando comenzaron los problemas en Catalu?a. Como ya pas? en 1587, las fricciones surgieron en el momento de imprimir las resoluciones que se alcanzaron en las Cortes de 1599 ya que se produjo un desacuerdo con cinco de las constituciones. Y es que, una de ellas trataba sobre la prohibici?n de que los nobles pudieran llevar armas, a lo que se negaban los caballeros de la tierra. La tensi?n lleg? a tal extremo que el virrey detuvo a un diputado y a un oidor de la Generalitat. Tras un cambio de virrey, el nuevo ?arzobispo de Tarragona? negoci? su liberaci?n. Este hecho evidenci?, como ya expusiera John H. Elliott, con que facilidad pod?an alterarse las delicadas relaciones entre Catalunya y la monarqu?a172. A?n as?, en esta dif?cil situaci?n, se produjo un suceso que dio una gran alegr?a el pueblo catal?n: la canonizaci?n del barcelon?s Ram?n de Penyafort, en 1601. Barcelona entera, se lanz? a la calle para celebrarlo. El bandolerismo, de ra?z aristocr?tica y rural, fue el gran problema de Catalu?a durante el primer cuarto del siglo XVII. Tal era la situaci?n que algunos 167 FREDERIC DESPALAU, op. cit., p?g. 167. 168 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 147. 169 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 340. 170 Como se?al? Joan REGL?: ?l?estada del rei a Barcelona i les Corts catalanes que llavors es celebraren, marquen el moment d?idil?li m?xim entre la reialesa i el Principat?, en REGL? CAMPISTOL, J., Els virreis de Catalunya?, p?g. 122. 171 MAG? SEVILL?, Historia General del Principado de Catalu?a, condados de Rossellon y Cerda?a por el a?o 1598-1640, en BUB, Ms. 115, fol. 3. 172 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 73. 67 contempor?neos opinaban que, entre los a?os 1599 y 1615, el Principado se encontraba al borde de la anarqu?a173. Adem?s, desde que Barcelona era un punto clave en la ruta de la plata que iba hacia G?nova, se produjeron varios asaltos y robos de plata, destacando por su importancia los de 1587, 1612 y 1613174. Todo ello, ante la pasividad de las autoridades reales y la corte. Poco pod?an hacer los virreyes ante este panorama; m?s a?n, cuando no dispon?an de dinero para afrontar la lucha contra esta lacra. Tras la renuncia del arzobispo de Tarragona, Joan Ter?s, Felipe III nombr? lugarteniente general de Catalu?a al duque de Montele?n, don H?ctor Pignatelli. Este noble napolitano gobern? entre 1603-1610. Como tantos otros virreyes, no pudo hacer frente al bandolerismo debido a las leyes del pa?s. As?, el nuevo virrey expresaba que ?la justicia est? con las manos muy atadas por los cap?tulos y constituciones del pa?s?175. Tras el desafortunado gobierno del duque de Almaz?n, que en palabras de Joan Regl? ?presidi? la fase de incubaci?n decisiva de la crisis entre el Principado y la monarqu?a de los Austrias?176, en 1615, se nombr? virrey al duque de Alburquerque. Este en?rgico virrey, nada m?s entrar en Catalu?a, ten?a clara su manera de actuar; a pesar de que sab?a que con ella vulnerar?a las constituciones del pa?s. As?, con mano dura y con el apoyo de la burgues?a, Alburquerque asest? un duro golpe al bandolerismo catal?n y, eso, ?nicamente en los tres a?os que dur? su gobierno. Y es que, aunque no se acab? plenamente con el bandolerismo, el virrey si consigui? acabar con aqu?l de ra?z aristocr?tica. Es decir, extirp? las bandosidades y clientelas aristocr?ticas que, extendidas por todo el pa?s, se introduc?an, incluso, en la administraci?n del territorio, cuyo paradigma era la propia Diputaci? del General177. Durante estos mismos a?os, m?s o menos quince, Barcelona recibi? varias visitas de los infantes de Saboya178. Los hijos de Carlos Manuel y Catalina Micaela, hija de Felipe II, llegaban a la corte espa?ola para educarse, aunque la historiograf?a considera que lo hicieron en calidad de rehenes de Felipe III para asegurarse la fidelidad del duque de Saboya, que basculaba entre Francia y Espa?a. En cambio, Mar?a Jos? del R?o opina que, como hijos de Catalina y, por tanto, en la l?nea de sucesi?n, los infantes fueron tratados como hu?spedes de honor179 y destaca la intenci?n del duque Carlos Manuel, siguiendo las pr?cticas educativas del Renacimiento, de enviar a sus hijos a la corte de su abuelo Felipe II, todav?a en vida cuando se gest? el viaje. Sea el motivo que fuere, el 23 de junio de 1603, nueve galeras se presentaron ante los muros de Barcelona llevando en ellas a los tres hijos del duque de Saboya. La ciudad, pese a los, ya 173 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 74. 174 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?gs. 129-130. 175 ACA, Consell d?Arag?, leg. 345. Citado en REGL? CAMPISTOL, J., op. cit., p?g. 125. 176 REGL? CAMPISTOL, J., op. cit., p?g. 126. 177 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 143. 178 En 1603, los tres hijos eran: Felipe Emanuel, de 17 a?os; Vitorio Amadeo, de 16 y Emanuel Filiberto, de 15. 179 R?O BARREDO, M.J. del, ?El viaje de los pr?ncipes de Saboya a la corte de Felipe III (1603-1606)?, en BIANCHI, P. y GENTILE, C., L?affermarsi della corte sabauda. Dinastia, poteri, ?lites in Piemontee Savoya fra tardo medioevo e prima et? moderna, Torino, Silvio Zamorani editori, 2006, p?g. 408. Agradezco a la profesora Mar?a Jos? del R?o Barredo el pr?stamo de este art?culo. 68 acostumbrados, desencuentros con el capit?n de las galeras genovesas180 y a no tener tiempo suficiente para tener apunto el recibimiento181, agasajaron a los j?venes infantes con todo tipo de fiestas y bailes. Finalmente, los pr?ncipes abandonaron la ciudad el 13 de julio para ir a Valladolid, ciudad donde Felipe III hab?a trasladado la corte. En ella, se form? en torno a los pr?ncipes una facci?n que ve?a posible la sucesi?n en caso de falta de descendencia del rey, lo que les cre? algunos enemigos. Y es que, ya desde antes de su llegada a la corte exist?an desacuerdos sobre si conven?a la su presencia o no. Es por esto que el doctor Jeroni Pujades incluy? en su diario el comentario que un caballero de dichos infantes pronunci? cuando ?stos desembarcaron en Palam?s: ?Ya les tenemos en Espa?a aunque pese a muchos?182. Mar?a Jos? del R?o afirma que las mayores hostilidades hacia los pr?ncipes proven?an de los cortesanos que velaban por la rama austr?aca de los Habsburgo, con cuyas pretensiones din?sticas los Saboya colisionaban. En esta facci?n, destacaba la hostilidad mostrada por la propia reina Margarita183. El conde de Frankenburg, embajador del emperador en la corte de Felipe III y estrechamente vinculado a la reina, mostr? en una relaci?n secreta enviada al emperador Rodolfo su parecer: Passo agora el silencio en tener yo ya una hija y un hijo, y haver el duque [Lerma] con tanta costa del rey tra?do a Espa?a tres hijos del de Saboya, que despu?s de los m?os pretenden la successi?n en estos reynos. Queda claro el desacuerdo de la reina con la determinaci?n de Lerma de traer a los infantes. Y prosigue la reina Margarita: Y si a casso lo que Dios no permita el rey faltare, le ser?a f?cil a los de Saboya quedando yo viuda apartarme de con mis hijos y tratarlos a su modo, para lo qual no les faltar? la instrucci?n y modo que su padre inquieto les dar?184. Sin embargo, la muerte no le sobrevino al rey sino a los propios infantes. En febrero de 1605, el hijo mayor del duque, el infante Felipe Manuel muri?, v?ctima de la viruela, en Valladolid. Su muerte y el nacimiento del pr?ncipe Felipe alejaron a los infantes de la l?nea de sucesi?n y precipit? su regreso a Saboya, reclamados por su padre185. Por el contrario, el duque de Lerma tem?a que la marcha definitiva de los infantes decantara a 180 R?O BARREDO, M.J. del, op. cit., p?g. 416. 181 ?resolgueren que ans de determinar altra cosa se envias embaxada al senyor Virrey per lo efecte que avall se declara en la embaxada seguent, y fou que mossen Francesch del Orde y de Cellent y mossen Joseph de Bellafilla de part dels magn?fichs consellers anasen al senyor virrey y li explicassen que per haver se diferit aquesta vinguda dels princeps tant temps y ara estar descuydats de que fos tan prompta, si be havian feta tota la diligentia possible en prevenir las cosas necessarias per la entrada y recibiment de dits senyors empero que encara faltavan algunas a que havian de acudir??, en DACB, vol. VIII, p?g. 5, 23 de junio de 1603. 182 JERONI PUJADES, Dietari de Jeroni Pujades, vol. I (1601-1605), Edici?n de CASAS HOMS, J.M., pr?logo de DURAN i SAMPERE, A., Barcelona, Memories de la Reial Academia de Bones Lletres de Barcelona, 1975, Tomo XV, p?g. 272. 183 R?O BARREDO, M.J., op. cit., P?G. 427. 184 HANS KEVENH?LLER, op. cit., p?g. 616. 185 HANS KEVENH?LLER, op. cit., p?g. 430. 69 su padre hacia el lado franc?s. Finalmente, el 1 de agosto de 1606, Barcelona recibi? a los dos infantes de Saboya que permanecieron en ella una semana. Sin embargo, no acab? aqu? la relaci?n de Barcelona con los pr?ncipes saboyanos. Cuatro a?os m?s tarde, concretamente, en septiembre de 1610, lleg? a la ciudad Manuel Filiberto, el segundo de los hijos del duque de Saboya, nombrado gran prior de Castilla y general del mar. Por ?ste ?ltimo t?tulo, el pr?ncipe pas? en varias ocasiones por la ciudad. El 1 de junio de 1613, regres? a la ciudad el primog?nito del duque, Victorio Amadeo, que iba a la corte por negocios de su padre186. En Barcelona, recibieron la orden de Felipe III de que el pr?ncipe se detuviera y no continuase adelante. As? que, Victorio Amadeo se detuvo en Montserrat, donde esper? la llegada de su hermano Manuel Filiberto, procedente de Barcelona. Pero, como era lamentablemente conocido, viajar por los caminos del Principado muy peligroso porque los bandoleros pod?an atacar en cualquier momento y lugar. Y eso fue lo que le sucedi? a uno de los nobles saboyanos del infante Victorio Amadeo. Sucedi? que el conde de la Bastida fue asaltado por cuatro ladrones entre San Feliu y Molins de Rey y, al recriminarles ?ste el atrevimiento, le dispararon, caus?ndole la muerte inmediatamente. El Consell de Cent se encarg? de la investigaci?n del asesinato y se mostr? en todo momento dispuesto a servir a los infantes. Se ofrecieron recompensas de 200 libras a qui?n descubriese a los asesinos. Los infantes, desde Montserrat, agradecieron el gesto del gobierno municipal. Finalmente, los saboyanos embarcaron en Castelldefels y zarparon hasta Vinaroz, y, de ah?, a la corte187. En febrero de 1614, Victorio Amadeo regres? de la corte y lleg? a la ciudad a mediados de marzo. Estuvo alg?n tiempo en la ciudad, esperando a su hermano que desembarc? en la ciudad condal el 3 de abril. Pero, en ese momento, la situaci?n internacional era distinta debido a la ambiciosa pol?tica del duque de Saboya que en la cuesti?n suscitada por el ducado de Mantua, reclam? para su nieta la posesi?n del ducado de Monferrato, desoyendo los consejos de Felipe III. El duque, incluso se lleg? a enfrentar al monarca cat?lico y se aline?, definitivamente, con Francia. Tras su marcha de Barcelona, el almirante Manuel Filiberto regres? en noviembre de ese a?o y residi? en ella hasta junio de 1615, quiz? retenido en la ciudad por el enfrentamiento de su padre con Felipe III que culmin? con la vergonzosa188 Paz de Asti, en ese mismo a?o. Durante su estancia, el hijo menor del duque particip? activamente en la vida festiva de la ciudad, estando presente en la cabalgata que tradicionalmente se celebraba el ?ltimo d?a del a?o y en la procesi?n de Corpus Christi del a?o siguiente. No se recordaba en Barcelona una estancia real tan larga desde la primera llegada de Carlos V en 1519. Felipe III muri? el 31 de marzo de 1621. Su muerte pon?a fin a un dif?cil reinado en el que la monarqu?a se vio obligada a firmar una tregua con los rebeldes holandeses, 186 BUB, Ms. 1.005, LUMEN DOMUS o Anals del Convent de Sta. Catharina V. y M. de Barca Orde de Predicadors, tom. I, fol. 276. 187 DACB, vol. VIII, p?g. 216, 20 de julio de 1613. 188 BELENGUER CEBRI?, E., El imperio hisp?nico?, p?g.. 362. 70 en 1609, que min? los cimientos de la honra de la monarqu?a hisp?nica. Adem?s, el rey ejecut? una idea que se comenz? a fraguar en los ?ltimos a?os del reinado de su padre: la expulsi?n de los moriscos189. Ese mismo a?o de 1609, se decret? la expulsi?n de todos los moriscos de la pen?nsula, siendo ?stos muy numerosos en los reinos de Arag?n y Valencia y, bastante menos en Catalu?a. En el Principado, entre 1615 y 1621, se produjo la, ya citada por John H. Elliott, restauraci?n del poder gubernamental gracias a la en?rgica actuaci?n del duque de Alburquerque. Sin embargo, la actuaci?n del nuevo virrey, duque de Alcal?, distanci?, de nuevo, al Principado de la monarqu?a. Y es que el virrey no supo tratar con las ?lites del pa?s. Para conseguir mayor liquidez monetaria, reclam?, con mayor determinaci?n, el pago de los quintos a las ciudades del pa?s. La situaci?n se agrav? cuando, en mayo de 1620, reclam? ese pago a Barcelona; alrededor de 300.000 libras, contando los retrasos desde 1599190. A partir de ese momento, la capital catalana encabez? la oposici?n a la pol?tica real, que se hab?a ganado la enemistad de toda Catalu?a. Y esta es la situaci?n que hered? el nuevo soberano. 1.4. La fragua de la ruptura: Felipe IV. Como escribe Ernest Belenguer, ?la imagen de la monarqu?a hisp?nica no s?lo en Catalu?a sino en todos sus reinos era catastr?fica?191. En Castilla, comenzaron a surgir voces que reclamaban la participaci?n de todos los territorios del rey en la conservaci?n de la monarqu?a, y esto inclu?a, como no, al Principado. Aqu?, como en todos los cambios de reinado, se esperaba con gran entusiasmo al nuevo soberano. Pero, muy pronto, ?ste decepcion? a los catalanes al reafirmar al duque de Alcal? en el cargo de lugarteniente general. El duque ya hab?a mostrado su desprecio hacia ellos y les hab?a exigido el pago de los quintos, ante la disconformidad catalana que alegaba que muerto el rey cesaba el gobierno del lugarteniente192. Finalmente, el duque fue jurado en abril de 1621, para evitar ganarse la enemistad del rey reci?n iniciado su reinado. Por otro lado, se esperaba la llegada de Felipe en breve; pero el retraso del viaje ?por falta de dinero para financiarlo y por los compromisos de la corte? impacient? y crisp? los ?nimos en el Principado. En 1622, el monarca sustituy? al duque de Alcal? por el obispo de Barcelona, Joan Sent?s. A partir de entonces, comenz? un duro enfrentamiento entre la monarqu?a y Catalu?a: la cuesti?n del juramento del nuevo virrey. 189 Rafael BEN?TEZ opina que Felipe II se neg? a firmar la expulsi?n en contra de las opiniones de la Junta que se reuni? para tal efecto en Lisboa, en 1582, en BEN?TEZ S?NCHEZ-BLANCO, R., ?Felipe III i la Corona??, p?g. 252. 190 ELLIOTT, J.H., op. cit. p?g. 163. 191 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 343. 192 Para el estudio de las relaciones de Catalu?a con el rey durante los tres primeros a?os del reinado de Felipe IV, v?ase ELLIOTT, J.H., op. cit., p?gs. 163-195. 71 La ausencia de Felipe IV en Catalu?a y el hecho de no haber jurado sus constituciones invalidaba la designaci?n del obispo Sent?s. Adem?s, si lo aceptaban, corr?an el riesgo, como indica John H. Elliott, de que el acto sentara precedente y el rey nombrase los virreyes sin venir a jurar las constituciones193. En septiembre de 1622, diputados y consellers se negaron a acudir al juramento del virrey en lo que represent? un desaf?o a la autoridad real194. Pero, poco tiempo despu?s, surgieron fisuras entre la oposici?n catalana al nombramiento del virrey y varios de sus miembros destacados, como es el caso, citado por John H. Elliott, de los Fontanella, pasaron al bando que defend?a los intereses de la monarqu?a, encabezados por don Bernardino de Marim?n. Mientras tanto, en Madrid, se discut?a sobre la manera de actuar con el Principado; o la mano dura o la negociaci?n. Finalmente, el conde-duque de Olivares, que tras la muerte de su t?o don Baltasar de Z??iga hab?a cogido las riendas del gobierno, opt? por enviar al hijo del marqu?s de Aytona, el conde de Osona, para convencer al Consell de Cent de que jurasen al obispo como nuevo virrey. El conde de Osona fracas?, pero consigui? ganar para la causa real a Josep de Bellafilla, persona de gran poder en el Principado, a cambio de la promesa de que se le pagar?a una pensi?n que le hab?a concedido Felipe III195. Finalmente, el Consell de Cent acept? el juramento del virrey, que se produjo el 2 de abril de 1623. Concluye John H. Elliott que, de este modo, el conde-duque de Olivares consigui? asegurar el nombramiento del virrey y no se tuvo que comprometer a realizar una visita al Principado en una fecha fija196. Entonces, Olivares comenz? a fraguar su conocida Uni?n de Armas; un proyecto por el que todos los territorios de la monarqu?a deb?an aportar un n?mero de soldados a los ej?rcitos del rey. Catalu?a deb?a armar a 16.000 soldados; Arag?n, 10.000 y Valencia, 6.000. A finales de 1625, el favorito real envi? tres regentes del Consejo de Arag?n a los tres reinos de la Corona de Arag?n para presentarles su iniciativa. Pero, como era de esperar, sus s?bditos de los reinos orientales no aceptar?an la Uni?n de Armas sin ver antes a su rey jurar sus privilegios y sin la celebraci?n de Cortes197. As? que, finalmente, Olivares decidi? que el rey emprendiera su esperado viaje a la Corona de Arag?n. Convoc? Cortes para enero de 1626: a los aragoneses los convoc? en Barbastro; a los valencianos, en Monz?n y a los catalanes, en Lleida. La idea de Olivares era convocarlas en tres ciudades distintas ya que, como apunta Ernest Belenguer, ?la dispersi?n facilitar?a la respuesta positiva ante las peticiones del rey?198. Pero la elecci?n de Lleida como sede evidenciaba, claramente, las intenciones del conde-duque que eran que el rey jurase su cargo en esa ciudad, celebrase las Cortes y, r?pidamente, regresase a Castilla. Esto, claro est?, exacerb? a los barceloneses que reclamaban la presencia del rey en su ciudad. 193 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 173. 194 Op. cit., p?g. 172. 195 Op. cit., p?g. 191. 196 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 193. 197 Op. cit., p?g. 227. 198 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?p?g. 348. 72 As?, tras su larga ausencia, comenz? la jornada de Felipe IV en la Corona de Arag?n. Lleg? a Zaragoza el 13 de enero de 1626, donde fue recibido con grandes honores. En breve, se iniciaron las sesiones de Cortes, donde el rey y Olivares encontraron, ya, los temidos problemas que el foralismo de la Corona de Arag?n planteaba a sus monarcas. Las sesiones de las cortes aragonesas y valencianas fueron observadas con gran minuciosidad por los agentes catalanes all? presentes, que informaban a sus ciudades de todo lo que all? pasaba y se trataba. As?, el s?ndico del cap?tulo de la catedral de Barcelona, Joan Pau Rif?s, escrib?a: Enviy a V[ostra]. S[e?oria] lo substantial del que demana Sa Magt. als aragonesos y lo matex demanara assi en Leyda. Podra V. S. prevenir la resposta y manarme instruir ab algunes rahons que seran ben manester que asseguro a V. S. que ha de donar grandissim cuydado aquest negoci axi per ser de la qualitat que es; com per veure Sa Magt. o sos privats tant posats en? voler acabar aquest Principat199. Duras palabras que no presagiaban un idilio monarqu?a-Principado. Finalmente, tras la negativa inicial de aragoneses y valencianos a la Uni?n de Armas, ?stos s?lo aceptaron el pago de un subsidio para costear soldados y Felipe IV pudo concluir las Cortes valencianas en Monz?n y dirigirse, con premura, a Lleida. Como era de esperar, en esta ciudad el soberano fue recibido con gran j?bilo. Sin embargo, desde Barcelona, se inici? una campa?a para conseguir que Felipe fuera a Barcelona a jurar las constituciones y celebrase, all?, las Cortes de Catalu?a. Con este prop?sito, el Consell de Cent ya hab?a enviado a Barbastro a Jeroni de Navel y a Joan Francesch Rossell, pero recibieron la negativa, tanto del rey como de Olivares. Los dos embajadores de la ciudad llevaban cartas para algunos grandes de la corte ?los duques de Cardona, Alburquerque y Sessa y el marqu?s de Aytona? en las que les solicitaban su intercesi?n para conseguir el juramento del rey en Barcelona. Los diputados de la Generalitat y el cap?tulo de la catedral apoyaron la causa de la ciudad. Aunque, ?ste ?ltimo mostr? una posici?n un tanto ambigua porque, inicialmente, orden? a su s?ndico Joan Pau Rif?s adherirse a la causa de Barcelona. De este modo, Rif?s comunicaba al cap?tulo de la catedral su parecer acerca de la pretensi?n de la ciudad: Si sera de gust quel tenen estos Se?ors [Felipe IV y Olivares] tan stragat pera fer mer?e a exa ciutat y amostran tenir nos tant pocha affi?io que cert me espanto, y axi tinch per cert que se haura de pendrer patiensia en esta occasio200. Pero, tras conocer la opini?n del obispo de Barcelona (virrey de Catalu?a hasta la entrada del rey en suelo catal?n) de no intervenir ?per no ser de profit y tenir sa Magd. occasio de rebre mal esta accio?201, el cap?tulo orden? a Joan Pau Rif?s no intervenir ?pus entenem basta lo fet (?) non fasse res pus entenem que nons incumbeix ni toca als ecclesiastichs posar nos en tals coses?202. Finalmente, a mediados de marzo y viendo los 199 ACCB, Cartes Rebudes 1623-1632, Joan Pau Rif?s al Cap?tulo de la catedral, 3 de febrero de 1626. 200 Ibidem. 201 ACCB, Cartes Rebudes, 1623-1632, el obispo de Barcelona al Cap?tulo de la catedral, 5 de febrero de 1626. 202 ACCB, Cartes Enviades, 1618-1678, el Cap?tulo de la catedral a Joan Pau Rif?s, 6 de febrero de 1626. 73 inconvenientes que Lleida ten?a para albergar el s?quito real y celebrar Cortes, el rey decidi? acceder a la petici?n de Barcelona. El 22 de marzo, el rey entr?, por primera vez, en Catalu?a. De camino a Barcelona sucedi? un hecho que fue catalogado por algunos, como el doctor Sevill?, como un mal presagio. Escribe Sevill? que llegando al lugar de Aguil?, propiedad del conde de Santa Coloma, ?ste hab?a preparado el castillo con las mejores galas para recibir al rey. Pero, de repente, se levant? ?un gran temporal de viento, y torbellinos que parezia undirse el Mundo, y quer?rselo llevar todo ? ruhina?. Finalmente, pese a los malos presagios de dicho temporal, Felipe IV entr? en Barcelona el 26 de marzo, entre grandes aplausos, y a pesar de otro suceso que fue interpretado como mal presagio. Surgi? en problema entre el conde-duque de Olivares y el almirante de Castilla, que trataremos m?s detenidamente en otro momento de este trabajo. Estos malos presagios recuerdan la llegada de Fernando el Cat?lico a Barcelona, en 1461, con el episodio de la campana y el de la columna de la catedral que indicaban lo supersticiosa que era la sociedad moderna. Inmediatamente despu?s del juramento de las constituciones y privilegios del pa?s, comenzaron las sesiones de Cortes. El rey y Olivares estaban expectantes a la reacci?n de los catalanes ante la Uni?n de Armas; aunque, tras su experiencia con aragoneses y valencianos, no desbordaban optimismo. Comenzaron las Cortes excusando los motivos del retraso de su viaje a la Corona de Arag?n y la necesidad de dinero que ten?a la monarqu?a para afrontar su conservaci?n. Olivares ofrec?a una de cal y otra de arena; as?, trat? de ganarse a los catalanes proponi?ndoles la creaci?n de una compa??a mercantil que abarcar?a todo el Mediterr?neo y ayudar?a a su recuperaci?n econ?mica. A cambio, se ped?a a los brazos un subsidio de 250.000 libras anuales durante quince a?os, que en total supon?a cuatro veces el servicio otorgado a Felipe III en 1599203. Demasiado dinero para la maltrecha econom?a catalana que ya no ten?a la vitalidad de finales del siglo XVI. La actitud de los catalanes y la negativa al servicio solicitado exacerbaron la paciencia del rey que, incluso, decidi? marcharse del Principado sin avisar y sin concluir las Cortes. Como escribe Ernest Belenguer, ?la ruptura entre la monarqu?a y el Principado se acercaba a pasos agigantados?204. El Consell de Cent, tras enterarse de la marcha del rey, r?pidamente se reuni? y decidi? enviar una embajada al monarca. Cuando lo alcanzaron, el conseller en cap ofreci? al rey 50.000 libras de pr?stamo y le pidi? su regreso a Barcelona para concluir las Cortes. Acept? y agradeci? a los embajadores la cantidad ofrecida pero no accedi? a volver a la ciudad, dejando las Cortes pendientes de ser clausuradas en otro futuro viaje a la ciudad. Los acontecimientos sucedidos durante el viaje a Arag?n supusieron un distanciamiento y progresivo deterioro en las relaciones entre Castilla y Catalu?a. Porque, aun de Valencia y Arag?n, el rey hab?a obtenido alguna ayuda monetaria, pero de Catalu?a llegaba, pr?cticamente, con las manos vac?as, lo que convirti?, en palabras 203 SIMON i TARR?S, A., ?Catalunya en temps del regnat de Felipe IV?, en BELENGUER CEBRI?, E. y GAR?N LLOMPART, F.V. (Eds.), op. cit., p?g. 300. 204 BELENGUER CEBRI?, E., La Corona de Arag?n?, p?g. 349. 74 de John H. Elliott, el problema de la Corona de Arag?n en un problema catal?n embrionario205. As?, en los a?os siguientes a la jornada del rey, vieron c?mo se incrementaron los debates sobre el tema, con memoriales como el del duque de Alcal?, de marcado car?cter anti-catal?n y en el que recomendaba al rey que no regresase a Catalu?a y consiguiese el dinero mediante el pago de los quintos. Surgieron conflictos entre castellanos y catalanes, como el sucedido entre los monjes de los monasterios y entre los cabildos catedralicios y los obispos que, a menudo, eran castellanos. Olivares y el rey, en contra de la opini?n del duque de Alcal?, ten?an la intenci?n de volver al Principado a concluir las Cortes y conseguir el subsidio. Pero el viaje se fue retrasando por diversos motivos, como pas? en 1627 por la mala salud del rey. Pero, en 1628, el monarca estaba decidido a emprender el viaje. Adem?s, el matrimonio de su hermana Mar?a con el rey de Hungr?a le alent? para ello porque decidi? acompa?arla a Barcelona para despedirla cuando ?sta embarcase en las galeras que la llevar?a a Italia, desde donde proseguir?a su camino hasta Viena. As?, en agosto de ese mismo a?o, comunic? a los consellers su intenci?n de partir pasada la Navidad. En su carta, les informaba de lo ?confiado voy de la disposition que he de hallar en vosotros para la conclusion de las cosas generales del benefficio dessa tierra y mi servitio?206. Al poco, incluso les comunic? su decisi?n de que se celebrase el enlace de su hermana en la ciudad, ?pudiendo en otra mas sercana enbarcar sin tanto gasto, y juntandose a lo que desseo se entienda por este camino la estimacion que ago de essa ciudad?207. El rey solicit? a la ciudad un pr?stamo de 100.000 ducados para poder costear su jornada a la Corona de Arag?n; aunque, en realidad, ese dinero se iba a destinar para sufragar los gastos de la guerra que hab?a estallado por la sucesi?n del ducado de Mantua. Barcelona acept? la petici?n real, previo soborno de los cinco consellers, por parte de la Corona208. Felipe pidi? un adelanto del pr?stamo concedido y que ese dinero se enviase a G?nova y Mil?n para costear la guerra y asegur? que en abril llegar?a a Barcelona, donde permanecer?a todo el mes. Con todo, la falta de liquidez retras? el viaje de la reina Mar?a de Hungr?a, cosa que impacientaba al emperador que, mediante su embajador en la corte ?conde de Frankenburg?, reclamaba su pase inmediato a tierras austr?acas. Por ello, la partida de la hermana del rey no se pod?a demorar m?s. El 26 de diciembre de 1629, la corte parti? de Madrid, tras una emotiva ceremonia en la iglesia de Nuestra Se?ora de Atocha. Un cronista reflej? el desconsuelo que sent?an tanto Felipe como su hermano Fernando, por despedir a su querida hermana. La melancol?a de la infanta era tal que Felipe orden? que una compa??a de teatro la acompa?ara durante todo el viaje para hacerle m?s llevadero el abandono de su hogar209. 205 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 261. 206 DACB, vol. X, p?g. 297, Felipe IV a los consellers, 15 de agosto de 1628. 207 DACB, vol. X, p?g. 311, Felipe IV a los consellers, 22 de agosto de 1628. 208 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 279. 209 ?Est? tan atento el Rey a las cosas que pueden divertir a su Alteza de su melancol?a, que ha mandado vaya sigui?ndola una compa??a de representantes?, en BUB, Ms. 1.009, Memories del succehit des del a? 1626 fins 1631 inclusive, tom. IV, fol. 325. Tambi?n en Relacion Verdadera, Acompa?amiento, 75 Nada m?s salir, el rey recibi? una notificaci?n del virrey de Catalu?a, duque de Feria, en la que le informaba de un brote de peste que se hab?a detectado en Catalu?a. Poseemos varias relaciones del viaje de la reina Mar?a de Hungr?a, destacando, sobre todo, el diario de viaje que hizo su capell?n mayor Juan de Palafox y Mendoza210 ? posteriormente c?lebre obispo de Puebla?. La corte lleg? a Zaragoza el 7 de enero de 1630. En la ciudad, la corte se detuvo algunos d?as disfrutando de los magnos festejos que se organizaron en su honor. Durante estos d?as, se decidi? si era conveniente o no que la reina continuase el viaje hasta Barcelona debido al brote de peste que afectaba al Principado. Finalmente, Mar?a de Hungr?a abandon? Zaragoza el 28 de enero con direcci?n Catalu?a. A pesar de las promesas realizadas, su hermano falt?, de nuevo, a su palabra y no acompa?? a su hermana hasta Barcelona, sino que se detuvo en Zaragoza. Llegando a la todav?a aragonesa ciudad de Fraga, Palafox cuenta como los recibieron ?con estruendo de arcabuces que ya comenzaba por aquella parte a respirar Cathalu?a?211, en clara alusi?n al bandolerismo y a la belicosidad de los catalanes. Ya en suelo catal?n, la comitiva lleg? a Lleida, donde fue recibida por los jurados o pahers de la ciudad. De nuevo, Palafox critic? que los estudiantes de la universidad de Lleida fuesen m?s dados a las armas que a las letras, lo que seg?n ?l hac?a esta instituci?n ??spera y desapacible?212. Bellpuig, Cervera, Igualada y Montserrat fueron los enclaves por los que pas? la corte de la reina. Palafox escribe en el diario que Catalu?a estaba muy poblada. As?, ?el numero de gente es increible, las poblaciones muchas y siendo tierra montuosa, y aspero no ay palmo inavitado?. El d?a 8 de febrero, Mar?a de Hungr?a lleg? a Barcelona, donde los consellers y otros tribunales salieron a recibirle. El capell?n Palafox critic? duramente a los consellers, culp?ndolos de la p?rdida de poder de la monarqu?a en el Principado. Incluso, les critic? sus preeminencias en materia de ceremonial: Antes los titulos del Reyno preced?an ? los Conselleres, ya preceden a los titulos y al mismo Reyno. Por ?ltimo, aconsejaba que les fuera quitada la autoridad para que la ciudad, ?murada mas al adorno que no a la seguridad? y donde estaba armado desde el plebeyo al noble, recuperase la libertad. La estancia de la reina en la ciudad fue larga. Esperaba financiaci?n para poder continuar su viaje y que la climatolog?a lo permitiera. Durante los meses que residi?, Recamara, y Riquezas que lleva la Magestad de la Serenissima Reyna de Ungria, T?tulos, Grandes, Criados, y demas gente que vienen en su servicio, Officios, y mercedes que se les han hecho antes de partir, Riquezas y Joyas de valor que el Rey nuestro se?or ke ha dado a ella, como tambien para el Emperador, y Emperatriz sus cu?ados. Escrita en Madrid por Pedro de Robles Criado del Rey nuestro Se?or que Dios guarde. 210 BNM, Ms- 8.176, DIARIO de la jornada que hizo la Serma. Sra. Reyna de Ungria escrito por don Juan de Palafox su Capellan maior en aquella occasion. Con la relacion de la familia libreas, carruages, y Plata que lleb? el duque de Alva, ? cuio cargo fue la Jornada y entrega. 211 Op. cit. fol. 10. 212 Op. cit., fol. 11. 76 presenci? los famosos carnavales que desde Zaragoza esperaba ver. Palafox, aprovech? estas celebraciones para atacar en su diario, otra vez, a los catalanes: Los tres dias sig[uien]tes se ejercitaron en el alegre regocijo de los Vecinos de Barcelona en sus Carnestoliendas, andando por la Ciudad saltando y bailando hombres y mugeres con gran desembarazo, y llaneza hecha de m?scaras, permitido quanto se dice tolerado quando se hace en nacion tan vengativa, y cruel mal sufrida y velicosa, poseida entonces del sufor y bacanal estruendo de este inquieto regocijo. Sus opiniones, tan adversas hacia los catalanes como las del duque de Alcal?, sin duda, se alineaban con el ala de la corte m?s radical e intransigente con ellos. Pas? la Semana Santa y visit? los monasterios y conventos de la ciudad. Ante la petici?n de una ayuda de costa para su viaje, la ciudad le concedi? un pr?stamo de 12.000 libras. Sin embargo, sucedi? un inoportuno desacuerdo que enturbi? la visita de la reina. Los consellers hab?an dispuesto entregar la suma de dinero en un lujoso cofre que hab?a ordenado fabricar para la ocasi?n. Pero el mayordomo mayor de la reina, no permiti? que los dirigentes de la ciudad permaneciesen cubiertos ante la reina cuando se lo entregasen. Indignados por esta vulneraci?n de sus privilegios, los consellers se negaron a entregarle el dinero en persona y dispusieron dos emisarios para ello. Finalmente, el d?a 11 de junio, la reina parti? de Barcelona en las galeras que la deb?a llevar a Marsella. La situaci?n pol?tica exterior, con una casi segura futura guerra con Francia, y la falta de dinero obligaron a Felipe IV a volver a Catalu?a para concluir las Cortes de 1626, para conseguir el necesitado donativo. La intenci?n de Olivares era convocarlas en Barcelona y habilitar al cardenal-infante Fernando, hermano del rey, para que las presidiera para que, de este modo, el rey pudiese regresar a Castilla. As?, Felipe emprendi? el viaje ?a grandes jornadas?, acompa?ado de sus dos hermanos, Carlos y Fernando, y, como no, de Olivares. Pasaron por Tarragona el primero de mayo, ?donde se hallava una infinidad de gente, que hab?an acudido all?, como en todas las partes por donde passava la Corte, para dar a Su Magd. Catolica mil bendiciones, aclamaciones juntamente?213. Finalmente, el 3 de mayo lleg? a Barcelona que le aguardava con extraordinarios desseos, para recibirle y obedecerle, llena de jubilo fue la entrada y ostentosa de magnificencias, di? ya en ella muestras publicas de quan plausible le era ? todos aquella llegada; crehendo de ella la paz publica por la conclusion de las Cortes dependientes de la junta de los bra?os generales en el a?o 1626214. Sin embargo, la Catalu?a que encontraron no era, ni mucho menos, la de 1626. Las malas cosechas, la peste y la contracci?n del comercio hab?an minado la econom?a del pa?s. No gust? a los catalanes la propuesta de habilitar al cardenal-infante Fernando para presidir las Cortes, ni su nombramiento como lugarteniente general de Catalu?a en sustituci?n del duque de Cardona. Tras la marcha del rey, se produjo, de nuevo, un problema en torno al derecho de los consellers a estar cubiertos ante el rey. En esta 213 BUB, Ms. 115, op. cit., fol. 90. 214 Ibidem. 77 ocasi?n, el conflicto surgi? en el acto de juramento del cardenal infante como virrey. El conde de O?ate, su mayordomo, solicit? al duque de Cardona que se descubriese ante el cardenal para que los consellers siguieran su ejemplo y no permaneciesen cubiertos ante una persona de sangre real. ?stos, relajando la observancia de sus privilegios, finalmente, permanecieron descubiertos lo que gener? la reprimenda de los ciudadanos, celosos de los privilegios de la ciudad y que consideraban una usurpaci?n del poder real de los derechos municipales. Asimismo, todav?a estaba latente el recuerdo del paso de la reina de Hungr?a, durante el que surgi? el mismo conflicto. El Consell de Cent decidi? no permitir a los consellers acudir a las ceremonias y ritos habituales y puso un dissentiment en las Cortes que las paraliz? por completo. Se inici?, pues, otro tira y afloja entre la Corona y el Principado que supuso la prolongaci?n de las Cortes hasta abril de 1633, fecha en que el cardenal infante abandon? la ciudad. Su gobierno del Principado no fue nada f?cil. A sus tibantes relaciones con el gobierno municipal, hay que a?adir las fricciones que mantuvo con la Diputaci? del General y, en el plano personal, fue en esta ciudad donde recibi? la fat?dica noticia de la muerte de su hermano, el infante don Carlos. Tras su marcha del Principado, las Cortes quedaron inconclusas, lo que agudiz? la fractura existente entre el territorio y el soberano. En septiembre de 1634, la duquesa de Mantua, familiar de Felipe IV, pas? por Barcelona, donde ?nicamente estuvo tres d?as ya que se dirig?a a Portugal, del que hab?a sido nombrada gobernadora. El curtidor barcelon?s Miquel Parets anot? en su cr?nica que era viuda y muy fea. La duquesa deshonr? a la ciudad abandonando la ciudad antes de que se concluyeran las luminarias que se celebraban por su visita215. El conde de Santa Coloma fue el encargado de acompa?ar a la duquesa hasta la raya de Arag?n. Dos a?os m?s tarde, en julio de 1636, llegaron a Barcelona 17 galeras que llevaban a bordo a la princesa de Cari??n, esposa del infante Tom?s de Saboya ?hermano menor de V?ctor Amadeo? que luchaba en Flandes en compa??a del cardenal infante Fernando. De nuevo en Barcelona un miembro de la Casa de Saboya. Felipe IV reclam? a la princesa para que, junto a sus hijos, residiera en Madrid. Fue recibida con todos los honores como persona real que era y, durante su estancia, la agasajaron con grandes festejos. El estallido de la guerra con Francia, en mayo de 1635, convirti? al Principado en frontera militar. Ahora s?, Olivares pod?a reclamar la participaci?n de Catalu?a con soldados para defender el territorio, mediante la constituci?n Princeps Namque. La llegada de tropas castellanas a Catalu?a desemboc? en el grave problema de sus alojamientos. Como afirma Ernest Belenguer, alojar a los soldados era, adem?s de muy gravoso, anticonstitucional por ser contrario a las leyes de Nou Vectigals que restring?an a supuestos muy concretos la obligaci?n de alojar soldados216. Ante la f?rrea oposici?n de las autoridades catalanas, Olivares orden? detener a los diputados de la Generalitat. Asimismo, se iniciaron los primeros enfrentamientos entre payeses y soldados que, tras la jornada del Corpus de Sang y el asesinato del virrey conde de Santa Coloma, 215 PARETS, M., op. cit., p?g. 318. 216 BELENGUER CEBRI?, E., El imperio hisp?nico?, p?gs. 423-424. 78 desembocaron en la revuelta que inici? la larga guerra (1640-1653) que llev? al Principado a renegar de su se?or y nombrar como nuevo conde de Barcelona al rey franc?s Luis XIII. A los pocos meses de la revuelta catalana, estall? en Portugal otra rebeli?n que concluy? con su independencia de la monarqu?a. Dos revueltas en suelo peninsular que supusieron la ca?da en 1643 del conde-duque de Olivares. Durante la guerra, ninguna persona de sangre real pas? por el Principado. El anhelo de los catalanes era que su nuevo se?or, Luis XIII, viniese a Barcelona para jurar las constituciones y privilegios del pa?s. Sin embargo, durante los doce a?os que dur? el conflicto, no se produjo este esperado viaje. En su lugar, el monarca galo envi? a diferentes virreyes que, como el mariscal La Mothe-Houndacourt, fueron recibidos con grandes muestras de alegr?a, muy superiores a los realizados habitualmente con los anteriores virreyes nombrados por el rey cat?lico. En los ?ltimos compases del conflicto, don Juan Jos? de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, dirigi? las operaciones militares del ej?rcito castellano en suelo catal?n. Y fue ?l quien, finalmente, dobleg? a la ciudad, entrando en ella el 13 de octubre de 1652 y siendo nombrado virrey de Catalu?a desde febrero de 1653 a marzo de 1656. Tras la guerra y durante toda la segunda mitad del siglo XVII, por Barcelona apenas pasaron personas de sangre real. El nuevo monarca, Carlos II, ni siquiera lleg? a visitar la ciudad para jurar las constituciones y privilegios de Catalu?a. Tras la muerte de Felipe IV, en 1665, su esposa, Mariana de Austria, se encarg? de la regencia de la monarqu?a mientras durase la minor?a de edad del rey. Durante su reinado, en varias ocasiones se plante? la posibilidad de que Carlos II fuese al Principado, como en 1679. Ese a?o, el rey consult? al Consejo de Arag?n sobre la posibilidad de ir al Principado a jurar los privilegios sin convocar previamente Cortes y sobre la conveniencia o no de convocar ?stas fuera del territorio catal?n. El Consejo de Arag?n contest? al rey: Para el juramento que Va Magd acostumbra ha?er favore?iendo a los Reynos de guardarles sus fueros y constituciones no es ne?essaria la convoca?on de cortes; pero para que los vassallos como tienen obligacion presten el juramento y homenaje de fidelidad a V Magd de forma que obligue a todos los de los reynos, es forzoso pre?eda la convoca?ion de las cortes, pues sin ella y hecha por V Magd no ay cuerpo ni le puede haver que represente toda la universidad del Reyno y obligue a los ausentes y a todos217. Es decir, no era obligatoria la convocatoria para prestar su juramento, pero s? para prestarlo sus vasallos. As?, ante este panorama de ausencia real, las visitas reales m?s destacadas de la segunda mitad del siglo XVII fueron la de la emperatriz Margarita Teresa de Austria, en 1666, y la de don Juan Jos? de Austria, en 1668. La hija de Felipe IV contrajo matrimonio con el emperador Leopoldo y deb?a trasladarse a Viena. Su viaje se retras? por la delicada salud de la infanta. En junio de ese a?o, el virrey de Catalu?a, don Vicente Gonzaga, avis? a las autoridades municipales que Margarita se encontraba en Denia, enferma de tercianas. La emperatriz desembarc? en la ciudad el 18 de ese mismo 217 ACA, Consell d?Arag?, leg. 1.351, n? 7.42. 79 mes. Durante la estancia en Barcelona, la salud de la emperatriz se resinti? y tuvo que retrasar su partida hasta el 10 de agosto, fecha en la que zarp? de la ciudad, con direcci?n Alemania. Durante este tiempo, el padre jesuita Nithard goz? de la confianza de la reina regente, enemiga de don Juan de Austria. En 1668, don Juan Jos? de Austria lleg? a Barcelona, desde donde realiz? un golpe de estado contra el jesuita. La estancia de don Juan se alarg? hasta 1669 y, pese a estar en rebeld?a contra la autoridad de la reina, el gobierno municipal le dio su bienvenida oficial218. 1.5. Conclusi?n. Como se ha podido comprobar en este cap?tulo, durante casi 200 a?os, fueron numerosas las visitas reales que tuvo la ciudad de Barcelona. Entre las diversas tipolog?as de estas visitas, destacan tres principalmente: la primera corresponde al viaje del soberano de la monarqu?a hisp?nica a Barcelona para jurar las constituciones y privilegios de Catalu?a o para la convocatoria de Cortes; la segunda, a las visitas realizadas por los monarcas Fernando I y Carlos V que, debido a lo itinerante de su corte, pasaron en diversas ocasiones por la ciudad y, finalmente, la tercera tipolog?a, al viaje de personas reales en su viaje de ida o de regreso de la corte, cuyo paso por Barcelona se deb?a a estar ?sta en la ruta habitual que segu?an. Adem?s, se pueden establecer tres etapas en las visitas realizadas a la capital catalana durante esos a?os: - 1? etapa. Desde el reinado de Fernando el Cat?lico hasta 1551. Corresponde a la corte itinerante, con los numerosos viajes del soberano a Barcelona que en esta ?poca fue, sobre todo en el reinado del emperador, un punto geoestrat?gico muy importante como puerto principal de la pen?nsula en el Mediterr?neo, con un importante desarrollo de la construcci?n naval. - 2? etapa. Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la Guerra dels Segadors. Corresponde a la sanci?n de la hegemon?a hisp?nica tras Catteau-Cambresis (1559), cuando la corte de Madrid era la m?s importante de Europa y a ella se dirig?an personas de sangre real, embajadores de las naciones europeas, nuncios y legados apost?licos, virreyes y ministros de la Corona y todo tipo de personajes ilustres. Es, en estos momentos, cuando llegan a Barcelona un mayor n?mero de hu?spedes, entre ellos, algunos miembros de la realeza europea. - 3? etapa. Segunda mitad del siglo XVII. Representa la desaparici?n de la hegemon?a hisp?nica y, por tanto, la p?rdida de poder de la corte madrile?a. Esto implic? el descenso de las visitas a la corte debido a la p?rdida de peso espec?fico comparado con las cortes de Londres, Par?s o Viena. Este descenso tuvo su reflejo 218 S?NCHEZ MARCOS, F., Catalu?a y el gobierno central tras la Guerra de los Segadores (1652-1679). El papel de don Juan de Austria en las relaciones entre Catalu?a y el Gobierno central, Barcelona, Edicions de la Universitat de Barcelona, 1983, p?g. 169. 80 en el acusado descenso de visitas a Barcelona. Como paradigma de este descenso de visitas a Barcelona, tenemos la propia ausencia de Carlos II, a lo largo de su reinado. 81 CAP?TULO 2: APOSENTAR Y AVITUALLAR A LA CORTE A lo largo de la historia, la llegada de un monarca a una ciudad ven?a acompa?ado de dos necesidades vitales: alimentarse y alojarse. Dependiendo de las relaciones entre ambos, la ciudad se ofrec?a o estaba a obligada a satisfacer dichas necesidades. Durante la Edad Media, se estableci? por las diversas cortes europeas el derecho del rey a ser alojado y alimentado: conocido en Francia como el droit de g?te. Por ?ste, las ciudades y villas, por donde pasaba el monarca y su familia, dispon?an c?modos aposentos y comida suficiente para cubrir sus necesidades. La ciudad corr?a con todos los gastos del sustento real durante el tiempo que residiese en ella. Como el rey acostumbraba a viajar con su numerosa corte, las ciudades se ve?an obligadas a abastecerse de los suministros suficientes para alimentarlos a todos, aunque en no pocas ocasiones surgieron conflictos acerca de su obligatoriedad de sustentar a los miembros del s?quito del monarca. Desde finales del per?odo medieval, el progresivo aumento de la corte real las forz?, a?n m?s, a conseguir cereales y carnes para asegurar el abastecimiento, lo que llev? a las ciudades, algunas ya con sempiternos problemas en esta materia, a buscarlos en reinos pr?ximos. As? pues, en este cap?tulo analizaremos estas dos necesidades vitales del rey cuando llegaba a una ciudad, en este caso Barcelona, objeto de este trabajo. Para ello, estudiaremos qu? hu?spedes ten?an derecho a ser aposentado y alimentado en la ciudad y qu? problemas surgieron en torno a ello. Algunos ejemplos sucedidos durante los siglos XVI y XVII nos pueden clarificar la problem?tica surgida durante las visitas reales en torno a estos dos conceptos. Adem?s, estudiaremos algunas de las medidas tomadas por los gobiernos municipales para asegurar el abastecimiento de alimentos necesarios para la estancia real y el suministro de la corte. En definitiva, en este cap?tulo trataremos de aportar un peque?o grano de arena a unos de los aspectos menos conocidos y estudiados por la historiograf?a: el aposento y avituallamiento del rey y su corte. 2.1. EL aposentamiento de la corte. En torno al aposento de la corte, surgen diversas preguntas que pod?an hacerse extensivas a otras ciudades. ?Qui?n ten?a derecho a ser aposentado? ?Qui?n pagaba los gastos de aposento?, ?Qu? casas eran escogidas, habitualmente, para hospedar al monarca?, ?Cu?l era el modus operandi de esta acci?n de aposentar a la corte? Estas preguntas no siempre son f?ciles de responder y presentan diferentes respuestas seg?n la coyuntura del momento. La corte itinerante, t?pica de los tiempos bajomedievales e iniciales de la modernidad, obligaba a las ciudades a acoger con frecuencia al monarca y 82 su s?quito. As?, ya hemos visto en el primer cap?tulo como, durante ese tiempo, los soberanos pasaron, a menudo, por la capital catalana. Sin embargo, la fijaci?n de la corte en Madrid en 1561 tuvo como consecuencia una mayor escasez de las visitas reales a Barcelona. Por otro lado, esta fijaci?n de la corte y la adopci?n de la etiqueta borgo?ona, en 1548, signific? un incremento importante de los integrantes del s?quito regio debido a los numerosos oficios palatinos que estableci?. Adem?s, a todos los oficios palatinos, hay que sumar la concentraci?n en el entorno del monarca de los diversos consejos encargados de la administraci?n y gobierno de la monarqu?a que estaban formados por un gran n?mero de ministros y oficiales. Por tanto, es un hecho constatable que la corte que pod?a acompa?ar a reyes como Felipe III y Felipe IV era mucho mayor que la corte itinerante de sus antepasados, es decir, los Reyes Cat?licos o Carlos V. Cuando el soberano de la monarqu?a hisp?nica iniciaba una jornada, le acompa?aban no solo su Casa sino tambi?n los consejos o una parte representativa de ellos. Esto generaba una serie de complicaciones como se puede ver en un informe realizado por el Consejo de Italia sobre los inconvenientes que ofrec?a su traslado a Barcelona, acompa?ando a Felipe IV, en 1632. Aqu?, el motivo econ?mico se plantea como un problema ya que el hospedaje en ?posadas y otros sustentos encarecen mucho mas de lo ordinario?. El autor del informe reconoce lo beneficioso que ser?a para las consultas llegadas desde la misma Italia la mayor proximidad de Barcelona, pero, aun as?, ser?an pocos los atrevidos a venir a la ciudad a realizar sus consultas por la peligrosidad de la navegaci?n y los costes del viaje. Junto a ello, el traslado de papeles y libros desde Madrid, adem?s de engorroso, encarecer?a mucho m?s el viaje. Finalmente, el autor del informe recuerda c?mo, en 1585, todo el consejo acompa?? a Felipe II a Monz?n y c?mo, por el contrario, en 1626, Felipe IV solo llev? un regente, un secretario, un oficial y dos o tres porteros ya que el traslado de todo el consejo a Barcelona hubiese sido mucho m?s costoso219. El n?mero de integrantes de la corte variaba seg?n la ?poca, el motivo del viaje o el tiempo programado para la jornada. El obispo de Barcelona y virrey, Joan Sent?s, afirm? que la corte de Felipe IV, a su paso por Balaguer, sobrepasaba las dos mil personas220. Adem?s, hay que a?adir los numerosos caballos y otros animales a los que hab?a que alimentar y cobijar. As?, en 1581, el obispo de Cuenca y electo arzobispo de Sevilla, Rodrigo de Castro Osorio, lleg? a la ciudad condal, para dar la bienvenida a la emperatriz Mar?a, acompa?ado de m?s de 80 ac?milas221. Asimismo, el curtidor de Barcelona Miquel Parets explica en su dietario como, en la entrada de Felipe IV en la ciudad, 219 BNM, Ms. 988, Papeles hist?rico-pol?ticos referentes a N?poles, fols. 200-201. 220 AHCB, Cartes Comunes Originals, 1B. X-57, el obispo de Barcelona a los consellers, 21 de marzo de 1626, fol. 68. 221 AHCB, ms. B-37, op. cit., fol. 254. 83 sempre estaven entrant carregas del rey totes de sos rebostes molt richs y entrarenne moltissimes que anaven molt espesas y digueren que dos dies avia quen entraven poches o moltes? y passaven tantes de carroses cotxos plenes de cavalles que les pobres mules venien espallades222. Por este motivo, el rey normalmente solicitaba a la ciudad que se aposentase y diese cobijo a los de su s?quito y sus caballos. Retrocediendo a 1492, Fernando el Cat?lico escribi? al Consell de Cent solicit?ndoles que ?haguesen tantas posadas sens pagar quantas poguessen per aposentar molts de cort que ab ell venian?223, as? que, el gobierno municipal deliber? que se pagasen las posadas de los animales que ven?an con el rey224. 2.1.1. El derecho de aposento. Respondamos a la pregunta inicial sobre qu? personas tienen derecho al aposento. El fiscal de la Junta de Aposento, Juan Berm?dez, escribi? en su tratado ? escrito y publicado en 1738? Regal?a del aposentamiento de la corte: su origen y progresso, leyes, ordenanzas, y reales decretos para su cobranza, y distribucion que entre ?los Derechos proprios de la Corona, llamados de la Regal?a, ? Reales, tiene lugar el de Aposentamiento, siempre reservado ? la Magestad?225. Berm?dez, siguiendo a Tito Livio, situ? el origen del aposentamiento del rey en la antigua Roma, concretamente en el a?o 172 a.C., siendo c?nsules Lucio Posthunio Albino y Marco Popilio Lenate. Ese a?o, se mand? a los ciudadanos de Palestrina que diesen a los magistrados habitaciones y lo necesario para el transporte de su ropa y que esto fuese pagado del caudal p?blico, practic?ndose el ?Hospedage por caridad, politica, ? mutua correspondencia?226. Contin?a explicando c?mo los emperadores Teodosio y Valentiniano recogieron las leyes de aposentamiento que establec?an que ?para aposentar la Comitiva del Pr?ncipe todos contribuyessen, excepto los Ilustres, con sus Casas proprias que habitassen; pues las que poseyessen, y alquilassen, deb?an estar sujetas ? repartimiento?227. El fiscal Berm?dez tambi?n incluye en su tratado lo que las Siete Partidas establec?an sobre las funciones del aposentador, recogiendo la herencia romana sobre este asunto: 222 PARETS, M., op. cit., p?g. 186. 223 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 136. 224 Les R?briques de Bruniquer?, vol. II, p?g. 244. 225 BERM?DEZ, J., Regal?a del aposentamiento de Corte, su origen y progresso, leyes, ordenanzas, y reales decretos para su cobranza, y distribuci?n, Madrid, Imprenta de Antonio Sanz, 1738, fol. 1, citado por EZQUERRA REVILLA, I., ?El aposento cortesano?, en MART?NEZ MILL?N, J. y VISCEGLIA, M.A. (Dirs.), La monarqu?a de Felipe III?, vol. I, p?g. 1.170. 226 BERM?DEZ, J., Op. cit., fol. 2. 227 Op. cit., fol. 6. 84 El aposentador es el que d? las posadas ? la Compa??a del Rey, y ordena, lleve un Pendon para ser conocido y que entre en el Lugar donde el Rey ha de posar, un dia antes, para la notoriedad. Seg?n esta compilaci?n jur?dica castellana, el aposentador deb?a poseer un buen juicio y conocer a los acompa?antes del monarca para aposentarlos de acuerdo a sus necesidades, calidades y oficios. Era obligatorio que aposentase al rey y su s?quito siguiendo las ordenanzas y etiquetas palaciegas. Adem?s, deb?a asegurarse que los due?os de las casas no sufr?an ning?n da?o ni agravio. Tambi?n ten?a jurisdicci?n sobre los pleitos que surgiesen en torno a este asunto. Por lo tanto, el aposentador deb?a ser un gran conocedor de las necesidades del soberano y de su corte para alojarlo en las ciudades y que esta acci?n no supusiese ning?n perjuicio para sus habitantes. Finalmente, el rey se reservaba el derecho de favorecer al aposentador si realizaba bien su trabajo o de castigarle si hac?a lo contrario228. Ignacio Javier Ezquerra Revilla destaca c?mo, a lo largo del siglo XVI, la gesti?n del aposento ten?a un funcionamiento irregular por las jornadas reales y por su ?confusa organizaci?n interna del personal del ramo, lastrada todav?a por la existencia de dos tradiciones de servicio imperfectamente superpuestas, Castilla y Borgo?a, lo que indujo a diferencias entre el aposentador mayor y los aposentadores por un lado y el mayordomo mayor por otro?229. Para paliar el desorden en la gesti?n del aposento durante la fase inicial del reinado de Felipe III ?contin?a este autor? se dio orden de prohibir las consultas a boca sobre el aposentamiento y la obligaci?n de hacerlas por escrito para ser vistas y aprobadas por el mayordomo mayor230. Pero, no fue hasta el reinado de Felipe IV que se aprobaron unas Ordenanzas de Aposento para articular y normalizar su gesti?n, tanto en la ciudad de Madrid, como durante las jornadas reales. Las constituciones y privilegios de Catalu?a establec?an que solo ten?an derecho a ser aposentados el rey, la reina, el primog?nito, el gobernador en ausencia del soberano y el pont?fice y su familia. Sin embargo, a la hora de aposentar a una persona regia, aunque ?sta no tuviera jurisdicci?n alguna sobre Catalu?a, se actuaba con mayor o menor flexibilidad seg?n la situaci?n pol?tica y econ?mica del momento. Era en momentos de crisis y conflicto cuando se denegaba el aposento a una persona regia. En 1550, el secretario del virrey pregunt? a los consellers qu? posadas dar?an al rey de Bohemia, Maximiliano de Austria, a lo que contestaron que la ciudad no acostumbraba a dar aposento231. En 1581, Barcelona ofreci?, gustosamente, alojamiento a la emperatriz Mar?a y su s?quito, cuando regresaban de Viena; sin embargo, se le comunic? al aposentador mayor del rey que la ciudad no dar?a aposento al arzobispo de Sevilla y su s?quito, que la iban a recibir a Barcelona, porque la ciudad no ten?a la obligaci?n de hacerlo. El virrey, duque de Terranova, habl? a favor del arzobispo argumentando que por ser quien era y ser enviado del rey se le tratase con toda la 228 Op. cit. fol. 16. 229 EZQUERRA REVILLA, I., op. cit., p?g. 1.169. 230 EZQUERRA REVILLA, I., op. cit., p?g. 1.172. 231 Les R?briques de Bruniquer, vol. II, p?g. 248. 85 cortes?a posible232. En esta ocasi?n, se atisba cierta animadversi?n hacia la altivez del arzobispo y los castellanos que integraban su s?quito233. Tambi?n les fue denegado el aposento a los infantes de Saboya, a su regreso de la corte en 1606. En esta ocasi?n, los consellers alegaron que en el viaje de regreso no se da aposento como ya pas? en el regreso de los infantes de Bohemia, en 1571234. Junto a este motivo, hay que tener en cuenta la influencia que pudo tener en esta decisi?n la grave situaci?n que padec?a Catalu?a en ese a?o, en que una gran crisis alimenticia provoc? episodios de hambruna que veremos m?s adelante. En cambio, ese mismo a?o, los embajadores de Valencia y Zaragoza fueron alojados a costas de la ciudad, pese a su menor rango pol?tico235. Pero, la situaci?n que se dio en 1630 fue a?n m?s grave. En una ?poca de distanciamiento progresivo entre el Principado y la monarqu?a debida a las cortes inacabadas de 1626, la crisis econ?mica y alimenticia, el aposentador mayor de Felipe IV, don Alonso Pacheco, comenz? a aposentar el s?quito de la reina Mar?a de Hungr?a, hermana del soberano, como era de costumbre. Ahora bien, cuando la reina ya se encontraba en Molins de Rey, el Consell de Cent decidi? detener los trabajos de alojamiento porque la hermana del rey no ten?a derecho a ?l y continuarlo vulneraba las constituciones ya que en el cap?tulo 15 de las Cortes celebradas por la reina Mar?a en 1422, se establec?a que el aposento solo era derecho del rey, la reina, el primog?nito y sus criados. Por tanto, la hermana de Felipe IV no gozaba de este privilegio. Entonces, se decidi? no desalojar a los ya estaban aposentados, que eran muchos, pero el resto de los que quedaban lo tuvo que hacer por su cuenta236. No debi? gustar nada al monarca la negativa de la ciudad a ofrecer aposento a su propia hermana. Sin embargo, en 1666, el aposento de la emperatriz Margarita Teresa de Austria, hermana de Carlos II se realiz? sin problema alguno237. En cambio, ese mismo a?o, llegaron a Barcelona las galeras de Espa?a que trasladaban el s?quito o ?familia? de la Emperatriz Margarita Teresa, de regreso a la pen?nsula. El aposentador solicit? alojamiento para ellos durante los d?as que estuviesen en ella y, como era de esperar, la ciudad se lo deneg?. El Consell de Cent argument? que no se le daba aposento a ninguna persona sino tan solo a persona real cuando llegue a dicha ciudad, como pas? poco tiempo antes cuando la propia emperatriz visit? la ciudad pero que no se hallaba en ning?n ejemplar que se diera alojamiento a su s?quito cuando regresaba. Adem?s, expuso como a Mar?a de Hungr?a se dio aposento en 1630, aunque omiti? la detenci?n de ?ste que ordenaron realizar por las causas que acabamos de ver238. Seg?n lo visto, en algunos casos la ciudad no quer?a hacerse cargo del aposento de estos hu?spedes ilustres 232 DACB, vol. V, p?g. 297, 5 de noviembre de 1581. 233 Les R?briques de Bruniquer, vol. II, p?g. 249. 234 DACB, vol. VIII, p?g. 290, 30 de julio de 1606. 235 Les R?briques de Bruniquer?, vol. I, p?gs. 12 y 18. 236 DACB, vol. X, p?gs. 451-452, 6 de febrero de 1630. 237 ?Dit dia, lo senyor conseller ters estigue tot lo dia occupat en fer bolletas per lo allojament de la familia de dita magestat cesarea, y ja dos dias avia que en companyia del veguer anaven per tota la ciutat pera disposarse dit allojament, que?s feu ab molta quietut y ab molta satisfactio de tots?, en DACB, vol. XVII, p?g. 439, 18 de julio de 1666. 238 DACB, vol. XVII, p?g. 468, 18 de julio de 1666. 86 cuando pasaba por la ciudad cuando regresaban de la corte o de los s?quitos de las princesas espa?olas que regresaban de su viaje para acompa?arlas y servirlas hasta su nuevo hogar. Caso distinto era el del rey, al que, por privilegio de la Corona, siempre se le daba aposento, fuese cual fuese el motivo de su visita. Durante el viaje del rey a Catalu?a, su alojamiento era tarea de los aposentadores de caminos, que, seg?n el fiscal Juan Berm?dez, hacen el alojamiento en los transitos de las jornadas de los Reyes, Pr?ncipes, ? Infantes, para todas las personas, que no son de el cargo de el de palacio, ? Reyna, y de estos aposentadores hay cierto numero, y de ?l para cada jornada se?ala el Mayordomo Mayor los que han de ir; y de orden de su Magestad se expiden por el Consejo de la Camara Reales Cedulas para las ciudades, encargandolas les d?n favor, y ayuda, y que los acompa?en, para que el Aposentamiento se haga comodamente239. En su tratado, el fiscal establece distinciones entre los aposentadores de caminos y el aposentador de Palacio, encargado de aposentar en la corte de Madrid a todos los oficiales que gozasen de este privilegio. A tenor de lo visto, tambi?n queda clara la vinculaci?n del oficio de aposentador a la figura del mayordomo mayor, encargado, entre otras muchas cosas, de nombrar a los acompa?antes del rey para sus jornadas. 2.1.2. ?C?mo y d?nde se alojaba al rey y su s?quito? Si segu?an la ruta habitual Madrid-Zaragoza-Barcelona, los reyes sol?an pasar noche en Lleida, Bellpuig, Cervera, Igualada, Montserrat y Molins de Rey, para llegar, finalmente, a Barcelona. En Lleida, Felipe II se aloj? en 1585 en un palacio junto al mercado y la orilla del r?o Segre, hecho de algunas casas de ciudadanos. Asimismo, Felipe IV y su hermana Mar?a se alojaron, durante sus respectivas estancias en la ciudad, en el palacio del obispo. El castillo de Bellpuig alberg? a diversos monarcas en sus visitas al Principado. Era una posesi?n del almirante de N?poles y, entre sus distinguidos hu?spedes destaca Felipe el Hermoso que durmi? en ?l cuando la fortaleza era propiedad de don Raimundo de Cardona ?caballerizo mayor de Fernando el Cat?lico?. ?ste no s?lo hosped? al rey sino que tambi?n ?pag? a todo su s?quito, hombres y caballos, la cena de ese d?a y la comida del jueves?240. El arquero y cronista Henry Cock, miembro del s?quito de Felipe II en su viaje a la Corona de Arag?n en 1585, tambi?n recoge el alojamiento del rey en dicho castillo cuando regresaba de la ciudad condal, mientras que una parte del s?quito, entre los que se encontraba el propio arquero, lo hizo en Villanueva, tambi?n propiedad del almirante de N?poles y donde recibieron sus billetes de posada. Por las ciudades y villas por donde pasaba, como Igualada o Cervera, el rey era alojado en las casas m?s grandes y prestigiosas y, seg?n el 239 BERM?DEZ, J., op. cit., p?g. 19. 240 LALAING, A., en GARC?A MERCADAL, J., op. cit., vol. II, p?g. 468. 87 tama?o de la poblaci?n, el s?quito tambi?n se alojaba en ella o lo hac?a en los poblados y aldeas m?s cercanas. Finalmente, el ?ltimo pueblo donde acostumbraban a posar los soberanos, antes de llegar a la ciudad o tras abandonarla, era Molins de Rey. En ocasiones, eran varias las noches que pasaban en esta localidad cercana a Barcelona, por lo que el aposentamiento era importante y deb?a estar bien organizado. En 1519, Carlos I pas? varios d?as en ella esperando que se solucionase el problema del juramento que le imped?a hacer su entrada real en la ciudad. M?s tarde, volvi? a alojarse huyendo del brote de peste que amenaz? Barcelona. En 1533, su esposa, tambi?n residi? algunos d?as en dicha poblaci?n y para ello solicit? a los consellers de la ciudad condal trigo suficiente para las jornadas que ten?a pensadas pasar all?. En esta villa, los soberanos posaban en un palacio del que disponemos una breve descripci?n de Antoine de Lalaing, que acompa?? a Felipe el Hermoso en 1503 a Barcelona y se aloj? en ?l: Es bastante hermoso, donde el jard?n es de los m?s bonitos, adornado con diversos frutos, naranjos, granados, limones, etc?tera. Y est?n tan bien guiados los unos dentro de los otros, que entre todos forman galer?as y otras variadas fantas?as; dentro hay fuentes hermosas y claras, bien pavimentadas y adornadas. Y para conclusi?n, no es posible ver nada m?s hermoso241. El arquero Cock posiblemente tambi?n se refiere a este palacio cuando en su relaci?n del viaje de Felipe II habla de un palacio en Molins de Rey ?propiedad del comendador? que tiene un lindo huerto y una fuente al mediod?a de la villa. Veamos, ahora, cu?l era el procedimiento de aposentamiento de la corte. Normalmente, el rey enviaba una carta a los consellers de la ciudad avisando de la llegada de sus aposentadores: Y a los aposentador y aposentadores que por nuestro mandado fueron de aqu? ha hazer en essa ciudad y en el camino el aposento y alojamiento de la dicha serenissima emperatriz y de los que vinieren en su companyia y servicio, les deys y hagays dar toda la assistencia y favor que os pidieren y huvieren menester para que puedan hazer su officio sin contradiccion e impedimento alguno, haziendo acerca de todo esto lo que el duque de Terra nova mi lugarteniente y capitan general desse principado os dixere y encargare de nuestra parte242. Con estas palabras, el rey exhortaba a los consellers de Barcelona que facilitasen la labor de los aposentadores que deb?an alojar a la emperatriz Mar?a en 1581, obedeciendo, en todo momento, las disposiciones del virrey, duque de Terranova. Llegados los aposentadores ?generalmente cuatro o cinco? a la ciudad, el aposentador mayor presentaba sus poderes y patentes para, en nombre del rey, comenzar a realizar su trabajo. Entonces, los consellers trataban y negociaban con ?l el modo y forma que se ten?a en la ciudad a la hora de aposentar. El hospedaje de la corte en la ciudad era una acci?n en la que participaban, adem?s de dichos aposentadores, el mismo virrey y el gobierno municipal. La coordinaci?n entre ellos era muy importante para evitar da?os y agravios a la poblaci?n. El proceso segu?a un estricto protocolo de 241 Op. cit., p?g. 470. 242 DACB, vol. V, p?g. 282, 25 de agosto de 1581. 88 acci?n. Junto a los aposentadores, el tercer conseller era el representante de la ciudad, acompa?ado del veguer ?o sotsveguer, en su defecto?, el escriba racional de Barcelona (encargado de registrar el aposentamiento), el jefe de la guardia de la ciudad y algunos mensajeros del veguer. El aposentador mayor se situaba entre el tercer conseller, que iba a mano derecha, y el veguer, situado a su izquierda. Detr?s, el resto de aposentadores y oficiales, todos a caballo y, a pie, el jefe de la guardia de la ciudad y los mensajeros. En algunas ocasiones, como en 1632, en que Felipe IV quer?a entrar el mismo d?a que llegaron los aposentadores y les pidi? mayor diligencia en el proceso, se formaron dos grupos para tal efecto: el primero formado por el aposentador mayor y el segundo conseller y el segundo, por el tercer conseller y otro de los aposentadores. Dependiendo del tama?o de la corte, el proceso de aposentamiento pod?a durar entre tres o cuatro d?as. Se deb?a hacer siguiendo la costumbre de la ciudad y con el mayor respeto, sin que causase ning?n agravio a los habitantes de la ciudad. En primer lugar, se alojaba a los miembros de menor rango del s?quito por los hostales y posadas de la marina. Tras ello, se iniciaba el aposentamiento por las casas de particulares, evitando las casas de viudas ?per los danys e inconvenients que porien resultar per no haver hi homens?243. Una vez escogida la casa del soberano, normalmente un palacio de la nobleza catalana, como veremos seguidamente, se alojaba a los miembros m?s destacados del s?quito. As? pues, seg?n su calidad y rango se eleg?a una casa u otra. As?, en 1666, el tercer conseller y los aposentadores de la emperatriz Margarita Teresa iniciaron a alojar a los miembros del s?quito por la calle Ample sercant les cases y cuartos que eren necessaries per les persones se havien de aposentar, segons la qualitat y conditio de cada qual, tractant y ajustant dits aposentaments ab los cavallers amos de llurs cases, que ab molta galanteria tots los cavallers procuraren acomodar a dits senyors de la millor manera los fou posible. Luego, continuaron aposentando por las casas de los caballeros, los monasterios y casas grandes de la ciudad para ?acomodar les persones de mes Ilustre de la senyora emperatris?244. Los aposentadores cabalgaban acompa?ados del conseller, mientras que los mensajeros del veguer sub?an a las casas con los aposentadores y los escribas para observarlas y se?alar los escogidos. Una vez aceptada la decisi?n de los aposentadores por el due?o se le entregaba un boleto o billete donde se especificaba el hu?sped que acog?a. El escriba racional de la ciudad era el encargado de rellenar estos boletos que eran de la siguiente manera: Los Consellers de la Ciutat de Barcelona a T de T carrer aposentara a tt. en sa casa ab la forma acostumada vuy a t. y firmada de ma del dit sor. conceller y de dit scriva racional245. 243 DACB, vol. VII, p?g. 195, 4 de mayo de 1599. 244 DACB, p?g. 435, 16 de julio de 1666. 245 DACB, vol. VII, p?gs. 194-196, 3 de mayo de 1632. 89 O bien, Los Consellers de la Ciutat de Barcelona a T aposentara, o donara un llit en sa casa ab la forma acostumada a T. Fet en Barcelona vuy a deset de Juliol del any mil siscents sexantasis. Don Francisco ?acirera, conceller ters Joseph Soldevila, scriva rational de Casa de la Ciutat246. La mayor?a de los due?os aceptaban el aposento sin problema alguno, pero otros pon?an serias dificultades para acceder a aposentar a un hu?sped que no conoc?an. En este sentido, el aposentamiento de la corte de Felipe III, en 1599, fue especialmente complicado. El dietario de la ciudad informa que a los que recusaban aposentar teniendo lugar para ello y para los que deb?a aposentar ?lo aposentador los feya polissa y firmada dita polissa de ma del aposentador y de ma de del dit veguer y de qualsevol dels Sors consellers, los havien de rebrer per grat, o per forsa?247. Una vez iniciado el hospedaje del rey y su corte por el aposentador mayor don Diego de Espinosa y sus ayudantes248, llegaron los aposentadores del archiduque Alberto, solicitando que se diera aposento a su s?quito. Entonces, se decidi? enviar a dicho aposentador junto con el cuarto conseller y el sotsveguer para realizarlo. Por lo que dos grupos de aposentadores recorr?an la ciudad, pasando por los barrios por los que anteriormente no hab?a pasado don Diego de Espinosa. Jaume Ramon Vila dej? constancia en su dietario de la violencia con la que fue hecho este aposentamiento: ?tots feyan tants agravis prenent los aposentos ab tanta violencia que per Casas de Viudas y Capellans aposentaven no podentse fer?. El Cap?tulo de la catedral, cuya sede estaba vacante, se reuni? para remediar dichos agravios ya que en casa de can?nigos, capellanes y eclesi?sticos no se pod?a aposentar por concesi?n, seg?n dicho cap?tulo, de Carlos V y Felipe II249. El Cap?tulo envi? a los 246 DACB, vol. XVII, p?g. 436, 16 de julio de 1666. 247 DACB, vol. VII, p?g. 196, 5 de mayo de 1599. 248 Ignacio EZQUERRA REVILLA explica que Diego de Espinosa aparece denominado indistintamente como aposentador mayor y como mariscal de logis y asumi? ambas funciones; aunque, oficialmente, s?lo pose?a condici?n de mariscal de logis. El cargo de aposentador mayor estaba vinculado a la Casa de Castilla, mientras que el mariscal de logis era un cargo propio de la Casa de Borgo?a y dependiente del mayordomo mayor. Espinosa ya aparece como aposentador mayor del rey en mayo de 1585, cuando se encarg? de realizar el alojamiento de Felipe II durante su viaje a la Corona de Arag?n, y ocup? el cargo de aposentador mayor hasta noviembre de 1604 y el de mariscal de logis hasta julio de 1605, cuando se retir? a su casa. En EZQUERRA REVILLA, I., op. cit., p?gs. 1.190-1.191. Los aposentadores que acompa?aron a Diego de Espinosa eran: Antonio de Robles, Rafael Cornejo, Ant?n Bravo de Salcedo Y Ant?n Lucas de Robles (hijo de dicho Antonio). 249 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 244. El fiscal Juan BERM?DEZ ya explic? que los emperadores Theodosio y Valentiniano, no siendo para la comitiva del Pr?ncipe el hospedaje, quedasen libres las casas de los cl?rigos, en BERM?DEZ, J., op. cit., fol. 5. Por su parte, Antonio D?EZ NAVARRO, sucesor de Juan BERM?DEZ en el cargo, recogi?, en su obra Alegaci?n fiscal por el derecho y regal?as de la del Real Aposento de Corte, lo que las Siete Partidas de Alfonso X recog?an sobre el aposentamiento del rey en iglesias y casas de eclesi?sticos: ?Ay en aquel volumen otros documentos, en que se hace menci?n del 90 consellers a dos can?nigos ?Bernat Oliba y Pere Pl?? para reclamarles que parasen los aposentos ilegales; aunque su petici?n no tuvo efecto alguno. Las ?rdenes que ten?an el veguer (Joan Dusay) y el sotsveguer (Antoni Joan Ferrer) eran claras: pese a que algunos particulares de todos los estamentos recusasen hospedar en sus casas causando un gran deservicio al rey, ellos deb?an presentarse en estas casas con las p?lizas y aposentar los hu?spedes bajo la amenaza de las penas pertinentes y ?altres remeys de la justicia oportuns?250. Como hemos indicado anteriormente, el aposentamiento comenzaba a realizarse por la calle Ample, concretamente por el palacio del almirante de N?poles, donde acostumbraba a residir el virrey. ?ste era el escogido para que se instalase el soberano u otro hu?sped de sangre real. La mayor?a de casas de esta calle y de su paralela ?la calle de la Merc?? eran reservadas para albergar al rey y a los miembros de la familia real. As?, en 1599, la archiduquesa de Austria y madre de la reina Margarita se aposent? en una casa justo al lado de la del rey, en la calle Ample y, asimismo, el archiduque Alberto lo hizo en una de la calle de la Merc?, tambi?n junto a la casa del virrey. De este modo, los aposentadores acostumbraban a escoger todas las casas cercanas al palacio que hab?an escogido para el rey. Adem?s de motivos espaciales, tambi?n influ?an en esta elecci?n motivos de seguridad, cre?ndose una zona exclusiva para la familia real con una fuerte presencia de guardias reales. Por este motivo, se eleg?an casas adyacentes a la escogida para albergar a la familia real. Ya en 1481, los aposentadores de Isabel la Cat?lica escogieron la casa de Bernat de Gualbes, en la calle Ample, para aposentar a la reina de Castilla, y, adem?s, las casas de Joan Bertran y de Natries hasta la marina251. A partir del siglo XVI, normalmente se aposentaba desde la casa del virrey, que acostumbraba a residir en una casa de la calle Ample, hasta el monasterio de la Merc?. Por lo tanto, la zona de la marina, entre las calles Ample y de la Merc?, eran las preferidas para alojar al soberano. Pero, ?qu? criterios escog?an los aposentadores del rey a la hora de escoger las casas para alojar al monarca? Para responder a esta pregunta nos puede ayudar un breve memorial enviado por el gobernador de Arag?n, don Francisco de Gurrea, a la emperatriz Isabel de Portugal en 1533, en el que se exponen las mejores casas para su aposento en Zaragoza252. En primer lugar, se med?a la cantidad de aposento que pod?a albergar una casa o palacio. Sobre este aspecto, el espacio y la amplitud de las salas eran muy importantes para la mirada de los aposentadores. Tambi?n se valoraba su Aposentamiento, eximiendo de ?l las Iglesias y Casas accesorios: Otrosi non puede ninguno posar en las Casas de las Iglesias, que se tienen con ellas, ? son suyas, quitamente en que se guardan sus cosas. Y las Casas de propia habitacion de los Eclesiasticos: Otrosi, non debe ninguno posar en las Casas de los Clerigos, sin placer, ? consentimiento de ellos. Excepto en la concurrencia del Rey, Principe ? Infantes, como advierte la glossa Et limitatur nisi in adventu principes. Y es terminante en ley Real del ordenamiento, hehca por el Se?or Don Enrique en Toro, cuyo mandato es: Las Possadas de los Clerigos, y Ministros de la Iglesia, no sean dadas ? Legos para que en ellas possen; salvo quando Nos, ? el Principe, ? Infantes nuestros hijos vinieremos al Lugar?, punto II, fol. 12. 250 AHCB, Bosses de Deliberacions, 1C. XIII-23, 9 de mayo de 1599. 251 AHCB, Ms. A-1, op. cit., fol. 196. 252 RAH, Colecci?n Salazar y Castro, A-44, fol. 261. 91 ubicaci?n. Por este motivo, el gobernador Gurrea cre?a que el palacio de la Aljafer?a, por estar fuera de la ciudad, no era el m?s adecuado para alojarla, pese a su gran capacidad para albergar hu?spedes. As? pues, se buscaban palacios c?ntricos y, a ser posible, situados cerca de los templos religiosos como las casas del arzobispo ?junto a la Seo? o la de Jaime de Albion ?cercana a la bas?lica del Nuestra Se?ora del Pilar?. En Barcelona, la casa del obispo de la ciudad ?junto a la catedral? o la del duque de Cardona ?muy pr?xima a los monasterios de san Francesc y la Merc?? cumpl?an con creces esta condici?n. Otro de los aspectos que se observaba era la temperatura de estos palacios, dependiendo de la ?poca del a?o en que se planeaba viajar, adquiriendo gran valor las casas que tuviese salas frescas para el verano. Tambi?n eran importantes las vistas de las casas y las salidas que ten?a y hacia donde se dirig?an ?stas. Por ello, en Barcelona eran muy apreciadas por los soberanos las casas con vistas al mar. En Roma, los aposentadores de Carlos V observaron como los aposentos del papa, ofrecidos al emperador, eran muy tristes y fr?os, por lo que entendieron m?s adecuado para ?l otro aposento que era ?muy alegre y dale el sol y descubre toda Roma y tien buenas vistas a todas p[ar]tes?, aunque ?ste estuviese lejos del apartamento del pont?fice253. Y, finalmente, era importante considerar la modernidad del edificio; as?, vemos en el memorial, como el gobernador Gurrea tach? la casa del arzobispo de poco moderna. Estas condiciones eran las que deb?an tener las casas y palacios de Barcelona para ser consideradas por los aposentadores reales como las m?s id?neas para albergar a los soberanos. Adem?s, es importante considerar que la elecci?n de la casa para albergar al monarca era un gran privilegio y honor para su due?o y, en ocasiones, una recompensa o agradecimiento por su fidelidad y servicio hacia ?l. En el siglo XV, Bernat de Gualbes, miembro de una familia que sirvi? a la monarqu?a durante a?os, aposent? en su hogar a diversos monarcas, como fueron los Reyes Cat?licos, hasta que la vendi? al arzobispo de Tarragona. Asimismo, en 1548, el pr?ncipe Felipe quiso instalarse en casa de do?a Estefan?a de Requesens y Z??iga, esposa de su ayo don Juan de Z??iga y madre de su amigo personal don Luis de Requesens, como deferencia hacia esa familia, a la que estaba muy unida en sus primeros a?os de vida. El aposento al rey era un servicio que en ocasiones era muy valorado por ?l. As?, Jeroni Pujades inform? en su diario como Felipe IV recompens? al batlle de Tornabou ?entre Cervera y Balaguer? nombr?ndolo caballero y noble porque lo aposent? a su costa en su casa, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta a Barcelona. El rey hizo venir al batlle y estant aquell agenollat tir? sa Mt. de la espasa. Lo Balle de temor llan???s per terra; y lo Rey li don? dos o tres espaldarassos dient-li: Dios y Santiago hos hagan buen cavallero. Al?aos!, y li don? a besar la m?. 253 FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., Corpus Documental de Carlos V, vol. I, CLXXXIX, p?g. 467, Roma, 5 de febrero de 1536. 92 A la ma?ana siguiente, el rey mand? que le despachasen el privilegio y, ante el todav?a asombrado batlle, dijo que a?adiesen que le hac?a noble254. Hubo un palacio en Barcelona que alberg? en sus paredes a varios monarcas a lo largo del tiempo. Un palacio situado en la calle Ample que fue cambiando de due?o pero que, por sus id?neas condiciones, fue escogido repetidas veces para alojar al monarca: el palacio del almirante de N?poles, duque de Sessa y Soma. En 1551, cuando el pr?ncipe Felipe regres? de su Felic?simo viaje se instal? en el palacio del duque de Cardona y Segorbe, cerca de la plaza de Framenors o San Francesc. Pero solo estuvo en ?l una noche porque su ropa no hab?a sido desembarcada y al d?a siguiente se traslad? al palacio del almirante de N?poles porque era el que reun?a mejores condiciones para hospedarse. Entre el siglo XV y XVI, este edificio fue cambiando de due?o. Como hemos visto anteriormente, Bernat de Gualbes lo vendi? al arzobispo de Tarragona, para, finalmente, pasar a manos del almirante de N?poles255. En el Anexo 2, podemos ver en la tabla que este palacio predomin? como lugar de aposento real desde finales de la Edad Media y durante todo el siglo XVI. As?, Felipe II y su hijo Felipe III se instalaron en dicho palacio en sus respectivas visitas de 1585 y 1599, a?adiendo al mismo, el adyacente palacio del vizconde de Rocabert?. Desde aqu?, se tomaron todas las casas hasta el convento de la Merc?, lugar donde los reyes acostumbraban a o?r los oficios. Sin embargo, en 1626, Felipe IV decidi? alojarse en el palacio del duque de Cardona, que ten?a fachada en la plaza de San Francesc. A partir de este momento, los reyes se alojaron en este palacio. As?, en 1628, Jeroni Pujades inform? en su diario que, ante la esperada llegada del monarca para concluir las Cortes de 1626, se embargaron las casas desde la casa del duque de Cardona hasta la Merc? para el rey y reinas de Espa?a y Hungr?a256. La elecci?n del palacio de los duques de Cardona para albergar a Felipe IV vino acompa?ada de una serie de reformas del mismo para acondicionarlo a las necesidades del monarca. En primer lugar, en 1626, se construy? una galer?a que conectaba el palacio con el monasterio de Sant Francesc, lugar donde, adem?s de asistir a los oficios religiosos, se celebraban las sesiones de Cortes y adonde el rey pudo llegar r?pidamente desde su palacio gracias a ella. As?, se dejaron atr?s los puentes de madera que anteriormente comunicaban el palacio del almirante de N?poles con el convento de la Merc?. Adem?s, por orden del rey, se construy?, otra galer?a que un?a el palacio de los Cardona con la muralla de mar. Veamos la descripci?n de dicha galer?a: Es obra principal y de consideracion, y de grande recreo y hermosiss[im]a vista que no se si su Magd. tiene otra cosa igual en este genero mejor en todos sus Reynos. La galer?a, que med?a de largo 425 pies, ten?a 87 ventanas con sus puertas y celos?as. Pintada de verde por fuera y blanqueada por dentro, la parte de la galer?a que ca?a al mar descansaba sobre 24 columnas de piedra. Adem?s, en ella hab?a 254 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 61. 255 DACB, vol. IV, p?gs. 227-228, 12 de julio de 1551. 256 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 152. 93 como un salon rodeado de vidrieras para poder ver y no ser visto, y para gozar de la vista de tierra y mar, y ciudad, y puerto aunque sea en tiempo de borrasca y viento257. Esta galer?a no solo comunicaba dos cuerpos sino que se encuadra en el tipo de galer?as que, seg?n Krista de Jonge, pueden catalogarse como de representaci?n. Felipe II import? este tipo de galer?as desde los Pa?ses Bajos a sus residencias espa?olas en la d?cada de 1550258. Los arquitectos de Felipe IV, siguiendo las indicaciones del rey, construyeron una galer?a similar a las construidas por Felipe II en sus residencias peninsulares. Una galer?a donde el rey pudiese recibir a personalidades o celebrar ceremonias y saraos. La galer?a segu?a los patrones borgo?ones en cuanto a longitud y n?mero de ventanas que permit?an su buena iluminaci?n y la adopci?n de ese car?cter ceremonial y no s?lo como medio de comunicaci?n. As?, seg?n el curtidor Miquel Parets, lo primero que hizo Mar?a de Hungr?a cuando entr? en el palacio del duque en 1630, fue recorrer la galer?a para poder contemplar el mar, donde ocho galeras le dedicaron salvas de artiller?a que contestaron cuatro compa??as de arcabuceros259. Durante la estancia de Felipe IV ese a?o en el palacio de los Cardona, pudo estudiar con detenimiento y analizar las carencias como residencia real para una futura visita real. Y el aplazamiento de las Cortes de 1626 ya obligaba a Felipe IV a volver a la ciudad para concluirlas. As?, ante los rumores continuos del traslado de la corte a la capital catalana durante todo el a?o de 1628, se decidi? acondicionar el palacio para el alojamiento del soberano, en lo que se preve?a como una estancia larga si seguimos el n?mero de obras que se decidieron hacer para la ocasi?n. Posiblemente, los rumores que recogi? el doctor Jeroni Pujades en su dietario de que el rey se trasladaba a vivir a Barcelona eran, ciertos. Entonces, la monarqu?a envi? un memorial (Anexo 4), que enviaron a los consellers de Barcelona, donde se especificaban las remodelaciones que se deb?an efectuar en este palacio y los contiguos ?los de los condes de Santa Coloma y de Vallfogona?, donde se alojar?a la familia real. En dicho memorial, se adjunt? una planta que lamentablemente no conservamos y que habr?a esclarecido su contenido. Seg?n el memorial, la cantidad de obras a realizar era importante. Y es que hab?a que acondicionar un palacio ducal, con unas dimensiones reducidas y con un n?mero menor de habitaciones por persona, a las necesidades que exig?a la persona del rey, siguiendo, adem?s, los preceptos de la etiqueta borgo?ona establecida por Carlos V en 1548. Para ello, se vieron obligados a incluir los anteriormente citados palacios contiguos, adem?s de otras casas pertenecientes a miembros de la aristocracia de la ciudad. As?, podemos ver c?mo, en el proyecto, se estableci? un n?mero mayor de habitaciones para el rey: dos salas, antec?mara, c?mara, galer?a, aposento para dormir, aposento para los negocios del soberano y, finalmente, retrete. Y es que la mayor 257 BUB, Ms. 1.009, op. cit., tom. IV, fol. 53. 258 JONGE, K. de, ?Espacio ceremonial. Intercambios en la arquitectura palaciega entre los Pa?ses Bajos borgo?ones y Espa?a en la Alta Edad Moderna (1520-1620)?, en JONGE, K. de, GARC?A GARC?A, B.J. Y ESTEBAN ESTR?NGANA, A. (Eds.), El Legado de Borgo?a. Fiesta y Ceremonia Cortesana en la Europa de los Austrias (1454-1648), Fundaci?n Carlos de Amberes, Marcial Pons Historia, 2010, p?g. 74. 259 PARETS, M., op. cit., p?g. 265. Las cuatro compa??as eran las de los pelaires, sastres, pasamaneros y terciopeleros. 94 complejidad ceremonial del siglo XVII exig?a un mayor n?mero de estancias regias. Para la reina se acondicionar?a el palacio del conde de Santa Coloma. La reina dispondr?a de unas habitaciones privadas y de otras que compartir?a con Mar?a de Hungr?a, hasta que ?sta se embarcase para ir a Viena. ?ste era un espacio reservado para el ?mbito femenino, al que hay que a?adir las estancias reservadas para las damas de la corte que se encontraban en el palacio del conde de Vallfogona, el mes?n del conde de Santa Coloma, el de Josep de Copons, el de Dalmau Copons y cuatro casas m?s de caballeros de la ciudad. Adem?s, se deb?a habilitar todo este espacio de manera que las camareras mayores de ambas reinas pudieran acceder con facilidad a las c?maras privadas reales. Los aposentos del infante don Carlos ?dos estancias y un retrete peque?o? se ubicaron en el proyecto cerca de los del monarca. Hay que destacar que los aposentos del monarca deb?an estar conectados con los del resto de la familia real, mediante pasadizos, algunos de ellos reservados. Los del cardenal infante don Fernando eran m?s complejos que los de su hermano el infante Carlos dado el importante cargo eclesi?stico que ocupaba que le obligaba a un mayor recogimiento. As?, las estancias del cardenal infante constaban de: una sala compartida con el rey, antec?mara, c?mara, aposento para dormir, oratorio, aposento para comer y retrete. Finalmente, en el memorial se tambi?n se incluyen los aposentos reservados para el conde-duque de Olivares, tom?ndose para ello la casa del doctor Josep Ramon. Las funciones de estas estancias estaban orientadas a la acci?n de gobierno; por ello, se incluye una sala de Recibimiento y otra para las numerosas audiencias que el favorito del rey ten?a a lo largo del d?a. Finalmente, es de destacar la comunicaci?n directa de los aposentos del conde-duque con los del rey ya que, adem?s de las funciones de gobierno, hay que sumar los cargos palatinos que ocupaba y que obligaban su accesibilidad a la persona real para servirle. Como se puede ver en este memorial, se requer?a un esfuerzo econ?mico importante por parte de la ciudad para cumplir la voluntad del soberano. Sin embargo, los consellers contestaron con una negativa cuando lo recibieron de manos del virrey, obispo de Solsona. Estos alegaron que la obra no se pod?a llevar a cabo ?no per falta de voluntat sino de hazienda per estar apretats de gastos aixi ordinaris com extra ordinaris que nos poden scusar y les rendas y emoluments anar cada dia menguan?260. Adem?s, le recordaron que nunca antes un monarca hab?a encargado a la ciudad el aparejo del aposento de la Casa Real y que esto corr?a a cargo de los ministros reales y a gastos del real patrimonio. As?, los consellers se negaron a llevar a cabo dicho memorial en unos tiempos en los que la crisis econ?mica afectaba gravemente al Principado, con a?os de sequ?as y cosechas desastrosas. Finalmente, el memorial cay? en el olvido y la negativa no fue reprendida por el monarca, quiz? consciente de las dificultades econ?micas que atravesaba Barcelona. A esto, hay que a?adir la incertidumbre en que viv?a la ciudad con la constante dilataci?n del viaje de Felipe. Por esto, la ciudad vio inviable el memorial porque pod?a representar un enorme gasto para la ciudad sin la seguridad de que el rey la visitase. 260 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, los consellers a Felipe IV, Barcelona, 30 de Diciembre de 1628. 95 El aposento del rey obligaba, a menudo, a los habitantes de algunas casas a cambiar de residencia, provisionalmente, durante su estancia en la ciudad. El caso paradigm?tico es el del virrey que deb?a trasladarse a otro lugar para dejar el palacio libre para el monarca. As?, en 1582, el virrey, duque de Terranova, se instal? en casa del prior Sant Climent, en la calle de la Merc?, para que la emperatriz Mar?a pudiese alojarse en el palacio del almirante de N?poles. Para su nuevo hu?sped, el prior mand? construir, incluso, un puente de madera a la entrada de su casa261. A?os m?s tarde, en 1632, Felipe IV se instal? en casa del duque de Cardona que tuvo que trasladarse al palacio real; pero, asimismo, el cambio de residencia del duque oblig? al guardia del palacio, Jaume Riera, a alquilar una casa mientras el monarca permaneciese en la ciudad. Por este motivo, los diputados concedieron a dicho guardia 17 libras para sufragar los gastos del alquiler y traslado de sus objetos personales262. Como antes hemos apuntado, el alojamiento del s?quito del monarca se hac?a dependiendo de la calidad y rango del hu?sped. La nobleza acostumbraba a alojarse en casa de alg?n pariente, si lo ten?a en la ciudad, o en palacios y casas dignas de su persona. Es dif?cil saber donde se instal? la nobleza que acompa?aba a los reyes ya que no ha quedado registrado en la documentaci?n y solo poseemos noticias puntuales. La nobleza que ocupaba cargos palatinos se alojaba en el mismo palacio donde lo hac?a el rey, para poderlo servir seg?n las tareas de cada oficio. Al resto de nobles de la corte se le buscaba un aposento digno de su persona. En 1533, el marqu?s de Astorga que acompa?? a los emperadores durante su estancia en la ciudad, se hosped? en casa de mossen Senjust, en la calle de Moncada, una de las principales calles donde resid?a la ?lite de la ciudad263. En 1626, el almirante de Castilla se aloj? en casa del tesorero Bru. Secretarios y miembros de los consejos se alojaban en casas, tambi?n siguiendo criterios de rango y oficio. As?, tenemos noticias del alojamiento del vicecanciller de Felipe III en casa del batlle general de Catalu?a. Cuando llegaba a la ciudad un destacado noble o miembro de la corte, el virrey sol?a ofrecer su casa para alojarlo. Pero, cuando el virrey no se encontraba en Barcelona, lo hac?a en una posada o, mayormente, en uno de los conventos de la ciudad. As? lo hicieron, en 1629, el duque de Lerma, el marqu?s de Esp?nola y el marqu?s de Santa Cruz que, juntos, se hospedaron en el convento de la Merc? porque el virrey estaba en Perpi??n264. En algunas ocasiones, los nobles prefer?an aposentarse en aquellos conventos con cuya orden el noble ten?a cierta proximidad. As?, en 1636, el duque de Medina de las Torres se aloj? en el convento dominico de santa Catalina cuando lleg? a la ciudad para embarcarse con destino N?poles. El duque residi? en el convento durante un mes y fue alojado en la estancia del padre principal. Sus criados lo hicieron en la 261 AHCB, Ms. A-1, op. cit., fol. 218. 262 ACA, Deliberacions, N-187, fol. 749, 21 de abril de 1632. 263 Sobre esta calle v?ase AMELANG, J., ?El carrer de Montcada: canvi social i cultura popular?, en AMELANG, J. ?Gent de la Ribera? i altres assaigs sobre la Barcelona moderna, Vic, Eumo, 2008, p?gs. 67-77. 264 PARETS, M., op. cit., p?g. 249. 96 hospeder?a nueva y sus oficiales en otras celdas del convento ?en las quals celdas los religiosos particulars hab?an procurat porvehir de la roba necessaria y llits?265. En el caso de los eclesi?sticos que acompa?aban al monarca, tambi?n sol?an hospedarse en conventos de su misma orden o en casas de eclesi?sticos como la del obispo de Barcelona o la del arzobispo de Tarragona. As?, en 1599, el confesor de Felipe III y el del archiduque Alberto se alojaron en el mismo convento de frailes dominicos de santa Catalina, orden a la que pertenec?an ambos. El confesor del rey lo hizo en la estancia reservada al prior del convento y el del duque en la enfermer?a266. A?os m?s tarde, en 1626, el cardenal legado pontificio Francesco Barberini residi? en casa del obispo de Barcelona, don Juan Sent?s, que era, adem?s, virrey de Catalu?a. Sin embargo, tras la llegada de Felipe IV a la ciudad y su s?quito, dej? dicho palacio para instalarse en el monasterio de Jes?s ?situado fuera de la ciudad?, donde tambi?n se hosped? el patriarca de las Indias267. En 1630, los consellers, pese a la amenaza de peste que atemorizaba la ciudad, decidieron abrir el portal de Junqueres para que el confesor de la reina de Hungr?a, el padre capuchino Quiroga, hospedado en el convento de Junqueres, pudiese entrar y salir de la ciudad por dicho portal y, as?, no tenerlo que hacer por el portal Nou268. Sin embargo, en algunos casos, los eclesi?sticos pretend?an hospedarse en lujosas casas. Este es el caso del ya conocido arzobispo de Sevilla, del linaje Castro Osorio, que en 1582 vino a recibir a la emperatriz Mar?a. En primer lugar se instal? en casa del obispo de Barcelona, pero consider? que era demasiado peque?o para ?l y se traslad? al palacio del duque de Cardona que estaba vac?o, sin duda m?s apropiado para su rango y linaje ?recordemos la fastuosa entrada en la ciudad con m?s de 70 ac?milas269. A lo largo de los siglos modernos, Barcelona ?nicamente recibi? la visita del papa en una ocasi?n, 1522, en la que el antiguo preceptor de Carlos V, Adriano de Utrech, ahora Adriano VI, se aloj? en una propiedad del arzobispo de Tarragona, en las ramblas. Sin embargo, los legados pontificios y nuncios apost?licos que pasaron por la ciudad fueron muy numerosos (Anexo 3). Normalmente, estos se alojaban en el palacio del virrey, aunque en ocasiones lo hac?an en otros palacios o en conventos y monasterios de la ciudad. Para estas ocasiones, el palacio donde se alojaba el cardenal se ornamentaba de una manera m?s austera que cuando se alojaba un pr?ncipe o soberano: Estava adere?ado con grandeza, decente a los Prelados, que no se axcessiba, por no imitar los seglares, ni tan humildes que llegue a desestimarlos, que el mundo juzga por lo exterior y las riquezas no est? el da?o en tenerlas los Obispos, sino en el mal uso dellas, tan quam nihil habentes, omnia possidentes, puede el Officio affectarlas la virtud las ha de desestimar, hospedarle 265 BUB, Ms. 1.006, Lumen Domus o Anals del Convent de Sta. Catharina des del any 1635 fins 1700, tom. II, fol. 4. 266 BUB, Ms. 1.005, LUMEN DOMUS o Anals del Convent de Sta. Catharina V. y M. de Barna Orde de Predicadors, tom. I, fol. 154. 267 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 42. 268 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 68, 14 de febrero de 1630. 269 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 254. 97 el Virrey a su costa: y a la mesa del se?or Legado que no come carne, ni laticinio, se sirve con gran moderacion270. El resto de integrantes del s?quito, de m?s bajo rango ?criados, oficiales, soldados, etc?tera? se repart?an por casas de particulares en barrios m?s modestos de la ciudad. En Zaragoza, los jurados se negaron a sufragar los gastos del aposento del s?quito de la emperatriz Isabel en 1533. El gobernador de Arag?n, don Francisco de Gurrea, trat? con los moriscos para que aposentaran en sus casas a los criados y oficiales de la emperatriz, aprovechando las diferencias que ?stos ten?an con los jurados y que les ganar?a el favor de la emperatriz271. Poco despu?s, el aposentador mayor de Carlos V explicaba por carta al secretario Cobos los problemas que ten?a para aposentar en la ciudad de Roma al s?quito imperial que acompa?? al rey por Italia, tras el regreso de la campa?a de T?nez de 1535. As?, le expon?a las dificultades que encontraba para alojar a la ?gente de guerra?, a la que, finalmente, coloc? en el Trast?vere que ?es parte donde no pueden tratar con nadie sino ellos unos con otros, queriendo sus capitanes que esten entre el Tiber y la cerca del vulgo?272. Igualmente, el arquero Cock, cuenta como ?l y sus compa?eros fueron aposentados en el arrabal de la ciudad de Lleida, pasado el puente. Y es que el alojamiento de la soldadesca siempre era complicado porque sus acciones pod?an desencadenar fricciones con la poblaci?n aut?ctona como ya sucedi? en 1533 durante la estancia de Carlos V y su esposa en Barcelona. As? pues, el aposentamiento de la corte se realizaba con mayor o menor acuerdo seg?n las circunstancias particulares de cada visita real y la calidad y rango de la persona a aposentar. 2.2. El abastecimiento de la ciudad para la llegada del rey. Una vez analizado el aposentamiento de la corte en Barcelona, estudiaremos a continuaci?n el otro de los derechos del rey al llegar a una ciudad: el avituallamiento de su persona y s?quito. Para ello, estudiaremos el abastecimiento de cereal, carne y pescado, siendo el primero un alimento esencial de las sociedades modernas iniciaremos por ?l dicho an?lisis. 270 RAH, 9/3655(2), ANDRES DE MENDOZA, Quarta Relacion y Diario de Andres de Mendo?a. De la Entrada del Se?or Cardenal Legado en Barcelona, y disposicion a la de su Magestad, 1626. 271 RAH, Colecci?n Salazar y Castro, A-44, fol. 260. 272 FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., Corpus Documental de Carlos V?, vol. I, p?g. 466, CLXXXIX, Roma, 5 de febrero de 1536. 98 2.2.1. El aprovisionamiento del trigo. A la Jornada de Barzelona en consonantes for?ossos que dio el Rey. Soneto 26? Vive Dios que me causa gran ? Mohina, Deesta larga Jornada el ? Embara?o Quando esta el otro re?io en el ? Rega?o De su Do?a Berbarda, ? ? Barnardina. Menos mi mula a caminarse ? Ynclina Quanto mas la espuela la ? Amenazo Y de uno en otro desigual ? Ribazo A comer llega, y no halla una ? Sardina Es la gente del Rey una ? Langosta De caminos y pueblos ? Espantajo Y toda cabe en una sola ? Calleja Y caminando siempre por la ? Posta Solo el gran Rey nos tiene el gran ? Trabajo Que es de su mozo ardor costumbre ? Vieja273. Con este soneto, el poeta don Antonio Hurtado de Mendoza nos muestra las consecuencias del paso de la corte de Felipe IV por las diversas villas y regiones durante la jornada real de Barcelona. El gran s?quito que acompa?aba al monarca requer?a una gran cantidad de suministros para proveerla y, por donde pasaba, el lugar quedaba exhausto de provisiones. As?, el poeta tacha al s?quito real de ?langosta?, met?fora de la corte como uno de los enemigos m?s temidos por la humanidad desde tiempos inmemorables; una de las siete plagas enviadas por el Se?or para castigar a los egipcios que ten?an retenidos al pueblo de Israel. Un enemigo capaz de arrasar campos enteros y arruinar cosechas con las que poder subsistir y, por tanto, muy temido por los campesinos. As?, en la Edad Moderna, la corte es vista, por los habitantes de los lugares por donde pasaba, como una amenaza a su propia subsistencia: el ?Espantajo? de pueblos y caminos. En 1533, la emperatriz abandon? Barcelona y decidi? instalarse unos d?as en Molins de Rey. Pidi? a los consellers y a los pueblos cercanos a la ciudad que 273 RBPR, Ms. II/2802, Diversos Romances del Sr. Don Antonio Hurtado de Mendo?a, fol. 260. 99 ?provehissen de pa y vitualles que alli faltaven per haverhi molta gent. E de continent los dits consellers provehiren que ab tragines aportasen pa alli e, axi fonch fet ab diligentia?274. A?os m?s tarde, en 1599, el proyectado paso, por Tortosa, de la corte de Felipe III y su esposa exigi? que todos los pueblos de la comarca se proveyesen de cereales y carnes para alimentarla, as? como de paja y grano para sus caballos. Por este motivo, los diputados reprendieron al batlle y jurados de Ulldecona por no haber hecho las previsiones necesarias para recibir a la caballer?a del rey275. Es decir, el esfuerzo que se obligaba a hacer a los lugares por donde pasaba la corte, que acostumbraban a vivir rozando la estricta subsistencia, para alimentarlas minaba los ritmos de vida normales de la comunidad pudiendo llegar a arruinar sus econom?as para ese a?o. El arquero Henry Cock, en su relato del viaje de Felipe II a la Corona de Arag?n en 1585, describi?, de una manera un tanto optimista, el estado de abastecimiento de Barcelona: Hay abundancia de todas las cosas en ella, mayormente de pescado, que muy barato se compra muchas veces en su mercado. Las carnes son caras, mas nunca faltan. Falta de trigo no hay, porque habi?ndola, los ciudadanos se proveen en Sicilia y otras partes por nav?os. Vinos hay de muchas suertes que en grandes cubos de madera vienen por mar, de manera que en Barcelona no falta ning?n regalo276. Pero, en realidad, el abastecimiento de la ciudad condal no era tan f?cil como lo present? este cronista. Por este motivo, las dificultades habituales de aprovisionamiento se agravaban ante la llegada del monarca a la ciudad convirti?ndose en un problema primordial para las autoridades municipales. Una vez llegado a la ciudad el aviso de la pr?xima visita del rey u otra persona de sangre real, las autoridades barcelonesas se pon?an a trabajar para asegurarse un buen abastecimiento. Las autoridades reales tambi?n dejaban bien claro la obligatoriedad de la ciudad de estar bien provista. As?, en 1598, el virrey duque de Feria les comunicaba que, para la visita de Felipe III, ?estigues molt ben provehida de forments ordis y sivades carns y totes altres provisions necessaries, de manera que les persones que vindrien assi per acompanyar sa magt. trobassen totes les provisions necessaries ab lurs comoditats?. Pero, como ya hemos apuntado, el abastecimiento de la ciudad de Barcelona durante los siglos modernos no fue algo sencillo. Todo lo contrario. Catalu?a padeci?, en general, un d?ficit de cereales durante ese tiempo. Joan Regl? ya apunt? que el trigo constituy? un grave problema en la Catalu?a de los siglos XVI y XVII277. Asimismo, otros destacados historiadores tambi?n remarcaron esta falta de granos como Jaume Carrera Pujal, quien demostr? la penuria constante de trigo en Barcelona278 o Pierre 274 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 181. 275 BNM, Ms. 2.338, Diario de varios sucesos ocurridos en Catalu?a y especialmente en Barcelona desde el 22 de agosto de 1577 hasta el 13 de Julio de 1628, fol. 111. 276 COCK, H., op. cit., p?g. 511. 277 REGL? CAMPISTOL, J., Els virreis?, p?g. 39. 278 CARRERA PUJAL, A., Historia pol?tica y econ?mica, vol. I., p?gs. 509 i ss. 100 Vilar que afirm? que, desde el siglo XIV, la ciudad necesit? importar trigo279 ya que las producciones cerealistas del Principado no eran suficientes para abastecer la ciudad. En esta direcci?n, John H. Elliott asegur? que la inadecuaci?n del suministro de trigo y las considerables fluctuaciones en los precios ten?an a los consellers y a otros magistrados municipales de las ciudades catalanas en un estado constante de angustia280. As?, el panorama cerealista en Principado, en el siglo XVI, era decepcionante, agrav?ndose a finales del mismo por falta de lluvias281. El problema perdur? durante la centuria siguiente produci?ndose graves situaciones de desabastecimiento de Barcelona. A las malas condiciones naturales propias del pa?s, causantes, en parte, de este d?ficit de cereales, hay que sumar las pr?cticas fraudulentas de algunos especuladores ? mercaderes y terratenientes? que se beneficiaron de su posici?n de poder282 para vender grano en beneficio de sus propios intereses, perjudicando las reservas de la ciudad. Como ha expuesto Oriol Junqueres, la venta, por parte de los virreyes, de licencias de exportaci?n de trigo fue un factor clave en la conflictividad de los a?os 80 del siglo XVI283. Ante esta situaci?n, las autoridades municipales del Principado y, en general, de la Corona de Arag?n, compet?an por asegurarse el abastecimiento de granos284. Ante este panorama, Barcelona despleg? por diversas ciudades de la Corona de Arag?n agentes con el exclusivo prop?sito de conseguir cereales con los que poder abastecer la ciudad. Regiones como el Rosell?, Arag?n, Baleares y, sobre todo, Sicilia fueron las principales proveedoras de granos de la ciudad y en sus capitales se instalaron agentes barceloneses para ocuparse de este asunto. Aunque, como escribe Oriol Junqueres, a principios del siglo XVI, el trigo procedente de Italia disminuye por la mayor presi?n demogr?fica del norte de Italia y el trigo castellano adquiere mayor relieve. Por esto, los consellers estuvieron en permanente contacto con sus agentes para saber el estado de este negocio. As?, durante todo el a?o 1598, escribieron continuamente a sus agentes en Zaragoza, Mallorca o Perpi??n para estar informados sobre el estado de las diferentes compras de trigo que dichos agentes llevaban a cabo. Y es que, el desabastecimiento de la ciudad y la consecuente falta de trigo pod?an provocar alteraciones y motines entre los habitantes de Barcelona, como sucedi? entre los a?os 1604-1606, cuando se produjeron graves incidentes por el hambre que asolaba la ciudad e, incluso, los barceloneses amenazaron al quinto conseller acusado de especulador285. Escribi? Jeroni Pujades en su diario que, en 1603, al fundirse las nieves, se estrope? el grano de un gran n?mero de silos, ?passades de cent mil corteres de blat? y se prohibi? 279 VILAR , P., Catalu?a en la Espa?a moderna. Investigaciones sobre los fundamentos econ?micos de las estructuras nacionales, vol. I. El medio natural y el medio hist?rico, Barcelona, Cr?tica, ed. de 1987, p?g. 144. 280 ELLIOTT, J.H., La Revolta Catalana, 1598-1640. Un estudi sobre la decad?ncia d?Espanya, Valencia, PUV, ed. 2006, p?g. 78. 281 REGL? CAMPISTOL, J., op. cit., p?g. 39. 282 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 79. 283 JUNQUERES i VIES, O., Guerra, Economia i pol?tica a la Catalunya de l?Alta Edat Moderna, Sant Vicents de Castellet, Farell, 2005, p?g. 132. 284 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 78. 285 VILAR, P., op. cit., p?g. 387. 101 extraer de ellos el grano podrido para no infeccionar el aire. Adem?s, mostraba su alegr?a por este hecho porque castig? a los especuladores: ?Beneit sia D?u que castiga los bladers?286. As?, la pr?xima visita del rey a la capital catalana requer?a un incremento sustancioso de las reservas cerealistas para poder afrontar con seguridad su abastecimiento durante la imprevisible estancia del monarca. Y es que el prestigio y honor de la ciudad estaba en juego ya que una situaci?n de escasez de trigo y el consecuente mal abastecimiento de la corte supondr?a un deservicio al rey que podr?a tomarlo como una afrenta personal de sus s?bditos catalanes. As?, en 1598, los consellers escribieron a los diputados aragoneses y a los jurados de Zaragoza para que, ante lo desprovista que Barcelona estaba de trigos, no pusieran ning?n tipo de dificultad en su compra y env?o para abastecerla ante la llegada de Felipe III. Tambi?n les avisaban de que hab?an enviado un agente a Madrid, el droguero Pau Dur?n, para obtener una licencia del monarca para poder sacar del reino aragon?s diez o doce mil ?caffissos de blat?, que el dicho Dur?n comprar?a en Zaragoza a su regreso de la corte287. Similares palabras escribieron a los c?nsules de Perpi??n para que permitiesen que el agente de Barcelona, Pere Bramon, pudiese enviar sin problemas una compra de 1.000 cuarteras de trigo hecha al sacrist?n Descamps ?aqu?l que vimos en el anterior cap?tulo siendo designado embajador de la Generalitat para convencer a Felipe III de que celebrase su boda en Barcelona?288. Pero, como ya apunt? Fernand Braudel, el trigo fue uno de los graves problemas de las regiones mediterr?neas. As?, la competencia entre regiones por asegurarse reservas de cereal era dura y las solidaridades entre naciones y regiones no eran la nota com?n; aunque fuesen del mismo cuerpo pol?tico. En ocasiones, las ciudades de la Corona de Arag?n pusieron muchas dificultades para venderse trigo entre ellas. Veamos como ejemplo a la propia Barcelona. Una vez recibida la carta donde el rey Felipe III les notificaba su cambio de decisi?n y su intenci?n de casarse en Valencia, la ciudad condal no tendi? la mano al reino vecino cuando ?ste solicit? trigo para su abastecimiento, como esper? ella, previamente, de Zaragoza o Perpi??n. Sucedi? que, en enero de 1599, lleg? a Barcelona el caballero valenciano Gaspar de Monsoriu para solicitar a los consellers la venta de, al menos, quince o veinte mil ?caficos? de trigo para abastecer Valencia para las bodas reales289. Sin embargo, la respuesta que recibi? de ellos fue negativa. El motivo era porque la ciudad albergaba alguna esperanza de que el rey cambiase de parecer; ?estant nosaltres com estam ab alguna confiansa de que lo Rey nre. Sor. ha de venir a esta ciutat a celebrar son casament com ab tantes nos tenia 286 PUJADES, J., op. cit., vol. I, p?g. 260. 287 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 148, los consellers a los diputados de Arag?n, Barcelona, 4 de noviembre de 1598. 288 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 147, los consellers a los c?nsules de Perpi??n, Barcelona, 3 de noviembre de 1598. 289 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 221. 102 scrit?290, para lo que se hab?a enviado la embajada al rey, encabezada por el conseller en cap. La falta de solidaridad entre las ciudades se puso en evidencia en estas ocasiones. Por un lado, los jurados valencianos pidieron trigo porque sab?an que la ciudad acumulaba reservas para la visita real; por el otro, los consellers intentaban esquivar la venta excus?ndose con la grave falta de trigo que padec?a Barcelona y su esperanza de que el rey celebrase all? su enlace. Finalmente, fue la iniciativa privada la que solvent? la situaci?n valenciana y permiti? que el caballero Monsoriu se llevase algunas cargas ?que particulars de asi li vengueren?291. Pero, adem?s, hab?a otros protagonistas en este asunto: los oficiales de la monarqu?a. ?stos consideraban el aprovisionamiento de la ciudad Valenciana como un asunto de primer orden porque en juego estaba el servicio al rey. Es por esto que el virrey de Catalu?a, duque de Feria, otorg? licencias al enviado valenciano para poder cargar y sacar del Principado 4.000 cuarteras de cereal ?aunque solo de cebada y avena?292. Asimismo, dio licencia al marqu?s de Aytona para que pudiese sacar de su marquesado 1.500 cargas de grano con direcci?n a Valencia293. Cuatro a?os m?s tarde, ante la pr?xima visita de Felipe III, que se produjo en 1603, la capital del Turia volvi? a solicitar una provisi?n de granos a Barcelona. Las autoridades valencianas dejaron claro en su carta que conoc?an la abundancia de grano que hab?a, ese a?o, en la ciudad294. Y es que, ciertamente, la a?ada hab?a sido f?rtil, seg?n anot? Jeroni Pujades en su dietario e, incluso en abril de ese a?o, se accedi? a vender cereal a Palermo que padec?a una gran escasez. Durante la estancia de los monarcas en la ciudad, el miedo a quedarse sin reservas de cereal era constante porque se desconoc?a el tempo que residir?a la corte en la ciudad. Por este motivo, continuaban compr?ndose grandes cantidades de trigo. Adem?s, personajes de tan alta calidad obligaba a las autoridades municipales a comprar buenos alimentos y, por ello, el trigo deb?a ser de los mejores que se pudiera comprar para hacer un pan digno del rey y de su s?quito. No obstante, no siempre se aseguraba la provisi?n de alimentos de buena calidad y, en ocasiones, los que llegaban a la ciudad no lo eran. En 1564, el Consell de Cent escribi? a su agente y proveedor de granos en Santa Coloma de Queralt, Antoni Fonoll, para informarle que el trigo enviado se te per cert que fara molt mal pa lo quens pesara molt per tenir en la ciutat sa maiestaty tota sa cort perque si en nigun temps desijavem ques fes bon pa en la ciutat ho desijavem en aquest com es de raho per ?o pregam carament vulla mirar en que vingue bon forment com nosaltres de ell confiam295. Similares palabras dirigi? en 1599 a su agente en Perpi??n, Pere Bramon. Se le reprendi? duramente por haber enviado a la ciudad cereales ?dolents gastats bruts y 290 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 167, Barcelona, los consellers a los jurados de Valencia, 13 de enero de 1599. 291 AHCB, Ms. B-100, op. cit., fol. 221. 292 ACA, Real Cancilleria, Reg. N? 4.878, fol. 2, Barcelona, 17 de marzo de 1599. 293 Op. cit., fols. 5-6, Barcelona, 16 de febrero de 1599. 294 AHCB, Cartes Comunes Originals, 1B. X-58, fol. 113, Valencia, enero de 1603. 295 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-57, fol. 27, Barcelona, 10 de marzo de 1564. 103 plens de moltas llavors?; muy lejos de los que esperaban para fabricar el pan del soberano296. Con estos dos ejemplos, podemos ver el notorio malestar de los consellers por estos env?os de cereal de mala calidad que pod?an poner en entredicho su reputaci?n ante la corte por no poder ofrecerles el apreciado pan blanco, hecho con trigo de buena calidad. Por tanto, como hemos visto, la visita del rey a Barcelona obligaba a su gobierno municipal a realizar un sobreesfuerzo en el abastecimiento. Para ello, se tomaban una serie de medidas extraordinarias para asegurarlo que depend?an de la situaci?n y de las reservas existentes en la ciudad. Perre Vilar ya apunt? como la exportaci?n de cereal catal?n fue un buen negocio para algunos terratenientes que obten?an m?s beneficios vendi?ndolo fuera de Catalu?a que llev?ndolo a Barcelona, debido a los elevados costes del transporte y de los derechos de entrada en esta ciudad297. Por este motivo, tras el aviso de la pr?xima visita del rey, se acostumbraba a hacer una crida general por todo el Principado prohibiendo la salida de granos para asegurar la provisi?n de la corte. As?, en enero de 1519, Sebasti? Lobet, verguer de la Real Audiencia, anduvo por tierras de Tarragona, Tortosa y naveg? por el r?o Ebro hasta Lleida, anunciando la prohibici?n de sacar granos del Principado para proveer la corte de Carlos I298. Pese a estas prohibiciones, exist?an otros problemas que dificultaban la llegada de cereal. Problemas estructurales propios del comercio del Principado: la falta de buenas comunicaciones internas y de medios de transporte. Los altos costes ordinarios del transporte del cereal a Barcelona por el mal estado de los caminos y por la falta de arrieros y carros para poder realizarlo se incrementaban ante la llegada de la corte por la insuficiencia de las infraestructuras del pa?s. Por eso, en 1537, el lugarteniente general y arzobispo de Zaragoza exhort?, mediante crida p?blica, a todos los oficiales reales, pahers y prohombres de universidades, especialmente de las zonas de Lleida, Balaguer, Urgell y Segarra ?graneros del Principado? a que ofreciesen sus carretas y animales de carga para poder transportar a Barcelona una gran compra de granos hechas por la ciudad de Barcelona para la visita del rey Carlos299. Y es que la necesidad obligaba a tomar estas medidas. A?os m?s tarde, en 1564, cuando Felipe II se dispon?a a realizar su primera entrada en la ciudad como soberano, los consellers, adem?s de enviar muchas carretas a Santa Coloma de Queralt para traer trigo300, encargaron al arrendador de la barca de Sant Andreu, que permit?a el paso del r?o Llobregat a la altura de esta poblaci?n, que no pusiese obst?culo alguno a ninguna carreta que viniese cargada de trigo con direcci?n Barcelona y las pasase con toda presteza porque hab?a que alimentar a la corte301. Ni siquiera la peste que amenaz? Catalu?a a finales del siglo XVI impidi? a los consellers escribir, en 1599, a los c?nsules de Tarragona para que permitiesen el 296 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 193, Barcelona, 18 de junio de 1599. 297 VILAR, P., op. cit., p?g. . 298 DACB, vol. III, p?gs. 282-283, 11 de enero de 1519. 299 AHCB, Cartes Comunes Originals, 1B. X-42, fol. 237, Barcelona, 14 de diciembre de 1537. 300 AHCB, Lletres Closes, 1b. VI-57, fol. 17, los consellers a Antoni Fonoll, Barcelona, 8 de febrero de 1564. 301 Ibidem, los consellers al arrendador de la barca de Sant Andreu, Barcelona, 8 de febrero de 1564. 104 paso de los trajineros por la ciudad, a pesar del peligro que comportaba302. El motivo era que en Barcelona hab?a una gran falta de cereales por la estancia de la corte de Felipe III. Tamarit era un peque?o puerto de la costa tarraconense por el que se exportaban las producciones de grano que proced?an de la zona de Urgell y Lleida. Por este puerto, junto con los de Salou y Tarragona, como apunt? Pierre Vilar, se exportaron m?s de 200.000 cuarteras de trigo durante las hambrunas que se dieron entre los a?os 1604 y 1606303. Era uno de los puntos principales de abastecimiento de la capital catalana que, all?, ten?a un almac?n de donde acumulaba las compras de cereal. En primer lugar, gastaban el cereal m?s antiguo para dejar lugar a la nueva cosecha. Pero, la cantidad de cereal que exig?a la llegada del rey y su s?quito a Barcelona era tan grande que la ciudad se quedaba sin reservas y la escasez obligaba a reclamar a su agente en Tamarit todo el grano que all? hubiera disponible. As?, en 1564, ante la llegada de los infantes de Bohemia y sobrinos de Felipe II a Barcelona, el Consell de Cent orden? a su agente Antoni Fonoll, de Santa Coloma de Queralt, que enviara a Tamarit tanto los granos de la antigua cosecha como los de la nueva. Una vez en ese puerto, el agente de la ciudad, Miquel Miret, se encarg? de distribuir el grano entre cuatro naves (llondros) que la ciudad hab?a dispuesto para ello304. Tras la llegada del grano a Barcelona, se mol?a en los molinos situados cerca del Rec Comtal, canal de agua que pasaba por su lado oriental. Ante la llegada del monarca, los molinos incrementaban su actividad y para ello, era imprescindible que dicho canal llevase agua suficiente para su funcionamiento. Por este motivo, en febrero de 1564, los consellers escribieron al batlle de la baron?a de Montcada para que arreglasen el canal y permitiesen el paso del agua del Rec Comtal con toda rapidez y sin obst?culo alguno para que los molinos pudiesen producir, correctamente, durante la estancia de Felipe II305. Pero, con el paso del tiempo, estos molinos no pudieron ofrecer un buen servicio ya que ?se rompen de quiscun die? por lo que los consellers ordenaron que los sacos de trigo fueran conducidos a los molinos de Ripollet y Molins de Rey para poder conseguir la gran cantidad de harina necesaria para alimentar a la corte de la emperatriz Mar?a que en 1581 pas? por la ciudad con direcci?n a la corte306. Tres a?os m?s tarde, en 1585, el panadero Joan Font se traslad? a Ripollet para moler trigo durante seis d?as para proveer la ciudad ante la llegada del duque de Saboya porque los molinos del Rec Comtal no funcionaban correctamente307. Era en estas situaciones extraordinarias donde se pon?an en evidencia las deficiencias en las infraestructuras de la ciudad. Aunque el abastecimiento de la ciudad era tarea del Consell de Cent y los consellers, los virreyes tambi?n pretend?an controlar la llegada de cereal a la ciudad. 302 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-69, fol. 193, los consellers a los c?nsules de Tarragona, Barcelona, 7 de junio de 1599. 303 VILAR, P., op. cit., p?g. 388. 304 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-57, fol. 26, Barcelona, 5 de marzo de 1564. 305 AHCB, op. cit., fol. 21, Barcelona, 2 de febrero de 1564. 306 AHCB, Registre de Deliberacions, 1580-1581, fol. 115, 9 de septiembre de 1581. 307 AHCB, Bosses de Deliberacions, 1C. XIII-20, fol. 84, 25 de febrero de 1585. 105 Como apunta Oriol Junqueres, dificultaban la llegada de trigo a Barcelona y exig?an que les fueran compradas licencias de transporte, y, a su vez, vend?an licencias de exportaci?n de trigo308. Y esto, claro est?, generaba fricciones y desacuerdos entre ambos poderes. Un caso importante sucedi? en 1581, cuando el gobierno municipal trabajaba para el aprovisionamiento de la ciudad ante la llegada de la emperatriz Mar?a. El virrey, el napolitano duque de Terranova, exigi? el abastecimiento de las galeras que estaban ancladas en la playa; sin embargo, los consellers contestaron que la ciudad no ten?a obligaci?n de abastecerlas y que ?stas pod?an y deb?an hacerlo fuera de Barcelona. Entonces, el 11 de septiembre, el virrey orden? secuestrar el trigo de las plazas de la ciudad y llevarlo a las atarazanas, donde ser?a cargado en las galeras. Las protestas de la poblaci?n no se hicieron esperar. Los consellers denunciaron la situaci?n al virrey y ?ste les mostr? su descontento por los preparativos que la ciudad estaba realizando para el recibimiento de la emperatriz Mar?a y por la poca cantidad de cereal que hab?an dejado para las galeras (200 cuarteras). Finalmente, el virrey accedi? a devolver la parte de trigo secuestrada a los particulares, pero se reserv? otra para las galeras ?per que se morien de fam?. Sin embargo, esto no pareci? suficiente a la ciudad y los propios consellers fueron a visitar al virrey para denunciar el secuestro del trigo, as? como el de otras provisiones importantes como eran le?a, carb?n y volater?a, entre otros. La raz?n de estas protestas radicaba en la cercan?a del invierno que exig?a a los ciudadanos acumular reservas de estos productos. El virrey se excus? argumentando que ?l no ten?a intenci?n de agraviar a la ciudad y que ?nicamente intentaba abastecer a las galeras y que la ciudad estuviese suficientemente abastecida para la llegada de la hermana de Felipe II, la emperatriz Mar?a. Los consellers replicaron que el aprovisionamiento para una visita real nunca se hab?a efectuado extrayendo trigo de las plazas de la ciudad y que el de las galeras se acostumbraba a realizar en Tarragona u otros lugares. Asimismo, le informaron de que los virreyes siempre aprovisionan su Casa fuera de Barcelona ? como ya apunt? Joan Regl?309? y no como estaba haciendo en ese momento, cuando oficiales reales iban ?secrestant per les viles y lochs totes les gallines olles y altra volateria y prenent la poca que ve a la plassa en manera que los malalts y poblats no troben una polla per ses necessitats ni tampoch lenya ni carbo?. Por este motivo, solicitaron al duque que hiciera lo mismo que sus predecesores en el cargo y acabase con dichos secuestros. Finalmente, el virrey actu? con sentido com?n y, queriendo evitar cualquier conflicto con la ciudad, a la que mostr? su intenci?n de servir en todo momento, accedi? a devolver todo el cereal secuestrado310. La llegada de la emperatriz Mar?a se retrasaba y, en los molinos de Ripollet y Molins de Rey, se acumulaban los sacos de harina que continuamente se produc?an. Ante esta situaci?n y ante la incertidumbre de su llegada, los consellers decidieron parar 308 JUNQUERES i VIES, O., op. cit., p?g. 132. 309 REGL? CAMPISTOL, J., op. cit., p?g. 38. 310 DACB, vol. V, p?gs. 284-290, 10, 11 y 12 de septiembre de 1581. 106 la actividad de dichos molinos para evitar una acumulaci?n excesiva311. Pero, ?d?nde fue a parar esta harina? Posiblemente, dicha harina se vendiera o exportase o fue acaparada por los especuladores ya que, tan solo dos meses despu?s, a finales del mes de noviembre, el Consell de Cent orden? que se enviasen a la ciudad todas las compras de trigo hasta ese momento realizadas debido a la gran necesidad que ten?a Barcelona312. As? pues, visto lo sucedido, podemos hacernos una idea de las dificultades del abastecimiento que padeci? la ciudad en estos ?ltimos meses de 1581. Los preparativos de la visita real y la necesidad de avituallar la ciudad precipitaron un conflicto entre el virrey y la ciudad que estaba relacionado con la pr?ctica habitual de algunos virreyes de secuestrar provisiones que vulneraba sus privilegios. La llegada de la emperatriz y el abastecimiento de las galeras sirvieron de pretexto para la acci?n de los oficiales reales. Sin embargo, tras la marcha atr?s del virrey en los secuestros, la cruda realidad del abastecimiento de la ciudad volvi? a evidenciar las irregularidades que comet?an especuladores y exportadores y Barcelona padeci?, nuevamente, escasez de trigo. Pero como hemos apuntado anteriormente, ante el arribo de la corte, la producci?n cerealista del Principado no era suficiente para abastecer una ciudad como Barcelona. Por eso, los consellers se vieron obligados a solicitar al soberano que otorgase licencias para poder sacar cereales de aquellos reinos a los que realizaban las compras; lo mismo solicitaban a los virreyes de los territorios italianos que, como N?poles y Sicilia, eran importantes proveedores de cereal para Catalu?a. De este modo, en 1628, a?o de gran escasez, le recordaron a Felipe IV que en 1585, con motivo de la llegada a Barcelona de su abuelo Felipe II y la falta de grano que ?sta padec?a, ?vingueren naus de blats y ordis? y, ahora, la situaci?n obligaba a lo mismo313. Adem?s, ordenaron al agente de Barcelona en la corte, don Joan Grau de Montfalc?, que entregase una carta al rey donde le solicitaban que ordenase al virrey de Sicilia, duque de Alburquerque, que comenzase a entregar las 6.000 salmas de trigo que la isla adeudaba al Principado. Estaba establecido que se devolviesen 1.000 salmas por a?o; pero, la programada visita de Felipe exig?a que fueran devueltas todas juntas314. Ese mismo a?o, se inform? al duque de Alba, virrey de N?poles, que se hab?a enviado un agente a ese reino para comprar ?una bona summa de blats la extractio de la qual no pot fer sens lloventia de V[ostra]. E[xcelencia].?315. As? pues, era necesario que el virrey expendiese una licencia para poder sacar el trigo de ese reino. Y es que la situaci?n en Barcelona obligaba a ello porque la cosecha de aquel a?o hab?a sido desastrosa. Durante el invierno de 1627 la sequ?a se abati? sobre el campo catal?n. As? lo explic? Jeroni Pujades en su diario: 311 AHCB, Registre de Deliberacions 1580-1581, fol. 121, 2 de octubre de 1581. 312 Op. cit., fol. 143, 29 de noviembre de 1581. 313 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fols. 91-92, los consellers a Felipe IV, Barcelona, 11 de noviembre de 1628. 314 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fol. 93, los consellers a don Joan Grau de Montfalc?, Barcelona, 11 de noviembre de 1628. 315 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fol. 97, los consellers al duque de Alba, 12 de diciembre de 1628. 107 Tot aquest autumne y principi de ivern de 1627 ?s estat molt falto de ayguas. Los pous abundants se s?n axugats; las fonts caudalosas, secadas; los rius perennes tan aminvats, que no s?n sin? unas petitas ayguas de ribera316. Esta sequ?a provoc?, como dijeron los consellers, que, ese a?o, la cosecha de todo tipo de grano fuese est?ril317. A partir de ese momento, se inici? un per?odo de malas cosechas ?1628, 1629, 1630 y 1631? que retornaron al Principado a situaciones de hambruna. En septiembre de 1629, de nuevo, el doctor Jeroni Pujades anot? en su diario que la lluvia y el aire hab?an acabado con la cosecha y, en Barcelona, la falta de cereales hab?a disparado los precios318. Asimismo, el doctor Sevill? escribi? en su obra, anteriormente citada: Los antecedentes del a?o precedente dexaron perniciossisimas consequencias en este a?o de 1631, siendo de los mas principales, la grandissima falta de trigos, de que se ocasionaron contagiosos males en todo el Principado, padeciosse en todo genero de viveres tanto que no se tenia memoria de otra cosecha igual ? esta, y tan persistida y larga que a la fin vino ? ser extrema por una infinidad de Pueblo ? que cost? la vida319. Prosegu?a el doctor Sevill? diciendo que Barcelona envi? agentes a las islas de C?rcega, Cerde?a y Sicilia e, incluso, al norte de ?frica para adquirir todo el trigo posible para paliar la aguda carest?a. Estas malas cosechas se sucedieron en unos a?os en los que se esperaba cont?nuamente la presencia de Felipe IV en la capital catalana para concluir las Cortes inacabadas de 1626. Los rumores de su regreso o no a la ciudad eran constantes. Incluso, en mayo de 1627, se cre?a que el rey iba a vivir en Barcelona debido a la grave situaci?n econ?mica que atravesaba Castilla por la difusi?n de la moneda de vell?n320. Finalmente, el rey emprendi? su jornada a la Corona de Arag?n en 1630, aunque acompa?? a su hermana Mar?a de Hungr?a solamente hasta Zaragoza. Desde all?, la hermana del rey continu? su camino hasta Barcelona en medio de una crisis de subsistencias grav?sima y de los nuevos brotes de peste que amenazaron al Principado. El rey decidi? viajar a Barcelona a inicios de 1632, a?o en el que la cosecha fue bastante buena en comparaci?n con los a?os anteriores. Ese a?o, los consellers escrib?an que, a pesar de la pr?xima visita del soberano ?no tenim necessitat de blat perque ha abundat tant de la terra y a preu acomodadissim que tenim bastantissima provisio?321. Durante estos a?os, los rumores del inmediato viaje del rey provocaron en los consellers un permanente estado de miedo por el avituallamiento de la corte. Miedo que 316 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 121. 317 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fol. 77, Barcelona, 7 de septiembre de 1628. 318 ?Aquest mes ha fet lo temps tan variable com lo passat, que las plujas y ayres humits no han dexat batrer, y las batudas estan mulladas, fetas una coca; las garbas en las eras se grillan, hix lo blat negr?s, grillat y pudent, y los que avian batut y ensijtat, han hagut de traurer los blats de las sitjas. Ca ya a las pla?as a vint y a 22 la quartera?, en PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?gs. 218 y 220. 319 SEVILL?, M., en BUB, Ms. 115, op. cit. fol. 89. 320 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 91. 321 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-82, fol. 127, los consellers a Bernat Terre, Barcelona, 10 de enero de 1632. 108 les llev?, en algunas ocasiones, a secuestrar algunos cargamentos de cereal con el cierto pretexto de servir al rey. Esto sucedi? en 1629, cuando ordenaron al procurador general de la baron?a de Flix, Francesch Ginov?s, que se desplazase a Tortosa para aprehender un cargamento de trigo que, procedente del reino de Arag?n, se dirig?a a Valencia por esa ciudad. Algo parecido hicieron con un cargamento de trigo que un tal Cusseni ?patr?n de barco, natural de Blanes? se dispon?a a transportar fuera de Catalu?a y que deb?a ser retenido en el puerto de Barcelona. Este hecho se practicaba con regularidad ante situaciones de gravedad. As?, en el primer caso, los consellers informaron a sus procuradores en la ciudad de Tortosa que se hiciese el secuestro ?ab la forma que sempre de temps immemorial se a fet?322. En cambio, en el segundo, se argumentaba que, seg?n el privilegio vi vel gratis, era l?cito hacer el secuestro323. Adem?s, en estos mismos a?os, en que la posibilidad de una estancia real en la ciudad era m?s que probable, los molinos del Rec Comtal volvieron a evidenciar sus deficiencias y mal estado, como ya pas? en 1582. Cosa que indica que, en ese momento, no se pusieron en marcha las medidas necesarias para modernizarlos. Los consellers eran conscientes de su incapacidad para asegurar el abastecimiento de Barcelona, ante una visita real, por las malas cosechas de 1628 y por la falta de agua y viento para los molinos de la ciudad. Entonces, supieron de parte de los padres jesuitas Vicente Navarro y Jacinto Pibernat que en el Colegio Imperial de Madrid hab?a un hermano de esa orden que era ?buen ingeniero de hazer molinos de sangre conforme al que ay en esse collegio en que juntamente se muele harina y se cierne?. As? pues, ante las deficiencias de los molinos del Rec Comtal, decidieron escribir al padre Cresp?n L?pez, provincial de la compa??a de Jes?s en Arag?n, y al provincial de Castilla para que diesen licencia al hermano para trasladarse a Barcelona para poner en pr?ctica su invenci?n. En las cartas, ped?an que esse hermano llegasse a esta ciudad para que con su direcion se hiziese alguna o, algunas atahonas para que con esso pudiessemos acudir a la abundancia de la herina para todos y en particular necessitamos de la presencia del dicho hermano aora que andamos haziendo provision de panes y harinas para la venida de su magestad a quien Dios guarde mil a?os324. Es decir, este padre jesuita hab?a dise?ado unos molinos de tracci?n animal ? tahonas? que permit?an moler y separar la harina del salvado y que, a los consellers, les permitir?a conseguir la harina necesaria para sustentar la corte de Felipe IV, ante la ineficacia de los molinos de agua y viento. Aunque la documentaci?n no nos permite saber si, finalmente, este padre lleg? a Barcelona y puso en marcha su tahona, es un buen ejemplo de c?mo las visitas reales pod?an actuar como impulsoras para la aplicaci?n de invenciones. En este caso, la nueva tecnolog?a servir?a para garantizar las provisiones y poder, as?, solventar las deficiencias de las infraestructuras de la ciudad. 322 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fol. 107, los consellers a los procuradores de Tortosa, Barcelona, 16 de enero de 1629. 323 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fol. 108, los consellers a Joan Torra de Mir, batlle de Blanes, Barcelona, 25 de enero de 1629. 324 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-81, fols. 98, 100 y 109, Barcelona, 30 de diciembre de 1628. 109 Desde finales del siglo XV y a lo largo de XVI, los consellers de Barcelona reglamentaron la fabricaci?n del pan en la ciudad mientras estuviera en ella la corte. As?, para que la ciudad estuviera bien provista de pan cocido durante la visita real, se permit?a a todos habitantes y forasteros pastar, cocer y vender pan ?tanto blanco, como com?n o moreno?. El pan cocido dentro de ella pod?a pesar lo acostumbrado, pero el que se coc?a fuera deb?a pesar dos onzas m?s, en caso de que fuese pan blanco, y tres onzas en caso de que fuese pan moreno. Adem?s para introducir pan en Barcelona se deb?an abonar los derechos de entrada de 1 dinero por arroba de pan cocido o 12 dineros por cuartera de grano. Tampoco se permit?a la mezcla de cereales en la elaboraci?n del pan blanco ni que los habitantes de Barcelona comprasen pan fuera para venderlo dentro. Asimismo, para poder llevar la contabilidad del pan for?neo, solo se pod?a introducir pan en la ciudad a trav?s de los portales Nou y de Sant Antoni. Y, por ?ltimo, deb?a venderse en las plazas y mercados, sobre unas mesas con un mantel blanco325. Con toda esta serie de medidas, el Consell de Cent pretend?a asegurar la provisi?n de pan durante la estancia real sin agraviar al gremio de panaderos. Cuando el rey abandonaba la ciudad, estas medidas extraordinarias dejaban de tener vigencia y se regresaba a la situaci?n habitual326. Ya en 1626, tras el aviso de llegada de Felipe IV, los arrendadores y aseguradores del pastrim y de la fleca de Barcelona pidieron a los consellers que construyeran dos hornos en los Pallols, para poder cocer a la gran cantidad de pan necesaria. Con esta petici?n, quer?an asegurarse el suministro de pan y evitar la entrada de pan de fuera de las murallas, permitida por las autoridades ?como se ha visto? y que representaba una ser?a competencia para ellos. Pero no se acept? su petici?n, alegando que los consellers no ten?an obligaci?n de hacerlo327. Y es que, adem?s del pan producido dentro y fuera de Barcelona, hay que sumar la porci?n de pan que le pertenec?a al rey como can?nigo de la catedral de Barcelona y que recib?a a diario durante su estancia. Adem?s, en la corte se hallaba un panadero, encargado de fabricar el pan del rey que concuerda con el dato apuntado por el curtidor de pieles Miquel Parets que en su diario apunt? que en s?quito de Felipe IV que entr? en la ciudad se hallaba, incluso, un horno para cocer su pan328. Por estos motivos y para evitar gastos al consistorio, fue denegada esta petici?n. 325 AHCB, Crides Originals, 1B. XXVI-20, n? 51, 15 de agosto de 1506; 1B. XXVI-22, n? 53, 8 de febrero de 1519 y 1B. XXVI-22, 14 de mayo de 1599. 326 AHCB, Crides Originals, 1B. XXVI-20, n? 53, 5 de septiembre de 1506. 327 AHCB, Registre de Deliberacions, 1626, fol. 22. 328 PARETS, M., op. cit., p?g. 186. 110 2.2.2. Las carnes y el pescado. Una vez analizado el suministro de trigo, trataremos, a continuaci?n, la provisi?n de las carnes y el pescado. Del mismo modo que con los cereales, Barcelona present? en los siglos XVI y XVII un d?ficit en sus reservas c?rnicas. Los reba?os del Principado no eran suficientes para abastecer la ciudad por lo que, a menudo, se vio obligada a importar numerosas cabezas de ganado de otras regiones. Principalmente, los reba?os que abastec?an la ciudad condal proven?an de Arag?n, sur de Francia, Rosell?n e islas Baleares. En su viaje hacia Barcelona, estos reba?os consum?an todos los pastos que encontraban por los campos y caminos por donde pasaban. As?, John H. Elliott destac? la ruta Perpi??n-Barcelona como una de las v?as vitales de Catalu?a por la que descend?an a la capital catalana gran cantidad de franceses en busca de trabajo, trigo del sur de Francia y el Rosell? y los reba?os de ovejas y cabras que fueron especialmente destructivos en el invierno de 1624329. Es evidente que la presencia del rey y su s?quito en la ciudad exig?a unas mayores reservas de carne y pescado para alimentarlos. Adem?s, es importante destacar que la corte era una gran consumidora de carne. En primer lugar, por la calidad de sus integrantes que pod?an permitirse este caro alimento; en segundo lugar, por la gran cantidad de festejos, banquetes y saraos que se celebraban durante su estancia en la ciudad. Los banquetes requer?an una gran cantidad de alimentos c?rnicos para saciar el apetito de los comensales y, tambi?n, para dignificar al anfitri?n del mismo que deb?a ofrecer una imagen de opulencia, representada en todo tipo de carnes y pescados. Por este motivo, era tan importante que la ciudad estuviese bien provista de este tipo de alimentos ante la llegada del soberano. As?, en enero de 1543, los consellers enviaron a un agente, Gabriel Castell?, a Mallorca para realizar una compra de entre 1.500 y 2.000 carneros de la mejor calidad y precio ya que se esperaba la llegada de Carlos V y su armada330. En 1564, en el matadero de la ciudad hab?a diez mesas donde se sacrificaban y despiezaban los carneros. Pero, ante la llegada de Felipe II y su corte, los consellers ordenaron a Antoni Sala, arrendador del corte de las carnes, que sumase cuatro mesas m?s para poder incrementar el ritmo de sacrificios. Adem?s, los 160 carneros que se ven?an matando a diario en la ciudad, en aquel tiempo, no eran suficientes por lo que se increment? a 300 o 400 el n?mero de cabezas a sacrificar331. En 1581, el Consell de Cent deliber? colocar una persona en el portal de la ciudad por donde entraban los reba?os, portal del cabesatge, para registrar todas las cabezas de ganado que entrasen y se matasen en el matadero para la visita de la emperatriz Mar?a. Adem?s, todos los viernes, el segundo conseller visitar?a el matadero para controlar que en este se sacrificasen y despiezasen todos los animales necesarios, tanto los que estaban 329 ELLIOTT, J.H., op. cit., p?g. 46. 330 AHCB, Bosses de Deliberacions, 1C. XIII-14, Barcelona, 10 de enero de 1543. 331 AHCB, Registre de Deliberacions 1563-1564, fol. 38, 23 de enero de 1564. 111 obligados a matar ordinariamente como los sacrificados por la llegada de la emperatriz. Cada d?a, un miembro de la octava ?grupo de ocho personas elegidas para preparar la visita de la emperatriz Mar?a? se encargar?a de comprar los mejores carneros para dicha se?ora y su comitiva332. Normalmente, los arrendadores y aseguradores del derecho del corte de las carnes solo ten?an obligaci?n de matar 30 bueyes por semana desde la fiesta de Cincuesma en adelante. Sin embargo, en 1585, con motivo de la llegada de Felipe II para despedir a su hija Catalina, los consellers pidieron al Consell de Cent que permitiese que se sacrificasen ?bous, cabrits crestats, cabres y carns salades? desde Pascua hasta Cincuesma333. Es decir, el arribo del rey oblig? a adelantar el per?odo y la cantidad de animales para sacrificar. Como se puede comprobar, los consellers tuvieron mucho inter?s por controlar la actividad del matadero, sobre todo, en situaciones extraordinarias porque era una materia de suma importancia para el gobierno municipal. Pero, adem?s de la carne ovina y bovina, se consum?an m?s tipos de carne como eran la caza y la volater?a, muy apreciadas por la corte. En 1606, los consellers, con motivo del regreso de los infantes de Saboya, prohibieron que cualquier persona tuviese encerrada o escondiese cualquier g?nero de voloteria y viram com son galls y polles de India, oques, anecs capons, gallines pollastres, polles, colomins, ni algun genero altre de viram y tot genero de cassa axi volatil com terrestre ans de aquells y aquelles ajan de tenir publiques y per les places y carrers publichs de la present ciutat venals de manera ques pugan veure pera que ab facilitat puguen los qui voldran provehirse334. El motivo de esta orden hay que buscarlo en la gran crisis alimentaria que sacudi? al Principado en el bienio 1604-1606 y que caus? importantes hambrunas. Por esto, la poblaci?n barcelonesa podr?a haber escondido la volater?a, por lo general m?s f?cil de escapar al control de las autoridades que la carne de otros animales, ya que se pod?a guardar en el mismo hogar, para el autoconsumo. Pero los consellers no pod?an permitir que los infantes de Saboya y su s?quito no hallasen provisiones c?rnicas en la ciudad, por el gran deshonor que se les har?a y el desprestigio que, ante sus ojos, padecer?a Barcelona. Como es l?gico, en ?pocas de crisis alimenticias como la de 1606, las visitas reales pon?an a las ciudades en serias dificultades para abastecerlas. En cuanto al pescado, durante las jornadas del rey, ?ste acostumbraba a conceder, mediante privilegio, a una persona el suministro de todo el pescado para la corte. As?, en 1518, Carlos I concedi? a Pere Grao, pescador natural de Xerta (Tarragona), el privilegio de proveer de pescado la Casa del rey. Para poder realizar su tarea correctamente, se encarg? a todos los pescadores de las costas de Catalu?a, Valencia y las orillas del r?o Ebro que ofreciesen todo el pescado que obtuvieran al dicho Pere Grao, a un justo precio. Adem?s, se advirti? a todas las autoridades, tanto municipales como reales, de los tres reinos peninsulares de la Corona de Arag?n, que facilitaran su paso y el de sus carros y bestias y que no se le hiciese ninguna detenci?n 332 AHCB, Bosses de Deliberacions, 1C. XIII-20, 14 de noviembre de 1581. 333 AHCB, Registre de Deliberacions 1585, fol. 70, 4 de abril de 1585. 334 AHCB, Crides Originals, 1B. XXVI-26, 24 de julio de 1606. 112 ya que todo el pescado iba dirigido a la Casa del rey335. Asimismo, en 1585, el rey orden? a los c?nsules de Tarragona que facilitasen el pescado necesario al duque de Saboya que pasar?a por la ciudad de camino a Zaragoza336. D?as m?s tarde, el rey les escribi?, de nuevo, para anunciarles el nombramiento de Pere Montflo337 y Salvador Montgai338 como proveedores del pescado para el monarca durante su viaje por dichos territorios. En ocasiones, se produjeron algunos problemas con el suministro de pescado. El arquero Cock anot? en su diario la falta de pescado que hubo en Tortosa, durante la estancia de Felipe II, en 1585. Escribe el cronista: Aconteci? como creo, por culpa de los jurados que m?s procuran el bien privado que el p?blico, que ning?n g?nero de pescado, ni del r?o ni de la mar, se vendiese en la pescader?a en los d?as que all? estuvimos ni porque eran fiestas de sus pescadores o lo que mejor parece, para que procurasen que su majestad fuese m?s presto, por la dicha falta, de camino. Duras palabras del arquero Cock que llega a insinuar una intencionalidad de los jurados de la ciudad de Tortosa en la falta de pescado para que el rey abandonase cuanto antes la poblaci?n. Prosigue Cock: Maravilla era, por cierto, que en una ciudad tan cercana a la mar ten?amos tanta falta de peces, habiendo tenido en Zaragoza tanto regalo de ellos. Callo a Barcelona y a Tarragona, lindas ferias de peces, los cuales como est?n m?s cerca al norte tienen menos pescado. Esto se ve en el mediterraneo, pero en el mar Oc?ano cuanto la marina va m?s al norte tanto m?s abunda de pescado, de manera que en los reino del norte hacen pan de carne de pescado339. Quiz? son un poco exageradas las palabras de Cock, pero demuestran que ten?a un mejor conocimiento de las zonas pesqueras del Atl?ntico, de su Flandes natal, que del mar Mediterr?neo. 2.2.3. Los precios. Finalmente, hay que tratar el tema de los precios de los alimentos ante la visita real. Los monarcas acostumbraban a dejar bien claro en sus cartas que no se incrementasen los precios de los productos ante su pr?xima visita. En 1666, la reina regente, Mariana de Austria, escribi? a los consellers avisando de la llegada de la emperatriz Margarita de Austria y advirti?ndoles 335 RAH, Colecci?n Salazar y Castro, A-18, fol. 8, Zaragoza, 6 de diciembre de 1518. 336 COMPANYS i FARRERONS, I., Cat?leg de la col?lecci? de pergamins de l?Ajuntament de Tarragona dipositats a l?Arxiu Hist?ric de Tarragona, Tarragona, Arxiu Hist?ric de la Ciutat de Tarragona, 2009, n? 131, Cadrete (Zaragoza), 23 de febrero de 1585. 337 Op. cit., n? 132, Zaragoza, 15 de marzo de 1585. 338 Op. cit., n? 133, Zaragoza, 18 de marzo de 1585. 339 COCK, H., en GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 536. 113 que assi en lo que toca al abastezer essa ?iudad de las provisiones necesarias (sin dar lugar a que se alteren los precios dellas de lo que comunmente valen), como en su enyrada en essa ?iudad para embarcarse en ella para Alemania, acudais con el amor y puntualidad que espero de tan buenos y fieles vassallos340. Sin embargo, a pesar de las advertencias de los monarcas, los precios aumentaban ante la llegada de rey y su s?quito porque supon?a una buena oportunidad de negocio. Los consellers permit?an la subida de precios, e, incluso la regulaban y cuando el rey abandonaba la ciudad, el consistorio, mediante crida p?blica, ordenaba a sus habitantes que todo tipo de vituallas y provisiones como eran le?a, aceite, vino, volater?a, paja, carb?n, nieve y un largo etc?tera regresasen al precio que ten?an justo antes de la estancia real. Y es que ?com per la venguda del rey nostre se?or se havia tollerat que les vitualles y provisions se venessen a maiors preus del acostumat per a mes avituallar la dita ciutat en lo temps que la dita magt del rey nre. se?or estaria en Barna?341. Es decir, argumentaban la subida de precios para asegurar la buena provisi?n de la ciudad y para evitar la venta de alimentos a otros lugares. As?, en 1632, los arrendadores del derecho del corte de la carne pudieron vender la libra de carne de carnero a 3 sueldos y 9 dineros durante el tiempo que estuviera Felipe IV; concesi?n que finaliz? el 25 de mayo de ese a?o342. La carnicer?a del Cap?tulo de la catedral tambi?n subi? los precios durante la visita real. Por esto, en 1626, tras marcharse de la ciudad Felipe IV, el Cap?tulo orden? a su carnicero bajar el precio de la libra 3 diners343. En otras ocasiones, la diferencia y abuso de precios gener? conflictos. Esto sucedi? en 1492, cuando los consellers se vieron obligados a fijar el precio de la paja para la caballer?a de los Reyes Cat?licos porque se estaba vendiendo el quintal a precios abusivos344. En este mismo sentido, son bastante duras las palabras del arquero Cock cuando habla del env?o del alcalde Valladares ?uno de los jueces de la Casa y corte de Felipe II? para que por todo el reino de Castilla, por autoridad de justicia, proveyese lo necesario para que no faltasen a los caminantes y pasajeros viandas ni mantenimientos por las villas y otros pueblos donde hab?an de pasar, y que vendiesen los dichos mantenimientos al justo precio, porque son los labradores de Espa?a tan inclinados a enga?ar y robar, que si alguna vez no los meten en la c?rcel y los ponen grillos, no se quieren entender para vivir moderadamente con los caminantes345. En estas palabras, se pueden entreveer ciertos prejuicios del cronista y arquero flamenco contra la poblaci?n aut?ctona. La relaci?n de Cock sobre el viaje de Felipe II a la Corona de Arag?n evidencia, en varias ocasiones, la falta de alimentos que padec?an los miembros menos pudientes del s?quito que acompa?aba al soberano que en muchos lugares, por donde pasaban, no pod?an hacer frente a sus altos precios. As?, el cronista nos explica como ?l y sus 340 DACB, vol. XVII, p?g. 411, La Reina Gobernadora, 22 de enero de 1666. 341 AHCB, Crides Originals, 1B. XXVI-26, 15 de julio de 1599. 342 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 293, 28 de junio de 1632. 343 ACCB, Llibre de la Sivella, vol. II, fol. 39, 8 de mayo de 1626. 344 AHCB, Crides Originals, 1B. XXVI-18, n? 30, 12 de octubre de 1492. 345 COCK, H., op. cit., p?g. 457. 114 compa?eros de la guardia de arqueros sufrieron hambre al pasar por la villa de Osero, un pueblo situado en las des?rticas tierras aragonesas. Para nosotros y otros criados del rey hab?a tanta falta de todas las cosas, que agua para beber no hall?bamos por dinero que fuese buena. Los caballos com?an la verdura del campo que ya comenzaba a crecer, y a nosotros convidaba el buen tiempo a tener paciencia. ?Mirad, por amor de Dios, qu? cosa es caminar por desiertos! El arquero prosigui? su narraci?n exponiendo como en Candasnos, donde estaban los aposentos para el rey, los que ?l llama ?ladrones de mesoneros? no vend?an a nadie viandas y en Pinell ?cerca de Tortosa? no hallaron nada para comer, ni huevos ni pescado, y lo que encontraron costaba demasiado. Queda claro, pues, que los precios se inflaban ante la llegada de la corte. 2.3. Conclusi?n. Por lo visto hasta ahora, podemos hacernos una idea de lo complejo que era el proceso de alojar y abastecer al monarca y su s?quito. La llegada del soberano no gener? problemas ya que ?como hemos visto? ten?a derecho a ser aposentado y alimentado por la ciudad a la que llegaba (droit de g?te). Tampoco supon?a un problema el arribo de la reina o del primog?nito. Sin embargo, si surg?an fricciones cuando era otro familiar del rey ?caso de Mar?a de Hungr?a en 1630? o miembros del s?quito el que quer?a ser alojado,a costa de Barcelona. En estas ocasiones, el f?rreo marco constitucional de los reinos de la Corona de Arag?n dificultaba la acci?n de los oficiales de la monarqu?a, especialmente de los aposentadores, como se ha podido comprobar con los casos del arzobispo de Sevilla, en 1581, los infantes de Saboya, en 1606, o la propia Mar?a de Hungr?a, en 1630. El virrey, por su parte, en estos casos casos se encontraba en una dif?cil tesitura. Por un lado, deb?a cumplir las ?rdenes del monarca y asugar el aposento de todo el s?quito; pero, por otro, su acci?n chocaba con la defensa que los consellers hac?an de sus privilegios e inmunidades. El alojamiento se realizaba seg?n la calidad y rango del hu?sped. As?, hemos visto que, tras la elecci?n del palacio para el rey y su familia, la nobleza se instalaba en las mejores casas de la ciudad, destacando en ello la calle de Moncada, una de las m?s distinguidas de la ciudad. Por su parte, los eclesi?sticos acostumbraban a alojarse en los monasterios y conventos de su orden. Finalmente, los miembros de menor rango de la comitiva real se distribu?an por las casas y barrios m?s humildes. El proceso de aposentar a la corte segu?a su propio ceremonial. Adem?s de los aposentadores del rey, por parte de la ciudad, esta acci?n era, generalmente, tarea del tercer conseller, acompa?ado del veguer y los escribas que registraban dichos aposentos. Para el pueblo de Barcelona, el aposento de gente desconocida en su casa nunca era motivo de alegr?a. Si bien es verdad que, normalmente, se acogi? la acci?n sin problemas graves, aunque con la l?gica resignaci?n, a menudo, se produjeron resistencias a la acci?n de los 115 aposentadores. Del mismo modo, algunos alojamientos se realizaron con cierta violencia, cuyo caso paradigm?tico lo tenemos en 1599, cuando se aloj? a los s?quitos de Felipe III y el archiduque Alberto incluso en casas de viudas y miembros del clero, vulner?ndose las constituciones. Hay que remarcar, la absulta falta de delicadeza de los aposentadores y de las autoridades municipales en torno a este asunto: el aposento se realizar?a s? o s?, bajo la amenaza de una importante multa. En cuanto al abastecimiento de Barcelona, hemos podido comprobar que planteaba una serie de dificultades que las autoridades municipales deb?an salvar para asegurar el sustento del rey. De inicio, cabe destacar que la ciudad, normalmente, ten?a problemas para su abastecimiento ordinario, que se agravaban ante el futuro alojamiento de la corte. As? pues, en estas situaciones extraordinarias, se evidenciaban las carencias y deficiencias de la producci?n cerealista catalana y de las insfraestructuras de transporte y producci?n de harinas. Ante la llegada del rey, la ciudad alcanzaba situaciones l?mite por el temor de agotar las reservas de grano en un momento u otro. Y era en estas situaciones cuando los consellers deb?an demostrar su capacidad e implicaci?n en el gobierno municipal, tomando las decisiones necesarias para asegurar el arribo de trigo a la ciudad. Decisiones, en ocasiones, tan peligrosas como fue permitir el ir y venir de tragineros por los pueblos, en tiempos de peste, con el riesgo de propagar la epidemia. Tambi?n hemos analizado algunas de las disposiciones y ordenamientos que se pon?an en marcha ante la visita real que ten?an como objetivo asegurar la disponiblidad de alimentos. La reglamentaci?n de la fabricaci?n del pan ?existente desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVII? o la del control sobre el matadero de la ciudad iban en esta l?nea. En definitiva, como se ha analizado en el primer cap?tulo, las visitas reales a Barcelona fueron disminuyendo progresivamente en n?mero desde el siglo XVI hasta llegas a desaparecer, ya en la segunda mitad de la centuria siguiente. Sin embargo, pese a este descenso de las visitas, el s?quito o corte del soberano se desarrollo de tal manera, alcanzando un gran n?mero de integrantes, que su llegada a la capital catalana supon?a un problema enorme. Y es que la ciudad, que a lo largo del siglo XVI y XVII apenas extendi? sus l?mites, continuaba teniendo la morfolog?a y tama?o de una ciudad medieval y, por tanto, no estaba preparada para alojar y alimentar a la gran comitiva que acompa?aba a soberanos como Felipe III o Felipe IV. Por tanto, la tarea no era nada f?cil. A?n as?, el esfuerzo conjunto de aposentadores y representante del gobierno municipal, as? como del virrey, logr? el objetivo de alojar y alimentar al monarca y su s?quito que, ahora, ya pod?a hacer su entrada en la ciudad. 116 117 CAP?TULO 3: EL RECIBIMIENTO En el presente cap?tulo realizaremos un estudio de la ceremonia del recibimiento que la ciudad ofrec?a al visitante. En primer lugar, hay que advertir que en este cap?tulo no se tratar? la ceremonia de la entrada real, a la que ?nicamnete ten?a derecho los reyes en la primera ocasi?n que llegaban a la ciudad, ya que se har? en el pr?ximo. Es decir, en ?ste, trataremos exclusivamente la llegada, por tierra o por mar, del rey o de otros ilustres hu?spedes a la ciudad. Por este motivo, analizaremos, por separado, el recibimiento ofrecido por la ciudad a los diversos tipos de visitantes ilustres y, por tanto, dignos de un recibimiento, que llegaban a ella: rey, reina y miembros de la familia real, pr?ncipes extrangeros, sumos pont?fices y miembros de la alta jerarqu?a eclesi?stica (legados pontificios, nuncios apost?licos, arzobispos, cardenales,?), virreyes, grandes nobles o embajadores. Otro de los aspectos a estudiar es el papel jugado por cada uno de estos tribunales en la ceremonia: Consell de Cent, Diputaci? del General, virrey, cabildo de la catedral, universidad o inquisici?n. En qu? orden desfilaban las diversas comitivas, qui?n las integraba o cu?ndo comenzaron a participar son algunas de las cuestiones que intentaremos resolver. Pero los monarcas tambi?n llegaban por mar a la ciudad. Como veremos, un complejo sistema de saludos mediante salvas de artiller?a regulaba la llegada a Barcelona de las embarcaciones. En caso de que a bordo de las galeras se encontrase el rey u otra persona de sangre real, la ciudad deb?a mostrar sus respetos saludando primero, en caso contrario, eran las embarcaciones quienes saludaban en primer lugar. Las galeras anclaban en la playa ya que hasta finales del siglo XVI no se cont? con una estructura portuaria. Tras esto, el desembarco del rey era un acto de gran solemnidad. Del mismo modo que en otras capitales mediterr?neas, la ciudad constru?a un puente para el desembarco del rey. Un puente que era pomposamente adornado y que tambi?n trataremos en el cap?tulo. Finalmente, analizaremos algunos de los problemas surgidos en la ceremonia del recibimiento en torno a las predecendias; aspecto vital para las sociedades modernas. 3.1. EL recibimiento por tierra La salida de los diversos tribunales de una ciudad para recibir al monarca, personas de sangre real, virreyes y legados pontificios, entre otros, se encuadra en lo que Jos? Manuel Nieto Soria denomina ?ceremonias de recepci?n?346. En ellas, dichos 346 NIETO SORIA, J.M., Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimaci?n en la Castilla Trast?mara, Madrid, Nerea, 1993, p?g. 119. 118 tribunales abandonan la ciudad para salir al encuentro del hu?sped, en estricto orden jer?rquico y siguiendo unas pautas establecidas por la tradici?n. Por su parte, el hu?sped esperaba pacientemente la llegada de sus anfitriones y, tras recibir un saludo de cortes?a, entraban en la ciudad. En Barcelona, como en el resto de las ciudades europeas, estas ceremonias fueron estableci?ndose paulatinamente a lo largo de los siglos medievales, configur?ndose una tradici?n o costumbre que todos deb?an respetar y observar. Seg?n la calidad del hu?sped, la tradici?n establec?a unas normas u otras. Aunque la estructura era b?sicamente similar, tenemos un amplio abanico de posibilidades de recepci?n seg?n la personalidad. Adem?s, en estas ceremonias se produc?a un juego pol?tico entre sus participantes que hac?a que no siempre se desarrollasen con la cordialidad y tranquilidad esperada. Por todo esto, surgen algunas cuestiones referentes a estas ceremonias, en relaci?n con la ciudad de Barcelona. ?A qui?n se deb?a salir a recibir?, ?en qu? consist?a esta ceremonia? o ?qu? significado ten?a el recibimiento?. Por su situaci?n estrat?gica como puerto de partida y de llegada de Italia y de otros territorios europeos, a lo largo de los siglos bajomedievales y modernos, Barcelona vio pasar por sus muros una gran cantidad de personalidades que en muchas ocasiones fueron recibidos por los consellers antes de llegar a sus puertas, si lo hac?an por tierra, o a la playa, si era por mar. El ser recibido por los representantes de la capital catalana y del Principado era un acto de suma importancia porque significaba la aceptaci?n y consideraci?n por parte de los primeros de la calidad suficiente para convertirse en centro-causa de una ceremonia en la que se movilizaba parte de la ?lite ciudadana. Por este motivo, el Consell de Cent, siguiendo la tradici?n municipal, deliberaban la conveniencia o no de salir a recibir a un hu?sped y en qu? t?rminos se deb?a hacer. De este modo, muchos que quisieron ser honrados con esta ceremonia no pudieron gozar de ella, d?ndose estos casos, sobre todo, ante la llegada de grandes nobles347. Para tomar una decisi?n sobre el recibimiento a ofrecer, se recurr?a a los ejemplares guardados en los archivos antecedentes similares al que se planteaba en cada ocasi?n. As?, para la primera visita del rey a la ciudad, normalmente se segu?an los ejemplares de la llegada del anterior. As? se hizo para la de Carlos I, revis?ndose la entrada de Fernando II, en 1479. En 1632, segunda visita de Felipe IV, para concluir las Cortes de 1626, el Consell de Cent orden? que se siguiese todo lo hecho en 1585348, cuando Felipe II lleg? a la ciudad para despedir a su hija Catalina. La llegada de Isabel la Cat?lica, en 1481, plante? nuevos problemas porque no se ten?an ejemplares de anteriores visitas de reinas de Castilla. Sin embargo, su modelo sirvi? para la posterior visita de la emperatriz Isabel de Portugal, en 1533. As? qued? fijado en el Llibre de les Solemnitats de Barcelona: ?que fos preparada festa a la dita senyora, tant grant pus solemnement se pugues fer e preparar, seguint la forma y ordinaci? que fonch tinguda 347 Para el recibimiento de los grandes nobles en Barcelona v?ase MOLAS RIBALTA, P., ?Com es rebia un ?grande? a Barcelona?, en Pedralbes. Revista d?Hist?ria Moderna, 23, p?gs. 375-394. 348 AHCB, Registre de Deliberacions, 1632, fol. 167. 119 en la entrada de la Illustrissima senyora reyna dona Isabel, muller del Illustrissim senyor don Ferrando?349. En 1564, el desembarco en la ciudad de los infantes de Bohemia y sobrinos de Felipe II, Rodolfo y Ernesto, tambi?n suscit? alg?n problema para los consellers que, ante la carencia de ejemplares anteriores, pidieron al mismo rey ?en esos momentos en la ciudad? que les ordenase el recibimiento que deb?an ofrecer a tan distinguidos sobrinos. En 1606, tambi?n gener? dudas la vuelta a Barcelona de los infantes de Saboya, sobrinos de Felipe III, cuando regresaban a sus tierras, tras la muerte del primog?nito, Felipe Manuel, en Valladolid. En segundas visitas a la ciudad, los consellers no sal?an a recibir al hu?sped, excepto en caso de ser el rey. Sin embargo, la monarqu?a encontr? una soluci?n alegando que era la primera visita que hac?a el nuevo primog?nito, Victor Amadeo, como tal. El Consell de Cent mand? revisar todos los ejemplares de recibimientos anteriores hasta tiempos de Fernando el Cat?lico para demostrar la posici?n de la ciudad, que, finalmente, tuvo que acceder y salir a recibir al duque. Queda claro, pues, que se consultaban las ceremonias realizadas para personas del mismo rango y en circunstancias parecidas. En ocasiones se encargaba al escriba del Consell de Cent o de la Generalitat una relaci?n donde se explicasen las ceremonias realizadas con anterioridad. Con el tiempo, estas relaciones fueron m?s numerosas y detalladas a medida que las visitas reales eran m?s espor?dicas, como hemos visto en el primer cap?tulo. As?, en 1679, ante la posible visita de Carlos II, que nunca lleg? a materializarse, los consellers encargaron un memorial sobre el recibimiento que se deb?a dispensar al rey350. Tambi?n el Consejo de Arag?n encarg? memoriales para enviar a la corte de Madrid351. En ellos, se aconsejaba sobre el ceremonial a aplicar en los recibimientos, sobre todo, a partir del siglo XVII. Sin embargo, desde 1632, no se hab?a producido ninguna visita del rey al Principado y se fue diluyendo la memoria de lo que se acostumbraba a realizar. En este punto, tambi?n podemos incluir los memoriales y cartas escritos, en 1666, para la visita de la infanta Margarita Teresa, hija de Felipe IV que marcahaba a Viena tras su matrimonio con el emperador Leopoldo352. En estos casos, dichos memoriales eran muy necesarios para tener constancia de lo realizado anteriormente ya que hab?an pasado m?s de treinta a?os desde la ?ltima visita real y los testigos de aquella, en su mayor?a, hab?an muerto por el largo tiempo transcurrido y por la guerra que asol? el Principado entre 1640 y 1652. As? pues, analizaremos, a continuaci?n, la ceremonia de recibimiento seg?n el rango y calidad del personaje y el contexto en que se produc?a. 349 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, op. cit., vol. I, n? CVII, p?g. 417. 350 AHCB, Consellers, Cerimonial, 1C. XXII-1/39, Resum del Seremonial ha de fer la present Ciutat per la Vinguda y Entrada del Re? nostre Sen?or (que Deu guarde) Segons se troba observat en altres entradas dels Srs. Re?s y particularment en la de la Magestat del Sr. Re? Dn. Felip de gloriosa memoria en lo An? 1626. 351 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.351, n?ms. 7/41, 7/42 y 7/47. 352 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/9. 120 3.1.1. EL recibimiento del rey. Escribe Mar?a ?ngeles P?rez Samper que la presencia del rey en el territorio era siempre deseada por sus s?bditos ya que era imprescindible para la vida del reino353 y su ausencia se consideraba algo extraordinario354. As? ?prosigue la historiadora?, las visitas reales eran unas de las formas para recuperar la presencia real en territorios que, como Catalu?a, ya no contaban con ella habitualmente355. A lo largo de la Baja Edad Media, se fue estableciendo en Europa la celebraci?n de la ceremonia de la entrada real cuando un monarca llegaba por primer a una ciudad, que ser? analizada en el pr?ximo cap?tulo. Era un acto de marcado car?cter pol?tico que simbolizaba el encuentro del rey con la ciudad356 y donde se renovaban las relaciones feudo-vasall?ticas existentes entre ellos. En Catalu?a, tambi?n se desarroll? esta ceremonia, muy utilizada por los monarcas de la casa Trast?mara. Hay que recordar que, en el Principado, desde el reinado de Alfonso el Magn?nimo, el monarca ya no resid?a en la ciudad, involucrado ?ste en sus conquistas napolitanas. Los sucesores del rey Alfonso pasaron, en varias ocasiones, por Barcelona con su corte itinerante, especialmente, Juan II, Fernando el Cat?lico y Carlos V. Tras su primera entrada en la ciudad, en las siguientes ocasiones, los consellers les salieron a recibir, siempre y cuando el soberano quisiese entrar con ceremonia o no. Ante su pr?xima visita a la ciudad, los reyes siempre avisaban por carta a las autoridades municipales, diputados o cap?tulo de la catedral. En junio de 1518, Carlos I comunic? desde Zaragoza a los consellers su intenci?n de partir pronto para la ciudad y de ?avisar algunos dias antes para que seays advertidos dello?357. Con ello, pretend?a que la ciudad se apercibiese de todo lo necesario para su recibimiento y estancia. Cuando el rey llegaba por tierra, acostumbraba a seguir el camino real que ven?a desde Zaragoza y pasaba por ciudades como Lleida, Cervera, Igualada y Molins de Rey; aunque, normalmente, se desviaban para visitar el monasterio de Montserrat. En la ?ltima de estas poblaciones, pod?an pasar varios d?as esperando a que todo estuviera dispuesto para entrar en la ciudad. En muchas ciudades europeas, el rey enviaba un heraldo para presentar el cartel real, donde se enumeraban todos sus t?tulos. En Barcelona, no hay constancia de la llegada del cartel real, excepto en la visita de Felipe III en 1599. El 26 de abril de ese a?o, un portero real se present? ante los consellers con el cartel que anunciaba todos los t?tulos de Felipe III358. 353 P?REZ SAMPER, M.A., ?La presencia del rey ausente: las visitas reales a Catalu?a en la ?poca moderna?, en GONZ?LEZ ENCISO, A. y USUN?RIZ GARAYOA, J.M. (Dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos. Las ceremonias p?blicas en la Espa?a Moderna (1500-1814), Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, 1999, p?g. 64. 354 P?REZ SAMPER, M.A., ?El rey ausente?, en FERN?NDEZ ALBALADEJO, P. (Ed.), Monarqu?a, imperio y pueblos en la Espa?a moderna, Alicante, Universidad- Asociaci?n Espa?ola de Historia Moderna, 1997, . 355 P?REZ SAMPER, M.A., ?la presencia del rey ausente??, p?g. 67. 356 Op. cit., p?g. 69. 357 VOLTES BOU, P., Cartas del Emperador Carlos V a la ciudad de Barcelona, Barcelona, Universitat de Barcelona, 1958, n? 11, el rey a los consellers, Zaragoza, 17 de junio de 1518, p?g. 46. 358 En el cartel real se pod?a leer lo siguiente: ?PHILIPPUS Dei gratia rex Castellae Aragonum Legionis utiusque Sciciliae Hierusalem Portugaliae Ungariae Dalmatiae Croaciae Navarrae Granatae Toleti 121 Durante los d?as previos a la entrada, la comunicaci?n entre el rey y la ciudad era constante, mediante correos y embajadores. Sobre esto, Miquel Raufast ? historiador de las entradas reales en Barcelona en la Baja Edad Media? escribe: El periplo del monarca hacia la ciudad era puntuado por correos y mensajeros, tanto reales como municipales, en un incesante ir y venir que implicaba tanto a las poblaciones por las que la corte acababa de transitar como aquellas otras que el rey hab?a de visitar a continuaci?n, en un intercambio continuo de informaci?n que, por lo que se refiere a los n?cleos urbanos, serv?a para conocer los movimientos exactos del monarca en dicho periplo, al tiempo que permit?a a cada ciudad la posibilidad de tomar como referencia los recibimientos hechos a ?ste por otras localidades vecinas o de reconocida influencia359. La ciudad acostumbraba a enviar dos embajadores ?un ciudadano honrado y un militar? para dar la bienvenida al monarca, establecer su d?a de entrada y preguntarle si quer?a alg?n tipo de ceremonia para hacerlo. Normalmente, los embajadores iban hasta Molins de Rey, pero, en ocasiones, llegaban m?s lejos360. As? sucedi? en 1585, cuando los embajadores del Consell de Cent, Jaume Salb? y Miquel d?Oms, fueron recibidos por Felipe II en Montserrat o, en 1626, cuando cuatro embajadores de la Generalitat dieron la bienvenida a Felipe IV en Igualada. La embajada de los diputados sol?a recibir la orden de salir al encuentro del monarca all? donde se encontrase, por lo que recorr?an distancias m?s largas que la de la ciudad. En 1582, los diputados enviaron a Miquel Ciurana y Francesc de Agullana y Calders a dar la bienvenida a la emperatriz Mar?a a Colliure, donde se ten?an noticias que hab?a desembarcado361. Los embajadores eran recibidos por los monarcas con muestras de agradecimiento; aunque, tambi?n se dieron algunos desacuerdos y desencuentros. En ocasiones, debido a la voluntad del monarca de entrar sin ceremonia o por otras Valentiae Galetiae Majoricarum Hispalis Sardiniae Cordubae Caorsicae Murtiae Giennis Algarbii Algezirae Gibraltaris, Insularum Canariae nec non Indiarum orientalium et occidentalium Insularum ac terrae firmae maris oceani, archidux Austriae, dux Burgundiae Bramantiea Mediolani Athenarum et Neopatriae, comes Haspurgii Flandriae Tirolis Barcinone Rossilionis et Ceritaniae, marchio Oristanni et comes Gociani, dilectis fidelibus nostris consiliaris consilio et probis hominibus civitatis nostrae Barcinonae salutem et dilectionem, Cum nos decreverimus incolis et habitatoribus nostri presentis principatus Cathaloniae et comitatu, Rossilionis et Ceritaniae prestare juramentum solitum et consuetum por serenissimos reges Aragonum praedecessores nostros divi recordii, et juramentum et homagium fidelitatis prestari solitum, si necesse fuerit, ab illis recipere, ad dicti juramenti prestationem istam civitatem nostram Barcinone et in eo locum solitum eligimus et deputamus, et diem primam mensis Maii proximam assignamus, ideo bobis dicimus et mandamus scienter et expresse ac regia auctoritate, quod constituatis ex bobis sindicum et procuratorem vestrum plena protestate sufultum qui vice et nomine vostris loco et die prestaturis celebrationi huius modi juramenti intersit, Nos enim rex ibidem personaliter erimus, die eadem altissimo concedente. Data in civitate Valentiae die vigesima mensis aprilis anno a nativitate domini Milesimo quingentesimo nonagesimo nono. YO EL REY?, en DACB, vol. VII, p?gs. 192-193, 26 de abril de 1599. 359 RAUFAST CHICO, M., ??Un mismo ceremonial para dos dinast?as? Las entradas reales de Mart?n el Humano (1397) y Fernando I (1412) en Barcelona?, en En la Espa?a Medieval, 2007, vol. 30, p?g. 96. 360 ?Antiga practica es, que en vengudes de Reys, ? Pr?nceps de Casa Real quant los Consellers ne tenen noticia, y saben que lo Pr?ncep es ? tres, ? quatre legues de Barcelona, emb?an dos Cavallers per la posta ab lo Correu, y si ve per mar, van ab una barca ben entoldada pera donar la ben venguda al Senyor qui ha de entrar, y demanar la hora que li sera servey entrar, perque los Consellers pugan exir, y fer la ceremonia?, en Les R?briques de Bruniquer, op. cit., vol. I, cap. XIII, p?g. 227. 361 DG, vol. III, p?g. 104. 122 circunstancias, la embajada no pudo llevar a cabo su cometido o, simplemente, no se envi?. Es el caso sucedido en 1533. La emperatriz Isabel no recibi? a los emisarios de la ciudad porque no se detuvo en Molins de Rey ya que la infanta Mar?a hab?a enfermado y los doctores hab?an decidido ir directamente al monasterio de Valldoncella. Una vez establecido el d?a y la hora en que se har?a el recibimiento, los embajadores regresaban a la ciudad para dar cuenta de ello. La labor de los emisarios de los tribunales era muy importante ya que era el primer contacto con el soberano y el prestigio de la ciudad estaba en juego. Por ello, se nombraban a personas pertenecientes al estamento militar o ciudadanos honrados, con cierta experiencia pol?tica y que ya hubieran participado en anteriores embajadas. Tras establecerse el d?a y la hora de entrada en la ciudad, los tribunales conformaban su comitiva, reclamando a todos aquellos que deb?an participar en la ceremonia. ?sta sol?a celebrarse despu?s de comer y por ello los tribunales convocaban a los integrantes de los cortejos a las cuatro en la casa de tribunal. All?, una vez colocados en estricta graduaci?n, cada comitiva part?a para recibir al soberano. Los cortejos del Consell de Cent y la Generalitat part?an de la plaza de Sant Jaume y su itinerario discurr?a por las calles del Call, la Boquer?a y el Hospital, hasta llegar al portal de Sant Antoni, por donde abandonaban la ciudad y se dirig?an al encuentro del soberano. El camino era directo y no se hac?an paradas hasta llegar al objetivo. Por este motivo, no se pasaba por otras calles, de manera procesional, para evitar dilaciones. De este modo, podemos afirmar que dicho recorrido no ten?a car?cter ceremonial ni sagrado, como si lo ten?a el itinerario de ingreso. Por su parte, el rey part?a con su corte desde Molins de Rey, tomando el camino real que transcurr?a por L?Hospitalet de Llobregat y la parroquia de Santa Eulalia de Proven?ana. A partir de este punto, el soberano iba recibiendo a las diversas comitivas que iban llegando progresivamente siguiendo un orden preestablecido. Por lo tanto, esta ceremonia se conformaba por varios recibimientos. En una alameda situada cerca de Sants, ?ha hont acostuman los dits honorables consellers rebre son rey y se?or quant ve en la present ciutat?362, se produc?a el ?ltimo encuentro: el de los representantes del gobierno de Barcelona. Este encuentro, dotado de alto valor ritual, se produc?a en un lugar tan id?lico como era una alameda que estaba rodeada de huertos y campos de cultivo. As?, incluso se puede indicar que la ceremonia del recibimiento tuvo un efecto conservacionista de este espacio natural de los alrededores de Barcelona ?dominados por los campos de cultivo?; al menos hasta la segunda mitad del siglo XVII, cuando estos alrededores se convirtieron en campo de batalla por las dos grandes guerras que sacudieron Catalu?a?Guerra de los Segadors y Guerra de Sucesi?n a la Corona de Espa?a? y, posiblemente, este espacio natural desapareci?. Las relaciones escritas sobre esta ceremonia presentan al rey esperando pacientemente la llegada de los consellers, mientras su caballo pac?a tranquilamente. Pero, si el rey no llegaba por el camino habitual y entraba por el portal Nou, situado al este de la ciudad, el lugar de recepci?n era el Clot. Por todas las ciudades donde pasaba 362 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, op. cit., vol. II, n? CXII, p?g. 4. 123 el monarca, las autoridades municipales iban a al encuentro a un lugar predeterminado por la tradici?n. En Lleida, los pahers tomaban el camino de Alcarr?s hasta llegar al lugar de la Coma Juncosa363. Asimismo, en Igualada, los consellers de la villa cabalgaban hasta el monasterio de san Agust?, situado a las afueras, donde descabalgaban para recibir el rey364. Es importante destacar, que la reina y el primog?nito tambi?n gozaban de la misma recepci?n, y el lugar era el mismo, como indican las R?briques de Bruniquer para el segundo caso: ??o es si es lo Rey, ? son Primogenit?365. El resto de hu?spedes no era recibido a la misma distancia ya que, normalmente, se hac?a a una menor. En 1565, el Consell de Cent tom? la decisi?n de que los consellers saliesen a recibir a don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, un buen trozo antes de donde se acostumbraba a recibir al rey366. En este caso, parece evidente la voluntad de la ciudad por no equiparar los recibimientos de don Juan con el del soberano. Quiz? el Consell de Cent segu?a las ?rdenes del rey que, para la visita de su hermanastro, mand? recibirlo y agasajarlo, pero que siempre intent? frenar las ansias de don Juan por ver acrecentada su honra con la obtenci?n del tratamiento de alteza. Tenemos aqu? un claro ejemplo de la salvaguarda de las preeminencias y prestigio del monarca que Felipe II llev? a cabo en la segunda mitad del siglo XVI. Baltasar del Hierro, poeta castellano autor de una relaci?n de la entrada real y estancia de Felipe II en Barcelona, encargada por los diputados y los consellers, narr? el recibimiento dispensado a Felipe II y que utilizaremos para analizar el papel de cada uno de los tribunales367. Pero antes, hay que indicar que las ceremonias eran flexibles y no siempre sal?an a recibir al soberano estos tribunales y en este orden ya que la situaci?n pol?tica del pa?s pod?a marcar dicha ceremonia. Adem?s, como sol?a suceder, los relatos y testimonios de dichos recibimientos o de otro tipo de ceremonias eran diversos y no siempre coincid?an. Veamos, pues, c?mo era la actuaci?n de cada uno de estos cortejos: 363 ?Los sobredits Pere Moliner paher en cap i Joan Vayo als Pono paer segon a cavall ab les gramayes vestides y los dos verguers davant ab les vergues o masses de argent de la ciutat altes acompanyats de moltes gents y assenyaladament dels homens de honor y principal graduats en portar los bordons del pali y cordons del fre de la cavalcadura del sr rey eixiren a rebrer lo se?or Rey y besarli la ma los quals partiren de assi de Leyda a la una hora despres del migdia y anaren fins la Coma Juncosa cami de Alcarras y quant foren alli fonch los dit com lo sennor Rey anava cassant alt en lo seca a la ma dreta a la volta de les torres de Canvy y axi (?) pujaren dos o tres homens dels que alli eren per millor veurer y saber lo se?or Rey hont ere y los sennors de pahers ab tota la altro gent romangueren alli en lo mig del cami real?, en ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 1. 364 AHCI, Llibre de la Universitat, n? 1.082, fol. 74, 3 de noviembre de 1598. 365 Les R?briques?, vol. I, cap. CIII, p?g. 227. 366 DACB, vol. V, p?gs. 47-48, 9 de julio de 1565. 367 BALTASAR DEL HIERRO, Los triunphos y grandes recebimientos de la insigne ciudad de Barcelona ala venida del famosissimo Phelipe rey de las espa?as. Con la entrada de los serenissimos pr?ncipes de Bohemia, en BUB, B-44/3/13-2. Impreso en casa de Jaume Cortey, en 1564. 124 El virrey. Le salio a recebir Catalu?a (a Felipe II), hecha cinco partes: primeramente el Virrey llamado don Garc?a de Toledo con don Pedro de Cardona governador, la rota, que es el consejo, y muchos cavalleros, los quales fueron muy lexos de la ciudad, y como descubriessen a su magestad se apearon como para le besar la mano: y lo mesmo se entendera de todos los demas, excepto de los consejeros, que se las vesan a cavallo por previlejios antiguos. As? pues, la primera comitiva en recibir al soberano era la del virrey o lloctinent general. En primer lugar, hay que aclarar que, oficialmente, el virrey ya no ostentaba dicho cargo ya que una vez entrado el rey en el Principado cesaba en sus funciones. ?ste, previamente convocaba a todos los doctores ?con sus togas y gorras? y oficiales de la Real Audiencia en casa del canciller de Catalu?a que junto con el regent de la Canciller?a acud?an a casa del virrey, desde donde part?a el cortejo. En primer lugar, iban los caballeros invitados por el virrey, seguidos de los maceros reales y, tras ellos, el virrey acompa?ado por el canciller a mano derecha y el regente a mano izquierda. Tras ellos, continuaban los doctores ?colocados por orden de antig?edad?, los dos alguaciles ordinarios, los dos escribanos de mandamiento, los dos escribanos peticioneros y los escribanos del Registro. Finalmente, completaban la comitiva algunos notarios reales que eran invitados por el canciller368. El Gobernador de Catalu?a, que en el recibimiento de Fernando el Cat?lico, en 1479, vemos en el s?quito de los consellers, acompa??, durante la centur?a siguiente, al s?quito del virrey, como hemos visto en la relaci?n de Baltasar del Hierro. Este hecho comenz? a generalizarse durante el reinado de Carlos V, a medida que la instituci?n virreinal se consolidaba en la Corona de Arag?n y el cargo de Gobernador de Catalu?a se vinculaba a ella; recordemos que el Gobernador sustitu?a al virrey en caso que ?ste abandonase el Principado. Pero, ?a partir de qu? momento comenzaron a salir los virreyes a recibir a sus hu?spedes? Fue durante el reinado de Felipe II que los virreyes ?nobles castellanos o andaluces, principalmente? comenzaron a salir a recibirlos. Concretamente, el marqu?s de Villafranca y el duque de Francavilla iniciaron esta pr?ctica, marcando un precedente que estableci? una costumbre que no gust? nada a los consellers porque vulneraba el ceremonial de la ciudad. Y es que, en origen, el ceremonial barcelon?s establec?a que las posiciones de los extremos eran las m?s honrosas y, por tanto, las m?s codiciadas. As?, si el conceller en cap acompa?aba al hu?sped, a su derecha, ambos ten?an una posici?n honrosa. Esto cambi? con la inmersi?n del virrey en el ceremonial. Como ?alter nos? del rey, a ?l le tocaba por derecho ir en la posici?n m?s prestigiosa junto al hu?sped, es decir, a su derecha. Por ello, el conseller en cap pasaba a ocupar el lado izquierdo del hu?sped, con lo que las comitivas pasaron a ser de tres integrantes. Por el 368 La gran mayor?a de relaciones sobre recibimientos y entradas reales muestran la graduaci?n del s?quito de los consellers. Sin embargo, es bastante m?s dif?cil encontrar relaciones donde se pueda ver la graduaci?n de la comitiva de otros tribunales como es la que acompa?aba al virrey o la de la Inquisici?n. En la Biblioteca Nacional de Madrid podemos leer algunas relaciones de recibimientos donde se puede ver la graduaci?n que acompa?aba al virrey en el Ms. 2.338. Concretamente, esta graduaci?n pertenece a la descripci?n de la recpci?n de los dos infantes de Saboya, cuando, en 1606, pasaron por Barcelona a su regreso de la corte de Felipe III, BNM, Ms. 2.338, fol. 132. 125 contrario, el homenajeado pasaba a ocupar el centro, y por tanto, un lugar menos honroso que el de sus anfitriones. Este es un claro ejemplo de evoluci?n y adaptaci?n del ceremonial municipal a las necesidades de integraci?n del virrey en la representaci?n p?blica de la ciudad. Tras el besamanos del virrey, de los doctores y oficiales de la Real Audiencia, el primero se colocaba justo al lado derecho del monarca e iniciaban el camino hacia la ciudad hasta que llegaba el tribunal de la Iglesia, formado por el obispo de Barcelona y el cap?tulo de la catedral. En ese momento, la comitiva regresaba a la ciudad, excepto el propio virrey que permanec?a junto al soberano. Dependiendo de la relaci?n del virrey de turno con las ?lites catalanas y de las redes clientelares que ?ste lograse establecer en la ciudad y Principado, en su s?quito participaban m?s o menos caballeros y ciudadanos honrados. En este punto es destacable el cortejo que acompa?? al virrey duque de Maqueda, en 1595, para recibir al cardenal-archiduque Alberto de Austria. Uno de los integrantes de ese cortejo, el noble Frederic Despalau, anot? en su diario los numerosos caballeros que integraron el cortejo del virrey Maqueda y el gran recibimiento que se le dispens? al archiduque369. Y es que, cuantos m?s caballeros acompa?aban al virrey, menos acud?an a la comitiva de la Generalitat. La Universitat dels Estudis. En la relaci?n de Baltasar del Hierro sobre la entrada de Felipe II todav?a no aparece la comitiva de la Universidad de los Estudios de Barcelona. Gracias a Jeroni Pujades sabemos que en el primer recibimiento que participaron sus doctores fue en el del nuevo obispo de Barcelona, don Rafael Rovirola, en mayo de 1604, ya que lo tilda de novedad370. Tambi?n qued? registrada su participaci?n en la llegada de los infantes de Saboya a su regreso de la corte en 1606; aunque en esta ocasi?n form? parte de la comitiva de los consellers371. Sin embargo, habr? que esperar a la visita de Felipe IV, en 1626, para verlos participar independientemente ya que todas las relaciones que narran la entrada del rey coinciden en se?alar que fue el primer tribunal en salir al recibir al soberano. Esta nueva situaci?n era el reflejo de la consolidaci?n de la Universitat dels Estudis como parte de la estructura institucional y de la vida intelectual de Barcelona. En el recibimiento de Felipe IV, el cortejo lo encabezaba el rector don Miquel Joan Magarola y otros muchos doctores de todas las facultades, todos a caballo y ?ab sas 369 SIMON i TARR?S, A., Cavallers i ciutadans?, p?g. 120. 370 ?Una que la univercitat lo hisqu? a rebrer ab maces altes y togas y borles tots los doctors segons ses profecions?, en PUJADES, J., op. cit., vol. I, p?g. 356. 371 ?Ya salen los Consejeros/ con grande acompa?amiento/ y delante sus maceros,/ de Lonja y Estudio porteros/ y tras dellos mas de ciento?, en BNM, VE/1.379-12, Relacion de la entrada, fiestas, y embarcacion, que se hizieron en la inclita ciudad de Barcelona por los Serenissimos dos Principes de Saboya, viniendo de la Corte, Compuesta por Pedro Martyr Berenguel, natural de la villa de Dos Rios en Catalu?a, 1606. 126 gualdrapas y cada un segons la facultat que tenia ab sa insignia, y borla sobre lo sombrero?372. La Iglesia. Vesadas las manos al rey bolvieron [la comitiva del virrey] con el hasta que llego la santa iglesia, que venia en esta forma. Dean y cabildo con su maestro de ceremonias delante: y tras las dignidades los canonigos racioneros, capellanes, y al fin toda la clerec?a de grado en grado. Con estas palabras, Baltasar del Hierro nos describe, perfectamente, a los integrantes de la comitiva integrada por los miembros del clero, que ?l denomina ?Iglesia?. En primer lugar, el cap?tulo de la catedral escrib?a al obispo de la ciudad para solicitarle que encabezase la comitiva de recepci?n del monarca. Tras su aceptaci?n, los can?nigos del cap?tulo se reun?an en el portal mayor de la Seo o catedral. Una vez all?, junto con algunos capellanes y dignidades eclesi?sticas, cabalgaban por la puerta nueva hacia Puerta Ferrisa y avanzando por la calle del Carmen sal?an de la ciudad por el mismo portal de Sant Antoni. La comitiva la encabezaba, como no, el obispo de la ciudad, seguido por los can?nigos, situados por orden de antig?edad. Esta comitiva llegaba un poco m?s all? de Santa Eulalia de Proven?ana, donde se apeaban de sus caballos o descend?an de sus coches. All?, daban la bienvenida al rey y se dipon?an a realizar el besamanos; pero, normalmente, como deferencia hacia ellos, el rey cat?lico rechazaba que un miembro del clero le besase la mano. Una vez realizado este ritual, acompa?aban al soberano durante un tramo del camino hasta que llegaba el siguiente tribunal. Sin embargo, en la relaci?n que escribi? el escribano del cap?tulo de la catedral, este tribunal aparece en primer lugar, recibiendo antes a Felipe II que el virrey. Adem?s, seg?n dicha relaci?n, hubo otra comitiva de la Iglesia formada por el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgell y numerosos eclesi?sticos. Es decir, salieron dos tribunales de la Iglesia; el primero representaba al clero de la ciudad, mientras que el segundo, al del Principado. El Santo Oficio. Tras el cortejo del clero de la ciudad, le tocaba el turno a la Santa Inquisici?n con quien ven?an ?m?s de ciento de a cavallo?. La primera vez que aparecen noticias de la inclusi?n de este tribunal en una ceremonia de recibimiento fue en este a?o de 1564. En ?sto, podemos ver una innovaci?n en el ceremonial barcelon?s que tuvo que incorporar a la instituci?n instaurada por Fernando el Cat?lico en la Corona de Arag?n a finales del siglo XV. La inclusi?n de la Inquisici?n significaba su aceptaci?n definitiva, aunque con resistencias, en esa representaci?n p?blica del poder que era el ceremonial, como reflejo de la reestructuraci?n de la sociedad barcelonesa y, especialmente de las ?lites municipales, a partir de la implantaci?n del tribunal. As?, los inquisidores, ?qui 372 ACA, Consell d?Arag?, Lag. 1.371, n? 12.2. 127 son tres ab los doctors de llur consistori y ab molts de sos familiars molt ben acompanyats?373, tuvieron su lugar en las recepciones reales, cosa que evidenciaba que, en la segunda mitad del siglo XVI, el Santo Oficio estaba totalmente asentado en la vida pol?tica y social catalana. Adem?s, esta aparici?n por primera vez en un recibimiento, coincid?a con los a?os de m?xima actividad y prestigio del tribunal, como ha apuntado Doris Moreno, y con la cantidad de familiares y oficiales del mismo y que integraban la comitiva. Los diputados de la Generalitat. No tardo mucho que vino la Diputacion, que son tres diputados, y tres oydores de quentas, sin sus officiales (?) Trayan consigo mas de doscientos de acavallo, todos con sayos de terciopelo y capas de raja, y delante dellos tres mazeros vestidos de raso carmes? morado, rozagantes las ropas aforradas de terciopelo carmes? morado, y forras de terciopelo morado: las mazas muy grandes de plata doradas. Llegando estos, el santo officio se aparto, y ellos gozaron deste puesto hasta que llego la ciudad. Los diputados convocaban en la Casa de la Diputacio del General, ubicada en la plaza de Sant Jaume, a todos sus oficiales, junto con los de la Casa de la Bolla, guardas y porteros, entre otros. La comitiva, encabezada por los tres maceros o verguers de la Generalitat con las mazas en alto, part?a hasta el portal de Sant Antoni, y de aqu?, hasta alcanzar al soberano. Los diputados y oidores iban acompa?ados de un gran n?mero de caballeros de la tierra y de representantes de los tres brazos del Principado. Una vez ante el rey, le encomendaban el pa?s y le acompa?aban un trecho hasta la llegada del ?ltimo y m?s importante de los tribunales: los representantes del Consell de Cent. Los consellers. [La ciudad] son cinco consejeros que la gobiernan, y dos consules de lonja, a cuyo cargo esta la justicia maritima y mercantible. Los consejeros venian vestidos de terciopelo carmes?, rozagantes las ropas, aforradas de brocado, y sus maceros delante vestidos de grana: trayan gran numero de cavalleros y ciudadanos, al fin todo el restante de la ciudad. Llegados, el consejero en cap, que quiere decir primero, o cabe?a de los otros veso su mano, y se?alo con ella encima dela cabe?a, y despues inclinandose hasta el arzon de la silla llego a tocar la de su magestad: y luego le dio la buelta por las ancas del cavallo del rey, y se puso a su mano yzquierda, y los demas consejeros y consules hecho lo mesmo, con toda la cavalleria que trayan se pusieron de grado en grado camino de Valldonzella. Los consellers convocaban a todos los prohombres y oficiales del Consell de Cent en la Casa de la ciudad. Tambi?n invitaban a este cortejo al veguer, al batlle de Barcelona y a los dos c?nsules de la Lonja. Adem?s, eran los encargados de establecer la graduaci?n que ?se fa dins la Casa la Ciutat, estant los Consellers, y los demes en la Plassa ? cavall devant Casa la Ciutat?374. Encabezaban la comitiva los dos maceros de 373 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 75. 374 Les R?briques de Bruniquer?, vol. II, cap. XVIIII, p?g. 47. 128 los c?nsules de la Lonja y los cinco de los consellers y, en el caso de la entrada de Fernando II en 1479, los dos del Gobernador de Catalu?a. Tras ellos, segu?an el consellers en cap, el veguer ?en 1479 era el Gobernador de Catalu?a?y un ciudadano honrado, de los m?s antiguos. A continuaci?n, el segundo conseller, el batlle de Barcelona y otro ciudadano honrado antiguo o un miembro del estamento militar. El tercer, cuarto y quinto conseller iban acompa?ados del c?nsul ciudadano y el mercantil de la Lonja y otros ciudadanos honrados y militares. Finalmente, la completaban un gran n?mero de ciudadanos honrados, mercaderes, artistas y menestrales. El encuentro de los consellers con el rey era el punto culminante del ritual. A diferencia de los anteriores tribunales y por privilegios antiguos, no descabalgaban para recibir al soberano y efectuar el besamanos: ?sens descavalcar e inclinats fins al coll de les mules, besaren la ma al dit senyor?. En 1665, este hecho no pas? desapercibido al Consejo de Arag?n que, con motivo del viaje de la emperatriz Margarita Teresa, redactaron un informe donde se describ?a el ceremonial que se practicaba en las capitales peninsulares de la Corona de Arag?n. Escribi? el Consejo: Se ha observado una diferencia en los ultimos ejemplares entre los jurados de ?arag[oz]a y los consellers de Bar[celo]na que los jurados de ?arag[oz]a en llegando donde estan, o, encuentran a las personas R[eale]s se apean, y les bessan la mano. Pero los consellers de Bar[celo]na no se apean sino que hacen una profunda reverencia y no bessan la mano375. El primero en besar la mano era el Gobernador de Catalu?a, pero a partir de que ?ste acudi? al recibimiento en el tribunal del virrey, el veguer era el primero en hacerlo, tras lo que regresaba a la ciudad. El besamanos era un ritual muy importante ya que significaba el reconocimiento del rey como se?or de Barcelona, antes de realizar su juramento. Solo se le besaba la mano al rey, la reina, el primog?nito, miembros del clero y otras mujeres de sangre real. Frederic Despalau explic? en su diario, en 1599, como los consellers besaron la mano a Felipe III, la reina Margarita, a la infanta Isabel Clara Eugenia, pero no lo hicieron con el archiduque Alberto, al que, ?nicamente, ?donaren-li la benvinguda?376. Entonces, el conseller en cap alcanzaba todo el protagonismo de la ceremonia al darle la bienvenida al soberano y colocarse a su lado izquierdo, ocupando el derecho el virrey porque era el lado m?s importante. El resto de consellers se colocaban delante del hu?sped en estricto orden jer?rquico y continuaban el camino hacia el portal de Sant Antoni por el que se acostumbraba a entrar durante las ceremonias o hacia el monasterio de monjas bernardas de Valldoncella, en caso de que hubiese una posterior entrada real. Durante el camino, el rey y el consellers en cap sol?an mantener una animada conversaci?n y, cada vez que ?ste ?ltimo tomaba la palabra se descubr?a; aunque, inmediatamente, el primero le mandaba cubrir. Este era, pues, el orden de aparici?n de los diversos tribunales a lo largo de esta larga ceremonia. Cinco cortejos ?seis, tras la inclusi?n de la Universitat dels Estudis? que representaban la totalidad del Principado. Cualquier persona que aspirase a ir al 375 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/9. 376 SIMON i TARR?S, op. cit., p?g. 171. 129 encuentro del soberano deb?a hacerlo encuadr?ndose en una de ellas y para esto deb?a ser invitado o convocado por su m?xima autoridad, para lo que entraban en juego las relaciones clientelares propias de los oficiales de mayor rango de cada instituci?n. De este modo, no hab?a posibilidad de salir por cuenta propia para recibir al soberano. Esta prohibici?n era publicada mediante crida, como en el caso de Lleida: ?que ningu ixques a rebrer sa Magt. sino ab los pahers que los que tinguessin cavalcadures ixquessen ab ells al recibiment, o les dexassen a les persones por los pahers elegidores per a dit acompanyament?. El pueblo, colocado a lo largo del camino para presenciar la ceremonia y a todos los personajes que acud?an, bajo ning?n concepto pod?a integrase a ella. Sin embargo, estas ceremonias necesitaban su presencia para tener sentido y por eso no se le pod?a excluir de ellas porque eran los espectadores de la imagen p?blica de la estructura de la ?lite que los gobernaba. Como ya se ha apuntado, en las sociedades modernas uno de los mecanismos para la supervivencia y perduraci?n de las ?lites era dar una imagen al pueblo de prestigio social y reputaci?n, es decir, una escenificaci?n del orden social establecido. Por este motivo, las ceremonias se convierten en momentos excepcionales para la reafirmaci?n de los miembros de la ?lite ciudadana, en cuanto dignos de ir a recibir al monarca. En numerosas relaciones de recibimientos, los autores retratan claramente la presencia del numeroso gent?o que, procedente de pueblos y campos cercanos, se agolpaba para ver pasar al monarca, causando en ellos gran alegr?a. En 1585, pese a entrar sin ceremonia, Felipe II vio desde su coche c?mo al entrar en la ciudad ?tot lo poble corria qui mes podia a la Rambla per veure?l?. Las cortinas y cubiertas del coche estaban recogidas para que todo el p?blico pudiera verlo377. En una relaci?n sobre la entrada de Felipe IV, en 1626, se explica tambi?n la expectaci?n que levantaba entre el pueblo la presencia del rey: Fue grande el contento y alegr?a que la vista de su Magd. causo en los cora?ones de la infinita gente que estaba derramada por aquellos campos y caminos con desseo de verle (?) Y si bien, desde que su Magd. comen?o a caminar por este Principado de Catalu?a, pudo echar de ver el amor que los catalanes tienen a su Principe y Se?or, por el concurso grande de gentes que encontrava por los caminos, que venian de los pueblos y lugares y aldeas para gozar de la vista de su Principe, ofreciendole provisiones y regalos: sin falta lo devio de conocer cumplidamente, con los de su compa??a, en lo que vio este dia que lleg? a vista de Bar[celon]a pues como admirado pregunto al conceller en cap antes de llegar a Valldonzella: conceller, tanta gente ay en esta ciudad? A lo que respondio el conceller: Se?or, esta solamente es la gente desocupada, que por desseo que tiene de ver a V. Magd. a salido por estos campos378. Al llegar a la Creu Cuberta suced?a otro de los acontecimientos destacables de esta ceremonia: las salvas de artiller?a y arcabucer?a que se disparaban desde las torres y muralla que se colocaban all? para la ocasi?n. Tras ello, se ingresaba en la ciudad por el portal de Sant Antoni y se segu?a, procesionalmente, el habitual itinerario hasta llegar a la catedral. En caso de que fuera la primera visita del monarca, no se entraba en la 377 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, n? CXIX, p?g. 45. 378 BUB, Ms. 1.009, Memorias del succehit des del a? 1626 fins 1631 exclusive, tom. IV, fol. 52. 130 ciudad sino que la comitiva tomaba el camino del monasterio de Valldoncella. Los consellers acompa?aban al monarca hasta su posada y, tras despedirse de ?l en el umbral del mismo, sin apearse del caballo, disolv?an la comitiva y cada uno se marchaba a su casa, poniendo fin a la ceremonia. En cuanto a la despedida del rey, solo hay una excepci?n en que se vari? el ritual. Fue en 1481, cunado los consellers descabalgaron y acompa?aron a la reina Isabel la Cat?lica hasta su aposento. Este aspecto del ceremonial barcelon?s tambi?n se incluy? en el memorial o informe del Consejo de Arag?n redactado en 1665 y anteriormente citado, cuando hablamos del besamanos. En ?l se recog?a la pr?ctica de los jurados de Zaragoza de descabalgar y acompa?ar al rey hasta su estancia y les parec?a un tanto desmesurada la tradici?n de los consellers de no apearse del caballo y despedirse en el umbral del palcio del rey, sin entrar en ?l. Aun as?, como recoje este informe, el Consejo determin? que de momento no se tratara ninguno de los dos aspectos ?el besamanos y la despedida desde el caballo y sin entrar en palacio?. Aunque, esto pareze que se havia de igualar a lo que es mayor obsequio, pero por lo que se suelen sentir qualq[uier] mudan?a y ocasionar desconsuelos, y diferencias innovar de lo que en los ultimos actos se ha praticado, pareze que sera mexor tolerarlo como asta ahora ? Bar[celo]na y dexar seguir ? cada ciud[ad] los ultimos exemplares de sus libros379. Pero no siempre se produjo el recibimiento y, en ocasiones, los soberanos decidieron entrar sin ceremonia alguna. En sus repetidas visitas a la ciudad, Fernando el Cat?lico y Carlos V comunicaron a los consellers su voluntad de entrar sin recibimiento para ganar tiempo y evitar este largo y, frecuentemente, engorroso ritual. De este modo, el rey elud?a cualquier posible conflicto de precedencias entre los miembros de la comitiva y de su propio s?quito. Sin embargo, en otras ocasiones, tras la ausencia de la ceremonia subyac?a un conflicto pol?tico o un desencuentro entre la monarqu?a y las autoridades municipales que siempre era maquillado con alguna excusa presentada por una de las dos partes. A continuaci?n, trataremos tres casos destacados de entrada en la ciudad sin ceremonia. En primer lugar, hay que hacer referencia a la complicada visita que, en 1461, la reina Juana Enr?quez ?esposa de Juan II?, y su hijo, el pr?ncipe Fernando, hicieron a Barcelona. Es conocida la animadversi?n que provocaba en gran parte de la sociedad catalana la reina Juana, que se vio incrementada a ra?z de la muerte del pr?ncipe Carlos de Viana porque, desde el primer momento, cay? sobre ella la sospecha de haberlo envenenado para que su hijo Fernando pudiese heredar el reino. El 13 de noviembre lleg? la pareja real al monasterio de Valldoncella, solos, y sin que los consellers les salieran a recibir. Estos pretextaron que no ten?an conocimiento de su llegada y que el aviso de la misma que deb?a hacer la reina lleg? demasiado tarde para poder organizar la ceremonia. Sin embargo, podemos ver aqu? la clara postura de las autoridades municipales que con este desplante se negaron a recibir a su se?ora380. 379 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/9. 380 Se puede ver este suceso en AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 79. 131 Tambi?n es claro el problema que surgi? con motivo del juramento del pr?ncipe Carlos en 1519 y que retras? su entrada unos d?as. El recibimiento s?lo se produjo cuando el obispo de Tortosa, Adriano de Utrech, intervino para desatascar el desencuentro surgido entre Carlos y los consellers que amenazaba seriamente las futuras relaciones entre el Principado y su se?or. Pero, a?os m?s tarde, concretamente en 1533, la emperatriz Isabel rehus? de entrar en la ciudad con ceremonia y se dirigi? r?pidamente hacia el monasterio de Valldoncella con la excusa de que la infanta Mar?a ven?a indispuesta y los doctores aconsejaban no detenerse en el camino. Como puso de relieve Jos? Mar?a Jover, la emperatriz ten?a una ?concepci?n tan arraigadamente castellana de ?rey presente en sus reinos? para gobernarlos en paz y justicia?381 que propugn? en ella una voluntad de sedentarismo en ese reino y un rechazo a viajar a ?aquellos reinos?, refiri?ndose a la Corona de Arag?n. Isabel intent? retrasar su viaje lo m?ximo posible hasta que no pudo prorrogarlo m?s. Ni siquiera su magn?fico recibimiento en Zaragoza la congratul? con el ceremonial de estos reinos de la Corona y evit? la ceremonia de recepci?n en Barcelona para lo que la enfermedad de su hija sirvi? como inmejorable pretexto. Los consellers y dem?s tribunales ?Cap?tulo de la catedral, con el obispo, diputados y c?nsules de la Lonja? salieron a recibirle pero solo pudieron acompa?arla desde la Creu Cuberta hasta el dicho monasterio sin que se hiciera ning?n besamanos ni otros rituales de la ceremonia de recepci?n. Finalmente, tras pasar algunos d?as all?, la emperatriz hizo su entrada real en la ciudad que posteriormente ser? estudiada. Pero fue durante el reinado de Felipe II cuando hallamos una mayor tensi?n entre la monarqu?a y el Principado. En 1585, el rey se encontraba en la ciudad de Zaragoza y decidi? viajar hasta Barcelona para despedir a su hija Catalina Micaela que, casada con el duque de Saboya, zarpar?a junto a ?l hasta G?nova. Pero al llegar a Barcelona, el rey, por propia voluntad, quiso entrar en ella sin ceremonia alguna. Son varias las versiones que aluden distintos motivos por el que el monarca opt? por entrar de esta forma. El cronista Cabrera de C?rdoba escribi? que el rey ?entr? de noche por escusar ceremonias antiqu?ssimas, mantenidas por los catalanes por sagradas e inalterables, no convenientes a la grandeza de los presentes Reyes?382. As? pues, el cronista opinaba que la tradici?n ceremonial de la ciudad, basada en la serie de privilegios otorgados por los reyes a lo largo de los siglos bajo medievales, no era compatible con la moderna corte del rey cat?lico y, por este motivo, interesaba evitar dichas ceremonias. Otra opini?n fue la de Juan de Monte Picardo, testigo del viaje real, que inform? al duque de Sessa por carta que Felipe II entr? en Barcelona ?sin querer aguardar que la ciudad saliesse a recibirle, d?zesse que lo hizo por escusar la dilaci?n y demandas y respuestas que se av?an comen?ado sobre la forma c?mo se av?a de hazer el 381 JOVER ZAMORA, J.M., Carlos V y los espa?oles, Madrid, Sarpe, edici?n de 1985, p?g. 143. En la nota n? 17 que se inserta en la misma p?gina, Jos? Mar?a Jover apunt? que la emperatriz Isabel se refer?a a la Corona de Arag?n como ?aquellos reinos?. 382 Citado por P?REZ SAMPER, M.A., ?La presencia del rey ausente??, p?g. 81. 132 recebimiento, por respecto que tienen a la conservaci?n de sus fueros y costumbres antiguas del libro berde?383. La opini?n de este miembro de la corte iba en una l?nea parecida a la expuesta por Cabrera de C?rdoba y muestra el conocimiento que se ten?a en Madrid de lo celosos que los reinos de la Corona de Arag?n eran de los privilegios. Podemos a?adir otra opini?n de un miembro pr?ximo a la corte: la del arquero y cronista Henry Cock. ?ste escribi?: A 7 de mayo, despu?s de comer, el rey don Felipe, sin saberlo nadie, quiso venir sin que lo aguardasen, porque hab?a discordia entre los grandes de Barcelona y su majestad sobre la manera del recibir, y no pod?an concordarse. Quer?an ellos que entre dos mayores de la ciudad su majestad entrase a caballo como conde de Barcelona. Fue respondido, por parte de su majestad, que en otros tiempos hab?a cumplido con el deseo de la ciudad en este particular cuando le juraban, y que al presente no hab?a necesidad que le recibiesen de esta suerte, mayormente que no ven?a sino a despedirse de su yerno e hija a Barcelona (?). Pesaba a los jurados que se hallaban burlados; pesaba a los ciudadanos que su majestad no hab?a entrado con triunfo, como suele, para regocijarse todos; pesaba a cuantos hab?a que los oficios no le hab?an recibido; cada uno se espantaba que as? el rey le parec?a, que ya estaba en palacio antes que el pueblo lo creyese384. Como plante? el arquero Cock y ha apuntado Mar?a ?ngeles P?rez Samper, Felipe II decidi? entrar de improviso cansado por la discusi?n aparecida en el Consell de Cent acerca de si deber?a entrar como rey de la monarqu?a hisp?nica o como conde de Barcelona385 ya que en su anterior visita a la ciudad, en 1564, hab?a realizado su entrada real y jurado todas las constituciones y privilegios del Principado y de Barcelona. En el Llibre de les Solemnitats encontramos otra descripci?n de los hechos, esta vez por parte de la ciudad. La familia real lleg? a Molins de Rey, donde Felipe II comunic? a los embajadores del Consell de Cent que el pr?ncipe Felipe y la infanta Isabel no se encontraban bien de salud, que los m?dicos hab?an aconsejado no detenerse por el camino y como ?forsadament se hauria a detenir si entrave ab la cerimonia acostumada? y que por ese motivo les hac?a saber que no salieran a recibirle ni los consellers ni cualquier otro tribunal que ya los recibir?a gustosamente en el monasterio de Valldoncella. Adem?s, les dijo que quer?a que, en el camino que va del monasterio a la ciudad, algunos grandes de su corte se colocasen entre los consellers; petici?n que vulneraba los privilegios y no ten?a lugar en el ceremonial municipal ya que entre ellos no pod?a colocarse nadie. Cuando el Consell de Cent iba a enviar dos caballeros al virrey conde de Miranda para pedir su intercesi?n con el rey para que se hiciese recibimiento, caso en el que incluso aceptar?an la petici?n real. Sin embargo, el virrey apoy? la decisi?n real y escribi? al Consell de Cent ordenando que no se hiciese recibimiento alguno, ni se celebrasen demostraciones de alegr?a ni se disparasen salvas 383 Fundaci?n Francisco de Zab?lburu, Carpeta CXXIV, 64, carta de Juan de Monte Pichardo al duque de Sessa, Barcelona, 10 de mayo de 1585. La secci?n de la carta aqu? inclu?da ha sido etra?da de la ficha n? 194 realizada por Fernando BOUZA FERN?NDEZ para el cat?logo de la exposici?n celebrada en el Museo del Prado, entre octubre de 1998 y enero de 1999, Felipe II. Un monarca y su ?poca. Un pr?ncipe del Renacimiento, Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1998, p?g. 552. 384 COCK, H., op. cit., p?g. 511. 385 P?REZ SAMPER, M.A., ?La presencia del rey??, p?g. 81. 133 de artiller?a porque el ruido agravar?a la enfermedad del pr?ncipe Felipe386. Pero el rey sab?a que en la ciudad corr?a el rumor de que no quer?a ser recibido por los consellers ni que le hiciesen el ritual del besamanos a caballo y por eso insisti? que el ?nico motivo existente era la indisposici?n de sus hijos. Fernando Bouza afirma que Felipe II siempre se mostr? menos d?cil con el ceremonial propio de la Corona de Arag?n que con el del Portugal reci?n anexionado387. As? pues, parece evidente la voluntad del soberano de evitar la larga ceremonia del recibimiento en un momento hist?rico en que, desde inicios de su reinado, intent? subyugar los ceremoniales de los diversos territorios de la monarqu?a a favor de la raz?n de Estado. Y, es en este contexto donde encajar?a la afirmaci?n de Cabrera de C?rdoba. Pero, por otra parte, no se puede minimizar la importancia de la enfermedad del pr?ncipe Felipe que en ese a?o de 1585 ten?a tan solo seis a?os y es harto conocido que en los siglos modernos los primeros a?os de vida de un ni?o eran cr?ticos para su supervivencia como demuestra el alto ?ndice de mortalidad infantil, incluso entre los miembros de las ?lites. Adem?s, el rey ya hab?a visto morir a varios de sus hijos y muy recientemente al infante don Diego, que era su primog?nito388. Por ello, es normal que Felipe II estuviera realmente preocupado por la salud de su nuevo primog?nito, en el que descansaba el futuro de la dinast?a. A esto, se puede a?adir que la familia real se encontraba en esos momentos en un proceso de desmembramiento del n?cleo familiar ya que acud?a a Barcelona para despedir a su hija Catalina, a la que, probablemente, no volver?a a ver, debido a su avanzada edad. As?, ahora que se acercaba la hora de la despedida, la melancol?a podr?a haberse apoderado de un soberano, de avanzada edad y muy unido a sus hijas389, que junto con las anteriores causas expuestas le hubieran hecho desestimar la ceremonia. Por parte de la ciudad, cabe destacar la ausencia de su leg?timo se?or desde hac?a veinte a?os en los que las relaciones entre la Corona y el Principado no hab?an sido especialmente cordiales. Recordemos aqu? el conflicto con la Inquisici?n por las acusaciones de connivencia con los hugonotes que acab? con la detenci?n de un diputado. O las desavenencias surgidas en el monasterio de Montserrat entre monjes catalanes y castellanos y la decisi?n del rey de encuadrar dicho monasterio bajo la jurisdicci?n del metropolitano de Valladolid. Por lo tanto, el recibimiento se convert?a en una gran ocasi?n de reafirmaci?n y hacer visible el gobierno de la ciudad y de los 386 El noble catal?n Frederic Despalau tambi?n recogi? esta versi?n en su diario: ??s entrat lo rey sens ningun resibiment per causa que, estant en Sant Feliu lo rey y concertant lo ressibiment lo compte de Xinx?n, tesorer general en la Corona de Arag?, y lo compte de Miranda, virey de Catallunya, lo modo [que] se havien de fer per causa dels pr?ncep y infantes ab los concell?s y altres tribunals, sobrevingu? al pr?ncep una mala gana, de uns ascos que li vingueren. Y tamb? que a la infanta do?a Ysabel tenie tarsanes pus here lo bon dia. Aconsellaren los metyes a Sa Magestat entr?s en Barcelona dit dia, y ax? Sa Magestat fou forsat posar-se en cam? ab totes les persones reals y entr? en Barcelona sens saber-ne res los conssell?s, ni lo virey, ni los altres tribunalls, so ?s, diputats ni los altres?, en SIMON i TARR?S, A., Cavallers i ciutadans?, p?g. 124. 387 BOUZA ?LVAREZ, F., ficha n? 194 de Felipe II. Un monarca y su ?poca?, p?g. 552. 388 El infante Diego F?lix de Austria muri? el 21 de noviembre de 1582 cuando contaba tan solo con siete a?os , siendo el primog?nito del rey tras la muerte del infante Fernando de Austria en octubre de 1578. 389 V?ase BOUZA ?LVAREZ, F., Cartas de Felipe II a sus hijas, Madrid, Akal, 1998. 134 diputados ante el soberano que no quer?an desaprovechar y deb?an ejecutar seg?n marcaba la tradici?n. La negativa del monarca a ser recibido supon?a para ellos la vulneraci?n de la tradici?n establecida por los antiguos soberanos de la Corona de Arag?n. ?nicamente la afirmaci?n de Felipe de que exclusivamente rehusaba la ceremonia por la enfermedad de su hijo aplac? al Consell de Cent que, finalmente, resignado ante los designios reales, accedi? a la solicitud del rey de celebrar festejos y regocijos. Como se ha podido ver en estos tres casos, tras la negativa a que se celebrase la ceremonia del recibimiento, subyac?a un desencuentro pol?tico que reflejaba el alejamiento que, en ocasiones, exist?a entre la corona y el territorio. En esta secci?n, hemos tratado el recibimiento ofrecido por la ciudad a la persona del rey o a su familia directa, es decir, la reina, el primog?nito y sus hermanos. A continuaci?n, trataremos de los recibimientos ofrecidos a otras personas de sangre real. 3.1.2. Recibimientos de personas de sangre real. Como norma general, los consellers siempre sal?an a recibir a los pr?ncipes, infantes, archiduques u otros t?tulos, siempre que ?stos fueran de sangre real, que llegaban a la ciudad. Por este motivo, es importante distinguir entre los pr?ncipes, hijos de reyes, y los t?tulos italianos con graduaci?n de pr?ncipe que proliferaron, sobre todo, en las posesiones espa?olas en aquella pen?nsula y que carec?an de sangre real en sus venas. El rey siempre avisaba de la futura llegada a Barcelona de un miembro de la familia real o de otra dinast?a europea. Frecuentemente, les solicitaba que tratasen al hu?sped como si fuese su propia persona. As? fue recibido Felipe el Hermoso, yerno de Fernando el Cat?lico y pr?ncipe jurado en Castilla, en 1503. En 1525, la llegada del rey de Francia, Francisco I fue de otra naturaleza ya que el monarca galo entr? en calidad de prisionero de Carlos V, tras ser capturado en la batalla de Pav?a. Pero, esto no significaba que fuera recibido en la ciudad con los honores propios de un rey. Adem?s, se prohibi?, bajo pena, que se ultrajara con insultos al rey franc?s o a cualquiera de su naci?n. A la hora de recibir al hu?sped, el aviso del rey a las autoridades municipales era de suma importancia ya que seg?n lo escrito actuaban de una manera u otra. Por eso, ese mismo a?o de 1525, el emperador Carlos pidi? que cuando la hermana de Francisco I, madame de Alen?on, pasase por la ciudad camino de la corte para negociar su liberaci?n, ?salgays a recebirla faziendole toda fiesta y buen tratamiento como de vosotros confiamos y nuestro amor os obliga certificandoos que nos hareys en ello tan 135 accepto servitio como os podriamos encarecer?390. Los consellers salieron a recibir a la gran se?ora como ped?a el soberano. Sin embargo, no hicieron lo mismo con el duque Carlos de Borb?n, tambi?n de la familia real francesa, aunque enemigo de Francisco I. En esta ocasi?n, el emperador orden? al gobierno de la ciudad que recibieran al duque con honores. Entonces, se buscaron ejemplares anteriores como el del paso por la ciudad del duque de Gleves en 1440 y el del conde de Foix en 1455391. Vieron c?mo en ambos casos no salieron a recibirlos, aunque, al primero de ellos, enviaron a algunos ciudadanos y mercaderes por deferencia a la reina de Navarra que era su hermana y hab?a pedido que se le recibiera. Los consellers informaron al virrey, don Fadrique de Portugal, obispo de Sig?enza, que no ra costumbre de la ciudad salir a recibir a un duque franc?s y le propusieron que ser?an dos de ellos los que saldr?an a recibirlo392. Tras analizar la documentaci?n que recoge la llegada del duque, no queda claro el recibimiento que se le hizo ya que, seg?n el Dietari de la ciudad393, si salieron a recibirle; mientras que en las R?briques de Bruniquer consta una primera entrada el 23 de septiembre de 1525 en la que ?los Consellers noy isqueren per que lo Rey havia scrit fessen com ho tenien de costum? y una segunda el 14 de octubre de ese mismo a?o en la que parece que si salieron394. Como se puede ver, en muchas ocasiones, la voluntad del rey chocaba con la costumbre de la ciudad y los consellers, sus celosos guardianes, se aferraban a ella con fuerza para la defensa de sus privilegios. Otro caso lo tenemos en 1548, cuando el virrey, marqu?s de Aguilar, siguiendo las ?rdenes del pr?ncipe Felipe, pidi? que el rey de Hungr?a y archiduque de Austria, Maximiliano, fuese recibido por la ciudad como si fuese la propia persona del rey ?siendo el dicho principe nuestro hermano?. Y es que estaba en juego la futura sucesi?n del Imperio para el pr?ncipe Felipe, que ya hab?a sido reclamado por su padre para que iniciara su famoso viaje de iniciaci?n y presentaci?n por Europa. Por este motivo, hab?a que tratar con todos los honores al hijo de Fernando, Rey de Romanos, que, ahora, llegaba a la pen?nsula para contraer matrimonio con la hija de Carlos V, Mar?a. Finalmente, el consistorio municipal sali? a recibir a 390 VOLTES BOU, P., op. cit., n? 59, el emperador Carlos a los consellers, Toledo, 23 de julio de 1525, p?g. 79. 391 ?A 10 de Janer de 1440, entr? lo Egregi Dn. Joan de Cleves germ? de la Princessa de Navarra, muller del Pr?ncep de navarra, fill del Duc de Cleves, venint de les Noces de dita sa germana, los Consellers no isqueren ? rebrel, jats?e que la reyna de navarra los hav?a scrit en sa recomendaci?, per que ax? fou deliberat dit die, com fos cerimonia acostumada fer ? Rey, ? a fill de Rey, y reyna, y no ? altres, per que ser?a detraure al Senyor Rey nostre, per esguart del qual la Ciutat serva semblants cerimonies, empero per contemplaci? sua exiren de part de la Ciutat los Ciutadans, y Mercaders ? flotes, y no tots ensemps, y lo endem? los Consellers anaren ? visitarlo, y li feren present de plata, y en Casa de la Ciutat, li fou dada Collaci??, en Les R?briques?, p?gs. 238-239. ?A 10 de Noembre 1455, entr? lo Compte de Foix, y sa muller la Comptesa que era filla del Rey de Navarra, isqu? ? rebrels el Rey Dn. Joan de navarra Loctinent Gen. y los Deputats, empero no los Consellers?, en es R?briques?, p?g. 240. 392 DACB, vol. III, p?g. 369, 23 de septiembre de 1525. 393 ?Los honorables consellers acompanyats dels honorables regent la vegaria consols de la lotja y molt altres ciutedans y cavallers per lo despr?s dinar a las tres horas (partiren) del pati de la present tirant la via del Portal Nou per a rehebre lo Illustre Duch de Borbo lo qual quant saberen un poch dalla lo moli Carbonell tiraren y essent alli prop dit moli faheren al dit Illustre Duch la salutacio condecent a sa Illustre Senyoria los quals los rehebe molt affablement, y axi se posa lo conseller en cap en son loch, y axi entraren en la present ciutat?, en DACB, vol. III, p?g. 370, 14 de octubre de 1525. 394 Les R?briques?, p?g. 247. 136 Maximiliano con gran solemnidad, excepto con palio, y le agasajaron con grandes festejos. Un a?o m?s tarde, los consellers no salieron a recibir al rey de Belis ? posiblemente, un reyezuelo del norte de ?frica? que lleg? ?ab uns quants moros a cavall a la gineta?; s? fue recibido, en cambio, por el virrey y muchos caballeros, aunque ya lo encontraron dentro de la ciudad. En la segunda mitad del siglo XVI y, sobre todo, a partir del establecimiento provisional de la corte en Madrid395 se produjo un incremento sustancial de las visitas a Barcelona de personas regias que coincidi? con la hegemon?a hisp?nica en Europa. Escribe Mar?a Jos? del R?o que la sucesi?n del emperador Carlos por su hijo en la mayor?a de sus territorios, exceptuando la sucesi?n imperial, supuso un impulso para la formulaci?n de un sistema ceremonial para la monarqu?a hisp?nica para defender la primac?a espa?ola en Europa y, especialmente, su prestigio. Y es que no es casualidad que en 1548 el emperador adoptase la etiqueta borgo?ona para la Casa del rey. As? ? prosigue la historiadora?, se plante? un desaf?o de representaci?n que se tradujo en una serie de innovaciones en el ceremonial de la monarqu?a, de cara al exterior y tambi?n hacia el interior396. Esta nueva formulaci?n del ceremonial tambi?n afect? directamente a Barcelona que, a partir de ese momento, experiment? un mayor trasiego de personas ilustres por sus calles, que iban y ven?an de la corte. La causa de esta circulaci?n hay que buscarla en la posici?n geogr?fica y estrat?gica de la ciudad condal que la convert?an en el puerto de referencia para entrar y salir de la pen?nsula. Se puede afirmar, de este modo, que Barcelona se convirti? en la puerta de la pen?nsula. Este hecho oblig? a las autoridades catalanas a realizar un mayor n?mero de recibimientos y ceremonias y, claro est?, plante? un mayor n?mero de problemas debido a la defensa de la identidad de las preeminencias de la ciudad, forjadas a lo largo de los siglos y defendidas por los consellers, y motiv? las injerencias de Felipe II en materia ceremonial en sus reinos de la Corona de Arag?n. En las cartas enviadas por los reyes para avisar de la llegada de un pr?ncipe, se puede ver c?mo, a partir de esta nueva formulaci?n y control del ceremonial el discurso real cambia. Ahora, se pide a la ciudad que reciba al visitante con toda la pompa posible ya que Barcelona es donde tendr? el primer recibimiento de consideraci?n en la pen?nsula y en ello iba la reputaci?n y el prestigio de la monarqu?a ante los otros reinos y poderes europes. Esto es una usurpaci?n de la ceremonia civ?ca. Ya no es la ciudad qui?n recibe al hu?sped, sino la propia monarqu?a. Y esto, claro est?, no siempre coincid?a con los intereses del consistorio municipal. As?, en 1581, Felipe II escribi? a los consellers acerca de la pr?xima llegada de su hermana la emperatriz Mar?a para que ?sea recebida tratada y servida en essa Ciudad por ser la primera destos nuestros Reynos 395 ?Cualesquiera que fueran las intenciones de Felipe II, el hecho de que su corte se instalara en Madrid mediante una real C?dula en la que simplemente se comunicaba su llegada a las autoridades de la villa, nos coloca ante una situaci?n de provisionalidad, e incluso de incertidumbre, que de ning?n modo se debe ignorar al estudiar el proceso de formaci?n de la capitalidad?, en R?O BARREDO, M.J., del, Madrid. Urbs Regia. La capital ceremonial de la Monarqu?a Cat?lica, Madrid, Marcial Pons, 2000, p?g. 6. 396 Op. cit., p?g. 22. 137 en donde a de entrar, con la misma demostracion y benevolencia que lo seria nuestra real persona?397 y con toda la suntuosidad posible. Cuatro a?os m?s tarde, el rey anunciaba el futuro desembarco en Barcelona del duque de Saboya que deb?a ser Tan bien recebido servido y honrado y regalado como es rason en esto, no haura para que encarecerlo sino confiar que por lo que os tocare lo hareys con toda demostrasion de auctoridad amor y regosiyo que se puede desear pues el ser essa ciudad cabessa de la provincia y de tanta estimasion para con todos y haver de ser el primero recebimyento de considerasion que se le ha de hazer, os obliga a senyalarhos en esto398. Aqu? vemos, de nuevo, como el rey remarca este papel de Barcelona y, adem?s, destaca su capitalidad de Catalu?a. Esta percepci?n de Barcelona como puerta de Espa?a cal? en el ideal de la monarqu?a y durante el siglo XVII se continu? utilizando esta f?rmula. En 1603, Felipe III escribi? similares palabras al Consell de Cent por la llegada a la ciudad de los infantes de Saboya399. Con su desembarco en la pen?nsula se inici? un per?odo de 18 a?os en los que las idas y venidas de los infantes de Saboya a la ciudad produjeron m?s de un problema con el ceremonial, especialmente por la norma de no ofrecer recibimiento alguno a visitantes que llegasen a la ciudad por segunda vez. Es lo que sucedi?, en 1606, con el regreso de los dos infantes a Barcelona, cuando, tras la muerte de su primog?nito, su padre los reclam? de vuelta a Saboya. El rey orden? a los consellers que recibieran a los dos infantes ?con toda la demonstration de amor y regozijo que se pueda desear? como lo hicieron en la ida y les record?, nuevamente, que el ser la capital del Principado les obligaba a ello. Pero la ciudad comunic? al virrey, duque de Montele?n, que la ciudad no acostumbraba a hacer segundos recibimientos. El duque argument? que al haber muerto el primog?nito del duque en Valladolid, su scesor Victor Amadeo entraba por primera vez en la ciudad como tal y por ello era necesario que se le recibiera con ceremonia. Finalmente, el Consell de Cent deliber? que se hiciera recibimiento, como de hecho hicieron, junto con los diputados, el obispo de la ciudad y los can?nigos del cap?tulo de la catedral. Sin embargo, seguro que en este asunto tuvo algo que ver el conflicto que enfrentaba al Principado con el virrey por la impresi?n de las constituciones y privilegios de las Cortes de 1599. Tanto la negativa inicial, como la posterior aceptaci?n de la petici?n regia, pudieron tener como trasfondo la resoluci?n de este conflicto que se alargaba peligrosamente. El cargo ocupado por el hijo menor del duque de Saboya, Manuel Filiberto, como gran prior de Castilla y general del mar lo convert?a, pese a ser un pr?ncipe extranjero, en un servidor de la monarqu?a cat?lica y, por ello, pas? varias veces por la ciudad, en unos a?os en que las malas relaciones entre ?sta y Saboya convirti? a los infantes en casi rehenes de Felipe III. En junio de 1613 lleg? el primog?nito Victor Amadeo que regresaba a la pen?nsula. Sin embargo, ni consellers ni diputados salieron a recibirle al portal del mar y enviaron en su lugar a embajadores y caballeros. Un mes 397 DACB, vol. V, p?g. 282, 25 de agosto de 1581. 398 DACB, vol. V, p?g. 415, 12 de enero de 1585. 399 AHCB, Registre de Deliberacions, 25 de abril de 1603, fol. 75. 138 m?s tarde, lleg? su hermano, el prior de Castilla y, de nuevo, surgieron problemas en torno a si pod?a entrar con la guardia que llevaba. Tras las peticiones del marqu?s de Almaz?n, virrey de Catalu?a, el Consell de Cent busc? ejemplares anteriores, concretamente el de la entrada de don Juan de Austria, y, finalmente, por ser sobrino de Felipe III y, por tanto, de sangre real, le permitieron desembarcar y entrar con su guardia400. En febrero de 1614, Victor Amadeo se encontraba en el monasterio de Montserrat, de regreso de la corte de su t?o, el rey cat?lico. Era un momento en que las relaciones de la monarqu?a con el duque de Saboya eran de abierta hostilidad. Y es que el ducado transalpino, poco a poco, se alejaba de la corona y se acercaba hacia la postura francesa. As?, en el intento de reintegrar a Saboya en la ?rbita de la monarqu?a, entraba en juego el infante Victor Amadeo. Se trat? de ganar su voluntad mediante el agasajo y la honra para que reconociese a la opci?n felipina como la m?s adecuada para su pa?s. Por ello, tras establecerse el d?a de entrada en Barcelona, los consellers lo recibieron con grandes honores. Una entrada solemne que vulneraba la propia costumbre de la ciudad. Bajo mi punto de vista, detr?s de este agasajo desmesurado que alteraba la tradici?n se escond?an los intereses pol?ticos de la monarqu?a. Se estableci? que desde el monasterio de Jes?s, donde se hosped? el pr?ncipe, hasta la Casa de la ciudad, siguiendo el camino del portal del ?ngel, fueran colocadas muchas graellas con tea y que ?stas quemasen toda la noche. Adem?s, se dispusieron compa??as de arcabuceros de las cofrad?as para que estuvieran preparadas para la entrada junto con las trompetas, atambores y ministriles de la ciudad401. Demasiada solemnidad y pompa para ser la cuarta vez que entraba en la ciudad. Pero a?n hay m?s. Porque, en noviembre de ese mismo a?o, las galeras del general del mar Manuel Filiberto llegaron a puerto y el gobierno de la ciudad le envi? emisarios para preguntarle si quer?a entrar con acompa?amiento. Su respuesta fue que ?agradec?a mucho el cuydado de la ciudad y estava muy cierto de ello, y que no quera entrar con serimonia y que presto se partiria para la ciudad?402. Queda claro pues que los recibimientos a pr?ncipes extranjeros depend?an del contexto pol?tico del momento. Tras estos primeros quince a?os del siglo XVII que, desde el punto de vista de las visitas reales, podemos denominar como ?los a?os de los Saboyas?, solo se puede destacar el paso fugaz del archiduque Carlos de Austria en 1624, cuando se dirig?a a la corte de Felipe IV. Fueron estos unos a?os en que los pr?ncipes e infantes europeos dejaron de venir o lo hac?an en menor medida a la corte del rey, y cuando lo hac?an, no pasaban por Barcelona. Las visitas reales que se suceden en la ciudad, a partir de esos a?os, son miembros de la familia real que, por motivos pol?ticos y pol?tico- matrimoniales, abandonaban la pen?nsula para viajar a sus nuevos pa?ses de destino. Estos fueron los casos de Mar?a de Hungr?a y su hermano e cardenal infante Fernando. En este sentido, el viaje de la primera para casarse con el rey de Hungr?a sirvi? de 400 DACB, vol. IX, p?g. 212, 4 de julio de 1613. 401 DACB, vol. IX, p?gs. 255-256, 15 de marzo de 1614. 402 DACB, vol. IX, p?gs. 283-284, 18 de noviembre de 1614. 139 pretexto a Felipe IV para volver a los reinos de la Corona de Arag?n, aunque se detuvo en Zaragoza y no lleg? a Barcelona. El viaje de la futura emperatriz fue largo y tedioso y no menos conflictivo. En 1630, el Consell de Cent constituy? una comisi?n de doce personas con la misi?n de buscar y revisar los ejemplares de venidas a la ciudad de reinas para poder establecer, de esta manera, el recebimiento que merec?a la ocasi?n. Los consellers establecieron salir a recibirla y acompa?arla hasta que llegara a su posada403. Pero, pese a esto, todav?a un d?a antes de su llegada a la ciudad, se reunieron con varios ciudadanos honrados y caballeros para que les aconsejaran sobre c?mo deb?an recibir a la reina; si la deb?an tratar de Majestad y efectuar el besamanos. Finalmente, decidieron salir a recibirla y besarle la mano ?com se troba axi usat besar la ma a Infantes de Espanya? y que fuese tratada de Majestad, a pesar de que como infanta deb?an tratarle como Alteza404. Y, de este modo, fue recibida por los tribunales de la ciudad y Principado, como correspond?a a la hermana del rey. En cambio, en 1632, el cardenal-infante Fernando, tras acompa?ar a su hermano el rey a Barcelona ?por lo que no tuvo recibimiento propio? fue nombrado virrey de Catalu?a y habilitado presidente de las Cortes inacabadas de 1626, con el objetivo de concluirlas. Su gobierno fue bastante turbulento, ancl?ndose el virrey en un largo desencuentro con los consellers por el privilegio que ?stos ten?an de permanecer cubiertos ante el rey. Finalmente, Fernando abandon? la ciudad para tomar el mando de los ej?rcitos espa?oles en Europa. En 1636, antes de la Guerra dels Segadors, lleg? a Barcelona la princesa de Cari??n, princesa de la sangre francesa y esposa de Tom?s, hermano del duque de Saboya. Antes que ella, lleg? a la ciudad el bar?n de Villamur, del Consejo de Estado del duque, para negociar los t?rminos del recibimiento que la ciudad har?a a su se?ora. El gobierno municipal le inform? que el rey hab?a ordenado que fuera recibida como se hizo con los infantes de Saboya, en 1603, y que la ciudad ?en tot y per tot seguiria los ordens que sa Magt. li tenia donats?. Y ya tras negociar el d?a y hora de la entrada, la princesa tuvo su solemne recibimiento405. En la segunda mitad del siglo XVII, concretamente en 1666, la futura entrada de la infanta Margarita Teresa de Austria, hermana de Carlos II, que se dirig?a a Viena, tras su matrimonio con el emperador Leopoldo, acarre? nuevos problemas a la hora de decidir qu? tipo de recibimiento se le ofrecer?a. Exceptuando las diversas visitas de don Juan Jos? de Austria, ?ste era el primer gran recibimiento de una persona de sangre real que se hac?a en la ciudad desde hac?a veinte a?os. Tras la llegada del aviso a la ciudad, el Consell de Cent tom? una actitud de cierta prudencia que se puede detectar en el 403 AHCB, Registre de Deliberacions, 1630, fol. 47. 404 Op. cit., 7 de febrero de 1630, fol. 66. 405 RBPR, Ms. II/958, Relacion aiustada en lo possible, a la verdad, repartida en dos discursos. Primero, de la entrada en estos Reynos de Madama Maria de Borbon, Princesa de Cari?an. El segundo, de las fiestas, que se celebraron en el real palacio del buen Retiro, ? la eleccion de rey de Romanos, 1637, por Nadr?s S?nchez de Espejo, presb?tero. 140 hecho de que facultara a los consellers para que respondiese a la reina Mar?a de Austria ?fent la deguda estimatio de la merce y honrra es estada servida fer a esta ciutat en ferli entendre la venguda de dita serenissima infanta?406. Adem?s, la falta de testimonios vivos de las anteriores visitas dificultaron los preparativos de la visita. Los motivos: el largo per?odo de tiempo transcurrido, la mayor brevedad de la vida y la larga guerra de doce a?os que merm?, sin duda, el n?mero de miembros de la ?lite ciudadana. Adem?s, se a?ad?a otra dificultad. Y es que Margarita Teresa llegaba en calidad de emperatriz, ya que hab?a contraido matrimonio con el emperador Leopoldo. Por tanto los ejemplares anteriores ?el de la hermana de Felipe II, Mar?a, en 1551, y Mar?a de Hungr?a, hermana de Felipe IV, en 1630? no serv?an porque ellas llegaron como reinas de Hungr?a y, posteriormente fueron emperatrices. La reina regente inform? al Consejo de Arag?n que informase al gobierno de Barcelona acerca de la etiqueta a observar durante la visita, ya que, en la ciudad, no se dispon?a de ejemplares407. Incluso la reina pidi? que se le enviase la relaci?n del viaje de la reina Mar?a de Hungr?a en 1629, escrito por el capell?n Juan de Palafox408. Este desconocimiento oblig? a los consellers a informarse de lo que se hac?a en las otras ciudades por donde pasar?a la infanta. Asimismo, el virrey de Catalu?a, don Vicente Gonzaga, escribi? a la reina regente para saber los procedimientos a seguir y que es lo que hac?an, en estas ocasiones, las otras capitales de la Corona de Arag?n. El viaje de la emperatriz se retras?, entro otros motivos, por la espera de la llegada de los memoriales enviados desde Zaragoza y Valencia. Finalmente, se acord? que la emperatriz Margarita Teresa fuera recibida seg?n se hizo con su t?a, Mar?a de Hungr?a, en 1630. Y con esta visita real y la estancia de don Juan Jos? de Austria en 1668, se cierra el cap?tulo de recibimientos de personas de sangre real en el siglo XVII. 3.1.3. La llegada de la jerarqu?a eclesi?stica. La visita de importantes miembros del estamento eclesi?stico tambi?n obligaba a las ciudades a recibirlos con cierta solemnidad, reflejo del respeto que las ciudades europeas ten?an por el clero. En este sentido, podemos distinguir diversos tipos de ceremonia seg?n el rango y la procedencia de la dignidad eclesi?stica. As?, en primer lugar, debemos analizar los recibimientos dispensados al papa, legados pontificios, nuncios apost?licos y cardenales. En las ceremonias, ?stos segu?an el ritual de la curia romana, llegaban con su maestro de ceremonias y, por ello, se generaban algunos conflictos con los ceremoniales propios de las ciudades. En otro orden, debemos citar los recibimientos a los obispos de la ciudad, como es el caso de Barcelona, o los arzobispos, como el de Tarragona, cuyas entradas se realizaban con gran solemnidad. Adem?s, la llegada de obispos y cardenales generaba otro tipo de desacuerdos en cuanto a su fidelidad. Por un lado, son miembros del clero y, por tanto, dependientes del trono 406 DACB, vol. XVII, p?g. 412, 12 de febrero de 1666. 407 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/1, 21 de mayo de 1665. 408 Op. cit., n? 67/2, 26 de junio de 1665. 141 de San Pedro; por otro, desde el reinado de Felipe II, quien pretendi? ejercer un verdadero control sobre los obispos de sus territorios, ?stos actuaron como servidores de los designios reales y, en ocasiones, se les encomend? misiones que, en caso de visita a la ciudad, no quedaba claro si deb?an ser recibidos en cuanto a su cargo eclesi?stico o en cuanto a enviados del rey. Un caso paradigm?tico de ?sto ?ltimo es la llegada a Barcelona, en 1581, del arzobispo de Sevilla con la misi?n de recibir a la emperatriz Mar?a y llevarla a Castilla. Seguidamente, trataremos el paso de pont?fices por la ciudad; aunque, solo disponemos de dos ejemplos de visitas de papas. El primero fue en septiembre de 1409, cuando Barcelona recibi? a Benito XIII, que, procedente de Perpi??n, se dirig?a a Pe??scola. El segundo, fue la visita fugaz de Adriano VI por la ciudad en 1522, cuando se dirig?a a Roma tras haber sido elegido sumo pont?fice. La llegada a la playa de la ciudad de las galeras donde viajaba el papa fue motivo de gran alegr?a para los barceloneses. Sin embargo, el papa no ten?a intenci?n de desembarcar y, ?nicamente, los ruegos del arzobispo de Tarragona consiguieron que cambiara de idea y visitase la capilla de m?rtir santa Eulalia, en la catedral. Una vez en tierra, bajo palio y montado en una mula dispuesta por la ciudad, se dirigi? a la Seu, acompa?ado por los consellers. El antiguo preceptor de Carlos V iba vestido con ropa grana con las mangas de raso blanco y en la cabeza llevaba una barreta de terciopelo carmes? y un sombrero episcopal de raso carmes?409. La incertidumbre de si entrar?a o no a la ciudad impidi? hacer los preparativos necesarios para tan digna ocasi?n y la escasa voluntad del papa por permanecer en la ciudad desmejoraron mucho el recibimiento realizado. Finalmente, tras esperar a que aminase una fuerte tormenta que ca?a sobre la ciudad, Adriano VI se embarc? de madrugada en las galeras que zarparon r?pidamente hacia Roma. La llegada de legados ad latere o pontificios y nuncios apost?licos plante? m?s problemas en cuanto que ?stos cre?an que su dignidad era mucho mayor que la que le presupon?an las autoridades y porque segu?an celosamente el ceremonial propio de la curia pontificia que pretend?an aplicar en todas las ciudades que visitaban. Adem?s, en sus viajes se acompa?aban de maestros de ceremonias que viajaban con compendios del ceremonial romano para imponer su voluntad. Principalmente, hay que destacar las visitas de los legados pontificos, es decir, embajadores extraordinarios en la corte del rey y, principalmente, destacaron dos: la de fray Egidio en 1518 y la de Francesco Barberini ?sobrino del papa Urbano VIII? en 1626. Durante la Edad Media, pasaron pocos representantes de la Santa Sede por Barcelona, tanto fue as? que el paso del cardenal y legado pontificio fray Egidio, en 1518, represent? ciertas dificultades a los consellers a la hora de recibirle y marc? un precedente para las visitas de legados y nuncios posteriores, incluy?ndose su entrada en la ciudad en el Llibre de les Solemnitats 409 AHCB, Ms. A-1, op. cit., fol. 93. 142 de Barcelona410. Desde Zaragoza, el 7 de junio de 1518, Carlos I escribi? al Consell de Cent sobre la recepci?n de dicho cardenal: Por el cargo que trae como por la honra que a la sede ap[osto]lica se debe hazer queremos que sea muy bien tratado y recibido en todas n[uest]ras tierras (?). Nos vos encargamos y mandamos que en la entrada del Rmo. Cardenal en essa ciudad le fagan todo el Recebimiento y honrra que a semejantes ap[osto]licos legados se acostumbran411. As?, para seguir las ?rdenes del pr?ncipe ?que todav?a no hab?a visitado el Principado y, por tanto, no hab?a realizado su juramento? se mand? al escriba del consistorio Joan Lloren? Cal?? que buscase y revisase los anteriores ejemplares. Se comprob? que hac?a mucho tiempo que no suced?a un caso similar, concretamente desde 1379, a?o en que se conoc?a el paso de un cardenal legado pero, como los libros de ceremonias comenzaron a escribirse en 1383, no qued? registro de lo hecho en aquella ocasi?n, sino tan solo, la constancia de una colaci?n de confituras que se le ofreci?. Entonces, fue necesario recurrir al ejemplar de la visita anteriormente citada de Benito XIII, en 1409. Se decidi? que se le recibir?a como al rey excepto el palio, reservado ?ste al rey, la reina, el primog?nito y el Santo Padre. Sin embargo, era el palio la petici?n m?s remarcad por el maestro de ceremonias del cardenal seg?n recog?a el libro de ceremonias llamado pontifical que llevaba consigo: En lo qual expresament es disposat que los consellers de les ciutats acostumen rebre los cardenals apostolichs tramesos per lo Pare St. en qualsevulla provincias ab pali al entrar de la porta de la ciutat ab la professo de la seu que ix fins a la porta. Los consellers supieron por Joan Albanell, capiscol de la catedral y encargado por el rey de preparar junto a Galcer?n Albanell la llegada de dicho cardenal, que sab?a por un arzobispo del s?quito del cardenal que ?ste no aceptar?a entrar sin palio, para no manchar la honra de la Santa Sede. Sabido esto, pues, se reunieron con los abogados de la ciudad y se decidi? enviar al cardenal dos embajadores que anteriormente hab?an ocupado el cargo de conseller en cap ?Joan Bastida y Galceran Fivaller? para comunicarle la alegr?a de la ciudad por la visita pero que no pod?an recibirlo con palio, si no era por orden real, y que no tuviera este hecho por deshonra de la ciudad. Finalmente, fray Egidio accedi? a entrar sin palio. Salieron a recibirle todos los oficiales de la ciudad, las parroquias y monasterios. La comitiva entr?, procesionalmente, por el portal Nou. All?, descabalg? y, arrodillado en un sitial, ador? la Vera Cruz y, tras ello, tom? camino de la catedral. Una vez dentro, visit? la capilla de santa Eulalia y, tras ello, los consellers lo acompa?aron a su posada. El rey, enterado del recibimiento ofrecido al cardenal, escribi? a la ciudad para agradec?rselo y por haber guardado la costumbre412. Esta visita fue el modelo a seguir 410 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. I. Tenemos varias relaciones sobre la visita de fray Egidio. Hemos utilizado preferentemente la ya citada del Llibre de les Solemnitats de Barcelona, la del AHCB, Ms. A-1, fols. 245-247 y Ms. B-37, fols. 159-163. 411 VOLTES BOU, P., op. cit., 412 Op. cit., n? 12, Zaragoza, 13 de julio de 1518. 143 para posteriores y numerosas llegadas de legados y nuncios que, durante los dos siglos posteriores, se dirigieron a la corte del rey como embajadores de la Santa Sede. A partir de este momento, los consellers siempre salieron a recibirlos, pero no lo hicieron cuando, en el viaje de regreso a Roma, pasaban por la ciudad, donde se embarcaban. As? se hizo con el cardenal Salviatis en 1526413. S?lo no salieron a recibirlos en algunas ocasiones y si lo ped?a el propio hu?sped, como fue el caso del cardenal Alejandrino, en 1581, o los cardenales Domenico Gimnazio y Ascanio Colonna, en 1605414. En otras ocasiones, la falta de tiempo impidi? la celebraci?n de la ceremonia, como en 1539, cuando el cardenal Farnese estuvo s?lo un d?a en la ciudad y ni salieron a recibirle ni visitarle415, o en 1563, cuando el cardenal Pacheco entr? a la posta en la ciudad416. Analicemos, ahora, la otra gran entrada de un legado apost?lico. La del nepote Franceso Barberini en 1626. El cardenal se dirig?a a la corte de Felipe IV para concordar las paces entre Espa?a, Francia y Saboya. El cardenal, tras recibir a los embajadores de los diversos tribunales de la ciudad en la galera capitana del Papa y agradecer sus muestras de cortes?a, les comunic? que por encontrarse cansado y desganado a causa del mar prefiri? entrar sin recibimiento alguno. As?, al d?a siguiente, el cardenal entr? en la ciudad en un coche de cuatro caballos acompa?ado de su gran familia417, es decir, su s?quito, y un buen n?mero de gentilhombres. Andr?s de Mendoza, escritor castellano autor de varias relaciones sobre los acontecimientos que se dieron ese a?o en la ciudad describi? al cardenal como una ?persona de gentil disposicion, blanco y rubio, y el blanco mesclado con el roxo, la edad 26 a?os?418. La comitiva avanz?, r?pidamente, por las calles de Moncada, B?ria y por la plaza del Rey, hasta llegar a la catedral, donde el Cap?tulo y todo el clero le esperaban. El obispo de la ciudad y virrey de Catalu?a, Joan Sent?s, no se encontraba en esos momentos en la ciudad ya que hab?a ido a la Raya de Arag?n para recibir a Felipe IV y, por ello, no pudo recibirlo. Entr? procesionalmente en el templo mientras el pueblo lo vitoreaba: ?Benedictus qui venit in nomine Domini?. Tras recibir el agua bendita y adorar la Vera Cruz, se cant? un Te deum laudamus y avanz? al presbiterio, donde se arrodill? e hizo una oraci?n. Posteriormente, baj? a la capilla de santa Eulalia, donde or? en un estrado preparado para la ocasi?n. Tras ello, se dirigi? a su posada. Al d?a siguiente de su llegada, el cardenal recibi? la visita, en su estancia, de los tribunales de la ciudad, como marcaba la costumbre. Y es en este punto, donde 413 DG, vol. III, p?g. 382, 29 de agosto de 1526. 414 El cardenal Ascanio Colonna afirm? a los consellers ?que estava obligat de si mateix a ferho (servir la ciudad) per tenir quarto de catala de la casa de Cardona de ques preciava moltissim?, en DACB, vol. VIII, 4 de abril de 1605. 415 DACB, vol. IV, p?g. 79, 7 de junio de 1539. 416 DACB, vol. V, p?g. 11, 26 de agosto de 1563. 417 En el diario del viaje del cardenal Francesco Barberini, escrito por Cassiano dal Pozzo, se incluyen los nombres de los miembros de su s?quito. 418 RAH, 9/3655(2), Quarta Relacion y Diario de Andres de Mendo?a. De la Entrada del Se?or Cardenal Legado en Barcelona, y disposicion a la de su Magestad, impresa por Esteban Liber?s, en Barcelona, en 1626. 144 surgieron algunos problemas en torno al ceremonial romano. Sabiendo el cardenal que los diputados le iban a visitar para darle la bienvenida y que el diputado eclesi?stico era el obispo, quiso saber de qu? forma ir?a vestido a dicho acto. Tras saber que dicho obispo vestir?a con roquete, mantelete y muceta419, que es el h?bito que llevaban los prelados espa?oles, dijo que s?lo podr?a llevar las dos primeras prendas pero nunca muceta ya que esto prenda no la pod?an llevar los obispos en Roma. Es interesante saber c?mo vest?a el cardenal a su llegada a Barcelona y esto lo podemos saber gracias a la pluma de Andr?s de Mendoza: Sali? con Muceta y sombrero sin manteleta, descubierto el Roquete, se?al de la jurisdiccion, que assi como en la muerte del Pontifice se diffiere al Colegio, y no la traen los se?ores Cardenales, ahora que el representa a su Beatitud, mostr? su autoridad y jurisdiccion en el Roquete420. Gracias a esta descripci?n, podemos hacernos una idea de la importancia que dichas prendas adquir?an en el ceremonial de los miembros del clero, concretamente, entre los de la curia romana y la defensa de los privilegios de su utilizaci?n. Sin embargo, parece que el cardenal, a diferencia de Andr?s de Mendoza, le daba m?s importancia a la muceta que al roquete. El Consejo de Arag?n escribi? al monarca haci?ndole saber este hecho: Como esto apareciesse cosa nueva al Consistorio de reputacion suya y pre[vilegio] de todos los obispos del Principado y de Espanya, que todos trahen musseta, y que lo que se havia con dicho obispo era consequentia ?ra contra los demas, de que podia su Magt. hazer quexa como a tan interesado en el negocio, por ser los obispados de Espanya de su Patronazgo Real y los obispos de su Consejo, los quales siempre han ido delante su Magt. con dicho habito. Finalmente, tras varias embajadas al cardenal Barberini, ?ste acept? que el obispo acudiese con muceta ya que lo hac?a en calidad de diputado mientras realizase alg?n gesto de cortes?a cada vez que fuera a visitar a dicho cardenal durante el tiempo que fuese diputado. Pero no acaba aqu? el aviso del Consejo de Arag?n a Felipe IV ya que, adem?s, le advirti? que esta pretension es cierto terna dicho Sr Cardenal legado contra todos los obispos de Espanya que le estaran presentes, pues ha empe?ado por el primero que ? hallado, y assi parece que conviene al servicio de su Magd. se vea si la pretension de dicho sor. legado es justa y caso que lo fuesse seria combiniente que su Magd. se interpussiesse con dicho legado para que se sirviesse a lo menos a los obispos de Espanya conceder les que puedan ir delante su Ill[ustrissi]ma con dicho habito ordinario con que van delante su Magd. y por toda Espanya421. 419 Por su especificidad, incluyo la definici?n de las tres prendas que da el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Roquete: especie de sobrepelliz cerrada y con mangas; mantelete: vestidura con dos aberturas para sacar los brazos, que llevan los obispos y prelados encima del roquete, y llega un palmo m?s debajo de las rodillas y muceta: esclavina que cubre el pecho y la espalda, y que, abotonada por delante, usan como se?al de su dignidad los prelados, doctores, licenciados y ciertos eclesi?sticos. Suele ser de seda, pero se hacen algunas de pieles. 420 RAH, 9/3655(2), Quarta Relacion? op. cit. 421 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 55. 145 Se puede comprobar la importancia que para la monarqu?a adquiri? Barcelona como primer punto de contacto entre el ceremonial de los viajeros y el ceremonial de la monarqu?a, al que hay que a?adir el propio de la capital catalana. Y este contacto entre ceremoniales provocaba incompatibilidades y desencuentros que obligaba a la negociaci?n y al entendimiento entre las partes. De este modo, la ciudad podr?a catalogarse, salvando las distancias, como un ?laboratorio ceremonial? para la monarqu?a que sirvi?, como se ha podido ver en este caso, para prevenir y salvaguardar sus preemiencias ?sobre todo el Privilegio Regio? ante los enviados de la Santa Sede, muy celosos de sus propios rituales. Otros recibimientos de miembros del clero eran importantes por sus connotaciones constitucionales, de toma de posesi?n o de reconocimiento del cargo. Estos eran los casos de la primera llegada a la ciudad del obispo de Barcelona, para tomar posesi?n de la mitra barcelonesa y del arzobispo de Tarragona, recibido como cabeza eclesi?stica del Principado. En abril de 1572, don Mart?n Mart?nez de Villar, nuevo obispo electo de Barcelona, comunic? a los consellers su voluntad de entrar en la ciudad. Entonces, se convoc? a los integrantes de la comitiva y, como siempre en orden de precedendias, salieron a recibir al prelado. Tras el saludo de cortes?a, el conseller en cap se coloc? a la derecha del obispo y delante de ellos, el resto de magistrados del gobierno municipal. En esta ocasi?n entraron por el portal Nou, pero normalmente se hac?a por el de Sant Antoni. En el portal de la catedral, el cap?tulo lo esperaba y, bajo un dosel con cojines, ador? la Vera Cruz que sosten?a un can?nigo. Una vez dentro, or? en el altar mayor y baj? a visitar la capilla de santa Eulalia422. Como se puede ver, la estructura de la ceremonia es, b?sicamente, la misma que la del rey, aunque con menos muestras de solemnidad y pomposidad, dada su condici?n de eclesi?stico. Y es que la cortes?a entre el nuevo prelado y la ciudad era clave para su futuro entendimiento. Asimismo, era de vital importancia su relaci?n con el cap?tulo catedralicio ya que el buen funcionamiento de la Iglesia barcelonesa, a todos los niveles, depend?a de ello. Por ello, en 1599, don Alonso Coloma, reci?n elegido obispo de Barcelona, escribi? al cap?tulo: Con cuya ayuda y exemplo yo puedo prometerme mucha feli?idad en el progresso y discurso de mis ac?iones pues todas ellas demas de que seran siempre encaminadas al Servi[ti]o de nro. Sr. que es el principal yntento que todos devemos tener no se desviaran jamas de lo que fuere mayor servy[ti]o de V. Mds423. Para el recibimiento del arzobispo de Tarragona, en su primera ocasi?n que visitaba la ciudad, el procedimiento era el mismo. As?, Juan de Guzm?n, arzobispo de Tarragona, escribi? a la Ciudad en abril de 1632, para avisar de su pr?xima llegada: 422 DACB, vol. V, p?gs. 130-131, 16 de abril de 1572. 423 ACCB, Cartes Rebudes, fol. 70, don Alonso Coloma al Cap?tulo de la catedral, Valencia, 26 de mayo de 1599. 146 En ocasi?n que Su Magd. me manda assistir a las Cortes que se han de celebrar en essa Ciudad veo logrado el deseo que siempre he tenido de verme en ella para offrecerme al servicio de V. Sa. mas de cerca y de camino espero hallar la acogida que en V. Sa. han hallado mis antecesores424. Los consellers contestaron que pod?a estar tranquilo ya que se le recibir?a y servir?an como a sus antecesores. Entre las alabanzas a su persona, se incluy? que ?aquesta Provincia goza de un prelat en que concorren tantes parts de cristiandad sanch Illustre y lletres com en V. S. Illma. caben?425. Estas f?rmulas de cortes?a eran claves para preparar el recibimiento que deb?a establecer las bases de una futura comunicaci?n entre la ciudad y la cabeza de la Iglesia catalana. Es importante destacar que durante la entrada del arzobispo de Tarragona, don Gaspar Cervantes de Gaeta, en mayo de 1572426, entre los verguers o maceros de la ciudad se coloc? un macero del arzobispo con la maza en alto. Este hecho estaba revestido de un gran simbolismo ya que a nivel jer?rquico supon?a el reconocimiento y respeto por parte de los consellers de su poder. Y es que este hecho no pas? desapercibido para el escriba que recogi? dicha entrada en el Dietari de la ciudad ya que advirti? c?mo s?lo hab?a un precedente de que un eclesi?stico llevara macero y ?ste no era otro sino el ya conocido fray Egidio, en 1518. 3.1.4. La entrada de los virreyes en la ciudad. A continuaci?n, veamos c?mo se recib?a al virrey o lugarteniente general en la ciudad de Barcelona durante los siglos que nos ata?en. La profesora P?rez Samper destaca que el virreinato en Catalu?a no gener? un ceremonial propio sino que se adapt? al de otras instituciones427. As? ?prosigue la historiadora? a la hora de recibir al nuevo monarca, exist?an unos puntos principales en los rituales establecidos por la tradici?n: la notificaci?n del nombramiento del virrey a las instituciones de la tierra, el recibimiento del virrey a su llegada, primero a Catalu?a y despu?s a Barcelona, la entrada solemne en la ciudad, que inclu?a la visita al palacio de la Diputaci?n del General y el juramento en la Catedral, y las posteriores visitas de cortes?a de las autoridades catalanas, especialmente la Diputaci?n y el Consell de Cent, y otros personajes de relieve al virrey en su residencia. Y a su marcha, la notificaci?n y las visitas de despedida428. A priori, pues, el recibimiento segu?a, en l?neas generales, el modelo de los otros que hemos visto hasta ahora. En 1632, tras la marcha del rey Felipe IV y la habilitaci?n de su hermano el cardenal infante Fernando, se plante? la manera en que ?ste deb?a efectuar su juramento como lugarteniente general del Principado y si deb?a hacer la 424 AHCB, Cartes Comunes Originals, el arzobispo de Tarragona a los consellers, Tarragona, 19 de abril de 1632. 425 AHCB, Lletres Closes, fol. 160-161, los consellers al arzobispo de Tarragona, Barcelona, 22 de abril de 1632. 426 DACB, vol. V, p?gs. 132-133, 9 de mayo e 1572. 427 P?REZ SAMPER, M.A., ?Virreyes de Catalu?a: rituales y ceremonias?, en CARDIM, P. y PALOS PE?ARROYA, J.L. (Eds.), El mundo de los virreyes en las monarqu?as de Espa?a y Portugal, Madrid, Iberoamericana, 2012, p?g. 416. 428 Op. cit., p?g. 417. 147 ceremonia de entrada en la ciudad ?recordemos que ya se encontraba en ella?. El Consejo de Arag?n redacto un memorial sobre la manera en que entrran los virreyes en la ciudad. Aunque, finalmente, el cardenal infante rehus? entrar con ceremonia, es interesante su an?lisis por la forma clara y concisa en que reproduce dicha ceremonia: Al lugar de Sans que es un quarto de legua desta ciudad aguarda el virey al Consejo Real, y en llegando sube a cavallo hyendo a su lado el Can[cille]r y Regente delante los masseros de la Audiencia y los demas oidores van siguiendo detr?s. Caminando en esta forma hacia Bara. llega el obispo con el caballo, retirase el Canciller y Regente quedando inmediatamente dempues de la persona del virey, el obispo a mano izquierda del virey y el cabildo delante dan la bienvenida al virey sin apearse. Luego llegan los diputados y en llegando se despiden obispo y cabildo y queda el diputado ecclesiastico al lado izquierdo del virey y los demas delante por su orden, poni?ndose sus masseros delante de los masseros reales que son los del Consejo. Caminan de esta manera hasta hallar los concelleres que en llegando se despiden los diputados, queda el conceller en cap a mano izquierda del virey, los demas delante y sus masseros en el lugar que el de los diputados. Como se puede ver claramente, es el mismo patr?n que siguen las entradas reales; un ir y venir de tribunales que va a dar la bienvenida al ?alter nos? del rey. Tras entrar por el portal de Sant Antoni, se dirigen hacia la catedral en cuyo portal le esperaba el obispo y Cap?tulo con h?bitos de coro, lo bendicen con agua y entran en dentro del templo procesionalmente. El virrey, siguiendo a los can?nigos, entra en medio del obispo y del conseller en cap. En esta forma suben a la capilla mayor por la puerta de mano drecha, en medio della esta puesto un sitial adonde se arrodilla el virrey, lehe el escribano de mandamiento el juramento estando todos en pie y presentes haciendo circulo, los sindicos de la ciudad y diputacion lehen sus protestas, empe?ando primero el de la ciudad y porque ja est?n vistos en empe?ando a leher corresponde el Canciller que el virey los da por oydos, el vicario general del obispo hecho esto publica sentencia de excomuni?n, la qual oye el virey y acabado esto se levanta y baixa por la porta de mano izquierda a hacer oracion a Sta Eulalia. Tras orar en la capilla de la m?rtir, el virrey abandonaba la catedral y se dirig?a a su posada, acompa?ado de los consellers que se desped?an de ?l en el umbral del palacio, sin apearse del caballo, mientras que los doctores del Consejo Real lo acompa?aban hasta su aposento. Al d?a siguiente, el lugarteniente recib?a en su palacio la visita de cortes?a de los representantes de las instituciones de la ciudad y Principado. Si el virrey se encontraba en la ciudad, como fue el caso del cardenal infante, no hac?a la ceremonia de entrada y directamente acud?a a la catedral en coches para jurar su cargo429. Es importante destacar algunos aspectos de este juramento: las protestas de los s?ndicos y la sentencia de excomuni?n. Como apunt? Jes?s Lalinde Abad?a en su obra cl?sica La instituci?n virreinal en Catalu?a, los s?ndicos del Consell de Cent y de la Generalitat protestaban por unas atribuciones concedidas a los virreyes y que los 429 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 54. 148 catalanes consideraban como no delegables como eran, entre otras: la de convocar y dirigir Cortes o la de convocar ej?rcitos mediante el privilegio Princeps Namque. Estas protestas de los s?ndicos de las ciudades u otras instituciones eran una f?rmula frecuentemente utilizada en la ?poca y tambi?n la encontramos en el juramento de los virreyes en Valencia. En cuanto a la sentencia de excomuni?n, la constituci?n ?Poch Valria? anulaba cualquier intento, disposici?n o mandamiento de los oficiales reales, incluido el lugarteniente, que actuase contra los usatges, privilegios, constituciones o cap?tulos de Corte del Principado y establec?a que los autores de dichos intentos incurrir?an en pena de excomuni?n que deb?an o?r al jurar su cargo. Sin embargo, dicha sentencia, establecida en las Cortes de 1516, exceptuaba a la reina y a los miembros de la familia real que ejerciesen el cargo de lugarteniente del rey. A pesar de las similitudes con el recibimiento y entrada real de los reyes, hay algunas diferencias de consideraci?n y, como escribe Mar?a ?ngeles P?rez Samper se produjeron ?rituales como besarle la mano y portar ante ?l la espada desnuda, que quedan reservados al monarca y no se realizan con motivo de la entrada del virrey?430. Otras importantes diferencias con el recibimiento real es la ausencia del palio y la construcci?n del puente ceremonial en caso de que el virrey llegase por mar. Estas importantes ausencias denotan que pese a su condici?n de ?alter nos? del rey, el lugarteniente no estaba a su mismo nivel y es to se reflejaba en algunos aspectos del ceremonial. Jeroni Pujades recoge en su dietario el recibimiento que se hizo en abril de 1602 al virrey don Joan Ter?s, arzobispo de Tarragona. Salieron a recibirle el obispo de la ciudad y el virrey saliente, duque de Feria, pero no lo hicieron los consellers por dos motivos: en primer lugar, por estar todav?a en la ciudad el virrey saliente y, en segundo, porque solo sal?an a recibir al arzobispo la primera vez que llegaba a ella. Y es que en Catalu?a, era imprescindible que el virrey saliente estuviera fuera de la ciudad antes de que entrase el nuevo. En este punto, compart?a esta tradici?n con el reino de Arag?n, donde no se permit?a la duplicidad de virreyes, pero no con el de Valencia, donde era aconsejable que el virrey saliente y el entrante se encontrasen justo antes de llegar este ?ltimo a la ciudad. En esta ?ltima ciudad, las constituciones establec?an que, pasados diez d?as de la marcha o muerte del virrey, la Real Audiencia perd?a toda jurisdicci?n y todas las causas pasaban a las justicias ordinarias del pa?s. En julio de 1603 ?de nuevo seg?n Pujades?, lleg? a Barcelona el nuevo virrey, el napolitano duque de Monteleone, del que destaco su gentil rostro. Sin embargo, tambi?n se fij? en que el alf?rez que llevaba el pend?n real iba armado, algo inusual hasta ese momento. Adem?s, describi? el pend?n real, donde aparec?a, a un lado, la figura de Cristo crucificado y, al otro, las armas reales y record? que, normalmente, junto a ?stas estaban las del virrey. Este pend?n real conten?a un doble mensaje. Por una parte, pretend?a congratular a los catalanes con una instituci?n, la 430 P?REZ SAMPER, M.A., ?Virreyes de??, p?g. 149 virreinal, con la que se manten?an unas tensas relaciones431. Y es que la altivez de los virreyes pertenecientes a la nobleza castellana se reflejaba en sus pendones. El mensaje, mucho m?s piadoso, del pend?n del virrey Moneteleone, reforzaba la acci?n de la autoridad real como brazo de la voluntad divina. Sin duda, un mensaje, tambi?n, dirigido al bandolerismo que asolaba al Principado. El mismo tesorero del Consejo Real Francisco Agullana no sali? a recibir al virrey fingiendo encontrarse enfermo porque se sinti? ofendido por ?l en Lleida cuando le dijo: ?que le av?an dicho que tota la Audientia estava partida en vandos que Y. era de T. camarada, y T. de T. que era menester se pusiesse remedio en ello?432. En el mismo juramento del virrey, una mujer grit? ?just?tia, just?tia, just?tia, senyor?, aunque r?pidamente la gente la hizo callar. El Principado era un polvor?n en el que no hab?a gobierno alguno. En 1630, estando don Enrique de Arag?n, duque de Cardona y Segorbe, en su estado de Lucena (C?rdoba)433, acept? el cargo de virrey de Catalu?a que le hab?a propuesto Felipe IV. Tras viajar r?pidamente a Madrid, donde recibi? las ?rdenes del rey, lleg? a la capital catalana el 7 de noviembre de ese mismo a?o. Pocas entradas de virreyes fueron tan pomposas como la del duque de Cardona, debido al hecho de ser el caballero m?s importante de la tierra y cabeza del brazo militar. En el primer coche llegaron las damas de la familia, es decir, la duquesa, su mujer; la nuera, hija del duque de Sessa; la condesa de Montagut y do?a Mar?a Anna Cardona y Vallgornera, ?totas muy damas?. En el segundo coche, iba el conde de Ampurias, su hijo ?con la insignia del Tois?n de Oro otorgada por el rey?; don Francisco de Erill, abad de Sant Cugat; don Pedro de Arag?n y de C?rdova, can?nigo de C?rdoba; don Pascual y don Vicente, hijos del duque, y numerosos coches, caballer?a y ciudadanos. Adem?s, no s?lo sali? la guarda de Perpi??n como era la costumbre sino que tambi?n lo hicieron, y esto era una novedad ?como apunta Pujades?, las compa??as de caballeros castellanos, todos armados, que estaban repartidas por toda Catalu?a y que representaron una escaramuza ante la duquesa. Tras ser recibido por los diversos tribunales, entr? saludando a todo el pueblo y ?la peble?. No fue la ?ltima vez que el duque jur? como nuevo virrey ya que los hizo en dos ocasiones m?s, en 1636 y en 1640. Es poca la informaci?n que dan las relaciones sobre la vestimenta que llevaban los virreyes en sus entradas, que depend?a del estamento al que pertenec?a y de su rango. El curtidor de pieles Miquel Parets describi?, brevemente, al virrey duque de Feria en 1629: Era un homo molt gros?sim, y aportave un vestit que no?s podia dir de quina color era, sin? tot brodat de or, y anave en cos. Y quant fou fora del cotxo, li posaren la capa, que era de una color gingolat clar ab unes faxes de or, guarnida a la llarga, dalt ha baix. Y quant se agu? posada la capa, 431 Y parece que lo consigui? como se deduce de las palabras anotadas por Jeroni Pujades en su dietario: ?Yo pens ?s estat un dels m?s desitjats pr?nceps que may sien estats?. 432 PUJADES, J., op. cit., vol. I, p?gs. 286-287. 433 Lucena era la capital de los estados del marquesado de Comares, del que era titular el duque de Cardona. 150 aleshores puj? a cavall, ab lo cavall que li tenien all?, y ell aportave un cab?s a la fran?esa, tot desfilat a la vora, y un penatxo de plomes blanques com la matexa neu434. Tambi?n informaba el curtidor del peque?o pend?n rojo con un San Jaime en el medio, a caballo y con una espada, que llevaba un caballero del virrey y de las banderolas de las trompetas llevaban las armas del virrey. Parets tambi?n escribi? como a?os m?s tarde, en 1638, el virrey conde de Santa Coloma fue a jurar a la catedral ?molt ben posat, vestit de vellut llis ab una sogilla que li exia desota, ab molta cavalleria?435. 3.1.5. Recibir a un ?Grande? en Barcelona. Finalmente, trataremos la forma en que se recib?a, o no, a la nobleza en la ciudad condal. Es importante destacar que era en estos casos donde las autoridades municipales pod?an actuar con mayor libertad para decidir si sal?an, o no, a recibir a un noble debido a la ausencia de la obligaci?n de hacerlo en sus constituciones y privilegios. La nobleza tambi?n increment? de manera considerable su paso por Barcelona, a partir de la fijaci?n de la corte en Madrid. La ida y vuelta de los virreyes destinados a Italia ? Sicilia, N?poles, Mil?n y Cerde?a? o de embajadores que viajaban por toda Europa, pasaba, frecuentemente, por la ciudad. A continuaci?n, veremos algunos de los casos m?s representativos. Primeramente, hay que indicar que los consellers no sal?an al encuentro de los nobles extranjeros. Veamos algunos casos. En 1440, los consellers no salieron a recibir al duque de Cleves, pese a las peticiones de la reina de Navarra, como tampoco hicieron m?s tarde con el conde de Foix. A?n as?, al conde se le ofreci? una recepci?n digna, con grandes preparativos para agasajarlo. En 1461, lleg? a la playa de la ciudad el conde de Armagnac noble franc?s, como los dos anteriores, donde fue recibido por el pr?ncipe de Viana ?en esos momentos en Barcelona? y un buen n?mero de caballeros y ciudadanos436; sin embargo, ni rastro de los consellers. Como tampoco lo hubo en 1542 ante la llegada del pr?ncipe de Salerno que fue recibido por el duque de Cardona y mucho acompa?amiento437. En 1561, el virrey duque de Villafranca les inform? que el rey quer?a que recibiesen y festejasen al duque de Has, de la casa real francesa, que iba a la corte para casarse con una dama de la reina Isabel de Valois; pero, de nuevo, la respuesta fue negativa ya que no ten?an carta del rey y no era costumbre en la ciudad salir a recibir a dichos nobles438. Podemos a?adir otro caso de un noble extranjero. En 1578, se negaron a acudir al desembarco de los duques de Brunswick, alegando que ir a saludarlos era una prerrogativa real439. 434 PARTES, M., op. cit., p?g. 243. 435 PARETS, M., op. cit., p?g. 325. 436 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 37. 437 DACB, vol. IV, p?g. 104, 13 de julio de 1542. 438 DACB, vol. IV, p?g. 402, 29 de mayo de 1561. 439 DACB, vol. V, p?g. 187, 15 de octubre de 1578. 151 En 1559, Felipe II escribi? a los consellers para que salieran a recibir a don Diego Hurtado de Mendoza, duque de Francavilla, por los servicios ofrecidos a la monarqu?a. Pero, de nuevo, denegaron el recibimiento ya que vulneraba las preeminencias y pod?a sentar un precedente. Sin embargo, debido a que era suegro de don Ruy G?mez de Silva, pr?ncipe de ?boli ?que es molt privat del dit Sr. Rey?, se le har?a alguna cortes?a sin que la ciudad perdiese con ello sus preeminencias440. Este caso es un claro ejemplo de adaptaci?n del ceremonial a las circunstancias e intereses pol?ticos ya que es sabido el fuerte influjo que Ruy G?mez de Silva ejerci? sobre el monarca en los primeros a?os de su reinado. En 1587, la llegada del duque de Osuna y su esposa provoc?, incluso, divisiones entre los consellers en cuanto si deb?an ir a visitar o no al duque ya que no hab?an salido a recibirlo y, por tanto, no deb?an visitarlo. El conseller en cap, el cuarto y el quinto conseller eran partidarios de visitar al duque por la calidad de su rango, como finalmente hicieron, mientras que el segundo y el tercero eran favorables de seguir la tradici?n, cosa que hicieron sin ir al visitarlo. Despu?s de las debidas cortes?as y de ofrecer la ciudad al duque, cuando se dispon?an a marcharse, el virrey, Manrique de Lara, les dijo que se esperaran y gir?ndose hacia el duque de Osuna dijo: Se?or jo soc molt catala y vull molt esta ciutat y V. Exa. entenga que la ciutat te moltes serimonies y costums que per cosa del mon no dexaria de servar nils rompr?a entant que sa magestat sent tant gran monarca com es entenent la bona intencio de la ciutat folga se guarden y observen y es servit nos rompen, y V. Exa. entenga que esta visita no la sol ni acostuma fer la ciutat sino a sa magestat o, persones reals, y havent determenat visitar a sa Exa. per ser la persona que es ho havia de tenir en molt, y agrahir esta bona voluntat, y lo supplicave la tingues en memoria y en lo que pogues axi ab sa magestat com en altra manera valer y afavorir la ciutat ho fes com de sa Exa. esperaven tots. El duque de Osuna agradeci? la cortes?a que la ciudad hab?a tenido con ?l y prometi? defenderla en todo momento. Por su parte, los consellers agradecieron tanto al virrey como al duque sus palabras de afecto441. De nuevo, hay una vulneraci?n de la costumbre y una adaptaci?n del ceremonial para beneficio de la ciudad; aunque, en esta ocasi?n, este hecho evidencio las diferencias existentes entre los miembros del Consell de Cent. A lo largo de 1632, durante el contencioso que tuvo lugar entre los consellers y el cardenal infante don Fernando por el tema de la cobertura, surgido durante el juramento del segundo como lugarteniente de Felipe IV en Catalu?a, los primeros mostraron una mayor cortes?a hacia los grandes que visitaron la ciudad en esos tiempos. En agosto de ese a?o, lleg? a la ciudad el primero de ellos: el duque de Fernandina y marqu?s de Villafranca ?que per esser nat en esta ?iutat com per altres respectes y rahons tocave ferli alguna demonstratio de cortesia?. La Ciudad envi? dos embajadores para darle la bienvenida. El duque contest? con amables palabras que: 440 DACB, vol. IV, p?gs. 358-359, 26 de junio de 1559. 441 DACB, vol. V, p?gs. 449-450, 5 de enero de 1587. 152 Stimava mucho a la ?iudad la merced y honrra muy particular le hazia y que todos los dias de su vida se acordaria desta merced y otras que la ?iudad le havia echo y que ninguno le aventajava ansi por haver na?ido en ella como por otras rasones y que pretiava mas ser cathalan que quantas cosas se le pudieren dar442. Durante la recepci?n, el duque mostr? en repetidas ocasiones su respeto hacia los consellers que se sintieron especialmente honrados cuando orden? que ning?n soldado de las galeras osase alzar su espada contra persona alguna de la ciudad, bajo severas penas443. El segundo en llegar fue el duque de Alburquerque que, anteriormente, hab?a sido virrey de Catalu?a entre 1615 y 1619. Este hecho no supon?a un cambio en el ceremonial ya que, en anteriores ocasiones, como en 1550, los consellers, tras revisar ejemplares anteriores, no salieron a recibir a Francisco de Borja, duque de Gand?a, que hab?a sido tambi?n virrey entre 1539 y 1543. Sin embargo, el caso de Alburquerque fue distinto. Se le envi? una embajada para besarle la mano y darle la bienvenida y se excusaron del hecho que los consellers no fueran a visitarle por el contencioso de la cobertura con el cardenal infante ya que lo habr?an hecho en persona y con las gramallas como era su obligaci?n. Contest? el duque: Stimo mucho como es rason a la ?iudad sta cortesia y buena voluntad, pesame en el alma el disgusto tiene desse negossio: yo confio que con el favor de Dios todo se remediara y terna buen successo, en todo lo que yo pudiere servir a los senyores concelleres y a essa ?iudad lo hare con el amor y buena voluntad que su Sria. mere?e porque quiero mucho a esta ciudad y le tengo muy particular affection por las muchas mer?edes he recibido siempre della444. Los dos casos planteados muestran claramente la intenci?n de los consellers de ganarse apoyos para mediar a su favor en el desencuentro con el cardenal infante por motivo de la cobertura. Adem?s, tambi?n se detecta cierta cordialidad de los dos grandes, conscientes de la gravedad del asunto, porque conoc?an perfectamente el apego de los barceloneses a sus privilegos y preeminencias. Uno por haber nacido en la propia ciudad y el otro por haber ejercido el cargo de lugarteniente. Por este motivo, el duque de Fernandina orden? a sus soldados que no levantasen la espada contra la poblaci?n. Y es que el duque sab?a perfectamente que cualquier altercado pod?a desembocar, en tales circunstancias y con la presencia del cardenal infante, en algo m?s serio como una revuelta. En sus viajes, estos nobles iban acompa?ados de su gran s?quito. El curtidor Miquel Parets recoge en su dietario algunas llegadas de nobles a Barcelona. As?, en 1628, entr? el conde de Monterrey, designado embajador del soberano ante la Santa Sede, para embarcarse con direcci?n Roma, ?ab molt?ssima gent y ab molts cotxos y 442 DACB, vol. XI, p?g. 51, 5 de agosto de 1632. 443 DACB, vol. XI, p?gs. 54-55, 24 de agosto de 1632. 444 DACB, vol. XI, p?g. 56, 30 de agosto de 1632. 153 lliteres y mules de lloguer, que n?i avia molt?ssims?445. Un a?o despu?s, desembarc? el duque de Alcal?, con su familia y toda su rec?mara, que permanecieron casi tres meses en la ciudad. Y, ese mismo a?o, llegaron juntos el duque de Lerma y los marqueses de Santa Cruz y Esp?nola, acompa?ados de muchos caballeros y sirvientes. En definitiva, con el an?lisis de estos casos particulares, podemos afirmar que el hecho de que los nobles no pertenecieran al selecto grupo de miembros de la realeza exim?a a los consellers de salir a recibirlos. Pero, adem?s, esto les permit?a disponer de una mayor flexibilidad en el ceremonial a adoptar en determinados momentos seg?n sus conveniencias y las circunstancias pol?ticas. 3.2. La llegada por mar. Por su ?ptima situaci?n geogr?fica, fueron muchos los viajeros relevantes que llegaron por mar a Barcelona. La peligrosidad de la traves?a, sobre todo el invierno del golfo de Le?n, encontraba dos puntos clave para el alivio de las flotas: el golfo de Rosas y el puerto de Barcelona. Y, por este motivo, el paso y atraco de naves y flotas de galeras ante sus muros fueron constantes. El arribo a puerto de las galeras fue confeccionando un ceremonial estricto de saludos entre ?stas y la ciudad. 3.2.1. El saludo de las galeras. El saludo consist?a en unas salvas de artiller?a que lanzaban la ciudad y las galeras siguiendo un c?digo de cortes?a establecido por la ciudad, mediante privilegios antiguos, y que en muchas ocasiones exasper? a capitanes y almirantes de nav?os y escuadras. Principalmente, la forma y orden del saludo depend?a de la nacionalidad de la galera y de la categor?a de las personas que se encontraban a bordo. Si era el rey u otra persona de sangre real quien viajaba en las galeras, la ciudad estaba obligada a saludar en primer lugar como muestra de deferencia y respeto. Tras ello, saludaban las galeras mientras entraban en puerto. Sin embargo, en los casos en que no estaba el rey, eran las galeras quienes deb?an hacerlo en primer lugar y luego contestaba la ciudad. Pero esto generaba desacuerdos porque algunos capitanes se negaban a saludar. Antoni Simon y Tarr?s escribe que las galeras de Espa?a que llegaban al puerto de Barcelona eran tratadas como extranjeras y por lo tanto ten?an obligaci?n de saludar en primer lugar, cosa que no era del agrado de los almirantes castellanos y genoveses446. El estricto cumplimiento de este aspecto del ceremonial c?vico era vital para la defensa de los privilegios pol?ticos de la ciudad y de su gobierno municipal, por lo que el saludo se pudo utilizar como un arma m?s de los consellers para alcanzar sus fines pol?ticos. As?, en 1535, durante los preparativos de la expedici?n del emperador a 445 PARETS, M., op. cit., p?g. 234. 446 SIMON i TARR?S, A., Cavallers i ciutadans?, p?g. 95. 154 T?nez, la ciudad respondi? con su artiller?a a la entrada en la playa de la ciudad de la armada de Portugal ya que el rey lo hab?a ordenado por ser armada real447. Por el contrario, dos d?as m?s tarde desde los baluartes de la muralla de mar no se dispar? ni un solo ca?onazo para responder al saludo de la flota del genov?s Andrea Doria, alegando no tener conocimiento previo de su llegada. Tras esta negativa estaba la animadversi?n que en Barcelona provocaba el almirante, natural de una naci?n considerada, tradicionalmente, como una enemiga de Catalu?a448, que se prolong? por mucho tiempo debido a las diversas llegadas a la ciudad de las escuadras de los almirantes de esta dinast?a. En 1568, los consellers escribieron a Felipe II acerca del tratamiento que deb?an darle a su hermano don Juan de Austria, cuyo arribo a la ciudad se esperaba de un momento a otro. Era de suma importancia saberlo porque dependiendo de la respuesta la ciudad saludar?a en primer lugar, o no, al almirante. El soberano contest?: En lo del saludar al Illmo. don Joan de Austria mi muy charo y muy amado hermano, general de la mar, como en el titulo que le havian de dar y haviendo entendido que aquella ciudad no ha acostumbrado saludar primero armada donde no viniesse nuestra real persona, o de nuestro primogenito, nuestra voluntad es que esto se guarde sin hazer nenguna novedad y que el titulo que se debe dar a don Joan sea excellencia. Otra vez Felipe II neg?ndole la gloria a su hermano. Aunque, finalmente, la voluntad de don Juan de entrar sin saludo ni recibimiento por el luto que guardaba por la muerte de su sobrino don Carlos evit? que a su llegada a la ciudad se llevase la desilusi?n de no ser saludado como hijo de rey que era449. Pero, ?en qu? consist?an estas salvas de artiller?a? Es dif?cil responder a esta pregunta debido a que, generalmente, la documentaci?n no hace referencia a ello. Pero, si aceptamos como norma lo ocurrido en 1578, cuando llegaron a puerto once galeras, capitaneadas por el duque de Sessa, podemos saber aproximadamente en qu? consist?a esta salva. El Dietari del Consell de Cent dice que mientras desembarcaba el duque las atarazanas reales dispararon cuatro tiros de la artiller?a del rey, a lo que respondi? la galera capitana con dos tiros. Entonces, el guardi?n del baluarte de Migjorn, Francesc Banus, mand? disparar otros seis tiros para saludar a las galeras ya que el duque era general del mar. La tradici?n establec?a que la ciudad disparase en tres ocasiones si era un gran estol de galeras y s?lo una si eran menos. Los consellers se indignaron porque consideraban que la ciudad no deb?a saludar en primer lugar y encarcelaron a dicho guardi?n 15 o 20 d?as450. Este caso, adem?s de mostrarnos c?mo eran estas salvas, tambi?n evidenciaba el celo con el que las autoridades municipales defend?an las prerrogativas reales en dicha cuesti?n. 447 DACB, vol. IV, p?gs. 25-26, 29 de abril de 1535. 448 DACB, vol. IV, p?g. 26, 1 de mayo de 1535. 449 DACB, vol. V, p?gs. 74-75, 19 de junio de 1568. 450 DACB, vol. V, p?g. 178, 17 de abril de 1578. 155 En el anterior caso hemos mencionado la artiller?a del rey disparada desde las atarzanas porque el virrey y la ciudad ten?an sus propios ca?ones. Por eso, en 1586, el virrey Manrique de Lara solicit? a los consellers que le prestasen piezas de artiller?a para poder saludar a su t?o el duque de Osuna que llegaba de N?poles porque ?venint per mar sie lo mes important el tirar de la artilleria?. El Consell de Cent deneg? el pr?stamo al virrey qui?n insisti? que las ped?a como caballero y no como virrey para poder regocijar a su t?o, aunque aceptaba la resoluci?n de la ciudad. Finalmente, la ciudad respondi? al saludo de las galeras del duque, aunque ?l hab?a desembarcado por tierra. En 1588 tenemos otro incidente de importancia, cuando las 22 galeras de Sicilia capitaneadas por don Pedro de Leyva y el genov?s Cosme Centurione entraron en la playa de la ciudad sin saludar, anclaron y su chusma desembarc? en la playa y todo ello ante la mirada de los consellers y el pueblo barcelon?s que observaban desde la muralla. Leyva justific? su acci?n por la presencia de embarcaciones de moros y turcos que pod?an atraerse con las salvas. Lo que no esperaba el capit?n es que se le denegase su entrada en la ciudad hasta que hiciese el saludo correspondiente. Se diculp?, embarc? de nuevo y dispar? tres tiros, aunque sin mover las galeras de sitio; pero no fue suficiente porque deb?a levar anclas, y volver a entrar en la playa. El enojo de Leyva se puede imaginar, a tenor de sus palabras: ?aun no estan contentos?. Finalmente, tuvo que claudicar y acceder a la petici?n de las autoridades municipales, que mandaron responder al saludo y a dos embajadores a darle la bienvenida al capit?n451. Ese mismo a?o, don Pedro de Leyva volvi? a la ciudad y, como apunt? Frederic Despalau en si diario ?f?u millor salva que quant vingu??452. Y es que el capit?n ya sab?a como eran en Barcelona con los saludos por mar. Muy distinta fue la actitud de la ciudad ante el paso de la reina Margarita de Austria, en 1599. En su viaje a Valencia, las galeras de la reina se detuvieron ante Barcelona, cuyos consejeros y el virrey, duque de Feria, subieron a la galera real para saludarla. Cuando el conseller en cap subi? a bordo, toda la artiller?a de la ciudad, colocada en la muralla de mar, dispar? para saludar a la reina, junto a 15 compa??as de arcabuceros, tras lo que devolvi? el saludo la galera real con cuatro disparos. Y es que en caso de persona real no hab?a duda que la ciudad deb?a saludar en primer lugar. Incluso cuando partieron las galeras la ciudad volvi? a disparar como despedida y como agradecimiento por la honra recibida al pasar por sus murallas, pese a no desembarcar453. Otros casos de saludos reales fueron los de la llegada de los infantes de Saboya, como en 1613, para dar la bienvenida al prior de Castilla y general del mar, Manuel Filiberto454. Con los casos expuestos, podemos hacernos una idea de este estricto protocolo de saludos entre Barcelona y las galeras que llegaban a su playa. Sin embargo, en este ceremonial hab?a un tercer elemento desetabilizador que era el baluarte de las atarazanas 451 DACB, vol. VI, p?gs. 92-94, 20 de agosto de 1588. 452 FREDERIC DESPALAU, en SIMON i TARR?S, A., Cavallers i ciutadans?, p?g. 111. 453 DACB, vol. VII, p?gs. 182-183 y 185, 23 de marzo de 1599. 454 DACB, vol. IX, p?g. 214, 5 de julio de 1613. 156 reales. En algunos casos actuaron por iniciativa propia vulnerando el ceremonial de la ciudad, saludando a galeras en las que no hab?a nadie de sangre real a bordo. Pese a estar bajo jurisdicci?n de la Generalitat, en ?l hab?a artiller?a del virrey y esto pudo provocar estos desacuerdos que, a menudo, evidenciaban la competencia existente entre el ?ste y los consellers por ara?ar prerrogativas ceremoniales que reflejasen su autoridad. 3.2.2. El puente ceremonial. Desde la Baja Edad Media, era costumbre en muchas ciudades mar?timas europeas ?como N?poles, Venecia, Barcelona, entre otras?construir un puente y adornarlo para el desembarco y recibimiento de un personaje ilustre, principalmente el rey. Su principal funci?n era facilitar el desembarco del hu?sped ya que muchas de estas ciudades no dispon?an de un puerto adecuado y les permit?a acercarse lo m?ximo posible a tierra. Sin embargo, esta construcci?n fue adquiriendo un car?cter simb?lico y ceremonial que en numerosas ocasiones desplaz? a su funci?n primigenia. Los puentes se elaboraron m?s y se decoraron ricamente para enfatizar esta funci?n simb?lica hasta convertirse, como afirma Ida Mauro en ?arco triunfale sull?aqua?455. Y es que el puente ceremonial era el nexo entre el mar y la ciudad; era, por tanto, una estructura de transici?n entre la peligrosidad e incertidumbre del viaje por mar y la tranquilidad y seguridad que ofrec?a la urbe. Parafraseando a Eduard Muir, ten?a un doble sentiodo simb?lico, era la entrada en Barcelona y, a la inversa, la salida del mar456. Pero, en cada ciudad, se desarroll? un ceremonial espec?fico que delimit? la construcci?n de esos puentes seg?n la personalidad que iba a desembarcar. En Barcelona, la presencia del puente ceremonial tambi?n se remonta a estos tiempos bajo medievales. En las R?briques de Bruniquer, se recoge esta presencia en 1355, cuando el rey Pedro el Cerimonioso y su esposa Leonor entraron por ?un Pont fet en mar, devant la Iglesia de frares menors?457. En 1393, se anota, en la misma obra, el que se hizo para su regreso de un parlamento en Tortosa458. En Barcelona, al igual que en las otras ciudades, el puente ceremonial surgi? como una necesidad pero, tambi?n, como un medio de honrar al rey. Por eso, ?nicamente se ofrec?a al rey, la reina, el primog?nito y al papa. As?, en 1405, se construy? uno ante el monasterio de San Francesc o de Framenors para recibir al rey Mart?n de Sicilia, heredero de la Corona de Arag?n e hijo de Mart? l?Hum? (1396-1410). Por este motivo, en 1477, el puente, empaliado de pa?os rojos, que se fabric? para recibir a don Alfonso, duque de Calabria, 455 MAURO, I., Feste e produzione artistica nella Napoli barocca attraverso la Notitia di Andrea Rubino (1648-1669), tesis doctoral, 2010. 456 ?it was the entrance to Venice and conversely the exit to the sea?, en MUIR, E., Civic Ritual in Renaissance Venice, Princetown, Princetown University Press, p?g. 133. 457 Les R?briques?, p?g. 229. Actualmente esta plaza recibe el nombre de plaza del duque de Medinaceli. 458 Op. cit., p?g. 232. 157 no gust? porque ?aparech a molts antichs e savis esser desorde?459. Pero, ya durante el reinado de Carlos V vemos que el puente era una manera habitual de honrar a los visitantes de sangre real, aunque era el propio monarca el que, en ocasiones, solicitaba su construcci?n a los consellers. En 1525, se erigi? uno ?en lo ribatge de la mar entre lo general y la lotja?, para el desembarco del rey Francisco I de Francia460; as? como para su hermana madame de Lan?on y, en 1548, fue para el rey de Bohemia, el archiduque Maximiliano de Austria. A veces, tambi?n se levantaba el puente para despedir a los hu?spedes reales, con lo que se enatizaba m?s su simbolismo como estructura de uni?n y transici?n. En 1550, ante la inminente llegada del pr?ncipe Felipe de su Felic?simo viaje y la pr?xima embarcaci?n de su hermana Mar?a, casada con dicho archiduque de Austria, los consellers, a falta de confirmaci?n de ambas llegadas, decidieron construir uno ?que si no servia por lo hu serviria per laltre?. En 1630, se decidi? obrar otro para la hermana de Felipe IV, Mar?a de Hungr?a, cuando se dispon?a a zarpar de Barcelona para dirigirse a Viena. Sin embargo, se les comunic? que la reina ya hab?a ordenado que se construyese uno desde el mismo palacio de los Cardona, donde posaba. Tras varias embajadas con el virrey, duque de Feria, se les comunic? que la reina hab?a mandado erigirlo para emular a su t?a, y que ?ste estuviese frente al palacio donde posaba, agradenciendo, esi si, el gesto de los consellers461. Dos a?os m?s tarde, el cardenal infante don Fernando mand? construir un puente bajo el mismo palacio de los Cardona, donde se alojaba. Pero, en esta ocasi?n, no hubo ofrecimiento de la ciudad, debido al contencioso de la cobertura con los consellers, que tampoco fueron a despedirlo462. En estos dos casos, los puentes se hicieron por iniciativa propia, independientemente de la opini?n de la ciudad y que reflejaban el mal recuerdo que dejaron ambas estancias reales. ?D?nde se instalaba esta estructura? Ya hemos visto que en 1355 el puente fabricado para la llegada de los reyes se coloc? frente al monasterio de san Francesc y que para el desembarco de Francisco I se estableci? entre la Casa de la Diputaci? del General y la Lonja. Pero es delante de ?ltimo lugar donde se acostumbr? a ubicar, y esto lo defendieron los consellers, celosos defensores de las preeminencias de la ciudad. En 1581, el virrey duque de Terranova quiso que el puente que se deb?a construir para el desembarco de la emperatriz Mar?a, hermana de Felipe II, se ubicase ante su palacio, cosa que desagrad? a los consellers que, finalmente, tras varias negociaciones, consiguieron que se erigiese en el lugar acostumbrado, es decir, frente a la Lonja de la ciudad463. 459 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 130. En Les R?briques de Bruniquer, p?g. 242, se recoge acerca de esta entrada: ?Entrada del Duc de Calabria Dn. Alfon?o, fill del Rey Dn. Ferrando de N?pols, qui venia com ? Procurador de son Pare ? desposarse ab la Infanta Da. Joana filla del Rey Dn. Joan, fou ? 20 de juliol 1477, y fouli fet Pont, y entr? ab Pali per orde del Rey, per que los Consellers deyan que pus no era fill de Rey nostro, no li podian fer cerimonia, sino de aordinaci? del rey com se refer ? 17 de juny?. 460 DACB, vol. III, p?gs. 361-362, 19 de junio de 1525. 461 DACB, vol. X, p?g. 466, 28 de mayo de 1630. 462 DACB, vol. XI, p?g. 114, 11 de abril de 1633. 463 AHCB, Ms. B.37, op. cit., fol. 254. 158 ?C?mo era el tama?o de estos puentes? Tenemos algunos datos orientativos. En 1522, se construy? un puente para el recibimiento del papa Adriano VI que med?a 19 palmos de ancho y 24 canas de largo, es decir, algo menos de 4 metros de ancho y 40 de largo464. En 1581, los consellers ordenaron que el puente por el que deb?a desembarcar la emperatriz Mar?a fuera todo lo mar adentro que se pudiera, con lo que, posiblemente, se superaon las dimensiones de 1522. En ocasiones, el puente no coincid?a con el tama?o de la galera que deb?a atracar en ?l, debido en parte al progresivo mayor tonelaje de las galeras reales que hizo que estos puentes, a menudo, fueran demasiado peque?os. As?, en 1551, la galera real en la que lleg? el pr?ncipe Felipe no se pudo acercar al puente que se construy? para la ocasi?n, por lo que tuvo que desembarcar en una fragata de Andrea Doria. Tampoco en 1564 la galera que tra?a a los pr?ncipes de Bohemia, sobrinos de Felipe II pudo atracar en el erigido para recibirlos. Tomaron tierra desde una barca y luego subieron al puente donde les esperaba su t?o, junto a los consellers. Desde inicios de su utilizaci?n, estos puentes ceremoniales se decoraron con pa?os rojos y ramas de laurel. En 1423, se especific? que los pa?os utilizados para cubrir el fabricado para la llegada de Alfonso el Magn?nimo eran de la tierra, es decir, de Catalu?a, y estaba enramado con laurel465. A?os m?s tarde, en 1435, se estableci? que, para el recibimiento del rey de Navarra, se hiciese un puente con ?molta bova y rama?466. Poco a poco y a medida que el ceremonial cortesano ganaba en pompa y lujo, el puente fue ganando riqueza ornamental con pinturas, im?genes y leyendas en lat?n que sustituyeron a las medievales naranjas y ramas de laurel. As?, ya en 1603, el que se alz? para el desembarco de los infantes de Saboya, sobrinos de Felipe III, estaba cubierto de pa?os rojos y ten?a al principio dos pir?mides467; aunque, quiz?, eran dos obeliscos. Adem?s, hay que a?adir la m?sica de los trompetas y ministriles que daba a la ceremonia de recepci?n una mayor solemnidad y pompa. No tenemos ninguna imagen de estos puentes y apenas poseemos descripciones detalladas de sus decoraciones. Sin embargo, poseemos la relaci?n del desembarco, en Barcelona, de los infantes de Bohem?a, en 1564, realizada por el poeta castellano Baltasar del Hierro. El Consell de Cent encarg? que el puente fabricado fuese igual que el que se hizo a su padre en 1548468. Escribe el poeta castellano que el puente de madera estaba entoldado de pa?os muy ricos y que ?entrave una gran pie?a dentro de la mar, tanto que se podia desembarcar sin esquilfe?. En la puerta del puente hab?a tres figuras que encarnaban tres virtudes teologales, ricamente vestidas con un r?tulo debajo de cada una indicando qui?nes eran. Una era la Fe que estava vestida de seda morada, la ropa rozagante con unas vandas ondeadas de alto a baxo de oro, el campo entre vanda y vanda lleno de flores y hojas de plata, y en la cabe?a una guirnalda de laurel. 464 DACB, vol. III, p?g. 336, 6 de agosto de 1522. 465 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 10. 466 Les R?briques?, p?g. 238. 467 DACB, vol. VIII, p?g. 10, 23 de junio de 1603. 468 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 44, 7 de febrero de 1564. 159 La segunda figura era la Esperanza, vestida de verde y vandeada de oro, y el campo lleno de estrellas y flores de plata, guirnalda de laurel en la cabe?a. Y, finalmente, en medio de las dos anteriores, estaba la Caridad, vestida de colorado, con vandas ondeadas de plata, los campos llenos de flores, y ojas de oro: tenia la ropa avierta por el lado, en derecho del cora?on, y ansi mesmo las carnes, tanto que se parecia: y ella con su mano derecha se?alando como que le mostrava a todos: y en la cabe?a una guirnalda como las otras. Estaba clara la intenci?n de vincular las tres virtudes a los reci?n llegados pr?ncipes Rodolfo y Ernesto. En mi opini?n, la presencia de Felipe II en el puente denotaba una triple intencionalidad con estas tres figuraciones. Por un lado, mostrar la posici?n de las tres virtudes en torno a su persona, como m?ximo poseedor de ellas; por otro, imbuir y adoctrinar a los j?venes pr?ncipes sobre la conveniencia de que ellos asumiesen dichas virtudes como propias y, finalmente, mostrar a los pr?ncipes austr?acos la grandiosidad de la rama espa?ola de la dinast?a Habsburgo, con el alineamiento de las virtudes con la monarqu?a cat?lica. A pesar de la utilizaci?n de las guirnaldas de laurel en las representaciones figurativas renacentistas, a imitaci?n del mundo cl?sico, tambi?n las podemos considerar como una reminiscencia y vinculaci?n con las ramas de laurel utilizadas en la Edad Media para decorar estos puentes y que la est?tica renacentista hab?a dejado de utilizar. Sobre las tres figuras, inscrito en la curvatura del arco, hab?a un r?tulo en lat?n en alabanza de los dos pr?ncipes que Balatasar del Hierro traduce al castellano: Dando mil gracias a Dios a la progenie sin par abrid Barcelona vos que de Cesar sin dudar vienen entrambos ados. Seran Rodolpho y Arnesto grandissimos en la guerra en fe, esperan?a y el resto aura por toda la tierra nadie que llegue a su puesto469. La fabricaci?n del puente era una tarea compleja, como indicaron los consellers en 1550, cuando mandaron construir el de la llegada del pr?ncipe Felipe, que ?era cosa nos podia fer de prompte?. En 1599, la entrada inesperada de las galeras en las que se encontraba Felipe III y la familia real s?lo permiti? a la ciudad erigir un peque?o puente levadizo para que los reyes desembarcasen porque no dio tiempo de hacer uno digno de 469 BALTASAR DEL HIERRO, Los triunphos y grandes recebimientos?, cap. VII. Perot de Vilanova describi? en su diario ?un pont que havie fet fer la ciutat dins la mar, ab una portalada, molt ben fet, de taules y ben obrat enfront del portal de Sant Helm?, en SIMON i TARR?S, A., Cavallers i ciutadans?, p?g. 54. 160 dicho acontecimiento470. En algunas ocasiones, el puente construido por la ciudad no cumpl?a las expectativas creadas en cuanto no era lo suficientemente digno para la persona que iba a ser recibida en ?l. Este es el caso que ocurri? en 1581, cuando el Consell de Cent orden? que el puente, por el que deb?a desembarcar la emperatriz Mar?a, se adentrase lo m?ximo posible en el mar. Adem?s, se encarg? al clavari de la ciudad la compra de los pa?os necesarios para que el puente tuviese la m?xima solemnidad posible471. El virrey, duque de Terranova, comunic? su disgusto a los consellers porque el puente que se estaba levantando era demasiado peque?o y, por tanto, indigno de una emperatriz. ?stos contestaron que esperase a que estuviera acabado y que si luego no era de su agrado lo mandar?an derribar. Sin embargo, un temporal arras? la construcci?n472, con las consecuentes p?rdidas econ?micas para la ciudad, que tuvo que iniciar otro nuevo. Decidieron que ?ste se hiciese de acuerdo a la voluntad del virrey y que fuesen expertos en la fabricaci?n de puentes, y no los obreros de la ciudad, los que se encargasen de ello473. Se encargaron pa?os lujosos y varias pinturas e in?genes para ornamentarlo y que fuese digno de la emperatriz. Pero, finalmente, la hermana de Felipe II desembarc? en Colliure y lleg? por tierra a la capital catalana. Este hecho no hay que considerarlo ?nicamente como un problema de tama?o del puente ceremonial, sino que hay que a?adir una explicaci?n pol?tica. Durante los meses previos a la llegada de la emperatriz, se evidenciaron las tensiones existentes entre el nuevo virrey Terranova y los consellers, con motivo de los preparativos de su entrada. Ya hemos visto, en el segundo cap?tulo, las fricciones surgidas por materia del avituallamiento de la ciudad y las galeras, con secuestro de alimentos. Hay que a?adir la negativa a aposentar al obispo de Cuenca que ven?a a recibir a la emperatriz y acompa?ara hasta la corte. Y, por ?ltimo, el desacuerdo acerca del lugar donde se deb?a levantar dicho puente, que el virrey quer?a que fuese ante su palacio. Por todo esto, hay que considerar el episodio del puente como uno m?s dentro de esta serie de desacuerdos que tensaron las relaciones del duque de Terranova con los consellers y, por tanto, una utilizaci?n pol?tica de esta estructura ceremonial para imponer su autoridad sobre el consistorio municipal, que culmin? en la entrada de la emperatriz, como veremos en este cap?tulo. Tres a?os m?s tarde, encontramos otro caso de puente ceremonial que no fue digno de un soberano. Y es que, en 1585, Felipe II escrib?a a su hija Catalina Micaela congratul?ndose de las noticias de su recepci?n en Niza, con gran pompa y ?la puente harto mejor que la de Barcelona que fue muy ruin, aunque sirvi? muy bien?474. Queda clara, pues, la opini?n del monarca sobre dicha construcci?n. 470 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 127. 471 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 115, 30 de agosto de 1581. 472 DACB, vol. V, p?g. 297, 9 de noviembre de 1581. 473 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 126, 14 de diciembre de 1581. 474 BOUZA ?LVAREZ, F., Cartas de Felipe II a sus hijas, Madrid, Akal, 1998, p?g. 120, Felipe II a Catalina Micaela, Monz?n, 17 de julio de 1585. 161 Los consellers, estrictos observadores del ceremonial de la ciudad, imped?an la construcci?n de puentes cuando ?stos no se deb?an hacer. En 1586, protestaron ante el virrey, don Manrique de Lara, por la construcci?n de un puente para que desembarcase el duque de Osuna ?caso que hemos visto anteriormente?, porque vulneraba los privilegios de la ciudad que establec?an que ?nicamente estaban reservados para persona real. El virrey quiso justificarse alegando que no era un puente sino un desembarcadero o pasadizo ?pera que la duquesa y ses dames pugan exir de galera y desembarcar y no sia mester que los moros las prengan en los brassos per traurelas en terra?. De nuevo, la amenaza de la pirater?a berberisca como excusa. Adem?s, a?adi? que al carecer de tapices de raso y tafet?n demostraba que su voluntad no era construir un puente; aunque, si lo enram? conformando portaladas475. En 1595, el virrey, duque de Maqueda, mand? detener la construcci?n de un puente que los marineros de las galeras, en las que lleg? el cardenal archiduque Alberto de Austria, estaban construyendo para que ?ste desembarcase. Los consellers agradecieron la acci?n del virrey ya que iba contra las prerrogativas de la ciudad ya que solo ella pod?a levantarlo y para ceremonias reales y, esa no lo era, a pesar de la sangre real del archiduque476. Como en otras ciudades mediterr?neas, como N?poles, el puente era saqueado una vez finalizada la ceremonia del desembarco y recepci?n. Tenemos escasas descripciones sobre c?mo era este rito que formaba parte del ceremonial ya que la documentaci?n ?nicamente menciona si fue saqueado. As? ocurri? en 1477, cuando el puente erigido para recibir al duque de Calabria fue ?trosejat e robat a trosos per les compa?yes de dit Duch de Calabria?, es decir que, en esta ocasi?n, fueron los soldados del duque quienes lo hicieron477. En 1551, el que se levant? para el desembarco del pr?ncipe Felipe tambi?n fue ?saqueado?478. Pero el colmo era que el puente fuese saqueado antes de la ceremonia como sucedi? en 1585 con el que se fabric? para la llegada del duque de Saboya a Barcelona: Attes lo desorde ses seguit en squejar lo pont sera fet per desliberatio del Concell de Cent Jurats per la entrada del Serenissim duch de Savoya que per quant los draps del dit pont y tots los adresos de la portalada foren saquejats y desguarnits ans lo dit duch entras en dit pont que per?o sie rebuda informatio per los obres de les persones que tindran culpa y que sien y que sien castigats y en lo que toca a la fusta que la que havian presos los de les galeres que sie dessimulat y que del demes sie castigat conforme sera de iustitia y cobrar la fusta ques pora479. Es dif?cil comprender el significado simb?lico de dicho ritual; sin embargo, si es de suponer que supon?a una buena oportunidad para los saqueadores de poseer pa?os y otros tipos de g?neros de gran calidad y valor econ?mico. As? pues, la recepci?n en el puente fue una ceremonia cargada de simbolismo por lo que representaba de paso del peligroso mar a la seguridad que ofrec?an las murallas de la ciudad. Pero tambi?n era un 475 DACB, vol. V, p?gs. 442-443, 28 de diciembre de 1586. 476 DACB, vol. VI, p?g. 534, 16 de enero de 1595. 477 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 130. 478 DACB, vol. IV, p?g. 227, 12 de julio de 1551. 479 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 45, 19 de febrero de 1585. 162 signo de jurisdicci?n y reconocimiento de la exclusividad ya que solo estaba reservado al soberano y a otros miembros de la realeza. 3.3. Cuesti?n de precedencias. Reprende Cristo a los que procuran los primeros asientos y lugares en las congregaciones, y ellos con tanta ambici?n los buscan, que aun aquellos que se alaban de seguir la perfecci?n cristiana est?n en continua discordia sobre sus precedencias, y aun muchas veces se quiebran a esta causa las cabezas, cosa por cierto digna que de unos sea re?da y de otros muy llorada480. Con estas palabras se dirig?a Mercurio a Car?n, en la c?lebre obra de Alfonso de Vald?s, para criticar las fricciones que surg?an entre los cristianos para defender sus precedencias, mientras le explicaba el estado del mundo. Y es que, en las sociedades modernas, las procesiones y comitivas ?como la que sal?a a recibir al rey? eran de suma importancia porque en ellas se reflejaba la estructura jer?rquica de la sociedad y la posici?n social que cada instituci?n o individuo ocupaba dentro de ella. Adem?s, era un momento ideal para mostrarse a la comunidad y ser visto por sus conciudadanos que abarrotaban este tipo de ceremonias para dejar constancia de su posici?n social, reforzada con la ostentaci?n de los ropajes que llevaban. En este contexto, la defensa de la posici?n fue algo vital para la reafirmaci?n de las ?lites. A lo largo de los siglos bajomedievales e inicios del siglo XVI, los ceremoniales fueron fijando las posiciones que cada tribunal y sus oficiales deb?an ocupar. As?, toda autoridad, indiferentemente del poder de su cargo, intentaba defender su lugar en una comitiva, es decir, la precedencia de su cargo ante otros. As?, es famosa la cuesti?n de las precedencias entre los embajadores franceses y espa?oles en la Santa Sede. Los consellers defendieron ac?rrimamente sus preeminencias como cuerpo institucional, originadas por los privilegios reales a los largo de los siglos medievales de dominio y expansi?n de la Casa de Barcelona por el Mediterr?neo Occidental. Por ello, no permitieron que en los recibimientos de hu?spedes de relieve se colase entre ellos un elemento externo que rompiera la graduaci?n establecida, ya que iba contra sus preeminecias. Adem?s, los cinco consellers representaban la ciudad, un cuerpo s?lido entre el que no se pod?a ubicar nadie. En las R?bricas de Bruniquer se registra su orden de bienvenida al hu?sped: El Conseller en cap se li posa ? la sua ma squerra, y los altres Consellers per sas fileras se posan devant, y los qui anavan en la filera del Conseller en Cap, se mesclan entre les altres, y si ab dit Senyor venen algunas personas principals, y si aquelles se deuen posar entre Consellers, se deixa ? deliberaci? de Consellers, per que hay varietat en asso481. 480 VALD?S, A. de, DI?LOGO DE Mercurio y Car?n, Edici?n de NAVARRO, R., Madrid, Ed. C?tedra, Col. Letras Hispanas, 2005, p?g. 87. 481 Les R?briques?, p?gs. 227-228. 163 Este esquema no se pod?a vulnerar, los consellers preced?an al visitante que iba acompa?ado a su mano izquierda del conseller en cap y s?lo si acced?an pod?an intercalar entre ellos a los Grandes u otras personas que acostumbraban a acompa?ar a los reyes en sus jornadas. Fue la inclusi?n de esta nobleza, especialmente castellana, la que provoc? el mayor n?mero de fricciones por cuestiones de precedencias ya que, orgullosa y arrogante, no aceptaba ocupar puestos deshonrosos para su rango en estos s?quitos y, a su vez, los consellers no se distingu?an por su predisposici?n a incluirlos entre ellos. Tan solo aceptaban la presencia de un for?neo cuando llegaba a la ciudad una reina porque sol?an a entrar del brazo de un importante miembro del estamento eclesi?stico y, entonces, hac?an una excepci?n. Fue el caso de la emperatriz Isabel de Portugal, que entr? en Barcelona acompa?ada del cardenal de Espa?a que iba a su mano derecha. As?, a lo largo de los siglos XVI y XVII tenemos una serie de problemas surgidos por la posici?n indebida de alg?n noble en el s?quito. Uno de los m?s destacados fue el sucedido en 1581, durante la entrada en la ciudad de la emperatriz Mar?a, hermana de Felipe II, y que fue la culminaci?n del enfrentamiento entre los consellers y el virrey duque de Terranova. Se origin? en los meses anteriores, cuando surgi? la duda de la posici?n que se le deb?a dar al obispo de Cuenca ?electo arzobispo de Sevilla? en la comitiva de entrada en Barcelona. El duque escribi? a Felipe II para saber la actuaci?n a seguir: Jo he scrito a su Magestat a cerca del recibimiento de la serenisssima Emperatriz, que orden havia de tener en dar lugar al ar?obispo de Sivilla que por ser de la dignidad y qualidad que es me parescia ponerle siendo dello servido su Magestad a mi mano drecha, a saber es el Conseller en Cap a la mano squierda de la serenissima Emperatriz y jo a su mano drecha y a mi mano drecha el dicho Ar?obispo. Su Magestad me ha respondido que siga el orden que se suele tener ha semejantes recibimientos en esta Ciudad y ansi me paresceria que podria hir el ar?obispo, pues adonde jo pretendia no tenia lugar a la mano drecha del conseller segundo y a su mano drecha don Juan de Borja maiordomo maior de la serenissima Emperatriz quedando el dicho ar?obispo en medio, cosa que me paresse a mi es facil y se puede y suele hazer seg?n me ha dicho el Baron de Herill. Tras estudiar el caso, el Consell de Cent decidi? y comunic? al virrey que ni el arzobispo de Sevilla ni don Juan de Borja pod?an ir en el lugar indicado por ?l porque entre los consellers no pod?a situarse nadie. Sorprendido el duque por la decisi?n de la ciudad y que personas tan ilustres no puedieran graduarse cerca de la emperatriz, pidi?, de nuevo, al conseller en cap que volviesen a tratarlo y consultarlo con el bar?n de Erill porque ?l sab?a las razones por las que se pod?an ubicar all?. La decisi?n del gobierno municipal fue clara: Per quant com la Ciutat fa la serimonia de la entrada acostuma de donar lo millor loch a la persona rebuda que es la ma dreta del Conseller en cap per?o que la ?iutat te per serimonia que lo millor loch son los extrems, y posantse altra persona a la ma dreta, estave la persona rebuda en lo mes dolent loch y que asso no se suffria nis suffriria a ninguna persona ni may ses fet sino en temps del Excellent Duch de Francavila lochtinent general, lo qual de sa propria auctoritat se prengue dit loch y per esser lochtinent general no se li havia pogut fer lo obstacle y contraris que ab altres se fora fet. 164 Queda clara, pues, la novedad que supuso en el ceremonial de la ciudad la participaci?n del duque de Francavilla en los recibimientos. El duque de Terranova expres? su voluntad de respetar las ceremonias de la ciudad. Sin embargo, las palabras del duque caayeron en saco roto porque el 6 de enero de 1582, d?a de la entrada de la emperatriz, el virrey se coloc? a su derecha y entre las filas del segundo y tercer conseller se colocaron tanto el arzobispo de Sevilla como don Juan de Borja. El agravio cometido decidi? a los consellers y prohombres a no caminar, frenando toda la comitiva. El sorprendido virrey les importun? con las palabras ?caminen se?ores? y ante las protestas de los barceloneses, el virrey comenz? a pasar con su caballo, desafiante, entre las filas de consellers y oficiales del consistorio, rompiendo la unidad e insistiendo que caminasen y avanzasen. Para no disgustar a la emperatriz, no les qued? otra que reemprender la marcha a la ciudad, muy a su pesar por la afrenta del virrey. A la ma?ana siguiente, enviaron al virrey dos embajadores para pedirle que pusiese remedio al agravio que se hab?a cometido contra la ciudad por parte del arzbispo y el mayordomo de la emperatriz. El duque replic? que no se hab?a agraviado de ninguna manera a la ciudad porque ten?a entendido que cada conseller pod?a llevar un prohombre y no a 20 o 30 por cada uno como hab?an llevado. Se le entreg? un memorial en el que se anotaba la manera de desagraviar a la ciudad, pero tampoco fue de su agrado y a?adi?: ?aqui hay algunas palabras que no me paressen deven estar?482. En mayo de ese a?o, el virrey les comunic? que, seg?n ten?a escrito por el soberano, el arzobispo de Sevilla hab?a quedado muy descontento por el trato de la ciudad. Finalmente, Felipe II zanj? la contienda agradeciendo a la ciudad el recibimiento que ofrecieron a su hermana y pidi? que no se enviasen emisarios a la corte para tratar el asunto. Tras algunas conversaciones entre el virrey y la ciudad para reparar el agravio, la situaci?n regres? a la calma. Pero, en este suceso, se ha podido comprobar hasta qu? l?mites de confrontaci?n se pod?a llegar por las precedencias en las ceremonias. El enfrentamiento entre ambas instituciones pudo llevar a la ruptura de sus relaciones si los consellers no hubieran decidido reemprender la marcha, ante la acci?n, fuertemente cargada de simbolismo, del virrey rompiendo la unidad de la Ciudad mientras ordenaba que caminasen. Pero hay que destacar a otros actores como fue el bar?n de Erill, un importante noble catal?n, totalmente a favor de la postura del duque de Terranova. El bar?n inform? al virrey de las pr?cticas de la ciudad, aun no conociendo de primera mano el ceremonial propio de la ciudad. 482 ?Que por relacion que aher tuve de las scripturas de la casa de la Ciudad quiero que por lo que hizieron por mi orden el ar?obispo de Sivilla y don Joan de Borja maiordomo maior de la serenissima Emperatriz, en ponerse el dia del recibimiento de la Magestad de la Emperatriz entre las hyleras de los conseieros y prohomens que con ellos hyvan agraduados, no se ha hecho en perhuizio de las preheminentias y serimonias de la Ciudad como en semejantes recibimientos no se pueda hazer, y que tal hecho no puede ser sacado en consequencia y por esso doy este descargo y satisfacccion?, en DACB, vol. V, p?g. 519, 17 de enero de 1582. 165 En 1606, de nuevo un duque de Terranova estuvo inmerso en una cuesti?n de precedencias. El duque era sobrino del virrey de Catalu?a, el tambi?n napolitano duque de Monteleone quer?a que participase en el recibimiento de los infantes de Saboya cuando regresaron de la corte. Adem?s, quer?a que se ubicase entre las filas de los consellers y a mano derecha del pr?ncipe menor, Emanuel Filiberto. La ciudad, claro est?, no acept? la pretensi?n del virrey ya que vulneraba su ceremonial porque no era costumbre dar la mano derecha de un pr?ncipe a otra persona que no fuera el virrey ? ?de pocs anys en?a?? y no se permit?a graduar a un noble titulado en esas filas porque supondr?a honrar m?s a su persona que la del propio pr?ncipe. Finalmente, la ciudad venci? y consigui? que el duque de Terranova no saliese a recibirlos. Ven?an los dos pr?ncipes juntos cuando encontraron al virrey y su s?quito. Entonces, el hermano menor se coloc? a la derecha del primog?nito y el duque a la izquierda, seguidos del marqu?s de Este, t?o y mayordomo de los pr?ncipes, que por ser de la Casa de Saboya se le permiti? ir entre el Canciller y el Regente. Delante de ellos se coloc? el capit?n de la guardia del virrey, junto con dos condes saboyanos, comendadores de la orden de la Annunciata. En ?ltimo lugar, llegaron los consellers y el virrey se coloc? a la derecha del primog?nito y el conseller en cap a su izquierda; forma en que entraron en la ciudad. Otro caso lo encontramos en 1630, cuando el virrey, duque de Feria, comunic? su intenci?n de salir a recibir y situarse a mano derecha de la reina de Hungr?a o que dejasen que ocupase su lugar el duque de Alba, encargado de acompa?ar a la hermana de Felipe IV hasta Viena. La respuesta del Consell de Cent fue negativa y el duque decidi? colocarse ?l mismo a mano derecha de la reina y que el duque de Alba, el arzobispo de Sevilla ?confesor de la reina? y el embajador del emperador se situasen delante del quinto conseller, yendo el duque entre ambos483. Por otra parte, el doctor Jeroni Pujades anot? en su diario que los consellers mandaron avisar a la reina que si pensaba llevar a su lado al duque de Alba o al arzobispo de Sevilla no saldr?an a recibirla ?perqu? no volien donar presed?ncia al Virey? y solo la visitar?an en su posada484. Juan de Palafox, capell?n de la reina, tambi?n recoge este problema en su diario del viaje de la reina: Embi? el Duque de Alva a Don Fadrique Enriq, tres, ?, cuatro veces por la posta, es prolijo lo ritual de los acompa?[amien]tos desta Ciudad y assi esta escrito en los libros de su archivo indispensable, precede el Virrey al Conseller en Cap, pero delante de entrambos no puede haver sino es los Jurados, y entre estos nadie. Acompa?aban a S. M. al lado de su litera el Virrey, y Conseller al lado de su Persona con lo que venia a quedar excluido el Duque de Alva delante de los Jurados no decentemente y no con mas dignidad detr?s de la Litera (?) En estas dificultades se tubo alguna parte del dia hasta que la bizarria y la bondad del Duque de Alva se allan? diciendo que siempre precediera un se?or de su sangre, y grandeza en qualquier puesto que fuese ? los que hubiese de preceder, y assi determin? ir delante delos de la misma Ciudad485. 483 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?gs. 176-177. 484 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 225. 485 BNM, Ms. 8.176, JUAN DE PALAFOX, Diario de la Jornada que hizo?, sin folio. 166 Juan de Palafox, muy cr?tico en su relaci?n del viaje con los consellers, alabab? el buen juicio del duque de Alba que accedi? a sus peticiones y entr? por delante de ellos, entre el arzobispo de Sevilla y el embajador alem?n, conde de Frankenburg. Aun as?, detectaron la presencia indebida del conde de Barajas, mayordomo de la reina, que denunciaron r?pidamente al virrey que pidi? que pasase adelante, como hizo. Este recibimiento se tuvo presente a?os mas tarde, en 1665, cuando el Consejo de Arag?n deliber? acerca de la conveniencia de graduar al duque de Alburquerque ?designado para acompa?ar a la infanta Margarita Teresa de Austria a Viena? y al cardenal Colonna. Se estudi? lo sucedido en1630 y se tom? la decisi?n de no vulnerar las preeminencias de la ciudad, en la que todav?a resonaban los ecos de la guerra y no conven?a agraviarla demasiado en materia de ceremonial, conscientes de la importancia que le conced?an a ello. Por tanto, se decidi? que el cardenal Colonna no saliese a recibir a la infanta y que el duque fuera en el mismo lugar que ocup? el Alba en 1630486. Otro importante debate de precedencias se gener? con la llegada a Barcelona de los infantes de Saboya en las diversas ocasiones en que pisaron la ciudad. En 1603, se estableci? que el conseller en cap y el virrey, el napolitano duque de Monteleone, ir?an al muelle a recibir a los hijos del duque de Saboya y colocar?an entre ambos al primog?nito, Felipe Emanuel, y los otros dos hermanos, Victor Amadeo y Manuel Filiberto, ir?an en dos filas acompa?ados de prohombres, pero no de consellers. Monteleone comunic? al embajador de Saboya la graduaci?n propuesta, pero a ?ste no le pareci? adecuado separar a los tres hermanos. Entonces, se propuso que en la segunda fila fuera el segundo conseller, Victor Amadeo y entre ellos, un noble titulado saboyano, que de esta forma ocupar?a el lugar menos prestigioso y se conservar?a la honra tanto del representante barcelon?s como del infante y lo mismo se har?a con el hermano menor, Manuel Filiberto. El virrey y el embajador de Saboya comunic? al consistorio la que para ellos era la mejor opci?n: los tres hermanos ir?an juntos, coloc?ndose el menor en el centro, a su derecha estar?an el primog?nito y el virrey y a su izquierda, Victor Amadeo y el conseller en cap. Tampoco fue aceptada esta propuesta y si, finalmente, que los dos infantes menores fueran acompa?ados en los extremos por el segundo y tercer conseller, como se refleja en el siguiente cuadro: 486 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1350, n? 67/40. 167 Graduaci?n final aceptada para el recibimiento de los infantes de Saboya. Si el rey estaba en la ciudad, los problemas que se pod?an generar por las precedencias quedaban totalmente resuleto por su decisi?n ya que era irrevocable. Un ejemplo de ello lo encontramos en fecha tan temprana como 1496, durante una de las visitas de Fernando el Cat?lico a la ciudad, a cuyo recibimiento salieron los embajadores de Venecia, N?poles y Mil?n, que en ese momento se encontraban en ella. Fernando no dud? a la hora de ubicarlos en la comitiva de entrada, colocando al embajador veneciano justo a su derecha y a la de ?ste al conseller en cap y en su costado izquierdo al napolitano y al milan?s. Adem?s gradu? a los nobles que le acompa?aban y que encabezaron el duque de Cardona y el conde de Benavente. Esta graduaci?n vulneraba las preeminencias de la ciudad ya que el m?ximo representante de gobierno municipal perd?a su lugar junto al monarca para cederlo a un embajador extranjero; sin embargo, nadie se atrevi? a contestar al autoritario Fernando que hab?a actuado por intereses pol?ticos. En esos momentos, el rey se encontraba en plena guerra con Francia por su invasi?n del reino de N?poles en febrero de 1495 y la alianza de Venecia, Mil?n y N?poles ?al que socorr?a? era vital para conformar, junto al papa, tambi?n amenazado por el poder del rey franc?s Carlos VIII, la Liga Santa que tendr?a como objetio el aislamiento de Francia. Este caso evidenciaba la prioridad de los intereses de estado por encima de la defensa de las prerrogativas ceremoniales del gobierno municipal. Otro ejemplo lo tenemos en 1626, cuando, tras el besamanos a Felipe IV, el cortejo de la ciudad comenz? a colocarse en sus puestos, pero los nobles castellanos conminaron a los consellers a que avanzasen su posici?n. El segundo conseller se neg? alegando que ese era su puesto y el duque de Cardona le recrimin?: ?senyor concellers, ?C?mo vuestra magnificentia no se pone en su lugar??. El duque iba a pie llevando el estribo del caballo del rey, seg?n Jeroni Pujades, porque no ten?a lugar487, mientras que Pablo Clascar del Vall?s ?cl?rigo y presb?tero barcelon?s, autor de una relaci?n de la entrada del rey? escribi? que Cardona ?con su acostumbrada nobleza quiso yr a pie 487 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 43. Segundo conseller V?ctor Amadeo Manuel Filiberto Tercer conseller (Arc?ngel Queralt) de Saboya de Saboya (Mag? Grau) Conseller en cap Felipe Manuel Virrey, duque (Francesc Gamis) de Saboya de Monteleone 168 sirviendo a su Magestad en advertirle de algunas cosas y ceremonias?488. Dos concepciones bien distintas que evidenciaban las posturas a favor y en contra que generaba la actuaci?n del duque de Cardona. Tras un cruce de palabras, un caballero del rey habl? en su nombre con voz alta y clara: El rey nuestro senyor manda que los senyores que van a cavallo passen delante, y que los concelleres vengan delante de su persona489. Con esta orden, el rey demostraba su conocimiento y respeto de las preeminencias de la Ciudad y la ceremonia sigui? seg?n la tradici?n establecida. Pero no solo era la nobleza castellana la que generaba estos debates de precedencias porque, a menudo, los problemas surgieron entre las mismas autoridades de la ciudad que intentaban colocarse en alg?n u otro lugar que no les pertenec?a para, as?, poder mostrar el prestigio de su cargo. Estas desavenencias se dieron, sobre todo, durante las entradas de los virreyes, en las que surgieron fricciones entre los oficiales de la Real Audiencia y los oficiales del Consell de Cent. Generalmente, el lugar que ocupaba el conseller en cap estaba libre de discusi?n por su aceptaci?n como m?ximo representante institucional de Barcelona. As? que los problemas surg?an con los otros lugares, como pas? en 1523, cuando el alguacil real Jaume Fivaller trat? de colocarse, sin ?xito, justo delante del virrey, Antonio de Z??iga, prior de Castilla, en el lugar reservado para el segundo conseller490. En 1554, tanto el obispo de Barcelona como el gobernador de Catalu?a quisieron cabalgar a mano derecha de virrey marqu?s de Tarifa, qui?n, ante la disputa, dio finalmente, el lugar al obispo ante el enojo del segundo491. Otro caso lo tenemos en 1571, cuando el almirante de N?poles se ubic? a mano derecha del virrey don Hernando de Toledo, prior de Castilla, surgiendo opiniones contrarias al puesto ocupado por dicho noble que, no obstante, sigui? ocupando el lugar492. La llegada del duque de Terranova como nuevo virrey, en 1581, levant? desavenencias por la posici?n ocupada por el obispo de la ciudad, Joan Dimas Lloris, quien, adem?s, ostentaba el cargo de canciller de Catalu?a. Se coloc? a mano a derecha del duque, lo que le pertenec?a como prelado pero no como canciller y es lo que alegaron los consellers al virrey: Excellent se?or, nos companyons y jo supplicam a vostra Excellencia sie servit de dir al Rmo. se?or bisbe de Barcelona que no vage a ma dreta de sa Excellencia y que no te loc al costat de vostra Excellencia maiorment per esser exit a recebir voctra Excellencia com a Canceller y no com a bisbe. 488 BC, Full Bonsom n? 220, PEDRO CLASCAR DEL VALL?S, Felicissima Entrada del Rey Nuestro Se?or, en la muy insigne y siempre leal Ciudad de Barcelona cabe?a y Princessa del Principado de catalu?a; y sumptuoso recebimiento, fiestas y regozijos que la dicha Ciudad, y nobleza ha hecho a su Real Persona, impreso por Jaume y Sebasti? Matevad, 1626. 489 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 161. 490 DACB, vol. III, p?gs. 344-345, 26 de agosto de 1523. En Les R?briques?, p?g. 198, tambi?n se recoge este hecho. 491 DACB, vol. IV, p?g. 264, 2 de mayo de 1554. 492 DACB, vol. V, p?g. 120, 27 de junio de 1571. 169 El virrey contest? que aunque hab?a salido como canciller actuaba ahora como obispo; pero no aceptaron la respuesta ya que si hubiera salido como tal lo hubiera hecho con los can?nigos de la catedral y no con los doctores del Real Consejo. Finalmente, continu? ocupando ese puesto durante la ceremonia de entrada pero este caso es significativo de los problemas de precedencias que provocaban la duplicidad de cargos493. Dos a?os m?s tarde, de nuevo, el obispo Lloris volvi? a ser protagonista durante la entrada del virrey conde de Miranda. Consciente ?ste de los agravios que en Barcelona se derivaban de las precedencias y que un mal inicio de gobierno pod?a marcar su evoluci?n, mand? a su mayordomo preguntar a los consellers cu?l era el orden de entrada porque quer?a observar todas las ceremonias de la tierra. ?stos denunciaron la presencia del obispo y canciller a mano derecha del virrey, argumentado que en la ciudad los extremos eran el lugar de mayor honra y que la presencia del obispo dejaba al virrey en el lugar de menos prestigio. Tras la defensa de cada una de las posiciones, el conde solicit? que por esta vez se permitiese la presencia del obispo a su mano derecha y que esto no sentar?a precedente ya que no ?valdria per possessio?. Finalmente, el obispo se sali? con la suya y desfil? junto al conde hasta llegar a la catedral, a qui?n dijo que hac?a muy bien por defender las prerrogativas de la ciudad, pero que en su caso no se hab?a producido agravio alguno494. Estos dos casos con claros ejemplos de c?mo la duplicidad de cargos, tan habitual en las sociedades modernas, pod?a generar conflictos y desacuerdos por las precedencias que evienciaban la lucha de poderes existente, en ocasiones, entre el consistorio municipal y el obispo de Barcelona e incluso de ?ste con los miembros del cap?tulo catedralicio. 3.4. Conclusi?n. En este largo cap?tulo, se ha realizado un estudio comparativo de los recibimientos dispensados por la ciudad de Barcelona a diferentes hu?spedes ilustres, con el objetivo de ver los modos de actuar de los tribunales de la ciudad en cada uno de los casos para poder, as?, establecer un procedimiento general. En primer lugar, cabe destacar que el rey, la reina y el primog?nito siempre eran recibidos tanto por las autoridades municipales como por las del Principado. El an?lisis de la participaci?n de los diversos tribunales nos ha permitido establecer el momento en que ?stos comenzaron a intervenir en la ceremonia de recepci?n del monarca. As?, hemos visto que la iniciativa del virrey duque de Francavila de participar en ella sent? un precedente y modific? todo el ceremonial barcelon?s en el que, tradicionalmente, los extremos eran el lugar de mayor honra, algo que quiz? contrasta con la opini?n general de que el centro de la comitiva era el de mayor honra. Tambi?n hay que apuntar la aparici?n, en 493 DACB, vol. V, p?g. 266, 18 de julio de 1581. 494 DACB, vol. V, p?gs. 349-350, 16 de marzo de 1583. 170 esta ceremonia, del cortejo de la Santa Inquisici?n, en 1564, en un momento crucial para este tribunal ya que coincid?a con su m?xima actividad en Catalu?a, justo cuando surgieron acusaciones de connivencia de los catalanes con los hugonotes franceses. Por ?ltimo, tambi?n se ha destacado la apiric?n de la Universitat dels Estudis como tribunal independiente del Consell de Cent, en 1626. Era en los recibimientos de las personas de sangre real donde pod?an surgir mayores problemas, sobre todo, en las segundas ocasiones en que llegaban a la ciudad porque no estaba obligada a recibirlos. Por tanto, las peticiones de la monarqu?a de que se les recibiera chocaba con el ceremonial tradicional de la ciudad. En este punto, tambi?n es importante destacar la incidencia que tuvo en Barcelona el reordenamiento y reelaboraci?n del ceremonial de la monarqu?a que se dio a ra?z de la elecci?n de Maximiliano de Austria como Rey de Romanos, y por tanto, heredero al trono imperial, que alej?, definitivamente, al pr?ncipe Felipe de la sucesi?n al mismo. Barcelona, por su situaci?n geogr?fica, pas? a ser, a menudo, la primera ciudad de la pen?nsula Ib?rica que pisaban los viajeros ilustres que se dirig?an a la corte y ello, como especificaban los monarcas en sus cartas al consejo municipal, les obligaba a esmerarse en la ceremonia del recibimiento porque era el primero de importancia que se les ofrec?a en los territorios peninsulares de la monarqu?a. Los recibimientos de los miembros destacados de la jerarqu?a eclesi?stica o los virreyes segu?an, en gran parte, las directrices de los reales, aunque con algunos matices. Por un lado, los casos m?s problem?ticos los plantearon los legados pontificios, por su insitencia en el seguimiento del ceremonial propio de la corte pontifia, sobre todo, la obligaci?n de ser recibido bajo palio, algo que en Barcelona, ?nicamente, estaba reservado para el rey, la reina, el primog?nito y el papa. En cuanto a los virreyes, como ?alter nos? del soberano, su recibimiento presentaba algunas ausencias importantes, como el besamanos, el palio, el puente ceremonial y, sin embargo, era importante su obligaci?n de o?r la sentencia de excomuni?n en su juramento del cargo. En cuanto a la gran nobleza, la ciudad no deb?a salir a recibirlos y esto permit?a a los consellers actuar con mayor libertad a la hora de si conven?a o no ofrecer el recibimiento, seg?n las circunstancias pol?ticas del momento. La llegada por mar del rey segu?a un ritual distinto al de la ceremonia por tierra. En primer lugar, hay que se?alar el complejo sistema de saludos mediante salvas de artiller?a que, conformado durante la Edad Media, establec?a que la ciudad saludase primero a las galeras si en ellas hab?a alguna persona de sangre real y, en caso de que no hubiese, fuesen las galeras las primeras en hacerlo. Esto, exasper? no pocas veces a los capitanes y almirantes de la monarqu?a ya que sus naves eran consideradas extranjeras. Chocaban, pues, la concepci?n de defensa y consevaci?n de los privilegios medievales, propios de Barcelona, con la de monarqu?a universal de las flotas del rey, cuyos almirantes no conceb?an y entend?an el mantenimiento de este antiguo c?digo que imped?a el avance y desarrollo del estado moderno. Tambi?n de car?cter medieval, el puente ceremonia, cuyas funciones era facilitar el desembarco del rey en la ciudad y simbolizar el tr?nsito del peligroso mar a la seguridad de la ciudad, tuvo un importante 171 desarrollo y ?xito durante el siglo XV y XVI. Sin embargo, a ra?z de la construcci?n del puerto de Barcelona a finales de dicho siglo, perdi? la primera de sus funciones y esta estructura fue desapareciendo a lo largo del siglo XVII, ya que algunos hu?spedes reales, como Mar?a de Hungr?a o su hermano el cardenal infante don Fernando, prefirieron construir un puente directamente en el palacio donde se alojaban: el de los duques de Cardona. As? pues, la construcci?n del puente desapareci? de las pr?cticas ceremoniales de la ciudad. Finalmente, la cuesti?n de las precedencias, vital para la reafirmaci?n de las ?lites en sus apariciones p?blicas gener?, en algunas ocasiones importantes, conflictos entre las autoridades municipales y la nobleza que acompa?aba a reyes y pr?ncipes, y en otras, fricciones entre las mismas autoridades del Principado que se aferraban a estas posiciones de prestigio como instrumento para la propia supervivencia de su cargo. Como antes hemos indicado, la participaci?n del virrey, duque de Francavila, marc? un precedente y una modificaci?n importante del ceremonial barcelon?s, en cuanto que inici? un dilema sobre la posici?n m?s honrosa en la comitiva de entrada, como se vio en la llegada de los infantes de Saboya. Sin embargo, todos estos problemas de precedencia desaparec?an ante la presencia del rey ya que su autoridad y opini?n era incontestable, incluso por las autoridades municipales, se vulnerase o no los privilegios ciudadanos. De este modo, tras este an?lisis del recibimiento, procederemos a continuaci?n al an?lisas de la ceremonia de la entrada real, que ?nicamente se celebraba en la ciudad en la primera llegada del monarca. 172 173 CAP?TULO 4: LA ENTRADA REAL A lo largo de los siglos medievales y modernos, las ciudades europeas celebraron la llegada de su soberano. Si era la primera ocasi?n en que lo hac?a, se celebraba este encuentro entre se?or y s?bditos con una gran ceremonia de car?cter festivo, conocida como entrada real. El rey entraba, procesionalmente, acompa?ado de una gran comitiva integrada por miembros de su s?quito y de las autoridades municipales. El p?blico que abarrotaba las calles de la ciudad observaba el paso de su se?or, mientras ?ste se dejaba ver ante sus s?bditos. Era una fiesta en la que se reflejaba la estructura de la sociedad de la ciudad a la que llegaba; pero, a su vez, una reafirmaci?n de las ?lites municipales. En ella, participaban todos los gremios y cofrad?as de oficios de la ciudad y los oficiales de las instituciones municipales. El punto culminante era el juramento de los privilegios de la urbe, por lo que se enmarcaba en las ceremonias constitucionales. Finalmente, tras el paso por la iglesia principal de la ciudad, que le daba el car?cter sagrado, se acompa?aba al monarca hasta su posada, donde finalizaba la fiesta. Las constituciones de Catalu?a establec?an que los soberanos jurasen su cargo en Barcelona lo que les oblig? a visitar la ciudad, al menos, una vez. Esta visita obligada facilit? que la ciudad viviese en cada reinado una entrada real, excepto en el reinado de Carlos II que no pis? suelo barcelon?s. As? pues, seguidamente, analizaremos esta importante ceremonia en la ciudad condal atendiendo a su origen y desarrollo, su estructura y participantes, o las decoraciones ef?meras que se hicieron y el mensaje que conten?an. Un estudio a fondo que nos permita entender que signific? este primer encuentro entre los monarcas de la Casa de Austria y Barcelona; aunque retrocederemos, en ocasiones, hasta el siglo XV para entender mejor algunos de estos aspectos. 4.1. Origen y estructura de la ceremonia. Es dif?cil establecer en qu? momento surgi? la ceremonia de la entrada real en Barcelona. Miquel Raufast, estudioso de las entradas reales en la ciudad condal en ?poca medieval, fija la entrada de Luis el Piadoso, en el a?o 801, como la primera noticia sobre esta ceremonia; aunque establece la entrada de Mart?n el Humano en 1397 como la primera en la que se recoge documentalmente todo el proceso estructurado495. Entre ambas fechas, se tienen referencias dispersas de ritos y acciones que formaron parte de ella. En Barcelona, desde tiempos medievales, s?lo el rey, la reina y el primog?nito ten?an derecho a realizar una entrada real a la ciudad, en la primera ocasi?n 495 RAUFAST CHICO, M., ??Un mismo ceremonial para dos dinast?as? Las entradas reales de Mart?n el Humano (1397) y Fernando I (1412) en Barcelona?, en En la Espa?a Medieval, 2007, vol. 30, p?g. 104. 174 en que la visitaban. Por tanto, hay que considerar esta ceremonia como privativa de esas tres personas. En algunos casos, excepcionalmente y vulnerando los privilegios, se extendi? a otros miembros de la familia real como fue en 1460, cuando la ciudad organiz? la entrada de Carlos, pr?ncipe de Viana, sin ser ?ste reconocido oficialmente como primog?nito por el rey Juan II, debido al conflicto existente entre ambos496, o, en 1503, cuando, a petici?n de Fernando el Cat?lico, su yerno Felipe el Hermoso realiz? su entrada real en Barcelona497. Pero, a pesar de esta exclusividad real, no hay que ver esta ceremonia como un rito aislado, sino como parte del grupo o programa de ceremonias, rituales y festividades organizado por la ciudad para recibir y agasajar a su monarca con motivo de su primera visita. En este programa podemos destacar la visita de cortes?a al hu?sped realizada por los diversos tribunales en el palacio donde posaba, la entrega del regalo, normalmente una vajilla de plata dorada, el juramento del soberano de las cosntituciones y privilegios de Catalu?a o su toma de posesi?n del canonicato de la catedral de Barcelona, al que ten?an derecho todos los soberanos de la Corona de Arag?n. Adem?s, se celebraban festejos como torneos, representaciones de batallas o asaltos de castillos que formaban parte de dicho programan ceremonial. De esta manera, la entrada real hay que valorarla como la ceremonia principal del programa de festejos y regocijos preparados para la primera visita del rey a la ciudad y no como una ceremonia aislada. As? mismo, no debe considerarse la entrada real como algo r?gido, sino que, como todas las ceremonias, dispon?a de una plasticidad que le permit?a adaptarse a las circunstancias propias del momento pol?tico en que se produc?a. Esta adaptaci?n hay que relacionarla con la percepci?n que, ?ltimamente, la historiograf?a yiene de la entrada real de ?poca medieval como una ?negociaci?n?498 entre las autoridades municipales ?en el caso barcelon?s, los consellers? y la monarqu?a. Esta nueva concepci?n de esta ceremonia como ?negociaci?n? se a?ade a concepciones anteriores, aunque muy pr?ximas, como la de ?di?logo?, establecida por Bernard Guen?e499 y 496 Sobre esta entrada v?ase RAUFAST CHICO, M., ?Ceremonia y conflicto: entradas reales en Barcelona en el contexto de la Guerra Civil Catalana (1460-1473)?, en Anuario de Estudios Medievales (AEM), 38/2, julio-diciembre de 2008, p?gs. 1.050-1.053. 497 Fernando el Cat?lico pidi? a los consellers que tratasen a su yerno Felipe, ?pr?ncep jurat a Castella?, como si fuera su propia persona, en DACB, vol. III, p?g. . 498 As? lo consideran Fanny COSANDEY en La reine de France: symbole et pouvoir. Xve-XVIIIe si?cle , Paris, ?ditions Gallimard, 2000, p?g. 173. Miquel RAUFAST CHICO reserva este t?rmino para la Barcelona de finales del siglo XIV e inicios del XV ya que ?m?s a?n que el de ?di?logo?, dicho t?rmino explicita con mayor eficacia dos de los aspectos que con m?s intensidad han llamado nuestra atenci?n a la hora de abordar el estudio de la entrada real: por un lado, la capacidad de maleabilidad y adaptaci?n que presentan en la pr?ctica estas celebraciones, m?s all? de la rigidez program?tica de todo ceremonial; por otro, el poder de intervenci?n de la ciudad como interlocutor imprescindible en el proceso de concepci?n, creaci?n y materializaci?n de dichas entradas reales, hasta el punto de, como veremos m?s adelante, conseguir priorizar la adecuaci?n de ?stas a las normas consuetudinarias del municipio por encima de la importancia jerarquica del visitante?, en RAUFAST CHICO, M., ??Un mismo ceremonial?.??, p?gs. 95-96. 499 Bernard GUEN?E afirma que ?une entr?e est donc mieu qu?un sacre, l?occasion d?un dialogue entre un roi plus proche et des sujets moins passifs?, citado por COSANDEY, F., op. cit., p?g. 172. 175 Lawrence Bryant y a otras m?s distantes como la establecida por Nadia Mosselmans de ?ceremonia de inauguraci?n?; ?rito de purificaci?n?, seg?n Sergio Bertelli; ?contrato feudal?, en opini?n de Gordon Kipling; ?acto de sumisi?n?, para Jos? Manuel Nieto Soria; ?encuentro? del rey con la ciudad, seg?n Mar?a ?ngels P?rez Samper500, o, finalmente, ?contrato social?, como se?ala Francesc Massip501. La entrada real supon?a la puesta en marcha de todos los mecanismos gubernativos, jur?dicos, administrativos, sociales, religiosos, econ?micos y, no menos importante, culturales de la ciudad y su poblaci?n, hasta tal punto de ser catalogado por Konigson como un ?hecho social total?, que no solo movilizaba a la capital barcelonesa sino que repercut?a en la totalidad de Catalu?a. Adem?s, hay que tener en cuenta el proceso evolutivo de la ceremonia para ver c?mo estas concepciones adquir?an mayor o menor fuerza. En este punto, a medida que entramos en el siglo XVI, la ?negociaci?n? entre monarqu?a y ciudad perder? fuerza debido a la adquisici?n de mayor poder f?ctico de la primera que impondr? su voluntad a la segunda a la hora de establecer los principios de la entrada real. En cuanto a su clasificaci?n dentro del ceremonial, hay que considerarla como un rito de recepci?n, ya que el monarca era recibido por la ciudad, encabezada por las autoridades municipales. Adem?s, el hecho de que sea la primera visita a la urbe le otorga un destacado sentido simb?lico, como toma de poder de la misma, de fidelidad y de sumisi?n de sus habitantes, culminado esto ?ltimo con el juramento realizado por el soberano ante los representantes de los tres estamentos del Principado. Por otra parte, la denominaci?n de esta ceremonia, en ocasiones, puede ser algo confusa ya que se utiliza, indistintamente la entrada real o triunfal para designarla. Entonces, ?debemos diferenciar ambas ceremonias? A priori, en la primera no se ha producido conquista alguna y, ?nicamente, que no es poco, se ha renovado el pacto feudo-vasall?tico entre la ciudad y su se?or, en su primera visita a ella; en cambio, la segunda responde a una toma previa de la ciudad mediante las armas y esto se ve reflejado en la entrada del rey en la ciudad con un mayor simbolismo de subyugaci?n de ?sta al soberano. En esta segunda opci?n, hay que encuadrar la entrada triunfal de Federico II en Cremona tras vencer a los milaneses, en 1237502, el triunfo de Fernando III de Castilla en Sevilla en 500 ?La ?entrada real? era una ceremonia que simbolizaba el encuentro del rey con la ciudad?, en P?REZ SAMPER, M.A., ?La presencia del rey ausente: las visitas reales a Catalu?a en la ?poca moderna?, en GONZ?LEZ ENCISO, A. y USUN?RIZ GARAYOA, J.M, (Dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos. Las ceremonias p?blicas en la Espa?a Moderna (1500-1814), Pamplona, Ediciones de la Universidad de Navarra (EUNSA), 1999, p?g. 69. 501 ?Es la visualizaci?n del contrato social entre la ciudad y el rey?, en MASSIP BONET, F., La monarqu?a en escena. Teatro, fiesta y espect?culo del poder en los reinos ib?ricos: de Jaume El Conquistador al Pr?ncipe Carlos, Madrid, Consejer?a de las Artes, 2003, p?g. 24. 502 ?Uno de los primeros casos de reivindicaci?n del grandioso clima de la Roma antigua fue la entrada triunfal del emperador Federico II a la ciudad de Cremona en 1237 como vencedor de los milaneses, con prisioneros ilustres encadenados que caminaban ante el vencedor, con el Carro de los Milaneses como trofeo o ?spolia?, con el estandarte del enemigo arrastrado por los suelos en se?al de desprecio y siendo aclamado por la poblaci?n como ?Miles Roma! Miles Imperator!??, en MASSIP BONET, F., op. cit., p?g. 25. 176 1248503, el ?triunfo-modelo? de Alfonso el Magn?nimo en N?poles, en 1443, o la de el pr?ncipe Carlos en Gante, en 1515, tras aplastar las revuelta que estall? en esa ciudad. Pero el problema adquiere mayor relieve si analizamos la utilizaci?n de la palabra triunfo para la designaci?n de esta ceremonia, aunque no haya habido previa ocupaci?n militar de la ciudad. En este sentido, Baltasar del Hierro, ?recordemos? poeta castellano que recibi? el encargo del Consell de Cent y de la Generalitat de realizar una relaci?n de la entrada de Felipe II en 1564, titul? su obra como Los triumphos y grandes recibimientos de la insigne ciudad de Barcelona a la venida del famosissimo Phelipe rey de las Espa?as. Esto obliga a preguntarnos qu? concepci?n ten?an los contempor?neos de la entrada real, es decir ?lo consideraban una entrada triunfal? Sebastian de Covarrubias define la palabra triunfo en su Tesoro de la lengua castellana como ?la honra mayor que el pueblo Romano daba a su Capitan, quando avia vencido a los enemigos, con ciertas condiciones, las quales podras ver en muchos autores?504. A tenor de esta definici?n, parace claro que era imprescindible la conquista, cosa que contrasta con el t?tulo de la relaci?n de Baltasar del Hierro. Francesc Massip, historiador del teatro y la fiesta en el siglo XV y los albores del XVI en la Corona de Arag?n, opina que, tras la instauraci?n de la dinast?a Trast?mara en la Corona de Arag?n, en 1412, el equilibrio entre monarqu?a y ciudad se rompi? a favor de la primera y que, a partir de entonces, la entrada solemne deriv? en entrada triunfal, ?toma de posesi?n, no s?lo ceremonial sino tambi?n pol?tica, de la ciudad y empieza a reflejar las ambiciones absolutistas del proyecto regio?505. En mi opini?n, no se puede considerar la entrada real como triunfal porque, a pesar de ser cierto el progresivo autoritarismo de la monarqu?a en estas ceremonias, lo es tambi?n que nunca se perdi? el sentido pactista entre ambos cuerpos pol?ticos. Los reyes siempre juraron los privilegios ?tanto de Catalu?a, como de Barcelona y el Cap?tulo catedralicio? que por tradici?n deb?an hacer pese a que, en ocasiones, no fuera de su agrado. Este juramento era el coraz?n de la entrada real que supon?a la aceptaci?n por parte del monarca del cumplimiento y respeto de los privilegios de la ciudad. Actualmente, es aceptado por la mayor?a de estudiosos que la entrada real es una derivaci?n del triunfo romano ??ste si celebrado tras una victoria militar? y del adventus imperial. Son varios los elementos propios del triunfo romano que se pueden identificar en esta ceremonia y que posteriormente veremos. Pero, el sentido pactista, es decir, de negociaci?n, que posee la entrada real, al menos en los reinos de la Corona de Arag?n, no lo encontramos en el triunfo romano por lo que hay que diferenciarlos claramente. Adem?s, esta ceremonia bebe de otra importante fuente: la entrada de Jes?s en Jerusal?n que le proporciona otra dimensi?n distinta, un mayor sentido divino y lit?rgico ya que vincula, directamente, el advenimiento del Mes?as con la llegada del pr?ncipe cristiano a la ciudad, convertida en una nueva Jerusal?n. 503 Analizado en RUIZ, T. F., The King Travels. Festive Traditions in Late Medieval and Early Modern Spain, Princeton-Oxford, Princeton University Press, 2012, p?gs. 76-78. 504 COVARRUBIAS i OROZCO, S., Tesoro de la lengua castellana, 1611, fol. 55. 505 MASSIP BONET, F., op. cit., p?g. 27. 177 As?, visto este panorama previo, me centrar? en las entradas reales que se dieron en Barcelona desde finales del siglo XV hasta la ?ltima realizada por un miembro de la dinast?a Habsburgo, Felipe IV, en 1626. En primer lugar, las entradas reales de los reyes de la Casa de Barcelona y de la dinast?a Trast?mara hasta los Reyes Cat?licos, trabajadas por Miquel Raufast, muestran ?como ya hemos indicado anteriormente? que la ceremonia no era un ritual fijo y r?gido y que ?el recibimiento solemne de la ciudad al soberano aparece, cuando se puede seguir su proceso de gestaci?n, como un di?logo entre tradici?n e innovaci?n?506. El mismo autor ha demostrado como la llegada al poder de la nueva dinast?a Trast?mara no supuso un cambio inmediato importante en la ceremonia de la entrada y que la t?nica dominante fue la continuidad. Sin embargo, tambi?n ha advertido como durante la Guerra Civil Catalana el ceremonial urbano se vio alterado en diversas ocasiones, increment?ndose el n?mero de entradas reales ? hasta ocho? debido a los continuos cambios de se?or que se produjeron durante la contienda. As?, ha destacado la fragmentada entrada real del rey Pedro de Portugal o la entrada del duque de Calabria que vulner?, totalmente, el ceremonial de la ciudad, a opini?n del cronista Jaume Safont507. Entonces, ?c?mo fue la evoluci?n de esta ceremonia con la subida al trono de Fernando el Cat?lico, tras la finalizaci?n de la Guerra Civil Catalana y la sucesi?n de su padre Juan II?, es decir, ?se reflej? el talante del nuevo monarca en la entrada real? Se puede comprobar que, como apunta Miquel Raufast, cuando la entrada real del monarca era muy pr?xima a la muerte del anterior soberano, ?sta no era muy festiva por respeto al fallecido. Ejemplos de esto los tenemos en las entradas de Juan I en 1387 y Alfonso IV en 1416; sin embargo, Fernando si tuvo su entrada real con grandes festejos, a pesar de que su padre hab?a fallecido recientemente. Y es que la entrada del nuevo soberano simbolizaba, para el conjunto del Principado, el inicio de nuevos y mejores tiempos y el abandono de un reinado tan turbulento y conflictivo como fue el de Juan II. Adem?s, a las expectativas puestas en el nuevo soberano, hay que sumar el mesianismo con el que, desde su subida al trono, se asoci? la persona de Fernando. Sin embargo, no podemos detectar un incipiente autoritarismo regio del nuevo soberano en su entrada real, en 1479, como m?s tarde se hizo evidente, ya que, a nivel formal, no supuso ninguna novedad de consideraci?n y la ceremonia se desarroll? seg?n los c?nones previstos por la tradici?n de la ciudad. Por tanto, la entrada real de Fernando el Cat?lico deb?a suponer y supuso una ceremonia de pacificaci?n pol?tica y social del Principado; el reencuentro entre la ciudad y el monarca; la llegada a la ciudad del tan esperado vespertili? y, finalmente, un retorno y estabilizaci?n del ceremonial urbano seg?n el modelo anterior al conflicto b?lico. 506 RAUFAST CHICO. M., ??Un mismo ceremonial???, p?g. 123. 507 Para un an?lisis sobre las entradas reales celebradas en Barcelona durante la Guerra Civil Catalana v?ase RAUFAST CHICO, M., ?Ceremonial y conflicto??, p?gs. 1.037-1.085. en ?l, el autor analiza de manera clara las alteraciones que en el ceremonial de Barcelona se produjeron durante estos turbulentos a?os. Poseemos diversas relaciones sobre estas entradas en el Llibre de les Jornades, del escribano de la Diputaci? del General Jaume Safont, publicado por SANS i TRAV?, J.M., Fundaci? Noguera, 1992. Tambi?n podemos encontrar algunas en AHCB, Ms. A-20, Dietari de las turbacions de Catalun?a, del propio escribano Jaume Safont. 178 Sin embargo, en 1481, con motivo de la llegada de la reina Isabel de Castilla, esposa del rey, los consellers, ?per compalure el se?or rey que ax? ho volgu??, ordenaron realizar una entrada real ?tant quan pus solemnement se pogu?s fer e preparar? y muy diferente a las celebradas hasta la fecha, destacable, adem?s, porque se realizaba para la reina y no el rey508. Tanto es as?, que Jer?nimo Zurita escribi?: Fue recibida la reina en aquella ciudad con el mayor triumpho y fiesta que nunca rey lo feu en los tiempos pasados, en lo qual se quisieron se?alar los catalanes sobre todos509. Fueron varias las innovaciones importantes a destacar en esta entrada. La primera de ellas es la mayor longitud de la misma ya que, ahora, se desplaz? el inicio de la ceremonia hasta el portal de Sant Antoni, donde los consellers esperaban a la reina sobre el puente de dicho acceso. Hasta ese momento, el rey entraba por el mismo portal pero la ceremonia se iniciaba en el portal de las Atarazanas, situado al final de las Ramblas. Adem?s, los consellers no se desplazaban hasta all? sino que esperaban al soberano en la plaza de Sant Francesc, subidos en un tablado tapizado, mandado construir para la ocasi?n y donde se oficiaba su juramento. Pero en esta ocasi?n, fueron hasta el portal y salieron de la ciudad para recibir a la reina en el puente. Otra novedad importante fue la utilizaci?n del palio para la reina desde el mismo portal ya que en anteriores entradas el rey se colocaba bajo ?l una vez hecho el juramento en la plaza de Sant Francesc y visto el desfile de las cofrad?as. Este hecho adquiere un gran simbolismo para el monarca ya que era colocado bajo palio antes de jurar los privilegios de la ciudad, lo que significaba una prestaci?n de fidelidad y de vasallaje subyacente por parte de ?sta hacia el monarca previamente a su juramento. En el portal de Sant Antoni, se represent? ante la reina una escena en que la patrona de la ciudad, santa Eulalia, bajaba del cielo y mediante unos versos le encomendaba la ciudad. Esta representaci?n fue otra innovaci?n en la ceremonia porque nunca antes se hab?a producido una de estas caracter?sticas y marc? un precedente para las entradas posteriores. Finalmente, hay que destacar el factor geogr?fico ya que la entrada de Isabel fue una importante novedad en tanto que fij?, definitivamente, el itinerario de esta ceremonia con la inclusi?n en ella de toda la parte oeste de la ciudad, es decir, el Raval, por lo que, a partir de ese momento, cubrir?a, hasta su desaparici?n, toda Barcelona (Anexo 11, Figura 2). En este sentido, la ceremonia mostraba, de nuevo, su capacidad de adaptaci?n a los nuevos tiempos ya que, durante todo el siglo XV, toda la zona situada entre la muralla occidental de la ciudad y las Ramblas hab?a experimentado un aumento de poblaci?n y, por tanto, era necesario que una ceremonia que deb?a reflejar a 508 ??o es, com lo present Concell sab, que per lo Concell de cent jurats, lo die present celebrat, es stat delliberat que per la nova vinguda de la senyora reyna, sien fetes alegries, les mes belles que fer se puxen, e sie la dita senyora festejada no solament segons de altres noves entrades de reynes es acustumat per aquesta ciutat esser feta, mes tant millor e pus pomposa com fer se puixe, remetent les dites coses e la delliberaci? e exequci? d?aquelles al present Concell?, en Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. I, p?g. 329. 509 JER?NIMO ZURITA, Anales de la Corona de Arag?n, Zaragoza, Instituci?n Fernando el Cat?lico, CSIC, 1976-1990, vol. VIII, libro XX, p?g. 403. 179 toda una sociedad en su conjunto ocupase todo el espacio geogr?fico que ocupaba dicha sociedad. Adem?s, hay que remarcar la importancia de un edificio situado en este sector de la ciudad que durante el siglo XV jug? un importante papel en la vida barcelonesa: el Hospital de la Santa Creu. Mediante la nueva reformulaci?n del itinerario, dicho hospital se integraba de lleno en la ceremonia de la entrada real. As?, el portal de Sant Antoni y calles como la del Hospital entraron a formar parte de la via sacra que estableci? dicha ceremonia, es decir, un itinerario de car?cter sagrado y centr?peto que deb?a llevar al soberano hacia el interior de la urbe, en un claro ritual de apropiaci?n del espacio urbano. El gran valor de la entrada real de Isabel la Cat?lica radic? en que constituy? el modelo definitivo de la ceremonia a seguir durante toda la Edad Moderna, estableciendo una estructura que fue respetada en los tiempos venideros. En otras palabras, represent? una creaci?n de la tradici?n510. 4.1.1. De Valldoncella al portal de Sant Antoni. La tradici?n obligaba a los reyes a pernoctar en el monasterio de monjas benedictinas de Valldoncella, situado a las afueras de la ciudad y no muy lejos del portal de Sant Antoni, antes de realizar su entrada real en la ciudad. Y es que las entradas reales, como toda ceremonia, ten?a un principio y un fin y este principio deb?a estar situado fuera de la ciudad. De este modo, el monasterio se convirti? en el punto de partida desde el cual comenz? toda entrada real. En Madrid, por ejemplo, los reyes iniciaron la ceremonia desde la iglesia de los Jer?nimos. Algunos historiadores han visto en este hecho una reminiscencia clara del triunfo romano, en el que se hac?a esperar un d?a o varios al general romano en cuesti?n antes de poder realizar su entrada triunfal en la ciudad eterna. Herencia del triunfo romano o no, lo cierto es que todos los reyes contemplaron y respetaron, aunque parcialmente, esta parte del ceremonial urbano. Ya en 1503, Antoine de Lalaing, miembro del s?quito de Felipe el Hermoso, escribi? como su se?or, junto con algunos de sus nobles, entr? de incognito en Barcelona la noche anterior a su entrada real para poder contemplar los bailes y festejos que, por toda la ciudad, se estaban celebrando en su honor511. En 1599, el rey Felipe III, que hab?a llegado a la ciudad por mar, tras pasar alg?n d?a en ella, vulnerando sus privilegios ya que no pod?a permanecer en ella sin efentuar el juramento de sus privilegios, parti? hacia el monasterio, secretamente y con cuatro coches, para pasar all? la noche anterior a su entrada real512. Otro ejemplo lo plantea jeroni Pujades que nos informa en su dietario como Felipe IV entr? en la ciudad ?dissimuladament en un cotxe clos? con el duque de Cardona para pasar la noche en la ciudad y poder contemplar el 510 Sobre la aparici?n de nuevas tradiciones y costumbres v?ase HOBSWABM, E., La invenci?n de la tradici?n, Barcelona, Cr?tica, 2002. 511 LALAING, A., en GARC?A MERCADAL, J., Viajes de extranjeros por Espa?a y Portugal?, vol. I, p?g. 470. 512 Es de destacar la importancia de abandonar la ciudad sin ser visto ya que, en teor?a, el rey no pod?a residir en la ciudad sin haber realizado anteriormente su juramneto como nuevo conde de Barcelona. 180 mar, para volver, al d?a siguiente, a Valldoncella513; aunque, como afirm? el curtidor Miquel Parets: ?totom presumia que lo rey hi era dintre?514. Estas visitas semi- clandestinas a la ciudad vulneraban sus ceremonias antiguas que obliagaban a permanecer al rey en el monasterio hasta que no realizase su entrada real y juramento; sin embargo, la ciudad hizo la vista gorda y ?sto no provoc? ning?n conflicto entre ellos, conscientes de lo habitual de esta pr?ctica. Una vez llegado a las puertas del monasterio, el rey era recibido por su abadesa, acompa?ada por todas las monjas que portaban las Vera Cruz alzada. Como la ceremonia del recibimiento sol?a hacerse por la tarde, el s?quito llegaba al templo una vez ca?da la noche por lo que se hac?a necesaria la presencia de antorchas, tanto de la ciudad ?sujetadas por los j?venes de las cofrad?as? como las reales. Los consellers, siguiendo la pr?ctica y costumbre, no pod?an entrar en el edificio y as? se lo hac?an saber al monarca que aceptaba con agrado sus disculpas por no acompa?arle dentro y los desped?a hasta el d?a siguiente en que se realizar?a la entrada real. As?, en el Llibre de les Solemnitats de Barcelona se recogen las palabras pronunciadas por el conseller en cap a Felipe II, en 1564: ?Vostra Magestat ser? servit donarnos licentia, per que es la pr?tiga de no entrar dins?, a lo que ?ste respondi? con un breve: ?Vayan con Dios?515. Junto a la abadesa, acostumbraba a encontrarse alguna dignidad eclesi?stica masculina, generalmente el obispo de Barcelona, quien bendec?a al rey y, tras adorar la Vera Cruz, lo acompa?aba hasta el interior del templo516, procesionalmente y seguido de la abadesa y el resto de monjas, llevando cada una de ellas un cirio blanco en sus manos517. Mientras entraban se entonaba el canto del Te deum laudamus y, ya dentro, la abadesa y las monjas se dispon?an para realizar el ritual del besamanos que, generalmente, los reyes rechazaban por respeto a su condici?n de religiosas. Una vez hecha la oraci?n, se agasajaba al monarca con un banquete y lo acompa?aban a sus aposentos, donde descansar?a esa noche. Si en la ciudad todos los preparativos para la ceremonia estaban dispuestos, el rey part?a con todo su s?quito, al d?a siguiente, pasado el mediod?a, hacia el portal de Sant Antoni, donde le esperaban los consellers. El trayecto no era demasiado largo y la gente abarrotaba el camino, deseosa de ver al soberano. El doctor Sevill?, en su obra sobre historia de Catalu?a, da la, quiz?, abultada cifra de 12.000 ciudadanos armados entre los que iba el s?quito de Felipe IV, en 1626, hasta el portal de Sant Antoni. El curtidor Miquel Parets inform? en su dietario de la gran cantidad de gente que, ese 513 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g 43. 514 PARETS, M., op. cit., p?g. 188. 515 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. . 516 Es importante destacar la presencia del obispo o de otras dignidades eclesi?sticas masculinas en la recepci?n que se hac?a en el monasterio femenino que depend?a de la jurisdicci?n de la abad?a de Poblet. As?, en 1503, los consellers escribieron al abad de este monasterio para que ordenase a la abadesa de Valldoncella que ?rebessen lo Pr?ncep (Felipe el Hermoso) en son Monastir lo dia arribar?a com es de costum?, en les R?briques de Bruniquer, vol. I, p?g. 245. En 1599, como la mitra barcelonesa estaba vacante fue el propio abad de Poblet quien recibi? a Felipe III en Valldoncella, encabezando la procesi?n de entrda en ?l, en ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 2. 517 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 75. 181 mismo a?o, se agolp? ante las puertas del monasterio para ver salir al rey, lo que oblig? a los alabarderos a emplearse a fondo para no permitir el paso a nadie. En 1626, la entrada real de Felipe IV se inici? con mal pie por una pol?mica surgida entre dos grandes nobles de la corte, el almirante de Castilla y el marqu?s de Heliche ?yerno del conde-duque de Olivares y reci?n nombrado tesorero de la Corona de Arag?n?, por el lugar que deb?an ocupar en el s?quito real. Olivares, desde el matrimonio del marqu?s con su hija, lo hab?a colmado con grandes honores y distinciones y, con motivo de la entrada del rey, volvi? a favorecer a su yerno otorg?ndole una plaza en el coche del rey que le pertenec?a al almirante por tener fuedos en el Principado, quien reclam?, sin ?xito, la plaza. Heliche ocup?, pues, dicho lugar en el coche del soberano y el almirante tuvo que ir a caballo, un lugar, sin duda, mucho menos honroso que acompa?ar a Felipe IV en su propio coche. Tras este suceso, el doctor Mag? Sevill? explic? en su obra que el favoritismo de Olivares hacia su yerno fue visto por los catalanes como una acci?n indigna de un privado ?quedando de aquello entre el conde duque el condestable y Liche una mortal desunion?518. El doctor Sevill? confunde al condestable de Castilla con el almirante, que fue el que protagoniz? el desencuentro. Por su parte, Mat?as de Novoa escribi? que se orden? al almirante subirse al coche de la C?mara ya que en ese d?a no ten?a lugar en el del rey y afirm?, con unas rotundas palabras que ?aqu? fue donde se perdi? la jornada?519. Este es un claro ejemplo de la utilizaci?n de una ceremonia por parte del poder ?en este caso, Olivares, que gozaba de la privanza de Felipe IV? para reflejar la ascensi?n y protecci?n de un noble cortesano, mediante su ubicaci?n en puestos destacados de la comitiva. El marqu?s de Heliche, mediante su inclusi?n en el coche real, daba un salto cualitativo muy importante en la corte del rey. Incluso, en las relaciones sobre dicha entrada real, se refieren a la figura del marqu?s como cabeza de la Casa de Guzm?n, en contraposici?n de la rama principal de este linaje, la de los duques de Medina-Sidonia. Una vez llegados frente al portal de Sant Antoni, la artiller?a disparaba salvas y todas las campanas de las iglesias y monasterios de la ciudad repicaban para mostrar la alegr?a y regocijo por la llegada del rey. Sin embargo, las puertas de la ciudad estaban cerradas ante la llegada del soberano, y no solo lo estaban, sino que se cerraban ante su arribo lo que hace pensar que la visita del rey no era del agrado de los barceloneses. Quant lo Rey fou cerca del portal de Sant Antoni, tencaren las portas y los sinch consellers, ab los sinch macers ab porras altas y dits sinch consellers ab gramallas de vellut carmes? y folrradura de brocat de mostra, receviren a sa Magt520. 518 SEVILL?, M., Historia general del Principado de Catalu?a, condados de Rosellon y Cerda?a, por el a?o 1598, en BUB, Ms. 115, libro II, fols. 63-64. El doctor Mag? Sevill? condfunde al condestable de castilla con el Almirante de Castilla que fue el agraviado en esta jornada y quien ten?a feudos en el Principado. 519 MAT?AS DE NOVOA, ?, 520 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.371, n? 12/2, sin folio. Esta es una de las descripciones m?s completas y detalladas que tenemos de la entrada real de Felipe IV en Barcelona, en 1626. 182 En este punto, Miquel Raufast se?ala la importancia de estudiar las entradas reales partiendo de la base de que, efectivamente, el visitante no era bienvenido a la ciudad por estar las puertas cerradas521 y ?ste era uno de los motivos por los que se le hac?a esperar para entrar en la ciudad. El simbolismo de este ritual es muy importante ya que es la ciudad la que decide si el monarca puede entrar o no y se permite que lo haga si ambos ?soberano y ciudad? pactan los t?rminos en que sus v?nculos de fidelidad y vasallaje se deben renovar en unas futuras Cortes. As? pues, era un ritual que encarnaba el esp?ritu del pactismo que molde? las relaciones del rey con Barcelona en los siglos medievales. Pero, adem?s, las puertas de la ciudad simbolizaban la entrada en el orden urbano, donde una serie de privilegios, inmunidades y leyes regulaban las normas de convivencia entre sus habitantes, garantizadas por el gobierno del Consell de Cent y los consellers. Fuera de los muros, quedaban el desorden, la oscuridad y el peligro propio del campo, la inseguridad de los caminos, es decir, el mundo incivilizado. De este modo, el portal de Sant Antoni, a partir de la entrada de Isabel la Cat?lica, en 1481, pas? a ser el acceso simb?lico a un nuevo mundo y orden, jerarquizado y reglamentado, cuya m?xima autoridad y exponente, es decir, el conde de Barcelona, se dispon?a a entrar y tomar posesi?n de ?l. Sant Antoni, por su situaci?n geogr?fica en el camino real que iba de Barcelona hacia la corte, pasando por Lleida y Zaragoza, fue el elegido para la entrada y salida ceremonial de gran cantidad de reyes, virreyes, nobles y otros visitantes ilustres. Su valor simb?lico era tal que hasta las tropas francesas que, junto a los catalanes franc?filos, abandonaron Barcelona tras su rendici?n en octubre de 1652, lo deb?an hacer por dicho portal, exceptuando al mariscal La Motte que debido a su impedimento en las piernas lo hizo en litera por el portal de mar522. Qui?n sabe si no lo hizo para evitar esa salida deshonrrosa de la ciudad condal. Casi todas las ciudades tuvieron un portal espec?fico para realizar las entradas reales. Eliseo Serrano a apuntado que, en Zaragoza, exist?an dos portales tradicionalmente utilizados para tal asunto dependiendo del lugar desde donde llegaba el rey. Si lo hac?a desde Castilla, entraba por la puerta del Portillo y si ven?a de Catalu?a o Valencia, lo hac?a por la puerta del ?ngel523. Los consellers recib?an al soberano en el puente del portal, donde se representaba una escena en la que una tramoya en forma de granada bajaba del cielo y se abr?a ante ?l. Dentro, un ni?o que representaba a la m?rtir Santa Eulalia o a un ?ngel le recitaba unos versos en alabanza del monarca mientras descend?a, tras lo que se le entregaba las llaves de la ciudad ?otro ritual de marcado car?cter simb?lico?. En algunos casos sabemos la identidad de esos ni?os, Jeroni Pujades nos informa que el que las entreg? a Felipe IV era Gregori Monj?, un escolano de la iglesia de Santa Mar?a del Mar524. Estos versos que se recitaron en la entrada de Isabel de Castilla en catal?n, se entonaron en las posteriores en lat?n. Generalmente, eran cantos de alabanza al rey, 521 RAUFAST CHICO, M., ??Un mismo ceremonial???, p?g. 94. 522 PARETS, M., Cr?nica, en BUB, Ms. 225, vol. II, fol. 89. 523 SERRANO, E. ?Im?genes del rey e identidad del reino en lo rituales y celebraciones p?blicas en Arag?n en el siglo XVII?, en Obradoiro de historia moderna, n? 20, 2011, p?g. 44. 524 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, 44. 183 pero no carec?an de mensaje pol?tico, como sucedi? en el mismo caso de la reina castellana. Francesc Massip ha apuntado que la entrega de las llaves por parte de la santa protectora de la ciudad o por los ?ngeles era una instrumentalizaci?n de la tem?tica religiosa para legitimar el poder mon?rquico525. El soberano agradec?a la entrega de las llaves y, acto seguido, las entregaba al conseller en cap. Rafael Roure, que ejerc?a el cargo de cuarto conseller en 1626 y partici? en la entrada real de Felipe IV, explica en su testimonio de dicha entrada ?en 1632, con motivo del contencioso por la cobertura, se encarg? recoger los testimonios de los participantes en ella? como, al dit portal baxa una magrana dins la qual hi estave un escolanet de Sta Maria vestit al modo de Angel lo qual baxa cantant y dona dos Claus dauradas del portal a sa Magt. ligades ab un cordo de or y seda, les quals viu sa Magt les dona al conceller en cap que a les hores era Julia de Navell lo qual conceller se posa les Claus en lo coll del Bras a vista que lo poble les ves526. Como se puede comprobar, era de suma importancia que el pueblo viese las llaves de la ciudad, a la vez que enfatiza su papel determinante dentro de las ceremonias p?blicas como receptor de mensajes simb?licos como es en este caso en que el conseller en cap, como su m?ximo representante, las sosten?a tras la entrega del rey, en un acto de fidelidad y confianza entre ?ste y la ciudad. 4.1.2. El palio. Tras la entrega de las llaves, se abr?an las puertas de la ciudad, el soberano sub?a a caballo y se colocaba bajo un palio. Hasta la entrada de la reina Isabel la Cat?lica, en 1481, los soberanos se colocaban bajo palio tras hacer el juramento en la plaza de Sant Francesc y ver el desfile de las cofrad?as; pero, a partir de ese momento, lo hac?an tras recibir las llaves de la ciudad. Era un instrumento originario del ?mbito lit?rgico ya que, en principio, se utilizaba para cubrir el Santo Sacramento durante las procesiones de Corpus Christi, al sumo pont?fice y a otros destacados miembros de la jerarqu?a eclesi?stica. Pero, a lo largo de los siglos medievales, sin abandonar el ?mbito religioso, el palio se introdujo en el ?mbito secular, consituy?ndose en una pieza muy importante del ceremonial propio de la realeza527. Era un elemento ritual que otorgaba a la persona 525 MASSIP BONET, F., ?El rei i la festa. Del ritu a la propaganda?, en Revista de Catalunya, 84, 1994, p?g. 71. Tambi?n citado por KOV?CS, L., ?La ciutat com a escenari: les entrades reials i la festa urbana?, en Barcelona. Quaderns d?Hist?ria, n? 9, 2003, p?g. 79. 526 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 54, sin folio. En 1632, con motivo del problema de la cobertura surgido durante el juramento del cardenal-infante don Fernando de Austria como lugarteniente de su hermano Felipe IV en Catalu?a, el Consell de Cent orden? que prestaran testimonio a los consellers de ese a?o los participantes de la entrada real de Felipe IV en Barcelona de 1626, para ver en qu? momentos dichos consellers iban cubiertos y en cu?les no. As?, esta consulta del Consell d?Arag? resulta muy valiosa porque tenemos testimonios directos de los participantes en la ceremonia y, de este modo, tenemos una visi?n desde el interior del desfile. 527 Jos? Manuel NIETO SORIA afirma en este sentido: ?la exclusividad de su uso por el monarca pone de manifiesto su utilizaci?n como s?mbolo de soberan?a regia, plasmando, a su vez, la transferencia 184 que cubr?a un halo de divinidad ya que ocupaba el mismo puesto que la santa custodia durante la fiesta de Corpus. La presencia del palio en el ceremonial real barcelon?s se remonta a la Baja Edad Media. En 1338, tenemos documentada la entrada bajo palio de la reina Mar?a de Navarra528, esposa de Pedro IV y, ya, en 1350, fue su tercera esposa, la reina Leonor de Sicilia, quien hizo lo propio a su llegada a la ciudad529. Su entrada en escena en Barcelona fue contempor?nea a la fecha que L. Bryant apunta para el caso de la ciudad de Par?s, 1360, durante la entrada real de Juan II tras su cautiverio en Inglaterra. Este historiador advierte del retraso que present? la capital francesa en su utilizaci?n respecto a las ciudades de la Provenza530. En mi opini?n, exist?a una aproximaci?n cultural de la capital catalana con estas ciudades del sur de Francia que permiti? la difusi?n del palio y de otras pr?cticas ceremoniales por el ?rea mediterr?nea occidental. Durante los siguientes a?os, los diversos reyes, reinas y primog?nitos de las casas de Arag?n y Trast?mara entraron en la ciudad bajo esta estructura ritual. En algunas ocasiones, se utiliz? de forma deliberada y sin ser apropiada para el momento. As?, en 1460, el pr?ncipe Carlos de Viana entr? en Barcelona bajo palio cuando, como apunta Miquel Raufast, no hab?a sido designado como primog?nito por su padre Juan II531, cosa que no le permit?a tener entrada real, ni mucho menos con palio. En 1461, sucedi? algo ins?lito hasta la fecha y fue la entrada de la reina Juana Enr?quez, esposa de Juan II, y su hijo Fernando en dos palios distintos, como se deduce de lo escrito por Pere Joan Comes en su llibre d?algunes coses assenyalades: ?lo dit primogenit cavalca en una acanea desus lo pali primer de dita Sra. reyna, sol?532. En 1464, el caso del condestable de Portugal fue distinto porque la ceremonia de la entrada real se desarroll? de forma fragmentada y, aunque no entr? bajo palio, si se coloc? debajo de ?l, dias m?s tarde, cuando presenci? el desfile de las cofrad?as en la plaza de Sant Francesc533. As? pues, el palio comenz? a jugar un importante papel ritual y honor?fico, convirti?ndose en una posible arma pol?tica a la hora de establecer qui?n pod?a y qui?n no situarse bajo ?l. Siguiendo esta premisa, en 1503, el rey Fernando el Cat?lico escribi? a los consellers que recibieran a su yerno, el archiduque Felipe, como si fuera su propia persona y que, por tanto, se le recibiera con palio. Tras la deliberaci?n del Consell de Cent, se acept? recibirlo534, como hicieron, bajo un bello palio de pa?o de oro. En este caso, el rey cat?lico lo utiliz? como instrumento de apaciguamiento de su conceptual que se produce desde la soberan?a divina a la soberan?a regia?, en NIETO SORIA, J.M., Ceremonias de la realeza?, p?g. 195. 528 Les R?briques?, vol. I, p?g. 228. 529 Op. cit., vol. I, p?g. 229. 530 ?The canopy first appeared in Paris for the 1360 return of John II from his English captivity; and it remained a feature in royal entries thereafter. Paris in fact lagged behind the French towns of Provence in the use of the canopy; they had used it in the first half of the fourteenth century?, en BRYANT, L., The King and the City in the Parisian Royal Entry Ceremony: Politics, Ritual and Art in the Renaissance, Ginebra, Librairie Droz, 1986, p?gs. 101-102. 531 RAUFAST CHICO, M., ?Ceremonia y conflicto??, p?g. 1.051. 532 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 81. 533 RAUFAST CHICO, M., ?Ceremonia y conflicto??, p?g. 1.067. 534 Les R?briques?, vol. I, p?g. 245. 185 molesto yerno, intentando agradarlo con grandes honores para alejarlo de su postura filo-francesa y acercarlo m?s a las directrices de la pol?tica de los Reyes Cat?licos. Adem?s, la aceptaci?n de la petici?n regia por parte de la ciudad tambi?n respond?a a su voluntad de agasajar y honrar al, m?s que posible, futuro conde consorte de Barcelona. Sin embargo, a?os m?s tarde, en 1548, el virrey de Catalu?a, Juan Fern?ndez Manrique de Lara, solicit? a los conselleres que, como hab?a ordenado el emperador Carlos, se tratase a su sobrino Maximiliano de Austria ?rey de Hungr?a y Bohemia que recordemos llegaba a la pen?nsula para casarse con su prima Mar?a? como si fuera su propia persona y, por tanto, lo recibieran bajo palio; pero la respuesta dada al virrey fue negativa porque la ciudad no acostumbraba a hacerlo535. En este caso, Carlos V tambi?n buscaba honrar a su sobrino con claros fines pol?ticos ya que estaba en juego la sucesi?n del Imperio a favor de su hijo Felipe que, por esas fechas, estaba preparando su gran viaje de presentaci?n por las diversas ciudades europeas. Y es que la entrada bajo palio pod?a representar para Maximiliano el reconocimiento de la grandeza de su linaje, es decir, la rama austr?aca de la familia que se inici? con el hermano de Carlos, Fernando, y su mayor aproximaci?n a la corte espa?ola e impedir, de este modo, que supusiese, como finalmente fue, la alternativa a la candidatura del pr?ncipe Felipe a la sucesi?n imperial. Tras la definitiva sucesi?n de Maximiliano a su padre y la subida al trono de Felipe II, la monarqu?a efectu?, a lo largo de la d?cada de los a?os 60, como ha apuntado Mar?a Jos? del R?o, un cambio de direcci?n y una reformulaci?n del ceremonial con el objetivo de presentarla como la protectora del catolicismo y mantener el prestigio que su hegemon?a pol?tica le hab?a otorgado. Adem?s, la continuidad del reinado de Felipe II se ve?a amenazada por la falta de herederos o por la fragilidad y enfermedad de ?stos en caso de que hubiese. En este contexto, el palio era un arma ceremonial que pod?a tener efectos muy perniciosos para la corona si se utilizaba de una manera irresponsable. As?, en 1581, ante la llegada de su hermana, la emperatriz Mar?a, a Barcelona, Felipe II orden? que en reciviendola deys orden como se haga en essa plaia a la lengua del agua la puente que en semejantes occasiones se ha acostumbrado para que por ella pueda desembarcar la dicha Serenissima Emperatriz a la qual servireys honrareys regalareys con el maior complimiento y demostracion de amor que se pudiere y de la misma manera que se haria a nuestra persona real, excepto que no se saque palio ni hagan regozijos ni fiestas algunas536. Como se puede comprobar, el rey orden? que no se recibiera con palio a su propia hermana. Aunque no podemos saber si el Consell de Cent hubiera aceptado recibirla con ?l, en caso de que el rey lo hubiera pedido, lo cierto es que no puso ning?n impedimento a la petici?n real, en cuanto a este aspecto. Pero, sin embargo, s? pod?an surgir algunas dudas en cuanto a que el hu?sped era la emperatriz, es decir, la primera dama de la cristiandad cat?lica y, ya en 1533, la ciudad recibi? bajo palio a la emperatriz isabel de Portugal, esposa de Carlos V. ?Qu? lectura, pues, ten?a la orden del 535 Les R?briques?, vol. I, p?g. 246. 536 DACB, vol. V, p?g. 282, 25 de agosto de 1581. 186 rey? Sabemos por sus cartas enviadas, desde Portugal, a sus hijas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, la alegr?a que le produc?a la llegada de su hermana a la que no ve?a desde hac?a treinta a?os y su preocupaci?n por la falta de noticias de su viaje537. As? pues, el regreso de la emperatriz a la pen?nsula era muy deseado por el monarca. Pero la prudencia de Felipe en no ceder ni un ?pice de su soberan?a a terceros motiv? esta negaci?n del palio ya que s?lo deb?a ser identificado con la monarqu?a encarnada en la propia persona del rey y el n?cleo familiar directo, es decir, la reina y el primog?nito. Con esto, se intentaba evitar el reconocimiento de cualquier derecho de los hijos de Mar?a, Rodolfo y Mat?as, como posibles candidatos al trono espa?ol. Y es que hay que recordar que, a finnales de 1578, hab?a muerto su hijo Fernando, y en esos momentos el infante Diego F?lix se estaba recuperando de una enfermedad, por lo que hab?a que asegurar la posici?n de este fr?gil pr?ncipe e, igualmente, la del infante Felipe. Es, pues, importante advertir que en esos momentos en que el rey estaba desarrollando una pol?tica ceremonial m?s agresiva en cuanto a pompa y esplendor para fomentar el prestigio de la monarqu?a, a su vez, su prudencia le hace actuar de manera m?s cuidadosa y meticulosa con algunos elementos y rituales ceremoniales que, como el palio, pod?an conllevar una cesi?n de soberan?a. Este hecho marc? un precedente y se recurri? a ?l cuando, en posteriores ocasiones, volvi? a surgir el dilema de si se deb?a utilizar el palio o no para recibir a un miembro directo de la familia real que no fueran el rey, la reina o el primog?nito. As?, en 1629, Felipe IV no consider? necesario que en Zaragoza y Barcelona se recibiera a su hermana Mar?a de Hungr?a bajo palio ?lo qual es conforme a exemplares antiguos?538. Pero fue en 1665, mientras se preparaba el viaje a Viena de la infanta Margarita Teresa de Austria, cuando esta cuesti?n adquiri?, de nuevo, cierta notoriedad. El virrey don Vicente Gonzaga escribi? al secretario de la reina, Luis de Oyanguren, inform?ndole de la necesidad que ten?a de que ?sta ?me mande advertir si la han de rezivir con palio o no porque si la han de rezivir con palio necesitan los concelleres de prevenirse de los ropones acostumbrados para esta funci?n de hazer el Palio y otras prevenciones tocantes a la ?eremonia?539. La reina pidi? al Consejo de Arag?n que le enviase su parecer acerca de esta cuesti?n y ?ste, tras estudiar los ejemplares anteriores 537 As?, desde Portugal, el rey escribi? a sus hijas el 20 de noviembre de 1581: ?Yo creo que mi hermana no se embarcar?a cuando escribieron de G?nova, mas espero que presto sabremos que es desembarcada, porque hace ahora muy buen tiempo para venir y os tengo mucha envidia a que lo sabr?is primero que yo??, en BOUZA ?LVAREZ, F., Cartas de Felipe II a sus hijas..., p?g. 63. Cinco d?as m?s tarde volv?a a escribirles: ?y di?rame mucho cuidado si no supiera ya que era llegada mi hermana, aunque no por carta suya; ni la he tenido hasta esta noche que ha poco que recib? una suya de Colibre, de otro d?a despu?s que se desembarc?; y creo que se quiere venir desde all? por tierra hasta Barcelona, aunque es muy ruin camino, por no volverse a embarcar; y diz que vino mareada, que tuvo gran tormenta la noche antes que lleg?, de manera que tuvieron peligro algunas galeras; pero ya estaban sin ?l. ya creo que lo sabr?is all? todo esto y Dios os guarde y os d? a todos tan buenas pascuas como os las deseo?, op. cit., p?g. 64. Ya el 15 de enero del a?o siguiente, el rey todav?a mostraba su preocupaci?n por no tener noticias de su hermana, a la que ya cre?a en Barcelona: ?Estoy espantado de no saberse nada de mi hermana y aun con mucho cuidado, porque desde otro d?a que se desembarc? no he sabido nada de ella y no s? qu? pueda ser. No puedo creer sino que se ha ahogado alg?n correo?, Ibidem. 538 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 47/7. 539 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/6. 187 de entradas de reinas, le envi? un memorial en el que desaconsejaba su utilizaci?n por diversos motivos540. Lo primero porque pareze proprio de los que actualm[en]te Reynan como insignia de la suprema y soberana Jurisdiccion y potestad dentro de sus Reynos, y aunque se han tenido partes los exemplares del Card[ena]l Barberino Nepote, y Legado a latere de Urbano 8? y el del Principe de Gales, y haziendoles el honor de admitirles en el a su lado. Pero a estos mismos no se ordeno que se reciviessen ni se recivieron en otras ciudades con esta insignia, o, preeminencia, ni tampoco se sabe que se hiciesse con la Reyna Nra Sra, en las ciudades de Alemania por donde passo en la Jornada y venida feliz a este Reyno. Seg?n este primer motivo, como antes he apuntado, el palio es algo privativo de qui?n detenta la ?soberana jurisdicci?n?. En este sentido, se ten?a muy claro que el haberse permitido al cardenal Francesco Barnerini en 1626 ?cuya llegada a Barcelona tratamos en el cap?tulo anterior? y al pr?ncipe de Gales que lleg? a la corte madrile?a en 1623, entrar en la corte acompa?ando a Felipe IV bajo palio, ?nicamente, se hizo con claros fines pol?ticos y no supuso, en nig?n momento, una cesi?n de soberan?a por estar bajo el mismo palio. Sin embargo, si se evit? que en otras ciudades se le recibiera con ?l porque, entonces, sin la presencia del soberano, si que podr?a haber representado una p?rdida de prestigio. Lo segundo porque el Sor Rey D Phelipe 2? en las cartas escritas en Lisboa a 14 de Agosto de 1581 expressamente dixo que se hiciesse a su her[man]a la Sra. Empiz. Maria todo lo que con su R[ea]l persona excepto el Palio y fiestas, y aunque viene una nota al margen que pareze puesta ahora, en que se dice que fue porque era viuda. Pero esto podr?a mirar a las fiestas, pero no al Palio, cuia excussa havia de tener mas fundamental ra?on haci?ndose como se hi?o la entrada tan publica, y tan ostentossa como se acostumbra con las Ssras Reynas excepto el Palio. Como se puede ver, el Consejo recurr?a al ejemplo del recibimiento de la emperatriz Mar?a en 1581 que se compara con las entradas de anteriores reinas, como fueron Isabel de Castilla, en 1481, y la emperatriz Isabel de Portugal, en 1533. Entonces, plateaba que la exclusi?n del palio para se hermana Mar?a deb?a tener una explicaci?n de fundamento ya que su entrada p?blica fue igual de solemne y ostentosa que la de las anteriores reinas. Es decir, que se intent? evitar cualquier cesi?n de soberan?a a la emperatriz. Veamos el tercer motivo: Lo ter?ero porque este genero de recibimiento se puede hazer en Milan, o, en otras partes que tengan dependencia del Imperio. Pero en Espa?a que no le reconoce, siempre pare?e justo que se haga algo menos con los emperadores de lo que se ha?e con los Ssres Reyes sus due?os soberanos. Por tanto, la emperatriz Margarita Teresa, ?nicamente, podr?a utilizar el palio en el ducado de Mil?n, que pese a pertenecer a la monarqu?a, era feudo del Imperio; pero, en los territorios peninsulares s?lo estaba reservado para los soberanos. As? pues, se pod?a aplicar la teor?a de que cada rey era emperador en su reino, es decir, no reconoc?a la superioridad jer?rquica del emperador en su territorio, donde no ten?a ninguna jurisdicci?n. En el trasfondo de la negativa se esconde la competencia entre las dos ramas de la Casa de Austria por alcanzar la hegemon?a y un mayor prestigio de cada una 540 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 67/9. 188 por encima de las otra. Una competencia surgida desde que el hermano de Carlos V, Fernando, ci?? la corona imperial. Lo quarto porque en la entrada en Bar[celo]na de la Emperatriz del a?o 1533 siendo justamente Teyna de Espa?a, deliberaron los concelleres que se hiciesse lo mismo que se havia hecho con la Sra Reyna Catholica el a?o de 1481, pareziendo que era lo mas, y que por Emperatriz no se devia cossa mas part[icular]. Este cuarto argumento sigue la misma l?nea del anterior y remarcra que en 1533 la emperatriz Isabel de Portugal entr? en la capital catalana en calidad de reina de la Corona de Arag?n y, por tanto, esposa del conde de Barcelona y no como titular del Sacro Imperio Romano Germ?nico, por lo que no fue recibida bajo palio la emperatriz sino la condesa de Barcelona. Lo quinto porque a la Sra Reyna de Hungria no se le recivio con Palio, y pa[ra] Espa?a no pareze que ha de haver diferencia de una Reyna, a una Emperatriz siendo ambas hijas de la Cassa de R[ea]l y assi seria novedad, y si su Magd cesarea entra como su tia en litera pareze que se sale mas de la duda. Por ?ltimo, con la intenci?n de evitar establecer un precedente, se aconsejaba que no entrase bajo palio, y lo hiciese como hizo su t?a, la reina Mar?a de Hungr?a, en 1630, en litera. ?sta, aunque reconoc?a a quien iba en ella la realeza y diginidad de su persona, carec?a de la importante carga ritual y simb?lica que pose?a el palio y, por tanto, no significaba reconocimiento alguno de soberan?a en la joven emperatriz. Pero, antes de finalizar el an?lisis de este memorial, hay que destacar una nota escrita en su margen que hac?a referencia a la utilizaci?n del palio en los virreinatos americanos. Y esto pare?e que concuerda con sedulas R[eale]s de las Indias prohibiendo alg[un]os abussos en este genero sin embargo de lo que por lo remoto de las Provin[cia]s que ser inveros?mil que vayan a ellas los Sses reyes se podia entender la representacion de la Magestad que tienen los Virreyes. En este comentario se puede comprender perfectamente la utilizaci?n del palio seg?n los intereses pol?ticos de la monarqu?a y como, en cada uno de sus territorios, este elemento ritual cargado de gran simbolismo era utilizado o no seg?n conven?a. As?, en Am?rica, un continente donde nunca hab?an gozado de la presencia del rey ni esperaban gozarla, la utilizaci?n del palio por parte de los virreyes se toler? y adquiri? cierta notoriedad, pese a las prohibiciones de hacerlo, porque con ello se pretend?a representar de la manera m?s solemne posible, la entrada del ?alter nos? del monarca. Los palios, como instrumentos rituales propios de la familia real, eran de gran valor y muy costosos. Las telas con las que los confeccionaban eran las m?s exquisitas y caras y estaban decoradas con oro y plata. As?, el palio bajo el que entr? Alfonso el Magn?nimo en Barcelona era todo de oro como tambi?n lo era el de Felipe el Hermoso ?como hemos visto anteriormente?. Durante los siglos siguientes, su decoraci?n se hizo m?s rica; aunque no estaba exenta de valor simb?lico ya que los colores del rey y los escudos de la ciudad acostumbraron a representarse en ellos. As?, el palio bajo el que entr? Isabel de Castilla, en 1481, era ?de brocat ab tovallons de carmesi ab senyals de la 189 ciutat tembrat en los dots tovallons?541. Baltasar del Hierro escribi? en su relaci?n de la entrada de Felipe II, en Barcelona, en 1564, que era ?de brocado muy rico y de las colores del rey, que son amarillo, colorado y blanco?542. Y, finalmente, el de la entrada real de Felipe IV, en 1626, era ?nou de una tela de plata ab flors de or y bordadas en differents pars las armas de la Corona de Arago, y les armes de la dita ciutat de Barcelona?, que recordaba al soberano y su s?quito que el que entraba en la capital catalana era el rey de la Corona de Arag?n y conde de Barcelona y no otro543. Este tipo de decoraciones la podemos encontrar en otros territorios y paises. As?, en Francia, como apunta L. Bryant, los palios estaban decorados con flores de lis, emblema propio de la monarqu?a francesa. El conseller en cap ataba dos cordones de seda al freno del caballo que sujetaban uno ?l mismo y el otro un ciudadano honrado anciano, es decir, uno de los miembros m?s antiguos e ilustres de la clase dirigente barcelonesa. Para poder llevar el palio por la ciudad, ?ste dispon?a de seis varas de las que cuatro las llevaban los consellers restantes y las dos restantes dos caballeros ancianos. Los cordones del palio eran sujetados por varios ciudadanos que representaban los cuatro estamentos de Barcelona: ciudadanos honrados, mercaderes, artistas y menestrales. Tambi?n acostumbraban a estar presentes llevando el palio los c?nsules de la Lonja ?tanto el ciudadano como el mercantil?. Durante todo el recorrido, los portadores del palio iban descubiertos excepto los consellers. Las plazas de los ciutadans se repart?an entre ciudadanos honrados y militares, pero no pod?an participar caballeros ni nobleza titulada. En las ?ltimas entradas reales medievales, podemos detectar en el grupo de los artistas a miembros de las profesiones liberales, destacando barberos, especieros y notarios; sin embargo, a partir del siglo XVI, ?stos ?ltimos nutr?an el grupo en su mayor?a ?pertenecientes a uno de los dos colegios de notarios de la ciudad, el de los reales y el de notarios de Barcelona? y, en menor n?mero, apotecarios, candeleros de cera y cirujanos. As?, en la entrada real de Felipe II, en 1564, de los cinco artistas que llevaban los cordones del palio, dos eran notarios de Barcelona y uno notario real, mientras que los dos restantes eran un cirujano y un apotecario544. Esto refleja, claramente, la gran importancia que la cultura notarial iba adquiriendo en la ciudad condal y es otra muestra de c?mo esta ceremonia representaba la sociedad urbana. En cambio, entre los menestrales hab?a una mayor variedad y, a lo largo de los siglos, no aperece un oficio que monopolice la representaci?n menestral llevando el palio. Sin embargo, dentro de esa diversidad, los oficios que m?s se repiten son los pelaires, plateros, maestros de casas, sastres, blanqueros y zapateros, es decir, miembros de los gremios m?s potentes de Barcelona. 541 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 126. 542 HIERRO, B. del, Los triunphos y grandes recebimientos?, sin folio. 543 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.371, n? 12/2, sin folio. 544 Los dos notarios de Barcelona eran Jaume Sastre y Pere Talavera, mientras que el notario real era Joan Dot. El apotecario era Pere Puxent y el cirujano Esteve Quintana. 190 Poder llevar el palio bajo el que desfilaba el soberano era, como es l?gico, una gran honra para los portadores. Estos eran designados por el Consell de Cent y, lamentablemente, no poseemos medios para saber que criterios segu?a para ello ya que en la documentaci?n ?nicamente aparecen los nombres de los elegidos. A?n as?, es de suponer que los ciudadanos mejor conectados con los dirigentes pol?ticos municipales o los miembros m?s poderosos de cada oficio o profesi?n liberal fueron los que tuvieron m?s oportunidades de ser escogidos. Pero, si podemos afirmar que entre los portadores hallamos algunos miembros de las veinticuatrenas o grupos de 24 personas elegidas por el Consell de Cent para preparar la entrada real. As?, entre los elegidos para llevar el palio de la reina Isabel de Castilla, en 1481, se encontraban seis de las doce personas que se encargaron de organizar la ceremonia, es decir, justo la mitad545. Asimismo, en 1564, fueron cinco de la veintecuatrena los que llevaron el de Felipe II546. Adem?s, se puede observar como algunos miembros de las ?lites ejercieron m?ltiples tareas de gran honorabilidad durante las visitas reales. En este punto, es destacable el papel jugado por algunos ciudadanos honrados como Joan Llu?s Llull que, ese mismo a?o de 1564, fue uno de los dos embajadores enviados por el Consell de Cent a Molins de Rey, para dar la bienvenida a Felipe II y establecer el d?a de su recibimiento. Tambi?n particip? en la veinticuatrena encargada de preparar la visita y llev? uno de los cordones del palio. En 1599, el miembro del estamento militar Frederic Pol concert? con el rey Felipe III el d?a y hora de la entrada real, llev? el palio y estuvo presente en el juramento del monarca de las constituciones de Catalu?a. De igual modo, el tambi?n miembro del estamento militar Jaume Al?s Colom y el ciudadano honrado Pere Ferreres estuvieron presentes en el mismo juramento y ambos portaron el palio. El primero, entre los ciutadans y el segundo, sujetando, junto al conseller en cap, el freno del caballo del rey, honra que le pertenec?a por ser uno de los m?s antiguos ciudadanos honrados. En la misma entrada real, Pere Benaventura Bolet ?tambi?n perteneciente al estamento militar? llev? una de las varas del palio y fue embajador de la ciudad ante Felipe III, a su llegada. Como se puede ver, estos puestos y cargos de organizaci?n y participaci?n en la ceremonia eran codiciados por las ?lites ciudadanas que, posiblemente, movieron sus hilos para optar a ellos porque era la mejor manera de mostrar se posici?n social y poder econ?mico y, por tanto, de incrementar su honra. Una vez finalizada la entrada real, la tradici?n establec?a que los oficiales que acompa?aban al rey se llevaban el palio, que, posteriormente vend?an a la ciudad a cambio de un pago en met?lico. Esta costumbre est? documentada desde la Baja Edad Media y, en 1423, se registra en la entrada real de Alfonso el Magn?nimo en Barcelona: 545 ?stos fueron: Jaume Ballester, ciudadano honrado; Ram?n Marquet, ciudadano honrado; Francesc Alegre, mercader; Jaume Mas, notario; Miquel Franquesa, notario; Llorens Mart?, especiero y Jer?nim Uguet, platero. 546 ?stos fueron: Joan Llu?s Llull, ciudadano honrado y c?nsul mercader; Francesc Pomet, mercader; Joan Dot, notario real y Bartomeu Pedromini, herrero. 191 Lo pali de or just lo qual ana lo se?or Rey encontinent que dit se?or Rey sen fou entrat en son palau pres, e, ocupat peral qual se pretenia segons es costum antich en tals festes e, solemnitats praticat los deu bordons ab los quals fou aportat lo dit palit foren axi mateix presos y ocupats per los de la escudaria del dit se?or Rey als quals se pertanyen segons es costum e, pratica sus dit e foren remuts e, cobrats dels susdits e, den Joan de ?arago?a de la dita escuderia per sexanta y sis sous los quals foren donats al dit Joan de ?arago?a547. El Llibre de les Solemnitats de Barcelona nos informa como en 1599 ?dexaren lo dit pali, lo qual tocava y ere propri del dit cavallar?s major de dit senyor rey?548, es decir, del duque de Lerma. Todav?a, en 1626, podemos encontrar esta pr?ctica en la entrada de Felipe IV: ?lo talem es del cavalleris de sa Magt y axi arribant a palacio lo prengueren los criats del Rey que valia alguns 800 [libras] poch mes o manco?549. As?, una vez finalizada la ceremonia, el camarlengo del soberano, conde de S?stago ?en los reinos de la Corona de Arag?n?, y los oficiales reales se quedaron con el palio que, posteriormente vendieron a la ciudad por la importante cantidad de 800 libras. En conclusi?n, como se ha podido ver en estas p?ginas, el palio, tras pasar del ?mbito religioso al secular, se convirti? en un importante instrumento ceremonial al servicio de la monarqu?a, aunque siempre reducido al exclusivo triunvirato del rey, la reina y el primog?nito ya que los vinculaba directamente con el origen divino de la propia instituci?n. Sin embargo, si seguimos la tabla incluida en el Anexo 5 podemos ver como su utilizaci?n fue decayendo a lo largo que avanzaba el siglo XVI hasta utilizarse una sola vez en toda la centuria siguiente, din?mica paralela a la de las entradas reales. Este hecho se debe a tres motivos principalmente: en primer lugar, a la mayor duraci?n de los reinados debido a la longevidad de monarcas como Fernando el Cat?lico, Carlos I, Felipe II o Felipe IV; en segundo lugar, a la falta de entradas reales de reinas y de primog?nitos ya que, desde 1533, ninguna reina de la Corona de Arag?n entr? en Barcelona y la ?ltima entrada real de un primog?nito fue la de Felipe II, todav?a pr?ncipe, en 1542 y, en tercer y ?ltimo lugar, a la mayor observancia y prudencia de los monarcas a utilizar esta estructura ritual para evitar una posible cesi?n de soberan?a, peligrosa sobre todo con la rama austr?aca de los Habsburgo, aunque tambi?n con otras familias como puede ser los infantes de Saboya, tambi?n posibles candidatos al trono a inicios del siglos XVII. Pero ello no quitaba que fuese utilizado de forma deliberada por los monarcas seg?n las necesidades pol?ticas del momento y en el lugar donde se utiliz?, como vimos con los ejemplos del pr?ncipe de Gales, el cardenal nepote Francesco Barberini. De este modo, no ten?a la misma significaci?n su utilizaci?n en las colonias americanas que en los reinos de la Corona de Arag?n, especialmente en Catalu?a, debido al papel de Barcelona como puerta de la pen?nsula y, por tanto, el primer recibimiento de consideraci?n que los reyes y pr?ncipes extranjeros ten?an a su llegada, lo que obligaba a tener un mayor cuidado en el empleo de esta estructura ceremonial indicadora de la soberan?a regia. Escribe Lawrence Bryant que en la Francia del siglo XVII, ser portador 547 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 12. 548 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 136. 549 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.371, n? 12/2, sin folio. 192 del palio en las entradas reales carec?a del honor que conllevaba en anteriores tiempos ya que Luis XIV rechaz? ingresar en las ciudades debajo de ?l porque ocultaba su gloria550. Efectivamente, el rechazo, por parte del Rey Sol, de este importante instrumento ceremonial respond?a a la excesiva pomposidad que el estado absolutista hab?a implantado en Francia ?como se pudo ver en el intercambio de princesas en Bayona? donde el soberano, centro indiscutible de este estado, mostraba su grandeza sin la necesidad de la legitimaci?n divina que proporcionaba el palio. En este sentido, en la monarqu?a hisp?nica de ese mismo siglo, continu? siendo un instrumento de capital importancia debido a la naturaleza ceremonial de la misma monarqu?a mucho m?s decorosa y menos pomposa que la del vecino franc?s. 4.1.3. El juramento de los privilegios de Barcelona. Una vez cruzadas las puertas de la ciudad, el s?quito se reordenaba definitivamente con la inclusi?n de los consellers. Encabezaba la comitiva las guardas de Perpi??n, cuerpo de soldados de los condados del Rossell? y Cerdanya, que siempre participaban en primer lugar durante los recibimientos y entradas de los soberanos, en un ejercicio de integraci?n de dichos territorios en el ceremonial barcelon?s y, por extensi?n, catal?n. Las trompetas, clarines y atabaleros de la ciudad y del rey les segu?an y, tras ellos, el veguer de Barcelona. Continuaba la guardia del rey ?al lado izquierdo la espa?ola y al derecho la alemana o tudesca? con su correspondiente capit?n, los caballeros y t?tulos catalanes, los cortesanos del rey y los grandes de Castilla. El caballerizo mayor ocupaba una posici?n destacada ya que era el encargado de llevar el estoque real, desnudo, y de quitarle el capote al rey antes de que se colocase bajo el palio. Entre el caballerizo mayor y el palio estaba iban los cuatro maceros reales y los cuatro reyes de armas. Segu?a al rey bajo palio un buen n?mero de caballeros de las ?rdenes militares y miembros de los consejos. En 1626, hay que destacar la presencia del conde-duque de Olivares, inmediatamente despu?s de Felipe IV, acompa?ado del marqu?s de Montesclaros ?miembro del Consejo de estado y Guerra y presidente del Consejo de Hacienda?. La comitiva recorr?a el itinerario acostumbrado. El ritmo era pausado y cont?nuo para que el numeroso p?blico pudiese contemplar al soberano. Tras entrar por el portal de Sant Antoni, avanzaban hasta encarar la calle del Hospital. Pasaban ante el hospital de la Santa Creu, donde se constru?an dos tablados peque?os, uno a cada lado de la calle, donde se colocaban, en uno, los hu?rfanos con sus nodrizas y, en el otro, los disminuidos ps?quicos o ignoscents que vitoreaban al monarca. Esta pr?ctica est? documentada, al menos, desde la entrada del pr?ncipe Carlos de Viana, en 1461, y se 550 ?The carrying of the canopy became an empty honor in the seventeenth century when Louis XIV refused to make use of the canopy in the ceremony for practical reasons ?his glory would be hidden underneath it. Louis?s bearers had to carry it in front of him?, BRYANT, L., op. cit., p?g. 104. 193 daba en otras ciudades europeas, como apunta Fanny Cosandey para el caso franc?s551. Acostumbraban a aparecer disfrazados como en la entrada de dicho pr?ncipe en la que los hu?rfanos iban con caras pintadas y armados con armas viejas552. En esto se puede ver, de nuevo, un mensaje pol?tico para presentar a todos los ciudadanos, incluso los hu?rfanos y los inocentes, como fervientes partidarios de la opci?n del pr?ncipe de Viana. Esto contrasta con los disfraces de posteriores entradas, como la de Carlos I, en 1519, en la que iban vestidos simulando obispos, con mitras de papel553, con lo que otorgaban cierto car?cter carnavalesco a este punto de la ceremonia. El cortejo avanzaba por las Ramblas hasta llegar al portal de las Atarazanas y encaraban la calle del Dormidor de Sant Francesc para llegar a la plaza del mismo nombre. En este lugar se representaba el ritual del juramento; coraz?n de la ceremonia porque era la que le daba sentido, en tanto el rey aceptaba observar y respetar las constituciones, privilegios y usatges de Barcelona. Para ello, la ciudad se adornaba entold?ndola con pa?os de raso de colores amarillo, rojo y blanco. Frente al palacio de los Montcada, se constru?a un gran tablado o tribuna de madera, cubierto de ricos pa?os de los mismos colores, sobre el que se erig?a otro m?s peque?o, donde, bajon un rico dosel de oro, se colocaba el trono del rey, lugar donde se realizaba el juramento. Dicho trono era, normalmente, propiedad de la ciudad, se trasladaba all? expresamente desde la Casa de la Ciudad, era de oro y ten?a los cojines de terciopelo verde; aunque, en 1564, el trono de Felipe II, que el Consell de Cent hab?a mandado hacer, estaba guarnecido con terciopelo carmes?, lo que supon?a un cambio en de color, m?s apropiado el nuevo para la realeza del siglo XVI. En 1626, el trono era del propio rey Felipe IV y pose?a una decoraci?n m?s rica que en los tronos anteriores ya que ten?a el respaldo de brocado y ?tota la fusta gravada y dorada y a cada bras hi havia un cap de lleo y als costats a cada cap mes alt uns caps de aguilas, y de front les armes de la ciutat de Bar[celon]a?554. No tenemos descripciones tan minuciosas del los tronos anteriores, pero si podemos afirmar que el de Felipe IV estaba cargado de simbolismo al incluir en ?l a los dos animales propios de la realeza y de la casa de Habsburgo, como eran el le?n y el ?guila. A espaldas del trono, la pared se empaliaba tambi?n con ricos pa?os de raso que acostumbraban a ser del propio monarca y que su tapicero mayor se encargaba de colocar. De este modo, vemos como en la ceremonia del juramento, los elementos decorativos propios de la ciudad se mezclaban con los propios del soberano y que pod?an suponer la introducci?n en Barcelona de nuevos gustos estil?sticos cortesanos. En esta tribuna se constru?an unas gradas para las autoridades y nobles que asist?an al juramento y, por toda la plaza, se dispon?an varias gradas m?s para el numeroso p?blico que acud?a para presenciarlo. Como hemos visto anteriormente, durante los siglos bajomedievales hasta la entrada de Isabel la Cat?lica, en 1481, eran en 551 COSANDEY, F., op. cit., p?g. 168. 552 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 54. 553 Op. cit., fol. 162. 554 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.371, n? 12/2, sin folio. 194 este tablado donde los consellers esperaban la llegada del rey, pero, esta fecha supuso un cambio en el ritual, y, ahora, llegaban junto al rey a la plaza y lo acompa?aban hasta el lugar de su juramento. All?, se situaban en un banco colocado a la izquierda del soberano, junto a otros importantes prohombres de la ciudad. A su mano derecha, se colocaban los nobles y el resto de autoridades. Una vez sentado en el trono, llegaba el guardi?n del monasterio de Sant Francesc, acompa?ado de frailes que tra?an la Vera Cruz; aunque, en 1564, ?sta lleg? antes de que Felipe II se sentase en el trono. Tras ello, el rey se arrodillaba y, ante dicha cruz y poniendo su mano sobre un misal abierto, juraba respetar y defender las constituciones y privilegios de Barcelona. En algunas relaciones de entradas reales se a?ade que tambi?n se realizaba el juramento por el reino de Mallorca o ?el jurament per les illes?. Las reinas, no realizaban dicho juramento y, ?nicamente, sub?an a la tribuna para contemplar el desfile de las cofrad?as. As?, ni Isabel de Castilla ni la emperatriz Isabel de Portugal juraron los privilegios de la ciudad en sus sendas entradas reales en 1481 y 1533. En este sentido, como afirma Fanny Cosandey para las entradas reales femeninas en Francia, la reina es presentada como una intermediaria entre su esposo y sus s?bditos. Disponemos del testimonio de Jer?nim de Gaver que fue segundo conseller, en 1626, sobre la forma en que Felipe IV subi? a la tribuna y del juramento que hizo: Ab aquesta forma acompanyarem a sa Magt fins al pla de St Franc[esc] ahont sa Magt se assenta dalt en lo cadafal mes alt ab una cadira la qual la ciutat li tenia all? aparellada y los concellers nos estiguerem alt al catafal assentats ab uns banchs de vellut sens repalleras y ans de assentarnos sa Magt nos assenyala quens assentassem y cubrissem com de fet nos assentarem y cubrirem y en haver sa Magt fet lo solit jurament tots sinch consellers nos al?arem y pujarem tres o quatre scalons hont estava sa Magt posats en ala tots sinch y lo conseller en cap se acosta a sa Magt y dona las gracias per part de la ciutat de la merce los havia feta en jurar los privilegis y lo suplica fos servit donarnos la ma a besar y lo Rey nostre Se?or se leva lo guant y tots sinch consellers lo hu apres del altre lay besarem y apres nos en tornarem baix al catafal hon estavem abans, y sa Magt nos torna asenyalar quens assentassem y cubrissem comde fet ho ferem, feta tota la serimonia sa Magt baixa del catafal y se posa a cavall y nosaltres tornarem a prendre lo talem555. El maravilloso testimonio que Jer?nim de Gaver dio en 1632, por motivo del contencioso de la cobertura con el cardenal-infante, nos sirve para saber el protocolo seguido por las autoridades, sobre todo, por el importante derecho de cubrirse ante el soberano, cosa que hizo al escriba que recogi? dicho testimonio subrayar las partes referidas a dicho asunto. El dosel era un elemento ritual que se hab?a vinculado estrechamente a la monarqu?a y que revest?a al trono de mayor solemnidad. En las ciudades de la Corona de Arag?n, su utilizaci?n o no plante? alg?n que otro desacuerdo. En 1519, en la ciudad de Lleida, se cubri? el trono con un guardapolvo, en lugar de con dosel, lo que a algunos no pareci? adecuado. Sin embargo, en 1599, los diputados del reino de Arag?n discutieron sobre si se deb?a utilizar dosel o no para el juramento de Felipe III ya que anteriores ocasiones no se hab?a hecho y, ahora, se pretend?a poner uno. En cambio, en 555 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 54, sin folio. El subrayado del texto es el original que hay en el documento. 195 Barcelona, parece que su uso si fue aceptado. As?, en 1626, el que cubr?a el trono de Felipe IV, en la plaza de Sant Francesc, era del propio monarca y llevaba bordadas las armas reales y, debajo, el lema Plus ultra, mensaje visual que enfatizaba la vinculaci?n del dosel con la dinast?a Habsburgo. En s?, todos los elementos propios del rey que ese a?o hab?a en la tribuna ?trono, dosel, pa?os de raso? pose?an un lenguaje visual de fuerte carga simb?lica y propagand?stica de la monarqu?a de Felipe IV y su dinast?a, en un momento en que su prestigio y conservaci?n era de suma importancia. 4.1.4. El desfile de las cofrad?as. 4.1.4.1. Estructura y organizaci?n. Tras efectuar el juramento, el rey volv?a a sentarse en su trono y, desde all?, ve?a el desfile de las cofrad?as y gremios de la ciudad. Este desfile, de marcado car?cter medieval, consist?a en una marcha de todos los oficios de la ciudad ante el rey, en estricto orden jer?rquico. Los gremios m?s potentes y poderosos pasaban en ?ltimo lugar, debido al mayor prestigio que ten?a esta posici?n. De esta forma, el desfile reflejaba la realidad de la menestral?a de una ciudad con gran diversidad de oficios, a menudo, con una relaci?n conflictiva entre ellos, por motivo de la apropiaci?n indebida de procesos manufactureros por algunos de ellos. James Amelang ha apuntado que la extensa organizaci?n corporativa de Barcelona la distingu?a del resto de ciudades de la pen?nsula ib?rica556. As?, de nuevo, el orden de precedencias en las procesiones y ceremonias representaba la evoluci?n del sistema gremial en Barcelona, con las posibles tensiones surgidas en el mismo. Todas las cofrad?as etaban obligadas a participar en el desfile. As?, en 1633, en el privilegio otorgado por los consellers a los j?venes zapateros para crear su propia cofrad?a bajo la invocaci?n de san Cresp?n y Crespiniano, se ordenaba a ?tots los confrares de dita hagen ? sien tinguts ? obligats de anar aixi a la professo de Corpus com en altres professons y serimonias de dita ciutat a la guarda entrades de Princeps ? a tot lo demes que per los mag[nifi]chs Consellers los sera manat?557. Dichos consellers reun?an a los c?nsules, prohombres o jurados de las diversas cofrad?as ?avisant los hi fentlos asaber com la vinguda de sa mag[es]tat seria molt prest, y ques posassen tots apunt fent los entramesos que solen en la primera vinguda de son rey y Sor, al temps que esta en lo cadafal que se li fa al pla de sanct Francesc lo dia que 556 ?Contrastando con la presencia espor?dica de cofrad?as artesanales en la mayor?a de ciudades castellanas, apenas hab?a en Barcelona actividades econ?micas que no fueran reglamentadas directamente por alg?n gremio. La fuerza del corporativismo local no era sino una de las numerosas caracter?sticas que contribu?an a que la historia de Barcelona estuviera m?s vinculada al Mediterr?neo que a los centros urbanos del resto de la Pen?nsula?, en AMELANG, J., La formaci?n de una clase dirigente: Barcelona 1490-1714, Barcelona, Ariel, 1986, p?g. 28. 557 AHCB, Gremis, Sabaters, 1/130, fol. 42. 196 entra en la present ciutat?558. De este modo, en 1503, los prohombres y obrers de la cofrad?a de los freneros comunicaron a sus cofrades como los consellers les hab?an ordenado que se preparasen lo mejor posible para la entrada de Felipe el Hermoso, para honrar a la ciudad y a la propia cofrad?a559. En 1599, se comunic? a los carpinteros que ?volguessen amostrar en alguna cosa tots los confrares de dita confraria en lo jurament de sa magestat conforme les altres confraries fan fent algunes devises y jochs conforme altras vegadas se es acostumat de fer?560. Y, en enero de 1626, se dijo a los miembros de la cofrad?a de los Julianos ?merceros y vendedores de telas; pero tambi?n, sombrereros, cinteros y otros oficios? que, como en otras ocasiones de venidas de reyes, hiciesen lo que mejor les pareciese para el desfile561. Era muy importante hacer un buen papel en el desfile y que el entrem?s representado fuese del agrado del soberano ya que, en las inmediatas Cortes que se celebrar?an en la ciudad, si es que se celebraban, los diversos gremios mandar?an s?ndicos para pedir al soberano la confirmaci?n de los privilegios y concesi?n de otros nuevos. Una de las peticiones m?s reclamadas por los gremios era la confirmaci?n del privilegio que permit?a ser insaculados en la bolsa del quinto conseller a miembros de las cofrad?as ya que, durante el siglo XVI hab?an dejado de serlo562. Este privilegio fue confirmado por Felipe III, en las Cortes de 1599563, y, a partir de ese momento, las cofrad?as pidieron, en las posteriores de 1626 y 1632, la concesi?n de algunas plazas en esta bolsa564. En otras ocasiones, se solicitaban privilegios para la confirmaci?n de 558 DACB, vol. VII, p?g. 155, 31 de octubre de 1598. 559 AHCB, Gremis, Freners, 36/31, fol. 93. 560 AHCB, Gremis, Fusters, 37/2, Llibre de Consells, 1583, fol. 26. 561 AHCB, Gremis, Mercers i venedors de teles, 4/54, Llibre Tercer de las Deliberacions del Concell de la Confraria de Glorios St. Juli? dels Mercers de la Present Ciutat de Barcelona, fol. 102. 562 En 1563, los miembros de la cofrad?a de los boteros decidieron solicitar a Felipe II en sus venideras Cortes que se iban a celebrar en la ciudad que ?li placia consedir sa alteza attes los grans treballs que los confrares de la present confraria suportan quant a sa magestat li apar de fer ningunas armadas y attes que a la present confraria es consedida li sent?a als confrares de dita confraria de esser enseculats les bosses dels officis dela Casa dela Ciutat sino es ala bossa de conceller que li placia a sa alteza de voler consedir que sien enseculades una o dues persones dela dita confraria o unes quantes a sa alteza aparra per ala bossa de conseller?. La misma petici?n hicieron en las Cortes de 1599, en AHPB, 414/3, Liber Confrarie Boteriorum sub Invocacione Sanctorum Georgi, Laurencii et Joannis Baptiste, Presentis Civitatis Barcinoni, fol. 4 y, posteriormente, sin foliar. En mayo de 1585, los cofrades de la cofrad?a de los carpinteros bajo la advocaci?n de san Juan deliberaron nombrar como su s?ndico al maestro Miquel Esteve para pedir a los consellers y miembros de la veinticuatrena encargada de preparar los temas a tratar en las Cortes que se celebraban en la ciudad que ?sian servits suplicar a sa magestat sia servit confirmar los un privilegi concedit a la present ciutat en lo qual se contengue antigament hi havia un conceller menestral quiscun any lo qual privilegi ses abusat y que sia tornat al compte que stava antiguament que quiscun any hi havia un conceller de cada stament en la present ciutat y que dit sindich se puga aiuntar y aderir als altres sindichs de las altres confrarias de la present ciutat?, en AHCB, gremis, Fusters, 37/2, fol. 5. 563 En julio de 1600, Felip Costeny y Pau Argimo, s?ndicos de la cofrad?a de los boteros, comunicaron a sus miembros ?com stos dies proppassats a ells dits syndichs junctament ab los syndichs de les altres confraries a favor de les quals la present Ciutat ha obtingut privilegi de sa magt. de plassas de conseller quint menestral?, en AHPB, 414/3, Liber Confrarie Botetiorum?, sin folio. 564 El 16 de abril de 1626, el prohom en cap de la codrad?a de los julianos o de los merceros y vendedores de telas propuso a sus cofrades que ?ja la magestat del Rey nostre sr. se troba en la present ciutat es bona ocasi? de suplicar a sa Magestat se servesca de fer merce a dita confraria en honrarla de 197 privilegios relacionados con el ejercicio de su oficio y para defender su monopolio en algunos procesos de la producci?n propia de dicho ejercicio, ante las posibles intrusiones de otros oficios565. Es por esto que los cofrades se reun?an para deliberar lo que se deb?a hacer para preparar el desfile. Normalmente, escog?an ocho personas para que, junto a los prohombres o c?nsules de la cofrad?a, estableciesen todo lo que se har?a ante el soberano. As?, en 1626, la cofrad?a de los herreros y caldereros nombr? ocho de sus miembros ?cuatro del barrio del portal de Sant Antoni y otros cuatro del barrio del portal Nou, ya que la cofrad?a se divid?a en dos, seg?n la distribuci?n geogr?fica de los donarli les tres plasses de consellers de la confraria dels gorreters que avui tenen ocupades certes persones indegudament. E que per quant en la suplicatio que en lo any 1599 fonch per dita confraria presentada als illustres consellers y vint y quatrena de la present ciutat fonch determinat conforme consta de dita determinacio en lo proces de la causa se aporta en la Real Audientia entre dita confraria, eo en son sindich y lo sindich de la present ciutat que per quant la confraria dels dits gorreters se anava anichilant y acabant e que ja noi havia sino dos o tres personas, que de las tres plasas que dits gorreters tenian ne fos donada una a sombrerers per tant en esta ocasio feta possible que per ser acabats de finir doits gorreters y succehir als dits gorreters los sombrerers que sa Magestat fassa merce a dita confraria de concedirli que finides las vidas de las personas que bui estan enciculades per dit offici de gorreter que fasse merce sa magestat de concedir privilegi a dita confraria de St. Julia que pugan ocupar los confrares de la present confraria los dits tres llochs, o, plasses, y per no haver de gastar diners en haver dit privilegi en laire y adebades se demana a sa Magestat ab la deguda forma per la vint y quatrena, y no altrament advertint al present concell que dat cas se alcan?e dit privilegi de dites tres places que lo gasto que fara axi per raho de obtenir y haver dit privilegi com encaxar per tot lo demes que se haura de fer per lo sdevenidor a fins, y tant que dites places sien enciculades ques page y se haja de pagar del cos y com? de dita y present confraria ab tal que fassan una deliberacio en lo present consell y es que dat cas que les dites pla?as se alcancen sien comunes als confrares de dita confraria axi les dites tres com encara les dues que vui te dita confraria les quals tenen ocupades mosen Llopart mercer, y mestre B?s cinter ?o es que qualsevol de aquelles puga ocupar qualsevol confrare de la present confraria y de qualsevol ofici de dita confraria y sino se alcan?an dites tres plassas ques reste dita confraria de la mateixa manera que esta lo die de avuy, y per?o sels proposa a V.M. si los apareixera be y que no essent ab lo demunt dit concert y si los sombrerers voldran pretender alcan?ar ditas pla?as per llur offici tant solament, que o fassan que la present confraria los ajudara ab lo que pora ab que los dits sombrerers paguen de ses boses tot lo gasto se haura de fer, y per?o se proposan al present consell dites coses pera que aquell determine allo que mes y millor aparega convenir en benefici de la present confraria?, en AHPB, 586/114, Segon Llibre de la confraria del glori?s Sant Juli? dels mercers y altres oficis de la present Ciutat de Barcelona, de concells, ex?mens y altres negocis, fols. 9-10. Como se puede ver en esta deliberaci?n, esta era una petici?n que ya hizo la cofrad?a en las anteriores Cortes de 1599 y era, por tanto, un proceso largo que llevaba a cabo en la Real Audencia y al que, con la llegada del rey, se pretend?a poner fin. Por otro lado, este texto muestra la desaparici?n de algunos oficios de la ciudad como fue el de los fabricantes de gorros ?gorreters? a favor de otras como los sombrereros que durante los siglos XVI y XVII incrementaron considerablemente su n?mero. 565 En abril de 1626, el gremio de carpinteros, sabedor de que el gremio de los maestros de aja intentaban solicitar un privilegio para que pudiesen hacer techos y tejados lo que ir?a en perjuicio de la cofrad?a, orden? a su s?ndico Montserrat Costa que ?fasse contrari y hisque ala defensa en lo que demanen los Mestres de axa com a cosa tant prejuditial ala present confraria y que tambe procure en obtener confirmatio dels privilegis te aquesta confraria y si ser? menester en alguns caps haje concessio nova de altres conforme aconsellara lo advocat de la present confraria?, en AHCB, Gremis, Fusters, 37/3, Llibre de Concells de la Confraria dels fusters, 1624-1648, fols. 9-10. Ese mismo a?o, los zapateros solicitaron que se prohibiera que se exportasen cueros del Principado ya que esto les perjudicaba directamente, en AHCB, Gremis, Sabaters, 1/93, Llibre de Concells, 1625-1636, fol. 30. Para la llegada de Felipe IV, en 1632, los cerrajeros nombraron un s?ndico para que lograse la cofirmaci?n del rey del privilegio y monopolio de poder afinar ?barranals, barralons corters o, altres coses tocants a llur offici? ya que los boteros ten?an la intenci?n de solicitar el privilegio de poder hacerlo ellos, en AHCB, Gremis, Serrallers, 10/36, fol 161. 198 cofrades? para establecer lo que se deb?a hacer para el recibimiento del monarca566; asimismo, merceros567 y zapateros568 tambi?n escogieron ocho personas, respectivamente, por el mismo motivo. Una de las primeras decisiones que deb?an tomar estas ocho personas era si conven?a salir o no con la bandera de la cofrad?a, o si era necesario hacer una nueva, en caso de que la que tuvieran estuviese en mal estado. Y es que la bandera de la cofrad?a era un elemento ceremonial muy importante ya que representaba la grandeza, el prestigio y el poder de los oficios que la integraban. Por este motivo era conveniente que, para desfilar ante el monarca, la bandera reflejase la riqueza y solemnidad del oficio. As?, en 1533, el prohom en cap de la cofrad?a de los panaderos transmiti? el mensaje de los consellers de que fessem que la bandera del offici nostro isques per la venguda de la emperatris de quy en la vagan vosaltros mossenyos si volren que dita bandera vaga per la entrada de dita sora emperatris e feta dita prepositio tot lo consell fou de parer que dita bandera anas ho ysques per resabir la emperatris569. Igualmente, en enero de 1626, Joan Masgibert, prohom en cap de la cofrad?a de los cerrajeros, comunic? a sus compa?eros que los consellers le hab?an solicitado que, el d?a del juramento del rey, los cofrades desfilasen con su bandera, a lo que accedieron570. En cuanto a la confecci?n de una nueva bandera, el mismo gremio de panaderos estableci?, en 1519, que se hiciese una nueva para la entrada real de Carlos I571. En 1564, para preparar el desfile ante Felipe II, el oficio de los boteros estableci? que se fabricase una nueva bandera de damasco carmes?, como igualmente hicieron para la de su hijo Felipe III, en 1599572. Asimismo, para la visita de Felipe II, en 1585, la cofrad?a de los hortelanos del portal de Sant Antoni, decidi? adobar la bandera ?all ahont sea sguinsada?573. En 1599, los consellers otorgaron a la cofrad?a de los tragineros de mar ?negres? una bandera procesional de damasco carmes? que estaba guardada en una caja de la escriban?a del racional y que perteneci? a la extinta cofrad?a de los tragineros de mar ?moriscats?, para que pudiesen desfilar ante Felipe III574. Este hecho es indicaticvo 566 Los cuatro cofrades escogidos por el barrio del portal de Sant Antoni: Mag? Bassa, Miquel Lleonart, Antoni Ballera y Jaume Sabater; por del portal Nou: Bernat Cabanyes, Bartomeu Valldocera, Salvador Sallent y Antoni Favara, en AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, fol. 150. 567 Estos ocho cofrades pertenec?an a los diversos oficios que compon?an la cofrad?a y fueron: Hieronim Ferrer, Climent Galseran y Hieronim Llompart, por parte de los merceros; Cant? Conill y Miquel Medril, por los sombrereros; Esteve Burges, guantero; Llorens Angel, peinador y, finalmente, Jaume Terrades, cintero, en AHCB, Gremis, Mercers i venedors de teles, 4/54, Llibre Tercer de las Deliberacions?, fol. 102. 568 Los elegidos fueron: Marc Soler, Joan Francessc Rius, Bernat Pedret, Hieronim Sort, Nofre Xuret, Pere Joan Xirau, Genis Calvells y Pau Barris, en AHCB, Gremis, Sabaters, 1/93, op. cit., fol. 28. 569 AHCB, Gremis, Forners, 6/11, Llibre de la Confraria dels forners i Flaquers de Barcelona, 1491, fol. 141. 570 AHCB, Gremis, Serrallers, 10/36, Libro de Concejos, fols. 125-126. 571 AHCB, Gremis, Forners, 6/11, op. cit., fol. 82. 572 AHPB, 414/3, Liber Confrarie Boteriorum?, fol. 7. 573 AHCB, Gremis, Hortolans de Sant Antoni, 2/6, Llibre de Concells 1552-1587, fol. 87. 574 DACB, vol. VII, p?g. 193, 30 de abril de 1599. De nuevo, se puede ver c?mo, en la ciudad, el mundo de las cofrad?as y gremios no era est?tico ya que algunas de ellas desaparecieron, por diversos motivos, siempre a favor de otras. 199 de la capacidad de decisi?n que los consellers ten?an sobre la estructura gremial de la ciudad. En febrero de 1626, la cofrad?a de carpinteros se reuni? para decidir si per la occasio de la vinguda de sa Magestat, seria necessari fer i adobar la bandera de Professo de dita confraria s? aquella podia tenir adob, y haventla ells dits promens amostrada ab un sastre ha dit que no tenia adob o havia de costar molt y encara no estaria be per estar tan dolenta com esta, que per?o delibere dit concell si en esta occasio que se ha de honrrar dita confraria se fara nova bandera o, si far? adobar laltra (?) E lo concell feu deliberatio que per esta occasio de la vinguda de sa Magestat sie feta nova dita bandera575. Por ?ltimo, en 1632, la cofrad?a de los merceros y vendedores de telas decidi? que, si se dispon?a de dinero, se fabricase una nueva bandera porque ?ab aquexa bandera nos pot anar devant del Rey?576. En lo alto de estas banderas se representaba alg?n objeto propio del oficio de la cofrad?a, como hicieron los zapateros, en 1626, cuando decidieron que un escultor imaginero hiciese un le?n dorado, de madera, que sujetase con sus zarpas una peque?a bota de plata que se custodiaba en la capilla de dicha cofrad?a577. Cada una nombraba a un abanderado, andador o panoner que ser?a el encargado de llevar la bandera o pend?n de la cofrad?a durante las diversas procesiones en que participar?a, especialmente en la procesi?n del Corpus Christi. Claro est?, ser escogido como abanderado representaba un gran honor debido al lugar preferente que ocupaba en el desfile. Cuando la cofrad?a pasaba ante el soberano, al abanderado bajaba la bandera en se?al de respeto y sumisi?n. As?, en 1503, los freneros ?bajo invocaci?n de san Esteban? escogieron como abanderado al bordador Simon Petit578. A menudo, surg?an dudas si se deb?a escoger un nuevo abanderado para el desfile ante el rey o se deb?a mantener al mismo que lo hab?a hecho en la procesi?n del Corpus. De esta manera, en 1564, los boteros escogieron al maestro Joan Mart? abanderado para desfilar ante Felipe II, hasta la celebraci?n del siguiente Corpus Christi579. Asimismo, en 1599, la cofrad?a de los herreros y caldereros nombr? un abanderado distinto del de la procesi?n de Corpus, para su desfile ante Felipe III, a diferencia de lo ocurrido en 1626, cuando estableci? que fuera el mismo580. Adem?s, el andador o abanderado llevaba un vestido distinto y m?s lujoso que el del resto de los desfilantes ya que era el portador de los valores de la cofrad?a. En 1626, el abanderado de los zapateros encabez? el desfile de su oficio vestido con ropa morada, con una peque?a bota de plata colgada en el pecho ?de 3 o 4 reales de valor? y con la bandera y una vara en la mano581. Del mismo modo, ese mismo a?o, la cofrad?a de los julianos decidi? que su abanderado vistiera con una cota de color verde582. 575 AHCB, Gremis, Fusters, 37/3, Llibre de Concells?, fol. 8. 576 AHPB, 586/114, Segon Llibre?, fol. 119. 577 AHCB, Gremis, Sabaters, 1/93, op. cit., fol. 28. 578 AHCB, Gremis, Freners, 36/31, Llibre de Concells dels Estevans, 1478, fol. 93. 579 AHPB, 414/3, op. cit., sin folio. 580 AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, Libro de Concejos, 1597-1629, fols. 149-150. 581 AHCB, Gremis, Sabaters, 1/93, op. cit., fol. 28. 582 AHPB, 586/114, op. cit., fol. 6. 200 Pero, ?cu?ntas personas desfilaban por cofrad?a? En primer lugar, hay que indicar, como apunta Miquel Raufast, que el desfile de la cofrad?a reflejaba la jerarqu?a interna de la misma y, de este modo, se diferenciaba la presencia de los oficiales ?joves o macips, en la terminolog?a de la ?poca?, encargados de la ejecuci?n de los diferentes bailes con los que se amenizaba el trayecto de la comitiva, de la de los maestros, mucho m?s contenidos en sus gestos y portadores de ropajes o elementos intencionadamente distintivos583. En el desfile surg?an fricciones por las precedencias entre sus oficiales que respond?an a tensiones internas de las mismas cofrad?as. Un ejemplo de ello lo tenemos en 1626, en la cofrad?a de los herreros, cuando sus proms vells exigieron ocupar el lugar m?s distinguido del desfile, ante la negativa de los proms nous que establecieron el definitivo orden de desfilada: en primer lugar ir?an los proms nous petits seguidos de los proms vells petits, tras ellos, los 18 cofrades elegidos para desfilar, y por ?ltimo, los proms vells en cap y los proms nous en cap584. Como se puede comprobar, las ceremonias evidenciaban las tensiones existentes en las cofrad?as, a menudo, entre los mandatarios o, como en este caso, entre diferentes generaciones de cofrades que pretend?an ejercer el control. Uno de los problemas habituales era la ausencia en el desfile. Todos los elegidos para participar ten?an la obligaci?n de hacerlo y se estipulaban multas para quienes no acud?an. En 1492, los prohombres de la cofrad?a de los freneros establecieron las multas a los cofrades que no siguieron la bandera en le desfile de la entrada real del pr?ncipe Juan, primog?nito de los Reyes Cat?licos585. Asimismo, en 1626, la cofrad?a de los julianos fij? multas de una libra para aquellos que no acudieron al desfile ante Felipe IV, los cofrades: Honofre Piquer, Eloy Planes, Mesi? Melich y Pere Joan Ribalta, entre otros586. Evidentemente, tras la ausencia en la entrada real, deb?a haber un motivo de importancia que era las grandes diferencias econ?micas entre los cofrades o las luchas de poder en su interior. As?, es dif?cil saber el n?mero exacto de cofrades que participaban en los desfiles ya que apenas tenemos datos ni de los maestros que desfilaron ni de los oficiales y aprendices que bailaron o representaron entremeses. Sin embargo, gracias a los libros de deliberaciones de algunas cofrad?as, conocemos algunas cifras orientativas. Por ejemplo, en mayo de 1599, la cofrad?a de los revendedores fij? en 24 los miembros que desfilar?an ante el rey, incluidos los prohombres y el clavari587. En 1626, la cofrad?a de los herreros y caldereros, estableci? que fueran 18 cofrades los participantes en el desfile ?nueve del barrio del portal de Sant Antoni y otros nueve del portal Nou?, sin 583 RAUFAST CHICO, M., ??E vingueren los officis e confraries ab llurs entremeses e balls?. Una aproximaci?n al estamento artesanal en la Barcelona bajomedieval, a partir del estudio de las ceremonial de entrada real?, en Anuario de Estudios Medievales (AEM), 36/2, julio-diciembre de 2006, p?g. 668. 584 AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, op. cit., fol. 153. 585 AHCB, Gremis, Freners, 36/31, op. cit., fol. 51. 586 AHCB, Gremis, Mercers i venedors de teles, 4/54, Llibre Tercer de las Deliberacions?, fol. 118. 587 AHCB, Gremis, Revenedors, 45/1, Libre en lo qual estan scrits y continuats los consells tinguts y celebrats per los confrares de la confraria, fol. 10. 201 prohombres ni compa?eros588. Para la misma entrada, fueron 20 o 30 miembros de los julianos los que acompa?aron a bandera, junto con algunos ministriles589. Sin embargo, m?s numerosa fue la representaci?n de los zapateros que decidieron que fueran 42 cofrades los que desfilasen, junto a los prohombres, clavari y abanderado, ante Felipe IV y que reflejaba la importancia y prestigio de este oficio en el sector artesanal de Barcelona590. Menos expl?cita fue, en enero de 1626, la deliberaci?n del consejo de la cofrad?a de los cerrajeros que estableci? que la bandera fuera acompa?ada de ?tots los confrares que volran y podran anar?591. Algunas cofrad?as dejaron de asistir a las entradas reales por falta de cofrades lo que indica su extinci?n. Un ejemplo de esto lo encontramos en la cofrad?a de los gorreters que aparec?a en la entrada de Felipe II, en 1564, con el nombre de barraters, pero ya no lo hizo en 1599, para la de Felipe III. Ese a?o, la cofrad?a ten?a, ?nicamente, dos o tres miembros, lo que significaba pr?cticamente la extinci?n del oficio a favor del gremio de sombrereros que hab?a incrementado, considerablemente, su n?mero y que estaba encaudrado en la influyente cofrad?a de los julians, es decir, de los merceros y vendedores de telas592. Normal que no se permitiese a una cofrad?a desfilar con dos o tres miembros. La vestimenta de los participantes en el desfile deb?a ser igual para todos a fin de dar sensaci?n de cohesi?n y homogeneidad. Estaba totalmente vetada la voluntad individual y todos los participantes estaban obligados a acatar las ordenanzas de su cofrad?a. As?, en 1598, los revendedores establecieron que sus cofrades fueran todos vestidos de negro y ?ben tractats de la manera millor poran?593. En 1626, los herreros ordenaron que todos vistieran de negro, sin nig?n g?nero de gala, con la espada y la daga ce?idas, sin capa y con la vara en la mano. Como vieron que el resto de cofrad?as vest?a de gala y con capa ?y axi perque no sia cosa que done que dix a ningu?, los prohombres de la cofrad?a, junto con los ocho cofrades escogidos para preparar la entrada decidieron que llevasen capa hasta la fuente del ?ngel y, una vez all?, hicieran lo mismo que el resto de cofrad?as, para no ser menos que ellas594. La vara era un elemento muy importante dentro del desfile de los oficios ya que indicaba su vertiente militar como defensores de la ciudad frente a posibles ataques. As?, en mi opini?n, se produc?a un doble juego entre la sumisi?n que comportaba la bajada de la bandera ante el soberano y la reafirmaci?n de los oficios como un poder militar urbano, con el que le soberano pod?a contar. Por este motivo, las varas deb?an estar en perfecto estado para dar al rey la sensaci?n de cuerpo militar fuerte, homog?neo y preparado para la defensa de Barcelona. Se acostumbraban a pintar de colores dorados para enfatizar el poder y prestigio de la monarqu?a. En 1626, los carpinteros 588 AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, op. cit., fol. 151. 589 AHCB, Gremis, Mercers i venedors de teles, 4/54, op. cit., fol. 106. En AHPB, 586/114, Segon Llibre de la Confraria?, sin folio, se establece que sean entre 25 y 30 los boteros que acudiesen al desfile. 590 AHCB, Gremis, Sabaters, 1/93, op. cit., fol. 28. 591 AHCB, Gremis, Serrallers, 10/36, op. cit., fol. 126. 592 AHPB, 586/114, op. cit., fol. 9. 593 AHCB, Gremis, Revenedors, 45/1, op. cit., fol. 10. 594 AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, op. cit., fols. 151-152. 202 establecieron que se hiciesen todas las varas necesarias para que cada uno de los cofrades llevase una conforme ir?an los de la cofrad?a de los pelaires595, en lo que supone una lucha de poderes entre cofrad?as de un mismo peso pol?tico y econ?mico en la ciudad, para que no destacasen unas m?s que otras. Ese mismo a?o, la cofrad?a de los zapateros hizo 24 varas nuevas y pint? y dor? las viejas; en cambio, las varas de los merceros y vendedores de telas deb?an ser verdes y doradas. El desfile segu?a un estricto orden jer?rquico y reflejaba el peso e importancia que cada cofrad?a o gremio ten?a dentro del sector artesanal de la ciudad (Anexo 6). As?, como apunta Miquel Raufast, en los primeros puestos encontramos a los oficios y gremios relacionados con el mar: estibadores, barqueros, pescadores, marineros o trajinantes de mar596. Cerraban el desfile las cofrad?as m?s numerosas y poderosas y con mayor peso espec?fico en la ciudad. De este modo, los oficios de maestro de casas, herreros, zapateros, freneros y plateros cerraban la comitiva por delante de la ?ltima cofrad?a, la de los sastres. En posiciones intermedias encontramos oficios como carpinteros, revendedores, hostaleros, pelaires, hortelanos, carniceros, boteros o cordoneros, que, aunque no siempre ocupaban el mismo lugar, si que acostumbraban a hacerlo en la misma zona del desfile. Este orden jer?rquico, fijado durante la Baja Edad Media, no se alter? a lo largo de la primera mitad del siglo XVI. Sin embargo, en la entrada real de Felipe II, en 1564, se produjo una reestructuraci?n de este orden. En esta ocasi?n y en las posteriores entradas de Felipe III y Felipe IV, encabezaron el desfile las cofrad?as de los pelaires y de los carpinteros. En mi opini?n, esto respond?a a una voluntad de los consellers de fijar el principio y el fin del desfile con cofrad?as de cierta importancia para poder representar con mayor claridad el mundo ordenado de los oficios barceloneses. Otra explicaci?n podr?a ser la creciente importancia de estos dos oficios en la econom?a barcelonesa y a los que hab?a que dar un lugar privilegiado lejos de la zona media del desfile. Entonces, para evitar conflictos ceremoniales con los oficios del final de la comitiva se decidi? darles los primeros puestos de la misma. Aunque ambas opiniones son hip?tesis. Finalmente, el paso de las cofrad?as durante la entrada real de Felipe IV, en 1626, reflej? la evoluci?n de la menestral?a de la ciudad en los primeros 25 a?os del siglo XVII. Se puede constatar un significativo incremento de cofrad?as que desfilaron ante el soberano. Este hecho respond?a a la mayor diversificaci?n y especificaci?n de la producci?n manufacturera en la ciudad, como apunta Alberto Garc?a Espuche597. As?, en el desfile aparec?an cofrad?as nuevas de oficios como los macips de Ribera, corredores de animales, esparteros y vidrieros, pasamaneros y percheros, jarreros y escudellers, olleros y raiolers. Algunos oficios, anteriormente encuadrados en otra cofrad?a, aparecieron en esta entrada como cofrad?a propia y, como ejemplo de esto, tenemos los oficios relacionados con el mar ?marineros, barqueros y descargadores? que, aunque continuaban apareciendo en las primeras posiciones, ahora, lo hac?an separadamente. 595 AHCB, Gremis, Fusters, 37/3, op. cit., fol. 7. 596 RAUFAST CHICO, M., ??E vingueren los officis???, p?g. 677. 597 Sobre la especificaci?n y diversificaci?n de la econom?a barcelonesa y catalana v?ase GARC?A ESPUCHE, A., Un siglo decisivo. Barcelona y Catalu?a 1550-1640, Madrid, Alianza, 1998. 203 Otro hecho destacable es la aparici?n de cofrad?as de j?venes de los oficios que, a lo largo de esta centuria, fueron apareciendo como reacci?n al monopolio de los oficios por parte de los maestros que imped?an el ascenso a este rango a los j?venes oficiales. As?, aparecen cofrad?as como la de los j?venes hortelanos, ya en las entradas de 1564 y 1599, o la de los j?venes sastres y los j?venes tejedores de lino, en 1626. En esta misma ceremonia, hay que destacar la posici?n m?s retrasada que ocuparon los revendedores que reflejaba la importancia econ?mica que este gremio adquiri? en el siglo XVII. Por ?ltimo, debemos mencionar la divisi?n, en dos, de algunas cofrad?as del mismo oficio, como son los casos de los hortelanos del portal de Sant Antoni y los del portal Nou598 y de los herreros de los mismos portales que pretend?a cubrir las necesidades representativas de las dos zonas de mayor concentraci?n de estos dos oficios. 4.1.4.2. Los entremeses. El Consell de Cent otorgaba los entremeses que representaban las cofrad?as. En 1437, concedi? el entrem?s de san Sebasti?n, tambi?n conocido como de los ?caballs cotoners? o ?del gran Turch? a la cofrad?a de los algodoneros. En el contrato, se establec?a que los consellers facen liurar als dits c?nsols e prohomens tot lo dit entrram?s e tots los cavalls cotoners que ha a la Ciutat, qui son VIII., ab tots lurs arreus y arneses, e la diedema, barba e cabellera e vestadura de aluda de aquell qui representa en la dita process? (la del Corpus Christi) Sant Sebasti?, e les barbes del gran Turch e dels dos jutges qui estan prop d?ell, e la cabellera del dit Turch, e lo gran tebal qui?s toca entre los turchs qui van a peu. Emper?, si los dits c?nsols e promens de cotoners volran que los dits entramesos, la hora que hauran servit, en tot o en partida estiguen e romanguen en la casa qui es de la Ciutat on estan los altres entramesos de la dita Ciutat, plau als dits honorables consellers que?y estiguen e?y romanguen599. Es decir, en el siglo XV, los entremeses eran propiedad del Consell de Cent, quien los custodiaba en la Casa de la Ciutat. Adem?s, la cofrad?a se compromet?a a reparar y pintar cuantas veces fuera necesario dicho entrem?s. Para ello, el gobierno municipal daba una cantidad en met?lico de 25 florines de oro de Arag?n, es decir, 13 libras y 15 sueldos en moneda barcelonesa. Las cofrad?as deb?an solicitar a los consellers el entrem?s para desfilar en la procesi?n del Corpus Christi o en las entradas reales. En 1503, la de los freneros estableci? que ?sia aportada laguila qui es de la ciutat E que sia 598 James AMELANG escribe: ?Barcelona alardeaba incluso de la existencia de dos gremios distintos de hortelanos. Los miembros del mayor de los dos, el ?del Portal de Sant Antoni?, cuidaban del grueso de las parcelas de la ciudad, que se encontraban cerca del monasterio benedictino de Sant Pau del Camp, en el raval. La otra cofrad?a, los hortolans del Portal Nou (Puerta Nueva), agrupaba a los trabajadores agr?colas de los campos situados al norte y al este de la ciudad, m?s all? de la Ribera?, en AMELANG, J., La formaci?n de una clase dirigente: Barcelona 1490-1714, Barcelona, d. Ariel, 1986, p?g. 25. 599 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. I, n? 30, p?gs. 85-86. 204 acompenyada ab dit pano per los dits confrares ab lurs vestidures?600. En 1599, los prohombres de la cofrad?a de los herreros fueron a pedir a los consellers que les dejasen la Vibria de la ciudad para desfilar ante Felipe III, como tambi?n hicieron en 1626, para la entrada de Felipe IV; aunque finalmente no la llevaron601. Durante el desfile de las cofrad?as ante el rey, siempre se representaban los entremeses de las cofrad?as. ?nicamente se puede citar el caso de la entrada del primog?nito Fernando (futuro Fernando el Cat?lico) junto a su madre Juana Enr?quez, en 1461, en que los gremios decidieron no hacer ning?n entrem?s. Como escribi? el cronista y escribano de la Generalitat Jaume Safont, por el poco agrado que sent?an los barceloneses hacia la reina, tras la muerte del pr?ncipe de Viana, ?pasaren las confrarias dels menestrals ab sos estandarts cascu, sens fer ninguns entremesos, sino fou la confraria dels botters, que tragui un castell de rama mal fet?602. A excepci?n de esta ocasi?n, siempre representaron sus entremeses. As?, en 1599, los carpinteros decidieron que para el desfile ante Felipe III ?trassen alguna devisa per dita jornada donant los llarch y bastant poder de fero encara que sia de cost de sinquanta lliures y que per dit effecte se fassa en tall entre los confrares?603. Por su parte, los revendedores mandaron que se hiciese un san Miquel ?representado por un hombre, como en otras ocasiones? y cuatro diablots604. Asimismo, la cofrad?a de merceros, vendedores de telas y sombrereros, deliber? y orden? que hi agues festa per lo dia del jurament del rey ne Sr. la que acostumave de fer en semblants ocasions la present confraria y es quey aje qui representas St, Julia ab 6 ho 8 parells de cavallers quel acompanyasen y quey agues una montanya ho ort dins la qual hi hagues molta diversitat de animals axi volatichs com terrestres y que tots se aviasen devant lo sr. Rey y tambe quey aje molts cassados que aporten totes ho les mes insignies que aportar podran de casador y que tots ajuden a espellir y aviar tota la casa ab molts gosos de casa per a correr derrera los conills y demes bestiar605. Ese mismo a?o, los prohombres de la cofrad?a de los cerrajeros decidieron que se hiciese una invenci?n de poco coste y que se pidiese una ayuda de costa a sus cofrades; sin embargo, muchos de ellos se negaron a aportar nada debido a las diferencias econ?micas existentes entre ellos606. Es otra muestra m?s de c?mo, aunque las ceremonias tratasen de mostrar un orden cohesionado, equilibrado e inmutable, en realidad, escond?a un mundo desordenado, con grandes desequilibrios econ?micos y sociales y donde las tensiones entre sus miembros eran constantes. Veamos algunos ejemplos de estos entremeses. Las profesiones relacionadas con el mar acostumbraban a realizar sus tareas con esclavos que tambi?n desfilaban ante el rey. As?, durante el desfile ante el Pedro de Portugal, en 1464, los marineros y barqueros 600 AHCB, Gremis, Freners, 36/31, op. cit., fol. 93. 601 AHCB, Gremis, Ferrers i calderers, 40/2, op. cit., fols. 3 y 151. 602 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 61. 603 AHCB, Gremis, Fusters, 37/2, op. cit., fol. 26. 604 AHCB, Gremis, Revenedors, 45/1, op. cit., fol. 10. 605 AHCB, Gremis, Mercers i venedors de teles, 4/54, op. cit., fol. 104. 606 AHCB, Gremis, Serrallers, 10/36, op.cit., fol. 126. 205 encabezaron la comitiva, acompa?ados por sus esclavos con las caras pintadas ?mitad blanca, mitad roja, unos y mitad verde, mitad azul, otros? por atabales y seguidos de ?fusta ab carretas, ab gran colp de mariners, e Sant Elm a la popa, e primer anava un drach ple de fochs grochs, que socarrava la gent, per ferlos fer lloch?607. Cien a?os m?s tarde, en 1564, para la entrada de Felipe II, su entrem?s consisti? en una nave poderosa y artillada, con los oficiales marineros, soldados y gran n?mero de pasajeros. Una vez lleg? a la plaza de Sant Francesc, la nave toc? fondo e hizo una gran salva de artiller?a que gust? mucho ya que ?tan bien lo hizo la nao de tierra, que muchas de las que andan en la mar no le llegan?608. Parece ser que, a partir de este momento, el drag?n que lanzaba fuego y que acostumbraba a acompa?ar a esta cofrad?a durante la Edad Media, dej? de salir ya que en ese a?o y en el siguente no lo hizo609. La cofrad?a de los pescadores tambi?n hac?a un entrem?s interesante en el que un barco de pesca comenzaba a lanzar grandes cantidades de pescado y de confites al llegar a la altura del soberano. En 1481, los consellers pidieron, mediante crida, que todos aquellos que viviesen del ejercicio de pescar, tanto patrones como ?jovens de qualsevol ley sien?, tanto de Barcelona como de fuera de ella, que obedeciesen a los prohombres de la cofrad?a en todo lo que ordenasen, estableci?ndose penas econ?micas y de prisi?n para aquellos que hiciesen lo contrario610. Adem?s, el texto nos da el dato importante de la existencia, en la Barcelona de finales del siglo XV, de pescadores de varias religiones (de cualquier ley). En 1599, pasaron los pescadores lanzando todo tipo de pescados, confituras y flores, ante la gran alegr?a del p?blico presente, con lo que estas ceremonias representaron, como ha apuntado Te?filo F. Ruiz, buenas ocasiones para conseguir alimentos y aumentar, de este modo, la ingesta cal?rica de la poblaci?n611. Jeroni Pujades escribe en su dietario que a Felipe IV le agrad? mucho este entrem?s: Mostr? sa Mt. gustar molt de beurer la destresa dels Mariners quant al so del ciulet baxaren las velas de una nau; y quan, al partir-se, ab altre ciulet tornaren fer vela; y quan los pescadors llan?aren peix viu y veya saltar las llagostas y dar buelcos y batiments als congras y morenes y altres pexos grossos612. Eran varios los entremeses que inclu?an un drag?n. Los m?s famosos eran la Mulassa, que llevaban consigo los pelaires y la Vibria, otro drag?n procesional que la ciudad cedi? a los herreros. El significado de estos dragones es muy diverso y de tradici?n ancestral. Francesc Massip opina que representaban tanto las fuerzas destructivas del mar como, tambi?n, fuerzas regeneradoras. Lanzaban fuego por la boca 607 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 87. 608 HIERRO, B. del, op. cit., sin folio. El Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 10, coincide con la narraci?n del poeta castellano: ?Mariners, barquers y pescadors, qui apportaven una bella nau, molt ben exarcida y artillada de grossos y molts coets, y venia a la vela ab gentil artifici?. 609 Adem?s de la de 1564, en dos entradas reales m?s se documenta la presencia de este drag?n. La primera es en 1461, cuando entr? el primog?nito Fernando ??barqu?s ab un drach qui lansava foch??; la siguiente, fue en 1467, durante la entrada del duque de Calabria en que los barqueros desfilaron con ?entremeses del castell de infern e drag??. 610 AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-16, n? 2-080, sin folio, 21 de julio de 1481. 611 RUIZ, F.T., Historia social de Espa?a 1400-1600, Barcelona, Cr?tica, 2001, p?gs. 138-139. 612 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 45. 206 y muchos cohetes que llevaban atados al cuerpo por lo que la sensaci?n deb?a ser de gran estruendo y confusi?n. As?, Baltasar del Hierro narr? como en 1564, los pelaires ??l los nombra tundidores? ?trayan una tarasca negra (la Mulassa), hechando fuego por la frente, boca, costados y cola?, asimismo los herreros ?sacaron una ydra (la Vibria) echando gran cantidad de fuegos humos por la boca?613. En 1626, la Mulassa de los pelaires llevaba sobre si una figura del rey Felipe IV, bajo un palio que llevaban cuatro reyes coronados614. Este entrem?s presentaba al nuevo soberano como el subyugador del mal, un rey que dominar?a a todos sus enemigos y que recog?a la tradici?n de anteriores reyes que le daban su benepl?cito portando el palio. El entrem?s del ?guila era uno de los preferidos en la ciudad y de los que m?s impactaba. Lo llevaban los freneros en las procesiones y gustaba tanto que incluso el duque de Saboya advirti? a sus hijos cuando, en 1603, viajaron a Espa?a que intentasen verla ya que era de gran belleza615. Pero, quiz? el entrem?s que m?s gust? a los soberanos de la Casa de Austria fue el organizado por la cofrad?a de merceros y vendedores de telas o julianos. Estos ?como hemos visto anteriormente? representaban una escena de caza, pr?ctica de la que los Austrias fueron grandes amantes. Ya en 1461, tenemos referencias del entrem?s de san Juli?n yendo de caza con varios caballeros en un bosque representado sobre carretas. En 1564, Baltasar del Hierro describi? el entrem?s representado ante Felipe II: Los merceros llegaron con una hermosa y se?oril inuencion, que fue una ca?a muy concertada. Trayan dos bosques de que salieron dos animales, el uno un puerco el otro una cierua, los quales acossados de los monteros y perros, se boluieron a pelear con ellos y al fin no lo pudiendo sufrir se subieron huyendo al tablado donde el rey estaua: y como los echassen de alli el jauali fue muerto, y la cierua presa. Y tomandolo en una azemila de tres, o quatro que lleuauan para aquel effeto unas, y otras cargadas de vituallas y aparatos para la ca?a se partieron. Venia el capitan dellos vestido de colorado, los aforros de pelo blanco muy galan y bien puesto, su terciado y cuchilla dorados, sus escuderos tras el en sus cauallos de colorado cada uno, su alcon en la mano: y por el semejante los monteros delante con sus cauallos, pero vestidos de verde: y los mo?os de ca?a con toda la gente de a pie de lo mesmo, exceto los lacayos del capitan que yvan de colorado como su amo: fue cosa de ver, y de que el rey olgo mucho616. Durante este entrem?s se soltaban muchos p?jaros como palomas, t?rtolas, b?hos e incluso halcones. En 1599, seg?n una carta escrita por un miembro del s?quito de Felipe III a su hijo narrando la entrada real, el entrem?s que m?s gust? al soberano fue el de los cazadores de san Juli?n. ?stos, ricamente vestidos, a caballo, armados y con sus perros y sabuesos, soltaron todo g?nero de volater?a ?hasta alcones que uno fue a su magd. y un cor?o y un javali que por parecer estava ferido le mataron alli los 613 HIERRO, B. del, op. cit, sin folio. 614 DG, vol. V, p?g. 128. 615 ?Dit dia los magn?fichs consellers foren avisats per lo senyor virey que lo seren?ssim duch de Savoia parlant a sos fills de la vinguda en Espanya los havia previnguts y avisats de les festes que?ls farian en Barcelona, y los avia dit entre altres coses que?ls farian tanta festa que fins (a) una ?liga tota de or los ballaria devant. Y que ells aportavan tant all? en el cap que sempre demanavan Quando bailaria la aguila de oro, y ax? los pregava la?ls fessen veurer?, en PUJADES, J., op. cit., vol. I, p?g. 277. 616 HIERRO, B. del, op. cit., sin folio. 207 monteros?617. Casualidad o no, parece ser que los animales ten?an la tendencia de dirigirse hacia el soberano como ya pas? en 1564, lo que puede hacer pensar en una invenci?n intencionada o f?rmula habitual de los autores de estas relaciones para presentar el poder de atracci?n que el rey ten?a sobre la naturaleza. El entrem?s de los cavalls cotoners o del gran turco ?que ya hemos tratado anteriomente? era una representaci?n donde, mediante el martirio de San Sebasti?n, las fuerzas del mal, encarnadas por el islam, eran vencidas por las armas cristianas cuyo jefe era el propio monarca. Escribi? Baltasar del Hierro: Los cotoneros pasaron con un drago muy espantable, y veynte y quatro cauallos artificiales, encubertados de oro y plata, con sus hombres encima armados de la?as y escudos y celadas: la mitad moros y la mitad cristianos: los cuales escaramu?aron muy bien ante su magestad618. Durante el siglo XVI, se increment? el n?mero de caballos hasta 24. Recordemos como en 1437, eran ocho los caballos que ten?a la ciudad. Esto es una muestra del ?xito de este entrem?s que, seg?n Francesc Massip, se hab?a convertido en uno de los m?s espectaculares de la procesi?n del Corpus619. Adem?s, fue el que m?s impact? al pr?ncipe Felipe, en 1585, cuando, con siete a?os, lleg? a Barcelona con su padre que tuvo que ordenar que se representase de nuevo para su hijo. Su ?xito y prestigio aument? paralelamente al poder espec?fico en el sector manufacturero de la cofrad?a que lo representaba, la de los algodoneros que, como se puede comprobar en el orden de desfilada, retras? considerablemente su posici?n en las entradas reales (Anexo 6). Otro entrem?s de importancia era el de la cofrad?a de los espaderos que hac?a una representaci?n de san Pablo llevando ?la gran espasa, que es de la ciutat?. Este entrem?s vinculaba directamente la justicia divina, encarnada en la espada de San Pablo, con la justicia del soberano y no es casualidad la similitud de esta representaci?n con la presencia del estoque real desnudo que el mayordomo mayor del rey portaba en las entradas reales como m?ximo representante de la justicia. Por otra parte, los revendedores representaban a San Miguel que, como protector de la Iglesia Universal, luchaba con su espada contra cuatro diablos. Otras cofrad?as desfilaban haciendo representaciones vinculadas con sus oficos y no llevaban entremeses de la ciudad, que ten?an un mayor simbolismo pol?tico. As?, los carniceros ?lleuauan un buey muy grande y hermoso, enfrenado y encubertado de tela de oro, y con herraduras de plata: y un hombre encima del, manejandolo con tanta facilidad como un cauallo, parando, corriendo y reboluiendo a toda mano con lindo ayre?620. Asimismo, los hortelanos del portal de Sant Antoni desfilaban con un vergel o huerto hermos?simo, repleto de ?rboles y p?jaros de gran valor y muchos colores a los 617 BN, Ms. 3.827, fol. 197. En el ?ndice de este manuscrito no se incluye esta carta, de la que no se incluye el nombre del autor, aunque seguro que fue escrita por un miembro del s?quito de Felipe III en esta jornada. Dicha carta sigue a una relaci?n de la subida a Montserrat de Felipe II y su familia en 1585. 618 HIERRO, B. del, op. cit., sin folio. 619 MASSIP BONET, F., La monarqu?a en escena?, p?g. 110. En esta obra el autor hace un buen an?lisis de la representaci?n de este entrem?s en los diversos reinos de la Corona de Arag?n. 620 HIERRO, B. del, op. cit., sin folio. 208 que dejaron en libertad. En cambio, los hortelanos del portal Nou ?llegaron con una arado, cuyo yugo lleuauan dos asnillos tan peque?os como perros de muestra encubertados de oro y azul: yvan ante el arado sembrando confites?. Finalmente, en 1564, los cordoneros aparecieron con un gigante salvaje hilando, haciendo referencia al oficio, acompa?ado de m?s salvajes. En conclusi?n, el desfile de las cofrad?as pretend?a representar al sector productivo de Barcelona como un mundo ordenado y mod?lico, con una estricta estructura jer?rquica, tanto entre ellas como interiormente en cada una de ellas. Sin embargo, el desfile escond?a la realidad de un mundo en cont?nua evoluci?n y cambio, donde las fricciones entre las diversas cofrad?as eran frecuentes. Estas fricciones que, a menudo, se resolv?an mediante largos pleitos, respond?an a problemas de intrusi?n de algunos oficios en parcelas productivas propias de otros oficios o a problemas de prestigio, poder y peso espec?fico de las cofrad?as dentro del sector manufacturero de la ciudad ?disput?ndose, en muchas ocasiones, las plazas en el Consell de Cent y en la bolsa del quinto conseller?, reflejados en la posici?n que ocupaba cada cofrad?a en el desfile. Por ?ltimo, en mi opini?n, el desfile de las cofrad?as era el residuo m?s claro de la tradici?n medieval en las entradas reales. Los entremeses de las cofrad?as evolucionaron muy poco a lo largo de los siglos XVI y XVII y siguieron los patrones esc?nicos y representativos medievales, con una ausencia de la nuevas formas cl?sicas y con la presencia de seres y monstruos de la imagineria medieval ?dragones, hidras, tarascas o salvajes?, recogidos en los bestiarios medievales. 4.1.5. De la tribuna de Sant Francesc a la catedral de Barcelona. Una vez acabado el desfile de las cofrad?as, el rey descend?a de la tribuna y se colocaba, de nuevo, bajo el palio. Desde la plaza de Sant Francesc, la comitiva segu?a por las calles Ample y de los Cambis Nous hasta llegar a la plaza del Born, donde pasaban ante la iglesia de Santa Mar?a del Mar y, desde all?, remontaban la calle Montcada, pasando por la capilla de Marc?s hasta llegar a la calle de la Boria, donde estaba situada la prisi?n. En este punto, cuando llegaba el rey, se produc?a otro de los rituales de la ceremonia, con claro car?cter pol?tico: la petici?n de justicia al soberano. Este ritual se desarrollaba mediante una f?rmula preestablecida que comenzaba con las s?plicas de los presos clamando al soberano misericordia que, inmediatamente, preguntaba al conseller en cap: ??Qu? son esos gritos??, a lo que respond?a que eran los presos que solicitaban misericordia. Entonces, el rey conced?a su perd?n a los presos621. 621 En el Llibre de les Solemnitats se recogen los diversos perdones que los diferentes reyes otorgaron a los presos durante sus entradas reales en Barcelona. As? sirva de modelo el de 1479, cuando el rey Fernando el Cat?lico ?fou denant la Cort, los presoners qui eran detenguts presos en la pres?, sentint lo dit senyor rey, a grans crits cridaren: ?senyor missericordia? per moltes vegades; e lo dit senyor, sentint 209 Este acto significaba la reafirmaci?n del monarca como juez supremo y como expendedor de la gracia y la merced. ?l era el ?nico que pod?a otorgar el perd?n a los presos (derecho de gracia) que, como apunta Lawrence Bryant, exist?a en todas las culturas desde la m?s remota historia; aunque, en muchas ocasiones no se documenta en los registros de las entradas reales, debido a su frecuencia622. Adem?s, supon?a un modo de deshacer lo hecho previamente en el reinado anterior623. A?ade este historiador que los reyes franceses extendieron su privilegio de otorgar el perd?n a los prisioneros en sus primeras entradas a las reinas y otros miembros de la familia real624. Sin embargo, en Barcelona, durante su entrada real, en 1481, Isabel la Cat?lica no concedi? el perd?n a los prisioneros, sino que implor? a su marido, Fernando, que lo concediese. A?n m?s, en las relaciones de la entrada de la emperatriz Isabel de Portugal, en 1533, no se hac?a menci?n alguna de la liberaci?n de los presos. La reina no gozaba de este privilegio sino que actuaba como intermediaria entre el pueblo y su se?or625. Tras este ritual, el cortejo continuaba por la calle de la Calsateria, pasando por la plaza de Sant Jaume, donde la Generalitat acostumbraba a construir un castillo y otras invenciones, hasta llegar ante el palacio episcopal. All?, le esperaba todo el clero de la catedral, encabezado por el obispo de Barcelona o por el arzobispo de Tarragona, en caso de sede vacante del primero. As?, en 1599, cuando Felipe III lleg? a la Seo y descabalg?, le estaba agordant la professo della Seu y lo cap della ere don Joan Teres Archebisbe de Tarragona qui estave vestit de pontifical (per ser lo bisbat de Barna sede vacant) ab dos assistens qui eren el doctor Frac. de Olivo ardiacha de la mar y canonge de Barna y lo doctor Sebastia Mas ardiacha de Badalona y canonje de Barna y sotsdiacha qui ere lo doctor Pere Pau Cassador canonje qui aportave lo LLIGNUM Crucis y a cada costat dell anave un acolit ab son canalobre y siri y a la professo y avie la creu gran ho major bandera y ganferons y tot lo clero de la Seu ab lo orden seguent, ?o es que lo Archebisbe ab los assistens estave devant del Palau del sr bisbe ab lo sobdiacha y apres los ss. de can[onj]es y beneficiats quiscun per lo orde de sa antiquitat la Creu bandera y ganferons estaven devant del portal major de la Seu626. Una vez llegado el rey al portal del palacio episcopal, descabalgab? y el arzobispo de Tarragona y sus asistentes le hicieron una reverencia con la cabeza. Entonces Felipe III, sin quitarse el sombrero, se coloc? en el gremial, a la derecha del arzobispo, y entraron procesionalmente en el templo, mientras se entonaba el Ecce homo627. Este canto lo los crits, volgu? que tots los preson?s qui no havian instancia de part fossen desliurats de la pres?; e ax??s feu?. 622 ?The exercise of pardon by rulers has been a common practice in all cultures from remotest history (?). Royal pardons were so common that accounts of entries often do not even record them?, en BRYANT, L.M., The King and the City?, p?g. 25. 623 Op. cit., p?g. 28. 624 ?The French kings extended to their queens and to other members of the royal family yhe privilege of pardoning prisoners at first entries?, en BRYANT, L.M., op. cit., p?g. 26. 625 ?La reine, incapable, par sa position qu?elle occupe au sien de l??tat, de confirmer les privil?ges urbains, est pr?sent?e comme une interm?diaire entre son ?poux et ses sujets, promettant d?intervenir en leur faveur aupr?s du roi?, en COSANDEY, F., La Reine de France?, p?g. 173. 626 ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 4. 627 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 76. 210 tenemos documentado ya en la entrada real del pr?ncipe Juan en 1492628 y Felipe II tambi?n lo escuch? en la suya de 1564 y asimilaba la figura del rey con la humanidad de Jesucristo. El portal de la catedral estaba profusamente ornamentado. Ese a?o de 1599, ?estave molt ben empaliat, de domasos y draps imperials de cassador de modo que estave tot molt ben adressat?. Hay que recordar, que en aquella esos momentos no se acced?a a la catedral por la fachada actual, sino que se hac?a por un callej?n lateral. Una vez dentro del templo, el rey sub?a al altar mayor donde se hab?a preparado un estrado y all? el obispo de Barcelona lo bendec?a. Entonces, el monarca se arrodillaba y, con su mano sobre un misal y la Santa Cruz, prestaba su juramento por el que se compromet?a a respetar todos los privilegios e inmunidades de la Iglesia. En los juramentos realizados por Felipe II y Felipe III hay una diferencia importante en cuanto a la f?rmula pronunciada. As?, el juramento de Felipe II, le?do por el arzobispo de Tarragona, en 1564, fue: Vostra alteza com ? catholic Princep y Rey promet deffensar la Esglesia E jura per la Santa Crue e per los Sancts Quatre Evangelis de nostre se?or Deu servar tots els privilegis de la Esglesia e Inmunitats de aquella629. En cambio, en el de Felipe III, en 1599, el tratamiento que se le da al rey es de magestad630. Esta diferencia responder?a a las dificultades que, en los territorios de la Corona de Arag?n, tuvo Felipe II para ser aceptado y jurado como rey, a lo que hay que a?adir su demora a la hora de visitar el Principado para ser jurado com tal. Por el contrario, su hijo tuvo una sucesi?n m?s pl?cida e incontestable ya que fue totalmente aceptada por todos los reinos de dicha Corona de Arag?n y, pese a la decepci?n inicial por no celebrar su matrimonio en la ciudad condal, la visit? en el menor tiempo posible. Tambi?n es importante destacar el hecho de que la lectura del juramento de Felipe III lo hizo el protonotario don Pedro Franquesa, mano derecha del marqu?s de Denia y futuro duque de Lerma, y que indicaba su creciente importancia paralela al ascenso del marqu?s. Tras el juramento del soberano, tanto su protonotario como el notario del Cap?tulo de la catedral levantaban acta de dicha acci?n. Entonces, mientras se entonaba el canto del Te deum laudamus, el rey regresaba al altar mayor donde se rezaban algunas oraciones. A continuaci?n, tras entonarse el canto Hostia Solemnis, el rey, acompa?ado por los consellers y algunos t?tulos, bajaba a la capilla de la patrona y m?rtir santa Eulalia, donde se preparaba otro estrado en el que los reyes, de rodillas, sol?an orar de nuevo. Aqu?, el obispo de Barcelona o el arzobispo de Tarragona, en su lugar, rezaba dos oraciones m?s: una a la virgen Mar?a y la otra a santa Eulalia. 628 ACCB, exemplaria, vol. I, fol. 161. 629 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 76. 630 ?Vostra magestad com a catholic Rey y Sor. nostre promet defensar la iglesia y jura per la Sta. Creu, y per los Sants Quatre Evangelis a nostre Senyor Deu, servar los privilegis de la yglesia e inmunitats de aquella?, pronunciado por don Pedro Franquesa, en ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 5. 211 Concluidas ?stas, la presencia real en la iglesia iba tocando su fin. Tras subir de la capilla, el monarca se dirig?a hacia la puerta del edificio para bandonarlo. Durante la estancia del rey en la catedral, as? como en toda la entrada real, los consellers se iban cubriendo y descubriendo seg?n indicara la costumbre. As?, mientras estaban con el soberano en el coro de la catedral, iban descubiertos; luego volv?an a cubrirse para descubrirse, de nuevo, antes de bajar a la capilla de santa Eulalia. Por ?ltimo, al subir de dicha capilla se cubr?an otra vez. Este hecho no pas? inadvertido para algunos de los presentes en el templo, en 1626, cuando, como explica el beneficiado de la catedral Antoni Pauli Solis, ?estant en dit coret (un coro peque?o cercano al coro de la catedral) en companyia mia uns castellans y aragonesos me demanaren com axi se cubrien los consellers devant sa Magt y yols respongui que ere preheminencia de la ciutat per serveys fets per ella a sa Magt. Los quals respongueren que era brava preheminencia que tots los consellers se cubrissen devant sa Magt?631. Como se puede comprobar, la cuesti?n de la cobertura de los consellers en presencia del rey, a menudo, result? chocante a los miembros de la corte, especialmente los castellanos, que no entend?an c?mo unos representantes municipales osaban a estar de tal modo ante la magnificencia del soberano. Es de notar, que a los reyes les resultaba muy placentero ver la catedral de Barcelona engalanada a conciencia para la ocasi?n y mostraban su contento y admiraci?n por la disposici?n del templo. As?, antes de salir por la puerta, Felipe II admir? la iluminaci?n de la Seu ?la qual estava tan luminosa de llanternes ab tants artificis que era cosa de meravellar los canalobres y brandoneres molt b? illuminats totes les capelles ab ciris y candeles a les rexes que fonch molt lloat per los se?ors de Castella y Prelats qui eren en companyia del de dit se?or Rey?632. Tambi?n Felipe III se detuvo antes de abandonarlo y contempl?, de nuevo, la belleza de la catedral toda iluminada ya que la noche hab?a ca?do: Quant sa magt fonch al repla que es entre dites escales de Sta Eulalia y lo cor alsa los ulls mirant ha una part y altra de la yglesia y dalt als corredors perque tota la yglesia estave plena de llums desta manera, tota la reyxa del altar major estave plena de candeles y de atxes, y lo altar major estave ple de ciris ab sos canalobres tots los rollos estaven encesos lo altar major y lo cor estaven tots ornats y enpaliats com lo dia de Corpus y la capella de Sta Eulalia tambe estave enpalida com lo dia del martiri de dita santa y ensesos tots los ciris y lanties, les capelles de tota la Seu estaven enseses y ornades com estan lo dia del cap de la octava del Corpus, y la ensesa feu fer lo molt Rnt Capitol als rectors de les capelles per fer carrechs ordinaris en les vengudes de reys, dalt en los corredors de dins de la Seu tots estaven plens de llanternes de paper y avieni nou en cada arquet y les unes eren vermelles ab les armes del molt Rnt Capitol qui es la Creu Blanca en camp vermell, les altres eren blanques ab una creu vermella de Sta Eulalia y les demes eren totes blanques y estaven posades a consert y estaven totes enseses y parie tant be y ere tant de mira ques conegue que sa magd ne gusta moltissim y tambe ne gustaren per extrem tots los grandes y cavallers li acompanyaven, (?) que com ere un poch tart ere una cosa molt apasible a la vista633. 631 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 54. 632 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 76. 633 ACCB, Exemplaria, vol. II, fols. 5-6. 212 Tras salir de la iglesia, el rey se colocaba de nuevo bajo el palio y de all? se dirig?a hacia el palacio donde se hab?a preparado su aposento, y en el que, finalmente, conclu?a la ceremonia de la entrada real. As?, Jer?nim de Gaver, segundo conseller en la entrada de Felipe IV, en 1626, explic? como, tras salir de la catedral, el rey le dijo a ?l y sus compa?eros: ?passa adelante y toma el palio?. En las puertas de palacio finalizaba la ceremonia p?blica; aunque esta continuaba por la noche con bailes y festejos por las calles y plazas. Los consellers se deten?an en el portal del palacio y aqu?, sin descabalgar, se desped?an del soberano cortesmente y se escusaban por no entrar dentro. En esto hay una notable diferencia con lo que ocurr?a en Zaragoza, donde lo acompa?aban hasta su aposento. En 1564, Felipe II despidi? los despidi? con las siguientes palabras: ?cansados deven estar los conselleres; v?yanse a reposar?, a lo que ?stos contestaron: ?En cosas que cumple a sa magestat no?u ha cansament alg??634. En 1599, Felipe III concluy? la ceremonia dici?ndoles que ?se era mutcho holgado de aver venido, y que de buena gana avia recebido en servicio lo que se le avia hetcho?635. Una vez entrado dentro, los consellers dejaban el palio a los oficiales del rey y la comitiva regresaba a la Casa de la Ciudad y ?all?? se deshac?a, regresando cada uno a su hogar. 4.2. Las decoraciones ef?meras: evoluci?n y tem?tica. La llegada del monarca obligaba a la ciudad a mostrarse ante su soberano con toda su grandeza. Barcelona, como el resto de ciudades europeas cuando celebraban una entrada real, deb?a presentarse ante el nuevo monarca como la ciudad ideal. Todas las calles se engalanaban para la ocasi?n, especialmente aquellas que coincid?an con el itinerario que seguir?a la comitiva durante la ceremonia. El consistorio ordenaba, mediante crida p?blica, barrer y limpiar todo tipo de suciedad y basura de estas calles, como hizo, en 1479, ante la pr?xima entrada de Fernando II: E sia digne cosa que ara venint la Magestat del senyor Rey acompanyat de diverses persones strangeres sia la dita polisia e netedat al ull per obres mostrada maiorment com confer esta molt a la salut dels essers humans per dits respectes exorten e prenguen los dits honor consellers a tots los ciutadans e habitadors dela dita ciutat que quascun en les encontrades de llurs habitations almenys hun jorn part altra fassen agranar netejar e regar les carreres devant llurs habitations assi redunde en alegria no solament dels continuus habitadors de la present ciutat cas encara de tots aquells qui axi per causa de la nova entrada del dit Senyor com per altra qualsevol raho vindran e destinaran en la present ciutat636. Adem?s, se ordenaba que todos los vecinos de las calles por las que transcurrir?a la ceremonia que adornasen sus casas de la mejor manera posible637. As?, en 1564, con 634 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 12. 635 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol II, p?g. 136. 636 AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-15, 1476-1479, n? 1.039, 18 de agosto de 1479. 637 ?Ara hoiats de part dels honors consellers de Barna atothom generalment que com los dies passats sia stada feta crida que en la intrada dela Senyora Reyna tots aquells qui tenen llurs habitations en les parts per les quals la dita senyora passara envalassen e o enramassen e empaliassen les carreres quascu 213 motivo de la entrada real de Felipe II, se pregon? que cada uno barriese y empaliase las fachadas de su casa si se encontraba en el itinerario de la ceremonia638. Si alguien no cumpl?a lo mandado se le impon?a una pena estipulada por el Consell de Cent. As?, las calles de la ciudad se mostraban al monarca con todo su esplendor y pompa posible; repletas de tapices, mantos, flores y todo tipo de ornamentos. Todo esto ten?a una doble funci?n: por un lado, hacer sentir al monarca que entraba en una ciudad ?nica e incomparable, una nueva Jerusalem, y, por otro, recrear una ciudad ideal que, con todas estas decoraciones, ocultaba la ciudad real. Adem?s, los edificios institucionales y religiosos se engalanaban con gran cantidad de banderas y pendones con las armas y colores propios de la instituci?n a la que pertenec?a. Pero, adem?s de las decoraciones ya citadas, era necesario ornamentar la ciudad con otras m?s elaboradas y que se hac?an expresamente para la ocasi?n. Estas decoraciones, llamadas ef?meras porque estaban llamadas a desaparecer, se ubicaban en lugares neur?lgicos de la ciudad, que pose?an cierto simbolismo y que era necesario ornamentar de forma especial para enfatizar su importancia. En todas las ciudades europeas se dise?aron programas iconogr?ficos que, mediante estas decoraciones ef?meras, pretend?an transmitir mensajes al hu?sped de clara intenci?n pol?tica. Destacados artistas y humanistas participaron en su dise?o y preparativos. Sin embargo, en Barcelona, parece que no participaron ilustres nombres de la cultura en la elaboraci?n de estos programas decorativos y, adem?s, frecuentemente, desconocemos sus autores. Por ello, parece acertada la afirmaci?n que C. A. Mardsen hace para el conjunto de Espa?a: Je crois donc qu?il ne serait pas trop t?m?raire de d?clarer que les artistes, c?est-?-dire les artistes de la Cour, ne contribu?rent jamais ? la construction des arcs de triomphe en Espagne, comme en Italie, en France, et aux Pays-Bas639. Es decir, en Espa?a, no hubo una participaci?n de artistas destacados en el dise?o y construcci?n de los arcos de triunfo. A ello, hay que a?adir la falta de im?genes que disponemos sobre entradas reales que responde a la ausencia en Catalu?a de una tradici?n de grabadores e iluminadores. Sin embargo, esta afirmaci?n, basada en esta falta de im?genes y de grandes nombres de artistas, se debe matizar ya que en dichos preparativos si participaron artistas, de importancia local o regional; aunque lo hicieron m?s en calidad de artesanos640. As?, en Barcelona, detectamos la presencia de escultores en ses encontrades E ara sia cert que la dita Senyora intrara la sepmana primer vynent per?o tots aquells qui tenen llurs habitations del portal de sant Anthoni fins a la bocaria sien tenguts per tot lo die present encordar llurs encontrades e stiguen preparats de rama e altres coses necessaries asi que venynt la jornada hagen forma de enramar e empaliar com se pertany E que tota hora tinguen les carreres scombrades e netes com es degut en altra forma seran executats per consell dels dits consellers?, en AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-16, 1480, n? 1.080, 21 de julio de 1481. 638 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 5. 639 MARSDEN, C.A., ?Entr?es et f?tes espagnoles au XVIe si?cle?, en JAQUOT, J., Les F?tes de la Renaissance, Par?s, CNRS, vol. II, 1960, p?g. 405. 640 Sobre la participaci?n de pintores y otros artistas en las fiestas medievales catalanas v?ase MOLINA, J., ?La participaci? del pintors en les cerim?nies i espectacles quatrecentistes de Barcelona i Girona?, en 214 y pintores, como los escultores Joan Aragall y Antoni Tramulles o los pintores Pere Seraf? y Jaume Fontanet, en trabajando en los arcos de triunfo que se construyeron para la entrada de Felipe III, en 1599. 4.2.1. Las decoraciones ef?meras de la entrada real de Isabel de Castilla (1481). En Barcelona, estas decoraciones ef?meras ya exist?an en las entradas reales de la Edad Media, pero s?lo las tenemos documentadas a partir de la ceremonia de entrada de Isabel la Cat?lica, en 1481. Como ya se ha dicho anteriormente, esta entrada supuso un punto de inflexi?n en la evoluci?n de estas ceremonias en diversos aspectos que marcaron el precedente para las posteriores. Tambi?n, en el campo de las ornamentaciones ef?meras, esta entrada signific? una innovaci?n, ya que por primera vez, se dise?? una representaci?n esc?nica para el portal de Sant Antoni, lugar de gran simbolismo porque ?como ya hemos visto? era el del acceso ritual a la ciudad. En este sentido, estas representaciones respond?an al proceso de asimilaci?n, en las ceremonias reales hisp?nicas, de los tableaux vivants que durante todo el siglo XV gozaron de gran ?xito en Flandes. Roy Strong se?ala c?mo, en 1453, el duque Borso de Este fue recibido en las puertas de la ciudad de Reggio, por san Pr?spero, su patr?n, que apareci? ?flotando sobre una nube con ?ngeles que sosten?an un baldacchino sobre su cabeza?641. Es sabido que estas representaciones aparecieron en primer lugar en Italia y Flandes; territorios donde, en el primer caso, se desarrollaron con profusi?n ceremonias muy influenciadas por el triunfo romano o, como en el segundo, donde la tradici?n de los tableaux vivant ten?a un fuerte raigambre. En este sentido, Barcelona particip? de las corrientes culturales que se estaban desarrollando en el resto de ciudades europeas en las que, en los mismos a?os en que Isabel hizo su entrada en la ciudad, se comenzaron a decorar las puertas de acceso para las entradas reales con decoraciones ef?meras similares. Apunta David Rivaud ?estudioso de las entradas reales en Francia? que para el caso de las ?bonnes villes? francesas (Poitiers, La Rochelle y Angoul?me), ?il faut attendre le debut du XVIe si?cle pour voir appara?tre un d?cor urbain d?velopp?? e indica que, en Poitiers, la primera decoraci?n ef?mera se hizo para la entrada de Francisco I en 1520, cuando se representaron tres escenas distintas colocadas en el portal de Saint-Ladre, en el barrio de la Regraterie y en la plaza de Notre-Dame642. Por Formes teatrals de la tradici? medieval (Actas del VII Coloquio de la Societ? Iternationale pour l??tud du th?atre m?di?val, Girona, junio-julio de 1992), Barcelona, 1996, p?gs. 173-180. 641 STRONG, R., Arte y poder. Fiestas del Renacimiento 1450-1650, Madrid, Ed. Alianza, ed. de 1988, p?g. 57. 642 RIVAUD, D., ?Les entr?es royales dans les ?bonnes villes? du Centre-Ouest aux Xve et XVIe si?cles: th??tres et d?cors hist?ries?, en COULET, N. y GUYOTJEANNIN, O. (Dirs.), La ville au Moyen ?ge. Societ?s et pouvoirs dans la ville, vol. II, Par?s, ?ditions de CTHS, 1998, p?gs. 178-179. 215 tanto, podemos afirmar que, en Barcelona, se desarrollaron estas decoraciones ef?meras con anterioridad a algunas ciudades francesas. En 1481, el portal de Sant Antoni hab?a sido decorado como un cielo ?qui eren tres cels voltants lo hu contra l?altre, ab lluminaria, ab diverses ymages grans de reys, profetes e vergens, los quals, soposat que lo dits cels voltassen tota hora, les dites ymages romanian e mostraven star detres?. Entonces, santa Eulalia ?devallant de la torra sobre lo dit portal, en companyhia de III angels, ab enginy molt artifici?s, los quals angels representaven lo angel custodi, Sant Gabriel e Sant Raphael?. Para dicho descendimiento como para el movimiento de los tres cielos, se hizo necesaria la utilizaci?n de tramoyas, lo que indicaba el desarrollo de la ingenier?a esc?nica en las ciudades europeas del siglo XV. Entonces, la patrona de la ciudad recit? unos versos en catal?n en los que le encomendaba la ciudad: Pus ha disposat la magestat divina visitar vos sta ciutat famosa vullau mirar, senyora virtuosa, los mals qui tant la porten a rohina. Jo le?us coman fins ac? conservada per mi, qui so, m?rtir, d?ella patrona. Sper en Deu la vostra Barsalona en un moment per vos ser? tornada vivificada, e prosperada. Mas cogitau, reyna tant desitjada, dar-ne rah? a Deu qui us ha creada. En ellos, podemos ver c?mo la santa patrona solicitaba a Isabel que hiciese todo lo posible por ayudar a la ciudad a resarcirse de la ruina en que la guerra civil ?que hab?a enfrentado al rey Juan II con la Generalitat? la hab?a postrado; pero, adem?s, le avisaba que ser?a Dios el que juzgar?a si hab?a cumplido o no su prop?sito. As?, la representaci?n esc?nica del portal de Sant Antoni qued? fijada como tradici?n en las entradas reales que se hicieron en la ciudad. De este modo, cuando, en 1506, Fernando el Cat?lico y Germana de Foix hicieron su entrada en la ciudad, de cuya ceremonia tenemos muy poca informaci?n, se les represent? en el mismo portal ?el devallament del misteri del rahix Jese?643. En el portal de Trenta Claus, justo antes de llegar a la plaza de Sant Francesc o Framenors, tambi?n se erigi? una fuente de tela ?que paria fos de pedra?, con dos 643 AHCB, Ms. A-22, fol. 47. 216 ?ngeles ?que llansaven aigua almesclada?. Afirman las cr?nicas que esta fuente era tan grande que alcanzaba la ?fama d?aquella qui es a la Marina devant la Fusana, la qual tenie VIII grifons o exetes de coure, quatre de les quals emanaven vi grech fi e a les altres III, aygua e havie hi molts homens ab taces d?argent qui daven a beure a tots los qui volien?644. En este punto, Jaume Safont nos indica que los administradores de la fuente, es decir, los encargados de ofrecer el vino y el agua se comportaron ?molt vilment, a pocha honor de la ciutat?645. No sabemos si en esta fuente se insertaron ya algunos elementos renacentistas y es m?s probable pensar que fue dise?ada seg?n los modelos de otras fuentes medievales repartidas por la ciudad. 4.2.2. El Renacimiento en la entrada real de la emperatriz Isabel de Portugal (1533). Uno de los primeros s?ntomas que indicaban la introducci?n de los gustos cl?sicos en esta ceremonia fue la utilizaci?n del lat?n en lugar del catal?n en los versos que se entonaban en el portal de Sant Antoni, en alabanza del soberano. Si en la entrada de Isabel la Cat?lica, en 1481, fueron en catal?n, en la de Carlos I, en 1519, fueron ya en lat?n. Para esta ceremonia, se levant? una portalada en dicho portal en la que podemos ver otro indicio de la inclusi?n del clasicismo. Estaba compuesta de tres arcos, siendo el central m?s grandes que los dos laterales, a semejanza de los arcos triunfales romanos. Sin embargo, no tenemos apenas pruebas de la presencia de m?s elementos renacentistas en esta ceremonia para recibir al emperador. Por ello, hay que esperar a la entrada real de la emperatriz Isabel de Portugal, en 1533, para poder ver la introducci?n definitiva del estilo cl?sico en estas decoraciones ef?meras646. En el portal de Sant Antoni se le hizo una representaci?n en la que las tres virtudes teologales ?Fe, Esperanza y Caridad? cantaban alabanzas, en lat?n, a una doncella que encarnaba la ciudad de Barcelona que, acto seguido, les devolvi? los cumplidos. Adem?s, Barcelona sosten?a en sus manos una representaci?n pintada de la ciudad, que era una influencia directa del triunfo romano en el que los generales victoriosos acostumbraban a presentar en el desfile reconstrucciones de las ciudades conquistadas. Esta misma acci?n se pudo contemplar, en 1549, en la entrada real de Enrique II de Francia en Par?s. Entonces, Barcelona recit? unos versos laudatorios a la emperatriz Isabel. En ellos, se hac?a referencia a la fecundidad del matrimonio imperial para la continuaci?n y defensa de la cristiandad, as? como a la proclamaci?n imperial de 644 DG, vol. I, p?g 241, 26 de julio de 1481. 645 Dietari o Llibre de les Jornades de Jaume Safont (1411-1484), Ed. de SANS i TRAVE, J. M., Fundaci? Noguera, 1992. 646 La ?nica descripci?n que poseemos de las decoraciones ef?meras de la entrada de la emperatriz Isabel, en 1533, la tenemos en els Dietaris de la Generalitat ?muy detallada y completa?, para la entrada y visita real al completo v?ase, AHCB, Ms. A-22. 217 Carlos V en Bolonia, tres a?os antes, y la defensa de la ciudad de Viena ante la amenaza turca647. Otra importante novedad de esta entrada real fue la inclusi?n de los arcos triunfales. Se decidi? construir dos fuera de la ciudad, en Collblanc y la Creu Cuberta; aunque ninguno de ello se finaliz? por falta de tiempo ?b? que lo del Collblanch fonch posat circa de la mitat?. Que estuvieran fuera de la ciudad era algo bastante inusual ya que, en la mayor?a de ciudades, se constru?an dentro de los muros. En cada uno de los dos arcos deb?a erigirse una fuente de vino ?reminiscencia de la construida para la entrada de Isabel la Cat?lica, en 1481? y se deb?an colocar sendas representaciones figurativas de la Just?cia, en el primer arco, y de la Clemencia, en el segundo. Ya dentro de la ciudad, los diputados de la Generalitat hab?an ordenado levantar delante de las atarazanas hun gran edifici de fusta y tela, pintat a manera de colesseu, ab tres ?rdens de finestres: y en cada orde havia dotza finestres y una cuberta sobre qui havia a tenir una capa, a hon de nit havia de cremar hun gran faro, y tot lo restant havia estar molt il?luminat de lanternes. Havia a tenir dotze pilars tots lavorats del romano, y la altitud d?ell havia ?sser de CL palms y la latitud dins LXX o circa. Havia a tenir dos portals qui retien arch triumpal, per hon havia a passar sa magestat, anant al Pla de Framenors; e per la brevitat del temps no s?es pogut passar en los dotze pil?s. Havia haver les nou muses figurades y tres poetes, y cada hu d?ells lansave ab un r?tol dos metres dressats a sa magestat. Los de les muses y de hun poete latins, y de altre poete en grech, y del altre en castell?, los quals encara que no sien stats posats ass?. En primer lugar, la denominaci?n del edificio como ?colesseu? ya denota la impronta de la arquitectura cl?sica en las decoraciones ef?meras, que se reforzada por elementos arquitect?nicos muy utilizados en el Renacimiento como son los tres ?rdenes cl?sicos ?incluidos en ?l?, los pilares ?lavorats a lo romano? y la inclusi?n decorativa de las musas, divinidades mitol?gicas cl?sicas. Adem?s, vemos la inclusi?n de la lengua griega en alguno de los r?tulos, cosa que tambi?n responde al nuevo gusto por el clasicismo. Por otro lado, aunque las nueve musas no se pudieron acabar, es importante destacar que en los r?tulos que las anunciaban las vinculaban directamente con la persona de la emperatriz ya que, junto al nombre de cada una de ellas, aparec?a el 647 ?Altissima Catholica et Potentissima Augusta Regina et Domina. Insignis hec claraque civitas Barcino: atque fidissimus Cathalonie principatus ob multum diuque desideratum: salvum: et incolumem majestatis tue cum illustrissimis principibus nostris adventum incomparabili exultans gaudio: gratias optimo maximo Deo agit immortales. Quippe ille rerum parens et moderator majestatem tuam tam ex clarissimo Barcinonensium comitum quam ex altissimo Aragoniorum regum sanguine procreatam: sacre, cesaree, catholice atque invictissime majestati conjugali societate ad propagandam rem publicamchristianam divinitus collocavit: Quan obrem eadem civitas Barcino sanctissime Trinitati supplicat, ut invictissimum quoque cesarem quo nichil christiana religione sanctius: nichil armis belloque prestantius terris dominatur: his littoribus unde ad gloriosa, illam coronationem bononiensem: triumphalemque victoriam Vienensem profligato fugatoque immanissimo Turcarum tyranno: cum magno Deo quem sacro pectore gestat: anchoram solvit: dignetur restituere. Atque ita imperatoriam majestatem cum tua simul clementia ad sempiternam optimi maximi Dei gloriam: ad Romani imperii incrementum: necnon ad catholice fidei propagationem per longos et felicissimos annos imperare ac regnare disponat. Dixi?, en DG, vol. I, p?g. 421. 218 ep?teto Auguste que, claro est?, era uno de los t?tulos que recib?an, tanto el emperador como la emperatriz648. Mediante la inclusi?n de este ep?teto, se produc?a una apropiaci?n de las musas para la causa imperial. En la plaza de Sant Jaume, los diputados tambi?n mandaron erigir un castillo o ?Coliseo?, tambi?n hecho de madera y tela seg?n el estilo romano. El edificio era redondo y ten?a diecis?is portales, sobre los que reposaban otros diecis?is arcos y, encima de ellos, el mismo n?mero de ventanas. En cada pilar, havia un Profeta de vulto, lo personatge de homa, de bona estatura, y tenian cascu un t?tol, y baix en cada portal avia un titol escrits alguns en llat?, altres en grech, en habraich, en caldeu, en castell?, en flamench, en franc?s y en catal?, y en altres llenguas, y tots en llahors de sa Magt. los murs eran barres de Sta Eulalia, tots de llanternas, y los archs, portals y finestras eran plenas per lantorn de barres de Sta. Eulalia tots de llanternes de manera que de dias era molt gentil vista, y de nits quan les llanternas eran encessas, era molt mes gentil vista. El manuscrito donde se encuentra esta descripci?n del edificio apunta como dicha construcci?n tuvo un coste de 800 ducados, cifra nada despreciable para la ?poca. Como se puede ver, el edificio tambi?n segu?a los tres ?rdenes cl?sicos, con sus portales, arcos y ventanas y la inclusi?n de estatuas de bulto redondo para representar a diversos profetas. Adem?s de las lenguas cl?sicas como el lat?n y el griego, en esta construcci?n ef?mera, se incluyeron dos lenguas en desuso ?caldeo y arameo? y otras en clara expansi?n ?castellano y franc?s649. Por su parte, el Consell de Cent mand? hacer en la misma plaza, justo al lado de la casa de los Salb?, un ?rbol o radix Jes?, que ten?a veinticuatro ramas, en cada una de las cuales hab?a un rey y en la copa de dicho ?rbol, estaba la representaci?n de un emperador con muchos t?tulos. As?, debemos considerar la entrada de la emperatriz Isabel, en 1533, como la primera en la que el Renacimiento se mostr? como la nueva corriente cultural y art?stica dominante. Supuso, adem?s, un incremento importante del gasto debido a la proliferaci?n de estas decoraciones ef?meras. En este sentido, la asimilaci?n de la corriente cultural renacentista en las entradas reales sigui? ritmos parecidos a los de otras ciudades peninsulares, como por ejemplo Sevilla, donde, en 1526, se levantaron varios arcos de triunfo para el matrimonio de los emperadores650. 648 ?Clio Auguste. Gloria cesarei foelix augusta triumphi: Tu proceres sacras prestitit ille manus./ Euterpe Auguste. Aspice niliaco decoratas remige puppes: Iam Solymon gaudet, Grecia, clara Rhodos./ Thalie Auguste. Ferrea fugerunt a cesare condita florent Secula: vernantes usque habitura dies./ Melpomene Auguste. Syrenes siculo resonant pia bella peloro: Nec patulas aures cesar habere timet./ Terpsicore Auguste. Dum sol marmoream radiis lustraverit urbem. Leta erit atque aquilis Barcino fida tuis./ Erato Auguste. Charolus ille novem statuit comitesque tribusque: Hic terra victor protegit atque mari./ Polymina Auguste. Sacra ducis virtus pavidum sic terruit orbem: Ut superent fusos stamina nulla tuos./ Urania Auguste. Dat lauros pilis Babilonmaiora domabit: Hispana arctoo dextora digna patre./ Calliope Auguste. Voce Pyreneus pulcra te narrat Iberus: Augusta invictis nec tacet ister aquis.?, en DG, vol. I, p?g. 422. 649 AHCB, Ms. A-22, fols. 119-121. 650 Para la entrada de los emperadores en Sevilla v?ase MORALES, A.J., ?Recibimiento y Boda de Carlos V en Sevilla?, en La Fiesta en la Europa de Carlos V, Sevilla, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, p?gs. 27-47.en la p?gina 33 de este art?culo, el autor apunta, acerca de los arcos de triunfo que se levantaron para el enlace real, como el erigido en la Puerta de la 219 4.2.3. El ef?mero en la entrada real de Felipe II (1564). En 1564, con motivo de la entrada de Felipe II, el Consell de Cent deliber? que se hiciese una portalada en el portal de Sant Antoni del modo que mejor pareciese a los consellers que deb?an escoger para ello a cuatro personas ?una de cada estamento?651. Entonces, se decidi? construir una gran portalada ?al romano? que era, verdaderamente, un gran arco triunfal y signific? la consolidaci?n definitiva del Renacimiento en la ciudad. Gracias a la pluma del poeta castellano Baltasar del Hierro, a quien el propio Consell de Cent y los diputados encargaron una relaci?n de la entrada, disponemos de la mejor descripci?n de las decoraciones ef?meras hechas en Barcelona con motivo de este tipo de ceremonias durante los siglos XVI y XVII ?inclu?mos una posible reconstrucci?n de esta portalada en el Anexo 11, Figura 1?. Adem?s, en esta relaci?n, el autor traduce al castellano todos los r?tulos y cantos que en lat?n se dijeron para el mejor entendimiento de un pueblo que no entend?a ni el lat?n ni los mensajes con continuas referencias al mundo cl?sico que se conten?an?recordemos que, en 1481, santa Eulalia recit? los versos en alabanza de Isabel la Cat?lica en catal?n. As?, narra el poeta como al llegar Felipe II al portal de Sant Antoni, ?se abri? una cornisa y arquitrabe donde sali? una nuve, que traya un frontal de brocado de pelo, dentro de la nuve la patrona de la ciudad, cuyo nombre es santa Olalia?. La patrona de la ciudad descendi? de la nube, acompa?ada de ?ngeles que recitaban unos versos en honor del soberano652, acompa?ados de la melod?a de los m?sicos. Tras la entrega de las llaves, santa Eulalia cant? unas palabras en lat?n en las que mostraba su alegr?a por la llegada del emperador y le encomendaba la defensa de la ciudad: ?testigos cielo y tierra se te deue por tanto rey, con paz, o con espada, defiende lo que tes encomendado?. Pero, adem?s, en el ?ltimo verso dec?a la patrona: Collapsus nunquam, prudenter ab heresis asta eripimus, tecum religiosus eat. Baltasar del Hierro las traduce como: ?A tal reba?o nunca se prueue de luteranos mancha fue pegada porque a tu religi?n esta pegado?. Este verso es de suma importancia porque contiene una clara connotaci?n pol?tica y religiosa, en el sentido que pretende desvincular a la ciudad de Barcelona de cualquier conexi?n con los protestantes franceses. Y es que en determinados ambientes cortesanos se acusaba a los catalanes de connivencia con lo hugonotes franceses a los que incluso se les daba cobijo, ante la pasividad de las autoridades del Principado; como realmente estaba Macarena, que ?frente al aspecto medieval y significado defensivo de esta obra de car?cter permanente, la estructura ef?mera que se antepon?a era una clara muestra de la cultura humanista que se iba generalizando en la ciudad y todo un alegato de la arquitectura renacentista?. Sobre los enlaces matrimoniales v?ase tambi?n G?MEZ-SALVAGO S?NCHEZ, M., Fastos de una boda real en la Sevilla del Quinientos (Estudio y documentos), Sevilla, Universidad de Sevilla, 1998. 651 Los cuatro elegidos para la elaboraci?n de la portalada fueron: Guillem Ramon Desvalls, ciudadano honrado; Jer?nim Arl?s, mercader; Pau Vila, apotecario y, finalmente, Jaume Roget, platero. 652 ?The Philippum laudamus/ Te ciues tui dominum confitentur/ Te catholicum christianorum regem max./ Uniuersa ciuitas veneratur/ Tibi laus/ Tibi honor/ Tibi triumphus et victoria?. 220 ocurriendo. Este verso es clave para entender todo el programa ceremonial que se organiz? para dicha visita ?como veremos a lo largo del trabajo? y que trataba de demostrar la fidelidad incondicional del pueblo catal?n hacia el soberano y la fe cat?lica. Por ello, hay que relacionar este programa pol?tico con la participaci?n, por primera vez, del tribunal de la Santa Inquisici?n en la ceremonia del recibimiento y con el auto de fe que d?as m?s tarde se celebr? en la barcelonesa plaza del Born, ante el rey Felipe II. En definitiva, un programa ceremonial que pretend?a disipar toda sospecha de connivencia con los hugonotes y mostrar a Barcelona como basti?n del catolicismo. Y, para ello, era necesario el entendimiento con el Santo Oficio que, pese a su mala aceptaci?n en el Principado, con su participaci?n en dicha ceremonia se consolidaba como instituci?n en la ciudad. La decoraci?n de la portalada construida para la ocasi?n estaba repleta de mensajes pol?ticos para el nuevo conde de Barcelona. El poeta nos la describe de la siguiente manera: Con esta orden entro su M. por la puerta de Sant Anton, la qual estaua tal que era admiracion: el edificio corintio con tantas y tan estra?as figuras y motes que sera menester para entenderlo mejor particularizarlo, y assi quanto a lo primero el estaua armado sobre dos colunas de jaspe, cuyos pedestales tenian las molduras doradas. En el pedestal de la mano derecha auia vna cifra de dos letras que dezian CA. que significa Catalu?a y en la lengua Catalana quiere dezir perro: y por baxo de la cifra scritas otras letras que dezian fideis, que quiere dezir fiel: de modo que declarada la cifra y conjunto su significado con la letra de abaxo, dira el perro fiel que es Catalu?a. Por tanto, a mano derecha de dicho arco cor?ntio, se hac?a referencia a la fidelidad del Principado al soberano. Y es que era de suma importancia dejar claro este punto ya que la sucesi?n de Felipe II no hab?a sido todo lo pac?fica y tranquila como ?ste hubiera deseado, como vimos en el primer cap?tulo. De este modo, con el s?mil del perro fiel, tanto Catalu?a como su capital pretend?an desvincularse de los problemas que dicha sucesi?n cre? y mostrar su adhesi?n a la monarqu?a y su postura contraria a los hugonotes franceses. Veamos a que se hac?a referencia en el pedestal izquierdo. El pedestal de la mano yzquierda, solo diferia en la letra: porque tenia otra cifra de quatro letras, que dezian Barc. que significa Barcelona, y en catalan quiere dezir barco: y por debaxo della escritas otras letras que dezian: diligens, que quiere dezir diligente: assi sabida la interpretacion de la cifra, y juntos significados della con las letras de abaxo, diran barco diligente: que se ha de entender por Barcelona para el servicio del rey, que es ciudad de gran diligencia, y principado de granfidelidad. En el flanco izquierdo, se presentaba a la ciudad de Barcelona siempre dispuesta a servir al rey, es decir, a la monarqu?a y, en este sentido, con el s?mil del barco diligente, se pretend?a recordarle el servicio que Barcelona siempre prest? a la Corona como puerto mar?timo desde donde zarpaban las flotas reales y los esfuerzos del Principado por colaborar con las atarzanas reales de la ciudad, especialmente, durante el reinado de su padre, el emperador Carlos. Sobre los dos pedestales, se levantaban dos columnas con capiteles y basas doradas; sobre ellas, una cornisa y un arquitrabe, tambi?n dorados, y en el friso de color 221 azul unas grandes letras en oro que dec?an: ?O felix ciuitas qu?tantum ac talem meruit habere comitem?. Con este lema, la ciudad alababa la grandeza de Felipe II; sin embargo, a su vez le recordaba que su entrada en la ciudad la hac?a en calidad de conde de Barcelona y no como soberano. Por tanto, bajo esta concepci?n de Felipe II como nuevo conde iba impl?cito un mensaje constitucional que le recordaba los pactos existentes entre ?l y la ciudad. Sobre las dos columnas hab?a cuatro pedestales sobre los que cargaban el mismo n?mero de columnas, todas doradas con las estr?as en azul y entre ellas estaban tres figuras de bulto redondo que representaban: en le centro, al emperador Carlos V, con el lema: ?Non moriar, sed viuam in ?ternum fama et gloria?; a mano derecha de su padre, el rey Felipe II con el lema: ?Exit vincens ut vinceret? y, finalmente, a mano izquierda de su abuelo, el pr?ncipe don Carlos, tambi?n con su correspondiente lema: ?Spes tuorum immortalitate plena est?. Esta parte de la portalada era una alabanza a la dinast?a Habsburgo, mostrando su pasado, presente y futuro. Se recordaba la inmortalidad de la obra del emperador Carlos V; Felipe II era comparado con el mismo Sol ya que, como ?ste, ?sale el que siempre vence para vencer? y, don Carlos que, pese a las pocas expectativas que generaba su estado de salud f?sica y mental, representaba el futuro y la continuidad de la dinast?a. As? traduce el lema el poeta: ?La esperan?a que los tuyos de ti tienen, es inmortal?. Pero, adem?s, es importante su inclusi?n en esta construcci?n porque el pr?ncipe no hab?a sido jurado como primog?nito en las Cortes de Monz?n del a?o 1563, por lo que significaba una aceptaci?n previa de la sucesi?n din?stica. Sobre los tres Austrias, hab?a un friso dorado con un frontispicio, del mismo color, con una figura de Dios que se?alaba con la mano a Felipe II. El interior del friso conten?a una inscripci?n: ?Protegam eum quoniam ab heresi liberabit Hispaniam meam? que tradujo el autor: ?Guardalee porque guardo y guarda mi Espa?a de los ereges?. De nuevo, otra referencia a la lucha contra el protestantismo que demuestra que el tema central del programa ceremonial era la defensa de la fe cat?lica, sobre todo, por la situaci?n de esta inscripci?n entre Dios y los tres reyes de la dinast?a Habsburgo. Felipe II es se?alado por el dedo de Dios como el azote de los protestantes y el defensor de la verdadera fe. Pero todav?a aparec?an m?s figuras en dicho arco. As?, a su mano derecha se hab?an pintado tres im?genes. La primera representaba al rey con un mundo bajo los pies y otro mundo en una mano; le segu?a, en el centro, una imagen de Arist?teles y, junto a ?ste, el rey Alejandro Magno llorando. A sus pies, se extend?a un largo friso dividido en tres compartimentos y, en cada uno de ellos, una leyenda. Bajo Felipe II se pod?a leer: ?Facio utrunque unum?, es decir, ?hago de dos mundos uno?. En el mundo situado bajo los pies del rey se le?a el lema ?Orbis antiquus?, es decir, el mundo antiguo o viejo; mientras que en el mundo que sujetaba con la mano se le?a: ?Nouus orbis?, el nuevo mundo. Bajo la figuraci?n de Alejandro Magno, la leyenda dec?a: ?Desyderio desadraui et frustratus sum?. En ?l, el rey macedonio se lamentaba por no haber logrado su deseo: la conquista del nuevo mundo, que, en cambio, si logr? Felipe II. Finalmente, la figura central de Arist?teles le recordaba esto mismo a su pupilo 222 Alejandro: ?Lo que con tanto desseo desseaste, Phelipe lo se?orea?. El nuevo mundo que ense?oreaba el rey y no pudo conquistar el h?roe macedonio era, claro est?, el continente americano. En la entrada del arco, se encontraba la figura de H?rcules, sobre el toro Acheloo, al que le faltaba un cuerno. Aqu?, el fundador m?tico de la ciudad tambi?n muestra sus respetos a Felipe II y en la leyenda explica: ?Sobrepuje las fuer?as deste con las mias, mas a las del rey Phelipe es imposible llegar, porque son en supremo grado auentajadas,a cuya fama y gloria la mia es inferior?. Frente a H?rcules, estaba el fundador hist?rico de la ciudad, Am?lcar Barcino, que aparec?a armado y augurando un espl?ndido futuro a la ciudad cuando fuese gobernada por Felipe. Otras tres figuras aparec?an en el otro lado del arco. La primera era, de nuevo, el monarca, armado y con la espada en alto, se?alando directamente a la ciudad de Argel, que encarnaba una mujer desnuda, abrazada por un demonio, y con el t?tulo de Argel en la cabeza. Al otro lado de Felipe II, una doncella que representaba Barcelona, vestida muy galantemente y arrodillada, le pregaba que librara la ciudad norteafricana del demonio que durante a?os la ten?a sometida, y que no era otro que el poder de los hermanos Barbaroja. Bajo Barcelona, la leyenda dec?a: ?Se?or, tu Argel que es tu ciudad esta molestada de los infieles, si quieres bien tu puedes alan?arlos della y destruirlos?. Las palabras situadas bajo el rey anunciaban su prop?sito de ir a conquistar la ciudad: ?Ego veniam et expugnabo eam?, mientras que la ciudad de Argel le preguntaba ?Philippe quid venisti ante tempus perdere nos??. Es decir, en esta parte del arco triunfal, se hac?a referencia a la lucha contra los infieles, es decir, contra el islam que, desde el norte de ?frica amanezaba las costas catalanas. Ya Carlos V trat? de conquistar, en vano, la ciudad en la expedici?n que parti? de Mallorca en 1543, siguiendo la tradici?n de expansi?n por territorio africano que estableci? el testamento pol?tico de Isabel la Cat?lica. Y, ahora, era obligaci?n del nuevo monarca, como adalid de la cristiandad cat?lica, conquistar Argel y liberar a los cristianos de la amenzada de los piratas berberiscos que saqueaban las costas mediterr?neas. En conclusi?n, el arco triunfal que se construy? en el portal de Sant Antoni era un elemento muy importante dentro del programa ceremonial que la ciudad hab?a dise?ado para la primera visita del rey. Joan Bada, que analiz? la recepci?n del Concilio de Trento en Barcelona, expuso como su obispo, Guillem Cassador, hab?a participado activamente en las ?ltimas sesiones del Concilio de Trento. El prelado lleg? a la ciudad en febrero de 1564, poco antes de la llegada del rey, aunque, previamente, mantuvo informados a los miembros del Cap?tulo catedralicio y a la ciudad, en general, de las resoluciones que se iban tomando. As?, en Barcelona se sab?a del triunfo en el Concilio del ala m?s intrensigente con los protestantes y la entrada real de Felipe II en la ciudad era una de las primeras, sino la primera, en realizarse en Europa tras su clausura. As? pues, la ciudad decidi? dise?ar un programa pol?tico ajustado a las nuevas directrices del Concilio en la que se presentaba a los protestantes como el enemigo de la fe cat?lica y a Barcelona como su fiel basti?n, acabando, de este modo, con cualquier sospecha de connivencia con ellos. 223 En el portal de las atarazanas, los diputados hab?an mandado erigir otra importante estructura ef?mera653. Se trataba de un arco de triunfo pintado con diversas im?genes y personajes. En lo alto, se colocaron banderas de Sant Jordi para indicar qui?n era el mecenas de la obra. La infanter?a ubicada junto a este arco y a lo largo del lienzo de la muralla obligaba, como dice la relaci?n de Baltasar del Hierro, a pasar por debajo de ?l. Estaba decorado con grandes triunfos de Catalu?a, es decir, las glorias pasadas del Principado y de la Casa de Barcelona: Estauan en medio de la cornisa y alquitraue, por vna y otra parte las armas de su M. (Felipe II) muy ricas, en vnos escudos postizos. Y mas abajo entre dos capiteles dorados que estauan sobre las bueltas del arco, en cada vna vn escudo de plata con las armas dela ciudad, y en los frisos debaxo dela cornisa alta estauan dos angeles pintados de blanco y negro, con vnas guirnaldas de flores en las manos, y tendidas como que se las querian poner al rey en la cabe?a quando passaua. As?, a la derecha del arco se encontraba la figura del rey Jaume I, en cuyo pedestal hab?a un lema que hac?a referencia a sus conquistas de Ibiza y Valencia. En cambio, en el lado izquierdo, aparec?a la figura de Pere III, presentado como triunfador de las V?speras Sicilianas y conquistador de Murcia, y se recordaba sus campa?as en ?frica y los Gelves. Al otro lado del arco se encontraba, a mano derecha, el rey Alfonso III, en cuyo lema alababa la fidelidad y colaboraci?n de los catalanes en sus empresas, como fue la reintegraci?n del reino de Mallorca en la Corona de Arag?n. Finalmente, a mano izquierda, Alfonso V recordaba a Felipe II el importante papel que tuvieron las armas catalanas en la conquista de C?rcega y Cerde?a. En el interior derecho del arco, es decir, en la concavidad por donde pasar?a el rey, estaba ?la figura de Amodes griego, primero inuentor de galeras como galeote, y la Grecia en figura de muger aprisionada?. Enfrente de Amodes, el dios Neptuno, con el tridente y sobre unas olas, le recitaba al soberano los versos siguientes: Invictissimo rey, se?or famoso merecedor de todo el uniuerso si quieres nauegar, o poderoso no temas de fortuna, o tiempos aduersos: Que el viento que sintiere furioso yo le desterrare como a peruerso assi estaran mis ondas sossegadas con que andaran seguras tus armadas. 653 Sobre este arco de triunfo seguimos, de nuevo, la relaci?n de Baltasar del Hierro que le encargaron los consellers y diputados. Tambi?n tenemos una descripci?n bastante completa en los Dietaris de la Generalitat, vol. II, p?g. 151. 224 Estas dos figuras se refer?an directamente a la lucha contra el Islam, que se hab?a ense?oreado del Mediterr?neo oriental, incluida Grecia. Felipe II era llamado para una misi?n mesi?nica en que ha de salvaguardar la cristiandad de la amenaza turca y para ello contar?a con el benepl?cito y protecci?n del dios del mar, Neptuno, que har?a todo lo posible por facilitar el avance de la armada cristiana. Asimismo, no se puede obviar la vocaci?n mar?tima de Catalu?a que en el pasado domin? gran parte del Mediterr?neo como se encarga de recordar este arco con las im?genes de reyes pasados y sus haza?as. ?stos, con su presencia en el arco dan su apoyo a las futuras campa?as militares del rey contra los turcos, para las cuales deber? contar con la colaboraci?n catalana. En la plaza de Sant Jaume, los diputados hab?an mandado levantar un edificio a modo, tambi?n, de Coliseum que en el centro ten?a una linterna ?a manera de casamata?. Como en la construcci?n anterior, gran cantidad de banderas de Sant Jordi la adornaban. En el cimborio, hab?a un mundo del que sal?a una gran bandera colorada con la representaci?n de Sant Jordi. El asta, lo sujetaba Eurania, musa de los cielos, bajo la que hab?a una leyenda: ?Regi fida comes, regi Cynosura per altum, in medio portus ?quore tuts habet?, que traduce el autor como: ?Fiel compa?era al rey y norte suyo que en medio de la mar le tiene puerto?. Es decir, se hace referencia a la capital catalana como puerto para las flotas reales y su colaboraci?n con la monarqu?a en materia naval, como ya pas? durante el reinado del emperador Carlos V en que Barcelona fue un puerto muy importante en la geopol?tica imperial. Tambi?n hab?a en el edificio ocho arcos con sus correspondientes columnas y en cada una de ellas una de las siete virtudes que se sobreentend?a, pose?a Felipe II; mientras que en la octava columna aparec?an ?tres figuras al natural pintadas, que significauan los tres estados, ecclesiastico, militar y real?, es decir, los tres diputados. Fides (Fe) le advert?a al soberano que si la defend?a con todas sus fuerzas, tendr?a una gran corona en el cielo; una tarea que el rey iba a llevar a cabo concienzudamente. Spes (Esperanza) le aconsejaba que no se apartase del camino de Cristo y que no pusiese toda la esperanza en una sola fuerza como hizo H?rcules: ?non velut Alquides validis spem ponis in armis, Altamen in Christo spes qua fixat manet?. Posiblemente, en este lema pueda verse un mensaje en el que se conminaba al rey a que no confiase el gobierno de los territorios de su vasta monarqu?a exclusivamente a los castellanos y dejase participar en ?l a los catalanes. Caritas (Caridad) aparec?a desnuda con dos ni?os en sus pechos y en su leyenda se recordaba al soberano que los antiguos monarcas hab?an amado a Catalu?a y que as? deb?a serlo, tambi?n, por ?l. Prudensia (Prudencia) estaba representada con dos serpientes enrrolladas en sus brazos y le avisaba que la prudencia deb?a ser una de sus virtudes. As? lo refiere el autor: ?aparejada estoy para ser tuya?. Temperansa (Templanza) sujetaba con sus manos en freno del que colgaban unas riendas y advert?a, de igual modo que la anterior virtud, que sus acciones deb?an regirse sigui?ndola. Fortitudo (Fortaleza), con un yelmo y una columna rota, le animaba a no tener miedo en la batalla pues ella estar?a junto a ?l. Y, en ?ltimo lugar, Justicia (Justicia) le explicaba, en su lema, como durante cierto tiempo hab?a estado desterrada del Principado y como gracias a la aci?n del monarca volver?a a 225 ejercer su oficio, haci?ndose referencia a los turbulentos a?os de desgobierno que siguieron a la abdicaci?n y sucesi?n de Carlos V hasta su llegada a Catalu?a. Bajo los tres diputados, en el pedestal, Baltasar del Hierro traduce la leyenda en lat?n de la siguiente manera: Es inuencible rey tu aduenimiento de todos los del mundo confian?a y tiene mas clauada la esperan?a el que de Catalu?a es su cimiento. Ha mucho que tespera el principado porque su voluntad sea conocida tambien la libertad restituida esta con esta buelta confiado. Esta ?ltima leyenda tiene diversas connotaciones pol?ticas. La primera de ellas es la felicidad que siente el Principado por la llegada del rey y la confianza que tienen en que lo incluya en su programa pol?tico; es decir, Catalu?a quer?a desempe?ar un papel m?s destacado en la monarqu?a hisp?nica. La segunda connotaci?n pol?tica es de car?cter constitucional y se refiere a la convocatoria de Cortes que conllevaba la presencia del rey en Catalu?a, en las que sus representantes, que ejercen como la voz del pueblo, deb?an presentar los problemas que los acechaban y formular al rey las peticiones para resolverlos. Finalmente, el juramento del rey de las constituciones y privilegios de los catalanes significaban la restituci?n y confirmaci?n de las libertades del Principado. Se hicieron otras construcciones ef?meras en la ciudad que veremos en otro momento. Pero, si hay que mencionar aqu? el ?fuerte contraminado?, levantado cerca de la Casa de la Diputaci? del General y en el que hab?a tres figuras de bulto redondo que representaban al emperador Carlos V, en el centro; a la ciudad de Barcelona, a su derecha, arrodillada y con las manos plegadas en forma de s?plica y, por ?ltimo y a la izquierda, el rey Felipe II. Por todo el fuerte hab?a numerosas representaciones de coseletes con sus picas y arcabuceros que defend?an la fortaleza y se mov?an, mediante una tramoya, simulando impedir el paso a la misma654. Sobre Barcelona se avalanzaban los enemigos amenaz?ndola con dagas en las manos, por este motivo, la ciudad le suplicaba al emperador que la salvara de ellos: ?Salua me domine rex?. ?ste, se dirig?a a su hijo y, se?alando a Barcelona, le impel?a a que liberase de los enemigos que la molestan, a lo que el rey contestaba: ?Yo hare justicia con sentencia muy recta?. De 654 ?Tan puestos para ello, con tal artificio, que parecia que se meneauan para empedir la entrada del fuerte?, en HIERRO, B. del, Los triunphos?, sin folio. 226 nuevo, la ciudad solicitaba al monarca, mediante un decorado ef?mero, que actuase a su favor y que la protegiese de los enemigos que la acechaban, siendo ?stos, principalmente, los hugonotes franceses, los turcos y los piratas berberiscos. 4.2.4. Las construcciones ef?meras en las entradas de Felipe III y Felipe IV (1599- 1626). Lamentablemente, no poseemos apenas referencias de las decoraciones ef?meras levantadas para las dos ?ltimas entradas reales de los reyes de la casa de Austria. Para la entrada real de Felipe III, en 1599, se hicieron grandes decoraciones con arcos de triunfo y castillos; sin embargo, no disponemos de descripciones de ellas. Si poseemos, en cambio, documentaci?n sobre todos los costes que a la Diputaci? del General le supuso su realizaci?n. En 1598, los consellers mandaron hacer, de nuevo, el portal de Sant Antoni que estaba en muy malas condiciones. Tras su reedificaci?n, seg?n par?metros urban?sticos m?s modernos, ya no fue necesaria la construcci?n de la portalada como en anteriores entradas. Es importante destacar el papel que ten?an las entradas reales y las decoraciones ef?meras para establecer modelos y gustos arquitect?nicos y ornamentales que, posteriormente, se integrar?an en el entramado urbano de las ciudades. El nuevo portal pudo seguir los modelos cl?sicos de las anteriores portaladas levantadas para las visitas de Carlos I, la emperatriz Isabel de Portugal y Felipe II. A?n as?, si se realiz? la representaci?n acostumbrada del descendimiento de un ?ngel que le entregaba las llaves al monarca: ?devall? una grua, molt pintada y adobada, y al cap d?ella havia un globo, rod? com una magrana, y al temps sa magestat fou en aquell endret, lo dit globo devall? y se obr? tot com una magrana?655. Tambi?n ordenaron que se construyera un arco triunfal en el puente por el que deb?a desembarcar la reina Margarita, que como desembarc?, finalmente, en Vinaroz, no se fabric?. As?, escribi? Joan Ramon Vila en su dietario: La ciutat tamb? feya fer preparatorias obrant de nou y acabant lo Portal de St. Antoni que estava molt dolentament posantlo en la forma y perfecci? que vuy est? si be encara no est? acabat de perfeccionar perque faltan los bultos en las tres capellas sobre el portal y de altre part volian fer un arch de fusta ab son arch triumphal a la vora de la mar per la desembarcaci? de la Sa. Reyna656. M?s adelante a?adi?: Lo Portal de Sant Antoni nol empaliaran ni tampoch y foren los Personatges y altres invensions ax? com havian fet lo any 1564 quant ving? son pare perque ales hores lo Portal estava de manera que havia menester adorno y per esta ocasi? lo havian acabat de manera que vuy est? ocupat accepto los Bultos no eran encara fets en las tres pasteras que estan sobre lo portal si be y 655 DG, vol. III, p?g. 342. En el Libre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 129, se dice que en el portal de Sant Antoni: ?stava aparellat una forma de mon o manera de magrana, la qual se obria ab tres cubertes, la qual era feta ab molt gentil artifici?. 656 AHCB, Ms. B-100, fol. 209. 227 volgueren fer personatges de reys de Arag? ab molts t?tols per? la brevedat del temps no pogueren fer res mes del sobredit y axi se tingueren de contentar de que fos tantsolament obra nova657. Asimismo, en el portal de las atarazanas, los diputados construyeron un arco triunfal que no pudo ser acabado por falta de tiempo: Prenia casi tota la Rambla de emplaria fet de obra dorica ab tres portals y per lo del mitx pass? lo senyor Rey ab tota la sobredita cavalcada y per la brevedat del temps no pogu? esser acabat de pintar ab lo modo y trassa que havian donda per a que sols estava pintat de gaspis de diferents species y colors que si haguessen tingut temps y volian pintar per totas parts tot lo abolori de la Casa dels Comptes de Barna y Reys de Arag? antecessors de Sa Magt658. Tenemos escasas noticias acerca de la decoraci?n de este arco triunfal y ?nicamente sabemos que ten?a unas torres y un verso en alabanza del soberano: ?Felip sit tuus adventum Rex maxime Regum?659. En el dietario de la Generalitat tambi?n se dio una breve referencia sobre ?l: ?En la Rambla, devant la Dressana, havia fet lo General un arc triumphal, molt sumptu?s, lo qual no pogu? ?sser del tot acabat per la molta dilig?ncia havia tingut sa magestat de venir per mar. Havia sobre d?ell diversos c?rmens y enigmes en alabansa de dit senyor rey, y ab les banderes del General dalt?660. Adem?s, se orden? derribar las pescader?a de la ciudad, para hacer una plaza ?llamada de la Reina? donde la Generalitat, construy? un gran arco triunfal de obra j?nica y d?rica. Como en el caso del portal de Sant Antoni, hay que advertir que las entradas reales sirvieron para modificar y actualizar estructuras urbanas. Tambi?n se derribaron edificios antiguos para crear nuevos espacios urbanos m?s adecuados para las nuevas necesidades ceremoniales y representativas de las ciudades y de la monarqu?a. Parece ser que estos arcos eran de gran tama?o y belleza y, as?, se refleja en el libro de la cofrad?a de Sant Jordi: Los dias passats havian deliberat fer, que entre altres eran dos molt alts, sumptuosos y artificiosos arcs, la hu en la rambla prop la dressana, y laltre devant lo portal de mar entre lo General y la duana, y parien estos edificis tant be, a tots los quils miravan que deyen los qui de Alemanya eran vinguts ab la Sro Reyna a estos Regnes de hespanya, que en Mila, ni en tota Italia, ni tampoc en Valentia, se havia fet cosa que tant be paregues, com aquesta; y altres persones molt legides, intelligents, y de experientia, deyen, que uns edificis tan sumptuosos, y de tan gran art y artifici, no seren fets en tots los temps atr?s per ningun Emperador Roma661. Una opini?n similar ten?a el noble Frederic Despalau que en su diario anot? que, a pesar de no haberse finalizado estos arcos triunfales, superaban en belleza y grandeza 657 Op. cit., fol. 256. La carta con el aviso de la visita le lleg? al virrey, duque de Feria, el 14 de abril de 1599, y la entrada real fue el 18 de mayo. En dicha carta se anunciaba la visita para el primero de mayo, con lo que, ciertamente, no les hubiera dado tiempo para poner en marcha los preparativos. M?s tarde, lleg? otro aviso en el que se daba noticia de que se retrasabala llegada del rey hasta el d?a 20 de mayo. Sin embargo, la familia real lleg? al puerto de Barcelona el 14 de mayo con que todos los preparativos estaban sin finalizar como les pas? a los diputados con el arco de triunfo, que, a pesar de sus esfuerzos por acabarlo, les fue imposible hacerlo. Adem?s, para poder terminar algunos preparativos, se solicit? al rey alargar la estancia en el monasterio de Valldoncella cuatro d?as. 658 Op. cit., fol. 259. 659 ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 3. 660 DG, vol. III, p?g. 343. 661 ACA, Generalitat, G-65, Libro de la Cofrad?a de Sant Jorge (1596-1701): ordenanzas y actas, fol. 33. 228 a los de Mil?n, Valencia y Madrid662. Es destacable la competencia existente entre las diversas capitales de la monarqu?a por erigir los mejores arcos triunfales y, claro est?, estas dos opiniones son sin duda parciales y responden a la voluntad de anteponerlos, en belleza y grandeza, a los del resto de ciudades. Desgraciadamente, las relaciones que poseemos sobre la entrada de Felipe III son muy parcas en cuanto a estas decoraciones, por lo que desconocemos sus programas iconogr?ficos. Adem?s, a diferencia de lo realizado en la visita de Felipe II, en 1564, con la detallada descripci?n de Baltasar del Hierro, ni los consellers ni los diputados encargaron a un escritor la realizaci?n de una relaci?n sobre la entrada real, como tampoco se hizo para la posterior de Felipe IV, en 1626. Esta ?ltima entrada, en cambio, fue at?pica en cuanto que no se dise?? ni construy? ning?n tipo de decoraci?n ef?mera para recibirle; quiz? por la brevedad del tiempo en que se decidi? la visita o quiz? debido a la p?sima situaci?n econ?mica que padec?an, tanto el consistorio barcelon?s como la Diputaci? del General. En este sentido, a pesar de las numerosas relaciones y testimonios de la entrada real de 1626, no poseemos ninguna referencia acerca de construcci?n ef?mera alguna dise?ada para la ocasi?n. ?nicamente, se represent? el descendimiento de Santa Eulalia en el portal de Sant Antoni, del que tampoco tenemos descripci?n alguna. As?, el caso es diferente al del Felipe III, en cuya entrada si se hicieron grandes arcos. Ahora, con Felipe IV, ni siquiera podemos saber si se dise?? alg?n programa ceremonial con el que transmitir un mensaje pol?tico al nuevo monarca. 4.3. Conclusi?n y balance de las entradas reales en Barcelona. En este cap?tulo hemos analizado las diversas entradas reales seg?n la estructura de esta ceremonia y seg?n sus decoraciones ef?meras. Toca ahora hacer un balance de las mismas. El reinado de Fernando el Cat?lico supuso el nexo de uni?n entre los mundos medieval y moderno y una continuidad en los ciclos ceremoniales que, seg?n Miquel Raufast, estaban compuestos por las entradas reales del soberano, la reina y el primog?nito. As?, seg?n este modelo, que compartimos, el ciclo ceremonial tambi?n se cumpli? con Fernando, que apenas dos a?os m?s tarde de hacer su entrada real, acompa?? a su esposa Isabel para realizar la suya. Sin embargo, pas? m?s de una d?cada para que se completara el ciclo con la entrada del primog?nito, el pr?ncipe Juan, en 1492. Durante el reinado de Carlos I, este ciclo se complet?, por ?ltima vez, ya que tanto la emperatriz Isabel como el primog?nito Felipe hicieron sus respectivas entradas reales en 1533 y 1542; aunque el tiempo transcurrido entre ellas fue bastante mayor. Con la llegada al trono de Felipe II, la tradici?n de estos ciclos ceremoniales se trunc? porque ni la reina ni el primog?nito volvieron a realizar una entrada real en la ciudad lo que llev? a su desaparici?n final. De esta manera, se produjo una vulneraci?n de la 662 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 170. 229 tradici?n ceremonial y pol?tica del Principado en unos tiempos en que la monarqu?a prioriz? sus propias necesidades a las pol?tico-ceremoniales de los territorios que controlaba, especialmente, los de la Corona de Arag?n. La entrada de Fernando el Cat?lico no supuso ning?n cambio de importancia en esta ceremonia, en la que se siguieron los modelos anteriores como la de Juan II. Sin embargo ?como ya hemos apuntado? la entrada de su esposa si que supuso una importante reestructuraci?n de la ceremonia, tanto a nivel formal como art?stico. As?, la entrada de Isabel de Castilla, pese a sus elementos medievales, se puede considerar como la primera de la modernidad ya que, con ella, se produjo un cambio en la concepci?n de esta ceremonia que ahora se deb?a adecuar a las necesidades de la ciudad de Barcelona. Adem?s, se puede comparar con el resto de entradas reales que por estos a?os se estaban produciendo en la pen?nsula Ib?rica y en otras zonas de Europa como puede ser Francia. De la entrada del pr?ncipe Juan sabemos poco debido a la falta de documentaci?n que tenemos. El pr?ncipe, bajo palio, sigui? la ruta acostumbrada pasando por la casa del obispo de Urgell, desde donde sus padres observaron la entrada real de su hijo. Tambi?n se nos informa de un rito que ?nicamente aparece registrado en esta entrada real y es la donaci?n, por parte del primog?nito, de las ropas que visti? a la catedral de Barcelona, con las que se confeccion? un palio663. La entrada real de Felipe el Hermoso, en 1503, supuso tambi?n una novedad importante ya que, hasta ese momento, no se hab?a dado un caso similar en el que se hiciera esta ceremonia para recibir al yerno del conde de Barcelona. Claro est? que la condici?n de heredero consorte de Castilla, habiendo sido jurado, la petici?n del monarca de que se le tratara como a su propia persona y el carisma y autoridad de Fernando hizo que el gobierno municipal accediera a la celebraci?n. Sin duda, la entrada real de Germana de Foix, en 1506, es la m?s desconocida debido a las casi inexistentes referencias documentales que tenemos de ella. Incluso, no tenemos la certeza segura de que se celebrara y de que entrase bajo palio ya que tenemos noticias muy dispersas sobre ella. Sin embargo, parece claro que ninguna de estas entradas reales tuvo la importancia y las dimensiones de la de Isabel de Castilla. En cambio, si las tuvo, y las super?, la de Carlos I, en 1519. En esta entrada real se comenzaron a vislumbrar las primeras influencias del clasicismo que se estaba propagando por la pen?nsula, proviniente de Italia. Tras los iniciales problemas por la cuesti?n del juramento ?ya comentados en el primer cap?tulo?, el rey pudo efectuar su entrada real sin sobresalto alguno. Pero donde ya podemos contemplar claramente la llegada y consolidaci?n de las formas cl?sicas e italianizantes fue en la entrada de la emperatriz Isabel, en 1533. Ahora si se puede ver en la documentaci?n elementos arquitect?nicos y decorativos utilizados con profusi?n en el Renacimiento como son las columnas, arquitrabes, decoraciones ?a lo romano? y, sobre todo, y como novedad, los 663 ?E lo dia seguent lo dit Illim. se?or princep per un seu patge trames la roba sua de brocat rich ab la qual era entrat en la Seu de la qual se feu hun pali per lo altar maior ab les sues armes pero a despeses de la Iglesia?. La ?nica descroci?n semi completa que tenemos de la entrada real del primog?nito de los Reyes Cat?licos, el pr?ncipe Juan, la encontramos en ACCB, Exemplaria, vol. I, fols. 161-162. 230 arcos de triunfo. Coincidencia o no, es curioso que las dos entradas de las reinas Isabel de Castilla e Isabel de Portugal supusieron la introducci?n de importantes novedades que significaron un precedente para las ceremonias posteriores. Todo indica que la de Felipe II fue la m?s importante y determinante de todas las entradas reales en Barcelona. Corrobora esta opini?n la deliberaci?n del Consell de Cent, de 11 de enero de 1564, en la que se estableci? que ?per ser la primera entrada com a rey en la present ciutat que la ciutat fassa lo que acostuma y encara mes avant per esser molt y maior el rey i princep dels passats?664. Signific? la culminaci?n de la ceremonia con el m?ximo nivel de desarrollo de las decoraciones ef?meras y de las representaciones esc?nicas. Adem?s ?como ya se ha dicho anteriormente? la entrada de Felipe II respond?a a un programa ceremonial con un claro mensaje pol?tico: presentar a Barcelona como un baluarte del cristianismo cat?lico y enemiga del protestantismo, especialmente el franc?s, y de los infieles musulmanes. En este sentido, la pretensi?n de la ciudad era mostrar su adhesi?n al programa pol?tico de la monarqu?a confesional de Felipe II y que mejor ocasi?n que su primera visita a la capital catalana. La ceremonia, que sirvi? para apaciguar la anterior tensi?n surgida por la sucesi?n del monarca, transcurri? seg?n los planes previstos y en un ambiente de total cordialidad entre rey y s?bditos. La visita de Felipe III sirvi? para compensar la decepci?n que provoc? en los catalanes la decisi?n de Felipe de cambiar a Valencia el lugar donde celebrar su matrimonio. La entrada de Felipe III continu? el modelo de establecido en la de su padre, en 1564; pero, lamentablemente, no sabemos apenas nada sobre las importantes decoraciones ef?meras que se hicieron y, por tanto, desconocemos su programa iconogr?fico. Se consider? la posibilidad de que rey y reina entrasen en un mismo d?a, bajo el mismo palio, pero, tras consultarse dicha posibilidad, se estableci? que la reina deb?a entrar en distinto d?ia ya que as? lo exig?a la tradici?n. Aqu? podemos ver una voluntad por parte del gobierno municipal de volver a completar el ciclo ceremonial con las entradas, distintas, del rey, reina y primog?nito. D?as m?s tarde, la reina regresaba de una visita realizada al monasterio de Montserrat y la ciudad pens? que era la ocasi?n ideal para dicha entrada real. Para ello, incluso se fabric? un nuevo palio; sin embargo, la reina rehus? esta posibilidad y regres? sin ceremonia alguna, truncando, de nuevo, las aspiraciones de la ciudad. Durante esta entrada, adem?s de en la figura del rey, sin duda, muchas miradas se fijaron en la de su caballerizo mayor que llevaba el estoque real desnudo y que no era otro que el marqu?s de Denia y futuro duque de Lerma, del que ya se ten?a constancia en la ciudad que gozaba de la confianza de Felipe III. La de Felipe IV fue una entrada mucho m?s sencilla que la de su padre y con menos pompa. El escaso n?mero de cortesanos que tra?a indicaba la premura del rey y la breve estancia que tendr?a en la ciudad. Adem?s, hay que significar que no le acompa?aba la familia real por lo que el s?quito fue considerablemente menor. Pese a la informaci?n dada por le obispo de Barcelona sobre su tama?o, cifrado en unas dos mil 664 AHCB, Registre de Deliberacions, 1563-1564, 11 de enero de 1564. 231 personas, un cronista, en cambio, acusa directamente al conde-duque de Olivares del poco s?quito que acompa?aba al rey: Su jornada fue muy a la ligera: no llev? en su compa??a sino a su hermano don Carlos (que nunca lo dexava de lado) y a dos o tres Grandes, con el mayor privado suyo, que era el Conde de Olivares y juntamente duque de St. Lucar llamado don Gaspar de Guzman. Este era el que regia y governaba al Rey, y el que hizo venir a estos Reynos tan a la ligera que ni guarda, ni pages, ni cavalleriza no traxo. Y como no era nada affecto a esta Corona de Aragon, las cosas della se tratavan muy diferentemente de lo que Su Magd. hiziera si tuviera otro mejor lado y consejero665. La ceremonia ya comenz? con problemas ?recordemos el incidente entre el almirante de Castilla y el marqu?s de Heliche?. Adem?s, durante el recorrido por la ciudad, el caballo del soberano se mostr? muy nervioso y agresivo y tuvo que cambiarlo con el del conde-duque que r?pidamente le cedi? el suyo666. El ?valido?, pese a ser caballerizo mayor del rey, permiti? que el estoque real lo llevase el conde de S?stago ? camarlengo del rey en la Corona de Arag?n? y prefiri? ir justo detr?s del rey. Aqu?, vemos dos concepciones distintas de representar el valimiento. Lerma, como caballerizo mayor, si llev? el estoque real y mostrando toda su grandeza; en cambio, Olivares fue partidario de mostrarse en segundo plano, justo detr?s del rey, pero a su vez reafirmando su posesi?n de la voluntad real ya que, tras el rey bajo palio, no acostumbraba a ir una personalidad de tanto rango. Esta posici?n hace pensar en una escenificaci?n ceremonial predeterminada que obliga a recordar la pintura que Juan Bautista Ma?no har?a, a?os m?s tarde, sobre la recuperaci?n de Bah?a de Todos los Santos y en la que Olivares aparec?a justo detr?s del monarca coloc?ndole la corona sobre la cabeza. Pero, adem?s, a la entrada de Felipe IV, se le puede dar otra lectura. Si bien es cierto que el conde-duque acapar? gran parte de las miradas debido a su posici?n como valido del rey, hubo una persona que tambi?n tuvo gran protagonismo en ella: el marqu?s de Heliche, yerno de Olivares y futuro duque de Medina de las Torres. Son varias las relaciones sobre la visita que lo presentan como ?cabeza de los Guzmanes?, en contraposici?n evidente al aut?ntico cabeza de este aristocr?tico linaje, el duque de Medina Sidonia. Por tanto, esta entrada real sirvi? al conde-duque para presentar la figura de su yerno en la capital catalana en lo que representaba una reafirmaci?n de la nueva posici?n que Heliche habr?a de ocupar en la corte. Su lugar ocupado en el coche del rey desplazando al almirante de Castilla ayuda a demostrarlo. En conclusi?n, la entrada de Felipe IV supuso la ?ltima de un rey de la Casa de Austria en Barcelona hasta la del archiduque Carlos de Austria, ya durante la guerra de sucuesi?n espa?ola; aunque, previamente, en 1701, Felipe V, de la dinast?a Borb?n, 665 BUB, Ms. 1.009, Memorias del succehit des del a? 1626 fins 1631 exclusive, tom. IV, fol. 38. 666 ?Quant fou en drecera del collegi dels pares carmelites, anant lo cavall molt inquiet, y atropellant tant los concellers y prohomens del talem, com los que aportaven los cordons, aparegue que lo Rey estava enfadat de tanta inquietut del cavall, demana que volia muntar en altro, y dient asso, tant prest com fou entes lo gust de mudar, sens serimonia se apea de son cavall y lo de Olivares se apea y munta sa Magt. ab lo cavall anave lo de Olivares y lo de Olivares ab lo del rey y prosseguiren fins al portal de la Drassana y seguint lo cami fins al pla de St. Francesch?, en ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.371, n? 12/2, sin folio. 232 efectu? la suya. Pero adem?s, la entrada del Rey Planeta constataba una realidad: el ocaso de esta ceremonia en el siglo XVII. Ocaso que tambi?n se puede ver en otros paises europeos. Las necesidades ceremoniales de la monarqu?a se centraban m?s en la corte madrile?a que en el resto de ciudades de la pen?nsula, sobre todo en aquellas de la Corona de Arag?n. De esta manera, se trunc? el ciclo de entradas reales que desde la Edad Media establec?a la celebraci?n de tres ceremonias individualizadas para el rey, la reina y el primog?nito ya que los dos ?ltimos dejaron de visitar el Principado ya en la primera mitad del siglo XVI, mientras que el rey lo hizo en la primera mitad de la centuria siguiente. La entrada real de tradici?n medieval como se conoc?a en Catalu?a, celebrada y organizada por el municipio, dej? de existir hasta la llegada de los Borbones. 233 CAP?TULO 5: LUMINARIAS, TORNEOS, SARAOS Y OTROS FESTEJOS. La llegada del rey a la ciudad iba acompa?ada de una serie de festejos y espect?culos que ten?an el objetivo de agasajarlo durante su estancia. La variedad era amplia, respond?a a necesidades distintas e iba destinada a diversas capas de la sociedad. El elemento principal que las caracterizaba era el fuego; esencial en los festejos medievales y modernos. Habitualmente relacionado con las creencias paganas, el fuego adquiri? un car?cter purificador en el ?rea mediterr?nea. Adem?s, tambi?n era generador de vida y su poder hipn?tico generaba la admiraci?n y veneraci?n de las sociedades tradicionales. Marie-Fran?ois Christout afirma que la naturaleza misma del fuego lo hac?a el m?s poderoso y seductor de los cuatro elementos, que, adem?s, simbolizaba la vida667. La misma entrada del rey iba acompa?ada del fuego, sea en forma de antorchas, sea en numerosas salvas de ca?ones y arcabuces, disparados en honor del hu?sped desde varios lugares de la ciudad. Las luminarias celebradas por toda la ciudad la poblaban de antorchas, graellas, tambi?n llamadas almenaras de tea, y candelas que iluminaban la noche barcelonesa hasta tal punto que parec?a que era de d?a. Las calles y plazas de Barcelona se llenaban de bailes y danzas donde participaba el pueblo. En cambio, los torneos que se celebraron en la plaza del Borne desde la Baja Edad Media representaban el car?cter m?s caballeresco de los festejos. En ellos, s?lo participaban los nobles y las ?lites ciudadanas, mientras que el pueblo lo hac?a s?lo como mero espectador. Por tanto, era una fiesta privativa de los estamentos m?s poderosos del Principado. A?n m?s exclusivos para dichas ?lites eran los saraos que se celebraban tanto en la Llotja como en otros salones de la ciudad. ?stos quedaban reservados al restringido c?rculo de las instituciones del territorio y a la corte, por lo que el pueblo quedaba totalmente excluido de ellos. El carnaval o la presencia de elementos carnavalescos durante los festejos era algo habitual en la fiesta moderna y llam? la atenci?n de los reyes a su paso por la ciudad. As?, en este cap?tulo, analizaremos la evoluci?n de los festejos celebrados en la ciudad durante las visitas reales. Para ello, estudiaremos cada tipolog?a de festejo: aunque es evidente que algunos se fusionaron, unos con otros, durante estas celebraciones. As?, es inconcebible pensar en la celebraci?n de los bailes por las calles barcelonesas sin la presencia de coplas de m?sicos y gran n?mero de antorchas y petardos; del mismo modo, tampoco es posible analizar los torneos sin la presencia del fuego o de la m?sica. En primer lugar, estudiaremos la presencia del fuego en las luminarias para adentrarnos, posteriormente, en el an?lisis de los torneos y los saraos. 667 ?La nature m?me du feu en fait le plus puissant et s?duisant des quatre ?l?ment. G?n?rateur de lumi?re, de chaleur, indompt? et mobile, il symbolise la vie, l?esprit?, en CHRISTOUT, M.-F., ?les feux d?artifices en France de 1606 ? 1628?, en JAQUOT, J., les F?tes de la Renaissance, vol. I, Par?s, CNRS, 1956, p?g. 247. 234 5.1. Las luminarias. En el propio recibimiento del rey, el fuego desempe?aba un papel destacado. La duraci?n de la ceremonia que, en muchas ocasiones, se alargaba hasta la ca?da de la noche, obligaba a la ciudad a disponer un n?mero elevado de antorchas para alumbrar el camino al hu?sped que, por otro lado, acostumbraba a llevar las suyas propias. Normalmente, y desde tiempos medievales, las hachas de la ciudad las portaban j?venes de las cofrad?as. En 1481, Isabel de Castilla fue acompa?ada hasta el monasterio de Valldoncella por m?s de 300 antorchas de las que 100 eran de cera blanca pagadas por el municipio668. Igualmente, las 100 aparejadas por la ciudad para recibir a su nieto Carlos I, en 1519, se colocaron delante de las antorchas del rey y sus portadores eran ?menestrals e joves de las confrarias?669. Generalmente, Barcelona dispon?a entre 100 y 150 antorchas blancas, de seis libras de peso, para el recibimiento. El peso de las mismas era importante ya que ?ste variaba seg?n la calidad del hu?sped. El recibimiento de la ciudad se completaba con otro espect?culo de fuego: un gran n?mero de salvas de artiller?a y arcabucer?a. En 1519, el consistorio estableci? que para recibir al rey Carlos ?fos aparellada la artilleria de la Ciutat, ab multitut de mascles?. Cuando el rey lleg?, se dispararon algunos ca?ones y acerc?ndose ya al monasterio de Valldoncella se dispararon los otros. Con el paso del tiempo se increment? el n?mero de ca?ones que realizaban las salvas, as? como el n?mero de arcabuceros que participaban en dicha ceremonia ya que la mayor pomposidad de la corte exig?a una mayor aparatosidad en el recibimiento. As?, las salvas de artiller?a se convirtieron en un elemento indispensable de todo festejo y ceremonia en la Barcelona moderna. Un caso paradigm?tico lo tenemos en 1630, durante el recibimiento de Mar?a de Hungr?a, en el que salieron de la ciudad cuatro banderas de arcabuceros ?en total, m?s de 1.500? cuyos capitanes eran don Francesc Doms, don Joan d?Erill, don Bernat Salb? y don Alexos de Marimon. Estos soldados con mucho concierto y orden al passar su Magestad hizieron una y otra salua de arcabuzeria, que parecia que se hundia el mundo al son de las caxas, y otros instrumentos belicos, y regozijados: con este aplauso lleg? a la Ciudad, disparando al entrar los ca?ones que estan sobre las torres de la puerta de San Anton y muchos y gruessos morteretes que estauan preuenidos en la muralla, con mucha musica y concierto670. Como se puede comprobar, la llegada de un miembro de la realeza iba acompa?ada de una combinaci?n de antorchas y p?lvora que, junto con la m?sica de los clarines, ministriles y atambores, eran una muestra clara del j?bilo que sent?a la ciudad por recibir al nuevo hu?sped. La pluma de Pedro M?rtir Berenguer reflej? bien este j?bilo durante la entrada y recibimiento de los infantes de Saboya en 1606: 668 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 144. 669 Op. cit., fol. 160. 670 BC, Full Bonshom n? 9.107, EL MAGESTVOSO RECEBIMIENTO, Y FAMOSAS Fiestas que en la insigne Ciudad de Barcelona se han hecho a la Magestad de la Serenissima Reyna de Vngria do?a Maria de Austria, que Dios guarde. Por Rafael Seugon. Copia Primera. 235 Entran pues con tantos tiros con sones, achas y lumbres que las gentes hacen gritos de ver qual son infinitos sus bellezas y costumbres. Ninguno se cansa de verles todos les bendizen y alaban, hasta a Palacio traerles con achas, y sin perderles de vista, les acompa?an671. Cuando era el rey quien llegaba, los consellers ordenaban la celebraci?n durante tres d?as y tres noches de las luminarias, tambi?n llamadas alimaries. ?stas se celebraban, ?nicamente, la primera vez que llegaba a la ciudad. De este modo, cuando el pr?ncipe Felipe lleg? a Barcelona, en 1551, de regreso del Felicissimo viaje, les pidi? que se celebrasen bailes y ?gaytas? en su honor; sin embargo, el Consell de Cent decidi? que no se celebrasen luminarias ya que ya le hab?an agasajado con ellas en su primera visita. A?n as?, determin? que se contratasen muchos juglares para que por el d?a y la noche tocasen por las plazas de Barcelona y que se hiciesen luminarias con tea como en tiempos de alimaries. Aqu? podemos ver como la ciudad se deb?a ce?ir a la ley que no le permit?a decretar oficialmente la celebraci?n de luminarias; sin embargo, la voluntad de complacer al pr?ncipe hizo que se celebrasen sin dicha declaraci?n oficial para no vulnerar las costumbres. Con el resto de hu?spedes reales tambi?n se acostumbraban a celebrar estas luminarias, ?nicamente, claro est?, en su primera visita a la ciudad. As?, en julio de 1548, para el recibimiento del archiduque Maximiliano de Austria, el Consell de Cent orden? que ?tres dias arreu contants lo dia de la entrada sien fetes alimares per la present ciutat ab balls jatglas y tota la jocunditat que fer se puga?672. En cambio, poco despu?s, no se hicieron para recibir a su esposa ya que no ten?an comunicado oficial del rey de la venida de la futura emperatriz Mar?a. En 1606, el viaje de regreso de los infantes de Saboya tambi?n suscit? alg?n problema por la cuesti?n de las luminarias ya que la ciudad se negaba a realizarlas, como solicitaba Felipe III, porque ya lo hab?a hecho tres a?os antes, en el viaje de ida a la corte. Para reforzar su posici?n, el Consell de Cent elabor? un informe donde se inclu?an todas las llegadas a Barcelona de reyes en 671 BN, VE/1379-12, Relacion de la entrada, fiestas, y embarcacion, que se hizieron en la inclita ciudad de Barcelona por los Serenissimos dos Principes de Saboya, viniendo de la Corte. Compuesto por Pedro Martyr Berenguel, natural de la villa de Dos Rios en Catalu?a. 672 AHCB, Registre de Deliberacions, 8 de julio de 1548, fol. 28. 236 las que no se hicieron luminarias por no ser la primera visita. En esta relaci?n, aparec?an las diversas visitas del emperador Carlos V o la segunda visita de Felipe II al Principado. Como se puede comprobar, su celebraci?n deb?a guardar el estricto orden constitucional de Catalu?a y Barcelona. Sin embargo, tampoco se deb?a desagradar al monarca y, finalmente, tras las negociaciones pertinentes, se realizaron las luminarias y los bailes durante ocho d?as: Hazen siempre luminarias en todos los ocho dias digo de noche, tan varias que parescen alimarias qual la noche de alcancias673. Normalmente, las luminarias se acostumbraban a comenzar la misma noche de la entrada real; aunque, en ocasiones, se pod?an aplazar debido a que no se pod?an celebrar durante algunos d?as festivos del calendario lit?rgico. En 1533, no se bail? durante las luminarias en honor de la emperatriz debido a la cercan?a del d?a de la Dominica Pasione y, en 1564, tambi?n fueron suspendidos los bailes por ser tiempo de Cuaresma. Finalmente, en 1626, los diputados de la Generalitat, quant de present som en la semmana de passio y axi tambe la que ve es la semmana sancta y apar que per lo culto divino estes alegries y regosijos y musica no serien ab lo aplauso y contento de tots conforme deuen ser, desliberen per?o que aquelles sien differides pera XIII XIIII y XV del mes de Abril proxim vinent que sera la segona y tercera festa de pascua de resurectio y lo die apres della seguent y per quantes just ques previnguen les persones que han de fer les dites alimaries regosijos y alegries674. Jeroni Pujades tambi?n apunt? en su dietario que se aplazaron las luminarias para no caer en el error cometido en tiempos de Carlos V, concretamente en 1519, cuando el Se?or castig? a la ciudad con un brote de peste por celebrar las de la llegada del rey en tiempo de Cuaresma675. La indisposici?n del hu?sped tambi?n era motivo 673 BN, VE/1379-12, relacion de la entrada?, sin folio. 674 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-183, fol. 759, 30 de marzo de 1626. La ciudad por su parte tambi?n anunci? el d?a 8 de abril, mediante crida p?blica, el aplazamiento de las luminarias hasta despu?s de Pascua: ?que com les festes y alimaries que per delliberatio del savi Consell de Cent Jurats se havien de fer en demonstratio del contento y alegria de la benaventurada vinguda de la SCR Magestat del Rey nostre Se?or de tots tan desijada per haver se asertat en la quaresma, son estades porrogades y deferides perals tres dies immediatament passat lo die de pascua ?o es dilluns dimars y dimecres proxims per ser lo temps mes commodo y al proposit pertant dits senyors consellers dihuen y exortan a tots los poblats y habitants en dita ciutat los plassia festivar y festejar la dita benaventurada vinguda ab sons balls mascaras y altras inventions de jocunditats alegrias honestas y ab fochs y alimaries e les nits no obrint llurs botigas ni obradors ab grandissima demonstratio de regosijo conforme a un tan gran senyor se pertany?, en AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-27. 675 ?No?s comen?aren las Alim?rias esta nit com se acostuma, que?s suspengueren per de Quaresma. Perqu??s??s trobat que en altra entrada de Rey diu de l?Emperador que entr? en Quaresma, y la Ciutat f?u alim?rias y balls; y Nostre Senyor ho castig? de tal manera que no fou lo Emperador fora de Barcelona que ja hi hagu? pesta?, en PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 45. Citado por P?REZ SAMPER, 237 para su anulaci?n o aplazamiento como es el caso de las luminarias que se deb?an celebrar entre el 8 y el 10 de mayo de 1585 y que, por enfermedad del pr?ncipe Felipe, se suspendieron el d?a 9 para retomarse el 12 y 13 del mismo mes, una vez el joven pr?ncipe se hab?a repuesto. Sin embargo, en otras ocasiones se decidi? aplazarlas para que coincidiera con festividades especialmente alegres como eran los carnavales; casos de las alimarias en honor de los infantes de Bohemia, en 1564, y de Mar?a de Hungr?a, en 1630, que coincidieron con los tres d?as de Carnestolendas. Pero, ?qu? eran las luminarias? B?sicamente, eran la representaci?n p?blica de las muestras de alegr?a y regocijo que los habitantes de la ciudad sent?an por la llegada del rey o hu?sped real. Adem?s, significaban el car?cter m?s popular de las festividades que se preparaban para honrar al rey ya que en ellas era indispensable la participaci?n del pueblo y as? lo hac?an saber las autoridades municipales. ?stas exhortaban, mediante crida p?blica, a todos los habitantes de la ciudad de cualquier estado, grado o condici?n a que celebrasen alimarias en sus casas de la manera m?s pomposa posible676. Aunque, en ocasiones, las autoridades de la ciudad no ve?a excesivas muestras de entusiasmo en los habitantes, como pas? durante la estancia de los Reyes Cat?licos en 1492. Entonces, sucedi? que los consellers se vieron obligados a publicar otra crida en la que se ordenaba hacer luminarias, fuegos, luces, bailes y m?sica ?per demostratio de tanta jocunditat lo que no es estat fet mostrant poch la alegria? por el arribo de los reyes677. Los tres elementos indispensables de las luminarias eran: el fuego ?esencial en estas celebraciones?, la m?sica y el baile. Se repart?an por toda la ciudad gran cantidad de antorchas, linternas, candelas y graellas. Las iglesias y monasterios, as? como las murallas y baluartes de la ciudad se iluminaban. La orden de celebrarlas se extend?a fuera de las murallas. En 1481, los consellers ordenaron que se encendiesen luminarias en honor de Isabel de Castilla en las parroquias de Santa Coloma, Hospitalet, Sant Mart? de Proven?als, Sants, Esplugues, Sarri?, Proven?ana, Horta y Sant Andreu del Palomar y en todas las torres, mas?as y casas del territorio678. Esta orden es paradigm?tica de la vertebraci?n del territorio que ejerc?a Barcelona, no s?lo en lo pol?tico y econ?mico, sino tambi?n en lo ceremonial y festivo. M.A., ?Barcelona, Corte: Las fiestas reales en la ?poca de los Austrias?, en LOBATO L?PEZ, M.L. y GARC?A GARC?A, B.J. (Coords.), La fiesta cortesana en la ?poca de los Austrias, Valladolid, Junta de Castilla y Le?n, 2003, p?g. 154. 676 ?Crides en orde a les alimaries de sa Magt. Cesarea. Ara ojats tothom generalment queus notifican ? fan, a , saber de parts dels molts Illustres se?ors consellers dela present ciutat de Barcelona, inseguint la deliberacio presa per lo savi concell de cent dela mateixa ciutat celebrat lo die present que com en demostracio dela singular alegria que li ha cabut de esser arribada ab feliz navegatio en esta present ciutat la Sacra Cesarea ? Real Magestat dela sen?ora emperatris pera passar en Alaman?a, haje deliberat que foren fetes tres nits de alimaries en explicatio de contento tant particular les quals tres nits fossen la del present ? despres los dos immediatament seguents per tant se diu notifica ? exorta, a totas ? qualsevols persones de qualevol stat grau o, conditio que sie ab la major ostentatio que la brevedat del temps dona lloch fassen ditas alimarias publicas quiscu en sas casas pera que desta manera ? en la present ocasio servida la Re?na nostra sen?ora que Deu guarde ? la sen?ora emperatris en aquest obsequi?, en AHCB, Crides Comuns, 1B. IV-35, fol. 133. 677 AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-18, n? 18:32. 678 AHCB, Ceremonial, 1C. XXII-1/19, 21 de julio de 1481. 238 Todas las instituciones y tribunales de la ciudad compraban gran n?mero de candelas de sebo y de cera, linternas y aceite para iluminar sus edificios ?Casa de la Ciutat, Casa de la Diputaci? del General, Lonja o Casa de la Bolla? y repartir porciones entre sus oficiales para que hiciesen lo propio en sus casas. De este modo, en 1564, la Generalitat encarg? a su carpintero, Francesc Patau, la fabricaci?n de 18.000 linternas para las luminarias celebradas en honor de Felipe II679. En 1626, los tres diputados y los tres oidores de cuentas de la Generalitat recibieron cada uno seis arrobas de candelas de sebo, 30 cuartones de aceite y 200 linternas para iluminar sus casas680. Los dem?s oficiales recibieron porciones menores, seg?n su rango y jerarqu?a dentro de la instituci?n. Estos aspectos econ?micos los trataremos en el s?ptimo cap?tulo. Junto con antorchas, candelas y linternas, se colocaban una especie de parrillas, llamadas graellas o almenaras de tea, que iban repletas de este combustible que irradiaba una gran luminosidad. Parece que eran propias de la pen?nsula o, al menos, de los territorios de la Corona de Arag?n. Nos induce a pensar esto el desconocimiento que de ellas ten?a el arquero Henry Cock que al llegar a Zaragoza acompa?ando a Felipe II escribi? en su diario de la jornada: ?En la misma ribera del Ebro estaban muchas luminarias puestas en piezas de hierro que daban tanta luz que parec?a la noche ser convertida en d?a?681. De nuevo, la noche se hac?a d?a, que ?como apuntamos anteriormente? escribieron tantos cornistas y contempor?neos de estas luminarias. Pero lo importante aqu? es significar que su desconocimiento de estas graellas indicaban la ausencia de este tipo de instrumento festivo en el ?mbito flamenco del que proven?a el arquero y cronista Cock y, quiz?s, tambi?n del castellano. Porque, en Barcelona, de nuevo, nos explica el cronista que alrededor del palacio donde se alojaba el rey encend?an ?mucha le?a puesta en unas piezas de hierro altas y alumbraba la calle hasta medianoche?682. Su utilizaci?n en las luminarias incrementaba su solemnidad ya que eran piezas bastante caras y reservadas para grandes ocasiones. Comienzan a aparecer en la documentaci?n a partir de la segunda mitad del siglo XVI y su inclusi?n en las luminarias responder?a a la necesidad de aumentar la solemnidad y pomposidad de las ceremonias regias que en este per?odo se impuso desde la monarqu?a para su prestigio y conservaci?n. As?, en 1599, durante la breve estancia ante los muros de Barcelona de las galeras donde viajaba la reina Margarita de Austria, se colocaron y encendieron graellas en los merletes de la Casa de la Diputaci? y Lonja y por todos los baluartes y muralla, para su regocijo. Y, asimismo, en 1603, el Consell de Cent de Barcelona estableci? que para el recibimiento de los infantes de Saboya que deb?an llegar por mar, se colocasen graellas con tea encendida en lugar de linternas por toda la muralla que iba desde el baluarte de Levante hasta las atarazanas683. Queda claro, pues, que este instrumento de las ceremonias barcelonesas se utilizaba especialmente en el ceremonial regio y otras 679 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-135, fol. 122, 24 e marzo de 1564. 680 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-183, fol. 759, 30 de marzo de 1626. 681 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., vol. II, p?g 481. 682 Op. cit., p?g. 512. 683 AHCB, Bosses de Deliberacions, 1C. XIII-23, 1597-1606, sin folio, 28 de abril de 1603. 239 grandes solemnidades. Debido a su coste y a la gran cantidad de madera o teas que precisaban para iluminar, el n?mero de piezas colocadas no era muy elevado. En 1564, la Generalitat encarg? a su herrrero Francesc Griny? la fabricaci?n de 12 graellas para las luminarias para la visita de Felipe II684. Mayor fue el n?mero encargado por el Consell de Cent para la de Felipe III, en 1599, 60 piezas685. Asimismo, el 4 de febrero de 1630, las autoridades municipales escribieron a los jurados de Martorell para que devolviesen las doce graellas que les hab?an prestado y que necesitaban para las alimarias de la reina Mar?a de Hungr?a, de las que s?lo hab?an devuelto cinco686. Estas costosas piezas acostumbraban a repararse antes de encargar la fabricaci?n de otras nuevas. En 1599, Frederic Despalau anot? en su diario la vista de la ciudad que, desde las galeras, ten?a la reina Margarita cuando iba camino de Vinaroz: La ciutat y diputats enbeliren lo General y la Llonya de moltes banderes y moltes lanternes y graelles, que parien molt b? de lluny, y per totes les muralles f?u la ciutat lo matex. Totes les confraries se possaren per les muralles tirant molta arcabusseria y la artilaria, que no y avie m?s que dessiyar a la part de la mar, que tot paria que se cremava687. Tambi?n es muy ilustrativa la imagen de estas luminarias descrita por Bautista del Castillo, que escribi? una peque?a relaci?n en verso sobre las fiestas realizadas en honor de Felipe IV, en 1626: Se empe?aron Celio amigo las luminarias propuestas para dias de Aleluya; desde el tiempo de Quaresma. Las tres noches que duraron parece que las estrellas, zelosas de las ventanas baxaron a componerlas. 684 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-135, fol. 83, 15 de enero de 1564. 685 DACB, vol. VII, p?gs. 186-187, 3 de abril de 1599. 686 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-82, fol. 3, 4 de febrero de 1630. 687 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?gs. 168-169. 240 Entre lamparas cuajadas, y entre festivas centellas, como bocas de Sicilia luz dilatauan las teas688. Por toda la ciudad se lanzaban gran cantidad de cohetes de diversos tama?os. A pesar de algunas prohibiciones bajomedievales por su peligrosidad689, su utilizaci?n prolifer? en las fiestas urbanas hasta finales del siglo XVI ya que en estas fechas desaparecieron de las calles. En cambio, si se mantuvieron y con gran ?xito los fuegos artificiales que hac?an las delicias del p?blico ya que se pod?an contemplar desde todos los puntos de la ciudad690. Fue en 1585 cuando, con motivo de la llegada de Felipe II con la familia real al completo, se vieron los mejores fuegos hasta ese momento celebrados en Barcelona. Fueron costeados por el duque de Saboya que quer?a, de esta forma, honrar a su suegro, al pr?ncipe Felipe y a su nueva y flamante esposa, Catalina Micaela. El arquero Cock describi? dichos fuegos en su cr?nica del viaje: El mismo d?a de pascua del Esp?ritu Santo, a 9 de junio, a las nueve de la noche, hizo junto al palacio a la marina el ingeniero del duque un lindo espect?culo a los pr?ncipes. Hab?a hecho un cerco en cuya entrada estaban cuatro carros, cada uno con tres ruedas con que se volv?an, los dos primeros opuestos uno al otro ten?an unos ca?os de hierro llenos de agujericos que en su tiempo echaban mucho fuego. Otros dos carros asimismo opuestos, ten?an ruedas en lo m?s alto llenas de cohetes que se volv?an con el fuego. Junto a estos carros, al lado del palco, estaban tres copas grand?simas de las cuales sal?an unas ca?as llenas de p?lvora que hac?a bullir el agua de las copas. Despu?s hab?a tres castillos, en lo m?s alto del uno estaba un pel?cano coronado, con la boca abierta, que ya parec?a echar fuego. En lo m?s alto del segundo estaba una mujer rodeada de serpientes, entre las cuales cont? cincuenta y tres bocas que echaban todas fuego. El tercer castillo ten?a una pir?mide en que estaba pintado un mundo. Al fin del cerco estaba el cuarto castillo y el mayor de todos aderezado con muchos pilares en derredor. En lo m?s alto ten?a un Cupido con su arco en la mano. Todos estos instrumentos de fuego comenzaron poco a poco en la noche a quemarse. Era muy maravilloso espect?culo, o?anse muchos tiros de artiller?a hechos muy al vivo, que se parec?a verdadera artiller?a, o?anse arcabuces como que estaban ya en pelea, ve?anse en un momento m?s que doscientos cohetes cada vez tirar en alto. Duraron estos triunfos hasta media noche, que entonces cada uno se retir? a su casa691. Es de destacar la presencia de Cupido en lo alto del cuarto castillo que hac?a referencia claramente al matrimonio del duque de Saboya con Catalina Micaela. Fueron 688 BN, R-11293, EL VERDADERO TERCERO, Y QVARTO AVISO, EN VERSO DE LO SUCEDIdo, presente su Magestad en la Ciudad de Barcelona, desde a treze hasta a diez y seys del mes de Abril. Por Bautista del Castillo natural de la mesma Ciudad. 689 ?Ara hoiats que la nit del dia present no sia licit ne permes a persona alguna de qualsevol stat o conditio sia de tirar o fer tirar e desparar fochs grechs ne cohets alguns per quant sen seguexen molts dans perills e inconvenients sots ban a cascu e per cascuna vegada que sera fet lo contrary de deu [lliures] o de star en la preso cinquanta dies sens gracia o mer?e alguna?, en AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-18, n? 18:33, 24 de octubre de 1492. 690 ?Si les ballets et mascarades de cour ne peuvent toucher qu?un public restreint, les feux d?artifices s?adressent ? tous, rassemblent dans un m?me ravissement toutes les classes de la societ??, en CHRISTOUT, M.-F., ?Les feux d?artifices en France??, p?g. 248. 691 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 518. 241 unos fuegos artificiales muy apreciados por todos los habitantes de la ciudad. El noble Frederic Despalau tambi?n recogi? en su dietario la grandeza de estas fiestas ?de foc que may se eren vistes per as?, de molts instruments de foc y cuets de moltes maneres, que parie que tot se ne agu?s de entrar?692 y que, al parecer, espantaron a muchas damas de la corte. A pesar de los problemas iniciales del duque con el artillero encargado de los fuegos, su cambio por otro permiti? celebrarlos con gran ?xito. Estos encargados de los fuegos artificiales eran, normalmente, capitanes de artiller?a que en tiempos de paz se dedicaban a la celebraci?n de festejos693. Algunos de ellos alcanzaron gran renombre y eran dignos de alabanzas en cuanto a artistas. Dion?s Jeroni de Jorba, autor de una c?lebre obra descriptiva de la ciudad de Barcelona, incluy? en su manuscrito un soneto en alabanza del maestro artillero, de nombre Basti?n, encargado de los fuegos artificiales del duque694. Asimismo, en 1632, la ciudad de Valencia hizo venir a ?aquel grande Maestro de Elche? para hacer las invenciones de los fuegos artificiales en honor de Felipe IV; cobr? 400 escudos por una noche de trabajo695. El segundo de los elementos indispensables de estas luminarias era la m?sica. ?sta se adue?aba de las calles y plazas de la ciudad y para ello era necesaria gran cantidad de m?sicos que, encuandrados en coblas, se repart?an por toda Barcelona. Entonces, el Consell de Cent reclamaba la presencia en la ciudad de todas las agrupaciones de m?sicos o juglares que hubiera por el Principado. En 1564, el m?sico Joan March recibi? la orden de dirigirse a todas las autoridades municipales de Catalu?a, batlles y veguers, tanto eclesi?sticos como reales, para que facilitasen la llegada a la capital catalana de juglares y m?sicos para la entrada real y luminarias de Felipe II696. Pero, la llegada a Barcelona de los infantes de Bohemia, ese mismo a?o, oblig? a requerir m?s m?sicos para los festejos. Por este motivo, los consellers escribieron al veguer de Vilafranca del Pened?s para que enviasen coblas para las luminarias de los sobrinos del rey porque ?en aquexa vegueria se diu ha personas y cobles expertes?697 y se decidi? alargar la estancia de la ya presentes en la ciudad por las luminarias en honor de dichos pr?ncipes de Bohemia. La llegada de estos pr?ncipes 692 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 137. 693 ?Les p?riodes belliqueuses le voient incendier les villes conquisses et les b?cher d?holocaustes; ainsi les guerres de religion ont-elles fait flamber la France. Mais dans les p?riodes pacifiques, le peuple r?ve de f?tes, d?illuminations, il demande ? l?artilleur de quitter ses canons et d?ordonner des jeux avec la poudre r?serv?e aux combats?, CHRISTOUT, M.-F., ?Les feus d?artifices??, p?gs. 247-248. 694 ?Con quan mayor razon en biva historia/ sera el se?or Bastian muy se?alado/ por su ingenio claro y elevado/ que a comparaci?n del todo es escoria/ De artificiales fuegos gran maestro/ gran capitan sagaz fuerte animoso/ gran tracador de minas y artillero/ en todo lo que emprende sabio y diestro/ en la conversacion dulce y sabioso/ y entre los afamados el primero?, en BN, Ms. 1.721, Descripcion de la Insigne Ciudad de Barcelona, compuesta por Dionysio Hieronymo de Iorba, Cavallero y Doctor en Derechos, Barcelones, traduzida de lat?n en castellano por Ioan Miguel de Rosas vezino de la dicha Ciudad, fol. 59. 695 BUB, C-249/5/9-54, COPIA PRIMERA, Y RELACION VERdadera de las fiestas y recibimientos que ha hecho la Ciudad de Valencia ? la Magestad del rey nuestro Se?or Filipo Quarto, y a sus hermanos, Lunes a diez y nueue de Abril deste presente A?o de mil seyscientos treynta y dos. 696 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-57, fol. 16, 18 de enero de 1564. 697 AHCB, Lletres Closes, 1B. VI-57, fols. 28-29, 17 de marzo de 1564. 242 extranjeros obligaba a contratar a los mejores m?sicos para mayor honra de la ciudad y del rey que recib?a a sus sobrinos ?hijos de Maximiliano de Austria. As?, el n?mero de coblas de m?sicos y juglares que se desplazaban a la ciudad con motivo de las fiestas reales era elevado. Jeroni Saconomina, miembro de una familia de la oligarqu?a gerundense y que lleg? a ser diputado real, dej? anotado en su diario c?mo para la estancia del duque de Saboya en Barcelona, en 1585, ?f?ran-y anar a tots los juglas d?esta terra (es de suponer de Girona y alrededores) y los de Perpiny??698. Es dif?cil saber el n?mero exacto de m?sicos que se desplazaron en cada entrada o visita real y el n?mero de d?as que resid?an en ella. Bautista del Castillo, que ya hemos mencionado como autor de una breve relaci?n en verso sobre la visita de Felipe IV, en 1626, apunta que las coplas que actuaron en ella ?passauan de quarenta?699. En cambio, Andr?s de Mendoza, describiendo las Carnestolendas que se celebraron en Barcelona justo antes de la llegada de Felipe IV, en 1626, momento en que tuvo que abandonarla por el destierro de la corte al que hab?a sido condenado por le rey, escribi? en su Tercera Relacion de las fiestas de la Ciudad de Barcelona: Genericamente hablando, son quadrillas que van dan?ando y baylando: y con la fama de la venida de su Magestad ha caydo una nuve de copias de instrumentos, que passan de ciento las que andan por el lugar ta?endo, assi con las mascaras, como asolas, de chirimias, trompetas, viguelas, laudes, harpas, gaytas, cornetas, sacabuche, clauicimbalos, sonajas, tamborino, adufes y ginebras, que hazen, si tal vez disonante siempre agradable confusion, y la musica de siete galeras ayuda en su parte700. Con toda seguridad, esta cifra es exagerada ya que la documentaci?n municipal informa de una contrataci?n mucho menor de coblas. As?, en 1564, la Diputaci? del General contrat? nueve agrupaciones de juglares para participar en las luminarias que se celebraron por la llegada de Felipe II. El n?mero de integrantes de cada una variaba en funci?n del lugar donde tocaba; aunque, normalmente, eran cuatro los juglares que las conformaban. En 1585, la Generalitat contrat? 18 coblas para las luminarias en honor del duque de Saboya de las que hab?a una integrada por seis m?sicos; dos de cinco y quince de cuatro701. Los m?sicos ta??an sus instrumentos por los diferentes tablados que por las calles de la ciudad se hab?an construido e iban relev?ndose entre ellos. Tanto el Consell de Cent como la Generalitat ten?an, cada una, un tablado ante el palacio del rey, donde sonaban sus m?sicos que iban muy bien vestidos seg?n la librea de cada instituci?n. El poeta Baltasar del Hierro, en su relaci?n de la entrada de Felipe II, escribi? que en la ciudad ?tenia en cada calle, pla?a, o canton tablados para que los menestriles suuiessen a ta?er, y alrededor blandones para que los que de dia no pusiessen baylar, de noche por falta de lumbres no lo dexessen: assi que de dia y de noche por mas de quinze dias no cessaron??702. En ocasiones se produc?an abusos de 698 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 202. 699 BN, R-11293, EL VERDADERO TERCERO, Y QUARTO AVISO?, sin folio. 700 BN, VE/60-78, Tercera Relacion de las fiestas de la ciudad de Barcelona. A DON ENRIQVE RAYMUNDO FOLCH DE ARAGON, CORDOVA, Y Cardona, Duque de segorbe, y Cardona, gran Condestable de Aragon. 701 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 152, 22 de febrero de 1585. 702 HIERRO, B. del, Los triunphos?, sin folio. 243 poder en la ubicaci?n de los tablados ya que los miembros de la ?lite ciudadana pretend?an colocarlos delante de sus casas con la honra y muestra de posici?n social que esto significaba. La actuaci?n de los juglares iba acompa?ada de bailes y danzas que ejecutaban los barceloneses por las calles y plazas de la ciudad y que cosntitu?an el tercer elemento clave de las luminarias. Toda la ciudad sal?a a la calle a bailar y danzar. Era tal la cantidad de gente que danzaba por las calles que incluso, ya en el siglo XV, se publicaron bandos para evitar el extrav?o de ni?os y ni?as entre la agitada multitud. As?, durante las celebraciones de los festejos en honor del duque de Calabria en 1477, en caso de que alguien encontrase ni?os perdidos por las calles deb?a llevarlos a casa del afinador de la ciudad, situada en la calle del Regomir703. Los bailes ten?an una estrecha vinculaci?n con el carnaval que ?como hemos indicado? a menudo se hac?a coincidir con las luminarias. Por ello, veamos algunos aspectos de los carnavales celebrados durante las visitas reales. Miquel Querol-Gavalda apunt?, hace agunos a?os, que en Barcelona exist?a una tradici?n carnavalesca que se remontaba a la ?poca de los primeros cristianos704. Ya en ?poca moderna, concretamente en 1585, el duque de Saboya ?se holgaba en Barcelona, entreteni?ndose en juegos y fiestas, como mozo, que eran las carnestoliendas, y ?l mismo se puso enmascarado yendo a caballo por la ciudad, tirando naranjas a las doncellas en las ventanas como los ciudadanos?705. Al mismo tiempo, hac?an lo propio Felipe II y las infantas, en Zaragoza, donde, tal y como se hac?a en toda Espa?a, la gente va en m?scaras por las calles diciendo coplas y cosas para re?s, echando huevos llenos de agua de olores, donde ven doncellas en las ventanas, porque ?sta es la mayor inclinaci?n de los de esta tierra, que son muy deseosos de lujuria, y as? quit?ndose el freno van estos tres d?as, as? caballeros como ciudadanos a caballo y a pie diciendo las coplas que saben donde piensan remediar sus corazones del amor y aguardan el galard?n de sus trabajos. La gente baja, criados y mozas de servicio, echan manojos de harina unos a otros en la cara cuando pasa, o masas de nieve, si ha ca?do, o naranjas en Andaluc?a, mayormente, donde hay cantidad de ellas706. Como se puede ver en esta descripci?n del arquero y cronista Cock, la ciudad aragonesa, al igual que otras, se llenaba de m?scaras durante los carnavales, donde no faltaba cierto car?cter er?tico. Las m?scaras que se celebraban esos d?as en Barcelona eran tan numerosas que, como indica Andr?s de Mendoza en su relaci?n de 1626, ?determino passarlas en silencio, porque contarlas en Barcelona es contar al Sol los atomos, ? las arenas al mar?. Durante los tres d?as de luminarias y carnavales celebrados, en 1632, en honor de Felipe IV, por todas las calles y plazas se fabricaron tablados donde tocaron gran n?mero de ministriles ?que infatigables cumplieron con el gusto de infinitas dan?as que les mandaron ta?er?. En estos mismos carnavales, se mand? construir un cercado de madera en la plaza de Sant Francesc para que las 703 AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-15, n? 1.000, 22 de julio de 1477. 704 QUEROL-GAVALDA, M., ?Le Carnaval a Barcelone au d?but du XVIIe si?cle?, en JAQUOT, J., op. cit., p?g. 371. 705 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 471. 706 Op. cit., p?g. 470. 244 m?scaras pudieran ejecutar sus danzas libres del acoso de la cantidad de gente que se agolpaba en torno a ellas, mientras el rey lo observaba desde su posada en el palacio del duque de Cardona. Este tipo de desmesuras eran objeto de las cr?ticas de los miembros del clero. Algunos eclesi?sticos optaban por marcharse de la ciudad durante estos d?as de excesos, como hizo Joan Ter?s, arzobispo de Tarragona y virrey del Principado, en 1603. Veamos, tambi?n, la adversa opini?n de don Juan de Palafox y Mendoza, capell?n de la reina Mar?a de Hungr?a, que vivi? los carnavales de 1630 en la ciudad y que no ocultaba su desprecio por los catalanes: Los tres dias sig[uien]tes se ejercitaron en el alegre regocijo de los Vecinos de Barcelona en sus Carnestolendas, andando por la Ciu[da]d saltando, y bailando hombres, y Mugeres con grande desembarazo, y llaneza hechas Mascaras, permitido quanto se dice tolerado quando se hace en nacion tan vengativa, y cruel mal sufrida y velicosa, poseida entonces del sufor y bacanal estruendo de este inquieto regocijo707. Adem?s, durante la celebraci?n de las alegr?as y luminarias, se representaban algunas escenas b?licas en honor del rey. Normalmente, los diputados encargaban la construcci?n, en madera, de un castillo en el que se representaba su asedio. En 1519, el castillo ef?mero levantado para la visita de Carlos I se guard? para una ocasi?n posterior. De este modo, en 1533, los diputados mandaron que fuese reparado el castillo erigido para la entrada del emperador de 1519708 y tambi?n sirvi? para las luminarias de las visitas del pr?ncipe Felipe, en 1542709, y el archiduque Maximiliano de Austria, en 1548710. En ambos casos, fue reparado y pintado de nuevo por Antoni Carbonell, carpintero de la Generalitat y por el pintor Gabriel Alemany. Las representaciones que se realizaban se encuadran en las tradicionales batallas entre moros y cristianos; estos ?ltimos, asaltaban la fortaleza ?rabe y la liberaban de manos musulmanas. El arquero y cronista Henry Cock describi? un espect?culo similar realizado en Tortosa, en 1585, ante Felipe II: Estaba hecha una torre de tablados y madera frontera en la ribera del Ebro, pintada en derredor, y para ganar y defender ?sta sal?an dos cuadrillas de ciudadanos. Los moros la defend?an y los cristianos la ten?an cercada por mar y por tierra, con muchas piezas de artiller?a hasta que diesen la dicha torre. Los pescadores, muy h?biles y diestros, fing?an los moros; los cristianos hac?an muchos asaltos en ella, de manera que algunas veces ven?an a las manos las cuadrillas, que la una no estaba m?s lejos de la otra que un tiro de ballesta. Por la tarde fue destruida la torre y vencidos los moros, a los cuales trajeron los cristianos triunfando por las puertas de palacio711. 707 BN, Ms. 8.176, op. Cit., sin folio. 708 ?Que sie tret y adobat lo castell y torre que foren fets per la entrada de sa magt Cesarea y aquell sie posat devant la casa dela deputatio?, en ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-126, fol. 332, 6 de febrero de 1533. 709 Los diputados ordenaron el pago de 60 libras al carpintero de la Generalitat Antoni Carbonell y 70 libras al pintor Gabriel Alemany, en ACA, Generalitat, Registre de Deliberaions, N-128, fols. 30 y 38, 25 de octubre y 14 de noviembre de 1542, respectivamente. 710 En esta ocasi?n, Antoni Carbonell cobr? 50 libras y Gabriel Alemany 40 libras, en ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-129, fols. 270 y 280, 10 y 28 de julio de 1548, respectivamente. 711 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 537. 245 Pero para la primera visita de Felipe II a la ciudad, los diputados de Catalu?a decidieron erigir un castillo nuevo que siguiese el estilo constructivo de las fortificaciones del momento. Por eso, levantaron uno que imitaba al de Salses ? paradigma de castillo renacentista que, edificado en tiempos de los Reyes Cat?licos, segu?a los postulados renacentistas en materia de arquitectura militar, con robustos baluartes preparados para soportar el fuego de la artiller?a y lejos de las fr?giles murallas y torres medievales?. En esta construcci?n, se represent? la postrera fiesta preparada por los diputados durante la estancia real: el castillo de los luteranos. De nuevo, Baltasar del Hierro es el testimonio m?s minucioso de este espect?culo: Tenia su fundamento en tierra llana, esquinado, y en cada esquina su torreon muy fuerte y bien artillado, labrado todo de canteria blanca y negra: las puertas algo leuantadas del suelo, y de hierro, con su puerta de socorro. Encima del omenaje, torreones y muralla, muchas vanderas amarillas, porque assi era gran cantidad de aguenaos la que le guardaua. Estaua un tablado delante de la puerta del castillo, en que estauan sant Iorge de relieuo tan grande como un hombre, armado de todas pie?as encima de su cauallo por el siguiente armado, su estoque en la mano, y el drago junto a los pies del cauallo, y la hija del rey de Livia, llamado Liphon a la otra parte de rodillas, las manos juntas y bueltas azia el cielo. Tenia sant Iorge la vista al?ada como que miraua azia el rey quando passaua, y le hablaua por los que auian de ganar el castillo, o por mejor dezir, por todos los del Reyno de Catalu?a, que son del bra?o militar712. En cada uno de los torreones hab?a un mote en alabanza de la caballer?a catalana, acerca de su lealtad y fiereza tanto en la guerra como en la paz. Ante la certeza de la llegada de los cristianos, los luteranos del castillo tomaron posiciones y prepararon la artiller?a para defenderlo. El rey vio la fiesta desde una ventana de la casa del diputado militar Caldes de Segur. Los cristianos llegaron ante la fortaleza y todo se dispuso para afrontar su asalto. Tras una escaramuza inicial, los luteranos ordenaron a los suyos retirarse al castillo. A continuaci?n, comenz? el ataque de la artiller?a cristiana que derrib? un torre?n y un pedazo de muralla. Al fin, la infanter?a cristiana hizo su oraci?n como era costumbre y se lanz? al ataque al grito de ?Espa?a Espa?a: unos Santiago, otros sant Iorge, cierra, dentro: victoria victoria?. Consiguieron vencer la ardua resistencia de los luteranos, matando y apresando a muchos, ?sus vanderas rotas y destra?ados, los alferezes degollados y arrojados con ellas por los muros abaxo, y puesto a saco el castillo?. As?, finalmente la hija del rey de Libia fue liberada de las garras de los luteranos por sant Jordi. Es importante destacar la sustituci?n de los musulmanes por los luteranos en el enemigo a batir. Esta fiesta culminaba el programa festivo preparado para la visita de Felipe II, mediante el que se pretend?a mostrar la disposici?n de la capital catalana, y en este caso concretamente de su caballer?a, para la lucha contra el luteranismo que se hab?a convertido en un enemigo tan temible como el ya tradicional Islam. Y es que, en este sentido, fueron claves las disposiciones finales del Concilio de Trento que significaron la irreconciabilidad entre protestantes y cat?licos. Vemos, pues, una novedad en esta fiesta, donde se super? la tradici?n medieval del enemigo musulman, que hemos visto todav?a representado en el espect?culo de Tortosa, por el nuevo 712 HIERRO, B. del, Los triunphos?, sin folio. 246 enemigo de la cristiandad cat?lica. Adem?s, la elecci?n del castillo de Salses no era aleatoria y estaba dotada de gran simbolismo porque, situado ?ste en la frontera entre Francia y Catalu?a, era el principal baluarte militar del Principado, desde el que se deb?a hacer frente a la amenaza hugonote. 5.2. Los torneos y otros espect?culos caballerescos. Entre los festejos con que se agasajaba al monarca se encontraba el torneo, con sus diversas variaciones como eran las justas, pasos de armas, juegos de ca?as, sortijas o alcanc?as, entre otros. La Generalitat, concretamente, el estamento militar, acostumbraba a celebrarlos, aunque, en ocasiones, vemos que fue la propia ciudad quien los organiz?. Por lo tanto, principalmente, los torneos que se celebraban en Barcelona eran obra de los caballeros catalanes. En primer lugar, es necesario situar a los torneos en el ?mbito del juego. En su obra Homo ludens, Johan Huizinga dio una definici?n para ?juego? que podemos hacer extensible al torneo: El juego es una acci?n u ocupaci?n libre, que se desarrolla dentro de unos l?mites temporales y esaciales determinados, seg?n reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acci?n que tiene su fin en s? misma y va acompa?ada de un sentimiento de tensi?n y alegr?a y de la conciencia de ?ser de otro modo? que en la vida corriente713. As?, se debe concebir al torneo como el juego o fiesta de la caballer?a. Johan Huizinga ya a?adi? a su definici?n del juego que era una ?una forma de actividad, como una forma llena de sentido y como funci?n social? ya que corroboraba ?constantemente el car?cter supral?gico de nuestra situaci?n en el cosmos?714. Por lo tanto, el torneo, en un marco l?dico y festivo, ten?a una funci?n primordial de reafirmar la posici?n social de la clase caballeresca en el orden c?smico establecido. Huizinga apunt? que ?dentro del campo de juego existe un orden propio y absoluto? porque el juego ?crea orden, es orden?715. Las reglas son las que fijaban este orden y traspasarlas signnificaba deshacer el mundo del juego716. En los torneos de caballer?as, pues, tanbi?n se segu?a esta premisa y ten?an sus propias normas y reglas que todos los participantes deb?an cumplir. Esta caballer?a alcanz? su posici?n en este orden a partir de las ?ltimas d?cadas del siglo XII. Jos? Enrique Ruiz-Dom?nec escribe: La idea de la caballer?a se configur? en el interior de una profunda transformaci?n de la sociedad europea, dentro de un tiempo eje, donde desaparecen las viejas normas sociales y surgieron, con alguna tensi?n, unas nuevas con ?nimo de reemplazarlas. Los ideales caballerescos se consolidaron en el seno de una agud?sima crisis de los sistemas normativos feudales (?). 713 HUIZINGA, J., Homo ludens, Alianza, p?gs. 45-46. 714 Op. cit., p?g. 15. 715 Op. cit., p?g. 24. 716 Op. cit., p?g. 25. 247 La caballer?a trat? por todos los medios de ofrecer una soluci?n al mundo de finales del siglo XII y se dej? cautivar por este deseo hasta el punto de volverse convencional y mod?lica717. La caballer?a, surgida a finales del siglo XII, ten?a como raz?n de existencia el servicio al pr?ncipe y era esta figura la que cohesionaba al grupo. As? lo cre?a Juan de Salisbury que, en su obra Polycraticus, concibi? a la caballer?a como un ordo especial ligado a la figura del pr?ncipe, como apunta, de nuevo, Ruiz-Dom?nec718. De este modo, este grupo ofrec?a sus servicios ?en forma de lucha? y lealtad al rey o pr?ncipe para poner orden en las confusas d?cadas finales del siglo XII. Huizinga escribi?: El sistema de lucha noble como ideal de vida, se halla naturalmente vinculado a una estructura social en la que una nobleza guerrera numerosa, con una propiedad moderada, depende de un poder principesco de sagrado prestigio, contando con la fidelidad frente al se?or como motivo central de la existencia. S?lo en una sociedad semejante, en la que el hombre libre no necesita trabajar, puede florecer la caballer?a y, con ella, la prueba imprescindible, el torneo719. Es evidente, pues, el estrecho v?nculo existente entre caballer?a y rey, quien, como su l?der, era el centro de los torneos y por el que se realizaban ya que dicho ejercicio no dejaba de ser un servicio hacia su persona. Por eso, el torneo puede considerarse un reflejo del ?refinamiento de los h?bitos de la caballer?a?720 que, poco a poco, se iba haciendo cortesana para favorecer los intereses de la monarqu?a. Adem?s, era una manera de cohesionar el grupo mediante la ritualizaci?n de su ejercicio militar y sirvi? para que los modelos y rituales de la caballer?a europea se unificaran, como apunt? Maurice Keen, en su obra cl?sica sobre ella721. Siguiendo estas premisas, hay que valorar los torneos como dinamizadores de las transferencias e intercambios culturales entre las diversas cortes europeas. El torneo, pues, se define como ?un juego de apariencias, que encubre algo extremadamente real y cruel: la necesaria cohesi?n de grupo?722. Porque, el torneo no dejaba de ser una simulaci?n de la batalla, acontecimiento primordial de la acci?n militar y dotada de un orden preestablecido. 717 RUIZ-DOM?NEC, J.E., La caballer?a o la imagen del mundo, G?nova, Universit? di Genova, Istituto de medievistica, p?g. 14. 718 Op. cit., p?g. 18. 719 HUIZINGA, J., op. cit., p?g. 133. 720 RUIZ-DOM?NEC, J.E., op. cit., p?g. 21. 721 Seg?n este historiador los torneos ?constituyen una poderosa fuerza para que los modelos y los rituales de la caballer?a europea se unificaran?, KEEN, M., La caballer?a, Barcelona, Ariel, 1986, p?g. 115. 722 RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como espect?culo en la Espa?a de los siglos XV y XVI?, en La Civilt? del torneo (sec. XII-XVII). Giostre e tornei fra Medievo ed et? Moderna. Atti del VII Convegno di studio, Narni, 1990, p?g. 178. 248 5.2.1. Los espect?culos de armas en el siglo XV. Para los europeos de los siglos XV, XVI y XVII, el torneo perdi? su significado primigenio de entrenamiento militar y adquiri?, como apunt? Jacques Heers, un car?cter m?s festivo y espectacular723. Este ?ejercicio de entrenamiento militar hab?a devenido rito de una determinada clase?724: la caballer?a. De nuevo, apunta Ruiz-Dom?nec que los reinos peninsulares asimilaron modelos caballerescos que proven?an de las cortes francesa y borgo?ona, dej?ndose ?seducir por las costumbres caballerescas que se estaban desarrollando en Europa al filo de 1400?725. Catalu?a, por su antigua vinculaci?n pol?tica y cultural con el reino franco ?evidente en su modelo feudal, m?s pr?ximo al franc?s que al castellano? y por el influjo cultural galo en su territorio, tambi?n comparti? esta asimilaci?n de los modelos caballerescos. De este modo, ya, Joaquim Miret y Sans puso de manifiesto que el torneo era ?en nostra terra una costum ecs?tica, segurament importada de Fran?a?726. De este modo, el nuevo torneo, concebido como espect?culo, se instaur? en la sociedad catalana y, a partir del siglo XV, vemos como se sucedieron diversos torneos ante la presencia real. Y es que ?sta era fundamental en los torneos de ese siglo. Es m?s, sin la presencia del soberano no se conceb?a el torneo en la Barcelona del siglo XV. As?, aceptando el hecho de que el torneo de la ?poca bajomedieval dej? de ser, exclusivamente, un ejercicio caballeresco para introducirse en el ?mbito de la fiesta cortesana727, entendemos que ?ste perdiese su independencia para entrar a formar parte del programa de festejos preparado para la visita del monarca o con motivo de matrimonios y nacimientos reales. Por ello, compartimos la opini?n de Pedro Manuel C?tedra, cuando apunta que una consecuencia de la participaci?n de la cultura cortesana y palaciega m?s sedentaria ser? la del enriquecimiento de los ejercicios caballerescos como fiestas, en las que la expresi?n iconogr?fica, sino tambi?n a incorporar de forma expresa las ideas de la cultura cortesana a todos los niveles728. Estos espect?culos ten?an la funci?n, como dice Ruiz-Dom?nec, de fomentar el orden social y dirimir el peso de la aristocracia en el Estado729. O eran organizados por 723 ?? vrai dire, tous ces jeux de chevalerie ne prennent qu?? la fin de moyen ?ge l?allure de f?te et de r?jouissance?, en HEERS, J., F?tes, jeux ey joutes dans les societ?es d?Occident ? la fin du Moyen ?ge, Ins. D??tudes M?di?vales, Montr?al, Conf?rence Albert-Le-Grand, 1971, 19982, p?g. 32. 724 C?TEDRA, P.M., ?Fiestas caballerescas en tiempos de Carlos V?, en La fiesta en la Europa de Carlos V, p?g. 96. 725 RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 161. 726 MIRET i SANS, J., ?Els torneigs de la confraria de sant Jordi a Barcelona?, Revista de la Asociaci?n Art?stico-Arqueol?gica Barcelonesa, Barcelona, vol. 6, (1909-1913), p?g. 471. 727 J.E. RUIZ-DOM?NEC afirma que ?el torneo se desplaza sensiblemente. Deja de ser un fen?meno aislado, peligroso, para convertirse en un elemento m?s ?y no el principal? de la acci?n festiva?, en ?El torneo como??, p?g. 163. 728 C?TEDRA, P.M., ?Fiestas caballerescas??, p?g. 97. 729 RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 162. 249 el poder real, o lo eran por las instituciones del pa?s, en honra y beneficio del rey. Es por esto que la dinast?a Trast?mara, continuamente necesitada de legitimidad tanto en la Corona de Arag?n como en Castilla, utiliz? profusamente estos festejos caballerescos como propaganda para legitimar su turbulento ascenso al poder. En 1424, el rey Alfonso el Magn?nimo particip? en un torneo, en catal?n tambi?n llamados ?rench de junyir?. Pere Joan Comes recogi?, en su Llibre d?algunes coses assenyalades, algunos datos de este festejo730. Parti? el rey acompa?ado de un gran s?quito de ?molts barons e, cavallers gentils homens e honrats ciutadans e, de altra molta noble gent de estat ab trenta llances?. El primero en entrar en la plaza del Born fue don Ramon de Mur, con sus lacayos, tambi?n nobles, que llevaban su yelmo y escudo; en segundo lugar lo hizo don Benet de Centelles y, por ?ltimo, entr? el rey. Le preced?an el conde de Cardona que le llevaba el yelmo y el vizconde de Rocabert? que le sujetaba el escudo. Adem?s, el conde de Cardona se encarg? de proporcionar al monarca las lanzas para la competici?n y otros muchos caballeros catalanes le sirvieron durante la fiesta. Es muy significativo que el rey escogiese a dos de los miembros m?s destacados de la nobleza catalana para que fuesen sus principales servidores; la utilidad de la elecci?n era afianzar los v?nculos y las fidelidades de los grandes magnates catalanes con el nuevo soberano y con la dinast?a reci?n instaurada en el Compromiso de Caspe. Ya que, como ha puesto de relieve Roy Strong, ?las demostraciones p?blicas de riqueza y poder por medio del culto a la caballer?a se propon?an mantener a la nobleza fiel a la corona?731. El escudo del rey estaba cubierto de ?sati blau ab una banda daur ataves qui re?emblave les armes de Tristany de Leonis? y don Ramon de Mur llevaba pintadas en el suyo las dos espadas que son las armas de Palomedes. Vemos aqu? la influencia de la literatura caballeresca, principalmente la de origen art?rico, en los torneos, lo que les proporcionaba un argumento ficticio y en el que los participantes interpretaban un personaje de los libros de caballer?as que, a partir del siglo XV, vivieron un auge muy importante. Maurice Keen destac? que los apellidos de los promotores de los torneos coincid?an, a menudo, con los apellidos de los mecenas de la literatura caballeresca732. En Barcelona, todav?a en 1565 encontramos a un caballero interpretando al personaje art?rico Palomedes en un torneo de la cofrad?a de Sant Jordi. Durante el desarrollo del lance, el rey Alfonso rompi? lanzas con diez aventureros e hizo muy bellas carreras. Una vez acabado el festejo, el rey invit? a los participantes a un banquete, donde el conde de Cardona, el condestable de Castilla, el adelantado de Castilla, el vizconde de Rocabert?, don Ramon de Mur y don Benet de Centelles tuvieron el honor de sentarse en su mesa. Una vez m?s, esto tien una lectura pol?tica ya que compartir mesa con el monarca era, adem?s de un honor, un modo de estrechar los v?nculos entre la monarqu?a y la nobleza catalana. En ocasiones, los Trast?maras utilizaron la variante del paso de armas para poder desarrollar su programa pol?tico de legitimaci?n mon?rquica. Seg?n Eric Bousmar, que 730 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fols. 13-14. 731 STRONG, R., Arte y poder?, p?g. 28. 732 KEEN, M., op. cit., p?g. 117. 250 ha estudiado las fiestas caballerescas en Flandes, el paso de armas se desarroll? en la pen?nsula ib?rica antes, incluso que en mundo franco-borgo??n, donde lo hizo a partir de la tercera d?cada del siglo XV. Este historiador define el paso de armas como: un combate muy escenificado, donde el combate propiamente dicho se integra en un espect?culo y en un ritual m?s amplio (disfraces, parada, arquitectura ef?mera, como columna o pabell?n, pretexto narrativo). El paso de armas supone un desafio previo, lanzado por un emprendedor que se ofrece a combatir a los que responden al desaf?o y que exige precisar de antemano los t?rminos y condiciones del combate: plazos, lugar, enfrentamientos sucesivos y armamentos, precio (premio) y penalizaciones733. En cambio, Ruiz-Dom?nec lo define como ?esa pr?ctica por medio de la cual un caballero concede su palabra a una dama y se ve obligado a mantenerla en un lugar determinado y exigiendo de todo aquel que por all? transite el reconocimiento de que su dama es la m?s hermosa o algo parecido?734. Una definici?n, sin duda, m?s cercana al amor cort?s. Finalmente, Pedro Manuel C?tedra a?ade la importancia de la literatura caballeresca en este tipo de festejos que los dot? de un marco argumental ficticio que permiti? organizar la fiesta como un espect?culo, como eran las defensas de ?rboles significativos, de tradici?n celta735. Prueba de esto la tenemos en 1455, cuando el conde Gast?n IV de Foix lleg? a Barcelona acompa?ado de su esposa Leonor ?hija de Juan de Arag?n, rey de Navarra? y de m?s de 150 caballeros y organiz? un paso de armas o rench de junyer, en la ciudad condal, que fue conocido como el Paso del Pino de las Manzanas de Oro o el Paso del caballero del Pino736. El noble franc?s mand? plantar en la plaza del Born un pino que se adorn? con frutos dorados. ?ste arbol deb?a ser defendido por un aventurero que no era otro que el propio conde, representando al Caballero del Pino que estaba al servicio de la dama de la Selva secreta ?con toda seguridad, su esposa que, desde su tribuna vio el espect?culo junto a sus padres, los reyes de Navarra737. En este punto, el conde ofreci? un diamante a todo aquel que osase justar con ?l738. Fueron cuatro los valientes que se presentaron y tuvo un duro enfrentamiento con don Bernat de Cabrera que se sald? con la victoria, como no, del Caballero del Pino739 que recibi?, adem?s, un rub? valorado en 50 florines por haberlo hecho mejor que los dem?s. Este paso de armas ten?a la funci?n de mostrar la valent?a del conde de Foix en un pa?s extranjero y, adem?s, serv?a para reafirmar al rey de Navarra la buena elecci?n que 733 BOUSMAR, E., ?Pasos de armas, justas y torneos en la corte de Borgo?a (siglo XV y principios del XVI). Imaginario caballeresco, rituales e implicaciones socio-pol?ticas?, en JONGE, K. de, GARC?A GARC?A, B.J., y ESTEBAN ESTR?NGANA, A. (Eds.), El Legado de Borgo?a. Fiesta y Ceremonia Cortesana en la Europa de los Austrias, p?gs. 563-564. 734 RUIZ DOMENEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 190. 735 C?TEDRA, P.M., op. cit., p?gs. 98-99. 736 El primero de los t?tulos lo cita C?TEDRA, P.M., op. cit., p?g. 104; mientras que la segunda opci?n es la que aparece citada por BOUSMAR, E., op. cit., p?g. 565. 737 MIRET i SANS, J., op. cit., p?g. 472. Este autor sigue para su trabajo la obra del cronista Guillem Leseur, Histoire de Gaston IV. 738 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 30. Los aventureros anotados en este manuscrito no coinciden con los apuntados por el cronista del conde, Guillem Leseur. 739 MIRET i SANS, J., op. cit., p?gs. 472-473. 251 hab?a hecho para la sucesi?n del reino de Navarra por el tratado de Barcelona, de ese mismo a?o, adem?s del alarde de riquezas que supon?a el espect?culo740. Era, pues, un espect?culo caballeresco con clara intenci?n pol?tica. Este paso de armas fue similar a los realizados en las cortes borgo?ona y angevina por esos mismos a?os, sirvan de ejemplo: el Paso del ?rbol de Carlomagno (1443), el Paso del Caballero del Cisne (1454) o el Paso del ?rbol de Oro (1468)741. En definitiva, el paso de armas era, en palabras de Eric Bousmar, ?una expresi?n de las ?lites aristocr?ticas del estado principesco bajomedieval?742. Los consejos municipales tambi?n se apuntaron a la moda de las justas y torneos, sobre todo en Flandes, donde exist?a ?una rica tradici?n de justas patricias?743 gracias a la introducci?n de ricos burgueses en las ?rdenes militares por parte de los duques de Borgo?a, como ha apuntado Jacques Heers744. Los miembros de las ?lites ciudadanas tambi?n participaron en los lances asimilando los ideales caballerescos propios de la clase noble; costumbre que, poco a poco, se fue generalizando, sobre todo, en el siglo XVI. Dice Jos? Enrique Ruiz-Dom?nec que en los territorios de la Corona de Arag?n, fueron los gobiernos municipales los que fomentaron el desarrollo de las justas y torneos745. En 1458, los consellers de Barcelona decidieron organizar un torneo para honrar al rey Juan II en su primera visita como rey de la Corona de Arag?n. Se escogieron cuatro taulatgers o mantenedores, pero ni ellos ni los aventureros supieron estar a la altura, como mostr? el cronista Jaume Safont: Diumenje a 26 de noembra 1458 los consellers feren tenir un bell rench de jun?ir a la pla?a del Born per la novella entrada del re? e feren cubrir tota la pla?a alt, de draps blaus, e blanchs, foren taulatgers, e donals la ciutat paraments de cavalls, e calsots de cetin vermell ab senyals de barna Narnau Escarit, en Pons de Gualbes, Franci Busot, e Ramon Marquet, e fou prom?s al qui millor ho faria una cadena de or de pes de un march, ferenho molt vilment tots los 4 taulatgers, e axi poch be los aventurers, e aquest dia no fonch trencat lo Rench, guan?? lo pris Bernat Catala Valencia per?o que com de quatre carreras romp tres llansas746. El reinado de los Reyes Cat?licos supuso un destacado auge de los espect?culos caballerescos, concretamente, el torneo, la justa y el paso de armas. Los monarcas quisieron romper con el pasado y para consolidar su poder y desarrollar su programa pol?tico fomentaron los valores caballerescos como sost?n y articulador de la sociedad ib?rica de finales del siglo XV. Tanto en Castilla como en la Corona de Arag?n se celebraron, con profusi?n, estos festejos marciales. En la primera, hay que destacar el papel propagand?stico y de legitimaci?n mon?rquica que tuvieron las justas organizadas 740 ?Ces joutes donnent sans doute au noble l?occasion de montrer son ardeur et son adresse mais, plus encore, d?affirmer son rang et sa richesse; ells sont regl?es avec un soin extreme comme toute c?r?monie de cour ou de chevalerie?, HEERS, J., F?tes, jeux et joutes?, p?g. 34. 741 BOUSMAR, E., op. cit., p?g. 564. 742 Op. cit., p?g. 572. 743 Op. cit., p?g. 577. 744 HEERS, J., op. cit., p?g. 41. 745 RUIZ DOMENEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 746 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 39. 252 en Valladolid por el privado don ?lvaro de Luna747. En la segunda, en 1479, durante la primera visita de Fernando a Barcelona, se celebr? un paso de armas en honor del rey; aunque en algunas cr?nicas se especifica que fue una justa. El Consell de Cent escogi? a tres taulatgers o mantenedores que fueron el segundo conseller Joan Roig, Galceran Dusay y Baltasar de Gualbes; los tres eran influyentes prohombres de la ciudad. Cada uno de ellos recibi? 12 canas de terciopelo negro y 25 florines para ornamentar sus caballos con las armas de la ciudad. Y es que era imprescindible que quedase claro que era la ciudad quien organizaba y costeaba las justas. Se pregon? por las calles y plazas su celebraci?n para que acudiese el pueblo748. Las justas se alargaron durante tres d?as y, finalmente, sali? victorioso un caballero aragon?s llamado Sancho de Sayas que recibi? como premio una bella bandeja de plata749. Dos a?os m?s tarde, con ocasi?n de la llegada de la reina Isabel a la ciudad se celebraron justas en la plaza del Born; pero esta vez eran de mayor relieve porque particip? en ellas el propio Fernando el Cat?lico. Los torneadores que se enfrentaron eran ocho: el rey Fernando, el duque de Alburquerque, el conde de Benavente, el adelantado de Castilla (estos tres ?ltimos castellanos), don Juan de Luna, Antoni de Erill, Berenguer de Requesens, Fernando de Rebolledo (naturales de la Corona de Arag?n) y, por ?ltimo, don Juan de Menjares (de la casa del pr?ncipe Juan). La justa era un combate individual y a caballo entre dos hombres que permit?a un mejor conocimiento de los combatientes, una especie de falso duelo, seg?n Maurice Keen750. De este modo, los espectadores pudieron contemplar las evoluciones de los lances de estos ocho justadores, para su mayor fama. Con el paso del tiempo, a la justa, que iniciaba las fiestas caballerescas, le seguir?a un combate colectivo: la folla. el rey Fernando llevaba sobre su yelmo una bella corona de oro y, sobre ?sta, un murci?lago de oro, animal her?ldico s?mbolo de los reyes de Arag?n, y en el escudo barras rojas y blancas. El rey Fernando ?per sa gran virtut i benignitat hi junyi ab tot los dessus dits e 747 C?TEDRA, P.M., op. cit., p?g. 98. 748 ?A honor e gloria del molt alt e molt excellent Senyor lo Senyor Rey ffan asaber atot hom generalment los magnifichs consellers dela present e insigne ciutat de Barna que per servey de la sua Reyal Megastat e per la grandissima alegria tenen que la sua gran excellencia ara en la nova e beneventurada successio haia volgut visitar aquesta sua ciutat e fer nos gratia de la sua reyal presensia han deliberat que diumenge primer vinent que compterem 12 del present mes e lo diluns apres seguent sien fetes reyals e trihumfals juntes en la pla?a del Born de la dita ciutat la qual sera honradament preada axi com es degut e pertinent devant tant gran Rey e Senyor e be acustumat per aquesta ciutat E han elegit los dits consellers tres notables ciutadans per taulegers ?oes los magnifichs moss Johan Roig conseller moss Galceran Dusay moss baltasar de Gualbes los quals per les dites jornades en dita pla?a presents seran per deliurar los aventurers qui justar hi volran E ultra la gloria e honor e fama que en tals gloriosos e virtuosos actes sen aconseguexen encara los dits consellers posen per pris una bella basina dergent en part deurada la qual dar e liurar faran a aquell aventurer qui en los dits dos dies millors quatre carreres fara aconeguda de les persones que per los dits consellers elegides hi seran E per?o ab tenor de la present crida ho notifiquen atot hom generalment affi que hagen temps de posarse en orde e aconseguir tanta honor e gloria e fama qual sera de guanyar lo pris e huna tant honrada e tant reyal e trihumfal pla?a?, en AHCB, Ordinacions Originals, 1B. XXVI-15, n? 1043, 7 de septiembre de 1479. 749 Tenemos breves descripciones de este torneo en el DG y en el DACB. Adem?s, en el manuscrito A-20, op. cit., fol. 142, del AHCB, encontramos otra descripci?n, as? como, en CODOIN, vol. XLIV, Barcelona, 1976, p?g. 176. 750 KEEN, M., op. cit., p?g. 120. 253 trancha moltes lances grosses molt baronivolment e ab gran e alta continen?a, com de tant rey e senyor pertany?. El resultado de la justa, como no pod?a ser de otra manera, fue la victoria del soberano, mientras su esposa Isabel lo observaba desde una ventana en casa de Guillem Pujades. Esta justa, organizada por los reyes y en la que participaron destacados miembros de la nobleza catsellana y catalana, responder?a al prop?sito de unir a la nobleza de ambas entidades pol?ticas bajo el mismo proyecto pol?tico; el de los soberanos. De ah? la participaci?n del rey como m?ximo exponente de la caballer?a tanto castellana como catalana. Y es que estas justas serv?an para estrechar lazos entre sus participantes y esta era la intenci?n de los monarcas, que la nobleza espa?ola luchase por un objetivo com?n, tanto en el interior como en el exterior. Ellos deb?an vertebrar la sociedad caballeresca de finales del siglo XV que, a pesar de la pluralidad de estados, los objetivos marcados por la monarqu?a obligaban a su entendimiento. Pocos torneos podemos destacar durante la ?ltima d?cada de la centuria ya que la ?ltima visita de los reyes estuvo marcada por el intento de asesinato del rey. Habr? que esperar a la visita del yerno de los reyes, Felipe, en 1503, para ver unas fiestas reales en el Born. En esta ocasi?n, la ciudad prepar? una justa digna de rey y Felipe pudo comprobar la destreza de los caballeros catalanes y admirar la belleza de las damas barcelonesas que se vistieron y adornaron a conciencia para la ocasi?n. 5.2.2. Los torneos en el siglo XVI. El ascenso al poder de Carlos I signific? un desarrollo importante de los torneos en la pen?nsula ib?rica en comparaci?n con el reinado anterior, sobre todo, motivado por la llegada del rey con su s?quito flamenco-borgo??n. En tierras del ducado de Borgo?a se hab?an desarrollado con profusi?n todas las tipolog?as de ejercicios caballerescos, alcanzando un nivel de refinamiento muy importante. Ya durante el reinado de los Reyes Cat?licos se dej? notar la influencia borgo?ona en la pen?nsula y los torneos no quedaron ajenos al influjo de esta cultura. La llegada de Felipe el Hermoso y su corte supuso un primer contacto cultural; pero fue en el reinado de su hijo Carlos cuando desembarc? en la mayor cantidad de caballeros flamencos. La necesidad de legitimiaci?n del nuevo rey, proclamado en Flandes, se vio reflejada en los torneos celebrados durante su primera estancia en Espa?a, sobre todo los de Valladolid. Se realizaron muchos torneos con el objetivo claro que apunta Pedro Manuel C?tedra: Los torneos vallisoletanos ten?an en su planificaci?n y cumplieron celebr?ndose una funci?n importante en la construcci?n de la imagen del jovenc?simo Carlos y su corte extranjera ante los nuevos s?bditos espa?oles751. 751 C?TEDRA, P.M., op. cit., p?g. 103. 254 Durante la larga estancia de Carlos I en Barcelona (1519-1520), no se hicieron torneos en la ciudad, o no queda rastro documental de ellos; aunque, el d?a de san Juan, el rey mostr? su destreza en el juego de ca?as752. Este ejercicio caballeresco era t?pico de la pen?nsula como dej? claro el arquero Henry Cock en su diario del viaje de Felipe II a la Corona de Arag?n, en 1585, a su paso por Zaragoza: ?el cual juego es m?s usado entre los espa?oles?753. Sin embargo, en la capital catalana se celebr?, por primera vez, una reuni?n del cap?tulo de la orden del Tois?n de Oro, en la que se hicieron miembros a algunos nobles castellanos, catalanes y un napolitano754. La intenci?n del monarca con esta inclusi?n de nobles peninsulares era vertebrar el nuevo Estado conjuntando las noblezas de los diversos territorios de su monarqu?a en un programa pol?tico com?n. Algo parecido a lo que a?os antes hab?a pretendido Fernando el Cat?lico organizando el torneo de 1481 con las noblezas castellana y aragonesa. La reuni?n se celebr? en el coro de la catedral de Barcelona que se prepar? a conciencia para la ocasi?n. En la siller?a del coro se pintaron todos los escudos her?ldicos de cada uno de los miembros de la prestigiosa orden, incluso de algunos ya difuntos, como era el emperador Maximiliano. Para los preparativos, el maestro de ceremonias de la orden contrat? al pintor Juan de Borgo?a755 y al carpintero Antoni Carbonell756, al que ya hemos conocido anteriormente. El d?a 5 de marzo de 1519, comenz? a celebrarse el XIX? Cap?tulo de la orden del Tois?n de Oro757. Todos los miembros de la orden acudieron al palacio del rey, donde entraron en una c?mara donde se despojaron de sus ?mantos que trayan de luto por la muerte del emperador? y vistieron sayos de terciopelo carmes?, en sus cabezas capirotes de la misma tela y color y, claro est?, al cuello, sus collares de la orden. Parti? la comitiva de palacio hacia la catedral, encabezada por sus pendones, la cruz y todos sus cl?rigos, con gran n?mero de can?nigos. Les segu?an la capilla real y dos compa??as de eclesi?sticos. Despu?s, tres maceros y tres oficiales de armas, cada uno de estos tres ?ltimos representaban un reino ?Arag?n, Catalu?a y Castilla?. Tras ellos, todos los caballeros de la orden, de dos en dos, encabezados por el grafier y el rey de armas de la 752 ?Divendres XXIIII. Festa de Sanct Joan ?En aquest die lo Sr. rey don Carles vuy benaventuradament regnant ab tots los principals Cavallers de sa Cort juga a Canyas en la present ciutat y demostra molta jucunditat a totom. Isqueren tots los jugadors molt richs en grand manera?, en DACB, vol. III, p?g. 290, 24 de junio de 1519. 753 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 481. 754 Los nobles son los siguientes: don Fernando ?lvarez de Toledo, duque de Alba; don ?lvaro de Z??iga, duque de B?jar; don Ferran Ram?n Folch de Cardona, duque de Cardona; don ?lvaro P?rez de Ossorio, marqu?s de Astorga; don I?igo de Velasco, condestable de Castilla; don Antonio Manrique de Lara, duque de N?jera; don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado; don Diego Pacheco, marqu?s de Villena; don Fadrique Enriquez de Cabrera, almirante de Castilla y, por ?ltimo, Pietro Antonio de Sanseverino, pr?ncipe de Bisigniano. 755 V?ase GARRIGA RIERA, J., ?Joan de Borgonya, pintor del XIX? cap?tulo de la orden del Tois?n de Oro?, en BELENGUER CEBRI?, E., De la uni?n de coronas al Imperio de Carlos V, Barcelona, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, vol. III, p?gs. 121-180. 756 V?ase CARBONELL BUADES, M., ?La producci?n art?stica del coro de la catedral de Barcelona en la ?poca del Tois?n de Oro?, en BELENGUER CEBRI?, E., op. cit. vol. III, p?gs. 181-214. 757 Tenemos varias relaciones de este festejo en diversos dietarios que se guardan el el AHCB, destacando la del Ms. B-156. Este manuscrito es una relaci?n en franc?s, en letra g?tica, del citado Cap?tulo, adem?s hay una copia en castellano, aunque est? incompleta. 255 orden que iban seguidos por los nobles que acababan de ingresar. En realidad, ?nicamente eran 13 los miembros de la orden que acudieron a la reuni?n del cap?tulo ya que la mayor?a de meimbros resid?an en los Pa?ses Bajos y no viajaron a Espa?a; haci?ndolo, en su lugar, sus procuradores. Finalmente, el rey Carlos iba delante de embajadores de diversas naciones como Francia, Inglaterra, Venecia, G?nova y del rey de Bohemia. A la puerta del templo, el obispo bendijo s?lo al rey y entraron dentro dirigi?ndose hacia el coro. All?, se oficiaron las v?speras del ap?stol san Andr?s y, acabado esto, se retiraron a sus posadas. Al d?a siguiente, el emperador volvi? a ir a la catedral junto a los caballeros de la orden donde se realiz? un solemne oficio. Despu?s, lleg? el turno de las ofrendas. En primer lugar, se levant? el rey Carlos acompa?ado de sus mayordomos y ofreci? un doble ducado; tras el rey, ofrecieron el resto de caballeros mientras los anunciaba, en voz alta, el grefier. Una vez acabada la ceremonia, el Cap?tulo de la orden regres? al palacio del rey, donde se hab?an preparado tres grandes mesas para comer. En una de ellas se sentaron el rey y los caballeros de la orden; en la segunda mesa, el grefier y el rey de armas y en la tercera mesa, el resto de reyes de armas, maceros y otros oficiales. Acabado el ?gape, los comensales se retiraron y a la tarde se hizo un oficio por los caballeros ya fallecidos. Al d?a siguiente, regresaron a la catedral, donde, tras el oficio, el rey volvi? a ofrecer un doble ducado y luego, en nombre del emperador Maximiliano, ya fallecido, volvi? a ofrecer y, despu?s, el resto de caballeros. Una vez de regreso a palacio, el rey comi? solo en una mesa, mientras que en otra lo hicieron los miembros de la orden y en otra el grefier y el rey de armas. Cuando acabaron las diversas ceremonias de la reuni?n del XIX? Cap?tulo, los caballeros retornaron al luto que vest?an con anterioridad por la muerte del rey. Esta reuni?n del Cap?tulo signific? el punto de partida de la internacionalizaci?n de la orden que se extend?a, a partir de ese momento, por la pen?nsula ib?rica que la asumi? como propia. Con esto, el rey trataba de crear una ?lite de caballeros, integrada por los principales nobles de sus territorios patrimoniales. ?lite que jugar?a un papel clave en la vertebraci?n del proyecto din?stico de los Austrias y en la que no pod?an faltar representantes de la nobleza ib?rica. Como festejo caballeresco, la reuni?n del Cap?tulo del Tois?n de Oro no tuvo repercusiones para el resto de la ciudad. No hubo interactuaci?n ni del pueblo ni de las ?lites ciudadanas en este acto porque quedaba reservado al reducido cuerpo de caballeros que integraban la orden y sus ceremonias se oficiaron en la catedral y sin p?blico, por lo que perteneci? al ?mbito privado de la corte. Sin embargo, los barceloneses que pudieron contemplar la cabalgada de tan insignes se?ores, desde el palacio hasta la catedral, seguro que quedaron impresionados por la solemnidad y ritualidad borgo?ona de los caballeros que integraban el cortejo. Esta visi?n pudo hacer una idea a los catalanes de la nueva situaci?n que viv?a el Principado que, desde ese momento, fue consciente de la nueva entidad pol?tica de la que formaba parte: la monarqu?a de Carlos V. Una entidad compuesta de m?ltiples territorios de diverso estatus jur?dico y jer?rquico que se repart?an por todo el occidente europeo y cuya cabeza cabalgaba por las calles de su ciudad. 256 Pero volviendo a los torneos propiamente dichos, a lo largo del reinado del emperador Carlos, fueron numerosos los torneos que se celebraron en la ciudad con motivo de alguna visita real. As?, durante la visita de madame de Lan?on, hermana de Francisco I de Francia, en 1525, una noche vinieron ?alguns cavallers ab grans atabals y antorxes feren pas de justas reals per laltre diumenge?758. Parece ser que se hizo un paso de armas en honor de la hermana del monarca galo. Poco, por no decir nada, sabemos de estas justas, pero si podemos afirmar que ten?an como objetivo agasajar a la noble francesa que se dirig?a a la corte para negociar los t?rminos de la liberaci?n de su hermano. Al poco tiempo fue el duque de Borb?n, Carlos, quien disfrut? de las justas celebradas en su honor en la ciudad, acompa?ado del virrey de Catalu?a y de la nobleza catalana, encabezados por el duque de Cardona759. Dos semanas m?s tarde, el duque fue invitado por los dipuatdos a la fiesta de san Jordi, patr?n de la caballer?a catalana. La invitaci?n de los diputados respond?a no s?lo a la voluntad de honrar al hu?sped, aliado del emperador sino tambi?n a la de tener entre ellos, en un d?a tan se?alado, a este insigne caballero ?uno de los vencedores de la batalla de Pav?a y aliado del emperador?. Esta invitaci?n reforzaba la conciencia de grupo del estamento ya que primaba m?s la pertenencia a ?ste que al origen de los caballeros. La estancia de los emperadores en la ciudad condal, en 1533, motiv? el traslado de un gran n?mero de cortesanos que acompa?aban al s?quito de la emperatriz, primeramente, y que llegaron con el emperador, m?s tarde. Uno de estos cortesanos, el marqu?s de Atorga, organiz? en la plaza del Born unas ?justas de guerra? en honor de los emperadores y de una dama de la emperatriz Isabel, a quien serv?a760. Desde su tribuna, Carlos V y su esposa vieron la entrada del marqu?s vestido con tela de oro, plata y tercipopelo encarnado. Los doce justadores con sus respectivos padrinos eran todos nobles castellanos e italianos a los que hay que a?adir la participaci?n del noble catal?n don Anton de Erill. Los caballeros justaron muy bien y apenas paraban si no era para cambiar las lanzas. A las cuatro de la tarde, el anfitri?n agasaj? a los emperadores con una comida que se prepar? en la calle de los Flasaders: Lo dit Marques feu collacio al emperador y, emperatris, y a princep y a las damas, ?o es que per lo carrer dels Flassaders isqueren los patges ab sis taules de tisora, apres venian dos mestres de sala ab gran serimonia, y apres dos bassines de tovalles, y dos de torcabocas, y pera abreviar, apres arreu hu en hu foren sexanta patges de bassinas e plats de argent en que hi havia de tota sort de volateria, potatges, confitures e fruytes que en dit temps se podian trobar. Seg?n las cr?nicas de este festejo, el marqu?s de Astorga gast? en ?l la elevada cifra de seis mil ducados. Pero ?qu? pretend?a con esta fiesta? Est? claro que la voluntad de agradar al monarca y afianzar su confianza en ?l era el objetivo inmediato. El marqu?s ya era uno de los nobles castellanos m?s pr?ximos a Carlos. Pero, adem?s, hab?a otros motivos m?s entroncados con la tradici?n e ideal caballeresco. As?, la 758 AHCB, Ms. A-1, op. cit., fol. 111. 759 ?Lo despres de dinar foren fetas justas a la real en lo Born ab lo renc pintat y foren y presents lo Senyor Virey, lo Senyor duc de Borbo lo Senyor duc de Cardona y molts cavallers?, en DACB, vol. III, p?g. 377, 8 de abril de 1526. 760 La relaci?n m?s completa de este torneo la tenemos en AHCB, Ms. A-22, op. cit., fols. 123-126. 257 voluntad de servir a la dama ?en este caso una dama de la emperatriz Isabel? formaba parte del ideal caballeresco del amor cort?s. Hasta este punto, puede ser comprensible la existencia de este festejo como la voluntad de un noble importante de reivindicar su posici?n junto al rey en una muestra de fidelidad y quiz? con la ambici?n de lograr su privanza. Pero, aun hay m?s. Porque, si aceptamos el contenido de un dietario de la ciudad de Barcelona en el que se indica que ?dit marqu?s no va justar?761, nos encontramos ante un festival de naturaleza distinta. El noble no mostr? su destreza como caballero, pese a aparecer en la plaza con gran pomposidad, sino que prefiri? costear una fiesta en honor al monarca en la que el servicio a la dama de la emperatriz era el hilo conductor. Estamos, pues, ante un precedente de los festejos que en siglo XVII organizaron los validos Lerma y Olivares para entretener a sus respectivos soberanos. El gasto en beneficio de la monarqu?a, en este caso en forma de torneo y banquete, era considerado como un servicio a la misma y, a mayor fasto, mayor era el servicio. A mediados del siglo XVI, los torneos y otros tipos de festejos caballerescos mantuvieron el ?xito de ?pocas precedentes. Jose Enrique Ruiz-Dom?nec opina que a partir de 1520 se produjo un aumento importante de la producci?n de libros de caballer?a que comport? un auge importante de los torneos762. Como afirma Te?filo F. Ruiz, el mismo pr?ncipe Felipe no dej? pasar la oportunidad de participar en las soritjas y, durante su estancia en Barcelona, en 1542, particip? en una o ?anillo para correr a la vergueta de las armas con m?scaras?. En ella, dos mantenedores se enfrentar?an a cualquier caballero que se prestase. Cuenta Jean de Vandenesse que el rey apareci? junto a don Luis de ?vila y el duque de Camerin, vestidos con sayo ?a la turquesca? de terciopelo azul, para enfrentarse a los dos mantenedores. El pr?ncipe gan? dos saleros como premio por su destreza en las armas763. A lo largo de su famoso Felicisimo viaje que le llev? por los dominios de la dinast?a hasta Flandes en un ?acto de propaganda pol?tica?, seg?n Manuel Fern?ndez ?lvarez764, el joven pr?ncipe disfrut? de una gran n?mero de entradas reales, torneos y fiestas celebrados en su honor, siendo las m?s c?lebres las organizadas por su t?a Margarita en el palacio de Binche, en 1549. Los torneos del siglo XVI ganaron en teatralizaci?n y, en ocasiones, su resultado ya era conocido de antemano con el prop?sito de ensalzar la figura del rey, en un acto de claro car?cter propagand?stico. As?, en estas fiestas de Binche, el pr?ncipe Felipe particip? en el Paso del Castillo Tenebroso, un paso de armas en el que encarn? al caballero que, claro est?, result? victorioso. El objetivo era evidente, mostrar la valent?a del heredero de Carlos V a toda la corte flamenca. Con todo, aunque los torneos hab?an perdido gran parte de su violencia y peligrosidad, a?n continuaban siendo arriesgados y prueba de ello fue la 761 AHCB, Ms. A-1, op. cit., fol 96. 762 RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 191. 763 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 111. 764 FERN?NDEZ ?LVAREZ, M., Felipe II y su tiempo, Barcelona, RBA Coleccionables, 2005, p?g. 700. Sobre las fiestas celebradas en este viaje v?ase JONGE, K. de, ?El Emperador y las Fiestas Flamencas de su ?poca (1515-1558)?, en La fiesta en la Europa?, p?gs. 49-72. 258 muerte del rey Enrique II de Francia, en un accidente durante un torneo en 1559. Esta muerte, con la convulsi?n pol?tica que conllev?, fue decisiva a la hora de restringir la participaci?n de los pr?ncipes en los torneos y otros ejercicios caballerescos ya que pon?a en peligro la descendencia masculina de las dinast?as regias. Pero, ?por qu? se dio este auge de los torneos en la Catalu?a del siglo XVI? Para responder esta cuesti?n, recurriremos, de nuevo, al medievalista Jos? Enrique Ruiz- Dom?nec que apunta que en la sociedad en conflicto del siglo XVI, el desaf?o caballeresco se divide en dos direcciones diferentes: o entregarse al combate en el mundo exterior, donde la aventura a?n es posible; o ceder al ritualismo cada vez m?s intenso de las fiestas caballerescas y ejercitat torneos, justas y pasos de armas como los elementos fundamentales de la mentalit? caballerescas765. La caballer?a catalana se decant?, en su mayor?a, por la segunda opci?n. Sus opciones de encontrar aventuras y honor en el mundo exterior fueron mucho menores que las de la caballer?a castellana ?especialmente los hidalgos?. Esta situaci?n se agrav? a partir del giro castellano del emperador Carlos y, sobre todo, en el reinado de Felipe II. El Rey Prudente mostr?, en ocasiones, su desconfianza de los caballeros de la Corona de Arag?n y, exceptuando el servicio militar en los ej?rcitos imperiales, no tuvieron las mismas oportunidades de ascenso social y econ?mico que los del reino de Castilla. El servicio a la monarqu?a de los nobles catalanes se hizo en materia interior, es decir, como ?lites controladoras de la sociedad catalana. Es por esto que tuvo que aferrarse con fuerza a la segunda opci?n para poder reafirmarse como grupo dominante, ante el ascenso de la burgues?a y entender, asimismo, su propia identidad y valores. La caballer?a necesit? ritualizarse a?n m?s y reorganizarse para no perder su cohesi?n de grupo y la consecuencia m?s inmediata fue la creaci?n, en la segunda mitad del siglo XVI, de la cofrad?a de Sant Jordi. Si comparamos su nacimiento con el de otras cofrad?as de caballeros similares en el resto de Europa vemos que el caso catal?n es mucho m?s tard?o. Las primeras normativas que regularon la cofrad?a y, sobre todo, sus torneos y justas, datan de 1565, justo un a?o despu?s del paso del rey Felipe II por la ciudad condal. En cambio, en Castilla, la Orden de la Banda fue fundada por Alfonso XI, en 1332, fecha cercana a la fundaci?n de otras ?rdenes y cofrad?as caballerescas europeas que introdujeron nuevos valores de pertenencia a una casta superior de guerreros766. Es dif?cil entender el porqu? de la ausencia en Catalu?a de una orden caballeresca bajomedieval, pero s? es comprensible los motivos de su aparici?n en pleno siglo XVI. La necesidad de protecci?n de la casta caballeresca vio en estos torneos y justas una importante v?a de afirmaci?n y supervivencia. La cofrad?a era la representaci?n ceremonial del estamento militar y, por tanto, depend?a de la Diputaci? del General de Catalu?a. De este modo, el 765 RUIZ DOMENEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 191. 766 ?? la fin du moyen ?ge, dans tout l?Occident, les Ordres de Chevalerie introduisent d?autres types de f?tes, nettement marqu?es par l?exasp?ration des valeurs sociales et m?me par un certain esprit de caste?, en HEERS, J., op. cit., p?g. 36. 259 diputado militar siempre ocupaba el cargo de prior de la cofrad?a. Veamos los motivos de la fundaci?n de la cofrad?a en su primera regulaci?n, en febrero de 1565: Primerament. Considerant y veent que lo exercissi militar humanament es lo millor de tots los altres y mes nobble pus serveix en protectio y conservatio de tot lo be comu y es lo bras dret de la Justicia y essent Cathalunya la terra ahont necessita mes exercitarse dits exercissis per ser tant gran frontera per mar y per terra com en altre temps se es vist y ara no ha molt quant necessari es stat los militars deffen?ar la frontera y per imitar a sos passats de gloriosa memoria y seguir sos exemplars los quals son de tanta gloria que aporten aventatge a tots los de son temps. Per?o y altres y moltes rahons ques porien explicar que per fugir aflixitat se deixe ordenaren los capitols seguents767. La noci?n que ten?a la caballer?a o brazo militar de s? misma era la de fiel servidor de la justicia y, en el siglo XVI, como en los anteriores, ?sta estaba encarnada en su m?xima instancia por la figura del rey. Por tanto, la caballer?a jugaba un papel indispensable como colaborador y protector de la Justicia, es decir, de Felipe II. En segundo lugar, la caballer?a catalana era consciente de la necesidad de ejercitarse en el arte de la guerra debido a la propia naturaleza fronteriza de Catalu?a y aqu?, los ejercicios militares eran muy importantes. No obstante, hay que destacar el anacronismo entre estos ejercicios y la guerra moderna, donde las armas de fuego y la artiller?a pod?an aniquilar de un plumazo al m?s valeroso y diestro de los caballeros. Finalmente, queda clara, tambi?n, la voluntad de ?imitar a sos passats de gloriosa memoria?, es decir, a la antigua caballer?a impulsora de la expansi?n medieval de la Casa de Barcelona, pero que, a lo largo del siglo XV, vio como algunos de sus m?s insignes linajes se extingu?an. Sin embargo, en unas segundas ordenanzas de principios de la d?cada de los 70, se a?adi? otra clave en el porqu? de la constituci?n de la cofrad?a. En esta ocasi?n, las Noves ordinations contemplaban que debido a que el ejercicio militar ?per la continua pau se sia vengut a tibiar y en los cavallers jovens que de nou venen al mon, deixar de entendres per lo poch exercici?, los caballeros catalanes, para servir al rey y a la patria, instituyeron en algunas ciudades del Principado ?confraries d?exercicis militars?768. Tenemos aqu? una reminiscencia de uno de los primigenios objetivos de los torneos medievales: reorientar la violencia de los j?venes segundones de los linajes europeos. Aunque el origen del problema no era el mismo, la inactividad de los j?venes caballeros catalanes pod?a desembocar en un grave problema, como ya estaba sucediendo, con la inclusi?n de estos impacientes j?venes nobles en algunos de los bandos en los que se divid?a la sociedad catalana del siglo XVI. En este sentido, la cofrad?a de san Jordi y su escenario festivo, es decir, el torneo, pod?an servir como apaciguador de su efervescencia e integrador de los j?venes caballeros en una estructura que les permitiese, a su vez, ejercitarse en las pr?cticas guerreras propias de su estamento. Debido a la dependencia de la cofrad?a de la Diputaci? del general y, en especial, del estamento militar, su diputado era siempre el prior. Adem?s, cada a?o, se 767 AHCB, Ms. B-64, s/foli. 768 AHCB, Ms. B-64, fol. 40. 260 escog?a por sorteo a un clavari ?encargado de las cuentas de la cofrad?a? que era el cargo m?s importante tras el prior. En su primera d?cada de existencia, la cofrad?a se afianz? y complet? su organigrama interno con la suma de un segundo prior y, a partir de 1576, un s?ndico de la cofrad?a. Este ?ltimo cargo era, a diferencia de los anteriores, trienal; aunque, al poco se convirti? en vitalicio y normalmente recay? en un importante noble como fueron don Joan de Erill o don Bernardino de Marimon. La cofrad?a estableci? dos festejos ordinarios celebradores cada a?o; el primero era una ?justa de guerra? cuyos gastos pagaba la Diputaci? del General y que se celebraba en Barcelona el primer domingo tras la festividad de san Jordi y el segundo era un torneo a pie o a caballo de doce caballeros contra otros doce y que se celebraba el domingo de Sexag?sima, justo antes de la Cuaresma. Estos festejos anuales ?nicamente se suspend?an por la muerte del rey, la reina o el primog?nito, por su luto o por causa de guerra en el Principado. Cada a?o, se extra?an, mediante insaculaci?n, los mantenedores y aventureros de la justa del a?o siguiente. Todos los cofrades participaban en esta extracci?n y deb?an acatar el resultado del sorteo769. En caso de no poder participar, deb?an abonar una sanci?n y eran sustituidos por otros caballeros disponibles770. Miret y Sans ya apunt? que el mismo virrey de Catalu?a ingresaba en la cofrad?a tras jurar su cargo771; pero lo que no advirti? es que tambi?n se inclu?a su nombre en la terna del torneo. As?, en ocasiones, el virrey result? escogido para participar en los festejos marciales de la cofrad?a. El 14 de abril de 1567, el virrey pr?ncipe de M?lito result? elegido para participar en la justa del a?o siguiente; aunque, lo hizo en su lugar don Honofre Escriva; en octubre de 1571 fue el virrey don Fernando de Toledo, prior de Castilla, el afortunado para participar como aventurero, pero, como en el anterior caso, lo hizo en su lugar don Jaume de Cardona y, finalmente, en 1582, don Antic de Cabrera sustituy? como mantenedor del torneo al propio don Fernando de Toledo. Como se puede comprobar, el virrey no participaba en los lances ya que su lugar estaba en la tribuna destinada para ?l para presidir dicha fiesta. Pero su inclusi?n en la terna es indicadora del valor jur?dico del virrey como ?alter nos? del monarca ya que, debido a la ausencia real, su persona era era aceptada como miembro y cabeza de la caballer?a catalana y todo a pesar de su condici?n de extranjero. 769 ?Item Ordenen. Que en extractio y enseculatio se serve la forma seguent. Que tots los qui seran enseculats en dita confreria se hagen de scriure de llurs mans propries en un llibre y en la extractio se serve la forma seguent. Que vuyt diez pasada la Justa se juncten los priors y clavaris en la casa de la diputatio en lo concistori dels se?ors diputats y en llur presentia y los cavallers qui entrevenir hi voldran. Y que lo clavari en presentia de tots don compte de tot lo que exhigit haura y encontinent se fassa la extractio axi de mantenidor com de aventures ?oes que posats tots los noms en sengles rodolins y posats en lo bassi se hage de tenir la mateixa forma en la extractio del torneig y ques serve la mateixa forma com dalt es dit de la Justa. Exceptat que lo qui primer exira sie lo cap del un puesto y lo qui exira derrer sie lo cap del altre puesto?, en AHCB, Ms. B-64, sin folio. 770 ?Item Ordenen, Que ningu que sera axit axi per mantenidor com per aventurer no puga deixar de acceptar sino que tinga Just Impediment ha coneguda dels priors y siu fa caygua en pena de deu lliures lo aventurer y vint lliures lo mantenidor, les quals penes ha de exequtar lo clavari per la caixa de dita confraria ab comissio dels se?ors diputats y priors de dita confraria?, en AHCB, Ms. B-64, sin folio. 771 ?Era custum convidar a tot virey o llochtinent de Catalunya al arrivar, a inscriures en la confraria. Ax?s hi entr??l Duch de Feria al 1596?, en MIRET i SANS, J., op. cit., p?g. 475. 261 La cofrad?a pronto se encarg?, a petici?n de los diputados, de organizar los torneos extraordinarios para festejar acontecimientos reales, principalmente los natalicios y las visitas reales a la ciudad. As?, el 3 de febrero de 1572, se celebr? en la plaza del Born una justa por el nacimiento del pr?ncipe Fernando, en la que se enfrentaron dos cuadrillas de seis caballeros cada una772. El motivo de la celebraci?n obligaba a las autoridades catalanas a esmerarse a?n m?s en la preparaci?n del torneo para adecuarlo a la categor?a del evento ya que este servicio deb?a llegar a o?dos del soberano. Es por esto que los justadores no fueron elegidos por sorteo sino que fueron designados por los diputados. Los escogidos eran caballeros pertenecientes a los m?s distinguidos linajes catalanes como eran los Alentorn, Erill, Cartell? o Desbosch. Es importante, pues, destacar que una fiesta de car?cter real como esta requer?a una mayor pomposidad y supuso en primer ensayo para posteriores torneos extraordinarios como fue el que se realiz? ante Felipe II, en 1585. Ya tratamos en el primer cap?tulo los problemas de ceremonial que se sucedieron con la llegada del rey, ese a?o. Las autoridades catalanas, tanto los diputados como los consellers de la ciudad, dudaban sobre los festejos a realizar para la visita del rey que recordemos, llegaba acompa?ado de la familia real. Ya en Zaragoza los diputados aragoneses los agasajaron con un gran torneo y los diputados de catalanes no quer?an ser menos. Adem?s, la situaci?n econ?mica del pa?s obligaba a no derrochar dinero en festejos. La argumentaci?n de los diputados fue la siguiente: Segons la concorren?a del temps en lo qual les festes ques fan a les persones reyals son de la maior riquesa y magestat que may sien estades, se degan dexar algunes de les coses antigas de molt gasto y poca o, inutil festa com eren coliseus de varies significations, y figures, arcs triumfals castells y altres coses en ques gastaven molts milanaras, y convertirles en altres festes mes conformes al que de present se usa, y que sien mes al servey de sa Mt. y ses Alt[es]as y gust de sa reyal cort, maiorment en esta vinguda de sa Mt. desitjada per mes de vint anys, y nova vinguda de ses Altas773. Por tanto, se descart? la construcci?n de decorados ef?meros debido a su alto coste y ? es muy destacable? por ser pr?cticas antiguas. Esta opini?n contrasta con los majestuosos arcos de triunfo que se levantaron a?os m?s tarde para la entrada real de Felipe III, en 1599, y que indica las tensas relaciones entre la monarqu?a y Catalu?a en la d?cada de los 80 de ese siglo. Continuaba la deliberaci?n de los diputados que per quant entre altres festes mes convenients y a proposit ser a fer per part del G[e]n[er]al una justa partida molt concertada y ben feta per dotze cavallers principals experimentats y de molta destresa, y per altres justes consyderations y causes i en que ultra les alimaries que per la vinguda de sa Mt. y ses Altas. en conformitat de aquesta ciutat se hajan de fer, les quals en aquex seran segons altra deliberatio de ses S[e?ori]as, sie dita justa lo die apres de la vinguda desa que a ses Sas apparra, la qual sie pagada de pecunies del general. Se decidi?, pues, celebrar una justa que era m?s adecuada a la moda del tiempo. Y es que, como demuestra el torneo de Zaragoza, este tipo de festejos caballerescos 772 Tenemos una descripci?n del torneo en AHCB, Ms. B-64, fol. 33-34. 773 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 183, 27 de marzo de 1585. 262 estaba alcanzando en estos a?os un alto nivel de difusi?n y ?xito en las celebraciones de la monarqu?a. En la capital del Ebro, se opt? por celebrar un torneo seg?n la f?rmula del mantenedor ?en este caso don Luis de Bardaj?? que ret? a todos los aventureros que se presentasen. Esta era la f?rmula habitual de los torneos ordinarios de la cofrad?a de san Jordi aunque variaba el n?mero de mantenedores seg?n fuese justa o torneo. Pero para las fiestas reales, la opci?n escogida en Barcelona fue, generalmente, la del enfrentamiento de dos cuadrillas con un jefe por cada una. Por su parte, el Consell de Cent tambi?n discuti? sobre la fiesta que conven?a realizar en honor del rey. Entre las diversas opciones se encontraban: la representaci?n del triunfo de la Virtud, seg?n hab?a dise?ado el mercader Hieronim Nicolau; la representaci?n de la Monta?a y el Drag?n, tambi?n dise?ada por el propio Nicolau y, finalmente, la celebraci?n de un torneo de a pie de seis cuadrillas con una publicaci?n del torneo similar a la que realiz? un tal Ferrer de Claravalls, de la que no sabemos nada774. Tampoco sabemos apenas nada del torneo celebrado por la ciudad. Del mismo modo que hicieron en el torneo del nacimiento del pr?ncipe Fernando, los diputados escogieron a los justadores para asegurarse, as?, que fueran los mejores del Principado. Se formaron dos cuadrillas de seis justadores en cada uno. La primera estaba formada por: don Joan de Queralt (diputado del brazo militar y cabeza de cuadrilla), don Frederic de Cabrera, don Pedro de Queralt, Francesc de Gualbes y de Corbera, Fernando Oliver y Joanot de Gualbes de Bonaventura. La segunda, por: don Enric de Cardona (Gobernador de Catalu?a y cabeza de la segunda cuadrilla), don Jaume de Cardona, don Frederich Desbosch, don Bernat de Boxadors, don Joan Icart y, finalmente, don Garau de Alentorn. Como se puede comprobar, los escogidos pertenec?an a la m?s alta nobleza catalana, participando como cabeza de cuadrilla dos de los cargos institucionales m?s importantes del Principado, como eran el diputado militar y el gobernador. Adem?s, se puede advertir el peso, en cada una de las dos cuadrillas, de dos ilustres linajes como eran los Queralt, en la primera de ellas, y los Cardona, en la segunda. De este modo, siguiendo los postulados de Johan Huizinga de que la pertenencia a un bando o a otro cohesiona y dota de un objetivo com?n al grupo, este torneo podr?a ser la representaci?n en el mundo del juego y de la teatralizaci?n de las disputas de estas dos facciones. Estas disputas se alargaron en el tiempo como se pudo comprobar durante las cortes barcelonesas de 1626 en las que el conde de Santa Coloma y el duque de Cardona tuvieron un duro enfrentamiento que a punto estuvo de desembocar en un conflicto nobiliario de gran importancia. La normativa de la cofrad?a obligaba a seguir unos par?metros en cuanto a la vestimenta y el lujo de los justadores para que el torneo no pecase de exceso de pomposidad y evitar un importante derroche de dinero775. Sin embargo, para el torneo 774 AHCB, Registre de Deliberacions, fols. 74-75, 10 de abril de 1585. 775 ?VIII. Mes Ordenen per llevar los desordes u despeses superflues que en semblants festes ses solen fer, pus a?o nos fa sino sols per exercissi dels cavallers. Se prohibeix, Que ningu que sia mantenedor o aventurer puga traurer sino faldar y caperassons de drap de preu de quatorse reals la cana en avall y en aquell no puguen sobreposar sino del drap mateix ab tal que no puguen traure brocadura de or plata ni altre metall de or fina ni fal?a ni puguen posar franges sintes ni cordons ni flocadures ningunes de or 263 en presencia del rey se hizo una excepci?n y los justadores, para demostrar mayor servicio al monarca, pudieron hacer una mayor gala y riqueza en el vestido y los adornos. Los caballeros podr?an llevar dos caballos ?en lugar de uno como marcaban las ordenanzas? guarnecidos de plata y canutillos de oro y dos lacayos vestidos de terciopelo y oro. Para ello, los justadores recibieron una buena cantidad de dinero de la Generalitat: los jefes de cuadrilla recibieron 800 libras y el resto de justadores 500. Se escogieron los padrinos del torneo que fueron: don Joan de Erill, don Francisco de Erill, don Francisco de Cardona, don Dalmau de Rocabert?, don Ramon Torrelles, don Bernat de Guimera, don Francesc de Pinos, don Plegamans de Marimon, Joseph de Bellafilla, Joan Llull, Luis Salgueda y Juli? de Navel. Seis padrinos por cada bando que vistieron la misma librea que los justadores de su bando, recibiendo para ello 200 libras. Y, por ?ltimo, se eligieron los cuatro caballeros ancianos, dos por cuadrilla, de los que tres eran se?ores de vasallos: don Hugo Fivaller de Palou (bar?n de Palou), don Honofre de Alentorn (se?or de Ser?), don Miquel Joan de Pons (se?or de Monclar) y Galceran de Navel que recibieron una cadena de oro valorada en cien ducados. El d?a anterior a la justa, los priores y el clavari de la cofrad?a visitaron al rey para invitarlo al torneo que se celebraba en su honor. Esta costumbre se daba tambi?n durante los torneos ordinarios en que se invitaba al virrey de turno debido a la ausencia real776. El d?a de la justa, lleg? en primer lugar la cuadrilla de don Joan de Queralt que iba encabezada por ?tres tambores, cuatro trompeteros y cinco otros m?sicos?, todos vestidos de tafet?n blanco y colorado. Al pasar delante del rey hicieron la debida reverencia y se colocaron en su lugar. La segunda cuadrilla vest?a de seda blanca y amarilla y sigui? el mismo procedimiento. Durante dos horas, los justadores corrieron y rompieron muchas lanzas ?el armero Jaume Argayares hab?a preparado 270 lanzas para dicho torneo? que se mostraban a los jueces para que tomasen nota. Las lanzas fabricadas en Barcelona gozaban de cierta fama por ser de gran calidad como puso de manifiesto el cronista Cabrera de C?rdoba cuando escribi? que para un torneo que se iba a celebrar en la corte de Valladolid en 1604, ?han enviado ? Barcelona a por lanzas, que se hacen mejores que en otra parte?777. Los jueces de dicho torneo, elegido por el rey, fueron el conde de Chinch?n, el conde de Buend?a, Monsieur de Lullin (capit?n de las plata seda ni cadarsos fi no fal? ni xeparia de or ni de plata ni altra cosa ni adres de seda ni rosa pintada de tela ni altres coses y a?o se serve axi en los qui axiran a la sort com los altres qui axiran a la justa sino flochs de llana o stam al derredor dels paraments. Y si algu traura alguna cosa fora la present ordinatio tingue perdut lo que traura y los jutges li manen llevar alli en la plassa y sia confiscat per la dita confreria. Y si seran dels vuyt que seran exits en los rodolins sie obligat ha justar sens faldar ni paraments sino com se trobara y paga deu lliures de pena lo mantenidor y lo venturer sinc lliures per dita confreria y si sera altra cavaller axi dels enseculats com de altres que apres quels hauran llevat tot lo que aportaran fora de la ordinatio no puguen justar aquell dia. Y que ningu puga traure librea en mossos patges salvo una banda de taffeta los padrins y axibe que no puguen traure sino un cavall gornit de llibrea ?oes lo que cavalcara lo mantenedor o avneturer?, en AHCB, Ms. B-64, sin folio. 776 ?Mes ordenen que lo dia abans de la justa los priors y clavarivagen ha supplicar al rey si sera en la ciutat o al virey o lo qui en son lloc sera vulle venir a honrar la festa?, en AHCB, Ms. B-64, sin folio. 777 CABRERA DE C?RDOBA, Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de Espa?a desde 1599 hasta 1614, ed. de GARC?A C?RCEL, R., Salamanca, Junta de Castilla y Le?n, 1997, p?g. 217, 12 de junio de 1604. 264 galeras del duque de Saboya), don Crist?bal de Moura y el oidor de cuentas de la Generalitat que lo hac?a en sustituci?n del diputado militar que participaba en el torneo. Por tanto, la caballer?a catalana se pon?a a prueba ante unos jueces pertenencientes a la nobleza de m?s alta alcurnia. Tras acabar la justa, y como empezaba a ser costumbre, el rey orden? la celebraci?n de una folla. Los jueces otorgaron el premio de mejor caballero a don Joan de Queralt y a su quadrilla por haber quebrado el mayor n?mero de lanzas. Enrique de Cardona ofreci? su premio a la dama de palacio do?a Ana Manrique, en un acto que revelaba la permanencia, todav?a, del antiguo ideal caballeresco del amor cort?s. Seg?n se deduce de las palabras escritas por el noble don Frederic Despalau, en su diario, el torneo fue un ?xito: ?paragu? b? la justa a Sa Magestad y a Ses Alteses y a tots los cortesans?778. Pero su importancia radicaba en que inaugur? una ?poca de esplendor de los espect?culos caballerescos en Catalu?a y en la Corona de Arag?n, seg?n hemos visto en el torneo de Zaragoza. En 1596, se volvieron a revisar las normas de la cofrad?a para evitar que los caballeros no acudiesen a los torneos. Adem?s, se permiti? a los mayores de cincuenta a?os eximirse de participar en los torneos y nombrar un sustituto en su lugar ? generalmente un miembro de su familia. Tambi?n se adoptaron normas como era la relativa a la p?rdida del puesto de mantenedor si alg?n aventurero llegaba antes que ?l a la plaza del Born. Se volvi? de nuevo a regular la ostentaci?n en el vestido y ornamentos de los participantes. Otra novedad aparecida en ese mismo a?o fue la representaci?n en dicho torneo de la entrada de la reina de Marigay. Esta reina, procedente de tierras lejanas y ex?ticas, ven?a acompa?ada de un gran n?mero de lacayos, todos vestidos de diversas invenciones y con m?scaras negras en la cara. Tambi?n la acompa?aban numerosos embajadores de diversas naciones, damas, alabarderos y cazadores. El torneo se acompa?? de otros espect?culos como escenas de caza, alcanc?as, sortijas y un espect?culo un tanto macabro en el que se daba a un mono un escudo para protegerse del ataque de los caballeros: altres corregueren contra una mona que estava sobre un puntal que estava ficat en la plassa del dit Born, davant la casa de dona Isabel Meca y de Clasquer?, y per no saberse ben cobrir la dita mona ab lo scut que tenia, fonc travessada ab una lansa per les anques779. La reina iba sobre un carro triunfal de fuerte carga aleg?rica, con lo que se introduc?a otra novedad en los torneos; ?elemento din?mico por excelencia de la fiesta real?, en palabras de Francisco Javier Pizarro G?mez, estudioso de las decoraciones ef?meras en los viajes de Felipe II780. No tenemos noticias de su utilizaci?n en los festejos barceloneses con anterioridad. ?nicamente tenemos alguna referencia al uso de carros en ?poca de Juan II, monarca que, al parecer, era aficionado a entrar con carros en las ciudades. Sobre este hecho, Jaume Safont afirm? que, en 1475, Juan II entr? en 778 SIMON i TARR?S, A., p?g. 126. 779 DACB, vol. VI, p?g. 536, 24 de febrero de 1596. 780 PIZARRO G?MEZ, F.J., Arte y espect?culo en los viajes de Felipe II (1542-1592), Madrid, Ed. Encuentro, 1999, p?g. 82. 265 Barcelona sin carro, en contra de lo que sol?a hacer781. Sin embargo, la entrada de estos carros era de marcado car?cter triunfal y en se?al de jurisdicci?n y no ten?an la carga aleg?rica de los que comenzaron a utilizarse a partir de este torneo. La representaci?n de la entrada de la reina de Marigay tuvo bastante ?xito en Barcelona, donde fue representada en diversas ocasiones. 5.2.3. Los torneos en el reinado de Felipe III. Durante la visita real de Felipe III, en 1599, se celebr? un gran torneo en la plaza del Born, de gran teatralidad y que cont? con la novedad de una pomposa publicaci?n en la noche anterior. As? lo anotaba el noble Frederic Despalau en su diario, donde se atribuye esta novedad, junto a la iniciativa de otros cuatro caballeros: ?A don Berenguer de Paguera, y a don Federich Despalau, y a don Plegamans de Marymon, y a don Miquell de Allentorn y a don Yoatxim Setant? aparegu? fer la publicati? differentment del que se acostume?782. Al escultor imaginero Joan Aragall se le encarg? la construcci?n de cuatro carros triunfales que hizo en una parcela que ten?a en las Ramblas. No sabemos mucho de este artista que era beneficiado en la iglesia de Santa Mar?a del Pi. Para construir los carros y sus personajes, se ayud? de otros escultores imagineros como fueron Antoni Tramulles783, Jaume Poejo, Cresti? Branya o Joan Marian, entre otros. El rey orden? que la publicaci?n de la fiesta se hiciese el d?a de san Juan Bautista, en el que estavan ya en la rambla apercebits y apunt pera an aquesta hora desde el portal del studi al de la boqueria, ab sos espays y ordenansa quatre bells carros triumphals, obrats y divisats cadau de sa manera, ab gentil artifici; daurats y pintats de diversas caras, poesias, e, inventions, y reluhien tant ab la gran luminaria de les moltes graelles, que per tota la muralla fins a la dressana estavan plantadas, que ere una rara y extremada vista. En cada uno de los carros hab?a un trono en el que iba sentado una reina acompa?ada de ocho damas que vest?an el traje de la naci?n que representaban. El primero de ellos era el de la reina de Persia que iba tirado por ?quatre blancs, ben adressats, y briosos cavalls?; el segundo, el de la reina de Moscovia que llevaban ?quatre braus, feroces, y espantosos leons?; el tercero, el de la reina de ?frica e iba tirado por ?quatre mosntruosos, grans, y forts elefants? y, finalmente, el de la reina de la India, empujado por ?quatre alts, esquenuts y esfor?ats camells?. Es importante anotar 781 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 125. 782 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 170. 783 Antoni Tramulles era hijo del tapicero Antoni Tramulles y natural de la ciudad de Girona. El 6 de agosto de 1599 realiz? su examen como escultor imaginero en Vilafranca del Pened?s, por lo que en las fechas de la preparaci?n de los carros aleg?ricos no era todav?a un maestro imaginero. Entre sus obras m?s destacadas cabe citar el retablo de Sant Ramon de la iglesia de Santa Mar?a de Vilafranca del Pened?s, que realiz? en 1605. Muri? en 1630. 266 que, exceptuando el caso de los caballos, los dem?s animales eran tambi?n caballos disfrazados como leones, camellos o elefantes cuyas pieles se encargaron preparar a un curtidor de la ciudad784. Adem?s, cada reina llevaba un s?quito de doce caballeros y 150 lacayos con m?scaras y con el traje de la naci?n de su reina. Podemos comprobar, pues, el gran despliege humano que gener? este torneo. Tras lo carros iba el mantenedor de la justa que era el oidor de cuentas eclesi?stico de la Generalitat y miembro de la orden de San Juan de Jerusal?n, don Frederic Meca. Recibi? 720 libras para vestirse adecuadamente para la ocasi?n. Le segu?a un enano que sujetaba el cartel de la justa donde se inclu?a el desaf?o. Los enanos acostumbraban a participar en estos festejos significando la introducci?n de lo burlesco en algunos puntos de la fiesta. La comitiva encar? la calle Ample para pasar por delante del palacio de los reyes que contemplaban la fiesta desde una ventana. Toda la calle estaba repleta de antorchas y de almenaras de tea o graellas que iluminaban la noche barcelonesa. Al llegar ante el palacio real, el mantenedor orden? al enano fijar el cartel de desaf?o en su puerta. Una vez pasados todos los participantes de la fiesta, los caballeros, disfrazados seg?n la naci?n que representaban, volvieron a la misma calle y comenzaron a correr con sus caballos ante los reyes y jugaron a alcanc?as, lo que marc? el final de la publicaci?n y dio paso a la justa que se celebrar?a al d?a siguiente en la plaza del Born. Frederic Despalau tambi?n apunt? en su diario que la publicaci?n se asemejaba a la que hizo Ferrer de Claravalls, citada por el Consell de Cent, en 1585, para su torneo organizado para la visita de Felipe II, y de la que no tenemos noticia alguna. El domingo 27 de junio, tras aceptar la invitaci?n para asistir a la justa785, los reyes partieron en coche desde el palacio hacia la plaza del Born, donde se celebr? la justa. El mantenedor de la justa hizo lo propio desde la Casa de la Diputaci? del General, acompa?ado de un gran n?mero de atabaleros, trompetas y ministriles; todos vestidos de sus colores. Tras ?l, sali? el andador de la cofrad?a de sant Jordi y dos maestros de campo que eran el bar?n de Erill y el propio Frederic Despalau. Continuaban diez padrinos, otros dos que llevaban las llaves (don Berenguer de Paguera y don Miquel de Alentorn) y, finalmente, el se?or de Ser?, don Honofre de Alentorn, que llevaba el estandarte real. Una vez colocados en la plaza, hicieron su entrada los aventureros que era los siguientes: don Bernat de Pin?s, Joseph de Bellafilla, don Francisco de Pau y de Rocabert?, Pere Pau de Belloc, Antoni Joan Ferran, don Francisco de Erill, don Pedro Vila y de Clasquer?, Miquel Baptista Falc?, don Anton Despalau, Jaume de Calcer, don Crist?fol de Prado y don Joan de Erill. Como se puede ver, en este torneo se reunieron los m?s ilustres linajes catalanes. Los doce justadores 784 Los diputaros pagaron 9 libras y 16 sueldos al curtidor de pieles Francesc Cornet por preparar dichas pieles que fueron fabricadas con piel de cordero. 785 El rey respondi?: ?que esta fiesta se haz?a con grande contento de su magestat, y que le recibir?a major assistiendo en ella?. Similares palabras les dijo la reina: ?que todas las fiestas hechas por orden de los diputados le hav?a sido muy gratas y que, en particular, hav?a desseado la jornada de manyana, y que partiendo su magestat, que tambien acudir?a?, en DG, vol. III, p?g. 346, 26 de junio de 1599. 267 recibieron 600 libras, cada uno, para sus preparativos. Felipe III nombr? jueces a los duques de Cardona, Feria y N?jera, al conde de Fuentes y al se?or de Ser?. La justa se desarroll? con grandes lances que resultaron del agrado de los reyes. Eran tiempos felices en la relaci?n entre la monarqu?a y el Principado y esto se vio reflejado en este gran torneo. El rey quiso reservar la publicaci?n del resultado de la justa y la entrega de premios para otro d?a en que se celebrar?a un sarao. El resultado lo hizo p?blico su rey de armas y el premio al mejor justador fue para Miquel Baptista Falc?, el de mejor lanza para Josep de Bellafilla y, como m?s galante se premi? a don Francisco de Pau y de Rocabert?. Estos tres caballeros entregaron sus premios a las damas de la reina ?de nuevo el amor cort?s?. En definitiva, siguiendo la din?mica de torneo de 1585, este espect?culo se caracteriz? por un desarrollo importante del aparato celebrativo, con la participaci?n de un gran n?mero de personas, y que respond?a a la mayor pomposidad de las fiestas reales en los albores del siglo XVII. Durante el reinado de Felipe III, los torneos organizados por la cofrad?a de sant Jordi adquirieron un nivel de complejidad y desarrollo que hasta ese momento no ten?an. Su celebraci?n anual y pomposidad hicieron de esta ?poca la edad de oro de los espect?culos caballerescos en Catalu?a. A partir del gobierno del virrey duque de Monteleone, vemos una mayor complejidad en la trama de los torneos ordinarios de la cofrad?a. Este virrey napolitano pudo contemplar en la plaza del Born la introducci?n de nuevos argumentos como era el desaf?o de los caballeros isl?micos a la caballer?a catalana. Apareci? por primera vez esta trama en el torneo de a pie celebrado en enero de 1605786. Mientras se desarrollaba el torneo con toda normalidad, de improviso, irrumpi? un jinete moro vestido a la morisca con un cartel de desaf?o a los caballeros barceloneses de parte de los ?Reys de la Velachia, Persia, Caramania e yslas de Taracanta y Mar Egeo?. En el cartel, se exig?a a los caballeros que prestasen vasallaje y pagasen parias a tan magnos e invencibles soberanos. Tal afrenta no pod?a quedarse sin contestaci?n, as? que le?do por los jueces dicho cartel, y vista tan arrogant y temeraria pretensio, resolgueren entre ells, sels concedis licentia de entrar en camp, en lo qual tenien per molt cert y segur, que vist y provat per ells el avantatge, que ab esfors y animo los cavallers desta ciutat aportan a totas las nacions, tindrien per be de desenga?ar y sanear llurs animos en dexar tan vanes erroneas e imaginades pretensions, tornant sen molt mansos y quiets a reposar en ses terres. Es interesante ver el acompa?amiento dise?ado para la tropa mora para advertir la complejidad y el movimiento que gener? este torneo: Los quatre Reys moros qui de ses longinques y remotas terras en aquell punt ab molta gent de cavall y molta recamara arribaven a esta ciutat, hagut lo avis de dita licentia, y quels cavallers lo estaven aguardant en lo camp, o, estacada que per aquest effecte estava ssenyalat en la pla?a del Born, desijosos de executar y allanar ses pretensions, pasaren avant son cami ab molta pressa, fins arribar a dita pla?a, aont entraren ab la magt. y forma seguent. 786 La descripci?n de este torneo en ACA, Generalitat, G-65, vol. I, fols. 68-71. 268 Anaven devant ab sos bons cavalls dos trompetes ab ses vestes a la morisca de domas carmesi. Venia apres molt ben posat a cavall, per guardaroba, un gallart moro ginet ab sa adarga y llan?a. Tras dell seguian dotze atzemilas ab sos dotze atzemilers representant cadau dells al natural ab sos vestits y trages de natio morisca. Anaven dites atzemilas cubertes ab sos rics robosters y en ells los senyals de les armes de cadau destos reys. Sota estos robosters se veyan y mostraven posats ab gentil manera molts arnesos y petos, ab ses lindes cimeres y celades, llances, picas, arcabussos, pifanos, atambors y altra diversitat de armes y aparatos de guerra. Seguian apres ab molt bona ordenansa, vuyt moros ginets ab ses adargas y llansas, ab sos rics vestits a la morisca. Tras destos venian quatre moros peons molt ben vestits ab ses spases y molt bones y llargas picas forts arborades. Venia axi mateix apres gran tropell de morisma a peu ab sos vestits de domas vermell, que ajudava en extrem a parexer be esta festa. Consecutivament venian los quatre Reys moros molt be y ricament posats a la gineta ab sos briosos, gentils y forts cavalls, y ab ses adargas y llances, mostrant en tot la Magd valor y esfors de ses persones. Tras el saludo respetuoso al virrey Monteleone, comenzaron los lances. La fiesta fue todo un ?xito y hay que destacar que el resultado no estaba predeterminado ya que los premios se repartieron tanto en el bando moro como en el cristiano. Es importante destacar la tem?tica del torneo si pensamos que estamos solo a cuatro a?os del decreto de expulsi?n de los moriscos y que ya por esos a?os se estaba debatiendo si era conveniente o no. El Islam, enemigo natural de los reinos peninsulares, siempre se vio como una sombra amenazadora y los dise?adores del programa del festejo no dudaron en incluir el vasallaje y las parias a los que en tiempos medievales estuvieron sometidos los barceloneses. As?, uno de los mensajes del torneo, y de los siguientes con esta tem?tica, era denunciar la arrogancia de los caballeros musulmanes que se atrev?an a desafiar a la caballer?a catalana y a exigirles vasallaje y, por tanto, reafirmar esa visi?n del Islam como el enemigo infiel que, seg?n muchos, ten?a una quinta columna en casa: los moriscos. En junio de ese mismo a?o se celebr? la natividad del pr?ncipe Felipe (futuro Felipe IV) para lo que se apercibieron ?diversos aparatos de regosijos y festes de alimaries, justas, torneig, alcansies, estaferms, bolas sortijas y altres que en semblants occasions, ab gentils y curioses devises, inventions y trages, solen y acostuman benissimament representar y fer los cavallers desta ciutat?. Se realiz? una justa de dos cuadrillas donde participaron los mejores justadores del momento tal como el acontecimiento requer?a. Entre ellos se encontraban Miquel Baptista Falc?, Josep de Bellafilla, don Miquel de Sentmenat, Jaume Spuny y don Aleix de Marimon. La rivalidad entre estos caballeros se puso a prueba durante buena parte del reinado de Felipe III. As?, destacaron los enfrentamientos entre los dos primeros, o los triunfos del 269 tercero787. Se cre? una ?lite de torneadores cuyos triunfos en el palenque eran fuente de honor, aunque siempre en el estricto ?mbito catal?n. Veamos, sino, brevemente, algunos apuntes sobre la carrera de Miquel Baptista Falc?. Ya lo encontramos participando en los torneos de 1583 y 1584, como aventurero, y, en 1597, gan? el premio al caballero m?s gal?n del torneo. Pero la culminaci?n de su carrera lleg? con su triunfo como mejor justador en el torneo de 1599, ante Felipe III y su corte y al a?o siguiente se afianz? su dominio tras firmarse un empate ?bastante inusual? entre ?l y Josep de Bellafilla. Ambos caballeros tuvieron que volver a competir y, finalmente, fue Falc? qui?n gan? el torneo de ese a?o de 1600. El de 1604 iba a ser un momento clave en su carrera ya que era el mantenedor de la justa celebrada ante los duques de Montele?n. Sin embargo, debido a lo brioso de su caballo, cay? al suelo y la justa tuvo que suspenderse; aunque, en la justa partida celebrada d?as m?s tarde, su cuadrilla alcanz? el triunfo como la mejor y m?s galante. As?, nos encontramos ante un caballero que llevaba m?s de 20 a?os participando, con cierto ?xito, en casi todos los torneos que se celebraron y que, transcurrido este tiempo, encontraremos, a menudo, como juez debido a su dilatada experiencia. Es importante destacar que, tanto ?l como Josep de Bellafilla, proven?an del patriciado urbano barcelon?s, en lugar de ser nobles de antiguo linaje, lo que indicaba el alto grado de asimilaci?n del ideal y estilo de vida de la aristocracia por dicho patriciado, tras su inserci?n en el estamento militar. 5.2.4. Los espect?culos de armas durante el reinado de Felipe IV. Durante los ?ltimos a?os del reinado de Felipe III y los primeros del de su hijo Felipe IV, aisitimos a un empobrecimiento de los torneos de la cofrad?a de Sant Jordi. La dif?cil situaci?n econ?mica del Principado agrav? la falta de inter?s de algunos caballeros por estos festejos. As?, por esas fechas, vemos algunas resoluciones de la cofrad?a destinadas a impedir la ausencia de torneantes en ellos788. Adem?s, a esta 787 Don Miquel de Sentmenat cosech? varios triunfos en los torneos de la cofrad?a: en 1602 obtuvo el premio a la mejor folla; en 1605, a la mejor espada y en otro torneo al mejor justador; en 1606, fue escogido como el justador m?s gal?n y ese mismo a?o volvi? a ser declarado como mejor justador y mejor invenci?n en otro torneo. Todav?a en 1611 aparece su nombre entre los vencedores de torneos. Don Miquel de Sentmenat representaba el mejor exponente de caballero noble de antiguo linaje que hizo de los torneos la mejor expresi?n del sentir de su clase. 788 El primero de abril de 1618, la cofrad?a de sant Jordi estableci?: ?E mes que lo mantenedor que exira y ser? extret no voldra justar, conforme lo obligan les ordinations; Que sia executat, y que la pena sia donada y aplicada al altre que extret ser? en son lloc;y totas las penas que ser?n executadas, dels que no voldran aceptar; sian donadas y applicadas al primer que acceptara?. Tres d?as m?s tarde, se decidi? ?que sian executats tots los qui han deixat de exir al torneig, als quals se nottifica la obligatio que tenian, y los que no poran executar ab diners, se preceesca ab censuras en virtut del jurament?. Finalmente,, el 6 de mayo de ese mismo a?o, la cofrad?a redact? nuevas ordenaciones en la que el 5? cap?tulo fijaba que ?lo mantenedor de la justa y torneig de cavall, sino acceptaram cayga en pena de deu ducats, y si acceptara y no exira trenta ducats, y que las penas sian applicadas en la segona extractio, al qui seran exit en son lloc, tant a loc de mantenedor, com de aventurer y que al torneig de peu sia seguida la mateixa forma ab tal que las penas sian las contengudas en lo capitol?. 270 situaci?n hay que a?adir la importante falta de caballos; un problema de larga tradici?n en Catalu?a que, ahora, imped?a la celebraci?n de justas. Por este motivo, tenemos algunos aplazamientos de torneos esperando la llegada de caballos789 i la reconversi?n de una justa en un torneo de a pie ante su falta790. Tambi?n se regul? la cantidad de lacayos y caballos que pod?a llevar cada torneante el d?a del festejo para poder equilibrar el acompa?amiento de los distintos participantes791. Sin embargo, a partir de la segunda mitad de la d?cada de los veinte, asistimos a un breve repunte del torneo, aunque con un marcado car?cter de espect?culo. As?, podemos establecer un marco cronol?gico muy concreto para este nuevo renacer de los ejercicios caballerescos y que debemos hacer extensible a los otros dos reinos de la Corona de Arag?n. De este modo, desde 1626, con la llegada de Felipe IV, pasando por 1630 con la visita de la reina de Hungr?a a Zaragoza y Barcelona, hasta 1632, a?o en que el rey viaj? a la ciudad condal para concluir las Cortes inacabadas de 1626, se sucedieron diversos torneos de gran formato y espectacularidad en las dos capitales de la Corona de Arag?n. Pero, un an?lisis minucioso de sus preparativos nos indica que, realmente, alguno de estos torneos puso en evidencia la p?sima situaci?n econ?mica del pa?s y el deterioro de los espect?culos caballerescos. El primer torneo de importancia del reinado de Felipe IV celebrado en Barcelona se llev? a cabo con motivo del nacimiento de la infanta mar?a Eugenia, en 1625. En esta ocasi?n se decidi? realizar un enfrentamiento entre seis cuadrillas que entraron en el Born molt ben armats y apunt com a bons homens de armes se pertany ab ses piques forts de guerra molt acerades y relluentes y ab ses cimeres y empreses d diverses colors y divises, los quals molt ben posats en alarde entraren en lo plazo ab brillosa y gallarda bravesa llan?ants motets de proezas y asanyes que asos fins y intents se refferien. Al d?a siguiente de la celebraci?n del torneo, se hizo un estafermo donde particip? el mismo diputado militar Francesc Pla y de Cadell, como mantenedor. Importante fue tambi?n el estafermo celebrado por la cofrad?a en v?speras de la llegada del monarca a la ciudad, en la que ya hab?a un gran n?mero de castellanos que participaron en los carnavales de la ciudad y pudieron contemplar este festejo. Gracias a la pluma de Andr?s de Mendoza ?en la ciudad por aquellas fechas? conocemos algunos aspectos importantes de los torneos del siglo XVII como son algunas divisas o emblemas de los justadores. Todas ellas eran un canto de alabanza a la monarqu?a y a la gloria de la dinast?a Habsburgo y dejaban claro el papel jugado por los torneos como espect?culos de Estado. As? lo dejaba claro el autor: 789 ?Axi nos feu la justa, a son temps, ni apres per avant en lo setembre, per la falta de cavalls?, en ACA, Generalitat, G-65, vol. I, fol. 159, 16 de diciembre de 1616. 790 ?Que la dita justa se comute en un torneig faedor entre nadal y Carnestoltes?, en ACA, Generalitat, G-65, fol. 160, diciembre de 1616. 791 ?Que los mantenedors de la justa de la confraria de St. Jordi no pugan traurer mes de deu padrins, quatre alacayos y quatre patges, y si manco ne voldran traurer, que estiga a llur voluntat, salvo que no pugan excedir al numero dalt dit. E mes que no pugan traurer mes de quatre cavalls ?oes la hu ab los paraments conforme se acostuman y lso altres ab les guarnitions corxeas?, en ACA, Generalitat, G-65, fol. 172, 1 de abril de 1618. 271 Fue el intento de toda la mascara que conociesse el mundo que las Monarchias passadas se terminaron, la Griega, la Syria, y las demas, y aun la mayor, que fue la de los Persas, a treynta, ? menos prouincias, y la Espa?ola tiene por limites la buelta que el Sol da a entrambos emispherios792. A continuaci?n, veamos algunas de estas divisas, comenzando por la que tra?an la pareja formada por el vizconde de Joch y don Alexos de Senmenat que participaron disfrazados de emperadores romanos: Passo el Imperio Romano, y excediole el Espa?ol cuyo limite es el Sol. Don Joan de Erill y don Vicente Magarola, que aparecieron en traje alem?n, de leonado, palta y oro, llevaban una divisa que hac?a referencia a la rama espa?ola de la dinast?a Habsburgo: No solo Alemania Impera la sangre espa?ola ya sino que el Imperio da. Tambi?n hab?a referencias a los rebeldes holandeses, de cuya revuelta se culpaba a la herej?a que se hab?a instalado en el pa?s. De este modo, don Dalmau de Yvorra, bar?n de San Vicente y don Tomas Fontanet, que vest?an de flamencos, llevaban las letras siguientes: Si en parte me he rebelado tiene la culpa la heregia que contra tu fe? porfia. Don Luis Soler y don Feliciano Sayol de Barbera, considerado el mejor hombre de armas del Principado, iban de franceses con una referencia a las victorias italianas de las armas aragonesas, primero, y castellanas, despu?s, que le dieron la posesi?n del Mezzogiorno a Espa?a: Las Visperas Sicilianas el Garellano y Pavia no hizieron ? Italia mia. Otras referencias se hac?an respecto a la posesi?n de Am?rica y a la pleites?a que fuerzas divinas como las ninfas de los r?os, selvas y mares rend?an al grand?sismo rey Felipe. Sin embargo, durante su visita al a?o siguiente no se celebr? ning?n torneo ni 792 BN, VE 60-78, Tercera Relacion de las fiestas de la Ciudad de Barcelona. A DON ENRIQVE RAYMUNDO FOLCH DE ARAGON, CORDOVA, Y Cardona, Duque de segorbe, y Cardona, gran condestable de Aragon. 272 justa en su honor y la entrada real fue el festejo m?s destacado de la jornada del monarca en Catalu?a. Una de las claves de la ausencia de torneos pudo ser la divisi?n clara del estamento noble catal?n, durante esos a?os, como evidenci? el enfrentamiento entre el duque de Cardona y el conde de Santa Coloma. ?nicamente, se realizaron algunos ejercicios b?licos durante la celebraci?n de su 21? cumplea?os que coincidi? con su estancia en la ciudad. En ese d?a toda Barcelona ?dio muestras de alegria y jubilos, assi interiores como exteriores, los que en tanto tiempo se permiten, que fueron todos bellicos y de guerra?793. Pero, en 1629, s? que tenemos la celebraci?n de un torneo de envergadura con motivo del nacimiento del pr?ncipe Baltasar Carlos794. El torneo, que se deb?a efectuar el 20 de noviembre, se aplaz? un mes por no estar presente el virrey duque de Feria que se encontraba en Perpi??n. Pero m?s indicativo de este repunte fue el torneo celebrado, en 1630, para honrar a la reina Mar?a de Hungr?a a su llegada a la ciudad con direcci?n Viena. La reina ya hab?a presenciado justas en Zaragoza, junto a su hermano Felipe IV. En ellas particip? lo m?s granado de la nobleza aragonesa ?los condes de S?stago, Aranda y Fuentes? con un gran n?mero de lacayos. Los torneadores sorprendieron a todos con incre?bles y elaboradas invenciones, como la del jurado en cap de la ciudad que sali? con un carro aleg?rico en el que se encontraban las personificaciones de todas las provincias de la monarqu?a, todas ellas bajo el domino de la capital del Ebro, que estaba situada en lo alto. Tambi?n destac? la invenci?n del conde de Fuentes que sali? con un carro donde iba un sol que giraba continuamente hacia donde se encontraba el soberano y que obtuvo el premio a la mejor invenci?n. Algunas de las empresas que se pod?an leer en los carros hac?an referencia a la supeditaci?n del Sol al monarca cat?lico. As?, la propia que llevaba el conde de Fuentes en su sol giratorio era: Sol fui destos mirasoles, mas saliendo tan gran Sol, es dicha ser mirasol. Los lemas de otros carros se refer?an directamente al matrimonio de la infanta Mar?a con el rey de Hungr?a y la amistad perpetua que ?ste supondr?a entre ambas coronas. En ellos, se pod?a ver una lucha de poderes entre el Imperio y la monarqu?a cat?lica, es decir, entre las dos ramas de la dinast?a Habsburgo. As?, en el carro de don Raymundo G?mez de Mendoza, se abri? un cedro coronado de muchas aves y a cada lado de ?l un sol, el del Imperio y el de Espa?a. El Sol germ?nico iniciaba la empresa con la siguiente locuci?n: 793 BN, VC/224-32, SEGUNDO AVISO DE LO SUCEDIdo en Barcelona, dende la desseada entrada de su Magestad, hasta 12 de Abril, en el qual tiempo han acontecido muchas cosas notables, y dignas de ser sabidas. 794 RAMON SALBA es el autor de una relaci?n impresa sobre dichos festejos, en BC, Full Bonsom n? 9105, LUZIMIENTOS FESTIVOS, Y LUZIDAS Fiestas que en la Insigne (y jamas alabada como se deue) Ciudad de Barcelona, se han hecho en el feliz Nacimiento de su Principe, Baltasar, Carlos, Domingo, que Dios guarde muchos a?os. 273 Reconoce mi grandeza, pues por mis rayos fecundos presides a entrambos mundos. Mas el Sol espa?ol le respond?a: De mi esplandor soberano porque agradecida soy, estos reflexos te doy. En total salieron diez carros aleg?ricos, todos muy ricamente aderezados y con sus empresas bien claras para que pudieran verlas los espectadores. A pesar de que los combates no fueron muy buenos por la falta ?como en Catalu?a? de caballos, fueron del agrado del soberano que incluso lleg? a aseverar que ?estas eran fiestas de caualleros y no las que se hazian en Castilla?795. Esta afirmaci?n presupone una mayor pervivencia de las pr?cticas caballerescas en los reinos de la Corona de Arag?n que en Castilla, donde puede que hubieran adquirido un mayor nivel de espectacularidad y teatralidad pero, en cambio, hab?an perdido la esencia del ejercicio caballeresco: el lance o combate. Ya en Barcelona, a diferencia de las fiestas anteriores que se celebraron en la plaza del Born, en esta ocasi?n los festejos tuvieron lugar en la plaza de Sant Francesc, lugar donde se acostumbraba a realizar el juramento de los privilegios de la ciudad durante las entradas reales. El motivo de este cambio fue la elecci?n, desde la visita de Felipe IV en 1626, del palacio de los Cardona como nuevo lugar de alojamiento del rey y su familia ?como vimos en el segundo cap?tulo?. Dicho palacio ten?a fachada en la misma plaza, ?adonde caen las ventanas principales de Palacio?. Pese a que los diputados ordenaron que durante tres d?as ?trescientos Moros de las galeras, con palas, azadones, y capachas sacassen la tierra, que como proa, ? pedestal del terrapleno de la muralla ocupaua gran parte de la pla?a, a muchos les pareci? poco espacio dicha plaza para ?theatro de faccion tan grande?. Durante la estancia de la reina en la capital catalana se celebraron varios torneos. El primero tuvo lugar dos d?as despu?s de su llegada, a iniciativa de los diputados de la Generalitat796. Ese d?a, comenz? a entrar en la plaza de Sant Francesc la primera cuadrilla, por parejas, en trajes de diversas naciones y con m?scaras. El diputado militar Francisco Sent?s y el conde de Montagut, ?conde que 795 BC, Full Bonsom n? 9104, ENTRADA, REGOZIJOS, y fiestas, que la Imperial Ciudad de Zarago?a ha hecho a la Magestad del Rey nuestro se?or, y reyna de Vngria, y sus hermanos: y los Caualleros que se han se?alado en ellas, con lo demas que se ha hecho, hasta que su Magestad se ha buelto. 796 Tenemos dos relaciones impresas de este torneo, ambas obras de rafael Nogu?s. La primera es una narraci?n de los festejos, en BC, Full Bonsom n? 9107, EL MAGESTUOSO RECEBIMIENTO, Y FAMOSAS Fiestas que en la insegne Ciudad de Barcelona se han hecho a la Magestad de la serenissima Reyna de Vngria do?a Maria de Austria, que Dios guarde. La segunda, escrita en verso y m?s completa que la anteriro, la encontramos en BUB, C-242/5/9-44, NOCHES LUZIDAS, POMPOSAS Y CELEBRES FIESTAS QUE DE NOCHE se han hecho en la insigne Ciudad de Barcelona ? la Magestad de la Serenissima Reyna de Vngria que Dios guarde. 274 abona la celebre progenie de Cardona?, vest?an a la espa?ola, mientras que otras parejas lo hicieron en traje de portugueses, egipcios, valones o de emperadores de Roma, como fue el caso de don Josep Calv? y don Raimon de Sentmenat. Tras ellos, hicieron su entrada cuatro carros triunfales ?fabricados con grande maestria? y encabezados por sus respectivos maestres de campo. Med?an cada uno 12 varas de largo por 8 de ancho y se mov?an con unas ruedas secretas empujadas por gran n?mero de hombres que se disimulaban gracias a unas telas que pend?an de las cornisas, pintadas con escenas de caza, peleas marinas y terrestres, arboledas y hermosas fuentes. En cada carro hab?a cinco caballeros armados con lanzas y relucientes cimeras que, al paso ante la soberana, hicieron su debido acatamiento. Cada carro iba capitaneado por su jefe de cuadrilla y en lo alto un cartel donde se indicaba su empresa. Una vez pasados ante la reina, hizo su aparici?n la segunda cuadrilla, tambi?n vestidos de diversas naciones entre las que destacaron Francesc Catllar y Jaume Magarola, vestidos de indios negros ?con tanta diversidad de plumas y colores, y propiedad en el traje, que se tuvo por uno de los mejores de la fiesta, unas Indias de riquezas pareze que lleuaban?. Otra de las que m?s gust? fue la de don Luis de Monsuar y Francesc Sorribes, salieron en traje h?ngaro ?con sombreros ? su modo, afforrados en marcas?. Otros participaron como salvajes, en traje flamenco o como tudescos. Finalmente, es importante destacar, como ya ha apuntado Mar?a ?ngeles P?rez Samper797, el traje que vistieron don Joan de Erill y don Tom?s Fontanet que salieron ?en habito de Bandoleros Catalanes?, vestidos a su usanza con tahal?es, capas gasconas y armados con pistolas. Es de notar c?mo en pleno esplendor del bandolerismo catal?n ?ste ya hab?a calado tanto en la poblaci?n hasta el punto de crearse el mito y ser representado en las fiestas como algo propio de la cultura del pa?s. En primer lugar, se corrieron los estafermos. La plaza se dispuso de manera que los caballeros daban la vuelta por la tela del palenque sin parar, cog?an otra lanza y encaraban de nuevo la carrera. Tras esto, los cuatro carros se juntaron ante el balc?n de la reina de Hungr?a y se ejecut? el torneo que finaliz? con la celebraci?n de dos follas. Esta mascarada o encamisada, con el desfile de los caballeros disfrazados, se alejaba del concepto original del festejo caballeresco: el enfrentamiento entre dos bandos. Ahora, aparec?an caballeros disfrazados de todas las naciones, en lo que puede considerarse una representaci?n del Teatro del Mundo, donde la totalidad de las regiones del globo se presentan ante la monarqu?a de Felipe IV. As?, se puede apuntar que estos torneos del siglo XVII hubo un predominio del car?cter carnavalesco que, adem?s, era propio de las fechas en que se celebr?. Sin embargo, la compraci?n con el torneo zaragozano nos indica una inferioridad en el festejo barcelon?s, tanto en el dispendio como en los aparatos que aprecieron, reflejo de la dif?cil situaci?n que atravesaba el Principado y que los autores de las relaciones de fiestas trataron de disimular. El 28 de marzo, se celebr? un estafermo en el que participaron no s?lo caballeros catalanes como don Joan de Erill, don Pedro Aymeric o el vizconde de Joch, sino 797 P?REZ SAMPER, M.A., ?Barrcelona , Corte??, p?g. 180. 275 tambi?n el mismo embajador del emperador, conde de Frankenburg, junto al bar?n de Batevil y algunos caballeros castellanos como Diego Quiroga. El embajador alem?n fue el encargado de inaugurar el festejo corriendo el estafermo seguido de otros caballeros que rompieron sus lanzas, incluso bajo la lluvia. Acabado el ejercicio, el maestro de campo don Giraldo Magarola dio los premios que fueron para el embajador alem?n, en primero lugar; el vizconde de Joch, en segundo; le bar?n de Batevil, en tercero y seguidos de don Raimon de Sentmenat y Bernard Salb?. Se podr?a pensar en un final pactado de antemano ya que el vencedor result? ser el conde de Frankenburg que por otro lado no cesaba en apresurar el viaje de la reina ante las presiones del emperador, desde Viena. En 1632, Felipe IV visit? por segunda vez Catalu?a para concluir las Cortes de 1626. Esta vez si se celebraron torneos de importancia; aunque es interesante analizar sus preparativos para detectar las dificultades que tuvieron los organizadores y que evidenciaban cierta decadencia del Principado. En primer lugar, hay que hacer menci?n de un memorial798 que encargaron los diputados de la Generalitat, entre 1628 y 1629, en que ped?an consejo sobre los festejos a realizar para la visita del rey que en esos a?os se esperaba, acompa?ando a su hermana la reina de Hungr?a y que, finalmente, solo hizo hasta Zaragoza. En el memorial, el comit? de asesores y abogados de la Diputaci? del General escribi?: Acerca del que los senyors diputats s?n estats servits consultar, ab las persones dels tres estaments eletas per sas senyorias, sobre lo modo i forma se ha de tenir en las festes se han de fer per la fel?s vinguda del rey, nostre senyor, i seren?ssima reyna de Ungria en aquesta ciutat de Barcelona, tenint consideraci? que en tot cas nos havem de apartar, en quant se puga, par a qu? lo que?s fassa aparega b?, de posar en pl?tica las festes se fan en la cort del rey, nostre senyor, perqu? havem de confessar-nos inferiors a poder-les fer ab lo luziment que all?, per moltes rahons, i quant no n?i hagu?s altre apar bastaria lo poc aparell tenim de cavalls, que del tot havem de tenir per inpraticables lo que ?s joc de canyes, alcancias, sortija y toros, ax? per lo que?s diu dalt, com per ser aquestes festes las que les volen gran n?mero de cavalls, i tots que sian molt ajustats, i as? tenim falta de una cosa i altre. Como se puede comprobar, se reconoce la mala situaci?n de la econom?a catalana y la imposibilidad de celebrar festejos como los que por aquel entonces se realizaban en la pomposa corte madrile?a. Adem?s, esto se ve?a agravado por el ya end?mico problema de la falta de caballos. Se estipul? que para este torneo har?an falta 52 caballos ?que no ser? poc si?s troban tants a prop?sit?. Entonces, aconsejaron a los diputados celebrar una justa ?per ser festa, que en aquesta terra t? opini?, i en la de Castella no praticada?. Palabras que daban m?s fuerza a la afirmaci?n de Felipe IV en Zaragoza. La justa deb?a tener toda la pompa y ostentaci?n posible y consistir?a en el enfrentamiento de dos cuadrillas de siete caballeros cada una, o m?s si era posible y, al final, se har?a la t?pica folla. Adem?s, aconsejaban a los diputados que los maestres de campo fueran personas ilustres y muy 798 No sabemos los autores ni la fecha exacta de este memorial que aparece intercalado entre los folios 255v y 256r del volumen de los Dietaris de la Generalitat, correspondiente a los a?os 1626-1629 y que aparece en publicado en DG, vol. V, ap?ndice II, p?gs. 1.539-1.541. 276 l?cidas ya que de ellos depend?a el ?xito de la fiesta porque eran los encargados de guiarla de forma correcta. Los padrinos ?diez por cada cuadrilla? deb?an ser, del mismo modo, personas l?cidas y expertas y se deb?a evitar que fueran m?s ?bisonyos que los fillols, a qui par fan ofici de ayos?. Estos apuntes avidenciaban una falta de caballeros diestros en los torneos debido al descenso del inter?s por los mismos que se dio a finales de la d?cada de 1610 y principios de 1620. Similares consejos se daban en cuanto a los jefes de cuadrilla y los justadores. A diferencia de lo hecho hasta ese momento, los primeros ser?an los encargados de elegir sus cuadrilleros para, as?, asegurar el ?xito de la fiesta ya que la elecci?n de justadores por sorteo, como acostumbraba a hacerse por dicho consistorio, no aseguraba la participaci?n de los mejores. El jefe de cuadrilla llevar?a consigo doce lacayos, a los que deb?a vestir, y cinco ac?milas, junto a un armero, un lancero y un herrero, entre otros. Como en 1599, los jueces deb?an ser nombrados por el mismo rey. Adem?s, como se hizo en ese mismo a?o, la fiesta necesitaba una publicaci?n que se realizar?a al d?a siguiente de entrar el rey o el d?a anterior de su celebraci?n. Esta publicaci?n, siguiendo el modelo de 1599, constar?a de cuatro cuadrillas de diez caballeros cada una con su estandarte u otras cuatro de torneadores que sus respectivos carros triunfales y con su estandarte entrar?an por la calle Ample y pasar?an ante el palacio del monarca. En este punto, el memorial advierte que ser?a indecente que los justadores fuesen a pie y por ello se requer?a la utilizaci?n de los carros, para que fueran vistos tanto por el soberano como por la cantidad de gente que presenciar?a la publicaci?n. Los costes de fabricaci?n de los carros los asumir?a la Diputaci? del General que, adem?s, dar?a a cada caballero cierta suma en met?lico. Los diputados rescataron y aplicaron, esta vez s?, el memorial que les hab?an presentado en 1629 y pusieron en marcha los preparativos. A los jefes de cuadrilla se les dio 1.500 libras para sus gastos y los de sus lacayos; 600, a cada uno de los justadores; 400, a cada maestre de campo y 300, a los padrinos. Todos deb?an procurarse las mejores galas posibles para presentarse ante el rey: ?han de ser tot de cosa fina, las m?s luzidas que pugan ser, de chaperia de plata o cos que sie tan rica o mes?. Todo el lucimiento que deb?a mostrar el torneo ten?a un claro objetivo pol?tico: Tot lo que se advertex en aquest paper als senyors diputats ?s ab intenci? que sas senyories, com a m?s interesats desitjan que festa que se ha de fer devant del rey, nostre senyor, en ocasi? a hont i haur? de tantas nacions estrangeres, voldran ses senyories reste la prov?ncia de aquesta acci? ab lo luziment y opini? que?ns podem prometre de persones tant celoses del b? d?ella799. Pero surgieron problemas. Ya de inicio, el oidor de cuentas eclesi?stico, don Jacint Descatllar, mostr? su rechazo a la celebraci?n de cualquier ejercicio militar debido a la falta de dinero que ten?a la Diputaci? del General, levantando acta de su disentimiento. En cambio, los diputados y los oidores de cuentas restantes eran de la opini?n que se deb?a agasajar al monarca de la mejor manera posible y as? se lo hicieron saber a dicho oidor eclesi?stico: 799 DG, vol. V, ap?ndice II, p?g. 1.540. 277 Que lo que dit dissentiment per ell posat no t? ni deu tenir loch en lo fet present y que, per ?o, se servesca de alsar-lo, ab significaci? que las dem?s personas del consistori, no obstant lo dit dissentiment, faran lo que?ls aparexer? convenir al servey de D?u y de sa amgestat y en beneffici y honrra de aquest Principat, advertint al dit senyor o?dor ecclesi?stich que, per cosas de tant precissa obligaci? y honrra, com ?s solempnitzar la vinguda de sa magestat ab las demostracions possibles de contento y alegria, no ha de faltar lo diner que sie necessari y que no ? ha obligacions m?s privilegiades que s?n aquestas que de present se offerexen, majorment que, en a??, han convingut y convenen moltas personas principal?ssimas y molt affectes al servey de sa magestat y zelosas del beneffici y honrra de aquesta terra y naci? cathalana, a las quals se ?s consultat lo fet de la alegria y contento que ha de tenir aquesta prov?ncia y de las demonstracions que?s deuen fer per aquells800. Sin embargo, no fue ?ste el ?nico problema que surgi?. Los participantes del torneo no encontraban en toda Barcelona ropas adecuadas para la fiesta. Y as? se lo hicieron saber a los diputados tres nobles catalanes: don Miquel de Rocabert?, don Francesc Desbach y don Pedro de Santa Cec?lia: En la casa del General del present son detingudes certes robes de spolin de seda y or les quals en la occasio que de present se offereix de las festas ques fan a la Magt. del rey podrien ser venudes y acomodar ab ellas las personas que han de exir y fer en les dites festes pagant lo just valor de aquellas maiorment que en las botigas de la present ciutat nos troben semblants robes y es molt difficultos sens valerse de la robas demunt ditas, y que per?o ses se?ories sein servits manar dites robes ser venudes a les dites persones que han de exir y fer las ditas festas per los iusts preus commetent la venda ? persona experta y segura per lo Interes del amo, o, amos de aquelles qui las benefficii ? tota utilitat dels dits amos la qual utilitat maximament se concidera en lo temps corrent, per ser necessarias y no trobarsen en las botigas dela present ciutat801. Estas telas que se guardaban en los almacenes de la Generalitat pertenec?an a do?a Dorotea Moradell que accedi? a que fuesen vendidas al marchante y vendedor de telas de la ciudad Joan Anduy que se encargar?a de venderlas a los interesados en los festejos. Este hecho es sintom?tico de la p?rdida de poder adquisitivo de los barceloneses ? debido al empeoramiento de la econom?a catalana? que ya no pod?an comprar telas finas y de gran valor lo que conllev? a su desaparici?n del mercado en la ciudad y las existentes se destinaron para vestir al rey y sus lacayos que participaron en un torneo que analizaremos a continuaci?n. Pero no acabaron todav?a los problemas porque los diputados no encontraban caballeros dispuestos a participar en los torneos y la elecci?n de los justadores se complic?. Don Miquel Baptista Falc? era del parecer que los diputados no deb?an sufragar los gastos de los justadores porque esto conllevaba a que ellos hicieran la elecci?n de los participantes y esto no aseguraba el ?xito del toneo, como ya hab?a expuesto el anterior memorial; pero tampoco cre?a que deb?a hacerla la corte porque ello amanezaba con la divisi?n de la nobleza como ya pas? en el torneo de 1599. As? que, propon?a que los justadores costeasen sus gastos, pero, sabedor de que ello implicaba que los caballeros catalanes no asisitir?an al festejo, ?l mismo se ofrec?a a justar a su 800 DG, vol. V, p?g. 417, 30 de abril de 1632. 801 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-187, fol. 781. 278 costa y a sus 67 a?os, ante la falta de combatientes802. De este modo, incluso el sexagenario don Miquel Baptista Falc?, aquel campe?n que treinta a?os antes dominaba el palenque barcelon?s, se ofrec?a, pese a lo avanzado de su edad, para participar como justador ante el rey, debido a la falta de inter?s de la nobleza catalana. Finalmente, no lo tuvo que hacer porque se pudieron encontrar suficientes caballeros, y de garant?as, para hacerlo. Por ?ltimo, la falta de caballos se solucion?, como en otras ocasiones, con el alquiler de los propios caballos del s?quito real. El s?bado 8 de mayo, por la noche, se celebr? la encamisada o publicaci?n de la fiesta. Por la plaza de Sant Francesc desfilaron por parejas los miembros de la ?lite catalana, disfrazados de diversas naciones. Como en anteriores ocasiones, aparecieron alemanes, turcos, portugueses y moscovitas, pero tambi?n otros grupos propios del imaginario cultural de la sociedad occidental europea como eran salvajes, amazonas o ninfas marinas803. Tras el desfile de las diversas naciones ven?a un carro triunfal ?de obra d?rica?, sobre el que hab?a un trono dorado con una bella ninfa que era la Ninfa del mar Mediterr?neo. El carro se dirigi? ante el balc?n donde observaban la fiesta el rey y sus hermanos (el cardenal infante don Fernando y el infante don Carlos) y la ninfa comenz? a publicar el cartel de la fiesta que era, claro est?, una alabanza al soberano y hac?a hincapi? en la fuerza benefactora que representaba su persona: Este pues signo felice, aquel instante breve que de resplandores se corona desterrando las tinieblas que con su ausencia fueron tristeza y confusi?n, se viste de alegria, cuya imitaci?n heroyca el gran monarca Felipe (Luziente Sol de Espa?a) mejora, pues discurriendo la esfera de su Imperio, quando entre pardas se pone a la humildad de Man?anares, amaneze a la inmensidad del Mediterraneo, que agradecido a tanto Oriente, con voz de fuego, y lengua de agua le saludan. Felipe aparece como el Sol que deja en las tinieblas la corte de Madrid cuando se marcha del r?o que la ba?a, para alumbrar con su divina presencia al mar Mediterr?neo. Este recurso de presentar al monarca como lucero del mundo es habitual en las fiestas de corte durante los siglos modernos. En la segunda parte del cartel, la Ninfa del Mediterr?neo presentaba a Barcelona, ?precioso engaste de sus ondas?, como la ciudad fiel al soberano y destaca el valor de su nobleza en el combate: Magestuosos aplausos afecta en festiva guerra: porque a su orgullo no aya fiesta que no sea lid pues a su valor no ay lid que no sea fiesta. Finalmente, la ninfa invit? al monarca a asistir a la justa partida que en su honor se realizaba ya que ?la mayor felicidad de una republica es la assistencia de su Rey?. Para acabar la fiesta, se celebraron dos estafermos en la plaza que culminaron con una folla. Los siguientes d?as se celebr? el carnaval con gran cantidad de festejos, bailes y disfraces. A 18 de ese mes, se deb?a celebrar la justa publicada anteriormente; sin embargo, el rey orden? que en su lugar se celebrase un estafermo en el que ?l mismo 802 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 260, n? 28, sin folio. 803 Sobre el significado y difusi?n de estas criaturas propias del imaginario colectivo europeo occidental ?ase BARTRA, R., El mito del salvaje, M?xico, Fondo de Cultura Econ?mica, 2012. 279 participar?a junto a su hermano don Carlos, recientemente nombrado General de la Mar. Hac?a ya muchos a?os que los reyes hab?an dejado de participar en los torneos, sobre todo a partir de la muerte de Enrique II de Francia en 1559 que puso en evidencia el peligro que conllevaban para la salud del rey. ?Por qu? Felipe IV y su hermano decidieron, pues, participar en esta ocasi?n? La respuesta es dif?cil de precisar. ?Puede ser que, imbuidos por ese esp?ritu caballeresco que, no tan presente en Castilla, hab?an encontrado en la Corona de Arag?n, hubieran querido participar en el festejo o quiz?s como medio propagand?stico? Ambas hip?tesis tienen cabida. Parece cierto el gusto del monarca por los torneos celebrados en la Corona de Arag?n que le habr?an llevado a querer participar en ellos. Pero tambi?n es importante remarcar el resultado del mismo ya que Felipe consigui? el premio de mejor lanza y su hermano el de m?s gal?n y que reforzaban el car?cter de lider guerrero tanto del rey como de la dinast?a. Tenemos pues, en el segundo cuarto del siglo XVII, un festejo que se asimilar?a a los pasos de armas del siglo XV en los que el resultado estaba determinado de antemano y en los que el mismo Felipe II particip? a menudo ya en la centuria siguiente. Sin embargo, el rey se decant? por el estafermo, mucho menos peligrosos que la justa ya que consist?a en contactar con la lanza sobre el cuerpo de un mu?eco y se evitaba recibir el golpe de la lanza contraria. Tanto el rey como su hermano iban vestidos a costa de la Diputaci? del General que as? se lo hab?a solicitado por medio del oidor militar Francisco de C?novas804. Entraron ambos en la plaza acompa?ados de doce lacayos ricamente vestidos ya que el rey no quiso que le acompa?asen m?s. Tras ellos, entraron las dos cuadrillas que capitaneaban el conde de Peralada ?presidente del brazo militar en las Cortes que se estaban celebrando en la ciudad? y el vizconde de Joch. Toda la entrada se acompa?? con gran n?mero de atabales, trompetas, clarines y ministriles. Yva su Magestad en un cavallo casta?o muy brioso, y de conocidas obras, con sillas y guarniciones de raso blanco, espuelas, estribos, y demas evillas dorado, guarnecido todo el adere?o de passamanos de oro de Milan. Y en otro cavallo del mismo color, con el adere?o conforme ? el que lleuaua el de su Magestad el serenissimo Infante don Carlos, entrambos vestidos con grande ygualdad, cal?on y jubon de tela de plata de Milan, con flores de oro muy vistosos, tan ricas y relevantes, que parecian supuestas, casacas de terciopelo negro liso, forradas de la misma tela, que bueltas las puntas hacia atr?s, y asseguradas con un boton, parecia mas que bien, botas y plumas blancas, y medias mascarillas de terciopelo negro, que con ayroso ademan arrojaron ? la primer lan?a que correiron, con que de impensado se mostr? el Sol sin rebo?o, que no fue peque?o favor. El primero en debutar fue el conde de Peralada con qui?n el rey deb?a ?correr el precio de cuerpo ? cuerpo?, es decir, competir en primer lugar. El autor de una relaci?n 804 El 17 de mayo de 1632, los diputados recibieron un mensaje de parte de los presidentes de los tres brazos reunidos en Cortes en el que los exhortaban a costear los gastos del rey en el estafermo: ?Havent ent?s que sa Magestat gustava de exir al estaferm, nos apar que deu vostra senyoria, per part de aquest consistori, suplicar-li nos fesse merc? de c?rrer ab cavalls y gala enviada per vostra senyoria y procurar que, si ab lo cumpliment y grandeza, que per a totas parts se requereix y, encara que, per don Francisco ?agarriga, havem ent? corre b? vostra senyoria en a??, nos ha aparegut estimar y aprovar la deliberacio feta, encarregant quant podem se fasse ab tot cumpliment, com de vostra senyoria se espere. En Sant Francesch, vuy dilluns 17 de maig 1632. El ar?obispo de Tarragona, lo compte de Perelada, lo doctor Bernat Sala, conseller en cap?, en DG, vol. V, p?g. 422. 280 sobre dicho torneo aludi? a la honra que significaba para la casa del conde ?la de Rocabert?, que ostentaba el t?tulo? tener el lance con el rey. Adem?s, tambi?n destacaba el cronista que ya en un torneo celebrado en Figueras, en 1287, el rey Alfonso III de Arag?n hab?a concedido a don Jofre de Rocabert? la honra y merced de encabezar una hueste de 200 caballeros que se enfrentaron a otros 200 que conformaban la tropa del monarca. Tras romper su lanza el conde de Peralada, hizo lo propio Felipe IV, cuyas lanzas le proporcionaba su caballerizo mayor, el conde-duque de Olivares y asist?an el almirante de Castilla, el conde de S?stago y el duque de Medina de las Torres. El soberano ?corrio al faquin tan ayroso, tan galan, y tan hombre de acavallo, que haziendola menudas pie?as en la gola, se llev? tras si los ojos y cora?ones de todos?. Una vez finalizada la primera carrera, el rey se quit? la m?scara para que toda la plaza pudiera ver su rostro y admirar la grandeza de sus cabalgadas. Tras su actuaci?n, el conde-duque, acompa?ado de los otros grandes nobles se dirigi? a los jueces del estafermo ?los duques de Cardona y Tursi, los condes de O?ate y Santa Coloma y los marqueses de Legan?s y Este? para solicitarles el premio del cuerpo a cuerpo para el soberano. Ante tales jueces y ante la calidad de los solicitantes, era evidente que Felipe resultar?a vencedor de los lances, como as? fue, por unanimidad. Adem?s, el lance entre el rey y el conde estaba cargado de simbolismo porque ?ste actu? disfrazado de emperador romano y el hecho de haber sido derrotado por el soberano evidenciaba la supeditaci?n de los primeros al segundo. As?, el conde de Peralada, cuyo valor se encarg? de ensalzar el cronista debido a la destreza mostrada en la lid y para mayor honra del rey, acept? la derrota del soberano que hab?a roto sus lanzas de forma m?s airosa ya que ?es oy sin lisonja ni adulacion el primer hombre de Armas de Europa?. Tambi?n estuvo muy igualado el lance entre don Carlos de Austria y el vizconde de Joch; aunque, finalmente, los jueces hallaron vencedor al hermano del rey. Tras esto, volvi? a correr el rey otras cuatro lanzas con el de Peralada que volvi? a ser derrotado. Y, finalmente, ambos hermanos participaron en la folla final, rompiendo m?s lanzas que les proporcionaba Olivares ?con tanta puntualidad, que parecia que avia en la pla?a muchos Condes Duques, (como si esto fuera possible) tan a punto, y con tanta providencia se hallava en todas partes?. Tampoco se quedaba sin alabanza el valido del rey. Cuando acab? de correr la ?ltima lanza, el rey dio la vuelta a toda la plaza para j?bilo de los asistentes y entr? en palacio, desde el que admir? el postrer espect?culo. El conde de Peralada orden? la entrada de una galera ?de color roxo, popa, espolon, y demas remates dorado, repartido por ella gran cantidad de flamulas, vanderolas y gallardetes de damasco carmes?, tan Bolcan de fuego, que con disparar tanto por todas partes, por grande espacio de tiempo, siempre pare?ia que empe?ava de nuevo?. Comenzaron a sonar gran n?mero de cohetes voladores que sal?an de una esfera colocada en su m?stil mayor805. 805 Este tipo de representaciones, donde una galera ard?a, ya se hab?an llevado a cabo en la ciudad con anterioridad. Concretamente, durante el torneo celebrado por las fiestas de la beatificaci?n de santa Teresa de Jes?s, en 1614: ?Vent una nau que venia a la vela y en lo mes alt de la popa, estava ab decent 281 Este torneo fue el ?ltimo realizado en Barcelona ante el rey, durante el siglo XVII ya que, como es sabido, Carlos II no lleg? a visitarla; aunque la cofrad?a de Sant Jordi continu? celebrando torneos. Ese mismo a?o de 1632, la cofrad?a aprob? unas nuevas ordenanzas para regular de nuevo las pr?cticas torne?sticas. En 1657, se celebr? un torneo y una momer?a en la sala de los negocios de la Real Audiencia para festejar el nacimiento del pr?ncipe Felipe Pr?spero; asimismo, en 1662, se celebr? otra con motivo del nacimiento del pr?ncipe Carlos. La cofrad?a, como en anteriores ocasiones de celebraciones reales, se esforz? para que el festejo fuese de la solemnidad requerida. Es por ello que se permiti? al mantenedor de la justa ir acompa?ado de seis lacayos y a los aventureros hasta cuatro, cuando las nuevas ordenanzas hab?an fijado el n?mero de lacayos del mantendor en cuatro, como continu? tras esta fiesta806. Tambi?n, en 1696, la cofrad?a, para festejar la recuperaci?n de la salud del rey Carlos II, decidi? ?fer una festa militar a cavall?. Finalmente, en 1701, los caballeros catalanes deliberaron honrar al nuevo monarca Felipe V, celebrando en ?la Sala Real un torneig y sarau; y per la vinguda de la Re?na nra Se?ora una momaria y un sarau en la mateixa Sala real y de repent y sens gastar lo nom de festa una encamisada?807. Adem?s, las relaciones de los torneos que se escrib?an en los libros de la cofrad?a, durante estos a?os, eran bastante pobres y dispersas, faltando las referencias de muchos a?os en los que no podemos saber si se celebraron o no. 5.2.5. Los festejos taurinos en Catalu?a durante las visitas reales. Normalmente, la historiograf?a acostumbra a incluir los festejos taurinos de los siglos XVI y XVII entre las fiestas caballerescas y, ciertamente, en muchas ocasiones as? aparece en la documentaci?n. Las corridas de toros se celebraban junto a otros festejos caballerescos como son las alcanc?as, los juegos de ca?as o, a menudo, a lo largo del propio torneo. El arquero y cronista Henry Cock nos inform? de algunos festejos que Felipe II pudo contemplar en su jornada a la Corona de Arag?n, en 1585. En la villa de Daroca, los ciudadanos corrieron unas vacas por la puerta del palacio donde se alojaba. Sin embargo, fue en Zaragoza donde la familia real pudo ver ?seis decoro la figura de la beata mare Teresa y entorn della y de la nau molts frarets y mongetas carmelitas desclasas ab sos habits; que ab moltissimes atxas y alimarias estavan dins y defora; parexia en extrem be esta entrada. Surta la nau devant la Iglesia de St. Josep; encontinent apparegue de part de tremuntana una spantosa visio de un gran dragonas, que ab gran furia artificiosament baxava per los ayres llansant per totas parts grans sopla?os de foc, y ab gran struendo arrementent posa foc en un Castell, que ab gran artifici devant de la Iglesia de St. Josep estava fabricat; y ell y lo Castell se cremaren en un punt. Vist aquest succes, isqueren encontinent molt devotament los frares carmelitas descalsos y ab molta reverenyia y acato entraren dins la nau, y prenent de la popa la figura de la beata mare Teresa, ab gran professo, (lo estandart de la qual portava lo comte de Peralada) la entraren dins la Iglesia; cantant lo Te Deum Laudamus, y ab gran musica y melodia la posaren alt en lo altar, a honor y gloria de deu omnipotent y de la gloriosa sancta?, en ACA, Generalitat, G-65, vol. I, fols. 144-145. 806 ACA, Generalitat, G-65, vol. II, fol. 40. 807 ACA, Generalitat, G-65, vol. II, fol. 47. 282 toros a las puertas del palacio, a los cuales hab?an puesto fuego a los cuernos?. Asimismo, tras la publicaci?n del torneo que se celebr? en su honor, se solt? otro toro, tambi?n, con fuego en los cuernos. Vemos con estos dos ejemplos un precedente del actual toro embolao que a?n se celebra en gran n?mero de localidades del levante espa?ol. Tambi?n durante el juego de ca?as que se celebr? por voluntad del rey, se corrieron toros en la plaza ?los cuales, como fuesen mansos entre tanta muchedumbre de gente y lloviendo, ninguna o muy poca alegr?a dieron a los que lo ve?an?. En otro de los torneos de ese mismo viaje, y en la misma Zaragoza, nos dice el arquero que no dejaban de corror toros ?de los cuales algunos bravos con los caballos les daban una cornada que los se?ores por fuerza se hab?an de bajar, mas a ninguno se hizo notable da?o?. De todas estas muestras se puede deducir que en la capital aragonesa, a finales del siglo XVI, los festejos taurinos si tuvieron cierta implantaci?n, celebr?ndose, a menudo, junto a los juegos de ca?as. En cambio, a pesar de que dichos festejos estaban muy arraigados en la cultura peninsular, en Catalu?a ?nicamente exist?a una tradici?n taurina, de origen medieval, en la zona de Tortosa. En el resto de ciudades del Principado, la fiesta de los toros s?lo se celebraba en contadas ocasiones y, sobre todo, a a partir del siglo XVI, durante las visitas reales. As?, en 1585, la ciudad de Lleida, con motivo de la llegada de Felipe II y su familia, decidi? ?que fossen fetes alimaries y correr de toros? para lo que se envi? un emisario a Tortosa para comprar seis animales808. El 7 de abril se corrieron los toros en la ciudad ante el rey, el pr?ncipe y las infantas y con gran regocijo de los ilerdenses. Sin embargo, en esa misma jornada, no se celebr? ning?n festejo taurino en Barcelona y, en cambio, si se hicieron en Valencia, lo que evidencia una escasa tradici?n taurina en la ciudad condal a finales del siglo XVI. Tampoco tenemos rastros de fiestas durante la visita de Felipe III; aunque posiblemente si se hizo alguno. S? se celebraron algunas fiestas taurinas a partir del siglo XVII. En 1601, los diputados organizaron una corrida de toros para festejar la natividad de la infanta Ana Mar?a Mauricia. Durante la fiesta, tuvo que intervenir el duque de Feria para evitar ?lo abus se feia de matarlos ab les spases? y mand? que los toreadores dejasen las dagas y espadas para dejar ver mejor la ?desimboltura dels toros?. Adem?s, don Pedro Vila i Clasquer? lance? a varios toros a los que persegu?a con su caballo y, para finalizar la fiesta, sali? un toro cubierto con una tela repleta de cohetes que ?ana corrent dit toro cremantse la pell?809. La destreza de este noble catal?n en el correr tras los toros indica, eso s?, que hab?a participado anteriormente en este tipo de festejos por lo que induce a pensar en su celebraci?n antes de esta fecha. En 1626, apunta una relaci?n sobre las fiestas en honor de Felipe IV que ?hubo toros de comedia? que deb?a ser alg?n tipo de parodia de los festejos taurinos o quiz? la suelta de alguna vaquilla para que la persiguieran los mozos. Durante las fiestas organizadas por el nacimiento del pr?ncipe Baltasar Carlos, en 1629, se dedic? un d?a para la fiesta de los toros que se celebr? en la plaza del Born y que, como apunt? el cronista Ramon de 808 ACA, Consell d?Arag?, Leg. 1.350, n? 19. 809 DACB, vol. VII, p?g. 368, 3 de diciembre de 1601. 283 Salb? era ?tan desseada, y nunca vista en Barcelona, como agora?810. Esto indica claramente su profusi?n durante las primeras d?cadas del siglo XVII. La fiesta corri? a cuenta de la Diputaci? del General que invit? al virrey a presenciarla, como era costumbre en los torneos. Toda la plaza se rode? de tablados y vallas para que los toros no crearan ning?n desaguisado y se construy? un toril ante la casa de Frederic Meca. Corrieron los toros con gran fiereza que, como nos informa el zurrador Miquel Parets ? testigo de la fiesta? hab?an sido enviados de Tortosa ?que eren rahonablement bons?. Posteriormente, se soltaron otros toros para que se corrieran. Arremetieron los Toros valientemente a unos y a otros: ya enarboleando algunos en el ayre, ya a otros postrandoles por tierra, y de quando en quando porvando sus furrias, quando no hallavan con quian unos hombres echos de bulto que estavan repartidos a trechos por la pla?a de ridiculo traje: la gente con el incentivo de los premios se aviv?, y se abalan??, y por esso salieron algunos estropeados: por postre de esta fiesta sali? un Toro con una manta de cohetes, que disparando rezios, y esparciendo su salitrada materia en humo denzo parecio copiar la Esphera del fuego. Cuando los toros no corr?an bien, sal?a una vaca mansa que los guiaba hasta el corral?n y s? no la segu?a lo mataban all? mismo. Tambi?n se hicieron otros espect?culos en los que luch? un perro contra un toro en que ?lo gos lo agaf? per la orella y le y tall?, y lo bou don? dues voltes per lo Born y lo gos may lo dex?, que lo bou feya uns crits que resonave tot lo Born?811. Se les dieron algunos premios a los toreadores vencedores que fueron dos soldados de las galeras y un carnicero franc?s apodado Estelat. Viendo los premiados no parece que en algunos de estos festejos taurinos participasen los caballeros por lo que hay que distinguir dos tipos: las corridas de toros en las que participaban los caballeros, como fue el caso de don Pedro Vila y de Clasquer? y los festejos taurinos de car?cter popular, es decir, lo que vendr?a a ser actualmente las sueltas de vaquillas o toros embolaos, donde participaba la poblaci?n. Con las llegadas de la reina de Hungr?a, en 1630, y Felipe IV, en 1632, se celebraron nuevas corridas de toros. De este modo, se puede afirmar que las visitas de los monarcas y las fiestas que celebraban alg?n acontecimiento de la monarqu?a ? especialmente los nacimientos de infantes e infantas y las visitas reales? fueron decisivas en la introducci?n de los festejos taurinos en Barcelona, sobre todo, a partir de la primera mitad del siglo XVII. Adem?s, marcaron un precedente para su definitiva consolidaci?n ya en el siglo XVIII en el que se celebraron numerosas fiestas taurinas durante las visitas de Felipe V, Carlos III y, ya en el XIX, Carlos IV812. Sin embargo, no todos los barceloneses compartieron el gusto por estos festejos ya que, en ocasiones, eran demasiado sangrientos para algunos de los presentes. En este sentido, son significativas las palabras que Jeroni Pujades escribi? en su dietario sobre la corrida de toros celebrada ante Mar?a de Hungr?a, en 1630: 810 BC, Full Bonshom n? 9.105, op. cit. 811 PARETS, M., op. cit., p?g. 258. 812 Sobre estas visitas reales a Barcelona v?ase P?REZ SAMPER, M.A., ?La presencia del rey ausente: las visitas reales a Catalu?a en la ?poca moderna?, en GONZ?LEZ ENCISO, A. y USUN?RIZ GARAYOA, J.M. (Dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos. Las ceremonias p?blicas en la Espa?a Moderna (1500- 1814), Pamplona, EUNSA, 1999, p?gs. 63-116. Para la entrada de Carlos IV v?ase de la misma autora Barcelona, Corte: la visita de Carlos IV, Barcelona, Edicions de la Universitat de Barcelona, 1973. 284 En casa del Duch de Cardona, al Pla de St Francesch, en Barcelona, ahont est? aposentada la Reyna de Hungria, dins lo hort de dita casa, se f?u un gran astaferm y day varrit y sortija, carrera, tiro de pistola, en blanch. Hagu? y tamb? c?rrer de toros. Lo primer joch fou bona vista, los toros, cosa molt bruta, perqu? los cavallers los dejarretaven y los flamenchs o h?ngaros de la guarda al punt los trossejavan813. 5.2.6. La plaza como espacio festivo. La plaza del Born era el lugar escogido por las autoridades municipales para celebrar los torneos y juegos caballerescos. El aumento del fasto oblig? a desplazar este tipo de juegos a ella debido al mayor espacio que dispon?a. Tanto es as? que, incluso lleg? a considerarse la plaza mayor de la ciudad814. Como apunta James Amelang, la falta de zonas abiertas y espaciosas en el centro hizo que las ceremonias y festividades locales gravitaran hacia zonas menos congestionadas de la periferia de la ciudad, como era el Born815. Para la celebraci?n de los torneos hab?a que acondicionarla. En primer lugar, se ordenaba quitar todos los puestos y sobrepuestos de los comercios que hab?a en ella. Hay que recordar que dicha plaza era un lugar destinado al comercio y hab?a gran n?mero de vendedores que expon?an sus mercanc?as en la puerta del establecimiento. Destacaban, sobre todo, los vidrieros cuyos productos eran muy apreciados a nivel internacional816. Una vez limpia la plaza, se entoldaba con todo tipo de pa?os de diversos colores. En 1424, la disposici?n de la plaza para la celebraci?n del torneo en honor de Alfonso el Magn?nimo era la siguiente: Primerament la dita pla?a fou alt cuberta de draps de llana blanchs e vermells e tots los postissos de alguns obradors de la dita pla?a foren desfets apres fou la dita pla?a tota en cascuna part empaliada de diversos draps de ras e, apres forenfets cadafals per dita pla?a al entorn tot entapissats y empaliats de bancals e, acascun cap del rench fou fet un cadafal ab sengles banderes grans divisades de tafatans blanchs y vermells, e, de lloch en lloch de dit rench foren posats pononets semblantment divisats e, en lo cap de la dita pla?a del Born en lo pati lo qual ere estat novamente nderrocat lo alberch den Joan Ballar per la ciutat per embellir la dita pla?a del Born foren fets dos cadafals tots entapissats e, empaliats de draps de ras e, en les spalles fou posat un 813 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g 229, 30 de abril de 1630. 814 Jos? Enrique RUIZ-DOM?NEC escribe que ?la refinada vida ciudadana del siglo XV exige un espacio donde realizar actividades caballerescas?, en RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 188. 815 AMELANG, J., La formaci?n de una clase dirigente: Barcelona 1490-1714, Barcelona, Ariel, 1986, p?g. 20. 816 El d?a de A?o Nuevo se celebraba una fiesta en la plaza del Born donde todos los tenderos expon?an sus mercanc?as, sobre todo los vidrieros. Durante su estancia en Barcelona en enero de 1503, Felipe el Hermoso pudo contemplar todas las mercanc?as que los tenderos de la plaza expusieron para ?l: ?Divendres a XX, fon manat que tots los botiguers e menestrals parassen lo millor que poguessen, e en lo Born pararen lo vidre com lo die de Ninou se acostume parar e lo dit illustrissimo senyor princep cavalca per tota la ciutat e arriba a la drassana hon fon feta gran gala de bombardaria e sa altesa mira les galeres que lo senyor rey fa fer?, en DG, vol. I, p?g. 304, 20 de enero de 1503. 285 docer de drap daur en una cadira cuberta de drap brocat daur en la qual reposave lo dit Se?or Rey com havia deslliurats alguns aventurers817. Como hemos podido leer, adem?s de quitar los sobrepuestos o postizos de los comercios, se mand? derribar el albergue de Joan Ballar, para embellecer la plaza. Tambi?n, en 1437 y por el mismo motivo, se comenz? a derribar el de Jaume Cardona, en la misma plaza y el frontal de la casa de Fontelles, que daba a la calle de Montcada818. Estos derribos y disposiciones de la plaza evidencian claramente las nuevas necesidades espaciales del ritual y fiesta bajomedieval de los Trast?mara. Todav?a en el siglo XVII, la plaza de la Seo de Zaragoza era demasiado peque?a para realizar los torneos. As? aparece en una consulta del Consejo de Arag?n que trata del derribo de algunas casas para el ensanchamiento de dicha plaza, ante la futura llegada de Felipe IV: Con ocasion de la voz que corre de que quiere yr el Rey Nro Sr a Aragon a parecido acordar que seria bien tratar de ensanchar en ?arago?a la pla?a que llaman de la Seo por ser tan peque?a que no caben en ella 50 cavallos como se vio en el a?o de 1585 cuando se celebraron las bodas de la Sra Infanta Do?a Catalina, que fue menester sacarlos a la orilla del Rio y pareci?ndole a su Magd que aya gloria que con benia engrandecer la Pla?a hacerlo a solas Don Andres Sanctos que enton?es hera Ar?obispo pero no pudo executarlo, por que muri? poco despues en Mon?on819. Como es l?gico, se utilizaban las mejores telas y pa?os para empaliar la plaza, por lo que los pa?os de raso y los de terciopelo eran habituales. As?, para la justa de 1479, ante Fernando el Cat?lico, se cubri? toda la plaza, ?tot lo cel?, de pa?os de lana de colores y amarillo. En 1481, la ciudad pag? el entoldado de la plaza, cosa que no acostumbraba a hacer porque la justa estaba organizada por el rey, que recordemos particip? en ella. En esta ocasi?n, los pa?os eran de c??amo nuevo, de color azul y blanco. Alrededor de la plaza se colocaron muchos tablados o tribunas donde hab?a ?innumerabla gent, comtes, vezcomtes, deputats, consellers, cavallers, jantils homens, burgesos e altra molta gent?. Estas tribunas tambi?n se tapizaban con diversos pa?os con que la plaza hac?a del torneo, tanto medieval como moderno, ?un universo de color?820 y m?sica. La intenci?n era trasladar al espectador ?indispensable en este tipo de espect?culos? a un mundo ficticio: el campo de batalla. El lugar del torneo quedaba como un mundo separado de la ciudad, donde las leyes municipales no ten?an vigencia y donde s?lo val?an las reglas del torneo y del ideal caballeresco. Los espectadores se dejaban atrapar por esta realidad fingida y gozaban con las aventuras de los personajes de las novelas de caballer?a. Para ayudar a recrear este campo de batalla, los justadores sol?an plantar sus tiendas de campa?a para simular un campamento militar que Johan Huizinga vincul? a la esfera sacral821. De este modo, la Diputaci? del General montaba 817 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 13. 818 DACB, vol. I, p?g. 362, 10 de mayo de 1437. 819 AHN, Papeles de Arag?n, Libro 1062 (1600-1628), fol. 7. 820 RUIZ-DOM?NEC, J.E., ?El torneo como??, p?g. 175. 821 Johan HUIZINGA escribe que ?establecerse un campamento, se orienta cuidadosamente seg?n determinadas direcciones del cielo. Este establecimiento estaba detalladamente prescrito, porque se consideraba como una copia de la capital del pr?ncipe. Disposiciones de este tipo delatan claramente la esfera sacral, a la que todo pertenece. No vamos a dilucidar si tambi?n existe un orden sacral que 286 su propia tienda de campa?a y palenque con sus armas que rodeaba con una valla y, asimismo, los reyes al?rabes de la justa del a?o 1611 ?tenian de Magestat ses ricas tendas paradas?. Las plazas y calles por donde se celebraban los festejos se abarrotaban de gente. Hab?a, claro est?, una diferenciaci?n en el estatus del p?blico. La gente m?s adinerada se colocaba en ventanas, balcones y tribunas ricamente decoradas. Los nobles acostumbraban a alquilar ventanas como se?al de prestigio, como pasaba igualmente en todas las ciudades de la monarqu?a y, principalmente, en Madrid. En 1626, el noble don Acart de Erill alquil? una ventana en la calle Ample que ?aquella aja de tenir desocupada en temps de carnestoltes y altres festes en serve? de dit noble?822. En la plaza del Born, los reyes sol?an a colocarse en las ventanas m? exclusivas y mejor ubicadas de la plaza. En 1481, Isabel la Cat?lica ?acompa?ada del cardenal de Espa?a y las marquesas de Moya y de Villahermosa? vio justar a su marido desde la casa de Guillem Pujades, conservador de Sicilia. En 1599, la familia real contempl? la fiesta desde una tribuna ricamente tapizada ubicada en casas de don Frederic Meca, que adem?s era el mantenedor de la justa. Los diputados y otras corporaciones ten?an sus propias ventanas que guardaban con sumo celo y que acostumbraban a estar frente al rey. La ocupaci?n indebida de una ventana llevaba a protestas y fricciones ceremoniales. As? ocurri? en 1575, cuando los consellers advirtieron que la ventana tradicionalmente reservada para el rey estaba ocupada por el gobernador de Catalu?a que ante su negativa a abandonarla motiv? la marcha de los representantes del gobierno municipal del torneo823. El resto del s?quito de los reyes se repart?a por las ventanas seg?n el rango. Sin embargo, el mayor n?mero de acompa?antes de los reyes a medida que avanzaba el siglo XVI oblig? a los diputados a construir m?s tablados para poder ubicarlos. As?, hab?a tribunas y estrados para las damas y los nobles. El de los jueces se aislaba con una cortina para que pudieran valorar el torneo sin las presiones de los padrinos824. Con los a?os, la tribuna de los jueces se hizo m?s grande y amplia porque albergaba a muchas personas que los acompa?aban para poder conseguir los prestigiosos guantes que regalaban. En principio, estos guantes formaban parte del premio que se entregaba a los justadores, incluso a los que no hab?an resultado vencedores825. As?, en el torneo de 1582, Josep de Bellafilla recibi? doce pares de guantes de flores para repartir entre su explique la estructura de los campamentos romanos, como lo suponen F. Mueller y otros. Seguro es que los ricos camapmentos de la Edad Media tard?a, como el de Carlos el Atrevido en Neuss, en el a?o 1475, demuestran claramente la estrecha conexi?n de la esfera de representaciones del torneo y de la guerra?, en HUIZINGA, J., Homo ludens?, p?g. 127. 822 AHPB, Jaume Agramunt, Manuale Instrumentorum 1625-1626, 27 de diciembre de 1626. 823 DACB, vol. V, p?g. 153, 27 de mayo de 1575. 824 ?Item ordenan que en lo catafal dels jutges, axi de la justa com del torneig sia posada una cortina, pera que dits jutges, al temps de judicar y dar los prisos als quiu merexen, ho pugan mirar ab quietut, y sosiego, sens impediment de les raons, que la molta abundantia de padrins solen donar?, en ACA, Generalitat, G-65, vol. I, fol. 4. 825 ?E mes fonc judicat que la quadrilla del dit sor don garau de Alentorn fos donada com de fet se dona una dotzena de guants adobats de flos per lo que justaren millor a la folla?, AHCB, Ms. B-64, fol. 34. 287 cuadrilla por haber sido escogido mejor luchador en la folla. En ese mismo torneo, el diputado militar y prior de la cofrad?a regal? dos pares de guantes adornados con ?mbar a don Joan de Cardona, capit?n de las galeras de N?poles, y a don Fernando de Toledo, maestro de campo del tercio de Flandes, ambos jueces del torneo. Adem?s, regal? pares de guantes al resto de jueces que eran de menor categor?a y a algunos caballeros que estaban en el estrado. As? pues, vemos que hab?a dos tipos de guantes: los de flores, tambi?n llamados de oca?a, y los de ?mbar, de mayor lujo y que eran concedidos a personas distinguidas826. La posesi?n de los guantes, tanto de flores como de ?mbar, comenz? a indicar cierta distinci?n y pasaron a ser elementos muy codiciados por la sociedad barcelonesa. Por este motivo, fueron muchos los que trataron de acceder al estrado de los jueces, donde podr?an recibir dichos guantes de flores. Los de ?mbar, en cambio, mucho m?s caros, se entregaban ordinariamente a los diputados y oidores de cuentas de la Diputaci? del General y extraordinariamente, como muestras de respeto y honra, a hu?spedes ilustres. Es por ello que en 1585, los jueces del torneo realizado ante Felipe II, entre los que estaban los condes de Chinch?n y de Buend?a, don Crist?bal de Moura y monsieur de Lentry (saboyano), recibieron dos pares de ?mbar cada uno. Los de este torneo se compraron al guantero del rey Felipe, Francisco Machado827. Esto demuestra, como apunt? Miret y Sans, que se empezaron a valorar m?s los guantes fabricados en Madrid ya que, en diversas ocasiones, se encarg? a do?a Leonor de Castro, baronesa de la Laguna, que los comprase all?, a gastos de la Diputaci? del General828. Adem?s, evidencia como las visitas reales fecilitaron las transmisiones culturales que encontraron en el ?mbito de la fiesta uno de los mejores medios de difusi?n. Tal era la importancia que adquirieron los guantes para la ?lite catalana, que en el torneo de mayo de 1614, ante el prior de Castilla y general del mar, don Manuel Filiberto de Saboya, el escriba de la cofrad?a de Sant Jordi anot? en su relaci?n de dicho festejo que no pudo leer el cartel de desaf?o que entregaban a los jueces porque ?noy ha hagut lloc de veurer ni legir, per la multitut de la gent, que la cobdicia dels guants, fa muntar en lo catafal, lo que nos fey de abans?829. La Diputaci? del General hac?a un reparto ordinario de guantes de flores y de ?mbar entre sus oficiales para los torneos anuales y, en caso de festejos reales, hac?a otro. En 1625, con motivo del nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia, se repartieron 596 pares de guantes de flores y 28 de ?mbar830. 826 En la realci?n del torneo de la cofrad?a de Sant Jordi del a?o 1584 se regoge: ?Apres lo deputat militar dona dos parells de guants adobats de amber molt bons al dit sr. don Carlos Davols y altres dos parells al dit sr. don Alfonso baro Derill y del guants de flos que alli tenia y li reparen dona als altres jutges, syndic y altres cavallers qui eren en lo catafal, y quant tot fou acabat per esser ja tart los sors deputats no sen tornaren consistorialment com eren vinguts?, en AHCB, Ms. B-64, fol. 67. 827 ACA, Generalitat, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 245, 13 de junio de 1585. 828 MIRET i SANS, J., op. cit. p?g. 477. En este art?culo el historiador incluy? algunos datos econ?micos sobre la provisi?n de estos guantes. 829 ACA, Generalitat, G-65, vol. I, fol. 141. 830 ACA, Generalitat, G-35, vol. III, Llibre de las Festas y Alimarias per lo naximent de la Serenissima Princesa de Espanya que nasque en 21 de noembre de 1625, fols. 8 y 15. Esta serie recoge todos los datos econ?micos de los gastos de la Generalitat por motivo de las visitas reales y otros festejos. 288 Los diputados y oidores de cuentas recibieron, cada uno, cuatro pares de guantes de ?mbar y dos docenas de guantes de flores. El resto de los oficiales recibieron cantidades inferiores seg?n el cargo que ocupaban en la Generalitat (Anexo 7). Sin embargo, con la llegada de la reia Mar?a de Hungr?a, en 1630, y Felipe IV, en 1632, se redujo el n?mero de guantes repartidos, debido a la coyuntura econ?mica del Principado; los diputados y oidores s?lo recibieron un par de ?mbar y una docena de los de flores. Muchos de ellos eran regalados por los mandatarios de la instituci?n entre amigos y clientes. De este modo, el reparto de estos preciados guantes en los torneos, mediante invitaci?n a la tribuna de los jueces o de los diputados, fue un veh?culo utilizado para asegurarse lealtades y extender las redes clientelares, a nivel interno, o para ganarse la confianza o amistad de los miembros de la corte, a nivel externo. Ya hemos visto anteriormente que las encamisadas o publicaciones de la justa que tuvieron lugar durante estas dos ?ltimas visitas reales, en 1630 y 1632, se celebraron en la plaza de Sant Francesc que ?estava a este tiempo tan bien dispuesta, que con no ser muy grande se hall? capaz de acomodar a mucha gente?. Se acondion? con gran pomposidad para la ocasi?n, con tribunas para los m?sicos y el p?blico, brandoneras, hachas y graellas de tea. Mar?a de Hungr?a, primero, y Felipe IV, despu?s, vieron su respectiva fiesta desde un palco construido en el palacio de los duques de Cardona. En dicho palco, se colgaba la ?famosa tapiceria de seda de la Diputacio que contiene las fabulas de Mercurio, y otra del Diluvio general e historia de Noe?. En 1552, la Generalitat encarg? al pintor Pere Seraf? siete im?genes de la historia de Mar?a Magdalena, de las que se har?an tapices. Sin embargo, finalmente, se decant? por comprar tapices de segunda mano como hicieron, dos a?os m?s tarde, con la adquisici?n al caballero Jaume Ter?a de cuatro tapices de una serie, tejida por Fran?ois Geubels, que representaban los famosos Triunfos de Francesco Petrarca (Fig. 6). En 1578, se compr? al virrey de Catalu?a, don Fernando de Toledo, una serie de ocho tapices en los que se narraba la historia del dios Mercurio y sus amores con la ninfa Hers?, por 6.200 libras barcelonesas (Fig. 7)831. Es de destacar que sea este dios el elgido debido a su vinculaci?n, al igual que Barcelona, con el comercio mar?timo. En 1583, la Generalitat compr? m?s tapices al propio don Fernando, aunque ya no era virrey de Catalu?a, y se encontraba en Castilla. En esta ocasi?n, fueron diez las telas, que estaban en Barcelona, y se adquirieron por 4.000 libras832. Esta serie representaba la historia de No? (Figs. 8 y 9) y era una r?plica de la que Felipe II encarg? al prestigioso Guillermo Pannemaker, autor, entre otras obras, de la colecci?n de tapices de la conquista de T?nez. Gracias a estas adquisiciones, los diputados pudieron decorar 831 En el contrato de compra se lee c?mo don Fernando de Toledo vendi? a los diputados (don Pedro Boteller i Oliver, don Berenguer de Castro y Cervell?, bar?n de la Laguna, y Enric Terr? Depicalques) ?octo tapeta sive octo petias panni aut octo pannos dicti principalis mei fere omnes sirves vulgariter dictos draps de ras in quibus iure ac variys et optimis coloribus de picta est historia Mercurii?, ACA, Generalitat, N-500, fol. 4, 13 de febrero de 1578. 832 En el contrato de esta compra, don Fernando de Toledo vendi? a los diputados don Raphael Doms, don Simon de Marles y Pau Jord? ?decem tapeta sive decem pecias panni aut decem pannos dicti domini principalis mei ad modum siriccos e modernos, in quibus mire ac variis et optimis coloribus depicta est historia Noe?, ACA, Generalitat, N-500, fol. 154, 26 de abril de 1583. 289 la nueva Casa de la Diputaci? conforme a los modelos culturales vigentes en aquellos a?os en los que las colecciones reales marcaban las tendencias art?sticas que segu?a la gran nobleza a la que pertenec?a don Fernando. As?, la Generalitat dot? a sus edificios y a sus representaciones p?blicas de la solemnidad y pomposidad que requer?a la instituci?n y el aumento del paso por la ciudad de personas de sangre real. Y es por esto que, adem?s de estos tapices, se compraron otros pa?os y telas de calidad como los que se compraron al virrey duque de Terranova833. As? pues, las plazas de la ciudad y, concretamente las del Born y Sant Francesc eran el centro neur?lgico de las fiestas barcelonesas, al igual que pasaba en el resto de ciudades. Dicho espacio se transformaba por completo para recrear un mundo ficticio abierto a la poblaci?n de la ciudad; aunque jerarquizado como mostraban los balcones, ventanas y tribunas que se destinaban para la ?lite barcelonesa. Sin embargo, los torneos conclu?an con la celebraci?n de saraos en los palacios de la ciudad, donde la poblaci?n no pod?a acceder ya que eran de car?cter privado. 5.3. Los saraos. Estos festejos celebrados en los palacios significaban la dimensi?n privada de las visitas reales. En ellos se bailaba, com?a y beb?a. Los anfitriones serv?an gran n?mero de bandejas con todo tipo de confituras y manjares, en lo que Catalu?a se llam? collacio. Representaban un lugar idoneo para la socializaci?n de los miembros de la nobleza y de las ?lites barcelonesas y catalanas. Por su privacidad, la documentaci?n que tenemos de ellos es mucho m?s escasa que la de los festejos p?blicos. Los saraos los organizaban las instituciones ?Consell de Cent o Generalitat? o los particulares, generalmente miembros de la alta nobleza catalana. En muchas ocasiones, los anfitriones eran las esposas de estos nobles y, por este motivo, se pueden asociar al ?mbito femenino. Entre los saraos organizados por las instituciones, destacaban los celebrados por el Consell de Cent, en el edificio de la Lonja, para honrar a las reinas que llegaban a Barcelona por primera vez. Por eso, ten?an cierto car?cter institucional porque se celebraban para agasajarlas y eran de obligado cumplimiento. Estan documentados desde la Baja Edad Media y, de esta ?poca destaca el celebrado, en 1477, para la reina de N?poles, do?a Juana de Arag?n que bail? con su hijastro Alfonso, duque de Calabria. 833 En enero de 1583 los diputados compraron al virrey de Catalu?a, el napolitano duque de Terranova, por 2.460 libras barcelonesas, 9 sueldos y 10 dineros ?duodecim cortinas e paramenta, duos doscers, et duo estragula sive cobritaules, omnia ex peciis auro in textis sive de Brocat ras, et serici gausapini, sive de vellut envellutat, purpurei et viridi colorum, fimbricata cim suis filamentis, et laxamentis aureis et sericeis, et telis suffulta, sive guarnides ab ses franges y alamas de or y seda, folrades de tela?? ACA, Generalitat, N-500, fol. 149, 8 de enero de 1583. Adem?s, en julio de ese a?o, la Generalitat compr?, por 325 libras, a Francesc Agullana i Calders, doncel de Barcelona, 6 alfombras de diversos tama?os, de entre 27 y 34 palmos de largo por 14 o 15 de ancho, ?de les quals sis catifes lo General te necessitat per servey desta casa de la Deputatio?, ACA, Generalitat, N-500, fol.198, 20 de julio de 1583. 290 Para ello, se empali? la sala, que estaba por encima de la aduana de dicho edificio, con pa?os de raso. Tras bailar la reina y el duque, hicieron lo mismo los otros nobles con las damas de palacio. Sin embargo, de mayor envergadura fue el celebrado en honor de Isabel la Cat?lica, en 1481. Desde una gran tribuna, los reyes vieron las grandes danzas al son de los ministriles y luego un combate entre barques xiques y cavalls cotoners que los ?mariners e barquers e altres homens maritims? representaron en el mar. Finalmente, se ofreci? a los reyes una collacio en la que se prepararon m?s de cien bandejas de confituras. Tambi?n recibi? esta honra la segunda esposa de Fernando el Cat?lico, do?a Germana de Foix, en 1506. La ciudad la agasaj? con un gran sarao y convite en la Lonja para festejar su primera visita como reina. En 1533, fue la emperatriz Isabel la que irradi? gran belleza en el sarao que se le preparo por ?com se sol fer als reys y reynas la primera vegada que venen en Barcelona y feu se per servey de la emperatris perque era la primera vegada que era vinguda?834. Los emperadores se colocaron bajo un rico dosel de brocado que estaba situado en una gran tribuna, mientras que el pr?ncipe Felipe y el pr?ncipe de Saboya se sentaron en sendos cojines ante Carlos e Isabel. Las damas de la emperatriz se mezclaron y danzaron con las de la ciudad y, tras esto, una dama de la corte bail? ?a la morisca?. Entonces, Isabel baj? de la tribuna y danz? con otra de sus damas ?una baixa i una alta? ante la admiraci?n de los presentes. Y es que estaban viendo danzar a la dama m?s importante de la cristiandad. Luego, se les ofreci? la tradicional merienda. En primer lugar, entraron los ciudadanos y donceles llevando las bandejas con todo tipo de confituras de mazap?n, pynonada y canelons. Les segu?an los mercaders, artistes y menstrals que llevaban otras bandejas de confituras y, en cada una de ellas, hab?a ?una aligo senyal del emperador y de la ciutat?. Los emperadores fueron servidos por su propio personal de palacio, lo que evidencia la importancia que estaba adquiriendo la etiqueta de corte ya por aqu?l entonces, cuando a?n faltaban algunos a?os, concretamente hasta 1548, para que Carlos V adoptara la etiqueta borgo?ona para la Casa de su hijo Felipe. Esta tradici?n se interrumpi? durante el reinado de Felipe II ya que ninguna de sus cuatro esposas pis? suelo barcelon?s. Sin embargo, s? lo hizo la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1599. Este fue el ?ltimo festejo que se celebr? en honor de los reyes antes de su partida de la ciudad. En la sala de la Lonja estaban las sillas de los reyes, de brocado, sobre una tribuna cubierta de pa?os rojos. Debajo suyo, hab?a un banco donde se sentaron los consellers y, en el suelo, diversas alfombras donde estaban sentadas las damas catalanas, muy engalanadas y encabezadas por do?a Violant de Cardona, esposa del gobernador de Catalu?a. El noble Frederic Despalau apunt? en su diario que hab?a m?s de 150 damas de la tierra ?ben adresades que no?ls aportaven aventaye les de Val?ncia en gales ni ab ben dansar?. En cambio, las damas de la reina estaban en una peque?a tribuna situada al lado de los reyes y separada del resto de los asistentes por unas barandillas de madera cubiertas de tela. A las seis de la tarde llegaron los soberanos a la puerta de la Lonja y entraron dentro, al hort, donde les 834 AHCB, Cerimonial, 1C. XII-1/17.7. Aqu? encontramos la mejor relaci?n sobre este sarao. 291 esperaban los consellers y las damas de la tierra que, de una en una, le prestaron pleites?a y les besaron la mano. Mientras efectuaban el besamanos, do?a Violant de Cardona las iba presentando. Entre los naranjos y limoneros del hort o patio, los consellers les ofrecieron una merienda de m?s de 300 platos de confitura que encargaron a pasteleros de la ciudad y a algunos monasterios. De nuevo, Frederic Despalau escribi? en el diario que las damas de la reina y las catalanas comieron ante los reyes y que, a diferencia de lo sucedido en Valencia, tambi?n comieron los guardias. Los caballeros catalanes sirvieron los confites y los grandes de Castilla hicieron lo propio con los monarcas, lo que evidenciaba la repercusi?n de las etiquetas de palacio que no permit?an, ni si quiera en estos festejos, que los nobles y caballeros aut?ctonos sirvieran a los reyes. Una vez dentro del edificio, comenz? el baile que inaugur? el vizconde de Canet con do?a Agnes de Alentorn, hija del se?or de Ser?. Bailaron muchas damas de la tierra aunque, en esta ocasi?n y a diferencia del a?o 1533, la reina Margarita no danz?, lo que pod?a justificarse por el alejamiento progresivo de los monarcas de sus s?bditos. Finalmente, Felipe III agradeci? a los consellers la fiesta organizada en su honor ya que ?se havia olgado mutcho?. Jeroni Saconomina tambi?n recogi? en su dietario que este sarao ?fou cosa de veura?. Pero, tras este sarao, ninguna reina volvi? a Barcelona, por lo que esta tradici?n comparti? el mismo destino que la entrada real. Sin embargo, si se celebraron saraos en honor de otras mujeres de la familia real, como el de Mar?a de Hungr?a, en 1630; aunque, ?ste no ten?a el car?cter institucional que ten?a el sarao celebrado en la Lonja para la esposa del conde de Barcelona. El sarao celebrado para Mar?a de Hungr?a se celebr? en la galer?a construida por Felipe IV, en 1626, en le mismo palacio de los duques de Cardona. Esto corrobora la hip?tesis apuntada en el segundo cap?tulo, acerca de la construcci?n de esta galer?a con fines ceremoniales y festivos. Porque, adem?s, ten?a vista sobre la misma plaza de Sant Francesc y fue en ella desde donde la reina y sus damas vieron el torneo celebrado antes del sarao. La plaza y el palacio de los Cardona se convert?an, pues, en el centro festivo de la ciudad, desplazando a la misma Lonja y otros lugares. Mar?a de Hungr?a acudi? al sarao tras una celos?a, reafirmando ese alejamiento de la realeza de sus s?bditos, m?s all? de los propios oficios palaciegos, incluso en los ?mbitos privados. Tambi?n estuvieron presentes los duques de Feria, virrey de Catalu?a, de Alba y otros nobles. Al festejo, claro est?, acudi? la ?flor de la Catalana sangre y generosa nobleza?. Escribi? don Juan de Palafox en el diario de viaje de la reina de Hungr?a que el sarao fue de gran ostentaci?n por el ?ali?o, y riqueza con que se visten las damas de esta Ciudad?. Danzaron las damas catalanas con los caballeros hasta las cuatro de la madrugada. El sarao concluy? con el baile de la Cerdana, ?llaneza con que se da fin, regocijado a este genero de entretenimiento?. Una vez concluido el baile, la reina se retir? a sus aposentos. La ciudad tambi?n celebraba saraos en honor del rey o de los pr?ncipes. Estos perd?an su car?cter femenino, a pesar de la asistencia a ellos de gran n?mero de damas, porque carec?an de la presencia de la reina. As?, se vinculaban m?s a la esfera de la 292 galanter?a del soberano o del pr?ncipe, donde pod?an poner a prueba sus dotes para cortejar a las damas. En 1503, Felipe el Hermoso acudi? a una fiesta donde danzaron 30 o 40 damas de la ciudad, todas ?vestidas de terciopelo carmes?, de pa?o de oro, adornadas con varias cadenas y otras ricas sortijas, adonde el archiduque fue disfrazado, con el fin de poder verlas m?s a su gusto?835. En 1525, los consellers agasajaron al duque de Borb?n con una fiesta a la que acudieron m?s de cien damas catalanas. Tambi?n fueron de este car?cter los saraos organizados en la capital catalana por Carlos V, en 1542, con la asistencia del joven pr?ncipe Felipe, donde pudo entrar en contacto con las damas de la alta sociedad catalana: Llegado el emperador a Barcelona fue jurado el pr?ncipe don Phelipe, donde se le hi?ieron muchas fiestas y rego?igos y grandes banquetes. Y las mas noches auia saraos a donde todas las damas y se?oras de bar?elona se hallaron, alli auia muchas m?scaras mui bien adere?adas y el emperador y los caualleros de su corte andauan muy rego?ijados, pero auia tanto aparejo en aquellas damas catalanas que me pareze son de las mujeres de Espa?a que aquellas cosas m?s quieren836. Jean de Vandenesse tambi?n recoje algunos de los saraos a los que acudieron padre e hijo en la capital catalana, como el realizado por la condesa de Palam?s en su palacio837, que recordemos hab?a jugado un importante papel en la educaci?n del pr?ncipe Felipe durante su infancia. Jos? Luis S?nchez-Molero interpreta las fiestas celebradas en Barcelona durante la estancia del emperador y del pr?ncipe como una inciaci?n festiva y cortesana de Felipe a la relaci?n con las mujeres y una exaltaci?n de su reci?n asquirida virilidad. En este viaje por el levante espa?ol, el papel de las damas, de los saraos y del amor cort?s y de las galanter?as se conjugaron para ofrecer un verdadero ensalzamiento del dios Cupido838. Asimismo, este autor destaca como en una relaci?n manuscrita an?nima del viaje, que se encuentra en la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, el pr?ncipe invit? a cenar a las damas en una sala ?sin dexar entrar onbre, dentro estavan el conde estable y el duque de Cardona que se asentaron a las mesas. El prin?ipe se asent? a ?enar con ellas en medio de la mesa, con gran rregozijo serv?an a la mesa cavalleros cortesanos 835 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 471. 836 BN, Ms. 7.379, Jornadas de Carlos V en 1542, 1543 y 1544, fol. 37. 837 ?El dicho d?a, la condesa de Palam?s dio un banquete, en el que, en una gran sala de su casa, estuvieron reunidas varias damas, tanto duquesas y condesas como otras, hasta el n?mero de setenta damas, muy ricamente vestidas; y a eso de las cuatro, despu?s de mediod?a, acudi? all? el pr?ncipe de Espa?a, y comenzaron danzas hasta las siete de la noche. Entonces fue hecho en el patio de abajo un juego de ca?as muy en orden. despu?s fue el banquete y muchas mascaradas, en las que su magestad estuvo, vestido de terciopelo violeta y amarillo. Y dur? la fiesta hasta las tres, despu?s de medianoche?, en GARC?A MERCADAL. J., op. cit., p?g. 111. 838 S?NCHEZ-MOLERO, J.L., El aprendizaje cortesano de Felipe II (1527-1546). La formaci?n de un pr?ncipe del Renacimiento, Paracuellos del Jarama, Sociedad Estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1999, p?g. 157. En esta obra se destaca el papel jugado por la condesa de Palam?s en la educaci?n del pr?ncipe Felipe durante su infancia, junto a su hijo, don Luis de Requesens. 293 cada vno a la dama que queria?. El mismo emperador hab?a flirteado en Valencia, durante esa misma jornada, con una dama, ?de quien se hauia contentado mucho?839. Tambi?n pudieron tener esa funci?n algunos de los saraos celebrados en honor de los pr?ncipes de Saboya, en 1606, aunque todav?a eran muy j?venes. A este sarao acudieron las damas ricamente aderezadas: Vestidos sacan con perlas Tan ricos y tan hermosos Las Damas, que en solo verlas Alumbran mas que las estrellas, Y hazen los ojos gozosos. Se celebr? una momer?a que inici? el marqu?s de la Paleta, miembro del s?quito de los infantes, y, tras esto, bailaron los pr?ncipes con tres damas ?pues una les hizo alarde?. Tambi?n acudieron a un sarao Felipe IV y su hermano don Carlos, en 1626, ante las damas catalanas, como igualmente hicieron en 1632. En esta ocasi?n, el sarao lo organizaba la Diputaci? del General en el palacio de la Generalitat y los diputados pidieron al rey que les honrase con su presencia ?para mayor realse de la fiesta?; aunqe el conde-duque de Olivares puso alg?n impedimento: Por ser cosa el assistir en p?blico en semejantes actos, que no lo havia hecho despues que hered?, y que ? esta razon se le llegava otra muy fuerte para que le escusassen, que es la comodidad que se le ha de buscar al guesped para que sin pension goze de lo que se le ofrece, y que si les parecia ? los Diputados, que era poco agasajo no conceder su Magestad con lo que se le pedia, que se dexasse de hazer el Sarao, que su Magestad se tenia por servido840. Los diputados pidieron al conde-duque que lo volviese a consultar con el rey que, finalmente, accedi? a ir al sarao. La encargada de organizarlo fue do?a Ana de Marimon, condesa de Vallfogona, que iba disponiendo a las damas seg?n iban llegando. Con esto se demuestra que los saraos eran unos festejos organizados seg?n criterios femeninos. El rey y sus hermanos se colocaron tras una celos?a situada al final del sal?n. Justo antes de que empezara el sarao se retir? la cortina de carmes? que ocultaba al soberano, ante el asombro de los presentes que pudieron gozar de su presencia y la de sus hermanos. Comenz? el festejo con la entrega de los premios del torneo en el que participaron el rey y su hermano Carlos. El conde de Santa Coloma, el marqu?s de Legan?s y don Alexos de Marimon (gobernador de Catalu?a) solicitaron a la condesa de Vallfogona que escogiese seis damas para que otorgasen los premios. Las damas 839 Op. cit., p?g. 158. 840 BN, V.C. 119-62/9, RELACION VERDADEra de las salidas que hizo su Magestad en publico los dias que se detuvo en la insigne Ciudad de Barcelona, celebracion del Solio en forma, Estafermo que corrio y demas fiestas que en ella se hizieron, sin folio. 294 escogidas841, todas por casar, declararon caballero m?s gal?n del torneo al infante don Carlos. Un macero se encarg? de publicar la elecci?n en voz alta, como tambi?n hizo con el premio de mejor lanza que gan? el soberano, quien, como acto de cortes?a que obligaba a los caballeros, regal? su premio ?una l?mina guarnecida de oro? a una de las damas escogidas por la condesa y que fue do?a Catalina Salb?. Don Carlos hizo lo propio con la se?ora Mar?a C?rcer, que recibi? el premio de manos del conde de Santa Coloma. Una vez finalizada la entrega de premios, el sarao continu? hasta la retirada del rey a sus aposentos que al d?a siguiente part?a de regreso a Castilla. Rafael Nogu?s, autor de una relaci?n en verso sobre este sarao, describi?, con cierta sensualidad, a las damas que participaron y que evidenciaba cierto grado de erotismo en el ambiente de este sarao. Como ejemplo, veamos como describ?a a dos de ellas, comenzando por do?a Francisca Roger: Do?a Francisca Roger cuyos ojos son harpiones, con que el amor flechas tira para incendio de los hombres. De do?a Mar?a de Gualbes escribi?: Do?a Maria Gualbes Esphera de resplandores, no ay libertad que no assalte, no ay altivez que no dome. Otros saraos se celebraron por iniciativa de la nobleza para honrar al rey o a un hu?sped ilustre. Frederic Despalau anot? en su diario que el virrey, conde de Miranda, organiz?, en 1585, un sarao en el palau de la comptessa al que acudi? Felipe II con toda la familia real en el que el rey quiso que ?nicamente danzaran las damas de la tierra que sumaban m?s de 150842. Otros fueron organizados por las damas nobles catalanas, lo que afirma su car?cter femenino. Y es que, a diferencia de los torneos donde la mujer era un elemento paciente como espectadora, aunque indispensable como destinataria de las cortes?as de los caballeros, en los saraos, la mujer era su elemento ejecutor, con una participaci?n muy activa y clave en el ?xito de la fiesta. La condesa de P?rcia organiz? en 1603 una comedia y un sarao en honor de los infantes de Saboya. Al final, el hermano mayor danz? con la condesa; el segundo con do?a In?s Coscor, hija del se?or de Ser? y, finalmente, el hermano menor lo hizo con do?a Esperan?a de Santcliment y Centelles. Al d?a siguiente, los infantes acudieron a otro sarao, organizado esta vez por do?a Mar?a de Perapertusa de Erill, viuda del bar?n 841 Las damas seleccionadas por la condesa de Vallfogona fueron: do?a Catalina Salb?, do?a Francisca Roger, Maria C?rcer, do?a Lucrecia Ferrera, Ana Bellafilla y do?a Eulalia Requesens. 842 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 127. 295 de Joch, en el palacio de su hijo el vizconde de Joch. En este, el hermano mayor bail? con la hija del vizconde, do?a Rafaela de Perapertusa y de Vilademany; el mediano con la condesa de P?rcia y el menor con do?a Constan?a de Erill. En los dos saraos se construy? una tribuna para los infantes, con tres sillas bajo un rico dosel. Estos saraos en honor de los pr?ncipes de Saboya eran tomados como servicios a la monarqu?a ya que en ellos se agasajaba de la mejor manera posible a los hu?spedes del rey. Pero tambi?n serv?an para medir las riquezas de las familias nobles y poder quedar unas por encima de otras con el mejor sarao. Gastar la mayor cantidad de dinero en agasajar a los infantes era un medio para adquirir honra para el linaje. Finalmente, Andr?s de Mendoza nos hablaba en su relaci?n de los carnavales celebrados en Barcelona, en 1626, de unos saraos que se celebraban en casa de los caballeros de la ciudad y que al parecer eran de mayor intimidad y desinhibici?n, seg?n se desprende de sus palabras: Fueron las noches de varios seraos en differentes casas de los Cavalleros, ? de los que llaman Seraoetes, que son sin cumplimiento, y como que cada uno se halla, y no los de menor gusto, porque sino desobligan del decoro, son mas alegres, y desembara?ados, si bien en estos no entran mascaras, ni persona que no sea conocida, otros ay y huvo de media fortuna, donde anda todo de boluto como queso de Flandes, de todas leches843. 5.4. Los festejos en el mar. Otra parte de los festejos que se celebraban en honor de los reyes se hac?a en el mar. Las galeras se iluminaban para regocijo de los reyes y habitantes de la ciudad que las contemplaban desde la muralla y los baluartes. Mar?a ?ngeles P?rez Samper ha apuntado el especial atractivo que causaba el mar y su contemplaci?n en lo monarcas y la diferencia que ?ste marcaba entre la Barcelona y la corte de Madrid844. La sedentarizaci?n de la monarqu?a, acaecida con la fijaci?n de la corte en dicha ciudad, en 1561, alej? definitivamente a los reyes del mar. As?, encontramos una gran diferencia entre Fernando II y Carlos V que hab?a surcado los mares repetidas veces y Felipe III y Felipe IV, que no hicieron ninguna traves?a por mar. Recordemos el caso de Mar?a de Hungr?a que, en cuanto lleg? a Barcelona, lo primero que hizo fue subir a la muralla para poder contemplar la inmensidad del mar. Y es que, muchos de estos monarcas nunca lo hab?an visto y los ?nicos medios acu?ticos que conoc?an eral los r?os, especialmente el Manzanares, los lagos y los estanques artificiales de los palacios y jardines, en los que pod?an navegar pl?cidamente con una peque?a embarcaci?n. Pero, seguramente, la visi?n del mar y de las galeras frente a las murallas de la ciudad los deb?a cautivar enormemente. 843 RAH, 9/3655(2), QUARTA RELACION Y DIARIO DE ANDRES DE MENDO?A. DE LA ENTRADA DEL SE?OR Cardenal Legado en Barcelona, y disposicion a la de su Magestad. 844 P?REZ SAMPER, M.A., ?Barcelona, Corte??, p?g. 173. 296 Es por esto que las galeras se mostraban a los soberanos en todo su esplendor. Se adornaban con gran n?mero de fl?mulas, gallardetes, banderolas y llegando la noche, con muchas antorchas que hac?an el deleite de los espectadores que desde la ciudad las admiraban. Las galeras entraban en conjunci?n con la ciudad y la aproximaban al mar que perd?a parte de su peligrosidad. Como ejemplo, tenemos las luminarias, alegr?as, m?sica y salvas de artiller?a que las 45 galeras que, en 1585, fondearon frente a la ciudad, hicieron ante la mirada de Felipe II y su corte. El curtidor Miquel Partes inform? de las luminarias que las galeras del Papa y del duque de Toscana hicieron, en 1626, ante las murallas donde estaban Felipe IV y el conde-duque de Olivares. En otra modalidad, el mismo rey sub?a a las galeras donde se celebraban las luminarias, como ocurri? en 1599, en que Felipe III ?se embarcha y totes les galeres sen pujaren alt a mar y al vespre encengueren dites galeres les lurs alimaries y la ciutat per lo semblant, de terra corresponia y tiraren se molts cuets que fonc una real vista?845. Las galeras tambi?n sol?a hacer maniobras ante los monarcas para su regocijo. En 1519, las galeras capitaneadas por don Hugo de Moncada pasaron ante el rey Carlos ?totas concertades perque Sa Magt.m les vehes?. Pasaron todas juntas inclinando sus banderas ante el monarca, dispararon las bombardas, vitorearon el nombre del rey y, finalmente, formaron la escuadra como un caracol846. La muralla, claro est?, estaba repleta de gente que admiraba dicho movimiento: las galeras danzaban para el rey. Como hizo aqu?lla que el 7 de mayo de 1632 dio los buenos d?as a Felipe IV con una salva de artiller?a y arcabucer?a y ?don? mil curiosas voltas, ab so de diversos instruments, devant lo pont del real pal?sio?. La construcci?n y botadura de naves tambi?n era un acontecimiento que la familia real no pod?a perderse. Ya en 1503, Felipe el Hermoso visit? las atarazanas para ver las doce hermosas galeras de las 80 que su suegro hab?a ordenado construir y, tras ello, ?le llevaron a ver en dos grandes salas los artefactos y utensilios que necesita cada galera: cada una est? tan bien arreglada que no se podr?a enmendar?847. Asimismo, la familia real al completo acudi? a las murallas para ver la botadura de unas galeras fabricadas en las atarazanas (la capitana que ser?a de Espa?a y dos galeras para viajar a las Indias). Un espect?culo que sin duda les result? sorprendente porque, como apunt? Frederic Despalau ?que ocupaba el cargo de drassaner mayor del General? en su diario: ?lo pr?ncep y infantes may ho avien vist?848. Durante las jornadas de los reyes y las reinas, Barcelona era un punto crucial en el viaje ya que desde la ciudad zarpaban las galeras hacia los diversos destinos. ?stos, 845 DACB, vol. VII, p?gs. 100-201, 20 de mayo 1599. 846 DACB, vol. III, p?g. 285, 14 de abril de 1519. 847 GACR?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 471. 848 El noble Frederic Despalau anot? en su diario la breve conversa que tuvo ese d?a con Felipe II: ?Los diputados resiben muy grande contento y merc? en que Vuestra Magestad haya venido a ver estos cubiertos que se han hecho por servicio de Vuestra Megastad y si falta hay alguna en la obra, holgar?n que Vuestra Magestad lo mande ver, que ellos lo remediar?n porque no dessean hotra cosa sino acertar al servicio y contento de Vuestra Magestad?. A lo que le monarca respondi?: ?muy bien y ? holgado mucho en verla y lo agradesco?, en SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g.126. 297 cuya mayor?a no hab?a navegado nunca, acostumbraban a dar paseos por la costa barcelonesa para aclimatarse a la larga navegaci?n que les esperaba o por simple placer, en caso de que ya hubieran navegado anteriormente. En el primero de los casos era, pues, una toma de contacto de los monarcas con el mar para cuya navegaci?n no estaban acostumbrados sus cuerpos. Especialmente habituales eran los paseos de las infantas y reinas, acompa?adas de sus damas para como hizo la reina Margarita en 1599. La esposa de Felipe III comunic? a los consellers su voluntad de navegar por la playa de la ciudad, con sus damas y la infanta Isabel Clara Eugenia. Las galeras no pod?an adentrarse mucho ya que pod?an exponerse a la siempre presente amenaza de los piratas berberiscos849 o de la flota francesa en caso de estar en guerra con el pa?s vecino. Los consellers se apresuraron en disponer la muralla con gran n?mero de linternas y graellas para que los reyes pudieran tener una bonita imagen de la ciudad desde alta mar. El embarque de los reyes junto al archiduque Alberto y su esposa se acompa?? de salvas de artiller?a para solemnizar el paseo. Aunque la reina Margarita ya hab?a lo que era una traves?a por el Mediterr?neo, sin duda, para la infanta Isabel Clara Eugenia sirvi? para aclimatarse al mar antes de zarpar junto a su marido hacia Flandes. Un paseo similar dio la reina Mar?a de Hungr?a, en 1630, para acostumbrarse al vaiv?n de las galeras que la deb?an llevar hasta las costas italianas. As? lo dej? claro el pastor Sylvano en su di?logo en verso con la pastora Celia en una relaci?n escrita en verso sobre esta visita real: Rogando al Se?or le diesse por el Mar feliz jornada, y llegasse presto ? Trento donde su Esposo le aguarda. Sabr?s que ocho d?as antes quiso su Magestad sacra, prouar la entrada en el Mar para ver si le da?ara. 849 Recordemos el episodio tratado en el cap?tulo I acerca del ataque franc?s a la flota fondeada ante Barcelona que deb?a llevar a la hermana del pr?ncipe Felipe, Mar?a, reina de Bohemia y futura emperatriz. Asimismo, en 1630, la estancia de Mar?a de Hungr?a en la ciudad condal se alarg? por el temor de los ataques de la flota francesa o turca. Finalmente, tenemos otro caso en 1632, durante la visita de Felipe IV a la capital catalana, cuando embarc? en las galeras para dar un paseo hasta la desembocadura del r?o Llobregat. Dice una relaci?n de este paseo que aparecieron varios nav?os moros, aunque desaparecieron r?pidamente porque ya se notaba el hecho de que el infante don Carlos hubiese sido nombrado por su hermano, all? mismo, General de la Mar: ?estando su Magestad embarcado esta tarde aparecieron en alta mar diez y seis baxeles de alto bordo, y a lo que aparecio de Moros, que con viento fauorable en assomando desaparecieron, felice anuncio del nueuo General?, en BN, Ms. 2.364, RELACION VERDADERA DE LAS FAMOSAS FIESTAS QVE EN la presencia de su Magestad se han hecho en la insige Ciudad de Barcelona. 298 O monstruo terrible y fiero, aunque tal viento te daua, que hasta el mejor marinero la comida le trocaras. Quiso Dios que ella estuuiesse firme, sin verse que en nada el Mar le da?asse, aunque otras salieron muy bien purgadas. Tambi?n dej? constancia de este hecho Jeroni Pujades en su dietario: ?La infanta Dona Maria, sposa del Rey de Hungria, entr? a la mar a provar si li faria mal. An? fins ben dret de Sant Bertran, y sop? en galera. Y apr?s sopar, las galeras feren vela, y ella mai se marej?, fo a bona marinera?850. En estas relaciones era habitual encontrar referencias a la entereza que mostraban estas infantas y su capacidad de soportar la navegaci?n que contrasta con el mareo y los v?mitos que siempre afectaban a sus damas. Esto era una alegor?a de la superioridad y exclusividad de la monarqu?a para soportar las adversidades como era una traves?a mar?tima. Como continuaba Pujades, la embarcaci?n surcaba el mar, rodeada de mil delfines que se?alaban el feliz viaje que aguardaba a la reina mientras los Tritones saltaban de alegr?a por verla. Adem?s, los galeotes moros, todos vestidos de librea, propulsaban la embarcaci?n con los remos de tal manera que: A ningun for?ado dieron remalazo, ? anguilada, porque lo hazian con tal gusto, que era cosa que admiraua. En el segundo de los casos, los reyes o personas de sangre real simplemente quer?an navegar porque era algo que no acostumbraban a hacer. As? lo hizo la emperatriz Isabel junto a sus damas y el pr?ncipe Juan, en 1533. Isabel entr? en la nave capitana de manos de un cardenal mientras que Andrea Doria llevaba al pr?ncipe del brazo, todo un s?mbolo del favor del que gozaba el genov?s que, sin duda, no gust? a los barceloneses que lo consideraban su enemigo. Tambi?n hicieron lo propio los infantes de Saboya que, en 1603, zarparon en las galeras para dar un paseo por la playa de Barcelona, mientras sonaban las salvas de artiller?a de la ciudad y de las galeras. Es en este contexto de paseos por el mar barcelon?s donde hay que entender la fabricaci?n, en 1626, de una peque?a galera real, a modo de g?ndola veneciana, que la ciudad 850 PUJADES, J., op. cit., vol. IV, p?g. 234. 299 construy? para los paseos del rey. Desde la galer?a fabricada en el palacio del duque de Cardona se construy? una escalera que conduc?a a un embarcadero cubierto desde donde accd?an a dicha galera, que estaba guardada en las atarazanas y de la que tenemos una buena descripci?n que incluy? Miquel Parets en su dietario. Los pasajeros se situaban en el centro de la nave e iban cubiertos con un rico dosel, a modo de carroza, con sus vidrieras y cortinas. Los remeros, que eran ocho, se situaban en ocho bancos repartidos a igual n?mero entre popa y proa. Per la part de dintre y per desobre del armazon y corbatons va forrada de unes hermosissimes taules de noguer y perfilades ab mil rivets y llasos de fusta naranjada y per defora llevat lo que a dintre del aygua tot lo demes proa espolon falcas pavesadas tendal rems esclamos popa timo y filarets, es una crosta de or fi y pintadas las armas reals ab mil fullatjes, lo sobresel ho dose ab ses cortines son de domas carmesi y or ab ses sanefas y goteras brodades curiosament. Sin embargo, Felipe IV nunca lleg? a estrenar esta galera. Durante su segunda visita a la ciudad, en 1632, se embarc? junto a sus hermanos en las galeras para dar un paseo hasta el lugar conocido como la torre ?del cap del riu?, una peque?a fortificaci?n situada en la desembocadura del r?o Llobregat a la que el rey subi? para poder disparar con sus propias manos una pieza de artiller?a. La jornada finaliz? con una ceremonia real de gran importancia pol?tica que fue la proclamaci?n, en la misma galera real, del pr?ncipe Carlos como General del mar y la liberaci?n de algunos forzados como muestra de la benignidad del monarca. En otras ocasiones, se celebraban banquetes en las galeras a los que se invitaba a la familia real o a las autoridades de la ciudad. En 1585, el almirante genov?s Andrea Doria invit? a la familia real a cenar a bordo de la galera durante la que parece que muchas damas se marearon y vomitaron. Otros festejos en el mar consist?an en justas navales. En febrero de 1587, se celebr?, por primera vez, una modalidad de justa en el mar, organizada por el virrey, don Manrique de Lara, para festejar la llegada de los duques de Osuna y que result? ser un desastre. En el Dietari de la ciudad tenemos una descripci?n detallada de su desarrollo: En aquest dia se feren en la mar unes justes per regosijar lo virrey a la duquessa sa tia y fou desta manera, que se armaren vuyt barques totes pintades per defora de Blanch y vermell y al cap de la popa exien uns caps de bigues de amplaria de un palm y mig y de larch fins en X palms y en dita biga se posave de peus un home que tenia un paves gran que afirmava ab dita biga y en la ma una lansa de les que hixen al torneig de peu, y les dites barques se posaren quatre a quatre unes contra altres y arremeteren primer una a una anant les barques per proha, y los homes se encontraven y molts dells cayen tots dos en la aygua y no sols per los encontres pero moltes voltes ans de encontrar ni acostarse les barques, y asso causave estar la mar un poc moguda y lo loch ont hont tenien los peus estret y axi cahien ab gran facilitat, y a la fi arremeteren totes quatre a quatre cahent uns classa altres dalla de manera que apenes restave ningu sens caure, encara que no per grans encontres que sols romperen dos, o, tres lanses, y ab altres barques anaven trompetes per se?alar la arremesa y altres ab clarins y altres per recullir los que cahien y los pavesos y lanses. Fou una festa impertinent y que causa risa de veure la fredo y poquedat de la cosa y tal que la gent tenia per be de anarsen y no veurels acabar sos entremesos851. 851 DACB, vol. V, p?gs. 454-455, 3 de febrero de 1587. 300 Como se ha podido leer, estas justas fueron un fracaso por el mal estado del mar y por la poca destreza de los justadores; aunque tambi?n hay que a?adir que este espect?culo quedaba lejos de los habitantes ya que desde la muralla no se pod?a observar con claridad el desarrollo de los enfrentamientos. Sin embargo hay que considerar que esta descripci?n era completamente subjetiva y el hecho de haber sido promovida la fiesta por el virrey y no por el Consell de Cent influy? en resaltar sus carencias. De mayor ?xito fueron los combates navales que se simularon. De nuevo, el ojo atento del zurrador Miquel Parets nos proporciona un valios?simo testimonio de uno celebrado, en 1626, en presencia de Felipe IV que lo vio desde la muralla. Llegaron dos grandes galeones de Poniente, ambos muy grandes, dorados y con todo g?nero de grabados en las popas y en las proas. La gente se acercaba a los buques con barcas para admirar su grandeza y riqueza de grabados, fl?mulas y gallardetes. La riqueza art?stica de estas naves conten?a mensajes pol?ticos de exaltaci?n de la monarqu?a y de la dinast?a. As?, debido a su motilidad y al gran n?mero de puertos que llegaban se pueden considerar obras art?sticas din?micas y difusoras del mensaje de la monarqu?a. Por la tarde, los dos galeones se posicionaron uno frente al otro y comenzaron a ca?onearse y a dispararse arcabuzazos, durante m?s de una hora, representando un combate entre moros y cristianos, tan arraigado en la tradici?n festiva de la pen?nsula. Desde la muralla, el rey y todo el pueblo que observaba el espect?culo pudieron disfrutar de este gran combate simulado852. 5.5. Conclusi?n. En este cap?tulo hemos tratado de analizar las diversas variantes de festejos, diversiones y regocijos que se realizaban en Barcelona para agasajar a los monarcas durante sus estancias en ella. En primer lugar, las tradicionales luminarias s?lo se celebraban para la primera visita del rey a la ciudad y consist?an en tres d?as y tres noches de m?sica, bailes y un gran n?mero de aparatos e instrumentos luminosos que pretend?an convertir la noche barcelonesa en d?a. A pesar de esta restricci?n en cuanto a su celebraci?n, hemos visto que el Consell de Cent decidi? celebrarlas en segundas visitas de monarcas, aunque sin publicarlas ofcialmente para no vulnerar las costumbres de la ciudad ya que era muy importante agasajar y contentar al monarca en todas sus peticiones. Una negativa a su celebraci?n podr?a tomarse por los monarcas como un deservicio de la ciudad a su persona y, por tanto, una desafecci?n de ?stos hacia Barcelona. As? pues, incluso en visitas tan complicadas como la de Felipe II en 1585, la ciudad mostr? su alegria por la llegada del conde de Barcelona y por todas sus calles y plazas sus habitantes bailaron y danzaron de tal modo que, incluso el cronista Cock lleg? a decir que los catalanes eran los m?s dotados a celebrar fiestas. 852 PARETS, M., op. cit., p?g. 202. 301 En cuanto a los torneos, la fundaci?n de la cofrad?a de Sant Jordi permiti? su consolidaci?n y desarrollo a lo largo del siglo XVI y fue en la primera d?cada de la centuria siguiente cuando alcanz? un mayor grado de escenificaci?n, con la participaci?n de un gran n?mero de caballeros y lacayos. Parece ser que en los reinos de la Corona de Arag?n hubo una mayor perviencia del espect?culo caballeresco, con un predominio de las justas, hasta tal punto que en Barcelona la cofrad?a de Sant Jordi celebraba ordinariamente dos festejos a los que hab?a que sumar los que celebraba con motivo de un acontecimiento de la familia real, principalmente nacimientos de infantes e infantas y las visitas de los reyes a la ciudad. Esta pervivencia del esp?ritu caballeresco pudo llevar a Felipe IV a querer participar en un estafermo, por otro lado, menos peligroso que la justa, y a afirmar que los torneos de esos reinos orientales de la pen?nsula eran mejores que los de Castilla. Sin embargo, durante la segunda y tercera d?cada del siglo XVII, la cada vez m?s procupante situaci?n econ?mica del Principado se vio reflejada en un progresivo desinter?s de los miembros del estamento militar de Catalu?a por participar en los torneos, situaci?n que se agravaba por la divisi?n interna en bandos, de dicho estamento. Los festejos taurinos tuvieron una din?mica distinta a la de los torneos. En Barcelona, no hab?a desarrollada una tradici?n de festejos taurinos hasta el siglo XVI, a diferencia de lo que podemos ver en las dos otras capitales de la Corona de Arag?n, Valencia y Zaragoza. En cambio, s? que la hab?a en Tortosa, donde se adquir?an los toros para los festejos que a partir de finales de ese siglo comenzaron a proliferar con motivo de las festividades regias. En principio, estos festejos taurinos se insertaban dentro de los programas de los torneos, y era durante su celebraci?n cuando se soltaban estos animales, a menudo, con fuego en los cuernos. Igualmente, hay que distinguir dos tipos de festejos: uno caballeresco, en el que participaban miembros de la nobleza, consiguiendo domar la furia del hastado y otro de car?cter popular, similar a la suelta de vaquillas o las novilladas y en las que participaban los mozos y habitantes de la ciudad. M?s tarde, las corridas de toros ganaron entidad propia y ya se celebraron fuera del marco del torneo. As? pues, hay que considerar las celebraciones regias, como los nacimientos y las visitas reales, como los introductores y difusores de la fiesta taurina en Barcelona, pese a que, como apuntaba Jeroni Pujades, no gustasen a todo el mundo por la crueldad de los toreadores. Un estudio comparado de la evoluci?n de ambos festejos nos muestra c?mo el torneo fue languideciendo a lo largo del Barroco, mientras que las corridas de toros se consolidaron, alcanzando un gran desarrollo durante los siglos XVII y XVIII. El an?lisis de los saraos ha evidenciado dos tipos de festejos de naturaleza distinta. Por un lado, los saraos celebrados en el edificio de la Lonja de Barcelona, donde acud?a el rey y la reina. Este sarao ten?a cierto car?cter institucional ya que s?lo se celebraba cuando la esposa del rey visitaba por primera vez la ciudad y, en este sentido, ten?a alguna semejanza con la entrada real o las luminarias. Ella era la homenajeada e incluso participaba activamente danzando, como hizo la emperatriz Isabel, en 1533. Sin embargo, las escasas visitas de reinas a Barcelona durante el siglo 302 XVI motivaron su desaparici?n. Por otro lado, tenemos los saraos organizados para la formaci?n cortesana de los pr?ncipes, como fueron los de 1542, con el pr?ncipe Felipe, los de 1606, con los infantes de Saboya y los de 1632, con Felipe IV y su hermano Carlos. En estos saraos los pr?ncipes y reyes pod?an cortejara las damas y en ellos hab?a cierto ambiente de sensualidad, como hemos visto por algunas descripciones de las damas que acud?an a ellos. Tambi?n, hay que destacar que estaban organizados por grandes damas de la ciudad que encabezaban al resto de damas, que eran sujetos activos e indispensables para su ?xito. Finalmente, brevemente hemos puesto algunos ejemplos de fiestas en el mar. En primer lugar, hay que advertir la fascinaci?n que produc?a su inmensidad en unos reyes que progresivamente se fueron alejando de este medio, tras la fijaci?n de la corte en Madrid. Es por esto que una vez llegados a Barcelona, o a cualquier otra ciudad mar?tima, deseaban verlo inmediatamente, como hizo Mar?a de Hungr?a, en 1630. Los paseos en galeras fue uno de los divertimentos que m?s content? a estos reyes. Ten?an una doble funci?n: por un lado, como simple regocijo y poder ver la ciudad desde alta mar, y, por otro, serv?an como aclimataci?n al medio acu?tico y el movimiento de las galeras, en caso de que el hu?sped real fuese a embarcarse para realizar una traves?a. Tambi?n hemos tratado algunos espect?culos como eran los combates navales simulados de los que apenas tenemos referencias. Con todos estos ejemplo, ya tenemos una idea de c?mo se divert?a al rey en la ciudad de Barcelona durante sus estancias en ella. Veamos, ahora, otro de los aspectos claves de su visita a la ciudad, su sentimiento religioso y su participaci?n en lo ceremonias lit?rgicas. 303 CAP?TULO 6: LA MONARQU?A LIT?RGICA Tras el an?lisis de la dimensi?n festiva de las visitas reales, lo haremos seguidamente con aquellos aspectos relacionados con la liturgia religiosa. Es importante partir de la premisa de que, en los ceremoniales de los siglos modernos, era pr?cticamente imposible hacer una distinci?n entre los ?mbitos civil y religioso ya que ?ste estaba presente en gran n?mero de parcelas del primero y viceversa. Esta presencia se puede detectar desde la sacralizaci?n de las monarqu?as medievales que ya autores cl?sicos como Marc Bloch o Erns Kantrowitz trabajaron. La vinculaci?n del soberano con la divinidad a partir de la unci?n de los oleos sagrados permiti? el desarrollo, en algunos pa?ses europeos, de un ceremonial de claro componente lit?rgico que ayud? a la consolidaci?n de las monarqu?as a finales del Medievo. En la pen?nsula, los reinos cristianos completaron su ?reconquista? de los territorios musulmanes en nombre de la fe cat?lica lo que tambi?n permiti? la amalgama de elementos civiles y religiosos en los rituales regios. Todo festejo, ceremonia o rito de la monarqu?a estaba estrechamente asociado a la religi?n y a la exaltaci?n de los valores cristianos del pr?ncipe como imitador de la palabra y obra de Jes?s. La participaci?n del clero en las ceremonias reales fue una constante con lo que los lazos entre Estado e Iglesia se estrecharon a?n m?s. Adem?s, los monarcas tambi?n estuvieron presentes en las diversas celebraciones del calendario lit?rgico, tanto en los oficios como en las procesiones. A partir del siglo XVI, y sobre todo, de la conclusi?n del Concilio de Trento, en 1564, los monarcas espa?oles, que desde tiempos de Isabel y Fernando ostentaban el t?tulo de reyes cat?licos, se convirtieron en el adalid de la defensa del cristianismo cat?lico frente a las otras confesiones. El soberano, plenamente convencido de la opci?n cat?lica como la ?nica y verdadera fe, desarroll? un programa pol?tico-ceremonial- festivo con el que pretend?a mostrar su adhesi?n inquebrantable al catolicismo y su liderazgo en la lucha contra las herej?as y los infieles. Este programa se consolid?, definitivamente, en el siglo XVII, en el que la defensa y exaltaci?n de Dios colm? todos los ?mbitos de la sociedad. Por tanto, en este cap?tulo analizaremos todas aquellas ceremonias celebradas en Barcelona que, vinculadas al calendario lit?rgico ordinario o no, gozaron de la presencia del rey durante sus visitas a la capital catalana. En el cuarto cap?tulo ya vimos como el rey realizaba el juramento en la catedral por el que se compromet?a a respetar y salvaguardar los privilegios e inmunidades de la Iglesia. Ahora, en el presente cap?tulo, estudiaremos la toma del canonicato de la catedral de Barcelona, al que los reyes de la Corona de Arag?n ten?an derecho al visitar por primera vez la ciudad, y por el que juraba respetar los privilegios del Cap?tulo catedralicio. Otro de los aspectos a tratar ser? aquel que se refiere a las visitas de los monarcas a la catedral y a los dem?s templos de la ciudad. Normalmente, el rey los visitaba para conocer el edificio, sobre todo, si se guardaban reliquias famosas, o asistir a los oficios. Para efectuar estos ?ltimos, ya 304 fuesen ordinarios o extraordinarios, la presencia de la majestad real conllevaba una serie de disposiciones que la tradici?n hab?a fijado y que se deb?an respetar; disposiciones en materia de ubicaci?n del rey o de otro miembros de la realeza, precedencias que se deb?an guardar en el templo, as? como la tipolog?a de misas que se pod?a efectuar durante los mismos. Analizaremos, asimismo, algunas de las procesiones m?s importantes que se celebraban, algunas anualmente, como la procesi?n del Corpus Christi y otras que excepcionalmente, como las de acci?n de gracias o las celebradas por la llegada de la bula de la Santa Cruzada. Otras ceremonias tratadas ser?n las traslaciones de las reliquias de los santos, concretamente la de San Ram?n de Penyafort, la circulaci?n de las reliquias y, finalmente, el auto de fe que, en presencia del rey Felipe II, se llev? a cabo, en 1564. Con el estudio de estos aspectos, pretendemos dar una visi?n de conjunto de la evoluci?n de las ceremonias lit?rgicas en Barcelona durante las visitas reales para comprender mejor esta dualidad Monarqu?a-Iglesia que se fij? en la Edad Media y tuvo continuidad en la Edad Moderna. 6.1. El rey, can?nigo de la catedral de Barcelona. Desde la Edad Media, el conde de Barcelona y rey de la Corona de Arag?n era nombrado can?nigo de la catedral durante su primera visita a la capital catalana. Esta ceremonia hay que relacionarla con la tradici?n justinianea del rey-sacerdote que se desarroll? y consolid? a lo largo de la los siglos medievales como ya puso en evidencia Kantorowitz. De este modo, el rey se integraba en el cuerpo institucional de la Iglesia. Normalmente, esta ceremonia se celebraba tras la jura de las constituciones y privilegios de Catalu?a; al salir de la sala dels notaris del palacio real se dirig?a a la catedral donde el Cap?tulo lo esperaba. Felipe III, en mayo de 1599, avis? a los can?nigos que ?lo disapte dia seguent que ere a 22 de dit mes que en ser fora del jurament de la sala volie venir en lo capitol par a pendre la posesio de son canonicat?853. Una vez dentro del templo, el rey avanzaba hasta la sala capitular ?actualmente la capilla del Cristo de Lepanto?, que estave molt ben empaliat de domasos y tafatans de color enfins a les barres mes altes, y dalt ab rama y barberins, y estave tot a contento de totom molt be, y per terra moltes coses y or barberi tallat molt menut y per tot lo trast de la claustra qui ve dret al capitol estave en bert de flor de ginesta, lo altar del Capitol que es de invocacio de St. Ivo estave molt ben adressat y parat de plata ab molts candaleros tots ensesos y un salomo en lo mig a la corda de la llantia, tot enses ab ciris blanchs, devant del dit altar en terra y avie moltes catifes y en la part ha hont se avie de fer lo jurament tambe estave cuberta la terra de catifes, de sobre les catifes eren devant del altar posaren un Coyxi de brocat quil aporta un criat de sa magt854. 853 ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 8. 854 Ibidem. 305 All?, en un sitial preparado para la ocasi?n, el obispo de la ciudad o el vicario general del Cap?tulo le tomaban juramento al monarca ante todos los can?nigos, colocados por orden de antig?edad. De este modo, el soberano promet?a observar todos sus privilegios. En 1564, Felipe II entr? en la sala capitular, donde haviey un setial devant hon seu lo senyor Bisbe Y dit se?or Bisbe present nomenat don Guillem Ca?ador ly prengue lo jurament tenint un libre ab un coxi. Y lo prothonotari de sa Mgt. Legi lo jurament que feu com ? canonge de Barcelona, servar les immunitats de la esglesia y llevan acte dit Prothonotari y altre acte mossen Francesch Sunyer com ? Notari del capitol y apres lo Rey bes? al dit se?or Bisbe en la boca y no a ningu altri855. En el segundo tomo de la secci?n Exemplaria del Archivo Capitular de la Catedral de Barcelona, se recoge la f?rmula del juramento que hizo Felipe III, en 1599, y que fue le?da por el protonotario Pere Franquesa: Nos Philipus Dei gratias rex Castille Aragonum Comes Barcinone Conveni mq promitti mq vobis de cutis nostris Montserrato Roquer saleta vicario gneli eccltis Barne sede episcopali vacante et canonicis ac Capitulo iam dicte Eccletis ac etiam juramus per Sanctam Crucem dmi nri Jesu Christi salvatoris nostri per Sancta Dei quatuor Evangelia manisque nri corporaliter tancta consercare et manu tenere privilegia, abservantias e consuetudines approbatas dicte Eccletis Barne ec libertates et inmunitates eis de eccletis ac personarum, rerum et juridem ipsi que et contra pre dicta Seu aliquod persdictory non facere per nos vel alium Seu aliqualiter contranemire; sic nos Deque adiuvet hac Sancta Dei quatuor Evangelia856. Por tanto, debemos integrar esta ceremonia junto con el resto de juramentos que realizaba el rey en su primera visita a la ciudad. As?, el rey hac?a cuatro juramentos: el de los privilegios y usatges de Barcelona, el de las inmunidades de la Iglesia ?estos dos durante la entrada real?, el de las constituciones de Catalu?a y el de los privilegios del Cap?tulo catedralicio. Una vez efectuado el juramento, el dormitorer o distribuidor del pedr?s ofrec?a al monarca una suma de monedas (reals) simb?lica. Ese mismo a?o de 1599, Joachim Petit ofreci? a Felipe III las porciones que le pertenec?an por los d?as que permaneciese en la ciudad; Antoni Martorell, bosser de los aniversarios comunes, los plomos de los aniversarios que recogi? el limosnero mayor del rey, don ?lvaro de Carvajal; Joan Anglada, distribuidor de la bolsa canonical, los plomos canonicales que llen? tanto la mano del rey con ellos que ?ste exclam? riendo ?que hazeys no caben mas? y, finalmente, Mateu Domenech, distribuidor del pan canonical, le dio la parte que le correspond?a por los d?as que llevaba en Barcelona. En 1564, el dormitorer present? a Felipe II ?un paner en quey avie quatre pans de canonja y una coca y la coca era fet a forma y manera de corona?857. Durante esta ceremonia, ?nicamente entraban en el Cap?tulo los can?nigos y algunos Grandes de la corte. Adem?s, mientras se efectuaba el juramento y la entrega de las porciones, repicaba la campana Tomasa, como se hac?a cuando se escog?a un nuevo can?nigo. Una 855 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 77. 856 ACCB, Exemplaria, vol. II, fols. 9-10. 857 ACCB, Llibre de la Sivella, vol. I, fol. 55, 1 de mayo de 1564. 306 vez fuera de la sala capitular, se dirig?a a la capilla de Nuestra Se?ora de la Concepci?n, situada en los claustros. All?, como marcaba la tradici?n, se inscrib?a en la cofrad?a de dicho nombre, tambi?n conocida como Cofrad?a Real. En 1626, Felipe IV, junto a sus acompa?antes y su hermano don Carlos se inscribieron en ella, como hab?a hecho sus predecesores. Adem?s, el papel alcanzado por el dogma de la Inmaculada Concepci?n en el siglo XVII, le otorgaba a este acto una mayor dimensi?n que retrataba su adopci?n como propia, por parte de la monarqu?a barroca. Seg?n marcaba la tradici?n, todos los d?as que el rey residiese en la ciudad, el Cap?tulo deb?a enviarle las porciones del pan canonical que como miembro le correspond?a. As?, en 1585, el Cap?tulo envi? a su maestro de ceremonias Batista de Ayerve para que ofreciese a Felipe II la porci?n del pan que consist?a en seis panes diarios. El rey, que estaba comiendo, recibi? de buena gana el pan y mand? que una parte lo sirviesen en la mesa y la otra la ofrecieran al pr?ncipe e infantas. Sin embargo, el distanciamiento progresivo de los soberanos de la casa de Austria de sus s?bditos gener? algunas dudas entre los can?nigos sobre si conven?a o no llevar el pan al palacio del rey. Por eso, en 1599, el maestro de ceremonias de la catedral, Joan Castellar, llev? la porci?n del pan canonical a Felipe III, a su residencia en el palacio del marqu?s de Aytona, donde, tras recibir audiencia, le anunci? que ?por orden de los Canonigos y cabildo desta Sancta Yglesia de Barna traygo a Vra Magd la porsion del pan que el dia de oy le toca y pertenece como a Canonigo que es vra Magd de aquella Sancta Yglesia?. El rey lo acept? amablemente en presencia de sus cortesanos con la f?rmula ?yo la recibo?. Pero el maestro Castellar dudaba s? llevarle diariamente la parte del pan canonical podr?a llegar a molestarle y, por eso, tras consultarlo con el limosnero mayor del monarca, ?ste le respondi? que ?se la truxesse cadal dia hasta que Su Magd diesse orden aquien se havia de dar porque gustava dello por extremo y le davan mucho contento?. Aclarada pues la duda del maestro de ceremonias, Felipe III recibi? cada d?a su porci?n de pan de can?nigo. La ceremonia de la toma del canonicato de la catedral fue respetada y valorada por los soberanos debido a su valor constitucional. A pesar de la dejadez de Carlos V en su toma de posesi?n, cosa que hizo justo antes de marchar de Barcelona el 22 de enero de 1520858, cuando llevaba ya casi un a?o residiendo en ella, sus descendientes ?hijo, nieto y bisnieto? acostumbraron a hacerlo tras el juramento de los privilegios de Catalu?a para ser a todos los efectos conde de Barcelona. As?, no se dejaba ning?n cabo suelto a la hora de recibir el homenaje de todos los poderes de la ciudad y del Principado. 858 ?Aquest dia la Magestat del Sor Rey oy missa en la Seu de la present Ciutat y apres de aquella oyda entra en lo capitol de dita seu e pres possessio del canonicat que es consentit a la real Magestat et jura de servar los privilegis e inmunitats de la iglesia. E lo mateix die los honorables consellers anaren a besar la ma de sa magestat y despedirse de aquella, o prendren comiat?, en DACB, vol. III, p?gs. 297-298. 307 6.2. Las visitas a la catedral y a las casas de Religi?n. A continuaci?n, abordaremos el estudio de otros actos y ceremonias del ?mbito lit?rgico como eran las visitas que los soberanos hac?an a las diversas iglesias y templos de la ciudad. Si era la primera visita del rey a la ciudad, la catedral y el monasterio de Valldoncella eran los primeros templos visitados con motivo de la entrada real, como ya hemos visto en el cuarto cap?tulo. Pero en segundas estancias de los reyes o primeras de otras personas de sangre real, era el propio hu?sped el que decid?a a que templo acudir?a en primer lugar. Los reyes mostraban inter?s por conocer algunos edificios sagrados de Barcelona, tanto de dentro como de fuera de sus muros, sobre todo, si eran famosos por albergar alguna reliquia o tumba de santos. As?, los conventos y monasterios de Santa Catalina o San Agust?n ?dentro de la ciudad? o Pedralbes y Valldoncella ?fuera de ella? eran frecuentemente visitados por los soberanos. Otro de los motivos por los que acud?an a ellos era para poder asistir a los oficios divinos o actos lit?rgicos de festividades que, como los de Corpus Christi, se celebraban en ellos. En una sociedad como la moderna, donde las precedencias eran de vital importancia, el orden de las visitas de los reyes a las iglesias de la ciudad era de sumo inter?s debido a la honra que adquir?a, tanto la iglesia como la orden a la que pertenec?a. As?, hay que advertir que el honor de recibir al rey en un templo respond?a, en ocasiones, al peso que una orden religiosa tuviera o no en el conglomerado eclesi?stico del momento. Como norma general, la catedral de Barcelona era la primera iglesia visitada de la ciudad. En 1582, el Cap?tulo decidi? enviar una embajada a la emperatriz Mar?a de Austria para solicitarle que durante su estancia en la ciudad ?sia servida algun dia quant estiga descansada fer nos merce venir a la Seu a Illustrar esta iglesia ab sa real presentia y que assi ia se ha tingut memoria pregar al Sor. per lo bon viatge de Sa Magt.?. Adem?s, se envi? otra al mayordomo de la emperatriz, don Juan de Borja, para pedirle que intercediese ante su se?ora para que ?sia la cathedral quens fassa merce venir assi primer que en altra part?. El mayordomo les contest? que procurar?a que as? fuese, aunque deb?a ser el viernes o s?bado porque ya se hab?a comprometido a visitar en primer lugar la Casa de la Diputaci? del General859. Como se puede comprobar, el Cap?tulo, para conseguir el honor de ser el primer edificio religioso que recib?a a la emperatriz, le hac?a saber las plegarias que en dicho templo se hab?an hecho para que el Se?or intercediese para tener un feliz viaje. En cambio, en 1599, fue el convento de Santa Catalina, de la orden de los dominicos, el primero en ser visitado por Felipe III y su familia para participar en el rezo en las v?speras de la vigilia de la Ascensi?n. Sin duda, fue determinante que los confesores del rey y del archiduque Alberto, ambos pertenecientes a la orden dominica, estuviesen alojados en dicho convento. De este modo, el prior del convento, padre Francesc Camprub?, dej? prueba escrita en sus anales del contento que sent?a por la honra de ser la primera visita del monarca a un templo en la ciudad: 859 ACCB, Deliberacions Capitulars, fols. 13-14, 7 y 11 de enero de 1582. 308 Aque si ha de notar que esta fonch la primera axida de palacio per anar a sentir officis que feu lo dit rey. Veritat es que lo dia del jurament ana a la Seu per ajurar y no per oyr officis. Gran honrra fonch esta de la religio nostra y grandissima merce, y per tal la reputam no obstant que era jornada de treball y ocupatio per sa magestat perque en aquell despres dinar anaren los concellers y diputats consistorialment a donar li graties del dia abans. Y esta fonch la causa perque vingue tant tart y casi era bastantissim motiu per no venir y destorb de fernos exa tant assenyalada merce, y a tota la religio. Ab tot aixo va cumplir la promesa real avia feta ab tanta llanesa y cara afable, com de tal monarca y benefactor nostre u affectat se confiava y esperaba860. Adem?s, el convento de Santa Catalina de los padres predicadores fue habitualmente visitado por los miembros de la Casa de Saboya durante sus estancias en la capital catalana, debido a la devoci?n que ten?an a san Ramon de Penyafort. Ya, en 1585 y tambi?n por influencia del confesor dominico del duque de Saboya, ?ste visit? el convento antes de partir junto a su esposa Catalina Micaela. Asimismo, en 1603, sus hijos, los tres infantes de Saboya, escucharon misa en altar de san Ramon de Penyafort del mismo templo. ?stos ten?an un confesor dominico de Vilafranca de Niza que dijo al prior de Santa Catalina como los teatinos hicieron todo lo posible para que un miembro de su orden fuera escogido confesor de los j?venes infantes, argumentando que ellos podr?an ense?ar a los j?venes muchas cosas de Estado, a lo que el duque de Saboya contest? que ?no tenian los fills necessitat de saber coses de estat per son confessor sino de saber se salvar que de allo en cort ne apendrien?. De este modo, por influencia de su confesor, los infantes visitaron en primer lugar el convento de los monjes predicadores que ?fonch esta la primera axida han feta y prou murmurada per los nostres emulos y apassionats?. Vemos, pues, como la visita a una iglesia levantaba todo tipo de suspicacias entre las ?rdenes o congregaciones rivales que las obligaban a buscar ejemplares anteriores para justificar este honor, como fue en este caso de los duques de Saboya en que se recurri? a la anterior visita de Felipe III, en 1599: A esta primera vinguda, com tinc dit, ultra de les murmurations no faltaren contradictions y repugnanties sino que lo confessor dells sobredit ho prengue de punt y totas las va allanar ab lo exemplar que aqui li donarem del rey que la primera axida per coses de Iglesia fonc vigilia de la assencio assi en nra casa y ab est exemplar los infants se aderiren no obstant les rahons que en contra oyan pero es gran cosa lo respecte y reverentia tenen los princeps a sos confessors y meritament tant que estos Sors feren lo que lo dit confessor dells desijava, com tinc dit de que tots restarem contentissims per ser esta merce tant assenyalada y primera en Barcelona861. Por tanto, podemos afirmar que la influencia de los confesores de los reyes, a menudo, pertenecientes a la orden dominica, fue determinante en la elecci?n real de su primera visita a un templo de la ciudad y evidenciaban el auge y poder que dicha orden adquiri? en el siglo XVI, llegando a ocupar, a menudo, importantes cargos eclesi?sticos, entre ellos el de confesor real. 860 BUB, Ms. 1.005, LUMEN DOMUS O ANALS DEL CONVENT DE STA. CATHARINA V. Y M. DE BARCA ORDE DE PREDICADORS. TOMO I. Que cont? desde el Any 1219 en que fou la sua fundaci? fins al Any 1634 inclusive. Ab sinc Indices necessarios. Compost per lo R. P. fr. Francesc Camp-Rub?, y adicionat y posat en orde chronologic per lo R. P. lector fr. Pere Martyr Nagl?s, bibliothecari de dit convent en lo any 1743, fol. 156. 861 Op. cit., fol. 221. 309 La catedral, como todas las de la cristiandad, ejerc?a una fuerte atracci?n entre los monarcas que quer?an visitarlas y, en el caso de Barcelona, sobre todo la capilla de su patrona, la virgen m?rtir santa Eulalia. Ya Carlos I, durante su primera estancia en la ciudad entre 1519 y 1520, la visit? en varias ocasiones: la toma del canonicato de la Seu, las exequias de su abuelo Maximiliano de Austria, las dos visitas realizadas durante la reuni?n del Cap?tulo de la Orden del Tois?n de Oro o para o?r misa de acci?n de gracias por su elecci?n como emperador. Generalmente, un miembro de la corte avisaba al Cap?tulo de la voluntad del rey de visitarla o de asistir a misa. En 1585, Felipe II envi? a su capell?n mayor que avisase a los can?nigos de su intenci?n de acudir a la catedral a o?r misa de gratiarum actionem que se iba a celebrar por la elecci?n del papa Sixto V. Asimismo, en 1632, tras la llegada de Felipe IV y sus hermanos a Barcelona, se envi? al patriarca de las Indias ?a dir al vicari general com aquella tarda sa Magd y las Altesas volian venir a visitar la Iglesia y lo cos de la gloriosa Sta Eularia y encontinent dit vicari general ajunta lo Capitol y ho feu a saber y mana lo Capitol que la Iglesia se posas apunt?862. Como podemos ver, el cabildo catedralicio se esforzaba al m?ximo para preparar el templo para la visita real. En el altar mayor se colocaba toda la plata de la sacrist?a y por las paredes se colgaban tapices. Un aspecto muy importante era la iluminaci?n ya que el edificio deb?a mostrarse al soberano en todo su esplendor. Con esta intenci?n, en 1626, se acord? ?que lo dia vindra lo rey en la hesglesia estiguen totes les llanternes enseses i les capellas com lo dia de la octava de corpus i la demes lluminaria i rollos i Sta Eulalia tot enses?863. As? pues, era muy importante la preparaci?n del templo para la visita real. Los mayordomos del rey se encargaban de negociar con las autoridades municipales y los can?nigos de la catedral c?mo deb?a estar dispuesto su interior y, sobre todo, el lugar destinado para el rey y sus cortesanos. Y es que, desde inicios del siglo XVI y, concretamente desde la adopci?n de la etiqueta palaciega de Borgo?a, en 1548, se produjo un importante aumento del n?mero de servidores que integraban el s?quito y, claro est?, a la hora de acogerlos en una catedral construida para albergar una corte medieval surg?an serias dificultades de ubicaci?n de los cortesanos cerca del altar mayor, m?s aun, por cuanto las sociedades modernas observaban con gran celo los derechos de precedencias. Adem?s, como en el caso de los reinos de la Corona de Arag?n, el ceremonial propio de ubicaci?n de las autoridades regn?colas chocaba con la visi?n cortesana y de proximidad al rey que ten?an los mayordomos de Madrid y otros cargos palaciegos. Un caso paradigm?tico lo encontramos en 1585, cuando el mayordomo mayor de Felipe II, conde de Chinch?n, visit? la iglesia con algunos caballeros castellanos para poder comprobar el lugar que hab?an dispuesto en la catedral para la visita del soberano que asistir?a al d?a siguiente a los oficios. Chinch?n se dirigi? a los consellers, que all? 862 ACCB, Exemplaria, vol. III, fol. 98. 863 ACCB, Resolucions Capitulars 1609-1630, fol. 375, 23 de marzo de 1626. Tambi?n recogido en el Llibre de la Sivella, vol. II, fol. 37, del mismo archivo. 310 se encontraban, y les dijo: ?aqu? he venido a ver el lugar donde su magestat ha de estar manyana, que quiere venir orar con el seren?ssimo pr?ncipe e infantas con sus damas, y par?sceme que la capilla y llugar es muy pequenyo?. Le respondieron que ya en otras ocasiones el rey y su padre el emperador hab?an asistido a los oficios en dicha capilla y que hab?an estado muy bien. Le mostraron el lugar destinado para el rey en el altar mayor, y el dispuesto para los consellers y para los Grandes y t?tulos de Castilla, pero no le pareci? al conde un buen lugar y tras salir del templo volvi? a entrar y subi?, de nuevo, al altar mayor y observ? ?molt mes lo loch, demanant particularment lo loch dels consellers, y en fi mir? tot lo que li aparegu? veurer y mirar?864. Durante toda la noche, las autoridades municipales revisaron los ejemplares precedentes para asegurarse el respeto de la tradici?n por parte del conde de Chinch?n. Sin embargo, una indisposici?n del pr?ncipe Felipe oblig? a anular la visita a la catedral. Pero, esta escusa no convenci? a los consellers que sospechaban de la autenticidad de dicha indisposici?n y tem?an que el mayordomo hubiese anulado la visita por no aceptar la primac?a del lugar que deb?an ocupar los representantes de la ciudad en el altar mayor y enviaron una embajada a palacio para asegurarse. Finalmente, pudieron cerciorarse de dicha enfermedad y la visita se anul?. Una vez llegado el soberano ante la catedral, el obispo de la ciudad junto con los can?nigos de la sede sal?a procesionalmente a recibir al invitado con la cruz alzada. Ya en el portal mayor, donde luc?an dos grandes tapices imperiales, el rey se colocaba en un sitial, donde adoraba la Vera Cruz y el obispo, con un hisopo, lo bendec?a y lo incensaba tres veces. En caso de que viniera la familia real, uno a uno adoraba la Vera Cruz y, posteriormente, eran bendecidos865. La ubicaci?n de los confesores y capellanes que acompa?aban a los monarcas en este sitial pod?an levantar alguna duda ya que en ?l s?lo pod?an estar el prelado de la ciudad u otra dignidad eclesi?stica del Principado. Un ejemplo lo tenemos en 1630, cuando el arzobispo de Sevilla, confesor de la reina Mar?a de Hungr?a, escribi? al cabildo record?ndole que los ayudantes de oraci?n del rey y de la infanta ?tenian derecho al sitial que se pone a las puertas de la Iglesia Cathedral donde quiera que les haze rezevimiento y como son punctos de preeminencia y aprovech[a]m[ien]to no quieren perder las?, a lo que a?ad?a que esperaba que accediesen a sus peticiones866. Tras la bendici?n, entraban en el templo mientras se entonaba un Te deum laudamus867; aunque en las visitas realizadas por Felipe II, en 864 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, op. cit., vol. II, p?gs. 53-54. 865 En mayo de 1585, Felipe II ador? la Vera Cruz y fue bendecido en primer lugar. Tras ?l, lo hizo la infanta Isabel Clara Eugenia a la que siguieron, por este orden, el duque de Saboya y su esposa la infanta Catalina Micaela. El pr?ncipe Felipe no acudi? a la catedral por encontrase indispuesto esos d?as. En 1599, tambi?n Felipe III fue bendecido en primer lugar: ?primerament lo Sor Rey fent una inclinasio cap molt profunda y apres la reyna fent la mateixa inclinasio y apres la infanta ab una inclinasio no tan profunda y ultimament al Archiduch ab una inclinasio com a la infanta sa muller, y la aygua dona ab un salispaser aspergendo y lansant ne molt poca a totes les prefates magts y altesses?, en ACCB, Exemplaria, vol II, fol. 7. Es importante destacar la el gesto ritual de los reyes de inclinarse m?s que la infanta Isabel y su esposo, en se?al de mayor devoci?n y fe. 866 ACCB, Cartes Rebudes (1623-1632), Barcelona, 16 de febrero de 1630. 867 Mich?le Fogel advirti? de la utilizaci?n del Te deum laudamus por parte de la monarqu?a de los siglos XVII y XVIII para la difusi?n de las novedades din?sticas, diplom?ticas y, sobre todo, militares por el reino 311 1564 y 1585, se cant? el Ecce homo, que destacaba el car?cter humano de la figura de Cristo y, por tanto, m?s f?cil de asimilar al rey con ?l. La tradici?n establec?a que los consellers fueran a recibir al hu?sped al portal mayor y lo acompa?asen a su lugar, en el altar mayor. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI y, especialmente, a partir de su segunda mitad, no fueron pocos los problemas surgidos entre ?stos y los can?nigos de la catedral sobre qui?n deb?a ir a recibir al rey a las puertas del templo. Entonces, fueron necesarias concordias entre ambos cuerpos institucionales. As?, en 1621, ?desitjant lo Molt Ille. Capitol de la Sa. Iglesia de Barna tenir tota bona correspondencia ab la molt Ille Ciutat per ajustar y concordar las diferensies y debats acerca de las Ceremonies ab que se ha de rebrer a Sa Magd. ho altre Persona Rl ho lo Llochtinent de est Principat quant venen en la present Iglesia per asistir a los Divinos officis en las festivitats solemnes?, se acord? que estando los consellers en el presbiterio de la catedral continuar?an siendo ellos quienes recibir?an a la entrada del edificio al rey, su lugarteniente u otra persona de sangre real; respetando, eso s?, la primac?a de los can?nigos de salir a bendecir con agua al invitado a la puertas868. Sin embargo, a medida que avanzaban los a?os, el ceremonial y sus reglas deb?an reajustarse seg?n las necesidades del momento. Es por esto que, en 1662, se lleg? a una nueva concordia, de mayor importancia que la anterior, que regulaba las relaciones entre la municipalidad y el cabildo catedralicio en los actos p?blicos. Con el t?tulo de Conc?rdia entre la Ciutat de Barcelona i el Cap?tol de la Seu, establint el ceremonial en les funcions religioses, els donatius de la Ciutat per al culte i les prerrogatives del Capitol, aparece publicado este importante documento en el Dietari del Consell de Cent869. En el comienzo del documento ya se hace referencia a la cantidad de pleitos y diferencias surgidos desde un tiempo entre el cabildo y las autoridades municipales. Acerca de la cuesti?n suscitada sobre qui?n y c?mo se deb?a recibir al rey, persona real o virrey en la catedral se dispuso lo siguiente: Trobantse los senyors consellers ab promens o sens ells al presbyteri, arribant en dita iglesia algun senyor princep, persona real o lo senyor virrey lloctinent, dits senyors consellers lo hixen a rebrer als dos pilars que son al trast del cor devant las capellas de Nostra Senyora del Roser y Sanct Olaguer, y lo acompanyan al altar major, ahont ouhen lo offici ab la forma sobre expressada en altre capitol, y despres de ser acabat lo offici lo tornan a acompanyar fins lo portal major. En qualsevol part que sie que dits senyors consellers jahen de exir a rebrer a dit senyor princep, virrey de Francia, en FOGEL, M., ?Propagande, communication, publication: points de vue et demande d?enqu?te pour la France des XVIIe-XVIIIe si?cles?, en Culture et id?ologie dans la gen?se de l??tat moderne. Actes de la table ronde organis?e par le Centre national de la recherche scientifique et l??cole fran?aise de Rome, Rome, 15-17 octobre 1984, Roma, ?cole fran?ais de Rome, Palais Farnese, 1985, p?g. 325. 868 ACCB, Exemplaria, vol. IV, fol. 21. Por parte de la municipalidad negociaron el doncel ?lvaro Bosser y el ciudadano honrado Francesc Sangen?s; por parte del cabildo catedralicio lo hicieron el can?nigo decano Paulo del Rosso y el can?nigo Miquel Bold?. 869 DACB, vol. XVII, Ap?ndix XV, p?gs. 714-756. En esta ocasi?n participaron: por parte del gobierno municipal, don Jeronim de Miquel y el ciudadano honrado Francisco de Mora y Marymon; por parte del cabildo, el doctor Joseph Corts, archidi?cono de Santa Mar?a del Mar y el doctor Joan Baptista Vila, ambos can?nigos de la catedral. Intercedi? entre ambas partes el gobernador de Catalu?a don Gabriel de Llupi?. 312 o personas a qui se deu fer recebiment sols al presbyteri, en saber que arriba se alsan, y anant devant los acompanyadors y verguers ab sas massas altas, despres los senyors consellers en cap y segon, despres ter? y quart, despres quint y sise, van fins al puesto lo han de exir a rebrer (...) y acompanyantlo fins al presbyteri870. As? pues, la comitiva se dirig?a al altar mayor, donde se colocaban todos los candelabros y relicarios de plata de la Sacrist?a y otras reliquias para su veneraci?n, como el velo de santa Eulalia o la Santa Espina. Tras ello, se bajaba a la capilla de santa Eulalia que estaba ricamente adornada. De esta manera la encontr? el duque de Saboya, Carlos Manuel Filiberto, en 1585: Y en eser davall dit sr princep troba la capella tan ben ornada ab lo altar molt ben parat ab algunes pesses de plata de la sacristia ab lo pallit de brocat en mig las armas reals ensesa tota la lluminaria los ciris grans y petits ab totes les lanties de plata y de vidre y agenollantse dit princep en hun strado que de palacio li havien parat de brocadello carmesi se agenola871. All? se oficiaba una misa tras la cual abandonaban la famosa capilla. Adem?s, cuando un rey o reina iba a emprender un viaje, a menudo, visitaba a la santa para implorarle tener un buen viaje, sobre todo si era por el peligroso mar. Tales fueron los casos de Fernando el Cat?lico y Germana de Foix, en 1506, antes de partir para N?poles; los reyes de Bohemia, Maximiliano y Mar?a, en 1551, cuando zarparon hacia Austria; del duque de Saboya, en 1591, o de la reina Mar?a de Hungr?a, en 1630. Tampoco se olvidaba la visita a las reliquias de los otros dos ilustres santos, ambos obispos de la ciudad: san Sever y san Oleguer. Jos? Luis Bouza Fern?ndez ha apuntado c?mo desde el siglo IV comenz? a venerarse los cuerpos de los obispos y ascetas; tradici?n en la que encajar?a la veneraci?n hacia estos dos prelados872. Por tanto, era pr?ctica habitual que durante su estancia en Barcelona, los reyes visitasen todas las iglesias, templos o casas de Religi?n, como las denomina una relaci?n impresa de 1630, sobre las que visit? la reina Mar?a de Hungr?a873. Si retrocedemos hasta 1503, vemos como Antonine de Lalaing, en su cr?nica del viaje de Felipe el Hermoso hacia Francia, y por consiguiente de su paso por Barcelona, escrib?a: El s?bado oy? monse?or misa en los Dominicos: es un convento muy hermoso. Despu?s fue a visitar una parte de las iglesias de la ciudad; y venidos a los Franciscanos, le fue ense?ada una capilla donde San Francisco estuvo de cinco a seis a?os. Y vio en un jard?n un frambuesero plantado por San Francisco, tan verde como el d?a en que lo plat?, sin ser grande. Despu?s de comer se representaron varios misterios por personajes delante del alojamiento del archiduque874. Con el transcurso del siglo, las visitas se hicieron m?s largas y protocolarias. En 1599, durante la octava de Corpus Christi, Felipe III y su esposa Margarita visitaron las 870 DACB, vol. XVII, p?g.734. 871 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 98. 872 BOUZA ?LVAREZ, J. L., Religiosidad contrarreformista y cultura simb?lica del Barroco, Madrid, CSIC, 1990, p?g. 26. 873 BN, V-C 118-61/9, LOS REGOZIJOS Y Fiestas que se hazen en la Ciudad de Barcelona por la Serenissima Magestad de la Reyna de Vngria, en particular en las visitas que haze a las casas de Religion. Copia Segunda. 874 GARC?A MERCADAL, J., op. cit., p?g. 471. 313 iglesias de Barcelona ?ab gran aplauso y contento de tot lo m?n, per v?urer tanta christiandat y bon zel del servey de D?u en gent tan jove?875. Ese mismo a?o, los padres jesuitas de la iglesia de Bel?n quedaron maravillados por la honra que los reyes les hicieron con su presencia en dicho colegio y, a su vez, la reina Margarita se alegr? mucho por ser el primero de la Compa??a de Jes?s que visitaba en Espa?a. Asimismo, fueron muchos los cortesanos que fueron a confesarse al templo jesuita tras la procesi?n del Corpus de ese a?o876 y que reflejaba el alto grado de aceptaci?n y seguimiento que alcanz? tras el Concilio de Trento. Tenemos varias noticias acerca de las visitas hechas por la reina Mar?a de Hungr?a a las iglesias y conventos de la ciudad durante su estancia, cuya cronolog?a recogemos en el Anexo 8. A grandes trazos, vemos tres constantes que se repitieron en dichas visitas: - Generalmente, eran cl?rigos los que recib?an a la reina a las puertas del convento, tanto si era masculino como femenino, y, en este ?ltimo caso, eran de la rama masculina de la orden a la que pertenec?an. La reina fue recibida con la cruz alta y Te deum laudamus y, tras la adoraci?n de la Vera Cruz, entraban en el convento, donde era recibida por la madre superiora. As? ocurri?, entre otros, en el convento de Junqueras; sin embargo, en el monasterio de Pedralbes, la reina de Hungr?a fue recibida por su abadesa. En los conventos femeninos, los oficios tambi?n los celebraron los cl?rigos. As?, en dicho monasterio de Pedralbes, predic? el prior del monasterio de la Merc?, mossen Gralla, mientras el capell?n mayor de la reina, que recordemos era don Juan de Palafox y Mendoza, ofici? la misa. - L?gicamente, los templos se ornamentaban a conciencia para recibirla. Con frecuencia aparece en las relaciones que el templo representaba un ?paraiso?, con infinidad de luces, colores y olores. Y es que esa era la intenci?n de los monjes y monjas, tratar de mostrar la pureza del recinto y asemejarlo, lo m?ximo posible, al momento de la creaci?n del mundo, donde no exist?a todav?a el pecado, al igual que en el convento. Es por este motivo que la visi?n que ten?a la reina al pasar por los claustros era el de una representaci?n lo m?s fiel posible de la naturaleza. En el monasterio de san Francisco, visitando los claustros peque?os, la reina contempl? la belleza de ?un montecillo, que mas de dar por varias partes agua, descubria muchos hombres y animales de varias especies?. Asimismo, en la huerta del monasterio capuchino de Montecalvario, ?alegr? sus ojos, entre las verdes plantas, famosos naranjos, y arpeladas aguas de entre los cuales los Religiosos Padres hazian salir los plateados pescados para que su Magestad los mirasse?. - Era costumbre generalizada agasajar a los monarcas con una merienda en la que se serv?an gran cantidad de platos As?, para recibir a la reina de Hungr?a, en el monasterio de Junqueras, las monjas dipusieron una espl?ndida mesa con m?s 875 DG, vol. III, p?g. 345, 17 de junio de 1599. 876 VILA DESPUJOL, I., La Compa??a de Jes?s en Barcelona en el siglo XVI. El colegio de Nuestra Se?ora de Bel?n, Burgos, Universidad Pontificia de Comillas, 2010, p?g. 804. 314 de 150 platos, incluida una torta de la cual nac?a un pino ?vestido de muchos animales terrestres, y al pie un Le?n?, animal muy vinculado a la monarqu?a; en el de Pedralbes, pasaban de 100; los padres de la Merced prepararon 40; las monjas capuchinas, 20, que fueron sufragados por el obispo de Barcelona; otros 20 los capuchinos; en el convento de san Pedro de las Puellas, m?s de 60 y en el de Jerusal?n pasaban los 80. ?Comio en todas partes su Magestad dando muestras de agradecimiento?. Primero com?a la reina y luego lo hac?an las damas de la corte y de la ciudad. Pero, la reina lo hac?a dando ejemplo a las dem?s; as?, en el monasterio de Pedralbes ?comio, y ense?o en su comer ? las damas que la estavan mirando su modesta templanza?. Templanza, esa virtud tan propia de la realeza. Pero las vistas de los reyes a los monasterios y conventos ten?an una doble funcionalidad. La primera y m?s evidente estaba relacionada con las necesidades de culto de los reyes y reinas de la casa de Austria que, como tales, sent?an una profunda y sincera admiraci?n por los templos, sobre todo si en ellos pod?an contemplar alguna reliquia de santos poe las que sent?an gran devoci?n. La segunda, ten?a un componente evaluativo, es decir, pretend?a valorar el nivel de absorci?n de la reforma de las ?rdenes regulares, puesta en marcha tras el Concilio de Trento, para acabar con la relajaci?n de costumbres que se hab?a instalado a lo largo de la Baja Edad Media en los conventos regulares. En Catalu?a, esta reforma ya se puso en marcha en pleno siglo XV; pero no fue hasta el reinado de Felipe II cuando se llev? a cabo decidida y definitivamente. La aplicaci?n de los postulados tridentinos, mediante el Concilio de Tarragona de 1565, signific? la imposici?n de la reforma de las ?rdenes regulares en el principado como han estudiado Joan Bada o Ignasi Fern?ndez Terricabras877. Apoya esta idea la voluntad de los monarcas de visitar todos y cada uno de los templos de estas ?rdenes regulares y, no tanto as?, los pertenecientes a la jurisdicci?n episcopal. Adem?s, las visitas eran inmediatas; cada dos o tres d?as se visitaba un monasterio o convento, como podemos ver en el Anexo 8 que recoge las realizadas por Mar?a de Hungr?a, en 1630. Y algo muy importante, no s?lo se visitaba la iglesia del convento sino que tambi?n sus dependencias, como son el refectorio o los aposentos de las monjas e, incluso en alguna ocasi?n, los de la madre superiora. Con ello, se pod?a estimar el modo de vida de monjes y monjas y su grado de aceptaci?n de la observancia. Y es que, como apunta Joan Bada, temas tan importantes como la clusura, en su sentido riguroso, no hab?an sido aceptados, de principio, por todos los conventos femeninos, como por ejemplo en el caso de las monjas clarisas del monasterio de Sant Antoni y Santa Clara878. O el caso de los propios monjes de Sant Francesc, que fueron obligados a adoptar la observancia por la fuerza. As?, la situaci?n de estos monasterios y conventos, como el de Junqueras, 877 BADA ELIAS, J., Situaci? religiosa a Barcelona en el s. XVI, Barcelona, Balmes, Facultat de Teologia de Barcelona, 1970. Sobre una cronolog?a de la implantaci?n de la reforma en la ciudad condal, dividida en etapas, v?ase F?RNANDEZ TERRICABRAS, I., ?La reforma de las ?rdenes religiosas en tiempos de Felipe II. Aproximaci?n cronol?gica?, en Felipe II y el Mediterr?neo. Los grupos sociales, vol. II, p?gs. 181-204. 878 BADA ELIAS, J., op. cit., p?g. 232. 315 no escaparon a los atentos ojos del capell?n de Mar?a de Hungr?a, don Juan de Palafox, como dej? anotado en su diario del viaje: sali? al Monasterio de Junqueras de havito y religion de Santiago, no guardava clausura las monjas en ciertos casos espero profesan mas que castidad con jugal y obediencia, casanse casi todas, y estan decentemente guardadas en aquel noble estado hasta su colocazion879. La llegada de los reyes insuflaba una bocanada de aire revitalizador a esta reforma de costumbres. Las jornadas reales tambi?n eran momentos id?neos para la labor fundacional de los soberanos, o mejor dicho, de las soberanas, ya que en muchas ocasiones, eran ellas las verdaderas impulsoras de la fundaci?n de nuevos conventos. Sin embargo, fueron pocas las fundaciones llevadas a cabo por los reyes y reinas durante sus visitas a Barcelona en ?poca moderna, debido al gran n?mero ya existente de conventos y monasterios, tanto dentro como fuera de ella, construidos en su mayor?a en ?poca bajo-medieval y que oblig? a las autoridades a frenar las fundaciones. Aun as?, fue importante la labor fundacional llevada a cabo por la reina Margarita durante su estancia en Barcelona, en 1599. Los reyes recibieron a sor Serafina, una viuda que hac?a tiempo llevaba una vida ejemplar y retirada en compa??a de otras mujeres y que quer?a fundar un convento de monjas capuchinas. La mujer hizo saber su voluntad a los soberanos, pero la pobreza le imped?a llevar a cabo su prop?sito, causando gran admiraci?n en ellos que, sabedores de su fama, prometieron ayudarla encargando dicha fundaci?n a la marquesa de Montesclaros, due?a de la reina y viuda de avanzada edad. La marquesa compr? unas casas en la calle del Carmen y, con premura, trat? de tener dispuesto el negocio antes de que los reyes abandonaran Barcelona, apremiando al nuncio apost?lico, Camilo Gaetani, patriarca de Alejandr?a, para que ?comens?s ? fer dita fundaci? donant forma y clausura al Monestir?. El 6 de junio de 1599, se ejecut? dicha fundaci?n, oficiando la misa el propio nuncio Gaetani, que bendijo la iglesia, con la asistencia del duque de Feria y la marquesa de Montesclaros, entre otros grandes se?ores880. Pero no acab? aqu? la labor de la nueva reina. Los monjes de San Francisco de Paula, cuyo monasterio se encontraba originariamente fuera de la ciudad ?en el portal Nou? se hab?an trasladado a unas casas en la calle de Sant Pere mes Alt y solicitaron a los consellers que les comprasen el antiguo monasterio fuera muros para acabar de construir el nuevo. Aceptaron la propuesta pero a condici?n ?impuesta por el Consell de Cent? de la obtenci?n de una licencia del pont?fice en la que se permitiese a la ciudad profanar dicha iglesia para dedicarla a funciones seglares, en caso de necesidad. El papa acept? pero con condiciones, lo que motiv? el rechazo de los consellers a realizar la operaci?n. La reina do?a Margarita visit? el nuevo monasterio en 1599 y ?prengu? molta devoci? y vista la Iglesia y monestir y sa pobresa ten?an perque encara no havian feta, ni gayra be comensada?. Ante este panorama, la reina abraz? su causa y les prometi? su patronazgo y la fundaci?n del monasterio. Los monjes le hicieron saber el trato alcanzado con los consellers y la reina, mediante su secretario Juan R?os de 879 BN, Ms. 8.176, op. cit., sin folio. 880 AHCB, Ms. B-100, fols. 259-261. 316 Velasco, les mand? que lo comprasen, aunque de nuevo pusieron la condici?n de la obtenci?n del breve apost?lico. Los reyes abandonaron la ciudad sin haberse resuelto la compra del monasterio, pero la reina no dej? en saco roto su promesa y, ante la llegada a la corte de un emisario del los propios monjes, escribi? a los consellers: Como havia acceptado el Patronato de esse Monesterio por la devocion que Yo tengo al Bienaventurado San Franco. y ? su Orden y assi deseo que se atiende y augmente en esa Ciudad y favorecerlos en lo que se ofreciera para esto pu?s est? tambien ? todos y que Vosotros por Vuestra parte lo procureys (?) y ajudays assi ? lo que toca ? esta Casa como en lo dem?s que dello me tendr? por muy servida para faboreceros y hazeros merced881. Para nada sirvi? la carta de la reina ya que los consellers ni siquiera contestaron. El cronista Rafel Ramon Vila escribi? en su dietario unas duras palabras de reproche hacia la reina, a pesar de su carta: ?fins lo dia de vuy que es per los darrers de Setembre de lo any 1601 sens vendrer dit monestir ni haver posat ma encara la Senyora Reyna en la Obra de dit monestir del carrer de Sant Pere ni asenyalarse en ninguna cosa per patrona ni fundadora dell?882. Fuertes palabras que indican una m?s que posible proximidad del cronista con dicha comunidad de monjes. 6.3. Los oficios y la incompatibilidad de ceremoniales. La religiosidad y devoci?n de los miembros de la Casa de Austria obligaba a acudir a misa a diario y a presenciar los diversos oficios que se realizaban en las iglesias. Desde tiempos medievales, el monasterio de la Merced, como capilla real que era, recib?a la visita de los soberanos de la Corona de Arag?n par apoder llevar a cabo all? sus oraciones y ejercicios espirituales. Esta tradici?n se rompi? en 1626, tras la conversi?n del palacio de los duques de Cardona en residencia real durante las visitas de los reyes y la construcci?n del pasadizo que conectaba dicho palacio con el monasterio franciscano de Sant Francesc. A partir de este momento, los soberanos ya no ten?an que salir de palacio para acudir a misa ya que el pasadizo desembocaba en una tribuna que daba a la iglesia de dichos franciscanos. Don Juan de Palafox apunt? en su diario del viaje de Mar?a de Hungr?a que el primer d?a de cuaresma la reina ?oy? sermon desde la tribuna que cae a San Franco. de Don Gonzalo de Cordova, Canonigo de Sevilla Predicador del Rey?; al d?a siguiente, jueves, comulg?; el viernes presenci? el serm?n de su confesor fray Diego de Quiroga; el s?bado volvi? a comulgar y, finalmente, el domingo, escuch? al predicador dominico del rey fray Cristobal de Torres. De este modo, tanto el monasterio de la Merced, por ser capilla real, como el de Sant Francesc, por ser el nuevo lugar de culto de los soberanos alcanzaron gran prestigio. Tanto es as? que ese mismo a?o de 1630, el papa concedi? un jubileo universal que favorec?a a los feligreses, se?alando especialmente ambas iglesias ?por hallarse esta contigua con 881 La carta fue escrita en el palacio del Pardo a 26 de enero de 1600. 882 AHCB, Ms. B-100, fols. 299-301. 317 Palacio y aquella ser Capilla Real de los Reyes de Arag?n?. Adem?s, desde el cambio de palacio, Felipe IV reserv? un d?a para visitar la iglesia de la Merced, como hizo en 1632: El Domingo que se contaron diez y seys, fue su Magestad y Altezas al Conuento de la Merced, recibiole con sus Religiosos el Reuerendissimo Fray Francisco Llach, prior de aquel Conuento, y Vicario General de toda la orden, y entrando en la Capilla del Altar mayor subieron al Presbyterio ? donde auia vn sitial con tres almohadas de terciopelo carmes?, para su Magestad y Altezas (?) acabada la Missa quizo ver la casa, entr? en la Tribuna desde donde los reyes sus predecesores solian assitir ? los diuinos oficios, pareciole el Refitorio muy bien, y no fue mucho, por que es sin duda de los mejores que ay en Espa?a883. 6.3.1. El lugar del soberano en el altar mayor y la defensa de las preeminencias reales. Para o?r misa los reyes ten?an un lugar privilegiado en el altar mayor de cualquier iglesia o capilla y que nadie, en su ausencia, pod?a ocupar a excepci?n del virrey. Los reyes ten?an reservado un lugar en el lado del Evangelio. El lado izquierdo, la Ep?stola, situado del lado de la Sacrist?a, quedaba reservado para otros personajes ilustres como miembros de la familia real. Es por esto que, en 1525, cuando Francisco I de Francia oy? misa en la catedral, se le prepar? un sitial en el lado izquierdo, junto a la sacrist?a, ?per ?o sa Magestat seu quant y es a la part dreta del dit altar?884. En 1564, para honrar a los sobrinos de Felipe II, Rodolfo y Ernesto, se les permiti? que se sentaran en sus sillas en la parte del Evangelio y fue ?per la gran festa que lo dit se?or feu a dits princeps nebots seus?. Como podemos ver, el hecho no pas? desapercibido a los ojos de los consellers ni del escribano del Dietari de la ciudad885. En 1585, Felipe II presenci?, junto a sus dos hijas y su nuevo yerno, el duque de Saboya, un oficio desde un pabell?n construido para la ocasi?n en dicho lado del Evangelio del altar mayor. En ausencia del soberano, la ubicaci?n de otros personajes que no fueran el virrey en la parte derecha del altar gener? todo tipo de disputas ceremoniales. Los consellers fueron ac?rrimos defensores de esta preeminencia real y su vulneraci?n implic? una alteraci?n del propio ceremonial de la ciudad. En concreto, altamente conflictivos fueron los casos que se dieron en 1555 y 1561 con los inquisidores y los de 1562 y 1568 con los virreyes. En el primero de ellos, sucedi? que, en 1555, los c?nsules de la Lonja invitaron a los consellers a dicho edificio para asistir a la fiesta de la Natividad de la Virgen Mar?a y cuyo encargado de la misa era el obispo de Astorga e inquisidor, don Diego Sarmiento. El domingo, 8 de septiembre, encontraron en el altar de la capilla de dicha Lonja una silla para el obispo de Astorga, para que pudiese oficiar 883 BN, C-V- 118-62/9, RELACION VERDADEra de las salidas que hizo su Magestad en publico los dias que se detuuo en la insigne Ciudad de Barcelona, celebracion del Solio en forma, Estafermo que corrio, y demas fiestas que en ella se le hizieron. 884 DACB, vol. III, p?g. 362, 21 de junio de 1525. 885 DACB, vol. V, p?g. 29, 26 de abril de 1564. 318 la misa, y en la parte derecha del altar se hab?a colocado un sitial y coj?n ?en lo mateix loch y de la mateixa manera quel acostuma de tenir lo Illustre Loctinent general de la S.C.C. y R. Magestat?. Los consellers consideraron que como el obispo de Barcelona no pod?a tener en ning?n altar, ni en la Seu ni en cualquier otra iglesia m?s de una silla, tampoco el inquisidor Sarmiento las pod?a tener y, as? se lo comunicaron que ?aquell cetial que estava posat en lo loch ahont se acostuma posar per lo se?or rey no podia estar alli com estava perque era en derogatio de la preheminentia real, ques levas de alli?. Finalmente, el obispo de Astorga e inquisidor, por intercesi?n del obispo de Segorbe, tuvo que quitar el sitial ante la satisfacci?n de los consellers. Pero no acab? aqu? el despecho hacia el inquisidor ya que al acabar la misa se marcharon sin ceremonia alguna y sin acompa?arlo hasta la puerta de la Lonja ya que consideraban que s?lo se deb?a hacer en la catedral y con el obispo de la di?cesis. La respuesta del inquisidor no se hizo esperar y, al d?a siguiente, los consellers supieron como hab?a ordenado la detenci?n del ciudadano Francesc Grau por haberles aconsejado sobre este hecho como ?l mismo les comunic?: ?que por ciertas cosas que se sabrian despues lo tenia pres a dit mossen Grau?. El Consell de Cent determin? llevar el caso a la Real Audiencia para que proveyese por dichas cosas ?com a perturbatives de la preheminentia real y conservatio de ceremonias de la ciutat?. Veamos el contenido del escrito enviado al virrey Per Af?n de Ribera, marqu?s de Tarifa, sobre el caso, y que comenzaba de la siguiente manera: Illustrissim senyor. ? Los reys de Arago passats de immortal memoria com viviren en lur absentia y de sos loctinents genrals tenian y han tongut sempre acomanades les cerimonies y preheminenties reals als consellers de la sua ciutat de Barcelona perque com ha fidelissims vassalls mirassen nengu se atrevis usurparse aquelles, y apres la S.C.C. y real magestat del Emperador y rey nostre senyor inseguint dit loable costum e confirmant aquell ha volgut e vol y mana tambe sia servat lo mateix. Como dejaban bien claro los consellers, hab?an recibido la autoridad de los propios monarcas para defender todas sus prerrogativas y preeminencias y, tambi?n ?y no menos importante? las de sus virreyes o lugartenientes. Prosegu?a el informe describiendo los hechos sucedidos en la Lonja y exponiendo su defensa de dichos derechos reales. Por ?ltimo, planteaban el perjuicio que la detenci?n de Grau les causaba ?per voler conservar e mantenir y fer observar les preheminenties reals a la observan?a de les quals son obligats y no poden aquelles dissimular sens esser en culpa y ara per haver les fetes observar resten agraviats?. El asunto se agrav? m?s cuando, a mediados del mismo mes, el obispo de Astorga orden? la deposici?n del ciudadano honrado Joan Miquel de Bellafilla y del verguer Gabriel Magarola. Entonces, los consellers volvieron a redactar otro memorial para el virrey y el d?a 21 escribieron a la infanta do?a Juana, que ejerc?a como gobernadora de los territorios peninsulares en ausencia de su padre el emperador Carlos, para denunciar la actuaci?n inquisitorial. Finalmente, la infanta envi? sendas cartas a los consellers, al virrey y al inquisidor Sarmiento que llegaron a la ciudad condal a principios de noviembre. A los primeros, les agradeci? ?que se tenga tan special cuenta 319 destas cerimonias publicas por lo que toca a la decentia que se debe a la dignidad real y al que representa la real persona de su magestat que es su Lugar teniente y capitan general? y les comunic? que le parec?a muy justo ?no pervertir la orden antigua?. Tambi?s les advert?a que durante su gobierno no hiciesen ninguna novedad y que siempre guadasen la costumbre para servir al rey. En cambio, en la carta dirigida al virrey se puede advertir un tono de reproche por su inoperancia ya que Pidiendohos ?los consellers? por dos vezes proveyessedes en ello conforme a sus peticiones no les respondisteis a ellas dexastes proceder contra el dicho Francisco Grau por la via del sancto officio por solo este caso, lo qual se ha aqu? visto y platicado lo que sobre aquello convenia y pareciendo no haver tenido justa occasi?n el dicho obispo y que no debe ni puede gozar en estas cerimonias publicas mas de lo que es devido y permitido al obispo de Barcelona holgaramos que no dierades lugar que la cosa passara de aquella manera y que desenganyarades al dicho obispo como es razon que lo hagays, demas de lo que nos le screvimos para que el dicho Francisco Grau no sea mas molestado por esta causa ni los dichos consellers reprehendidos deffendiendo las reales preheminentias de su magestat que en ello quedariamos deservida. La reprimenda de la infanta al virrey fue clara y contundente. Y es que el marqu?s de Tarifa no hab?a contestado a ninguno de los dos memoriales enviados por el gobierno municipal. La raz?n la encontramos en julio de ese mismo a?o cuando el virrey comunic? a los consellers la muerte de su esposa en Castilla y su voluntad de celebrar sus exequias en el monasterio de Sant Francesc de Barcelona a las que los invitaba a acudir. Pero ?stos, arrop?ndose de nuevo en las costumbres de la ciudad y las preeminencias reales, rechazaron la propuesta del marqu?s ya que en dicho monasterio s?lo se pod?a colocar la capilla ardiente de reyes, reinas, primog?nitos o infantes y el virrey no estaba autorizado a celebrar all? las exequias de su esposa. Finalmente, los consellers no asistieron y esta fue la causa de la inquina del virrey Tarifa para con ellos y su posterior inoperancia en el asunto del inquisidor. Hay que a?adir, adem?s, que la infanta Juana los exculp? de su ausencia en estas exequias de la marquesa por el mismo motivo de preservar las preeminancias reales. En ?ltimo lugar, la carta enviada al obispo e inquisidor Sarmiento no ten?a el tono de reprimenda que la del virrey. Sin embargo, en ella, dejaba claro al obispo que los consellers hab?an actuado correctamente y que ?l no ten?a ning?n motivo para detener a Francesc Grau. Adem?s, le exhortaba a que ?mireis de aqu? adelante en que las ceremonias y preheminentias de la ciudad sean guardadas y no se les haga preuizio alguno y tengays en ello el miramiento que conviene que su magestad sera servido tambien que se le guarden sus preheminentias reales?. Como se ha podido comprobar con estas tres cartas, los consellers, con su defensa de las preeminencias reales consiguieron una importante victoria frente a dos poderes que emanaban de la monarqu?a: el virrey, como su ?alter nos? en el territorio y el inquisidor, como miembro de un tribunal eclesi?stico impuesto en el mismo territorio por ella. Sin embargo, en 1561, los hechos se desarrollaron de manera distinta. De nuevo, el conflicto ceremonial surgi? con los inquisidores y por un motivo de la misma naturaleza que el anterior. En esta ocasi?n se iba a celebrar el domingo de pasi?n en la catedral de Barcelona y la tradici?n establec?a que ese mismo d?a se leyera un edicto o 320 monici?n por parte del padre inquisidor en dicho templo y en otras iglesias de la ciudad. El problema surgi? cuando los consellers supieron que los dos inquisidores havien fetes metre primer a la part del evangeli y apres mudar a la part de la epistola al repla del altar major de dita yglesia dos cadires de repos ab un tapit, o catifa als peus, cosa inusitada per ells ni llurs predecessors en dit offici fer, que sols se fa per la magestat del se?or rey, o, per primogenit, o lloctinent general seu y axi apparent a dits magnifichs Consellers cosa de gran novitat. El mismo Cap?tulo envi? embajadores a los inquisidores para advertirles de la vulneraci?n de la preemiencias reales que estaban cometiendo. Tambi?n el obispo de Barcelona, don Guillem Cassador, defendi? la postura de los consellers y as? inform? al oficial de la Inquisici?n Jeroni Sorribes: Digau als Inquisidors que lleven dites cadires y tapit, o catifa de dit altar maior car noy poden star per que lo llur loch es al cor apres de mi, en la part de la cadira ahont se celebra lo offici divinalm de pontifical en dita yglesia, y que no vullen venir en contesa ab los consellers que no poden fer menys de defensar les cerimonies y preheminencies reals, la observan?a de les quals en dita ciutat y yglesies de ella los sta acomanada per sa magestat, dient tambe, jo que so prelat y en ma yglesia volent seure al altar maior sec sens cadira al costat de dits consellers als setials stan alli posats. La contestaci?n de los inquisidores fue rotunda: ?dezid a los Consejeros que nosotros representamos su sanctidad y sto es servizio de Dios y de su sanctidad y de su magestat y que desta manera hemos de star? y que no quitar?an las sillas ni la alfombra ya que por su oficio estaban donde les pertenec?a y que ?assi se acostumbraba en Castilla?. El d?a de la fiesta, una vez comenzado el serm?n y ante la actitud desafiante de los inquisidores, los consellers abandonaron la catedral acompa?ados de un gran n?mero de ciudadanos y se dirigieron a la Casa de la Ciutat para tomar la determinaci?n conveniente. Tras consultar el caso con el virrey, don garc?a de Toledo, marqu?s de Villafranca, que les dio la raz?n, regresaron a la catedral con la intenci?n de desalojar de all? a los inquisidores y sus sillas. Cuando llegaron, ?stos todav?a permanec?an all?, de rodillas. Incluso el mismo virrey acudi? para poner fin al conflicto. Una vez en el altar mayor, el marqu?s les dijo: ?padres, quita de ah? esas sillas?. Como el oficio continuaba, el virrey orden? a los consellers que fuesen a su sitio y mand? al regente de la Veguer?a que quitase de ah? las sillas, quisieran o no los inquisidores que amenzaron con pena de excomuni?n y mil ducados a quien las quitase. La situaci?n estaba adquiriendo tintes de reyerta cuando el virrey volvi? a insistir: ?vayan fuera essas sillas y quebradlas, no lo havia jo mandado ja?. Los oficiales del virrey las cogieron a la fuerza y de manera violenta las lanzaron fuera del altar mayor. El virrey regres? a su sitial y los inquisidores continuaron, de pie, la oraci?n. Entonces, los consellers les invitaron a sentarse con ellos, cosa que rechazaron con un contundente: ?no queremos assentar nos, bien stamos?. Y, de este modo, concluy? la celebraci?n y todos regresaron a su hogar. Sin embargo, es importante advertir la postura inflexible de los inquisidores a abandonar el estrado y que reflejaba el poder que estaba adquiriendo el tribunal en la ciudad durante estos a?os, que fueron, adem?s, los de su m?xima actividad. 321 Otro conflicto de esta naturaleza surgi? ahora entre los consellers y el propio virrey, en 1562. En esta ocasi?n y como ya pas? con el marqu?s de Tarifa, el desencuentro se desat? por la esposa del virrey, aunque en esta ocasi?n no era por las exequias sino porque, durante la celebraci?n de un jubileo en la Seu barcelonesa, la esposa del marqu?s, do?a Victoria, se ubic? en el altar mayor en un lugar ?nicamente reservado a ?Reyna filla de Rey o muller?. Una vez en la catedral, los consellers enviaron una embajada al virrey para que su esposa desalojase el altar mayor y todo ello ante la mirada de cientos de personas que abarrotaban el templo. El 21 de enero de ese a?o, el virrey convoc? a los consellers en su casa. Una vez all?, y ante todo el Real Consejo, el arzobispo de Tarragona, el almirante de N?poles, el conde de Aytona y el vizconde de Rocabert?, entre otros, les recrimin? su actitud con palabras tan en?rgicas que se dej? constancia escrita en el Dietari de la ciudad que ellos ?may tals paraules haien oydes de sos Reys y se?ors?. Veamos cuales fueron estas palabras del iracundo don Garc?a, traducidas al catal?n por el escriba del Consell de Cent: Los qui de vosaltres del que yo dire se sentiran culpables prengan la reprensio que assi dire y los qui mancho seran prenguen mancho y los qui no seran culpables non prengan ninguna part jaus recodau del desacato quem fereu lo diumenge prop passat en la seu fentme la embaxada quem fereu, tocant a mi la conexensa y guarda de las preheminencies y cerimonies reals y no a vosaltres y occupant vos lo que a mi es comanat com alter nos del rey nostre se?or y ab tan gran desacato de Loctinent general a iglesia y en un dia de iubileu tant se?alat davant un poble tan gran ont alli stave aiustat y fentme la embaxada en lo carrer y no en ma casa y fent consertar y havent procurat de fer cuytar los officis divinals y la processo del sanct iubileu, e fent me la embaxada de vostre propi consell y sens consell de promens, altres conselles me han fet altre desachato y vosaltres aquest y los dos he corregits de paraula y e aflaxat lo castich ab paraules, yo us promet que lo tercer desacato yol castigare daltre manera y que nol alargare lo castich, que ahont me fareu lo desachato alli us donare los castichs. Incluso se atrevi? a insinuar que ?l tenia oficiales que eran superiores a dichos consellers y que a ellos les bastaba que ?coneguessen de sabates y calsates y no de cerimonies?, que las preeminencias reales solo a ?l le ata??an. El virrey ni siquiera permiti? responder al conseller en cap que aun as? afirm? que ?los sinch conselles som hu y lo hu son sinch?. Con estas palabras el virrey ridiculiz? al quinto conseller que pertenec?a a los estamentos de artistas y menestrales. Dos d?as m?s tarde, ni con una embajada consiguieron apaciguar el enfado del virrey sino tan s?lo su insinuaci?n de que escribiesen al soberano si lo cre?an oportuno que, aunque ?l no era juez de esas cosas si lo era el Consejo Real que estaba all? presente. El 30 de enero de ese a?o, el embajador del Consell de Cent, Joanot Salb?, parti? hacia la corte para presentar el asunto a Felipe II que agradeci? el celo de los consellers en guardar las preeminencias reales. Sin embargo, a?adi? que tratasen de entenderse con el virrey y que ?en todo y por todo le onreys y hagays con ell lo que deveys a tan principal cargo como tiene que assi cumple a nuestro servitio?. Con estos casos podemos ver la evoluci?n y cambio en el ideario ceremonial de la monarqu?a. En el primero de ellos, su discurso todav?a era de respeto a las preeminencias reales, tarea encargada a los consellers, a los que se les reconoce su funci?n y empe?o en ello. En el siguiente contencioso, el virrey actu? de manera 322 contundente ante la osad?a de los inquisidores, aunque ya era evidente una mayor resistencia de los religiosos. Lamentablemente, no conocemos la respuesta del rey Felipe en este caso para poder enlazar mejor este cambio de rumbo de la monarqu?a que ya era claro en el tercer caso, tras la subida al trono del rey. En este caso, el rey valor? la actuaci?n de los consellers pero la subyug? a las necesidades del virrey, su ?alter nos? en el Principado, y que por esos a?os trataba de sobreponerse al poder de los consellers. Para ?stos, la defensa de las preeminencias reales era una forma de subsistencia del propio ceremonial municipal y de mantener intacto su poder en la ciudad. En otras palabras, los consellers, mostrando un meticuloso cuidado de las preeminencias de la corona, encontraron un sistema de defensa de sus propios agentes ?virreyes e inquisidores?. Pero, como hemos apuntado en otros lugares de este trabajo, el ceremonial se ajustaba seg?n las conveniencias. Un ejemplo lo tenemos en 1588, cuando los can?nigos de la catedral, de acuerdo con el obispo, determinaron colocar un dosel con dos cojines y silla en el altar mayor para que, desde all?, el cardenal don Juan de Mendoza, hermano del duque del Infantado, oyese el oficio que se iba a celebrar por el aniversario de la consagraci?n de dicha iglesia. Y es que dicho cardenal se dirig?a a Roma para mostrar su obediencia al papa y recibir de sus manos el capelo cardenalicio. As? pues, era de suma importancia para el cabildo darle el mejor trato posible para que en la ciudad eterna pudiese defender los intereses de la iglesia barcelonesa. De este modo, pese a no ser recibido por el cabildo ya que s?lo sal?an a recibir a legados pontificios, ?se acontenta sa se?oria, donant hi tota la sua preheminentia y al dit cardenal a soles se li fes tota la serimonia com y de la manera que la iglesia te acustumat fer ab los cardenals legats a latere?886. Estos casos de vulneraci?n de los lugares reservados para la realeza se repitieron en varias ocasiones. Tratemos una ?ltima disputa por estas cuestiones, sucedida en 1599, tras la visita de Felipe III. Esta vez no se produjo en la catedral sino en la iglesia del convento de Santa Ana, donde acudieron los consellers para o?r misa y vieron, desde su sitio en unas sillas bajo el coro, como el obispo de Barcelona don Alfonso Coloma estaba en el altar mayor sentado en una silla de reposo con alfombra y coj?n en los pies, cosa que cosideraron vulneraba sus preemiencias y perjudicaba a la ciudad. El ciutad? honrat Juli? de Navel fue el encargado de avisar al obispo del hecho y de invitarle a colocarse en la parte derecha del coro. Pero se encontr? con una airada respuesta del prelado que ?ab molta colera? le dijo que no se quer?a mover y a?adi? ?que era cosa fuerte que en su obispado y en Iglesia de su jurisdicci?n les pareciesse a los se?ores concelleres no les parecia bien no viniessen pu?s la venida dellos era voluntaria y la suya for?osa, y que assi no se queria mover?. Ante la voluntad de los consellers de marcharse de la iglesia, Juli? de Navel les aconsej? que se buscasen ellos tambi?n sillas y cojines para colocarse en el altar mayor, al mismo plano que el obispo como marcaba la costumbre cuando ambos se encontraban en iglesias que no fuera la metropolitana de 886 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 106. 323 la ciudad. Finalmente, los consellers utilizaron sillas y cojines de las casas cercanas al convento. Pero no acab? aqu? el incidente porque, cuando los consellers estuvieron en el altar mayor, el conseller en cap se dirirgi? enojado al obispo y le dijo, con gran reprobaci?n que ?volia usurpar les preheminencias reals y que no li faltava sino posarse cortina?. A lo que el obispo respondi? con actitud amenazante que mirase lo que dec?a porque dar?a cuenta al rey. Tras ello, subi? el prelado al p?lpito para predicar el serm?n y all? dijo, con un tono m?s conciliador pero a la vez de resentimiento, que ?nadie no se escandalizase de lo que havia passado; porque el quedava muy servidor de los se?ores conselleres y muy edificado dellos pero que el se guardaria otras vezes de venir en casos semejantes?. Finalmente, por intercesi?n del virrey, duque de Feria, y del mismo Juli? de Navel, se solucion? el problema887. En esta ocasi?n, adem?s de la ocupaci?n indebida del altar por el obispo, es interesante destacar la acusaci?n del conseller en cap en la que afirmaba que al obispo s?lo le faltaba utilizar cortina. ?ste era un instrumento de suma importancia para la realeza. Si atendemos al magistral an?lisis de Erns Kantorowitz acerca de la concepci?n medieval de la cortina o velo, ?sta simbolizaba, seg?n la m?s antigua tradici?n oriental, el firmamento que separa la tierra del cielo. Esta simbolog?a tambi?n estaba muy arraigada y generalizada en Occidente e inclu?a al monarca en la esfera de lo divino888. As? pues, el velo o cortina, colocado en el altar mayor de la iglesia, ocultando al soberano, simbolizaba la posici?n intermed?a del monarca, a caballo del mundo divino y del terrenal. La cortina no puede ser considerada, ?nicamente, como un simple elemento de ocultaci?n que se dio en la monarqu?a barroca para alejar, a?n m?s, al monarca de sus s?bditos, sino que era un instrumento ritual que, al igual que el palio, estaba estrechamente ligado al concepto de realeza, y m?s concretamente al soberano. Y es en este contexto donde hay que encajar el reproche del conseller en cap al obispo de Barcelona. Para apoyar esta hip?tesis, aportaremos otro dato que puede ser considerado como eslab?n entre las concepciones medievales y las del propio mundo moderno. En 1493, el primog?nito de los Reyes cat?licos, el pr?ncipe Juan, escuch? un oficio en la catedral de Barcelona con cortina889. Es decir, una fecha muy temprana para entenderlo como la voluntad de la monarqu?a por ocultarse y, quiz?, m?s acorde con la estimaci?n de que pudiese ser un residuo de la concepci?n medieval del velo o cortina. Ese mismo a?o, durante la ceremonia de la festividad de sant Jordi, celebrada en la Casa de la Generalitat, el rey Fernando II y su hijo Juan estuvieron tras una cortina, mientras que la reina Isabel estuvo detr?s de otra890. Ya en pleno siglo XVI, concretamente en 1535, durante la celebraci?n del oficio del d?a de la Ascensi?n, Carlos V se dirigi? al altar 887 Encontramos este suceso en AHCB, Ms. B-100, op. cit., fols. 332-335. 888 KANTOROWICZ, E., Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teolog?a pol?tica medieval, Madrid, Akal, 1985, p?g. 97. 889 DACB, vol. III, p?g. 106, 3 de octubre de 1492. 890 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 164. 324 mayor de la catedral donde ?se mes dins lo cortinatge li ere alli preparat?891. Y, finalmente, durante la visita de Felipe III a la catedral de Barcelona, en 1599, se dispuso una cortina para separar a la familia real del resto de mortales que se encontraban en el templo892. Vemos, pues, una continuidad en el uso de la cortina o velo desde la Edad media al siglo XVI. Pero, no era simplemente un elemento ritual vinculado a la realeza, sino que lo era, exclusivamente, a la figura del monarca, la reina o el primog?nito. En este sentido, la cortina debe considerarse como signo de jurisdicci?n. Apoyan esta afirmaci?n algunos ejemplos de desacuerdos surgidos en los oficios lit?rgicos en torno a la utilizaci?n indebida de la cortina por miembros de la realeza. En 1569, el archiduque Carlos de Austria, que regresaba de la corte, comunic? al virrey, duque de Francavilla, que quer?a asistir al oficio en la catedral. El duque pregunt? a los consellers si le dar?an cortina a tan distinguido hu?sped y, entonces, algunos ciudadanos que estaban all? presentes dijeron al virrey que si dicho archiduque ten?a cortinas ellos no acudir?an al ofico; finalmente, no se le dio cortina alguna893. En 1606, se dio un nuevo caso, esta vez los protagonistas fueron los infantes de Saboya que se hospedaron en la ciudad condal a su regreso hacia sus tierras patrimoniales. Los consellers supieron que los infantes, que iban a acudir al oficio de la fiesta de sant Jordi que se iba a celebrar en la Generalitat, ?estarian ab dosser y cortina y estrado a la usan?a dels reys de Hespanya, essent cosa com es en Hespanya y assenyaladament en Barna no usada tenir dosser y cortina sino la Magt. del senyor rey?. Los consellers se reunieron con varios caballeros, ciudadanos honrados y los abogados del consejo municipal ?Jaume Dalmau y Jeronim Fivaller? y, tras revisar los ejemplares del archiduque Carlos de Austria y del duque de Saboya, padre de los infantes, que pas? por Barcelona en 1591, resolvieron que no deb?an acudir a la ceremonia ?per no auctoritzar ab sa presentia aquest acte y per no fer preiudici a estas cerimonias reals, la defensa de las quals los consellers tenen en special carrech y recomendatio?. Los consellers acudieron al virrey, el napolitano don H?ctor Pignatelli, duque de Monteleone, quien les confirm? que los infantes llevar?an cortina y que ?l mismo acudir?a a la cita porque hab?a sido invitado por los diputados. Adem?s, a?adi? el virrey, quitando importancia a la presencia o no de los consellers, que ?stos actuasen como considerasen oportuno y ?que esto aunque en hespanya es proprio de los reyes pero no era cosa tan anexa a la magestad real que nadie sino los reyes la usase, porque el governador de Milan la usava y que estos principes quando passaron por aqui la otra ves en el anyo de 1603, la tuvieron segun lo havia entendido, si bien es verdad que no fue en presentia de la ciudad que dello estava assi informado?. Tras la respuesta del virrey, decidieron, como as? hicieron, no acudir al oficio de la fiesta de sant Jordi excus?ndose previamente ante los diputados, mediante una embajada894. Quedaba clara pues, la postura de las autoridades barcelonesas que rechazaban que cualquiera que no fuese el 891 DACB, vol. IV, p?g. 28, 6 de mayo de 1535. 892 ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 7. 893 DACB, vol. VI, p?g. 84, 9 de junio de 1569. 894 DACB, vol. VIII, p?gs. 294-296, 4 y 5 de agosto de 1606. 325 rey pudiera usar cortina en los altares de la ciudad. En cambio, los diputados no pusieron nig?n inconveniente como qued? recogido en los dietarios de la Generalitat. 6.3.2. El clero catal?n y los capellanes reales. Otros aspectos importantes de las visitas realizadas por los miembros de la realeza a la catedral e iglesias de la ciudad era el concerniente a las misas. ?Qu? tipos de misa se oficiaba? y ?por qui?n? El Concilio de Tarragona fue convocado por el arzobispo de esa ciudad Fernando de Loaces, en octubre de 1564, y suspendido por Felipe II un mes m?s tarde, debido a su voluntad de controlar los concilios provinciales de la monarqu?a y puesto en marcha, de nuevo, en julio de 1565 hasta la fecha de su clausura el 10 de marzo de 1566895. El Concilio, que recordemos, se organiz? para aplicar en la provincia eclesi?stica Tarraconensis los decretos y postulados de Trento, prohibi? la realizaci?n de dos misas en las iglesias, con excepci?n de los casos previstos por el derecho896. En 1582, don Juan de Borja, mayordomo de la emperatriz Mar?a, comunic? al cabildo catedralicio que su se?ora quer?a o?r misa rezada en la capilla de santa Eulalia. El cabildo, celoso del ceremonial propio de la iglesia, aconsej? al mayordomo que era m?s apropiado hacer una misa cantada en el altar mayor ?que es lo lloc propri de les persones reals, y les hores podriem fer ab sa magt. millor lo que deu fer ab sa real persona?. Borja les dijo que la emperatriz ya estaba determinada a o?r misa rezada en la famosa capilla, pero que, aun as?, tratar?a de convencerla para que oyese tanto misa cantada como rezada ya que, en la catedral, todo se hab?a dispuesto ya para tal efecto. Sin embargo, la testarudez de la emperatriz, ya dentro del templo, en que la misa fuese rezada, oblig? a los can?nigos, si quer?an gozar de la presencia de tan distinguida se?ora, a oficiar dos misas de esta manera, y las dos en la capilla de la patrona de la ciudad, vulner?ndose, de este modo, tanto la tradici?n de la iglesia barcelonesa como los decretos del Concilio de Trento897. Asimiso, en febrero de 1585, se dio una situaci?n similar con el duque de Saboya, cuando pas? por Barcelona, de camino a Zaragoza, aunque en esta ocasi?n si se respet? la normativa. Justo cuando se estaba celebrando misa mayor en el altar mayor, lleg? el comunicado de que el duque ten?a intenci?n de asistir a misa en la catedral ese mismo d?a. Entonces, el cabildo determin? celebrar una misa baja en la capilla de santa Eulalia ?perque en lo altar major nos podia per haver seni ya dita huna, que era estada la major, com per privillegi y consuetut entiquissima estigue prohibit que en dit altar nos puguen dir dos misses?898, para cuya ejecuci?n se ofreci? el prelado de la ciudad Dimas Lloris. 895 BADA ELIAS, J., op. cit., p?g. 190. 896 Op. cit., p?g. 201. 897 ACCB, Deliberacions Capitulars (1581-1582), fol. 12, 11 de enero de 1582. 898 El subrayado aparece en el documento original. 326 Ante personas de tal calidad, era natural que la misa la oficiasen los miembros de m?s alta jerarqu?a de la iglesia, el mismo prelado o los can?nigos m?s antiguos; pero tambi?n eran oficiadas por otros eclesi?sticos de la ciudad o del Principado. Adem?s, si el hu?sped era una importante dignidad eclesi?stica, en ocasiones, por iniciativa propia quer?a oficiarla, sobre todo si era una fecha se?alada. Como ejemplo tenemos al legado pontificio Hugo Buoncompagni que hizo el oficio de la festividad de santa Eulalia, el 23 de octubre de 1565899, o el que hizo el cardenal nepote Francesco Barberini, en 1626, por la fiesta de san Jos?, acompa?ado de sus capellanes y maestro de ceremonias900. Tambi?n, como muestra de deferencia, se permit?a que la misa la llevase a cabo un miembro del s?quito del rey cuando ?ste visitaba la ciudad. Este es el caso de las dos misas rezadas que presenci? la emperatriz Mar?a que acabamos de ver. Una de ellas la ofici? el arzobispo de Sevilla, encargado de recibirla y acompa?arla hasta la corte, y la otra, el propio obispo de Barcelona; ambos tambi?n oficiaron las misas que la emperatriz presenci? en el convento de los jesuitas de Bel?n. Pero no siempre hubo entendimiento. En 1599, Felipe III encarg? al arzobispo de Tarragona la celebraci?n del oficio de la fiesta de Corpus Christi, vestido de pontifical, a la que ?l asistir?a junto a la reina. El arzobispo, a su vez, deleg? en el cabildo el nombramiento de los asistentes, di?cono y subdi?cono901. La disputa surgi? en la catedral, tras el oficio matinal, cuando los capellanes del rey comunicaron al cabildo su intenci?n de ser los asistentes, que no di?cono y subdi?cono, del arzobispo, en el dicho oficio de Corpus ?perque deien era pratica y costum de ferse en les parts ha hont anave sa Magd. ha oir missa de Pontifical?. La negativa del cabildo era l?gica y de esperar ya que atentaba contra las constituciones, usos y costumbres de la catedral. Tambi?n se negaron al ofrecimiento de los capellanes de que uno de los asistentes fuera un can?nigo y el otro un capell?n del rey. El cabildo decidi? tratar el asunto con el rey, mediante su mayordomo mayor, el marqu?s de Velada, G?mez D?vila y Toledo. El rey dio la raz?n al cabildo de la catedral y el propio marqu?s escribi? al capell?n del rey notific?ndole la resoluci?n real: ?que tot se fes com ere de costum desta sta. iglesia y a gust y contento del Rnt. Capitol?902. Este caso es paradigm?tico del choque de ceremoniales y jurisdicciones que surg?an durante las visitas reales, debido a la etiqueta implantada en la corte en 1548, incompatible, en muchas ocasiones, con los ceremoniales propios de las ciudades, especialmente las de la Corona de Arag?n. Los capellanes del monarca quer?an hacer valer el peso de sus cargos en dicha corte, pero se encontraron con otro peso tanto o m?s importante, el de la tradici?n constitucional de ra?z medieval de los reinos orientales de la pen?nsula. En un universo donde la representaci?n p?blica era de vital importancia para la supervivencia de un cargo, la soluci?n propuesta por los capellanes del rey, de que al menos uno de los 899 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 88. 900 ACCB, Exemplaria, vol. III, fol. 46. 901 Fueron nombrados los siguientes asistentes: Honofre Coll, archidi?cono mayor y can?nigo y Francesc Olivo, archidi?cono de Santa Mar?a del Mar y can?nigo. Como di?cono fue elegido el can?nigo Bernat Oliva y como subdi?cono el can?nigo Joaquim Palau. 902 ACCB, Exemplaria, vol. II, fols. 15 y 16. 327 asistentes fuera de ellos, era el ?ltimo intento por sobreponerse a la deshonra de no tener un papel activo en la ejecuci?n de un oficio tan importante como era el de Corpus Christi. Los enfrentamientos entre las autoridades eclesi?sticas barcelonesas y los miembros de la corte fueron habituales durante la organizaci?n y celebraci?n de los actos lit?rgicos en los que se iba a contar con la presencia real. Especialmente tensas fueron las relaciones entre el cabildo catedralicio y los capellanes del cardenal infante don Fernando, encabezados estos ?ltimos por su capell?n mayor don Diego de Guzm?n. En cada oficio lit?rgico que presenci? el cardenal durante su gobierno en la ciudad, se produjo una disputa entre ellos. En primer lugar, es necesario tener presente que la habilitaci?n, en 1632, del cardenal infante para presidir, en nombre de su hermano, las Cortes inconclusas de 1626 no hab?a sido del agrado de los catalanes ni de los miembros de sus instituciones. Los miembros del cabildo tampoco fueron ajenos a tal descontento. Los primeros problemas surgieron con el juramento de dicho infante como virrey de Catalu?a. La cr?nica de este d?a hecha por el escriba del cabildo de la catedral no deja lugar a dudas en cuanto a la animadversi?n que sent?an hacia ?l. El infante Fernando pidi? que, pese a llevar varios d?as en la ciudad y haber visitado ya la catedral, ?se li fes entrada en la present iglesia com a qui rep un gran princep?. Los sacristanes de la iglesia comenzaron los preparativos del templo y para agradar a ?los de la familia del Cardenal? pusieron un estrado con cojines en el altar mayor, en el presbiterio, y, en la entrada de la iglesia, una alfombra y un coj?n. Pero, se conexia avian de usar una gran descortesia y agravi los dits capella major en voler usurparse, o, aportarsen las catifas y coxins y no sols axo sino tambe baruntaven volian la bacina y lo salispaser de donar aygua baneyta dient a ells las tocava portarla y al capella major donar laygua baneyta y tambe que tots los siris del sant Sagrament que son sexanta y tots los dels rollos eran lurs y tocavan a els com a Ministres de Su Altesa. Por eso, los can?nigos decidieron distribuir capellanes y fadrins por todo el templo para que, a medida que el infante avanzaba hacia el altar, fueran recogi?ndolo y guard?ndolo todo en la Sacrist?a para evitar as? la acci?n de los capellanes castellanos y que el monje que sujetaba la bacina no la dejase bajo ning?n concepto. Adem?s, el escriba plasm? en la relaci?n de la ceremonia el descontrol de los cortesanos ya que en primer lugar no quer?an que nadie estuviera en el presbiterio y, al poco, hab?a tanta gente en ?l que ?els ny podian estar y tenian gox de Cadar?. Pero justo en el momento del juramento tambi?n sucedi? otro desencuentro ya que los castellanos pretend?an que el capell?n mayor, es decir, don Diego de Guzm?n, deb?a sujetar el misal sobre el que el cardenal infante deb?a jurar su cargo; pero el archidi?cono Claresvalls, asistente del obispo, no se lo permiti? y cogi? el misal de manos del sacrist?n menor. La ceremonia transpiraba tensi?n. Tras finalizar el acto, que se sald? con el divorcio total entre los consellers y el cardenal infante por el tema de la cobertura, los sacristanes devolvieron a su lugar todos los instrumentos, incluido el facistol, que hab?an guardado en la Sacrist?a. La desconfianza y malquerencia entre ambos grupos se puso en evidencia, de nuevo, durante la organizaci?n del oficio del d?a de Corpus Christi. En primer lugar, hay 328 que apuntar que a esta ceremonia, como a muchos otros actos lit?rgicos que le siguieron, los consellers no acudieron por el problema de la cobertura. Este dato es importante si entendemos que ?stos eran, como se ha visto durante este trabajo, los encargados de vigilar las preemiencias reales y toda la organizaci?n y distribuci?n de los asistentes al acto depend?a de ellos, en calidad de observadores del ceremonial. El capell?n mayor, don Diego de Guzm?n, junto con algunos ayudantes, y el obispo de Barcelona, Joan Sent?s, con siertos can?nigos, subieron al presbiterio para establecer los lugares y asientos de cada uno de los asistentes a la ceremonia. Pero, como apunt? el escriba del Capitulo: Sobre la qual electio y disposicio dels lochs los castellans parlavan molt y obravan poc per que entre els y avia diferens pares en rao de es estat donant demonstracio que la rao destat no es permanent ni de re certa qui li fora els avian de concordar Empero com no sabian res de serimonia mes de aquella que a els las antojava tots variavan en lo que li avia molt de asentar per cosa certa per que lo u deia quitan esos bancos el otro quitan esas rejas y mil altres disbarats per ser aquellas cosas fixas y immobibles de tal manera quels aparexia no tenian prou loch per los pochs que els eran. Podemos comprobar c?mo, incluso, se tacha a los castellanos de desentendidos en ceremonial. Y es que, tras estos desacuerdos, se detecta claramente un efluvio de repulsa hacia todo lo castellano. Ante esta situaci?n, se recurri? a un sacrist?n menor, hombre de elevada edad, para que diera su parecer acerca de lo que ?l hab?a presenciado en otras ocasiones. ?ste aport? datos sobre la distribuci?n hecha en 1585 y en 1599, como por ejemplo el lugar elegido para colocar la cortina del rey y la disposici?n de los bancos, entre otras cosas. Este testimonio apacigu? los ?nimos de los castellanos que ordenaron construir m?s bancos para poder ubicar a toda la corte del cardenal infante y otras tareas para preparar el templo para la ceremonia. Aun as?, todav?a los capellanes pusieron algunos impedimentos; unos dec?an que los asistentes no pod?an llevar capas, otros que los ac?litos no pod?an estar frente al infante. Entonces, fueron recriminados por los can?nigos ?ques dexasen de semejant y pretenciones que aquello se avia de azer como esta en el serimonial romano y de Barcelona o se dexaria de decir el officio?. Finalmente, las protestas castellanas no tuvieron ?xito y todo se organiz? seg?n lo orden? el maestro de ceremonias de la catedral. 6.4. Una sociedad de procesiones. En una sociedad tan religiosa como la de la Barcelona moderna, los d?as festivos del calendario lit?rgico eran numeros?simos, a los que hab?a que sumar las festividades extraordinarias ?entradas reales y otras generalmente relacionadas con el ciclo vital de la monarqu?a como nacimientos de infantes, enlaces matrimoniales o exequias. La celebraci?n de estas festividades conllevaba el consiguiente par?n de la actividad econ?mica de la ciudad ya que las autoridades municipales prohib?an, en muchos casos, el trabajo; cosa que ha llevado a Henry Kamen a asegurar que ?en la Catalu?a 329 preindustrial el ocio ocupaba la misma cantidad que el trabajo?. No podemos aceptar del todo esta afirmaci?n ya que las fiestas del calendario lit?rgico y, sobre todo, a partir del Concilio de Trento, no se pueden vincular completamente al ocio porque es la devoci?n la que determina su car?cter. Algunos de estos festejos si adoptaron un car?cter m?s popular como fue la fiesta de Corpus Christi, como ha indicado Mar?a ?ngeles P?rez Samper, destacando las dos posiciones existentes en torno a esta fiesta: por un lado, el cabildo de la catedral y el obispo que criticaban los excesos de la fiesta y abogaban por un mayor peso de la liturgia y, por el otro, los consellers que pretend?an mantener su tono popular903. Pero si es cierto, ac?ptese ocio o no, que el calendario festivo de la sociedad catalana y, concretamente, la barcelonesa, pod?a generar esta inactividad econ?mica (Anexo 11, Figura 10). En este punto, Albert Garc?a Espuche ha puesto de relieve la voluntad de algunas cofrad?as por abrir los d?as fetivos debido a la gran afluencia de p?blico que acud?a a la ciudad, esos d?as, como fue el ejemplo de los tenderos de telas, en 1683904. La representaci?n de estas festividades se traduc?a principalmente en la procesi?n. Aunque constaba de dos partes bien determinadas: oficio ?p?blico, pero no siempre, y condicionado por la capacidad de cada iglesia? y procesi?n ?ahora s?, totalmente p?blica?, era esta ?ltima la que englob? a al mayor?a de feligreses y la que pudo representar mejor la estructura de su sociedad. La procesi?n significaba la puesta en escena del orden jer?rquico de la ciudad, tanto individualmente, como a nivel colectivo. Parroquias, instituciones y cargos p?blicos deb?an seguir un estricto orden de precedencias que caracterizaba el estatus pol?tico, econ?mico y social de cada persona, grupo o consistorio. Las sociedades modernas encontraron en la procesi?n la mejor manera de reafirmar este orden jer?rquico, no sin fricciones porque la evoluci?n del tiempo hac?a que las fuerzas emergentes de la sociedad chocasen con las que entraban en declive que ve?an en la defensa de este orden la mejor manera de sobrevivir. Por tanto, el Concilio de Trento supuso la consolidaci?n y multiplicaci?n de las procesiones como mejor medio para representar el triunfo de Dios. Como apunta Jos? Jaime Garc?a Bernal, la procesi?n, ?la vida misma dispuesta en fila, con las etapas que dicta la propia experiencia, es el signo que, seg?n dice el sentido com?n, ser? entendido por el Se?or y, con mayor eficacia a?n, por la ciudad misma?905. Dado su poder comunicativo906, es, pues, un ejercicio tanto de 903 P?REZ SAMPER, M. A., ?Lo popular y lo oficial en la procesi?n de Corpus en Barcelona?, en GONZ?LEZ CRUZ, D. (Ed.), Ritos y ceremonias en el mundo hispano durante la Edad Moderna, Huelva, Universidad de Huelva y Ayuntamiento de Almonte, 2002, p?g. 153. 904 GARC?A ESPUCHE, A., ?Una ciutat en festes?, en GARC?A ESPUCHE, A. (Dir.), Festes i clebracions. Barcelona 1700, Barcelona, Ajuntament de Barcelona, Monografies del Museu d?Hist?ria, Col?lecci? La ciutat del Born, Barcelona 1700, 2010, p?g. 22. 905 GARC?A BERNAL, J. J., El Fasto P?blico en la Espa?a de los Austrias, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2006, p?g. 58. 906 Escribe Jos? Jaime Garc?a Bernal: ?Esta civilizaci?n de las procesiones que ritma la vida de la poblaci?n europea en los siglos XV y XVI, desde la aldea a la urbe m?s populosa, tal como demostr? Delumeau, cumpli? una funci?n esencial en el orden comunicativo del final de la Edad Media y primera Modernidad. Fortaleci? el sentimiento de cooperaci?n entre las micro-sociedades ciudadanas y organiz? 330 adoctrinamiento religioso como de afirmaci?n de los poderes municipales, en ?poca medieval, y mon?rquicos, ya en los siglos modernos, y m?s aun si adem?s se contaba con la presencia del soberano en ella. Y fue en esos siglos modernos y, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, que la procesi?n encarn? el elemento principal de toda festividad. Tanto es as?, que se ha afirmado ?opini?n que compartimos? que la sociedad moderna era ?una civilizaci?n de procesiones?907. De las muchas posibilidades de reagrupamiento y clasificaci?n de las procesiones, se ha optado por dividirlas en tres tipolog?as, con muy diversas y variadas tem?ticas cada una de ellas. El primer grupo lo conforman las procesiones de exaltaci?n de la fe. Aunque en toda procesi?n se produc?a este hecho, en ellas, la tem?tica principal estaba directamente relacionada con las figuras de Jesucristo y la virgen Mar?a. En este grupo, destacaba, por encima de las dem?s y sin competencia alguna, la procesi?n de Corpus Christi que era paradigm?tica para el resto de procesiones celebradas en la ciudad. Tambi?n era importante la de la Inmaculada Concepci?n y todas aquellas que se celebraban para honrar a las mujeres santas de la Biblia. Otra de las procesiones que se puede enmarcar en esta exaltaci?n de la fe eran las translaciones de santos que no analizaremos en este primer apartado sino con el estudio del culto a los santos y sus reliquias. Finalmente, hay que destacar una procesi?n que ha pasado bastante desapercibida para la historiograf?a pero que sin duda ten?a un importante valor no solo moral, sino tambi?n pol?tico y, sobre todo, econ?mico; nos referimos a la procesi?n de la Santa Cruzada que se celebraba en Barcelona tras la llegada a la ciudad de esta bula papal. La segunda tipolog?a de procesiones engloba a las que solicitaban la intercesi?n divina; son las procesiones rogativas o de impetraci?n. Y, finalmente, la tercera tipolog?a integraba a las procesiones que serv?an para dar gracias al se?or por su intercesi?n y que denominamos, como se dec?a en la ?poca, precesiones de acci?n de gracias, destacando principalmente aquellas celebradas para agradecer a Dios la llegada del rey a la ciudad. 6.4.1. El rey en la procesi?n de Corpus Christi y otras de exaltaci?n de la fe. El sistema procesional moderno fue uno de los m?s eficaces medios para la exaltaci?n de la fe cat?lica, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, tras el concilio tridentino. Las procesiones se convirtieron en aut?nticos triunfos de los dogmas de la Iglesia y sirvieron para su difusi?n y adoctrinamiento, mediante la representaci?n p?blica de la religiosidad. De entre todas las procesiones de exaltaci?n de la fe, la de Corpus Christi fue, sin duda, la de mayor importancia, a la vez que un circuito de protecci?n jerarquizado para revalidar el v?nculo con las Alturas. Sin embargo si el cortejo c?vico-ritual fue un notable hallazgo en la evoluci?n de los modos comunicativos del Renacimiento, pronto ser? superado por f?rmulas comunicativas m?s audaces y d?ctiles, capaces de afrontar las bruscas transformaciones de los siglos XVI y XVII?, op. cit., p?g. 125. 907 GARC?A BERNAL, J. J., op. cit., p?g. 395. 331 paradigma para el resto de procesiones. El calendario lit?rgico se llen? de ceremonias y festejos con objetivo de homenajear el dogma cat?lico como la Inmaculada Concepci?n, la procesi?n de la Santa Cruzada y todas las dem?s efectuadas en honor de los santos y santas del pante?n cristiano. En 1264, el papa Urbano IV instituy?, mediante la bula Transiturus de hoc mundo, la festividad de Corpus Christi para toda la cristiandad cat?lica como fiesta de la Eucarist?a. Confirmada por el pont?fice Clemente V, en 1312, no entr? en observancia hasta 1316, durante el pontificado de Juan XXII. La celebraci?n tuvo gran aceptaci?n en la sociedad cristiana del momento y, en 1320, ya se celebr? en la capital catalana hasta convertirse, en lo siglos inmediatos, en ?una de las celebraciones m?s destacadas de la vida barcelonesa?908. Como apunta Jos? S?nchez Herreros, esta festividad se celebr? antes en los reinos orientales de la pen?nsula que en Castilla, debido, en parte, al hecho de haber asistido el rey de la Corona de Arag?n, Jaume II, al Concilio de Vienne (1311- 1312), en el que se estableci? dicha ceremonia. As?, en Valencia est? fechada su celebraci?n en 1355 y en Palma de Mallorca en 1371909; mientras que en otras ciudades de la pen?nsula la aceptaci?n fue m?s tard?a como propone Antonio del Roc?o Romero Abao para el caso de Sevilla, en que est? confirmada su celebraci?n en 1389910; Ja?n, en 1368 o Salamanca, en 1396. En todo caso, en estas ciudades la festividad alcanz?, r?pidamente, igual ?xito que en Barcelona. Desde sus inicios, la fiesta corr?a a cargo del gobierno municipal que costeaba los gastos y ordenaba, de acuerdo con el cabildo catedralicio, la estructura de la fiesta. La festividad tuvo gran aceptaci?n en todas las capas de la sociedad; tanto la nobleza como el pueblo llano la adoptaron con gran devoci?n hacia el Santo Sacramento. Tambi?n tuvo gran ?xito entre los reyes. En Barcelona, detectamos la presencia real desde 1391, cuando el infante don Mart?n particip? llevando uno de los bordones del palio911. En 1424, fue el mismo rey Alfonso el Magn?nimo quien asisti? al oficio realizado en la catedral y particip?, acto seguido, en la procesi?n llevando la vara central derecha del palio bajo el que iba el Sant?simo Sacramento. La ceremonia fue redactada, con todo lujo de detalles en cuanto a estructura y composici?n, en el llibre de les Solemnitats de Barcelona, compendio de ceremonias de la ciudad, y marc?, como apunta Mar?a ?ngeles P?rez Samper, el modelo para las posteriores procesiones de Corpus912. As? pues, tenemos una procesi?n que lograba integrar todos los ?mbitos de la sociedad barcelonesa que se ve?an reflejados en el desfile cuya estructura a finales de la Edad Media adjuntamos en el Anexo 9. En ella, participaban todas las parroquias que 908 P?REZ SAMPER, M. A., ?Lo popular y lo oficial??, p?g. 134. 909 S?NCHEZ HERRERO, J., ?El mundo festivo-religioso cristiano en el occidente espa?ol de la baja Edad Media?, en GARRIDO ARANDA, A. (Coord.), El mundo festivo en Espa?a y Am?rica, C?rdoba, Servicio de Publicaciones Universidad de C?rdoba, 2005, p?g. 39. 910 ROMERO ABAO, A., ?Las fiestas de Sevilla en el siglo XV?, en S?NCHEZ HERRERO, J., Las fiestas de Sevilla en el siglo XV. Otros estudios, Madrid, Deimos, 1991, p?g. 84. 911 DACB, vol. I, p?g. 14, 25 de mayo de 1391. 912 P?REZ SAMPER, M. A., ?Lo popular y lo oficial??, p?g. 136. 332 encabezaban el desfile con sus estandartes, siguiendo a la bandera de la patrona de Barcelona, santa Eulalia. Los gremios aparec?an tras los estandartes de las parroquias y con sus estandartes y entremeses lograban dar a la ceremonia un dinamismo y teatralidad de gran repercusi?n ciudadana. Tras los gremios, desfilaban todas las cruces de las iglesias de la ciudad y los cl?rigos de las parroquias y ?rdenes religiosas que preced?an a los entremeses. ?stos representaban la parte m?s popular de la procesi?n y gustaban mucho al numeros?simo p?blico que asist?a. Representaban pasajes de la Biblia, historias de la virgen Mar?a y de los santos y otros tantos temas que ten?an el objetivo de inculcar al p?blico la doctrina cristiana y la exaltaci?n del Sant?simo Sacramento. En ?ltimo lugar de la comitiva, se encontraba la custodia que iba bajo un palio de seis varas seguida del obispo de Barcelona. A diferencia de la ceremonia de la entrada real, en la que s?lo los ciudadanos barceloneses llevaban las varas del palio (designados por el Consell de Cent), durante la procesi?n de Corpus, as? como de las otras procesiones del calendario lit?rgico, pod?an ser sujetadas por miembros de la nobleza y eran designados por el Consell de Cent o por el monarca en caso de que estuviese en la ciudad. As?, tanto el consistorio municipal como el rey utilizaron estas designaciones para llevar el palio, en inter?s propio. Nobles y embajadores extranjeros recib?an los honores para sujetar las varas del palio junto al monarca y los consellers, como en la procesi?n de 1478 en la que fueron invitados don Pedro de Luna, arzobispo de Palermo y embajador de Sicilia, y el conde de Travento, embajador de N?poles. El rey Juan II fue un ferviente defensor de la procesi?n y en varias ocasiones particip? en el Corpus barcelon?s (1460 ?junto a sus hijos Fernando y el Carlos, pr?ncipe de Viana?, 1472 y 1477). El cronista Jaume Safont anot? en su Dietari de les Turbacions de Catalun?a que Juan II particip? en la procesi?n de 1477 cuando ren?a m?s de 80 a?os y ?segui a peu tota la profes? portant un bord? del doser de la Custodia, e ma? se segu? fins fou tornat a la Seu?913. Su hijo don Fernando tambi?n fue un devoto participante en la fiesta; estuvo presente en los Corpus de los a?os 1481, 1493 y 1503. Es decir, siempre que coincidi? la celebraci?n con su estancia en la ciudad condal, el rey acudi? a la cita. Del mismo modo que su padre914, este soberano tambi?n hizo un 913 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 2. 914 Juan II ya utiliz? los nombramientos de portadores de las varas del palio con inter?s pol?tico. En 1477, Juan II esperaba la llegada, de un d?a a otro, del duque de Calabria que ven?a para acompa?ar a la hija del rey, la infanta que hab?a contraido matrimonio con el rey de N?poles. Se celebr? la procesi?n con la presencia acostumbrada de los consellers, el propio rey, don Joan de Foix ?su nieto e hijo del conde de Foix? y el embajador de N?poles, debido, claro est?, a la importancia del negocio; sin embargo, el rey hab?a ordenado la repitici?n de la procesi?n una vez llegados el duque y el resto de su corte compuesta de gran n?mero de pr?ncipes, duques y otros nobles italianos. De esta forma, el 31 de julio de ese a?o se repiti? la procesi?n, que no la ceremonia, con una composici?n totalmente distinta de lo normal. En la parte derecha de la custodia se encontraban: el pr?ncipe de Bisigniano, el duque Dandria, don Joan ? hijo del duque de Cardona y gran condestable del rey?, el propio Juan II, el duque de Melfi y el s?ndico de Lleida; en la parte central, ?al mig del cap?: mossen Joan Fogassot, cuarto conseller y mossen Coco quinto conseller y, finalmente, em la parte izquierda: el conde de (Letxino?), mossen Bernat Pongsem 333 uso pol?tico de la procesi?n de Corpus Christi y nombr? a nobles, embajadores y todo aquel que fuera de inter?s para su pol?tica, sobre todo, internacional, para sujetar el palio. Claro est? que, para los elegidos, participar en el Corpus de una ciudad extranjera junto al soberano era, adem?s de una gran honor, una importante muestra de deferencia para con su persona. Era frecuente, pues, ver llevando el palio junto al rey a los embajadores italianos que, sin duda, el rey colocaba all? como se?al de deferencia hacia ellos. Esta pr?ctica, ya utilizada por su padre, le permiti? estrechar los v?nculos con embajadores de vital importancia para la dinast?a como era el embajador de N?poles que llev? el palio en la procesi?n anteriormente dicha de 1478 y en la procesi?n de la festividad de la Pur?sima Concepci?n de 1480 ?de larga tradici?n en la ciudad por ser los organizadores la Cofrad?a Real?. Durante la celebraci?n del Corpus Christi de 1493, adem?s de Fernando el Cat?lico y los consellers, llev? el palio el pr?ncipe don Juan; verdadera exaltaci?n de la continuidad din?stica con la presencia del primog?nito. En 1503, dos embajadores del emperador Maximiliano de Austria y el embajador de Venecia acompa?aron a Fernando llevando el palio. En este caso, era clara la voluntad del soberano de ganarlos para su bando, con la concesi?n de honores como este, en un tiempo en que deb?a aislar a Francia del resto de potencias europeas. Con la llegada al trono de Carlos I, la fiesta alcanz? otra dimensi?n. Este rey sent?a una profunda devoci?n por el Santo Sacramento. Alfonso Rodr?guez G. de Ceballos afirma que ?Carlos V fue considerado como uno de los principales y m?s fervientes devotos del Sant?simo Sacramento entre todos los miembros de la casa de Austria, quienes por ello denominaban a la Eucarest?a Sacramentum Amoris Austriaci?; adem?s, apunta que Carlos no dej? de asistir nunca, dondequiera que se encontrase, a la procesi?n de Corpus915. As?, Carlos V, convertido en ejemplo de rey cristiano, inculc? el culto al Sant?simo Sacramento a sus descendientes, pues, es sabido que todos los reyes de la dinast?a Habsburgo sintieron por ?l una gran devoci?n lleg?ndose a crear un estrecho v?nculo e incluso asimilaci?n entre ambos. Su veneraci?n se convirti? en uno de los momentos m?s importantes en el ciclo vital y religioso de los cristianos. Resulta destacable, pues, que Felipe IV quisiese que durante su estancia en la ciudad el Santo Sacramento estuviera descubierto y expuesto en la catedral. As? se lo hizo saber por carta a los can?nigos del Cap?tulo, en 1626: Amados nuestros. Haviendo resuelto venir en persona a jurar los fueros constituciones y privilegios destos Reynos paraque con particularidad se hagan oraciones continuas para el buen sucesso de los negocios que se han de tratar y mas particularmente por que Nro Sr me ayude a que acierte a cumplir con mi ministerio en estos Reynos dando entera satisfaccion del amor que les tercer conseller, mossen Llu?s Setant? conseller en cap, el duque de Calabria, mossen Baltasar de Gualbes, segundo conseller y mossen Miquel Despl?, ciudadano honrado de Barcelona. Como se puede comprobar, la repetici?n de la procesi?n, caso ocurrido en muy pocas ocasiones, ten?a la finalidad de agasajar al duque de Calabria y sus cortesanos para extender sus redes clientelares por el reino de N?poles, en DACB, vol. II, p?gs. 548-550. 915 RODR?GUEZ G. DE CEBALLOS, A., ?Carlos V, Paradigma de Pietas Austriaca?, en LUCA DE TENA, C. (Coord.), Carlos V, las armas y las letras, Madrid, Sociedad estatal para la Conmemoraci?n de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2000, p?g. 245. 334 tengo, resolviendo lo que mas conviniere para el servicio de dios bien destos mis vassallos, siguridad y establecimiento de mis reynos, me ha parecido encargaros tengais cuidado de que los dias que os pareciere este descubierto el sanctissimo sacramento en essa yglesia, durante el tiempo que me detuviere en esta Corona assigurando con las oraciones delos buenos el logro de mis desseos que en ello me servire916. Evidentemente, esto era una muestra clara de devoci?n que sent?a el rey por el Santo Sacramento; pero tambi?n era una manera de vincular el futuro y ?xito del programa pol?tico de la monarqu?a a la voluntad del Cuerpo de Cristo. Semejantes palabras escribi? el virrey y obispo de Barcelona, don Joan Sent?s, pero en esta ocasi?n, le ped?a que durante todos los d?as que el rey residiese en la ciudad estuviera expuesto en una de las iglesias barcelonesas917. Al igual que su abuelo, Carlos tambi?n particip? en el Corpus barcelon?s durante sus estancias en la ciudad que fueron en 1519 y 1535 y, del mismo modo que su antecesor, utiliz? su poder para designar a los portadores del palio que le interesaba. En 1535, justo antes de zarpar la flota imperial hacia la conquista de T?nez, Carlos V comunic? a los consellers su intenci?n de acudir a la procesi?n, llevar una vara del palio y que ?nicamente hubiera ocho portadores de las varas, cuatro por la ciudad y cuatro por ?l. La intenci?n del soberano vulneraba la tradici?n ya que los consellers participaban en los actos p?blicos como un cuerpo y no pod?a faltar ninguno de los cinco, exceptuando motivos de enfermedad o viaje. Sin embargo, la presencia real obnubil? el peso de la consuetud y debieron escoger cu?l de los cinco no participar?a en dicha procesi?n. Ante la falta de acuerdo, solicitaron al monarca que fuera ?l mismo quien escogiese a los integrantes, que descart? al tercer conseller ya que ya hab?a dos pertenecientes a los ciudadanos honrados. En el lado izquierdo del palio, se situaron los representantes de la ciudad mientras que, en el derecho, acompa?aron al emperador don Fernando, duque de Calabria, el duque de Cardona y el infante don Luis de Portugal. Este era un simb?lico gesto de agradecimiento del C?sar al infante portugu?s por enrolarse en la aventura de la conquista de T?nez. La fijaci?n de la corte en Madrid durante el reinado de Felipe II que se tradujo en un considerable descenso del n?mero de las visitas del rey a Barcelona fue la causa de la desaparici?n de la persona real de las procesiones de Corpus durante la segunda mitad del siglo XVI. Adem?s, como apunta Mar?a Jos? del R?o, Felipe II no se sinti? muy atra?do por participar en la procesi?n de esta festividad, consciente de los problemas de precedencias que pod?a suscitar se presencia junto a los representantes de los tribunales municipales, tanto en Madrid como en otras ciudades de la monarqu?a y, por este motivo, prefiri? celebrarla en el monasterio de El Escorial918. Sin embargo, se produjo un cambio de actitud ante la fiesta a finales de su reinado y aconsej? a su hijo que participase en dicha procesi?n919. De este modo, habr? que esperar hasta 1599 para 916 ACCB, Cartes reials des de 1600 ? 1698, tom. III, n? 42, Barbastro, 24 de enero de 1626. 917 ACCB, op. cit., n? 43, 24 de enero de 1626. 918 R?O BARREDO, M. J. del, Madrid. Urbs Regia. La capital ceremonial de la monarqu?a cat?lica, Madrid, Marcial Pons Historia, 2000, p?g. 218. 919 Op. cit., p?g. 219. 335 ver de nuevo al rey de la Corona de Arag?n en dicho festejo. En este largo per?odo, ?nicamente se puede destacar la presencia del duque de Saboya en la procesi?n de 1591, cuando regresaba de la corte. En dicha ceremonia el duque ocup? el lugar normalmente reservado para el rey, es decir, sujetando la vara central del lado derecho del palio ya que era l?gico que un hu?sped de su categor?a ocupase el lugar m?s prestigioso llevando el palio. En 1599, despu?s de m?s de 60 a?os, las calles de Barcelona volvieron a ver a su conde desfilando en la procesi?n del Corpus. Ya hemos visto anteriormente las fricciones surgidas entre el cabildo catedralicio y los capellanes del rey en torno a qui?n deb?a asistir al arzobispo de Tarragona. As? pues, nos centraremos ?nicamente en la celebraci?n de la procesi?n con la presencia del rey y algunas de las novedades que en ellas se dieron. En este sentido, se invierte la tendencia que detect? Mar?a Jos? del R?o para la corte de Madrid en la que la ausencia del rey en la procesi?n de 1642 gener? cambios protocolarios920; en Barcelona, ser? la presencia real la que motivar? cambios, despu?s de tantos a?os de ausencia. Inici? la procesi?n de ese a?o de 1599 el drag?n, la Vibria, los diablos, los atabales y trompetas de la ciudad, los cavalls cotoners y, finalmente, la bandera de santa Eulalia. Tras este primer grupo aparecieron los confalones de la catedral y de las parroquias de la ciudad, seguidos de sus blandones y luminarias y de todos los pendones de los oficios en el su orden. Tras ellos, desfilaban las cruces de las parroquias y monasterios encabezadas por la de la catedral, seguida de las restantes, en estricto orden de precedencias. Segu?a a las cruces el clero de la iglesias y parroquias. En primer lugar, el clero de la catedral por este orden: ?primerament los beneficiats jovens, los beneficiats preveres, los beneficiats doctors ab capes los pabordes y los domers ab capes, los molt Reverents canonges ab capes, vint y quatre beneficiats ab atxes del general, los dotze jovens y los dotze preveres tots de la seu y tots sens almuses?. Y, acto seguido, se encontraba el centro neur?lgico de la procesi?n, conocido como ?cap de professo?. En primer lugar, desfilaban 24 personas que representaban los reyes apost?licos, vestidos con dalm?ticas de la ciudad llevando luminarias, seguidos de diez ?ngeles que hac?an sonar instrumentos de cuerda, el ?guila de la ciudad y los cantores que preced?an la custodia con el Santo Sacramento. ?sta iba bajo un palio cuyas varas llevaban por la parte izquierda: el segundo y cuarto conseller y el conseller en cap, y por la derecha: el duque de Feria ?virrey de Catalu?a hasta la entrada de Felipe III en territorio catal?n?, el tercer conseller y, llevando la vara central, don Pedro de M?dicis, hermano del duque de Florencia921. Tras el palio, iba el arzobispo de 920 R?O BARREDO, M. J. del, Madrid. Urbs Regia?, p?g. 205. Es seguro que este proceso de cambios en el orden procesional tambi?n sucedieron en ?poca bajo medieval en la que el reu de la corona de Arag?n dej? de asistir con asuididad a la procesi?n de Corpus Christi. 921 Los consellers que participaron eran: Pere Benet Soler, conseller en cap; Pau de Fluvia, segundo conseller; Batista Llorens, tercer conseller y Rafael Antich, cuarto conseller. El quinto conseller no acudi? por indisposici?n, aunque viendo la composici?n de los portadores del palio, es posible que no acudiera por mandato real ya que no ten?a lugar dada la presencia del duque de Feria y de don Pedro de M?dicis, de sangre real. 336 Tarragona vestido de pontifical con sus asistentes y, luego, el rey Felipe III con una antorcha o cirio en la mano, rodeado de Grandes de Espa?a y seguido del nuncio del pont?fice, los miembros de la real Audiencia y el residente de Venecia. Cerraban la procesi?n gran n?mero de caballeros con cirios en mano. Hay que destacar, la importante ausencia de los diputados de Catalu?a en las procesiones de Corpus, as? como en otras solemnidades como las exequias reales, debido a que no ten?an lugar. La m?s importante de las novedades fue la presencia de Felipe III siguiendo al palio que cubr?a el Sant?simo Sacramento. El rey ya no era portador de la vara central derecha del palio como marcaba la tradici?n desde 1424, sino que desfil? solo, detr?s de la custodia sujetando un cirio en la mano. Esta visi?n, sin duda, enfatizaba el sentimiento devocional del rey, en lo que no solo supon?a una exaltaci?n de la fe sino tambi?n una exaltaci?n mon?rquica en la que el soberano, tan solo como Jesucristo llevo la cruz, recorr?a las calles de una ciudad abarrotada de devotos. La nueva ubicaci?n del soberano oblig? a modificar el lugar de algunos integrantes de la procesi?n. De este modo, ?per causa que sa magt. nava darrera la custodia feren pasar davant los apostols y melquisedech?. La presencia de Felipe III en la procesi?n de 1599 supuso una reestructuraci?n de la ceremonia para los a?os venideros, es decir, fij? un nuevo modelo de procesi?n con la presencia del rey; aunque ning?n otro rey de la Casa de Austria volvi? a participar en la procesi?n del Corpus barcelon?s. En 1615, el infante de Saboya don Manuel Filiberto llev? la vara normalmente reservada para el rey, lo que denota la voluntad de Felipe III por enfatizar su piedad, la denominada Pietas Austriaca922. Pero, m?s importante fue la presencia del cardenal infante don Fernando ya que no s?lo actuaba como hermano del rey sino como virrey de Catalu?a, habilitado para concluir, en 1632, las Cortes convocadas en 1626. La estructura tradicional de la procesi?n ya ven?a alterada previamente por la negativa de los consellers a asistir por la cuesti?n de la cobertura. Esta importante ausencia la aprovecharon los doctores de la Real Audiencia para obtener una mejor posici?n en la procesi?n y, por este motivo, escribieron a los can?nigos de la catedral para comunicarles que, en la procesi?n, deb?an ir entre la custodia y el gremial del obispo de Barcelona, don Joan Sent?s. Los can?nigos consultaron con don Fernando la pretensi?n de los doctores de la Real Audiencia y ?ste orden? que el orden de la procesi?n fuera el acostumbrado, pese a la ausencia de los consellers que se supli? con catorce capellanes beneficiados de la catedral que llevaron las varas de palio. Tras el que iba el obispo con el gremial. Otra fricci?n surgi? con la ubicaci?n de los duques de Alcal? y Cardona ya que se colocaron justo delante del cardenal infante, que desfilaba solo, con mantelete, roquete y un cirio de una libra de peso en la mano. Esta ubicaci?n no gust? a los can?nigos porque consideraban que no les pertenec?a ir tan cerca del Sant?simo Sacramento y deb?an hacerlo tras el cardenal. Los dos duques alegaron que ?los grandes van sempre davant sa Magd. y no detr?s y que axi se usa en Madrid?; sin embargo, esta 922 Sobre la Pietas Austriaca v?ase RODR?GUEZ G. DE CEBALLOS, A., op. cit., p?gs. 243-260. 337 excusa no les convenci? porque ?la resposta y usasse aixi en Madrit no quadra per poder se fer alli en tots com en totes les demes parts que a estos esta subjecta la flaquesa humana?. Finalmente, los dos duques tuvieron que ir detr?s del cardenal infante. Al d?a siguiente, los consellers enviaron al Cap?tulo dos embajadores ?Bertran Desvalls y Francesc Codina? para ?fer gracias al molt Ille Capitol de no haver dexat hi permes anar als del Real Consell en lo lloch que pretenien per tocar aquell y ser de consuetut anar alli los obrers de la ciutat?. Por su parte, el cabildo catedralicio mand? emisarios a dar las gracias al cardenal infante por haberles dado la raz?n en la disputa. Durante las procesiones de Corpus, los obrers de la ciudad repart?an unos abanicos y unas varas entre los participantes de la procesi?n, entre ellos el clero de la catedral. Pasada la procesi?n, era costumbre de la ciudad llevar como presente un abanico al virrey; pero, en caso de que estuviera el rey en ella, tambi?n se le obsequiaba con ellos. Los abanicos de la procesi?n de Corpus los acostumbraban a ofrecer los obrers de la ciudad mientras que los de la octava de Corpus los entregaba el escriba del racional de la Casa de la Ciutat, ambos con esta f?rmula: Los concellers desta ciutat de Barcelona inseguint la consuetut antiquissima della, de que sempre que se troben en sta ciutat persones reals per la festa del Corpus y cap de la octava, sels acostume donar y presentar un ventall en alegria de una tant gran festa, e axi los dits concellers per acudir sa deguda obligatio me han manat vingues en nom y per part sua y de esta ciutat a donar y presentar a V? Magt. aquest ventall lo qual lo done y presente en sis reals mans923. En 1599, los consellers encargaron al escriba racional de la ciudad, Galcer?n Sever Pedralbes, que llevase, acompa?ado de dos notarios, dos abanicos a los reyes Felipe y Maragrita, uno al duque de Feria y otros dos para el marqu?s de Denia y su esposa. En este ?ltimo caso, con este obsequio se reconoc?a la posici?n privilegiada del marqu?s ante la figura del monarca. En 1630, la ciudad dio a Mar?a de Hungr?a dos abanicos muy ricos; uno de la procesi?n de Corpus y otro de la octava de Corpus. Estos abanicos entregados a los reyes eran de gran belleza. As?, el que dieron a la reina Mar?a de Hungr?a fiu apportat per un fadrinet ab la bassina millor de la ciutat de plata dorada ab les armes de la ciutat, y lo ventall stave molt ricament acabat tot guarnit de tela de spolin color blau ab unes flors de or fi y plata fina y per lo manech costats del ventall unes perles de or fi molt riques. En definitiva, desde fecha muy temprana la festividad de Corpus fue la m?s importante del calendario lit?rgico. Adem?s de la exaltaci?n de la fe cat?lica, en ella se reflejaba toda la estratificaci?n de la sociedad barcelonesa. La fiesta, claro est?, alcanzaba mayor pompa con la presencia del monarca y, en este sentido, hay que destacar a los soberanos Fernando el Cat?lico y Carlos V como asiduos a la ceremonia. Sin embargo, las dos visitas de Felipe II a Barcelona que no coincidieron con la celebraci?n de la festividad motivaron la larga ausencia del soberano en ella. En 1599, la participaci?n de Felipe III en el Corpus evidenci? la evoluci?n y cambio en la percepci?n de la monarqu?a y su papel en la religi?n. La monarqu?a confesional, 923 DACB, vol. X, p?g. 470, 6 de junio de 1630. 338 desarrollada, sobre todo, a partir del reinado de Felipe II y consolidada con el de su hijo, deb?a representar p?blicamente esta piedad que desde los tiempos del conde Rodolfo ? recordemos que cedi? su caballo a un monje que se dirig?a a casa de un enfermo?, todos los miembros de la dinast?a Habsburgo se presupone que pose?an. El culto a la Pur?sima Concepci?n de la Virgen hunde sus raices en la tradici?n de los primeros cristianos. En la Espa?a visigoda ya lo tenemos documentado924; sin embargo, fue a finales de la Edad Media cuando alcanz? un ?xito notable, especialmente en los reinos cristianos peninsulares, vincul?ndose estrechamente a la figura del monarca. Ya hemos visto anteriormente como, en Barcelona, la cofrad?a del mismo nombre era tambi?n llamada comunmente Cofrad?a Real porque en su primera visita a la catedral de la ciudad los monarcas se inscrib?an en ella. Adem?s, los reyes sol?an participar en la procesi?n en su honor que anualmente se celebraba, en Barcelona, como hicieron Juan II y su hijo Fernando II925. Pero, fue a partir del siglo XVII cuando el dogma de la Inmaculada Concepci?n de la Virgen alcanz? su triunfo llegando a ser un culto muy ligado a la monarqu?a y a la Casa de Austria, que lo adoptaron como propio. A inicios del siglo XVII y, especialemente a partir de 1618, por toda la monarqu?a se difundi? el dogma de la Inmaculada Concepci?n y, como escribe Jos? Jaime Garc?a Bernal, por todas partes proliferaron actos de juramento a la pureza de la Virgen Mar?a926. Inicialmente, estuvo muy relacionado con los estudiantes y doctores de las universidades y, por eso, en noviembre de 1618, los doctores de la Universidad de Barcelona o Estudi General hicieron su solemne juramento de ?may impugnar ans sempre defensar que Nra Se?ora Sanctissima es concebuda sens peccat Original?. En noviembre de ese a?o, a medio d?a se celebr? una gran encamisada con muchas invenciones y divisas. En la nit feren los cavallers gran encamisada ab inventions y divisas molt curiosas y anave tras ell un carro triumphal ab los scolanets de Cota de grana de esta Sta Iglesia (los quals havia dexats lo molt Ille Capitol) vestits com uns angels y cantaven Hymnes a nra. Sra. En la primera statio que feren dits cavallers vingueren a fer reverencia y saludar a nostra Se?ora y per dit effecte havia 924 S?NCHEZ HERRERO, J., ?El mundo festivo religioso??, p?g. 23. 925 Durante las procesiones de la Pur?sima Concepci?n, los miembros de esta cofrad?a ten?an el privilegio de desfilar inmediatamente despu?s del rey como se recoge en unas ordenanzas, sin fecha ?finales del siglo XV e inicios del XVI?, de dicha cofrad?a: ?III. Item. Ordonarem los dits maiorals confrares que per exaltaci? dela dita confraria e per que los confrares de aquella ab mes devocio acompanyen la proffasso ques fa tots anys lo die de la Conceptio de la Beneyta Mare de Deu sien ordonats anr dits confrares ab lums inmediate apres lo Senyor Rey si si trobara e alguns avansats curials sens e no trobant lo dit Senyor ymmediate apres los Consellers a altres portant ganfanons a quascu dels quatre confrares e confraresses qui la dita profasso acompanyaran sien donats per los endadors de la dita confraria sengles blandoneres prohibint als dits endadors de no donar dels dits brandonets a persona alguna de qualsevol grau dignitat o condicio sia sino solament dels condfrares e confraresses qui vui vindran al offici rebran los dits endadors devant la taula de Santa Eularia?, en ordinations detes per los Maiorals confrares de la Conceptio dela dita purissima mare de deu vulgarment apellada del Rey, en ACCB, Confraria de la Purissima Concepci?, Delliberacions y ordinations de la confraria dela Inmaculada Conceptio del any 1465 fins lany 1513, fol. 2. 926 GARC?A BERNAL, J. J., El Fasto?, p?g. 282. 339 ordenat lo molt Ille Capitol que estigues uberta la porta de la Pietat de esta Sta Iglesia y qui y hagues molts llums en lo altar de la Conceptio y per tot lo Claustro927. Asimismo, los caballeros de la cofrad?a de Sant Jordi ofrecieron sus trofeos de su torneo anual a la Inmaculada Cocepci?n. Sin embargo, la cada vez m?s habitual ausencia de los soberanos del Principado signific?, como en otras ceremonias, su desaparici?n de las procesiones de la Pur?sma Concepci?n, que por el contrario eran cada vez m?s fervorosas y solemnes. La procesi?n de la Inmaculada concepci?n era la puesta en escena de su triunfo y segu?a los par?metros de la procesi?n del Corpus. En 1662, el papa Alejandro VII declar? el objeto de dicha dignidad dando otro impulso al la instauraci?n definitiva de su dogma y, finalmente, en 1854, la bula Inefabilis Deus confirm? el dogma de la concepci?n de la Virgen sin m?cula alguna. La procesi?n de la Santa Cruzada, poco estudiada hasta ahora, se celebraba ante la llegada de la bula papal de Santa Cruzada dispensada a la monarqu?a espa?ola. En 1482, el papa Sixto IV concedi? a los Reyes Cat?licos una bula para la lucha contra los moros del reino de Granada y se sigui? concediendo, voluntariamente, por los pont?fices romanos hasta mediados del siglo XX. La bula, ?molt copiosa y de grans indulgencias?, conced?a gran n?mero de beneficios, como indulgencias y gracias, a cambio de una compensaci?n en met?lico que se deb?a dedicar a la guerra contra el infiel928; pero, poco a poco, perdi? su objetivo inicial y las indulgencias se dedicaron para el mantenimiento del culto y las obras de caridad929. La bula llegaba a Barcelona proveniente de Roma e, inicialmente, no se hab?a establecido un portal por el que deb?a entrar; pero, r?pidamente, el portal Nou se consolid? como lugar habitual. Y por ser Barcelona la primera ciudad de la pen?nsula donde llegaba, era recibida con gran solemnidad por las autoridades municipales. Si el rey se encontraba en la ciudad, la procesi?n siempre pasaba ante el palacio donde se alojaba. De este modo, debi? de ser muy significativa la procesi?n de 1535, encontr?ndose Carlos V en la ciudad para emprender la conquista de T?nez. La llegada de la bula papal supon?a la bendici?n de la expedici?n planeada para la defensa de la fe cat?lica y la prueba evidente del nuevo alineamiento y alianza del Papado y el emperador, tras sus conflictivas relaciones de la segunda mitad de la d?cada de los a?os 20 del siglo. A principios del siglo XVI, ?nicamente, sal?a a recibir a la bula la parroquia de Santa Mar?a del Pi930; sin embargo, la procesi?n fue ganando importancia 927 ACCB, Exemplaria, vol. III, fols. 32-33. 928 ?Diumenge 5 de febrer. En aquest dia los consellers isqueren a rehebre la sancta cruzada atorgada novament per lo Sanctissim papa Leo X, a supplicatio de la magestat del sor rey don Carles vuy beneventuradament regnant per ajuda de les guerras que sa magestat fa y enten fer per extirpar los sarreyns y enemichs de la nostra sancta fe cat?lica?, en DACB, vol. III, p?g. 297, 5 de febrero de 1520. 929 GARC?A HERN?N, D., en MART?NEZ RUIZ, E. (Dir.), Diccionario de Historia Moderna de Espa?a: I. La Iglesia, Madid, Istmo, 1998, p?gs. 40-41. 930 ?Divendres 31 de desembre. Festa de Sanct Thomas. Aquest die ans de mig jorn, entra en la present Ciutat la Crohada la qual nostre Sanct pare havia atorgada a la Mat. del Sor Rey per la conquista de la Barberia, a la qual isque processionalment ab la creu lo clero de la perroquia de nostra del Pi fins al portal de Sanct Anthoni. E anarenhi lo Spectable Sor Loctinent e alguns del Concell Real, los honorables Concellers e molta gent. Aportaren les banderes los honorables mossen Dionis Miquel e mossen 340 y se sumaron al resto de parroquias. Ya en marzo de 1536, la bula, concedida a Carlos V por Clemente VII y confirmada por Paulo III, fue recibida en dicho portal por todas las parroquias y ?rdenes regulares de la ciudad con sus cruces y confalones, encabezadas por las parroqu?as de Santa Mar?a del Mar y Santa Mar?a del Pi. La bula era colocada bajo palio, como si fuera el Sant?simo Sacramento y, procesionalmente, desfilaba por las calles de la ciudad. En esa misma procesi?n de 1536, el veguer de Barcelona cerraba el desfile sujetando ?lo standart de dita crusada de color Celestina de la una part les armes de dit papa paulo y de la altre les armes de sa magestat junctes ab les de Spanya y al cap de dit standart una creu de fust daurada?931. Este estandarte ten?a una gran importancia simb?lica ya que en ?l se representaba el papado y el rey de la monarqu?a hisp?nica con lo que se manifestaba la alianza entre las dos entidades; alianza no siempre presente entre ambas, como se sabe. Durante el reinado de Felipe II, el car?cter de la bula cambi?; a partir de ese momento se concedi? para la reducci?n de los d?as de ayuno y abstinencia932. El mismo Felipe presenci? la llegada a Barcelona de la bula de Santa Cruzada cuando visit? la ciudad por primera vez como monarca en 1564. Los consellers fueron invitados por el obispo de Cuenca, comisario general de la Santa Cruzada, que solicit?, adem?s, que se recibiese a la bula con palio ya que ?es tal pratiga que trobant se lo comissari general present a la publicacio y receptio de semblants bullas apporten dita bulla ab talem?. Los consellers no compart?an esta novedad y enviaron a palacio a los emisarios Joan Llu?s Llull y Miquel Bastida para que consultasen con el monarca tal asunto, pero Felipe II confirm? la pretensi?n del obispo de Cuenca, pero orden? que dicho palio lo llevasen ciudadanos y no los propios consellers. La procesi?n pas? ante el palacio del almirante de N?poles, donde resid?a el rey, desfilando bajo un palio que llevaban seis ciudadanos honrados. Baj? dicho palio iba un presb?tero que sujetaba la Vera Cruz y el propio comisario general que hac?a lo propio con la bula. Delante del palio, el veguer sujetaba el pend?n, mientras que detr?s, iban el arzobispo de Tarragona y los consellers. El buldero o tesorero de la bula ?encargado de su predicaci?n y recaudaci?n por orden del Consejo de Cruzada? desfilaba entre el cuarto y el quinto conseller. Era, pues, un triunfo del rey cat?lico que ve?a desfilar ante ?l el documento pontificio. La procesi?n se dirigi? a la catedral donde fue predicada por un fraile jer?nimo ante la presencia del rey Felipe y sus dos sobrinos, los pr?ncipes de Bohemia933. Gilabert Salba Cavallers, e pertint del dit portal de Sanct Anthoni e anant per lo carrer del Spital per la Bocaria per Sanct Jachme, e girant per lo carrer de la Diputaci? arribaren a la Seu, e dites banderes foren posades a les rexes qui sont devant lo altar maior e demunt la Capella de sancta Eulalia, e haguey solemne offici e sermo?, en DACB, vol. III, p?g. 220, 31 de diciembre de 1509. 931 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 2. 932 GARC?A HERN?N, D., en MART?NEZ RUIZ, E. (Dir.), Diccionario de Historia Moderna?, p?g. 41. 933 ?Quant entra la Crusada, los Consellers van ? st. Agusti, y ouhen Missa baixa, y quant saben que la Profess? est? pera partir, van, ? ixen al portal nou, y acompanyan la Profess?, ys posan derrera los Sacerdots, ?o es cap, y segon devant, y ters, quart y quint derrera, y lo Thesorer de la Cruzada va en mig entre quart, y quint, y ? la Seu se posan sota las Cadiras de la trona al Cor, empero quant lo Comissari Gnal. la porta, v? ab talem, yl portan Promens, y no Consellers, y derrera venen los Bisbes, y Conselelrs, y axis feu ? 18 de Mars 1564, y fou ab orde, y parer del Rey?, en Les R?briques de Bruniquer, vol. I, p?gs. 72-73. 341 De este modo, la procesi?n de la Santa Cruzada debe integrarse en el grupo de procesiones de exaltaci?n de la fe. La orden real de utilizaci?n del palio para recibirlo supuso una enfatizaci?n de esta exaltaci?n de la fe y la sanci?n divina de los proyectos pol?ticos de la monarqu?a. Adem?s, la bula consolidaba un sistema de recaudaci?n que tuvo en la procesi?n su representaci?n p?blica. Adem?s, ?sta se puede interpretar como un modo de publicitar la bula, cuya llegada a la ciudad deb?a incrementar la venta de las indulgencias ya que, como apunta David Garc?a Hern?n, la posesi?n de la bula ?otorgaba un cierto prestigio social por la ponderaci?n que hac?an de su valor espiritual ciertos predicadores?. 6.4.2. Las procesiones de rogativas o de impetraci?n. Englobamos en este apartado una amplia tipolog?a de procesiones que comparten una finalidad: la intercesi?n divina para beneficio colectivo. Eran comunes las procesiones celebradas en la Edad Moderna que invocaban un buen pasaje, viaje o traves?a de los reyes y pr?ncipes; sobre todo, cuando las cortes eran itinerantes. Y es que, como apunta Jean Delumeau, en los siglos modernos, el mar ?es por excelencia el lugar del miedo?934. Son varios los ejemplos que tenemos de este tipo de procesiones. Uno de los viajes m?s esperados de principios del siglo XVI fue el de Carlos de Habsburgo que deb?a abandonar su Flandes natal con direcci?n la pen?nula ib?rica. En julio de 1517, el nuevo y desconocido rey de Castilla y Arag?n escribi? a las ciudades peninsulares avisando de su inminente embarque. En Barcelona, por determinaci?n del vicario general y el cabildo de la catedral, se celebraron siete procesiones en honor de los siete gozos de la Virgen Mar?a935. En septiembre de 1570, para implorar por el feliz viaje de la reina do?a Ana de Austria, cuarta y ?ltima esposa de Felipe II, ?se feu professo perque Deu done bon passage a la se?ora reyna la qual se havia de embarcar en Flandes per pasar en Castella, y molts altros dies atras son fetas semblants professons y axi mateix se fan pregaries en totes les sglesias per dit effecte al temps que diuen los officis divinals?936. En 1599, el viaje de la reina Margarita, durante el que deb?a pasar 934 DELUMEAU, J., El miedo en occidente (Siglos XIV-XVIII). Una ciudad sitiada, Madrid, Taurus, 2012 (1978), p?g. 49. 935 ?Los Consellers. Aix? com los Ve[nerable]s. Vicari y capitol de la Seu de la present Ciutat y altres que en totes les yglesies y monastirs de aquella sien fetas specials orations y pregaries a Ne Sr. Deu y a la sua beneyta mara, e no res menys sie stat delliberat per los dits Vens. Vicari y capitol que per lo clero de la dita seu sien fetas set solemnes processons a honor e reverentia dels set goigs de la Sacristisima mare de deu. La primera de las quals se fara dama que sera divendres lo qual partint de la dita Seu per la pla?a del Rey per la Boria y per lo carrer de Muntcada ira a la yglesia de Sta. Maria de la Mar. En la qual sera fet solemne offici y exint de la dita yglesia per lo carrer de la Argenteria y per la pla?a del Blat tornara en la dita Seu. E la altra se fara lo die prop seguent de dissapte, la qual ira a la Sglesia de la verge Maria del Pi, y la tercera se fara dilluns primer vinent y les altres quatre los dies apres continuament seguents, cercant les cambres de la dita Sacratissima mare de deu pregant et supplicant a la divina Mt. y a la benaventurada mare sua, quels placia dar bo et segur viatge a sa Altesa per al servey de Ne. Sr. de Deu y be universal de tots sos Regnes y Se?orios?, en DACB, vol. III, p?gs. 268-269, 30 de julio de 1517. 936 DACB, vol. V, p?g. 107-108, 9 de septiembre de 1570. 342 ante Barcelona, motiv? algunas de estas procesiones para desearle un buen pasaje. Y es que la tempestad s?lo se aplacaba mediante la intercesi?n divina937. En cuanto a las empresas militares de la monarqu?a, tambi?n ?stas eran motivo principal para implicar a Dios en ellas para favorecer al soberano espa?ol. Durante la estancia de Carlos V en Barcelona para preparar la campa?a de T?nez de 1535, se celebr? una gran procesi?n rogativa para que Dios ?volgu?s encaminar a sa Magt. y son Real estol contra sos enemichs y de la Sta. Fe Catholica?. En ella participaron todas las iglesias, parroquias y cofrad?as barcelonesas, destacando la presencia de la magestuosa bandera de santa Eulalia. Los consellers, junto con el gobernador de Catalu?a, llevaron el palio bajo el que iba la Virgen Mar?a. La misma procesi?n de Corpus de ese a?o, con la magn?fica presencia del emperador, fue una impetraci?n de la intercesi?n divina a favor de la causa carolina. Y, justo antes de partir, aun se celebr? otra procesi?n por iniciativa del cabildo que se fue hasta Santa Mar?a del Mar, para pedir una buena navegaci?n para el emperador. Esta iglesia tambi?n acostumbraba a ser visitada por los reyes antes de embarcarse por su vinculaci?n directa con el mar. Otro ejemplo claro lo tenemos en la carta enviada, en 1623, por Felipe IV al cabildo de la ciudad en la que les exhortaba a hacer plegarias por la futura campa?a contra los holandeses para recuperar la ciudad brasile?a de Bah?a. El rey alegaba que ?conosiendo que mis fuerzas y dispositiones son limitadas y de ning?n fruto a un para el sucesso de Cosas Menores sino favorecidas de la mano de Dios, Me ha parecido se acuda a su divina Magd. por los medios posibles para que se sirva de encaminarlo todo para mayor gloria suya y bien de su Iglesia? y encargaba al cabildo la celebraci?n de nueve misas938. Queda clara la intenci?n de la monarqu?a de entregar la suerte de su empresa a la voluntad divina. Por ?ltimo, pondremos algunos ejemplos de procesiones de rogativas por la recuperaci?n de la salud de los reyes. ?stas eran habituales debido a la fr?gil salud de algunos monarcas y pr?ncipes. Como ejemplo tenemos las procesiones celebradas en julio de 1498 por la recuperaci?n de la reina Isabel de Castilla, que se encontraba enferma en Zaragoza, en las que desfil? la reliquia de la cabeza de san Sever939 o la celebrada a favor de la recuperaci?n de Felipe III, en 1619, en la que la comunidad de Santa Mar?a del Pi llev? a la catedral la reliquia del Cristo Grande de la Sangre de Jesucristo, que estuvo presente en la procesi?n en la que desfil? el virrey duque de Alcal? tras el palio, s?lo y con un cirio en la mano, como ya hiciera el propio Felipe III en la procesi?n de Corpus, de 1599940. Sin embargo, en dos ocasiones concretas se dio la coincidencia de que el soberano estaba en la ciudad lo que gener? un mayor n?mero de procesiones y un mayor fervor y devoci?n. El primero de los casos fue el de Fernando el Cat?lico, tras el 937 DELUMEAU, J., op. cit., p?g. 59. 938 ACCB, Exemplaria, vol. IV, fol. 21, copia de carta, Madrid, 27 de aeptiembre de 1627. 939 DACB, vol. III, p?g. 148, 7 de julio de 1498. Dos d?as m?s tarde se celebr? otra procesi?n por el mismo motivo pero en esta ocasi?n no estuvo presente la reliquia de sant Sever y la procesi?n se dirigi? a Santa Mar?a del P?. 940 ACCB, Exemplaria, vol. IV, fol. 11. 343 intento de asesinato del que fue v?ctima, en 1492, estando en la ciudad. La reina Isabel, desesperanzada y con una falta de ?nimo evidente, mostraba su temor a la posible muerte de su esposo. Tambi?n lo temieron as? los can?nigos del cabildo y, por eso, en la Seu de Barcelona continuament foren fetes resolt grans pregaries y devotions e per 15 dies continuus fins la prefata real magestat fonch fora de perill per assons officis diurns e nocturns sine intermissione tant grans y ab tanta devotio y orde com ja mes fossen dits en part del mon E on se segui tanta demostratio de amor deles prefates reals magestats rey e reyna, e grans de Castella vers los cathelans e singulars de Barcelona que fou gran meravella. Los oficios diurnos y nocturnos se hicieron sine intermissione y 18 beneficiados y 4 can?nigos estuvieron rezando por turnos de 4 horas ?como ya vimos en el primer cap?tulo?. El clero de la catedral hizo catorce procesiones por la recuperaci?n del rey en cada una de las iglesias, siguiendo este orden: Comensaren lo diumenge segon del advent que comptam 9 del dit mes e la primera iglesia fou a S. Nre. de jesus, la 2? a S. Augusti hon es la verge nra de pietat, la 3? al Carme la 4? a la Merse la 5? a Sa. Ma. de la Mar, la 6? al Pi, la 7? a Jonqueras, a 8? e cmensaren altre volta los goigs a predicadors, la 9? a frares menors la 10? a montision, la 11? a S. Just, la 12? a Hierusalem, la 13? a S. Miquel, la 14? a Nazaret941. Pero a?n m?s devotas y solemnes fueron las procesiones celebradas en 1533 para implorar la recuperaci?n de la emperatriz Isabel cuando enferm? durante su estancia en la ciudad condal. Al d?a siguiente de enfermar, los consellers enviaron al s?ndico de la ciudad a comunicar al mayordomo de Isabel, conde de Miranda, el protocolo que acostumbraba a seguir la ciudad en esos casos. El 22 de julio, ante el empeoramiento de su salud, los consellers concertaron con el cabildo catedralicio la celebraci?n de una devota procesi?n que parti? de la misma catedral y recorri? las calles barcelonesas hasta el convento de Sant Agust?. Particip? un gran n?mero de ciudadanos, entre ellos los consellers, el duque de Calabria y el gobernador de Catalu?a. Recorrieron las siete c?maras de la Virgen Mar?a como ya se hizo con el rey Fernando. Durante la procesi?n celebrada al d?a siguiente, que deb?a llevarles al monasterio de Nazaret, supieron del empeoramiento, a?n m?s, de la emperatriz, a la que ya se le iba a extremaunciar. Los consellers se reunieron con varios prohombres barceloneses y decidieron el env?o de peregrinos a la c?mara de Nuestra Se?ora de Montserrat ?per supplicar aquella vulla impetrar gra?ia de sa Divinia Mgt. Per la dita Sa. que sia restituida en sa tan desitjada sanitat?. Se hizo crida p?blica congregando a todas las cofrad?as para que acompa?asen a dichos peregrinos con su luminaria. Los gastos de la procesi?n se repartieron entre el propio consistorio municipal, el cabildo catedralicio y las cofrad?as. A las tres de la tarde parti? la procesi?n de la catedral de la siguiente forma: Primerament anaven los minyons vestits ab lo millor orde que podian apres venia lo Crucifici de la Iglesia de St. Just y St. Pastor lo qual aportava un capella vestit ab lo camis de la ciutat apeu descals ab un vel negre a la cara apres venian los minyons qui anaven apeu descals y vestits en camisa apres venia altre Crucifici ab lo matex apres venian las donsellas apeu descals ab los 941 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 163. 344 cabells esbandits per les spalles que aportaven molta devo?io apres venia la bandera de Sta Eularia y los ganfanons de la Seu apres venian totas las confrarias ab sa lluminaria molt devotament y ab gran multitut que fou cosa de gran admira?io942. Tras ellos, segu?an todos los peregrinos en camisa y descalzos, con antorchas encendidas, uno tras otro, ?ab llagrimes als ulls mirant enterra que aportaven una extremada devo?io?. Los capellanes y can?nigos de la catedral preced?an al arzobispo de gracia que participaba en lugar del obispo de Barcelona. Continuaban los capellanes y m?s peregrinos de la ciudad y, por ?ltimo, el duque de Calabria y los consellers seguidos de una gran multitud de habitantes que suplicaban por la salud de la emperatriz. La procesi?n recorri? las calles de Barcelona y en el portal de Sant Antoni se detuvieron para esperar la bendici?n de su obispo, Joan de Cardona. Tras las ant?fonas ?peque?os cantos de pasajes de la Biblia? de los capiscoles y las oraciones del prelado, los peregrinos le besaron la mano, uno tras otro, y partieron con direcci?n al santuario de Montserrat. A los peregrinos se unieron gran cantidad de devotos, ?axi fadrins com fadrines sens llicen?ia de sos pares y mares homens y dones moguts de molta devo?io de la Entranyable fidelitat tenen a son rey y Se?or?. Al mismo tiempo que los peregrinos marchaban hacia el famoso santuario, las cinco ?rdenes regulares de la ciudad (dominicos, franciscanos, agustinos, carmelitas y mercedarios) celebraron una procesi?n recorriendo las siete c?maras de la Virgen Mar?a y haciendo plegarias en cada estaci?n. Al d?a siguiente, 24 de junio, d?a de san Juan, se celebraron varias procesiones. Una de ellas fue a la iglesia de Montesion; el clero de Santa Mar?a del Mar, ya por la tarde, hasta Santa Madrona, en la monta?a de Montjuic; el clero de Santa Mar?a del Pi recorri? al mismo tiempo algunas iglesias de la ciudad; los padres agustinos ?ab minyons petits en camisa y descalsos qui anaven a?otant al mig dels homens qui aportaven luminaria ensesa? y, finalmente, los padres menores de Sant Francesc, acompa?ados de gran n?mero de cortesanos y de los cantores de palacio cantando letan?as. Los d?as siguientes se sucedieron las procesiones hasta que la emperatriz recuper? la salud. Sin duda, tanto Carlos como Isabel quedaron sorprendidos por la devoci?n y la implicaci?n del pueblo barcelon?s. Las procesiones celebradas en esta ocasi?n superaron en n?mero y tama?o a las celebradas en 1492. As?, aunque la ciudad siempre celebr? porcesiones de impetraci?n para implorar por la salud de sus monarcas, el hecho de que se encontrasen en la ciudad durante su enfermedad incentiv? la movilizaci?n del pueblo barcelon?s que se lanz? a la calle para pedir su recuperaci?n en una gran representaci?n p?blica. 942 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fols. 178-180. 345 6.4.3. Las procesiones de acci?n de gracias. Su origen radica, en muchas ocasiones, en las propias procesiones de rogativas ya que s? la intercesi?n dicina hab?a resultado favorable, se deb?a celebrar otra en agradecimiento al Se?or por su acci?n. As?, la tem?tica de estas procesiones era similar a la de las de impetraci?n. Dada la naturaleza de la ceremonia, dominaba un sentimiento de j?bilo general a diferencia de las de rogativa donde la t?nica general era la tristeza y el silencio. En el caso de la recuperaci?n de los monarcas, los consejos municipales organizaban solemnes procesiones en agradecimiento como fue la celebrada en diciembre de 1492 por la recuperaci?n de Fernando el Cat?lico i en 1533 por la convalecencia de la emperatriz Isabel, cuya primera procesi?n se celebr? un d?a tan simb?lico como el de santa Isabel. Tambi?n se celebraban con motivo del nacimiento de infantes e infantas. En muchos casos era el propio rey quien solicitaba dicha procesi?n para dar gracias por la buena nueva y, a su vez, para solicitar buena salud y protecci?n al reci?n nacido, por lo que, en s? mismas, tambi?n ten?an un marcado car?cter rogativo. Como ejemplo podemos citar la procesi?n de 1571, por el nacimiento del pr?ncipe Fernando, hijo de Felipe II quien escribi? a los consellers solicit?ndoles que dandole con processiones solemnes y devotas infinitas gracias por ello y supplicandole le guarde para su servicio, agays junctamente las luminarias y alegrias que se acostumbran y deven para que desta manera su divina Magestad de cuya mano procede todo el bien sea glorificado y el pueblo regosijado que en ello recebiremos muy accepto plazer y servicio943. Otro ejemplo lo tenemos en 1629, cuando la notificaci?n del nacimiento del pr?ncipe Baltasar Carlos increment? el alboroto de la tradicional romer?a de sant Mart? que se celebraba cada 11 de noviembre, adem?s de realizarse la porcesi?n del nacimiento del pr?ncipe siguiendo el itinerario de la de Corpus Christi. Los triunfos de la monarqu?a tambi?n eran motivo de estas procesiones. En 1481, se celebr? una solemne procesi?n por la recuperaci?n de Otranto, liberada de manos turcas; en 1487, por la conquista de M?laga y, en enero de 1493, para conmemorar el primer aniversario de la toma de Granada. Incluso la muerte de algunos enemigos de la monarqu?a se celebraba como fue el caso de la procesi?n realizada, en 1481, para dar gracias a Dios por la muerte ?del turc?, es decir, el sult?n de Estambul. Cuando en 1571, lleg? a Barcelona la noticia de la victoria de Lepanto, se realiz? un Te deum laudamus en la catedral ante el virrey, los consellers y molts cavallers y gran nombre de poble que apenas cabia en la Seu ab tanta alegria y jocunditat que los homens molts dells de alegria tenian las llagrimes als ulls altros estaven ab los ulls al cel ab lo Sperit tant elevat que restaven descolorits y tots blanchs, y altros ab altres effectes que parien 943 DACB, vol. V, p?g. 124, Madrid, 4 de diciembre de 1571. 346 fora de seny altros quels aparia cosa de somni y apenas se podien creurer y ab raho perque manifestament es esta obra divina y no humana944. Por ?ltimo, tenemos el ejemplo del zurrador de pieles Miquel Parets que anot? en su cr?nica como se realiz? una procesi?n de acci?n de gracias, con Te deum incluido, por la recuperaci?n del castillo de Salses de manos de los franceses en enero de 1640. Pero, como en este trabajo se analiza la presencia del rey en la ciudad de Barcelona, parece m?s adecuado ver las procesiones que se realizaron en la ciudad para agradecer al Se?or la llegada del rey porque ten?an un fuerte componente pol?tico. Se realizaban al poco de entrar el soberano en la ciudad y, a pesar de realizarse para gratificar la intercesi?n divina, eran en s? una glorificaci?n de la monarqu?a y, concretamente, de la figura del monarca. Pero, al igual que las procesiones de acci?n de gracias por los nacimientos reales, tambi?n ten?an un importante componente rogativo en el que se solicitaba la buena dicha para el rey y su reinado. De 1423 data la procesi?n realizada por la llegada de Alfonso el Magn?nimo945. Ya en 1564, se celebr? una ?per retre gracias a Deu per la beneventurada y novella entrada de la magestat del rey Philip se?or nostro?946 y para implorar a Jesucristo ?que vulla guard? la persona de sa magestat y voler-li donar vict?ria de sos enemichs, y b? y augment de la sancta fe cath?lica y augment de sos regnes?947. En dichas procesiones participaba toda la ciudad y se segu?a el modelo de la procesi?n de Corpus: presencia de los consellers, de todas las parroquias y gremios, aunque no se paraba en las estaciones donde se representaban los entremeses devotos de la procesi?n de Corpus. Al final del siglo XV surgi? un problema acerca de s? deb?a estar presente el Sant?simo Sacramento o no en ellas. Como la procesi?n desfilaba ante el palacio del rey, desde donde ?ste la observaba, la presencia del Cuerpo Santo de Cristo significaba su desfile ante el monarca, es decir, que se pon?a a su servicio. Esto no gust? a muchos de los contempor?neos de estas procesiones. En 1479, se celebr? la procesi?n por la primera visita de Fernando el Cat?lico, en la que desfilaron catorce castillos y entremeses, seg?n se hac?a el d?a de Corpus y ?al detr?s de tot vench lo Santissim Sacrament, de que molta gent sen desagrad?, dient que bastava fos anada la Vera Creu o altra reliquia, attes que lo Cors de jesu Christ no acostuma axir de la Seu, sino lo dia de la sua festa?. Seg?n Jaume Safont, que recogi? esta procesi?n en su Dietari de les Turbacions de Catalun?a, fue voluntad de los consellers que saliese el Sant?simo Sacramento para festejar y honrar al monarca en su primera entrada en la ciudad948. Sin embargo, esta honra significaba el desfile de Jesucristo ante Fernando el Cat?lico y era l?gico el malestar entre la poblaci?n. Recordemos lo sucedido en el Corpus de 1477, cuando el padre del rey Fernando, Juan II, solicit? a los consellers que se repitiese la procesi?n de Corpus para que participase en ella el duque de Calabria, hijo del rey de N?poles, y muchos de los presentes estuvieron en desacuerdo ya que ?lo Cors de Jesu 944 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 244. 945 Les R?briques de Bruniquer, vol , cap. XV, p?g. 286. 946 DACB, vol. V, p?g. 23, 20 de marzo de 1564. 947 DG, vol. II, p?g. 153, 20 de marzo de 1564. 948 AHCB, Ms. A-20, op. cit., fol. 142. 347 Christ no deu ne acostuma axir a alguns Srs., mes tots los srs deven axir a reverenciar a ell?, culp?ndose de ello a los can?nigos de la catedral que lo permitieron949. Aprendieron la lecci?n los consellers ya que en la procesi?n en honor de la reina Isabel, en 1481, no desfil? ante ella el Sant?simo Sacramento, sino que lo hizo, que no es poco, la reliquia de la cabeza de sant Sever, aunque sin dosel950. En la procesi?n de 1492, por la llegada de los reyes Isabel y Fernando, tampoco desfil? el Sant?simo Sacramento sino que en su lugar fueron colocadas muchas reliquias e im?genes ??o es lo Cap de S. Sever, lo vel de nra. dona les dos veroniques de nre. se?or y de nra. dona les dos ymages de S. Pere y S. Pau los angels de la Custodia los tres caps de vergens e altres ymages de argent?951. As?, en las procesiones celebradas por el mismo motivo durante los siglos XVI y XVII, se respet? esta norma y el Santo Sacramento no desfil? ante los soberanos de la Casa de Austria, aunque no siempre estaba claro si deb?a hacerlo o no. En 1564, se realiz? la solemne procesi?n, ante Felipe II, en la no estuvo presente el Santo Sacramento, sino ?lo vultum domini ab lo vel de nostra senyora?. Sin embargo, para preparar la procesi?n de 1585, el Consell de Cent dispuso 50 antorchas blancas con las armas de la ciudad y envi? embajadores a consultar al cabildo si en dicha procesi?n llevar?an el Sant?simo Sacramento952; idea que finalmente se rechaz? y desfil? el vultum domini. En 1599, no se realiz? esta procesi?n, sino que se celebr?, a instancias del cabildo, una procesi?n general para dar gracias por el jubileo que el papa hab?a otorgado a la reina Margarita. Sin embargo, en 1626, si se hizo tras la llegada de Felipe IV a Barcelona y, en 1632, se plante?, de nuevo, si conven?a o no que desfilase el Sant?simo Sacramento ante el Rey Planeta. En definitiva, la procesi?n de acci?n de gracias, era una ceremonia de car?cter festivo con la que la ciudad festejaba la llegada de su se?or y que se sumaba a las luminarias y otras demostraciones de alegr?a organizadas para agasajar al monarca. La voluntad de la monarqu?a por presenciar todas las procesiones que se realizaban en las ciudades donde resid?an era innegable. Ya hemos visto como los soberanos participaban en ellas, como es en los casos de las procesiones de Corpus Christi y de la Imaculada Concepci?n. Sin embargo, las reinas no participaban en ellas debido al papel secundario de la mujer en los siglos modernos, indigna de llevar el palio bajo el que iba el Sant?simo Sacramento, y a la reclusi?n de las mujeres pertenecientes a las ?lites en los balcones y celos?as desde donde pod?an contemplar sin ser vistas. Si la reina se encontraba en la ciudad, normalmente se optaba por pedir al cabildo y a las autoridades municipales el desv?o de la procesi?n para que pasase ante el palacio donde resid?a. Generalmente, se aceptaba la petici?n de los soberanos. De esta manera, en 1599, se vari? el itinerario de la procesi?n de Corpus para que pasase ante el palacio de los Moncada, desde donde la reina Margarita podr?a venerar el paso del Sant?simo Sacramento. Asimismo, en 1630, el arzobispo de Sevilla, confesor de la reina Mar?a de Hungr?a solicit? al obispo de Barcelona que pasase la procesi?n de Corpus ante el 949 Op. cit., fol. 131. 950 Op. cit., fol. 145. 951 ACCB, Exemplaria, vol. I, fol. 162. 952 Llibre de les Solemnitats de Barcelona, vol. II, p?g. 49. 348 palacio de los duques de Cardona, donde resid?a dicha reina. Ese mismo a?o, la comunidad de religiosos de la parroquia de Santa Mar?a del Pi, a instancias de su obrer militar, don Llu?s Terr?, decidi? que la procesi?n de los sentenciados, pasase por la plaza de Sant Francesc para que la reina de Hungr?a pudiese verla953. Esta procesi?n, establecida en 1526 por esta parroquia, con permiso del Consell de Cent954, se celebraba, con una periocidad de 30 a?os955, aproximadamente, para trasladar los huesos de los sentenciados a muerte que eran enterrados en la Creu Cuberta hasta dicha iglesia, donde eran enterrados. Diumenge a 17 de mars 1630 se feu la professo per lo soterrar y donar sepultura ecclesiasticha als Ossos dels misserables sententiats qui per la Justitia eran estats esquarterats la qual se feu a tres hores despres de vespres axint per lo portal maior de dita esglesia comensaren a cantar verba mea y proseguint lo cami per lo carrer del Pi per las casas de Montserrat per la porta Ferrissa carrer del Carme al portal de St. Antoni fins lo prop lo Empedrat de la Creu Cuberta ahont se trobaren deu caxas de dits ossos ab una creu de fusta havian posada per orde dels Srs obrers de la present esglesia y en arribant a la primera caxa feu la Rnt. Communitat una absolta ab cant de orgue a dos cors y aquella acabada se parti la professo per lo mateix cami fins al portal de St. Antoni. 6.5. La participaci?n real en la Semana Santa. Durante la Semana Santa, como no pod?a ser de otra manera, el rey cat?lico viv?a estos d?as de penitencia con gran fervor y asist?a a todos los oficios. Los Reyes Cat?licos y el pr?ncipe Juan estuvieron en Barcelona durante la Pascua de 1493. Los soberanos presenciaron las procesiones y pasos, como la de la Santa Espina. A lo largo de todo el siglo XVI, ning?n monarca residi? en la ciudad durante Pascua. Algunos soberanos prefirieron pasar este tiempo de penitencia en alg?n monasterio956, como son los casos del archiduque Carlos de Austria que, en 1569, a su regreso de la corte, prefiri? pasar estos sagrados d?as en el monasterio de Jes?s, a las afueras de la ciudad, o el de Felipe II, que se detuvo en el monasterio de Poblet durante la Pascua de 1585, cuando se dirig?a a la capital catalana. Sobre su estancia en Poblet se conserva una 953 APSMP, Llibre E de Determinacions (1623-1639), fol. 52, 12 de marzo de 1630. 954 ?Disabte 17 de febrer. En aquest dia lo venerable y honorable rector, e obres de Sancta Maria del Pi vingueren a perlar ab los honorables consellers notificantlos lo pensament que tenian de anar ab solempna proceso a pendre los ossos dels sentenciats que son a la Creu Cuberta y soterrarlos al vas ques ja al fossar del Pi, e que per esser cosa nova, o denunciaven a ses magnificencies per que aquellas vehessen si en res los preiudicaven y axi auntaren que los obres de la dita ciutat y fossen quiscun any?, DACB, vol. III, , 15 de febrer de1526. 955 ?Diumenge ? 4 de Abril 1688, en Dietari apar que la Iglesia Parroquial de Na. Dra. Del Pi de la present Ciutat, en virtut del Bulleto de Sa Sanctedad ab solemne Profess? an? ? la Creu cuberta ? cercar los ossos de las Personas Christianas son estats escorterats, la qual Profess? acostuma fer dita parroquia de 30, en 20 anys?, en Les R?briques de Bruniquer?, vol. , p?g. 311. 956 Robert RICARD advierte que Carlos V se recluy? durante la Semana Santa del a?o 1527 en el monasterio vallisoletano del Abrojo, en RICARD, R., ?Carlos V, cristiano?, en Carlos V (1500-1558), Granada, Universidad de Granada, 2001 (1958), p?g. 36. 349 pintura que retrata el recibimiento que el abad y monjes realizaron al soberano y que, seg?n apunt? Joachim Folch i Torres, posiblemente fue realizada en Castilla957. As?, hay que esperar hasta el siglo XVII para encontrar al rey en la Semana Santa barcelonesa y ?ste fue Felipe IV, en su primera visita al Principado, en 1626. Todos los tribunales de la ciudad ?consellers, diputados, can?nigos del Cap?tulo, inquisidores y los doctores de la universidad?, la nobleza y el clero fueron al palacio de los Cardona, donde resid?a Felipe, para desearle una feliz Pascua. El monarca presenci? junto a su hermano todas las procesiones desde una ventana de la galer?a nueva, construida con motivo de su visita, que daba a la calle Ample. Entre todas las ceremonias que se realizaban durante estas fiestas, destacaba, por su gran valor simb?lico, el lavatorio de los pies a los doce pobres que el rey cat?lico hac?a todos los Jueves Santo en palacio. En 1541, Carlos V ya realiz? este rito en la catedral de Ratisbona que adopt? la dinast?a Habsburgo y que realizaron todos sus miembros. En 1585, Felipe II tambi?n lo hizo en el moasterio de Poblet. Este ritual, muestra de la extrema bondad y piedad del soberano, pretend?a, mediante el acto ?de ra?z medieval? de la christomimetes958 o imitaci?n de Jesucristo, mostrar al pr?ncipe como m?ximo exponente de los valores cristianos. El mi?rcoles santo de ese a?o, d?a en el que el rey cumpli? a?os (8 de abril), se celebr? un solemne oficio en el monasterio de Sant Francesc al que asisti? toda la corte y la nobleza catalana. Al d?a siguiente, jueves santo, tras los oficios, el rey entr? en el convento de Sant Francesc por el pasadizo nuevo y all? se llev? a cabo el ritual del lavatorio ?a imitacion de los que su divina Magestad lav? a sus Apostoles en tal dia. Acostumbran los Reyes lavar cada a?o los pies a treze pobres, d?ndoles de vestir, comer, y limosnas a todos con combite muy explendido, de la suerte que ahora se ? hecho en Barzelona?959. Se dispusieron en el refectorio del monasterio 390 platos de comida muy ricos y variados, pan y vino. Adem?s, se prepararon 78 varas de pa?o fino ?de una mezcla muy buena que llaman pebrete? y otras tantas de lienzo con trece bolsas y en cada una 24 reales. Entr? en el refectorio, uno de los mejores que la orden ten?an en Europa, seg?n la relaci?n, acompa?ado de toda la corte, el legado del papa cardenal Francesco Barberini y otros miembros de la corte pontificia. Tras despojarle de la capa, Felipe IV comenz? a lavar los pies de los pobres, en un acto de gran piedad cristiana, asistido por destacados miembros de la nobleza cortesana: el capell?n y el limosnero mayor del Juan de Fonseca, el conde-duque de Olivares y el marqu?s de Heliche, entre otros. Era tal la espiritualidad que se vivi? en dicho rito que incluso un monje franciscano que estaba 957 Joachim Folch i Torres escribi? un peque?o art?culo en La Vanguardia, de 17 de Octubre de 1935, en el que expone la posibilidad de que la obra no fuera realizada en el mismo monasterio de Poblet debido a diferencias entre la arquitectura de la obra y la del monasterio y entre la vestimenta de los monjes representados en la pintura y los monjes catalanes del momento. 958 KANTOROWICZ, E., Los dos cuerpos del rey?, p?g. 79. 959 RAH, 9/3660(36), CRISTIANISSIMO LAVATORIO QVE EN LA SEMANA SANTA HIZO SV MAGESTAD EN Barzelona, a doze Pobres, asistiendo a el todos los Grandes que fueron con su Magestad, y el Legado (sobrino de su Santidad) y el se?or Nuncio. Y el grandioso Sermon que predic? el Padre Francisco Sanches, declarando en el cosas muy importantes al Reyno, y al estado de nuestra santa Madre la Yglesia. A?o 1626. 350 presenci?ndolo ?se arrob? en estasis, quedando por un gran rato absorto, y elevado viendo a tan gran Monarca hazer tal acto, pero que mucho si el Rey de Reyes, lo hizo primero, y lo dex? assi ordenado?. El rey fue lavando y besando los pies a los doce pobres, sin apartarse de su lado el infante don Carlos y los marqueses de Alca?ices y de Castelrodrigo. Acabado el lavatorio se comenz? a repartir la limosna por su orden, dando a cada uno la suya, que feu a cada pobre seys varas de pa?o, y seys de lien?o, un bolson con 24 reales, una servilleta, un salero, un cuhcillo, un tenedor, un pan de boca del Rey, una garrafa de vino blanco y una taza para beber. Treynta platos a cada pobre, treze empanadas hechas con mil suertes de pescados, como son lampreas, besugos, lenguados, savalos, congrio y otros muchos, fuera de otros guisados de mil maneras, y escabeches, esto es en quanto a la vianda. Sin estos platos uvo siete de principios de frutas nuevas, y frescas. Diose por pstre mucha colaci?n. Todos los platos yvan cubiertos de muchos generos de Flores, rosas azahar, y violetas, rociadas con aguas arom?ticas. Mar?a de Hungr?a, hermana de Felipe IV, que visit? la ciudad en 1630, tambi?n realiz? el lavatorio a doce pobres durante la Semana Santa de ese a?o960. El lunes 28 de marzo, la reina ofreci? un banquete a doce pobres mujeres donde hab?a una gran variedad de manjares. Y, ya el Jueves Santo, realiz? el mismo ritual que hab?a realizado su hermano cuatro a?os antes. La reina orden? preparar una vistosa mesa en el monasterio de Sant Francesc, donde lav? los pies a los doce pobres que como dice Rafael Seug?n ?autor de una relaci?n impresa sobre esta ceremonia?, ?los quales considerando quienes eran, y quien en su mesa pon?a los platos, aduirtiendo su baxa suerte, y que una Reyna le daua la comida, estauan mas que suspensos: y si vna suspension a?adida a otra causan mil temores: medio temblando estauan los pobres, vi?ndose assentados, quando la Vngara Magestad estaua en pie?. Adem?s, la reina dio a cada pobre cuatro varas de pa?o y a las doce pobres mujeres cuatro varas de lienzo blanco y una bolsa con seis reales. Este ritual, de gran piedad y belleza despertaba la admiraci?n de todos hasta tal punto que, como a?ade, de nuevo, Rafael Seug?n: ?hizo una accion digna de ser vista, mas digna de ser alabada, y mucho mas de ser escrita en duros m?rmoles, ? eternos bronzes?. Finalmente, y para mayor gloria de la reina, ?llena de blandura y humildad decentissima? ?en palabras de su capell?n don Juan de Palafox?, le lav? los pies a un ni?o de doce a?os que estaba cerca de la mesa, tras lo que regres? a palacio. As? pues, debemos considerar la ceremonia del lavatorio de los doce pobres como la exteriorizaci?n de la piedad y devoci?n, propia de los miembros de la casa de Austria, que se mostraban como fieles imitadores de la palabra y obra de Jes?s. Era una manera de presentarse como el monarca de inquebrantable fe cat?lica, como pudieron 960 BUB, B-44/3/5-73, RELACION DE LAS VISITAS QVE LA MAGESTAD de la Reyna de Vngria va continuando en las casas de Religion: Con el esplendido combite que hizo a los pobres, en dos dias, que fueron el de la Virgen, y el Iueues Sancto labandoles los pies: y regozijos y Estafermo que el Embajador de Vngria en compa??a de otros Caualleros forasteros, y Caualleros desta Ciudad, le hizieron en la pla?a de San Francisco Lunes ? 8. De Abril 1630. Y Sarao que en la noche huuo en el Salon de la Puente. Tercera Copia. 351 contemplar el legado pontificio Francesco Barnerini y los cardenales que le acompa?aban. La Pietas Austriaca de la rama espa?ola de la dinast?a Habsburgo se presentaba ante los enviados de la curia romana como la mejor opci?n para defender el dogma del cristianismo cat?lico. Una disnast?a autodotada de un providencialismo cuyos miembros actuaban a imagen y semejanza de Cristo y por ello, su acci?n de gobierno ven?a bendecida por Dios. Por su parte, las ?lites del Principado pudieron contemplar una ceremonia propia de la monarqu?a y que no hab?an visto hasta ese momento. 6.6. El culto y las traslaciones de los santos y sus reliquias. Desde los primeros siglos del cristianismo, el culto a los s?ntos m?rtires de la Iglesia cat?lica y a sus reliquias fue una pr?ctica que se difundi?, con tremendo ?xito, por toda la civilizaci?n cristiana occidental. Juan Manuel del Estal relata de la siguiente forma el establecimiento y significado de este culto desde el Edicto de Mil?n: Nac?a as? el culto a la memoria de los m?rtires, cuyos sepulcros se trocaban sucesivamente en lugares de oraci?n, sobre los que proliferaron las iglesias c?meteriales o martyria, donde acostumbraban reunirse peri?dicamente los cristianos para la celebraci?n de la eucarist?a, en la fecha de su muerte, el dies natalis o natalicio para el cielo. La memoria de los m?rtires se asociaba de esta forma al culto eucar?stico, a sabiendas de que en tal liturgia se renovaba de modo incruento al sacrificio de la cruz y se hac?a all? presente entonces sobre el ara del altar el propio Dios crucificado, por cuya fe y amor derramaran su sangre aquellos m?rtires, convertidos cabe el Redentor, ante los ojos de la Iglesia primitiva, en vivos modelos de imitaci?n y valiosos intercesores en el cielo961. Tal y como explica del Estal, el propio papado contribuy?, de manera decisiva, a esta propagaci?n de las reliquias al permitir la exhumaci?n y traslado de los cuerpos de los m?rtires que reposaban en las catacumbas romanas962 para protegerlos de los posibles ataques como el que sufri? Roma por parte del rey lombardo Astolfo en el 756. Destacaron en esta labor los papas Pablo I (757-767), Pascual I (817-824), Sergio II (844-847) y Le?n IV (847-855). Escribe Jos? Lu?s Bouza que, a partir del siglo IX, se abri? en Europa una fase de intenso tr?fico internacional de reliquias963. Desde ese momento, todas las iglesias compitieron por tenerlas y se convirtieron en centro de peregrinaci?n para ir a venerarlas. Las iglesias acumularon gran cantidad de reliquias, no siempre verdaderas, aunque como apunta del Estal, no era necesaria su veracidad ya que permit?an al fiel ?acercarse f?cilmente y con mayor confianza al santo de su devoci?n, al que se lo imaginaba como hipostizado en las mismas, dispuesto siempre a escuchar sus plegarias y aliviarlo favorablemente en sus contrariedades y flaquezas964 961 ESTAL GUTI?RREZ, J. M. del, ?Felipe II y el culto a los santos?, en Felipe II y su ?poca, Actas del Simposium, 1/5-IX, 1998, San Lorenzo del escorial, Ediciones Escurialenses, 1998, vol. II, p?g. 462. 962 Op. cit., p?g. 464. 963 BOUZA ?LVAREZ, J. L., Religiosidad contrarreformista?, p?g. 27. 964 ESTAL GUTI?RREZ, J. M., op. cit., p?g. 465. 352 (?) eran pues un mero y simple puente o medio instrumental de oraci?n, por el que pod?an elevar su plegaria al Dios invisible?965. Tras una relajaci?n en el fervor por las reliquias durante la Baja Edad Media, con la llegada del siglo XVI y, sobre todo, a partir del Concilio de Trento que conmin? a los obispos a fomentar el culto a los santos y sus reliquias, se vivi? un resurgimiento desmesurado del culto a los santos restos. Muchos soberanos europeos acumularon gran n?mero de reliquias para honra propia, de su dinast?a y, por extensi?n, de su reino966. En los siglos modernos, el m?s representativo de estos monarcas fue, sin duda, Felipe II, que atesor? en su monasterio de San Lorenzo del Escorial un gran n?mero que le llegaron de todos los rincones de Europa creando una de las mayores lipsanotecas del mundo cristiano. Entorno al monarca se articul? una red de tr?fico de reliquias donde los viajeros que recorr?an la monarqu?a las consegu?an para ?l. ?stas tambi?n llegaron al soberano en forma de regalo, obsequiadas por otros monarcas, embajadores y todo aquel que buscase la complacencia de Felipe II. El obsequio de una reliquia al rey, iglesia o instituci?n se convirti? pues en un modo de mostrar afinidad a esa persona o instituci?n. Tenemos como ejemplo al embajador de Felipe III ante el emperador, don Guillem de Santcliment, que en 1599 regal? al convento de Santa Catalina de Barcelona, al que estaba muy unido, una reliquia de san Jacinto que hab?a traido desde Polonia ?ab precepte in scriptus de que nos pogues donar ne, ni trencarne, sino que la fes guarnir en plata ?o es a la figura del matex Sant o en altre reliquiari?967. Sin embargo, los reyes y reinas no mostraban ning?n reparo en solicitar la concesi?n de reliquias de santos a los que veneraban. En Barcelona, un caso paradigm?tico fue la petici?n la emperatriz Mar?a de Austria en 1582 que envi? a su mayordomo mayor don Juan de Borja a solicitar al cabildo catedralicio una reliquia del cuerpo santo de Sant Sever, obispo y m?rtir de la ciudad, al que profesaba una gran devoci?n ? puys sabia que estave recondit yl tenien en la Seu?. El obispo de la ciudad don Dimas Lloris, junto con los can?nigos, tomaron la determinaci?n de acceder a la petici?n, pese a las dificultades que presentaba porque ?essent la persona tal y de tanta qualitat que mes no podie ser en lo temporal, pensaren que noy havie cosa que se li hagues de negar endemes amostrant demanarla y boler la ab tan gran desig per la molta devocio quey tenia de poder ne tenir alguna reliquia?968. Es decir, no le pod?an negar a la mujer de mayor rango de la cristiandad dicha petici?n. El prelado mand? traer a la sacrist?a, acompa?ado de cirios, el f?retro donde se guardaba el cuerpo santo y, sobre un pa?o imperial desplegado, el obispo tom? las llaves y abri? la caja dentro de la cual hab?a otra m?s peque?a labrada en marfil que conten?a los huesos del santo. Y axi mateix la ubri y tenint tots los canonges sos ciris en les mans ensesos ab molta devocio lo sr. bisbe alsa lo cubertor y desembolica los ossos del dit cors del glorios Sanct Sever que estaven 965 Op. cit., p?g. 467. 966 ?Tambi?n Inglaterra, escasa en reliquias, tuvo en el rey Athelstan, durante el siglo X, un apasionado coleccionista de ellas, que consigui? acopiar en gran n?mero a trav?s de sus relaciones con el continente y mediante compras en Breta?a y Normand?a?, en BOUZA ?LVAREZ, J. L., op. cit., p?g. 28. 967 BUB, Ms. 1.005, LUMEN DOMUS O ANALS DEL CONVENT DE STA. CATHARINA?, fol. 156. 968 ACCB, Deliberacions Capitulars, 1581-1582, fol. 15, 11 de enero de 1582. 353 embolicats ab huns tafetans blanchs y colorats y en presentia de tots los canonjes y dos cirurgians dels mes abils de Barna y dos notts. (notarios) de barna la hu del mateix capitol mo Jaume Massaguer entre molts ossos quey havie ne trague hu axi grandet y ab alta veu digue si aparexia que se li donas aquell que tenia en les mans y comensaren de votar per son orde comes es costum en dit capitol y foren la mejor part de parer que si. Tras la aceptaci?n de los can?nigos, el obispo dio el visto bueno a que se entregase dicha reliquia. Entonces, lo feren visurar als dits cirurgians per a que dessignasen de quina part del cors era dit os y com se podie anomenar y foren tots conformes y digueren alta veu que era huna part de la mandibula inferioris y de tot asso punt per punt de la manera que passa estant presents los notts com tinch dit foren requirits ne llevasen acte y axi offeren, volgue dit capitol ques posas hun acte dins en la caxa de tot lo que havia passat abans de tancar la y axi oferen y vuy y es tornarensen aportar en son lloch la dita caxa ab la matexa veneratio y solempnitat restant dita reliquia en mans del sr bisbe procuraren huna caxeta de vori blanch y de molta primor feta y tant curiosa com per al effecte que havie de servir era menester ab sa claueta dorada y antes que no posas lo sr bisbe dita reliquia en la caxeta, Primerament lo sr bisbe la adora y de ses mans por son orde la dona adorar a tots los canonges la qual adoraren ab molta devotio ab sos ciris encesos, y en haverla adorada embolicaren ab hun tros de tafeta carmesi ley posa dintre969. El cabildo dispuso embajadores para que, con ceremonia, llevasen y entregasen la reliquia a la emperatriz que la acept? con gran alegr?a y veneracion. Cabe la posibilidad de que la petici?n de la reliquia no fuera una iniciativa propia de la emperatriz sino un encargo de su hermano Felipe II para sumar la reliquia del santo obispo de Barcelona a su colecci?n particular; sin embargo, no se tienen noticias del ingreso de tal reliquia en el monasterio del Escorial y quiz? ?sta acompa?? a la emperatriz durante el resto de sus d?as en el convento de la Descalzas Reales de Madrid, donde se conform? un importante relicario970. ?Los instrumentos de la pasi?n de Cristo?, en palabras de Juan Manuel del Estal, tambi?n fueron objeto de una constante y creciente veneraci?n. Part?culas de su sudario, de la cruz o espinas de su corona, todos ellos se convirtieron en importantes y preciadas reliquias como consecuencia del proceso de humanizaci?n de la figura de Cristo que detect? Jacques Le Goff que sustitu?a a las insignias tradicionales de su realeza como eran el nimbo, el globo o el cetro del Pantocrator. As?, el lignum crucis fue una de las reliquias m?s apreciadas por Felipe II, concretamente, una que le envi? desde Roma san Francisco de Borja971. En muchas iglesias se guardaban fragmentos de la cruz de Cristo y uno de estos no pod?a faltar en la catedral de Barcelona. Sabedores de la devoci?n que sent?an los miembros de la casa de Austria por dicha reliquia, el obispo y el cabildo barcelon?s sal?an a recibir a los hu?spedes reales que visitaban el templo con el lignum crucis para que fuera venerado por ellos y, a su vez, complacerlos con la presencia de 969 ACCB, Exemplaria, vol. I, fols. 96-97. 970 BOUZA ?LVAREZ, J. L., op. cit., p?g. 34. 971 ?Pero entre tantas reliquias que hab?a logrado atesorar en el Monasterio de san Lorenzo el real sobresal?a particularmente una a la que profesaba singular devoci?n, el Lignum Crucis, que le hiciera llegar desde Roma, acompa?ada de un billete aut?grafo, San Francisco de Borja, en noviembre de 1571?, en ESTAL GUTI?RREZ, J. M. del, op. cit., p?g. 483. 354 tan preciada reliquia. ?sta fue mostrada al duque de Saboya en su primera visita a la catedral, en 1585, reliquia que llevaba el subdi?cono. Ese mismo a?o, esta misma dignidad eclesi?stica recibi? a Felipe II en las puertas de la catedral, con el lignum crucis en las manos972 y, en 1599, fue el can?nigo Pere Pau Cassador quien lo mostr? a Felipe III973. En 1630, la reina Mar?a de Hungr?a pudo venerar los santos lienzos de Cristo que se guardaban en la catedral de Lleida. Su capell?n, don Juan de Palafox, describi? la ceremonia en su diario del viaje: El dia Sig[uien]te Viernes 1? de Febrero despues de haver besado a S. M. el Obispo, y Ciudad adorada la Cruz a la puerta de la Iglesia maior oy? en ella la missa del Obispo Don Pedro Anton Sanz, dio a la Reyna ? adorar los Santos Pa?ales de Cristo, que con la decencia combeniente veneran, llamanles ellos el Sant Drapt que quiere decir el Santo Lienzo, adorole con piedad debotissima, y mand? al Capellan maior que la hiciesse escribir en aquella Cofrad?a de aquella Santa Reliquia en la qual todos los Sres, Reyes que pasaron por aquella Ciudad se hallavan escritos; la comprobazion de aquel ssmo. Lienzo no es peque?a pues echado en un fuego quando lo revicieron para ver la fee, que se le debia dar saltando de las brasas se puso en las manos del Obispo quien combino en que se guardase974. Como se puede comprobar, el futuro obispo de Puebla narra el procedimiento de verificaci?n ?mediante ordal?a? de una santa reliquia que deb?a resistir el fuego purificador debido a su divinidad. Pero si hubo un santo que desat? una gran devoci?n en la capital catalana, ese fue, sin duda, san Ramon de Penyafort, fraile dominico que durante el suglo XIII tuvo una destacada actuaci?n como canonista y consejero del papa Gregorio IX y el rey Jaume I y que vivi? durante muchos a?os en el convento dominico de Santa Catalina de Barcelona. Durante la estancia de Felipe III en la ciudad, en 1599, la familia real al completo visit? en dos ocasiones el convento de los dominicos donde se encontraba el sepulcro del todav?a no santificado Ram?n de Penyafort. Relat? el padre prior del convento Francesc Camprub? c?mo fue la segunda de estas visitas, en la que vino el rey por dos motivos: ?la una per la embarcatio dela infanta y del archiduch per a Flandes (Isabel y Alberto); laltra per que la reyna y persones reals vessen tals reliquies per la devocio que a dit sant tenian?975. Es decir, el rey ven?a a solitar al cuerpo de Ram?n de Penyafort su intercesi?n para que su hermana Isabel y su esposo tuvieran una buena traves?a y para que pudieran contemplar dichas reliquias. As? pues, acudi? toda la familia real: los reyes, la infanta Isabel y su marido Alberto y la madre de la reina Margarita. Como era de esperar, la iglesia y sus alrededores estaban abarrotados de gente, tanto es as? que tras haberse ordenado el cierre de sus puertas tuvieron que abrirlas de nuevo ante las protestas de la gente. El nuncio apost?lico estableci? pena de excomuni?n mayor, que hizo p?blica un sacerdote, a todo aquel que osase coger alguna reliquia del santo cuerpo sin su permiso. 972 ACCB, Exemplaria, vol. I, fols. 98 y 101. 973 ACCB, Exemplaria, vol. II, fol. 4. 974 BN, Ms. 8.176, sin folio. 975 BUB, Ms. 1.005, op. cit., fol. 157. 355 Una vez entrada la familia real, se colocaron en forma de media luna ante el sepulcro, estando la madre de la reina en el centro y el rey y el archiduque en los extremos, tras ellos, estaba el duque de Lerma, el nuncio del papa, el arzobispo de Tarragona y algunas damas. Con la losa sepulcral retirada se cant? una ant?fona y el padre prior enton? dos oraciones: una de san Ramon y otra pro navigatibus. En 1626, el cronista del convento de Santa Catalina, fray Gaspar Vicens, escribi? que en el a?o 1599, ante la presencia del rey Felipe III, ?abriendo el Sepulcro Santo se sintio un olor grandissimo muy extraordinario y diferente de los de la tierra?976. Era claro, pues, el ambiente de santidad y sobrenaturalidad que se respiraba en aquel sepulcro. Acto seguido, abrieron la caja que guardaba los huesos del santo y el rey pregunt? al nuncio si pod?a venerar sus restos. El nuncio pregunt? al padre prior si estaba canonizado, a lo que ?ste le respondi? que estaba beatificado y que de ?l se rezaba oficio. El nuncio accedi? a la petici?n del monarca. Entonces, el prior Camprub? cogi? el cr?neo del santo de la caja y lo present? al rey que, arrodillado, lo ador?, acto que repitieron el resto de la miembros de la familia real. Tras ello, el prior ofreci? al rey una reliquia del santo que ya hab?a sido prometida a su padre Felipe II, pero el soberano rehus? la oferta hasta que el beato no estuviese canonizado. A?n as?, el sacrist?n Francesc Carreras ofreci? a la madre de la reina un cofre con tierra y un pedazo de tela de la caja del santo. Tras abandonar el sepulcro la familia real, las damas y grandes de la corte admiraron los restos del santo. Finalmente, antes de marcharse, la madre de la reina solicit? al nuncio una reliquia del santo y ?ste, con sus propias manos, la cogi? y se la ofreci?. La visita de los reyes al sepulcro de sant Ramon de Penyafort se debe interpretar como un apoyo institucional de la monarqu?a a su proceso de canonizaci?n, iniciado desde finales de ese mismo siglo. ?sta, como apunta Ignasi Fern?ndez Terricabras, interesada en conseguir santos espa?oles para contratrrestar a la mayor?a aplastante de santos franceses977 y para su mayor gloria y su prestigio como cabeza del catolicismo, aceler?, con la presencia de toda la familia real y del nuncio apost?lico, que dio nota segura a Roma, el proceso que culmin? en abril de 1601 con la tan deseada canonizaci?n. Durante los dos meses que estuvo en la ciudad, Felipe III dio al convento, en concepto de limosnas y caridad, un total de 400 libras que bien se pudieron emplear en el proceso. La tan deseada canonizaci?n fue celebrada durante meses en todo el territorio de la monarqu?a, destacando, claro est?, Barcelona con un gran n?mero de festejos, procesiones y cert?menes literarios. El sepulcro del santo se convirti?, a?n m?s, en un centro de veneraci?n y peregrinaje de los viajeros que pasaban por la ciudad. La propia familia ducal de Saboya estuvo vinculada al convento de Santa Catalina por la veneraci?n que sent?an por el santo. Ya en 1585 y en 1591 el duque Carlos Manuel lo hab?a visitado. Pero los v?nculos se estrecharon m?s a partir de la llegada de sus hijos, los tres infantes de Saboya que en 1603 visitaron la iglesia en dos ocasiones: 976 BUB, Ms. 1.009, op. cit., fol. 59. 977 FERN?NDEZ TERRICABRAS, I., ?El virrey en la procesi?n. Poder del rey y poder de la tierra en el ceremonial de Catalu?a (1601-1608)?, en CARDIM, P. y PALOS PE?ARROYA, J. L. (Eds.), El mundo de los virreyes en las monarqu?as de Espa?a y Portugal, Madrid, Iberoamericana, 2012, p?g. 446. 356 Ultimadament tornaren a la Iglesia y visitaren la capella de St. Ramon y miraren lo lloch de hont se trau la terra de dit sant y posaren all? los rosaris ab molta reverentia y devocio. De aqui sen anaren per lo matex portal de St. Hiacinto y tant contents queu portaven pintat a la cara; y apres son confessor nos ho digue que acada momento parlaven de Sta Catherina y si ells restaren tant contents molt mes nosaltres per tan assenyalada merce y favor rebut de sa altesa978. Adem?s, Manuel Filiberto, gran prior de Castilla y general del mar, declar? al prior en una visita realizada al convento, en 1606, su devoci?n por san Ramon de Penyafort, a quien ten?a por patr?n. En 1613, se escrib?a de los infantes: ?es de notar la devocio dels tals tenen a St. Ramon y al habit y ha votat per una malaltia que dit gnal de la mar de que hont se vulla se trobe perla festa de dit Sanct vol celebrar la sua festa y tambe lo te pres per son patro?. En 1615, el propio Manuel Filiberto dio una limosna al convento por la fiesta del santo de 1.000 reales y otra de 520 libras para la construcci?n del nuevo ?rgano del convento que iba a emprender el maestro de Solsona Francesc Bordons ?famos oficial de fer organs?979. Esto motiv? que su nombre apareciese en un libro donde se recog?an los nombres de los mayores benefactores del convento, en el que tambi?n aparec?a don Guillem de Santcliment980. Poco despu?s de la canonizaci?n de San Ram?n de Penyafort, comenz? a fraguarse la idea de trasladar el cuerpo del santo a una nueva capilla donde pudiese ser venerado de manera m?s acorde a su divinidad. Se mand? construir una nueva capilla en el lugar que ocupaba una vieja capilla del convento llamada de Nuestra Se?ora de la Misericordia. Hacia mayo de 1608, la nueva capilla ya estaba preparada y todo se dispuso para realizar la traslaci?n de sus reliquias. Sin embargo, un problema de precedencias suscitado entre los jueces de la Real Audiencia y los diputados, invitados por los consellers a participar en la procesi?n por poseer una de las llaves del sepulcro, 978 BUB, Ms. 1.005, op. cit., fol. 222. 979 ?La caxa de dit orga han obrada dos jovens fusters grans habilitats Luc Planso, y Pere Fornes. Tota esta obra y machina ha costat entre tot dos mil escuts screvint nos tambe del que se ha pogut aprofitar del passat. Si be lo convent ha rebut del Sor princep de Saboya demunt dit mes de mil escuts y altres almoynes de religiosos y seculars y lo demes lo convent ha gastat. En lo mes de desembre 1615. Vuy que contam a tants de jener 1621 ne te rebut lo convent lo cumpliment del que havia promes que es tot mil y cent (lliures) de sobre dit Sor. Oremus pro eo?, en BUB, Ms. 1.005, fol. 287. 980 Sobre el nombre de Guillem de Santcliment se escribi?: ?Barchino Regis hispaniarum orator in cura imperatoris germaniae, fuit maximus noster et preciprus affectus, ac de ordine et conventu hoc benemeritus, qui multa bona nobis dedit pro ornatu ecle et Sacristie non solui ferica ornamenta et tapeta, sed etiam vasa aurea et argentea et candelabra argentea et duo candelabra magna, en ea plurima alia nobis legavit; que posita in actu phisico (deo dante) erunt maximi honoris et utilitatis. Obiit Prage in civitate in qua imperator residet. 3 septembris 1608 cuius corpus fuit translatum et sepultum in furet fuorum sepultura in capella beati Martini confessoris huius nostre eclesie Sa Catharine bara. hoc aunt obsequium sepulture fui corporis factum fuit die octava aprilis 1609. Solemnissimam equidem et pomposum?, en BUB, Ms. 1.934, LLIBRE DE MEMORIAS DELS MES INSIGNES BENEFACTORS DEL PRESENT CONT. DE SA. CATARINA V. Y M. DE BARNA. DESDE LO ANY 1219 QUE FOU EL DE SA FUNDACI?, fol. 14. Sobre don Manuel Filiberto de Saboya se escribi? en la misma obra: ?Ducis sabaudie filius, neposque Chatholici Regis Philippi Tert? hispaniarum semp. Augusti. Fuit de ordine nro et precipre de hoc convent benemeritus atque beato Raymundo de Penyafort eius patron deditissimus plurima beneficia receipt conventus, ac pingues leemosinas et honorem de cuis magnanimitate et presentia nec non pro fabrica et constructione novi organi, nobis contulit mille et centum et decem libras argenteas, dico 1.110 (lliures) obit in regno Cicilie, cuius regni et at prorex et vicarious constitutes a domino rege nostro catholico. 1621. Oremus, pro nra tanti principis?, en BUB, Ms. 9.134, op. cit., fol. 21. 357 condujo a la anulaci?n de la gran fiesta que se hab?a organizado981. Jeroni Pujades incluye en su Dietari la letra de un pasqu?n que apareci? a la ma?ana siguiente de la anulaci?n de la procesi?n en el que se acusaba al obispo, Rafael Rovirola; al virrey, duque de Montele?n y al regente Torner ?que no hab?a aceptado el lugar que se le hab?a dado tras el canciller? de lo sucedido: Por un obispo coll?n, por un napolitano fig?n, por un regente briv?n, no se hizo la procesi?n982. En conseller en cap parti? hacia la corte para aclarar el suceso pero en Zaragoza recibi? carta del rey donde ordenaba que la traslaci?n del cuerpo santo se efectuase cuando ?l visitase la ciudad de nuevo. Pero Felipe III no regres? jam?s a Barcelona y la ceremonia de la traslaci?n qued? en suspense. Una vez en el trono Felipe IV y tras llegar a la ciudad condal por primera vez, en 1626, los consellers le solicitaron la celebraci?n de la traslaci?n como hab?a prometido su padre. Petici?n que el rey acept? sin problema alguno. La traslaci?n del cuerpo santo se fij? para el 19 de abril de ese a?o. Se organizaron todo tipo de festejos; sin embargo, debido a la brevedad del tiempo, ?stos no pudieron ser tan espl?didos como los organizados para la profesi?n fallida de 1608. La iglesia del convento se decor? a conciencia para la ocasi?n con cuatro bellos estandartes que pend?an del techo: ?uno que vino de Roma y sirvi? alla en la canonizaci?n del Santo, y los tres otros eran unas fl?mulas de las galeras de su Santidad, que se hallaron en esta ocasi?n en Bara. que avian traido al legado y Nepote del Pontifice Urbano VIII?. El d?a anterior a la traslaci?n, el diputado eclesi?stico y obispo de Elna don Pedro Magarola, el segundo conseller Jeroni de Gaver y el vicario del convento, padre fray Antonio Bruguera ?en aquel momento no hab?a prior? probaron las llaves del sepulcro que hac?a 25 a?os que no se abr?a para evitar posibles problemas el d?a de la ceremonia. En la catedral se juntaron todas las parroquias y ?rdenes de la ciudad y parti? la procesi?n, seg?n el orden habitual, hacia el convento de Santa Catalina. Tras los can?nigos del cabildo desfilaba el nuncio apost?lico ordinario, cardenal Sacchetti, con la mitra con piedras y adornada, acompa?ado del obispo de Barcelona, don Joan Sent?s, y dicho obispo de Elna, ?stos dos con mitras blancas y lisas ya que llevar pedrer?a en la mitra ?es essa la preeminencia de los cardenales?. La procesi?n tom? camino del convento de los dominicos pasando ante la casa de la Inquisici?n y por la plaza del Rey, tomaron entonces la calle de la Boria y por la plaza de la Lana, encararon la calle de las Semoleras, donde se hallaba el portal mayor que daba acceso al convento. Reverenciaron al Sant?simo Sacramento y acto seguido accedieron por el portal de san 981 Sobre este suceso v?ase FERN?NDEZ TERRICABRAS, I., ?El virrey en procesi?n??, p?gs. 443-465. 982 PUJADES, J., op. cit., vol. II, p?g. 64. 358 Jacinto al sepulcro viejo donde se guardaba el cuerpo santo. Una vez all?, el diputado eclesi?stico, el conseller en cap y el vicario general del convento abrieron el sepulcro con sus llaves descubriendo el arca de madera donde se guardaban los restos ?en la qual a estado siempre desde que le trasladaron, veynte y un a?os despues de muerto, del suelo al sobre dicho sepulcro?. Esta arca la metieron dentro de otra aprestada sobre unas andas que hab?a dispuesto la ciudad que prendieron durante la procesi?n 16 sacerdotes dominicos bajo un rico palio que llevaban los consellers y el noble don Garau de Peguera. Los conventos de monjas y monjes de la ciudad dispusieron sus tabern?culos para que desfilasen en dicha procesi?n, donde destacaban: santo Domingo de la Calzada, santa Catalina de Siena, san Pedro M?rtir, san Vicente Ferrer, san Juan y santo Tom?s de Aquino. Cerraban el grupo santa Catalina de Alejandr?a m?rtir, patrona del convento y Nuestra Se?ora del Rosario que desfilaba entre los beneficiados de la catedral, cerca de una imagen de san Jacinto y de un tabern?culo de san Francisco que trajeron los franciscanos. Finalmente, entre los can?nigos de la catedral iba una gran figura de San Ram?n de Penyafort arrodillado ?juntas las manos y los ojos puestos en el cielo, como rogando por el pueblo; tenia el rostro tan natural de Santo, y de canas tan veneradas y penitentes que movia a gran devocion y lagrimas espirituales?. La imagen fue preparada por las monjas del monasterio de Junqueras. Tras ellos, iba el pend?n del santo que sujetaba el yerno del conde-duque de Olivares, marqu?s de Heliche, que acompa?aba al duque de Maqueda, los condes catalanes de Santa Coloma, Savall? y Peralada y gran n?mero de cortesanos y nobles de la tierra. El hecho de que el yerno de Olivares llevase el pend?n era indicativo del poder del conde-duque y que la visita a Barcelona, como hemos apuntado anteriormente es este trabajo, supuso la presentaci?n oficial de su yerno en la corte, ocupando papeles destacados en las ceremonias que se sucedieron durante la estancia real. Tanto es as?, que el mismo marqu?s de Heliche, d?as m?s tarde, envi? un emisario al convento de Santa Catalina para pedir una reliquia del santo por el que sent?a una profunda devoci?n, hasta el punto de haber celebrado una fiesta en su honor tras la traslaci?n. El vicario general del convento, ante otros sacerdotes y su notario983, le ofreci? la reliquia y un pedazo de la caja en la que el santo vino de Mallorca. Sin embargo, la opini?n de Francesc Camprub?, autor de los anales del convento, era contraria a la donaci?n de reliquias y critic? el obsequio dado al marqu?s: Sols se dir que si dexa manera distribuexan las reliquias de nostra Sacristia, cert es que los qui vindran non tindran ni menos veuran ni poran portarlas als malats y la devocio se vindra acabar, y extinguiry los nostres successors ni veuran reliquias del St. pus est?n en la caxa y sepulcre tencadas ab tres Claus y faxes de ferro ni gozaran delas de la capa y altres pus per interessos humans distribuexan las que poden ser de consolatio per als successor nostres que no auran vist lo 983 Los padres en cuesti?n fueron: Jacinto Faits, Andreu Torrelles y Gregori Mauri. El notario del convento se apellidaba Moret. 359 que nosaltres avem vist y tocat y los malalts y devots seran defraudats que per axo obtingueren lo breu sobre dit no se que dirne que lo un pobre Armeni y ignorant nre. Sor. nos vulle aconsolar984. Por sincera devoci?n o por emulaci?n de los reyes, lo cierto es que la nobleza tambi?n intent? atesorar reliquias. La procesi?n abandon? el convento de los dominicos y tom? la calle de Montcada, recorri? el Born, la calle de los Cambis Vells y encar? la calle Ample para dirigirse, posteriormente, a la Generalitat, donde esperaba el rey Felipe junto con su hermano don Carlos para sumarse a dicha procesi?n con achas y acompa?ados de varios titulados. Finalmente, la procesi?n entr? de nevo en el convento de Santa Catalina por el portal de san Jacinto y all? se depositaron los restos del santo en la capilla nueva. Mientras se depositaban los huesos en ella, Felipe IV y su hermano oraron arrodillados ante el santo mientras sonaba un motete, tras lo que el cardenal Sacchetti enton? una oraci?n para finalizar la ceremonia. Pese a la falta de tiempo para organizar mayores festejos y para la llegada masiva de gente de todos los lugares del Principado como sucedi? en 1608, la procesi?n fue un ?xito y a ciudad se abarrot? de devotos que de las proximidades de Barcelona y de m?s lejos acudieron a la traslaci?n. Tal fue el gent?o que asisti? que el padre fray Gaspar Vicens recoge en su obra las palabras que le dijo el confesor del rey, el dominico fray Antonio de Sotomayor, que ?en su vida, ni en ninguna ocasion, avia visto tanta gente junta y tan luzida y bien presta?985. ?Qu? significaban las traslaciones de santos y de sus reliquias en los siglos modernos?, ?por qu? proliferaron a partir del siglo XVII? No fue esta la primera traslaci?n de reliquias que presenci? Felipe IV, aunque, sin duda, si fue una de las m?s importantes. Ya en ese mismo viaje a Catalu?a, el soberano pudo contemplar la traslaci?n del Santo Crucifijo de Balaguer de la capilla vieja a la nueva. En primer lugar, como expone Jos? Lu?s Bouza, las traslaciones ?teatralizada manifestaci?n festiva? respond?an a una nueva religiosidad abierta, participativa y brillante que se instaur? a finales del siglo XVI alcanzando un desarrollo esplendoroso en la centuria siguiente986. Por su parte, Jos? Jaime Garc?a Bernal opina que desde el reinado de Felipe II se origin? ?un ciclo moderno de traslaciones de cuerpos incorruptos y huesos de santos que corresponde ya a un concepto cortesano y preciosista del objeto-reliquia que adorna al pr?ncipe y prestigia su obra pol?tica?987. Seg?n esta afirmaci?n, que compartimos, tras las traslaciones se esconde la voluntad de la monarqu?a de legitimar una pol?tica de defensa de la cristiandad cat?lica que es utilizada, a su vez, como justificaci?n de la pol?tica llevada a cabo por los reyes de la casa de Austria. La traslaci?n significaba la adecuaci?n de un nuevo lugar de descanso para los restos de los santos, m?s acorde con su grandeza, con la intenci?n de reclamar su intercesi?n a favor de los proyectos de la monarqu?a. Por su parte, la ciudad, siguiendo la l?nea marcada por Garc?a Bernal, se reencontraba con su historia y la de sus personajes ilustres que 984 BUB, Ms. 1.005, op. cit., fol. 338. 985 BUB, Ms. 1.009, op. cit., fol. 59. 986 BOUZA ?LVAREZ, J. L., op. cit., p?g. 38. 987 GARC?A BERNAL, J. J., op. cit., p?g. 266. 360 llegaron a la santidad por la piedad de sus acciones. En palabras de Ignasi Fern?ndez Terricabras, era una ocasi?n para proyectar de nuevo al exterior una brillante imagen de la ciudad. As? pues, realizar una gran traslaci?n era un reclamo por parte de la ciudad para presentarse como la patria del santo venerado y, por tanto, aproximarse a la ciudad de Dios. 6.7. Los aniversarios como medio de difusi?n del proyecto pol?tico. En los siglos modernos, toda ceremonia o festejo pod?a ser un buen medio para desarrollar un programa de legitimaci?n del proyecto pol?tico de la monarqu?a. Los aniversarios celebrados por los soberanos fallecidos se convirtieron en un veh?culo ideal para dicha acci?n gracias a los sermoneros que desde el p?lpito hicieron part?cipes a todos los asistentes de las glorias y triunfos del difunto. Desde la Baja Edad Media encontramos aniversarios de familiares o antiguos monarcas celebrados por los soberanos en la catedral u otra de las iglesias de la ciudad. Algunos de ellos formaron parte del ciclo festivo y ritual de la ciudad como fue el de Jaume I, que se celebraba un d?a despu?s del d?a de los muertos988. Otros eran extraordinarios, como los celebrados por la reina Mar?a, esposa de Alfonso el Magn?nimo, en diciembre de 1438, uno por el rey de Portugal Eduardo I y otro por don Pedro, el hermano del rey Alfonso989. Sin embargo, en esta ?poca no ten?a la carga pol?tica que tuvo en el siglo XVI y, sobre todo, en el XVII. En 1626, Felipe IV orden? la celebraci?n de un aniversario por su parte, el difunto rey Felipe III, en el monasterio de Sant Francesc, al que acudi? el rey junto a su hermano el infante don Carlos, toda la corte y gran n?mero de caballeros catalanes y miembros de las ?rdenes religiosas de la ciudad990. El encargado de oficiar la misa fue el nuncio ordinario del papa, cardenal Sacchetti, asistido por dos dignidades y dos can?nigos de la catedral. Una vez acabada la misa, el predicador del rey, Francisco S?nchez, se encarg? del serm?n ?cuyo assumpto fue, tratar primeramente la memoria de la muerte, y miserias deste mundo, y en segundo lugar; de la santidad, y cristiandad, vida, penitencias y limosnas de los Catolicos Reyes difuntos don Felipe III, y la santa do?a Margarita de Austria?. En el serm?n se refer?an todas las acciones merecedoras de admiraci?n del rey a favor de la cristiandad cat?lica como fueron la defensa de los cat?licos de todas las partes del mundo, especialmente los de la Valtellina, Alemania y Flandes, que constitu?an el foco de algunos de los principales males de la monarqu?a. 988 ?Lo endem? se f? lo Aniversari del Rey en Jaume, y dehuen hi anar los Consellers ab sas gramallas de dol, partint de casa la Ciutat, y arribats ? la Seu, se genolla al peu de las scalas del Altar major, ? la porta de la Sacristia, y feta oraci? se al?an, y sen entran al Cor per lo portal del Cor, y sentanse ? las cadiras que son sota la Trona, y en aqueix mateix lloch seuhen lo die que entra la Cruzada; Empero en los latres dias seuhen sempre al Altar major?, en Les R?briques de Bruniquer?, p?gs. 71-72. 989 DACB, vol. I, p?g. 382, 5 y 12 de diciembre de 1438. 990 RAH, 9/3660 (36), CRISTIANISSIMO LAVATORIO?, op. cit., sin folio. 361 Incluso se habl? de la llegada a la China, siendo all? general don Pedro Bravo de Acu?a. Se destac? la gran decisi?n de Felipe III de expulsar a los moriscos ?peligro eminente que a Espa?a amenazava?, la guerra ejercida contra los mapuches chilenos y el gran deseo que siempre tuvo el rey de ensanchar y ampliar la santa Fe Cat?lica conquistando Larache y Mamora que eran ?cho?as de Piratas?. Continu? el predicador alabando la diligencia que siempre tuvo el rey con el culto divino y, especialmente, el del Sant?simo Sacramento del Altar. Adem?s, cuid? de sus devotos vasallos consiguiendo del Santo Padre numerosos jubileos, indulgencias y perdones para con su ejemplo animar a sus s?bditos cat?licos a ser un buen cristiano. Tampoco se olvid? el doctor Francisco S?nchez de la labor fundacional del difunto soberano, quien erigi? en la corte y fuera de ella conventos de religiosos y religiosas y hospitales a los que dot? de jugosas rentas que rondaban entre los 30 y 40 mil ducados ?ya hemos analizado anteriormente en este cap?tulo la labor fundacional de los monarcas en su visita de 1599?. Finalmente, el serm?n concluy? con ?las mas infinitas grandezas, y haza?as, dexando a los oyentes contentos y embidiosos de la vida y virtudes de tan santo Rey?. Por ?ltimo, acab? la solemne ceremonia con un responso, tras el que abandonaron el monasterio convencidos de la piadosa y ejemplar vida del rey Felipe III. Durante la visita de la reina Mar?a de Hungr?a, en 1630, se volvi? a celebrar un aniversario en memoria de Felipe III, su padre. La reina asisti? a la ceremonia desde la tribuna del palacio de los duques de Cardona que daba al monasterio de Sant Francesc. Ofici? la misa su confesor, el arzobispo de Sevilla y el serm?n don Diego de Quiroga. Escribi? el capell?n de la soberana don Juan de Palafox que ?sta se enterneci? al o?r las cristianas virtudes de su padre. Acto seguido, el arzobispo solicit? que los pages del rey que serv?an en dicha ceremonia ?sirviessen las hachas a su Missa como se acostumbra en la Capilla Real de Madrid mandandoselo el Conde de Barajas, y ellos reusaron el hacerlo diciendo que S.M. estava en tribuna, y no en Cortina ni desabierta y que assi no estavan obligados a esto y assi no lo hicieron?. Los aniversarios, pues, fueron un importante instrumento para legitimar el proyecto pol?tico de la monarqu?a cat?lica recurriendo al antepasado inmediato que hab?a llevado una vida cristiana ejemplar. 6.8. La introducci?n del auto de fe en el elenco festivo de la monarqu?a. Desde la implantaci?n del Santo Tribunal de la Inquisici?n por los Reyes Cat?licos, el auto de fe, ?en su doble vertiente de fiesta religiosa y fiesta civil y, al mismo tiempo, elitista y popular? ?en palabras de Doris Moreno991?, pas? a integrar 991 MORENO, D., ?Cirios, trompetas y altares. El auto de fe como fiesta?, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H? Moderna, t. 10, 1997, p?g. 145. V?ase tambi?n PE?A D?AZ, M., ?El auto de fe y las ceremonias inquisitoriales?, en GONZ?LEZ CRUZ, D. (Ed.), Ritos y ceremonias en el Mundo Hispano Durante la Edad Moderna, Universidad de Huelva, 2002, p?gs. 245-259. 362 un importante papel en la dimensi?n festiva de la monarqu?a. Como atenta centinela de la confesionalidad del pueblo, la Inquisici?n utiliz? el escarnio p?blico en la plaza del pueblo como modo de advertencia para los presentes en el acto por si se desviaban del dogma. La poblaci?n, a su vez, acud?a a los autos de fe como veh?culo para dar salida al temor dogm?tico y exteriorizar el alineamiento incondicional con la confesi?n cat?lica. En este sentido, escribe, de nuevo, la historiadora que el auto no s?lo pod?a provocar temor sino tambi?n la sensaci?n consoladora de alcanzar con la punta de los dedos un mundo nuevo, por supuesto desigualmente justo, con una fuerte connotaci?n identitaria: ellos, los herejes, desviados, encarnaci?n corporal del demonio; nosotros, los miembros de una comunidad espiritual que ha ejercido la justicia, para desechar de ra?z el mal, y la misericordia, para perdonar y acoger a aquellos individus que muestran arrepentimiento992. En Catalu?a, la llegada del primer inquisidor en 1487 y el primer auro celebrado ese mismo a?o iniciaron una larga y tensa historia de relaciones entre la nueva isntituci?n y la poblaci?n e instituciones aut?ctonas que vivieron momentos de gran conflictividad como ya hemos visto en este cap?tulo. Pero, como ha evidenciado Doris Moreno, la Inquisici?n, tambi?n fue un mecanismo de consolidaci?n y ascensi?n social mediante el que no pocas familias catalanas, ejerciendo como sus oficiales o familiares, consiguieron alcanzar una posici?n social bienestante y llegar a formar parte de las ?lites ciudadanas993. Francisco Bethencourt ha apuntado la escasa presencia real en los autos de fe, cifrando en diez el n?mero de ?stos a lo largo de la historia del tribunal; aunque, si fue habitual la presencia de los virreyes. Carlos V presenci? el auto de fe de Valencia (1528); la regente do?a Juana y el pr?ncipe don Carlos, el de Valladolid; Felipe II, los de Toledo (1560), Barrcelona (1564) y Lisboa (1582); Felipe III, los de Toledo (1600) y ?vora (1619); Felipe IV, el de Madrid (1632); Carlos II, el de Madrid (1680) y, finalmente, Felipe V, el de Madrid (1720). Apunta Doris Moreno que la asistencia real al auto de fe magnificaba su mensaje hasta convertirlo en un reflejo del esplendor del poder994. As? pues, Barcelona fue una de las pocas ciudades de la monarqu?a en la que se celebr? un auto de fe con presencia del rey, en este caso, Felipe II, cuando llevaba casi un mes residiendo en ella. Tenemos escasas y breves referencias de esta ceremonia. el domingo 5 de marzo de 1564, fueron condenados a ser quemados ocho hombres y dos efigies, acusados de luteranismo y ?molts altros a assotar y altres a galera, los mes eran luterans hiaviahi dues dones los mes eran alienigenes?. El auto se celebr? en la plaza del Born ya que ne la plaza del Rey todav?a estaba el castillo ef?mero a imitaci?n del de Salses que se hab?a construido para celebrar un ?ltimo espect?culo. Los diputados prestaron a los inquisidors el entoldado para cubrir la plaza lo que denota cierto 992 Op. cit., p?g. 146. 993 Para un estudio de estas familias vinculadas al Santo Tribunal v?ase MORENO, D., ?Redes clientelares e Inquisici?n en la Barcelona de Felipe II?, en Felipe II y el Mediterr?neo: La monarqu?a y los reinos (II), vol. IV, p?gs. 43-64. 994 MORENO, D., ?Cirios, trompetas??, p?g. 160. 363 entendimiento ?obligado o no? entre ambas instituciones. Desde una ventana, Felipe presenci? la sentencia; el arzobispo de Tarragona, acompa?ado de los obispos de Barcelona, Urgell, otros prelados del Principado y los inquisidores lo hicieron desde otras pr?ximas a la del soberano. Tras finalizar la ceremonia, los sentenciados a ser relajados fueron quemados cerca del baluarte de Llevant, dentro de los muros de la ciudad. Este auto de fe culminaba todo el programa festivo organizado para la primera visita de Felipe II a Barcelona que ?recordemos? se dise?? para mostrar la ciudad como un basti?n del catolicismo contra la amenaza de los hugonotes franceses. Todos los festejos se dirigieron a la lucha contra los enemigos de la religi?n cat?lica. Y, claro est?, en este programa festivo el Santo Oficio ten?a un papel destacado. Pese a las resistencias y reticencias que en el Principado surgieron en torno a su implantaci?n, el poder e importancia que ?ste estaba alcanzando en los primeros a?os del reinado de Felipe II fue decisivo a la hora de aceptar el auto de fe como medio de demostraci?n y aceptaci?n de la vigilancia inquisitorial. Adem?s, como apunta Doris Moreno, el auge social del tribunal se situ? en la d?cada de los a?os 60 y 70 del siglo XVI, inici?ndose con este auto de fe995. Ya hemos visto en este cap?tulo como en 1555 y 1561 surgieron problemas entre las autoridades municipales y los inquisidores que se han de enmarcar en el intento de ?stos ?ltimos de encontrar y consolidar su representaci?n p?blica en el ceremonial de la ciudad. Esta representaci?n la obtendr?n, y no es casualidad, este mismo a?o de 1564, en el que por primera vez la Inquisici?n fue uno de los tribunales que sali? a recibir al monarca ante su llegada, encontrando, de esta manera, su hueco en el ceremonial municipal. Y es que, en esos a?os, ?la presi?n hugonote revaloriza el papel del Tribunal?. 6.9. Conclusi?n. Con lo escrito hasta ahora, hemos tratado de aportar un poco de luz a un ?mbito poco estudiado en la ciudad como es el de la liturgia de la monarqu?a en sus visitas a la capital catalana. Evidentemente, la sociedad barcelonesa, como toda sociedad moderna, pose?a de un mayor n?mero de festejos y ceremonias religiosas que en este cap?tulo no se han estudiado ya que nos hemos ce?ido estr?ctamente al tema de estudio que son las pr?cticas religiosas de los monarcas de la casa de Austria en sus visitas al Principado. Hemos visto como la ausencia permanente del soberano imped?a su participaci?n en muchos de los actos lit?rgicos a los que durante la Edad Media acudi?; aunque esto no significaba que perdiesen esplendor, como por ejemplo la procesi?n de la Inmaculada Concepci?n. Otras ceremonias sencillamente dejaron de celebrarse como era la invitaci?n tradicional que por Navidad hac?a el rey a los consellers para que fuesen a comer a palacio y la donaci?n monetaria que ?stos ofrec?an al soberano. Por este 995 MORENO, D., ?Redes clientelares??, p?g. 57. 364 motivo, se han estudiado exclusivamente aquellas ceremonias en las que contamos con presencia real a lo largo de siglos modernos. En el an?lisis de las visitas reales a la catedral, iglesias y monasterios de la ciudad se ha evidenciado que, a menudo, se produc?a una falta de entendimiento entre las autoridades municipales y eclesi?sticas de la ciudad, por un lado, y los oficiales reales y miembros del s?quito del rey, principalmente mayordomos y capellanes. El problema no era la figura real, sino las competencias que tanto unos como otros pretend?an tener, todas ellas emanadas de un mismo origen: el privilegio real. Por un lado, los consellers ?celosos guardianes del ceremonial? y los can?nigos del cabildo defend?an sus prerrogativas conseguidas mediante privilegio regio a lo largo de los siglos medievales como medio de subsistencia y de defensa de sus resortes de poder. Por el otro, los capellanes y mayordomos del rey que siguiendo la etiqueta palaciega y el ceremonial propio de la corte de Madrid, defend?an sus parcelas de poder y proximidad al rey. Era pues un choque de ceremoniales, originados y destinados ambos a la persona del rey, en los que los desacuerdos surgidos entre ambos, a veces, pon?an en evidencia la desconfianza y los resquemores existentes entre catalanes y castellanos, como en el caso anteriormente visto en el que los primeros acusaban a los segundos de no entender de ceremonial. Sin embargo, no se puede concluir este cap?tulo sin hacer una referencia expl?cita al Concilio de Trento y a la importancia que este tuvo en el devenir de la liturgia tanto oficial como popular. El alineamiento de Felipe II a la causa tridentina fue notorio desde el primer momento. Su lucha, heredada de su padre, contra la herej?a no le dejaba otra opci?n que abrazar el ultracatolicismo para defender los intereses de su monarqu?a (hegemon?a mundial), de su dinast?a (monarqu?a universal) y los de la cristiandad cat?lica (difusi?n y defensa mundial de la fe). Y para ejercer los postulados de Trento, Felipe II y sus descendientes dispusieron de un arma eficaz: la Inquisici?n. As?, la segunda mitad del siglo XVI vivi? el nacimiento de una nueva religiosidad basada en la devoci?n total hacia el dogma cat?lico y en el temor a la acci?n inquisitorial que vivi? en estos a?os su momento de m?xima actividad que coincidi? con su inclusi?n en el ceremonial barcelon?s. Esta nueva religiosidad alcanz? su c?nit en el siglo XVII. La sociedad barroca har? muestra p?blica de su confesionalidad. Significaba el triunfo de la religiosidad exterior a la interior, propugnada por erasmistas y m?sticos. Era necesaria la puesta en escena de la religiosidad de la comunidad y el mejor medio para ello fue la procesi?n. Estas ceremonias colmaron el calendario festivo de las sociedades modernas con un desmesurado culto a santos con la veneraci?n de sus reliquias y la traslaci?n de sus cuerpos, que significaban un triunfo y exlataci?n de la fe. Barcelona, pese a la presencia irrisoria de los monarcas Habsburgo desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII, se imbuy? de esta religiosidad barroca propugnada por Iglesia y monarqu?a. Mediante la celebraci?n de traslaciones, como la famosa de san Ram?n de Penyafort, y un sinf?n de procesiones devotas, encontr? un m?todo de integraci?n en el sistema pol?tico-cultural de la monarqu?a. Sin embargo, ?nicamente se consigui? la integraci?n cultural ya que la 365 imposibilidad de integraci?n pol?tica llev? a la ruptura de 1640, precisamente durante una de las procesiones de mayor arraigo en la capital catalana y en la monarqu?a: el Corpus Christi. 366 367 CAP?TULO 7: LA DIMENSI?N ECON?MICA DE LAS VISITAS REALES. En el presente cap?tulo abordaremos el estudio de los aspectos econ?micos de las visitas reales en Barcelona. De entrada, hay que destacar que complementa al segundo cap?tulo de este trabajo en el que ?recordemos? se trat? el aposento y el avituallamiento de la corte a su llegada a la capital catalana. Sin embargo, decidimos realizar un estudio separado de estos dos aspectos ya que formaban parte del denominado droit e g?te, por el que la ciudad donde llegaba el rey deb?a darle alojamiento y alimento durante su estancia. Adem?s, las compras de trigo realizadas para el abastecimiento de Barcelona no se inclu?an en las cuentas de los gastos generados por la visita sino que se pagaban de cuentas dedicadas exclusivamente para ello. Por esto, a continuaci?n, abordaremos el coste de las visitas reales seg?n las partidas presupuestarias que se destinaron para prepararlas. Las jornadas reales, con el traslado de toda la corte, integrada por un n?mero, cada vez mayor, de cortesanos y miembros de los Consejos, supon?an un enorme desembolso para las arcas reales y, a menudo, la falta de liquidez de la hacienda real caus? retrasos, e incluso anulaciones, en la ejecuci?n de estos viajes regios. Pero, para la ciudad que recib?a la visita del monarca tambi?n supon?a un gran desembolso de dinero p?blico996. La preparaci?n de los festejos para agasajar al monarca, de las luminarias celebradas en su honor, as? como de los aparatos ef?meros dise?ados para la ocasi?n colmaban la mayor parte de los presupuestos destinados para la visita. Hay que indicar que no siempre disponemos de los datos econ?micos y empezamos a disponer de ellos, con cierta regularidad, a partir de la segunda mitad del siglo XVI. Hasta esa fecha ?nicamente tenemos datos dispersos de pagos que no nos permiten elaborar un an?lisis continuado del gasto desde finales de la Edad Media hasta la segunda mitad del siglo XVII. Pero el estudio de las partidas que disponemos si nos permitir? tener una visi?n global de la evoluci?n del gasto de las instituciones municipales y regn?colas para los festejos y dem?s actos organizados para la visita real a partir de la segunda mitad de la centuria. Para ello, nos centraremos, concretamente, en los datos de las dos principales instituciones catalanas: el Consell de Cent y la Diputaci? del General. En primer lugar, hay que advertir que, a pesar de la opini?n generalizada de que el gobierno municipal de Barcelona era el que realizaba el mayor gasto debido a los festejos que preparaba y los decorados ef?meros que levantaba, en realidad, era la Diputaci? del General la que invert?a una mayor suma ya que era esta instituci?n la que 996 Tenemos pocos estudios sobre el gasto p?blico empleado en las fiestas. Un ejemplo de ello lo tenemos en CASTILLO C?MEZ, A., ?Las fiestas y el gasto p?blico en el Concejo de Alcal? de Henares en el siglo XV?, en BARCEL? CRESP?, M. y SUREDA GARC?A, B. (Coords.), Espai i temps d?oci a la hist?ria. XI Jornadas d?Estudis Hist?rics Locals (Palma de Mallorca, 14-17 de diciembre de 1992), Palma de Mallorca, Govern Balear, 1993, p?gs. 293-312. 368 constru?a la mayor parte de las arquitecturas ef?meras, a los que hay que a?adir la celebraci?n de los torneos en honor del rey. En el Archivo de la Corona de Arag?n se encuentran los libros de cuentas de las visitas reales a Barcelona y otros festejos extraordinarios, como nacimientos de infantes e infantas, desde la llegada de Maximiliano de Austria, en 1548, exceptuando la primera visita de Felipe IV en 1626. Por este motivo, hemos incluido en el cap?tulo los datos que se ofrecen sobre algunas fiestas reales celebradas en la ciudad a finales del siglo XVI y durante el XVII que nos permitir?n tener una visi?n de conjunto del gasto p?blico en los festejos. Sin embargo, lamentablemente, no disponemos de libros de cuentas donde se recogieron los gastos ocasionados al Consell de Cent. Las informaciones obtenidas son dispersas y se han extra?do, b?sicamente, del Registre de Deliberacions del Arxiu Hist?ric de la Ciutat de Barcelona. Por ?ltimo, analizaremos las repercusiones econ?micas que las visitas reales tuvieron para la ciudad. La llegada del rey, pese al importante gasto que comportaba, era una buena oportunidad de negocio para muchos ciudadanos. Todos los artesanos y peones que participaron en los preparativos encontraron en estas visitas un modo de ganar un dinero extra. De esta manera, las visitas reales se deben interpretar como dinamizadoras de las econom?as ciudadanas ya que movilizaron a gran parte del sector productivo de la urbe. 7.1. El coste de la jornada real. Como hemos apuntado anteriormente, las jornadas reales supon?an un enorme gasto para la Corona. La Hacienda real, siempre exhausta, deb?a hacer un sobreesfuerzo para sufragar los gastos de la visita y la falta de liquidez provoc? el retraso de la puesta en marcha de estas jornadas, a la espera de conseguir esta liquidez. John H. Elliott ya advirti? que detr?s de la demora en el viaje de Felipe IV a la Corona de Arag?n se encontraba la ruina en la que se encontraban las finanzas reales997. Por este motivo, a menudo los monarcas solicitaban servicio a las ciudades para costear estos viajes. Es el caso de la emperatriz Mar?a que a su paso por Barcelona solicit? un pr?stamo a la ciudad de 12.000 libras para poder continuar su viaje hasta la corte de Lisboa donde se esperaba su hermano Felipe II. Com a causa del llarch cami ha fet de les parts de Alemanya fins a la present ciutat per anar a la cort de sa magestat nostre rey y senyor se troba al present ab falta y necessitat de diners y tal que sols a dita causa se dete en la present ciutat que la present ciutat ciutat li volgues emprestar dotze milia liures offerintse tornar aquelles dins breu temps998. La emperatriz prometi? devolver ese dinero en breve y si no lo hac?a, ser?a descontado por su hermano, el rey, en las pr?ximas Cortes que se celebrasen en el 997 ELLIOTT, J.H, La Revolta Catalana, 1598-1640. Un estudi sobre la decad?ncia d?Espanya, Valencia, PUV, 2006, p?g. 170. 998 AHCB, Registre de Deliberacions 1581-1582, fol. 19, 13 de enero de 1582. 369 Principado. El Consell de Cent, debido a la calidad de la persona que solicitaba el pr?stamo, accedi? a la petici?n pero, como no hab?a liquidez en las arcas municipales, este dinero ser?a ?manllevat a censal? a raz?n de 25 por 1.000. Adem?s, se decidi? que el dinero ser?a devuelto por el soberano en las dichas siguientes Cortes y si no lo hac?a tampoco, lo har?a la propia emperatriz. Finalmente, un grupo de nobles y ciudadanos honrados ofert? al consejo municipal una cauci?n en la que cada uno se compromet?a a afrontar una cantidad de dinero si ese dinero no era devuelto999. Seg?n el cronista Cabrera de C?rdoba, Felipe III otorg? a Juan Andrea Doria 30.000 ducados como ayuda de costa para la traves?a de la reina Margarita hasta la pen?nsula, a los que hab?a que sumar otros 20.000 que ya le hab?a pagado el difunto rey Felipe II1000. Adem?s, la conservaci?n del prestigio de la monarqu?a obligaba a incrementar el gasto para que el viaje de la persona real se hiciera con toda solemnidad y decoro que requer?a. Como ejemplo, a mediados de enero de 1630, se le?a en el Consell de Cent de la ciudad de Barcelona el siguiente mensaje escrito por el virrey, en nombre de Felipe IV: Y como la felicidad de Espanya consiste en tener lexos la guerra havemos darle muchas gratias por la atention y cuydado con que trata de nuestra quietud y de haver antepuesto el sustento de sus exersitos a las provisiones de Su casa y a las del viage de la Serenissima Reyna de Hungria la qual se halla ya en camino para venir a esta Ciudad a embarcarse y me ha mandado su Magd. diga a V.Ms. que no se podra continuar esta jornada con la decencia y decoro que se debe a tan esclarecida Princessa si esta Ciudad no se esfuer?a en prestarle sinquenta mil escudos que su Magd. promete que del servicio de las Cortes que hisiera esta provincia se pagaran en la primera partida y quedara muy obligado de que en cojuntura de tanta estrechesa le haga esta Ciudad tal servicio1001. Como se puede comprobar, el mantenimiento del decoro era de suma importancia y, por tanto, la solemnidad de la corte que acompa?aba a la reina. Pero como bien expone el virrey, la estrechez del momento y, en particular, la que estaba sufriendo el Principado motiv? la negativa del Consell de Cent con ?lo pesar tan gran que esta Ciutat te de no poder acudir a servir a sa Magt.?, alegando, y con raz?n, una gran falta de provisiones en Barcelona que imped?an dicho servicio. Pero no ces? el monarca en su empe?o y, de nuevo, conmin? al virrey a que hiciera la petici?n: Es tan grande la confian?a de su Magd. del amor y zelo que esta Ciudad tiene a su servicio que anuque le embie la respuesta que V.Ms. dieron a su carta buelve de nuevo a ordenarme que les represente el travajoso estado en que se halla su Real Patrimonio, por haver acudido en primer lugar al sustento de los exersitos que mantiene fuera de Espanya contra los que acometen a su Monarquia, que verdaderamente falta para las provisiones mas for?osas de la persona y Casa de la Se?ora Reyna de Ungria (?) Y yo de nuevo les buelvo a proponer de su parte, Pues llegaria a ser 999 Dichos nobles fueron: don Pedro Galcer?n de Pin?s, vizconde de Canet, que aportar?a 2.000 ll; don Pedro de Santcliment, 1.000 ll; don Ramon Torrelles, 1.000 ll; don Jeroni de Pin?s, 2.000 ll; Miquel Doms, 2.000 ll; Jaume Salba, 1.000 ll; Jaume Alemany de Bellpuig, 1.000 ll; Climent Folquers, 1.000 ll; don Joanot de Queralt, 1.000 ll y, finalmente, Llu?s Raymon de Jorba, 1.000 ll. En AHCB, Registre de Deliberacions 1581-1582, fol. 27, 18 de enero de 1582. 1000 CABRERA DE C?RDOBA, relaciones de las cosas sucedidas en la corte de Espa?a desde 1599 hasta 1614, publicado por GARC?A C?RCEL, R., Salamanca, Junta de Castilla y Le?n, p?g. 27. 1001 AHCB, Registre de Deliberacions, 1630, fols. 40-41, 14 de enero de 1630. 370 verguen?a de que participariamos todos sus vassallos que viesse el mundo que por falta de dineros se detenia en esta Ciudad la senyora Reyna de Ungria, y que le faltava a un monarca tan grande como el nuestro de su azienda o, de la de sus vassallos para llevar a su hermana a la casa de su marido, cosa que aun los mas viles hombres lo tendrian por suma miseria. Yo asi como conosco el amor y fidelidad que esta Ciudad tiene en sus cora?ones al servicio de su Magd desearia que el mundo conociesse con las obras quanto se conduele de las congoxas de su Principe, y como acuden con obras en la necessidad sin tener mas obligaciones que el zelo de su grandeza y que los enemigos de su Corona no se alegren con estas dilaciones1002. Sin embargo, a pesar de los argumentos conmovedores del mensaje, las autoridades municipales no se dejaron cativar tan f?cilmente y se reunieron para deliberar de nuevo la petici?n del soberano tras lo cual se decidi? nombrar una comisi?n de doce personas que junto a los consellers deb?an estudiar y analizar los pros y los contras de conceder dicho servicio. Pero el tiempo apremiaba para el rey y el viaje de la reina no se pod?a demorar m?s ya que el emperador urg?a que la reina se embarcase cuanto antes. Por este motivo, Felipe IV no pod?a esperar el largo proceso que llevar?a a la comisi?n a tomar una determinaci?n. As? que se decidi? a solicitar un servicio o subsidio, sin cantidad establecida: ?que la Ciudad la sirva ?a la reina de Hungr?a? con alguna cantidad considerable para salir de la estrechesa en que se halla?. Esta propuesta si fue aceptada por el gobierno municipal que, finalmente decidi? concederle 12.000 libras, que conseguir?a mediante la emisi?n de un censal1003. Queda claro, pues, que las jornadas reales obligaban a un importante desembolso de dinero que exig?a, a menudo, la colaboraci?n pecuniaria de las autoridades municipales. 7.2. Evoluci?n del gasto p?blico de la Generalitat y del Consell de Cent para las visitas reales. Como se ha apuntado anteriormente, la Generalitat y el Consell de Cent eran las principales instituciones que realizaban el gran desembolso para recibir al soberano. A lo largo de los siglos modernos, este gasto aument? a medida que se incrementaban las necesidades representativas de la corona, con una mayor pomposidad y solemnidad de los viajes, fiestas y cermonias regias. A finales del siglo XIV y, sobre todo, a lo largo del XV ya se produjo un incremento del gasto en los festejos reales debido a la mayor dimensi?n y solemnidad que ?stos alcanzaron con la dinast?a Trast?mara. La aparici?n de las primeras arquitecturas ef?meras en las entradas reales, como pueden ser las fuentes o las portaladas, caus? este incremento. No deja de ser paradigm?tica la aparici?n en Barcelona del Llibre de les Solemnitats, obra en la que se recog?an los festejos y ceremonias que provocaban un gasto extraordinario y que era importante dejar constancia de ella para que sirviesen de precedentes a seguir y, as?, no hacer m?s de lo estipulado en esta compilaci?n y no gastar, de este modo, m?s de la cuenta. 1002 Op. cit., fol. 78, 6 de marzo de 1630. 1003 AHCB, Registre de Deliberacions, 1630, fol. 90. 371 Las ciudades como Barcelona deb?an hacer frente a los gastos recurriendo a la implantaci?n de algunas imposiciones sobre algunos productos ya gravados como el vino y la carne. As?, en julio de 1479, el Consell de Cent estableci? una imposici?n de 1 diner sobre los derechos ? de la carn e del vi e venema per pagar les despeses qui se son fetes per causa de la sepultura del Senyor Rey?, es decir, Juan II, y por ?les despeses fahedores per la venguda del senyor Rey en Fferrando fill primogenit del dit Senyor?1004. Asimismo, en 1481, el gobierno municipal decidi? alargar el mismo derecho establecido, en esta ocasi?n, por la llegada de la reina Isabel de Castilla hasta que fuesen pagados todos los gastos de su visita1005. De este modo, durante los ?ltimos a?os de la centuria, los gastos derivados de las visitas de los monarcas se sufragaron, en parte, mediante este tipo de imposiciones1006. Sin embargo, la entrada real de Carlos I, en 1519, y, sobre todo, la visita de la emperatriz Isabel, en 1533, que como ya apuntamos significaron la absorci?n e introducci?n de los postulados renacentistas en el Principado y la construcci?n de novedosos y ricos decorados ef?meros, oblig? a las autoridades catalanas a recurrir a la deuda p?blica para poder costearlos. Como apunta Jaume Dant?, el Consell de Cent de la ciudad hab?a conseguido eliminar la deuda p?blica consolidada a ra?z del redre? econ?mico impuesto por Fernando el Cat?lico, en 1491, lleg?ndose a amortizar 40.000 libras. Pero, a inicios de la centuria siguiente, tuvo que echar mano, de nuevo, de la emisi?n de censales para sufragar los diversos gastos extraordinarios que se presentaban1007, ya fueran para la provisi?n de cereales, por motivos b?licos u otros, como eran los ceremoniales. Disponemos de algunos ejemplos de ventas de censales, en 1533, para poder financiar los gastos de la entrada de la emperatriz Isabel y quede como ejemplo el vendido en nombre de la Ciudad por su clavari, el doncel Miquel Setant?, a Joan Ferra, tendero de telas de Barcelona, de 500 libras de precio y 400 sueldos de pensi?n anual, a raz?n de 25.000 sueldos por 1.000 de pensi?n, cargado especialmente sobre el derecho de Barcelona del flor?n y el medio flor?n1008. 1004 DACB, vol. III, p?g. 7, 1 de julio de 1479. 1005 DACB, vol. III, p?g. 18, 28 de julio de 1481. 1006 En 1492, para sufragar los gastos de la entrada real del pr?ncipe Juan se volvi? a establecer dicha imposici?n que se empez? a cobrar el 10 de agosto de 1492: ?Aquest dia se tenc Concell de C Jurats per lo qual fou imposat lo dret de I diner de la carn vi e venema per a pagar les despeses quis faran per la nova intrada de la venguda quis spera del senyor princep fill de la magestat del Senyor Rey?, en DACB, vol. III, p?g. 94, 31 de julio de 1492. 1007 DANT? RIU, J., ?El govern de la ciutat de Barcelona a l??poca moderna: estabilitat institucional, dificultats financeres i relacions amb el poder reial?, en ROVIRA, M. y RIERA, S. (Coords.), El temps del Consell de Cent, II. La persist?ncia institucional segles XV-XVII, Barcelona Quaderns d?Hist?ria, Barcelona, Ajuntament de Barcelona, 2001, p?g. 137. 1008 MAN? i MAS, M. C., Cat?leg dels pergamins municipals de Barcelona. Anys 1531-1559, vol. IV, AHCB, p?g. 44. En esta obra se incluyen otras dos ventas de censals morts por el mismo motivo y en fechas muy cercanas. Uno vendido al noble Pere Aragall, como usufructuario, y a su mujer Aldon?a, como propietaria, de 8 libras de pensi?n anual y 200 ll de precio, cargado sobre el mismo derecho del flor?n y del medio flor?n, op. cit., p?g. 46. El otro, vendido a la doncella Elionor, hija del caballero Mateu Vidal Despl?, era de 40 libras de pensi?n anual que se deb?an cobrar el primero de octubre, y era de 1.000 ll cargado sobre el derecho de Barcelona del vino y la vendimia a raz?n de 25.000 sueldos por 1.000 de pensi?n, op. cit., p?g. 54. 372 Hay que esperar hasta el a?o 1548, el de la visita de Maximiliano de Austria para tener relaciones completas de los gastos que se dedicaron para honrar al hu?sped. Dada la petici?n regia de que fuese tratado como si fuera la misma persona del emperador, se celebraron luminarias en su honor, cosa que conllev? a un incremento importante del gasto. La Generalitat invirti? para dicha visita 360 libras, cantidad que se deposit? en la Taula de Canvi de la ciudad en dos pagos ?el primero de 240 ll y el segundo de 120 ll? para que el regent los comptes de la Diputaci?n del General pudiese disponer de ?l1009. Por su parte, el Consell de Cent dispuso en manos del escriva de les obres 200 libras para efectuar los pagos de los festejos de la llegada del pr?ncipe austr?aco1010. Sin embargo, a ellas hab?a que a?adir los costes de la f?brica del puente que los consellers ordenaron construir para el desembarco del archiduque que fue de 214 libras. A todo ello, hubo que sumar 172 libras por el pago de 26 coblas de juglares; 30, para las estrenas de los oficiales y criados del archiduque; 70 por el pago de 1.687 libras de candelas de sebo y, finalmente, otro de 134 libras para acabar de cubrir los gastos de la visita que alcanzaron u total de 820 libras. ?stos evidencian que, a menudo, los gastos realizados superaron en mucho las primeras previsiones de las autoridades como demuestran las partidas que progresivamente se van estableciendo para sufragar la totalidad de los mismos. Se puede afirmar, pues, que los gastos de las visitas reales, en muchas ocasiones, se escaparon de control y del presupuesto inicial. As? pues, a lo largo de este cap?tulo analizaremos la evoluci?n de estas operaciones y el consumo de algunos productos imprescindibles para la celebraci?n de los festejos. Y es que llegando la segunda mitad del siglo XVI, el incremento de la solemnidad y el tama?o y pomposidad de los cortejos regios obligaron a las autoridades a crear cuentas extraordinarias destinadas exclusivamente para la visita real cuyas operaciones de pago se recog?an todas juntas para tener un mejor control de los gastos. La Diputaci? del General orden? al regent los comptes que llevase una contabilidad aparte y extraordinaria sobre los gastos derivados de la estancia del archiduque. Hasta ese momento, los pagos se realizaban de las partidas ordinarias de la Generalitat, especialmente de la de menut y correu. En cambio, la Ciudad no mantuvo el mismo criterio y se bas? en lo que marcaba el redre? en cuanto que estos pagos se pod?an hacer ?axi del compte ordinari com extraordinari o part de hu o part de altre o tot de hu o tot de altre segons que ja per ordinacions del nou redre? del any 1545 es licit?1011. Por este motivo, es bastante dif?cil acceder e interpretar a la contabilidad municipal sobre las visitas y festejos reales ya que se encuentran muy dispersas. Adem?s, los pagos del Consell de Cent se hac?an seg?n albaranes que inclu?an otras ventas o servicios prestados al cabildo municipal, a veces por determinados per?odos de tiempo, y que, en muchas ocasiones, no especificaban si el motivo del pago era la visita real. As? pues, dada la mayor confusi?n con las cifras del Consell de Cent y el orden y la claridad de 1009 ACA, Generalitat, G-35. Esta serie documental incluye las cuentas de algunas visitas reales sucedidas en Barcelona desde 1548, con la llegada de Maximiliano de Austria, y de algunos festejos como son las natividades de los infantes e infantas. La mayor parte de la informaci?n econ?mica citada en este cap?tulo est? extraida de esta serie. 1010 AHCB, Consell de Cent, Clavaria, 1B. XI-156, fol. 116. 1011 AHCB, Registre de Deliberacions, 1580-1581, fol. 110. 373 las de la Diputaci? del General, seguiremos ?stas para hacer el an?lisis de la evoluci?n del gasto p?blico en la Barcelona moderna, eso s?, contrast?ndolas con algunas de las cifras que poseemos del gobierno municipal. En 1564, para hacer frente a los gastos de la primera visita de Felipe II al Principado y de sus sobrinos los infantes de Bohemia, la Generalitat recurri? a una cuenta de 4.000 libras establecida para pagar los costes generados en el conflicto surgido entre los diputados y los inquisidores en torno a las ventanas y los porteros de la c?rcel del obispado1012. Los inquisidores ordenaron detener al carcelero del obispo y los diputados decidieron abrir dicha cuenta para poder sustentar al reo. La cantidad final destinada para dicha causa fue irrisoria y, pr?cticamente, se destin? su totalidad para sufragar los gastos de la visita real. A ?sta se le tuvo que a?adir otra suma hasta completar las 5.782 libras que, finalmente, costaron a la Generalitat los festejos de la estancia de Felipe II. Podemos advertir, eso s?, un aumento significativo del gasto. Ya hemos visto a lo largo del presente trabajo la cantidad de festejos y de aparatos ef?meros cosntruidos para la llegada del monarca que motivaron este importante incremento del dispendio. Lamentablemente, no podemos aportar los datos municipales, pero es seguro que el gasto tuvo que ser importante si prestamos atenci?n a la gran portalada que la ciudad levant? en el portal de Sant Antoni cuyo an?lisis hicimos en el cap?tulo cuarto. Tambi?n es importante dejar claro que parte de este sustancial incremento del gasto se debe a la celebraci?n de la ceremonia de la entrada real, por ser la primera visita de Felipe II a Barcelona. Sin embargo, consideramos un tanto desorbitada la cifra que apunta Perot de Vilanova en su dietario de 50.000 libras gastadas por la Generalitat y el Consell de Cent en la jornada de Felipe II1013. Como hemos defendido a lo largo de este trabajo, durante la segunda mitad del siglo XVI se produjo un cambio en el ceremonial de la monarqu?a hisp?nica que pretender? mostrar su grandeza y prestigio ante el resto de naciones europeas. Una de las repercusiones de este cambio y de esta nueva dimensi?n del ceremonial real fue que Barcelona pas? a convertirse en la puerta de entrada y salida de la monarqu?a hacia Europa y ello le obligaba a emplearse de manera concienzuda en los recibimientos a personas reales extranjeras como vimos en el tercer cap?tulo. Y, claro est?, eso significaba un mayor desembolso econ?mico en materia de ceremonial y festividades. As?, si para el puente construido por los consellers para recibir al pr?ncipe Maximiliano se dispusieron 240 ll, en 1581, para el desembarco de la emperatriz Mar?a, ya su viuda, se decidi? que fueran 500 ll las dispuestas para que, siguiendo la petici?n real de que se hiciese un puente mar adentro lo m?s largo y solemne posible, se pudiese llevar a cabo la f?brica de un puente ceremonial digno de la hermana de Felipe II y emperatriz de Alemania. Pero como el puente no fue del agrado del virrey, duque e Terranova, ya que no cubr?a las expectativas se tuvo que levantar uno nuevo, sumando el total del puente 900 ll. Pero, no acabaron aqu? los gastos del puente porque hab?a que decorarlo con pa?os que ascendieron a 800 ll. Por tanto, tenemos que la construcci?n del puente cost? 1012 ACA, Registre de Deliberacions, N-135, fol. 94, 9 de febrero de 1564. 1013 SIMON i TARR?S, A., op. cit., p?g. 48. 374 a las arcas municipales 1.700 ll, cifra nada despreciable a la que hab?a que sumar todos los gastos restantes de la visita, como, por ejemplo, las luminarias celebradas en su honor. Ayudar? a ver mejor este aumento del gasto la cantidad destinada por la Generalitat para la llegada del duque de Saboya, en 1585, situaci?n comparable por los motivos de la visita a la del archiduque Maximiliano, en 1548. De nuevo, el monarca solicit? a las autoridades catalanas que el duque fuera agasajado como si del mismo rey se tratase, con lo que se celebraron los acostumbrados tres d?as de luminarias o alimaries. Para ello, la Generalitat destin? 2.400 ll para las celebraciones que distaban mucho de las 360 ll que por el mismo motivo se gast? en 1548. La cifra fue incluso superior a la destinada para la llegada de Felipe II y su familia ese mismo a?o de 1585, en la que se gastaron en las luminarias 1.800 ll. Sin embargo, no fue esta la ?ltima cantidad gastada por la Generalitat para la llegada del monarca ya que a ella hab?a que sumar los gastos del importante torneo celebrado ante ?l que ascendieron a 8.280 ll1014. Por su parte, la Ciudad tambi?n realiz? un fuerte desembolso de dinero para agasajar al soberano. Si para la llegada del duque de Saboya destin? unas 1.000 ll, los gastos por la visita del rey y su familia la obligaron a poner a disposici?n del escriva de les obres 10.700 ll1015. Pero hubo una visita real que gener? el mayor gasto p?blico de todo el per?odo de los Austrias y fue la de Felipe III, en 1599. No disponemos de las cantidades destinadas por el Consell de Cent debido al mal estado en que se encuentra la documentaci?n municipal de ese a?o que no permite su consulta. ?nicamente tenemos una referencia en el Detari de la ciudad en el que se establece la cifra tope de 20.000 ll para los gastos por la entrada y visita1016; aunque es de suponer que esta cantidad se vio ampliamente superada. De esta cantidad, 15.000 se dispusieron para el corte de la carne destinado a sustentar a la numerosa corte que segu?a al rey, que viajaba ?recordemos? con toda la familia real y a la que hab?a que sumar la del archiduque Alberto. En 1014 En ACA, Generalitat, G-85, tenemos el libro de cuentas del torneo celebrado en 1585 en honor del soberano, pero, lamentablemente, se encuentra en un estado p?simo de conservaci?n por lo que est? fuera de consulta. Los datos que hemos podido obtener de este torneo los tenemos en ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 184. Aqu? se especifica el reparto de dinero que a cada oficial de la Generalitat le pertenec?a para vestirse adecuadamente para la visita del monarca y el que se adjudic? a cada participante en el torneo. 1015 Esta cantidad se deposit? en cuatro cantidades: 2.400 ll, 2.500 ll, 2.800 ll y 3.000 ll. 1016 A 5 de noviembre de 1598, el Consell de Cent tom? la decisi?n de que la veintecuatrena elegida para organizar las fiestas y preparativos por la llegada del rey, junto con los cinco consellers, ?tinguen special carrec y cuydado y poder de desliberar y der se fassen totes aquelles festes axi de alimaries com altres, y totes altres coses axi per embelliment de la present ciutat com alias quels aparexera convenir ques fassen per la venguda del rey nostre Sor. y Sora. Reyna, los gastos de les quals coses se hagen de pagar del compte de la universitat, donantlos poder y facultat a dites vint y quatre persones y a la major part de aquelles ensemps ab dit magchs. consellers de desliberar y fer e, desprendrer sobre e, per raho de les provisions y altres coses necessaries pera dites festes e altres coses desus dites com millor les apparexera, cometentlos dit consell sobre les dites coses totes y sengles plenament sus veus y for?es, y tal y tanta facultat y potestat qual y quanta te lo dit consell, ab tal empero que los dits Sors. Consellers y vint y quatre persones gastaran en dites coses no excedesca de vint milia liures?, en DACB, vol. VI, p?gs. 155-156. 375 cambio, si disponemos de la suma gastada por la Generalitat que ascendi? a 62.500 libras1017: una cifra del todo desorbitada. La voluntad de agasajar al monarca era clara. Y es que a mayor gasto en las celebraciones para agradar al soberano, mayor ser?a su ben?vola respuesta en las Cortes convocadas. Ya sabemos lo pr?digas que fueron estas Cortes para los tres brazos, con numerosos t?tulos de nobleza y privilegios para los habitantes del Principado, as? como para sus gremios y oficios. Adem?s, dicha cifra permite cuestionar, como ha hecho Albert Garc?a Espuche, la crisis econ?mica catalana a finales del siglo XVI. Como apunta el historiador, los a?os noventa de este siglo fueron de un gran crecimiento econ?mico para el pa?s1018. En la siguiente tabla podemos observar las cantidades depositadas en la Taula de Canvi de la ciudad para que Joan Pau Serra, regent los comptes de la Generalitat, pudiese disponer de ellas. Hay que advertir, eso s?, que las primeras cantidades se depositaron justo antes de que el soberano cambiase de opini?n y fuese a celebrar su boda a Valencia por lo que no todo el gasto se produjo conjuntamente: FECHA CANTIDAD EN LIBRAS 30 de noviembre de 1598 6.000 4 de diciembre de 1598 6.000 29 de abril de 1599 30.000 12 de mayo de 1599 10.000 29 de mayo de 1599 10.500 Los gastos del Consell de Cent fueron menores que los de la Generalitat ya que fue ?sta la que erigi? la mayor?a de aparatos ef?meros y en el portal de Sant Antoni ya no se levant? la portalada, como en 1564, porque se hab?a construido nueva. Sin embargo, el enorme gasto que supuso para la Generalitat la visita rey y el cuantioso dep?sito de 30.000 libras en abril de 1599 permite deducir que se produjo cuerto derroche en los preparativos. Tanto es as?, que las arcas quedaron vac?as, ya que para las posteriores fiestas por la canonizaci?n de san Ram?n de Penyafort, en 1601, el gasto se redujo dr?sticamente: 2.500 ll depositadas en la Taula de Canvi en cantidades de 500 ll que indicaban una voluntad de ejercer un mayor control sobre los dispendios1019. Para poder tener una visi?n de conjunto sobre la evoluci?n de la inversi?n en festividades a lo largo del siglo XVII hemos considerado oportuno inlcuir las partidas destinadas para celebrar algunos acontecimientos como son los festejos por los nacimientos reales o los celebrados a favor del dogma de la Inmaculada Concepci?n. La celebraci?n de los natalicios, una de las principales festividades de glorificaci?n de la 1017 Las cuentas de todos los pagos que efectu? la Generalitat para dicha visita las encontramos en ACA, Generalitat, R-39, donde tambi?n hallaremos las de las visitas de los infantes de Saboya en 1606 o las de la canonizaci?n de san Ramon de Penyafort. 1018 Sobre la econom?a catalana de este per?odo v?ase GARC?A ESPUCHE, A., Un siglo decisivo. Barcelona y Catalu?a 1550-1640, Madrid, Alianza, 1998. 1019 ACA, Generalitat, R-39. 376 monarqu?a, supon?an un mayor gasto. As?, en 1605, para las celebraciones por el nacimiento del pr?ncipe Felipe (futuro Felipe IV), la Generalitat desembols? 13.506 libras1020, que contrastan con las 4.136 ll que se invirtieron al a?o siguiente en las fiestas por la llegada de los dos infantes de Saboya, cuando regresaban de la corte1021. ?nicamente tenemos los datos del Consell de Cent en cuanto a la llegada de los infantes a la capital catalana en 1603 que ascendieron a 2.850 ll y 1.350 ll para su regreso en 1606. En 1616, la celebraci?n de los matrimonios reales del pr?ncipe Felipe de Austria con Isabel de Borb?n y de Luis XIII de Francia con la princesa Ana de Austria gener? unos gastos para la Generalitat de 1.800 ll. Un a?o m?s tarde, las fiestas por el reconocimiento ?no oficial? del dogma de la Inmaculada Concepci?n costaron a la Generalitat 5.200 ll y, en 1622, por el mismo motivo, se volvieron a celebrar con un coste total de 2.000 ll. Como se puede comprobar con estos datos, se produjo una moderaci?n en el gasto, exceptuando las fiestas por los nacimientos reales. En las d?cadas de los a?os 20 y 30 del siglo XVII se produjo, de nuevo, un aumento en el gasto p?blico debido a los natalicios de la infanta Mar?a Eugenia, en noviembre de 1626, y del primog?nito Baltasar Carlos, en octubre de 1629, y a las visitas de Felipe IV, en 1626 y 1632, y de su hermana Mar?a de Hungr?a, en 1630. Para celebrar el nacimiento de la infanta se destinaron 11.000 ll; algo superior fue la cantidad desembolsada para el pr?ncipe Baltasar Carlos que sum? un total de 13.000 ll. Poco sabemos de los costes de la visita de Felipe IV, en 1626, porque apenas se conservan datos, o simplemente, no se hizo un registro aparte de ellos. ?nicamente sabemos que los diputados de la Generalitat hicieron tres pagos (1.500, 2.000 y 1.000 ll) que sumaban en totas 4.500 ll. A priori, una cifra baja, muy inferior a la de la entrada de su padre Felipe III y, posiblemente, incompleta. Sin embargo, si la comparamos con las escasas cifras que disponemos del Consell de Cent que suman un total de 6.447 ll1022, puede parecernos que la cantidad de la Generalitat no era tan incompleta. Para entender esta dr?stica disminuci?n debemos tener en cuenta una caracter?stica propia de la entrada de Felipe IV y de toda la visita: la ausencia de arquitecturas ef?meras o de grandes espect?culos caballerescos celebrados en su honor que abarataron considerablemente los costes. La mayor?a de este dinero se utiliz? para 1020 La Generalitat facilit? al regent los comptes, Joan Pla de Montorn?s, una suma total en 5 partidas de 11.000 libras. Pero al cuadrar las cuentas totales de la visita faltaron por abonar otras 2.506 ll, en ACA, Generalitat, R-39. 1021 Como en el caso anterior, los gastos superaron la previsi?n inicial de los diputados ya que a las 2.000 ll presupuestadas originariamente hubo que sumar otras 2.136 ll para poder hacer frente a todos los pagos. 1022 El d?a 19 de enero de 1626, el Consell de Cent, de su cuenta de ?perdua de menudes?, dispuso en manos del escribano de las obras Galcer?n Sever Pedralbes 2.000 ll para sufragar los gastos de la visita. Ya a 2 de abril de ese a?o, se le giraron 2.400 ll m?s ya 15 de ese mes otras 1.200 ll, para la traslaci?n del cuerpo de sant Ramon de Penyafort. A ellas, hay que sumar 100 ll concedidas por el mismo motivo a 30 de ese mes. Finalmente, a principios de septiembre se le giraron 300 ll para saldar el gasto de las luminarias por la llegada del rey. Por otro lado, al escriba racional de la ciudad, Joan Soler Ferran, se le facilitaron 120 ll para la celebraci?n del Te deum laudamos, celebrado por la llegada del rey, y 200 ll para la anteriorente citada traslaci?n. Tambi?n se dieron 127 ll para pagar los premios de los cert?menes po?ticos celebrados para dicha traslaci?n. 377 sufragar las luminarias por la llegada del rey y la traslaci?n del cuerpo de sant Ramon de Penyafort. Adem?s, la incertidumbre de la visita del rey a la ciudad por su inicial intenci?n de celebrar las Cortes en Lleida y su llegada inminente pudieron ser la causa de esta falta de preparativos y esta importante disminuci?n del gasto. As?, no parece err?nea la cifra de 55.578 ll 18 s y 9 d gastadas por la Generalitat entre 1600 y 1626 por las visitas de reyes, las de los infantes de Saboya y la celebraci?n de los natalicios regios, que aparece en el manuscrito n? 1.009 de la Biblioteca de la Universitat de Barcelona. A ellas, hay que sumar otras 20.241 ll gastadas en los funerales regios ocurridos durante ese per?odo y que son indicativos de la importante suma de dinero que la Generalitat deb?a desviar de su presupuesto para sufragar las fiestas vinculadas a la monarqu?a1023. En cambio, el gasto durante los a?os 30 fue muy importante. La llegada de la reina Mar?a de Hungr?a en 1630 signific?, para la Generalitat, un desembolso de 24.000 libras1024. Pero mayor a?n fue el de la llegada dos a?os m?s tarde del rey Felipe para concluir las Cortes inauguradas en 1626: 38.624 libras. La mayor parte del presupuesto de ambas visitas se emple? en lo torneos celebrados en honor de los hu?spedes, especialmente en el torneo de 1632 en el que participaron el propio rey y su hermano el infante don Carlos y que oblig? a un gasto desmesurado en las ropas de tan distinguidos justadores. Sin embargo, estas dos considerables cifras no nos deben llevar al enga?o de creer en una situaci?n econ?mica similar a la de 1599. Todo lo contrario, el Principado mostraba s?ntomas importantes de recesi?n econ?mica. Ya vimos en el cap?tulo quinto como, en 1632, los caballeros de la ciudad eran incapaces de encontrar telas de calidad para el torneo que se deb?a celebrar ante el rey. Adem?s, eran continuas las faltas de grano debido a las malas cosechas de esos a?os que llevaron a los consellers, en 1630, a denegar el subsidio de 50.000 escudos solicitado por Felipe IV para poder continuar el viaje de la reina de Hungr?a. Para reforzar esta idea hay que destacar la manera en que se depositaron estas catidades. Las 38.624 libras del a?o 1632 fueron depositadas en la Taula de Canvi de la ciudad para disposici?n de don Francesc de Vallgornera y Senjust, regent los comptes de la Generalitat, en un total de trece partidas, la mayor de las cuales era de 6.900 ll, muy lejos de aquellas 30.000 ll de 15991025. Es decir, hab?a un control m?s exhaustivo del gasto con partidas m?s reducidas para no caer en el derroche de 1599. Todav?a en fecha tan tard?a y pr?xima a la guerra como 1636, el consistorio municipal emple? 6.000 libras en la celebraci?n de las luminarias en honor de la princesa de Cari??n, esposa de Tom?s de Saboya y de la sangre real. Sin embargo, tras 1023 BUB, Ms. 1.009, Memorias del succehit des del a? 1626 fins 1631 exclusive, tom. IV, fol. 63. 1024 Esta cantidad se deposit? en la Taula de Canvi de la ciudad en las cinco partidas siguientes fechadas seg?n la cautela expedida por los diputados: 11/1/1630, 8.000 ll; 31/1/1630, 6.000 ll; 4/2/1630, 4.000 ll; 14/2/1630, 4.000 ll y, finalmente, 8/3/1630, 2.000 ll, en ACA, Generalitat, G-35. 1025 El d?a 30 de abril de 1632, seg?n fecha de albar?n de los diputados, se depositaron e la Taula de Canvi cuatro cantidades de 4.000 ll, 6.900 ll, 1.024 ll y 700 ll; a 4 de mayo se depositaron 2.000 ll; a 7 de mayo, 5.000 ll; a 12 de mayo, dos cantidades de 2.000 ll y 5.000 ll; a 14 de mayo, 2.500 ll; a 25 de mayo, 4.000 ll; a 26 de mayo, 2.000 ll; a 30 de mayo, 2.000 ll y, por ?ltimo, a 14 de junio, 1.500 ll. 378 la Guerra dels Segadors, ning?n rey de la Casa de Austria volvi? a la capital catalana. Aparte del hermano del rey, don Juan Jos? de Austria, s?lo visit? la ciudad la emperatriz de Alemania Margarita Teresa de Austria, en 1666, aunque su estancia fue muy breve. La Generalitat destin? 3.068 ll de su presupuesto para celebrar dicha visita; as? mismo, el Consell de Cent emple? 1.443 ll para festejar su llegada, aunque desconocemos si desembols? alguna cantidad m?s de dinero. Sin embargo, es un buen reflejo de la penuria econ?mica dominante tras la guerra la medida del propio gobierno municipal de que a los consellers se diese 3/5 de su porci?n habitual del dinero que se les daba para vestimenta, candelas de sebo, aceite y otros productos1026. Adem?s, para poder completar esta evoluci?n general del gasto, a?adimos la celebraci?n del nacimiento del infante Felipe Pr?spero, en noviembre de 1657 ?fecha m?s pr?xima a la finalizaci?n del conflicto? cuyo coste supuso a la Diputaci? del General 9.500 ll1027. Y es que Catalu?a, todav?a inmersa en una econom?a de postguerra, no pod?a afrontar un desembolso muy elevado para las fiestas regias. La menguada cantidad dispuesta por la Ciudad para la celebraci?n de las luminarias en honor de Margarita Teresa confirman este dato, as? como la reducci?n de las porciones que se conced?an a los oficiales del consistorio municipal. As?, ya tenemos completa la evoluci?n de los dispendios de la Generalitat en materia de festejos reales ?exceptuando las exequias? y que recogemos en la siguiente tabla recapitulativa: ACONTECIMIENTO FECHA GENERALITAT Visita de Maximiliano de Austria 1548 360 Visita y entrada real de Felipe II 1564 5.782 Visita del duque de Saboya 1585 2.440 Visita de Felipe II y su familia 1585 10.080 Visita y entrada real de Felipe III 1599 62.500 Canonizaci?n de St. Ram?n de Penyafort 1601 2.500 Llegada de los Infantes de Saboya 1603 --- Nacimiento del pr?ncipe Felipe 1605 13.506 Regreso de los Infantes de Saboya 1606 4.136 Matrimonios reales 1615 1.800 Inmaculada Concepci?n 1617 5.200 Inmaculada Concepci?n 1622 2.000 Nacimiento de la infanta M? Eugenia 1625 11.000 Visita y entrada real de Felipe IV 1626 4.500 Nacimiento del pr?ncipe Baltasar Carlos 1629 13.000 Visita de la reina Mar?a de Hungr?a 1630 24.000 1026 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 168. 1027 ACA, Generalitat, G-35. 379 Visita de Felipe IV y sus hermanos 1632 38.873 Visita de la Princesa de Cari?an 1636 --- Nacimiento del pr?ncipe Felipe Pr?spero 1657 9.500 Visita de la emperatriz Margarita Teresa 1666 3.069 La conclusi?n m?s evidente que podemos obtener es que a medida que avanzaba el siglo XVI, la mayor dimensi?n, complejidad y pomposidad de los cortejos reales provoc? un aumento considerable del gasto que lleg? a su punto culminante con la visita real de Felipe III, en 1599. Este aumento coincidi? en Catalu?a con una etapa de bonanza econ?mica inaugurada en torno a la segunda mitad de la centuria, por lo que se puede decir que fue un reflejo de la situaci?n econ?mica del pa?s. Sin embargo, en los albores del nuevo siglo, el gasto descendi? debido al gran derroche provocado por la visita de Felipe III y las autoridades comenzaron a actuar con mayor cautela y menos liberalidad ante los festejos. Adem?s, la mayor proliferaci?n de las fiestas, especialmente religiosas, oblig? a controlar el gasto. La coyuntura econ?mica comenz? a cambiar a partir de los a?os 20 del siglo agrav?ndose la situaci?n en la d?cada siguiente. Las visitas reales del rey Felipe IV y de su hermana Mar?a obligaron a las autoridades a realizar un sobreesfuerzo econ?mico importante dada la importancia del negocio pero que, como contrapartida, conllevaron un mayor endeudamiento de las arcas municipales y de la Generalitat. La guerra de 1640-1652, en parte culminaci?n de esta crisis econ?mica, provoc? una situaci?n de precariedad debido a la econom?a de postguerra y a la necesidad de recuperaci?n de la econom?a catalana y barcelonesa. Pero, ya en esa segunda mitad del siglo XVI, los reyes de la monarqu?a hisp?nica hab?an dejado de visitar la ciudad. 7.3. La proliferaci?n de las luminarias y el incremento del consumo del fuego. En el quinto cap?tulo ya analizamos en que consist?an las luminarias o alimarias que durante tres y d?as y tres noches se celebraban para festejar la llegada del rey a la ciudad, de un hu?sped real o por otros motivos como los nacimientos regios o las canonizaciones de santos. Seguidamente, analizaremos el componente econ?mico de estos festejos mediante el estudio de algunos de los productos b?sicos para su celebraci?n como eran los necesarios para crear y mantener el fuego, esencial en dichas celebraciones, o la m?sica que alegraba las calles y las plazas de Barcelona. 380 7.3.1. El aumento del consumo del fuego. Una parte importante de la culpa del incremento del gasto extraordinario en materia de festejos lo tuvo el Concilio de Trento (1564) y sus nuevas directrices en el campo lit?rgico. El triunfo de las manifestaciones p?blicas y la necesidad de la demostraci?n colectiva de la fe fomentaron ?como hemos visto en el cap?tulo anterior? la celebraci?n de actos lit?rgicos y festividades religiosas con una mayor solemnidad y en las que el fuego fue un elemento de importancia capital para mostrar ese esplendor y devoci?n de la cristiandad cat?lica. Por ello, se increment? el consumo del fuego y de todos los productos e instrumentos para producirlo y mantenerlo. La proliferaci?n de las luminarias para cualquier festividad de la monarqu?a ayud? a este aumento del gasto extraordinario. Por ello, analizaremos seguidamente c?mo evolucionaron estas luminarias y el gasto que conllevaron, estudiando el consumo de algunos de los productos b?sicos como: las candelas de sebo, la tea ?combustible para que funcionasen las graellas?, el aceite para hacer las candelas, las linternas o los petardos, entre otros productos. La tea. Estas astillas de madera impregnadas en resina se encend?an para generar luz. Normalmente se empleaban en las festividades para colocarlas dentro de las graellas que se distribu?an por toda la ciudad y que gracias a la cantidad de te que cab?a en ellas consegu?an proporcionar una gran luminosidad para admiraci?n de los ciudadanos. La tea hab?a que astillarla o ?estejar? para poder hacer uso de ella para las fiestas. La ciudad de Barcelona compraba este material en su hinterland m?s inmediato, principalmente en poblaciones del Vall?s y del Maresme. Las compras se hac?an a campesinos de las poblaciones de esta zona como Santa Perpetua de la Mogoda, Sant Andreu del Palomar o Vallgorgina. Hasta esta ?ltima poblaci?n se dirigi? Pere Cervera para comprar la tea necesaria para las alimarias que se iban a celebrar en honor de Felipe II, en 15641028. En este sentido, en 1585, el portero real de la Generalitat, Mart? Ferrer, recorri? las poblaciones de Sant Cugat del Vall?s, Santa Perpetua de la Mogoda, Sant Feliu de Codines, Sant Quirze del Vall?s, Premi? o Tei? ?cuyo top?nimo indica la especializaci?n en este producto?, para saber qu? personas estar?an dispuestas a vender y transportar la tea para las luminarias celebradas en honor del duque de Saboya. Acudieron a la llamada varios proveeedores como Joan Bruguera, campesino de Santa Perpetua que vendi? a los diputados 128 quintales de tea por 28 ll a raz?n de 4 s y 6 d por quintal, o Salvador Ferrer de Arenys que vendi? 300 quintales. El monasterio de capuchinos de Montealegre ?actualmente situado en el municipio de Tiana? era un proveedor habitual de tea. En 1564, la Generalitat pag? a fray Joan Cuivaller 21 ll y 18 s por ?setenta quintals de teya bona stellada y quatre quintals sens stallar que ha llirada per obs de dites alimaries?. En 1585, tambi?n vendi? dos cargamentos de tea a la Generalitat, de 200 quintales cada uno, acudiendo, as?, a la llamada del protero real Mart? Ferrer. En 1606, Jeroni Massaguer, presb?tero, 1028 ACA, Generalitat, G-35. 381 beneficiado de la parroquia de sant Miquel de Barcelona y procurador del prior del monasterio, cobr? 27 ll y 16 s por el pago de 13 quintales de tea que dicho prior hab?a realizado a los diputados. De este modo, podemos comprobar como el monasterio hizo ventas regulares a la Generalitat para la celebraci?n de festejos; ventas que le proporcionaron un ingreso extra a sus arcas. La tea era un material muy voluminoso y por eso se tra?a a Barcelona en carretas hasta la ciudad, aunque, poco a poco, se impuso la opci?n de llevarla hasta el cercano puerto de Matar? desde donde arribaba al puerto de Barcelona en barco, donde era descargada, stellada y, finalmente, transportada en carretas hasta los diversos edificios de la casas del Consell de Cent o de la Generalitat, entre otros. Esta opci?n permit?a el transporte de una mayor cantidad en menos tiempo. As?, en 1542, los diputados ordenaron a Joan Pau Segu?, receptor de los derechos de la Generalitat en la villa de Matar?, que les enviase, lo m?s presto posible, 60 quintales de tea para las alimarias que se deb?an celebrar en honor del pr?ncipe Felipe1029. Asimismo, en 1548, enviaron al calcetero Dami? ?apila para comprar 70 quintales de tea para las luminarias del archiduque Maximiliano. Adem?s, el incremento del volumen de ventas oblig? a embarcar grandes cantidades de tea ya que su transporte por tierra era m?s dif?cil y lento, por el mal estado de los caminos y la falta de arrieros para llevar la carga. Y es que, como apunta Albert Garc?a Espuche, el puerto de Matar? se convirti? a partir de la segunda mitad del siglo XVI en un importante enclave de recibo de productos, muchos de los cuales eran posteriormente enviados a la capital catalana, y, entre ellos, la tea. Como hemos apuntado a lo largo de este cap?tulo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, y especialmente del Concilio de Trento, el incremento de la solemnidad y pompa de los festejos y ceremonias que se celebraron durante las visitas o fiestas reales oblig? a gastar m?s en luminarias, festejo id?neo para la ostentaci?n p?blica de la solemnidad. Esto repercuti? en un fuerte aumento del consumo de tea para nutrir las graellas que se ordenaron fabricar, a partir de este momento, como fueron las 60 encargadas por la ciudad, en 1599, al herrero Francesc Roca, para la entrada real y estancia de Felipe III1030. La necesidad de tea oblig? a realizar mayores compras y a buscar este producto por la geograf?a catalana, como hemos visto al protero real Mart? Ferrer. El Consell de Cent, tambi?n necesitado de dicho producto, dispuso en 1585 dos personas ?los maestros carpinteros Ferran y Francesc Puig? para que comprasen tea y la trasladasen a la ciudad1031. Si, en 1548, la Generalitat apenas gast? 142 quintales de tea para las luminarias del archiduque Maximiliano de Austria, para la visita de Felipe II en 1564, superaron los 500 quintales, destacando la compra hecha a Pere Murtra, campesino de Santa Perpetua, de 495 quintales por 88 ll y 17 s. La visita del duque de 1029 ACA, Registre de Deliberacions, N-128, fol. 30, 25 de octubre de 1542. 1030 Dichas piezas pesaron en total 59 quintales y 3 arrobas y el trabajo cost? 464 ll y 17 s, en DACB, vol. VII, p?gs.186-187, 3 de abril de 1599. Si comparamos ?stas con las fabricadas por la Generalitat en 1564, a?o en el que orden? a su herrero Francesc Griny? que realizase 12 graellas ?aunque finalmente fueron 18 las fraguadas?, podemos detectar un importante aumento del consumo de estas caras piezas. 1031 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 89, 10 de mayo de 1585. 382 Saboya, en 1585, comport? compras de tea que ascend?an a 1.448 quintales, 3 arrobas y 10 libras; mientras que para la llegada de Felipe II y su familia ese mismo a?o se hizo una ?nica compra de 429 quintales1032. Pero la llegada masiva de tea se produjo con motivo de la visita de Felipe III, en 1599. El patr?n de barco Pere Vidal cobr? 150 ll por el transporte de 1.232 quintales desde el Hospital del Coll de Balaguer hasta Barcelona. Ese mismo a?o, Pau Papiol hizo llegar desde Cambrils a la ciudad condal una carga total de 758 quintales de tea mediante diversas barcas entre las que se encontraban la de los patrones Climent Sales de Vilanova y Pere Puy de Canet1033. El hecho de que la tea proviniese ahora de la zona de Tarragona y sus inmediaciones puede ser sintom?tico de una sobreexplotaci?n de la zona vallesana y mataronesa o que esta ya no fuera suficiente para satisfacer la demanda de la capital catalana. En 1630, la Generalitat compr? al campesino Joan Colomer 1.272 quintales de tea por 286 ll y 4 s, para la visita de Mar?a de Hungr?a y, en 1632, fueron 885 quintales que se compraron al campesino Antoni Vigues, de Santa Perpetua de la Mogoda para la visita del rey Felipe IV. Por ?ltimo, trataremos brevemente la evoluci?n del precio de este producto. En la d?cada de los 40 del siglo XVI se pagaban 2 sueldos por quintal de tea. Pero el aumento de la demanda a partir de mediados de siglo provoc? un aumento del precio hasta alcanzar la cifra de 4 s y 6 d, por quintal; que permaneci? estable hasta la guerra de 1640. Sin embargo, tras la Guerra dels Segadors y el alza de precios que se produjo en la coyuntura econ?mica de postguerra, encontramos el pago hecho por el Consell de Cent, en 1666, para las luminarias en honor de la emperatriz Margarita Teresa de 476 ll, 8 s y 2 d por 508 quintales de tea a raz?n de 8 s y 6 d el quintal1034. Como se puede apreciar, el incremento del precio es sustancial e indicativo de la situaci?n de economia post-b?lica que atraves? el Principado. Aun as?, la cantidad gastada en esos dif?ciles momentos era de consideraci?n si tenemos presente que el gasto mensual ordinario en tea del gobierno municipal en esos a?os era de 8 quintales. Las candelas de sebo, el aceite y la cera. Las candelas de sebo eran otro de los elementos b?sicos para la celebraci?n de las luminarias. Como apunta Albert Garc?a Espuche, ?eran un producto ampliamente consumido en la Catalu?a del siglo XVI, y el aumento del n?mero de conventos y de iglesias en este per?odo, especialmente en Barcelona, debi? espolear notablemente su producci?n? que proven?a, generalmente de los mataderos1035. Era un producto m?s econ?mico que la cera y el aceite, por lo que fue m?s utilizado en circunstancias econ?micas m?s dif?ciles. Por este motivo, hay que hacer una distinci?n entre los candeleros de sebo y los de cera ya que, normalmente, 1032 Pere Murtra, campesino de Santa Perpetua de la Mogoda vendi? 210?5 quintales que ascend?an a 47 ll, 7 s y 3 d; Joan bruguera, de la misma poblaci?n, 128?5 quintales por 28 ll, 7 s y 7 d; Salvador Ferrer, de Arenys, 300 quintales por 67 ll y 10 s; Cebri? Pujol, campesino de Badalona, 28 quintales por 6 ll, 7 s y 2 d; el monasterio capuchino de Montalegre, 200 quintales por 45 ll y, finalmente, el espartero de la Diputaci?n del general Rafael Vila, 581 quintales, 3 arrobas y 10 libras por 130 ll, 18 s y 5 d. 1033 ACA, Generalitat, R-39. 1034 ACA, Registre de Deliberacions, fols. 470-471, 17 de agosto de 1666. 1035 GARC?A ESPUCHE, A., Un siglo decisivo?, p?g.269. 383 tendemos a incluir a ambos tipos de artesanos en un mismo grupo y en la documentaci?n siempre aparecen bien diferenciados. As?, podemos hablar de maestros candeleros de sebo como los miembros de la familia Xarl?s (Ram?n, gaspar o Gili) o Mateu Deu, o los candeleros de cera como Benet Papiol o Jaume Joan Arim?n. En 1548, el gobierno municipal compr? al candelero de sebo Joan Gass? 1.587 libras de candelas, a raz?n de 10 sueldos la libra que sumaron un total de 70 ll, 5 s y 10 d, mientras que el mismo Gass? vendi? a la Generalitat candelas por valor de 24 ll. Pero, como en el caso de la tea y del resto de productos necesarios para las luminarias, se produjo un incremento importante de su consumo a mediados de siglo. As?, en 1564, el candelero de sebo y m?sico de la Generalitat, Ram?n Xarl?s, vendi? candelas a esta instituci?n por valor de 648 ll para las fiestas por la estancia de Felipe II y sus sobrinos los infantes de Bohemia1036. El aumento del consumo es claro. Sin embargo, la evoluci?n del consumo de candelas de sebo se fren? por la preferencia de las instituciones por las candelas de aceite. ?stas eran de mayor calidad y precio y se opt? por ellas, en lugar de las de sebo, en momentos de bonanza econ?mica, como fue la segunda mitad del siglo XVI, especialmente las dos ?ltimas d?cadas. As?, en marzo de 1585, los diputados de la Generalitat pagaron al portero real Felip Besturc 36 ll por 90 cuartones de aceite que hab?a gastado para las luminarias del duque de Saboya, ya que ?lo dit oli ha cremat en loc de Candeles de ceu que en altres alimaries se acostum donar y cremar en dita Casa, ab molt mes cost y gasto del General?1037. Aunque las candelas no dejaron de consumirse y supusieron una elevada cota del gasto de los festejos, su uso fue descendiendo a favor del aceite, al menos hasta final de siglo. De este modo, ese mismo a?o de 1585, Gili Xarl?s1038, hijo del candelero Gaspar Xarl?s y nuevo candelero de sebo de la Generalitat las vendi? por valor de 403 ll, 13 s y 2 d por las luminarias del duque de Saboya y otras 404 ll, 3 s y 10 d por las del rey Felipe II. Tanto la Generalitat como el Consell de Cent repart?an entre sus oficiales unas porciones de candelas, cera y aceite seg?n el rango de cada oficial. Gracias a algunos albaranes presentados, como es el del propio Gili Xarl?s sabemos las porciones exactas que pertenec?an a cada uno de los oficiales de la Generalitat. Con ?stas, se deb?an preparar y alumbrar los edificios institucionales, como la Casa de la Generalitat o la Casa de la Bolla, y los oficiales sus propias casas. As?, en ese a?o de 1585, cada uno de los tres diputados y de los tres oidores de cuentas de la Generalitat recibi? 1 quintal y 2 arrobas de candelas de sebo; los asesores, abogado fiscal, regente de las cuentas, racional y el escribano mayor, 3 arrobas; los exactores, sobrecogedores y porteros, 1 1036 Ramon Xarl?s era miembro de esta saga de candeleros de sebo y fue el candelero oficial de la Diputaci? del General durante bastantes a?os. Sin embargo, adem?s, compaginaba su oficio con el de m?sico, lo que le llev? a ocupar tambi?n el cargo de m?sico de la Diputaci? del General. Por este motivo obtuvo jugosos beneficios con las visitas reales a la ciudad, tanto como proveedor de candelas de sebo como por participar y dirigir a los m?sicos del Generalitat en todas las festejos y luminarias que se celebraron para agasajar a los hu?spedes. 1037 ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 168, 8 de marzo de 1585. 1038 Seguramente era familiar directo ?quiz? sobrino? del candelero Ramon Xarl?s. 384 arroba; los guardas de los diversos edificios, 13 libras de candelas, mientras que los oficiales mec?nicos, es decir cada uno de los representantes de los gremios, 10 libras. En 1599, la inversi?n de la Generalitat en candelas continu? su descenso: se pag? al candelero de sebo de esta instituci?n 300 libras por las candelas servidas. Un descenso de 100 libras. Este descenso se vio reflejado en las porciones repartidas entre los oficiales por las segundas luminarias de la reina en las que los diputados y oidores recibieron 1 quintal, las dem?s porciones del resto de oficiales tambi?n descendieron. Sin embargo, tras el derroche que supuso la visita de Felipe III, se instaur?, de nuevo, la austeridad ya que las arcas hab?an quedado vac?as. En este sentido, en 1603, el Consell de Cent determin? que para las luminarias por la llegada de los infantes de Saboya no se diese aceite a los oficiales del gobierno municipal sino que se dieran candelas de sebo, como tambi?n se hizo para las luminarias celebradas por el nacimiento de la infanta Ana Mar?a Mauricia, en 16011039. Pese a esta decisi?n, que tambi?n pudo adoptar la Generalitat, el consistorio municipal gast?, ?nicamente, un quintal para el recibimiento de los infantes de Saboya a su regreso en 1606. El descenso del consumo de las candelas continu?. En 1626, los diputados y oidores recibieron 6 arrobas de candelas de sebo, mientras que los asesores, el abogado fiscal y otros altos cargos de la Diputaci? recib?an 3 arrobas. Por su parte, los consellers y el clavario de la ciudad recibieron, tan solo, 2 arrobas. En este per?odo ninguna compra de candelas de sebo super? las 400 ll. Mateu Deu, candelero de la Generalitat, vendi? 114 arrobas para los festejos del nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia por 326 ll; por un precio similar, su hijo, Josep Deu, 115 arrobas para la vista de Mar?a de Hungr?a en 1630. En 1632, fueron 119 arrobas las vendidas por el candelero Deu a la Generalitat por 335 ll, 18 s y 10 d, un precio muy similar al pagado por el Consell de Cent (336 ll, 6 s y 6 d) a al candelero de sebo Jaume Benavent. Tras la guerra, se produjo un ligero aumento del consumo. Para las celebraciones del nacimiento de Felipe Pr?spero de 1657, la Generalitat compr? 29 quintales, 2 arrobas y 14 libras de candelas de sebo1040. El estancamiento de la demanda y su posterior descenso provoc? la estabilizaci?n del precio de las candelas e incluso su descenso. As?, en 1548, se pagaba 10 dineros por libra de candelas; en 1564, eran 2 sueldos por libra, un importante aumento debido a la pujante demanda. En 1585, la libra de candelas de sebo cost? 2 s y 2 d y este es el precio tope que alcanz? y se pag? en 1630 o 1632. Como ya hemos indicado, la evoluci?n del consumo del aceite para las candelas fue en detrimento del de las candelas de sebo. Veamos pues como fue este aumento. Tomaremos, de nuevo, la fecha l?mite de 1548, en la que la Generalitat compr? a Gaspar Corominas 79 cuartones de aceite por 17 ll, 5 s y 11 d. El gasto en aceite ascendi? enormemente con motivo de la llegada de Felipe II en 1564 ?m?s de 200 ll?, destacando los 121 cuartones vendidos por Joan Llimona Valldeperes, natural de Olesa 1039 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 81, 28 de abril de 1603. 1040 La venta la realiz? el candelero de sebo Jaume Gelabert por 462 ll y 6 s, a raz?n de 15 ll y 6 s por quintal, que era un precio m?s elevado al pagado antes de la guerra. 385 de Montserrat1041. Para procurarse el aceite necesario para las luminarias, los oficiales de la Generalitat compraban ellos mismo el aceite a los proveedores. As?, en 1585, el notario Montserrat Besturc vendi?, por 132 ll, 282 cuartones de aceite a algunos oficiales de la Generalitat para las luminarias del duque de Saboya. Las cantidades que compraban los diputados y oidores de cuentas eran de 30 cuartones cada uno. Pere Vernet tambi?n hizo una importante venta de aceite a otros oficiales de la Generalitat como don Frederic Despalau, jefe de las Atarazanas reales, que compr? 36 cuartones para iluminarlas, o los 40 cuartones vendidos al diputado real para la iluminaci?n del Palacio Real. Mientras que Pau Genov?s y Antoni Frigola fueron los encargados de proporcionar el aceite para las luminarias del rey Felipe con ventas que ascend?an a 44 ll y 150 ll respectivamente. El aumento del consumo de aceite para los festejos se reflej? en un incremento del precio del mismo. Si en 1585 el cuart?n de aceite se pagaba a 8 sueldos, en 1599, Francesc Valls vendi? 1.162 cuartones de aceite a la Generalitat a raz?n de 13 s el cuart?n. Asimismo, ese mismo a?o, Gaspar Torrents y Jaume Rovira vendieron 126 cuartones a la misma instituci?n a 12 s el cuart?n1042. Estas dos operaciones, que sumaron un total de 830 ll y 18 s, reflejaban claramente el auge del consumo de este producto. Para evitar abusos en el precio del aceite, como los ocurridos en 15991043, la Generalitat comenz? a negociar el precio con los proveedores antes de la compra. Por esto, durante las fiestas por el dogma de la Inmaculada Concepci?n en 1617, consumi? 1.110 cuartones de aceite que compr? al precio negociado de 10 s el cuart?n. Veamos algunos datos m?s de la evoluci?n del consumo de aceite por la Diputaci? del General en el primer tercio del siglo XVII. Para las segundas fiestas de la Inmaculada Concepci?n, celebradas en 1622, se compraron a Cristofol Mars? y Rafel Vives 1.294 cuartones; para el natalicio de la infanta Mar?a Eugenia, se hizo una compra de 988 cuartones y medio a 10 sueldos y 4 dineros el cuart?n; en 1630, se gastaron 973 cuartones para la visita de Mar?a de Hungr?a, a 12 s y 6 d por cuart?n y, en 1632, fueron 995 cuartones, a 12 sueldos el cuart?n, los comprados para la segunda estancia de Felipe IV. Como podemos comprobar, el consumo de aceite en los festejos reales del primer tercio del siglo se mantuvo por encima o rayando los 1.000 cuartones, muy lejos de los 72 cuartones de 1548. Incluso tras la guerra se hizo un gasto considerable en aceite, como es el caso de los 865 cuartones vendidos por el tendero de telas Josep 1041 Las otras operaciones fueron de Bertomeu Fabregues que cobr? 36 ll por el aceite vendido a la Generalitat y la del marinero Gabriel Palau que vendi? aceite por valor de 30 ll, 16 s y 6 d, que cobr? el propio Fabregues en su nombre. 1042 A?adimos la distribuci?n que del aceite vendido por Gaspar Torrents y Jaume Rovira se hizo en diversos lugares de la ciudad: 20 cuartones se destinaron a la casa de la Bolla y el General; 27 cuartones, para las obras nuevas de la Diputaci? del General; 33 cuartones, para el arco ef?mero hecho en la marina para la visita del rey; 13 cuartones, para el Palacio Real; 4 cuartones, para los Depossadors; 12 cuartones, para las atarazanas y, finalmente, otros 12 cuartones para el arco ef?mero realizado en las Ramblas, en honor del rey. 1043 Los diputados deliberaron que fuera pagada la cantidad reclamada por Francesc Valls por los 1.162 cuartones de aceite a raz?n de 13 sueldos por cuart?n ?attes que per relatio feta en consistori ab jurament per los mesuradors del oli anave en dit temps a dit preu, y a sis dines mes?, en ACA, Registre de Deliberacions, N-164, fols. 1.144-1.145, 14 de julio de 1599. 386 Massart para las luminarias por el nacimiento del pr?ncipe Felipe Pr?spero en 16571044. En cuanto al gasto del cabildo municipal en aceite, no podemos precisarlo con exactitud debido a la falta de documentaci?n. Sin embargo, con los escasos datos que tenemos, si podemos afirmar que hubo un aumento de su consumo ya que, en 1585, Pau Calopa le vendi? aceite por valor de 468 ll, mientras que en 1630, se hicieron dos compras ?de 400 cuartones y de 701 cuartones1045? que sumaron un total de 680 ll. Las operaciones de compra y ventas de aceite no las realizaban los miembros de un solo oficio, sino que hab?a cierta diversidad en los proveedores. As?, en las operaciones de compra y venta de aceite encontramos: marineros, como Gabriel Palau (1564); notarios, como Montserrat Besturc (1585); comerciantes y negociantes, como Pere Ferrer1046 (1617); pelaires como Rafel Borgony? que aparece en otra operaci?n como tabernero (1625-1632), el tambi?n tabernero Gabriel Gibernau (1630), el botero Antoni Roch Finestres (1630) o el tendero de telas Josep Massart (1657). Poco a poco se impuso la f?rmula de un ?nico proveedor que normalmente deb?a tener cierta entidad como mercader para poder garantizar un suministro tan importante de aceite. As?, entre 1625 y 1632, las ventas de aceite a la Generalitat las realiz? el pelaire venido a tabernero Rafel Borgony?. Era habitual, como afirma Albert Garc?a Espuche, ver a miembros de este oficio actuar como mercaderes y negociantes e, incluso, apareciendo en la documentaci?n ejerciendo otros oficios, como de tabernero u hostelero1047, cuyo paradigma podr?a ser el mismo Borgony?1048. Y es que las visitas reales eran una buena oportunidad para que los mercaderes, negociantes y miembros m?s din?micos de la ciudad pudieran hacer negocio. La venta de aceite generaba otras ventas relacionadas estrechamente a su consumo como son las jarras y los crisoles. El aumento de su venta para las luminarias tambi?n es indicativo de la tendencia que se impon?a de utilizar candelas de aceite. En ocasiones, las jarras las proporcionaban los propios proveedores, como es el caso de Francesc Valls que en 1599 vendi? 30 jarras a la Generalitat y que, posiblemente, se compraban fuera de la ciudad; en otras, se compraban a los jarreros de la ciudad como es el caso del jarrero de Barcelona Pere Alb? Manya, que en 1564 vendi? 20 jarras a los diputados y oidores de cuentas para verter el aceite por 10 libras. El precio de estas jarras oscilaba entre los 10 y los 12 sueldos por unidad. Por otro lado, los crisoles se vend?an en gran n?mero. En 1585, el jarrero de la Generalitat, Joan Benet, vendi? a esta 1044 La venta se realiz? por 583 ll, 17 s y 6 d, a raz?n de 13 s y 6 d el cuart?n. 1045 El tabernero Gabriel Gibernau vendi? la primera cantidad de 400 cuartones por 245 ll; mientras que la segunda operaci?n la hizo el botero Antoni Roch Finestres, cuyo valor ascendi? a 435 ll y 4 s, a raz?n de 12 s y 5 d por cuart?n. 1046 Entre 1585 y 1599, Pere Ferrer aparece como maestro de casas, realizando diversos trabajos en las luminarias; sin embargo, en 1617, ya aparece como negociante llevando a cabo una venta de aceite a la Generalitat para las luminarias celebradas en honor del dogma de la Inmaculada Concepci?n de la Virgen. 1047 ?Los pelaires aparecen a menudo con una doble actividad: una la suya propia de pelaire, y otra que, como nos indican los documentos notariales, puede ser la de hostalero, carnicero, tendero de telas, sastre, negociante, pregonero, tendero, pedre?alero, guarnicionero, retorcedor, zapatero, molinero, agricultor, tintorero y un largo etc?tera?, en GARC?A ESPUCHE, A., op. cit., p?g. 291. 1048 El pelaire Rafael Borgony? aparece ya como tabernero en la venta realizada a la Generalitat en 1632. 387 instituci?n 8.500 crisoles de peque?o tama?o o grassalets, por 30 libras y 12 sueldos. De ?stos, 500 se enviaron a Tortosa para alumbrar la casa del General de aquella ciudad con ocasi?n de la visita de Felipe II1049. Sin embargo, evidencia este auge del consumo de aceite la venta de crisoles realizada a la Generalitat, en 1599, por Llorens Madrit, mestre de rajoletes, de 23.300 grasalletes, que tuvieron un coste de algo m?s de 80 libras. Tras esta desmesurada cifra, las ventas que se hicieron para el resto de festividades fueron m?s mesuradas. En 1617, el jarrero Francesc Morat? vendi? 13.420 grasalets, a raz?n de 4 ll, 3 s y 4 d por millar, que sumaban 63 ll y 12.743, para la visita de Felipe IV en 1632. En total, este jarrero vendi? sus productos a la Generalitat por valor de 430 ll en 5 operaciones, una importante cantidad para un jarrero. Por ?ltimo, analizaremos la evoluci?n del consumo de la cera, otro de los elementos m?s importantes de las luminarias y de todas las festividades de los siglos modernos. Al igual que las candelas de sebo, como ya ha apuntado Garc?a Espuche, su consumo tuvo un importante auge a partir de la segunda mitad del siglo XVI. La cera que se consum?a en la capital catalana proven?a generalmente del norte de ?frica1050. Su trabajo requer?a una gran especializaci?n y por eso era un producto de elevado precio. Es por este motivo que las compras de cera que se hicieron para las luminarias y fiestas por las visitas reales alcanzaron importantes sumas de dinero, copando destacadas porciones del presupuesto establecido para las mismas. Adem?s, la diversidad de la producci?n cerera presentaba una amplia gama de productos de diversas calidades y precios. Antorchas de diversos materiales y pesos, hachas de cera blanca y todo tipo de velas eran parte de esta producci?n especializada. Como escribe Garc?a Espuche: El trabajo de la cera era, por tanto, un trabajo primoroso. Las candelas iluminaban, pero eran tambi?n objetos de devoci?n, de regalo, de lujo. En esta doble capacidad de producir calidades medias pero tambi?n de trabajar finamente, pasando de la utilidad a la suntuosidad como se aprecia en el caso de la cera, en el vidrio y en otros productos, se bas? en buena parte la exportaci?n catalana1051. Como hemos apuntado, su consumo durante las vistas reales era habitual y necesario. Normalmente se dispon?an numerosas antorchas para acudir al recibimiento del monarca o el hu?sped, cuyo n?mero oscilaban entre las 75 y 150. No tenemos los datos de las compras de cera realizadas por las instituciones hasta la visita del duque de Saboya en 1585. Por este motivo, el candelero de cera de la Generalitat Benet Papiol vendi? 24 antorchas de cera blanca, 585 velas y material para encenderlas por 155 ll; asimismo, para la visita de Felipe II ese mismo a?o, 30 antorchas de cera blanca y 600 velas blancas, por valor de 163 ll, 11 s y 10 d. En 1599, la candelera de cera viuda Elisabet Farrera present? a los diputados la cuenta de la cera gastada por ?stos para la visita de Felipe III y para los carros triunfales de la publicaci?n de la justa, en la que se inclu?an numerosas hachas de cera blanca y una gran cantidad de hachas de cera amarilla recubiertas de cera blanca y marcadas con las armas de la Generalitat. El albar?n ascend?a a la suma de 1.524 ll y 16 s. Como se puede comprobar, el aumento 1049 ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 387, 2 de diciembre de 1585. 1050 GARC?A ESPUCHE, A., op. cit., p?g. 269. 1051 GARC?A ESPUCHE, A., op. cit., p?g. 270. 388 del gasto en cera es considerable. En 1606, con motivo del regreso de los infantes de Saboya, Jaume Joan Arim?n, candelero de cera, hizo una venta de 263 antorchas de cera blanca que pesaron 15.515 libras y que alcanzaron un valor de 568 ll y 3 s y otra venta de 181 ll y 17 s por la cera blanca para quemar en la Casa de la Diputaci?. Veamos c?mo sigue la evoluci?n del consumo de este producto. El candelero Bernab? Cabanyes vendi? 212 antorchas para las fiestas en honor de la Inmaculada Concepci?n por 599 ll. Jaume Joan Arim?n fue el proveedor de la cera para las luminarias por la canonizaci?n de san Ramon de Penyafort en 1601, del nacimiento del pr?ncipe Felipe en 1605, de las segundas fiestas en honor de la Virgen celebradas en 1622 y del nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia en 16251052. En 1630, fue Bertomeu Arimon (posiblemente hijo de Jaume Joan) quien proporcion? 600 antorchas de cera blanca para los caballeros que participaron en la encamisada celebrada en honor de Mar?a de Hungr?a, que sumaron 1.393 ll y 12 s. En 1632, el mismo Bertomeu vendi? cera a la Generalitat por 733 ll y 13 s. As?, tenemos que durante las tres primeras d?cadas del siglo XVII, al menos hasta 1632, la familia Arim?n provey? de cera a la Diputaci? del General. Adem?s de la venta de la familia Arim?n, Rafael Riera tambi?n hizo ese a?o una importante operaci?n por valor de 777 ll y 2 s, a raz?n de 8 s y 6 d la libra de cera y el gobierno municipal compr? a Bernab? Cabanyes cera por valor de 477 ll. Finalmente, hay que advertir que tras la guerra el gasto en cera se mantuvo estable, pese al aumento de los precios. As?, en 1657, el candelero Pere Pau Pinyol vendi? cera a la Generalitat por 1.162 ll. Linternas. Uno de los artilugios esenciales de las luminarias eran las linternas que se repart?an en gran n?mero entre los oficiales y casas de la Generalitat y del Consell de Cent. Las linternas las fabricaban los carpinteros de la ciudad, y para ello necesitaban unos productos b?sicos: madera, clavos, papel y cera gomada. Como en los anteriores casos, veremos c?mo se reflej? el aumento del consumo de las linternas, tomando como fecha de partida, como no, 1548. Ese a?o, el carpintero Antoni Carbonell fabric? 3.665 linternas para las luminarias de la Generalitat por la visita del archiduque Maximiliano, que sumaron un total de 90 ll. Ya en 1564 detectamos un importante incremento en la producci?n de linternas para la visita de Felipe II; el carpintero de la Generalitat, maestro Francesc Patau, vendi? 18.000 linternas a raz?n de 3 dineros la pieza. En 1585, para las luminarias del duque de Saboya, el carpintero de la Generalitat, Francesc Soldevilla, prepar? 11.559 linternas1053. De ?stas, 6.035 se repartieron por sus edificios de la siguiente forma: 1.785 linternas en la Casa de la 1052 El precio inicial era de 815 libras, pero se devolvi? un quintal, 2 arrobas y 1 libra que supuso la resta de 35 libras de la cuenta total. Es importante destacar que los restos de cera y trozos de velas y antorchas rotas eran devueltos a los candeleros ya que pod?an reaprovecharlos. En este sentido, es interesante ver los repartos de la cera sobrante que se llevaba a cabo entre los sacristanes de la catedral y los obreros de la ciudad de Barcelona tras las ceremonias, especialmente durante las exequias reales, que generaron numerosos desacuerdos entre ambas instituciones por poseer estos restos ya que sumaban una importante cantidad. 1053 El coste de esta cantidad de linternas ascendi? a 192 ll, 9 s y 8 d, a raz?n de 4 d la linterna. 389 Deputaci?; 1.725, en el Palacio Real; 525, en los Depossadors; 1.000 en las atarazanas y otras 1.000 en la Casa de la Bolla. El resto, 5.524 linternas, se reparti? entre los oficiales de la Generalitat, tocando a 200 linternas por cada diputado y oidor de cuentas y 100 linternas para cada asesor, abogado fiscal, regent los comptes, racional y escribano mayor, mientras que el resto de oficiales recibieron cantidades menores. A esta cantidad, hay que sumar otra de 6.234, que vendi? para las luminarias por la llegada del rey Felipe, a raz?n de 4 dineros la pieza1054. Como con anteriores productos, la visita de Felipe III en 1599 gener? un considerable incremento del consumo de linternas. Jaume Soldevilla, carpintero de la Generalitat, fabric? y vendi? a esta instituci?n 29.700 linternas cuyo precio ascendi? a 495 ll. De ellas, 20.000 se dispusieron para las luminarias y fiestas por la venida del rey; 7.500, por las segundas luminarias celebradas en honor de la reina Margarita, 2.000, para la noche en la que los monarcas salieron a pasear en coche por la marina y, finalmente, 200 para la noche de San Juan. Sin duda, una importante cantidad demostrativa del aumento del fasto p?blico. Con la entrada del siglo XVII, el gasto en linternas se mesur? y ya no se volvi? a alcanzar la desorbitada cantidad de 20.000 linternas. As?, para las fiestas de la Inmaculada Concepci?n, de 1617, se compraron 13.420 linternas al carpintero Joan Guix?s. En 1625, entra en escena el carpintero de la Generalitat Sebasti? Claret que prepar? 12.615 linternas para las fiestas en honor de la infanta Mar?a Eugenia; 12.565, para la llegada de la reina Mar?a de Hungr?a en 1630 y 13.045 m?s, para la visita de Felipe IV en 1632. Su precio permaneci? estable durante todos estos a?os y siempre se pag? 4 dineros por cada linterna. Sin embargo, tras la guerra, su precio aument?. En 1657, la Generalitat pag? al carpintero Jaume Campderr?s 479 ll por 11.500 linternas, cuyo precio fue establecido por ambas partes en 10 dineros la pieza. En cuanto al papel que se utilizaba para recubrir y decorar las linternas, su consumo fue en aumento a medida que se fabricaban m?s linternas. Daremos ?nicamente algunos datos orientativos de este consumo. En 1548, la Generalitat pag? al librero Jaume Cortey 54 ll y 16 s por 15 resmas y 13 manos de papel para las linternas, a raz?n de 3 ll y 10 s la resma. Para las luminarias en honor del duque de Saboya de 1585 se compraron a Joan Cortey, librero de la Generalitat, 23 resmas y 2 manos de papel de la mano mayor para que el carpintero Francesc Soldevilla pudiese fabricar las linternas1055. En 1601, para festejar la canonizaci?n de San Ram?n de Penyafort, Jeroni Genov?s vendi? 25 resmas y 4 manos de papel (en total 504 manos) por 201 ll y 1605 entreg?, por 245 ll, 15.255 hojas de papel para el mismo n?mero de linternas por el 1054 Reparto de las linternas entre los edificios de la Generalitat: 714 linternas en la Casa de la Diputaci?; 1.200, en el Palacio Real o Palacio del Rey; 155, en la casa de los Depossadors; 180, en la Casa de la Bolla; 500, en las atarazanas y 120, en el portal de mar. El coste total de esta operaci?n fue de 69 ll, 1 s y 6 d. 1055 Esta operaci?n sum? 127 ll y 1 s, a raz?n de 5 ll y 10 s la resma. Gracias al pago de 490 ll realizado por el Consell de Cent al propio Cortey por papel para las linternas podemos deducir que la cantidad de ?stas que mand? hacer el gobierno municipal fue muy elevado. No sabemos exactamente el n?mero, pero si tenemos varios pagos por este motivo, destacando principalmente los efectuados a los carpinteros Joan Puigrod? (80 ll) y Jeroni Orp? (81 ll) que nos indican que este n?mero fue similar al de la Generalitat. 390 nacimiento del pr?ncipe Felipe; en 1617, el librero Miquel Manescal vendi? 600 manos de papel ?de la forma maior?; en 1622, fueron 710 manos de papel a 3 s la mano que sumaron 213 ll; finalmente, de nuevo, Miquel Manescal proporcion? 602 manos de papel ?de la forma mitjana?. Como se puede comprobar, el consumo de papel para las linternas aument? desde mediados del siglo XVI. En la sociedad barroca, donde proliferaban las procesiones, luminarias y festividades de todo tipo que exaltaban el papel del fuego como solemnizador, las linternas tuvieron un destacado lugar. De este modo, podemos afirmar que la venta de papel destinado a las festividades supuso para los libreros de la ciudad un importante ingreso extra a a?adir a su actividad comercial ordinaria. Tambi?n se produjo un incremento importante de los otros componentes de las linternas. As?, los clavos vendidos en 1548 para la f?brica de las linternas fueron 36.000, que sumaron 7 ll y 4 s1056. En 1564, se dobl? el gasto en clavos. La Generalitat pag? a Jaume Morillo, 12 ll y 10 s por ?tantes tatxes ha donades per fer les llanternes per dites alimaries?. A casi 23 ll ascendi? la cuenta presentada por Tomas Bo ?botiguer de ferro?por clavos de diversos tipos y tama?os que el carpintero Francesc Soldevilla hab?a tomado de su tienda para los diversos trabajos por ?l realizados para la visita del duque de Saboya1057. Entre 1617 y 1632, el clavero Pere Armengol vendi? a la Generalitat, en un total de cinco operaciones, 387.000 clavos o tatxes de gavarrot para la fabricaci?n de linternas1058. Otros productos como la cera gomada para pegar el papel a las linternas o el algod?n para encender las tambi?n experimentaron un incremento en su consumo. En 1548, el apotecario Joan Llatzer Rossell vendi? 12 libras de cera roja gomada para las linternas; en 1585, Nicolau Ferrer vendi? a la Generalitat 18 libras por valor de 10 ll y 16 s, a raz?n de 6 s la libra, mientras que en 1599, fueron 12 las libras vendidas por el droguero Pau Dur?n. De nuevo en 1585, el algodonero Gili Pollers hizo lo propio con 6 libras de algod?n ?per a fer blens? o mechas, a raz?n de 10 s la libra, y en 1632 era ya 2 arrobas de algod?n las compradas. Como se puede comprobar todos los componentes necesarios para la fabricaci?n de estos instrumentos de iluminaci?n experimentaron un auge en su producci?n y venta. Los cohetes. Sin embargo, los cohetes tuvieron una evoluci?n muy distinta del resto de los elementos caracter?sticos de las luminarias. En un principio, la producci?n y 1056 El proveedor fue Antoni Carbonell, que los vendi? a raz?n de 4 sueldos por millar de clavos. 1057 Desglosamos la factura presentada por Tom?s Bo: 12.000 tatxes de gavaxot, a raz?n de 6s/1.000; 36.000 sadas, a 5s/1.000; 250 clavos dobles para las graellas, a 15s/100; 400 clavos dinals para los tablados, a 7s y 6 d/100; 3.000 clavos ternalls, a 2s y 4d/100; 300 clavos dinals, a 7 s y 6 d/100; 400 mallals, a 3 s y 9 d/100; 2.000 clavos para tablas, a 2s/100 y, por ?ltimo, 200 clavos barquerols, a 1 s y 4 d/100. Sumaba la cuenta 22 ll, 19 s y 8 d: una cifra nada despreciable para una compra de clavos. 1058 Para las fiestas en honor de la Inmaculada Concepci?n de 1617, el dicho Armengol vendi? 70.000 clavos; en 1622, tambi?n por las fiestas en honor de dicha divinidad, 85.000; en 1625, para las luminarias del nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia, 90.000; para las luminarias en honor de Mar?a de Hungr?a, en 1630, 72.000, y, finalmente, otros 70.000 clavos para la visita de Felipe IV, en 1632. Sumaron un total de 225 libras, oscilando el precio de dichos clavos entre los 10 y 12 sueldos por millar. Por parte del Consell de Cent, en 1636, tenemos el pago realizado a Anna Vidala de 41 ll y 11 s por todos los clavos a ella comprados para las linternas que hab?an ordenado fabricar por la llegada de la princesa de Cari??n. 391 venta de cohetes y petardos sigui? la din?mica general de aumento que experimentaban los otros productos. Es m?s, era uno de los elementos estrella de las luminarias, con una aceptaci?n y consumo importante. Su producci?n y venta corr?a a cargo de los drogueros y apotecarios de la ciudad y eran diversos los proveedores que las instituciones ten?an de estos sonoros artilugios. Los oficiales de la Generalitat adquir?an los petardos, ellos mismos, directamente de la tienda, cuyo pago efectuar?a posteriormente el regent los comptes. En 1548, el apotecario Pere Teusa vendi? cohets ternalls y cohets dobles vuytens por valor de 40 ll y 11 s, para el castillo ef?mero fabricado para el archiduque Maximiliano. Asimismo, el tambi?n apotecario Francesc Joan vendi? 5 gruesas y 3 docenas de petardos dobles voladores a 1 ducado la gruesa y 9 gruesas y 2 docenas de petardos voladores a 12 s la gruesa1059. La suma total de la venta de petardos para esas luminarias super? las 80 ll. Entre 1564 y 1585 se alcanz? el punto m?ximo en el consumo de petardos durante las visitas reales. Los numerosos espect?culos celebrados en honor de Felipe II en su primera visita a la capital generaron un gasto de 241 ll que vendieron diversos apotecarios como Montserrat Oller, Antic Calopa, Francesc Ferrandis, Melchior Ferrer, Joan March Roig o Miquel Alonso. En 1585 se hicieron las reparticiones de los petardos que cada uno de los oficiales de la Generalitat pod?a gastar para las luminarias del duque de Saboya. A los diputados y oidores de cuentas les pertenec?a a cada uno 24 docenas de cohetes de 1 dinero la pieza, 12 docenas de cohetes de 2 d la pieza y, por ?ltimo, 9 docenas de cohetes de 6 d la pieza. Los asesores, abogado fiscal, y otros cargos relevantes dentro de la instituci?n pod?an adquirir 12 docenas de 1 d, 6 docenas de 2 d y 4 docenas y media de 6 d la pieza. Adem?s, se distribu?an petardos por sus edificios1060. As?, en la Casa de la Diputaci? se gastaron 75 docenas de 1 d, 40 docenas de 2 d y 30 docenas de 6 d. Algunas de las compras realizadas por los oficiales de la Generalitat en 1585 para las luminarias en honor de Felipe II fueron las siguientes: el diputado y el oidor eclesi?sticos compraron a Gabriel Vines 24 docenas de cohetes de 1 d, 12 docenas de 2 d y 9 docenas de 6 d. El portero Felip Besturc compr? 60 docenas de petardos de 1 d la docena. El droguero Joan Serra vendi? a Francesc Drona, guarda del Palacio Real, 21 docenas de cohetes de 1 d, 12 docenas de 2 y 5 docenas y media de 6 d la pieza y otras cantidades similares al diputado real y al oidor militar que sumaron en total 14 ll. Ese mismo a?o, el Consell de Cent pag? 91 ll a los boticarios Montserrat Oller y Gabriel Bellitens por los cohetes servidos1061. Es decir, los petardos eran altamente apreciados 1059 Otras ventas fueron las realizadas por el apotecario Joan Llatzer Rossell y por el apotecario Caroll. La suma total de la venta de petardos para estas luminarias super? las 80 libras. 1060 Otras cantidades destacadas eran: la casa de la Bolla, a la que se dieron 42 docenas de cohetes de 1 dinero, 20 docenas de 2 d y 20 docenas de cohetes de 6 d y las atarazanas, 42 docenas de 1 d, 12 docenas de 2 d y 9 docenas de 6 d. En ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 146, 13 de febrero de 1585. 1061 A 26 de abril de ese a?o el Consell de Cent deliber? ?que se donen cuets als dos baluarts ?o es al de Mitj Jorn y al de Llevant y a les torres de la dressana y de sant Joan ?o es a quiscuna una grossa de cuets y mes se done les altres portions als officials de la Casa que no se acostumaven donar conforme esta contengut en lo memorial del se?or Farreres?, en AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 84. 392 por los barceloneses y formaban parte de las porciones que para cada festividad se repart?an entre los oficiales de las instituciones. Pero, a partir de esa fecha ya no aparecen m?s pagos por petardos realizados por la Generalitat ni por el Consell de Cent, ni queda rastro de su consumo en las posteriores visitas reales. Tampoco aparecen las habituales cantidades repartidas entre los oficiales de la Generalitat. ?nicamente aparecen dos pagos realizados para las fiestas de la canonizaci?n de san Ramon de Penyafort en 1601 y por el nacimiento del pr?ncipe Felipe en 16051062. Entonces, ?a qu? se debe esta desaparici?n de los petardos de estas fiestas? Una explicaci?n puede encontrase en la petici?n de Felipe III antes de viajar a Barcelona de que no se tiren petardos ya que cab?a la posibilid de que la reina estuviera embarazada. Sin embargo, este hecho no exime que en posteriores visitas se volviesen a utilizar. En mi opini?n hay una explicaci?n m?s de fondo y hay que relacionarla con la nueva religiosidad que aparece tras el Concilio de Trento. ?sta impon?a pautas de comportamiento m?s mesuradas que en las fiestas se ve?an reflejadas en una mayor solemnidad y devoci?n. Por tanto, la desaparici?n de los petardos de la escena podr?a responder a una voluntad de ejercer un mayor control sobre la fiesta. Adem?s, hay que recordar que causaban frecuentemente accidentes, provocando heridas e incendios. Los estruendosos petardos, sin?nimo de descontrol, movimiento e incluso paganismo, deb?an sustituirse por el control, quietud y devoci?n de las silenciosas velas y candelas. Los petardos ?nicamente quedan reservados para los entremeses como tarascas, dragones o la Vibria; s?mbolos del mal cuyo fuego descontrolado y en continuo movimiento es indicador de su naturaleza. Y, quiz?, es en este contexto donde hay que encuadrar los dos pagos anteriormente citados. Muy relacionada a esta labor de vigilancia y reforma de la festividad est? el aumento del gasto en p?lvora para las salvas de artiller?a y arcabucer?a, claro ejemplo de fuego controlado. En 1564, la Generalitat pag? a Miquel Traygueres dos albaranes; uno de 34 ll y 18 s por ?per tanta polvora de arcabus ha lliurada per los soldats de la Salva del castell y del portal triunphal? y por p?lvora de artiller?a y otro de 9 ll y 11 s por 47 ll de artiller?a. Sin embargo, hay que advertir que la p?lvora comportaba mayores gastos al Consell de Cent que a la Generalitat debido a que los baluartes y murallas desde donde se disparaban las salvas y las compa??as de arcabuceros repartidas por ellas eran de su competencia, exceptuando, eso s?, las atarazanas reales. Por tanto, las compa??as de gremios tambi?n recib?an una porci?n de p?lvora para disparar sus arcabuces y mosquetes durante sus desfiles ante los reyes. En 1630, cada alf?rez de las compa??as de los pelaires y carpinteros, que eran las de mayor entidad de la ciudad, recibi? tres barriles de p?lvora cada uno para repartir entre sus integrantes y con las otras dos compa??as que deb?an salir a recibir a Mar?a de Hungr?a (terciopeleros y pasamaneros). Es representativa del aumento de estas salvas de artiller?a la venta realizada, en 1632, por el mercader de Barcelona Bertomeu Ferrer a la Ciudad de 29 quintales, 1 arroba y 1062 En 1601, la Generalitat pag? al droguero Pau Dur?n 103 libras por los cohetes y cera gomada adquiridos en su tienda; as? mismo, en 1605, pag? al mismo droguero 111 libras por los mismos productos. 393 22 libras y media de p?lvora limpia de taras ?pera ques servis de aquella en les salves se son fetes per orde dels sors consellers a sa magt.? y que fue probada por los artilleros de la ciudad en presencia del conceller en cap y entregada a Gabriel Sencana, guarda del baluarte de Migjorn1063. Esta compra se realiz? adem?s de la ordinaria de 11 quintales de p?lvora para consumo habitual de la ciudad. 7.3.2. El coste de la m?sica. Ya vimos en el cap?tulo 5 la necesidad de garantizar un n?mero suficiente de coblas de m?sicos y c?mo ?stas llegaban de todas los rincones del Principado. Albert Garc?a Espuche ha apuntado que el papel esencial que ten?an los m?sicos en las fiestas p?blicas implic? el elevado gasto debido a su contrataci?n1064. De acuerdo con esta afirmaci?n, sin duda un importante coste de las visitas reales lo generaba la m?sica que sonaba en todas las ceremonias y fiestas que se celebraban por la ciudad. Estas coblas estaban integradas por un n?mero determinado de juglares que oscilaba entre los 4 y 10 m?sicos. Los pagos se realizaban al jefe de la cobla que luego repart?a entre los integrantes de las mismas. Y, como escribe este urbanista e historiador de Barcelona, las cantidades que cobraban los m?sicos no se encontraban entre las m?s bajas que se recib?an en la ciudad y el conjunto de esta actividad no pod?a ser menospreciable en el s? de la econom?a urbana1065. Adem?s de estas coblas de juglares, hay que incluir dentro de los profesionales del sonido a los trompetas, p?fanos y atambores que hac?an sonar sus instrumentos en todas las ceremonias y festejos. Cada instituci?n ten?a un trompeta o jefe de p?fanos que cobraba una cantidad por sus servicios que luego repart?a entre sus compa?eros. Como en anteriores an?lisis, partimos de la fecha inicial de 1548, a?o de la llegada a la ciudad del archiduque Maximiliano. Con motivo de las luminarias y celebraciones por dicha visita la Generalitat pag? a las coblas de Jaume Castanyer y Pere Bauduhi 8 ll y 8 s a cada una de ellas por los tres d?as que sonaron en la Casa de la Diputaci?n y 3 ll y 12 s a la cobla del contrabajo Salvador Oliveres por tocar ante la casa del Sacrist?n Doms en la Riera de Sant Joan. Sin embargo, encontramos un mayor n?mero de coblas para las visita de Felipe II en 1564. La misma Generalitat desembols? 60 ducados (72 ll) a cada una de las coblas de Ram?n Xarl?s, junto con cinco compa?eros y Montserrat Subirats, con otros cinco por 10 d?as que estuvieron tocando y ta?endo sus instrumentos. El propio Xarl?s cobr? otras 40 ll por los tres d?as de las luminarias por los infantes de Bohemia. Adem?s se repartieron otras 370 ll entre ocho coblas de 5 y 4 m?sicos que tambi?n participaron en dichas fiestas, a raz?n de una libra 1063 AHCB, Consell de Cent, Comptes, fol. 244, 25 de mayo de 1632. 1064 GARC?A ESPUCHE, A., ?Una ciutat de danses i guitarres?, en GARC?A ESPUCHE, A. (Dir.), Dansa i m?sica. Barcelona 1700, Museu d?Hist?ria de Barcelona, Barcelona, 2009, p?g. 45. 1065 GARC?A ESPUCHE, A., ?Una ciutat de danses??, p?g. 46. 394 por m?sico y d?a1066. El trompeta de la Generalitat Antoni Huix recibi? 36 ll a repartir entre sus cinco compa?eros por 6 d?as, con la misma tarifa que los m?sicos de las coblas: una libra por d?a y trompeta. Finalmente, Juame Xuriguer, capmestre de los p?fanos y atambores recibi? 41 ll por 5 d?as, incluyendo su actuaci?n durante el espect?culo del asalto al castillo de los luteranos. En total, la Generalitat gast? 631 ll en los m?sicos que amenizaron con sus instrumentos la visita real de Felipe II. El incremento de la pompa y la solemnidad conllevaba un incremento paralelo del consumo musical. As?, por los tres d?as de las luminarias en honor del duque de Saboya celebradas en 1585, la Generalitat pag? al maestro Antoni Ram?n, music del General1067, 547 ll por las 18 coblas de juglares (una cobla de seis m?sicos, dos de cinco y quince de cuatro) que se repartieron por los diferentes edificios de la Generalitat y por las casas de sus oficiales m?s importantes1068. Para la llegada del rey, ese mismo a?o, se destinaron 681 ll por 11 coblas que sumaron un total de 47 m?sicos, a raz?n de dos ducados por juglar y por d?a y noche. Dentro de esta cantidad hay que tener en cuenta el pago de 84 ll ?per la despesa de tos los dies que quaranta sinc dedits musics per orde de ses S[e?ori]as vinguts pera Barc[elona] se son detinguts que han aci vagat sens sonar aguardant la vinguda de sa M[agesta]t y Ses alt[ez]as y fins ques comensaren dites alimaries y balls, y tambe per los tres dies ques porrogare dites alimaries y balls, en los que los tres dies vagare sens sonar?. Es decir que, debido al retraso de la llegada del monarca y su corte, se pag? a cada uno de los m?sicos que se hab?an desplazado a la ciudad por este motivo 3 sueldos por cada uno de los d?as que residiese en ella, sin tocar sus instrumentos. El alto que hizo Felipe II en el monasterio de Poblet para pasar la Semana Santa y su subida y visita a la abad?a de Montserrat retrasaron su arribo a la capital catalana e hizo que la Generalitat tuviera que pagar dicha cantidad a los m?sicos por los 15 o 16 d?as que estuvieron en ella esper?ndole. Por ?ltimo, el d?a en que se celebr? el torneo ante el rey, se pag? 1 ducado a cada uno de los tres atambores blancos y los dos negros esclavos que participaron en ella1069. 1066 Se pagaron 50 libras por diez d?as trabajados tocando m?sica a las coblas de 5 integrantes de los maestros Pere Mater?, Salvador Serradell, Lu?s Matas, Juli? Verg?s y Jordi Alamich y 40 libras por el mismo tiempo trabajado a las de 4 juglares de los maestros Joan Sabater, Pere Gisserol y Salvador Oller. 1067 El maestro Antoni Ramon ocup? el cargo de m?sico de la Generalitat durante un largo per?odo de tiempo, tras suceder, posiblemente, a Ramon Xarl?s. En la visita del duque de Saboya y la posterior de Felipe II, en 1585, ya aparece ocupando este cargo y todav?a lo encontramos en fecha tan tard?a como 1617, en que recibi? los pagos de los m?sicos que sonaron para las fiestas en honor de la Inmaculada Concepci?n. Tras ?l, apareci? en escena el m?sico maestro Mateu Deu que en 1632 todav?a aparece ocupando ese cargo. 1068 Se construyeron tablados en las casas de los siguientes oficiales para que pudiesen sonar las coblas: diputados y oidores, asesores del General Ubac y Calv?, abogado fiscal Bonet, encargado de las atarazanas don Frederic Despalau, s?ndico de la Generalitat, escriba del racional Rufet, regent los comptes Ciurana, racional Ribot y deffenedor Ciurana. Finalmente, las coblas m?s numerosas se colocaron frente a la casa de la Diputaci? del General, el palacio donde resid?a el virrey, la casa de la Bolla y General y frente al hogar del gobernador de Catalu?a. En ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 147. 1069 Los atambores blancos eran Crist?fol Xuriguer ?atambor del General?, Antoni Tamar y Vidal Baptista, ?blancs y liberts?; mientras que los dos esclavos negros eran Pere ?esclavo de Miquel Maduxer? y Pere Pau ?esclavo de la viuda Rovira?. 395 En 1599, el paso de la reina Margarita con sus galeras ante Barcelona y la posterior visita de la familia real supusieron un importante desembolso econ?mico para asegurar los servicios musicales necesarios para los fastos preparados. Al m?sico del General maestro Antoni Ram?n se le abon? la cantidad de 1.032 ll por las 22 coblas contratadas para la llegada del rey y su familia, en mayo de ese a?o. Cada m?sico cobr? 2 ducados por d?a y 2 reales por cada d?a que estuvieron en la ciudad sin hacer tocar sus instrumentos. Otras 187 ll se le pagaron por los diez m?sicos que sonaron en el portal de mar cuando pas? la reina con sus galeras cuando se dirig?a hacia Valencia y para la llegada del rey, que recordemos tambi?n lleg? por mar. Adem?s, para los tres d?as de las luminarias celebradas en honor de la reina Margarita, cuando regresaba del monasterio de Montserrat, se contrataron 25 coblas que tuvieron un coste de 833 ll que se pagaron al mismo maestro Ram?n1070. Joan Sever Verdaguer, corredor y trompeta del General recibi?, junto a otros pagos menores, 211 ll a repartir con sus diez compa?eros por las trompetas que hicieron sonar en la entrada del rey y en las dos luminarias. Como se puede comprobar, el incremento del gasto es importante si lo comparamos con la visita anterior de 1585, rozando el total invertido en sonido las 2.200 ll. Ya entrado el siglo XVII, se mantiene la t?nica general del gasto en m?sica. Si bien desciende de manera considerable en algunos festejos, como son las 170 ll recibidas por el propio maestro Ram?n en 1601 por la canonizaci?n de san Ram?n de Penyafort, las 426 ll por las fiestas del nacimiento del primog?nito Felipe en 1605, las 122 ll del a?o siguiente para celebrar el regreso de los pr?ncipes de Saboya o las 115 ll abonadas en 1622 al nuevo m?sico del General maestro Mateu Deu por las fiestas en honor de la Inmaculada Concepci?n1071. En otras ocasiones el gasto permanece estable, como fueron las 845 ll empleadas por dicha Generalitat en las luminarias celebradas por el nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia en 16251072. Mateu Deu cobr? una cantidad similar (831 ll) por las coblas que sonaron durante los festejos celebrados por el arribo de la reina Mar?a de Hungr?a y 892 lll por el de Felipe IV en 1632. Tras la guerra, destacamos las 339 ll pagadas al m?sico de la Generalitat maestro Jaume Pacort por las coblas que sonaron para celebrar el nacimiento del infante Felipe Pr?spero. 1070 Se contrataron 21 coblas de cuatro m?sicos, 2 de cinco, 1 de siete y 1 de nueve. Cada m?sico cobr? 2 ll y 8 s por d?a exceptuando los m?sicos de cuerda que cobraron la jornada a 1 ll y 16 s. 1071 Curiosamente, el propio Mateu Deu era el candelero de sebo de la Generalitat como lo fue el anterior, tambi?n m?sico del General, Antoni Xarl?s. Albert Garc?a Espuche advierte de la dualidad de oficios de los m?sicos en la Barcelona moderna, en GARC?A ESPUCHE, A., ?Una ciutat de danses i guitarres??, p?g. 62. 1072 El d?a en que los diputados recibieron la feliz noticia sonaron 12 ministriles que fue la cantidad que sonaron cada uno de los tres d?as de las luminarias. Adem?s, se contrataron ?sinquanta musichs extraordinaris de menestrils, violes de arch, que sonaren en dita festa y per los menestrils que sonaren en los tres diez y nits de las laimarias se feren a 14, 15 y 16 del mateix ?oes dotze en la diputacio ab les robes del General y divuyt cobles que sonaren devant sa Excellencia y de las casas dels srs deputats y oydors assors advocats fiscl y altres officials y per un correu feu per enviar a cercar los musichs de fora y per los dotze musichs que an sonat en los dos torneigs se son fets a 21 y 28 del mateix y per lo sonar que han fet dits dotze musichs a cavall en lo estaferm se feu a 7 del corrent com apar per un compte passat per lo Racional a 15 del corrent y apocha ne ha fermada lo dia present en poder del scriva major del general?, en ACA, Generalitat, G-35, vol. III. 396 Pero, adem?s de los m?sicos propiamente dichos, el consumo musical para las fiestas y espect?culos generaban otras actividades complementarias que permit?an su trabajo. Un ejemplo de ello lo tenemos en la fabricaci?n de numerosos tablados para las actuaciones musicales. En 1585, Joan Berthomeu Serrador vendi? madera para los tablados de los m?sicos por valor de 68 libras. As? mismo, en 1630, el vendedor de madera Mar?al Boxeda cobr? 117 ll por toda la madera que hab?a servido al carpintero de la Generalitat Sebasti? Claret para fabricar los tablados de las damas y los m?sicos y, en 1632, los carpinteros Bertomeu Canals y Garau Fina cobraron 8 libras por hacer una tablado para los m?sicos del sarao en la capilla del palacio de la Generalitat. Otros pagos se realizaban por el alquiler de los animales que deb?an transportar a los m?sicos en los espect?culos caballerescos. En 1599, la Generalitat contrat? 26 caballos de los arqueros de la guardia de Felipe III para los trompetas que participaron en la fiesta de la publicaci?n de la justa, a 16 sueldos por caballo, adem?s, otros diez caballos de dichos arqueros participaron al d?a siguiente en la justa por el mismo motivo. Ese mismo a?o, el trajinero Bertomeu Casanoves facilit? doce burros y doce hombres para llevar los atambores la misma noche de la publicaci?n a 12 sueldos por burro y hombre, mientras que para la justa fueron seis burros y seis hombres. 7.4. La visita real: un factor dinamizador de la econom?a ciudadana. A estas alturas de cap?tulo ya podemos tener una visi?n generalizada de la evoluci?n del gasto en los festejos celebrados con motivo de las visitas reales y los costes de algunos de los productos b?sicos que se consum?an en ellos y que son indicativos de la evoluci?n de dicho gasto. Como se ha podido comprobar, para los oficios encargados de proveer estos productos, as? como los m?sicos que participaban en todos los espect?culos y ceremonias las visitas reales eran un buen momento para hacer negocio y recibir un ingreso extra a sus actividades profesionales habituales. Sin embargo, no s?lo eran estos oficios los que se beneficiaban de dicha visita porque la llegada de la corte a la ciudad supon?a la movilizaci?n de todos sus recursos para poder hacer la visita del soberano lo m?s agradable posible. Muchos oficios incrementaban sus ventas para abastecer de todo tipo de productos a los encargados de los preparativos. Los tenderos de telas ve?an incrementados sus beneficios enormemente debido a la cantidad de telas lujosas y menos lujosas que vend?an para los organizadores de torneos, saraos o para los sastres encargados de confeccionar las famosas gramallas de los consellers o los vestidos de los diputados y dem?s oficiales de la diversas instituciones del pa?s. Toda la poblaci?n se movilizaba para realizar las m?ltiples tareas necesarias para preparar festejos y ceremonias. La visita real era, pues, un buena oportunidad econ?mica para la ciudad. S? por un lado se incrementaba la deuda municipal debido al incremento del gasto extraordinario en materia de festejos, por otro, los ciudadanos encontraban mayores oportunidades de negocio que supon?an una inyecci?n monetaria a sus econom?as. 397 7.4.1. Un negocio para los oficios de la ciudad. Tenderos de telas y sastres. El encuentro entre las instituciones catalanas y el soberano era, como hemos apuntado, un acontecimiento de gran trascendencia. Por ello, presentarse ante el soberano obligaba a las autoridades a mostrarse de la manera m?s esplendorosa posible, con las mejores ropas y ornamentos. Para recibir al monarca, los consellers de la ciudad encargaban la fabricaci?n de lujosas y costosas gramallas de terciopelo carmes?. La competencia entre los tribunales requer?a este gasto, a menudo desmesurado, para presentarse ante el monarca con la mayor pompa y solemnidad. La compra de estas ropas, generalmente adquiridas en Barcelona, generaba un volumen de negocio, nada despreciable, para los tenderos de telas y sedas de la ciudad. Adem?s, otros oficios relacionados, como son sastres y pasamaneros, tambi?n se beneficiaban del incremento de la actividad comercial causada por la llegada del rey. Por tanto, las visitas reales supon?an una buena oportunidad para aquellos tenderos mejor posicionados de la ciudad que ten?an acceso a los ropajes m?s caros. Las instituciones repart?an cantidades de dinero entre sus oficiales, seg?n su jerarqu?a, para que pudiesen adquirir estas ropas. En 1585, la Generalitat dispuso que se diese a cada uno de los diputados y oidores de cuentas 300 ll ?pera vestirse a si y a sos officials y servidors?. Los asesores de la Generalitat, el abogado fiscal, el regent los comptes y otros altos oficiales recibieron 120 ll. El resto de oficiales recibieron cantidades inferiores que, como es l?gico, descend?an seg?n el rango. Este reparto supon?a un gasto muy importante como pone de relieve la suma total de las cantidades: 6.195 ll1073. Pero, aun mayor fueron las cantidades repartidas en 1599, a?o de desmesurado gasto. Cada uno de los diputados y oidores recibieron 600 ll, justo el doble que en la visita anterior de Felipe II. As? que s?lo estos seis oficiales supusieron 3.000 ll para sus vestimentas. El resto de oficiales recibieron cantidades inferiores pero, as? mismo, superiores a las de 1585. A partir de esta fecha, las porciones concedidas para vestimenta descender?n para evitar derroches como el de la visita de Felipe III. En 1626, fueron 400 las ll concedidas a diputados y oidores de cuentas para prepararse para recibir a Felipe IV1074; cantidad que tambi?n se dio en 1630 y 1632 por las visitas de Mar?a de Hungr?a y el rey. Pero, adem?s de estos repartos realizados entre los oficiales de la Generalitat, esta instituci?n realizaba un fuerte desembolso de dinero con motivo de los majestuosos torneos que se celebraban en honor del rey. Gran parte del presupuesto se dedicaba al vestuario de los justadores, mantenedores, padrinos, jueces y maestros de campo. A ellos, hab?a que sumar los gastos de la vestimenta de los numerosos lacayos que participaban en ellos, as? como de escuderos, criados y los caballos de los torneadores. Por ello, la Generalitat conced?a una cantidad de dinero para cada uno de los participantes que deb?an invertir en procurarse las mejores ropas posibles para justar ante el soberano. En 1585, don Joan de Queralt y don Enric de Cardona, los dos jefes de 1073 ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fols. 184-188. 1074 Los oficiales superiores recibieron 150 libras. ACA, Registre de Deliberacions, N-183, fols. 703-705. 398 cuadrilla, recibieron cada uno 800 libras que deb?a emplear en sus ropas y las de sus dos lacayos, dos caballos y seis pajes; los justadores de cada cuadrilla recibieron 500 ll; mientras que don Joan de Erill y los otros padrinos del torneo, 200 ll por cabeza. En total, superaba la cifra de 8.000 ll las destinadas a vestimenta. Como vimos en el quinto cap?tulo, el gran torneo programado para la visita de Felipe III en 1599 cont? con un mayor n?mero de justadores. Adem?s, hay que a?adir la celebraci?n de la publicaci?n de la fiesta la noche anterior al torneo y la fabricaci?n de los carros triunfales que hizo necesario aumentar el n?mero de vestidos y trajes ya que los personajes, tanto de los carros como los de los arcos de triunfo, vest?an ticas ropas. El gasto del torneo fue muy importante y muestra, como hemos visto a lo largo de este cap?tulo, la voluntad de agasajar al monarca con las mejores fiestas y galas posibles. Destaca, en primer lugar, la enorme suma de dinero que se dio al oidor eclesi?stico y mantenedor de la justa, don Frederic Meca: 2.520 ll ?per lo que ha de exir ab quatre cavals molt ben ornats y amantats compres lo que ell anira ab molts patges y alacajos?1075. Cada uno de los doce justadores recibi? 600 ll; 360 ll se dieron al exclusivo portaestandarte de aquel torneo, el se?or de Ser?, don Onofre de Alentorn; los dos maestros de campo ?el bar?n de Erill y Frederic Despalau? tambi?n recibieron 360 ll cada uno y la misma cantidad recibieron los portadores de las llaves que eran el comendador de San Juan, don Miquel de Alentorn y don Berenguer de Peguera y, por ?ltimo, los numerosos padrinos cobraron cada uno 300 ll. As?, la suma final de los repartos por la vestimenta super? las 25.500 ll, una cifra bastante superior a la del torneo de 1585 y similar a los 30.000 ducados que apunta Cabrera de C?rdoba para el torneo que se celebr? en Valencia ante Felipe III, ese a?o de 15991076. Apenas tenemos rastros documentales sobre ventas de telas para las visitas reales antes de 1599. ?nicamente es destacable el pago hecho por la Generalitat a Joan Ferran de 470 ll por diversas materiales que se adquirieron de su tienda de telas con motivo de la primera vista de Felipe II en 15641077. Sin embargo, en 1599, ya tenemos m?s evidencias de estos pagos. As?, ese mismo a?o, el tendero de telas Jaume Font vendi? telas, tafetanes y saetines para los personajes del castillo y de los carros triunfales por valor de 234 ll. Jaume Carbonell cobr? 119 ll por su trabajo, el de otros sastres y algunos fadrins que confeccionaron los trajes de los porteadores de las antorchas la noche de la publicaci?n del torneo. A su vez, el calcetero Bernat Albanell recibi? 63 ll por 602 pares de medias de tela para los personajes de los carros triunfales, a raz?n de 2 sueldos el par. A Guillem Ort?z, se le pag? 618 ll por 685 canas marsellesas de algod?n para la envelada preparada para cubrir la plaza del Borne el d?a del torneo. Los 1075 Hay que advertir que parte de estas cantidades las recibieron en diciembre de 1598, antes de la anulaci?n de la celebraci?n del matrimonio de los reyes en Barcelona a favor de Valencia, como por ejemplo las 720 ll recibidas por el mantenedor de la justa Frederic Meca que se completaron m?s tarde con un pago de 1.800 ll para sumar la cantidad final de 2.520 libras. En los dem?s casos tambi?n se efectuaron pagos en el mismo mes de diciembre que se completaron m?s tarde. 1076 GARC?A C?RCEL, R., (Ed.), Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de Espa?a desde 1599 hasta 1614, Salamanca, Junta de Castilla y Le?n, p?g. 20. 1077 ACA, Registre de Deliberacions, N-135, fol. 99, 29 de febrero de 1564. 399 zapateros Joan Gener y Francesc Catllar vendieron 185 pares de zapatos por valor de 62 ll. Por ?ltimo, tenemos el pago realizado a los tenderos Llu?s Jover y Agust? Valls de 168 ll por ?diversas telillas de or i plata ab sedas de colors?. Ya en el siglo XVII, concretamente en 1630, a?o de la visita de Mar?a de Hungr?a, se detecta una din?mica distinta en cuanto a los repartos. La cantidad total gastada es muy inferior a la de 1599, en torno a las ocho mil libras. Pero, adem?s, es importante advertir que todos los justadores, padrinos y maestros de campo reciben 100 libras por cabeza, mientras que el diputado y el oidor militar recibieron cantidades superiores al millar de libras. Es decir, hay una mayor desigualdad en los repartos y, por tanto, una mayor diferenciaci?n jer?rquica de estos dos oficiales, debido a su papel como oficiales de la Diputaci? del General y presidentes de la cofrad?a de Sant Jordi. Finalmente, para los torneos que se prepararon para la visita de Felipe IV, en 1632, se incrementaron ligeramente las porciones dadas a justadores, maestros de campo y padrinos, entre otros. Para la encamisada celebrada el d?a 8 de mayo de ese a?o se distribuy? 150 ll para cada uno de los maestros de campo y 200 ll para los disfraces de cada pareja de torneadores. La suma total super? las 5.000 ll. En cambio, para el estafermo celebrado el 18 de ese mismo mes se otorg? 2.500 ll a cada una de las dos cuadrillas; 250 ll a los maestros de campo; 200 ll para los padrinos. Hay que indicar, que este torneo supuso un mayor gasto debido a la participaci?n en ?l del propio rey Felipe y su hermano el infante don Carlos. Esto obligaba a todos los participantes a engalanarse de la mejor forma posible y, adem?s, supuso un enorme gasto en los ropajes que el rey y su hermano lucieron. A partir de 1626, los albaranes de las ventas de telas para vestidos por la llegada del rey son m?s numerosos y detallados tanto en la cantidad como en el tipo de tela comprada. Comenzamos con el ejemplo paradigm?tico de los consellers de la ciudad y sus gramallas. Ese a?o de 1626, el Consell de Cent encarg? que ?es fassin gramallas per als consellers es a saber 14 canes de vellut carmes? y quatre canes y mija de tela de or o de brocat procurant lo vellut y tela de or de hont se puga haver ab la comoditat se puga?1078. Como se puede ver, la fabricaci?n de las gramallas ven?a condicionada por una cantidad exacta de tela que se deb?a utilizar para su fabricaci?n. Sin embargo, tenemos documentaci?n m?s precisa sobre la fabricaci?n de estas gramallas. En 1632, fueron cinco sastres los que hicieron estas gramallas. Cada sastre confeccion? la gramalla de uno de los consellers. A todos se le dio la misma cantidad y variedad de telas y todos cobraron lo mismo por su trabajo. Para ello, la Ciudad compr? en la tienda de Joan Anduy y Miquel Puig: 77 canas de terciopelo carmes? ?de dos pels?, 10 canas de tafet?n doble carmes? para forrar dichas gramallas y 76 canas de tafet?n de 2/4 carmes? para adornos y borlas. El coste de la compra ascendi? a 1048 ll1079. Adem?s, se 1078 AHCB, Registre de Deliberacions, fol. 23. 1079 El terciopelo carmes? de ?dos pels? cost? a raz?n de 32 sueldos el palmo, el tafet?n doble carmes? a 8 s y 6 d el palmo y el tafet?n de 2/4 a 5 s la cana, que indicaba, claramente que era el material de m?s baja calidad. Adem?s, se compraron al mismo tiempo 71 canas de tafet?n doble carmes? al mismo precio para la confecci?n de las gramallas de los cinco verguers y 31 canas de tafet?n doble morado a 9 s y 6 d el palmo para dos gramallas que deb?an ser para el portero del clavari y para el correo de la ciudad. 400 adquiri? en la tienda de Pau Vilanova y Jeroni Llopart 22 canas y 4 palmos de brocado de oro fino de Mil?n que a 50 ll la cana cost? 1.125 ll. Con este material, los maestros sastres Pere Brull, Mag? Carbonell, Vicents Soler, Andreu Pujades y Jaume Coll confeccionaron las cinco gramallas para los consellers de la ciudad1080. En 1630, el tendero de telas Francesc Vell vendi? telas por valor de 302 ll para la confecci?n de tres cotas para los verguers de la Generalitat1081. Sin embargo, se conservan la mayor parte de las cuentas de las telas compradas para los dos torneos realizados en 1632 con motivo de la visita de Felipe IV. La participaci?n del propio rey y del infante don Carlos en el estafermo oblig? a comprar las mejores telas que se pod?an encontrar en Barcelona, que recordemos, por aquel entonces ya mostraba s?ntomas de decadencia que se evidenciaban con la falta de telas lujosas. Las mejores telas de la ciudad se pod?an encontrar en la tienda de Pau Vilanova y Jeroni Llopart. Ya hemos visto como el brocado de oro utilizado para las gramallas de los consellers fue comprado en dicho establecimiento. Era por tanto una de las m?s importantes tiendas de telas, sino la m?s, de Barcelona. La mayor?a de telas utilizadas para la confecci?n de los vestidos del rey, del pr?ncipe y de sus lacayos fueron adquiridas a los dichos tenderos. Los pasamaneros ?oficio en auge en la Barcelona del momento como advierte Garc?a Espuche? realizaron importantes ventas con motivo de la llegada del rey y de los torneos celebrados en su honor. Como ejemplo, tenemos a los tenderos Josep Colomer y, el ya conocido, Rafel Borgony? vendieron a la Generalitat 158 onzas de pasamanos de oro fino y 96 de oro falso por valor de 368 ll. El encargado de hacer el traje del rey y del infante don Carlos fue Juan Valera, sastre del rey que acompa?aba al monarca en sus viajes. Como participante en el torneo, la Generalitat pag? los trajes del rey y su huermano don Carlos. El sastre Valera compr? en la tienda de Pau Vilanova 4 canas y 4 palmos de brocado de oro y plata de Mil?n a 50 ll por cana que ascendieron a 904 ll y 12 s. Asimismo, dicho Valera cobr? 45 ll ?per les mans de dos casacas vaqueros de portar sobre las armas de villut llis furradas de tela de or y axibe per mans de dos gipons dela matexa tela de or y per los hojals o botoneras?. Joan Barcel? tambi?n vendi? lujosas telas para los trajes del rey: 9 canas y 7 palmos de espol?n rellevat de tela de plata, 145 onzas de pasamanos de oro fino, 22 canas de tafet?n entredoble carmes? para las cortinas tras las que el rey observar?a el sarao y 180 plumas blancas ?finadas de sangre? para los penachos del rey y de su hermano Carlos1082. El guantero Joan Boix vendi? dos pares de guantes para que el rey y el infante participasen en el estafermo. Los caballos del rey y del infante tambi?n se En total, el albar?n sum? la cifra total de 1.693 ll, 12 s y 3 d. En AHCB, Consell de Cent, Comptes, 1632, fol. 246. 1080 Cada uno recibi? 4 canas y 4 palmos de terciopelo carmes? para la gramalla. Jaume Coll confeccion? la gramalla del conseller en cap; Pere Brull, la del segundo conseller; Mag? Carbonell, la del tercer conseller; Andreu Pujades, la del cuarto conseller y, por ?ltimo, Vicents Soler, la del quinto conseller. 1081 Se adquirieron de su tienda 33 canas de saet?n morado a 13 sueldos el palmo, 12 canas de terciopelo morado liso a 22 sueldos el palmo, 3 gorras para dichos verguers y 485 libras de tafet?n negro para forrar dichas gorras. 1082 Los pasamanos se pagaron a 38 sueldos la onza, el espol?n rellevat de tela de plata a 20 ll la cana y cada pluma cost? 20 sueldos. En total, la venta de Joan Barcel? ascendi? a 774 libras. 401 ornamentaban a conciencia para la ocasi?n. Se utilizaron 24 canas de rasello blanco de Venecia compradas en la tienda del mismo Pau Vilanova. Bernard? Planes vendi? 15 canas de terciopelo carmes? para los tres caballos del rey y otras 15 de tafet?n carmes? de Italia para utilizarlo como forro1083. El guarnicionero Pere Pau Loses fabric?, por 60 ll, tres guarniciones de saet?n blanco con pasamanos de oro para los tres caballos del rey. Por ?ltimo, Domingo Costa, Joan Combater y Mag? Ma?ana se encargaron de dorar dos pares de estribos y dos bridas para dichos caballos. En cuanto a los lacayos del rey, los sastres Joan Brull, Josep Duran, Nicolau Gavalda, Josep Ros y Francesc Aguilar confeccionaron 12 vestidos de damasco blanco. Para ello, se compraron en la tienda de Pau Vilanova y Jeroni Llopart 40 canas de damasco blanco a 14 sueldos el palmo y, en la de Bernard? Planes, 10 canas y 7 palmos m?s al mismo precio. El propio Bernard? vendi? doce medias de seda blanca para los lacayos, cuyos vestidos estaban guarnecidos de 90 onzas de pasamanos de oro fino1084. Se confeccionaron 12 sombreros de tafet?n doble blanco forrados de tafet?n doble negro, con acabados de oro fino adquiridos a Eloi Planes. El pasamanero Francesc Guardiola cobr? 39 ll por forrar los 12 sombreros y por hacer 12 pares de ligas hechas de tafet?n doble blanco1085. Adem?s, se compr? a Baltasar Prior 12 penachos de plumas blancas que costaron 48 ll. Tambi?n generaron un importante gasto las telas compradas para elaborar las bandas de los torneadores y otros integrantes de los festejos porque ?stas eran de lujosas telas. En 1625, Joan Andu? y Miquel Puig vendieron 20 canas de tafet?n doble encarnado y otras 20 de color verde para los padrinos del torneo celebrado por el nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia y que ascendieron a 148 ll. Por tanto, vemos como la compra de vestimenta para los oficiales de las instituciones que deb?an recibir al rey as? como para los participantes de los torneos supuso una importante inyecci?n de dinero a los tenderos de telas de la ciudad. Estos ingresos extraordinarios se complementaban con otras ventas de pa?os para tapizar tablados, puentes y otras estructuras. Recordemos las 800 ll pagadas para los pa?os que deb?an decorar el puente por el que deb?a desembarcar la emperatriz Isabel en 1581. Para el torneo de 1625, se gastaron 37 ll por la tela blanca que cubr?a las vallas del torneo y 600 ll por los guantes que se adquirieron a Pere Pau Verg?s. En 1626, el tendero de telas Antoni Guingles vendi? al Consell de Cent 210 ll por 10 canas y 4 palmos de tela de oro para el palio bajo el que deb?a entrar Felipe IV, a un precio de 20 ll por cana. El pasamanero Pau Amell cobr? 40 libras por los dos abanicos de espol?n de oro y seda blanca y guarnecido de pasamanos de oro que los obreros de la ciudad obsequiaron a la reina Mar?a de Hungr?a en 1630. En 1636, el gobierno municipal 1083 La venta de Bernard?, hijo de Joan, inclu?a las diez canas de damasco blanco para los lacayos del rey. La factura sum? 550 ll, 19 s y 8 d. 1084 Se compr? esta cantidad de pasamanos de oro fino a 38 sueldos la onza en la tienda de Josep Aymerich y Josep Bonanat. En dicha tienda tambi?n se compraron 2 canas y 6 palmos de tafet?n doble blanco a 8 sueldos el palmo, 24 canas de tafanet de 2/4 de ancho para las ligas y ligaduras de los sombreros de los docce lacayos y 4 canas de tafet?n doble negro a 36 s la cana para forrar dichos sombreros, que todo junto sum? 192 libras. 1085 Este tafet?n doble blanco fue comprado al tendero Josep Novial. 402 adquiri? a Jeroni Sabata 2 canas de damasco carmes? para la confecci?n de un estandarte para recibir a la princesa de Cari??n. Por ?ltimo, en 1666, la Generalitat pag? al sastre Joan Andreu 216 ll ?per tot lo tafata doble flocadura bayeta y demes coses son estades menester per la faluga que ana a donar la benvinguda? a la emperatriz Margarita Teresa de Austria. Armeros y plateros. Ya hemos visto como oficios relacionados con la producci?n y mantenimiento del fuego, como son los candeleros de sebo o los de cera, obten?an importantes beneficios de las ventas producidas a las instituciones para la celebraci?n de los festejos. Tambi?n hemos estudiado algunas de las operaciones realizadas por los tenderos de telas y los sastres encargados de confeccionar los vestidos de los oficiales de los distintos tribunales as? como de los participantes en los torneos que se celebraban en honor del rey. Estrechamente vinculada a la celebraci?n de estos torneos estaba la fabricaci?n de las armas (lanzas, picas, escudos,?) de los participantes en dichos espect?culos. Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la Guerra de los Segadores destaca una familia como proveedora de estas armas para los torneos: los Argayares. ?stos monopolizaron el oficio de lancero del General y durante mucho tiempo fabricaron lanzas y picas para las justas que se celebraban, ordinaria y extraordinariamente, en Barcelona. En la visita de Felipe II en 1564, Pere de Argayares ya aparece en la documentaci?n realizando una venta de lanzas para el castillo de la plaza del Rey. Sin embargo, es en 1585 cuando Jaume Argayares ya consta como lancero del General proporcionando 270 lanzas para el torneo que se realiz? ante el rey cat?lico por valor de 81 ll. En 1599 fue Jeroni Argayares qui?n percibi? 206 l y 15 s por ?per las llanses axi per les ques romperen lo dia de la justa ques feu devant sa magt. com les que asi rompudes lo mentenedor com les que feren per lo dia de la poblycatio de la justa com les que aportaven los aventures lo dia de la entrada de la justa y altres lanses?. El propio Jeroni fue el proveedor de las lanzas para los diversos torneos que se celebraron hasta 1632, a?o en que cobr? de la Generalitat 285 ll por las lanzas y bastones que fabric? para las justas y estafermos celebrados por la visita de Felipe IV1086. Otras familias del gremio muy vinculadas a la celebraci?n de los torneos eran los Traigueres, los Managuerra y los Sansalo. Estos participaban en los espect?culos caballerescos como armeros preparados para armar y desarmar a los torneadores y arreglar y ajustar sus armaduras. Ese fue el papel de Miquel Traigueres en el torneo de 1585 celebrado en honor de Felipe II, que recibi? 12 ll ?per tots los treballs seus y desos fadrins en armar y desarmar los justadors en ses cases y en lo que occorregue en lo Born 1086 Jeroni Argayares cobr? entre 1601 y 1630 las siguientes cantidades de la Generalitat por los festejos extraordinarios que se celebraron: en 1601, por la canonizaci?n de san Ramon de Penyafort, 226 ll; en 1605, por el nacimiento del pr?ncipe Felipe, 204 ll; en 1606, por la llegada de los infantes de Saboya, 33 ll; en 1617, por las fiestas en honor de la Inmaculada Concepci?n, 192 ll; en 1625, por el nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia, 320 ll y, finalmente, en 1630, por la visita de la reina Mar?a de Hungr?a, 123 ll. a estas cantidades extraordinarias habr?a que sumar todas las ventas regulares que hizo dicho Argayares como proveedor de las lanzas para los torneos ordinarios de la cofrad?a de Sant Jordi. 403 lo die y temps de la justa y altres qualsevol dies abans?1087. El armero Joan Sansalo fue el encargado de asistir en el Born con sus herramientas en los dos torneos y el estafermo celebrados por el nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia en 1625, trabajo por el que recibi? 45 ll. Tambi?n, eran los proveedores de las arandelas para la celebraci?n de sortijas y por ello se pag? a Bertomeu Jaume Managuerra 45 ll en 1599. Adem?s, en estos torneos participaban pintores que doraban, pintaban y decoraban las armas. As?, en 1632, el pintor Jacint Bertomeu dor? tres docenas de lanzas y pint? 23 atxeras de verde por valor de 49 ll. Vinculadas a los espect?culos caballerescos estaban las operaciones realizadas por los plateros de la ciudad ya que eran los proveedores de los premios. Los premios que se otorgaban durante las visitas reales eran de mayor valor que los que se conced?an en los torneos ordinarios. En 1599, el platero del General Andreu Tamarit percibi? 280 ll por los premios que los diputados adquirieron de su tienda para la justa celebrada en honor de rey, entre los que destacaban ?un segell de or ab un diamant y un rubi y una esmeralda ab una per la grossa y penjant? y ?un joyell o madalla ab un amitista llisonjada ab set diamants?1088. Los premios de los torneos celebrados en 1617 en honor de la Inmaculada Concepci?n que se compraron al platero Bernat Camps ascendieron a 184 ll. Sin embargo, el gasto en los premios aument? considerablemente en 1632 debido a la participaci?n del propio Felipe IV en un estafermo. Premios que recordemos ganaron ?l mismo y su hermano el infante Carlos. Se pagaron a Graci? Tamarit 1.230 ll entre las que se inclu?a una pluma de diamantes con valor de 550 ll, un San Carlos de diamantes de 300 ll y que gan? el propio infante don Carlos, una cadena de oro de piezas de 250 ll entre otros premios m?s econ?micos. Pero, adem?s de la venta de los premios para los torneos, los plateros de la ciudad se encargaban de realizar otras importantes tareas como era la construcci?n de las mazas ceremoniales de las instituciones o dorar las mismas en caso de que estuvieran deterioradas. As?, en 1518 el Consell de Cent encarg? al platero Joan Moragues que dorase las dos mazas de la Ciudad que pesaban cada una 4 marcos, 5 onzas y 1 argent, para ello los consellers decidieron que se utilizasen diez ducados de oro. En 1599, el platero Pere Pau Riba realiz? dos mazas nuevas para la Ciudad con las que se fue a visitar a la reina Margarita cuando pas? con las galeras ante la ciudad1089. Sin embargo, en ocasiones se produc?an fraudes en la calidad de los trabajos, como fue en este caso ya que los consellers advirtieron a los c?nsules de los plateros que hab?an sido informados secretamente de que las masas argentadas por dicho maestro Riba 1087 ACA, Registre de Deliberacions, N-149, fol. 247. 1088 Los otros premios de la cuenta eran un anillo de oro esmaltado con un diamante, una joya con un diamante taula quadrada con un rub? y una perla y ?un joyell de jacci ab una efigi de una dona y un diamant triangulat ab dos rubins y una esmeralda?. 1089 Las dos mazas constaban de 28 piezas y pesaban 22 marcos, 5 onzas y 6 argensos que a 7 ll y 4 s el marco sumaron un total de 163 ll, 4 s y 9 d. La plata que se dio a dicho Pere Pau Riba fue pesada por el platero Jaume Tarroja en presencia del notario y escriba de la ciudad Francesc Pedralbes. 404 conten?an una plata de baja calidad y hab?an adquirido un tono verdoso debido a esta falta de buena plata1090. Otra de las habituales tareas que los plateros de la ciudad realizaban ante la llegada del rey era la confecci?n de la vajilla de plata dorada que la Ciudad ofrec?a al soberano, la reina o el primog?nito en la primera entrada real que realizaban en el principado. Esta ceremonia de la donaci?n de la vajilla de plata dorada se perdi? a mediados del siglo XVI y no quedan rastros documentales de pagos realizados a los plateros a partir de ese per?odo. Sin embargo, si tenemos documentaci?n acerca de la composici?n de la vajilla desde finales del siglo XV, como fue la que se ofreci? al rey Fernando en 1479, a su esposa Isabel de Castilla en 1481 o la que se obsequi? a Carlos I en 1519, hasta la entrada real del pr?ncipe Felipe en 1542. El gobierno municipal encargaba su realizaci?n a diversos plateros de la ciudad intentando que todos se beneficiasen de la llegada del rey. Pere Joan Comes apunta en su dietario que la vajilla ofrecida a Fernando II pes? un total de 223 marcos, mientras que la obsequiada a la reina Isabel alcanz? los 156 marcos y cost? 1.581 ll1091. Adem?s, en el Dietari del consejo municipal se contienen algunos pagos que se realizaron a los plateros para confeccionar la vajilla regalada a Carlos I ese mismo a?o de 15191092. De nuevo Pere Joan Comes aporta el coste total de esta vajilla que ascendi? a 2.277 ll1093. Posiblemente, el abandono de el tradicional obsequio de la vajilla no repercuti? de manera considerable a los miembros del gremio debido al estatus social que los plateros fueron adquiriendo y que les hac?a considerarse superiores jer?rquicamente al resto de oficios mec?nicos. Pero, no dejaba de ser una cantidad considerable para a los miembros con menos peso econ?mico del gremio. Los oficiales mec?nicos de las instituciones. Sin duda, los oficiales mec?nicos de las instituciones resultaban muy beneficiados de las visitas reales. Detentadores del monopolio en cada instituci?n, ?stos eran los proveedores de toda clase de productos y labores que necesitaba cada tribunal. Adem?s, eran los encargados de contratar a otros miembros del mismo oficio si se requer?a un mayor n?mero de profesionales para llevar a cabo la tarea encargada. Hasta ahora hemos visto como los candeleros de sebo y cera de la Generalitat o el m?sico, el carpintero o el lancero obten?an importantes beneficios de las actividades econ?micas generadas por la llegada del rey. Esto se puede hacer extensible a otros oficiales que realizaron diversos trabajos durante los preparativos y celebraci?n de los festejos. Un caso paradigm?tico lo ofrecen los carpinteros de la Diputaci? del General que, encargados de realizar m?ltiples tareas, incrementaron de manera considerable sus ingresos a causa de la visita real. Joan Patau, carpintero oficial de la Generalitat durante 1090 DACB, vol. VII, p?gs. 245-246, 13 de octubre de 1599. 1091 AHCB, Ms. B-37, op. cit., fol. 124, para la vajilla de Fernando el Cat?lico y fols. 127-128, para la de su esposa Isabel. 1092 En el Dietari de la ciudad de Barcelona se incluyen todos los plateros que participaron en la vajilla que se obsequi? a Carlos I, con las piezas entregadas por cada uno de ellos y el peso total de cada pieza. 1093 Pere Joan Comes describe en su dietario todas las piezas que compon?an dicha vajilla incluyendo los precios de cada una; sin embargo, no aparecen los nombres de los plateros que realizaron dichas piezas. 405 la visita del rey prudente en 1564, entreg? a los diputados dos facturas de 310 y 370 libras por los trabajos realizados en la construcci?n de los castillos de la Diputaci?, plaza de San Jaume y plaza del Rey; adem?s, hay que recordar que cobr? 225 ll por las linternas entregadas a dichos diputados. Francesc Soldevilla, carpintero de la Generalitat en 1585, realiz? diversas tareas para el consistorio adem?s de la venta de linternas. Fue el encargado de empaliar el palacio de la Generalitat ante la visita del duque de Saboya1094 y tambi?n recibi? otra suma de dinero ?per sos treballs y de sos fills i fadrins ordinaris y extraordinaris en fer y empaliar dia y nit lo cadafal del rey, altesa e infantas?. Sebasti? Claret aparece como carpintero del General entre 1625 y 1632. As?, durante este tiempo, Claret realiz? muchos trabajos para preparar las dos visitas de Felipe IV y la de su hermana Mar?a de Hungr?a, adem?s de los festejos por los nacimientos de la infanta Mar?a Eugenia en 1625 y del primog?nito Baltasar Carlos en 1629. Adem?s de las habituales linternas, el maestro Claret construy? carros triunfales, prepar? la plaza del Borne para los torneos, construyendo y deshaciendo tablados, vayas y el renc que separaba a los justadores y trabaj? encendiendo las graellas, entre otras cosas. A todo esto, hay que sumar la supervisi?n del trabajo del resto de carpinteros que trabajaban en los preparativos de la Generalitat. En fin, adquirir la posici?n de carpintero oficial de un tribunal les permit?a ganar bastante m?s dinero que el resto de compa?eros del gremio. Similar situaci?n viv?a el herrero de la Generalitat, cuyo modelo proponemos a Rafael Torres, que ocup? el cargo durante la visita de Felipe III en 1599. Sus trabajos son m?s variados y de menor peso econ?mico ya que muchos de ellos consist?an en la reparaci?n de objetos, especialmente las graellas. Los diversos trabajos por dicho Torres realizados para la preparaci?n de los festejos de la visita real superaron las 350 ll. Un caso parecido lo encontramos en el espartero del General Rafael Vila que recibi? 234 ll por proveer a los trabajadores que constru?an los arcos de capazos, palas de madera o escobas de palma; una cantidad nada despreciable para un miembro de este gremio cuyas operaciones acosumbraban a tener poco peso econ?mico. Adem?s, recordemos que el propio Vila aparec?a en 1585, fecha en que ya era el espartero del General, subministrando tea a la ciudad para la visita del duque de Saboya y de Felipe II, cosa que indicaba que estaba adquiriendo una posici?n predominante dentro del gremio. Estos casos son representativos del beneficio econ?mico que para algunos ciudadanos de Barcelona supon?a la llegada del rey. 1094 En el palacio o Casa de la Diputaci?, dicho Soldevilla se encarg? de empaliar, des en paliar y guardar, de nuevo, los pa?os y ropas en el armario de los cuatro corredores de la Casa, la sala del escribano mayor Rufet, el consistorio, los dos palcos, la sala nueva y poner los ocho candelabros y devolverlos a la tienda de la Generalitat. 406 7.4.2. La movilizaci?n de los recursos humanos, las arquitecturas ef?meras y los artistas-artesanos. Los preparativos necesarios para la visita del soberano generaban una movilizaci?n general de los recursos humanos de la ciudad. La gran cantidad de tareas a realizar obligaba a las instituciones a contratar a muchos trabajadores, especializados o no, para poderlas llevar a cabo. De esta forma, se requer?a un capital humano importante que, dependiendo de la inmediatez de la llegada del monarca, trabajaba a un ritmo fren?tico para que todo estuviera dispuesto para la entrada real. Es por ello que no pocos trabajadores forasteros llegaban a la ciudad con el objetivo de encontrar tareas a realizar en los diferentes espacios festivos y poder complementar, de esta forma, sus precarias econom?as. Conservamos muchas evidencias de estos trabajos realizados por los habitantes de Barcelona y de sus inmediaciones que no supon?an un gran desembolso individual pero que si lo supon?an a nivel general. Adem?s, es importante destacar que todos los oficiales de las instituciones participaban en la organizaci?n de las luminarias desempe?ando trabajos como son la guarda y vigilancia o el encendido y mantenimiento de los fuegos de las dichas luminarias. Es por eso que en la documentaci?n aparece en no pocas ocasiones oficiales de la Generalitat u otras personas trabajando en diversas labores muy distintas e inconexas entre s?1095. Comenzando por la preparaci?n de las propias luminarias para la que era necesaria el transporte y la preparaci?n de la tea ?astillar o estellar dicha madera?, para que pudiese ser colocada en las graellas. En 1548, Antic Ferran cobr? 8 ll por el transporte y estellar la tea y el macip de ribera Miquel Peres recibi? 8 s por astillar 12 quintales de tea. Pedro Portugu?s ?estellador de llenya? aparece ese mismo a?o preparando varias cargas y quintales de tea y llevando ?sta desde el mar, donde hab?a sido desembarcada, hasta la Casa de la Diputaci?. En 1564, se pag? en presencia del can?nigo Olzinelles, oidor de cuentas eclesi?stico, 7 ll a ?quatre homens ho manobres per portar la teya del portal nou ab lo carreto en lo palau real y apres affent stellada en repartir la en casa dels se?ors deputats y hoydors per treze dies?, a raz?n de 3 sueldos por d?a y persona. En 1585, el escribano del regent los comptes Francisco Scola percibi? 21 ll por hacer pesar la tea en la marina donde era descargada y hacerla llevar y trajinar a los diversos edificios de la Generalitat y hacerla distribuir por todos los lugares donde hab?a graellas de la Generalitat; adem?s, tambi?n supervis? el proceso de medici?n del aceite que lleg? al mismo puerto para ser distribuido entre los oficiales de la dicha instituci?n. El gran volumen de tea comprada para las fiestas de 1599 oblig? a la Diputaci? del General a contratar a 30 estelladors de teya que trabajaron durante dos semanas a raz?n de 8 sueldos el jornal. Adem?s, ocho carreteros estuvieron trabajando 1095 Ponemos algunos ejemplos ilustrativos. En 1585, el guardia de la Casa de la Bolla Ramon Rovira se embols? 9 ll, 4 s y 6 d por diversos trabajos realizados: tres jornales astillando tea, el porte de 8 cargas de arena a la Casa de la Bolla a 2 d por carga, preparaci?n de la arena en el suelo para colocar las linternas junto con dos compa?eros y tres d?as encendiendo y adobando las linternas. La misma cantidad cobr? el guardia de la casa de la Diputaci? del General Pere Pau Porta. 407 ese mismo a?o distribuyendo la tea por 20 s el d?a y 30 s si la carreta era de tracci?n animal. Finalmente, en 1630 Joan Margotal cobr? 68 ll a repartir entre sus compa?eros por estellar y ayudar a pesar y a apilar 1.272 quintales de tea, a raz?n de 1 s y 1 d el quintal. El encendido de las luminarias tambi?n requer?a una cierta movilizaci?n de trabajadores. En 1548 Antic Ferran Montserrat percibi? 10 ll, a repartir con sus compa?eros, por encender las linternas de la Casa del General y de la Bolla. Joan Milaro trabaj? diez d?as en 1564 colocando linternas por toda la Casa de la Deputaci? y tea en las graellas de la misma que fueron encendidas por el portero Joan Tantalaya, Joan Pujol y Pere Pas. Los maestros de casas eran los encargados de colocar y quitar las graellas y 12 fueron los miembros de este oficio necesarios para dicha funci?n en 1599, adem?s, se contrataron 30 hombres para encender las luminarias a raz?n de 10 sueldos por hombre y noche que sumaron un total de 231 ll. En 1632 se abonaron 163 ll a los 90 hombres encargados de encender las luminarias, adem?s de los tres porteros de la Diputaci? y 12 ll al carpintero de la Generalitat Sebasti? Claret que junto a doce ayudantes encendi? las graellas de la Casa de la Diputaci?n, la plaza del Rey y la plaza de Sant Francesc. La celebraci?n de los festejos y, especialmente de los torneos, obligaban a preparar adecuadamente la plaza, sobre todo el terreno. Para ello, era necesario el trabajo de varios hombres que deb?an vaciar o a?adir tierra y arena para allanar y dejar completamente listo el piso para los desfiles y posteriores ejercicios caballerescos. Para esta funci?n, en 1585, se contrataron a los tiratierras Nicolau Espig?, Toni Cases y Pere Espasa que con tres asnos cada uno estuvieron trabajando diversos d?as sacando tierra de la plaza del Borne por 9 sueldos el d?a trabajado o Joan Ferrer y Joan Berna, peones que estuvieron 12 d?as cavando y nivelando el terreno para la justa a 3 s y 6 d la jornada. En 1599, 27 marineros fueron los encargados de envelar la plaza del Borne para el gran torneo que se celebr? en honor del rey, trabajo por el que cada marinero percibi? 6 sueldos. En 1630, la Generalitat contrat? a los esclavos de las galeras ancladas en la playa de la capital para que trabajasen en la plaza de Sant Francesc para las fiestas en honor de la reina Mar?a de Hungr?a. Por estos esclavos se pagaron a los encargados de su custodia 150 libras en las que se inclu?a el salario de dos faquines que trabajaron llevando espuertas. Y, en 1632, el carretero Bertomeu Murtra estuvo dos jornadas sacando barro y basura con su carreta de la misma plaza y llevando arena para ponerla a punto para los festejos. La vigilancia de los preparativos era muy importante para evitar los posibles robos de material que se produc?an. Para ello no eran suficientes los guardas ordinarios repartidos por los diversos puntos de la ciudad y se hac?a necesaria la duplicaci?n de efectivos para vigilar y controlar todas las obras llevadas a cabo. Los porteros de las casas institucionales eran normalmente requeridos para esta funci?n, obteniendo ?stos as? un sobresueldo que a?adir a sus econom?as. En 1458, el portero real Joan Camadorget recibi? 3 reales y 6 sueldos por vigilar los tres d?as y tres noches de las luminarias la Casa de la Deputaci?. En 1564, los porteros reales Gili Cortadella y 408 Francesc Mateu Manya vigilaron durante 23 d?as el puente que se estaba construyendo para el desembarco de los infantes de Bohemia. El tambi?n portero real Antoni Ysern vigil? la fabricaci?n del arco triunfal o Coliseum que mandaron construir los diputados, mientras que Francesc Hiscarro hizo lo propio con el castillo de la plaza del Rey. En 1585, el pelaire Joan Costa percibi? del Consell de Cent 6 libras por los d?as que estuvo vigilando la artiller?a. En 1630, al veguer de la ciudad Narc?s Pau Reg?s y al alguacil real ordinario del rey Miquel Joan de Monrod?n se les pagaron 30 ll a cada uno por los trabajos que hab?an realizado junto con quince mozos respectivamente por vigilar la plaza de Sant Francesc ?tenint compte no succe?s algun sinistre succes per lo gran concurs de gent acud? a dita pla?a?. En fin, son muchos los ejemplos de los pagos realizados a guardias, porteros y otros oficiales por controlar el orden y la seguridad de los preparativos y desarrollo de los festejos. Las arquitecturas ef?meras y los artistas-artesanos. La profusi?n de las diferentes arquitecturas y decorados ef?meros que tuvo lugar a partir de la segunda mitad del siglo XVI fue una de las culpables de la nueva dimensi?n adquirida por los gastos extraordinarios que las instituciones regn?colas y municipales. Como hemos apuntado anteriormente, en el caso catal?n, era la Generalitat la que asum?a la gran parte de los gastos generados por las decoraciones ef?meras ya que era esta instituci?n la que encargaba su construcci?n. En la mayor?a de los casos desconocemos los autores de los dise?os de estos arcos, castillos y carros; sin embargo, si quedan numerosos rastros de los artistas y artesanos que participaron en su construcci?n. Los artistas no acostumbraban a participar en el proceso productivo como tales, dotados de renombre sino como artesanos especializados en un ?mbito determinado de su f?brica. As?, detectamos en las distintas fases evolutivas de la construcci?n de estos decorados a gran cantidad de pintores y escultores imagineros de mayor o menor fama que participan pintando y dorando todo tipo de decorados, en el caso de los primeros, o dise?ando y creando a los personajes que se inclu?an en ellos, en el caso de los segundos. Los trabajos realizados eran valorados por dos expertos artistas y eran ellos los encargados de poner el precio que cobrar?a el artista y constructor de la decoraci?n ef?mera. De este modo, en 1564, los pintores Pere Seraf? y Pere de la Roca estimaron en 145 ll y 12 sueldos la pintura del castillo de la Casa de la Diputaci? que hab?a realizado el maestro pintor Jaume Fontanet1096. A su vez, el propio Fontanet y Pere de la Roca valoraron en 180 ll el arco triunfal de las Ramblas ?axi be en la architectura y fabrica com en colors y pintar les figures?. En 1582, los miembros del Consell de Cent decidieron ?que sien dues persones expertas per iudicar les pinturas que ha fetas Nicholau de Credensa per lo pont y lo que sia iudicat sia referit als consellers i sia pagat del compte ordinari o extraordinari?. Es decir, se eleg?a a dos pintores expertos para que valorasen y pusieran precio a las pinturas que dicho Nicolas de Credensa hab?a realizado en el puente por el que deb?a desembarcar la emperatriz Mar?a. Para acabar, ese mismo a?o, otros dos pintores expertos acordaron que se pagasen 190 ll a los 1096 Por el trabajo de valorar las pinturas de Jaume Fontanet cada uno de los pintores cobr? 1 ducado. 409 pintores Anthoni Terenoy y Benet Galindo por la pintura de la bandera de tafet?n carmes?. No poseemos informaci?n sobre los costes de las arquitecturas ef?meras de la primera mitad el siglo XV y no es hasta 1564, a?o de la entrada real de Felipe II en la ciudad, que tenemos datos claros de estos costes. Ese a?o, la Generalitat pag? a Miquel Doms ?receptor del General? 926 ll y 18 s por los gastos ?del Coliseu ho mirador fet davant les cases de la Bolla y General?. As? mismo, el carpintero de la Generalitat Francesc Patau recibi? 370 ll por la f?brica del castillo hecho en la plaza del Rey, que recordemos se semejaba a la fortaleza de Salses, y otras 310 ll por los castillos construidos en la Casa de la Diputaci? y en la plaza de Sant Jaume. El presb?tero Joan Sitjar realiz? 38 personajes ?de hor y pell? para los diversos decorados ef?meros, trabajo por el que cobr? 52 ll. Joan Cerd?, batihoja, recibi? 34 ll por paga de tantas pieles de oro y plata que hab?a servido para fabricar los hombres de paja de los castillos. El pintor de la Generalitat Pedro Seraf?n pas? una cuenta de 80 ll ?per mans de pintures trasses y treballs pel presos asercha de dites alimaries?. El lancero del General Pere Argayares vendi? lanzas para el castillo del la plaza del Rey y para el arco triunfal de las Ramblas por valor de 26 ll. El sillero Antoni Pons fabric? una silla de montar para el caballo del San Jordi que apareci? en el espect?culo del asalto del castillo de los luteranos en la misma plaza del Rey. La Generalitat adquiri? a Joan Pujol los clavos para la construcci?n de los castillos de la plaza del Rey y de la Diputaci? que costaron 51 ll; cifra nada despreciable para estas piezas. Finalmente, es de destacar el pago de diez ducados al cirujano Vicens Xifonch por observar y controlar la construcci?n del castillo de la plaza del Rey. Sin embargo, si una vista real destac? por encima de las dem?s por lo que represent? en t?rminos econ?micos para la poblaci?n barcelonesa esa fue, como se ha visto a lo largo del cap?tulo, la de Felipe III en 1599. Ya analizamos en el Cap?tulo 4 las arquitecturas ef?meras que se realizaron para las distintas visitas y, entre ellas, las especialmente relevantes construidas para la primera visita a la ciudad de Felipe III. Ahora, analizaremos recursos humanos que participaron en la construcci?n de las arquitecturas de dicho a?o. En la fabricaci?n de los decorados ef?meros de 1564, de los que tenemos la detallada relaci?n de Baltasar del Hierro, participaron no m?s de diez maestros carpinteros con sus respectivos aprendices1097. En cambio, el volumen de carpinteros y otros trabajadores que participaron en la construcci?n de las diversas arquitecturas ef?meras de 1599 es tremendamente superior. En el Archivo de la Corona de Arag?n se conserva el libro de cuentas que la Generalitat orden? escribir para recoger todos los gastos de la visita de Felipe III y en el que se incluyen todos los 1097 En dicha construcci?n participaron los siguientes carpinteros: Gabriel Belmunt, Hieroni Sunyer, mestre Mart?, Jaume Rabassar, Joan Mar?al, Joan Porsia y Francesc Boylles, entre otros. En cuanto a los aprendices o joves fusters tenemos documentados los siguientes nombres: Gabriel Metge, Esteva Jofriu y Lluis Claver aprendices del maestro Belmunt; Jeroni Ybert, aprendiz de Sunyer; Joan Jordana y Joan Teixidor, aprendices de Mar?al; Joan Claret, aprendiz de Porsia; Joan Notari, Bernat Belmunt y Francesc Domingo, aprendices del maestro Villamaya; Rafael Pous, aprendiz del maestro Pons y Esteva Joan, aprendiz de Antich. 410 nombres de los trabajadores que participaron en la construcci?n, dividiendo dicho libro en pagos semanales. En primer lugar hay que advertir que las decoraciones ef?meras comenzaron a construirse en cuanto se recibi? la noticia de la intenci?n del monarca de celebrar su matrimonio en Barcelona. As?, a finales del mes de noviembre se comenz? a dise?ar las diferentes arquitecturas y el 30 de ese mes 6 carpinteros, 21 peones y 8 aserradores con sus respectivos compa?eros y sus sierras de doble asa comenzaron a trabajar en el arco que se hizo en el portal de mar entra la casa de la Bolla y la de los Pallols. A mediados de diciembre ya eran 71 los carpinteros que trabajaban en los arcos triunfales y la primera semana de enero llegaron a ser 195 los carpinteros que constru?an los arcos de triunfo, junto con 82 aserradores, 57 peones y 44 trajineros que se encargaron de traer la madera desde Castellbisbal hasta la Casa de la Diputaci?. Trabajaron 5 maestros de casas para preparar los bastimentos del edificio. Los carpinteros cobraban 6 sueldos por d?a trabajado, en cambio, sus aprendices cobraban 3. Los peones recib?an 4 s por jornal, mientras que para los aserradores se les pagaba 12 s por d?a trabajado a repartir dicha cantidad con su compa?ero. Tras la definitiva negativa del rey de casarse en la ciudad, en la primera semana de enero los diputados ordenaron que todas las obras se detuvieran. Los trabajos volvieron a retomarse a finales del mes de abril y principios del mes de mayo. En esas fechas 186 carpinteros continuaron los trabajos, y es de suponer que tuvieron que reparar muchos desperfectos causados por las inclemencias del invierno. La inmediatez de la llegada del rey provoc? un aumento de los sueldos de los maestros carpinteros que, a partir de ese momento comenzaron a recibir 7 sueldos por jornal y 4 o 5 s los aprendices y j?venes carpinteros. Se solicitaron licencias para poder trabajar los domingos ya que el tiempo apremiaba y hab?a que terminar los arcos triunfales y castillos. Ayudados por 42 aserradores y 51 peones. El rey desembarc? en la ciudad el 14 de mayo y en la semana que va del 10 al 16 de ese mes, todav?a trabajaban en los arcos triunfales 127 maestros carpinteros, 10 j?venes carpinteros, 19 aprendices y 12 hijos de maestros carpinteros. A pesar de la movilizaci?n humana, finalmente no pudieron finalizar el arco triunfal de las Ramblas. Adem?s, entre los trabajadores hay que incluir a los escultores imagineros Antoni y Montserrat Perdig?, Toni Bertran y Joan Vicens elaboraron los personajes del arco triunfal, mientras que Pau Forner elabor? diez cabezas para dichos personajes. El pintor de la Generalitat Ram?n Puig cobr? 236 ll por el agua almizclada, los colores y su trabajo en pintar los arcos triunfales. En definitiva, si atendemos al n?mero de oficiales, artesanos, peones o aprendices que participaron en los trabajos de los arcos de triunfo de la visita de Felipe III, podemos intuir las majestuosas dimensiones de los arcos preparados para la visita de Felipe III, muy superiores a los de la entrada real anterior de Felipe II en 1564. Adem?s, se construyeron los cuatro carros triunfales para el torneo que se celebr? en honor de los reyes. Se encarg? la fabricaci?n de los mismos al escultor Joan Aragall que contrat? a varios profesionales para dicha fabricaci?n. Los carros se construyeron en una propiedad que el propio Aragall ten?a en las Ramblas y el huerto 411 colindante, propiedad de Pau Beulo, que se alquil? para la construcci?n. Para ello, se tuvo que derribar la tapia que las separaba para poder sacar los carros de all? y volverla a rehacer una vez fuera de la propiedad1098. En la semana de m?xima actividad, estaban trabajando en dichos carros 8 carpinteros, 5 carreteros para hacer las ruedas de los carros, 3 peones, 11 escultores imagineros y el maestro de casas Pere Giralt. Entre los escultores imagineros destacaban artistas catalanes como Jaume Poejo, Antoni Tramulles, Garau Enrich, Antoni Bertran, Cresti? Branya, Gaspar presas, Joan Ballamunt o Joan Forn?s. Estos escultores imagineros recib?an 8 sueldos por d?a trabajado, lo que indica su labor como artesanos en la elaboraci?n de estos decorados ef?meros. Adem?s, se compraron a Nicolau Alonso 85 quintales de yeso para que Joan Aragall hiciese los moldes de los personajes y 18 quintales m?s al yesero Ram?n Soler por el mismo motivo. M?s de 400 ll cost? el trabajo de los 27 pintores que participaron en la decoraci?n de los mismos. Para ello, se adquirieron al droguero Pere Mass? colores y pigmentos por valor de 104 ll entre los que hab?a carm?n, ocre, blanquete, bermell?n y verdete, entre otros, y que se encarg? de moler el escudiller Toni Roch. Como se puede comprobar, la labor de los artistas en los preparativos de las visitas reales era muy variada. En ellos encontramos a artistas desempa?ando obras art?sticas que contrastan con otras, realizadas por ellos mismos, de menor valor y vinculadas con el mundo artesanal. Para concluir, tomamos como ejemplo al pintor Abd?n Ricart que en 1666 fue el encargado de decorar la fal?a del patr?n napolitano Francesco Anton de Faras con la que los embajadores de la Ciudad fueron a dar la bienvenida a la emperatriz Margarita Teresa de Austria. Para dicho encargo, Icart pint? de negro, cual artesano, la fal?a con sus m?stiles y remos; sin embargo, tambi?n pinto, como buen artista, un estandarte ?de or fi y demes colors y recaptes ?o es a tot lo rodedor y fris de or fi ab sos fullatges de sica al oli y a la huna part las armas reals de Espanya y a la altre part las armas de la ciutat ab sos fullatges y selada de or y plata tot perfilat a punta de pinsell? y un pez plateado de tres palmos por cada uno de los catorce remos1099. 7.5. Los negocios de algunos cortesanos. Algunos cargos oficiales de la corte del rey tambi?n consideraban la visita real como una ocasi?n de hacer negocio en la ciudad donde llegaban. Especializados en el servicio al monarca y en la etiqueta a observar, sab?an perfectamente como complacerlo 1098 Pau Beulo recibi? 5 libras por el alquiler de su propiedad colindante con la del escultor Joan Aragall. Adem?s, se le pag? 5 libras m?s por los da?os causados en los ?rboles que se encontraban en dicho huerto. Finalmente, una vez fuera de los huertos los cuatro carros triunfales, el tapiador Antoni Serra construy? 20 tapias en los huertos de dichos Aragall y Beulo por las que cobr? 6 libras. 1099 Por la pintura de la fal?a, Abd?n Icart percibi? 15 libras; por la de los catorce peces, 14 libras y por la de la iluminaci?n del estandarte con las armas regias, 20 libras que son indicativas del alto valor de dicha factura. 412 y por ello ofrec?an sus servicios para ganar una dinero extra. Principalmente son oficios vinculados con la puesta en escena del soberano, como tapiceros y sastres o con el abastecimiento. Adem?s, hay que a?adir el pago simb?lico de las estrenas que, desde la Edad Media, realizaban la Generalitat y el Consell de Cent a algunos oficiales del rey por su llegada a la ciudad, concretamente a los porteros de c?mara y otros cargos pr?ximos. Sin embargo, ?stos, como simb?licos que eran, no representaban un gasto desmesurado para el consistorio ni un ingreso importante para los oficiales. A?n as? daremos algunos ejemplos orientativos de lo que representaban estos pagos. En 1564, la Diputaci? del General pag? 8 ll y 12 s a Diego L?pez, portero del cadena del rey, a repartir con sus compa?eros ?per estrenes que se acostumen de donar y pagar als porters de sa magt. en la vinguda de sa magt. en la present Ciutat?; 28 a los porteros de antesala, a raz?n de cuatro ducados por cabeza; 16 ll y 16 s a los porteros de sala y saleta del rey y, finalmente, 4 ducados a los ballesteros del rey1100. En 1585, la cantidad aument? ligeramente. As?, los porteros de cadena, encabezados por Diego L?pez, recibieron 30 ll; los de sala y capilla, por Juan Ru?z de Vilafana, 40 ll; los de salita, por Alonso Becerra, 30 ll; los de sala y salita, por Juan de Palacios 48 ll; los ujieres, por Juan Ingl?s, 30 ll y los tapiceros, por Juan Briemons, 20 ll m?s. En 1632, el Consell de Cent pag? ciertas cantidades a los oficiales de Felipe IV, seg?n se hicieron en la visita anterior de Felipe III en 1599, que sumaron un total de 165 ll1101. Ya hemos visto como en 1599 los arqueros del rey alquilaron sus caballos para llevar a los trompetas. Pero los oficiales reales hicieron m?s negocios. En 1564, los tapiceros del rey fueron los encargados de construir y tapizar los tablados de la sala del palacio real donde se hizo el juramento, por los que cobraron 12 ll. Por el mismo motivo, el aposentador mayor y aposentador ingeniero de Felipe III, Francisco de Mora, percibi? 200 ll por los tablados de los juramentos que se hicieron en el palacio del rey y en la plaza de San Francisco y su tapicero mayor, Felipe de Benavides, 100 ll por colocar el dosel y tapicerias en la sala del juramento, el solio y en el Borne. As? mismo, el tapicero mayor de Felipe IV, Juan de Fr?as, cobr? 50 ll en 1626. En 1585, el platero de Felipe II Jer?nimo Gonz?lez vendi? a los diputados un libro de oro y diamantes, otro de oro y rub?es y una jarra de oro repleta de ?mbar que deb?an servir para los premios de la justa en honor del rey. Este mismo a?o de 1585, el guantero del rey, Francisco Machado, suministr? a los diputados 12 pares de los prestigiosos guantes 1100 Dichos oficiales eran: los porteros de cadena Francisco L?pez, Adri?n de Palacios, Pedro Cabello, Diego de Angulo, Juan de Buligo y Juan de Angulo; los porteros de antesala Juan de Almaz?n, Baldovinos, Antonio S?nchez y Domingo L?pez; los porteros de sala y salva Alonso N??ez y Aroca, Juan de Bola?os, Diego Ruiz de la Iglesia, Diego Ruiz de Briguela, Garci L?pez y Andr?s de Barahona y, finalmente, los ballesteros Mart?n de los Arcos, Baltasar Guebra, Juan de Medrano y Juan de Sen. 1101 Las cantidades pagadas fueron las siguientes: a los cuatro reyes de armas les dieron 20 libras; a los cuatro maceros, 20 ll; a los hojeros de c?mara, 10 ll; a la guardia de los arqueros, 15 ll; a la guarda espa?ola, 15 ll; a la guarda alemana, 15 ll; a los porteros del rey y salita, 15 ll; a los porteros de cadena, 8 ll; a los lacayos de pie, 10 ll; a los escuderos que son guardias de retrete, 8 ll; a los tapiceros, 8 ll; a los porteros de c?mara del Consejo Supremo de Castilla, 10 ll; a los porteros del Consejo Supremo del rey, 8 ll; a los trompetas, 8 ll, y, por ?ltimo, a los p?fanos, otras 8 ll. En AHCB, Registre de Deliberacions, 1632, fol. 227. 413 de ?mbar para los jueces de la justa por 120 ll. En 1599, el tambi?n guantero de Felipe III, Diego de la Pe?a, cobr? 148 ll por 48 pares de guantes de ?mbar negros y 18 pares de ?mbar finos, m?s un le?n de San Marcos de oro, diamantes y rub?es para los premios de la justa que alcanz? un valor de 120 ll. Sin embargo, alg?n conflicto surgi? entre los miembros de la corte y los ciudadanos con motivo de los negocios que los primeros realizaban en perjuicio de los segundos. Uno de los m?s destacados fue el que, en 1626, enfrent? al mercader de la ciudad Jaume Mas, qui?n hab?a adquirido los derechos de la provisi?n de la nieve a la ciudad con el navater o proveydor de les provisions de Felipe IV porque ?ste ?ven neu a particulars sens pagar cosa alguna a dit Mas no obstant que podent vendrer dita neu a sis diners la lliura e stant sa Magt. en Barcelona haja offert donarla a quatre diners?. Es decir, que el proveedor de la nieve del rey vend?a dicho producto a precios m?s bajos que el de la ciudad y, por este motivo, algunos particulares le compraron la nieve para las fiestas, saraos y banquetes celebrados durante la visita del rey, al oficial del rey1102. Como hemos apuntado anteriormente, estos negocios eran espor?dicos y tienen una repercusi?n meramente anecd?tica en el conjunto global de los costes de la visita real; aun as?, las actividades econ?micas de algunos miembros de la corte pod?an ser altamente perniciosas para determinados profesionales aut?ctonos como es en el caso de proveedor de las nieves, los tapiceros o los plateros. 7.6. Derroche y medidas para recuperar dinero. Cantidades tan importantes de dinero pod?an generar algunos problemas a la hora de gestionarlo. Controlar el gasto y evitar los derroches siempre era una dif?cil tarea y, a menudo, surg?an fricciones entre los encargados de gestionar la hacienda p?blica y los organizadores de los festejos. El control y gesti?n de los gastos extraordinarios generados por las visitas y luminarias reales eran competencia del escribano racional de la ciudad. Sin embargo, en 1585, se decidi? que fuera el escribano de las obras el encargado de llevar a cabo dicha tarea por ser el racional de ese a?o, el notario Francesc Vila, ?home descuydat y de pocas parts levaren lo dietari y lo examen dels comptes?1103. Otra de estas fricciones sucedi? en 1599 entre el clavari, m?ximo encargado de las finanzas municipales y, por tanto del gasto extraordinario generado por la visita del rey, y la vinticuatrena elegida por el Concell de Cent para organizar los 1102 AHCB, Registre de Deliberacions, 1626, fol. 88. 1103 En 1605, el escribano del racional Esteve Gilabert Bruniquer consigui?, gracias al abogado de la ciudad Jaume Dalmau, que el escribano de las obras de ese a?o, Galcer?n Sever Pedralbes, repartiese con ?l su salario de 15 libras por gestionar las luminarias celebradas ese a?o por le nacimiento del pr?ncipe Felipe. Para ello, se hizo una relaci?n de todos los racionales encargados de vigilar y gestionar dichas finanzas desde 1412, fecha de la entrada del rey Fernando I porque dicho cargo ?esta en antiquissima consuetut y possessio de portar lo compte y gasto de les coses extraordinaries de la ciutat quan se offerexen, comson alimaries per entrades de reys y naixements de princieps, capellas ardents y dols per mort de reys, morbo y altres ocasions et signantes per cosas de alimarias?, en DACB, vol. VIII. 414 festejos y en manos de los que se puso esta importante suma. La voluntad de ahorro y control de las finanzas del oficial municipal chocaba con los intereses y el derroche de los elegidos para organizar el fastuoso recibimiento que no quer?an la intromisi?n del clavario en la organizaci?n. Finalmente, el Consell de Cent deliber? a favor del oficial que deb?a intervenir en el control de los gastos de la visita, es decir, del clavari. Ya hemos visto que la visita de Felipe III gener? una importante partida de gasto p?blico y que, por las medidas de ahorro de festejos posteriores, deducimos que hubo un derroche por parte de las instituciones en los festejos en honor del rey. Pongamos el ejemplo del mantenedor de la justa celebrada ante el rey que fue don Frederic Meca, a su vez oidor eclesi?stico. La Generalitat le otorg? 2. 520 ll para las vestimentas de su persona, lacayos y caballos. Como oidor eclesi?stico, a principios de diciembre de 1598, recibi? 600 ll como parte de las porciones repartidas entre los oficiales de dicha instituci?n y, en abril del a?o siguiente, otras 400 ll ?a compliment del vestuari y ornaments y a tot son compliment no sols ab un vestit mes ab dos y tres y ab sos criats y mula y ornatos per la vinguda de sa magt?. Finalmente, otras 120 ll se le concedieron para ornamentos para la noche de la publicaci?n de la fiesta. Es decir, don Frederic Meca obtuvo de la Generalitat 3.640 ll para poder vestirse lo m?s l?cida y pomposamente posible para la llegada del soberano; aunque cabe la posibilidad que no todo este dinero se empleara para dichos ornamentos. De este modo, si consideramos la afirmaci?n de John H. Elliott de que ?nominalmente, un noble necesitaba unos ingresos anuales de unos 2.000 lliures a comienzos del siglo XVII para vivir de acuerdo a su estado?1104, podemos concluir que la visita de Felipe III en 1599 estuvo caracterizada por el derroche. Tenemos otros ejemplos del gasto desmesurado de la estancia real, pero ha quedado bien documentado uno sucedido entorno a la confitura comprada por la ciudad para el sarao celebrado por el consistorio municipal en honor de los reyes en el edificio de la Lonja. Los consellers y los 24 elegidos para preparar los festejos encargaron a los drogueros Miquel Caber, Miquel Dalmau, Benet Folch y Andreu Soler que preparasen la confitura necesaria para dicha fiesta. Tras su celebraci?n, sobr? mucha cantidad de dulces ?casi la mitad de lo comprado? y, ya en agosto de ese a?o, el gobierno de la ciudad se neg? a pagar a dichos confiteros la parte que sobr?, acus?ndoles de ?haver vosaltres excedit en la commissio sobre asso a vosaltres donada?. R?pidamente, cada uno de los confiteros se busc? un abogado defensor para que les redactara su propia versi?n. Miquel Cabes, defendido por Joan Sala, argument? que tuvo orden de los consellers de hacer mucha confitura porque era de menester ya que en Valencia le hab?an preparado muchas mesas de confituras al soberano y que cuando entreg? dichos dulces fue aceptada por los encargados de la misma dispuestos por la Ciudad, entre los que estaba el tercer conseller. Adem?s, en un acto de autoalabanza, a?adi? que ?ste le dijo que pusiese su confitura en la mesa del rey porque era la mejor de las entregadas y que la que sobrase ser?a para ellos, los consellers. Tambi?n acus? a los encargados de la 1104 ELLIOTT, J.H., ?Una aristocracia provincial: la clase dirigente catalana en los siglos XVI y XVII?, en ELLIOTT, J.H, Espa?a y su mundo (1500-1700), Madrid, Taurus, 2007, p?g, 106. 415 confitura de guardarla en la Casa de la Ciudad y dejar que se deteriorase y de no haberla ofrecido en la colaci?n que se ofrec?a a los s?ndicos for?neos de la ciudad con motivo de las Cortes, en lugar de haber encargado otra nueva. Por todo ello reclamaba el pago de su trabajo. Los tres restantes drogueros presentaron recursos m?s breves pero con similares argumentos1105. Este es un caso paradigm?tico del derroche que supuso esta entrada. Pero, para paliar el excesivo gasto de las visitas reales, las autoridades vend?an algunos de los materiales y productos utilizados. Un claro ejemplo lo tenemos en los pa?os y pinturas preparadas para el puente cosntruido para que desembarcase la emperatriz Mar?a en 1582. Los consellers encargaron al escribano de las obras que vendiese los quince pa?os comprados para dicho puente y que ?les pintures y imatges fets per lo pont y entrada de la serenissima Emperatris sien venut al que mes hy dara?1106. Otro ejemplo lo tenemos en los arcos de triunfo creados para la entrada real de Felipe III en 1599. Desde finales del mes de octubre de ese a?o hasta el 5 de marzo de 1600, entre nueve y doce carpinteros trabajaron en el desmontaje de los arcos triunfales. El proceso fue lento porque, siempre que se pudo, se aprovech? la madera para venderla de nuevo e ingresar alguna suma de dinero. Por este motivo la madera reutilizable se llev? a la tienda de la Generalitat para ser vendida al mejor postor como se puede comprobar por la deliberaci?n de los diputados, de agosto de 1599, que ?sien fets dos albarans de encantats y vendes dela fusta dels castells y clavero, exceptats bigues y fustets y perns de ferro, aqu? mes hy dira, per quant haverse de desfer per lo General, es cert hy farie tornes, y tot se perdrie y romprie al desfer?. Incluso los gremios intentaban recuperar algo de dinero como feu el caso de los hortelanos que al d?a siguiente de la entrada real de Felipe III vendieron los animales que participaron en su entrem?s en el mercado. 7.7. Conclusi?n. Con lo expuesto en este cap?tulo, estamos en condiciones de afirmar que las visitas reales en Barcelona motivaron un importante aumento extraordinario desde inicios dels siglo XVI, pero, sobre todo, a partir de la segunda mitad de la centuria. La mayor solemnidad y pompa de la corte del rey y los efectos del Concilio de Trento, con un evident desarrollo de la dimensi?n p?blica y festiva de la devici?n religiosa, obligaron a las autoridades de los diversos tribunales del territorio a destinar, de manera progresiva, una mayor cantidad de recursos para preparar las estancias del rey y de otros miembros de su familia en la ciudad. A partir de 1548, la Generalitat comenz? a destinar partidas especiales para costear las visitas reales y otros festejos relacionados con la monarqu?a, sobre todo, los nacimientos reales. Por este motivo, disponemos de 1105 AHCB, Cerimonial, 1C. XXII-1/27. 1106 AHCB, Registre de Deliberacions, 1582-1583, fol. 56, 28 de marzo de 1582. 416 los libros de cuentas de estas festividades desde ese a?o de 1548, cuando lleg? a la ciudad el archiduque Maximiliano de Austria, exceptuando los de las visitas de la emperatriz Mar?a, en 1582, y de Felipe IV, en 1626. Durante el reinado de Felipe II el gasto extraordinario por festejos reales vivi? un importante incremento. Y es que la definitiva elecci?n de Maximiliano para suceder a su padre el emperador Fernando fue la causante de la nueva formulaci?n del ceremonial de la monarqu?a que convirti? a Barcelona en la puerta de entrada de la pen?nsula y, por tanto, donde recibir?a el primer recibimiento de calidad. El aumento de la pompa lo detectamos claramente en las dos visitas de Felipe II, en 1564 y 1585, y la del duque de Saboya, en este ?ltimo a?o, y que supuso un importante desembolso para honrar al yerno del soberano. El techo de este incremento del gasto p?blico en materia de festejos fue, como visto a lo largo del cap?tulo, la visita de Felipe III, en 1599, para la que la Generalitat emple? 62.500 libras. Ciertamente, los catalanes se volcaron del todo con el nuevo conde de Barcelona, prepar?ndole unos festejos dignos de su persona y que deb?an competir con los celebrados en otras capitales de la monarqu?a, especialmente con Valencia. Sin embargo, con la entrada de la nueva centuria, las autoridades catalanas trataron de recortar el gasto y controlar los dispendios de las visitas reales para evitar el derroche y el endeudamiento excesivo que sucedieron a la entrada de Felipe III, en 1599. Por eso, a partir de ese momento, las cantidades depositadas por la Generalitat y por el Consell de Cent en la Taula de Canvi para sufragar los gastos fueron mucho menores y m?s continuas que las depositadas anteriormente. As?, para las visitas reales de Felipe IV y Mar?a de Hungr?a, a pesar del importante gasto que supusieron, las cantidades depositadas fueron muy inferiores a las de 1599 y la mayor de todas no super? las 6.900 ll, muy lejos de las 30.000 ll de la cantidad. Finalmente, tras la Guerra dels Segadors, el Principado vivi? en una econom?a de postguerra que oblig? a recortar los gastos en ceremonial, como se hizo en los festejos del nacimiento del pr?ncipe Felipe Pr?spero o la estancia en la ciudad de la emperatriz Margarita Teresa de Austria. Adem?s, la ausencia de visitas de reyes en la segunda mitad del siglo XVII motiv? que el gasto p?blico en festividades no aumentase demasiado. Este incremento de la solemnidad de los festejos y la profusi?n de las luminarias por las numerosas festividades reales y religiosas repercuti? directamente en el consumo de algunos productos esenciales para su celebraci?n. As?, hemos visto como los productos necesarios para el encendido y el mantenimiento del fuego, elemento b?sico de la fiesta medieval y moderna, tuvieron un importante desarrollo de su consumo. El consumo de la tea fue paradigm?tico de este aumento del consumo. B?sica para las graellas, las compras de este producto aumentaron considerablemente y su consecuci?n oblig? a las autoridades municipales a enviar emisarios para adquirirla, principalmente, en los territorios del hinterland barcelon?s. El estudio de las candelas de sebo, las de cera y el aceite, ha evidenciado el freno del consumo de las candelas de sebo, m?s econ?micas que el aceite. En momentos de bonanza, como fueron las d?cadas de los a?os 80 y 90 del siglo XVI, se prefiri? la utilizaci?n del aceite para las candelas, un 417 producto m?s prestigioso que las candelas de sebo. Sin embargo, con la llegada del siglo XVII y el consecuente ahorro y control del gasto p?blico en materia de festejos, las autoridades recurrieron, de nuevo, al consumo de candelas de sebo, m?s econ?micas. Adem?s, hemos analizado otros productos como las linternas, el papel, la p?lvora, etc? Pero, si por un lado las vistas reales y el aumento de las sumas de dinero destinadas para festividades reales supon?an un mayor endeudamiento para las instituciones, por otro, la llegada del rey dinamizaba la econom?a de los habitantes de la ciudad. Y es que la visita real era una buena ocasi?n para hacer negocios y complemetar la econom?a familiar con los numerosos trabajos, encargos y ventas que generaban sus preparativos. Adem?s, hay que advertir que los trabajos encargados a los diversos oficiales mec?nicos de las intituciones, como la Generalitat, estimularon la producci?n de otros maestros del gremio. As?, posiblemente, la fabricaci?n de las linternas necesarias para las luminarias que se encargaba al carpintero de la Generalitat le oblig? a delegar el trabajo de su fabricaci?n en otros carpinteros debido a la brevedad del tiempo y a las numerosas tareas que deb?a abordar dicho oficial. Como consecuencia de los numerosos encargos de estos oficiales, parte de su producci?n ordinaria que no pod?an llevar a cabo por falta de tiempo pod?a ser absorvida por otros miembros de los oficios. Adem?s, hay que indicar que las visitas reales no s?lo movilizaban a los barceloneses, sino que a la capital catalana llegaban gentes de su corona inmediata y del resto del Principado para trabajar en los preparativos o para participar en ellos, como vimos en el caso de los m?sicos. Se puede decir, pues, que la visita real del soberano de la Corona de Arag?n tuvo un efecto dinamizador sobre los recursos humanos del pa?s. 418 419 CONCLUSIONES A lo largo de los cap?tulos de este trabajo se han analizado los diversos aspectos de las entradas reales que se sucedieron en la ciudad de Barcelona a lo largo del per?odo de los Austrias. Dichas visitas dependieron de las circunstancias pol?ticas del momento y respond?an a diversas naturalezas. En primer lugar, tenemos las realizadas por los diversos monarcas la primera vez que llegaban a la ciudad como nuevo conde de Barcelona y en las que se celebraban la importante ceremonia de la entrada real y el juramento de los privilegios de Catalu?a y de la ciudad de Barcelona. Otra tipolog?a era la que aglutinaba las segundas visitas de los reyes debido al ir y venir de la corte itinerante seg?n sus intereses y a las convocatorias de las Cortes. En estas segundas visitas, no se celebraba la ceremonia de la entrada real, pero eso no significa que la llegada del monarca estuviera exenta de solemnidad ya que todos los tribunales de la ciudad sal?an a recibir al monarca en una larga cabalgada m?s all? de los muros de la ciudad. Sin embargo, en algunas ocasiones, los monarcas rehusaban entrar en la ciudad con dicha ceremonia, ya fuera por motivos de la brevedad del tiempo (caso de Carlos V) o para evitar la larga y protocolaria ceremonia del recibimiento (caso de Felipe II en 1585). Pero, no acabaron aqu? las visitas reales que se produjero en Barcelona, a lo largo de los siglos modernos ya que hab?a otra tipolog?a como eran los miembros de la familia real que llegaban a la ciudad u otras personas de la realeza europea. Eran estos casos los que planteaban mayores dificultades a las autoridades y en los que surgieron la mayor?a de desacuerdos por cuestiones de ceremoniales, entre los representantes del gobierno municipal y los integrantes de los s?quitos de estos reyes, pr?ncipes, infantes o infantas. Un primer grupo lo tenemos en las infantas que casadas con soberanos y pr?ncipes extranjeros, pasaron por la ciudad, en su viaje hacia su nuevo hogar: estos son los casos de Mar?a de Austria (hermana de Felipe II), en 1551; Mar?a de Hungr?a, (hermana de Felipe IV) en 1630 y Margarita Teresa de Austria (hermana de Carlos II), en 1666. Un segundo grupo lo integran las reinas que llegaron a Barcelona, provenientes de otras cortes y que llegaban para casarse con el rey o para establecerse en la corte: tenemos los casos de la emperatriz Mar?a, ya viuda, que pas? por la ciudad en 1582, la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1599, o la princesa de Cari??n, en 1636. Adem?s, otras princesas llegaron a la pen?nsula para casarse con el rey en otras ciudades peninsulares. Tambi?n tenemos a aquellos pr?ncipes extranjeros que llegaron para dirigirse a la corte para entrevistarse con el monarca o por otros asuntos, como puede ser un matrimonio; este es el caso de las visitas del archiduque Maximiliano de Austria en 1548, el archiduque Carlos de Austria en 1568, o el duque de Saboya en 1585 y 1591. Otros ilustres hu?spedes eran los infantes que llegaban a la corte para educarse en ella, son los casos de los infantes de Bohemia, en 1564, y de los de Saboya, en 1603. 420 As?, podemos establecer una periodizaci?n seg?n el n?mero de visitas reales recibidas en Bracelona. Un primer per?odo abarca los a?os de las cortes itinerantes de Fernando el Cat?lico y Carlos V, donde la mayor?a de las llegadas reales que se sucedieron en la ciudad eran las del propio monarca, dada la importancia geoestrat?gica de la ciudad condal como puerto y astillero. Un segundo per?odo en el que pasaron por Barcelona un mayor n?mero de hu?spedes reales, sobre todo extranjeros y que se inici? a mediados del siglo XVI, coincidiendo con la hegemon?a de la monarqu?a de Felipe II en Europa y lleg? hasta la Guerra dels Segadors, en 1640. En ese per?odo, la corte del rey, establecida en Madrid, exceptuando su breve establecimiento en Valladolid durante los primeros a?os del reinado de Felipe III, tuvo la mayor afluencia de visitantes reales que se desplazaban a ella para ver al monarca. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XVII y de la p?rdida del presitigio y hegemon?a de la monarqu?a en Europa, la corte espa?ola dej? de ser la m?s importante de Madrid, frente al auge de la corte francesa o la inglesa. Los pr?ncipes europeos dejaron de desplazarse a la corte madrile?a y por este motivo se produjo un descenso muy importante en el n?mero de visitas reales a la ciudad de Barcelona. ****** Como hemos apuntado anteriormente, era la llegada de otros miembros de la familia real o de los pr?ncipes extranjeros los que generaban un mayor n?mero de fricciones en materia ceremonial, sobre todo, si no era la primera vez que el hu?sped llegaba a la ciudad. El problema surg?a porque la tradici?n de la ciudad de Barcelona no contemplaba que en segundas visitas se saliese a recibir al visitante con ceremonia y, claro, en ocasiones, esto chocaba con su calidad y prestigio. Algunas veces era el propio monarca el que solicitaba que se saliera a recibir al hu?ped, ante la negativa de las autoridades. Y es que las necesidades ceremoniales de la monarqu?a, entre las que hay que incluir agasajar a los pr?ncipes extranjeros como medio de persuasi?n pol?tica, era incompatible con el ceremonial propio del gobierno municipal. Este problema gan? en intensidad a partir de la segunda mitad del siglo XVI, tras la definitiva sucesi?n de Maximiliano de Austria al trono del Sacro Imperio Romano, en 1548, y el consiguiente desvanecimiento de las esperanzas del pr?ncipe Felipe por ser elegido Rey de Romanos. A partir de esta fecha, como ha apuntado Mar?a Jos? del R?o, se produjo una reformulaci?n del ceremonial de la monarqu?a hisp?nica para asegurar su prestigio internacional. A partir de este momento, en el que la monarqu?a de Felipe II obtuvo la hegemon?a en Europa, a la corte de Madrid se desplazaron numerosos pr?ncipes extranjeros. Barcelona jug? un papel muy destacado en esta reformulaci?n del sistema ceremonial ya que, por su situaci?n geogr?fica, era la primera ciudad de la pen?nsula que pisaban los hu?spedes del rey que llegaban por el Mediterr?neo y esto la obligaba a esmerarse en los recibimientos que deb?a ofrecerles. Barcelona, como aparece en la documentaci?n, se convirti? en la puerta de la pen?nsula ?tanto de entrada como de salida? y esto deb?a verse reflejado en los festejos organizados para agasajar al monarca. As?, la monarqu?a estableci? un sistema ceremonial que ten?a tres ejes claros: 421 Barcelona-Zaragoza-Madrid. En este sentido, la capital aragonesa tambi?n jug? un destacado papel como punto intermedio en la ruta entre la ciudad condal y la corte madrile?a, a lo que hab?a que a?adir su alto valor simb?lico por ser la capital hist?rica de la Corona de Arag?n y donde se efectuaba la ceremonia de la coronaci?n. Fueron varios los pr?ncipes y otros hu?spedes ilustres, como legados pontificios, que siguieron esta ruta hasta la corte y fueron agasajados en dichas ciudades: Maximiliano de Austria (1548), la emperatriz Mar?a, el duque de Saboya (1585) o los infantes de Saboya (1603), entre otros. Sin embargo, esta afluencia de visitantes que pasaron por la capital catalana contrasta con la cada vez mayor ausencia del monarca en el Principado. A partir del reinado de Felipe II, el ?rey ausente? ser? m?s ausente que nunca. Los soberanos, instalados en la gran corte madrile?a, ?nicamente visitaron Barcelona por la obligaci?n que ten?an de jurar su cargo como nuevo conde de Barcelona y el respeto a los privilegios de Catalu?a. Felipe II visit? en dos ocasiones Barcelona (1564 y 1585), Felipe III, tan solo en una (1599), Felipe IV en dos porque en la primera dej? las Cortes inacabadas (1626 y 1632) y Carlos II ni siquiera lleg? a visitarla. Esto se tradujo en la progresiva desaparici?n de la ceremonia de la entrada real que se celebraba en la primaera ocasi?n que el nuevo monarca entraba en Barcelona. Pero no solo dej? de venir el rey, tampoco lo hicieron las reinas y los primog?nitos para lo que tambi?n se celebraba esta fiesta culminando el ciclo ceremonial de las entradas reales del rey, reina y primog?nito, que se deb?an realizar en distinto d?a. La ?ltima entrada real de la esposa del conde de Barcelona se produjo en 1533, cuando lleg? la emperatriz Isabel de Portugal, y la del primog?nito, en 1542, con la llegada del pr?ncipe Felipe. Hay que recordar que durante la estancia de la reina Margarita en 1599 ??ltima reina de la Casa de Austria que visit? la ciudad? no se hizo la ceremonia de la entrada real, pese a la voluntad del consistorio barcelon?s a celebrarla. Una ceremonia, pues que a lo largo del siglo XVII perdi? el antiguo esplendor que hab?a tenido a lo largo de la segunda mitad del siglo XV y durante la centuria siguiente. ****** En el cap?tulo cuarto hemos analizado detalladamente esta ceremonia. La llegada al trono de Fernando el Cat?lico no signific? un cambio en la estructura y desarrollo de la entrada real, sin embargo, la que se celebr? en honor de su esposa Isabel si que present? numerosas novedades y fij? el modelo de ceremonia a seguir durante el siglo XVI. En primer lugar, se vari? el itinerario del desfile que, ahora, se ampli? hasta el portal de Sant Antoni, incorporando a la ceremonia todo el barrio del Raval, que respond?a a la progresiva importancia que esta zona de la ciudad iba adquiriendo. En este nuevo espacio ceremonial, el hospital de la Santa Creu jug? un papel destacado. Otra novedad importante fue la representaci?n del descenso de santa Eulalia que se llev? a cabo ante la reina, en dicho portal. Adem?s, a diferencia de las entradas pasadas en las que los consellers esperaban al rey en lo alto de la tribuna de la plaza de Sant Francesc, lo hicieron en el propio portal de Sant Antoni, con lo que se produjo un desplazamiento de los consellers, tan celosos de la tradici?n ceremonial de la ciudad, 422 fuera de los muros de la ciudad. Adem?s, en esta entrada comenzaron a erigirse algunos decorados ef?meros m?s trabajados y elborados que las t?picas enramadas. Ahora, gracias a las tramoyas, incluso se dise?aron escenarios m?viles, como los cielos que en dicho portal se mov?an mientras descend?a la santa recitando versos en alabanza de Isabel. La ceremonia de la entrada real, en su intento de imitar en muchos aspectos el triunfo romano, incorpor? a lo largo del siglo XVI las formas cl?sicas que difundi? la cultura renacentista. As?, los decorados ef?meros comenzaron a incorporar elementos propios de la arquitectura cl?sica, destacando, sobre todo, el arco de triunfo. En Barcelona, ya se detectan la inclusi?n de los modelos cl?sicos en la portalada levantada en el portal de Sant Antoni para la entrada real de Carlos I, en 1519. Sin embargo, fue en la entrada de su esposa, la emperatriz Isabel, en 1533, cuando el arte ef?mero incluy? definitivamente el estilo renacentista, con la construcci?n de edificios a modo de coliseum, los arcos de triunfo erigidos por la Generalitat y las tem?tica mitol?gica y cl?sica que se inclu?a en ellos. La inclusi?n de la estatuaria romana, con alusiones constantes a las virtudes cl?sicas, y el cambio de lengua en los mensajes y divisas, ahora en lat?n y griego, entre otras lenguas, denotan ya la implantaci?n y ?xito del Renacimiento en las entradas reales barcelonesas. Este ?xito de las formas cl?sicas alcanz? su plenitud en la entrada real de Felipe II, en 1564. Como todas estas ceremonias, no estaba exenta de mensaje pol?tico, y en este sentido, y gracias a la relaci?n de dicha ceremonia del poeta castellano Baltasar del Hierro, podemos saber el programa comunicativo que present? la ciudad de Barcelona a su nuevo conde. Como toda ceremonia, esta entrada hay que contextualizarla en un momento clave de las relaciones entre la monarqu?a y la ciudad condal. Tras la dif?cil aceptaci?n de la sucesi?n de Felipe II en los reinos de la Corona de Arag?n, otros problemas de primer orden se sumaron al escenario pol?tico. El primero de ellos era la sospecha o rumor surgido de que en Catalun?a se albergaban partidas de hugonotes franceses, con la connivencia de las autoridades del Principado y que pon?a en tela de juicio la fidelidad catalana a la fe cat?lica y a la monarqu?a de Felipe II. Por otro lado, la clausura del Concilio de Trento ese mismo a?o de 1564, siginific? el triunfo del ala m?s intransigente con la hereg?a protestante. En este sentido, la participaci?n activa del obispo de Barcelona en el desarrollo del Concilio, permiti? saber a las autoridades barcelonesas las resoluciones tomadas en ?l y dise?ar un programa ceremonial para la visita de Felipe II acorde con los nuevos tiempos que se avecinaban. Y es que la entrada real del rey en Barcelona fue una de las primeras, sino la primera, que se celebraron en Europa, tras la clausura del Concilio de Trento. Todo el ciclo festivo iba dirigido a presentarse ante el monarca como un basti?n del catolicismo frente a la amenaza hugonote y protestante. Las alusiones a la fidelidad barcelonesa a la fe cat?lica y al proyecto pol?tico de la monarqu?a eran constantes en los decorados ef?meros. Los espect?culos celebrados iban, tambi?n, en el mismo camino, con el asalto al castillo de los protestantes y el auto de fe organizado por los inquisidores y que cont? con la presencia del soberano. 423 Lamentablemente, para la entrada de Felipe III, ni diputados ni consellers encargaron a un escritor la composici?n de una relaci?n como la redactada por Baltasar del Hierro. Esto nos impide conocer la tem?tica del programa iconogr?fico de los arcos de triunfo y otras decoraciones que se ereigieron para la visita de Felipe III, en 1599 ya que las pocas referencias que tenemos de ellos son breves y poco detalladas. Sin embargo, poseemos mucha documentaci?n econ?mica sobre estas construcciones que nos permiten intuir las grandes dimensiones que ten?an si rastreamos la gran cantidad de profesionales de los diversos oficios de la ciudad que trabajaron en ellos, destacando entre todos, los maestros carpinteros que en ocasiones superaron el n?mero de 180, a los que hab?a que a?adir un gran n?mero de aprendices, mozos y aserradores. En cambio, para la entrada real de Felipe IV, no se levantaron decorados ef?meros de importancia. En primer lugar, porque el portal de Sant Antoni hab?a sido reconstruido, pr?cticamente en su totalidad, en 1599, y no se levanto ninguna portalada. Tampoco se tiene constancia, a pesar de las numerosas relaciones existentes de dicha entrada, de la presencia de arcos de triunfo ni castillos, posiblemente, debido a la intenci?n inicial de Felipe IV de celebrar las Cortes en Lleida y la premura con que lleg? a la capital catalana, as? como, tampoco tenemos documentaci?n econ?mica sobre esta visita ni menos aun sobre posibles construcciones ef?meras. As? pues, la entrada real de Felipe IV fue un reflejo del ocaso de esta ceremonia a lo largo del siglo XVII, que, sin embargo, se revitaliz? con la llegada de Felipe V y la nueva dinast?a Borb?n, ya en el siglo XVIII. ****** Al rey hab?a que agasajarlo y divertirlo durante su estancia en la ciudad, un rey complacido se traduc?a en benevolencia y buena predisposici?n con los barceloneses. Para ello, se festejaba la llegada del rey con los tradicionales tres d?as y tres noches de luminarias, que decretados oficialmente por el gobierno municipal, movilizaban a toda la poblaci?n. En ellas, el fuego era el elemento esencial e indispensable. Sin empbargo, las luminarias no se pod?an celebrar en segundas visitas de monarcas ya que vulneraba la tradici?n ceremonial de la ciudad. Aun as?, el Consell de Cent ordenaba su celebraci?n, aunque de manera no oficial, seg?n las conveniencias del momento. Y es que como se ha advertido a lo largo del trabajo, el ceremonial estaba dotado de cierta plasticidad que le permit?a adecuarse a las necesidades pol?ticas del momento. Un ejemplo claro lo tenemos en 1606, Felipe III pide a los consellers que reciban a sus sobrinos, que regresaban de la corte, con grandes honores, y ?stos que se hab?an negado en principio a ello por ser la segunda vez que llegaban a la ciudad, accedieron a recibirlos y festejarlos, para no contradecir la voluntad real. Entre los principales festejos que se celebraban durante la estancia real hay que destacar los torneos, las justas y otros festejos caballerescos, como los juegos de ca?as. A lo largo de la Baja Edad Media, los monarcas participaron en las justas, como medio de propaganda y legitimaci?n, por un lado y como medio de cohesi?n del estamento caballersco y, principalmente, de los grandes nobles de la tierra. Un ejemplo de ello lo hemos visto con la participaci?n de Alfonso el Magn?nimo o Fernando el Cat?lico en 424 ellos, siendo asistidos por grandes magnates catalanes de los linajes de los Cardona o los Queralt. Carlos V y Felipe II tambi?n participaron en los pasos de armas, una modalidad de espect?culo caballeresco en el que el pr?ncipe mostraba su valor desafiandoa diversos caballeros, resultando, simepre vencedor en los lances. Sin embargo, tras la muerte de Enrique II de Francia en un torneo, en 1559, los monarcas y pr?ncipes abandonaron los palenques por la peligrosidad que supon?an para la estabilidad de las dinast?as y acudieron a los torneos como espectadores, como hizo Felipe III en Barcelona, en 1599. Sin embargo, en 1632, encontramos a Felipe IV, participando en un estafermo ?mucho menos peligroso que el torneo? en Barcelona, en lo que supon?a un retorno al antiguo paso de armas, en la que el Rey Planeta venci?, como no pod?a ser de otra manera. ****** La confesionalidad de la monarqu?a cat?lica que se evidenci? a partir de la segunda mitad del siglo XVI y, sobre todo, a partir de la calusura del Concilio de Trento, motiv? la profusi?n de las festividades religiosas con las que la monarqu?a se vincul? estrechamente. Los monarcas fueron desde la Edad Media un enlace entre el mundo terrenal y el divino y, como tales, se rodearon de una serie de elementos e instrumentos que indicaban esta divinidad. As? la utilizaci?n de la cortina en el altar mayor o la tenencia de las reliquias de los santos aseguraban esta vinculaci?n de la monarqu?a con la divinidad. La visita de los reyes a la catedral de Barcelona o a otras iglesias provoc? continuas fricciones entre las dignidades eclesi?sticas catalanas y los capellanes de la corte del soberano. ?stos ?ltimos pretend?an participar en la celebraci?n de los oficios a los que asist?a el soberano y era aqu? donde surg?an los problemas ya que las dignidades aut?ctonas se negaban a ello bas?ndose en los privilegios concedidos por los soberanos en los tiempos medievales, principalmente. Esta incompatibilidad de ceremoniales era consecuencia del establecimiento de la etiqueta palaciega de la casa de Borgo?a para la casa del pr?ncipe Felipe, en 1548. Las prerrogativas que los capellanes y confesores del rey ten?an en la corte pretend?an contemplarlas, tambi?n, durante las jornadas reales, pero, al entrar en los reinos de la Corona de Arag?n, chocaban con los privilegios de sus iglesias. La sociedad de finales del siglo XVI y del XVII encontr? su mejor medio de representaci?n en la procesi?n que reflej? este triunfo de la religiosidad externa, colectiva y p?blica propia del Barroco. Los reyes del siglo XV y XVI participaron, a menudo, de esta religiosidad p?blica y colectiva, formando parte de los desfiles en las prcesiones ordinarias del calendario lit?rgico y en las extraordinarios. As?, hemos visto la participaci?n de monarcas como Juan II, Fernando el Cat?lico o Carlos V en las procesiones del Corpus Christi o en las de la Inmaculada Concepci?n de la Virgen, si coincid?a su celebraci?n con su presencia en la ciudad. Sin embargo, Felipe II fue poco dado a participar en las procesiones p?blicas de las ciudades y prefiri? hacerlo en su monasterio de San Lorenzo del Escorial. Adem?s, durante sus dos estancias en la capital catalana no coincidi? con ninguna festividad importante y, por lo tanto, no particip? en ninguna procesi?n. Si lo hizo, en cambio, su hijo Felipe III, aunque con una novedad 425 importante. El soberano desfil? en la procesi?n de Corpus Christi detr?s del palio bajo el que iba el Sant?simo Sacramento, solo y con un cirio en la mano, en lugar de hacerlo sujetando una de las varas del palio como marcaba la tradici?n. La intenci?n del rey era clara, enfatizar su devoci?n siguiendo el cuerpo santo de Cristo, solo, tal como ?l llev? su cruz. Relacionada a esta imitaci?n de Jesucristo o cristomimetes estaba la ceremonia del lavatorio de los pies a doce pobres que los miembros de la dinast?a Habsburgo ? tanto hombres como mujeres? llevaron a cabo todos los Jueves Santo y que en Barcelona hicieron Felipe IV, en 1626, y su hermana mar?a de Hungr?a, en 1630. Mediante este devoto ritual, el rey mostraba p?blicamente su voluntad de seguir el camino marcado por Cristo, imit?ndole incluso en sus m?s c?lebres y piadosas acciones. Finalmente, los aniversarios de los reyes difuntos fue uno de las ceremonias m?s utilizadas por los monarcas de la dinast?a, como hizo Felipe IV en la ciudad en 1626. Alabando las virtudes, la religiosidad y los m?ritos del difunto Felipe III y la reina Margarita, en verdad subyac?a una defensa de los proyectos pol?ticos de la monarqu?a que, mediante su puesta en escena en el monasterio de Sant Francesc de Barcelona, recib?an la sanci?n divina. ****** Por ?ltimo, debemos hacer menci?n a los procesos organizativos de la visita real en sus diversos aspectos. En el segundo cap?tulo, se ha tratado el abastecimiento y el aposentamiento de la ciudad y los problemas que supusieron para las autoridades barcelonesas, sobre todo, en el primero de los casos. Y es que asegurar los suministros ante la llegada de la poblada y exigente corte de los monarcas oblig? a los consellers a emplearse a fondo para conseguirlo, un suministro que ya normalmente resultaba muy dif?cil. La necesidad de cereales para la corte evidenci? los problemas existentes en las infraestructuras de la producci?n cereal?stica catalana, como hemos visto en los casos de los molinos de la ciudad que no eran capaces de absorver la llegada extra de grano para la visita real. Tampoco fue f?cil el aposento de los miembros de la corte ya que en algunas ocasiones los aposentadores del rey se encontraron o con la negativa del gobierno municipal para alojar al hu?sped, como fue el caso de Mar?a de Hungr?a, en 1630, o la negativa de los propios habitantes de la ciudad ya que algunos ofrecieron resistencias a la obligaci?n de alojar en su casa a un miembro del corte, como vimos en los tensos trabajos de aposento de la corte de Felipe III y del archiduque Alberto, en 1599. Otro de los aspectos importantes tratados ha sido la repercusi?n econ?mica que tuvieron las visitas reales en la ciudad. El progresivo aumento de la pompa y solemnidad de la corte y de las fiestas y ceremonias reales se tradujo en un aumento importante de las partidas econ?micas que los gobiernos municipales tuvieron que destinar para paliar los cuantiosos gastos. As?, hemos detectado un progresivo aumento del gasto p?blico destinado para los festejos reales desde la visita de Maximiliano de Austria, en 1548, fecha en la que la Generalitat comenz? a registrar en un libro aparte 426 todos los gastos que supuso la estancia del archiduque. El techo m?ximo de este gasto se vivi? durante la visita de Felipe III en 1599, alvanzandose la cifra de 62.500 libras gastadas por la Generalitat para la construcci?n de las arquitecturas ef?meras o la celebraci?n de los festejos y en la que se detectan evidentes muestras de derroche. A partir de este momento, las autoridades catalanas ejercieron un mayor control en el gasto destinado a los festejos reales, depositanto en la Taula de canvi menores sumas de dinero y m?s continuadas seg?n las necesidades de pago. Este aumento de la solemnidad y fasto lo hemos tratado tambi?n analizando el consumo de algunos productos esenciales y necesarios para las celebraciones de las luminarias y otros festejos ?tea, candelas de sebo y de cera o petardos, entre otros. Hemos podido comprobar la importancia econ?mica que las visitas tuvieron para la econom?a cudadana, sobre todo, para el sector artesanal. Las compras de estos productos para cubrir las necesidades ceremoniales generaron un movimiento de dinero muy importante y permitieron a los artesanos a?adir ingresos extraordinarios a los de su actividad normal. El abultado calendario festivo de la ciudad de Barcelona, con todo tipo de fiestas ordinarias y extraordinarias, con la celebraci?n de los d?as de los patrones de las cofrad?as o de las parroquias o con procesiones de rogativas o de acci?n de gracias supuso que gran parte de la producci?n artesanal de estos productos se destinase para el propio consumo festivo de la ciudad, siendo un claro ejemplo de ello las candelas de sebo o aceite o el gasto regular en tea. Para otros muchos habitantes de la ciudad las visitas reales supusieron una importante oportunidad para complementar su econom?a. As?, mozos, marineros, guardas, y todo tipo de profesionales participaron en los numerosos trabajos que ofrec?a la visita del rey. As?, a pesar del gasto p?blico que supon?a para el gobierno municipal, debemos considerar las visitas reales como dinamizadoras de la econom?a urbana. ****** En fin, durante las visitas reales en Barcelona se encontraron dos tradiciones ceremoniales que frecuentemente chocaron. Por un lado, el ceremonial propio de la ciudad cuyos celosos observadores eran los consellers que gozaban de numerosos y prestigiosos privilegios concedidos por los reyes durante los siglos bajo medievales; por el otro, el ceremonial de la monarqu?a que ven?a regulado por la etiqueta de la corte borgo?ona, fijada por Carlos V en 1548. As?, los consellers defendieron sus antiguos privilegios como modo de supervivencia y de mantenimiento de su poder, frente a los oficiales del soberano que defend?an las prerrogativas de la corte madrile?a para la conservaci?n de su prestigio. Por ello, el encuentro del rey y su s?quito con la ciudad significaba el encuentro de dos concepciones distintas de gobierno: la tradicional, inmovilista y defensora de los privilegios antiguos del gobierno pactista barcelon?s y la moderna, autoritaria y sujeta a continuas novedades seg?n las necesidades de la monarquia del rey cat?lico. La flexibilidad del ceremonial permitir? en muchos casos el entendimiento entre ambas concepciones, aunque en otras la incompatibilidad de ceremoniales precipit? el deterioro de las relaciones entre Catalu?a y la monarqu?a. 427 ANEXOS ANEXO 1 CRONOLOGIA DE ENTRADAS DE PERSONAS REALES EN BARCELONA S. XV Mi?rcoles, 1 de septiembre 1479. Entrada de Fernando el Cat?lico. Marcha el 23 de octubre. Lunes, 6 de noviembre 1480. Entrada del rey Fernando, que sale de la ciudad el 16 de marzo 1481 Lunes, 18 de junio 1481. Entra el rey Fernando. S?bado, 28 de julio 1481. Entrada de la reina Isabel de Castilla. Martes, 24 de octubre 1492. Entran los reyes Fernando e Isabel. Jueves, 25 octubre 1492. Entrada del pr?ncipe Juan. S?bado, 30 de julio 1496. Entrada del rey Fernando. S.XVI Martes, 18 de enero 1503. Entrada de Felipe el Hermoso. Agosto de 1506, entrada del rey Fernando y Germana de Foix. Abandonan Barcelona el 4 septiembre. Martes, 15 de febrero 1519. Entrada del rey Carlos. Jueves, 12 de enero 1520. Entra el rey y se marcha de la ciudad el lunes 23 de enero del mismo a?o. Mi?rcoles, 6 de agosto 1522. Llegada de Adriano VI. Lunes, 19 de junio 1525. Llegada por mar de Francisco I, rey de Francia, en calidad de prisionero. Jueves, 31 de agosto 1525. Llegada de madamme de Lan?on, hermana de Francisco I. S?bado, 14 de octubre 1525. Llegada del duque Carlos de Borb?n. Viernes, 30 de abril 1529. Llegada del emperador Carlos. Marcha 27 de julio. Viernes, 28 de marzo 1533. Entrada de la emperatriz Isabel. 428 Martes, 22 de abril 1533. Llegada del emperador. Marcha el martes 10 de junio. S?bado, 3 de abril 1535. Entrada del emperador. Mi?rcoles, 6 de diciembre 1536. Llegada nocturna del emperador, desde Palam?s. Lunes, 31 de diciembre 1537. Entra el emperador. Se marcha el 12 de febrero de 1538. Jueves, 28 de febrero 1538. Regreso de Carlos desde Perpi??n. Se marcha el 20 de julio. Lunes, 16 de octubre 1542. Entra el emperador Carlos. Mi?rcoles, 8 de noviembre 1542. Entrada del pr?ncipe Felipe. Martes, 10 de abril 1543. Entra el rey Carlos. Marcha el 1 de mayo hacia G?nova. 4 o 5 de agosto de 1548. Entrada del pr?ncipe Maximiliano de Austria. Marcha el 14 de agosto. S?bado, 13 de octubre 1548. Entrada del pr?ncipe Felipe. Marcha el mi?rcoles 17 del mismo. Lunes, 23 de diciembre 1550. Entra el rey de Belis (V?lez) en ?frica. Mi?rcoles, 5 de noviembre 1550. Entrada del rey de Bohemia, Maximiliano de Austria, procedente de Castilla y se march? al d?a siguiente hacia G?nova. Domingo, 12 de julio 1551. Llegada por mar del pr?ncipe Felipe, acompa?ado del rey de Bohemia. Felipe se marcha viernes 31 de julio. Jueves, 27 de agosto 1551. Entra el rey de Bohemia, Maximiliano. S?bado, 29 de agosto 1551. Entra Mar?a, reina de Bohemia. Domingo, 6 de febrero 1564. Entrada del Rey Felipe. Marcha el 23 de marzo. Viernes, 17 de marzo 1564. Entrada de los pr?ncipes de Bohemia y Hungr?a, Rodolfo y Ernesto. Martes, 10 de julio 1565. Llega don Juan de Austria. Jueves, 19 de agosto 1568. Entrada de don Juan de Austria. Marcha el 27 del mismo mes. Jueves, 25 de noviembre 1568. Entrada del archiduque de Austria don Carlos. S?bado, 9 de abril 1569. Entra el archiduque don Carlos de Austria a su regreso de la corte. Embarca el 14 de abril. S?bado, 16 de junio 1571. Entra don Juan de Austria. Lunes, 25 de junio 1571. Entran los pr?ncipes de Bohemia procedentes de Castilla. 429 Viernes, 31 de diciembre 1574. Llega por mar don Juan de Austria. Jueves, 23 de agosto 1575. Llega por mar don Juan de Austria. Jueves, 6 de enero 1582. Entrada de la emperatriz de Austria. Lunes, 18 de febrero 1585. Entrada del duque de Saboya. Parte el 2 de marzo. Martes, 7 de mayo 1585. Entrada del Rey Felipe. Parte el 14 de junio. Viernes, 7 de abril 1591. Entra el duque de Saboya. Parte el 9 de ese mes para Montserrat. Martes, 11 de junio 1591. Vuelve el duque de Saboya de la corte. Embarca el 2 de julio. S?bado, 23 de septiembre 1595. Entra el Cardenal Archiduque Alberto. Embarca el 27 de septiembre. Martes, 18 de mayo 1599. Entrada del Rey Felipe III y la reina Margarita. Abandonaron Barcelona el 16 de julio de ese a?o. S. XVII Lunes, 22 de junio 1603. Llegada de los pr?ncipes de Saboya. Partieron el 13 de julio. Martes, 1 de agosto 1606. Retorno de la corte de los infantes de Saboya, V?ctor Amadeo y Manuel Filiberto. S?bado, 2 de septiembre 1610. Entrada del pr?ncipe Filiberto, hijo segundo del duque de Saboya y gran prior de Castilla. Martes, 4 de junio 1613. Llegada de V?ctor Amadeo de Saboya. Se marcha esa misma noche. Jueves, 4 de julio 1613. Entrada de Manuel Filiberto de Saboya. Se march? siete d?as m?s tarde. Domingo, 16 de marzo 1614. Entrada de V?ctor Amadeo de Saboya, regresando de la corte. 3 de abril de 1614. Desembarca Emanuel Filiberto. Martes, 18 de noviembre de 1614. Llegada de Emanuel Filiberto. Estuvo en la ciudad hasta junio de 1615. Jueves, 26 de marzo 1626. Entrada del rey Felipe IV. Se march? el 4 de mayo de ese a?o. Viernes, 8 de febrero 1630. Entrada de Mar?a de Austria, reina de Hungr?a. Embarc? en las galeras el 11 de junio de 1630. 430 Lunes, 3 de mayo 1632. Entrada de Felipe IV, acompa?ado de sus hermanos; el infante don Carlos y el cardenal infante don Fernando. El 19 de mayo, Felipe IV y su hermano don Carlos abandonaron la ciudad, quedando en ella, como virrey de Catalu?a el cardenal infante. 26 de julio 1636. Entra la princesa de Cari??n, esposa del pr?ncipe Tomas de Saboya (hermano externo de la Casa de Saboya) y de la Sangre Real. Abandon? la ciudad el 3 de agosto. 18 de junio de 1666. Desembarco de la emperatriz Margarita Teresa de Austria. El 10 de agosto zarparon las galeras en las que pasar?a a Italia. 431 ANEXO 2 TABLA DE APOSENTOS DE LOS REYES Y HU?SPEDES REALES QUE VISITARON BARCELONA. FECHA HU?SPED LUGAR DE APOSENTO 1455 Alfonso V y su esposa Palacio del obispo de Barcelona 1455 Conde de Foix y su esposa Palacio del obispo de Barcelona 1458 Juan II Palacio del obispo de Barcelona 1460 Carlos, Pr?ncipe de Viana Casa de mossen Franci Despl? 1461 Carlos, Pr?ncipe de Viana Casa de mossen Franci Despl? 1461 Reina Juana y Fernando Palacio Mayor o Real 1464 Pedro de Portugal Casa de Bernat de Gualbes 1467 Don Juan, hijo del rey Renato Casa de Francesc Estaper y luego en el palacio Mayor 1473 Fernando, rey de Sicilia Palacio Mayor Real 1473 Fernando, rey de Sicilia Palacio del obispo de Barcelona 1477 Juan II Palacio del obispo de Barcelona 1477 Duque de Calabria Casa de Bernat de Gualbes 1479 Fernando el Cat?lico Casa de mossen Carros 1480 Fernando el Cat?lico Palacio Mayor 1481 Fernando el Cat?lico Casa de l?Ardiaca 1481 Isabel la Cat?lica Casa de Bernat de Gualbes 1492 Fernando e Isabel Palacio del obispo de Urgell 1503 Felipe el Hermoso Palacio del obispo de Urgell 1506 Fernando y Germana de Foix Palacio del obispo de Barcelona 1519 Carlos I Palacio del arzobispo de Tarragona 1522 Papa Adriano VI Huerto del arzobispo de Tarragona 1525 Francisco I de Francia Huerto del arzobispo de Tarragona 1525 Madame de Lan?on Palacio del arzobispo de Tarragona 1525 Duque Carlos de Borb?n Palacio del arzobispo de Tarragona 1533 Emperatriz Isabel de Portugal Palacio del obispo de Barcelona 1535 Carlos V Palacio del obispo de Barcelona 1536 Carlos V Palacio del arzobispo de Tarragona 1548 Maximiliano de Austria Palacio del virrey 1548 Pr?ncipe Felipe Palacio de Estefan?a de Requesens 1549 Rey de Belis Palacio del virrey 1551 Pr?ncipe Felipe y Maximiliano de Austria Palacio del duque de Cardona y Palacio del almirante de N?poles1107 1564 Felipe II Palacio del almirante de N?poles y duque de Sessa y Soma. 1565 Don Juan de Austria Palacio del almirante de N?poles 1568 Don Juan de Austria Monasterio de Sant Francesc 1571 Don Juan de Austria Palacio del almirante de N?poles 1107 En las casillas donde aparece el nombre del palacio del Almirante de N?poles enti?ndase tambi?n duque de Sessa y Soma. 432 1571 Infantes de Bohemia Palacio del almirante de N?poles 1582 Emperatriz Mar?a Palacio del almirante de N?poles 1585 Duque de Saboya Palacio del almirante de N?poles 1585 Felipe II Palacio del almirante de N?poles 1591 Duque de Saboya Palacio del almirante de N?poles 1591 Duque de Saboya Palacio del almirante de N?poles 1599 Felipe III Palacio del almirante de N?poles 1603 Infantes de Saboya Palacio del almirante de N?poles 1606 Infantes de Saboya Palacio del almirante de N?poles 1610 Emanuel Filiberto de Saboya Palacio del obispo Cardona 1613 V?ctor Amadeo de Saboya Palacio del virrey 1613 Emanuel Filiberto de Saboya Palacio del virrey 1614 V?ctor Amadeo de Saboya Palacio del virrey 1614 Emanuel Filiberto de Saboya Palacio del virrey 1626 Felipe IV Palacio del duque de Cardona 1630 Reina Mar?a de Hungr?a Palacio del duque de Cardona 1632 Felipe IV Palacio del duque de Cardona 1636 Princesa de Cari?an Palacio del duque de Cardona 1666 Margarita Teresa de Austria Palacio del duque de Cardona 433 ANEXO 3 TABLA DEL APOSENTO DE ALGUNOS NUNCIOS Y LEGADOS APOST?LICOS Y OTROS MIEMBROS DE LA JERARQU?A ECLESI?STICA. A?O PERSONAJE ECLESI?STICO LUGAR DE APOSENTO 1518 Fray Egidio Monasterio de Sant Agust? 1526 Cardenal Salviatis Huerto del arzobispo de Tarragona 1545 Cardenal Mendoza (Obispo de Soria) Palacio del virrey 1548 Cardenal de Trento Posada de la viuda Quintana 1565 Cardenal Hugo Boncompany Palacio del almirante de N?poles 1565 Cardenal Alejandro Griveli Casa de don Francesc Gralla 1570 Cardenal Vicenzo Justiniani Monasterio de Santa Caterina 1572 Cardenal Cervantes (Arzobispo de Tarragona) Casa de don Miquel Doms 1579 Cardenal Pedro de Dassi Palacio del almirante de N?poles 1581 Cardenal Alejandro Riario Palacio del almirante de N?poles 1593 Don Pedro Melino (Nuncio) Palacio del almirante de N?poles 1599 Camilo Gutano, Patriarca de Alejandr?a y Nuncio Apost?lico Palacio Episcopal 1603 Obispo de Vic Monasterio de Sant Francesc 1603 Obispo de Badajoz Palacio de la duquesa de Cardona 1604 Cardenal Genetin Doria Palacio del virrey 1605 Cardenales Ascanio Colonna y Domenico Gimnazio Palacio del virrey 1609 Nuncio que va a Portugal Monasterio de Sant Francesc 1609 Cardenal de Burdeos Palacio del virrey 1610 Arzobispo (?) Nuncio del Papa Palacio del obispo de Barcelona 1624 Nuncio Palacio del virrey 1624 Cardenal Sp?nola Palacio del obispo de Barcelona 1626 Cardenal Francesco Barbarino Palacio del obispo de Barcelona 1626 Cardenal Saquieti Palacio del obispo de Barcelona 1630 Cardenal Albornoz Casa en la Marina 1666 Cardenal Coloma Convento de la Merc? 434 ANEXO 4 RELACION del aposento que sus Magestades han de tener en la cudad de Barcelona, que se vera por la PLANTA que ba con esta relacion en la forma que han de estar, y la obra que se ha de hacer de nuebo, sennalada por numeros para su mejor inteligentia en la dicha planta. SU MAGESTAD 1. Acabar de subir la escalera principal de la casa del duque de Cardona por donde se ha de mandar la entrada de su Magd. 2. Sala de su Magd., hase de cercar la bentana baja y abrir en lo alto tres bentanas como se bee en la planta, porqu no se juhgue (sic) la camara de la Reyna que ha de estar en frente, en la casa del conde de Santa Coloma. 3. Saleta de su Magd. 4. Antecamara de su Magd. 5. Camara donde su Magd. ha de dar audientia. 6. Galaria de su Magd. 7. Aposento donde su Magd. a de dormir. 8. Aposento para negociar, hase de haser bentana. 9. Este aposento queda condenado por no ser aproposito, hasiendo en el atajo o tabique n? 10. 11. Aposento retirado. 12. Aposento retirado y passo al passadisso. 13. Aposento para lo mismo, hasiendo un tabique n? 14. 15. Passadisso que ba a la marina, el qual se ha de adere?ar y ponerle en la forma que combiene a su fortificacion, y que quede comodo para ir a la marina, y aderezar el techo si acasso hubiere goteras. 16. Oratorio de su Magd. 17. Entrada al retrete de su Magd. por el corredor. 18. Retrete, y en el se ha de abrir una puerta. 19. Passo, y en esta pie?a se ha de abrir otra puerta como se be en la Planta. 20 y 21} Dos aposentos para el Sor. Infante Don Carlos. 22. Un retretillo para su Altesa. 23. 24, 25, 26 y 27} Aposentos que se han de servir de passo al Sor. Infante don Carlos desde su aposento al de su Magd. 28. Puerta que ha de dibidir el aposento de su Magd. con el del Sor. Infante don Carlos. 29. Puerta que ha de abrir en la pie?a n? I que es la camara para tomar el passadisso que se ace desde la cassa del duque de Cardona hasta la cassa del Conde de Sta. Coloma, donde se ha de aposentar la Reyna Nra. Sra. 30. Passadisso que se ha de aser de nuebo, ase de haser de tabiques con bentanas a una parte y a otra y tejado en forma de pie?a, a de tener d ancho 11 pies y de alto otro tanto con cielo rasso y bobeda como pareciere mejor, subiendo con los escalones necesarios conforme la diferencia de altura de unas cassas mas que 435 otras, que a de serbir de passo a su Magd. al aposento de la Reyna a su segundo dormitorio. 31. Passo que ha de tener su Magd. a su aposento. 32. Dormitorio de su Magd., cerrada la puerta sennalada n? 34, abriendo la puerta sennalada n? 35 para pasar su Magd. al aposento de la Reyna. 33. Puerta para entrar de dia su Magd. al aposento de la Reyna. REYNA NRA. SRA. 36. Acabada de subir la escalera principal de la casa del conde de Sancta Coloma, por donde se ha de mandar (sic) la Reyna Nra. Sra. 37. Puerta que se ha de abrir para entrar en la primera pie?a que ha de servir de sala de su Magd., se?alada de n? 38. 39. Tabique que se ha de a?er en esta pie?a para dejar otra pie?a a la parte de la esquina; a de llegar el tabique hasta el techo; a de ser de yesso. 40. Cerrando la puerta senyalada con este n?. 41. Saleta de su Magd., y tambien lo ha de ser de la Reyna de Ungria. 42. Puerta que se ha de abrir en esta pie?a para entrar en la pie?a n? 43, que ha de serbir de ante-camara a sus Magdes. 44. Tabique que se ha de acer para la dibition de estas pie?as, cerrada la puerta n? 45. 46. Camara de sus Magdes., anse de abrir ventanas altas a estas dos pie?as, n? 43 y 46. 47. Tabique de yesso que se ha de acer para un retretico atajado en el corredor, el qual se ha de cubrir de tres baras en alto, cerrada la puerta n? 48. 49. Estrado de su Magd. de la Reyna, que tambien a de serbir a la Reyna de Ungria aciendo el tabique de yesso hasta lo alto para la dibision deste apossento con el passo de su Magd., se?alado el tabique con el n?? 51. Aposento de la Reyna retirado, con bentanas a la plassa de San Francisco. 52. Aposento retirado de su Magd., por donde se ha de tornar el passadisso que se ha de a?er de nuebo sobre la calle de la ciudad, para tornar su Magd. las bistas sobre las cassas de los messones en forma que se dira en su lugar; este passadisso n? 53 a de tener de ancho siete pies y de alto dies; a de ser cubierto de teja. 53. Oratorio. 54. Aposento que a de serbir de passo al aposento de dormir. 55. Aposento para dormir su Magd. de la Reyna, ase de abrir en el una bentana se?alada n? 56. 57. y 58. Passo del retrete del aposento de dormir y aposento de la camarera major. 59. Retrete de la Reyna. 60. Un atajo para dibidir el passo arriba dicho, con el aposento del retrete. 436 REYNA DE UNGRIA 61. 62 y 63. Puerta y aposentos por donde a de ir la Reyna de Ungria y en el se ha de acer el notorio (sic) que se demuestra en la planta n? 65, ase de acer con sus puertas para que se pueda cerrar porque la pie?a n? 64 a de serbir de passo a su Magd., en ella se a de abrir una bentana n? 66 que cae en un patinejo. 67. Puerta que se ha de abrir al aposento donde a de dormir su Magd. n? 68. 69. Aposento retirado para la Reyna. 70. Puerta que se ha de abrir a las pie?as de su retrete se?aladas nos. 71 y 72, y porque la pie?a 71 es descubierta se a de cubrir y cerrar con bentana en la forma que quede mejor. 73. Tabique que se ha de acer entre el aposento del retrete y passo de las damas, a de ser de yesso y alto ha(s)ta el techo. INFANTE DON FERNANDO La sala de su Magd. del Rey senyalada en la planta n? 2, a de ser comun tambien para el quarto de su altesa del Sr. Infante don Fernando, y desde alli empie?a el quarto por la puerta n? 74. 75. Saleta de su Magd. 76. Ante-camara. 77. Tabique con puerta que se a de a?er con yesso para la dibision de estas dos pie?as. 78. Aposento para dormir su Altesa. 79. Oratorio. 80. Aposento para comer su Altesa, abriendo la otra bentana de mas de la del balcon. 81. Puerta que se ha de abrir en esta pie?a para salir al retrete. 82. Aposento para retrete. 83. Escalera que se ha de haser que baje al ?aguan de abajo si a casso no la hubiere. 84. 85 y 86. Passo de su Altessa para el aposento de su Magd., por donde toma la puerta senyalada n? 28 que es donde se entra al aposento de su Magd., aciendo los atajos y dibisiones se?alados en la planta, o como alla major pareciere para el uso deste passo. CONDE DUQUE 87. Escalera que se ha de a?er de nuebo por donde se ha de mandar el conde-duque desde lo bajo de la cassa, por el ?aguan que ay en ella. 88. Recibimiento. 89. Pie?a para dar audiencia. 90. Aposento de dormitorio, y en el se a de a?er el oratorio y atayos se?alados en la planta n? 91. 91. Un atajo para passar reserbado desde el aposento 89 al de 95 por las puertas que se an de abrir, 93 y 94. 437 95 y 96. Dos aposentos. 97. Passo. 98. Pie?a. 99. Puerta que se ha de abrir. 100. Passadisso que se ha de abrir desde la puerta dicha 99 hasta otra puerta que se ha de abrir n? 101, que es de la casa que vive el doctor Ramon; el passadisso a, de tener de ancho 8 pies y de alto 10, con bentanas a la parte del jardin como se bee en la planta, ha de ser cubierto y de tablas. 102. 103, 104, 105 y 106. Puertas que se han de abrir en la casa donde passa el doctor Joseph Ramon, para que quede comoda para poder usar della en la forma que pareciere. 107. Corredor descubierto que se ha de cubrir. 108. Puerta que se ha de abrir a un aposento que a de serbir 110. a su Exa. de passo al de su Magd., que se continua por lo se?alado n? 111, abriendo dos puertas, nos. 112 y 113. Esta casa se ha de reparar toda de suelos, tejados, cerraduras y bentanas, cerraduras y puertas. CAMA. MAJOR DE LA REYNA. 114. Escalera que ha de serbir de portar?a a la cama. Mayor de la Reyna, que cae a la casa de don Antonio Semanat, y ha de tener los aposentos se?alados con los numeros: 115, 116, 117, 118 y 119. Passadisso que se ha de a?er de nuebo desde la casa arriba dicha para tomar otros aposentos en la casa del duque de Cardona,; a de tener de ancho 7 pies y de alto dies, a de ser de yesso y cubierto. 121. Otro aposento, hase de abrir una bentana si no la hubiere en el. 122. Un tabique de yesso que se a de acer para la dibision desta pie?a y el aposento del Sr. Infante cardenal. 123. Aposento de dormitorio y en el se a de a?er un oratorio n? 124, con sus puertas, cubierto por arriba como los demas. 125. Puerta que dibide este quarto con el del Conde Duque. 126. Otro aposento que a de serbir de passo para yr al aposento de la Reyna; ase de cerrar con los tabiques se?alados en la planta, abriendo puerta desde el aposento n? 127. Un corredorcillo que se a de acer de nuebo para tomar su Exa. el aposento de la Reyna Na. Sra. por la puerta sennalada n? 18, que ba a su cama. y retrete; ase de poner este passo acomodado y cubierto, aciendo los escalones necesarios para baxar y subir de una parte a otra, y si pareciere poner este passo todo en alto sera en la major forma que pareciere. 438 CAMA., REYNA DE UNGRIA 128. Escalera para la portaria de la cama. de la Reyna de Ungria, que acaba de subir en un corredor en el dicho numero, y por ella a de tener los aposentos se?alados numeros 129, 130, 131, 132. 133. Tabique que a de dibidir estos apossentos con el passo de las damas, que todo el tabique quede puesto en medio de la bentana. 134, 135, 136 y 137. Passo que han de tener las damas de ambas Reynas, aciendo el cancel de yesso sennalado sobre las escaleras de la porteria de la cama. mayor de la Reyna de Ungria. 138. Tabique que ha de dibidir el dicho passo con el retrete de la Reyna de Ungria. 139. Passadisso que se ha de haser desde la casa de don Anto. Senmenate a las casas del conde de Balfogona, para aposentar a las damas en la suma que se dira, el qual passadisso a de tener de ancho 8 pies y de alto dies; ha de ser de yesso con bentana alta: PASSO DE A REYNA PARA GO?AR LA MAR Desde el passadisso arriba dicho que se a de acer desde la casa del conde de Sta. Coloma hasta los mesones de don Josephe Pons, se?alado con el n? 13, se a de a?er sobre lo alto de la casa del dicho meson del conde y de la casa del dicho don Jusephe Pons un passadisso, de ancho de 10, o 12 pies poco mas o menos, para pasar su Magd. de la Reyna a gosar de la bistas de la mar, senyalado con los nos 140 y 141, y sobre la casa del meson del conde de Sancta Coloma se a de a?er un aposento en forma de a?otea passando el passdisso, como se demuestra con la trassa con sus celusias para gosar de las bistas de la mar como esta dicho, ha de ser cubierta esta pie?a y de largo lo se?alado desdel numero 142 hsta el de 143, y de ancho conforme el guelo del quarto de la dicha casa, subiendo y baxando los escalones conforme el altura de las casas de las posadas de las damas. POSSADA DE LAS DAMAS Anse de tomar para possada de las damas desde el passadisso ? 139 las casas del conde de Valfogona, meson del conde de Sta. Coloma, meson de Josephe Pons, casa de don Dalmau Copons, y messon de Caballeros que son quatro; anse de cerrar las bentanas que miran a la mar dexando las luces altas, procurando que estas cassas altas esten raparadas de suelos, bentanas, puertas y cerraduras, tejados, y en las a?oteas altas echar celusias. DUQUE DE MEDINA DE LAS TORRES Ase de aposentar en lo bajo de la casa del duque de Cardona, en los aposentos que fueron guardaropa de su Magd. reparandolos de suelos, puertas y bentanas y cerraduras. 439 MARQUES DE CAMARASSA MAYORDOMO MAYOR DEL SR. INFANTE DON FERNANDO Dansele dos aposentos se?alados nos. 144 y 145, y se ha de mandar por el retrete de su altesa n? 82, aciendo para su entrada un cancel se?alado en la planta con su puerta. SALON Ase de adere?ar el Salon grande y retejallo y ponello de modo que no se llueba, y si el pesso fuere mucho con teja, se haga la cubierta de plomo, oja de lata, o lo que pareciere mas conbeniente. Ace de a?er la pie?a y escalera junto al sal?n para bajar de la mar conforme a la planta y tra?a, dejando en lo bajo otro aposento para poderse enbarcar, aciendo en un lado de dicho aposento una cubierta para estar debajo la gondolilla que esta hecha porque esta guardada del sol y del ayre, aciendo los cimientos de la escalera y la pie?a en la forma que pareciere para su seguridad, a?iendo desde la puerta alta un passo que baya al passo que ba a St. Francisco detras de la capilla mayor, para no a?er passo el sal?n y passadisso de su Magd., a de ser de tablas, de ancho 6 pies y 8 de alto con sus bentanas Ase de a?er desde la puerta baja una puerta de madera que entre a la parte de la mar, de forma que comodamente se pueda desde ella entrarse a la galera (sic) la qual, a de ser cubierta por lo alto. Todo lo qual a de executar don Bernardino de Marimon caballero del abito de Santiago, cabo y superintendente de las Atarassanas de Barcelona y fabrias del principado de Cathalunya, conforme a lo que su Magd. ha sido serbido, advirtiendo que si en algo se le ofreciere alguna duda, abise della para que se le imbie orden de l que a de a?er para que su Magd. sea major servido. En Madrid a quatro de diciembre de 1628 anyos. 440 ANEXO 5 PERSONAS DE SANGRE REAL QUE ENTRARON EN BARCELONA BAJO PALIO DESDE EL S.XIV HASTA EL S.XVII. A?O PERSONAS QUE ENTRARON BAJO PALIO 1338 Mar?a de Navarra 1350 Leonor de Sicilia 1423 Alfonso V el Magn?nimo 1458 Juan II 1460 El pr?ncipe Carlos de Viana 1461 La reina Juana Enr?quez y el pr?ncipe Fernando 1464 Condestable don Pedro de Portugal 1467 Alfonso Duque de Calabria 1473 El pr?ncipe Fernando 1479 Fernando II el Cat?lico 1481 Isabel la Cat?lica 1492 El pr?ncipe Juan 1503 Felipe el Hermoso 1519 Carlos I 1522 El papa Adriano VI 1533 La emperatriz Isabel de Portugal 1542 El pr?ncipe Felipe 1564 Felipe II 1599 Felipe III 1626 Felipe IV 441 ANEXO 6 ORD?N DE PASADA DE LAS COFRAD?AS Y OFICIOS EN DIVERSAS ENTRADAS REALES SEG?N EL LLIBRE DE LES SOLEMNITATS DE BARCELONA 1481 1519* 1564 1599 1626 Cribadores Cribadores Pelaires Pelaires Pelaires Marineros Marineros Carpinteros Carpinteros Carpinteros Barqueros Barqueros Blanqueros Blanqueros Blanqueros Revendedores Revendedores Hortelanos j?venes Hortelanos j?venes Trajinantes de mar Frazaderos Frazaderos Cofrad?a de Sant Jaume Cofrad?a de Sant Jaume Macips de ribera Boteros de madera fina Boteros de madera fina Trajinantes de mar Trajinantes de mar Dagueros Colchoneros Colchoneros Dagueros Cribadores Cribadores Hostaleros Hostaleros Cribadores Marineros, barqueros y descargadores Marineros Payers Pelaires Marineros, barqueros y pescadores Pescadores Descargadores Corredores de coll Corredores de coll Revendedores Revendedores Barqueros Hortelanos Espaderos Cordoneros Cordoneros Pescadores Matrass?s Hortelanos Boteros Boteros Esparteros y vidrieros Espaderos Matrass?s Colchoneros Colchoneros Corredores de animales Carpinteros y maestros de axa Carpinteros y maestros de axa Hostaleros Hostaleros Revendedores Tejedores de lana Tejedores de lana Pallers Pallers Cordoneros Algodoneros Algodoneros Corredores de coll Corredores de coll Frazaderos Merceros Merceros Hortelanos Hortelanos de Sant Antoni Boteros Calceteros Carniceros Hortelanos de Sant Pere Colchoneros Blanquers Blanqueros Espaderos Carniceros Hostaleros y taberneros Curtidores Curtidores Tejedores de Tejedores de Pallers * El listado de cofrad?as que desfilaron en la entrada real de Carlos I en 1519 que se incluye en el Llibre de les Solemnitats de Barcelona (vol. I, p?gs. 398 y 399) es una copia del desfile de cofrad?as de la entrada de la reina Isabel de Castilla en 1481; as? como, las descripciones de los diversos entremeses de las mismas. ?nicamente, se incluye la presencia de los pelaires y una breve descripci?n de su entrem?s y la inclusi?n en la lista de los calceteros que en la entrada de la reina castellana se advierte que no fueron. 442 lana lana Tejedores de lino Tejedores de lino Barraters Merceros y Julianos Hortelanos del portal Nou Maestros de casas y moleros Maestros de casas y moleros Merceros y Julianos Calceteros Hortelanos de Sant Antoni Boteros de madera gruesa Boteros de madera gruesa Calceteros Algodoneros Carniceros Jarreros y olleros Jarreros y olleros Algodoneros Tejedores de lino Espaderos Panaderos Panaderos Tejedores de lino Maestros de casas y moleros Tejedores de lana Herreros Herreros Maestros de casas Herreros Pasamaneros y percheros Zapateros Pellisser Herreros Tapiceros Merceros y Julianos Pallissers Freneros Tapiceros Zapateros Algodoneros Pelaires Plateros Zapateros Freneros Curtidores Freneros Sastres Freneros Sastres Tejedores de lino j?venes Plateros Plateros Tejedores de lino maestros Sastres Sastres Maestros de casas Jarreros y escudelleros Olleros y raiolers Herreros del portal Nou Panaderos J?venes sastres Tapiceros Herreros del Regomir Zapateros Freneros Sastres 443 ANEXO 7 Relaci?n del reparto de guantes de ?mbar y de flores para el torneo y estafermo celebrados para la celebraci?n del nacimiento de la infanta Mar?a Eugenia en noviembre de 1625 que hizo don Francesc de Vallgornera i Senjust (Regent los Comptes de la Diputaci? del General) entre los oficiales de la Generalitat: ? Se dieron cuatro pares de guantes de ?mbar y dos docenas de pares de guantes de flores a: Don Pere Magarola, bisbe de Elna y diputado eclesi?stico; Francesc Pla y de Cadell, doncel y diputado militar; Pere Fuster, diputado real; don Onofre Compter, can?nigo de la Seu de Elna y oidor de cuentas eclesi?stico; Joan Coll de Ferrer, doncel y oidor de cuentas militar y Joan Sala, oidor de cuentas real. ? Se dieron dos pares de guantes de ?mbar y una docena de pares de guantes de flores a: Pere Pla, sacrist?n, can?nigo de la Seu de Barcelona y asesor de la Generalitat; Joan Pere Fontanella, asesor de la Generalitat; Jaume Mart?, abogado fiscal; Joan Magarola, que sirve en ausencia de dicho Mart?; Antoni Ti?, notario y escriba mayor; Francesc de Vallgornera i Senjust, doncel y regente de cuentas y Agust? de Lana, doncel y racional; ? Se dieron dos pares de guantes de ?mbar y seis pares de guantes de flores a: Joan Baptista Cassador, doncel y exactor. ? Se dieron dos pares de guantes de ?mbar a: Don Pere Desbosch, segundo prior de la cofrad?a de Sant Jordi; don Ramon Caldes, clavario de la cofrad?a; Miquel Doms, juez de las fiestas; don Frederic Meca, otro juez; don Bernardino de Marim?n, s?ndico de la cofrad?a; don Galcer?n de Peguera, maestro de campo del torneo; don Anton de Senmenat, maestro de campo del torneo; don Joseph Baptista Astor, maestro de campo del torneo; don Joan Dardena, maestro de campo del torneo; don Joachim reger, maestro de cmapo del torneo; don Francisco Sans, maestro de campo del torneo; don Luis de Monsuar, maestro de campo del estafermo y don Anton de Senmenat, maestro de campo del estafermo. ? Se dieron seis pares de guantes de flores a: Rafel Vives, atarazanero; don Jaume de Lordat, defenador; don Galceran de Peguera, encargado de los Plomos; Mertomeu Sala, s?ndico; vicens Magarola, receptor de la Bolla; Hieronim de Gaver, doncel y regente del manifiesto de la Bolla; Nicolau Ferrer, notario que sirve en lugar de Hieronim de Gaver; Miquel Rub?, burgu?s de Puigcerd? y guarda del portal de Sant Antoni y Pau Ferrer Capero, guarda del portal del ?ngel; ? Se dieron cuatro pares de guantes de flores a: Pere Mas, notario pesador fiscal; Nicasio Castellar, notario de Barcelona y ayudante ordinario de la Escriban?a mayor; Ramon de Bas, doncel y ayudante ordinario de la 444 Escriban?a mayor; Gismundo Bofill, ayudante; Hieronim Gali, escriviente ordinario de la Escriban?a Mayor; Melchor Pag?s, notario ayudante ordinario del regente de cuentas; Francesc Vernet, ayudante com?n del regente de cuentas y racional; Baldiri Sovias, notario y escriviente ordinario del regente de cuentas; Rafel Rubi, burgu?s de Puigcerd? y ayudante ordinario del racional; Sebasti?n Vilella, notario y ayudante; Luis Pozo, ayudante; Pau Beulo, ciudadano de Vic y escriviente ordinario del racional; Joseph Fontanella, sobrecogedor de Levante; Pere Segura, sobrecogedor de Poniente; prior Joan Espi, receptor de los salarios de la Real Audiencia; Luis Amill, credenciero de dichos salarios; Gabriel Onofre Rossell, receptor de las aver?as; Felipe Ferrandiz, correo; Gabriel Soler, andador de la cofrad?a de San Jordi; Francesc Besturs, portero de la Diputaci?; Dami? calp, portero de la Diputaci?; Pere Dalmau, portero de la Diputaci?; Antoni Sagrera, notario y receptor de fraudes de la Bolla; Joan Juliol, notario y regente del manifiesto de los albaranes de la Bolla; Onofre Coromines, credenciero de pa?os de la Bolla; Esteve Lozes, credenciero de sedas de la Bolla y Cristofol Cabirol, guarda ordinario y estimador de la Bolla; ? Se dieron dos pares de guantes de flores a: Pere Ferrer, guarda ordinario de la Bolla; Gabriel Soler sirve en lugar de Pere Ferrer; Andreu Vendrell, guarda de la Bolla; Onofre Esquer, guarda de la Bolla; Bernat Saliges, guarda de la Bolla; Hieronim Oliver, guarda ordinario del General; Pere Pau Marquet, guarda del General; Melchior Aguilera, guarda del General; Miquel Figueras, guarda del General; Francesc Mart?, guarda del General; Pere Masmija, guarda del portal de mar; Pere Vidal, guarda del portal Nou; Jaume Riera, guarda del palau del rey; Pau Ferrer, droguero; Jaume Carbonell, sastre y Miquel Manescal, libretero; ACA, Generalitat, G-35. 445 ANEXO 8 Cronolog?a de las visitas efectuadas por Mar?a de Hungr?a a conventos y monasterios de la ciudad durante su estancia en la ciudad en 1630: Martes, 12 de febrero: catedral de Barcelona, visita a la capilla de Santa Eulalia. Por la tarde visita del colegio jesuita de Bel?n. Domingo, 24 de febrero: monasterio de monjas de Junqueras. Lunes, 25 de febrero: monasterio dominico de Santa Catalina. S?bado, 2 de marzo: monasterio de Sant Francesc. Domingo, 3 de marzo: monasterio de Pedralbes. En ?l, encontr? a dos hijas de la marquesa de Aytona (do?a Estefan?a y do?a Catalina) con quienes estuvo gran tiempo hablando. Lunes, 11 de marzo: monasterio de la Merced. Jueves, 14 de marzo: convento de las monjas capuchinas. Viernes, 15 de marzo: iglesia de los monjes capuchinos de Santa Madrona, en la monta?a de Montjuic. Mi?rcoles 20 de marzo: convento de las monjas carmelitas delcalzas. Jueves, 21 de marzo: convento de las monjas de Sant Pere. Domingo de Ramos, 24 de marzo: convento de las monjas de Jerusalem. Domingo, 14 de abril: monasterio de Nostra Senyora del Carme. Lunes, 15 de abril: monasterio capuchino de Montecalvari. 446 ANEXO 9 AHCB, Ms. B-37, fols. 83-86. 1461. Cap 109. Del modo que feyan en lo temps antich la professo del dijous de Corpus. Quiscuns anys lo dimecres precedent al dijous en lo qual se celebra la festa de Corpus Christi apres migjorn los honors consellers se aiustan en la llotja de la qual es devant la iglesia de Sanct Jaume la qual llotja es molt noblement enrramada de fulles, e, de flos e qui mateix convenen molts honors ciutadans e los honrats consols de mar ab molts honrrats mercaders e com se esdeuen que a la dita jornada se troben dins Barcelona embaxadors, e, missatgers de algunes comunas, o, Universitats axi foirade la senoria del Se?or Rey com dins aquella son convidats perpart dels honors consellers de venir a la dita congrega?io es per anar ab ells a la Seu als officis de las vespres e, al sendema al offici de la missa, e, a la professo e, ajustats tots a la dita llotja los honors consellers missatgers ciutadans mercaders agraduats e, constituits en degut orde per los honrrats obrers de la dita ciutat precehint diversos jutglars sonants ab diverses trompetes van a la dita Seu, e, aqu? ouen lo divinal offici de las vespres e, acabat lo dit offici sen tornen en lo dit orde a la dita llotja e, apres cascun pren es te sa via. E apres lo sendema ?oes dijous per lo mati ques fa e celebra la dita festa del precios cos de Jesuchrist en la semblant forma e manera que desus los dits honors consellers ab los altres desus anomenats sen tornen a justar en la dita llotja de Sact Jaume e aqu? ajusts precehints los dits jutglars sonants ab las ditas trompetas sen van agraduats e, ordenats segons que desus a la da. Seu on houen sermo e lo offici de la misa major. Lo qual se fa aqu? molt solemnement e, fet lo dit offici sens altra mitja es procehit a la professo en la forma manera e orde segons es la ordina?io de la dita professo e feta per certs honors canonges e per los honrrats obrers e quatre ciutadans elegits per los honors consellers. Primerament totes les trompetes. Apres la Bandera de Sta. Eularia. Los Ganfarons de la Seu. Los Ganfarons de Sta. Maria de la Mar. Los Ganfarons del Pi. Los Ganfarons de St. Just. Los Ganfarons de Sanct Pere. Los Ganfarons de St. Miquel. Las Ganfarons de St. Jaume. Los Ganfarons de St. Culgat. 447 Los Ganfarons de Sta. Anna. Los Brondons. Primo los Brondons de la Seu a la part dreta. Los brondons de la ciutat que son quaranta que van a la part Esquerra. Los brondons dels orbs, contrets, e, spunyats. Los brondons dels bastays. Los brondons dels molers. Los brondons dels fornes. Los brondons dels flaquers. Los brondons dels pescadors. Los brondons dels texidos de lli. Los brondons de la confraria de St. Julia. Los brondons dels blanquers. Los brondons dels fusters. Los brondons dels pellicers. Les Creus. La Creu de la Seu. La Creu de Sancta Maria de la Mar. La Creu del Pi. La Creu de Sanct Just. La Creu de Sanct Pere. La Creu de St. Miquel. La Creu de St. Jaume. La Creu de St. Culgat. La Creu de Sancta Anna. 448 La Creu de la Merce. Las Creus del Carme, e, augustins. Las Creus de predicadors, e, frares menors. Certa part del clero Los scolans e preveres de les Iglesies parrochials ab los sobrepelli?os. Los frares de la Merce de dos en dos. Los frares del Carme a la part dreta e los augustins a la part esquerra. Los frares predicdors a la part dreta e frares menors a la part squerra. Los canonges de la Seu ab tot lo clero de la Seu. Las representa?ions P? La creatio del mon ab dotze angels qui canten Se?or Verdeu. Infern ab Llucifer desus ab quatre diables ab ell. Lo drach de Sanct Miquel. Lo majoral ab la ma?a ab Vint y quatre diables los quals fan batalla apeu ab los Angels de sanct Miquel axo angens de spasa qui fan la batalla ab los diables. Paradis ab tot son arreu. Langel cherubin de Adam tot sol. Adam e Eva. Caym e Abel. Las representacions de que han carrech los frares de la merc? van apres ?oes Sta. Ursula sola. Sta. Tecla e Sta Candia. Sta. Catharina e Sancta Barbara. 449 Sancta Agata e Sta. Lu?ia. Sancta Clara e Sancta Eufrasia. Sancta Paloma e Sancta Quiteria. Sancta Margarida sola ab lo drach. Los Angels qui sonan. Sancta Maria e Jesus e Joseph. Apres lo resusitat tot sol ab la Creu. Sanct Dimas ab son Angel Gestas ab lo seu diable. Longi tot sol ab la seda. Joseph abarimatia e nicodemus. Los dotze angels ab les plagues cantants lo moniment ab tot son arreu e la Magdalena desus. Sanct Antoni e Sant Onofre. Sanct Pau ermita e Sanct Aleix. Les representacions de Sancta Eul?ria de camp van apres Primo Sanct Francesc e Sanct Nicolau. Sanct Domingo e Sanc Thomas de Aquino. Sanct Bernat e St. Yvo. Sanct Benet e lo diable. Sanct Onorat e St. Pa?ia. Sanct Bassili e Sanct Marc. Sanct Machari ab lo diable. Sant Jem ab son companyo e ab lo ase. Sanct Marti ab Jesus en forma de pobre. Langel de Sanct Julia ab la (circia). 450 Sanct Julia e St. Alzeas. St. Gregori e St. Hieronym. St. Ambros, e, St. Augusti. Los dotze Angels que cantan ay vos bona gent honrada. Apr?s van les representa?ions qui ha carrech lo majordomo de la Iglesia de Sta. Maria d la Mar. St. Climent e St. Dionis. St. Llorens e St. Vicens. St. Blay e Sr. Pere Martir. St. Esteve St. Pons e St. Baldiri. St. Sever e St. Fabia. St. Ipolit y St. Culgat St. ABdon e St. Sennen. St. Cosme e St. Damia. St. Chistophol ab lo Jesus al Coll. Lo martiri de Sanct Sebastia ab los cavalls cotoners e ab los turchs. Lo fenix tot sol. Lo Entremes de Sta. Eularia ab ses compa?ones. Los homens darmes ab la companya de Daci?. Lo Entres de Sta. Eularia ab Da?ia e Doctor desus. Sanct Jordi a cavall. Lo Vibre. Item la roca ab la doncella de St. Jordi. Lo Rey e Reyna pare e mare de la dita doncella ab llur companya. Apres van los que representan los apostols. 451 St. Pere y St. Pau. St. Andreu e St. Jaume major. St. Phelip y St. Jaume menor. St. Ma?i? e St. Thomas. St. Barthomeu e lo diable. St. Bernabe. St. Simon e St. Tadeo. La aguila tota sola. Apr?s los Angels qui tocan los Instruments. Los ciris blanchs. Los qui cantan devant la custodia. St. Lluch St. March } La Custodia ab lo sagrat Cos de Jeschrist { St. Joan St. Matheu Lo Se?or Bisbe ab sos ministers. Ciris blanchs si ni ha. Los Angels percusients ab los diables percusients. Apres Dos homens Salvatges que portan una barra per tenir la gent. Apres tot lo poble. 452 ANEXO 10 PORTADAS DE IMPRESOS DE RELACIONES DE FIESTAS: 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 ANEXO 11 FIGURA 1 Posible reconstrucci?n de la portalada levantada por el Concell de Cent en 1564 en el portal de Sant Antoni, seg?n la descripci?n de Baltasar del Hierro?. ? Agradezco a Joseph D?az, concept artist, su ayuda en la realizaci?n de dicho dise?o. 465 FIGURA 2. Itinerario de la entrada real de Isabel la Cat?lica, en 1481. Este fue el itinerario seguido en el resto de entradas reales. 466 FIGURA 3 Vista de Barcelona seg?n la obra Civitates Orbis Terrarum. Edici?n de Georg Braun, Colonia, 1572-1598. Dibujo de Georges Hoefnagel y grabado de Franz Hogenberg. FIGURA 4 Vista de Barcelona, desde el mar. Obra de Anton van der Wyngaerde, 1563; un a?o antes de la llegada de Felipe II a la ciudad. Se han destacado algunos de los edificios emblem?ticos de la ciudad. 467 FIGURA 5 La Revista de las tropas en Barcelona, Carlos V antes de zarpar para la conquista de T?nez. Segundo pa?o de la serie La Conquista de T?nez, de Willem de Pannemaker, seg?n los cartones del pintor Jan Cornelisz Vermeyen. 1535. Madrid, Patrimonio Nacional, Palacio Real. 468 FIGURA 6 Triunfo de la Fama. Palau de la Generalitat, Barcelona. FIGURA 7 Historia de Mercurio. Palau de la Generalitat, Barcelona. 469 FIGURA 8 Historia de No?. Capilla de Sant Jordi. Palacio de la Generalitat, Barcelona. FIGURA 9 Historia de No?. Capilla de Sant Jordi. Palacio de la Generalitat, Barcelona. 470 FIGURA 10 AHCB, Cerimonial, 1C. XXII-1-28, siglo XVII. 471 ANEXO 12 GALER?A DE RETRATOS Retrato de Fernando de Arag?n e Isabel de Castilla. An?nimo. Convento de las Agustinas, Madrigal de las Altas Torres. Siglo XV. Retrato de Fernando el Cat?lico. Michel Sittow. Kunsthistorisches Museum, siglo XV. 472 Retrato de Felipe el Hermoso. Maestro de La Leyenda de Mar?a Magdalena. Museo del Louvre, 1501. Retrato de Carlos V. Berrnard van Orley. Museo del Louvre, despu?s de 1516. 473 Retrato de Adriano VI. Jan van Scorel. Centraal Museum of Utrech, 1523. Francisco I de Francia. Jean Clouet. Museo del Louvre, circa 1530. 474 Carlos de Borb?n. Grabado de Thom?s de Leu. Siglo XVI-XVII. Margarita de Angoulema, madame de Lan?on. Jean Clouet. Walker Art Gallery. Circa 1527? 475 Maximiliano de Austria. William Scrots. Kunsthistorisches Museum, 1544. Mar?a de Austria. Antonio Moro. Museo del Prado, 1551. 476 Mar?a de Austria. Juan Pantoja de la Cruz. Real Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid, circa 1600. El pr?ncipe Felipe. Tiziano. Museo del Prado, 1551. 477 Retrato de Felipe II. Sofonisba Anguissola. Museo del Prado, circa 1564. Retrato de Felipe II. Juan Pantoja de la Cruz. Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, entre 1590-1598. 478 Retrato de Catalina Micaela. Alonso S?nchez Coello. Hermitage Museum, entre 1582-1585. Carlos Manuel I de Saboya. Jan Kraeck. Fundaci?n Yannick y Ben Jakober. Colecci?n Nins, 1580. 479 Retrato de Isabel Clara Eugenia. Juan Pantoja de la Cruz. Museo del Prado, 1599. Retrato del archiduque Alberto. Frans Pourbus el Joven. Groeningemuseum, primera mitad del siglo XVII. 480 Retrato de Felipe III. Juan Pantoja de la Cruz. Museo del Prado, 1606. Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Bartolom? Gonz?lez y Serrano. Museo del Prado, 1609. 481 Los infantes de Saboya. Jan Kraeck. Fundaci?n Yannick y Ben Jakober. Colecci?n Nin, hacia 1592-1595. Retrato de Felipe IV. Joan Miquel Gallo. Castillo de San Fernando de Figueras?, 1626. Pintado en Barcelona durante la estancia del rey. 482 Retrato de Mar?a de Hungr?a. Diego de Vel?zquez. Museo del Prado, 1630. El cardenal infante don Fernando. Diego de Vel?zquez. Museo del Prado, circa 1632-1636. 483 El infante don Carlos de Austria. Diego de Vel?zquez. Museo del Prado, 1626. Felipe IV. Diego de Vel?zquez. National Gallery, circa 1631-1632. 484 Retrayo de don Juan Jos? de Austria. Autor desconocido. Museo del Prado, circa 1555-1660. Retrato de Margarita Teresa de Austria. An?nimo. Khunsthistorisches Museum, entre 1662 y 1664. 485 BIBLIOGRAF?A RELACIONES DE FIESTAS IMPRESAS Los triunphos y grandes recebimientos dela insigne ciudad de Barcelona a la venida del famosissimo Phelipe rey de las Espa?as. Con la entrada de los serenissimos pr?ncipes de Bohemia. Compuesto por Baltasar del Hierro e impreso en casa de Jaume Cortey, 1564. Relacion de la entrada, fiestas, y embarcacion, que se hicieron en la inclita ciudad de barcelona por los Serenissimos dos Principes de Saboya, viniendo de la Corte, Compuesta por Pedro Martyr Berenguel, natural de la villa de Dos Rios en Catalu?a, 1606. SEGUNDO AVISO DE LO SUCEDIdo en Barcelona, dende la desseada entrada de su Magestad, hasta 12. de Abril, en el qual tiempo han acontecido muchas cosas notables, y dignas de ser sabidas. Tercera Relacion de las fiestas de la Ciudad de Barcelona. A DON ENRIQVE RAYMUNDO FOLCH DE ARAGON, Y CORDOVA, Y Cardona, Duque de Segorbe, y Cardona, gran Condestable de Aragon. Quarta Relacion y Diario de Andres de Mendo?a. De la Entrada del Se?or Cardenal Legado en Barcelona, y disposicion a la de su Magestad. Impresa por Esteban Liber?s en Barcelona, en 1626. Felicissima Entrada del Rey Nuestro Se?or, en la muy insigne y siempre leal Ciudad de Barcelona cabe?a y Princessa del Principado de Catalu?a; y sumptuoso recebimiento, fiestas y regozijos que la dicha Ciudad, y nobleza ha hecho a su Real persona. Impreso por Jaume y Sebasti? Matevad, 1626. CRISTIANISSIMO LAVATORIO QVE EN LA SEMANA SANTA HIZO SV MAGESTAD EN Barcelona, a doze Pobres, asistiendo a el todos los Grandes qe fueron con su Magestad, y el Legado (sobrino de su Santidad) y el se?or Nuncio. Y el grandioso Sermon que predic? el Padre Francisco Sanches, declarando en el cosas muy importantes al Reyno, y al estado de nuestra santa Madre la Yglesia. A?o 1626. LUZIMIENTOS FESTIVOS, y luzidas Fiestas que en la Insignes (y jamas alabada como se debe) Ciudad de Barcelona, se han hecho en el feliz Nacimiento de su Principe, Baltasar, Carlos, Domingo, que Dios guarde muchos a?os. DIRIGIDO AL CONSISTORIO de los Se?ores Diputados del principado de Cathalu?a. COMPUESTO POR DON NOMAR DE ABLAS. 486 ENTRADA, REGOZIJOS, y fiestas, que la Imperial Ciudad de Zarago?a he hecho a la Magestad del Rey nuestro se?or, y Reyna de Vngria, y sus hermanos: y los Caualleros que se han se?alado en ellas, con lo demas que se ha hecho, hasta que su Magestad se ha buelto. EL MAGESTVOSO RECEBIMIENTO, Y FAMOSAS Fiestas que en la insigne Ciudad de Barcelona se han hecho a la Magestad de la Serenissima Reyna de Vngria do?a Maria de Austria, que Dios guarde. Por Rafael Seugon. Copia primera. NOCHES LUZIDAS, POMPOSAS Y CELEBRES FIESTAS QUE DE NOCHE se han hecho en la insigne Barcelona ? la Magestad de la Serenissima Reyna de Vngria que Dios guarde. LOS REGOZIJOS Y Fiestas que se hazen en la Ciudad de Barcelona por la Serenissima Magestad de la Reyna de Vngria, en particular en las visitas que haze a las casas de Religion. Copia Segunda. RELACION DE LAS VISITAS QVE LA MAGESTAD de la Reyna de Vngria va continuando en las casas de Religion: Con el esplendido combite que hizo a los pobres, en dos dias, que fueron el de la Virgen, y el Iueues Santo labandoles los pies: y regozijos y Estafermo que el Embajador de Vngria en compa??a de otros Caualleros forasteros, y Caualleros desta Ciudad, le hizieron en la pla?a de San Francisco Lunes ? 8. de Abril1630. y Sarao que en la noche huuo en el Salon de la Punete. Tercera Copia. EL VERDADERO TERCERO, Y QVARTO AVISO, EN VERSO DE LO SUCEDIdo, presente su Magestad en la Ciudad de Barcelona, desde a treze a diez y seys del mes de Abril. Por Bautista del Castillo natural de la mesma Ciudad. COPIA PRIMERA, Y RELACION VERdadera de las fiestas y recibimientos que ha hecho la Ciudad de Valencia ? la Magestad del rey nuestro Se?or Filipo Quarto, y a sus hermanos, Lunes a diez y nueue de Abril deste presente A?o de mil seyscientos treynta y dos. RELACION VERDADEra de las salidas que hizo su Magestad en publico los dias que se detuvo en la insigne Ciudad de Barcelona, celebracion del Solio en forma, Estafermo que corrio, y demas fiestas fiestas que en ellas se hizieron. Relacion aiustada en lo possible, a la verdad, repartida en dos discursos. Primero, de la entrada en estos Reynos de Madama Maria de Borbon, Princesa de Cari?an. El segundo, de las fiestas, que se celebraron en el Real Palacio del Buen Retiro, ? la eleccion de Rey de Romanos. Por Andr?s S?nchez de Espejo, presb?tero, 1637. 487 FUENTES PRIMARIAS IMPRESAS BRUNIQUER, Esteve Gelabert, Les R?briques de Bruniquer, edici?n de CARRERAS i CANDI, F. y GUNYALONS i BOU, B., Barcelona, Col?lecci? de documents hist?rics in?dits de l?Arxiu Municipal de la Ciutat de Barcelona, Imp. D?Henrich, 2 vols., 1912-1916. CABRERA DE C?RDOBA, Luis, Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de Espa?a desde 1599 hasta 1614. 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